sábado, 23 de abril de 2011

Una novela del siglo XVIII



4. Mi contacto de Madrid










Antes quiero contar lo que hice a la mañana siguiente de escuchar atemorizado los golpes en la puerta de mi piso. En cuanto la primera luz del nuevo día entró por la ventana de mi cuarto, envolví en un paquete lo que en aquellas circunstancias me resultaba más imprescindible y bajé a la calle con las precauciones pertinentes para evitar la desagradable sorpresa de encontrarme con mis perseguidores. Una vez comprobado que nada sospechoso había a la vista, me perdí entre la gente que deambulaba por la calle impulsada por sus quehaceres cotidianos. Me dio un ataque de tos y me apoyé en una esquina para pasar el mal trance. Una mano tanteó mi hombro y casi me muero de un soponcio. En contra de lo que pensaba, era un buen hombre que se preocupaba de mi salud. Le dije que no era nada, que ya estaba acostumbrado a aquellos ataques de tos y que enseguida se me pasarían como en otras ocasiones.
Luego, de camino al domicilio de mi contacto de Madrid, pasé por la taberna del Indiano, llamada así porque su dueño había estado un tiempo buscando fortuna allende los mares. Éste, el Indiano, era un tipo que no se metía con nadie ni hacía preguntas inoportunas. Al contrario, se le conocía por su hospitalidad y discreción, y solía tratar a sus clientes con sumo respeto y franqueza, como si los conociera de toda la vida. Aunque, eso sí, prefería guardar silencio sobre los años pasados en las Indias, de modo que a los pocos que se atrevían a preguntarle por qué, habiendo estado en tierras americanas, al alcance de tantas riquezas y tesoros, sólo había podido comprarse una taberna, les contestaba sonriendo:
--Yo no tuve tanta suerte como otros, un Amat o un Xifré.
La cuestión es que el Indiano me permitió dejar mis cosas en un cuarto que tenía anejo a la taberna y me fió el desayuno, un chocolate espeso y caliente acompañado de unos bizcochos.
Me eché de nuevo a la calle y, al paso que me permitían mis torpes piernas, atravesé un dédalo de pequeñas y estrechas callejuelas camino de la casa de mi contacto de Madrid. Por un momento, dada la urgencia que me movía, olvidé el contratiempo que me esperaba al entrar en la inhóspita calle donde vivía mi contacto. Todo el mundo llama a esa curiosa calle la de Las moscas porque nada más embocarla un aluvión de esos malditos dípteros salen al encuentro del recién llegado para darle la bienvenida no de muy buen modo como puede deducirse. Y es que allí se acumulan una cantidad excesiva de tiendas de comestibles que exhiben al aire toneles de arenques, bacalaos colgados en las fachadas, embutidos de todas clases, sacos de legumbres y cientos de alimentos parecidos que atraen a las moscas como una cosa mala. Y si atravesar la nube de moscas sin vomitar el chocolate del desayuno me costó lo mío, entrar en el portal donde vive mi contacto madrileño fue como hacer una visita al infierno de todos los malos olores, incluyendo los orines y excrementos animales y humanos. Pero lo peor me esperaba al entrar en su vivienda, cuya puerta estaba arrancada de sus jambas, producto sin duda de una desmesurada violencia. Y es que mi contacto de Madrid, un hombre grueso y grande como un roble, aparecía caído en el suelo al lado de la mesa de su escritorio. Tenía un charco de sangre bajo su cabeza y los ojos abiertos en un gesto de sorpresa infinita. Estaba muerto. No le toqué. Eché una ojeada en torno al cuarto y descubrí sobre una silla situada en un rincón una pila de ejemplares del Diario. Me hice con ellos y, dedicándole una última mirada de conmiseración a Ortega, que así se llamaba mi contacto madrileño, dejé el edificio todo lo deprisa que me permitió mi atrotinado cuerpo, no fuera que me topara con algún miembro de la policía y me hiciera cargar con el muerto. Y yo ya tenía demasiado con mis propios problemas.




