miércoles, 9 de marzo de 2011

Prosas de antaño

7. Unos raros compradores de libros


Cuando algunos minutos más tarde, la joven entraba en la estación para tomar un tren de regreso a Barcelona, sonrió pensando que el hombre rico no había quedado contento con su trabajo. Le daba lo mismo. El dinerito contante y sonante iba con ella en su bolso. Y era el dinero más fácil. Con los dos clientes de Mataró y los cuatro de Barcelona, sacaba para veranear en la Europa del Este seis años.
Y una vez que el convoy se puso en marcha, como si tal cosa, abrió el manuscrito que le había dejado su antiguo novio y siguió leyendo.


"...Lo que importa ahora es salir de aquí cuanto antes.
El anciano me preguntó quién era yo y no me atreví a decírselo. Me limité a cogerlo del brazo y animarle a que me siguiera. Pero estaba muy enfermo y tras dar un par de pasos más, se llevó una mano al corazón y se me escurrió hasta el suelo. Me dio pena dejarlo allí, pero al punto pensé que tampoco hubiera podido llevármelo conmigo. Así que salí al jardín y desanduve el camino anterior hasta llegar a la sala. De nuevo me pareció oír voces y pasos, esta vez muy cercanos y, sin pérdida de tiempo, me coloqué ante el espejo de pie que había junto a la cama imitando la postura del paje del cuadro de Zurbarán. Los pasos y las voces estaban ya al otro lado del tabique cuando, echando mano a la botellita del “Vino para volver”, sorbí un trago de ella. Al instante, y mientras ya entraban en la sala los dueños de los pasos y las voces, noté que todo temblaba a mi alrededor y en el espejo vi que una atmósfera humeante envolvía mi reflejo y empezaba todo ello a desvanecerse en las sombras. Entonces cerré los ojos para no marearme y... ¡zas!, de nuevo estaba en el cuarto de las ropas de otros tiempos, delante del cuadro de Zurbarán, con la misma postura del paje.
En algún lugar de la casa sonaban las campanadas de un reloj de pared. Hasta diez sones lentos y solemnes conté. Debía actuar con prisa. Rápidamente me desembaracé de la capa, de la golilla, del jubón, dejándolo todo en su lugar, y me puse la ropa que había traído a la cena literaria a que había sido invitado por Alfarache. Instintivamente palpé en uno de los bolsillos de mi chaqueta la rana coronada y pronuncié lentamente una de las fórmulas aprendidas en el librito de cubiertas de oro. Dicho y hecho, el rincón de antes volvió a abrirse, y por el hueco volví a salir al ángulo que formaban las dos estanterías de libros de la buhardilla. Eché un vistazo a mi alrededor y me di cuenta del desorden que había dejado antes de irme; así que había que dejar todo en su sitio a la mayor rapidez posible..."

Pero no duró mucho la lectura. Pues la joven, un tanto decepcionada por el desenlace de la aventura del viajero del tiempo, cerró el Cuaderno y lo guardó en su bolso de mano. El tren volaba paralelo al mar, de vuelta a Barcelona, y la vista del agua la acompañó durante un buen rato hasta que sus ojos se cerraron y todo su cuerpo se sumió en la placidez que le producía la marcha y el monótono movimiento del tren, ayudada sin duda por el otro movimiento de su cuerpo.

