jueves, 31 de octubre de 2024

OTOÑO, CARPE DIEM


El lugar común literario llamado CARPE DIEM es empleado por los poetas como un deseo imperioso de disfrutar de la vida pese a los aspectos negativos que proporciona el mero vivir. Y así inventan refugios y hasta paraísos efímeros para capear el temporal de las horas bajas que siempre los acechan en el camino diario. Es lo que he intentado llevar a cabo en mi último libro hasta el momento publicado ESTOS OCTUBRES, del que extraigo algunos fragmentos  relacionados con el mencionado Carpe Diem.

 

"Octubre es el heraldo del otoño,/ de los fríos, las lluvias y las sombras,/ pero también del vino y del milagro/ de traernos aún algunas rosas. / Viajeros sin vuelta, en el camino/ vamos viendo agridulces aventuras,/ percances y accidentes familiares/ que nos dejan el alma en la penumbra./ Pero también nos salen al encuentro/ infancias renovadas, juegos, cantos,/ claridades de niños que se duermen/ en la cuna feliz de nuestros brazos." (página 59)



"Con esta luz callada del otoño/ se nos madura el corazón y, fiel/ a los demás se da como simiente/ de alianza, de paz, de entendmiento./ Tras la lluvia, limpio su rostro antiguo,/ la ciudad se despierta más humana/ y la gente camina por la calle/ como recién resucitada, nueva/ como arboleda joven junto al río." (página 61)


"Tú eres la vida,/ llevas reliquias de muchas primaveras/ cargadas en tus hombros/ y decenas de estíos curtiendo tus misterios./ En tu otoño ya tienes, cuajado de aventuras,/ lo que andabas buscando entre plumas y lunes,/ facturas de silencios y sombras de ternura:/ todo el sol para ti en playas y jardines,/ lecturas y sosiegos y amor a la familia,/ Tú eres la vida,/ la vida que fecunda los dulzores/ de todas nuestras uvas." (página 63)

 


"Hoy no traigo unos versos/ escritos con nostalgias,/ con doradas tristezas/ del romántico ayer./ Es tan rico el presente,/ tan caudaloso el río de la vida,/ que apenas tengo tiempo/ de pensar en la nieve/ que le dio vida un día,/ ni en el mar que mañana/ acogerá su muerte./ ¡Cuesta tanto anclar en la mirada/ o apresar con las manos algo vivo/ más allá de un instante!" (página 64)


"A estas alturas de la vida quiero/ tener tranquilidad para poder/ gozar de lo que amo: el mar en el verano,/ un crucigrama azul y las estrellas/ de espuma en la cerveza./ Y aunque el otoño corta las alas a la luz/ un poco cada día/ y la lluvia se empeña en darme su tristeza,/ a estas alturas de la vida sigo/ mirando hacia adelante,/ rellenando el impreso de la lucha/ y esperando estrenar otro paisaje," (página 65)

 



"De este tiempo de júbilo, de racimo hermanado,/ escojamos la esencia del vino y los abrazos/ para que, cuando un día por el camino largo/ de nuestra vida estemos a punto de dejarlo/ y los recuerdos suban con tristeza a los labios,/ podamos ver de nuevo, palpitantes, las manos/ que en racimo querido levantan estos vasos,/ y sonrientes los rostros que están a nuestro lado./ La misma luz feliz con que ahora brillamos /más tarde o más temprano vendrá para alumbrarnos/ y para consolarnos los días de los llantos." (página 68)

 

"Mientras el tiempo lata en nuestro pecho/ y en nuestros ojos brille, nueva,/ la luz de cada   día/ sin la amenaza infiel de la tormenta./ Mientras crezcan las ramas hacia el cielo/ olvidando los lutos de la tierra,/ se poblará de canto, luz y vuelo/ el árbol que nos lleva./ Mientras sigan sonando vuestros nombres/ en racimos de fiestas,/ en anillos de versos,/ nuestro árbol vivirá su primavera." (página 70)

 


