
martes, 30 de noviembre de 2010
MADRID ESENCIAL 2010

miércoles, 24 de noviembre de 2010
DE VISTA, DE OÍDAS, DE LEÍDAS

El frío del río nos obligaba a volver a casa, con su concierto de grillos, y las flores mustias resbalaban una a una hasta el polvo del camino. Se quedaban allí, quietas y olvidadas, bajo los cándidos ojos de las estrellas. Nunca nos sorprendió la luna en el campo. Nunca hasta aquel día en que mi madre me llevó a casa de los Abel."
DE VISTA, DE OÍDAS, DE LEÍDAS


martes, 23 de noviembre de 2010
MEMORIAS DE UN JUBILADO

lunes, 22 de noviembre de 2010
CURSOS

1. Lee las siguientes Rimas de Bécquer, pertenecientes a varios temas, y contesta las preguntas que se formulan a continuación:
Rima VII
“ Del salón en ángulo oscuro
de su dueño tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo,
veíase el arpa.
¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas, 5
como el pájaro duerme en las ramas,
esperando la mano de nieve
que sabe arrancarlas!
¡Ay –pensé--. ¡Cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma, 10
y una voz, como Lázaro, espera
que le diga: “¡Levántate y anda!”
Rima X.
“Los invisibles átomos del aire
en derredor palpitan y se inflaman;
el cielo se deshace en rayos de oro;
la tierra se estremece alborozada.
Oigo flotando en olas de armonía 5
rumor de besos y batir de alas;
mis párpados se cierran… ¿Qué sucede?
¿Dime?... ¡Silencio!... ¡Es el amor que pasa!”
Rima XXIII.
“Por una mirada, un mundo;
por una sonrisa, un cielo;
por un beso…, ¡yo no sé
qué te diera por un beso!”
Rima XXX.
“Asomaba a sus ojos una lágrima
y a mi labio una frase de perdón;
habló el orgullo y enjugó su llanto,
y la frase en mis labios expiró.
Yo voy por un camino, ella por otro; 5
pero al pensar en nuestro mutuo amor,
yo digo aún: “¿Por qué callé aquel día?”
y ella dirá: “¿Por qué no lloré yo?”
Rima XLVIII
“Como se arranca el hierro de una herida,
su amor de las entrañas me arranqué,
aunque sentí al hacerlo que la vida
me arrancaba con él.
Del altar que le alcé en el alma mía 5
la voluntad su imagen arrojó,
y la luz de la fe que en ella ardía
ante el ara desierta se apagó.
Aun para combatir mi firme empeño
viene a mi mente su visión tenaz… 10
¡Cuándo podré dormir con ese sueño
en que acaba el soñar!”
Rima LX
“Mi vida es un erial:
flor que toco se deshoja;
que en mi camino fatal,
alguien va sembrando el mal
para que yo lo recoja."
Actividades
a) Intenta resumir lo más brevemente posible el contenido de cada una de las Rimas anteriores.
b) Indica qué clase de verso y rima ha empleado Bécquer en cada una de esas composiciones.
c) Señala una comparación, un hipérbato y una metáfora presentes en la Rima VII.
d) Localiza el recurso expresivo empleado en la Rima X y explícalo al detalle.
e) Indica al menos dos recursos empleados en la Rima XXIII explicándolos adecuadamente.
f) Trasforma en estilo indirecto la Rima XXX.
g) Explica la aliteración y la comparación que aparecen en la Rima XLVIII. ¿Qué significado tienen para ti los dos últimos versos?
h) ¿Qué es un “erial”? ¿Qué clase de estrofa forma la última Rima? Razona tu respuesta.
i) Inventa una Rima de amor de cuatro versos.
Texto comentado
RIMA II
"Saeta que voladora
cruza arrojada al azar,
y que no se sabe dónde
temblando se clavará;
hoja que del árbol seca 5
arrebata el vendaval,
sin que nadie acierte el surco
donde al polvo volverá;
gigante ola que el viento
riza y empuja en el mar, 10
y rueda y pasa, y se ignora
qué playa buscando va;
luz que en cercos temblorosos
brilla próxima a expirar
y que no se sabe de ellos 15
cuál el último será.
Eso soy yo que al acaso
cruzo el mundo sin pensar
de dónde vengo ni adónde
mis pasos me llevarán." 20
Bécquer es un romántico rezagado que sigue fielmente los postulados del Romanticismo aunque con un tono más contenido y muestra los inicios del simbolismo moderno. En su obra (Leyendas, Cartas Literarias a una mujer, Cartas desde mi celda, etc.) destacan las Rimas, breves composiciones que expresan sentimientos universales como el amor, el dolor, la soledad, la tristeza que causa la muerte... La Rima II pertenece al grupo (Rimas LX, LXVI, LXIX) cuyo tema es el azar del destino del hombre.
El destino del poeta se parece respectivamente a una saeta, una hoja de árbol, una ola, una luz... (todos ellos están sujetos al azar; el poeta se pregunta además ¿de dónde venimos? y ¿adónde vamos? El contenido puede dividirse en cinco partes: las cuatro primeras se refieren al destino de los cuatro objetos mencionados (el azar, la incertidumbre y la ignorancia sobre su fin (versos 1 a 16); y la quinta trata del destino del poeta, también sujeto al azar y a las eternas preguntas sobre su origen y final.
La Rima de nuestro comentario está formada por veinte versos octosílabos que componen un romance (rima asonante en á en los pares; así que su esquema estrófico es 8- 8a 8- 8a 8- 8a 8- 8a... Abundan los encabalgamientos (el más largo abarca los cuatro últimos versos de la Rima). La misma construcción (antecedente, pronombre relativo, proposición adjetiva) se repite en las cinco partes (saeta que...; hoja que...; gigante ola que...; luz que...; eso soy yo que...), si bien en la última aparece la oración "eso soy yo", como reuniendo en la persona del poeta los destinos de los cuatro objetos o elementos anteriores. El empleo del futuro (se clavará, volverá, será, llevarán) está justificado por la incertidumbre del final de cada uno de los elementos comparados. También hay que añadir hipérbatos (hoja que del árbol seca arrebata el vendaval; qué playa buscando va; y que no se sabe de ellos cuál el último será...), algunos de ellos exigencia de la rima. La polisíndeton del verso 10 (y rueda y pasa, y se ignora) expresa demora, duda, incertidumbre, tal y como exige el contenido.
Se trata, en resumen, de un tema propio del Romanticismo, el del desconocimiento del destino humano, comparado aquí con cuatro elementos que dependen de otras fuerzas ajenas a ellos (la inercia de la saeta, el vendaval, el mar, el temblor de la luz); en el caso del poeta son las múltiples circunstancias, altibajos y adversidades que la misma vida, en su dolorosa contingencia, ofrece. El lenguaje y los versos y la comparación están perfectamente elegidos para lograr la intención del poeta.
domingo, 21 de noviembre de 2010
PROSAS DE ANTAÑO

