martes, 8 de septiembre de 2020

MEMORIAS DE UN JUBILADO La Barcelona de ayer (2)

 

 

                         

                            La ruta semanal

La semana avanzaba por la calle de Tamarit arriba hasta la Plaza donde esperaba la pasión del libro y, tras las charlas en el bar de Letras, nos salían al paso las presiones, las prisas y los nervios, drogas duras que inyectaban furiosos los exámenes.

El resto era volver a los amigos,  al trato del pincel y de los versos abiertos en canal por los puñales  de la música dulce de San Remo.

El resto era el placer del vino mago que hacía derramar poemas tristes a lo Buesa, o el deambular artístico por calles de Gaudí, donde unas torres, pétreas barras de pan, dan de comer a las aves del alma o unas cúpulas de fresa albergan camas donde el llanto aguarda tras la fiebre de la herida.

Entre el aula y la escuela de la calle y la amistad crecí aquel año azul palpando el cubalibre del guateque y el pecho femenino tras la blusa.

 

                       Ella, al fin

Al fin la conocí. Ella era la vida,  la brisa que esperaba la alta vela de mi barco dormido en la añoranza.

Fue en la marabunta de la música y el ron con cocacola, en un guateque casero como aquellos que montábamos en la casa del amigo pintor cuando sus padres se iban de fin de semana a su segunda residencia.

Ella bailaba como una lluvia cálida, era toda  bailable y bailarina y no sabía aún que yo la amaba, que más tarde, a las puertas de su casa, tras la fiesta, le pediría que fuera mi novia.

Fue una Merced de calendario y cielo, de esas que duran una vida entera.

 


                     Dulces retornos

El tranvía  me llevaba cansado al otro extremo  de la ciudad. El sereno acudía a mi llamada, golpeando la acera con el chuzo y agitando las llaves de la noche, mientras todo el mundo perseguía al Fugitivo en su televisión particular.

Después caía en la cama como un Orfeo que ha abrazado a su Eurídice y sueña que el infierno es un regreso constante a las delicias del Olimpo.

¡Qué tiempos cuando el alma se inundaba de música de disco (el Richard Anthony de “Aranjuez mon amour”) y mi cuerpo ardía mientras iba a buscarla a su trabajo!

Un dios Pan, disfrazado de estudiante con apuntes del Cid y cien poemas temblando por hallar sus cauces vivos, era yo camino de sus besos.

¡Qué retornos más dulces a la casa con la brisa de su pelo enredada aún en el mío, con el gusto a manzana de sus labios aún besando la fiebre de los míos!

Nostalgia inútil, te odio, pero te amo también porque el recuerdo me da vida.

 



                             Horta

Y viviendo la luz que me dio ella,  otro barrio brilló bajo mis pies: su nombre, Horta, de casas y torres con glicinias y pisos heridos de aluminosis; de plazas donde el pueblo compartía su tipismo con fuet y con sardanas, de cines donde ardíamos sin ver las películas que proyectaban en los cines románticos: Diamante, Astor, Virrey, Venecia, Horta, Maragall, Odeón... . Y bailes donde juntábamos volcanes de deseos con músicas melódicas en tanto que la tarde, mareada, daba fe  del amor enredado en nuestras yedras.

 


                            Garraf

Y en tiempos de toalla y mar amigo, de arena y bronce gratis, nos armábamos de paciencia infinita y de nevera portátil, y cogíamos el tren para Garraf.

Era casi imposible echar el cuerpo a la larga sobre la arena entre tanta carne puesta al asador, y apenas la toalla señalaba el candor de nuestra piel.

El agua, acometida, se quejaba de tanta pierna y tanto brazo, era como entrar en la gresca de un buen caldo.

Pero pronto, recogidos los útiles, monte arriba, entre pinos, requeríamos un refugio tranquilo para comer y echar la siesta luego.

¡Un paraíso al alcance de Romeo y Julieta! 

 


El nubarrón

No todo era soñar y dar los pasos por sendas florecidas, vino y arte en aquel sesenta y cinco de la luz que vino a deslumbrar aun más mi vida.

Había un nubarrón que amenazaba la mies de la familia, un nubarrón inexorable, una termita hambrienta dispuesta a socavar la luz de casa.

El hospital artístico, de cúpulas de fresa que yo había conocido, fue también bisturí y convalecencia para el padre operado.

Y la termita que roía el pilar de su estatura siguió sembrando el luto agazapada, mordiendo, devorando amor y tiempo.

 


                      Dios no disponible

Dios no estaba nunca disponible. Busqué su compañía en las iglesias, por las plazas cuajadas de palomas y niños que jugaban al columpio; de día, cuando todo es más abierto y la luz unge labios y miradas; de noche, cuando el miedo se hace pánico y el pánico sepulcro de deseos.

Las clases eran humo donde Góngora luchaba por lucir sus “Soledades”. Nada, nada lograba detener mis ríos de tristeza, la esperanza era una lluvia sucia que se hundía en las bocas del alcantarillado.

Y Dios no estaba en las iglesias, no estaba en ningún sitio, despachaba ignorancias y olvidos. Yo no iba a pedirle milagros, sólo tiempo, un poco más de tiempo para el hombre que me había traído a  la ciudad un año antes. ¡Tan sólo tiempo, tiempo! Y el tiempo era ya humo para él.

Y aunque Dios no quería oírme, le dije de todo menos “Dios”,  por las calles, por las plazas cuajadas de palomas y niños que jugaban al columpio, y en las iglesias donde sólo estaba el tedioso silencio de su ausencia.

 



                                Cómplices silencios

Y empezamos en casa a practicar los cómplices silencios que amortiguan el llanto y el dolor, las frías sombras que amenazan de muerte al hombre bueno que ha sido para ti un dios tranquilo, la mano que alzó un día el andamiaje de tu propia estatura, que dio pan de sueño a tu niñez.

Y planeamos meriendas a Las Planas, donde el padre reía débilmente, acaso cómplice también del disimulo, como magia para alargar el trágico momento, y elevaba el porrón para que el vino le bendijera como en años más jóvenes.

Y al Tibidabo, donde los espejos cóncavos nos partían de risa y él soñaba aún con primaveras y viajes subido al avión y viendo el mar al fondo de la niebla, tras las grises avenidas de nuestra gran ciudad.

 


          Tristeza

Yo no disfrutaba con los cuadros que pintábamos por los alrededores, estaciones en ruinas, campos rubios,  barcos desahuciados o masías con perros que espantaban nuestras telas.

Ni comprando en Canuda libros viejos con pétalos de rosas en sus páginas y tarjetas postales con Colón apuntando hacia el mar, y entradas rotas del Liceo, y estampas y billetes que nunca más compraron...

Yo no disfrutaba con los vinos de Las Botas.  Ni los versos procaces de Espronceda,  ni los chistes subidos distraían la alarma de mi pena.

Sabía que más tarde o más temprano no podría acallar más la morfina los perros de la muerte. Que mi padre, cansado de luchar contra el dolor, cerraría las puertas al verano, y, las manos en cruz sobre su pecho, iniciaría la ruta de la seda.

 


                        La muerte

Lejos de la gran ciudad, de la casa donde la muerte estaba gobernando, una noche de mili encabronada escuché la noticia bien sabida.

