
miércoles, 28 de julio de 2010
LA POESÍA DE ESPRIU EN CASTELLANO

lunes, 26 de julio de 2010
DE VISTA, DE OÍDAS, DE LEÍDAS

sábado, 24 de julio de 2010
DE VISTA, DE OÍDAS, DE LEÍDAS

viernes, 23 de julio de 2010
MEMORIAS DE UN JUBILADO

Y el cuadro vivió un tiempo así en el piso de la calle del Olivo. Hasta que, ya casado, lo recuperé para mi casa de Horta y allí siguió mostrándome inmutable el recuerdo de mi ciudad natal. Hasta que un día me dio por figurarme el cuadro colgado verticalmente y busqué un motivo para él. Para entonces nos habíamos trasladado a Cerdanyola por motivos de trabajo ya que el Colegio donde enseñaba estaba situado en el Vallés, muy cerca de mi nueva residencia. El primer motivo que pinté fue la fuente de la Plaza Real y una adolescente dando de comer a las palomas. Poco duró porque no me acababa de llenar el resultado y le siguieron otros cuantos: un paisaje de Klimt con gallinas, el Jesús del Juicio Final de Miguel Ángel, la mujer con paraguas que camina por una calle de altos edificios blancos de Feininger... Éste último motivo lo pinté en los años de mi primer piso de Tossa, y por entonces, el marco sufrió un desperfecto considerable al clavar en él el bastidor de la tela. Y como no estaba dispuesto a deshacerme de algo que había entrado en contacto con las manos de mi padre, lo restauré con masilla y lo pinté de negro, que es el color que todavía tiene. En cuanto a la mujer de Feininger también desapareció bajo las pinceladas del siguiente motivo, la Mujer que lleva a hombros el Niño de Salve, María, de Gauguin, pintura de la que ya he hablado aquí en mi blog. Un tiempo ha estado esta María presidiendo muchas de mis siestas y saludándome por las mañanas nada más despertar. Pero también mi afán de buscar el motivo que más me llene para este cuadro que significa tanto para mí me ha conducido finalmente al que es hasta el momento el último motivo pictórico: Los amantes, de Picasso.
miércoles, 21 de julio de 2010
EL RELATO DEL MES
que escribió Don Quijote a Dulcinea

