
sábado, 31 de octubre de 2009
DE VISTA, DE OÍDAS, DE LEÍDAS

viernes, 30 de octubre de 2009
MEMORIAS DE UN JUBILADO

MEMORIAS DE UN JUBILADO
jueves, 29 de octubre de 2009
PATADAS AL DICCIONARIO

miércoles, 28 de octubre de 2009
POEMAS RESCATADOS
ESTE VIEJO OFICIO DE VIVIR
Y Zamora vuelve a ser un pasado
con olor a aceitadas,
tacto de cruces, palabras junto al vino.
Y está otra vez conmigo este avanzar
entre el miedo a la muerte y el pasado,
este viejo oficio de vivir,
de bajar a la calle desde el alba
la frágil valentía de ser hombre.
Acabo de volver y aún no he llegado
del todo a mi presente:
enganchados quedaron en lo viejo,
en lo amado de aquellas calles mías
residuos de mi ser hechos nostalgia.
Irán llegando lentos a mi orilla
de ahora con aromas de jara y trigo verde,
con sabores de vino de la tierra,
con voces de mi barrio.
Irán llegando aquí muy lentamente
a cuajarme el corazón con más recuerdos.
SAN PEDRO DE LA NAVE

San Pedro de la Nave,
navega contra el tiempo.
El hombre que te ha visto
te soñará despìerto.
Y en la orilla del mar,
en el lejano puerto,
me estarás esperando
con los brazos abiertos.
DULZAINA Y TAMBORIL

Solloza la dulzaina, fiel gemido,
nasal canto del pueblo que festeja
con viento antiguo lo que el alma deja
en el surco sembrado del sentido.
Truena el redoble, el mágico estampido
sobre la piel del tamboril añeja,
y ese son repetido, fiel, despeja
el mal demonio del audaz olvido.
De la niñez en el retablo viejo,
esa música cálida de aldea
alza versos de amor en mis entrañas.
Dulzaina y tamboril, magia y espejo
donde el tiempo se mira y se recrea
sin temor a la muerte y sus guadañas.
martes, 27 de octubre de 2009
MEMORIAS DE UN JUBILADO
lunes, 26 de octubre de 2009
POEMAS RESCATADOS



sábado, 24 de octubre de 2009
MEMORIAS DE UN JUBILADO

viernes, 23 de octubre de 2009
POEMAS RESCATADOS

asomado quedó a la claraboya

jueves, 22 de octubre de 2009
DE VISTA, DE OÍDAS, DE LEÍDAS

MEMORIAS DE UN JUBILADO

Hoy, 22 de octubre, un día otoñal donde los haya, con su lluvia correspondiente y su luz gris tamizada, he llevado al hospital a mi hijo pequeño para una revisión médica derivada de su reciente accidente de tráfico, del que ya hice referencia en mi blog. De vuelta a casa nos hemos puesto a hablar de música y ha venido a cuento un cassete que escuchábamos a menudo hace muchos años en la casita de montaña que tuvimos en Esparraguera, con la vista imponente de Montserrat al fondo, cuando ellos, mis dos hijos eran muy pequeños y todos nosotros teníamos una hermosa vida por delante. Durante los fines de semana y las vacaciones, ya fueran las de Navidad, Semana Santa o verano, que, por mi condición de profesor, eran lo suficientemente amplias como para saborearlas a gusto en compañía de los míos, durante todo ese tiempo de ocio y paz hogareños, raro era el día en que, tras nuestro paseo por la Naturaleza en busca de bichos o simplemente para estar en contacto con el aire limpio y sano del campo, raro era el día, digo, que no escucháramos esa música especial que de pronto hoy, a casi treinta años de distancia, hemos vuelto a oír mi hijo pequeño y yo. Ya no tenemos la casita de montaña, ni la hermosa edad y esperanza que entonces abrigábamos todos, ni muchas otras cosas propias de la edad, el trabajo y la salud, pero nunca nos faltará aquella música que era testigo de nuestro tiempo y espacio vitales de entonces. Me refiero al trabajo de experimentación barroca y sinfónica del grupo Uriah Heep que da como resultado la magistral suite Progresiva de 16' 22, Salisbury, en la que existen arreglos orquestales de John Fiddy y donde destaca el órgano de Hensley, la fuerza de los coros, el solo de guitarra de Box o el bajo de Newton. Para que el lector pueda hacerse una idea de cuanto digo, a continuación incluyo ocho minutos de muestra.
miércoles, 21 de octubre de 2009
DE VISTA, DE OÍDAS, DE LEÍDAS

