jueves, 11 de junio de 2015

MIGUEL DE CERVANTES Y EL CINE





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 1.
 El curioso impertinente

Lo verdaderamente curioso de El curioso impertinente, relato incluido en la Primera Parte, Capítulos XXXIII-XXXV, del Quijote (Madrid, 1605) por su autor, el padre de la novelística española el Ingenioso Manco don Miguel de Cervantes (Alcalá, 1547-Madrid, 1616) es que su argumento (recordémoslo brevemente: En la Florencia del siglo XV viven los dos amigos íntimos Anselmo y Lotario, el primero de los cuales se casa con Camila, y para probar su fidelidad, convence a su amigo Lotario que seduzca a su esposa; y, aunque éste al principio se niega a seguir sus insistentes indicaciones, al final acaba enamorándose de Camila y ésta de Lotario; y como no pueden guardar por mucho tiempo su secreto, mantenido mientras tanto por Leonela, criada de Camila, ésta y Lotario escapan juntos dejando tan sumido en la tristeza a Anselmo, que acaba muriendo de pena), decía que el argumento que acabo de exponer brevemente sirvió en 1948 (otros dicen que se estrenó el 20 de abril de 1953) al cineasta Flavio Calzavara para dirigir la película en blanco y negro de 86 minutos de duración con el mismo título que la narración cervantina, y protagonizada por, entre otros, Aurora Bautista, José María Seoane, Roberto Rey y Rosita Yarza. El guión corrió a cargo de Ramón Ceralt (otros lo sustituyen por Alessandro De Stafano) y Antonio Guzmán Merino, mientras que Emilio Lehmberg se cuidaba de la música.
He aquí parte de la petición que en el cuento de Cervantes Anselmo le hace a su amigo Lotario, curioso (curiosidad impertinente, de ahí el título) de saber cómo reaccionará su esposa Camila ante el intento de seducción por parte de su amigo Lotario:
"Y muéveme, entre otras cosas, a fiar de ti esta tan ardua empresa, el ver que si de ti es vencida Camila, no ha de llegar el vencimiento a todo trance y rigor, sino a sólo a tener por hecho lo que se ha de hacer, por buen respeto, y, así, no quedaré yo ofendido más de con el deseo, y mi injuria quedará escondida en la virtud de tu silencio, que bien sé que en lo que me tocare ha de ser eterno como el de la muerte. Así que, si quieres que yo tenga vida que pueda decir que lo es, desde luego has de entrar en esta amorosa batalla, no tibia ni perezosamente, sino con el ahínco y diligencia que mi deseo pide y con la confianza que nuestra amistad me asegura."
Aunque ya sabemos cómo acaba la historia.


