martes, 31 de marzo de 2020

MEMORIAS DE UN JUBILADO. La Semana Santa de Zamora (y V)






La Semana Santa de nuestra Ocellum Durii debería empezar a celebrarse el próximo 5 de abril, Domingo de Ramos. Pero el coronavirus nos lo va a impedir. Sin embargo, no sé  vosotros, pero yo pienso celebrarla en (y con) mis propios recuerdos.


UNO
Con gozo veo
aquellos tres balcones y aquel aire
que movía la hiedra, enamorado,
mientras siento pasar por el alma
el río de mi tiempo.
--Todo me sabe a eternidad,
al fuego del anís y la aceitada--.
Las cosas que quisimos
siguen formando parte de nosotros
--son eternas como el agua del mar,
como el perfume sutil de la nostalgia--.


DOS
--Las ramas inauguran
los vuelos de mil pájaros
y el alfanje del río
acaricia los juncos de la orilla.                   
El soto es el lugar,
junto a las ruinas
del puente en que el obispo
tiró al agua su anillo--. 
El niño vuelve
a ocupar el hueso del hombre que es ahora
mientras suenan tambores y trompetas
en la separación
del Nazareno y la Esperanza
enfrente de la casa
--abiertos los balcones a la noche,
a la luna de abril, la misma luna
que al hombre vuelve en niño
y le devuelve su Semana Santa,
con el olor a incienso
y a cera quemada--.                      
El niño está en la acera de la calle,
de la mano de sus padres,
mientras pasan temblando los faroles del Cristo
y el manto dorado de la Virgen.
Momento que repite
el tintineo de las copas de anís
y el sabor de la aceitada.
--Inútil la nostalgia.
la distancia ilusoria.





DOS
Labios para callar,
corazón para sentir.
El Lunes Santo pasa
entre las ramas floridas de los sueños.
Es casi ya de noche aquí,
a casi mil kilómetros del nido
donde ahora tengo el alma
--la nostalgia, el recuerdos--.
Allí olerán las casas a aceitadas
y las calles a cera que arde; el sol
se irá acostando en los negrillos,
mientras la noche poco a poco
llenará los rincones de silencio.
Va la Virgen de Abrantes caminando
detrás de la Caída. 
--Siempre igual,
la amargura y el duelo de la mano
y el recuerdo doliéndose en el alma--.              


TRES
--Sueña el viento en la noche
con lágrimas de cera--.
El Cristo pasa el Arco de Doña Urraca
mientras la noche reza
en el desván del alma.
--Se agitan bajo el viento
las llamas de las hachas--.
Cantan los cofrades en Santa Lucía
“¡Jerusalem, Jerusalem!”
--Suena el grito atroz de las carracas--.
En la ciudad del alma
quedaron tantas cosas
junto a un río que salta las azudas
y molió en las aceñas rubio trigo,
y la vida de un niño que hoy es hombre.
--El hombre sueña aún en su plazuela--.                



CUATRO
Espejo de murallas,
cristal hondo
que alivia en las azudas la esperanza
de fieles espadañas, finos juncos
de adioses repetidos, Duero nuevo.
El Puente Viejo mira, ensimismado,
el empuje vital de tu corriente.
Te pido que me mires sin nostalgia.
Deja ahora el recuerdo entre las piedras
que cayeron del muro viejo. Mírame
hecho un hombre maduro, pero en sueños
y aventuras como entonces.
Otra vez eres mago y profesor.                    
La vida es siempre activa, vivas aguas
que reviven sus sueños o repiten
su vigor en la rueda de la aceña.
Yo mismo reconozco los vencejos
que vuelan en el cielo de tu cauce
y los juncos que bailan a tu orilla.
Tú eres, Duero, el distinto, el nuevo, el viejo,
el sempiterno río de mi vida. 


CINCO
El Puente sabe a río con faroles
y caperuces morados.
Los pasos del recuerdo
brillan al sol de la Esperanza.          
Me espera la plazuela,
la casa de la infancia
--los visillos movidos
por la mano materna,
por la mano que hilvana
el tiempo que no muere--.
¡Talismán del recuerdo!
--El reflejo de la luna
se detiene en el agua--.
¡Que el olvide respete
las cosas más queridas
de nuestra infancia!



SEIS
Me callo.
Que hable el tiempo,
que hable la hora
en que la Virgen salía                         
de la iglesia del barrio.
--Las Dueñas, el manto verde
bordado de estrellasde oro
y las hileras negras de las Damas
portando todas tulipas
y en los ojos una lágrima--.
El Puente se lleva el "paso"
mientra entierra el olvido
en el Duero, aguas abajo.
Me callo.
Que hable el alma
de las santas Esperanzas.




SIETE
Se detiene mudo el Duero,
Zamora guarda recato
cuando suena el Miserere
en la Plaza de Viriato.
No respira ni la noche
por romper ese Canto
que la gente zamorana
acompaña con su llanto.
Todo lo vive el Yacente
tendido en su lecho blanco
mientras la emoción resuena
en los tambores callados.



