miércoles, 27 de abril de 2011

De vista, de oídas, de leídas



El Cervantes para Ana María Matute




Hoy se hará entrega del prestigioso premio literario a una de las escritoras vivas con más y mejor trayectoria literaria. Ana María Matute (Barcelona, 1926) se dio a conocer al publicar varios cuentos en el semanario Destino, una verdadera promesa que se hizo realidad al clasificarse con muy alta nota en el Premio Nadal de 1947 con Los Abel cuando sólo contaba diecinueve años de edad, y diez años más tarde al conseguir dicho galardón con Primera memoria, una de las novelas que más me gustan de Ana María Matute. Y en medio, en 1954) logró el otro gran premio de narrativa española, el Planeta, con Pequeño teatro. En su larga vida como escritora no ha dejado de recibir distinciones y reconocimientos. Y ahora, como colofón a su entrega a la escritura bella recibe el más grande de todos, el Cervantes. Felicitaciones sinceras. Se lo merece esta gran conocedora del mundo de los niños (ella misma siempre se ha considerado una niña que crece inexorablemente) y poseedora de un lenguaje que linda con la poesía. La ternura y la belleza de su lenguaje siempre será recordado por quienes la leemos sin condiciones. Aún recuerdo cuando en su casa me regaló un montón de volúmenes suyos y me firmó con lágrimas en los ojos Los niños tontos. Tengo delante el libro y su firma inconfundible formada de líneas verticales (la N y las M) y cruces (las T). Su amistad desinteresada siempre irá conmigo, como su amor por los niños alegres en un mundo triste.

Una muestra de su estilo


"El hijo de la lavandera






"Al hijo de la lavandera le tiraban piedras los niños del administrador porque iba siempre cargado con un balde lleno de ropa, detrás de la gorda que era su madre, camino de los lavaderos. los niños del administrador silbaba cuando pasaba, y se reían mucho viendo sus piernas, que parecían dos estaquitas secas, de esas que se parten con el calor, dando un chasquido. Al niño de la lavandera daban ganas de abrirle la cabeza pelada, como un melón-cepillo, a pedradas; la cabeza alargada y gris, con costurones, la cabeza idiota, que daba tanta rabia. Al niño de la lavandera un día le bañó su madre en el barreño, y le puso jabón en la cabeza rapada, cabeza-sandía, cabeza-pedrusco, cabeza-cabezón-cabezota, que había que partírsela de una vez. y la gorda le dio un beso en la monda lironda cabezorra, y allí donde el beso, a pedrada limpia le sacaron sangre los hijos del administrador, esperándole escondidos, detrás de las zarzamoras florecidas."

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