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2.
El Quijote

La propia obra magna, El Quijote, ha sido llevada al cine antes y después que El curioso impertinente en numerosas ocasiones, en España y en el extranjero (recordemos al menos la película dirigida por Orson Welles en 1992); desde 1908, en versión muda, blanco y negro, y dirigida por Narciso Cuyás, hasta 2002 bajo el título de El caballero Don Quijote, película dirigida por Manuel Gutiérrez Aragón. Quizá una de las versiones más conocidas y admiradas por la crítica sea la de 1965, cuya dirección corre a cargo de Carlo Rim (también se encarga del guión), y está protagonizada entre otros por Josef Meinard (Don Quijote), María José Alfonso (Dulcinea), Fernando Rey (Duque) o Roger Carel (Sancho Panza). Sabido es que la ingente obra de Cervantes se dio a conocer en dos partes, separadas ambas por 10 años. La Primera Parte narra las dos primeras salidas de Don Quijote en busca de aventuras para deshacer los entuertos que hay en el mundo, la primera de ellas, solo, y, tras cinco capítulos, acabó molido a palos por exigir a un grupo de mercaderes que proclamasen la belleza de la sin par Dulcinea del Toboso, la dama de sus sueños y a la que dedica sus hazañas, y devuelto a su aldea a lomos del caballo de un vecino. La segunda salida, que abarca hasta el capítulo 52, la efectuó acompañado de su escudero Sancho Panza, un labrador de su mismo pueblo. E igualmente, tras luchar, entre otros, contra unos molinos de viento creyendo que son gigantes, y un vizcaíno, al que vence, y liberar a unos galeotos condenados a galeras, que responden su “buena” acción con una lluvia de piedras, va a hacer penitencia a Sierra Morena, donde escribe una carta a Dulcinea y encarga llevársela en persona a Sancho. A todo esto, el cura y el barbero, vecinos de Don Quijote, que han salido a buscarlo, dan con él y lo devuelven a la aldea encerrado en una jaula ante las risas de sus paisanos.
He aquí un fragmento de este último pasaje:
“Hecho esto, con grandísimo silencio se entraron (los encargados por el cura) adonde él (Don Quijote) estaba durmiendo y descansando de las pasadas refriegas. Llegáronse a él, que libre y seguro de tal acontecimiento dormía, y, asiéndole fuertemente, le ataron muy bien las manos y los pies, de modo que cuando él despertó con sobresalto no pudo menearse ni hacer otra cosa más que admirarse y suspenderse de ver delante de sí tan extraños visajes; y luego dio en la cuenta de lo que su continua y desvariada imaginación le representaba, y se creyó que todas aquellas figuras eran fantasmas de aquel encantado castillo, y que sin duda alguna ya estaba encantado, pues no se podía menear ni defender: todo a punto como había pensado que sucedería el cura, trazador de esta máquina. Solo Sancho, de todos los presentes, estaba en su mismo juicio y en su misma figura, el cual, aunque le faltaba bien poco para tener la misma enfermedad de su amo, no dejó de conocer quiénes eran todas aquellas contrahechas figuras, mas no osó descoser su boca, hasta ver en qué paraba aquel asalto y prisión de su amo, el cual tampoco hablaba palabra, atendiendo a ver el paradero de su desgracia: que fue que, trayendo allí la jaula, le encerraron dentro, y le clavaron los maderos tan fuertemente, que no se pudieran romper a dos tirones. Tomáronle luego en hombros, y al salir del aposento se oyó una voz temerosa, todo cuanto la supo formar el barbero, no el del albarda, sino el otro, que decía: —¡Oh Caballero de la Triste Figura!, no te dé afincamiento la prisión en que vas, porque así conviene para acabar más presto la aventura en que tu gran esfuerzo te puso. La cual se acabará cuando el furibundo león manchado con la blanca paloma tobosina yoguieren en uno, ya después de humilladas las altas cervices al blando yugo matrimoñesco, de cuyo inaudito consorcio saldrán a la luz del orbe los bravos cachorros que imitarán las rampantes garras del valeroso padre; y esto será antes que el seguidor de la fugitiva ninfa faga dos vegadas la visita de las lucientes imágines con su rápido y natural curso. Y tú, ¡oh el más noble y obediente escudero que tuvo espada en cinta, barbas en rostro y olfato en las narices!, no te desmaye ni descontente ver llevar ansí delante de tus ojos mesmos a la flor de la caballería andante, que presto, si al plasmador del mundo le place, te verás tan alto y tan sublimado, que no te conozcas, y no saldrán defraudadas las promesas que te ha fecho tu buen señor; y asegúrote, de parte de la sabia Mentironiana, que tu salario te sea pagado, como lo verás por la obra; y sigue las pisadas del valeroso y encantado caballero, que conviene que vayas donde paréis entrambos. Y porque no me es lícito decir otra cosa, a Dios quedad, que yo me vuelvo adonde yo me sé.”
En cuanto a la Tercera Salida, ésta tiene lugar en la Segunda Parte (74 capítulos) del Quijote, publicada en 1615, tras haberse salido a la luz El Quijote de Avellaneda. En ella, acompañado igualmente por su escudero Sancho, Don Quijote, emprende otras aventuras esta vez por tierras de Aragón y Cataluña, especialmente las ciudades de Zaragoza y Barcelona (antes había recorrido preferentemente La Mancha y algunas partes de Andalucía). Las más importantes son las vividas con los Duques y en la Ínsula Barataria, que esporádicamente gobierna Sancho Panza. Luego, para desmentir al falso Quijote de Avellaneda, caballero y escudero marchan a Barcelona. Allí Don Quijote será vencido por el bachiller Sansón Carrasco (ahora Caballero de la Blanca Luna), que le impone como condición regresar a su aldea. Aquí, tras recobrar el juicio, muere cristianamente en su cama.
Leamos sus últimas palabras, que pronunció tras despertar de un largo sueño de seis horas:
“—¡Bendito sea el poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho! En fin, sus misericordias no tienen límite, ni las abrevian ni impiden los pecados de los hombres. Estuvo atenta la sobrina a las razones del tío y pareciéronle más concertadas que él solía decirlas, a lo menos en aquella enfermedad, y preguntóle: —¿Qué es lo que vuestra merced dice, señor? ¿Tenemos algo de nuevo? ¿Qué misericordias son estas, o qué pecados de los hombres? —Las misericordias —respondió don Quijote—, sobrina, son las que en este instante ha usado Dios conmigo, a quien, como dije, no las impiden mis pecados. Yo tengo juicio ya libre y claro, sin las sombras caliginosas de la ignorancia que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de los detestables libros de las caballerías. Ya conozco sus disparates y sus embelecos, y no me pesa sino que este desengaño ha llegado tan tarde, que no me deja tiempo para hacer alguna recompensa leyendo otros que sean luz del alma. Yo me siento, sobrina, a punto de muerte: querría hacerla de tal modo, que diese a entender que no había sido mi vida tan mala, que dejase renombre de loco; que, puesto que lo he sido, no querría confirmar esta verdad en mi muerte. Llámame, amiga, a mis buenos amigos, al cura, al bachiller Sansón Carrasco y a maese Nicolás el barbero, que quiero confesarme y hacer mi testamento. Pero de este trabajo se escusó la sobrina con la entrada de los tres. Apenas los vio don Quijote, cuando dijo: —Dadme albricias, buenos señores, de que ya yo no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de «bueno». Ya soy enemigo de Amadís de Gaula y de toda la infinita caterva de su linaje; ya me son odiosas todas las historias profanas de la andante caballería; ya conozco mi necedad y el peligro en que me pusieron haberlas leído; ya, por misericordia de Dios escarmentando en cabeza propia, las abomino. Cuando esto le oyeron decir los tres, creyeron sin duda que alguna nueva locura le había tomado, y Sansón le dijo: —¿Ahora, señor don Quijote, que tenemos nueva que está desencantada la señora Dulcinea, sale vuestra merced con eso? ¿Y agora que estamos tan a pique de ser pastores, para pasar cantando la vida, como unos príncipes, quiere vuesa merced hacerse ermitaño? Calle, por su vida, vuelva en sí y déjese de cuentos. —Los de hasta aquí —replicó don Quijote—, que han sido verdaderos en mi daño, los ha de volver mi muerte, con ayuda del cielo, en mi provecho. Yo, señores, siento que me voy muriendo a toda priesa: déjense burlas aparte y tráiganme un confesor que me confiese y un escribano que haga mi testamento, que en tales trances como este no se ha de burlar el hombre con el alma; y, así, suplico que en tanto que el señor cura me confiesa vayan por el escribano. Miráronse unos a otros, admirados de las razones de don Quijote, y, aunque en duda, le quisieron creer; y una de las señales por donde conjeturaron se moría fue el haber vuelto con tanta facilidad de loco a cuerdo, porque a las ya dichas razones añadió otras muchas tan bien dichas, tan cristianas y con tanto concierto, que del todo les vino a quitar la duda, y a creer que estaba cuerdo. Hizo salir la gente el cura, y quedóse solo con él y confesóle.  El bachiller fue por el escribano y de allí a poco volvió con él y con Sancho Panza; el cual Sancho, que ya sabía por nuevas del bachiller en qué estado estaba su señor, hallando a la ama y a la sobrina llorosas, comenzó a hacer pucheros y a derramar lágrimas. Acabóse la confesión y salió el cura diciendo: —Verdaderamente se muere y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el Bueno; bien podemos entrar para que haga su testamento. Estas nuevas dieron un terrible empujón a los ojos preñados de ama, sobrina y de Sancho Panza, su buen escudero, de tal manera, que los hizo reventar las lágrimas de los ojos y mil profundos suspiros del pecho; porque verdaderamente, como alguna vez se ha dicho, en tanto que don Quijote fue Alonso Quijano el Bueno a secas, y en tanto que fue don Quijote de la Mancha2, fue siempre de apacible condición y de agradable trato, y por esto no solo era bien querido de los de su casa, sino de todos cuantos le conocían.  Entró el escribano con los demás, y después de haber hecho la cabeza del testamento y ordenado su alma don Quijote, con todas aquellas circunstancias cristianas que se requieren, llegando a las mandas, dijo: —Iten, es mi voluntad que de ciertos dineros que Sancho Panza, a quien en mi locura hice mi escudero, tiene, que porque ha habido entre él y mí ciertas cuentas, y dares y tomares, quiero que no se le haga cargo dellos ni se le pida cuenta alguna, sino que si sobrare alguno después de haberse pagado de lo que le debo, el restante sea suyo, que será bien poco, y buen provecho le haga; y si, como estando yo loco fui parte para darle el gobierno de la ínsula, pudiera agora, estando cuerdo, darle el de un reino, se le diera, porque la sencillez de su condición y fidelidad de su trato lo merece.”



