martes, 16 de agosto de 2011

Memorias de un jubilado


La santa rutina
Antes porque estaba en activo y ahora porque, aunque jubilado, sigo activo en la vida diaria, tengo a la santa rutina como al mejor pasaporte para seguir viviendo. La rutina de antaño se limitaba a las clases y a la familia, con paréntesis breves dedicados a la creación literaria y a la lectura. La rutina de hogaño es, si cabe, más creadora. Quitando las clases, la dedicación a la familia ha sumado horas, personas y satisfacción personal pues pasar la vida con mis nietos, mi mujer y mis hijos me ha hecho mejor, más comprensivo, más paciente, más vivo y mejor en una palabra. Es rara la semana en que no asista a un progreso de mis nietos Martí y Xavier; el pequeño, en sus gateos constantes y sus sonrisas cómplices, y el mayor, en sus ocurrencias y en su alegría innata. "¿Nos vamos, chicos?", nos dice cuando nos ve que preparamos todo para salir de casa a pasear. Y durante el paseo, las frases crecen sin parar. A veces parece una personita cuando se pone a hablar conmigo de sus coches, de las películas que ha visto por la tele o de las ranas (ya dice "ranas", con su r inicial y todo), que coloca ordenadamente en la mesa de centro después de jugar un rato con cada una de ellas, a las que conoce perfectamente: la acróbata, la que salta ncon ayuda del dedo índice, la que hace de palillero, la de cristal, la que está enn una bola de nieve... La rutina, la santa rutina de la familia y la de Tossa. ¡Ay, Tossa! ¡Si en agosto no se llenara tanto y la playa diera de sí para acoger a tantos turistas como vienen a visitarla! Pero la playa para mí es secundario. No el mar, que de noche adquiere un misterio único bajo la luz de la luna o con los reflejos amarillos de la Vila Vella rielando en la bahía. Ni la visión del cormorán en la roca de Minerva por la mañana, cuando vuelvo a casa de mi ruta en bicicleta.
La bicicleta me pone en contacto cada día con los bosques verdes y callados que rodean el estanque de los patos y los nenúfares y los galápagos, y la riera hasta los campingas más altos, con sus trechos alquitranados donde descansan mis piernas tras las cuestas y los caminos de tierra plagados de piedras y raíces de árboles que los atraviesan como culebras paralizadas. Gracias a la bicicleta, mi rutina se ve favorecida de constantes sorpresas: aquí una higuera que promete dulces higos, allí un camino que no había visto nunca,
un caballo blanco al borde del camino, unas zarzamoras llenas de negros y dulcísimos frutos, las espadañas del estanque que airean sus habanos, la arena del camino de San Eloy donde las ruedas se paralizan, los regatos que aún suenan entre la espesura, los mirlos que saltan en el césped del prado, las tórtolas que se arrullan en parejas...
La mañana, tras la bici, avanza entre la playa y las aguas frías y transparentes del mar, un rato de ordenador (ahora estoy reescribiendo unas viejas leyendas españolas que tenía en mi cabeza desde mucho tiempo atrás), la lectura (un libro de Trapiello sobre la vida de libros y escritores durante la guerra civil me tiene arriconado literalmente), el vermú, la comida, la siesta... Un rato de lectura, el paseo vespertino, el encuentro y las charlas con los amigos, la cena y el baile de cada noche. Esta santa rutina hace menos pesado el verano. Después vendrá el otoño y alguna otra nueva sorpresa, que me siga acompañando muchos años.

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