domingo, 27 de septiembre de 2026

MEMORIAS DE UN JUBILADO. EL RÍO DUERO





Al río Duero:

Tu nombre siempre estará ligado a la ciudad y al barrio en que nací y me crié. El ruido maternal de tu corriente fluye incesante en mi memoria y siempre te querré aunque tus crecidas y riadas de enero fueran en mi infancia signo de miedo cuando las casas se inundaban hasta el primer piso y los muebles se convertían en barcos que bogaban a la deriva por doquier.


         Sin embargo, en verano, río Duero, hacías las delicias de las familias que vivíamos en tus márgenes, de tal modo que rara era la tarde en que al aflojar los rigores calurosos de la estación no bajara nuestra familia a cenar a alguna yerbera tuya, especialmente a la pradera más cercana a las aceñas. Con la estampa a la vista de una de las cuatro hermanas, la más molinera de todas, moviendo la rueda a impulsos de tus aguas y escuchando los resuellos de tu esfuerzo, nuestra madre extendía una manta sobre la yerba y sobre ésta la cena, sencilla pero completa, la sandía, las carnes empanadas, los pimientos fritos… todo aquel alimento parecía exigirnos con urgencia que diéramos buena cuenta de ello. 


Y a un aviso del ama y alma de la casa y del hogar, nos poníamos a cenar como dioses bajo el techo azul del cielo, mientras hablábamos con buen humor y nos contábamos las anécdotas que cada uno de nosotros habíamos vivido durante la jornada y notábamos que la luz de la tarde, ya puesto el sol, se iba apagando mientras sobre nuestras cabezas en el palio de la cercana noche iban apareciendo las primeras estrellas. Y casi siempre la reunión al aire libre acababa con la voz de nuestro padre contándonos sucesos de su familia cuando era niño. Y tú, finalmente, río Duero, ponías broche de oro a nuestra cena campestre, acompañando nuestro regreso a casa con tu incesante sonido camino del Puente de Piedra.

También en verano te prestabas a jugar con nosotros, los más pequeños del barrio, cuando nos bañábamos en tus aguas frías y cristalinas, a veces junto a las islas y otras bajo los arcos del Puente, y no puedo evitar recordar con emoción a veces y ternura y miedo, las palabras que me decía mi madre antes de salir de casa con la merienda que ella me había preparado: “Hijo, dale un bocado grande delante de mí.” Así se aseguraba de que aquella tarde no me iba a bañar y se quedaba tranquila. Pienso ahora con un tremendo escalofrío en aquellos muchachos que perdieron la vida en tus aguas profundas por la imprudencia propia de nuestra edad. Y me refugio en el recuerdo amable de los fuegos artificiales que el Ayuntamiento llevaba a cabo sobre tus aguas milagrosamente iluminadas en la fiesta de San Pedro. Y es que con la llegada del nuevo día, muy temprano bajábamos un grupo de amigos a tus orillas a rebuscar restos de pólvora no quemada para escribir en el pretil de los vencejos nuestros nombres y prenderles fuego; y allí quedaban grabados todo el año, hasta las siguientes fiestas de San Pedro, en que volvíamos a repetir la operación.


Los veranos, gracias a ti, querido río Duero, eran infinitos junto al paso poderoso de tus aguas, parecían no acabarse nunca, como los partidos de fútbol que jugábamos alineados en dos equipos: el Barça y el Madrid. Partidos que duraban hasta que oíamos las voces de nuestras madres llamándonos para cenar, cuando ya ni veíamos la pelota ni las piernas de nuestros contrarios, que se habían convertido, por la magia de la noche y el ardor de la competición, en frontones de nuestras patadas. Partidos de fútbol que, todo hay que decirlo, jugábamos con sandalias de goma para podernos meternos en tu corrientes sin dilaciones innecesarias cada vez que la pelota, en chutes sin diana, rebasaba los límites de la yerbera y navegaba a la deriva hacia el primer arco del Puente. Por unas cosas o por otras, tú, río Duero, fuiste siempre testigo de nuestras vidas y nuestras andanzas. Lo mismo que sigues siéndolo de la historia y la intrahistoria vital de nuestro barrio y nuestras familias. Gracias por todo ello, río Duradero.


Por el Puente van y vienen

al pasado y al presente

todos los buenos recuerdos

que mi existencia entretejen:

son recuerdos de aquel tiempo

que a pesar de que no vuelve

forman parte ya del cuerpo,

del corazón y la mente. 

 

jueves, 17 de septiembre de 2026

LECTURAS PARA SEPTIEMBRE (II) VERSO





 RECUERDO DE LA PANDEMIA

En unas pocas horas cambia todo.

Hay gaviotas que apenas saben volar

y en segundos aprenden a capturar un pez.

Hay bañistas que tendidos en sus toallas

hablan de la muerte de un ser conocido

ocurrida en el pueblo esta misma mañana.

“Era mayor”, dice uno,

y otro: “Pero aún tenía sueños que cumplir.”

Hoy es agosto y mañana septiembre.