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3.
La gitanilla


También han sido llevadas al cine otras obras cervantinas, como La gitanilla o La ilustre fregona, dos de las Novelas Ejemplares que Cervantes dio a conocer en 1613.
La primera fue trasladada a la gran pantalla en 1940 por el director Fernando Delgado. Los dos principales protagonistas son: Estrellita Castro, como Preciosa,  y Juan de Orduña, que hace de Juan de Cárcamo, noble que se enamora de la bella gitana y renuncia a su posición para vivir en un campamento calé con ella y sus compañeros.
He aquí el final de la hermosa narración cervantina, en el que se notifica la boda de Juan de Cárcamo (antes Andrés Caballero) con Preciosa:
“Llegaron las nuevas a la Corte del caso y casamiento de la gitanilla; supo don Francisco de Cárcamo ser su hijo el gitano y ser la Preciosa la gitanilla que él había visto, cuya hermosura disculpó con él la liviandad de su hijo, que ya le tenía por perdido, por saber que no había ido a Flandes; y más, porque vio cuán bien le estaba el casarse con hija de tan gran caballero y tan rico como era don Fernando de Azevedo. Dio priesa a su partida, por llegar presto a ver a sus hijos, y dentro de veinte días ya estaba en Murcia, con cuya llegada se renovaron los gustos, se hicieron las bodas, se contaron las vidas, y los poetas de la ciudad, que hay algunos, y muy buenos, tomaron a cargo celebrar el estraño caso, juntamente con la sin igual belleza de la gitanilla. Y de tal manera escribió el famoso licenciado Pozo, que en sus versos durará la fama de la Preciosa mientras los siglos duraren. 
“Olvidábaseme de decir cómo la enamorada mesonera descubrió a la justicia no ser verdad lo del hurto de Andrés el gitano, y confesó su amor y su culpa, a quien no respondió pena alguna, porque en la alegría del hallazgo de los desposados se enterró la venganza y resucitó la clemencia.” 
  