En lo relativo a la carta que en Sierra Morena escribió Don Quijote y luego encargó a su escudero llevarla hasta las manos de la dama de sus sueños doña Dulcinea del Toboso, Suárez de Figueroa consultó con mayor atención que Cervantes las fuentes de la historia del ingenioso hidalgo y se valió de ellas mucho mejor que el Manco de Lepanto. En primer lugar, la carta de Cervantes fue escrita en el librillo de memorias que señor y escudero encuentran, junto a otras cosas, en el interior de una maleta abandonada en la citada sierra. Figueroa, que no halló en los Anales ni en Cide Hamete Benenjeli la referencia a ninguna maleta perdida, sino a una mochila con restos de comida y un cuaderno de versos que Cardenio había dedicado a Luscinda, la hace escribir en una de las últimas hojas en blanco del mencionado cuaderno. En segundo lugar, aunque el texto de la carta de Cervantes que, como debe saber el lector, empieza así: “Soberana y alta señora: el ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón, dulcísima Dulcinea del Rey, te envía la salud que él no tiene”, etc., coincide con el de la carta de Suárez de Figueroa (salvo el término “Rey” aplicado a Dulcinea), no sucede lo mismo con la nota que en otra hoja del cuaderno le escribe el hidalgo a su sobrina para que se sirva entregarle tres pollinos a Sancho. Este segundo texto reza así en la obra de Figueroa: “No le extrañe a vuestra merced, señora sobrina, las palabras escritas que le da mi escudero Sancho Panza; le he hecho saber que aquí pongo que vuestra merced le regalará, tras la entrega de esta misiva, tres asnos de los cinco que aún quedan en la hacienda. Cuando en realidad escribo refranes y sentencias que él gusta repetir: “ Con su pan se lo coman”, “que el que compra y miente, en su bolso lo siente”, “desnudo nací, desnudo me hallo”, muchos piensan que hay tocinos y no hay estacas”, “¿quién puede poner puertas al campo?” Como el simple es analfabeto, ni se enterará de la artimaña. Eso sí, déle de comer y beber vuestra merced, que el camino hasta ahí es duro y largo. Fecha en las entrañas de Sierra Morena, a veinte y dos de agosto de este presente año.”
Pero la mayor diferencia estriba en los pormenores del retorno de Sancho a la aldea donde vive Dulcinea y los encuentros que tuvo en el camino. Una vez entregadas las dos cartas, Don Quijote le hizo a su escudero algunas recomendaciones para el trayecto. La primera de ellas fue que recogiera ramas de roble (no de retama, como en la obra de Cervantes) y las fuera arrojando desde la cabalgadura al camino para que así pudiera dar con él sin equivocarse cuando regresara. Y la segunda que pasara por la venta de Lodares (detalle nuevo) a recoger una receta mágica que allí vendía la curandera Pini del Palancar y con la que podría salir airoso de las futuras hazañas que acometiese. Dice a propósito Suárez de Figueroa que añadió don Quijote: “No nos pase como con los galeotos, entre ellos Ginés de Pasamonte, que una vez librados por nuestra fuerza e ingenio de la opresión de la mala justicia y de quienes la ejercen a torcidas, se revolvieron contra nosotros y nos pagaron mal por bien. El brebaje de la de Palancar tiene virtudes que el bálsamo de Fierabrás ni soñar puede.” Antes de partir el escudero a lomos de Rocinante (detalle presente en ambos autores) solicitó a su señor que le mostrara alguna de las penitencias que pensaba hacer en Sierra Morena a imitación de las que hizo Amadís de Gaula. “Una sólo, le respondió Don Quijote mientras se despojaba de la ropa que lo cubría y se quedaba como su madre, doña Isabel Pavón, lo trajo al mundo, una sola muestra sirve, Sancho amigo, para que veas a qué pruebas nos somete el rigor de la caballería andante a quienes hemos escogido servirla en cuerpo y alma. Y sin encomendarse a Dios ni al diablo restregó primero su espalda y sus nalgas y luego sus partes pudibundas contra el áspero tronco de un roble como si fuera un animal que tuviera pulgas y quisiera así liberarse de la picazón producida por los insectos; y lo hizo con tanta saña que al girarse hacia el atónito Sancho pudo ver éste cómo la sangre salía a pequeños regueros de la piel blanca de su enloquecido señor.” Como puede verse, Figueroa se separa aquí como en tantos otros sitios de Cervantes en la interpretación de las fuentes originales de la historia de Don Quijote que, para ser exactos, hablan de Don Quijote medio desnudo y de unas volteretas ejecutadas milagrosamente sobre las rocas del lugar.
En la venta preguntó por Pini del Palancar y le condujeron hasta un apartado del establo de las cabras donde andaba ordeñando a una blanca y negra. Sancho se fijó en la piel de la mujer, negruzca y arrugada como un odre de vino, y en sus manos, también negras y ásperas, pero hábiles y rápidas en la operación que estaba efectuando en ese momento y que al poco tiempo acabó sin dejar de mirar con sus ojos avariciosos el cuerpo rechoncho de Sancho, que no pudo por menos de esbozar una mueca de repulsión. Luego retiró el recipiente de debajo de las ubres del animal generoso y le atizó una patada como pago de su servicio. La cabra baló lastimeramente y se fue a refugiar junto a las otras. “Pini se acercó a Sancho moviendo las caderas como Salomé en su danza bíblica”, dice Suárez de Figueroa, “y una sonrisa desdentada pintada de repente en su atrabiliario rostro acabó por espantar al pobre escudero, que hizo intención de escapar de allí más aprisa que lo había hecho el animal preferido del dios Pan. Pero pensó en las palabras que le había dicho su amo y se mantuvo quieto, agarrado a una estaca que había sobre un pesebre. Pini, la curandera, cambió de actitud al percibir el temor de Sancho y, sobre todo, el gesto del escudero de agarrar el palo, le dijo que si lo que buscaba era alimentarse le podía ofrecer un buen trago de leche. Sancho se calmó un poco y, soltando la estaca del pesebre, le dijo que su señor Don Quijote le había mandado buscarla para que le diera una receta mágica que lo protegiera contra todo mal.