La pandemia que hoy nos tiene esclavizados por el miedo

puede ser mañana una feliz liberación.

Aun así las olas repiten sin descanso

Su alegría y su tristeza:

nacen en el horizonte donde bailan los mástiles de los barcos

y mueren en la orilla en espumas susurrantes

junto a los pies de los bañistas que salen del mar

o pasean imitando las pisadas

que van y vienen también sin parar.

Como los barcos que, en la luna de la playa

que limita con el recinto amurallado de la Vila Vella,

traen y llevan viajeros a las calas vecinas.

La vida hasta la muerte es movimiento,

ir y venir, traer y llevar, pasar, nacer y morir.

Y todos nosotros, como dijo Lope,

pasados los siglos, horas seremos.





 CICLOS

La rojiza pinaza

alfombra todos los caminos

tras haber lavado la lluvia

todos los pinos.

En septiembre el mar

muda su calma y su ritmo

y con bravo oleaje

rompe sus quicios.

Sigue la naturaleza

repitiendo sus ciclos,

estación tras estación,

a lo largo de los siglos.

Al contrario, el ser humano

cumple sin quejas su sino:

pasar haciéndose viejo

        sin volver a ser el mismo.

 



         NUEVAS SOLEDADES

Soledad divina,

soledad profana.

Las dos pueden darnos

las mismas ventajas.

Las dos nos acercan

a la dicha humana.

Si vamos a Dios

a través del alma,

llegamos alegres

a la paz más alta.

Y a través del cuerpo

calmamos las ansias

de nuestros sentidos:

¡la vida nos canta!




TODO REGRESA

Buscada soledad,

leal y disfrutada

mientras muere septiembre

en un día de calma.

Las campanas del pueblo

las horas pautan

mientras, ya libre, el mar

con olas canta.

El tiempo por  nosotros

sin miedo pasa

y la acción que tuvimos

es ahora calma

pulida por la edad

experta y sabia.

En vez del "pasa todo",

el pasado lo guarda,

y el latido presente

todo lo salva.




martes, 8 de septiembre de 2026

LECTURAS PARA SEPTIEMBRE (I) PROSA

 


 Mientras septiembre avanza como puede entre tanta convulsión meteorológica, social y política, he creído que no venían mal cuatro relatos de tema ligero, que siempre serán una lectura más llevadera y desde luego ajena a una realidad que nos está pellizcando el corazón y la mente más de lo debido.



Le toca a usted

La sala de espera era limpia, silenciosa y amueblada solamente por filas de sillas arrimadas a las cuatro paredes. Me senté en una que estaba frente a la puerta abierta por donde de vez en cuando salía a la sala una enfermera para pronunciar el nombre de un paciente mientras me miraba interrogativamente y yo negaba con la cabeza. 

Después de un buen rato de repetirse la jugada, la enfermera me dijo: “En vista de que ningún paciente ha llegado todavía, puede pasar usted.” 

Recorrí un pasillo lleno de puertas cerradas y sin letreros indicativos y seguí a la enfermera hasta la puerta del fondo, entreabierta, que tenía una pegatina con tres conos de radiactividad pintados en ella. La enfermera entró y a un gesto suyo la seguí a una salita que contenía una camilla arrimada a la pared de la izquierda. Me dijo señalándola: “Tiéndase en la camilla sólo con la ropa interior.” La obedecí mientras se iba diciéndome: “Dentro de cinco minutos empezará su prueba.” Cerró la puerta tras sí y me tendí sobre la camilla dispuesto a esperar el tiempo que había dicho. 

Tendido osbre la camilla, me puse a mirar al techo a ver si descubría alguna mancha que examinar. Así estuve un tiempo que se me hizo eterno, hasta que de repente oí pasos que corrían hacia la salida y golpes de puertas que se cerraban. Alarmado, me tiré de la camilla y me vestí aceleradamente mientras la luz de la salita se fue apagando hasta dejarme completamente a oscuras. A tientas logré calzarme las bambas y empujé la puerta para salir al pasillo, pero estaba cerrada con llave. Presa del pánico, empecé a golpear la puerta con los puños y abrí la boca para gritar pidiendo ayuda. Entonces oí que alguien pronunciaba mi nombre. Abrí los ojos. La enfermera repitió mi nombre. Asentí con la cabeza. Ella dijo: “Le toca a usted. Puerta número 2".




Un sueño real

En mil seiscientos y pico en la capital de la Toscana italiana un juez cuya prudencia era inferior a lo que se esperaba de su función pública, juzgó a una mujer acusada de bruja, la cual, durante la vista afirmó que podía asistir al aquelarre si se le permitía pasar antes por su casa para frotarse el cuerpo con ungüentos mágicos. El juez le dio permiso, y la mujer, tras untarse las sienes, el cuello, las palmas de las manos y las plantas de los pies con uno de esos ungüentos, al instante cayó en un sueño tan profundo que las quemaduras, los pinchazos y los azotes que le dieron no lograron arrancarla de su letargo. 