"Mis versos, como hojas de otoño,/ han ido cayendo en vuestras manos,/ en las copas de vino que endulzaban/ las voces enredadas en los labios./ Lo he dicho casi todo de vosotros,/ de ti y de mí, y del camino largo/ que juntos hemos ido descubriendo/ y espero que sigamos caminando./ Pero me queda todavía la ocasión/ de pedir más luz para alumbraros/ el camino que os queda recorrer,/ y tierra firme para aguantar vuestros pasos." (página 72)

 

"Cumplir años no es pasar/ las hojas de un calendario:/ es activar los pedales/ para hacer rodar las ruedas/ y recorrer una etapa/ de nuestra propia carrera./ Es manejar el timón/ para que el rumbo sea recto/ y, pese a la marejada,/ llevar el barco hasta el puerto./ Cumplir años es seguir/ navegando en este mar,/ recorriendo nuevas rutas/ y sin dejar de remar." (página 74) 


 

jueves, 24 de octubre de 2024

OTOÑO, LOCUS AMOENUS

 


Continúo lo iniciado en la entrada anterior de OTOÑO EN POESÍA, en el que hablaba de mi último poemario, ESTOS OCTUBRES, que, dedicado al hermano mayor, como enlace entre nuestros padres y nosotros el resto de los hermanos, reúne casi cuarenta poemas que fui escribiendo todos los años, desde 1978 a 2014, para leerlos durante nuestros encuentros de familia, celebrados en octubre, mes en que el hermano mayor cumple años.

 

LOCUS AMOENUS

"Ni nada es como siempre ni todo es como antaño;/ ni tan sabios los ojos ni tan vivas las manos./ Vamos envejeciendo, y hemos andado tanto,/ que nuestras mentes viven a veces de pasado,/ de ilusiones perdidas, de caminos errados,/ de olvidados membrillos y pálidos retratos./ Pero vamos creciendo con la fuerza del árbol/ que sufre los otoños, el hielo y los hachazos./ Y cada primavera vivimos el milagro/ de tener nuevas hojas de futuro en los brazos,/ nuevas causas y soles para seguir andando/ por la senda diaria de este bosque animado." (página 45)

 


"Gracias, octubre:/ tus ricas arcas/ guardan nuestros reencuentros/ de sobremesas plácidas,/ de sonrisas y besos/ al hermano que doma/ diferencias y tiempos./ Gracias, octubre,/ por traernos recuerdos/ y  cosas de la casa/ que un día nos unieron,/ ¡oh, divina pomada/ que cura nuestros miedos!"  (página46)

 

"Aunque a veces la vida/ nos confunda la marcha,/ junto a la línea triste/ donde el silencio manda/ y la luz de la vida/ se disipa en la nada,/ seguirán respirando/ nuestros fieles fantasmas/ con la voz de la madre,/ con el sol de la infancia,/ en las salas vacías/ de nuestra amada casa." (paginas 47 y 48)

 


"Sólo cuando el alma en sus cimientos/ se siente sacudida, el hombre sueña,/ se vuelve otra vez niño y se encamina/ en un soplo de luz a su escalera,/ a su casa querida y a su plaza,/ a la Arcadia más fiel y verdadera./ Y otra vez aquellos ojos y manos,/ que hoy sólo son señales de tristeza,/ volveran a ser alma de cariño,/ de amorosa, de maternal presencia./ Y otra vez aquellos ojos y manos/ que hoy ya tan sólo son silente tierra,/ volverán a ser nidos de futuro,/ sagrada claridad de promavera." (páginas 49 y 50)

 

"Mirando hacia adelante,/ como el árbol que ve marzo en sus ramas/ y siente que la savia viene aprisa/ a preñar de futuro su mirada./ Como el ave que sale a buscar otra/ para tejer el nido una mañana/ y vive sin temer bajo sus plumas/ el cartucho que siempre la amenaza.../ Mirando hacia adelante,/ hacia la luz más nueva, la del alba/ que amanece contigo cada día/ y te abre la puerta a la esperanza.../ Siempre mirando hacia adelante,/ avanza, avanza, avanza,.." (página51)

 


 

CARPE DIEM

 

"Caminando por la vida,/ como quien no hace la cosa,/ llegas al pie de otro otoño dispuesto a beber su copa./ De un trago experto la bebes mientras miras a las sombras/ que se van quedando atrás entre las vividas rosas./ Caminando por la vida,/ como quien no hace la cosa,/ vas cumpliendo otros otoños,/ viendo abrirse nuevas rosas,/ y lo que es más importante:/ siendo tan buena persona,/ y amando, como tú amas,/ lo que aprendiste en Zamora." (páginas 55 y 56) 