OCHO
Corazón para sentir
mientras la Marcha de Thalberg 
en el tiempo marca el "paso"
de la Virgen más Sola.
--Madrugada en las Tres Cruces,
sopas de ajo, churros, aguardiente,
las perennes garrapiñadas--.
Llama el Merlú y las campanas
mágicas del Barandales
--dales, dales, tío Barandales--
mientras el río muere siempre por San Frontis
para que no lo veamos…
Corazón para sentir.  
--En el cristal del tiempo                            
la mañana y la tarde se hacen una--.
La lluvia
acaso mojará el Descendimiento
o la trémula lanza de Longinos
en la explanada de la Catedral,
pero siempre, llena de alma,
brillará en mi mirada bajo el caperuz
un Viernes Santo sin olvido.


NUEVE
La infancia es siempre
--baúl sagrado donde duerme el tiempo
atado a un tirador  y a la aventura
de un río que no muere--. 
En ella pasa la vida dulcemente
en familia y en casa 
 --surco sembrado de ternura materna,
siembra sagrada que ahuyenta el miedo--.
La infancia es siempre
el sosiego seguro que señala
con oro los recuerdos de la vida
--aquellos días mágicos atados
a un alba de caricias y arboledas--.
Aquella paz sin fin entre las huertas,
los tesos sobre el río, las murallas
miradas con fervor fueron mi escudo

--escudo contra el miedo
con que afronto la barca de Caronte--.
                            


lunes, 23 de marzo de 2020

MEMORIA DE UN JUBILADO. La Semana Santa de Zamora (IV)





 Según van las cosas, creo que este año vamos a celebrar la Semana Santa en nuestro recuerdo. Para ayudar a sobrellevar eso desde aquí continúo aportando mi pequeño granito de arena recordando algunos aspectos más relacionados con nuestra Semana Mayor.
En la anterior entrada se tocaban la comida y la repostería propias de esas fechas tan señaladas. Así que sigo con el tema.


Debido al antiguo rigor disciplinario de la religión para los tiempos de Cuaresma, se produjo una cocina especial, muy restringida, que se adaptó a dicho rigor y que aún se conserva en nuestra tierra, impuesta sobre todo por las condiciones geográficas y por la forma de vida de nuestras gentes. Dicho esto, al arte culinario de Zamora le faltaría uno de sus duendes principales si no contara en sus platos más conocidos con un diente de ajo, el ajo que en la Feria de San Pedro luce en soberbias ristras al lado de otros frutos de la tierra, cerámica y aperos de labranza. Ahí están el ajo arriero tan presente en la merluza o en el imprescindible y omnipresente bacalao, las suculentas sopas de ajo que los portadores de los pasos de la madrugada del Viernes Santo consumen en el Alto de las Tres Cruces para reponer fuerzas, o el ajo sin más que acompaña a tantos guisos zamoranos.
El dramaturgo Ricardo de la Vega dejó escrito sobre las virtudes de las sopas en general:
“Siete virtudes
tienen las sopas
quitan el hambre,
y dan sed poca.
Hacen dormir
y digerir.
Nunca enfadan
y siempre agradan.
Y crían la cara
colorada.”



De todos los dulces artesanos que se consumen en esta época tan emblemática para todos los zamoranos, que es la Semana Santa, me quedo con las aceitadas, si bien debo decir aquí que yo las consumo todo el año en receta de mi mujer, siguiendo, eso sí, el protocolo tradicional. Las aceitadas tienen forma circular, son compactas y de color tostado debido al baño al huevo que se les aplica antes de meterlos en el horno (nosotros le trazamos en la cima una cruz para tener bien presente el tiempo para el que se crearon). Sus ingredientes son: aceite, harina, azúcar, huevos enteros, yemas, esencia de anís y una copita también de anís. Las aceitadas solían cocerse en hornos de panadería. Son de alto contenido graso y aporte calórico también muy importante. Su origen se desconoce pero tradicionalmente se elaboraban sin manteca ni mantequilla, utilizando en su lugar aceite, para cumplir así con los preceptos cuaresmales. Sea como fuere, las aceitadas son para mí el dulce de la Semana Santa que más me trae el recuerdo de la familia, y de mi madre en especial, durante esas fechas tan destacadas. Muchos ratos pasé en mi infancia viviendo aventuras de aceitadas ocultas bajo el baúl de la sala materna, en las que mi mano de niño palpaba en la sombra la cruz abierta en lo alto de la aceitada y enseguida mi boca paladeaba deleitosamente la masa dulce y harinosa, con sabor a anís y a tiempo que no muere.
Otros dulces propios de la Semana Santa son los rebojos zamoranos, las magdalenas, las torrijas y las almendras garrapiñadas (estas últimas suelen venderse en puestos ambulantes instalados en la calle de Santa Clara, aunque también los cofrades de Jesús Nazareno las reparten en la madrugada del Viernes Santo, durante la procesión de esa mañana.


