miércoles, 15 de enero de 2020

MEMORIAS DE UN JUBILADO. DEFENSA DE LA POESÍA (II)


 ¿Hay algo mejor para defender la poesía que escribirla para decir que en ella caben todos y todo?

Vivir así, en silencio,
en un breve recinto
donde cantan los versos
de los hombres sencillos.

Maragall, Bécquer, Lorca…
Danza, niebla, cuchillo…
Machado, Verdaguer…
Chopos viejos, idilios…
Rosalía... Saudade...
Juan Ramón... Los caminos…
Y España protegiendo
los versos en su nido.


Y hablando de España y de los vientos que soplan por sus puntos cardinales, le digo en poesía:

¿Quién te reconoce, España, entre tanto vuelo herido,
aves lejos de su nido y ríos de su montaña?
Siega ciega la guadaña el grano del bien nacido,
y en los surcos se ha extendido, opresiva, la cizaña.
Teje su tela la araña de pancarta y de partido,
y al insecto distraído le sorbe toda la entraña.
Se desayuna con saña, se trabaja con descuido,
y el que no abusa de olvido, se expresa con la maraña.
Y así no hay modo ni maña de encontrar el buen sentido
que en otro tiempo querido mantuviste siempre, España.

¿Hay algo mejor para defender la poesía que afirmar que sin ella la vida de un hombre no es del todo vida?

La  vida personal y literaria, especialmente en la vertiente de la poesía, del jubilado que escribe estas líneas está en muchos casos relacionada con la tan traída y llevada guerra y posguerra. El jubilado nació un 20 de febrero de 1944, día en que cinco años antes moría en Collioure, huyendo de los horrores de la Guerra, uno de los mejores poetas del país, don Antonio Machado, al que, por otra parte, tanto le debe en su modo de concebir la poesía. En su infancia, pasada toda ella en la posguerra, el jubilado vivió en carne propia sus oscuras secuelas. Un hermano de su madre, afiliado al partido comunista, había desaparecido en circunstancias oscuras; unos dicen que en una cárcel del norte de España, otros en una trinchera de combate y no faltan quienes aseguran que encontró la muerte en la cuneta de un camino cualquiera durante uno de los infelizmente llamados “paseos”; gracias a Dios hoy se sabe que sus restos descansan en una tumba común en el cementerio de León.


El mismo jubilado de pequeño oyó contar a su padre lo que le ocurrió a un primo suyo del pueblo cuando lo llevaban a fusilar a las tapias del cementerio; se conoce que su hora no había llegado aún porque, en un descuido de los matarifes, logró saltar de la camioneta que lo transportaba hacia la muerte en compañía de otros paisanos y logró ocultarse durante semanas en una madriguera de zorro que agrandó con sus propias manos; y aunque perdió algunas falanges de sus dedos, salvó la vida.

Nunca olvidé esas vivencias que, en forma de recuerdos, me siguieron siempre, primero mientras viví en Zamora, y luego en Barcelona, ciudad a la que me trasladé para cursar en su Universidad mi carrera de Filología. Quiso la casualidad o el destino que me inclinara por la vivencia y práctica de la poesía, a la vez que enfoqué mis estudios hacia el camino de la enseñanza.  Y cuando publiqué en 1978 en la editorial barcelonesa Casals mi primer libro, Cangilones de vida, mandé un ejemplar a la tertulia de José Jurado Morales, sin saber que mi futuro literario iba a estar ligado en un primer paso al autor de Sonetos de la Mala Uva, a la tertulia misma y a muchos de sus componentes hasta el momento de redactar estas líneas. Y como digo, envié mis Cangilones allí porque había leído en algún medio que en la tertulia acogían a los poetas noveles y comentaban sus poemas. Algo me decía que mi modesta vida literaria, recién comenzada, iba a estar ligada a José Jurado Morales y su tertulia de la Calle Borrell de Barcelona. De modo que a los pocos días recibí una carta cariñosa que escribía y firmaba una poetisa de la tertulia, Ester Bartolomé, excelente crítica literaria, tristemente fallecida, en nombre de todos sus componentes, en la que me decía que esperaban conocerme en el siguiente encuentro.

Así fue como conocí al poeta de Linares y a un grupo selecto de poetas, algunos de los cuales se encontraban en las mismas circunstancias que yo, es decir, acababan de publicar su primera obra o pensaban hacerlo pronto. Jurado era un hombre mayor, con el cabello blanco y un porte distinguido, casi señorial. Era muy educado y generoso y siempre tenía una palabra de agradecimiento en los labios, él que se prestaba a ofrecernos las ayudas que necesitáramos, él que nos preparaba personalmente el café que tomábamos durante la tertulia. Debo decir que todos esos detalles y otros ayudaron a que no me costara nada integrarme en el grupo más afín que se reunía en torno al poeta, de cuya confianza gocé desde el primer instante. Confianza que compartí con los poetas Vicente Rincón, Antonio Matea y José Carreta. En muchas ocasiones Jurado Morales, entre opinión y opinión sobre los poemas que le llegaban a la revista Azor, de la que era director, o sobre los libros que iba publicando la editorial Rondas, de cuyo asesoramiento literario se cuidaba, nos hablaba de su azarosa vida durante la Guerra Civil y los bombardeos de Barcelona y de cómo tuvo que salir de la ciudad, dada su condición de partidario de la República, con una maleta llena de libros y la ropa necesaria para un par de noches.