Y cuando, sin probar bocado, se metió en el lecho y se disponía a abrir el cuaderno del poeta para echar una ojeada a sus versos, un sobre de su interior cayó sobre la colcha. Dentro había una carta dirigida a él. Leyó: “Mi querido y fiel Berni, esta carta que acompaña a mis últimos poemas no quiere ser una despedida. Te conozco. Y antes de que saques conclusiones equivocadas, quiero dejarlo bien claro. No, no es una despedida, sino mi más entrañable agradecimiento por la amistad incondicional que me has mostrado durante tantos y tantos años desde nuestra más remota infancia, de cuando junto al río nos contabas aquellas historias tan divertidas. Juntos hemos vivido, luchado y disfrutado casi de las mismas cosas. Hemos crecido y envejecido uno al lado del otro y no hay un solo secreto mío que no conozcas. Sabes de mis inclinaciones sexuales casi desde cuando aparecí en tu vida, y mi piel, arrugada y seca por la edad y las dolencias de este monstruo que me devora sin descanso, es como un pergamino donde están escritos mis sentimientos. Y tú has sabido leerlos como nadie, querido Berni. Por ello, porque te debo mi agradecimiento, quiero también en esta carta desvelar ante ti otros silencios de mi vida, silencios anteriores a mi venida a Barcelona. Leerás en el cuaderno estas palabras: “Nada refrenó mis pasos. / Me armé de valor y acudí libre / hacia placeres que existían / en mi ser y en la verdad del mundo. / En la noche de enfebrecida luz / bebí el vino más fuerte, / como sólo los héroes beben el placer.” Estas palabras tienen que ver con mi primera experiencia homosexual. Después todo fue más fácil. Ya no me gustaban tanto los lugares frecuentados por la gente que habla de una cosa y siente otra, y en vez de ir a los teatros, a los casinos, a las cenas y fiestas de empingorotados personajes para hallar inspiración de mis poemas, busqué mi satisfacción y mi inspiración en los barrios, en los bullicios sinceros de las fiestas populares, en las cantinas, en los “meublés”, en las habitaciones recónditas de cafés nocturnos y casi clandestinos pero que para mí tenían toda la verdad de la vida sin paliativos ni falsos eufemismos. Así fui modelando, amigo, mi modo de vivir y de sentir, y aunque siempre había mostrado gran fascinación por los campos y la naturaleza, el paisaje de mi obra, como muy bien sabes tú, es el de los lugares que he citado. También nosotros fuimos jóvenes y tuvimos cuerpos lozanos y llenos de vigor para el amor que más nos gustaba, en contra de lo que opinaba y opina esta sociedad puritana que nos rodea. Verás en el cuaderno escritos estos versos: “Acaban de saciar su amor prohibido. / Del lecho se levantan, / vistiéndose deprisa, sin hablarse. / Cada uno por su lado, / furtivamente, salen de casa. / Luego marchan, inquietos, por las calles / como si sospecharan / que algo en ellos traiciona / en qué clase de cama pecaron hace poco. / ¡Pero cuánto ha ganado la vida del poeta! / Y mañana, después de muchos años, / los versos que tuvieron ahí su origen / sonarán vigorosos, puros, libres.” Mis inclinaciones amorosas eran más importantes que toda la sabiduría que me daban los libros. De los cuerpos que festejan su vida manaba toda la sabiduría que me llenaba. Aún hoy, que me marcho al dolor y acaso más lejos todavía, sigo sintiendo lo mismo. Anciano, caduco, casi tierra, entré hace unos días en nuestro bar y encontré apoyado sobre un velador y ante su periódico a un viejo como yo, pero más solo y más triste. Tal vez pensaba él que había gozado muy poco de su vigor juvenil cuando fue mozo. Tal vez pensaba en el modo en que se burlaba de él la sabiduría y cómo se había fiado de ella cuando le decía: “Mañana, mañana; tienes mucho tiempo todavía”. Tal vez recordaba el triste y solitario anciano impulsos que había contenido, sacrificios de su felicidad. Y de tanto recordar el pasado, se quedó dormido sobre el velador. Pero mi vejez no ha sido tan patética. Porque yo sí disfruté como nadie, y tú bien lo sabes desde que me conoces. Porque a pesar de pertenecer a una clase social bastante acomodada y estar en contacto con aquel mundo relamido, puritano y falso en que los derechos homosexuales no habían sido ni siquiera planteados, acepté mi condición con todas las consecuencias. En el cuaderno hallarás estas palabras: “Sin ninguna piedad y sin pudor, / en torno mío sólidas murallas levantaron. / Y ahora permanezco aquí, en mi soledad, / meditando en mi mala suerte. / Y no me daba cuenta / de que estaban levantando gruesos muros / en torno a mi persona. / No escuché el trabajar de los obreros / ni sus voces taimadas. / En silencio me tapiaron el mundo”. Y es que ser homosexual, tú lo sabes bien , mi querido Berni, implica estar marcado, soportar obstáculos de todo tipo, críticas negativas que te impiden llevar a cabo muchos proyectos y trabajos. Pero me dio igual todo, rechacé la “normal” ciudadanía y prescindí de riquezas para practicar libremente mi inclinación sexual, que considero tan digna como cualquier clase de amor, y no di marcha atrás a mis impulsos. Si lo hubiera hecho, mi vida y mi obra no tendrían ninguna credibilidad y habría sido como tantos hombres que empeñan su vida por el mal entendido buen prestigio y todas esas banalidades que no sirven para nada en el mundo del arte. De este modo, bien puedo decir que he llegado a la madurez, a la vejez, sin haber renunciado nunca a lo que mi corazón ha sentido y perseguido siempre. Ahora la poesía es mi único consuelo, aunque esté con ello reconociendo tímida y humildemente mi irrenunciable debilidad humana. En este cuaderno leerás lo siguiente: “Claramente veo ahora / el sentido de mis años mozos, / de mi voluptuosa vida juvenil. / ¡Qué innecesarios y vanos remordimientos! / Pero entonces no podía verlo claro. / Y fue en la fuente de mi vida joven / donde bebió mi poesía, / donde sació su sed mi humilde arte. / Por ello mis enmiendas / duraban dos semanas como máximo.” Lo demás ya lo sabes. El fumar demasiado crió dentro de mí este animal que me devora tan deprisa y me tiene puesto de nuevo bajo el yugo del miedo. Tú comprobaste que el no poder hablar como siempre ni contar mis historias ni recitar mis poemas empezó a deprimirme y me impuso la obligación de vivir la sensación de impotencia y soledad de los últimos tiempos. Y ahora sí, amigo mío, ahora por fin llega el tiempo de la despedida. Pero no te pongas triste. Si un día vuelvo, seguiremos abrazándonos como fogosos jóvenes hasta quemarnos la piel en los abrazos. Y, si por el contrario, no vuelvo, lee estos versos que aparecen al final del cuaderno, que acaso te proporcionarán algún tipo de consuelo: “Las voces amadas de los muertos / a veces en los sueños conversan con nosotros, / nuestra imaginación a veces las escucha. / Entonces con sus ecos / otros ecos regresan / como una música dulce / que en la noche desierta nos alivia las penas.”
Recordaba Berni con lágrimas en los ojos que el poeta regresó del Hospital tocado por la muerte. Los médicos, al abrir para operarle, vieron que el cáncer estaba muy extendido y volvieron a cerrar el corte lamentando no poder hacer ya nada por él. A los dos meses Merlo moría entre horribles dolores apenas aliviados por la morfina. Los miembros de la tertulia le hicieron un homenaje en el Blues leyendo versos suyos. Berni prefirió no asistir. En cambio, mandó una carta que cerró emotivamente el acto, una carta cuya última frase era una cita del propio poeta: “Alejado del mundo, sólo para la poesía vivía; unos versos bellos eran para él todo cuanto ansiaba.”
sábado, 20 de noviembre de 2010
PROSAS DE ANTAÑO