 


"Vivir,/ sólo vivir,/ como hasta ahora,/ disfrutando lo bueno de cada hora,/ y no pensar en lo malo/ que un día pueda llegar;/ que aunque es aguda la espina,/ sigue la rosa/ perfumando la mano/ de quien la toca./ Vivamos/ sin buscar preocupaciones,/ junto a los nuestros/ y sus razones/ y no esperar milagros/ que nos confundan/ la luz y el pan./ Vivir,/ sólo vivir,/ y alguna vez soñar." (páginas 57 y 58)

 

(Continuará)

 

miércoles, 16 de octubre de 2024

OTOÑO, TEMPUS FUGIT

 


El otoño gusta más a los poetas que el verano porque es una estación que invita al recogimiento y a la contemplación. Los colores y la calma que se dan en  la naturaleza durante el otoño ayudan a recobrar el equilibrio físico y mental perdidos muchas veces en el verano, con el movimiento, el bullicio y las fiestas.

A mí que me gusta mucho el otoño siempre he querido que esta benévola estación tenga una presencia, si no constante en mi poesía, sí notable y a veces tanto que mi último libro hasta el momento publicado lleve un título íntimamente relacionado con la estación, Estos octubres,(Carena, Barcelona , 2015).

A continuación incluyo algunos versos pertenecientes a los poemas que componen Estos octubres, para que los que no tienen el libro al menos se hagan una idea de su contenido.



TEMPUS FUGIT

"Nosotros, los viejos frutos, / al mirar el brillo añejo / de fotos amarillentas,/ con qué razón comprendemos/ que la vida es algo más/ que mirarnos al espejo;/ es luchar a pecho limpio/ dejando a un lado los sueños;/ levantar por la mañana/ los andamios del esfuerzo,/ y a la noche, desarmarlos/ sin una queja, en silencio,/ con la conciencia tranquila/ y el despertador a tiempo." (páginas 20 y 21)


"Y todo ese pasado tan lejano y reciente/ lo aceptamos sin pena/ porque otro otoño viene a regalarnos/ los brindis y la vida del reencuentro,/ el beso callado de la verdad caliente,/ que es seguir caminando con luz en la mirada/ y sueños renovados en nuestros corazones,/ aunque ninguno de nosotros sea ya el mismo/ y todos ya seamos un año más mayores." (página 23)



"La mejor emoción/ es cantar con la gente/ que nos quiere y nos siente/ con luz del corazón./ Y aunque el tiempo es tormento/ por su veloz torpeza,/ tendremos la certeza/ de haber sido un momento/ racimo duradero/ de alegre compañía,/ oro puro de un día/ de un otoño sincero./ Es verdad que nos vamos/ de nuevo a otras tormentas/ de andamios y de cuentas/ que nunca deseamos./ Pero dentro de nada/ volveremos a vernos./ Y otra vez los inviernos/ serán dulce alborada." (página 25)


"Entre el agua vivida, cauce seco,/ que ya no riega el alma como entonces,/ y el río que nos lleva hacia adelante,/hacia paisajes nuevos y experiencias/ que harán de nuestros barros nuevos cuencos,/ será mejor seguir el agua viva/ y olvidar de una  vez la noria vieja;/ Lavarnos de una vez la ropa sucia/ y salir como niños sin malicia/ a jugar con el sol de la mañana." (páginas 26 y 27)




LOCUS AMOENUS

"Nos enseñaron bien. Buenos maestros/ tuvieron nuestras vidas zamoranas./ Ya no oímos sus voces. Ya no vemos sus cuerpos./ Pero ¿quién de nosotros, sin perder la emoción,/ podrá decir que no siente a su lado/ el aliento constante de sus almas? Siempre irán con nosotros. Serán siempre/ la brújula que oriente nuestra marcha./ ¿Para qué la tristeza si ellos laten/ aún en nuestras venas cotidianas/ y seguirán latiendo en los caminos/ que nuestros nietos abrirán mañana? (páginas 37 y 38)


