sábado, 19 de noviembre de 2011

Memorias de un jubilado


Otro otoño
Mientras escucho a Vivaldi, veo cómo el otoño avanza en el jardín. El prunus sigue perdiendo hojas y el cielo se va encapotando poco a poco, amenazando nuevas lluvias. Mañana se elige más de lo mismo y el horizonte político cada día es más negro porque lo que está gobernando el mundo hoy es la especulación económica. Alguien dirá que estas líneas suenan a pesimismo. Suenan a lo que suenan, a otoño que avanza hacia un nuevo invierno. Tal vez con la llegada de la primavera, vuelva la claridad (siempre la claridad viene del cielo, decía mi paisano Claudio Rodríguez, el poeta de Zamora; la claridad de la esperanza viva y real) y se restaure la escala de valores que hace posible la convivencia: esfuerzo, sinceridad, libertad responsable, solidaridad, respeto. Mientras todo esto pasa por mi cabeza, recuerdo el encuentro de amistad de anoche en mi casa con viejos amigos y conocidos del pasado que juntos vivimos los altibajos del Colegio del Opus donde trabajamos (dos de nosotros casi treinta años). Durante el encuentro salieron a relucir anécdotas de compañeros que se fueron y de compañeros que ocupan hoy en día puestos de responsabilidad en otras empresas o que, en el caso mío, se hallan en el espacio no sé si llamarlo neutral o marginal de la jubilación, porque de un modo u otro los gerifaltes del mando no cuentan con nosotros. ¡Cuánto ha llovido desde entonces! Dejamos la enseñanza privada y nos pasamos a la pública y vimos qué distancia existía entre una y otra. Y que aún existe desgraciadamente. En la privada siguen mandando las órdenes ocultas y sujetas a jerarquías religiosas o particulares, las subvenciones muchas veces injustas (especialmente en Cataluña, que es el lugar que conozco), la discriminación de todo tipo (confesional, de estado civil, de condición sexual...). En la enseñanza pública hay más transparencia; si las cosas se hacen por vocación o no, o simplemente bien o mal, se ve a la legua y se toman las medidas oportunas desde las autoridades académicas, que suelen ser imparciales y objetivas. ¿Para qué seguir por este derrotero? Lo que importa destacar aquí es la amistad que sigue reuniendo a unas cuantas parejas para hablar libremente de lo divino y humano sin tener que dar cuenta a nadie, planear nuevas reuniones, sesiones de baile, cenas de Navidad, o contar chistes, que despejan vanos pesimismos y asientan los ánimos.
Y que el otoño avance y nosotros con él hacia otro invierno que anuncie una menos pesimista primavera.

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