Al devolver el libro de refranes a su sitio reparó en un librito de Merlo, que al crecer se había convertido en un gran poeta. De entre todos los amigos de la infancia, sólo con Merlo quiso la vida que mantuviese una constante relación. Merlo, que se convirtió también en un empedernido fumador, hacía unos años que, a causa del tabaco, la muerte se lo había llevado. Ahora, escribiendo sus memorias, Berni recordaba otro otoño parecido a éste en que el poeta, ya muy enfermo, le había llamado para que le acompañara al Hospital. En cuanto llegó Berni a casa de Merlo, éste ya tenía preparada su maleta en el recibidor. Se abrazó a él y antes de salir le dijo con su voz rota y ya tan poco humana porque la enfermedad se la había ido comiendo poco a poco:
--Hace treinta años compré esta maleta, una noche de junio a punto de irme a Barcelona. Entonces tenía salud y era joven, dos cosas estupendas para vivir en paz con uno mismo. Y ahora, ya me ves, en la ruina total.
Berni le escuchó en silencio y lo miró durante unos segundos. A punto estuvo de traicionarle una lágrima, pero se rehízo rápidamente, le dio una palmadita cariñosa en la espalda y luego, deseando quitar hierro a la circunstancia, le soltó entre bromas:
--¿Y los casquetes que te marcaste nada más llegar a Barcelona, eh?, ¿quién te los va a arrebatar ahora?
Una sonrisa de ceniza hizo temblar los labios del poeta antes de salir al rellano y de aquí hasta el coche que Berni había aparcado en la acera frontera de la casa.
Durante las primeras calles del trayecto no hubo entre ellos ni una palabra. De vez en cuando Berni miraba de reojo por el retrovisor del coche al rincón de sombra en que viajaba el poeta. Éste permanecía taciturno, con el rostro amarillento y la vista fija en el exterior y por un momento sopesó el alcance de sus propias palabras. De aquellos polvos no quedaba ni el aroma sutil de la nostalgia. La única realidad presente era que su amigo el poeta se marchaba. Una operación de laringe, la tercera en menos de un año, volvía su futuro harto desesperanzador.
De repente descubrió en el espejo que el enfermo abría su maleta y sacaba de ella un cuaderno. Casi al instante le oyó decir:
--Berni, esto es lo último que he escrito. Quiero que lo guardes bien y lo lleves a la editorial la semana que viene, después de que se sepa cómo he respondido tras la operación. No deseo que nadie me vea dártelo en el hospital. Causaría mal efecto en los demás.
Berni le dijo que habría sido igual si se los hubiera dado en casa:
--No, prefiero que sea aquí, camino de la muerte.
Berni le animó diciéndole:
--No tienes por qué ponerte en lo peor. Hoy en día muchas de esas operaciones tienen buenos resultados. Incluso los médicos te pueden arreglar esa voz de cuervo que tienes ahora y convertírtela en suavísimo canto de sirena.
Pero Merlo ya no le seguía el humor y se sumió en otro nuevo silencio.
El coche cruzó la Diagonal y enfiló la calle Provenza. Los plátanos tenían un color de bronce caduco y en los alcorques y en las aceras se arremolinaban las hojas que el aire del otoño desgajaba de sus ramas. Casi de noche llegaron a la rampa de acceso del hospital.
En el interior aguardaban en silencio y con caras de circunstancias algunos compañeros de charlas y de juergas. Uno de ellos, en nombre de todos, le dijo acercándose al enfermo:
--Todos ardemos en deseos de que tu estancia aquí sea lo más breve posible, y estamos seguros de que pronto, la semana que viene como mucho, te volveremos a ver en el Blues celebrando tu vuelta y hablando de tus nuevos poemas de vida.
El poeta dejó que terminara de hablar y luego sonrió sin ganas, movió la cabeza de arriba abajo varias veces y dejó la maleta en el suelo para dejarse abrazar por todos los presentes.
Berni recordaba que, en un segundo plano, se limitaba a mirar la escena como si lo que estaba viendo perteneciera a un tiempo y lugar ya inexistentes.
Y cuando una hora después volvía casa, dejó que las lágrimas le abrasaran la piel de las mejillas. Afuera, sobre el techo del coche se precipitaba con fuerza el aguacero que había estado esperando tras el cielo encapotado durante todo el día. Imágenes desoladoras se agolpaban en su mente: la maleta de su querido amigo bamboleándose a uno de sus costados en el pasillo del hospital camino de la habitación; sus pies cansinos, derrotados; una cama recién hecha; una habitación blanca con olor a éter; un cuerpo flaco, casi inexistente, bajo las sábanas azules con un logotipo blanco bordado en el embozo; un rostro ceniciento clavando en él sus ojos como buscando desesperadamente ayuda...
Un relámpago procedente de la montaña de Montjuic alumbró el coche como si fuera la pantalla de una lámpara, justo en el momento en que Berni, con un gesto de enfado, borraba de un manotazo el chorretón de lágrimas de una de sus mejillas, como queriendo borrar a la vez de su memoria los momentos amargos que lo acosaban. Lo logró por un instante. Y en su lugar recordó la tertulia del profesor Dolixa, situada en la calle por donde ahora mismo pasaba su automóvil, y a su amigo, sentado junto al anfitrión, hablando de poesía con aquella inconfundible voz que el humo del tabaco fue matando poco a poco. Entre las cuatro paredes donde tenía lugar la tertulia y en el humeante escenario de la misma, destacaba de los demás circunstantes la personalidad arrolladora de Merlo. Siempre con su inseparable boina negra, las gafas redondas, la grande y triste mirada tras los cristales, la nariz poderosa, la boca cerrada en un gesto serio pero nunca desagradable. Hablaba poco, pero cuando hablaba con aquella voz inconfundible todos escuchaban atentos sus palabras. Una frase suya seguía sonando en sus oídos: “La buena poesía sólo nace de personas que son sinceras consigo mismas”. No recordaba el contexto ni la situación, pero tampoco era importante. Lo que en verdad contaba era que el hombre que había pronunciado esa frase había demostrado su verdad hasta el presente, el terrible presente de un hombre que seguía enfrentándose al dolor (sólo Dios sabía si sería la última vez) con la valentía y el buen humor de siempre.
La luz roja del semáforo le hizo frenar de golpe y volver al doloroso presente en que hacía poco que había dejado a su amigo en la habitación de un hospital a la espera de ser operado por tercera vez del cáncer de laringe que había acabado por arrancarle la voz y las fuerzas de vivir. Cruzó la Gran Vía y enfiló la calle Lérida. La luz del letrero del Blues parpadeaba entre las sombras. Otra vez las lágrimas le nublaron la mirada. Sin embargo, una luz especial le iluminó unas imágenes en la memoria. Una cama en un cuarto del piso de arriba. Dos cuerpos jóvenes desnudándose ansiosos por poseerse. Los besos, las manos buscando la rebelión de la piel bajo sus caricias, las sábanas subiendo y bajando, las palabras de amor sofocando la hermosa batalla...
viernes, 19 de noviembre de 2010
CURSOS

José de Espronceda (1808-1842) nació en Almendralejo (Badajoz) y fue discípulo de Lista en el colegio de San Mateo. De muchacho perteneció a Los Numantinos, sociedad secreta juvenil que se levantó a la muerte de Riego, por lo que sufrió encarcelamiento. Más tarde huyó a Portugal, donde conoció a Teresa Mancha, la pasión de su vida. La siguió hasta Inglaterra y Francia. Allí, aunque estaba ya casada, la convenció para que volviera con él, una vez amnistiado, a España. Teresa murió muy joven de tuberculosis, y el poeta, un poco más tarde de una infección de garganta cuando le faltaba poco para casarse.
Su obra poética podemos clasificarla del modo siguiente:
a) poesías que exaltan los valores vitales y personajes fuera de la ley, como la muy conocida Canción del pirata, que empieza
"Con diez cañones por banda
viento en popa a toda vela,
no corta el mar, sino vuela
un velero bergantín:
bajel pirata que llaman
por su bravura el Temido,
en todo el mar conocido
del uno al otro confín..."
b) composiciones de influjo prerromántico, entre las que destaca el Himno al sol, del que copio los siguientes versos;
“Para y óyeme, ¡oh, Sol! Yo te saludo
y, extático ante ti, me atrevo a hablarte;
ardiente como tú mi fantasía,
arrebatada en ansia de admirarte,
intrépidas a ti sus alas guía…”;
y c) poemas extensos , como El Diablo Mundo, incompleto y en el que está incluido el famoso Canto a Teresa, que empieza
“¿Por qué volvéis a la memoria mía,
tristes recuerdos del placer perdido,
a aumentar la ansiedad y la agonía
de este desierto corazón herido?
¡Ay!, que de aquellas horas de alegría
le quedó al corazón sólo un gemido,
¡y el llanto que al dolor los ojos niegan,
lágrimas son de hiel que el alma anegan!”;
también conviene destacar El estudiante de Salamanca, una historia de amores desgraciados, cuyo protagonista, Félix de Montemar , es un precedente de don Juan Tenorio, de Zorrilla. Leamos unos versos de esta obra.
“¡Ah! Llora, sí, ¡pobre Elvira!
¡Triste amante abandonada!
Esas hojas de esas flores
que distraída tú arrancas,
¿sabes adónde, infeliz,
el viento las arrebata?
Donde fueron tus amores,
tu ilusión y tu esperanza.”
Rosalía de Castro (1837-1885) nació en Santiago de Compostela de padre desconocido. Luego se trasladó a Madrid, donde conoció al historiador Martínez Murguía, con quien se casó y tuvo siete hijos. La familia vivió en varias ciudades gallegas y castellanas. De vuelta a Galicia, Rosalía, ya muy enferma, murió en Padrón, aunque sus restos descansan hoy en Santiago.
Cultivó la novela, tanto de tipo romántico (La hija del mar) como la de tono claramente filosófico y satírico (El caballero de las botas azules). Pero su fama se debe a la poesía, género que inició con La flor y A mi madre, poemarios de rasgos claramente románticos a lo Espronceda en ocasiones. Luego implantó un camino personal principalmente en tres libros, dos escritos en gallego (Cantares gallegos y Follas novas) y uno en castellano (En las orillas del Sar). Sus inicios inspirados en Espronceda y en el folclore popular de su tierra van cediendo paso a una melancolía íntima y profunda y a un pesimismo de tipo intelectual. Con Bécquer, enlaza el Romanticismo con el Modernismo y el 98.
Leamos una breve muestra de su poesía:
“Yo las amo, yo las oigo
cual oigo el rumor del viento,
el murmurar de la fuente
o el balido del cordero.
Como los pájaros, ellas,
tan pronto asoma en los cielos
el primer rayo del alba,
le saludan con sus ecos.” (Las campanas)
“Una sombra tristísima, indefinible y vaga
como lo incierto, siempre ante mis ojos va,
tras de otra sombra vaga que sin cesar huye,
corriendo sin cesar.
Ignoro su destino…; mas no sé por qué temo
al ver su ansia mortal,
que ni han de parar nunca, ni encontrarse jamás.”
“No va solo el que llora,
no os sequéis, ¡por piedad!, lágrimas mías;
basta un pesar al alma;
jamás, jamás le bastará una dicha.
Juguete del destino, arista humilde,
rodé triste y perdida;
pero conmigo lo llevaba todo:
llevaba mi dolor por compañía.” (En las orillas del Sar)
Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870) nació en Sevilla y a corta edad quedó huérfano de padre y madre. Se trasladó a Madrid, donde pasó aprietos al principio hasta que el ministro González Bravo lo protegió y le concedió un puesto en la administración. Se casó con Casta Esteban pero su matrimonio no fue feliz. Contrajo tuberculosis y pasó temporadas en el monasterio de Veruela para sanar la enfermedad. Pero nunca se recuperó y, todavía muy joven, murió a causa de ella. Al año siguiente de su muerte los amigos más cercanos del poeta editaron sus obras en dos tomos.
Además de Cartas literarias a una mujer y Cartas desde mi celda (escritas estas últimas desde el monasterio de Veruela, adonde había ido a curarse) y Leyendas en prosa, que son puros ejemplos de lirismo, como El monte de las Ánimas o El rayo de luna, inspirada ésta en el citado Canto a Teresa, de Espronceda, Bécquer escribió las famosas Rimas, apenas un centenar de composiciones breves llenas de musicalidad y emoción contenida, cuyos temas esenciales son:
a) .-el amor en todas sus fases, desde el entusiasmo (“Hoy la tierra y los cielos me sonríen; / hoy llega al fondo de mi alma el sol…”) hasta el desengaño ("Como se arranca el hierro de una herida,/ su amor de las entrañas me arranqué..."), pasando por la traición (“Me ha herido recatándose en las sombras, / sellando con un beso su traición…”) ,
b) .-el dolor y la soledad ("...¡Por piedad!...¡Tengo miedo de quedarme / con mi dolor a solas!"),
d) .-la propia poesía y el proceso creador (“Espíritu sin nombre, / indefinible esencia, / yo vivo con la vida / sin formas de la idea. / Yo nado en el vacío, / del sol tiemblo en la hoguera, / palpito entre las sombras / y floto con las nieblas”).
De las dos formas de poesía, de las que habla en la recensión que hizo del libro de su amigo Augusto Ferrán, La soledad (una magnífica y sonora, llena de adornos y majestad, y otra natural, breve, íntima, idónea para ser leída a solas), elige la segunda, porque es, según él, la que pone en comunicación directa y emotiva al autor con el lector.
Leamos una breve muestra de su poesía:
“Cuando volvemos las fugaces horas
del pasado a evocar,
temblando brilla en sus pestañas negras
una lágrima pronta a resbalar.
Y al fin resbala, y cae como gota
de rocío, al pensar
que, cual hoy por ayer, por hoy mañana,
volveremos los dos a suspirar.”
“Llegó la noche y no encontré un asilo.
¡Y tuve sed!... Mis lágrimas bebí;
¡y tuve hambre! ¡Los hinchados ojos
cerré para morir!
¡Estaba en el desierto! Aunque a mi oído
de las turbas llegaba el ronco hervir.
Yo era huérfano y pobre… ¡El mundo estaba
desierto… para mí!”
“Los invisibles átomos del aire
en derredor palpitan y se inflaman;
el cielo se deshace en rayos de oro;
la tierra se estremece alborozada;
oigo flotando en olas de armonía
rumor de besos y batir de alas;
mis párpados se cierran… ¿Qué sucede?
¡Es el amor que pasa!” (Rimas)
miércoles, 17 de noviembre de 2010
MEMORIAS DE UN JUBILADO