Un tren de medianoche atravesó tierras y lágrimas sin un descanso.

En mi macuto ardían cien poemas de rabia contra Dios, contra la vida, contra la primavera que incendiaba los campos de lujuria.

Llegué, limpio de llantos, hasta el lecho donde el padre aguardaba mis besos, mis palabras, tal vez la confesión de que él había significado todo para mí. Pero nada dije, nada hice sino mirarlo lentamente como quien ve partir el barco que un día lo había traído hasta esta orilla.

Más tarde, cuando dejamos su envoltura corporal en el gris Cementerio de Montjuic, supe bien que cualquier descubrimiento lleva luz a las almas y penumbras, y que los cuerpos crecen con heridas que la vida les va abriendo sin causa, como letra obligada en un poema.

 


                             Bálsamo

Menos mal que el amor es puro bálsamo y su ternura aligera cualquier herida . Si no, todo habría sido un tobogán hacia el odio del vino y la desidia.

Las Ramblas de los pájaros, las Ramblas por donde el mundo entero se codea entre razas y lenguas de Babel, fueron ojos de mi florecimiento, oídos de mi amor. (La pena ardía entre sus manos blancas hasta hacerse ceniza de ternura.)

Ella me hablaba de barcos y gaviotas que tenían nombres de personas que queríamos, mientras la “golondrina” se alejaba por la dársena azul hacia los cubos grises del rompeolas, y su estela era el limpio recuerdo de una vida que nos seguía mar adentro, como el eco de la voz que nos hablaba momentos antes.

Ella lo decía y yo me lo creía. ¡Puro bálsamo!

 



                   Amor en todas partes

Y Montjuic me mostraba sus rincones con la procacidad del primer día, los arcos del Museo Arqueológico, la Font del Gat llorando cantos viejos, la grata Rosaleda, el Teatre Grec... y en todas partes era fácil, libre, el beso, el desamarre del amor, en todas partes dábamos fe viva de que la soledad más triste canta y explota cuando hierve en luz la sangre, si otra sangre baila con la tuya.

Y si no era Montjuic, era el Parc Güell, la piedra vuelta loca en maceteros, en arcos, en columnas, en la gracia que aquel loco arquitecto de inquietudes y sueños sembró en el corazón de Barcelona.

En todas partes ella hacía de mí una soledad pequeña, una elegía menos triste y más alta y más auténtica.

 


                          Los amigos

Y los amigos siguieron siendo amigos, compartiendo conmigo endiosadas ebriedades, poemas y pinturas. Fueron manos sinceras que aguantaron mi caída cuando yo estaba herido de tristeza y era como un pájaro en la lluvia.

Pero a unos unas cosas y otras cosas a otros, los fueron apartando del camino común, y sólo a veces, y muy pocos amigos, solíamos encontrarnos en Parés o en la Cueva del vino y recordábamos con los ojos brillantes nuestras juergas pacíficas.

El amigo pintor y yo, los más asiduos, cruzábamos a veces nuestras miradas sabiendo que algo puro, vivo, auténtico, a punto estaba de desvanecerse como el perfume de una dama hermosa que deja nuestro cuarto tras amarnos, como si aquella Barcelona amada estuviera diciéndonos adiós.

 

sábado, 22 de agosto de 2020

EL AÑO DE GALDÓS (I)




Ahora que  hace unos días en casa releíamos Fortunata y Jacinta, y sobre la novela y sus tres principales personajes, Fortunata, Jacinta y Juanito Santa Cruz, hablábamos apasionadamente, caigo en la cuenta de que, así como a Delibes (se cumple este año el centenario de su nacimiento) le he dedicado unas cuantas entradas en mi blog para recordarlo, voy a hacer lo mismo con Galdós porque en este año 2020 se cumple también el centenario de su muerte.





De Galdós y sus lecturas guardo hermosos recuerdos, casi todos referidos a mi vida como docente, aunque también hay recuerdos que me llevan a mi adolescencia y vida de estudiante, cuando descubrí La sombra, un relato fantástico inspirado en otros escritores de mi preferencia entonces, entre otros, Hoffmann y  Poe, pero también en Cervantes (de su novela El extremeño celoso, extrajo Gldós el nombre del protagonista) y, sobre todo, de los cuentos de bruja que leyó en su infancia.

El doctor Anselmo es una especie de Fausto español, cuyos celos le atormentan tanto que se materializan en una sombra que lo persigue a todas partes. Pero eso es un pretexto para hablarnos de misterios, mitología, arte y aventuras fantásticas.
He aquí algunos datos sobre la vida del doctor Anselmo:
“Vivía de cierta módica pensión que le daban no sabemos dónde, y de los cuartejos que había realizado vendiendo los últimos restos de su fortuna. Parecía, en resumen, uno de esos eremitas de la ciencia, que se aniquilan víctimas de su celo, y se espiritualizan, perdiendo poco a poco hasta la vulgar corteza de hombres corrientes, y haciéndose unos majaderos que sirven para pocas cosas útiles, y entre ellas para hacer reír a los desocupados. Su hábito, su temperamento, su personalidad era la narración. Cuando contaba algo, era él, era el doctor Anselmo en su genuina forma y exacta expresión. Sus narraciones eran por lo general parecidas a las sobrenaturales y fabulosas empresas de la caballería andante, si bien teniendo por principal fundamento sucesos de la vida actual, que él elevaba a lo maravilloso con el vuelo de su fantasía. Al contar estas cosas, siempre referentes a algún pasaje de su vida, ponía en juego los más caprichosos recursos de la retórica y un copioso caudal de retazos eruditos que desembuchaba aquí y allí con gran desenfado. Su estilo no carecía de arte, siendo por lo general difuso, vivo y pintoresco.”


También leí en mi época de estudiante algunas novelas sentimentales y costumbristas, la más importante de las cuales es Misericordia, de la que guardo un  recuerdo entrañable, centrado en la señá Benigna (Benina o Nina), el prototipo femenino de la caridad cristiana. De ella dice Galdós:
“Respondía al nombre de la señá Benina y era la más callada y humilde de la cominidad, si así puede decirse; bien criada, modosa y con todas las trazas de perfecta sumisión a la divina voluntad. Jamás importunaba a los parroquianos que entraban o salían; en los repartos, aun siendo leoninos, nunca formuló protesta, no se la vio siguiendo de cerca ni de lejos la bandera turbulenta y demagógica de la Burlada. Con todas y con todos hablaba el mismo lenguaje afable y comedido; trataba con miramiento a la Casiana, con respeto al Cojo, y únicamente se permitía trato confianzudo, aunque sin salirse de los términos de la decencia, con el ciego llamado Almudena (todos estos nombres mencionados son de personas que iban a pedir como la Benina), del cual, por el pronto, no diré más sino que es árabe (…). Tenía la Benina voz dulce, modos hasta cierto punto finos y de buena educación, y su rostro moreno no carecía de cierta gracia interesante. (…) Eran sus manos como de lavandera, y aún conservaban hánitos de aseo. Usaba una venda negra bien ceñida en la frente; sobre ella, pañuelo negro, y negros el manto y vestido, algo mejor apañaditos que los de las otras ancianas. Con este pergenio y la expresión sentimental y dulce de su rostro, todavía bien compuesto de líneas, parecía una Santa Rita de Casia que andaba por el mundo en penitencia. Faltábale sólo el crucifijo y la llaga en la frente, si bien podría creerse que hacía las veces de ésta el lobanillo del tamaño de un garbanzo, redondo, cárdeno, situado como a media pulgada más arriba del entrecejo.”