Durante una de esas charlas casi confesionales nos habló del escritor falangista Luys Santa Marina, que había sido el primer director del Cuaderno Azor junto con Max Aub. Me llevé una impresión indescriptible el día que Jurado nos contó cómo el entonces presidente de la Generalidad de Cataluña Lluís Companys lo había llamado a su despacho para mostrarle el telegrama que le había enviado José Bergamín, el director de Cruz y Raya, solicitando gracia para la condena a muerte de su amigo Santa Marina. Y un día que acompañamos Rincón y yo a Jurado hasta la parada del autobús que tomaba para ir a su verdadera casa, donde vivía con su mujer y su hija, logramos que nos contara la historia completa del escritor falangista. 

martes, 7 de enero de 2020

MEMORIAS DE UN JUBILADO. DEFENSA DE LA POESÍA (I)



De un tiempo a esta parte cierto tipo de prensa no deja de insistir en el hecho de que algunos poetas abandonan la poesía para dedicarse a la novela. Añade que esos poetas que dejan la emoción musicada del verso para cultivar la narración cotidiana de la prosa lo habrán hecho porque nunca poseyeron la destreza y el dominio de la preceptiva literaria para escribir poeía como Dios manda y que será raro que lleguen a enseñorearse del arte de contar. Y también que los poetas que desertan de la poesía lo hacen porque consideran “de repente” que el lenguaje poético está siendo hoy ridiculizado y desvalorizado y, en el colmo de la estupidez, que cambian la poesía por la novela porque ésta es más comercial y tiene mayor aceptación lectora que aquélla.


Con todo, me atrevería a pensar que, al margen de esas u otras afirmaciones de cariz similar, debe de ocultarse otro motivo, si es que lo hay, por el que ciertos cultivadores de la poesía saltan al campo de la novela con la pértiga de su inseguridad interior. Y es entonces cuando me hago la pregunta: ¿Esos “poetas” que se pasan a “novelistas” estuvieron alguna vez convencidos de que eran realmente poetas, es decir, de que el lenguaje que empleaban en sus versos poseía el temblor, la belleza, la musicalidad y la profundidad que requiere la poesía?


Dejando al margen toda discusión, como autor de más de diez poemarios publicados, lector de poesía y profesor de Literatura, me veo en la oportuna circunstancia de hacer una sincera defensa de la poesía. Y en contra de Adorno, que afirmaba que “la lírica se ha vuelto imposible después de Auschwitz”, pienso que la poesía es hoy más necesaria que nunca, precisamente para impedir que vuelva a suceder lo de Auschwitz y para hacer posible el hecho de que el ser humano pregone su libertad, sus derechos y deberes a los cuatro vientos. Y si el poeta con su actividad lírica no consigue modificar la realidad que lo rodea, cosa más que probable (¿cuándo, en épocas pasadas, se pretendió eso?), al menos nos regala “una pausa en la que el tiempo está quieto”, como dice Domind, y nos invita a un encuentro con nosotros mismos, es decir,  a vivir un momento único, fuera del tiempo habitual.
Por eso estoy a favor de la poesía, y porque en esencia nos une con “la parte de nuestro ser que no ha sido rozada por los compromisos, con nuestra infancia, con la frescura de nuestras reacciones”, y, al unirnos con nosotros mismos, deja abierta la posibilidad de comunicarnos con los demás.
Y volviendo al hipotético hecho señalado más arriba por cierto tipo de prensa, según el cual los poetas abandonan la poesía para cultivar la novela o cualquier otro género literario, en lo que a mí respecta, por muy mal que me vaya, nunca la abandonaré. Eso lo entendería en el caso de aquellos a quienes les falta el valor, el triple valor que exige el ejercicio de la lírica; a saber: el valor de confesar la propia personalidad, el valor para no falsificar lo que se nombra y el valor que se necesita para invocar a los otros. El alma desnuda del poeta está en su poesía, su autenticidad y la autenticidad de su mundo se recrea en sus poemas, y en sus versos se esconde la imperiosa invocación a los demás, a los hermanos que como él caminan diariamente hacia la muerte con el compromiso humano en el corazón, la voz y las manos. 


Por todo lo anterior, defiendo a la poesía, y por mucho más: porque ayuda a la realidad a ser realidad más clara y transparente, viva y saludable, y porque para el poeta no hay, como para el político o el publicista, palabras importantes y no importantes, sino que sostiene la realidad bajo el enfoque de la palabra justa y precisa, convirtiéndose así en un “higienista del lenguaje". Porque el poeta, el verdadero poeta, examina una y otra vez cada palabra que emplea para que se acomode a la siempre mudable realidad.
Que abandonen los que quieran la poesía para cultivar otro género literario (nadie se lo reprochará puesto que el cambio, en el ámbito que sea, es siempre un síntoma de libertad). Y que el poeta verdadero continúe realizando su hermosa tarea lírica sin pensar en las razones expuestas al principio ni en las pataletas pueriles e injustas de algunos cultivadores del verso trasgresor, como es el caso de Juan Luis Panero, que en las páginas de un periódico se despachó a gusto diciendo por ejemplo de Platero y yo, emblemático poemario en prosa de Juan Ramón Jiménez, que se trata de un perfecto manual de cursilería o que el prometeico poeta zamorano León Felipe es un irritante predicador prosaico. Para sí quisiera el hijo del que fuera gran poeta de la posguerra Leopoldo Panero el lenguaje hondamente lírico de Juan Ramón, trasmisor de la belleza y de la realidad temblorosa y mágica de las cosas elementales y sencillas, o el lenguaje sonoro y auténtico de León Felipe que, como un fuerte viento, grita con dolor y profundidad denunciando el problema diario que es la existencia del ser humano.
Vivan por siempre la poesía y el poeta auténticos.


domingo, 29 de diciembre de 2019

MEMORIAS DE UN JUBILADO, LECTURAS DE AYER ( y VII)



La educación


Las listas de todo y sobre todo eran algo consustancial con la época a que nos referimos: lista de los libros que debían leerse, lista de las emisiones de radio aptas para escucharse en familia, lista de las películas lícitas para ser vistas por todos... Es oportuno citar a estas alturas las palabras de Pío XI en “Vigilanti cura” que el doctor Salicrú, presbítero catalán propugnador de normas morales de la época, cita en apoyo de su “Depuración ideológica, moral y estética del cine”: “Se hace necesario que el pueblo conozca claramente qué películas son lícitas para todos, cuáles son lícitas con reservas y cuáles son dañosas y positivamente malas. Esto exige la publicación regular de listas de las películas clasificadas, que deberán llegar fácilemnte al conocimiento de todos. Sería muy de desear que se puediese establecer una lista única para todo el mundo, porque para todos rige una misma  ley moral.” 