--Lo que tu amo quiere es un amuleto para escapar de las acechanzas y peligros que su vida de caballero andante acarrea. Ya he oído hablar de ese valiente y esforzado Don Quijote y de ti, su incondicional servidor. Hasta esta venta ha llegado el eco de vuestro infortunio con los condenados a galeras y otras adversidades parecidas. Pero no temáis más, que con el amuleto que te voy a dar nunca sufriréis descalabro alguno; antes al contrario, saldréis triunfadores de cuantas altas empresas acometáis. Acompáñame hasta la buhardilla donde guardo mis pócimas y realizo mis curaciones.”
Abrevio. En el cuartucho donde vivía la curandera apenas había sitio, en un rincón, para un camastro; todo el espacio, que no abarcaba más de dos varas de ancho por tres de largo, aparecía atiborrado de estanterías con cajas, sacos, botes, tarros, libros, ramas, raíces y flores secas, frutos consumidos o pasos, hornillos y cachivaches para cocer y una pintura oscura en la pared frontera de la puerta. Sancho se asustó de nuevo y le preguntó a la curandera quién era la figura que representaba el cuadro.
“Pini le contestó que era el mago Cipriano, cuyo espíritu había estado en posesión de Satanás durante treinta años convencido de que acabaría arrastrándolo al infierno, hasta que Dios, a través de Santa Justina inundó de luz su alma, conduciéndolo al martirio y a la posterior santidad. A continuación rebuscó entre los objetos que atestaban una de las repisas y trajo hasta donde estaba Sancho un saquito de lino. Se lo enseñó y dijo:
--Aquí dentro hay un diente de lobo entre pétalos molidos de caléndula y briznas de hojas de laurel. Todo está recogido en el mes de septiembre, justo cuando el sol entra en el signo de Virgo. Llevando encima este saquito amuleto nadie podrá hacer ningún mal contra quien lo porta colgado al cuello. Tu amo vivirá siempre envuelto en una profunda paz. Grandes hombres de la historia lo llevaron con fe y veneración y siempre, mientras lo llevaron encima, vivieron preservados del mal. Dicen que Julio César era uno de ellos y que, el día que se lo quitó, halló la muerte apuñalado. Que tu señor Don Quijote no se despoje de él nunca y jamás nadie, ni bandoleros ni gigantes ni encantadores, podrá hacerle ningún mal”.
Sancho dijo que antes de llevárselo a su amo debía hacer un viaje para cumplir con una misión de alto amor, a lo que la curandera le replicó que guardara bien el amuleto de miradas enemigas porque siempre hay gente que está dispuesta a matar por hacerse con una cosa así. Luego añadió que no cobraba nada por el favor a Don Quijote porque admiraba su valentía y el modo como defendía a las mujeres y a los seres más indefensos. Hasta aquí se extiende aproximadamente las tres cuartas partes del capítulo XII de un total de treinta de que se compone Don Quijote de Calatrava, según he podido averiguar; capítulo que, como se sabe, guarda cierto paralelismo con el XXVI de la primera parte de la obra de Cervantes; de todo lo cual se infiere la escasa capacidad de novelar del doctor en comparación con el autor nacido en Alcalá. Pero ahora importa más hablar de cómo discurre el resto del capítulo del primero.
Con el amuleto en su poder y el estómago lleno, Sancho se despidió de Pini del Palancar y dejó atrás la venta al trote de Rocinante. Pero no había recorrido una legua cuando descubrió a tres caballeros venir a su encuentro por el camino de Aldea del Rey. Enseguida los reconoció. Se trataban del bachiller Gracián de Saavedra, el licenciado Tomé de Avellaneda y el barbero Sebastián Lozano, los cuales, como en otras ocasiones, pensó Sancho, sin duda iban buscando a Don Quijote para con engaños devolverlo a casa. Y aquí fue cuando el escudero mostró su insaciable materialismo pues palpándose con disimulo bajo la ropa las dos cartas que había escrito su señor, ideó la forma de salir bien librado por una vez en toda la historia hasta ese momento vivida. Resumo. Tras los saludos correspondientes, el cura le preguntó al escudero por Don Quijote, a lo que respondió dándole todo lujo de detalles sobre el paradero de su señor, incluidas las ramas de roble con que fue señalando el camino.
lunes, 19 de julio de 2010
GALERÍA PROPIA
Este de la gaviota solitaria es uno de los últimos. La pincelada suelta y el dominio del azul son dos de sus características principales. El blanco del ave está resuelto con la pigmentación indicada más arriba.
La pintura presente formó parte de la Exposición del Certamen Internacional de Tossa que cada año tiene lugar el último domingo de agosto. El estilo recuerda el de Feininger, especialmente en la representación del barco central.
En cambio, en la presente pintura el dominio de ese blanco es total. Los colores mezclados con él adquieren una textura pastosa y el brillo acentúa los tonos pasteles del fondo que recortan los mástiles y cabos del barco.
Y cierro esta presentación de hoy con uno de los cuadros que más quiero y del que ya he hablado en este blog. También es de los primeros y en él quise eternizar a Canela, el gato siamés que nos hizo felices durante mucho tiempo. Como curiosidad, diré del cuadro que empezó siendo un bodegón con silla y fruta. El destino quiso que se convirtiera en lo que es hoy.
domingo, 18 de julio de 2010
EL POEMA DEL MES