martes, 20 de octubre de 2009
DELIBES, UN ESCRITOR PARA LEER EN FAMILIA

Pues bien, junto al de la muerte el otro tema que hilvana la acción de La sombra es el de la infancia, el de los niños, el de la amistad infantil truncada. Tema que volverá a tratarse en El camino, novela publicada pocos años más tarde (1950), donde también se da la muerte de otro niño, en este caso la de Germán, el Tiñoso, amigo entrañable de Daniel, el protagonista y narrador de la novela. Y en Diario de un cazador (1955) también la muerte se cobra una víctima en el hijo de Mele.
Dada la aceptación de lectores que ha tenido la novela, ésta se ha reeditado casi una veintena de veces.
Su segunda novela, Aún es de día (1949), es una narración social, de suburbio, escrita con tintes tremendistas, en la que la sociedad es directamente responsable de los problemas que acosan a Sebastián Ferrón, su protagonista, que vive con su madre y su hermana en una casa vieja y fría y que es despedido de los almacenes donde trabaja por haberse apropiado durante unas horas del guante de un cliente. Delibes emplea una técnica que nos recuerda mucho a la de Galdós y está muy lejos de sus grandes novelas. Él mismo la considera obra de principiantes. No en balde Aún es de día se ha reeditado muy pocas veces.
Sin embargo, El camino, novela publicada en 1950, ya es otra cosa. Recuerdo los momentos agradables que he pasado con mis alumnos en mis lagos años de docencia, tanto en la enseñanza privada como en la pública, leyendo este precioso relato, ágil, sencillo, nostálgico. Difícilmente pueden olvidarse las aventuras de los tres niños protagonistas de la novela, Roque, el Moñigo, Germán, el Tiñoso, y Daniel, el Mochuelo, en su despertar frente a la vida. Estamos de acuerdo con Umbral cuando dice que Delibes encontró su camino verdadero como novelista escribiendo El camino. El libro, jugoso y tierno, en cuyas páginas muchos de nosotros nos sentimos identificados respecto a las vivencias de la infancia descritas en él, trata de la reconstrucción nostálgica que Daniel hace de su vida transcurrida en el pueblo durante la noche anterior a su partida hacia la ciudad para estudiar y hacerse un hombre de provecho. Y cuando los recuerdos terminan y el muchacho se encuentra con la realidad de la mañana en que tiene que dejar el pueblo por designios de sus padres, Daniel llora. Las frases siguientes corresponden al final de la novela: “Y cuando empezó a vestirse, le invadió una sensación de que tomaba un camino distinto al que el Señor le había marcado.” A pesar de todo, nadie le podrá quitar nunca la maravillosa aventura vivida en su querido pueblo junto a Roque, el pobre Germán, que ha quedado enterrado en el cementerio del lugar y tantos otros personajes igualmente entrañables como don José, el cura, “que era un gran santo”, las Lepóridas, Quino, el Manco, etcétera.
Sin duda El camino es la novela que más gustará a la gente joven de la casa, pero también a los mayores. Prueba de la aceptación lectora que El camino ha tenido son sus más de treinta reediciones.
lunes, 19 de octubre de 2009
RELÁNGRAFOS

Como un dios singular,
domino el fondo marino
con mi gran ojo de cristal.
El sexo sin amor es una copiosa comida a la que le falta un buen vino.
Poesía es decir sintiendo con música.
Para mí la política no es mucho más que una palabra esdrújula.
El cine me ayuda a escaparme de la realidad. La lectura me hace reflexionar sobre ella.
El Codolar:
una mano de arena
que acaricia el mar.
Es más difícil aprender a guardar silencio que a hablar.
El buen baile es a las piernas lo que la buena lectura es a la mente.
El niño se toma la vida como una apasionante aventura; el anciano, como una inestimable ventura.
La pintura de Dalí es un sueño blando en constante transformación.
La gaviota es el pañuelo de despedida que, nostálgico, se quedó volando en el puerto.
Hallar las palabras para empezar un verso es encontrar la columna vertebral del poema.
MEMORIAS DE UN JUBILADO

sábado, 17 de octubre de 2009
DE VISTA, DE OÍDAS, DE LEÍDAS
viernes, 16 de octubre de 2009
DE VISTA, DE OÍDAS, DE LEÍDAS
que no sabremos nunca si oculta en su minuto
jueves, 15 de octubre de 2009
RELÁNGRAFOS
miércoles, 14 de octubre de 2009
DELIBES, UN ESCRITOR PARA LEER EN FAMILIA