"¿Qué luces y qué sombras nos esperan?/ ¿Qué nuevas esperanzas están siendo/ creadas para el árbol zamorano/ que aún en nuestras almas sigue entero?/ Yo sé que la semilla paternal/ crece limpia en nosotros. Y el anhelo/ de hacer la cosas siempre con justicia,/ que en nosotros también sembraron ellos,/ nos unirá otra vez./ Y siempre juntos, como ramas de un mismo tronco eterno,/ seguiremos amando las raíces/ que nos convierte en sol contra el invierno." (páginas 42 y 43)


(Continuará)

domingo, 6 de octubre de 2024

OTOÑO, EL FANTASMA DEL CINE MARAGALL

 


EL FANTASMA DEL CINE MARAGALL

Allá por los últimos años de la década de los sesenta del siglo pasado, cuando aún nosotros íbamos a ver alguna que otra película al cine Maragall de Barcelona, una tarde de otoño un hombre de mediana edad encontró allí la muerte mientras veía La mujer X, de un infarto de miocardio, según dijeron las noticias de la noche en la Televisión. Desde entonces hasta el momento en que el cine Maragall se cerró para siempre, siguiendo el camino de tantos otros, como el Venecia, el Diamante, el Odeón, el Virrey Amat, etcétera, todos en la misma zona, no volvimos a ver una sola película en el Maragall. 

La muerte repentina de aquel espectador anónimo nos quitó las ganas de volver. Justo una semana antes del triste suceso también nosotros habíamos ido a ver La mujer X, la historia extraña de Holly Parker, personaje encarnado por Lana Turner, una de nuestras actrices favoritas de entonces a la que llamábamos la estrella de la mirada triste y que habíamos visto en muchas otras películas, El cartero siempre llama dos veces, Imitación a la vida, Cautivos del mal, La senda prohibida, Brumas de inquietud, Retrato en negro… No dejábamos de hablar de la muerte de aquel hombre ni de la película. ¿En qué momento exacto de ella había dejado él de ver las imágenes proyectadas en la pantalla? ¿Su corazón había dicho basta cuando la modesta dependienta de San Francisco daba el sí quiero a Clyton Anderson en el mismo altar de la iglesia en que ambos contrajeron matrimonio? ¿O fue en la mansión de Connecticut donde el magnate establece su hogar familiar tras casarse al ser recibida la pareja por la madre de Clayton, una mujer dominante que viviría con ellos incluso después del nacimiento de su hijo Clay? ¿O acaso sus ojos sin vida se quedaron fijos en la terrible escena en que el divertido playboy Phil Benton, en quien Holly había buscado refugio para aliviar la soledad a la que la habían conducido las constantes ausencias de su marido, que muere en un accidente de coche?


Pasó el tiempo y aquel suceso de la muerte de un hombre mientras veía La mujer X en el cine Maragall se fue con él hasta perderse en el olvido al que suele envolver el polvo del pasado. Hasta que en junio de 1995 la Televisión dio la luctuosa noticia de la muerte, causada por un cáncer de esófago, de Lana Turner, símbolo sexual de los años cuarenta. Entonces irrumpió en nuestra memoria, con la violencia de la lava de un volcán, el recuerdo de La mujer X y el infarto fulminante que sufrió aquel espectador anónimo mientras veía la película. Y esa misma noche tuve una pesadilla que, para mi desasosiego, se repitió en varias ocasiones con tanta verosimilitud que me obligó a escribirla a grandes rasgos en una postal de Connecticut que luego quemé. Al poco tiempo dejé de tener aquel mal sueño. En él siempre veía yo las mismas escenas: Lana Turner bebía lentamente el contenido de un vaso de whisky mirando fijamente al espectador, que acababa de morir ligeramente ladeado en su butaca. Cuando la actriz acababa de beber acudía al lugar donde se encontraba el difunto, le daba la mano y lo invitaba a seguirla. Como dos fantasmas enamorados enlazados por la cintura atravesaban las paredes y salían a la calle. En la acera me cogían entre los dos y me elevaban en el aire a tanta velocidad que me obligaban a cerrar los ojos. Cuando los abría, sólo estaba a mi lado el hombre muerto, vestido con un lienzo traslúcido, que me decía: “Sólo podrás deshacerte de mí quemando mi nombre.”


