

La vida está hecha de esperas. La mayoría de las veces esas esperas tienen un desenlace feliz, como el que sigue al momento de hacer la foto. Un paseo por el pueblo donde descansas y te refugias, una compañía agradable y el mar siempre presente. Quizá sea la barca el elemento más claro para indicar actividad, movimiento, viaje, regreso, peso a estar varada en la arena de la playa. Pero en la foto es algo más. Es complemento de reposo, de ensoñación. Y la mujer, causa y efecto de todos los reposos, de todas las ensoñaciones. De un momento a otro se incorporará para unirse al destino de otra persona, seguir paseando hacia Minerva, la diosa de la sabiduría. Y es que en buena compañía los conocimientos se hacen más asequibles al ser humano. Por eso la espera, en ocasiones, es símbolo de novedad, conocimiento, sabiduría.
Hoy se hará entrega del prestigioso premio literario a una de las escritoras vivas con más y mejor trayectoria literaria. Ana María Matute (Barcelona, 1926) se dio a conocer al publicar varios cuentos en el semanario Destino, una verdadera promesa que se hizo realidad al clasificarse con muy alta nota en el Premio Nadal de 1947 con Los Abel cuando sólo contaba diecinueve años de edad, y diez años más tarde al conseguir dicho galardón con Primera memoria, una de las novelas que más me gustan de Ana María Matute. Y en medio, en 1954) logró el otro gran premio de narrativa española, el Planeta, con Pequeño teatro. En su larga vida como escritora no ha dejado de recibir distinciones y reconocimientos. Y ahora, como colofón a su entrega a la escritura bella recibe el más grande de todos, el Cervantes. Felicitaciones sinceras. Se lo merece esta gran conocedora del mundo de los niños (ella misma siempre se ha considerado una niña que crece inexorablemente) y poseedora de un lenguaje que linda con la poesía. La ternura y la belleza de su lenguaje siempre será recordado por quienes la leemos sin condiciones. Aún recuerdo cuando en su casa me regaló un montón de volúmenes suyos y me firmó con lágrimas en los ojos Los niños tontos. Tengo delante el libro y su firma inconfundible formada de líneas verticales (la N y las M) y cruces (las T). Su amistad desinteresada siempre irá conmigo, como su amor por los niños alegres en un mundo triste.
Una muestra de su estilo
"El hijo de la lavandera
Volví sobre mis pasos y, tras dar un rodeo, desemboqué en la Plaza del Teatro. Allí me llamó la atención un grupo de gente arremolinada a la puerta del Ateneo. Instintivamente apreté contra mi cuerpo los ejemplares del Diario y me acerqué. Leí en el tablón de anuncios que el profesor Cabré iba a leer un discurso sobre nuestro siglo y sus principales directrices; así que para aliviar un poco el cansancio de mis piernas, entré a escucharle un rato. Lo encontré muy envejecido y leía con retranca y afanosamente sus papeles; además, de vez en cuando, levantaba sus ojos de ellos y abría la boca de forma llamativa para coger aire. Pese a estar en la primera fila y mirarme varias veces, no me reconoció, y eso fue cosa que me hizo confirmarme en la idea de que el profesor estaba tan viejo y decrépito como yo. Comprendí en seguida que su discurso no estaba bien articulado y, mientras de vez en cuando se limitaba a citar a Voltaire y a Diderot sin venir muy a cuento, nos largó un pesado rollo sobre los adelantos científicos, geográficos y económicos, intentando sazonarlo con un montón de nombres mezclados, entre los que aparecieron los de Galvani, Franklin, Jenner, Lavoisier, Guyton, Cook, Behring, Quesnay o Herschell, por mencionar los que ahora recuerdo. Yo esperaba la sagacidad del profesor de otros tiempos al afrontar los problemas de lo que algunos han dado en llamar la Ilustración, palabra tan empleada por unos y otros de modo muchas veces contradictorio, pero que entre nosotros, los del pueblo llano, no había tenido mucha aceptación.