Y para concluir, deseo opinar sobre el verdadero secreto de nuestra ciudad, uno de cuyos emblemas principales es, preciamente, su Semana Santa.

Allá por los años sesenta mi profesor de Dibujo del Instituto, Jesús Francisco Hernández Pascual, también delicado poeta, autor, entre otras obras, de Poemas de viento y sol, escribió sobre Zamora lo siguiente: “En pleno siglo XX he aquí una provincia necesitada de descubrimiento.” Creo que a nuestra Zamora su peculiar característica de rincón apartado de las rutas turísticas importantes le ha privado de ese descubrimiento. Sin embargo, todos los amantes del arte y de la paz estética, lograda amasando edificio y paisaje, han sabido siempre dar con nuestra provincia, recorrer su corazón de parte a parte y registrar en su almario las impresiones duraderas de esta tierra tan singular. Y sólo ha bastado la voluntad de descubrirla. Porque sin voluntad no hay espíritu ni ansias de conocer y saborear la belleza, que es la obra natural más humana. La comodidad es el mal de los tiempos actuales y hay tres factores que nos condenan a ella: el folleto de la agencia de viajes, la televisión y ciertas redes sociales.
Desvelar el secreto de Zamora no es sólo saber, por ejemplo, que San Pedro de la Nave es un monumento nacional que se halla enclavado en El Campillo, o que el monasterio de Moreruela levantó sus venerables piedras en 1131, o que la Colegiata de Toro es representativa del más puro arte románico, o que el Cristo de las Injurias es uno de los mejores crucificados del renacimiento español, o que Jerónimo de Corral, imaginero barroco, nació en Villalpando, o que el templo de Cristo Rey, del barrio de la Candelaria ha sido construido bajo la línea estética más actual…

Poseer los anteriores conocimientos y otros muchos vienen bien para aumentar nuestro acervo cultural, pero se necesita algo más elevado para desvelar parte del secreto de Zamora. Desvelar el secreto de Zamora es encontrarse en el camino durante una visita a la tierra con un habitante de Zamora, charlar un rato con él y entrever en su habla, en sus gestos, en su mirada, en su modo de ser, una postura determinada, una inquietud única, la esencia de ser zamorano que ha hecho posible que en la misma tierra donde crece el trigo y la viña, las jaras y los castaños, hayan brotado esas joyas de piedra únicas, esos milagros del arte con el volumen de un templo románico o de una escultura de Abrantes y ese sentir especial que se experimenta en la calle con los demás y en la casa con la familia durante la Semana Santa.
Esto sí es desvelar parte del secreto de nuestra ciudad y nuestra provincia. Saber encontrar en cualquier manifestación artística la esencia, la idiosincrasia, el modo de ser zamorano. Vuelvo a citar a mi profesor de dibujo Francisco Hernández Pascual: “El destino, la historia, en último término, nos quiso hacer así, como la tierra que pisamos, llanos, limpios, desnudos en la fe y en la palabra.”
Para desvelar, pues, el secreto de Zamora hay que apartarse de los itinerarios de enciclopedia, de los datos, de las fechas y de los movimientos artísticos que los libros contienen (siempre, no obstante, podemos volver a ellos para consultar alguna duda), y decidirse  a contemplar la ciudad y la provincia en su presencia viva, palpitante, intemporal, precisamente por ello. Como se hace en los días que dura la Semana Santa de Ocellum Durii.



 Salud y buenos recuerdos desde Barcelona. Un zamorano de la diáspora.
 


jueves, 12 de marzo de 2020

MEMORIAS DE UN JUBILADO. La Semana Santa de Zamora (III)



A estas alturas no hay que añadir que la Semana Santa zamorana es uno de los principales atractivos de su turismo cultural, folclórico, culinario y preferentemente religioso, que tiene su comienzo en la semana anterior, con sus manifestaciones reposteras y devotas (entre las primeras destaca el horneo y la adquisición de los dulces que se consumirán durante las fiestas y entre las segundas los desfiles de algunas cofradías a partir del Jueves de Dolores con el traslado del Nazareno de San Frontis a la Catedral, para volver a salir en procesión el Martes Santo, acompañado de la Virgen de la Esperanza), y su fin el Domingo de Resurrección, con la procesión de Jesús Resucitado y el desayuno con el típico plato del Dos y Pingada.
De los platos típicos de Semana Santa, la gente suele poner en el orden de sus preferencias en primer lugar el Dos y pingada. “Y una tajada” solíamos añadir los más pequeños (y no tan pequeños). Se trata de un plato que se consume el Domingo de Resurrección como desayuno y está compuesto de dos huevos fritos con dos lonchas de jamón pasados por la sartén y pan frito.
Otros platos típicos de la época son el bacalao al ajo arriero (bacalao frito con ajo y pimentón), el pulpo a la Sanabresa (similar al que se hace a la gallega, con patata cocida en rodajas, aceite crudo y pimentón), los tiberios (mejillones preparados al vapor y servidos con una salsa elaborada con su propio caldo de cocción a la que se añade un poco de pimentón de la Vera, y también acompañados de un picadillo de tomate, pimiento y cebolla sazonado con vinagre, aceite y sal)  o las sopas de ajo (dicen que para prevenir el frío de la madrugada) que en el alto que realiza la procesión de Jesús Nazareno todos los Viernes Santos en las Tres Cruces comen los costaleros para recuperar fuerzas (y por extensión, cuantos van allí para ser testigos de la Reverencia que todos los pasos hacen a la Soledad).