El libro de referencia del doctor Carlos Salicrú se titula La educación, y es un documento de primer orden para comprender la moralidad del franquismo, habida cuenta de que, como dice el subtítulo de la obra, se trata de un “estudio normativo acerca de las obligaciones que impone la vida social”. El libro del doctor Salicrú observa parecida metodología que “Hace falta un muchacho”: apoyo continuado de las aseveraciones del autor en dichos y poemas de autoridades reconocidas nacional y mundialmente, dentro de una ortodoxia tradicional y conservadora. Dios es la idea central de la educación, es una de las primeras afirmaciones de La educación , avalada por estos versos:
“...El Ser que da luz al día
 y al hombre fuerza y salud,
 al logro de la virtud
 los pasos del hombre guía.”
 

Y  Salomón refuerza la educación moral exigible en todo tiempo: “Ejemplo de superiores, guía de inferiores”. “La educación del hijo será la honra del padre, y de su enseñanza le resultará la gloria de verle amado por todos los de la casa.” Etcétera. Tenemos deberes para con el alma. Los místicos nos hablan del “vuelo del espíritu”, de las almas que “vuelan como las aves que en el aire se purifican y alimpian”. La virtud es para Gracián “cadena de todas las las perfecciones, centro de las felicidades. Ella hace un sujeto prudente, atento, sagaz, cuerdo, sabio, valeroso, reportado, entero, feliz, plausible, verdadero y universal héroe. Tres eses hacen dichoso: santo, sano y sabio.” Acerca del valor de la sinceridad cita estas palabras de  José Mª Salaverría: “Ser sincero, pero no cándido; este es el plan que conviene. Hay que ser hábil para descubrir la mentira en los otros, como sorprendemos un peligro natural, un abismo, un montón de cieno, un reptil asqueroso. Pero dejemos la mentira y el deshonor a las almas ruines y cobardes”. Para apoyar la necesidad de la abnegación cita el famoso soneto místico que empieza
“No me mueve, mi Dios, para quererte
 el cielo que me tienes prometido...”;
la humildad a Santa Teresa (“La humildad es la verdad”); la modestia a la Mitología, en las palabras que Júpiter dice a la modestia una vez que esta se queja porque es desplazada de todos los lugares del Olimpo: “Tú vivirás con todas las virtudes; a todas acompañarás”; el trabajo a Gabriel y Galán y al contrario, para demostrar que podemos ser esclavos de nuestras pasiones, el doctor Salicrú se apoya en Calderón de la Barca, en aquellas palabras que Diógenes dice al emperador Alejandro en “Darlo todo y no dar nada” 

Uno de los capítulos más interesantes de La educación, desde el punto de vista del tema que estamos tratando, es “La familia laboratorio de la educación”, y de los miembros que forman la familia el más importante es el niño porque es el ciudadano de mañana, por lo tanto, debe ser atendido perfectamente; para apoyar este aserto, el autor recurre al poeta bengalí Rabindranath Tagore: “Parece que la mayor parte de las gentes han olvidado que los niños son seres vivientes, más vivientes que los adultos”. El hogar es una especie de “inexpugnable baluarte para las tradiciones, el alma de la raza, la autoridad, la resistencia contra las crisis sociales, la pureza de las ideologías, todo lo que sea vital y fundamental para la existencia de la Patria”. Apoyo, Homero, que en la Iliada y la Odisea condensa en el hogar la unidad, cohesión y grandeza de Grecia. La familia es el depósito de la tradición, “entraña fecunda donde, en gestación callada, pero incesante, se va forjando, día tras día, generación tras generación, el alma de la misma Patria”. La Patria será lo que sean las familias de España y nuestra individualidad se forma desde nuestra más tierna infancia. Apoyo, Horacio: “El ánfora conserva durante mucho tiempo el perfume en que la impregnaron cuando estaba nueva”. El eje en torno al que ha de girar todo el sistema de la moral familiar es el amor entre los miembros del hogar, porque si la pasión se extingue, el amor es fuente perenne. Apoyo, la copla popular:
“¿Dónde se va a comparar
 un charco con una fuente?
 Sale el sol, se seca el charco,
 y la fuente permanece”.
Y puestos a alabar el modelo de hogar cristiano, el autor recurre a Gabriel y Galán para copiarnos aquellos versos tan conocidos y que nosotros aprendíamos y recitábamos de niños:
“Yo aprendí en el hogar en qué se funda
 la dicha más perfecta...
 Y así avanza el libro, como un río seguro en cuyo espejo se reflejan las palabras de los grandes pensadores y poetas confirmando las márgenes, encauzándolo sabia y moralmente hacia el mar de la felicidad y la perfecta educación. Núñez de Arce ataca a la ciencia mentirosa que se levanta contra la fe :
Cicerón, Horacio, Séneca defienden la verdadera sabiduría, Dante el arte verdadero, Fray Luis de León la armonía universal como fuente de goces inefables, Severo Catalina la auténtica galantería, Quevedo, Maragall, Bécquer, Víctor Hugo el verdadero amor. Al final, el doctor Salicrú resume: “Fomentemos la urbanidad, la cortesía, la sociabilidad, el comedimiento, la etiqueta social, el buen modo cívico, la educación ciudadana, la convivencia; empero, informado todo ello por la moral de Cristo. La educación cristiana es un deber.”



jueves, 19 de diciembre de 2019

MEMORIAS DE UN JUBILADO. LECTURAS DE AYER (V)