y la tierra de España se levanta
en palabras y en hoces
que exigen libertad,
pan y dignidad para los hombres
que nacen en el campo entre la leche
que ordeñan de sus cabras y el mal vino
que arrancan de las cepas poco a poco,
dejándose la sangre en el camino.
Leo a Miguel Hernández,
y las viejas rencillas de los pueblos
parecen acercarse por los bordes
de sus páginas al prístino
silencio de esta noche
en que el frío es más duro
y la muerte más cercana.
¿Qué hemos hecho
para que nos pongan tantas cárceles
de miedo a nuestras vidas,
y no sirvan de nada estos poemas
del hombre que sufrió más acechanzas?
Como el toro hemos nacido para el luto
y el dolor, nos dice el hombre
que nació en Orihuela hace cien años
y nos recuerda tanto nuestro sino
porque él fue blanco negro de las flechas
del odio y de la envidia y la desidia
de los que ocupan la silla del poder.
Leo a Miguel Hernández,
y leo el horizonte que separa
la vida de la muerte,
y el dolor de amar mientras se anda
hacia esa frontera misteriosa.
martes, 13 de julio de 2010
DE VISTA, DE OÍDAS, DE LEÍDAS

Yo no concebía cómo se quería
lunes, 12 de julio de 2010
EL RINCÓN DE LOS CHISTES
En la escuela del barrio el primo Alfonso aprendió de todo, hasta lo que no debía, como nos pasa a todos. Pero es tan divertido el tiempo que se pasa allí con los amigos. Un día el maestro, un hombre que padecía del estómago y por lo tanto con el carácter algo agriado, les estaba enseñando a sus alumnos ortografía. Tras un rato de explicación y de escribir algunas oraciones ilustrativas en la pizarra, empezó a hacer algunas preguntas para ver si sus discípulos se habían quedado con alguna enseñanza. “Como bien habéis podido aprender, en el alfabeto castellano existen algunas letras que llevan una especie de apellido detrás, como uve doble, y griega… ¿Alguno de vosotros recuerda una letra de esas?” Antonio, el más listo de la clase y compañero de pupitre del primo Alfonso, levantó la mano. El maestro le dio permiso para hablar. “Creo que hay una a la que se puede incluir en ese grupo, don Andrés. Y es la i latina.” Entonces Alfonso, que no quería ser menos que su compañero, levantó la mano también. El maestro le dijo: “No me digas, Alfonso, que tú conoces otra letra de esas.” “Sí, señor maestro.” “Pues anda, dila”. Entonces mi primo soltó la primicia: “Esa letra es la ge latina.” Una carcajada unánime estalló entre las cuatro paredes de la escuela.
Por entonces, el primo Alfonso empezó a tomar fama de chistoso y un día que estaba en el recreo reunido con un grupo de amigos contando cosas de la familia, un tal Silín, exagerado como él solo, empezó a hablar de su abuelo. Decía: “Mi abuelo es muy alto, es tan alto que tiene que doblarse por la mitad para entrar por la puerta de casa.” A lo que replicó Alfonso diciendo: “Pues eso no es nada. Para alto, mi abuelo el de Arcenillas, al que le pasan los aviones volando por debajo del sobaco.” Entonces intervino un chico recién llegado de Asturias que tenía fama de reservado y que, a partir de entonces, representó ser la horma para el zapato del primo Alfonso. El asturiano, con una sonrisa en los labios, se dirigió a Alfonso muy interesado: “Oye, y cuando tu abuelo levantaba el brazo ¿no tocaba algo blando, muy blando?” Alfonso respondió ligero: “Claro, las nubes.” Y la horma de su zapato replicó triunfalmente: “¡Que te lo crees tú! Eso blando que tocaba tu abuelo al levantar el brazo no eran las nubes, guaje, sino los huevos de mi abuelo.”
A Alfonso las cosas de la escuela, me refiero a la instrucción y todo eso, no le iban muy bien. Un día su padre, que acababa de hablar con el maestro y enterarse de que no hacía ningún progreso, le dijo visiblemente preocupado: “Hijo mío, has llegado en la escuela a una situación insostenible. El mes pasado eras el penúltimo de la clase, y ahora eres el último. Explícame el motivo.” Alfonso agachó la cabeza avergonzado y entre dientes contestó a su progenitor: “Pero, papá, ¿acaso es culpa mía que Silín, que era el último de la clase, está en casa con gripe?”