En un número del Diario de hace unos años recogí las sabias palabras de Cabré. Decía que esa corriente entre filosófica y existencial, más francesa que española, nos había traído muchas cosas buenas. Entre ellas, la lucha contra el analfabetismo con la creación de escuelas primarias, la fundación de Academias e Instituciones culturales, la facilitación del comercio, la abertura de caminos y el levantamiento de puentes, la construcción de magníficos edificios públicos, el cultivo de las ciencias naturales, las matemáticas, la historia o la arqueología. Pero también la Ilustración nos había traído otras cosas no tan buenas, como cierto intelectualismo de tendencias racionalistas, un anticlericalismo furibundo y rabioso, la relajación de las costumbres, un pietismo sentimental, un barniz de erudición y aires de modernidad sospechosa. Y en cuanto a la literatura, todo se subordina a la corrección y a la utilidad didáctica; y así, al teatro le falta la fuerza dramática que tenía en siglos anteriores en un Lope o un Calderón, y a la poesía la matización espontánea y auténtica de los sentimientos del poeta, tal como se venía haciendo en épocas precedentes, en personalidades tan interesantes como Quevedo, Góngora o el mismo Fénix de los Ingenios. Recuerdo las palabras del profesor con las que yo cerraba aquella reseña: “Dios es suplantado por la Naturaleza y las creencias por la Razón, la Providencia por las leyes físicas y la moral cristiana por la ética laica.”
Al profesor Cabré lo había conocido unos cuantos años atrás, concretamente en la Asociación de Teatro de la Universidad de la que yo formaba parte. En aquella ocasión el profesor dictó una soberbia e inteligente conferencia sobre la literatura española del siglo y a mí me tocó cerrar el acto con unas palabras de agradecimiento al profesor, aunque en aquella ocasión yo estaba pasando unos momentos muy delicados. Fue entonces, lo recuerdo bien, cuando el ilustrado madrileño, que me había contratado para colaborar en el Diario, me propuso divulgar las obras de los autores que yo considerara fundamentales dentro del panorama poético, ensayístico y teatral del momento.
Ya era tarde cuando, tras recoger mis pertenencias de la taberna del Indiano, entraba con más miedo que otra cosa en mi piso del Raval. Encendí la lámpara con miedo de descubrir allí dentro la huella violenta de los sicarios de don Matías, el cura de Santa Ana. Pero para mi alivio, todo estaba como yo lo había dejado en las primeras horas de la mañana cuando abandoné el piso. Bueno, todo no. Porque alguien había dejado sobre mi mesa de escritorio una nota que no dejaba lugar a dudas:
A TU AMIGUITO EL BOLA DE SEBO YA LE HEMOS PAGADO COMO SE MERECÍA SUS MALOS SERVICIOS A NUESTRA RELIGIÓN. SI TÚ NO DESAPARECES PARA SIEMPRE DE BARCELONA Y DEJAS DE SEGUIR SU EJEMPLO, ACABARÁS DEL MISMO MODO. NO HABRÁ MÁS ADVERTENCIAS.
De repente me puse a temblar de pies a cabeza como un atacado de alferecía, y un acceso de tos me puso al borde la muerte. Cuando desapareció la tos casi del todo, mi cerebro seguía sin razonar claramente. Aún así, intenté pensar en lo que podía hacer para no acabar como Ortega. Fue inútil: no se me ocurría ninguna salida ni ninguna solución. Sin poder pegar ojo y en espera de otra cosa más productiva, me dediqué a echar una ojeada a los números del Diario que me había traído de casa de Ortega creyendo que así el miedo que tenía me iba a desaparecer. Debo reconocer, sin embargo, que parte de los temblores que padecía se me aliviaron releyendo las reseñas y artículos que yo había escrito para el Diario en otro tiempo mejor. Allí estaban mis aportaciones a una especie de costumbrismo que hasta entonces no había visto en lo que se escribía en la época, aportaciones que habían gustado al ilustrado madrileño que había contratado mis servicios de corresponsal del Diario en Barcelona. Viejas tradiciones y leyendas recogidas a pie de calle en mi constante deambular por el Raval barcelonés y sus alrededores y de boca de sus propios habitantes. La bajada de la calle por donde la mártir Eulalia había rodado metida en un tonel, la torre de Canaletas donde estuvo preso el colega cronista Felíu de la Peña, acusado de conspirar contra Felipe V a favor del archiduque Carlos, la calle de la Rosa, llamada así no porque oliera bien como la flor del rosal, sino porque vivía en ella una mujer de nombre Rosa, que en otro tiempo se había dedicado a vender su cuerpo, pero que, llegado el caso, fue capaz de salvar a dos niños cercados por el fuego en la casa de al