Miguel Delibes nació en Valladolid el 17 de octubre de 1920, en la acera de Recoletos, muy cerca del Campo Grande y de la estatua de José Zorrilla. Su madre era de Burgos y su padre de Molledo-Portolín (Santander). Miguel fue el tercero de los ocho hijos que tuvo el matrimonio. En uno de sus primeros colegios, el Colegio de Lourdes, de los Maristas, escribió crónicas de fútbol y se aficionó a los animales. Su infancia participó tanto de la tristeza como de la alegría y fue, a la vez, tímido y amigo de las aventuras; es decir, Delibes de niño fue como la mayoría de los niños. A los once años su padre le compró una escopeta y asistió a su primera cacería. Desde entonces su afición al arte cinegético iría en aumento. Entró en la Escuela de Comercio y más tarde en la de Artes y Oficios, donde aprendió modelado y escultura. Luego será dibujante de profesión. Hasta aquí digamos que transcurrió la primera etapa de su vida.
A continuación marchó voluntario a la guerra y sirvió en la Marina a bordo del crucero “Canarias”. De vuelta al mundo de la paz, quiso seguir de marino, pero su miopía se lo impidió. Entonces se decidió por estudiar Profesorado Mercantil y Derecho. En 1941 ingresó en el Banco Castellano, pero sólo está trabajando allí medio año; transcurrido dicho tiempo, se hizo Intendente Mercantil. Es cuando, inconscientemente, antes de saber que con el tiempo será uno de nuestros mejores novelistas contemporáneos, purifica su estilo leyendo el Código Mercantil, del profesor Garrigues . Por entonces escribió su primer cuento conocido, La bujía, sin dejar de hacer caricaturas o felicitaciones de Navidad y publicando dibujos en El Norte de Castilla, periódico de su ciudad natal, del que sería Director con el tiempo. De ahí que estudiara también Periodismo.
Por entonces conoció a Ángeles Castro, la mujer de su vida, con la que se casaría poco después. Nos hallamos en la segunda mitad de la década de los cuarenta, momento felicísimo para Delibes, que por fin se decidió a escribir una novela, La sombra del ciprés es alargada. Después de pulirla hasta la extenuación, la mandó al Premio Nadal, uno de los premios de novela más prestigiosos de nuestro país, y lo ganó. Es el año 1947. Luego se encargó en El Norte de Castilla de una sección encargada de comentar libros. Y entre libros, ambiente familiar y afición a la caza, sufrió la muerte de su padre en 1955. El escritor es famoso y tiene ya varios libros publicados, como Aún es de día, El camino, Mi idolatrado hijo Sisí o Diario de un cazador, con el que obtuvo el Premio Nacional de Literatura.
De subdirector pasó a ser director del periódico, donde llevó a cabo una labor redentora del campo castellano. Viajó por el mundo y dio cursos en varias Universidades norteamericanas y en muchas europeas. Reflejo de esos viajes son los libros de ensayos USA y yo, Por esos mundos o Europa, parada y fonda. En 1959 se construyó un refugio campestre en Sedano (Burgos), que le sirvió de campo de operaciones literarias y cinegéticas. Para entonces nuevas e importantes novelas han salido de su pluma imparable: Diario de un emigrante, La hoja roja, Las ratas, Cinco horas con Mario, Parábola de un náufrago o El príncipe destronado, que data de 1973.
Al año siguiente fue elegido miembro de la Real Academia Española, reconociéndosele así una labor de creación de considerable altura dentro de nuestras letras contemporáneas. Pero la muerte de su querida esposa, aunque rodeado siempre de sus hijos, fue un duro golpe para su vida, que ya no volvió a ser la misma. Y entre la literatura y la caza, pasiones que hay que hacer en soledad, ha seguido desliando la madeja de su existencia entre achaques y operaciones graves como la sufrida recientemente con motivo de un cáncer de colon. Y nuevos títulos han venido a engrosar su dilatada carrera novelística, como Las guerras de nuestros antepasados, El disputado voto del señor Cayo, Los santos inocentes, El tesoro, Señora de rojo sobre fondo gris o El hereje, que data de 1998 y que le reportó de nuevo el Premio Nacional de Literatura. En el 2000 fue propuesto para el premio Nobel, cuando unos años antes había recibido el Premio Cervantes, el galardón más importante de nuestro país.
Miguel Delibes nunca alardeó de ser un escritor intelectual, sino más bien de un novelista que disfruta haciendo las cosas normales que hacen las personas normales. Insiste, como dijo Umbral, uno de sus mejores amigos y admiradores, en la boina, la cazadora y las botas, el cigarro de negro liado a mano y los castizos decires de su tierra.