Hace falta un muchacho


Pero los libros que sentaban entonces cátedra sobre la guía del adolescente eran, entre otros, El muchacho español, de José Mª Salaverría, y, sobre todo, el libro de Arturo Cuyás Armengol, titulado nada más y nada menos que Hace falta un muchacho, subtitulado precisamente “Libro de orientación en la vida para los adolescentes”. Antes de seguir adelante, conviene advertir que Hace falta un muchacho pertenecía a una colección de libros que la antigua Liberería Sintes, de Barcelona, ponía al alcance de grandes y pequeños modos y maneras de salir adelante en la vida en cualesquiera de sus campos, libros cuyos títulos son harto elocuentes: “Para triunfar en los negocios”, “La educación de la memoria”, “Para tener la palabra fácil”, “El secreto del éxito”, “Para abrirse camino en la vida”, etc. 
Además, en los numerosos apartados que tocaba la editorial, podían encontrase libros del doctor Marden o de R. W. Trine, que eran como la panacea para resolver cualquier problema vital, y si no, considérense los siguientes títulos: “¡Siempre Adelante!”, “La alegría del vivir” o “Abrirse paso”, del primero, y “El respeto a todo ser viviente”, “El credo del caminantede” o “La mejor ganancia”, del segundo. También la Librería Sintes publicaba libros de cultura y civismo, deportes, gramáticas, cocina, medicina e higiene y, cómo no, de literatura variada, donde pueden encontrarse títulos como “La Atlántida” o “Patria”, de Verdaguer, “La losa de los sueños” o “La dicha ajena”, de J. Benavente, al lado de “La bien plantada”, de Xenius, “La Celestina”, “Fiesta de la poesía”, de Villaespesa, “El Quijote”, las “Obras Completas” de Bretón de los Herreros o las “Leyendas”, de Zorrilla.. 
Pero volviendo a Hace falta un muchacho, podemos leer en el prólogo de su cuarta edición alabanzas como las siguientes: “Favorecido con la aprobación de la autoridad eclesiástica, ha sido adoptado como libro de lectura por los Marianistas, Maristas, PP. Escolapios y Hermanos de la Doctrina cristiana. También ha sido adoptado por muchos colegios particulares y escuelas públicas, y ha obtenido la distinción de ser declarado de utilidad por Real Orden de conformidad con el dictamen del Consejo Superior de Instrucción Pública.” 
Y en cuanto a la dedicatoria del autor, no puede ser más elocuente: “A la juventud hispana, que en inteligencia es rica, con amor, fe y esperanza en ‘mañana”. ¿Y cuál es el propósito fundamental del libro? En la Introducción el autor nos lo dice: “Se trata en él de formar el corazón, educar la inteligencia, despertar la voluntad y modelar el carácter de los muchachos en el periodo de la adolescencia; inculcarles el amor al trabajo, estimular su atención y aplicación al estudio; infundir en su alma los tres amores, a Dios, a la Patria y a la familia; imbuirles sentimientos de caridad y de altruismo; fomentar su aspiración a elevados y nobles ideales; encarecerles la necesidad y las ventajas de la perseverancia; en una palabra, preparar su ánimo para combatir con inteligencia y con valor en la lucha por la vida, y hacer de ellos hombres de provecho, leales amigos, honrados vecinos y buenos ciudadanos.” 



Y en los diversos apartados del libro se persiguen esas intenciones con razonables consejos del autor, apoyados por innumerables experiencias y escritos de célebres personalidades de las artes, de la filosofía y de las letras españolas y extranjeras. Campoamor, para alabar “la inmensa fuerza de la mente humana; Ventura Ruiz Aguilera, para recordar que el destino del hombre es luchar siempre, Juan Rufo, para aconsejar en memorables redondillas a su hijo el camino que debe seguir en la vida, Ovidio, para hablarnos de la amistad : “Como el oro se prueba con el fuego, así la fidelidad de un amigo se conoce en la adversidad”;y a veces es el propio Cuyás quien ayuda a reflexionar al lector sobre lo mismo: “Hazte cargo de que la Patria es la extensión del hogar; es el Hogar de todos los hogares; es la suma de todas las familias que componen una nación”. Y otras veces es el Romancero del Cid el que habla de solidaridad, Ovidio, de la voluntad y la perseverancia : “Las gotas de agua horadan una peña, no por su fuerza, sino por la frecuencia con que caen”; R. Browning, del carácter: “Cuando la lucha empieza dentro de uno mismo es cuando el hombre vale algo”, lo mismo que Goethe : “El talento se cultiva en la soledad; el carácter se forma en las tempestuosas oleadas del mundo”; Ruiz de Alarcón, de las consecuencias de la mentira; Ercilla, de las honras; Cervantes, de la ambición: “Ambición es, pero ambición generosa, la de aquel que pretende mejorar su estado sin perjuicio de tercero”; Antonio Trueba, del trabajo; Salomón, de la pereza : “La mano perezosa, pobreza es; la que sabe obrar, la mano industriosa del trabajador, ayunta y alcanza riquezas”; etcétera.

Sin embargo, es curiosísimo y, sin duda, un documento precioso para valorar la época de que hablamos, el apartado que trata de los libros que deben leerse. He aquí algunos consejos y afirmaciones que se hacen a lo largo de él: sobre la selección de libros: “Debes poner tanto cuidado en la selección de los libros con que vayas formando tu pequeña biblioteca, como en la de los compañeros que frecuentes como amigos”; y un poco más adelante: “Rodéate únicamente de hombres superiores. Escoge las obras de aquellos genios y pensadores que puedan enriquecer tu entendimiento y elevar tu espíritu.” Acerca de la influencia de los clásicos: “¡Homero, Plutarco, Platón, Virgilio, Dante, Shakespeare, Cervantes! Todos estos genios han dejado obras imperecederas, a modo de faros inextinguibles que sirven de guía a la humanidad. Así como en las carreras de antorchas que se celebraban en la antigua Grecia los corredores las pasaban de mano en mano, cuidando de que no se apagasen, esos grandes genios han mantenido siempre viva la llama del entendimiento a través de las edades.” 
Y sobre los requisitos que deben tener los buenos libros: “Para que un libro te sea provechoso conviene que su lectura te interese, que te haga pensar y que te mueva a ser mejor de lo que eres.” Acerca de la lectura de la poesía y de los poetas: “No desdeñes la lectura, de vez en cuando, de los buenos poetas. Son espíritus videntes que a menudo revelan muchas cosas que se ocultan a las inteligencias comunes. La lectura de una buena poesía es un entretenimiento agradable a la par que instructivo, pues la ‘ciencia de la poesía –dice Cervantes—encierra en sí todas las ciencias, porque de todas se sirve, de todas se adorna y pule, y saca a luz sus maravillosas obras con que llena el mundo de provecho, de deleite y de maravilla”. Sobre la diferencia que existe entre el versificador y el verdadero poeta: “No en todos los libros de versos se encuentra la poesía; por lo tanto, al escoger esta clase de obras pon cuidado en no confundir el versista con el verdadero poeta. Lo que te diga el primero sólo halaga tu oído; lo que el poeta te diga te hará sentir muy hondo y pensar muy alto; porque los poetas, según la frase de un bardo inglés, ‘aprenden sufriendo lo que enseñan cantando”.