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4
La ilustre fregona

En cuanto a La ilustre fregona, el director  Armando Pou la adaptó para el cine mudo en el año 1927 con un guión más que aceptable. Fue interpretada por Margarita Aizcorbe, Matilde Artero, José Caballero, Rafael Calvo, Encarna Gutiérrez, José Jiménez, Mary Muniain, Modesto Rivas, Juan Romero y Ángel Zomeño. Se estrenó el 26 de marzo de 1928, en el Palacio de la Música de Madrid.
La trama del libro de Cervantes está protagonizada por Diego de Carriazo y Tomás de Avendaño, dos mancebos de familias acomodadas de Burgos que tiene ganas de vivir la vida de modo libertino en la ciudad de Toledo, donde se ven cautivados por la presencia de Constanza, una moza de muy buen ver que trabaja en una posada. La novela posee enredo amoroso, falsas identidades, rasgos picarescos, pasados oscuros con un caso de violación incluido, lucha de clases sociales, idealizaciones románticas, situaciones humorísticas…, es decir, ingredientes más que sobrados para convertir la trama en una historia de atractivos irresistibles cuyo resumen podría ser el siguiente:
En Burgos vivían dos caballeros: Don Diego de Carriazo, que tuvo un hijo al que llamó con su mismo nombre, y Don Juan de Avendaño, otro al que bautizó Tomás. Cuando el primer hijo cumplió trece años se marchó de casa y vivió como un pícaro en Madrid y en las Ventillas de Toledo. Se graduó de maestro en las almadrabas de Zahara y ganó a las cartas mucho dinero, con el que se vistió adecuadamente y regresó a Burgos para visitar a su madre. Allí se hizo amigo de su vecino y de parecida edad a la suya Juan de Avendaño. Le contó lo que había vivido en las almadrabas y juntos decidieron ir allí un verano. Juan convenció a sus padres diciéndoles que se iba a Salamanca a estudiar y que Diego de Carriazo se iba con él. Con este engaño sus padres aceptaron, pero pusieron a su servicio un mayordomo. Sin embargo, en el camino le robaron todo el dinero que llevaba y le pidieron ir a la fuente de Argolas. Una vez allí Avendaño le dijo que se volviera a Burgos, que ellos seguirían por su cuenta, y le entregó una carta de disculpa para sus padres. En Illescas se encontraron con dos mozos de mulas andaluces hablando de una hermosa fregona que vivía en la posada del Sevillano de Toledo, por la que el hijo del Corregidor bebía los vientos. A Avendaño se le despertó un intenso deseo de verla y se acercaron a la posada para pasar la noche y poder ver a la famosa fregona, que una muchacha de unos quince años, muy hermosa y llamada Constanza. Cuando Carriazo le propuso partir para Orgaz al día siguiente, Avendaño le contestó que no se iría hasta conocer a Constanza. Y allí se quedaron trabajando para los huéspedes bajo los nombres de Tomás Pedro (Avendaño) y Lope Asturiano (Carriazo). A Constanza la llamaban ilustre porque limpiaba muy bien la plata, era honesta y recatada y enamoraba con su recogimiento y hermosura. Cada día que pasaba Tomás estaba más enamorado de ella, incluso le hizo llegar una carta donde le expresaba su amor, pero la muchacha la rompió. Y así siguieron las cosas hasta que una noche llegó el Corregidor a la posada y preguntó al Sevillano por el origen de la ilustre fregona. Éste le contó que quince años atrás había llegado a la posada una señora rica de Castilla la Vieja, que padecía hidropesía e iba de peregrina a la Virgen de Guadalupe. La señora estaba a punto de dar a luz y pidió que cuidaran del nacido mientras le entrega a la mujer del posadero un bolsillo de oro y verde con cuatrocientos escudos de oro en su interior. Poco más tarde nació una niña preciosa y al alba su madre siguió su peregrinación. Cuando a los veinte días volvió la madre a la posada sana y salva, la niña ya había sido bautizada con el nombre de Constanza, tal y como había ordenado aquélla. La señora le entregó al Sevillano una cadena de la que quitó seis eslabones y dijo que los traería la persona que viniese a por la niña;  también rompió por la mitad un pergamino y le dio una parte en la que no se podía leer nada sin la otra mitad y añadió que al cabo de dos años vendrían a por su hija; finalmente, le rogó que no le dijese a la niña su origen ni el modo como había nacido. Les entregó otros cuatrocientos escudos de oro y, abrazando a la mujer del Sevillano, partió con tiernas lágrimas. Al día siguiente de que el posadero contase la historia de la ilustre fregona al Corregidor, llegaron a la posada dos ancianos acompañados de cuatro caballeros y, al ver a Constanza, se dijeron que ya habían encontrado lo que buscaban.