martes, 13 de octubre de 2009
POEMAS RESCATADOS
FE
Para Nasi
El amor no ha podido fugarse de nosotros,
de la prisión hermosa que los dos levantamos.
El tiempo ha envejecido la voz en nuestras lenguas
y el trabajo en las venas la fatiga ha sembrado.
Pero siguen las almas
tan nuevas como antaño
poniendo cada día
al amor más candados,
tejiendo dulces verjas,
almenas y vallados
de fe para que el tiempo
no pueda avasallarlo.
Yo reparto mi paz como si fuera el trigo
que le falta al hambriento. Mi libertad regalo
entre todos los presos, si a cambio veo amor
como un río sin fin manando en nuestros labios.
MEMORIA
Para mi madre
Si va a servir de algo este poema,
que sirva para hablar de tu camino,
de tu fuente de paz en mi aljibe de infancia.
Si va a servir de algo este poema,
que grabe tu palabra en mi silencio
para no hacer más triste mi nostalgia.
Si va a servir de algo este poema,
que sirva de memoria
y repita tu nombre en cada alba.
Para que cuando llegue la noche larga y negra
la luz misteriosa de tu nombre
sea la estrella que me dé la calma.
SOSIEGO
Amiga mía,
recoge este sosiego,
este sacro respeto al tiempo vivo,
esta paz bien ganada con el tiempo.
La prisa y en cansancio
se han quedado en el huerto,
en los secos caminos de los campos
junto a la zanja abierta para el riego.
Como barco atracado,
un carro espera quieto
ante el portón cerrado
a que amanezca el día y su misterio.
En la calle la calma se hace noche
y a través del ventano semiabierto
el trabajado buey en el establo
pasta paja y silencio.
DIARIO DE INFANCIA
Aceitadas, noticias de la Semana Santa de mi tierra, vino moro del Duero. Esto es lo que me acaba de llegar hoy de aquel sitio donde arraiga la almendra de mi vida. Pero me gustaría que llegara junto a esa materia de azúcar y de harina, junto a esos renglones de noticias, junto a ese jugo que da la buena cepa de la tierra, me gustaría que llegara también lo que yo fui un día al lado de todo eso: el niño que vivió en mis huesos entonces y, sobre todo, la ventura y aventuras irrepetibles de ser niño en aquel aire sagrado de mi tierra natal.
Aceitadas, los dulces besados por las manos maternales, tardes de abril lluviosas en la sala donde el baúl cubría los aromas de la Semana Santa... Noticias de la Semana Santa, los itinerarios de las procesiones, las imágenes nuevas que este año van a desfilar y que yo no voy a poder ver… El vino embotellado que se cría con la savia, el agua y el sol de la tierra…
Todo eso me acerca a la tierra a la vez que me distancia de ella. Y es entonces cuando no puedo evitar que las abejas que liban los recuerdos claven en mi alma su amargo aguijón.
Día 2.
Hoy miro mi cara en el espejo y veo un camino tallado por el tiempo. Adivino mis huellas sobre la tierra, sobre el silencio de los años, porque los años callan y nos ven pasar como la orilla al río mientras los hilos de la edad se enredan en personas, en cosas, en esperanzas que pasaron, personas, cosas, esperanzas que en las manos del tiempo se volvieron agua de recuerdos, fuentes que tienen el encanto de revivir latidos, luces, gestos de ayer en este hombre que fue niño: los chopos, las almendras, el mendigo de estío, mis padres en lo alto..., en este hombre que hoy mira en el espejo su camino.
Hoy miro mi cara en el espejo, y en un pilar de niños y aventuras veo un hombre tallado por el duro poema de la vida.
Día 3.
Habrán empezado las procesiones y el Tío Barandales encabezará una de ellas. “Tío Barandales, dales, dales... decíamos los chicos al verle pasar bien firme, moviendo las muñecas de sus manos para hacer voltear las campanas. Su rítmico cantar suena ahora en el alma del chaval que un día fui. Ahora habrá también chavales en la ciudad viendo pasar solemne al Tío Barandales delante de los cofrades y los pasos por las callejas viejas y perennes. Esas campanas eran y son como latidos, como segundos, minutos y horas de tiempos que nunca desaparecen porque son sones, vivencias que siempre amamos, que revivimos y recordamos como una canción eterna.
“Tío Barandales, dales, dales...”, tal vez haya chavales hoy que digan al paso del Tío Barandales, lo mismo que los chavales de ayer decíamos, porque esas campanas suenan igual en la distancia que en la presencia, en los adultos que en los muchachos. Ahí reside el misterio de la Semana Santa de mi ciudad.
Parece que lo estoy viendo. Mientras voltean esas campanas, salen las gentes a las calles para ver con ojos tiernos y llorosos, los dolorosos latigazos que sufre Dios en su lejana y a la vez tan cercana soledad.