martes, 16 de noviembre de 2010
GALERÍA PROPIA
El segundo cuadro es una típica escena de caza con caballos y lebreles, donde intento jugar con los tres términos del espacio. Data de unos años antes respecto del cuadro que muestro en primer lugar de la galería de hoy y en él pueden observarse dos modos de ejecución: uno más suelto, en las manchas del fondo y en las de los toques de color del campo, así como en la resolución de los dos perros; y otro más detenido, en la cabeza del caballo del primer término. También es de pequeñas dimensiones y está pintado sobre cartón duro.
Finalmente, el tercer cuadro, muy reciente, también realizado sobre papel cartón, lo que le confiere apariencias de acuarela, está inspirado en varias representaciones de Cadaqués, donde lo que destaca es el juego de blancos y ocres de las casas del pueblo que ascienden hacia la iglesia envueltos del azul profundo del mar.
lunes, 15 de noviembre de 2010
EL RELATO DEL MES
Durante la breve visita que hace unos días hice a un pariente mío, me fijé en un mueblecito que adornaba la ventana de su cocina y que, no sabía por qué, me resultaba familiar. Los costados, curvados por delante, eran de mayor grosor que el techo y la parte trasera, que estaban formados por paneles; unos y otros aparecían sujetos por clavitos dorados. Pero la parte más llamativa del baulito era la portezuela, una especie de persiana formada por piezas cilíndricas pegadas a un cartón, que subía y bajaba por un carrilito practicado en la parte curvada de los costados. Mi pariente advirtió mi curiosidad y, cogiéndome del brazo, me llevó a otra dependencia con el pretexto, me dijo, de que aún no había visto lo más importante. Pero lo más importante para mí allí era aquel baulito, que me resultaba tan familiar. Me despedí de mi pariente hasta otra ocasión y, al llegar a mi casa, empujado por un extraño pálpito, revisé los álbumes familiares. Y mi sorpresa fue mayúscula cuando en uno de ellos descubrí una foto de mi padre de joven, cuando era carpintero, que sostenía en una mano el baulito en cuestión. Una pregunta vino inmediatamente a mi cabeza: ¿cómo había llegado a la casa de mi pariente? Éste me desveló el secreto unos días más tarde. Mi padre se lo había regalado a una primera novia que tuvo, y al morir ésta, el baulito pasó a manos de mi pariente, su hijo por más señas.
domingo, 14 de noviembre de 2010
DE VISTA, DE OÍDAS, DE LEÍDAS

sábado, 13 de noviembre de 2010
GALERÍA PROPIA
El primer cuadro representa la iglesia prerrománica de San Miguel de Tarrasa, posiblemente construida en el siglo IX. Siempre sentí inclinación por el grupo de iglesias formado por la presente, la de San Pedro y la de Santa María, en una de las cuales se casó la hija de un amigo mío. Lo que quiero destacar en el cuadro es el juego de verticalidades, la de la iglesia y la de los cipreses, que la llevan hacia arriba.
La segunda pintura representa la estatua del escultor Llimona titulada El desconsol que se encuentra en medio del estanque que hay delante del parlamento de Cataluña en el famoso parque de la Ciudadela. Quiero que sobresalga el blanco de la estaua de la mujer desconsolada, definida por los verdes de los cipreses del fondo.
El último cuadro representa la iglesia de Uncastillo.
viernes, 12 de noviembre de 2010
DE VISTA, DE OÍDAS, DE LEÍDAS