Hemos hablado ya del Miserere, y ahora nos toca hacerlo del canto de Jerusalem, Jerusalem, que es otro de los momentos más solemnes de las procesiones de nuestra Semana Santa. El canto Jerusalem, Jerusalem tiene lugar durante el desfile de la Hermandad Penitencial del Santísimo Cristo de la Buena Muerte, cofradía que se fundó diez años después de mi marcha de Zamora, es decir en 1974, y que no presencié hasta los años 90, en uno de mis felices retornos a la ciudad del alma. La Hermandad, formada por unos cuatrocientos miembros, tiene su sede en la iglesia de San Vicente Mártir, de donde sale y adonde regresa la procesión. El Crucificado, cuya autoría se reparte los nombres insignes de Gaspar Becerra y Ruiz de Zumeta, es una talla en madera policromada que ha sido sometida a varias restauraciones por el pésimo estado de conservación que tenía cuando se descubrió. Lo curioso además es que la imagen es portada por ocho cofrades (hábito monacal blanco con capucha, sandalias y faja y una tea) en unas sencillas andas diseñadas para transportar al Cristo en posición inclinada.
La procesión comienza a las doce de la noche del Lunes Santo, y tras callejear por el casco antiguo hasta llegar a la plaza de Santa Lucía, se produce el momento solemne al que me refería más arriba. Detenido el desfile en la emblemática plaza mencionada, un coro entona el tradicional “Jerusalem, Jerusalem”:
“Jerusalem Jerusalem
Jerusalem Jerusalem,
Convertere convertere
ad dominum deum tuum
tristis est anima mea..."
El coro entona otras composiciones como, Pater, Sitio o Tenebrae a lo largo del recorrido hasta que se recoge hacia las dos de la madrugada en la misma iglesia de San Vicente donde se entona el Vexila Regis:
“Vexilla regis prodeunt,
fulget crucis mysterium,
quo carne carnis conditor
suspensus est patibulo…”
 

Quizá una de las procesiones más representativas de nuestra Semana Santa, junto a la que acabamos de mencionar y otras como la del Cristo de las Injurias, del Miércoles Santo, del Yacente, del Jueves Santo,  la de Jesús Nazareno, del Viernes Santo, o la de la Santísima Resurrección, del Domingo de Gloria, sea la procesión de las Capas Pardas, nombre popular que recibe la Hermandad Penitencial del Santísimo Cristo del Amparo, que todos los Miércoles Santos a las doce de la noche sale en procesión de la iglesia de San Claudio de Olivares, acompañando a la imagen de Jesús en la cruz. El Crucificado, que data del último cuarto del siglo XVIII  y atribuido a José Cifuentes Esteban, posee tamaño natural. Va colocado sobre una sencilla mesa que representa el Gólgota, con el único adorno de una calavera y unos cardos. Su aspecto sobrio resultaba plenamente adecuado para la procesión que se estaba diseñando, y por ello fue elegida esta imagen. 
El hábito de los cofrades es la capa alistana (la de los pastores de Aliste, Carbajales y Sayago, aunque no la de trabajo, sino la utilizada en días especiales)​, que por su color oscuro da nombre a la denominación popular de Capas Pardas. Los cofrades, que además portan un farol de hierro forjado, desfilan dispuestos en forma de cruz latina. El Cristo es llevado sobre unas sencillas andas portadas por doce hermanos a dos hombros, con la iluminación de sólo cuatro faroles rústicos, para realzar el patetismo de la imagen en la oscuridad de la noche. Las matracas anuncian el paso de la procesión. Un bombardino y un cuarteto de viento interpretan piezas fúnebres a lo largo del recorrido, marcado por las calles en torno al Castillo, produciéndose su momento más significativo al pasar bajo la Puerta del Obispo. Y cuando la Cofradía regresa al templo de salida, un coro entona el Miserere Popular Alistano.
Sobre esta procesión, a su paso por la plaza de Diego de Deza, llegué a escribir los versos que siguen.
"Era el lugar elegido
para ver las Capas Pardas
que acompañan a su Cristo
con el son de las matracas.
¡Con qué devoción las gentes
el Vía Crucis rezaban
mientras el cielo y el río
silencio triste guardaban!
Yo recuerdo el bombardino
sonando cual si llorara
por la muerte tan atroz
de Jesús, tan solitaria.
Y alumbraban los faroles
la seriedad de las capas.
Y de todo era testigo
aquella escondida estatua
que sabe más de Zamora
que las gentes más ancianas.”
 

