miércoles, 18 de julio de 2012

Memorias de un jubilado



LA ESCRITURA LÚDICA

Lo de la escritura lúdica (lo del libro de texto es otra cosa) me relajaba enormemente. Me pasaba horas enteras puliendo un cuentecillo de diez líneas, pues por aquel entonces (me refiero a mi época de baja por enfermedad) me había entregado a redactar relatos breves y microrrelatos. Algunos me habían brotado de la imaginación como si fueran emulaciones de las greguerías de Ramón Gómez de la Serna, como aquel que decía: "De tanto mirar al mar desde la azotea de su casa se convirtió en gaviota". Otros microrrelatos tenían relaciones con la mitología, como el cuentecillo del unicornio y la doncella: "No es que al unicornio sólo lo pudiera capturar una doncella, sino que la doncella del mito sólo quería perder su virginidad con el apéndice que el animal tenía sobre su frente. Después de la desfloración, el unicornio se fue a vivir con la doncella. Y mientras se iba domesticando fue perdiendo su enorme protuberancia frontal. Y así nació el caballo." Tampoco faltaban los que contenían una pequeña anécdota de novela negra o se basaban en un diálogo más o menos ingenioso, asuntos triviales de la vida e incluso kafkianos, como el del relojero:  

"El viejo y decrépito relojero se dispuso a poner en hora y dar cuerda tal vez por última vez a su reloj de pulsera y, con el pulso ya de por sí debilitado y la mente francamente deteriorada, se equivocó y las agujas empezaron a rodar en sentido contrario sin que se diera cuenta. Y mientras le daba cuerda, notó que sus fatigados ojos recuperaban visión, sus piernas quebradizas se tensaban y todo su cuerpo empezó a cobrar fuerza y agilidad. Su mente trabajaba rápidamente y mil ideas se agolpaban en su renovado cerebro. De las paredes de su taller se descolgaron todos los relojes y en su lugar aparecieron los cuadros de paisajes que había en su niñez. Por la ventana vio en el patio el columpio que su padre le había instalado esa misma mañana y, sin esperar más, salió corriendo entre gritos de alegría para estrenarlo, tal y como había hecho ochenta años atrás. La voz de su madre salió de la casa diciéndole: "Hijo, no le des tan fuerte no sea que saques del cemento los pies del columpio."
Por la misma época de los microrrelatos andaba metido en un cuento sobre la infancia para mandar a Tarrasa, un relato que había surgido del resultado de reducir y condensar (suprimiendo incluso la trama principal para quedarme con los datos que hacían referencia exclusiva a la niñez) una novela corta de más de sesenta páginas en una narración que no llegaba a veinte folios. Lo malo del caso es que no lograba dar con el modo de contar la historia, aunque sabía en qué consistían sus principales elementos, los personajes, los hechos, el espacio y el tiempo; hasta tenía bien asegurados el tema y el asunto: la fuerza que la nostalgia del pasado ejerce sobre un hombre adulto que cada año vuelve por Semana Santa a la tierra que le vio nacer, pese a que su edad ya no le permite realizar tan largos viajes en coche como cuando era más joven. El secreto estaba en la manera de contar, el punto de vista del narrador. Al final, lo dejé por imposible. Aunque me divertí de lo lindo ensayando varias estructuras.



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