jueves, 11 de noviembre de 2010
DE VISTA, DE OÍDAS, DE LEÍDAS

miércoles, 10 de noviembre de 2010
TEATRO ADAPTADO

PERSONAJES (Por orden de aparición)
DOÑA INÉS. Dama distinguida en cuya casa se celebran tertulias.
DOÑA PETRONILA. Su hermana.
DON LUIS. Amigo de don Juan, marido de doña Inés.
PERIQUILLO. Paje de doña Inés.
ABATE.
INVITADA 1.
INVITADA 2.
INVITADA 3.
CRIADA.
MÉDICO.
PEPITO. Un jovenzuelo aficionado a los títeres.
DON JUAN. Dueño de la casa y marido de Doña Inés.
La acción transcurre en casa de DON JUAN y DOÑA INÉS. En el salón, con una mesa baja y sillones alrededor, algún mueble más, cuadros y cortinas. Habrá dos puertas al fondo. Una da al dormitorio de DON JUAN y otra a la cocina. Y una tercera puerta comunicará con la calle, por la que irán entrando los invitados y demás personajes ajenos a la casa.
DOÑA INÉS. (Llorando desconsolada.) ¡Qué desgracia, Dios mío! No poder hacer hoy la tertulia de los jueves.
DOÑA PETRONILA. (Condolida) Pero exactamente, ¿qué le ocurre a tu marido?
DOÑA INÉS. Está muy mal. Ha sufrido un terrible accidente. ¡Ay, Dios mío! ¿Qué será de mí si él me falta? (Solloza.)
DOÑA PETRONILA. (Intentando calmarla.) Pues te ocurrirá lo que le ha pasado a otras. Aún eres joven y bien puesta. Por lo pronto, embanasta lo que puedas en los baúles y asegura las joyas. O, mejor, yo lo haré, que tú no estás para nada.
DOÑA INÉS. Espera un poco a ver qué dicen los médicos. Lo que siento es que no podré avisar a los contertulios.
(Entra DON LUIS.)
DON LUIS. ¿Cómo sigue el enfermo?
DOÑA INÉS. Mal, muy mal. (Repara en PERIQUILLO, su paje.) Periquillo.
PERIQUILLO. Diga usted, señora.
DOÑA INÉS. Que digo yo que sería mejor que fueras a avisar a los invitados a la tertulia para que no vinieran.
PERIQUILLO. ¡Pues vaya que son poquitos para avisarlos a todos.
DON LUIS. Perdone, doña Inés. Al que habría que avisar es al médico.
DOÑA INÉS. Tiene razón. Anda, Periquillo, ve a buscar al doctor de la familia. Ya sabes dónde vive.
(PERIQUILLO se va y entra un ABATE invitado previamente a la tertulia.)
ABATE. (Viendo llorosa a DOÑA INÉS y a su lado a PETRONILA consolándola.) ¿Qué sucede?
DOÑA INÉS. Que don Juan se encuentra muy mal a causa de un accidente que ha sufrido hoy en la calle.
ABATE. ¡Cuánto lo siento! ¿Han avisado ya al médico?
DON LUIS. Sí ya han ido a buscarlo.
DOÑA INÉS. Voy a dar una vuelta al dormitorio a ver cómo sigue el enfermo. (Desaparece por la puerta de la habitación.)
(Entran tres INVITADAS que, tras saludar, toman asiento en los sillones.)
DOÑA PETRONILA. Voy a ver por qué la criada no saca algún refresco.
INVITADA 1. Por mí no te apures. Hoy perdono el chocolate y los bizcochos.
INVITADA 2. Yo con lomo fresco me apaño.
INVITADA 3. A mí, media roca tierna y las pasas de siempre.
DOÑA INÉS. (Llegando de la habitación.) Sigue desmayado. (A DON LUIS.) Mire usted a ver si puede hacer algo.
DON LUIS. Ya me gustaría. Pero bien sabe usted que no entiendo nada de medicina ni de enfermedades. El que tendría que estar aquí ya es el doctor.
(Entra PERIQUILLO con el DOCTOR.)
DOÑA INÉS. Gracias que está usted aquí.
DOCTOR. En cuanto me lo han dicho. Vamos a ver al enfermo.
(Se va al dormitorio acompañado de DON LUIS. La CRIADA trae de comer y las invitadas y el abate se ponen a comer como verdaderos ansiosos.
CRIADA. (Aparte.) Bueno va esto. Y mi amo a punto de dar su alma a Dios.
(Entra PEPITO.)
PEPITO. ¿Llego a tiempo? (Se sienta a la mesa y picotea alguna cosa de los platos servidos.)
DOCTOR. (De vuelta de la habitación del enfermo. Mala cara.) La cosa no pinta bien.
PEPITO. (Al ABATE.) ¿Qué ocurre?
ABATE. Que don Juan está muy grave. Y ese doctor lo acaba de confirmar.
(Pero pronto vuelven los invitados a comer y a levantar la voz en chanzas y bromas.)
DON LUIS. (Sale de la habitación del enfermo enfadado.) Señoras, señores, valga la cortesía por Dios, que Don Juan se va de este mundo.
(Guardan unos segundos de silencio, pero enseguida vuelven al barullo y al bullicio.)
DOÑA INÉS. (Molesta.) Amigas, por la Virgen que os vayáis. El doctor me acaba de decir que mi marido no pasa de esta noche. Y yo deseo quedarme a solas con don Juan.
PEPITO. (Llamando a la CRIADA.) ¿Tenéis jamones en casa? ¿Y café? Con eso habrá bastante. En un rincón pasaremos la noche como duques.
DOÑA INÉS. Es imposible, amigos. Todos debéis iros ahora mismo.
DON LUIS. Perdone, doña Inés. Pero yo creo que es mejor que sea usted quien se vaya. Que alguna amiga de estas la acompañe. Y pues tanta confianza tiene con estos amigos suyos, nombre a uno que se haga cargo de las disposiciones legales, llaves, documentos y todo el protocolo que en estos casos luctuosos suelen aparecer.
INVITADA 1. Yo sería la primera en llevarte, pero ya sabes que tengo muchos hijos y me necesitan.
INVITADA 2. Yo también si mi casa dispusiera de una alcoba más.
INVITADA 3. Algo parecido me ocurre a mí, pues la única habitación de más la está ocupando ahora un pariente mío de Valladolid, que ha venido a pasar unos días en mi casa.
ABATE. En cuanto a mí, eso de los papeles y documentos no está bien visto que los haga gente de mi condición.
PEPITO. Yo lo haría si entendiera de papeles y si los testamentos no me dieran gafe.
DOÑA INÉS. (Sin poder contenerse.) ¡Basta! ¡Basta! ¿Y vosotras sois mis amigas en quien deposité tanta confianza? ¿Y cabe en los hombres mayor falta?
DOÑA PETRONILA. Esto te pasa por ofrecer tu casa a gente tan egoísta y gorrona.
(Aparece en la puerta de su habitación DON JUAN, vestido y con muy buena cara.)
DOÑA INÉS. (Entre sorprendida y ansiosa.) ¿Qué es esto, Juan mío? ¿No te estabas muriendo?
DON JUAN. (Acercándose al grupo muy solemne.) No, querida Inés. Por ahora no me muero. Todo ha sido una comedia que he preparado con mi amigo Luis y el Doctor para que aprendas hoy lo que te puede ocurrir mañana. Te lo repito una vez más, querida. Esta gente que viene a las tertulias sólo viene por un interés egoísta, a huir de sus casas y sus obligaciones y a comer gratis, sin importarle nada si alguien está enfermo o a punto de morirse. (Al grupo de gorrones.) ¿No es esto, señoras, señores? Respondan. Y quien mienta, que se caiga muerto de verdad.
(Todos se ponen de pie con la cabeza gacha y uno a uno, en silencio, desfilan avergonzados hacia la salida.)
FIN
martes, 9 de noviembre de 2010
EL POEMA DEL MES

En el centenario de su nacimiento
Hoy he venido hasta aquí
Para decirte, Miguel,
Con versos que son de hiel
Pero también de alhelí
Que eres poeta con suerte
Porque, sólo con decir
Tu nombre, vuelve a salir
Tu recuerdo de la muerte.
Huelen siempre tus poemas
Al aroma del amor,
Pero también al dolor
Que da sufrir sus ezcemas.
Siempre fuiste como el trigo
Que crece sobre la tierra
Y está en permanente guerra
Con el cielo que es su amigo
Y la amapola que riega
Con sangre sus pies morenos
Y le muestra fiel sus senos
Sedienta de amor y ciega.
Fuiste como el gallo hermoso
Que anuncia ardiente las albas,
Que no teme ni a las malvas
Ni al sepulcro tan odioso.
Sólo atiende ufano al día
Y al fuego que nace de él,
Las llamas y el brillo fiel
Que despide su alegría.
Fuiste como el toro bravo,
Que crece en la soledad
De la dehesa, en la ansiedad
De no ser jamás esclavo.
Y cuando sale a la plaza
Disputa la vida ardiente
Al torero que, valiente,
Le deja jugar su baza.
Fuiste como el ave libre
Que vuela sobre la mies
Y luego cae a los pies
Del surco de más calibre
Y hace el nido a ras de tierra
Entre el arado y la escarcha
Porque así es mejor la marcha
De la vida siempre en guerra.
Fuiste como el barro amable
Que convertido en vasija
El agua viva cobija
En su vientre inmensurable.
Barro que nace en el suelo
Entre manos artesanas
Que con plegarias humanas
Lo asciende al más alto cielo.
Como rayo que no cesa,
lunes, 8 de noviembre de 2010
MEMORIAS DE UN JUBILADO
domingo, 7 de noviembre de 2010
PROSAS DE ANTAÑO

Berni sonreía mientras trazaba estas líneas. El ruido de la lluvia desencadenada fuera ponía música de fondo a sus recuerdos. Puso punto y aparte en el escrito y luego inició un párrafo sobre proverbios y refranes cuyos protagonistas son aves. Se levantó de la mesa y acudió al rincón de la estantería. Sacó un libro de su nicho y volvió con él a la mesa. Lo ojeó durante un buen rato subrayando aquí y allá y, a mediodía, tras alimentarse frugalmente y comprobar que había escampado y un sol débil luchaba por desembarazarse de las nubes, tenía unos cuantos refranes dispuestos y distribuidos por temas y un cuento popular que explicaba la locución Cargar con el mochuelo.
Empezó por este último antes de que la luz natural hubiera desaparecido del todo.
“Dicen que eran dos amigos comerciantes, uno de ellos más listo de lo normal y el otro más simple de lo acostumbrado. Pues una noche llegaron los dos muy cansados a una posada y pidieron algo de comer antes de irse a dormir. El posadero habló con el más listo:
--Sólo quedan en la despensa una perdiz y un mochuelo—dijo--. Así que uno de ustedes tendrá que conformarse con el mochuelo si no quiere irse a dormir con el estómago vacío.
El comerciante listo volvió a la mesa donde le esperaba su compañero y le dijo:
--Amigo mío, no queda en la despensa otra cosa que una perdiz y un mochuelo. Y yo, como soy un buen camarada y te aprecio mucho, te propongo lo siguiente: o tú eliges el mochuelo y entonces yo me quedo con la perdiz, o yo elijo la perdiz y en ese caso tú te quedas con el mochuelo. ¿Qué te parece?
El comerciante simple, hecho un verdadero lío ante el modo de proponerle la elección su compañero, no sabía qué opción escoger. Así que, después de darle vueltas y más vueltas a la disyuntiva en su cabeza, respondió:
--Es igual; sea como sea, yo tengo que cargar con el mochuelo.