Y un par de Episodios Nacionales, Trafalgar y Zaragoza, cuyo protagonista es Gabriel Araceli (personaje ficticio), un muchacho gaditano, huérfano para más señas, que cuenta en primera persona y desde su peculiar punto de vista lo que sucede en torno suyo y en ocasiones muy cerca de él. De un momento del sitio de Zaragoza dice:
“Los franceses nos abrasaron con un fuego espantoso, porque, viendo que el reducto se deshacía pedazo a pedazo, cobraron ánimo, llegando al borde mismo del foso. Era locura tratar de tapar aquel hueco formidable, y, hacerlo a pecho descubierto, era ofrecer víctimas sin fin al furioso enemigo. Abalanzáronse muchos con sacos de lana y paletas de tierra, y más de la mitad quedaron yertos en el sitio. Cesó el fuego de cañón, porque parecía innecesario; hubo un momento de pánico indefinible: se nos caían los fusiles de las manos; nos vimos destrozados, deshechos, aniquilados por la lluvia de disparos que parecían incendiar el aire, y nos olvidamos del honor, de la muerte gloriosa, de la patria y de la Virgen del Pilar, cuyo nombre decoraba la puerta del baluarte inconquistable. La confusión más espantosa reinó en nuestras filas. Rebajado de improviso el nivel moral de nuestras almas, todos los que no habíamos caído deseamos unánimemente la vida, y, saltando por encima de los heridos y pisoteando los cadáveres, huimos hacia el puente, abandonando aquel horrible sepulcro antes que se cerrara, enterrándonos a todos.” 



Pero fue en mi etapa de profesor de Literatura donde me interesé más por la figura del escritor canario y su obra centrada preferentemente en el Madrid decimonónico, si bien en mi libro La lengua diaria ya había incluido en uno de sus capítulos un fragmento de Trafalgar como punto de partida para estudiar los diversos aspectos de la lengua, lectura oral y comprensiva, vocabulario y expresión escrita. Éste:
“Por todos lados descubríamos navíos dispersos, la mayor parte ingleses, no sin grandes averías y procurando todos alcanzar la costa para refugiarse. También los mismos españoles y franceses, unos desarbolados, otros remolcados por algún barco enemigo. Marcial reconoció en uno de éstos al “San Ildefonso”. Vimos flotando en el agua multitud de restos y despojos, como masteleros, cofas, lanchas rotas, escotillas, trozos de balconaje, portas, y, por último, avistamos dos infelices marineros que, mal embarcados en un gran palo, eran llevados por las olas, y habrían perecido si los ingleses no corrieran al instante a darles auxilio. Traídos a bordo del “Trinidad”, volvieron a la vida, que recobrada después de sentirse en los brazos de la muerte, equivale a nacer de nuevo.
“El día pasó entre agonías y esperanzas; ya nos parecía que era indispensable el trasbordo a un buque inglés para salvarnos, ya creíamos posible conservar el nuestro.”

En resumidas cuentas, Benito Pérez Galdós (Las Palmas de Gran Canaria,1843- Madrid, 1920), como persona fue liberal y amante de su país, y como novelista intentó reformar lo que no le agradaba de lo que sucedía a su alrededor, suponiendo que el conocimiento de los problemas y el planteamiento de los mismos por escrito podría ayudar a solucionarlos. Y empezó su labor en el pasado más reciente, escribiendo los citados Episodios Nacionales, comenzando con la batalla naval de Trafalgar (1805) , en que España y Francia se aliaron para luchar contra Inglaterra, y acabándololos aproximadamente setenta años más tarde, coincidiendo con la Restauración de la monarquía borbónica.
Aí pues, ese Madrid decimonónico está presente ya en muchos Episodios Nacionales ( El 19 de marzo y el 2 de mayo, El equipaje del rey José, La estafeta romántica, Prim, España trágica…) y en gran parte de sus novelas ( Miau, Fortunata y Jacinta, La desheredada, Misericordia, Nazarín, las novelas que tienen de referencia la figura de Torquemada…)
Tal vez sea Fortunata y Jacinta la novela de Madrid. La capital de España, como centro y resumen del vivir español, fue el escenario elegido por Galdós para hablar de las diversas clases sociales que conviven en ella, desde la aristocracia venida a menos hasta los mendigos y gente de mal vivir, sin olvidar a los clérigos, a los burgueses adinerados, a los funcionarios que aparentar tener lo que no tienen, a los comerciantes que malviven con sus pequeñas tiendas o los que sobreviven de un escaso jornal…, todos obligados a cumplir las leyes sociales (recordemos, a propósito, lo que Fortunata, verdadera protagonista de la novela, perteneciente al pueblo madrileño, tantas veces viéndose obligado a vivir marginado, tiene que hacer antes de morir: entregar a su hijo al matrimonio Santa Cruz, formado por Jacinta (de los Arnáiz) y Juanito (de los Santa Cruz), pertenecientes a sendas familias de la burguesía adinerada.

Me gusta destacar siempre un par de fragmentos de la novela que se refieren sendos personajes de cierta edad donde Galdós, instalado en su provecta vejez, se retrata a sí mismo. Uno es Evaristo González Feijóo que aconseja varias veces a Fortunata a que se vaya a vivir con su marido Maximiliano e intente vivir tranquila y pendiente de los asuntos de su casa y su familia,  sin pensar en el calavera de Juanito, que sólo puede traerle desgracias.
“Era un hombre de edad, solterón, y vivía desahogadamente de sus rentas. Era el único individuo de la tertulia que no tenía trampas ni apuros de dinero. Hacía gala de ser tolerante con el amor. Por eso no se quiso casar. No olvidemos que Feijóo vivía en dichosa soledad, bien servido por criados fieles, dueño absoluto de su casan y de su tiempo, no privándose de nada que le gustase, y teniendo todos los deseos cumplidos al filo mismo de su santísima voluntad.”
El otro personaje es Plácido Estupiñá, empleado de los Arnáiz y ejemplo del pequeño comerciante, que parecía ser un frecuente asiduo de las tertulias que tenían lugar en muchas tiendas de Madrid y con cuya presencia se animaban las conversaciones. Y cuando dejó de trabajar para Arnáiz para montar su propia tienda de bayetas y paños en la Plaza Mayor, “su tertulia fue la más dicharachera de todo el barrio.” La cosa es que Galdós, al referirse al Estupiñá de las tertulias de antaño, dice de él:
“En 1871 conocí a este hombre que fundaba su vanidad en haber visto toda la historia de España en el presente siglo. Había venido al mundo en 1803 y se llamaba hermano de fecha de Mesonero Romanos, por haber nacido, como éste, el 19 de julio del citado año. Una sola frase suya probará su inmenso saber en esa historia viva que se aprende con los ojos: --Vi a José Primero como le estoy viendo a usted ahora. Y parecía que se relamía de gusto cuando le preguntaban: --¿Vio usted al duque de Angulema, a lord Wllington…? –Pues ya lo creo—su contestación era siempre la misma--: Como le estoy viendo a usted.”


martes, 4 de agosto de 2020

MEMORIAS DE UN JUBILADO. La Barcelona de ayer (1)





Hace unos días volví a Barcelona y experimenté una sensación de tristeza al ver el cambio desfavorable que ha dado su aspecto exterior (muy moderno y todo lo que se quiera, pero falto de alegría y humanidad) y la forma de vivir de muchos de sus habitantes, un tanto depreocupada y sólo atenta a sus intereses personales en perjuicido de la buena convivencia de la comunidad en general, y no sólo me refiero a la influencia que ha causado en ella la pandemia del coronavirus, que sigue dejando su terrible huella. 