Sigue sonando, tío Barandales, “tío Barandales, dales, dales...” para que nunca nos olvidemos de aquellas cosas que hoy no tenemos y que un día fueron nuestra Verdad.
Día 4.
(Mirando una fotografía de la época) ¿Dónde estoy yo, el niño que en mi cuerpo quedó atrás perdido en los atajos de la vida. ¿Dónde estoy yo en esta orilla del río de mi infancia?
Escudriño las manos de mi ahora y no me veo en los dedos ni plumas ni pelusa de nidos. Ni un rastro de aquel jirón perdido de mi vida, un gesto de la hierba, una arruga del agua que me digan que yo estuve hasta el júbilo asombrado en este paraíso, ahora vacío. Y éste es el sitio. Aquí el pretil y al pie la hierba que en las tardes sin fin de los veranos soñaba en ser famosa en nuestros pies junto al balón que ardía en cien jugadas. Y más allá, en la orilla, los guijarros modelados sin prisa por el agua, que pasaban a ser por un instante proyectiles de nuestros tiradores.
Éste es el sitio, aquel que yo adoraba, ahora condenado por el tiempo a ser cantado sólo, visto sólo en una fotografía.
Día 5.
Recuerdo que durante días fue muriendo lentamente la fragua. El polvo de los meses fue vendando la vista a los cristales de la puerta hasta dejarlos ciegos, sin ganas de mirar a la herramienta atada a la pared con telarañas allí, en el interior, junto al yunque callado donde el herrero golpeaba el hierro al rojo vivo para darle forma de barrote, herradura o reja de arado.
Y hoy, tan lejos de aquella vida hermosa que fue mi infancia cerca de la fragua, del dolor del hierro golpeado hasta hacerse herramienta, verja o protección de caballería... Hoy, tan lejos de aquel mundo fugaz, me entero de la muerte del herrero. Y de nuevo otro asidero que mantenía mi infancia medio a flote acaba de romperse y de caerse al pozo donde el tiempo colecciona ruinas y despojos.
Desde aquí le digo adiós a aquel herrero amigo que fue testigo de mi infancia durante mucho tiempo. Lo único que siento es que sólo en una prosa fría se quede la emoción de esta despedida. Cada vez se hace más grande la sombra que amenaza la luz que hace visible la nostalgia. Aunque cada vez también veo más claro que la nostalgia es inútil y que la infancia no regresa jamás pese a nuestro irrenunciable deseo.
Día 6.
Pese a que sé (aún no lo he visto con mis propios ojos) que la casa de infancia se ha convertido hoy en un hostal restaurante, no dejo de verla tal y como era en aquellos tiempos felices. Por eso no puedo de apuntar aquí lo que la casa en sí y mis padres, que supieron adornarla de virtudes y amores a las cosas pequeñas y cotidianas, significaron siempre para mí. Por eso no dejo de repetir que, si la casa tuvo un día primavera y sus paredes exhalaron a cada momento cariño y protección y sus balcones florecieron a la vista de la ciudad de las murallas, fue gracias a ellos, que en ella tejieron su nido. Es más. Si yo no doy un latido sin que suenen dentro de mí campanas y murmullos del río en las azudas de mi infancia, es gracia y don de mis padres, que supieron sembrar en los surcos tempranos de mi alma semillas de espadañas y de Duero, llantos de aceñas y cantos de badajos. Y si esta hermosa inquietud que ahora me crece mientras se acerca abril al calendario, y la Semana Santa en los clarines de la memoria canta y reverdece, se debe a aquel amor que me infundieron mis padres por los pasos y las andas donde, entre cirios que lloran en la noche, tambores y piedras historiadas, desfilan las imágenes benditas que mis padres me enseñaron a querer cuando era un niño.
Día 7.
Sé con toda seguridad (porque yo mismo lo hice a punta de navaja) que mi corazón debe de seguir grabado, junto con la inicial de mi nombre y la de alguna niña de la que estaba enamorado entonces en la blanda corteza de algún chopo de tantos como crecían en los Tres Árboles, junto a la orilla del río. Allí debe de seguir latiendo con la savia lo mismo que latió en las aguas verdes de las Pallas, junto con el silencio gozoso de mi cuerpo desnudo bajo el agua. Allí, en los Tres Árboles, debe de seguir el deseo oscuro flotando entre las frondas frescas, aquel ansia oculta de ser eternos y fieles a la adolescencia y sus ritos misteriosos que no temían nada y para la que la muerte era simplemente un juego, un puente, un salto de comba o un zambullirse en las profundidades del río para salir unos cuantos metros más allá, en el cerco de los juncos y a escondidas de las miradas de los otros amigos. La adolescencia, que para nosotros era como el remo de la barca que abría el alma pura del Duero entre las islas y dejaba un aroma de olvido entre la espuma pero una dicha inmensa de dios en vacaciones en nuestras almas.