viernes, 13 de diciembre de 2019

MEMORIAS DE UN JUBILADO. CUANDO YO ERA PROFESOR (II)

Decía en la anterior entrada que yo había aprendido mucho de mis alumnos, especialmente tres aspectos de mi propia profesión: el respeto por las personas que tenía a mi cargo, la preparación exhaustiva de mis clases y acierto y humanidad a la hora de valorar con justicia todas y cada una de sus intervenciones.

Dicho esto, y en relación con este último aspecto continúo en esta sesión dedicando, como hice en la anterior, unos párrafos a lo divertido que era revisar, corregir y valorar sus intervenciones orales en el trascurso de las clases y sus trabajos y exámenes. Si antes trataban de asuntos literarios, ahora lo hacen de Lengua y Teoría literaria.

Durante una clase en que iba a hablar de los eufemismos, pregunté quién podía decirme algo de ellos.
He aquí algunas respuestas:
-Un eufemismo es hacer sentir lo que otro quiere sentir, pero engañarlo.
-Palabra que es un poco fuerte al decirlo y se cambia por uno más flojo.
-Sirve para expresar cualquier discapacitez (sic).
-El eufemismo es una palabra que hace referencia a un campo semántico.


En otra ocasión, preguntando a una alumna el siginificado de polisemia, me respondió:
-La polisema son palabras que quieren decir lo mismo, pero que se escriben diferentes algunas veces.
Otra aportó la definición más o menos correcta:
-Son los diferentes significados los cuales pueden coger una palabra.
Y sobre la homonimia, un alumno propuso esta definición:
-Es el conjunto de palabras que se unen por una sola (homonoma). Ejemplo: flor: rosas, claveles, margaritas.
Este alumno había confundido homonimia por hiperonimia. Evidentemente, había estudiado, quneue sin mucho acierto.

En una prueba que trataba de las aportaciones de las diversas lenguas en la formación del castellano recogí diversas afirmaciones de las que aquí recojo unas pocas:
-La cultura árabe aportó muchas palabras nuevas, eran más limpios.
-La invasión más larga de la historia fue la de los musulmanes, que invadieron la Península durante VIII (sic) siglos, su legado ha sido muy notable, han dejado como herencia la lengua castellana.


En otro control a la pregunta qué lengua penetra en la Península tras los godos, un alumno respondió:
-La burguesía, de tal manera que pudo extender las lenguas hasta América, básicamente la Península y América del Sur.
Otro respondió a la pregunta qué es el mozárabe:
-Es un dialecto de autor conocido, el tema es amoroso.
Y sobre las jarchas, una alumna escribió en su examen:
-Las jarchas son los colores que expresan un significado. Rosa, amor. Negro, muerte. Rojo, sangre.

Veamos respuestas de otra índole:
-Estrofa del mester de clerecía. 14 sílabas divididas en 7, el peligro es el demonio.
-Las mujeres son la principal causa de mortalidad femenina en Afganistán.
-Dialecto del español en que se halla la presencia de un sustrato indígena: el español indígena.
-Una jerga es estándar en todo un grupo de gente mundial.


Hablando de la personificación, pedí a un alumno que me propuiera un ejemplo. Y fue éste:
-La muerte tiene remedio. Y lo aclaró añadiendo: Una personificación es dar vida a algo que no la tiene.
A una alumna le pregunté qué era una anáfora y me respondió sin dudarlo:
-Un tipo de jarrón, profe.
Tras leer un soneto, pregunté a la clase cuántas sílabas tenían los versos que lo formaban. Un chico de la primera fila levantó la mano y me dijo:
-154, profe.

Y para finalizar, incluyo algunas respuestas recogidas en una prueba de gramática.
A la pregunta qué es un verbo seudocopulativo, un alumno respondió:
-Es aquel que no puede ser atributo.
Y a la propuesta de construir oraciones con las palabras lustro, efímero y abúlico, me encontré, entre otros, los siguientes resultados:
-El perro estaba abúlico; se le veían todas las costillas.
-En el lustro hay mucha gente.
-Como soy efímero el médico me ha dicho que no coma dulces.
-Este zapato es muy lustro.
-Esta causa es efímera a la normalidad.
-El señor juez fue abúlico con esa sentencia.
-Sufrió un efímero a causa del calor.
-Es un hotel de lustro.

sábado, 30 de noviembre de 2019

MEMORIAS DE UN JUBILADO. CUANDO YO ERA PROFESOR (I)