Volví sobre mis pasos y, tras dar un rodeo, desemboqué en la Plaza del Teatro. Allí me llamó la atención un grupo de gente arremolinada a la puerta del Ateneo. Instintivamente apreté contra mi cuerpo los ejemplares del Diario y me acerqué. Leí en el tablón de anuncios que el profesor Cabré iba a leer un discurso sobre nuestro siglo y sus principales directrices; así que para aliviar un poco el cansancio de mis piernas, entré a escucharle un rato. Lo encontré muy envejecido y leía con retranca y afanosamente sus papeles; además, de vez en cuando, levantaba sus ojos de ellos y abría la boca de forma llamativa para coger aire. Pese a estar en la primera fila y mirarme varias veces, no me reconoció, y eso fue cosa que me hizo confirmarme en la idea de que el profesor estaba tan viejo y decrépito como yo. Comprendí en seguida que su discurso no estaba bien articulado y, mientras de vez en cuando se limitaba a citar a Voltaire y a Diderot sin venir muy a cuento, nos largó un pesado rollo sobre los adelantos científicos, geográficos y económicos, intentando sazonarlo con un montón de nombres mezclados, entre los que aparecieron los de Galvani, Franklin, Jenner, Lavoisier, Guyton, Cook, Behring, Quesnay o Herschell, por mencionar los que ahora recuerdo. Yo esperaba la sagacidad del profesor de otros tiempos al afrontar los problemas de lo que algunos han dado en llamar la Ilustración, palabra tan empleada por unos y otros de modo muchas veces contradictorio, pero que entre nosotros, los del pueblo llano, no había tenido mucha aceptación.
En un número del Diario de hace unos años recogí las sabias palabras de Cabré. Decía que esa corriente entre filosófica y existencial, más francesa que española, nos había traído muchas cosas buenas. Entre ellas, la lucha contra el analfabetismo con la creación de escuelas primarias, la fundación de Academias e Instituciones culturales, la facilitación del comercio, la abertura de caminos y el levantamiento de puentes, la construcción de magníficos edificios públicos, el cultivo de las ciencias naturales, las matemáticas, la historia o la arqueología. Pero también la Ilustración nos había traído otras cosas no tan buenas, como cierto intelectualismo de tendencias racionalistas, un anticlericalismo furibundo y rabioso, la relajación de las costumbres, un pietismo sentimental, un barniz de erudición y aires de modernidad sospechosa. Y en cuanto a la literatura, todo se subordina a la corrección y a la utilidad didáctica; y así, al teatro le falta la fuerza dramática que tenía en siglos anteriores en un Lope o un Calderón, y a la poesía la matización espontánea y auténtica de los sentimientos del poeta, tal como se venía haciendo en épocas precedentes, en personalidades tan interesantes como Quevedo, Góngora o el mismo Fénix de los Ingenios. Recuerdo las palabras del profesor con las que yo cerraba aquella reseña: “Dios es suplantado por la Naturaleza y las creencias por la Razón, la Providencia por las leyes físicas y la moral cristiana por la ética laica.”
Al profesor Cabré lo había conocido unos cuantos años atrás, concretamente en la Asociación de Teatro de la Universidad de la que yo formaba parte. En aquella ocasión el profesor dictó una soberbia e inteligente conferencia sobre la literatura española del siglo y a mí me tocó cerrar el acto con unas palabras de agradecimiento al profesor, aunque en aquella ocasión yo estaba pasando unos momentos muy delicados. Fue entonces, lo recuerdo bien, cuando el ilustrado madrileño, que me había contratado para colaborar en el Diario, me propuso divulgar las obras de los autores que yo considerara fundamentales dentro del panorama poético, ensayístico y teatral del momento.
Ya era tarde cuando, tras recoger mis pertenencias de la taberna del Indiano, entraba con más miedo que otra cosa en mi piso del Raval. Encendí la lámpara con miedo de descubrir allí dentro la huella violenta de los sicarios de don Matías, el cura de Santa Ana. Pero para mi alivio, todo estaba como yo lo había dejado en las primeras horas de la mañana cuando abandoné el piso. Bueno, todo no. Porque alguien había dejado sobre mi mesa de escritorio una nota que no dejaba lugar a dudas:
A TU AMIGUITO EL BOLA DE SEBO YA LE HEMOS PAGADO COMO SE MERECÍA SUS MALOS SERVICIOS A NUESTRA RELIGIÓN. SI TÚ NO DESAPARECES PARA SIEMPRE DE BARCELONA Y DEJAS DE SEGUIR SU EJEMPLO, ACABARÁS DEL MISMO MODO. NO HABRÁ MÁS ADVERTENCIAS.