 


viernes, 27 de septiembre de 2024

OTOÑO, LA LUZ MELANCÓLICA

 



I.

Vivir este presente, esta caricia

de otoño y de cerveza, estos donaires

de andamio consentido y cama alegre

donde el amor es cómplice del sexo.

Vivir la luz de ahora,

comprobar que la trama de la vida

no es alma de novela:

sólo huella y rastro y gesto y canto

de latido presente,

sencillo compromiso con la esencia

de ser antes que nada flor que muere,

fuego humilde que arde con la leña

del tiempo bien vivido.


Y aprender de los pasos cotidianos

que todos somos barros en los dedos

de algún dios despistado

que al azar en pie nos puso una mañana

y al instante se olvidó de nosotros.

Sin embargo, madurar con la fe

de la uva que algún día será vino.





II.

El viento está que acosa, hiere y mata

las ramas de los sauces. Vuelan muertas

las hojas amarillas y se posan

como plumas sin vida de oropéndolas

en la orilla del río, lluvia de oro

que llena de nostalgia nuestras vidas

al pensar que también fuimos felices.

“Ven; no pases de largo. Para; quédate.
Ya no hay remedio, salvación posible”.

La belleza es tirana: obliga a verla,

a darle el corazón, a amarla siempre

aunque nada nos deje en su partida.

Así mi amor por ti, que fuiste el viento

que arrasó los ramajes de mi vida.

(A José García Nieto)




III.

Mañana otoñal.  Ahora esperas

sobre el andén al tren que vendrá pronto

mientras lloran las letras en las hojas

del diario gratuito.

No discriminem les persones amb SIDA

Nuevas pistas señalan al vecino de los McCann

Kidman teme seguir los pasos tristes

de la Princesa de Gales.

¿Qué te reportará el día en Barcelona?

¿Saldrá tal vez el sol? ¿Habrá alguna incidencia en la salida

cultural con los chicos?

El manco de Lepanto y dos novelas

pasadas al teatro y luego el vicio

de recorrer los pasos del Manchego

por las calles vetustas de Barcino.

Pensamientos de miedo y esperanza

El miedo al aire entre las hojas secas

que se mueren con quejas amarillas

y el aire quieto de ausencias transparentes.



El tren llega, lo coges. Dentro el mundo

del libro y del trabajo

enzarzan

sus ardientes condenas.

Barcelona expectante

te aguarda tras el vientre de los túneles.

Llega Clot, el teatro, Cervantes

y una boda engañosa.

Dos actores

se multiplican en soldados,

licenciados, doncellas,

damas taimadas que ocultan sentimientos.

Abren cestas de mimbre,

izan velas, dialogan, cantan

simulando voces dulces de mujer...

todos los trucos

de la tramoya que no da más de sí,

un telón y las sombras

y la Portada

de las doce Novelas Ejemplares.

Los premios del aplauso y se fini.

La humedad de la calle, el barrio suelto,

ruidoso entre semáforos, las tiendas

y la gente de espaldas a la muerte,

caminando con luz en la mirada

hacia los duros mercados de la vida.



De nuevo los andenes, los billetes

del tren de cercanías

que alejan los olvidos y los miedos

y acercan en suspiros virtuales

la esperanza de los últimos andenes.

Y abandonas el vientre subterráneo.

Profesores y alumnos como topos.

Ascendéis a la luz de la Plaza.



Devenís aves libres

de vuelos callejeros,

ríos habladores

en busca del Quijote por el Gótico,

el Call, la Sinagoga,

los balcones que antaño voceaban

al paso de los héroes.

El mar estaba cerca. El fin al borde

de una herida en la arena, velas rotas

por arcabuces ciegos. Y en la playa

de la imaginación

Sansón Carrasco vence al caballero,

pone punto final a la locura.


Cerca está la casa de Cervantes.

Desde ella otea aún el mar caliente

de aventuras, galeras y grilletes,

y ve caer vencido a su otro yo

a punta cruel de lanza de destierro.