Ya podía morirse todo allí, en la fronda, en la fragante alfombra que el verano tejía en los Tres Árboles. Que nosotros seguíamos en alto, viviendo al borde del esplendor cotidiano que era la adolescencia. Por eso creo que aún hoy los restos de aquellas tardes nuestras se levantan cantando en las argollas donde ataban las cuerdas de las barcas, en las blandas cortezas de los chopos donde crecen sin fin los corazones que grabamos a punta de navaja.
Día 8.
He aquí mi promesa inaplazable. Convertido en relámpago de luna, volveré alguna noche a ver las cosas que siempre me tuvieron por abril anclado al corazón de lo perenne. Y nadie sabrá nunca que soy yo, aquel niño que amaba la procesión solemne de almendras y tambores con blusas femeninas, niñas que soñabais en Valorio amores que yo nunca os pedí.
Bajo el palio de la noche abrileña, sin que sepáis quién soy, os veré pasar con vuestras velas detrás de nuestra Virgen, aquella Virgen fiel de la Esperanza que entre flores lloraba en nuestro barrio.
Mujeres ya, con sombras en la luz del corazón, oiréis un viento antiguo acariciaros el alma y temblaréis, y la llama del cirio en vuestras manos brillará un solo instante con más fuerza y no sabréis jamás que fue por mí, que yo estaba muy cerca, como siempre, mirándoos pasar por el espejo del tiempo inexorable.
Lo prometo.
Aunque la infancia no regrese jamás.
lunes, 12 de octubre de 2009
MEMORIAS DE UN JUBILADO
Hay pocas cosas que superen a poder escribir de lo que a uno le gusta en el lugar que quiere y en el estado de ánimo más sereno para hacerlo. Sé lo que digo ahora que estoy en mi piso de Tossa ante el portátil con el oído puesto en la pieza musical de piano que suena en la radio y la vista en la llamada Torre de los Moros que domina la pequeña elevación de pinares que rodea el pueblo por la parte del mar. Acabo de llegar de dar mi cotidiana vuelta en bici por los caminos forestales de los alrededores del estanque de Sa Riera y me encuentro en uno de esos momentos que uno quisiera que no acabaran de pasar nunca. Dentro de un rato iremos a la playa mi mujer y yo y allí, con la vista del mar y la compañía de los amigos, hablaremos de los divino y lo humano, más de esto último, que es lo que nos une verdaderamente a la vida. Y debo decir que esto sólo se puede hacer sin la amenaza de los relojes, de la prisa y del andamio, cuando uno está jubilado. ¿De qué escribir? Desde luego evito la engolada trascendencia y prefiero dejarme guiar por lo que tengo más cercano, de la buena compañía, de los bailes en el hotel Don Juan de aquí de Tossa, de los chistes que nos contamos los amigos entre baile y baile, de los hijos, de los nietos, de los problemas pasados, de los viajes que pensamos hacer... qué sé yo, de cualquier cosa que nos mantenga atados a esta maravilla de estar vivos y bastante sanos, que hay de todo, hay quienes tienen diabetes y salen todas las mañanas a darse su caminata obligada para evitar inyectarse la insulina, quienes tienen baldada la espalda o cansadas las rodillas o alta la tensión, achaques que nos hacen más vulnerables y por ello más entrañables para los demás. Yo quiero hablar ahora de mi afición a la pintura, que me viene de niño, de cuando allá en mi ciudad natal, "la enamorada del Duero, la que cantó el Romancero, mística, noble y guerrera " (versos de un antiguo poemilla que dediqué a Zamora recién llegado a esta tierra hermosa y hospitalaria de Cataluña), afición, decía, que conservo de niño, de cuando veía a los pintores al aire libre retratar rincones de mi ciudad, casi siempre reflejados en el espejo del río, un trozo de muralla con la Catedral en alto, la cuesta del Pizarro, las aceñas de Olivares... Dejaba los juegos y me quedaba un rato mirando al artista coger de la paleta con el pincel un poco de pintura para eternizar en el lienzo la yerba de la orilla o el cielo que recortaba la torre del Salvador. Admiraba sobremanera a aquellos artistas y cuando llegaba a casa trazaba sobre el cuaderno de dibujo líneas y figuras que mi imaginación me dictaba. Luego me hacía acompañar de un grupo de chicos por los barrios vecinos para copiar en nuestros blocs la silueta de una casa, del campanario de la iglesia o cualquier cosa digna de ser dinmortalizada con el dibujo. Pasados los años y ya en Barcelona, de la mano del amigo pintor Casals me inicié en la pintura al óleo. Y desde entonces no he dejado de alternar la escritura con la pintura.