He aquí el final de la historia, según la cuenta el mismo Cervantes:
“Estaba Tomás Pedro escondido en su aposento, para ver desde allí, sin ser visto, lo que hacían su padre y el de Carriazo. Teníale suspenso la venida del Corregidor y el alboroto que en toda la casa andaba. No faltó quien le dijese al huésped como estaba allí escondido; subió por él, y más por fuerza que por grado le hizo bajar; y aun no bajara si el mismo Corregidor no saliera al patio y le llamara por su nombre, diciendo:
-Baje vuesa merced, señor pariente, que aquí no le aguardan osos ni leones.
Bajó Tomás, y, con los ojos bajos y sumisión grande, se hincó de rodillas ante su padre, el cual le abrazó con grandísimo contento, a fuer del que tuvo el padre del Hijo Pródigo cuando le cobró de perdido.
Ya en esto había venido un coche del Corregidor, para volver en él, pues la gran fiesta no permitía volver a caballo. Hizo llamar a Costanza, y, tomándola de la mano, se la presentó a su padre, diciendo:
-Recebid, señor don Diego, esta prenda y estimalda por la más rica que acertárades a desear. Y vos, hermosa doncella, besad la mano a vuestro padre y dad gracias a Dios, que con tan honrado suceso ha enmedado, subido y mejorado la bajeza de vuestro estado.
Costanza, que no sabía ni imaginaba lo que le había acontecido, toda turbada y temblando, no supo hacer otra cosa que hincarse de rodillas ante su padre; y, tomándole las manos, se las comenzó a besar tiernamente, bañándoselas con infinitas lágrimas que por sus hermosísimos ojos derramaba.
En tanto que esto pasaba, había persuadido el Corregidor a su primo don Juan que se viniesen todos con él a su casa; y, aunque don Juan lo rehusaba, fueron tantas las persuasiones del Corregidor, que lo hubo de conceder; y así, entraron en el coche todos. Pero, cuando dijo el Corregidor a Costanza que entrase también en el coche, se le anubló el corazón, y ella y la huéspeda se asieron una a otra y comenzaron a hacer tan amargo llanto, que quebraba los corazones de cuantos le escuchaban. Decía la huéspeda:
-¿Cómo es esto, hija de mi corazón, que te vas y me dejas? ¿Cómo tienes ánimo de dejar a esta madre, que con tanto amor te ha criado?
Costanza lloraba y la respondía con no menos tiernas palabras. Pero el Corregidor, enternecido, mandó que asimismo la huéspeda entrase en el coche, y que no se apartase de su hija, pues por tal la tenía, hasta que saliese de Toledo. Así, la huéspeda y todos entraron en el coche, y fueron a casa del Corregidor, donde fueron bien recebidos de su mujer, que era una principal señora. Comieron regalada y sumptuosamente, y después de comer contó Carriazo a su padre cómo por amores de Costanza don Tomás se había puesto a servir en el mesón, y que estaba enamorado de tal manera della, que, sin que le hubiera descubierto ser tan principal, como era siendo su hija, la tomara por mujer en el estado de fregona. Vistió luego la mujer del Corregidor a Costanza con unos vestidos de una hija que tenía de la misma edad y cuerpo de Costanza; y si parecía hermosa con los de labradora, con los cortesanos parecía cosa del cielo: tan bien la cuadraban, que daba a entender que desde que nació había sido señora y usado los mejores trajes que el uso trae consigo.
Pero, entre tantos alegres, no pudo faltar un triste, que fue don Pedro, el hijo del Corregidor, que luego se imaginó que Costanza no había de ser suya; y así fue la verdad, porque, entre el Corregidor y don Diego de Carriazo y don Juan de Avendaño, se concertaron en que don Tomás se casase con Costanza, dándole su padre los treinta mil escudos que su madre le había dejado, y el aguador don Diego de Carriazo casase con la hija del Corregidor, y don Pedro, el hijo del Corregidor, con una hija de don Juan de Avendaño; que su padre se ofrecía a traer dispensación del parentesco.
Desta manera quedaron todos contentos, alegres y satisfechos, y la nueva de los casamientos y de la ventura de la fregona ilustre se estendió por la ciudad; y acudía infinita gente a ver a Costanza en el nuevo hábito, en el cual tan señora se mostraba como se ha dicho. Vieron al mozo de la cebada, Tomás Pedro, vuelto en don Tomás de Avendaño y vestido como señor; notaron que Lope Asturiano era muy gentilhombre después que había mudado vestido y dejado el asno y las aguaderas; pero, con todo eso, no faltaba quien, en el medio de su pompa, cuando iba por la calle, no le pidiese la cola.”
Un mes se estuvieron en Toledo, al cabo del cual se volvieron a Burgos don Diego de Carriazo y su mujer, su padre, y Costanza con su marido don Tomás, y el hijo del Corregidor, que quiso ir a ver su parienta y esposa. Quedó el Sevillano rico con los mil escudos y con muchas joyas que Costanza dio a su señora; que siempre con este nombre llamaba a la que la había criado.
Dio ocasión la historia de la fregona ilustre a que los poetas del dorado Tajo ejercitasen sus plumas en solenizar y en alabar la sin par hermosura de Costanza, la cual aún vive en compañía de su buen mozo de mesón; y Carriazo, ni más ni menos, con tres hijos, que, sin tomar el estilo del padre ni acordarse si hay almadrabas en el mundo, hoy están todos estudiando en Salamanca; y su padre, apenas vee algún asno de aguador, cuando se le representa y viene a la memoria el que tuvo en Toledo; y teme que, cuando menos se cate, ha de remanecer en alguna sátira el "¡Daca la cola, Asturiano! ¡Asturiano, daca la cola!"
 

domingo, 7 de junio de 2015

TROZOS DE UN ESPEJO VII

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17.