Madrid le espera ya sin tumba fija

a la deriva entre docenas de esternones,

calaveras y tibias. Eso piensas

mirando la fachada

que frente al mar recuerda el paso vivo

del Manco de Lepanto en Barcelona.



Mientras arriba, el cielo encapotado,

aguanta la tristeza del momento.

Cruzáis la Layetana, gotas frías

os ungen de repente. El muro gris

de Santa María del Mar lava

su silencio con lluvia de otro otoño.


Mientras sigue la llama

del vecino Fossar de las Moreras

diciendo Cataluña no quiere ya más eñes,

no quiere más palabras de Castilla en la lista

de los muertos por la Comunidad.


Pero la lluvia cae con eñes de cien sueños

sobre las duras baldosas de la plaza.

Los alumnos descansan mientras comen

en los bares cercanos.

Y tú con tus colegas

visitáis las Caputxes.

Sentados a la mesa en la ventana

veis el arco apuntado de la iglesia.


Lasaña y vino. Y lluvia

tenaz sobre la plaza.

Cada adoquín es ya charol humilde,

y en tu alma se moja la semilla

de la nostalgia inútil.


Se reanuda el paseo, ya de vuelta,

hacia los vientres trepidantes de los túneles

con la fatiga hiriendo

los escudos más fuertes.

Os saluda Picasso al pasar por su patio

y os muestra la ropa hecha jirones

de un arte de entreguerras de una guerra

pintada en las Meninas y en cerámicas,

en trastiendas de polvo y oro viejo

de la calle Montcada.


Pasáis por Arcos Rojos

con murciélagos regios en los bordes

y leyendas de finales de siglo

cuando Onofre Bouvila imitaba al Quijote

en manos de Mendoza, otro Cervantes

sin deriva y sin ganas de soñar

en anónimas tumbas.



Como tú,

a quien de toda la salida cultural

te queda solamente el ruido de la plaza

de San Felipe Neri, los zumbidos

de unos niños jugando a la pelota

y los gritos callados de los tiros

grabados para siempre en las paredes.

Cervantes, el teatro, Barcelona.

Y el fusilamiento impasible del olvido.

(A los profesores y alumnos de La Románica)








viernes, 20 de septiembre de 2024

ADIÓS AL VERANO

 


Mientras llueve en Tossa de Mar, le digo adiós al verano, que nos ha dado tantas cosas. Y doy la bienvenida al otoño, que nos dará otras, si no mejores, al menos tenemos la esperanza de la sorpresa y eso ya es mucho, ¿no os parece, amigos? 

Y lo hago, ya que hace este tiempo de menos luz pero igual en motivos románticos, dedicando un recuerdo a Londres, que siempre viene bien si tenemos en cuenta su clima y su espíritu.

Lo peor de Londres por las noches es sin duda tener el apartamento encima mismo de un pub. Voces desaforadas, ruidos de cristales hechos añicos, trompetas para despertar a los diablos, mensajeros de un infierno nocturno--.Asustan verdaderamente por las noches las colas de los bebedores de cerveza en las aceras de los pubs. Y lo mejor de Londres, deshacerse de un manotazo de olvido de las noches de infierno y entregarse a la paz de la mañana que se andamia de gente que cumple su destino.


Las colas de gente 
en la capital del país son tan típicas como los teléfonos rojos plantados en mitad de las calles. Nos enternece ver a los ejecutivos formar colas inmensas al mediodía para comprar el almuerzo minutos antes de refugiarse con las bolsas en un jardinillo delante de una iglesia o en las praderas de un parque para alimentarse en buena compañía.

La escalera del apartamento huele tanto a humedad y moho, que nos entran ganas de rebautizar el barrio con el nombre de Moho, en lugar de Soho --y eso que cerca tenemos un café que sirve deliciosas pastas y el aroma diverso de los cafés del mundo que emana de las Algerian Coffee Stores--.

A Portland Place se ha venido a vivir el siglo XVIII en pleno --en arquitectura debo añadir: ménsulas, columnas, carneros, semicírculos en las puertas, ladrillo marrón, almohadillado, balconajes de hierro, miradores blancos… ¡Vamos, el estilo de los hermanos Adam omnipresentes!--.