lado, el viejo convento de San Agustín que fue derruido para contribuir con sus piedras a la construcción de la indeseada Ciudadela, la destrucción de parte del barrio de la Ribera y el alojamiento de que fueron objeto sus moradores en la recién construida Barcelonesa, el caso de un tal Ramón Marquet que fue ahogado en el mar por orden del rey Pedro III como castigo por haber asesinado a un caballero, y un largo etcétera que me entretuvieron gran parte de la noche. Aún así, los temblores no se me fueron del todo hasta que, al abrir uno de los últimos ejemplares de la pila, encontré dentro de él una llave y una carta escrita de puño y letra por Ortega, dirigida ex profeso a mi persona. Cuando acabé de leerla, tenía lágrimas en los ojos y en el corazón todo el agradecimiento del mundo dirigido al que acababa de morir a manos de aquellos salvajes. Me decía en la nota que si aquellas líneas llegaban a mis manos era porque él estaba muerto, pero que aún así, quería ayudarme. Y pasaba a contarme qué podía hacer con la llave que me había dejado allí. Era de un piso de cuya existencia nadie tenía noticia, salvo el casero, una persona digna de confianza, y ahora yo. A él podía mudarme para escapar de las acechanzas del cura de Santa Ana en espera de mejores tiempos. Concluía la carta avisándome de que allí escondía una prueba que inculpaba a don Matías de unos oscuros tejemanejes habidos en otro tiempo con una mujer, prueba que podía utilizar en caso de verme irremediablemente perdido, y me citaba el lugar exacto donde estaba oculto ese documento, vital para mí. Finalmente, me deseaba todo tipo de suerte. Volví a agradecer con todo mi corazón el gesto que acababa de tener conmigo aquel buen hombre, del que hasta el momento consideraba un simple contacto para mis negocios de Madrid y que a partir de entonces empecé a tenerlo como mi mayor benefactor, hecha la salvedad del señor Dalmau, el que fuera mi padre adoptivo hasta mi mayoría de edad.
La rana es un juego ancestral. Lo usaban los antiguos reyes en sus jardines de climas benignos para esparcimiento del cuerpo y del espíritu. Para mí, coleccionador de ranas de todo tipo, el juego tiene un significado diferente. En mi juventud, a la sombra de una parra y en días estivales, compartía con mis amigos un porrón de cerveza mientras ejercitaba mi habilidad y puntería con las piezas circulares de hierro que debían colarse por la boca abierta de la rana de hierro que da nombre al juego desde una distancia considerable. Ahora en mi edad de abuelo y jubilado rememoro aquellos días lejanos y vuelvo a ellos, especialmente cuando mi nieto mayor me imita aunque haciendo la tierna trampa que su edad le permite. Juega con su abuelo a hacer sonar el vientre de la rana o el molinillo que gira delante del cuerpo del batracio al menor contacto con las fichas. El presente y el pasado juegan juntos. La eternidad se cumple.
Los trigos, es tradicional, son los que mejor conocen a las amapolas. Crecen y mueren entre ellas. De ahí que no sepan vivir sin esta dama que aunque viene con la primavera y viste de rojo, siempre tiene el corazón de luto. Pensando en ello, dejé escrito hace mucho tiempo este haikú:
¡Las amapolas!
¿Por qué lloran los trigos
lágrimas rojas?
Pero la amapola que da título a esta entrada no tiene nada que ver con los oleajes amarillos de nuestras mieses. Es la amapola que en los primeros días de abril aparece de milagro en las orillas de los caminos para dar su tembloroso color rojo a los yerbajos que las lluvias parieron en las cunetas. Es la amapola que, como la de la fotografía, alumbra la soledad del prado, junto con otras flores amarillas. Una gota de sangre sobre un vestido de oro y esmeralda.
La procesión se detenía en el cruce frente a la plazuela unos minutos para despedirse los hermanos de ambas cofradías con sus respectivos pasos: Jesús seguía su camino hacia la iglesia de San Frontis y la Esperanza hacia la iglesia del barrio. Y cuando el silencio ocupaba el sitio que habían tenido las cornetas y los tambores de la Cruz Roja, y los templos con sus sendas imágenes habían cerrado sus puertas, aparecía en casa Demetrio, el amigo de mi padre, vestido con su hábito de cofrade de Jesús Nazareno y la caperuza doblada en un brazo. Era el momento de tomar una aceitada acompañada con un vasito de anís. La reunión duraba hasta que Demetrio decía que era tarde y tenía que irse a casa, en Pinilla, donde le esperaba su familia para tomar otra copa y otro dulce, como era costumbre. " (Perros y gatos, páginas 107 y siguientes)