miércoles, 3 de noviembre de 2010

PROSAS DE ANTAÑO

Cabeza de Tortilla



Una ventana abierta más a aquel mundo lejano de la Arcadia que, en defintiva, está más cerca de nosotros cuanto más creamos en él.






6. La argolla de latón


Berni apuntó en sus memorias lo bien que se lo pasaba contando a sus amigos del soto historias como la de Alcione, o como la de La argolla de latón, que es como sigue.
“Francisco, María y Marcos eran alumnos de la misma clase. Los tres tenían diferentes aficiones. Francisco era un virtuoso con el balón de fútbol. María coleccionaba todo tipo de cosas, pero en especial dedales y búhos. A Marcos le gustaba mucho la música y tocaba algunos instrumentos como la guitarra o la flauta. Un día, al salir del instituto, se reunieron en la casa vieja del prado. Francisco, María y Marcos habían estado allí muchas otras veces fisgando por todas partes. Pero aquella tarde ocurrió algo diferente. Porque aunque allí dentro todo seguía igual: tablas por el suelo, puertas rotas, ventanas sin cristales, baldosas levantadas…, descubrieron algo que no habían visto en ocasiones anteriores: un objeto que brillaba en el suelo; exactamente, una argolla de latón.”
(Berni anotó entre paréntesis que Chago le había preguntado, sin miedo a que Merlo le tapara la boca, qué era una argolla de latón, y que Merlo le había replicado enseguida que sabía menos que un niño de teta, cuando todo el mundo sabe lo que es una argolla y lo que es latón. Berni recordó la carcajada general que había provocado Chago al añadir que latón bien podría ser una lata grande.)
“María recogió del suelo la argolla de latón. Entonces Francisco le dijo:
--Si te la vas a poner, piénsalo antes. Puede que esté embrujada.
Marcos se echó a reír.
--Hay que ver lo tonto que eres a veces. ¡Mira que decir que esa argolla está embrujada!—dijo.
--Tú sí que eres tonto. Mira lo que pasó con el anillo de Frodo y tantos anillos mágicos como figuran en los cuentos.
--Pero eso son cuentos, como tú acabas de decir.
María les interrumpió.
--No os preocupéis, que no voy a ponérmela. Sólo quiero ver cómo es.
Y se puso a examinarla. Pero no le había dado la primera vuelta a la argolla, cuando sonó un ruido prolongado bajo el suelo, como el de un terremoto. Rápidamente la tiró a tierra. Y enseguida los tres amigos vieron que justo en el círculo de la argolla se abría un agujero en el suelo y por él empezó a brotar un surtidor de humo anaranjado.
Francisco hizo ademán de salir corriendo, pero Marcos le detuvo cogiéndole del brazo.
--Lo que tenga que pasar nos pasará a los tres—dijo.
--Es que recuerdo que tenía que jugar hoy un partido de fútbol en las eras.
--No mientas, Paco. Lo que tú tienes es un miedo que te cagas los pantalones.
María les volvió a interrumpir:
--No volváis a discutir antes de saber qué va a pasar. Además, los tres tenemos el mismo miedo, aunque no lo queramos confesar.
Y antes de que tuvieran tiempo de reaccionar, ante sus atónitos ojos el surtidor de humo naranja se transformó en azul. Luego la argolla empezó a dar vueltas sobre sí misma antes de despegarse del suelo para, finalmente, ponerse a volar de un lado para otro como el aro de un platillo volante. Hasta que se posó en una de las vigas que cruzaban de una pared a otra. Y en ese momento el agujero del suelo empezó a aumentar de tamaño. En pocos segundos sólo dejó libre el pequeño trozo de tierra firme que ocupaban los tres amigos. Éstos, temblando de pies a cabeza, esperaban con terror que de un momento a otro el gran boquete los tragara. Pero unos segundos antes de que eso ocurriera Francisco advirtió que detrás de ellos en la pared había una ventana abierta.
--¡Rápido!--dijo --. Por la ventana que está detrás de nosotros.
A salvo momentáneamente, respiraron aliviados. Pero aún les esperaba algo más importante. Porque de pronto la casa empezó a ser engullida por el insaciable agujero. Antes de desaparecer del todo, vieron salir de entre el polvo del hundimiento hacia la valla del prado la argolla de latón. Ismael, el inocente del barrio, que entonces pasaba por allí, acudió corriendo al lugar donde cayó la argolla.
María, Francisco y Marcos se habían quedado como estatuas a unos centímetros del lugar donde hasta hacía unos segundos se hallaba la casa. La tierra volvió a subirEn su lugar quedó solamente un charco de un líquido con el color de la camiseta del Barça: la franja exterior roja y la del centro azul.
Los tres chicos corrieron hacia donde estaba Ismael. El inocente miraba y remiraba atentamente la argolla de latón y asentía con la cabeza como si estuviese hablando con ella. María fue la primera en llegar a su altura.
--Ismael –le dijo--, ¿me enseñas lo que tienes en las manos?
--Sí, mira, es un brazalate de oro.
--No es de oro, es de latón –le corrigió Marcos acercándose a él.
--No es de latón –dijo el inocente--, es de oro y además tiene magia.
--¿Magia? –le preguntó Francisco entre crédulo y extrañado.
--Sí, magia. Habla conmigo y me dice cosas muy bonitas.
--¿Como qué? –le preguntaron a la vez los tres amigos intercambiándose miradas de complicidad.
--Por ejemplo que, si no estoy a gusto aquí, me vaya con él.
--¿Ir con él? ¿Adónde?—le preguntó María.
--A un sitio donde nadie sufre, a una vida mejor sin odios ni envidias, donde los chicos no me insultan, ni me tiran piedras, ni se burlan de mí.”

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