A consecuencia de todo ello, no he podido evitar que aflore en mí la nostalgia de la Barcelona de ayer, cuando un verano como éste hace ya más de cincuenta años, empezamos aquí una nueva vida llena de ilusiones y proyectos. Notalgia que expongo en forma de pequeñas instantáneas vitales.



La estación de Francia
Una de las primeras cosas que vi al llegar a Barcelona fue la estación de Francia y su alta luz de cien razas viviendo con sus lenguas  y exóticas historias. Yo acababa de dejar en la esquina del pasado mi página vivida de ciudad provinciana, y abría a la aventura del mestizaje libre y sin fronteras mis ansias de aprender pese al cansancio nocturno de los casi mil kilómetros que me separaban de la primera almendra de la vida, ya en las lindes de la verdad adulta y sus celadas.
Los cuatro viajeros de entonces alucinábamos ante la imparable cascada de habla y etnia junto al tren, en aquella estación de puertas libres. Eso fue lo primero: la preclara, libre apertura hacia verdades vivas.



El sitio de la casa 
El sitio de la casa, luminoso, abierto, cosmopolita y brujo, junto al canto del agua de Montjuic y su esmeralda subiendo hacia el Castillo. (Al alcance de la mano, todo un mundo reciente esperándome.) El piso en alto, tibio el aire en los balcones y la luz en el alma del ser que ya aprendía sin libros y sin sueños. (Casi olvido las huertas y los nidos de aquel otro que vive en mi interior, siempre alumbrando.)
Y también aprendía de los míos: cinco hermanos ardiendo en sueños..., y los padres  haciendo lo posible por que se cumplieran. Versos hablan con gratitud de aquellos manantiales de esperanza.
El mar
Pero también del mar en Can Tunis, al pie del Cementerio de Montjuic,  el agua alegre  brillando en nuestros cuerpos. Era verano y ya estaba dispuesta la amistad a saludarme pronto. Allí, en la orilla, compartiendo la espuma de las horas, los primeros amigos catalanes me hablaron de museos, de caminos futuros por los barrios con solera donde el vino se casa con el arte. Yo, a cambio, les daría humo de versos,  y, todos, saciaríamos bohemias ingenuas de endiosada juventud.


Nombres
Sus nombres quedan ya sembrados, vivos, en mis surcos diarios. Versos hablan  del estudio del amigo pintor donde tejíamos nuestros sueños artísticos; sus lienzos regían nuestras charlas; yo leía mis versos becquerianos; lo demás era fruto del vino y la esperanza.
La juventud podía con los ebrios retornos por la calle del Romano, en torno a cuya estatua solíamos librar batallas de sueños, versos, y galerías de arte.
Y el tranvía, sin dejar de soñar con la gloria,  nos iba transportando por la noche como Ulises camino de sus Ítacas.
Atrás quedaban versos y dibujos sembrados en la frágil servilleta, entre el olor a vino peleón y el humo del cigarro, como un guiño que la diosa bohemia nos brindaba.



Brillos de diamante
Nombres, vivos nombres que ahora traen momentos de amistad, que a la mirada prosaica del presente me torturan con la nostalgia inútil. Pero entonces..., entonces eran brillos de diamante en nuestras manos. Petritxol, Canuda, los Baños Viejos..., mundos donde abrían  sus puertas al amor y al arte cuerpos y almas tocadas por un don común,  por un año de gracia, aquel primero en que aprendí el misterio de Barcino, arrimando el oído al corazón, a los barrios de las tentaciones del cuerpo y del arte.
Pintábamos de día en caballete con el mar a los pies y el cielo azul temblando entre las velas de los muelles.
Y por las noches abríamos las salas de Baco con las llaves más gozosas. Entre vaso y vaso abríamos ventanas  a las musas, mientras uno perdía lápices en Cristos agonizantes y mujeres desnudas, otro buscaba sus minotauros, un tercero soñaba con París, una flotaba en nubes de Picasso y el amigo pintor la dibujaba con pinceles  impregnados del óleo eterno del corazón.

 
El refugio
Las inocentes ebriedades duraban lo que duraba el fiel arrobamiento. Luego volvíamos al recinto de los Beatles y volvíamos a caer en toboganes de amor y de magia.
En el estudio  pasábamos el tiempo hablando de Dios, del arte, del amor y el erotismo y de poemas mientras el mundo se multiplicaba en andamios y las palomas pintaban las estatuas con sus grises de fuego. En el refugio tocábamos las teclas de las musas y planeábamos híbridas visitas a museos y tabernas. Recuerdo todo eso con pasión.


El Mercadillo de los libros
Como también recuerdo el generoso horizonte del Mercadillo de San Antonio. Libros esperando la suerte de las manos que saben teclearlos con caricias de inaciable estudiante y de poeta.
El amigo pintor me acompañaba las mañanas de domingo por búsquedas y encuentros. Libros de magia, de poesía, de arte. Libros que un día sirvieron de escondite a secretos bélicos y a conjuras esotéricas. Libros que fueron cuajando bibliotecas y sueños...  Libros que acabaron siendo testigos de una época y que ahora me obligan a esbozar, entre los labios,  arabescos de gris melancolía cuando hojeo sus bosques de poemas, sus cálidas ventanas de pinturas, de rostros, de paisajes, de esperanzas.


Aquel 64
Aquel 64 del inicio fue también la aventura de las aulas, de las asignaturas serias, hondas,  de los sabios doctores que supieron sembrar en mí los dones del trabajo bien hecho, la lectura, la enseñanza... Martí de Riquer, Blecua , Castro Calvo..., compromisos de rigor y de entrega hacia el estudio...
Y nuevos compañeros, y otras rutas: la Avenida de la Luz y el cariñena, y el bulevar lujoso donde quiso Gaudí poner la almendra de sus sueños en casas temblorosas, casi tartas de piedra, invitaciones para que Dios bajase a ver si eran reales o plagios rebeldes de su excelsa magia.
Aquel 64 del inicio la sabia luz de la Universidad alumbró los desvanes de mi cerebro.