En Ciencias Naturales andaba muy mal (bueno, como en casi todas las materias). Decía que ya tenía bastante naturaleza en el pueblo, en la arboleda del río y en las huertas del barrio, que cambiaban de cara con la llegada de las estaciones. Por eso en la escuela pasaba olímpicamente de estudiar el rollo de los insectos, los estados sólidos, líquidos y gaseosos o la anatomía humana. De la anatomía humana huía como de la peste. Eso de ver dibujado en el libro un cuerpo humano con líneas rojas para indicar la circulación de la sangre le sacaba de quicio. Un día el maestro, en plena explicación de Anatomía humana, cogió de la mesa una tibia y la fue mostrando por toda la clase. Al llegar al pupitre que ocupaba el primo Alfonso, le preguntó de repente: “A ver, Alfonso. ¿Qué es esto?” Mi primo, tras mirar con asco el objeto que esgrimía el maestro como si fuera una espada, le contestó: “Un hueso, señor maestro.” El maestro frunció el ceño. “Todos sabemos que es un hueso. ¿Pero qué clase hueso?” Entonces Alfonso, encogiéndose de hombros, contestó: “No lo sé, pero tampoco aspiro a que usted me ponga un diez en Ciencias Naturales.”
En el recreo salían a relucir todas estas salidas de tono del primo Alfonso entre los escolares que jugaban al fútbol en la explanada de la iglesia vecina o al burro contra la misma fachada de la escuela. Otras veces, cuando llegaba el buen tiempo, se reunían en pequeños corros y mientras daban cuenta del bocadillo, se dedicaban a lanzarse piropos y cosas peores. Con el Asturiano las tuvo gordas, pues se solía meter con su baja estatura haciendo sobre él los chistes más ofensivos. Un día el Asturiano, tal vez cansado de meterse con Alfonso, intentó una nueva táctica con él, la táctica de los diminutivos cariñosos. Pero mi primo estaba harto de su insistencia. Así que cuando una mañana de primavera el Asturiano le dijo: “No puedes negar, Alfonso, que eres algo bajito”, éste le contestó: “No soy bajito, es que estoy lejos.” Y a partir de ese día se distanció por completo del Asturiano y del grupo de lameculos que iba tras él.
Alfonso siempre tenía alguna ocurrencia cuando se trataba de zafarse de alguna responsabilidad relacionada con la escuela. Una tarde, al volver al casa, entró muy enfadado en el cuarto de costura donde estaba cosiendo su madre y tras darle el beso acostumbrado, le dijo: “Mamá, hoy es la última vez que voy a la escuela con esta camisa roja como la sangre.” La madre, sonriendo ante las palabras de su hijo, le preguntó: “¿Por qué lo dices? Si es una de las que más te gustan.” A lo que Alfonso replicó: “Eso era antes. Ahora me parece demasiado llamativa. Hoy por ejemplo el maestro me ha preguntado cuatro veces.”
Pero no era sólo la camisa roja del primo Alfonso la que llamaba la atención del maestro. Era también su falta de interés y la facilidad que tenía para despistarse con el vuelo de una mosca. Una mañana en que Alfonso estaba pensando en las musarañas, el maestro, que hablaba a la clase de los cuatro elementos naturales, detuvo la explicación para preguntarle: “A ver, Alfonso, ¿cuáles son los elementos?” Alfonso aterrizó de golpe. “¿Los elementos, dice?” El maestro insistió: “Sí, los elementos. Enuméralos.” Entonces Alfonso, tras meditar unos segundos, contestó: “Elementos elementos… hay el agua, la tierra, el fuego, el aire y… las busconas.” Todos sus compañeros explotaron en una sonora carcajada. El maestro, en cambio muy serio, le preguntó: “Pero dónde has aprendido eso?” “En la fragua, señor maestro.” “¿Cómo que en la fragua? Explícate.” Entonces el primo Alfonso dijo: “El otro día la mujer del herrero le decía a una vecina que cuando su marido se va de busconas, está en su elemento.”
Sin embargo, el no va más ocurrió cuando el Señor Inspector de Educación de la Provincia visitó la escuela. Se pasó más de dos horas haciendo preguntas a los escolares de Geografía española, que si dónde nacía el Duero y dónde desembocaba, que cuáles eran los cabos de la cornisa cantábrica, que si el pueblo pertenecía a la provincia de Salamanca o de Zamora…; de Ciencias Naturales y de Catecismo. Poniendo problemas de Aritmética y Geometría que a Alfonso le hacían sudar tinta mientras intentaba evitar que los ojos del Señor Inspector tropezaran con los suyos. De pronto la autoridad académica hizo una pausa para decir: “Y ahora, queridos niños, ¿hay alguno de vosotros que quiera hacerme alguna pregunta a mí?” Y el primo Alfonso, que estaba al borde del infarto, levantó la mano. El Inspector le dio permiso para hablar mientras comentaba con el maestro lo bien que tenía educados a sus discípulos, que pedían la palabra como los adultos, alzando el brazo. “Formula tu pregunta, muchacho,” añadió. Y Alfonso le soltó: “Señor, ¿a qué hora sale su tren?”
sábado, 10 de julio de 2010
MEMORIAS DE UN JUBILADO