En el silencio y el sosiego
 
de Regent’s Park unos troncos muertos, alineados por la mano creadora del hombre, duermen sobre el césped. Escultura horizontal de savia fugitiva, de madera elevada a vida eterna.

Cantan cerca los chorros de las fuentes y los acompañan los ecos de nuestros pasos recorriendo los paseos que planificó John Nash, como un jardín de recreo, para el príncipe regente. Hay grandes jarrones que sirven de jardineras con tierra nueva para dar vida a plantas que adornarán en un futuro próximo esta callada belleza vegetal. No lo veremos, pero ya habitan igual nuestro recuerdo.

Hay rápidas e inquietas ardillas solitarias que corretean en los parterres sin asustarse de nosotros --verdaderos intrusos en esta paz que les pertenece--. Nos da miedo dar un paso, llevarnos una mano a la barbilla para no sacar del sueño esta belleza que convierte en eterna la mañ

Cuatro leones alados que mantienen las fauces abiertas aguantan en sus lomos una jardinera de aire dieciochesco. Recipiente agraciado para las estrellas azules de las clemátides que se encienden sobre la piedra volcánica.

Al final del paseo una fuente habla en voz baja para no molestar a una solitaria lectora que ocupa el cenador cercano. Y son nuestros pasos los que obligan a la mujer a levantar la vista de su libro y fijarla en nosotros. Y se queda pensando de repente --como si fuéramos los personajes de la novela que lee--. Nos sonríe en silencio. Y nosotros, ufanos, nos perdemos en la siguiente página del Parque.


Los rosales de la Reina Mary
 
tienen rosas con nombres sugerentes --Ingrid Bergman, Recuérdame, Lady Adorable, Magestic, Canción y baile, Nostalgia, Belle epoque, Sigue sonriendo, Ice Cream,..--, y también nombres contradictorios --Terciopelo fragante, rosas pobres y mustias, o Simplemente la mejor, por cierto, sin olor--.

Un alto en el paseo para admirar un gesto de imposible sangre. Un alto para admirar al niño de bronce que amenaza con su lanza invisible al buitre que le sirve de corcel.

Poesía en movimiento, rosas amarillas, perfume que se mece bajo un cielo cubierto. Nubes que buscan su posición. Gente que mira y habla como si todo formara parte de un poema. Poesía en movimiento.

En el estanque del Puente las ondas blancas que levantan los patos al nadar rompen los reflejos verdes de los árboles de la orilla.

Un águila de hierro, con las alas abiertas, se dispone a zambullirse en el fondo del estanque. Nos preguntamos si el plan de la naturaleza hará ahora un milagro.




(De Calidoscopio londinense)







 

domingo, 15 de septiembre de 2024

ESTE VERANO CADA SEMANA UN TEXTO (XII) UNA LEYENDA DE ÁVILA: LOS GUANTELETES DE PIEDRA

 


La última vez que estuve en la ciudad amurallada de Ávila fue con motivo de un viaje cultural que patrocinó el Colegio donde yo era profesor. De eso ya hace muchos años; sin embargo, jamás he podido olvidar los momentos emocionantes que viví en compañía de mis colegas de profesión. Había uno en especial apellidado Guerrero que tenía una gracia inigualable para explicar las cosas más peregrinas surgidas a raíz de las visitas que efectuábamos a los museos, las iglesias, los palacios o los conventos que jalonan el recorrido artístico de la mágica ciudad.

Evidentemente, nos confesó que antes de realizar ese viaje había reunido todo tipo de información sobre el arte, la historia, la literatura y las tradiciones de la tierra de santa Teresa y san Juan de la Cruz. De tal modo que, cuando el grupo de profesores nos encontrábamos admirando una escultura, una pintura o una construcción del pasado, de la naturaleza que fuera, enseguida Guerrero echaba mano de su copiosa información para ilustrarnos sobre la autoría y peculiaridades de la talla, el motivo del cuadro o el estilo arquitectónico del edificio que teníamos delante. Había que ver cómo a más de uno se nos abría la boca de admiración y sorpresa ante el cúmulo de conocimientos que poseía nuestro colega, y sobre todo la amenidad, la gracia y en muchas ocasiones el suspenso con que los exponía.