De mi vida como profesor (cuarenta años, que se dice pronto y bien), guardo muchos y muy buenos recuerdos. En primer lugar de lo que aprendí de mis propios alumnos, que de eso también hablaré en estas memorias. Pero ahora quisiera dedicar unos párrafos a lo divertido que era revisar, corregir y valorar sus intervenciones orales en el trascurso de las clases y sus trabajos y exámenes.
Un día en que me disponía a repartir unos cuantos jeroglíficos para trabajarlos conjuntamente en clase para hacerles pensar sobre el origen del propio lenguaje como mero entretenimiento, pregunté quién sabía decirme qué era un jeroglífico. Al momento varios alumnos levantaron la mano para intervenir. Señalé a uno de ellos, el cual, tras ponerme en pie, me dijo muy convencido:
--Es donde se ponen las cervezas.
Otro día, después de haber explicado qué era un lavavajillas, un alumno intervino de la manera siguiente:
--Profe, en casa tenemos un lavavajillas; se llama Mistol.
En cierta ocasión, al terminar de  explicar los nombres de los versos, le pregunté a una chica si sabía repetirme el nombre de un verso de catorce sílabas, y la alumna me respondió:
--No me acuerdo; tengo anemia.
Una vez pedí a un chico que me dijera la lista completa de las preposiciones. Y como se quedara muy sorprendido, le di una pista.
--La primera es la A.
Entonces el alumno pareció caer en la cuenta y me dijo:
--Ya recuerdo: A, E, I, O, U.
En un trabajo que les había mandado hacer sobre la figura del Cid Campeador, encontré, entre otros, los siguientes gazapos:
--El Cid en Cardeña: la llegada a la isla fue un reencuentro familiar...
--Transcurriendo el viaje la tropa del Campeador, se posaron en Castilla.
--Más de un centenar de jinetes se preparan para sombrear al Cid.
--En la llegada a Alcacer, tras haber conquistado Castilla...
--Después de una larga instancia en Valencia...
--El Cid manda 100 caballos en busca de su mujer.
--Las cualidades morales del Cid se manifiestan en su carácter, de tal manera que lo que quería moralmente hacía lo posible por conseguirlo.
--Un largo etcétera de árabes vino desde Sevilla.
--La Chanson de Roland es una obra simple pero al mismo tiempo es una obra maestra. Trata sobre el emperador Carlomagno.
--Al Campeador le brota la alegría por todas partes.


En la libreta de un alumno encontré este resumen "largo" del Lazarillo de Tormes:
--Es un chico que vive con una familia pero su padre muere, su madre se pira con otro y lo tienen que regalar.

Y termino esta sesión incluyendo algunas ocurrencias erróneas encontradas en varias pruebas de Literatura.
--Los romances provienen de la edad media, pero fueron repescados en el renacimiento.
--Las coplas ya no reflejan la muerte como un tema muy agradable.
--Los romances tienen origen después de Jorge Manrique, cuando un emperador los vio en otro país y le gustaron y los trajo aquí.
--La intención de La Celestina era que el lector aprendiera a no fiarse de la gente como la Celestina que era una vieja puta.
-...La Celestina, cuyo autor era Fernando de Glorias...
-El culteranismo servía para mofarse de los demás.

A la pregunta que yo hacía sobre qué tipo de héroe es el Cid respecto de los otros héroes épicos, recibí, entre otras, las siguientes respuestas:
--El Cid es un héroe distinto, porque no vuela ni es fantástico.
--Es diferente porque era muy bajito.
--Se hace amigo de los moros (árabes) y también de los cristianos, cosa que le da una capacidad de inteligencia brutal.
--No era guapo, no era especial, era un simple guerrero.

--Juan Ruiz escribió el Roldán
--La obra más importante de Gonzalo de Berceo fue el mester de clerecía.
--La obra más importante de Juan Ruiz fue El Arcipreste de Hita.
--Gonzalo de Berceo fue el primer escritor español que tuvo Constanza.

He aquí algunas afirmaciones sobre El Lazarillo:
--En el camino hacia el mercado, el Lazarillo se encuentra con varia gente que está acarreando a un ataúd con un muerto dentro. Al parecer es un hombre que ha dejado a su mujer viuda.
--Al ciego le robaba el vino y él se daba cuenta, porque Lázaro es alcohólico.
--En la iglesia después del milagro vendió muchas mulas.
--El bulero vendió muchos bulderos.

Finalmente, sobre las relaciones que había entre Cervantes y Avellaneda, el autor que publicó un Quijote apócrifo en el espacio temporal entre la primera y la segunda parte originales de Cervantes (una década nada menos), un alumno escribió:
-Avellaneda conocía muy bien a Cervantes; quería que Cervantes sufriera. Mayor candor, imposible.
Una alumna fue algo más considerada con Avellaneda:
-Un día llamó a la puerta de la casa de Cervantes para felicitarle por su segunda obra (sic) del Quijote.

viernes, 22 de noviembre de 2019

MEMORIAS DE UN JUBILADO. LECTURAS DE AYER (IV)


 


Otras disciplinas, Revistas y Enciclopedias

Hasta para enseñar otras disciplinas se empleaban ejercicios basados en la lectura y trabajo de poesías. Un botón como muestra. En el Libro de Álvarez, Sugerencias y ejercicios, hallamos en las llamadas Unidades didácticas multitud de ejemplos que se proponen para ser recitados, aprendidos de memoria y comentados: en “El agricultor”, Crepúsculo matutino, de Francisco Villaspesa, “El pastor” cuenta con El zagal y las ovejas, de Samaniego y así hasta una treintena de composiciones, entre las que sobresalen Plegaria por el nido, de G. Mistral, El sapo y el mochuelo, de Iriarte, El Teide, de Gerardo Diego, El lagarto está llorando, de Lorca, La ola, de Ricardo E. Pose, Castilla, de M. Machado, El niño bien criado, de Calderón de la Barca, El barquito de papel, de A. Nervo...

Por supuesto que  la asignatura de Lenguaje  basaba el conocimiento y práctica del idioma en la lectura, copia y aprendizaje de textos poéticos, tanto en prosa como en verso, de manera que encontramos entre sus páginas poemas y composiciones de todo tipo, desde juegos líricos como Chiquitín, de Aurora Medina, hasta Las siete vidas del gato, de R. Pombo o Bien por mal, de Hartzenbusch, pasando por La señora luna, de J. de Ibarbourou, ¡A dormir, que llueve ya!, de Gloria Fuertes o Abril florecía, de A. Machado.