sábado, 6 de noviembre de 2010
GALERÍA PROPIA
viernes, 5 de noviembre de 2010
PROSAS DE ANTAÑO

A Berni le gustaba contar todo tipo de cuentos, fantásticos, realistas, tristes, cómicos; su principal objetivo era contar, inventar historias y personajes nuevos, y hacerles vivir aventuras de cualquier clase, y, mientras las contaba, hacer emocionar y divertirse a la gente que lo escuchaba. Eso justo estaba escribiendo en sus memorias, cuando las primeras gotas de una lluvia que andaba tiempo amenazando caer resbalaron sobre el cristal de la ventana. Berni dejó de escribir y descubrió un negro cuervo posado en el poyete de la ventana. Sin duda la pobre ave, ante el temporal que se avecinaba, había pensado refugiarse allí. Berni se levantó y acudió a la ventana con ánimo de abrirla y dar cobijo al desvalido cuervo. Pero éste al ver al hombre acercarse, emitió un solemne graznido y escapó volando.
--Sólo quería ayudarte—dijo y regresó a la mesa. El papel le esperaba y, por asociación de ideas, empezó a escribir una vieja leyenda que había contado más de una vez a sus amigos del río, El cuervo de Apolo
“Apolo era un dios de la mitología griega que había nacido en la isla de Delos y era hijo de Zeus y de Leto, él el padre de todos los dioses y ella una diosa de aquí te espero. Pues el caso es que Apolo un día de verano ardiente y caluroso como este que estamos viviendo envió al cuervo, que era su criado, a buscar agua para saciar su sed. El ave obedeció al punto y, extendiendo sus alas negras, surcó el espacio majestuosamente y desapareció en la lejanía dispuesto a cumplir la orden de Apolo.”
(Recordó, como en otras ocasiones, la simpática voz de Chago preguntándole quién era Apolo y, acto seguido, la de Merlo reprochándole su ignorancia.)
“Pero el cuervo, al pasar volando sobre un campo de trigo, descendió para ver de cerca cómo las espigas imitaban en su movimiento a las olas del mar. Se posó sobre una estaca del camino y se puso a contemplar a sus anchas el hermoso espectáculo. Y descubrió que una de las espigas aún estaba verde. De repente se olvidó de lo que le había mandado hacer Apolo y se quedó allí esperando a que la espiga verde madurase como las demás. Cuando esto sucedió, recordó lo que tenía que hacer y siguió volando en busca del agua solicitada por su amo. Pronto la encontró en un arroyo oculto entre unos árboles. Descendió hasta el arroyo, cogió agua en su pico y con ella regresó junto a Apolo para aliviarle la sed.
Pero lógicamente Apolo estaba muy enojado con el cuervo por su negligente tardanza, y le castigó como se merecía.
Según la leyenda, Apolo castigó al desobediente pájaro a padecer terrible sed durante los veranos, en todos los veranos de su vida. Desde entonces el pájaro negro está condenado a soportar ese castigo. Y por eso todavía hoy podemos oír sus incesantes graznidos, graznidos que son como quejas.”
jueves, 4 de noviembre de 2010
PATADAS AL DICCIONARIO

miércoles, 3 de noviembre de 2010
PROSAS DE ANTAÑO
Una ventana abierta más a aquel mundo lejano de la Arcadia que, en defintiva, está más cerca de nosotros cuanto más creamos en él.

Berni apuntó en sus memorias lo bien que se lo pasaba contando a sus amigos del soto historias como la de Alcione, o como la de La argolla de latón, que es como sigue.
“Francisco, María y Marcos eran alumnos de la misma clase. Los tres tenían diferentes aficiones. Francisco era un virtuoso con el balón de fútbol. María coleccionaba todo tipo de cosas, pero en especial dedales y búhos. A Marcos le gustaba mucho la música y tocaba algunos instrumentos como la guitarra o la flauta. Un día, al salir del instituto, se reunieron en la casa vieja del prado. Francisco, María y Marcos habían estado allí muchas otras veces fisgando por todas partes. Pero aquella tarde ocurrió algo diferente. Porque aunque allí dentro todo seguía igual: tablas por el suelo, puertas rotas, ventanas sin cristales, baldosas levantadas…, descubrieron algo que no habían visto en ocasiones anteriores: un objeto que brillaba en el suelo; exactamente, una argolla de latón.”
(Berni anotó entre paréntesis que Chago le había preguntado, sin miedo a que Merlo le tapara la boca, qué era una argolla de latón, y que Merlo le había replicado enseguida que sabía menos que un niño de teta, cuando todo el mundo sabe lo que es una argolla y lo que es latón. Berni recordó la carcajada general que había provocado Chago al añadir que latón bien podría ser una lata grande.)
“María recogió del suelo la argolla de latón. Entonces Francisco le dijo:
--Si te la vas a poner, piénsalo antes. Puede que esté embrujada.
Marcos se echó a reír.
--Hay que ver lo tonto que eres a veces. ¡Mira que decir que esa argolla está embrujada!—dijo.
--Tú sí que eres tonto. Mira lo que pasó con el anillo de Frodo y tantos anillos mágicos como figuran en los cuentos.
--Pero eso son cuentos, como tú acabas de decir.
María les interrumpió.
--No os preocupéis, que no voy a ponérmela. Sólo quiero ver cómo es.
Y se puso a examinarla. Pero no le había dado la primera vuelta a la argolla, cuando sonó un ruido prolongado bajo el suelo, como el de un terremoto. Rápidamente la tiró a tierra. Y enseguida los tres amigos vieron que justo en el círculo de la argolla se abría un agujero en el suelo y por él empezó a brotar un surtidor de humo anaranjado.
Francisco hizo ademán de salir corriendo, pero Marcos le detuvo cogiéndole del brazo.
--Lo que tenga que pasar nos pasará a los tres—dijo.
--Es que recuerdo que tenía que jugar hoy un partido de fútbol en las eras.
--No mientas, Paco. Lo que tú tienes es un miedo que te cagas los pantalones.
María les volvió a interrumpir:
--No volváis a discutir antes de saber qué va a pasar. Además, los tres tenemos el mismo miedo, aunque no lo queramos confesar.
Y antes de que tuvieran tiempo de reaccionar, ante sus atónitos ojos el surtidor de humo naranja se transformó en azul. Luego la argolla empezó a dar vueltas sobre sí misma antes de despegarse del suelo para, finalmente, ponerse a volar de un lado para otro como el aro de un platillo volante. Hasta que se posó en una de las vigas que cruzaban de una pared a otra. Y en ese momento el agujero del suelo empezó a aumentar de tamaño. En pocos segundos sólo dejó libre el pequeño trozo de tierra firme que ocupaban los tres amigos. Éstos, temblando de pies a cabeza, esperaban con terror que de un momento a otro el gran boquete los tragara. Pero unos segundos antes de que eso ocurriera Francisco advirtió que detrás de ellos en la pared había una ventana abierta.
--¡Rápido!--dijo --. Por la ventana que está detrás de nosotros.
A salvo momentáneamente, respiraron aliviados. Pero aún les esperaba algo más importante. Porque de pronto la casa empezó a ser engullida por el insaciable agujero. Antes de desaparecer del todo, vieron salir de entre el polvo del hundimiento hacia la valla del prado la argolla de latón. Ismael, el inocente del barrio, que entonces pasaba por allí, acudió corriendo al lugar donde cayó la argolla.
María, Francisco y Marcos se habían quedado como estatuas a unos centímetros del lugar donde hasta hacía unos segundos se hallaba la casa. La tierra volvió a subirEn su lugar quedó solamente un charco de un líquido con el color de la camiseta del Barça: la franja exterior roja y la del centro azul.
Los tres chicos corrieron hacia donde estaba Ismael. El inocente miraba y remiraba atentamente la argolla de latón y asentía con la cabeza como si estuviese hablando con ella. María fue la primera en llegar a su altura.
--Ismael –le dijo--, ¿me enseñas lo que tienes en las manos?
--Sí, mira, es un brazalate de oro.
--No es de oro, es de latón –le corrigió Marcos acercándose a él.
--No es de latón –dijo el inocente--, es de oro y además tiene magia.
--¿Magia? –le preguntó Francisco entre crédulo y extrañado.
--Sí, magia. Habla conmigo y me dice cosas muy bonitas.
--¿Como qué? –le preguntaron a la vez los tres amigos intercambiándose miradas de complicidad.
--Por ejemplo que, si no estoy a gusto aquí, me vaya con él.
--¿Ir con él? ¿Adónde?—le preguntó María.
--A un sitio donde nadie sufre, a una vida mejor sin odios ni envidias, donde los chicos no me insultan, ni me tiran piedras, ni se burlan de mí.”
lunes, 1 de noviembre de 2010
TEATRO ADAPTADO