De repente me puse a temblar de pies a cabeza como un atacado de alferecía, y un acceso de tos me puso al borde la muerte. Cuando desapareció la tos casi del todo, mi cerebro seguía sin razonar claramente. Aún así, intenté pensar en lo que podía hacer para no acabar como Ortega. Fue inútil: no se me ocurría ninguna salida ni ninguna solución. Sin poder pegar ojo y en espera de otra cosa más productiva, me dediqué a echar una ojeada a los números del Diario que me había traído de casa de Ortega creyendo que así el miedo que tenía me iba a desaparecer. Debo reconocer, sin embargo, que parte de los temblores que padecía se me aliviaron releyendo las reseñas y artículos que yo había escrito para el Diario en otro tiempo mejor. Allí estaban mis aportaciones a una especie de costumbrismo que hasta entonces no había visto en lo que se escribía en la época, aportaciones que habían gustado al ilustrado madrileño que había contratado mis servicios de corresponsal del Diario en Barcelona. Viejas tradiciones y leyendas recogidas a pie de calle en mi constante deambular por el Raval barcelonés y sus alrededores y de boca de sus propios habitantes. La bajada de la calle por donde la mártir Eulalia había rodado metida en un tonel, la torre de Canaletas donde estuvo preso el colega cronista Felíu de la Peña, acusado de conspirar contra Felipe V a favor del archiduque Carlos, la calle de la Rosa, llamada así no porque oliera bien como la flor del rosal, sino porque vivía en ella una mujer de nombre Rosa, que en otro tiempo se había dedicado a vender su cuerpo, pero que, llegado el caso, fue capaz de salvar a dos niños cercados por el fuego en la casa de al lado, el viejo convento de San Agustín que fue derruido para contribuir con sus piedras a la construcción de la indeseada Ciudadela, la destrucción de parte del barrio de la Ribera y el alojamiento de que fueron objeto sus moradores en la recién construida Barcelonesa, el caso de un tal Ramón Marquet que fue ahogado en el mar por orden del rey Pedro III como castigo por haber asesinado a un caballero, y un largo etcétera que me entretuvieron gran parte de la noche. Aún así, los temblores no se me fueron del todo hasta que, al abrir uno de los últimos ejemplares de la pila, encontré dentro de él una llave y una carta escrita de puño y letra por Ortega, dirigida ex profeso a mi persona. Cuando acabé de leerla, tenía lágrimas en los ojos y en el corazón todo el agradecimiento del mundo dirigido al que acababa de morir a manos de aquellos salvajes. Me decía en la nota que si aquellas líneas llegaban a mis manos era porque él estaba muerto, pero que aún así, quería ayudarme. Y pasaba a contarme qué podía hacer con la llave que me había dejado allí. Era de un piso de cuya existencia nadie tenía noticia, salvo el casero, una persona digna de confianza, y ahora yo. A él podía mudarme para escapar de las acechanzas del cura de Santa Ana en espera de mejores tiempos. Concluía la carta avisándome de que allí escondía una prueba que inculpaba a don Matías de unos oscuros tejemanejes habidos en otro tiempo con una mujer, prueba que podía utilizar en caso de verme irremediablemente perdido, y me citaba el lugar exacto donde estaba oculto ese documento, vital para mí. Finalmente, me deseaba todo tipo de suerte. Volví a agradecer con todo mi corazón el gesto que acababa de tener conmigo aquel buen hombre, del que hasta el momento consideraba un simple contacto para mis negocios de Madrid y que a partir de entonces empecé a tenerlo como mi mayor benefactor, hecha la salvedad del señor Dalmau, el que fuera mi padre adoptivo hasta mi mayoría de edad.

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