Acabamos esta entrada hablando del Museo de Semana Santa, que se halla contiguo a la iglesia de Santa María la Nueva, y que fue creado en 1957 por la Junta Pro Semana Santa de nuestra ciudad con el fin de conservar y exhibir al público los pasos procesionales de las cofradías, hasta entonces alojados en diversos locales, en algunos casos en precarias condiciones. Tras adquirir el solar ese mismo año, el Museo se abrió finalmente al público a principios de septiembre de 1964. En 1972 la Junta adquirió un local anexo, aunque sin comunicación con el Museo, para instalar en él su archivo y el de las distintas cofradías.
En 1990 se adquirieron dos solares más que se utilizaron para ampliar el espacio de exposición y para ubicar las oficinas, el salón de juntas y el taller de restauración. Finalmente, el Museo se reinauguró en febrero de 1994. Desde entonces es el museo más visitado de su categoría en toda España y también el que más visitas recibe de todos los de nuestra ciudad.​ Expone 37 pasos procesionales, entre los que destacan los de los imagineros Ramón Álvarez, Mariano Benlliure, Ramón Abrantes, Hipólito Pérez Calvo y Enrique Pérez Comendador, entre otros, La Entrada Triunfal de Jesús en Jerusalén (popularmente, La Borriquita), La Santa Cena, La Oración del Huerto, Camino del Calvario (popularmente, El Cinco de Copas), Las Tres Marías y San Juan, Jesús Nazareno, La Crucifixión, La Elevación de la Cruz, El Descendimiento, La Piedad, La Conducción al Sepulcro, El Santo Entierro (La Urna), Cristo Resucitado o La Virgen de la Alegría, además de otros objetos relacionados con nuestra Semana Santa, como hábitos de cofrades, accesorios de las procesiones, etc.
A pesar de la ampliación que ha tenido a lo largo del tiempo, su espacio resulta insuficiente para las obras que exhibe, por lo que existen diversas propuestas para solucionar el problema. Sigue en pie el compromiso del Ayuntamiento para adquirir un nuevo solar que dé cabida holgada a los pasos expuestos, de la Diputación para realizar el proyecto y de la Junta para aportar la financiación. Ya veremos. Sería una pena que todo quedara en agua de borrajas, como decimos en nuestra tierra, si bien ya se empiezan a acometer diversas mejoras respecto a la señalización e iluminación de lo expuesto en el Museo, así como un servicio de audioguías.

Todo esto del Museo está muy bien para quien está de visita en Zamora en cualquier época del año, me atrevo a opinar, pero la verdadera seducción se vive en la Semana Santa de las calles y las plazas día y noche, en los hachones de los cofrades proyectando sus sombras en las fachadas de las casas, en los roces de las cruces y los pies desnudos de los penitentes en el frío e insensible pavimento de alquitrán o de adoquín, en el Merlú llamando a los cofrades con su tambor y su corneta la madrugada del Viernes Santo, en el Barandales haciendo voltear y sonar sus campanas atadas a las muñecas, encabezando las procesiones, el silencio jurado y las solemnes matracas rompiendo la quietud de las noches, el llanto silencioso de los zamoranos apostados en las aceras para ver pasar la procesión que más quiere… y, sobre todo, los pasos que desfilan solemnes en cada una de ellas y las dolientes figuras de las Vírgenes y Cristos que, instalados sobre ellos, portan reflejados en sus gestos y en sus propios cuerpos todo el dolor del mundo, la agonía y la muerte; ahí sí que se siente la seducción verdadera, en las manos retorcidas de La Soledad, en las lágrimas de La Esperanza, en la Sangre derramada del Cristo de las Injurias, en la postración final del Yacente o en la desolada escena del Descendimiento…



martes, 25 de febrero de 2020

MEMORIAS DE UN JUBILADO. La Semana Santa de Zamora (II)