Por aquellos días corría el rumor de que un alumno atravesado y con problemas serios de disciplina pretendía volar el Pabellón del Delfín para vengarse de un profesor (se decía que del propio Molino) por haberle expulsado el primer día del Retiro de Cuaresma. Y como Ferrer tenía fundadamente ganada la fama de detective porque ya en otras ocasiones había resuelto algún que otro enigma, como la misteriosa desaparición de tres pinturas del Pabellón Central y dos ordenadores del Aula de Informática, Deus le llamó a su despacho para pedirle que averiguara cuanto pudiera sobre el asunto.
Sin muchas ganas, se puso manos a la obra más por satisfacer su curiosidad de experto docente y mejor psicólogo que por hacerle un favor al Director, que en aquel momento era la cosa que deseaba menos. Lo primero que hizo fue convocar un partido de fútbol entre dos clases, la suya y la del presunto infractor. Él se alineó en el equipo de su clase, cuyos componentes no podían disimular su contento: ver a su rubio y jovial profesor vestido de futbolista era algo a lo que no estaban dispuestos a renunciar. Así pues, empezó el partido, pero a las primeras de cambio Ferrer recibió una patada en la espinilla por parte de un rival que lo dejó fuera de combate. La cosa parecía que se iba a arreglar teniendo al profesor en el banquillo, pero no fue así y enseguida los goles empezaron a entrar en la portería de su clase. En el descanso habló con los alumnos de su equipo y medio en broma medio en serio les amenazó con hacer "chupar" banquillo a alguno y poner a otro en su lugar si la cosa no se enderezaba, porque no estaba dispuesto a ser el hazmerreír del Colegio. Entonces un alumno pelirrojo, al que todos apodaban sin ninguna originalidad "Zanahoria", le dijo muy serio: “Perder un partido no es lo mismo que portarse mal en un Retiro. A todos les puede pasar. Me refiero a hacer una pequeña gamberrada cuando lo que interesa en semejante situación es el recogimiento. Pero perder un partido cuando se puede ganar es perder parte del amor propio y acentuar la falta del respeto en el contrario. Así que ánimo y a portarse con dignidad y coraje. Si aún así nos ganan, nadie podrá reprocharnos nada nunca.”
La cosa empezó a animarse porque no había hecho más que terminar el primer alumno de hablar cuando un segundo  intervino: “El señor Molino echó del Retiro a los que echó porque se pasaron de la raya.” Entonces "Zanahoria" volvió a tomar la palabra y dijo: “Es que lo que hizo Toni es muy fuerte: se lió un canuto en los lavabos y repartió caladas entre los demás...” “En el Colegio no se acusa”, sentenció un tercero que se sabía muy bien las consignas cuando le interesaba. Ferrer pareció no dar importancia a la cosa y, animándolos de nuevo para afrontar la segunda parte del partido, les dijo: “Si jugamos bien y damos todo lo que podemos, habremos cumplido, ¿de acuerdo? Y nadie será expulsado. Ánimo, chicos, que ellos sólo son once como nosotros.”Al día siguiente, cuando acabó la clase de Aeromodelismo, salió al encuentro de los alumnos que acaban de asistir a esa sesión y, haciéndose el encontradizo, se dirigió al grupo en el que venía Antonio Duero, Toni para los compañeros,  y les soltó entre risas: “¿Cómo va la gasolina, chicos? Me refiero a la de los aviones, claro. Tú, Toni, debes ser de los alumnos que mejor cumples con ese cometido, ¿no?” El aludido dio un respingo. El profesor, sin darle tiempo a reaccionar, añadió: “Si tienes algo que decirme, te espero en el despacho a la hora del recreo”.No esperaba lograr mucho en aquel caso pues reconocía que se había precipitado en la forma de dirigirse a los chicos o en la selección de sus palabras. Su estropeada relación con Deus le había hecho descuidar las fórmulas de sabueso que le había proporcionado pistas seguras en otras ocasiones. Sin embargo, y contra pronóstico, a la hora del recreo, sonaron unos golpes en la puerta de su despacho. Con un "¡Adelante!" invitó a entrar  al que había llamado. Y no se llevó ninguna sorpresa cuando vio que el alumno que entraba en su despacho era Antonio Duero. El gesto de abatimiento del muchacho no dejaba lugar a dudas.“Te veo cabizmundo y meditabajo”, bromeó el profesor mientras le golpeaba cariñosamente la espalda y le invitaba a sentarse en la silla que había delante de su  mesa. “Vienes a contarme algo, ¿no? Adelante. Soy una oreja inmensa que espera oír tus sabias palabras”.El chico, que en el fondo tenía buen corazón pero que la situación de su casa, discusiones constantes de sus padres delante de él y otros detalles que tenían que ver con la poca atención que sus progenitores le dedicaban, habían desequilibrado su vida emocional, fijó sus ojos en los de Ferrer como buscando amparo y empezó a hablar: “Si lo de la gasolina que usted dice va por otro lado y no por los aviones, le tengo que decir una cosa. Guardo almacenados en mi taquilla más de diez litros de gasolina.”Así se lo soltó. “¿Y cómo lo has hecho?”, preguntó el profesor aparentando tranquilidad pese al bombazo que acababa de oír. “Los he ido cogiendo del depósito del coche de mi padre con un trozo de manguera que hay en el garaje. Ni se ha dado cuenta. Es muy despistado.” Luego le contó lo demás: qué pensaba hacer con ello y por qué.
Ferrer hizo de mediador entre el chico y los “religiosos” y logró que sólo fuera expulsado del Colegio quince días. Pero el chico no tenía remedio. Uno de ellos habría dicho al respecto: "Es una manzana con el gusano dentro." Durante la Fiesta Deportiva de ese mismo año Toni quemó los aviones de panel ligero que había en el Aula de Aeromodelismo. Su padre se lo llevó del Colegio al año siguiente y quienes conocían bien al muchacho dijeron algún tiempo después que había sido internado en un Reformatorio de Tarrasa por robar en una Administración de Lotería varias series del sorteo de Navidad.


18.