La ciudad en invierno
Y si era la ciudad en el verano un diamante brindado a quien osara entrar en su recinto misterioso  con los cinco sentidos en alerta, en invierno se convertía en una dama que ofrecía sus encantos sin fin bajo la lluvia  y el olor de alquitrán y los sonidos perdidos de la noche, a quien quisiera poner en el tablero su ventura, sus virtudes de amante sin prejuicios.
Los amigos cogíamos el metro y, mineros del arte, un día amábamos la piedad de Pedralbes, y al siguiente, deseábamos a las mujeres que ardían en los cuadros que Picasso en Montcada dejó vírgenes para aliviar miradas encendidas...
Era todo la fiebre de la edad,  que lo mismo encendía nuestra sangre joven que alzaba el corazón del alma a los altares.


Sitges
O nos daba de pronto por cambiar  de horizonte y, locos, nos subíamos al tren del litoral. Y, como a dioses en la orilla del mar, la luz de Sitges nos ungía de gracia, de arte y de poemas, tras rendir pleitesía a la pintura de Rusiñol en Cau Ferrat.
Comíamos entonces  bocadillos de esperanza y bebíamos el vino de la gloria mientras quemaba  los ojos la alegría de formar parte ya del arte fiel que no recibe nada y lo da todo.
Hay fotos que dan fe de aquellos días,  y humos de cigarros y papeles habitados de esbozos y poemas, y cuadros que ya cuelgan para siempre en las salas eternas del olvido.

martes, 23 de junio de 2020

MEMORIAS DE UN JUBILADO. DEFENSA DE LA POESÍA (VIII)


Durante el segundo y tercer años de mi estancia en la ciudad condal dio un vuelco mi vida entre el amor y la muerte. El amor es una luz que siempre anda encendida cerca de nosotros aunque no nos dé de lleno, y cuando nos da, la vida se revoluciona. Eso me sucedió un septiembre durante la fiesta de la Mercè.
Los amigos de Jíos y yo habíamos montado un guateque en la casa de A, aprovechando que sus padres estaban de vacaciones. Lo teníamos todo previsto: los cubatas, la música, el lugar del baile, preferentemente el estudio, que sufrió una reestructuración urgente, y el comedor de la casa, contiguo a aquél. Hasta las chicas, aunque yo desconocía a algunas. Las dos últimas eran la novia de mi amigo el pintor y una amiga suya que además era compañera de trabajo. 


Y a Virrey Amat fuimos a recogerlas. La amiga y compañera de trabajo de la novia de mi amigo era morena, tenía los ojos color aceituna y una melena que le llegaba a la mitad de la espalda. Llevaba un vestido rosa y un collar de cuentas verdes que hacían juego con sus ojos. Nos presentamos y los cuatro bajamos en taxi hasta la casa. Al poco tiempo fueron llegando los demás y, entre sorbo y sorbo, empezamos a bailar con la chica que mejor nos iba. El guateque se desarrollaba según nuestros deseos, hasta que la bebida empezó a surtir sus efectos. En un momento dado advertí que uno de los chicos jugaba con las cuentas verdes del collar de la amiga de la novia de mi amigo, actitud que vi que no le gustaba demasiado. Fui hacia ella y le pedí que bailara conmigo para ayudarla a deshacerse del moscardón que la agobiaba. Y ya no dejé de bailar con ella. Me encontraba muy a gusto con la chica del collar de las cuentas verdes y había notado que acompasábamos bien el movimiento de nuestros pies siguiendo la música.

No puedo veros hoy, amigos míos,
porque esta noche voy donde ella esté;
le tengo que pedir
que nuevamente vuelva a mí
porque si no es así,
no lo resistiréee.
No vale la vida
sin alguien a quien amar,
  yyo no puedo vivir sin ella.
Y si me veis volver
con ganas de llorar,
os ruego, amigos míos,
no comentar.
Sonrisas quiero ver
en prueba de amistad porque
no debe un hombre, no,
llorar por un amor.
No puedo veros hoy, amigos míos…” Etcétera.
El guateque duró hasta cuando debía durar. Cada uno se fue por su sitio, y A y yo acompañamos a casa a su novia y a su amiga. Ellos bajaron en Virrey Amat y nosotros seguimos hasta la Plaza Ibiza, muy cerca de la cual vivía la joven que desde aquel día se convirtió en la mujer de mi vida.
Mientras regresaba en metro a casa no dejé de pensar en sus ojos verdes y en su negra melena. El primer poema que escribí pensando en ella (ya no he dejado nunca de hacerlo y en la mayoría de los poemarios que he escrito hasta hoy, junio del año del coronavirius, figuran poemas dedicados a ella) me salió de un tirón durante aquella noche, en la cama. En cuanto me levanté al día siguiente, lo copié en una de mis libretas.


En tus ojos de esperanza
baila la luz que yo espero,
baila y me lleva encendido
hacia un mundo de recuerdos,
a otra paz que yo creía
hija sólo de los sueños.
Y me dejo transportar
por la noche de tu pelo
sin pensar que con el alba
debo volver a mi cuerpo.
Tus ojos y tu melena
vienen gratos a mi encuentro
para hacer nido de amor
en las ramas de mi pecho.
Que se queden ahí dormidos
sin despertar de su sueño,
mientras yo duermo contigo
y sueño que no despierto.”
Aunque estos versos son bastante flojos, mientras los pensaba en la cama en la plácida oscuridad de mi cuarto, estaba convencido de que el amor era poesía y la poesía amor. Vamos, que si uno está enamorado es capaz de escribir los versos más encendidos. Eso creía yo entonces. Y aún sigo creyéndolo.
Al día siguiente, haciendo tiempo para ir a buscar a mi novia, entré en Castells, una librería de la Ronda de la Universidad que hoy, como muchas otras, ya no existe, y encontré un libro que hablaba de Poesía. Era una edición de La poesía, de J. Pfeiffer, de la colección de Breviarios del Fondo de Cultura Económica. Ya no lo he dejado de consultar nunca desde aquel día. Lo aconsejo a todo aquel que quiera saber cómo es la poesía desde dentro, más aún, acercarse a la comprensión de lo poético, que es más concreto. Con una Introducción tan breve como magnífica, donde se nos dice, entre otras cosas, que “lo que ante todo suele buscarse en la poesía y exigirse de ella son ideas y problemas; y en consecuencia, las gentes se desentienden totalmente de si aquello que la poesía se propone y pretende decir “existe” realmente en ella, si se ha transformado o no en configuración verbal.” Tiene razón. En cuanto a mí, nunca me ha interesado hablar de ideas y problemas en la poesía, sino su transformación, la configuración verbal que adquieren finalmente, es decir, el cómo se dice y en qué temple y estado de ánimo se dice en el poema. Porque, como dice Pfeiffer, “la única actitud auténtica ante el arte (la poesía en este caso, añado yo) es y será siempre una participación sentimental y emotiva.” Claro que para lograr eso, es decir, llegar a la esencia de las cosas, “debemos hacernos sencillos e ingenuos.” No me cansaré de repetirlo: para llegar a acercarse a ser un poeta auténtico no hay nada como actuar como un niño ante lo que nos rodea y tener constantemente la capacidad de asombrarnos como si fuera la primera vez que lo vemos.