En Zamora en Semana Santa todo parecía alado y feliz y, mientras duraba, se alejaban de ella los problemas cotidianos y domésticos. Lo que durante el resto del año se ponía cuesta arriba, la semana que iba del Domingo de Ramos al Domingo de Resurrección inundaba de ilusión los corazones de los mayores y, especialmente, los nuestros, que al fin y al cabo hasta el problema más grande lo achicábamos con nuestra inherente inconsciencia, tan necesaria, por otra parte, para que nuestra infancia siguiera permaneciendo invulnerable ante las heridas de la vida, que ya llegarían. 
Nuestra ilusión empezaba el domingo de las palmas, en que estrenábamos alguna prenda de vestir y saboreábamos el primer helado del año, y alcanzaba el grado sumo el domingo siguiente, en que las campanas y los cohetes anunciaban que Jesús había resucitado, mientras su “paso” subía la Cuesta del Pizarro, seguía por Ramos Carrión y llegaba a la Plaza Mayor, donde se juntaba con el “paso” de la Virgen, reencuentro feliz donde Hijo y Madre al fin se veían aliviados de tanto sufrimiento.
Cada día de la Semana Santa tenía su aliciente. Incluso antes de empezar, los más pequeños pensábamos cómo vivirla para que no se pareciera a la anterior. Y en ello ocupaban lugares especiales, en primer término, las aceitadas que mi madre preparaba para las fiestas. Y en segundo, la procesión que salía días antes de San Frontis para llevar el “paso” del Nazareno al templo de San Juan de Puerta Nueva, del que volvería a salir la noche del Martes Santo, y que anunciaba indefectiblemente el inicio de la Semana Santa.


El lunes subíamos a la ciudad a ver al Jesús de la Tercera Caída y la Virgen de la Amargura, esculpida por Ramón Abrantes, vecino de mi barrio y por más señas hijo de la señora Luisa, comadrona que ayudó a algunas de nuestras madres a traernos al mundo a muchos de nosotros. Cuando pasaban las mesas con las imágenes por delante de nosotros, con una voz que era un susurro de admiración, mi padre me ponía al corriente de los más mínimos detalles y leyendas sobre ellas.
--Mira-- me decía--, esa Virgen de Abrantes sólo tiene la cabeza y las manos, lo demás es miriñaque.
A mí eso del miriñaque me sonó siempre a misterio, a algo oculto y secreto que tenía la Virgen de la Amargura de Abrantes, misterio que no  descubrí hasta muchos años después, leyéndolo en las guías turísticas sobre la Semana Santa zamorana y sus curiosidades. Y en uno de mis retornos a la ciudad del Duero, hablando con el propio escultor en su taller de la calle Sacramento, salió a relucir lo de su Virgen, y el artista me confesó que menos mal que sólo había tenido que esculpir la cabeza y las manos de la venerada imagen porque ya de por sí los dedos y la expresión del rostro le habían producido tantas dificultades que acabó enfermando mientras trabajaba en ella. Refiriéndose a su Virgen, añadió sonriendo:
--Amargura, un nombre que ni pintado para la ocasión. Pero valió la pena.
Y justo ese día recibí una sorpresa muy entrañable y familiar porque, cuando ya nos despedíamos, Abrantes me llevó del brazo hasta un rincón del taller y, señalándome un caballete, dijo:
--A propósito, este caballete me lo hizo tu padre. 