Pues bien, muchos de estos trozos literarios y poemas los hice míos, como también empecé a sentir como propios aquellos textos que el Libro de Lengua de Segundo, ya en el Instituto, insertaba entre lección y lección el romance del Infante vengador los versos vocacionales de Amado Nervo, que luego hizo universales la famosa canción de los Panchos,

“Si Tú me dices: ¡Ven!,
 lo dejo todo.
 Pero dímelo fuerte, de tal modo
 que tu voz, como toque de llamada,
 vibre hasta en el más íntimo recodo
 del ser, levante el alma de su lodo /
y hiera el corazón como una espada....”,

 
los cantares populares de las tierras de España la Elegía del niño mariscador, de José María Pemán, el serio y fervoroso soneto de Gerardo Diego al ciprés de Silos la misteriosa Balada de la placeta donde Lorca pide a Dios que le devuelva su antigua alma de niño la Canción del pirata, que todos aprendíamos de memoria Los motivos del lobo de Rubén Darío, señalada la página con una hoja seca de chopo del Duero o la Oriental de Zorrilla donde el moro que habla se confiesa cautivo en la prisión de los ojos de su cristiana.
 Antes de terminar este apartado, me gustaría comentar una Antología poética juvenil que la editorial Mateu dio a conocer en Barcelona en 1965 y que yo tuve la suerte de encontrar en un puesto del Mercadillo de San Antonio por aquel entonces. Resulta que ojeando su contenido, llegué a la conclusión de que había seguido los pasos de aquel “Versos para niños”, de Antonio Fernández del que ya me ocupé en otro lugar de este trabajo. Me explico. Trece años después, los poetas principales del libro de Antonio Fernández, volvían a aparecer en el libro de la editorial Mateu, y lo hacían con los mismos poemas de entonces. Siguiendo un riguroso orden alfabético, he aquí los poetas y poemas repetidos: Anónimos: El señor don Gato, el Soneto a Cristo que comienza: “No me mueve mi Dios para quererte” (en el de Antonio Fernández se titula “Acto de contrición” y lo firma San Francisco Javier). Ávila, Francisco de : el Villancico que comienza: “Portalico divino...”  Berdiales, Germán : Mañana de domingo y En tus brazos. Bernárdez, Francisco Luis:  El establo.  Cané, Luis: Romance de la niña negra. Darío, Rubén: Marcha triunfal y A Margarita Debayle. Diego, Gerardo: Letrilla (en el de Antonio Fernández se añade “de Navidad”), Si la palmera pudiera (“Canción del Niño Jesús”, en Antonio Fernández) y ¿Quién ha entrado en el Portal? Fernández, Antonio (por lo del favor con favor se paga): Tienen alma. Gabriel y Galán, José María: Idilio y Dos nidos. García Lorca, Federico: Canción (“El lagarto está llorando...”). García Nieto, José: Canción del pastor en vela. Góngora, Luis: Hermana Marica. Góngora, Manuel de: Romancillo del desvelo de la Virgen bordadora. González Hoyos, M. : Bajo el palio azul del cielo. Ibarbourou, Juana de: Lirio del Valle y La higuera.  Jiménez, Juan Ramón: Lo que Vos queráis, Señor, Novia del Campo, amapola, La estrella y La cojita. León, Ricardo: Sonetillos. Machado, Antonio: Caballitos, Sueños de felicidad (en Antonio Fernández, Anoche cuando dormía) y Canciones (“Abril florecía...”). Machado, Manuel: La primera caída y Castilla. Marquina, Eduardo: La hermana. Mesa, Enrique de: Voz del agua y ¿Por qué corriendo te alejas? Nervo, Amado: Buen viaje y El puente. Pemán, José María: Sol de las cinco, Yo me levanté a la aurora, Ya mi galera de oro, la infanta jorobadita y Arroyuelo del molino. Pérez de Ayala, Ramón: La muñeca. Pose, Ricardo E. : La ola y El capitán. Rueda, Salvador: El mirlo.  Selgas, José: La cuna vacía. Villaespesa, Francisco : La hermana. Zurita, Marciano: Los ojos del huerfanito.

 
Como vemos, Pemán gana a todos, incluidos A. Machado y Juan Ramón Jiménez. Se incluyen poetas poco conocidos (Ávila, González Hoyos, Zurita o el mismo Fernández, que entonces copaban todas las audiencias de notoriedad) y también hispanoamericanos de parecida entidad  como Berdiales, Bernárdez, Cané o Pose al lado de los mundialmente reconocidos, casos de Nervo o Rubén Darío.

Sin embargo, conviene anotar que esta Antología poética juvenil gana en presentación y cuidado editorial a la de Antonio Fernández y, sobre todo, en organización, pues en la que comentamos aparecen los poemas distribuidos en apartados que la convierten en un trabajo didáctico y altamente pedagógico, siempre, claro está, según las directrices de la época, a saber: Poesías ingenuas, religiosas, España y los españoles, Hogareñas y Amenas. Además, todo hay que decirlo, incluye nombres que en aquél no aparecían como Acuña, Campoamor, Espronceda, N. Fernández de Moratín, Fray Luis de León, Bernardo López García y algún otro que, con los anteriores, formarían habitualmente la nómina de los libros de versos del franquismo.


 
 