En el trayecto hacia el principio del amor que me esperaba en Virrey Amat, leí el apartado que Pfeiffer titula Configuración verbal de la poesía, una especie de respuesta a la pregunta: “¿qué indicios fundamentales nos revelan que una construcción verbal es arte?” El ritmo y la melodía, la imagen y la metáfora, el temple de ánimo y el estilo empleados en el lenguaje de la poesía tienen mucho que ver. En comparación con el lenguaje normal que se utiliza para la mera comunicación, ya sea coloquial ya sea culta y hasta filosófica, el lenguaje de la poesía es intraducible. Intraducible es la palabra mágica que Pfeiffer emplea para hacernos notar esa diferencia. Y nos lo demuestra.
Finalmente, me licencié en Románicas, me casé y me hice profesor de Lengua y Literatura, y a mis alumnos les transmití la mayor parte de las enseñanzas que mis profesores me infundieron a mí, el gusto por la lectura, aprender textos ejemplares, no sólo por su calidad literaria sino también por los valores humanos que se desprenden de ellos, entender la literatura en general y la poesía en particular como una forma de ver la realidad que nos rodea, comprometidas ambas siempre en mejorarla en sus aspectos más nobles, el buen gusto, el respeto por la libertad y los derechos humanos, la responsabilidad y la solidaridad en los momentos críticos de la vida del país, la tolerancia de las ideas y creencias y el fomento de emociones y sentimientos positivos.







domingo, 14 de junio de 2020

EL AÑO DE DELIBES (V)

LOS PÁJAROS DE DELIBES

Hemos visto en los tres artículos anteriores referidos al Año de Delibes pasar por el cielo de sus párrafos pájaros diversos. Por ejemplo, en Un año de mi vida (1972) aparecen muchísimas codornices (302 codornices, según la nota del 14 de septiembre de 1971, había cobrado la cuadrilla de cazadores a la que pertenecía el escritor en quince tardes). Y sólo en El camino (1950) hemos conocido a tres amigos, Daniel, el Mochuelo (apodado así porque precisamente sus amigos decían de él que fijaba mucho sus ojos en las cosas, vamos como un mochuelo, para entendernos), Roque, el Moñigo, y Germán, el Tiñoso (llamado de esta forma porque de pequeño le pegaron la tiña los pájaros que criaba su padre en casa), tres amigos entre cuyas numerosas conversaciones destacaban las que tenían que ver con los pájaros.

Pues bien, un día que discutían sobre el canto que oían los tres, Germán negó que se tratara de un jilguero, como aseguraban sus amigos, sino de un arrendajo, y, mientras porfiaban, vieron aparecer una culebra de agua que llevaba un pececillo en la boca; ahí se acabó la discusión porque inmediatamente empezaron a apilar piedras para bombardear a la culebra (un tonto de agua, la llamaban los tres amigos), y entonces fue cuando Germán resbaló con tan mala fortuna que cayó al río y se golpeó mortalmente la cabeza contra una roca. Posteriormente, causaría estupor entre los asistentes a su entierro, el hallazgo de un pájaro en su féretro, concretamente un tordo que Daniel había matado de camino a la casa de su amigo y depositado en su honor junto al cadáver.

En otra ocasión del libro, el padre de Daniel trae a casa un mochuelo gigante o Gran Duque y el niño lo cuida con esmero esperando ansioso la llegada del día de la caza del milano que su padre le había prometido. Y llegado éste, Daniel vive una de sus más grandes aventuras, en la que, además de presenciar la caza del milano, recibe accidentalmente en su piel un perdigonazo del cazador, obteniendo así una hermosa cicatriz de la que alardear siempre delante de sus amigos.

A propósito de los pájaros, el propio Delibes habla así de su presencia en sus libros en la nota que dirige a los lectores en Tres pájaros de cuenta (Miñón, Valladolid, 1982): “Habréis observado que los pájaros, bestezuelas por las que siento una especial predilección, se erigen a menudo en personajes de mis libros. Diario de un cazador está lleno de perdices, codornices, patos, tórtolas y palomas. Viejas historias de Castilla la Vieja, de avutardas, grajos y abejarucos. El gran duque es pieza esencial de El camino como la picaza lo es de La hoja roja. Las águilas, los cernícalos y los camachuelos forman el entorno del pequeño Nini en Las ratas… Finalmente, en mis dos últimas novelas, El disputado voto del señor Cayo y Los santos inocentes, intervienen también tres pájaros que juegan papeles fundamentales: el cuco y las grajillas en la primera, y éstas y el cárabo en la segunda. De los tres me he servido para componer el libro que ahora tenéis entre manos, no un libro de cuentos ni de historias inventadas, sino un libro de historias auténticas, vividas por mí y de las cuales son aquellos pájaros verdaderos protagonistas. Espero que su lectura no os deje indiferentes, antes bien sirva para acrecentar vuestro amor y vuestro interés por la Naturaleza.”

El cuento titulado La grajilla comienza del modo siguiente: Al llamar a la grajilla, al cuco y al cárabo pájaros de cuenta no quiero decir que sean malos. No hay pájaros buenos ni malos. Las aves actúan por instinto, obedecen a las leyes naturales, aunque, a los ojos de los hombres, algunas de sus acciones puedan parecer buenas y otras reprobables. Por ejemplo, el comportamiento de los tres protagonistas de este libro ofrece aspectos positivos y negativos. La grajilla, pongo por caso, roba la fruta de los árboles, especialmente de ciruelos y cerezos, pero, al mismo tiempo, nos libra de insectos perjudiciales y de carroña. El cuco, en la época de cría, deposita sus huevos en los nidos de otros pájaros más pequeños que él para que se los empollen, pero, en compensación, destruye orugas y arañas peligrosas para el hombre. Finalmente, el cárabo puede eliminar algún pinzón que otro, o cualquier otro pajarito que le molesta o le apetece, pero, a cambio, limpia el campo de ratas, ratones, topillos y otros roedores perjudiciales.
“A los tres les conocí siendo niño -aunque al cuco, que es un pájaro encubridizo, sólo de oídas-, cuando mi padre, que era un hombre maduro, serio y circunspecto, se volvía niño también, en contacto con la naturaleza, y nos enseñaba a distinguir el cuervo de la urraca, la perdiz de la codorniz, la alondra de la calandria y la paloma de la tórtola. Mi padre, ferviente enamorado del campo, conocía sus pequeños secretos, y el más remoto recuerdo que guardo de él es cazando grillos en una cuneta, haciéndoles cosquillas con una pajita larga y fina que introducía en la hura y movía con paciente tenacidad. A veces cazaba media docena y los guardaba bajo el sombrero, de forma que al regresar a casa, entre dos luces, armaban un alegre concierto sobre su calva, sin que a él, que en casa anteponía el silencio a todas las demás cosas, parecieran molestarle.
Así habla Delibes de su amado cárabo:
"A veces, en la soledad de nuestro refugio de Sedano, cuando el grito o la risotada del cárabo quiebran el silencio de la noche, nos preguntamos qué habrá sido de nuestro amigo, aquel pájaro afable, confiado y charlatán, con cara de viejecita escéptica, que sostenía nuestra mirada y soportaba los destellos de los flashes con la gracia y la naturalidad de una empingorotada estrella de cine".
“De las aves que conozco, el cárabo es –aparte la gaviota reidora– la única que tiene la propiedad de reírse: una carcajada descarada, sarcástica, un poco lúgubre, un ‘juuuj-ju-juuuuuj’ agudo y siniestro que le pone a uno los pelos de punta. Parece ser que estas risotadas del cárabo están relacionadas con el celo y la procreación, ya que, después de la puesta, su canto se dulcifica y, aunque se siguen produciendo, no es tan fácil escuchar aquellas carcajadas. El cárabo es rapaz de noche, hábil cazador, cabezón, ligero y, a diferencia de otras aves nocturnas, como el búho o el autillo, desorejado, con un cráneo redondeado y liso. Color castaño moteado, pico curvo amarillo-verdoso, y con unos discos grises o rojizos alrededor de los ojos que le dan la apariencia de una viejecita con gafas, escéptica y cogitabunda, el cárabo no tiene las pupilas amarillas como el resto de las rapaces nocturnas, sino marrones oscuras o negras. Semejante a un pequeño tronco de árbol debido a su plumaje mimético, al cárabo, cuando se inmoviliza de día en el interior del bosque, es difícil distinguirlo, parece una rama más. Pero, en ocasiones, las pequeñas avecillas lo descubren y, entonces, se arma entorno suyo una algarabía de mil demonios, con pitidos y silbidos de todos los matices, atemorizados intentos de agresión, etcétera. Pero el cárabo suele permanecer impasible, indiferente, como si la cosa no fuera con él. La tropa menuda del bosque siente hacia el cárabo una suerte de fascinación, mezcla de odio y pánico, fascinación semejante a la que experimentan las águilas y los córvidos hacia el búho gigante o gran duque, de la que se vale arteramente el hombre para cazarlos."