PERSONAJES
(Por orden de aparición)
MÍNGUEZ , policía
REQUENA, policía, amigo del anterior
PEQUE RATA, golfillo
AUTOR
PRIMER CUADRO
La acción transcurre en una comisaría de policía de la capital de España, en la madrugada de la Nochebuena. En la antesala del comisario dormita REQUENA sentado en un banco, arrebujado en su capote, cerca de una estufa. Enfrente se halla el despacho del comisario, a la izquierda la puerta de la calle y a la derecha la que conduce a los calabozos. A poco entra, proveniente de la calle, MÍNGUEZ.
MÍNGUEZ. Buenas noches, Requena.
REQUENA. (Despertando.) Hola, Mínguez.
MÍNGUEZ. ¿Qué, descabezando un sueño?
REQUENA. (Desperezándose.) A ver qué otra cosa puedo hacer. ¿Qué noche hace por ahí fuera?
MÍNGUEZ. Un frío que corta el aliento. (Arrimándose a la estufa.) Aquí se está bien, ¿eh?
REQUENA. (Dejándole un sitio cerca de la estufa.) Siéntate aquí. (MÍNGUEZ obedece.) ¿De dónde vienes a estas horas?
MÍNGUEZ. De casa de mi sobrino Hilario. Le he llevao los papeles con la baja.
REQUENA. Oye, ¿es verdad lo que se dice por ahí?
MÍNGUEZ. ¿Y qué dicen por ahí?
REQUENA. Que se ha ido del cuerpo.
MÍNGUEZ. Es verdad. Y bien que ha hecho. Aquí no hay porvenir, Requena. Ya hemos llegao a nuestro techo.
REQUENA. Tienes muchísima razón, Mínguez. Aquí ya lo hemos hecho tó
MÍNGUEZ. Claro. Y mi sobrino, que aún es joven y tiene estudios para ser algo en la vida, hace bien en volar, ¿no te parece?
REQUENA. Por supuesto. ¿Y qué piensa hacer ahora? ¿A qué se va a dedicar?
MÍNGUEZ. Se está preparando pa Penales. Siempre le han tirao las letras. Ya lo conoces.
REQUENA. ¿Y estudia mucho?
MÍNGUEZ. Muchísimo. Y una cosas que, vamos, por lo que me ha explicao, los adelantos de hoy día en cosas de leyes son tan avanzaos que te pasman.
REQUENA. Por ejemplo…
MÍNGUEZ. Por ejemplo, me ha dicho que está estudiando un libro que es una cencia de esas nuevas que han salío ahora, ¿sabes?, que la dicen… espera que la recuerde… ¡ah, sí!, la llaman Entropometía, o algo parecido; pero no me hagas caso.
REQUENA. ¿Y de qué va eso?
MÍNGUEZ. Pues es un tratao, ¿sabes?, que lo lees y después que lo estudias bien estudiao, coges a un gachó cualquiera y na más tentarle la cabeza aquí y allá y mirarle las narices, conoces si es criminal o no es criminal.
REQUENA. (Asombrado.) ¿Por las narices?
MÍNGUEZ. ¡Por las narices!
REQUENA. (Sonriendo incrédulo.) Oye, Mínguez, a mí con cachondeos no, ¿eh?
MÍNGUEZ. ¿Cómo cachondeos? Eso es más verdad que el lucero del alba, que la Misa del Gallo. Y entavía te digo más. Dice mi sobrino Hilario que él agarra un ladrón, le toma las medidas de las orejas o de las narices y te dice lo que va a robar pasao mañana.
REQUENA. ¡Joder! Tú la traes de orujo, Mínguez.
MÍNGUEZ. ¿De orujo? Yo vengo hoy más templao que el sereno del barrio. Son cosas que no fallan, Requena, y cualquiera que se haya empapao de esa cencia, de esa Entropometía, te tienta la nuca o la frente y sabes lo que eres.
REQUENA. ¿A los solteros también?
MÍNGUEZ. A todos, Requena. Que tienes la frente abombá pa fuera, ladrón; que la tienes metía pa dentro, falsificador; ojos hundidos, asesino; labio inferior colgante, instintos feroces; pómulos salientes, creminalidad innata. Total: que te miran una uña y es como si te leyeran la cédula de identificación.
REQUENA. (Abriendo los ojos con admiración.) Chico, pues si eso es verdad, mete miedo.
MÍNGUEZ. Y entavía hay más.
REQUENA. ¿Más?
MÍNGUEZ. Sí. Mira. Agarramos nosotros un creminal, un supongamos…
REQUENA. Que es mucho suponer.
MÍNGUEZ. No es más que pa ejemplo. Pues enseguida va mi sobrino, le pringa el dedo gordo con polvo de imprenta, le hace que deje la señal marcada en un papel, y ya le pues dejar que te se escape. Huye a la Cochinchina y te lo traen.
REQUENA. ¿Qué te lo traen por la señal de los dedos? ¡Paparruchas!
MÍNGUEZ. ¿Qué no?
REQUENA. Que no hombre, que no. Cuando te se escapa un creminal, la señal que te hace con los dedos es feísima. ¡Lo sabré yo, que siempre me han hecho la misma!
(Suena un timbre.)
MÍNGUEZ. Es el comisario.
REQUENA. Entra a ver.
(MÍNGUEZ entra en el despacho del comisario.)
REQUENA. (Aparte.) ¡Vaya cencia esa que con sólo mirar las narices de un hombre se ve si es un creminal o no! Yo, la verdad, no creo en eso. Y menos en que con la señal de los dedos se descubre dónde se esconde el creminal ese. Seguro que este Mínguez quiere tomarme el pelo. ¡Claro, como hoy es Nochebuena, todo el mundo tiene derecho a contarte una de indios!
(Sale MÍNGUEZ del despacho del comisario con gesto de contrariedad.)
REQUENA. ¿Qué pasa?
MÍNGUEZ. No te lo vas a creer.
REQUENA. Prueba.
MÍNGUEZ. Naa, un guaje que hay en el calabozo, que tenemos que llevarlo de quincena.
REQUENA. Pues sí que es un numerito pa como está la noche.
MÍNGUEZ. Y qué remedio. Toma el oficio. (Le da un sobre grande.) Voy por él. (Coge una llave de la pared y desaparece por la puerta de la derecha.)
REQUENA. (Aparte.) Este oficio nuestro tiene estas cosas. Ni en la Nochebuena está uno libre de sobresaltos. Ahora que podíamos estar tranquilos al calor de la estufa tenemos que llevarnos a ese chico en medio de la que está cayendo. En fin, espero que estemos de vuelta pronto.
(Entra por la derecha el PEQUE RATA, descalzo, mal vestido con una chaqueta llena de remiendos y las manos refugiadas en los bolsillos de un pantalón andrajoso. Detrás, apoyando una mano sobre su hombro, viene MÍNGUEZ.)
PEQUE RATA. (Deteniéndose. A MÍNGUEZ) ¿Voy al juzgao?
MÍNGUEZ. (Empujándole.) Más lejos. Echa palante.
REQUENA. (Poniéndose en pie.) ¿Es este el chico?
MÍNGUEZ. Éste es. (Sujetándole por el brazo.) Espera un momento. (Se sube el cuello del capote. REQUENA imita a su compañero.) Vamos. (Los tres desaparecen por la puerta que va a la calle.)
SEGUNDO CUADRO
En la calle, alumbrada por una farola, que se encuentra a unos metros hacia la izquierda. El golfillo camina hacia ella lentamente, encogido por el frío, a unos pasos por delante de los guardias.
MÍNGUEZ. ¿De forma que tú no crees en esa cencia pa conocer creminales?
REQUENA. Natural que no. ¡Ni que fuera de pueblo!
MÍNGUEZ. ¿Quieres que hagamos la prueba con este golfo? Sólo pa que te convenzas de que lo que dice mi sobrino Hilario es cierto.
REQUENA. No perdemos na. Hazlo si quieres. Pero verás cómo no sacamos en claro na.
MÍNGUEZ. (Al PEQUE.) Chico.
PEQUE RATA. (Temblando de frío.) ¿Qué quiere ahora?
MÍNGUEZ. Ven aquí. (El PEQUE obedece. El guardia lo lleva debajo de la farola. Allí lo coge por el pescuezo.)
PEQUE RATA. (Aterrado.) ¿Pero qué me va a hacer usté?
MÍNGUEZ. A examinarte la creminalidaz . Saca la mandíbula.
PEQUE RATA. Yo no tengo deso, señor guardia.
REQUENA. No te apures, hombre. Que es un examen na más. (Ambos guardias empiezan a tantearle la cabeza.)
PEQUE RATA. ¿Qué me buscan ustés?
MÍNGUEZ. Calla y contesta: ¿Tú a qué te dedicas?
PEQUE RATA. (Haciendo un gesto con la mano.) A lo que cae por ahí, ya sabe, al afano.
MÍNGUEZ. (A REQUENA.) ¿Lo ves? Tiéntale: ocipucio abultao.
REQUENA. (Tentándole.) Lo veo, lo veo.
MÍNQUEZ. (Al PEQUE RATA.) ¿Qué has robao hoy?
PEQUE RATA. Un impremeable.
MÍNGUEZ. ( A REQUENA.) Fíjate en el temporal.