Como el caso del alumno Antonio Duero hubo en el Colegio Privado algunos más que hicieron historia. El más importante fue el protagonizado por Luis Esteban, hijo de un ginecólogo barcelonés que había asistido a los partos de varias mujeres de profesores. Luis solía “fumarse” algunas clases, sobre todo las de Deportes, y en su lugar frecuentaba Los dos Hermanos, un bar situado fuera del recinto del Colegio, al otro lado de la carretera. Era usual que a la cantina se acercaran algunos profesores cuando las provisiones de tabaco se acababan o cuando había que tomarse alguna cerveza entre amigos y lejos de las orejas excesivamente atentas de los “religiosos”. Luis utilizaba para no ser visto el seco cauce de la riera y luego el talud de la vía. Era una operación que le reportaba un placer especial. Tanto que solía comentar con los más próximos a él a propósito de esas idas y venidas al bar de sus escapatorias: “Sólo es parecido al gusto que tengo cuando me hago una paja”.
Una vez en el bar, se gastaba el dinero locamente en las máquinas de juegos mientras bebía varios refrescos, hasta que pasaba la hora de Gimnasia. Entonces volvía por el mismo camino, se colaba en las duchas con el último turno de alumnos y, aseadito, como si se hubiera castigado el cuerpo con el ejercicio físico y la postrera ducha igual que los demás, se incorporaba al resto del horario académico. Un día tuvo la mala suerte de encontrarse de golpe en el bar conmigo, y en vez de pararse a hablar, cosa que habría ayudado a arreglar el asunto, optó por salir corriendo. Y a partir de ese momento Luis, pensando no sé qué de mi futura actuación respecto de él tras descubrirle en el bar, se mostró claramente violento y descarado en mis clases. Inmediatamente supuse que el chico había visto en mí a un maldito chivato. Y me pregunté si tal vez no habría sido mejor cambiar unas palabras con él. Sin embargo, las cosas habían sucedido así y ahora había que poner remedio a sus faltas de disciplina en clase, que a medida que avanzaba el curso iban aumentando. Rara era la clase en que Luis no soltara algún despropósito en plena explicación, cosa que provocaba que los que habían tirado la toalla respecto de la asignatura (por supuesto que el suspenso más claro era el del propio Luis, y eso sin necesidad de que yo interviniera, porque la labor del muchacho era nula y no había un sola prueba que consiguiera sacar más de un 2); decía que los alumnos rematadamente insalvables, al oír aquellas continuas y extemporáneas intervenciones de Luis, se las aplaudían y vitoreaban. Daba lo mismo el asunto que en ese momento estuviera tratando yo. Una vez hablaba en clase de la elegancia y musical sensibilidad de los versos de Garcilaso, cuando Luis levantó la voz para decir: “Sí, la elegancia y la sensibilidad propias de un marica.” Otra vez comentaba la vida de Espronceda y aclaré que el poeta había muerto de una afección de garganta; entonces Luis soltó: “A alguno que yo sé debería pasarle lo mismo”.Yo intentaba entender la causa de aquellos despropósitos, pero no le pasé ni uno y así se lo hacía saber tomando nota en mi cuaderno del día, de la hora y del contenido de sus palabras y, si podía, hasta anotaba exactamente la frase que él decía. Sancho, el preceptor del chico, un numerario especial, y yo no tuvimos más remedio que convocar a su padre para ponerle al corriente de qué podía pasar si  Luis insistía en su mal proceder. Pero ni con ésas. Y una tarde, en el colmo de la desfachatez, y mientras yo intentaba explicar la extraña enfermedad que había llevado a Bécquer a reponerse al Monasterio de Veruela, Luis Esteban exclamó a gritos: “¡Eso fue de tanto como le daba al manubrio!” El cachondeo que se armó en el aula fue de lo que nunca me había encontrado a lo largo de mi vida docente. Así que no tuve otro remedio que invitarle a que saliera de clase para ir al despacho del Jefe de Sección, y más teniendo en cuenta el cúmulo de faltas disciplinarias que había ido coleccionando en su expediente.
El jefe de Sección llamó a su padre por teléfono comunicándole que su hijo había sido expulsado del Colegio por falta grave, que hiciera el favor de venir a recogerlo o mandar a alguien que lo hiciera en su nombre.
El ginecólogo reconoció una vez más que su hijo había salido torcido como un árbol malo y que su mujer y él habían hecho todo lo posible por el muchacho, sobre todo poniéndole en manos de expertos psicólogos de Barcelona, los cuales, al fin y a la postre, tampoco habían podido dictaminar el verdadero alcance de su desequilibrio mental y emocional. Según todas las pruebas que le habían aplicado, Luis era un inadaptado social con síntomas de doble personalidad y acentuada paranoia.
Sólo un año más tarde el muchacho cayó en una horrible depresión y dejó de asistir al Colegio tras las vacaciones de Navidad. Y un  día de mayo, mientras en el Colegio sus compañeros de clase se disponían a salir de romería hacia una ermita del Vallés, llegó a los despachos de los profesores una circular dando la terrible noticia. El alumno Luis Esteban acababa de fallecer en su domicilio de un ataque al corazón, al parecer mientras dormía. Pero eso no fue exactamente lo que había ocurrido. En realidad al pobre y desventurado chico lo había encontrado su desconsolada madre ahorcado en el baño.


19.