sábado, 6 de junio de 2020

MEMORIAS DE UN JUBILADO. DEFENSA DE LA POESÍA (VII)

   

Además de la colección Laurel, descubrí otras en el Mercadillo de San Antonio. Una de ellas se llamaba Los poetas. Si la primera era obra de la editorial Bruguera de Barcelona, la segunda había visto la luz en Madrid muchísimos años antes, a finales de los años 20, y presentaba mejor calidad que aquélla. Cada número, dedicado a un poeta español, venía prologado por un especialista. Los diez primeros ejemplares recogen sendas obras de otros tantos autores, entre los que destacan Campoamor (dos números), Espronceda (otros dos), Quevedo, Villaespesa, Nicolás Fernández de Moratín, Adelardo López de Ayala y Fray Luis de León.
  Otra colección de poesía había visto la luz en la editorial Fama de Barcelona, la cual abrió generosamente mi horizonte lírico con títulos dedicados a Víctor Hugo, a los poetas Lakistas (Wordsworth, Coleridge y Southey), Paul Verlaine, Omar Kheyyam o Rabindanat Tagore, sin contar con los ejemplares dedicados a clásicos españoles, desde Bécquer a Gonzalo de Berceo, pasando por Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Quevedo o Zorrilla. Todos eran ediciones bastante cuidadas, prologadas también por críticos conocidos como Luis Guarner, Ramón Sangenís o José María Espinás, que se encargaban, además, de seleccionar los poemas. Guardo recuerdos imborrables de algunos de estos ejemplares, especialmente del titulado Poesía Lakista. Los poemas sentidos, naturales y cotidianos de William
Wordsworth (1770-1850) me llegaron enseguida. Los narcisos, El cielo después de la tormenta, Escrito en marzo, Atardecer en la playa o A una alondra son algunos de los títulos más memorables. La última composición dice:


Eterno trovador, peregrino del cielo;
¿desprecias esta tierra donde el pesar abunda?
¿O mientras se remontan tus alas cielo arriba
permanecen en tierra, cubiertos de rocío,
tu corazón y tu ojo posados en el nido?
¡Ese nido en que puedes entrar cuando deseas!
¡Esas alas que tiemblan! ¡Esa música dulce!
Dejad al ruiseñor en su sombrío bosque;
tú tienes el dominio de la gloriosa luz,
de donde tú derramas sobre el mundo cascadas
de armonía creada por tu divino instinto,
prototipo del sabio que asciende y nunca vaga,
fiel siempre a las dos cosas: el cielo y el hogar.”
     
      En fin, que el primer año de mi estancia en Barcelona no pudo ser más fructífero y aleccionador en todos los sentidos. Además disponía de unas libretas dietarios que mis hermanos mayor y mediano me proporcionaban de la Banca donde trabajaban. En ellas podía expresar cuanto se me ocurría, ya fuera en forma de verso o prosa, cuentos, artículos, alguna novela y, sobre todo, poemas, muchos poemas que luego se quedaron dormidos entre sus páginas junto a las marcas marrones de recortes de periódico que allí guardaba también. Los títulos de aquellos escritos eran bastante elocuentes: Oraciones al que hizo mi memoria, La voz desde un principio, Negrura de conciencias, Notas al “Sentimiento trágico de la vida” de Unamuno, La vuelta de Dios, Días oscuros… Por otra parte, me gustaba encabezar los escritos con citas de escritores, entre los cuales destacaba Lamartine, uno de los últimos poetas que descubrí.

Dios es sólo una palabra para dar al mundo una razón de ser.”
Tu mano, ¡oh, Dios!, alivia el peso de mis dolores.”
Me causó tan grata impresión el poeta francés que llené gran parte de una de aquellas libretas dietarios con poemas dedicados a temas de Lamartine, poemas que precisamente agrupé bajo un título del mismo poeta, Meditaciones, y que como en su caso, unos eran religiosos y otros íntimos. Aunque no son nada del otro mundo, para que se vea la traza que yo tenía entonces, me atrevo, ¡horror!, a incluir un poema de cada tipo.
1.
Creo que para encontrar a Dios,
basta mirar al cielo estrellado
a la orilla del mar
una noche de verano.
Y si además tenemos
una mujer hermosa a nuestro lado,
Dios desciende del cielo
para cogernos la mano.”
2.
El tiempo escapa de nosotros
como agua entre los dedos.
Aun antes de darnos cuenta
nos convertimos en viejos;
el vigor y la vida
se marchan lejos
y poco a poco la muerte
anida en nuestros cuerpos.
Apenas logramos detener
el ingrato y raudo tiempo
con los hilos invisibles
de los buenos recuerdos.”
    
     




     Lamartine siempre ha significado mucho para mí. De él aprendí, entre otras cosas, que todo buen poema debe contener, al menos, una idea para la inteligencia, un sentimiento para el corazón, una imagen para la vista y una música para el oído.

    En el resto de páginas de esa misma libreta dietario me dediqué a comentar Don de la ebriedad, de Claudio Rodríguez (aquel Cayín de la infancia), libro que ya había leído unas cuantas veces. Don de la ebriedad es un largo poema dividido en cantos que exaltan la naturaleza, las cosas cotidianas que rodean al poeta, que consideraba que la poesía, escribir poesía, era un don, una especie de borrachera divina, un entusiamo especial, la inspiración, en resumen (¡qué cerca están los románticos y algunos poetas franceses del XIX, sobre todo, Verlaine o Rimbaud, con quien Claudio guardaba tantas afinidades!).
   Leí algunos años más tarde las palabras que sobre el libro pronunció su autor en una entrevista, en el sentido de que el poeta mira a su alrededor con ojos inocentes y asombrados e intenta hacerlo presente en el poema trascendiéndolo, dándole nueva vida como si realmente fuera un mundo creado por él. Eso es lo que me ha gustado siempre del poder de la poesía: Transformar el mundo, crearlo de nuevo.
   