REQUENA. Saliente. El temporal lo tiene saliente.
MÍNGUEZ. Ahí lo tienes. Y ahora repara en sus narices.
REQUENA. Están hinchadas.
PEQUE RATA. Lo de las narices es de un puñetazo que me arreó el amo de la tienda cuando me agarraron.
MÍNGUEZ. No me refiero a la inflamación, sino a la estruztura. Este chico es un ejemplar, Requena, te lo digo yo. Y lo mires como y por donde lo mires, se le ve la creminalidaz nativa.
REQUENA. Bueno, bueno. Pero espera que lo investiguemos de palabra, que yo no me conformo con este examen superficial.
MÍNGUEZ. Verás cómo no falla. Empieza tú.
REQUENA. (Al PEQUE RATA.) A ver, chico, ¿cómo te llamas?
PEQUE RATA. El Peque Rata.
MÍNGUEZ. ¿Tienes madre?
PEQUE RATA. Sí, señor y no, señor.
MÍNGUEZ. A ver cómo es eso.
PEQUE RATA. Digo que sí porque la tengo, y digo que no porque es como si no la tuviese.
REQUENA. (A MÍNGUEZ.) Este chico nos está tomando el pelo.
MÍNGUEZ. Espera. (Al PEQUE RATA.) ¿Está en la cárcel?
PEQUE RATA. Sí, señor.
REQUENA. ¿Dónde vivíais antes?
PEQUE RATA. Pa hacia la Elipa, en el tejar de Canales, que mi madre cocía ladrillo; pero luego se ajuntó con uno que le dicen el Che de Valencia, que robó con dos más en un hotel de las Ventas, y a mi madre la complicaron. Total, que la llevaron a chirona y yo me quedé solo.
MÍNGUEZ. ¿Y tu padre?
PEQUE RATA. Lo conozco de vista, pero no lo trato.
REQUENA. ¿Y no tienes a nadie más?
PEQUE RATA. Sí, tengo una tía que es lavandera, que le dicen la Manchega, que vive a la orilla del río, pero en su casa son cinco bocas y no tiene más que tres lavaos, y cuando fui y le dije que si me podía dar algo, fue y me dijo: “A ver qué te voy a dar con esta miseria. Cuando tengas sed, bájate por aquí.”
REQUENA. ¿A ti no te habían puesto en ningún oficio?
PEQUE RATA. Sí, el que creo que es mi padre habló pa que me tomaran de aprendiz en una carpintería de la calle Hermosilla, y me tomaron. Pero como no tenía cuido de nadie, bajaba al taller con una ropa que se me veían las carnes. Hasta que un día me dijo el oficial: “Si vienes con esa ropita, pues más me enseñas tú a mí que yo te pueda enseñar a ti.” Y era verdá, que como voy pa grande había veces que la mujer del oficial me tenía que dar los recaos de espalda. Y por eso me aliviaron; quiero decir que me dieron el piro, vamos, las de Villadiego.
REQUENA. Ya te hemos entendido. ¿Y qué hiciste entonces?
PEQUE RATA. Me eché con otros a merodear por los mercaos. A veces hago maletas en la Estación del Mediodía porque en la del Norte está el Chulo Molla, que no deja a ninguno que viva.
MÍNGUEZ. ¿Y dónde duermes?
PEQUE RATA. Antes dormía en el Asador.
REQUENA. ¿Qué es eso?
PEQUE RATA. Las rejas del Teatro Real, que sale calefacción y se está tan ricamente. Pero vino el Mellao con una carta de recomendación pal sereno y a mí me echaron. Que es lo que yo digo: sin influencias no hay ná que hacer. Y salí de naja pa los desmontes del Oservatorio, y allí voy a la rosca con diez u doce.
REQUENA. ¿Y tú por qué robas?
PEQUE RATA. De algo hay que vivir. Pero ya ve usté: lo de hoy ma pasao por primo. El que se meta a bueno, la paga.
MÍNGUEZ. Pues ná, que anoche se nos coló en la cueva de los desmontes un chino desos que hacen cosas con papeles de colores, que no nos ha dejao pegar ojo en toa la noche de lo que ha tosío. Y esta mañana no dejaba de quejarse del pecho y no se podía levantar, y tós han dicho: “Éste la diña”, y han puesto pies en polvorosa, que se han ido de naja, que se han largao…
REQUENA. Ya te hemos entendido. ¿Y tú qué has hecho?
PEQUE RATA. ¿Qué voy a hacer? Que el chino ese muribundo me hacía señas de que no me marchara como los demás, y me ha explicao que tenía hambre, y, claro, uno, pos que no va a dejar que se muera una persona aunque sea extranjera; y me eché por ahí, y dije: “Voy a ver si doy un tirón y le llevo algo de comer al chino.” Pero me han atrapao y ahora me llevan ustés a la trena. ¡Pobre chino! ¡Qué pensará de mí!
REQUENA. (A MÍNGUEZ.) ¿Estás viendo cómo no hay tal creminalidaz nativa, so zopenco?
MÍNGUEZ. Entonces ¿por qué roba este golfo? ¿Por qué es reincidente? Vamos a ver.
REQUENA. Muy sencillo, hombre. Pues porque el que no puede ganarlo, o no le han enseñao a que se lo gane, cuando tiene hambre y ve un panecillo, tira con él…, tenga las narices como las tenga.
MÍNGUEZ. De modo que la cencia de mi sobrino Hilario…
REQUENA. Naranjas de la China.
MÍNGUEZ. Entonces, ¿tú crees que el Tratao…?
REQUENA. Cuando se tiene hambre, el tratao en cuestión es el panadero, amigo Mínguez. Tó lo demás, pamplinas.
PEQUE RATA. (Moviéndose de un lado a otro golpeando el suelo con los pies y castañeteándole los dientes de frío.) ¿Quieren ustés que andemos?
REQUENA. ¿Qué te pasa?
PEQUE RATA. Pues que no me tengo de frío, guardias. ¡Estoy helao!
REQUENA. ¡Pobre criatura! ¡Qué mala suerte la suya!
(Se oyen voces y cánticos que se acercan por la izquierda. Enseguida aparece un grupo de gente que cantan y tocan zambombas y panderetas. Se cruzan con el PEQUE RATA y los guardias sin dejar la bulla. Uno de ellos canta.)
Los pastores de Belén
todos juntos van por leña,
para calentar al Niño
que nació en la Nochebuena.
(Salen por la derecha.)
(Los guardias y el golfillo reanudan silenciosos su marcha hasta desaparecer por la izquierda. Sigue oyéndose cada vez más lejana la voz cantante del grupo.)
Ande, ande, ande,
la Marimorena.
Ande, ande, ande,
que es la Nochebuena.
(Silencio. Oscuro)
TERCER CUADRO
La misma calle. El AUTOR se acerca a la embocadura para dirigirse a los espectadores.
AUTOR. (Serio, reflexivo.) Señoras y señores. Perdonen por el asunto que les acabo de exponer hace un momento. Quiero, sin embargo, que reflexionen conmigo sobre la situación de los golfillos como el que acaban de ver desfilar por este escenario. Deberíamos sentir dolor, inquietud, remordimiento ante estas miserables criaturas hambrientas, semilla de futura criminalidad si no le ponemos pronto remedio. Estoy seguro de que todos ustedes, señoras y señores, son caritativos. Pero perdónenme si les digo que su caridad no debe de ser suficiente mientras haya criaturas que en las crudas noches de invierno duermen en los quicios de las puertas o en las cuevas de los desmontes. Las plazas de los asilos y los albergues que ustedes sufragan tan generosamente son para los hijos o sobrinos de las cocineras, las planchadoras o los servidores que forman parte de la burocracia relacionada con la beneficencia oficial. A los verdaderos desvalidos no les llega nada de esas ayudas suyas. (Pausa.) Yo pido desde este escenario algo de su caridad para ellos, señoras y señores. Para esos golfillos roñosos, mal vestidos, hambrientos, sin hogar, sin parientes, sin nadie. Para esos míseros chiquillos que a la salida de los teatros y de los bailes corretean alrededor de sus carruajes en las noches de crudo y frío invierno avisando a voces a chóferes y cocheros los nombres de cada uno de ustedes, señoras y señores, nombres ilustres, poderosos, opulentos. Voces que claman en la noche su piedad, señoras y señores. Sé que responderán satisfactoriamente. Gracias.
(Silencio. Oscuro.)
FIN