Como iba diciendo, mi padre, a la menor ocasión que nos ofrecían las innumerables procesiones que recorren cada año las viejas calles de nuestra querida ciudad, me contaba detalles curiosos y  afectivos relacionados con los “pasos” y sus imágenes.
--Fíjate en el cuello de Jesús-- me decía cuando pasaba a nuestra altura la imagen del Nazareno en su tercera caída. Era en verdad un cuello demasiado largo que el escultor Quintín de la Torre encontró necesario para poder aguantar mejor el peso de la cruz, de madera de verdad.
El “paso” preferido de mi padre fue durante mucho tiempo el llamado vulgarmente el Cinco de copas porque las cinco imágenes de la mesa aparecen colocadas como las copas del naipe tradicional, es decir, una figura en el centro, la de Jesús portando la cruz, y en las esquinas del “paso” las cuatro restantes, cuatro sayones judíos. El “paso” abría y sigue abriendo la procesión que la madrugada del Viernes Santo sale de San Juan para recorrer gran parte de la ciudad. A mi padre lo que más le gustaba de la “mesa” era el famoso “baile” que sigue efectuando con sus cinco imágenes al toque fúnebre de la marcha de Thalberg, a la que por otra parte el vulgo le puso una letra que de ningún modo se corresponde con la solemnidad de la música (recuerdo que una de sus más estrambóticas y conocidas frases era “…Y no tenía jabón pa lavar…”, cosas de las costumbres populares).
Con el tiempo y ya en Barcelona, me enteré por una postal que me envió la buena y hospitalaria maestra del piso inferior de nuestra casa durante una Semana Santa, que el “paso” preferido de mi padre no era el mencionado más arriba, sino otro que desfilaba en la misma procesión y a continuación del anterior llamado La caída, obra del escultor zamorano Ramón Álvarez. Y no me extraña la preferencia de mi padre por tal “paso” pues el grupo escultórico que lo compone, inspirado en el cuadro El pasmo de Sicilia de Rafael, tiene todas las características para emocionar: desde el rostro de dolor y pena de Jesús hasta el gesto de ternura de su Madre, pasando por la crueldad del sayón que apoya un pie sobre la espalda del Nazareno, y la del que tira de la cuerda atada a su cuello o, en otro orden de cosas, la sonriente indiferencia del niño que transporta el mazo y el cesto de los clavos.
¡Recuerdos de la infancia!
Como presenciar la procesión de la Vera Cruz desde el ábside de la Magdalena cuando el sol ilumina todavía la alta cornisa del convento del Tránsito y los velos sagrados de la Cruz que abre el desfile flotan al viento en la esquina de Ramos Carrión. Asistir al momento en que las túnicas moradas se tornan nocturnas, y en el olivo de la oración se enredan las sombras, mientras el ángel de Salcillo (también puede ser obra de un escultor de su escuela) empieza a parecer un ser del más allá como un bello recuerdo a punto de esfumarse en el aire del olvido, o la figura borrosa del criado de Malco echándose mano a la oreja tras recibir el tajo de San Pedro.
Ritos y recuerdos de un tiempo que sólo puede volver al conjuro de la impenitente nostalgia. Como aquella tarde eterna en que, camino de vuelta a casa tras la procesión de la Vera Cruz, nos pasamos por San Cipriano para hacer una visita al Yacente, el otro Cristo nuestro que esperaba entre las pacientes sombras del templo la hora justa de salir en andas a la calle. Cena rápida y vuelta a la ciudad para verlo en activo. Un año lo vimos en la plaza de Santa Lucía acompañado de penitentes que arrastraban cruces pesadas, y al año siguiente en la plaza de Viriato, donde los cofrades, solemnemente formados en torno a Él, le cantan el doliente Miserere. Pero el momento del Yacente que con más emoción recuerdo es el que viví un año lluvioso, una noche oscura y fría en que apenas había gente por la calle (y menos aún había en la cuesta de Balborraz, donde lo vi pasar). En andas lo traían los cofrades de la Hermandad, y pasó a un palmo de la acera donde yo me encontraba. Parecía un muerto cualquiera al que llevaban a enterrar, con su seguimiento fúnebre y sus rezos afligidos. La cabeza, inclinada sobre un almohadón, mostraba sus rizos como ríos congelados, y los ojos con una rendija de luz espantada por la muerte al otro lado de los párpados entreabiertos. Lo de menos era la sangre barroca recorriendo de arriba abajo su piel amarillenta. Era el aspecto de cadáver normal que en medio de un silencio desolador era conducido al cementerio lo que me conmovía. Mi padre me decía de niño que había conocido al Yacente en un altar lateral de la Concepción, tapado púdicamente por una colcha bordada por las monjas y que había sido más tarde, dos o tres año antes de nacer yo, cuando, tras ser creada la Hermandad de su nombre, empezó a salir en procesión las noches de Jueves Santo, acompañado por hermanos vestidos con túnicas de estameña blanca, fajín de color morado, caperuz de estameña blanca también y portadores de un alto hachón de cera roja.


El tiempo no pasa en balde y a la vez es una goma de borrar inexorable. Pero la memoria atenta se encarga de evocar momentos del pasado y lo hace con tanta viveza que se asoman a nuestra mente como trailers de películas cuyos protagonistas somos nosotros mismos y la gente zamorana con la que compartimos entonces aquellas entrañables escenas. Se lo digo a mi mujer en la playa y me mira sonriente. Estamos a casi mil kilómetros del corazón de la Semana Santa, y sin embargo suena la Marcha Fúnebre de Thalberg en nuestros oídos, como si estuviéramos allí, apostados en la Plaza Mayor de Zamora, esperando a la procesión. Poco antes desayunábamos chocolate con churros y aguardiente en un bar de la trasera de San Juan, el templo del que sale la procesión del Viernes Santo. La madrugada es fría. Los labios manchados de chocolate hablan de otros Viernes Santos en que nuestros mayores estaban vivos y nosotros éramos niños, de ojos asombrados y oídos abiertos para verlo y oírlo todo hasta el mínimo detalle, hasta el menor susurro. Los ojos de los cofrades perfilados por los orificios correspondientes de sus flojos caperuces, los roces de los pies desnudos de los penitentes sobre el frío asfalto de Santa Clara. 
Al sol, en la playa, con el mar delante, a mil kilómetros de distancia, mi mujer me recuerda la costumbre de ir a las Tres Cruces a tomar las sopas de ajo con los costaleros de los “pasos” hasta que el Merlú, los dos cofrades que tocan el clarín y el tambor para avisar de los diversos momentos del desfile, anunciaban que la procesión se reanudaba. Entonces las faldas de los “pasos” bajaban otra vez y los costaleros, renovadas las fuerzas, ponían de nuevo en movimiento las figuras de la Soledad, de la Redención, del Cinco de copas o de La caída, ante la mirada atónita de la gente apostada en las aceras, y volvía a sonar la Marcha de Thalberg, que todos llevamos en las entrañas desde que comemos aceitadas por Semana Santa.