Cuando despertó al día siguiente, el juez le preguntó qué experiencia había vivido en el Sabbath. La mujer respondió sin titubear: “Lo de siempre, salvo que un brujo celoso de mi unión carnal con el diablo, me castigó a que me quemaran las manos, pincharan mis pechos con agujas de tejer y me propinaran fuertes azotes en las nalgas. 




He estado en el Más Allá

El amigo del paciente aguardaba expectante a que éste despertara de la postración en que había caído. Tendido sobre la cama, inmóvil, helado y pálido, le parecía más bien un muerto, aunque el médico que le atendía le había dicho en más de una ocasión que seguía teniendo pulso. 

Sin embargo, en un momento dado, se atrevió a preguntar al galeno por qué tardaba tanto en volver en sí. Entonces el doctor se vio obligado a explicarle lo que le estaba ocurriendo al enfermo: “Todo se debe al eléboro, principal componente del ungüento que el curandero del pueblo le aplicó en el pecho para curarle la fuerte bronquitis que padece, sin conocer en su torpe ignorancia el alcance de los efectos del eléboro, principalmente terribles vértigos y excesivos enfriamientos. De ahí el aspecto cadavérico que muestra el paciente. No se preocupe: más tarde o más temprano podrá volver a charlar con usted.” 

El médico se fue a atender a otro enfermo y el amigo, más confiado que antes, esperó a que su amigo volviera a la vida. Y eso ocurrió algo más tarde. Cuando el paciente primero movía los dedos de la mano y luego abría los ojos. Poco a poco el color volvió a su piel y de repente todo su cuerpo tembló de pies a cabeza mientras profería un grito espeluznante. 

El amigo se acercó a él y le preguntó qué le pasaba. El paciente le miró con ojos aterrorizados y susurró: “He estado en el Más Allá y por fin me he librado de él.”




La piedra de Osiris

En un lugar de la Zamora del siglo XVI dos brujos de diferente edad hablaban de las torturas que la Inquisición empleaba para hacer hablar a los acusados de hechicería. 

El de mayor edad, que mostraba brazos y piernas llenas de cicatrices debidas a esas torturas, le decía al brujo más joven: “Procura no caer en las garras del Santo Oficio, porque los suplicios de que se vale te harán confesar hasta que mataste a tus propios padres o a Dios mismo. Los hierros y el fuego que emplean además de dejarte cicatrices más horribles que estas que ves en mis extremidades acabarán con tu vida.” 

El brujo joven vaciló antes de preguntarle a su colega: “¿Y entonces tú cómo conseguiste sobrevivir?” 

 “Aunque te lo diga, de nada te servirá”, respondió contundente el hechicero de más edad. 

“¿Por qué?”, preguntó sorprendido el joven. 

“Cuando yo era como tú y asistía al Sabbath”, repondió el anciano, “existía un curandero en Valladolid que vendía la llamada piedra de Osiris, una especie de pasta grasa y de color ligeramente morado que aliviaba cualquier dolor producido por el hierro y el fuego, aplicándola fría sobre el lugar afectado. Eso hice yo nada más sufrir los tormentos de la Inquisición. Pero eso sucedió hace muchos años, y el curandero de Valladolid ya no existe. Y en cuanto a la piedra de Osiris, tengo entendido que sólo se encuentra en zonas desérticas de Egipto.” 

El brujo inexperto, tras pensar unos segundos en lo que su colega le acababa de explicar, dijo: “¡Me has convencido: hoy mismo me marcho a Egipto a buscar la piedra de Osiris. Y que las garras del Santo Oficio desgarren mi piel con sus hierros y su fuego, que ya se encargará esa mágica piedra de aliviarme cualquier dolor que me causen.”

 Y nada más despedirse de su colega de torturas y encontrarse a solas, cogió todo el dinero que tenía en casa y echó a caminar hacia el puerto. Allí entró en una taberna y se puso a hablar con dos viejos pescadores del viaje que iba a hacer a Egipto para hacerse con un trozo de la piedra de Osiris. Uno de ellos dijo que sabía cómo podía hacerse con pequeñas porciones de esa piedra mágica sin necesidad de viajar tan lejos. Y concluyó: “Y por sólo diez monedas puedes comprar dos buenos pedazos.”. El hechicero se alegró al oír esa noticia y le preguntó dónde estaba ese lugar. El pescador  respondió: "Sólo yo sé dónde está." Se levantó mientras añadía: "Espera aquí que ahora vuelvo." El otro pescador al quedarse solo le dijo al joven brujo: "Vete de aquí antes de que mi compañero regrese. Es un farsante: sólo quiere beber vino a costa de gente buena como tú. La tal piedra de Osiris es un invento." Al oír eso, el hechicero joven sintió de repente un miedo tan insoportable que despertó empapado de sudor, y el libro que estaba leyendo cayó de golpe al suelo. El joven lo recogió y leyó el título: Historias de hechiceros y hechicerías. Sonrió aliviado diciendo: "No vuelvo a leer ningún libro más de este tema."