   Don de la ebriedad, a lo largo de sus tres partes, culmina con la unión del poeta con la naturaleza y las cosas que lo rodean a diario en una comunión armónica. Desde los magníficos endecasílabos con que se inicia el Libro Primero
Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se hala entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día; así la noche
cierra el gran aposento de sus sombras.
Y esto es un don. ¿Quién hace menos creados
cada vez a los seres? ¿Qué alta bóveda
los contiene en su amor? ¡Si ya nos llega
y es pronto aún, ya llega a la redonda
a la manera de los vuelos tuyos
y se cierne, y se aleja y, aún remota,
nada hay tan claro como sus impulsos!
Oh claridad sedienta de una forma,
de una materia para deslumbrarla
quemándose a sí misma al cumplir su obra.
Como yo, como todo lo que espera.
Si tú la luz te la has llevado toda,
¿cómo voy a esperar nada del alba?
Y, sin embargo—esto es un don--, mi boca
Espera, y mi alma espera, y tú me esperas,
Ebria persecución, claridad sola
Mortal como el abrazo de las hoces,
Pero abrazo hasta el fin que nunca afloja.”
Toda una lección de teoría poética, de cómo viene la poesía hasta el poeta, desde arriba, desde la pura claridad.
Oh claridad sedienta de una forma,
de una materia para deslumbrarla
quemándose a sí misma al cumplir su obra.”
La poesía es
Ebria persecución, claridad sola
mortal como el abrazo de las hoces,
pero abrazo hasta el fin que nunca afloja.”
Desde estos magníficos endecasílabos, medidos con la respiración y el caminar del propio poeta, donde habla de la poesía como un don, hasta la comunión íntima con la naturaleza y las cosas de los últimos versos, existe todo un proceso sabiamente trazado por el poeta. Al final del Libro Primero leemos:
Como si nunca hubiera sido mía,
dad al aire mi voz y que en el aire
sea de todos y la sepan todos
igual que una mañana o una tarde.
Ni a la rama tan sólo abril acude
ni el agua espera sólo el estiaje.
¿Quién podría decir que es suyo el viento,
suya la luz, el canto de las aves
en el que esplende la estación, más cuando
llega la noche y en los chopos arde
tan peligrosamente retenida?
¡Que todo acabe aquí, que todo acabe
de una vez para siempre! La flor vive
tan bella porque vive poco tiempo
y, sin embargo, cómo se da, unánime,
dejando de ser flor y convirtiéndose
en ímpetu de entrega. Invierno, aunque
no esté detrás la primavera, saca
fuera de mí lo mío y hazme parte,
inútil polen que se pierde en tierra
pero ha sido de todos y de nadie.” Etcétera.
   Y si esto fuera poco, nada más comenzar el Libro Segundo, que Claudio Rodríguez titula Canto del despertar, encabezado nada más ni nada menos que por una cita de San Juan de la Cruz (ya es hora de decir que la lectura de los poetas místicos españoles estuvo muy presente a la hora de la creación de este magnífico libro, a juicio de Aleixandre, insuperable), nada más comenzar el Libro Segundo nos encontramos con estos esclarecedores versos:
El primer surco de hoy será mi cuerpo.
Cuando la luz impulsa desde arriba
despierta los oráculos del sueño
y me camina, y antes que al paisaje
va dándome figura. Así otra nueva
mañana. Así otra vez y antes que nadie,
aún que la brisa menos decidera,
sintiéndome vivir, solo, a luz limpia.
Pero algún gesto hago, alguna vara
mágica tengo porque, ved, de pronto
los seres amanecen, me señalan.
Soy inocente. ¡Cómo se une todo
y en simples movimientos hasta el límite,
sí, para mi castigo: la soltura
del álamo a cualquier mirada! Puertas
con vellones de nieblas por dinteles
se abren allí, pasando aquella cima.
¿Qué más sencillo que ese cabeceo
de los sembrados? ¿Qué más persuasivo
que el heno al germinar? No toco nada.” Etcétera.

“El primer surco de hoy será mi cuerpo” es precisamente la inscripción que figura en la tumba del poeta, que se halla en el cementerio zamorano, y ante la que fui a rendirle homenaje durante uno de mis retornos a la ciudad del alma.
¿Qué más sencillo que ese cabeceo
de los sembrados? ¿Qué más persuasivo
que el heno al germinar?”
Pues el final del libro en que el poeta se lamenta de que acabe su don, su ebriedad, su gozo inmenso de ser poeta tras haber cantado la unión de su alma con todos los elementos naturales que lo rodean y haber descubierto que el poder de la palabra los ha transformado en eternos.
Cómo veo los árboles ahora.
No con hojas caedizas, no con ramas
sujetas a la voz del crecimiento.
Y hasta a la brisa que los quema a ráfagas
no la siento como algo de la tierra
ni del cielo tampoco, sino falta
de ese dolor de vida con destino.
Y a los campos, al mar, a las montañas,
muy por encima de su clara forma
los veo. ¿Qué me han hecho en la mirada?
¿Es que voy a morir? Decidme, ¿cómo
veis a los hombres, a sus obras, almas
inmortales? Sí, ebrio estoy, sin duda.
La mañana no es tal, es una amplia
llanura sin combate, casi eterna,
casi desconocida porque en cada
lugar donde antes era sombra el tiempo,
ahora la luz espera ser creada.” Etcétera.
Y a los campos, al mar, a las montañas,
muy por encima de su clara forma
los veo.”
   He aquí el milagro de ese don que posee el poeta, la fuerza que tiene la poesía sobre todas las cosas, que con su claridad, claridad que viene del cielo (recordemos que así empezaba el libro) las ocupa y les da vida propia.
  Magnífico libro que yo leía sin parar, y aún hoy leo de vez en cuando. Entonces yo releía unos cuantos endecasílabos que previamente había subrayado, y anotaba en mi libreta cuanto se me ocurría sobre ellos. A veces eran palabras sueltas referidas a la luz, decenas de ellas:
.-puros sustantivos: claridad, día, alba, luces, albor, sol, mañana, resplandores, estrella, esplendor, fuego…
.-adjetivos: claro, deslumbrado, clara, claroluciente, brillante…
.-verbos: quemándose, calentando, amanece, esplende, arde, aclarándolo…
A veces me salía un remedo de poema inspirado en ellas.
El sol detiene el agua en las azudas
y generoso la convierte en oro
entre las esmeraldas de los juncos
y la nieve movida de la espuma,
antes de liberarla hacia la aceña
convertida de nuevo en campesina.”


La luz me sigue amante en el pinar
y me besa en las manos cuando abarco
un haz de piñas viejas para alzarlas
del sendero cuajado de inocencias
y guardarlas atento en mi fardel.
La luz me sigue fiel hasta la puerta,
y, al abrirla, su beso generoso
tras mis pasos en el zaguán se cuela.
Me da pena cerrar los cuarterones
y dejar que se enfríe entre las sombras
el fuego de la luz que era mi amante.”