domingo, 11 de octubre de 2009
PATADAS AL DICCIONARIO
Cada vez hay más relajación lingüística en los medios de comunicación, en especial la televisión a cuyos responsables les da lo mismo haya que halla, o sea, manga que hombro. Parece que están jugando con nosotros para ver si localizamos los gazapos que dejan correr en los subtítulos. Ojalá fuera eso. Pero mucho me temo que se deba a otras causas. Ayer en el telediario nocturno de Antena 3, aludiendo al hecho de que se había localizado cerca de Alicante un zulo de ETA, leí el siguiente texto: "Hayan un zulo de la banda terrorista ETA en la provincia de Alicante..." Esa forma verbal pertenece al verbo HABER y es propia del pretérito perfecto compuesto del subjuntivo de cualquier verbo (ejemplos: de VER, hayan visto; de CORREGIR, hayan corregido, etcétera). La forma correcta es HALLAN del verbo HALLAR, que significa "encontrar": "Hallan un zulo de la banda..." Ya puestos, en castellano hay otro significante "haya", cuyo significado es un tipo de árbol muy abundante en el Montseny catalán. "Seny", buen sentido es el que hace falta para evitar atropellos ortográficos como el que presentamos hoy.
jueves, 8 de octubre de 2009
MEMORIAS DE UN JUBILADO
Hace unos días contaba aquí la dicha que es pasar en Barcelona un domingo por la mañana en compañía de mis hijos. Y ayer tan sólo fuimos al hospital a buscar a mi hijo pequeño que le daban el alta médica tras haber sufrido un accidente de moto el día anterior. La vida es así. Todo empezó el pasado martes por la mañana. Mi hijo pequeño apareció por casa para consultar en Internet la dirección de una editorial en Barcelona con el objeto de acercarse a ella en moto, una vespa de los años setenta que duerme en el garaje de la casa, y resolver unos trámites relacionados con una oposición que quiere hacer. Yo mismo le acompañé al garaje y vi, antes de partir hacia Barcelona, cómo se ajustaba el casco y desaparecía por la puerta del túnel de los garajes. A la hora de comer, como aún no había vuelto, empezamos a preocuparnos su madre y yo. Momentos antes, en la buhardilla, mientras retocaba un cuadro, una idea indefinible empezó a rondarme la cabeza, aunque al poco tiempo desapareció. Y cuando dábamos los primeros ataques al plato, sonó el teléfono. Lo cogió mi mujer y enseguida comprendí qué estaba ocurriendo. Llamaban desde el hospital de Taulí de Sabadell para decirnos que nuestro hijo estaba ingresado en Urgencias tras sufrir un accidente de moto, si bien nos tranquilizaron algo diciéndonos que estaba consciente y al parecer bastante bien dentro de lo que podía haber ocurrido. Según las palabras de la enfermera que llamaba, nuestro hijo tenía rota la clavícula derecha, una fisura en una costilla y una sonda para detectar si había algún daño interno. Dejamos el plato tal cual sobre la mesa y, tras intentar localizar en vano a mi nuera, partimos en coche hacia el Hospital, pasando antes por el colegio donde trabaja ella. Le contamos lo que había pasado y quedamos en vernos en el centro sanitario, pues ella iría a la guardería a buscar a mi nieto. Toda una odisea. Y no he dicho nada todavía del Hospital. Todo el mundo conoce el funcionamiento de nuestro sistema sanitario. Muchos reglamentos, recomendaciones y advertencias para los familiares de los pacientes, y escasos o ninguno para los del personal del Centro. Y las largas horas de espera sin información ninguna y sólo un acompañante por paciente y guarden silencio y orden y respeten la dignidad y un largo etcétera de paradójicos avisos y extrañas contradicciones. Que no les pase nada a ustedes ni a ningún familiar suyo para que no tengan que vivir lo que mi hijo pequeño y nosotros hemos tenido que pasar estos dos días que nos hemos visto obligados a vivir en Urgencias del Taulí. Claro que lo peor lo ha tenido que padecer el paciente (de ahi la palabra). Dejando a un lado los dolores resultantes del accidente, que de eso no tiene la culpa nadie, salvo el conductor del todoterreno que se metió en el carril de mi hijo pequeño sin avisar para tirarlo de la moto y arrastrarlo durante unos metros hasta dar con su cuerpo contra un poste de hierro que hay en el lugar de los hechos, está el box donde ha pasado cuarenta y ocho horas en una camilla que ni permite la idónea colocación de la mesa para comer, acompañado de otro