 

Recuerdo a propósito que, al entrar en el convento de Santo Tomás, que en su tiempo habían usado los Reyes Católicos como residencia habitual y en cuya iglesia puede contemplarse aún hoy la tumba del malogrado primogénito de los monarcas, el príncipe don Juan, Guerrero nos anunció que allí dentro, en el silencio y la penumbra de la iglesia había tenido origen una de las leyendas más emocionantes de toda Castilla, por no decir España. Guerrero, que para entonces se había convertido en nuestro más eficiente cicerone, nos llevó hasta la tumba del desgraciado príncipe, la cual, construida por el artista florentino Domenico Fancelli, se elevaba a considerable altura sobre el piso de la nave central; en lo alto del túmulo funerario aparecía tendida sobre un lecho de mármol la imagen de don Juan con armadura, la cabeza mirando hacia el altar. Allí Guerrero nos llamó la atención sobre los guanteletes de piedra que reposaban a ambos lados del lecho marmóreo y nos dijo con voz grave:

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--Existe, en relación con estos guanteletes de piedra del príncipe, una leyenda cuya acción transcurre en los tiempos en que existía el derecho al sagrado, es decir, el derecho de poder ampararse en la casa de Dios aunque se estuviera perseguido por la justicia, sin que los perseguidores pudieran hacer nada por impedirlo.

La voz de Guerrero sonaba solemne bajo las bóvedas del templo:

--El caso es que en aquellos tiempos de continuas batallas y peligros internos y externos desfilaba por una calle aledaña a la iglesia un grupo de presos condenados a galeras, vigilado en todo momento por tres soldados del rey. Uno de los presos, que tenía mujer y niños pequeños que atender, se dolía de su mala suerte y más cuando había sido injustamente delatado por un vecino envidioso. Por nada del mundo quería verse alejado de sus seres queridos que tanto le necesitaban y, en su camino hacia la desgracia, no dejaba de pedir ayuda al cielo. Cuando de pronto el grupo de infortunados torció la calle y dio con el templo de Santo Tomás. Entonces el preso creyó al punto que sus oraciones habían obtenido respuesta de los cielos y vio llegada su salvación. Sin pensárselo más, de un salto abandonó la formación y entró corriendo en la casa de Dios. Las sombras lo rodeaban. Sólo vislumbraba allá en lo alto del altar las luces temblorosas de las velas. Avanzó por la nave decidido mientras dejaba atrás el hermoso sepulcro del Príncipe. Finalmente, sin dejar de dar las gracias al Señor, se hincó de rodillas sobre las losas del frío pavimento y escondió su rostro entre las manos.

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En eso estaba cuando el silencio sagrado del templo fue interrumpido por los pasos de alguien que se acercaba. Era uno de los guardias que, sin hacer caso a sus compañeros que le recordaban el derecho que asiste al preso a guardarse en sagrado, había entrado en la iglesia para capturar al fugitivo. Éste, al escuchar los pasos que venían hacia él, se puso a temblar de miedo y comprendió al instante que la hora de abrazarse con sus seres queridos no se haría realidad. Con la cabeza entre las manos y el corazón a punto de estallar, siguió escuchando cómo los pasos del guardia se acercaban a él cada vez más. Había llegado el momento de encomendarse a Dios y de aceptar resignadamente lo que el destino le tuviera reservado. Pero, de repente los pasos se detuvieron a la vez que hasta el oído del condenado llegaban unos sonidos guturales como de alguien que se ahoga entre estertores y casi al instante el ruido sordo de un cuerpo pesado chocando con el suelo.

El preso, angustiado por las circunstancias, aguardó unos segundos antes de ponerse en pie para girarse y ver qué había pasado. Sus ojos no podían dar crédito. Allí, sobre el pavimento, tendido e inmóvil, se hallaba uno de los vigilantes que lo llevaban a galeras.

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Al día siguiente el sacristán del templo encontró al soldado del rey muerto en el suelo de la nave. Las autoridades certificaron su muerte debida a estrangulamiento. En el cuello del difunto aún seguían las profundas marcas amoratadas de diez fortísimos dedos.

Guerrero concluyó:

--Así hicieron justicia los guanteletes de piedra del príncipe don Juan.

 

(De HISTORIAS NEGRAS)