El librero acababa de llegar del restaurante de desayunar y aún no había echado un solo vistazo a los libros de la última caja, cuando entró en la tienda una pareja que por los arrumacos que se dedicaban mutuamente dedujo que eran recién casados. El hombre dijo que quería unos cuantos libros para decorar un mueble de comedor.
--¿Qué tipos de libros? ¿Tienen alguna preferencia? ¿Literatura, Arte, Cocina...?
La mujer dijo que le daban lo mismo y abrió los brazos indicando una extensión.
--Una cosa así debe de medir la estantería --añadió--. Sólo se trata de que sean un poco vistosos. Me refiero al lomo.
El hombre intervino para hablar de los colores de las paredes y las cortinas del comedor de su nuevo domicilio y terminó diciendo:
--Lo que nos interesa es que hagan juego; rojos y azules, ¿verdad, cariño?
--Es que somos socios del Barça-- añadió la mujer--. Con tojos y azules nos basta, sí.
--Creo que podré servirles. Si son tan amables de aguardar unos minutos.
La pareja asintió y él desapareció en la trastienda. Sobre el suelo y apoyados directamente contra la pared había depositado unos cuantos libros que había sacado de sus estantes para dejar sitio a los reciñen comprados. Cogió unos cuantos de Física y Química de tapas rojas y otros tantos de Animales domésticos con lomos azules y los llevó hasta el mostrador de la tienda.
--Sí, estos valen--dijo el joven--. Alternados en la estantería nos recordarán la camiseta del Barça, ¿verdad, cariño?
--Claro. Quizás nos falten algunos más --dijo abarcando la hilera de libros con los brazos. ¿No tiene otros así? Con cinco o seis habría bastante.
El librero volvió a la trastienda encantado de poder deshacerse de aquellos libros que apenas tenían salida. Cogió seis de Pedagogía de mediocres ediciones, tres bermejos y tres azules, y volvió con ellos al mostrador.
--Perfecto--dijo el hombre al verlos--. ¿Cuánto es?
El librero estuvo tentado de sacarles un buen fajo de dinero para castigar su falta de respeto por los libros, pero optó por pedirles una cantidad razonable, que no era otra que la que resultaba de sumar los antiguos precios que tenían los libros escritos a lápiz en la portada. Se los envolvió en dos paquetes diferentes y luego les proporcionó un par de bolsas para que pudieran transportarlos.
La pareja se fue encantada y él se quedó pensando en las pocas posibilidades que tiene este país de aumentar su afición por la lectura. Por el cristal del escaparate los vio atravesar la calle y dejar las bolsas en el maletero del coche que habían estacionado en la acera de enfrente. Luego se acercó a la caja de libros que iba a examinar y, cogiendo el primero, una edición antigua de las Rimas de Bécquer, le dijo:
--Querido amigo, a ti la gente como esa no te leerá nunca.
En ese momento sonó su móvil. Por la pantallita vio que era el carpintero, el cual le dijo que acababa de hacerse con unas estanterías que le irían muy bien, que si quería, podía tenerlas aquella misma tarde en la librería. El profesor le agradeció su diligencia y añadió que si tenía tiempo pasaría por el taller a recogerlas.
Luego entró un nuevo cliente, una señora de mediana edad que venía buscando un libro para un adolescente.
--Tiene doce años--añadió-- y no va muy bien en los estudios. Es un sobrino a quien quiero mucho, ¿sabe?, y no hay manera de que lea. Si usted supiese de un libro de esos que enganchan al lector y no lo dejan hasta que termine de leer lo que han empezado, sería estupendo.
--Le iba a preguntar qué tipo de lectura prefiere ese chico, pero acaba de contestarme a la pregunta. Lo mejor es que se lleve un libro de aventuras o un conjunto de relatos que traten de algo muy cercano, con referencias al mundo escolar, a las chicas, a los amigos, sin que falte, por supuesto, la intriga, el misterio, un poco de terror y un mucho de gracia e ingenio, y que tenga la letra mediana, que se deje leer bien. Estoy pensando en un autor extranjero y una traducción buena. Verá.
Se giró y miró en uno de los estantes de detrás del mostrador. Sacó un volumen y se lo mostró.
--Por ejemplo, éste.
La señora leyó en voz alta el título:
--Los mejores relatos de Roald Dahl--. Luego lo cogió, lo abrió por el índice y leyó algunos de los de los cuentos que incluía:-- Katina, El gran gramatizador automático, La señora Bixby y el abrigo del coronel...--Se encaró con el librero--. ¿Y dice usted que este libro hará sentir a mi sobrino el gusto por la lectura?
--Señora, si ninguno de los relatos que contiene este libro le gusta a su sobrino...
La mujer no le dejó terminar y le pidió que se lo envolviera.
Desde la puerta la señora le envió una sonrisa de agradecimiento.

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