paciente, cuando las normas prohiben compartir con otro enfermo el box, sin poder pegar ojo durante toda la noche porque el paciente de al lado no dejaba de quejarse a voz en grito sin que nadie mediara para remediarlo. Mi hijo me contó cómo había ocurrido el accidente y luego me pidió que en cuanto pudiera me diese una vuelta por la gasolinera en cuyas proximididades había ocurrido para ver si alguien de allí había visto algo y en especial para saber qué había sido de la vespa. Se lo prometí mientras llegaba a la conclusión de que al menos él empezaba a recuperarse del terrible golpe que había recibido. Luego salió a relucir el destino que habían corrido sus pertenencias, las llaves del piso, el tarjetero con toda su documentación y otros objetos extraviados pues entre los bomberos, la policía y la ambulancia que habían intervenido en el atestado del accidente la casa había quedado sin barrer. Unos a otros se pasaban la pelota y decían que todo lo habían guardado en la mochila que mi hijo llevaba. Sólo existía un sobre que contenía el carné de identidad, el mando a distancia del garaje de casa que yo le había proporcionado para que pudiera de regreso entrar en el túnel comunitario y el móvil, rayado e inservible tras el golpe. El primer día y sobre todo la primera noche fueron algo horrible para mi hijo. Nada más amanecer el siguiente, me arreglé y me fui a la policía local para hacer una declaración sobre el estado de mi hijo y recoger su casco, las gafas de sol y las llaves de la vespa. Después nos fuimos a pasar el día con él al Hospital, hasta que le dieron el alta, que fue por la tarde. Otra odisea para traerlo a casa. Pero ahora ya ha pasado todo y sólo queda esperar a que las fracturas se cierren. Creía que con la jubilación llegaría la paz y estaba equivocado, porque la paz siempre está en camino pero nunca acaba de llegar.
martes, 6 de octubre de 2009
POEMAS RESCATADOS
HOMBRE
Sigue a ese hombre,
esos ojos cargados de cien noches atrasadas,
esas manos llenas de herramientas
y vacías de premios.
Sigue a esa estatura de milenios
repartida antes que tú en la geografía del mundo,
en la raza de sueños infinitos de todas las culturas.
Sigue a esa existencia interminable
hasta ese hormiguero donde los trenes hablan
de suicidios, de amores, de trabajo, de hambre, de pan justo,
de justicia inexacta.
Síguela hasta el campo, la fábrica, la escuela,
el despacho, el hospital, la tumba...
Y aprende sus afanes, la erosión de su carne,
la embestida del surco, los sopapos
del humo y el hastío,
el hedor de la tinta sobornada,
la sábana empapada de dolor
y el broche final de los necrófagos.
Síguela y aprende cómo todos
nosotros empujamos la existencia de todos,
la noble eternidad de nuestra raza
con muertes solitarias,
con vidas hechas de hambre y soledad.
Sigue a ese hombre y bésale las manos:
él es tú mismo; él es todos nosotros
encarnados en él mismo.
Ahí, en esa ropa indestructible, pero a la vez perenne,
va el trabajo del hombre, el camino del hombre,
esta raza nuestra siempre a solas.
PAZ
Para mi madre
Aquí me ves buscando la paz de cada día
cuando es casi noviembre y las dalias confirman
bajo la terca lluvia tu verdad dolorida.
A veces me consuelo pensando que en la esquina
que sostiene tu ausencia favoreces la herida
de luz por donde manan estos versos de vida.
Y vivo con la paz que busco cada día
desde que el alba nace y rellena de prisa
el aljibe sereno que fue mi infancia un día,
y paso la jornada curando ortografías,
domando al castellano con naturales rimas.
Y la noche me alcanza con sus negras aristas
sin haber conseguido esta paz requerida.
¡Qué distinta tu paz ganada día a día
que después de tu adiós se convirtió en semilla,
en recuerdos eternos, en mito de familia!
Y recurro a tu nombre cuando la fe me olvida
para seguir diciendo que busco todavía,
como el pan o la ropa, la paz de cada día.
POEMA
Andamiando un poema,
aprendo a ser libre.
Si escribo, por ejemplo, la palabra nube,
una fuerza especial me arrebata del mundo,
y si escribo herramienta, esa fuerza especial
me devuelve al trabajo que ejerzo en este instante.
Son palabras que viven ellas solas
y a la vez me recuerdan que soy libre también.
Andamiando un poema,
aprendo a ser libre,
y al cerrarle sus puertas,
al ponerle el candado del fin,
se me vuelve a caer de la cumbre
la roca...
¡Y otra vez a subirla en las tablas
del andamio de un nuevo poema!
¡Y a seguir aprendiendo a ser libre
mientras haya una nube que me haga soñar
o una herramienta que me ligue al instante.