viernes, 9 de julio de 2010
MEMORIAS DE UN JUBILADO

lunes, 5 de julio de 2010
PATADAS AL DICCIONARIO

sábado, 3 de julio de 2010
MEMORIAS DE UN JUBILADO

viernes, 2 de julio de 2010
MEMORIAS DE UN JUBILADO

Sólo mencionar tu nombre, dos sentimientos vienen a habitar mi silencio, ahora más triste que nunca: el del agradecimiento y el de la buena memoria. El primero es el más importante aunque sin el segundo es difícil explicarlo. El sentimiento de la buena memoria va unido siempre a tiempos difíciles como los que pasamos juntos en aquel Colegio del Vallés donde ambos éramos profesores y tú mi jefe de sección durante algunos años, quizás los mejores de mi vida docente en la enseñanza privada. Siempre supiste escuchar a quien acudía a ti para consultarte o pedirte consejo tanto en asuntos personales como en los referidos al mundo profesional y siempre tuviste la prudencia y la sabiduría para acertar en tus consecuentes recomendaciones. En la responsabilidad está la exigencia y la comprensión, decías a menudo, y tu actuación era coherente con esa máxima. Con la experiencia que da la edad, he aprendido de personas como tú que la honradez es una virtud que se predica con el ejemplo. De bien nacido es ser agradecido. Esto me lo enseñó mi padre, otro hombre honrado. Y yo me siento agradecido repecto a todo cuanto hiciste en vida por mí, primero en aquel Colegio del Vallés, y luego cuando, ya los dos fuera de aquel lugar que había cambiado de rumbo (tú trabajando en Recursos Humanos de la Generalitat y yo abriéndome paso en un nuevo proyecto psicopedagógico), me puse en contacto contigo para comunicarte que iba a hacer oposiciones a la enseñanza pública. Entonces a todas tus virtudes añadiste la de la generosidad y me ayudaste a encontrar una documentación que se había traspapelado y que era de suma importancia para acceder al Cuerpo de Profesores de Secundaria. Te lo agradecí entonces y te lo sigo agradeciendo ahora, cuando ya perteneces al mundo de la buena memoria. Recuerdo que, al superar las pruebas, te llamé por teléfono para decírtelo, y de tus labios salió esta frase que nunca olvidaré: “El oficio de enseñar siempre es reconfortable, pero ejercerlo en la Escuela Pública es prestar un encomiable servicio al pueblo, que sabrá agradecértelo”. Esto último lo supe enseguida; la gratitud germina sana en la gente sencilla del pueblo. Y ahora que llevo jubilado más de un año comprendo mejor el rastro hermoso que dejan en sus alumnos los buenos maestros como tú, querido Alberto Andrades. Ya puedes descansar tranquilo tras la enorme y generosa labor profesional y humana que llevaste a cabo en vida. Ahora, en tu ausencia, una vez llegado a tu Ítaca personal, tus amigos te recordaremos siempre.