Esa misma tarde del Viernes Santo tenía lugar la procesión del Santo Entierro, de entrañable memoria para mí, especialmente desde que en uno de mis regresos a la ciudad del alma, tuve ocasión, por unas horas, de formar parte de la comitiva que llevaba el cuerpo muerto de Cristo en una urna. Un amigo de siempre, al que nunca dejaré de agradecer el detalle, me prestó su hábito de cofrade, túnica y caperuz de terciopelo negro, y vara de madera rematada en una cruz con sudario para que fuera aquel día un nuevo miembro de la hermandad. Su hijo pequeño desfilaba delante de mí y cerca de nosotros iba el Cristo de las Injurias, que había salido la noche del Miércoles Santo de la Catedral en la procesión del Silencio y ahora lo devolvíamos allí. Junto al Cristo de las Injurias, desfilaban otros “pasos” de bella y emotiva ejecución, como el de la urna mortuoria, que da nombre a la cofradía, para cuya figura de Jesús el imaginero se inspiró en el cuerpo de un hombre ahogado en el Duero, tres obras del escultor zamorano Ramón Álvarez: La lanzada (para nosotros, el Caballo de Longinos), el Descendimiento y la Virgen de los clavos, y el Descendido, de Benlliure. La procesión salió del Museo de Semana Santa, y la abría uno de los personajes más emblemáticos de los desfiles de la Semana Santa zamorana. Me refiero al Barandales que, vestido de negro terciopelo como todos nosotros, hacía sonar, mientras caminaba, el par de campanas que llevaba atadas a las muñecas. Con el paso de los años al Barandales se le erigió un monumento en la misma Plaza de Santa María la Nueva donde se ubica el Museo de Semana Santa, monumento que consiste en una estatua de bronce en plena acción de tocar la campanas, obra del imaginero zamorano Ricardo Flecha, que había sido aprendiz en el taller de Abrantes.
Dado que, por prescripción litúrgica, las campanas de las Iglesias de Zamora enmudecían desde la tarde del Jueves Santo hasta el Domingo de Resurrección, nació la figura del Barandales, precisamente para que la percusión metálica de sus campanas recordara a los fieles la celebración de los distintos oficios y acontecimientos que se fuesen sucediendo en la pasión zamorana. Así pues, con el sonido característico de esas dos campanas que llevaba pendientes de sus muñecas, este singular “campanillero” empezó abriendo la marcha de tres cofradías: la Santa Vera Cruz, el Santo Entierro y Nuestra Madre de las Angustias. Doscientos años después las cofradías de la Borriquita, la Tercera Caída, el Vía Crucis, la Virgen de la Esperanza y Luz y Vida, no queriendo ser menos, introdujeron el Barandales en sus desfiles procesionales con el mismo cometido.
Y mientras ese Viernes Santo el hijo pequeño de mi amigo y yo desfilábamos inmersos en la solemnidad de la procesión, iba viendo, a través de los ojos de mi caperuz, una Zamora diferente que nada tenía que ver con la de siempre había vivido porque me había convertido de repente en actor, en vez del asombrado espectador que había sido hasta ese momento. Eso mismo le digo a mi mujer ahora, a mil kilómetros de distancia, mientras el mar muere suavemente a nuestros pies en una playa de Barcelona. Y ella, a cambio, me recuerda la parecida sensación que vivió otra Semana Santa de aquéllas en que volvíamos a visitar la Perla del Duero. En dicha ocasión mi mujer desfilaba el Sábado Santo por la noche con una amiga zamorana en la procesión de la Soledad, ambas portando una tulipa de cristal y vestidas de luto riguroso para acompañar en su dolor a la Virgen más sola de la Semana Santa, bella y emotiva imagen del escultor zamorano Ramón Álvarez, que muestra el rostro compungido y las manos entrelazadas en un gesto de total resignación, hasta la Plaza Mayor, donde le cantaron la tradicional Salve.
--Nos parecía que en verdad estábamos acompañando a una madre que acababa de perder a su hijo—me dice mi mujer con la voz entrecortada.
¡Recuerdos sentidos!
Al día siguiente, Domingo de Resurrección, mientras todas las campanas de la ciudad repicaban a gozo por la vuelta a la vida de Jesús y su encuentro con la Virgen en la Plaza Mayor, nosotros iniciábamos el regreso a Barcelona, trayéndonos un cúmulo de sensaciones pertenecientes a todos los sentidos, desde el olor de cera derretida, del incienso o de las flores que adornaban los “pasos”, hasta el sonido agudo de las cornetas, el solemne redoble del tambor o el insistente silencio sólo roto por las toses o el golpear de las varas de los cofrades, sin olvidar el viento frío de las noches zamoranas, la emoción que acababa en lágrimas o el sabor del anís y la aceitada.
Las aceitadas, que aún hoy mi mujer amasa y cuece en el horno para regalar el gusto de la familia y despertar el recuerdo de la Semana Santa, que duerme eternamente en la cuna del alma.