Por otra parte, los mayores y pequeños lectores, disponían de lecturas que les ponían en contacto con el mundo cultural y literario de casa y de fuera, generalmente en formato de revista. Para todos los públicos y respecto a España existían revistas de ideología muy cercana al Régimen y revisadas constantemente por algún organismo eclesiástico, como La familia, que era una “revista mensual ilustrada del hogar”, como reza en el subtítulo, y que había sido fundada en 1908 en Barcelona. Cada ejemplar (escogemos la de enero de 1947) contenía las siguientes secciones: “En torno a nuestra portada “ (sobre la ilusión infantil de la noche de Reyes), “El problema de hoy” (el de que los hombres “han empezado a perder el sentido del pecado”, Pío XII), Un personaje de nuestra historia (el del Cardenal Cisneros), “Cuando nuestros abuelos eran niños” (un cuento de Julia García Herreros sobre la noche de Reyes titulado “El zapato de Angelito”), “El humor de aquel tiempo” (cuatro viñetas mudas que cuentan una historia), “La iglesia enseña” (Declaración colectiva del Episcopado norteamericano), “Poesía” (de varios autores; Federico Yarza de San Pedro, el más presente), “Páginas de hoy” (otro cuento, “Un milagro en la Noche de Reyes”, de Marina de Castarlenas), “En la cocina” (recetas y remedios caseros), “Relato” (“El impromptu de Chopin”, de A. P. De Olaguer), “Historia en serie” (“Bienaventurados los misericordiosos”, por J. Spillmann, S. J. , conclusión),  “Chispas de ingenio” (variedades, epigramas, chistes, poemas...), “A ratos perdidos” (pasatiempos, crucigramas, jeroglíficos...), “Libros y críticas” , “Notas de historia” (sobre fray Francisco Ximénez de Cisneros), “Los cuentos de la familia” (en viñetas, “El sueño de Rosalía”), “Con pluma ajena” (Glosa de F. Valdés, comentando la antología de la poesía española e hispanoamericana de Federico de Onís y centrando su comentario en Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez y Gabriela Mistral); leamos lo que  dice sobre la poesía, precisamente, F. Valdés: “...La poesía ha de contener sentimiento y emotividad. Tiene que nacer de una intención pura y limpia. Ha de ser sencilla y espontánea. Y creará en nosotros una esencia de vida nueva, depuradora y santificante. Poesía es redención.” Y acaba, tras comentar tres poemas de A. Machado, Juan Ramón Jiménez y Gabriela Mistral, con esta especie de resumen: “Es lo permanente y lo eterno, porque Dios ha guiado, por sendas misteriosas, el aliento poético, encarnado en estos tres poetas. En su vida externa pueden estar alejados de los rigurosos mandatos, pero en su conciencia obra el espíritu divino, dirigiéndolos a la perfección, en medio de sus inquietudes; y ellos, a su vez, inundando de salud a quien se ponga en contacto con su obra. Poesía: aliento angélico. Eternidad. Pureza. Camino de Dios.”; la última sección de la Revista es “Arte contemporáneo” (reproducción de un cuadro y comentario crítico sobre él; aquí “Paisaje de invierno”, de Ceferino Olivé; la crítica está firmada por las iniciales E. F.).

 
Los poemas que aparecen en sus páginas obedecen los dictados anteriores. Son ejemplos de ello la Canción de Reyes, de Susana March, que empieza
 
“Álamos tristes, álamos secos,
 juncos marchitos, amarillentos...

o Un soneto, de Federico Yarza de San Pedro, o la Navideña, de Lope de Vega que lleva como estribillo

“Norabuena vengáis al mundo,
Niño de perlas;
que sin vuestra vista
no hay hora buena.”

Otra revista de la época era la titulada De broma y de veras, ésta editada en Bilbao y  dirigida por Enrique de Larracoechea, S.J., en cuya última página podía leerse, sobre sus intenciones morales y religiosas: “La dirección de la Revista ‘De Broma y de veras’ garantiza a sus lectores que los artículos o trozos seleccionados se ajustan a la más estricta moral y ortodoxia...” Veamos el sumario de una de ellas (ejemplo, el número correspondiente a julio de 1959): “Vayamos al pobre”,  “El compañero Martín no es peligroso, pero...”, “Las posibilidades del cine”, “Tres poemas”, “La familia de don José”, “Himno al Señor”, “De la noticia al lector, pasando por la rotativa”, “La prensa de la Iglesia hace iglesia” y “Examen de cultura”. Había alguna que era monográfica, sin embargo, como la dedicada al humor, a la Navidad o la que lleva como título “Un obrero habla con Dios” (Diario íntimo de Luis Felipe del Moral).

 
Para informar al lector de cómo iba el mundo exterior, existía, entre otras, la revista Meridiano, “síntesis de la prensa mundial”, según rezaba en el subtítulo. Era madrileña, y durante muchos años fue su director Manuel Jiménez Quílez. Aunque sus temas eran más bien generales y de ámbito universal, de vez en cuando incluía artículos que atañían concretamente a lo español, como el “Elogio de la lengua española” del entonces secretario de la Academia Española Julio Casares, “Don Alfonso XIII”, “Nuevas normas de prosodia y ortografía”, “Don Leonardo Torres Quevedo, genio español de la Automática”, “Historia de Numancia “ o “La mejor singladura de una escuadra española”, sin contar con las fotografías que se refieren a diversas calles, plazas, parques y monumentos de Madrid, a los hijos de los hombres célebres (de Menéndez Pidal, Primo de Rivera, Ortega y Gasset, Concha Espina, Juan Belmonte, Ricardo Zamora...)
 

 

Los niños y adolescentes tenían también sus lecturas y sus colecciones. Entre las más conocidas se hallaban la Enciclopedia Pulga, con su famoso logotipo del libro abierto y el pie “El saber no ocupa lugar”, y su lema famoso: “Todo el maravilloso mundo de la ciencia, del arte, de la técnica, de la literatura, Historia, Viajes, Biografías, etc., a su alcance”. O la Enciclopedia Popular Ilustrada, con su lema “La tierra, el pensamiento, el hombre, las musas”. O la Colección Araluce, “Las obras maestras al alcance de los niños. Declaradas por Real Decreto de utilidad pública y de uso para las Bibliotecas Circulantes”, como rezaba su subtítulo. O la muy parecida Colección Ortiz, ésta sólo de clásicos castellanos.

Y hablando de clásicos, había también una Biblioteca de clásicos escolares, publicada bajo la dirección del R. P. Ramón Ruiz Amado, S.J., con tomos de Cervantes, La cristiada de Hojeda, Calderón de la Barca, La epopeya de América, Lope de Vega, Quevedo o Tirso de Molina.

Asimismo había un Don Quijote de la Mancha escolar adaptado a las mentes niñas y redactado pensando en ellas, que yo mismo, como ya he dicho, leía de pie y en corro con mis compañeros de clase, ante la mirada atenta del hermano Salesiano en el colegio que tenía esta Orden en mi ciudad natal. Este libro tenía una innovación y era que las partes descriptivas y “escenas menos convenientes a las mentes pueriles” habían sido suprimidas y resumidas gráficamente como en los Tebeos y demás historietas ilustradas, de lo que ya se ha hablado aquí de forma breve por salirse un poco de los límites de este trabajo, pero que constituían un gran alimento lector para los chicos de entonces. ¿Lo siguen siendo en la época actual?