El numerario Sancho pertenecía a la hornada de los ochenta, cuando se produjo el cambio en el Colegio Privado y con él el principio de su decadencia. Gente poco preparada científicamente (y menos aún pedagógica y didácticamente) empezó a ocupar cargos directivos para promocionar el apostolado sin límites y donde los fines justificaban todos los medios. Era gente que apenas pensaba por sí misma (las directrices de los “religiosos” así lo tenían establecido) y sólo seguían una consigna fija: hacer "santos" a los alumnos a toda costa, aunque las horas de instrucción se vieran menguadas y muchas veces sustituidas por visitas al Oratorio, rezos sin cuento y cantos a la Virgen y a los Santos, rosarios, romerías, novenas y meses de retiro espiritual. Gente obsesionada, fanática e integrista que automáticamente tachaba de pecadores en potencia a quienes participaban en todos estos actos con fe tibia, y de irredentos a quienes no participaban en ellos.
Sancho pertenecía a esta clase de personas. Era hombre de pocas luces, algo simple y de escasos recursos para expresarse personalmente y comunicarse con los demás. Daba clases de Ciencias, pero hizo unos cursillos para impartir otras de Religión; así que en su horario, lleno de huecos por ser preceptor sólo figuraban estas dos asignaturas: Ciencias y Religión. Allí, en el Colegio era sabido que las horas de preceptuación contaban más que las horas lectivas y eso era algo que en vano se esforzaban en explicarnos los jerifaltes del Colegio al resto de profesores que nos veíamos obligados a dar más clases de las que podíamos y a cargarnos cada dos por tres de sustituciones. Sancho era un catalán muy cerrado (entonces el idioma vehicular era el castellano y él se afilió al grupo que todos llamaban la Minoría Catalana, en el que figuraban algunos profesores del Departamento de Arte y los profesores de Catalán, por supuesto) y tenía problemas muy serios para hablar el idioma de Cervantes. Su conversación ordinaria solía convertirse en “una tortilla lingüística”, como decía Llerón, y así podía decir en una misma oración expresiones como “Me duele el cap multíssim” o “No puedo andar porque estic malalt” o “Tengo una malaltia en el genoll”. Eso sí, esta deficiencia idiomática, si se le puede llamar así, aparecía con frecuencia en contextos que tenían que ver con enfermedades y dolencias. Cuando tenía que hablar con los padres o con los alumnos que eran sus preceptuados, la cosa cambiaba. Era peor. En su afán de ganarse voluntades para los "buenos" fines del Colegio, no tenía ningún empacho en castellanizar su cerrado catalán. De ahí que algún padre le oyera decir asombrado mensajes como los siguientes: “Su fill debe tener más cuidadu amb sus llibres y su material educatiu, forrar los cuadernus y possar su nombre y apellidus en la primera página.” O “Aquest mes su fill ha faltat a classe más de set días; això se notará en su rendiment académic si no possa remei desde ara mateix." Y cosas por el estilo. Al cabo de un tiempo, Sancho dejó de ser preceptor en la jornada de la mañana para pasar a ser Encargado de Curso en la Sección de Estudios de la Tarde (en siglas, la SET) concretamente en el COU de Ciencias, donde daba la Biología correspondiente. Cuando llegaba a las lecciones referidas a la Reproducción, hacía equilibrios semánticos para evitar ciertos términos, con lo que provocaba risas malévolas entre los alumnos. Sus pocas luces oscurecieron aún más su relación con los demás hasta tal punto que en más de una ocasión tenía frecuentes roces con los profesores por las notas. Solía decir que lo importante era que los chicos fueran buenos antes que sabios. Eso era fácilmente comprendido por los que no éramos “religiosos” como ellos y por algunos pertenecientes a ella que pensaban y sentían como los demás hombres. Lo de pensar y sentir por cuenta propia era algo infrecuente entre ellos. Decía la Máxima Autoridad respecto a ese asunto en su opúsculo que pensar demasiado y sentir en exceso sacaba del camino a quienes deben guiar hacia Dios a sus huestes, que sólo tienen que vivir la santa obediencia y la incondicional confianza en quienes las dirigen. Sancho, como casi todos ellos, seguían esa norma sin pensar ni sentir, como marionetas que actúan según las manos de quienes mueven sus hilos. Sin embargo, existían también quienes parecían tener su propia personalidad, como Juanmari, que siempre que podía dejaba su particular rastro en el Colegio, con la consiguiente disconformidad de los jerifaltes, que no veían con buena cara aquellas pequeñas explosiones de autonomía personal.

domingo, 31 de mayo de 2015

TROZOS DE UN ESPEJO VI





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14.

Recuerdo que cuando derribaron la masía anexa al Colegio, don Ezequiel,  director entonces del Colegio Privado, profirió una frase que me hizo pensar: “Cuando algo que ha cobijado vida cae por voluntad del hombre, una casa, una fábrica, una oficina, o como ahora esta masía, de algún modo el hombre mismo está llamando a la mala suerte, y no sólo para él, sino también para quienes viven en torno suyo." Cuando lo oí, al principio me pareció algo raro que un cura tan honesto y de vida claramente religiosa hablara así del destino humano. Pero cuando un año más tarde también se derribó el Platillo Volante...”
Sí, he dicho “Platillo Volante”, y no es que allí en el Colegio Privado hubiese un OVNI, que, hablando en plata, cualquier cosa podía pasar en aquel lugar, sino que llamábamos “Platillo Volante” a una construcción circular, de material ligero, con visera y patas de madera que estaba posada en el césped que se extendía entre el Pabellón Central y el Pabellón del Delfín y que sirvió al principio de punto de encuentro para los alpinistas y montañeros “religiosos”, y luego se habilitó para convertirla en taller de aeromodelismo. Hasta que se preparó un ala del Pabellón del Delfín para ese cometido. Cuando también desmantelaron el Platillo Volante, creo, si no recuerdo mal, que fue uno de los nuestros, Gimeno o Llerín, quien dijo al ver la huella redonda, la calva enorme que había dejado la construcción sobre el césped de los rosales: “Esto de deshacerse sistemáticamente de las cosas que nos han rodeado durante mucho tiempo, me da mala espina; es como si quisieran los de arriba, los que nos mandan, darnos un aviso de lo que puede pasarnos a todos nosotros en el futuro”. Y a partir de entonces empezaron a pasar las cosas. Sé que puede ser simplemente una coincidencia. Pero una coincidencia que hace pensar. Primero ocurrió la muerte atroz en accidente de coche de Pidal. Y al poco tiempo empezó a darse una cadena interminable de muertes y desgracias de todo tipo, casi todas ocurridas a gente como nosotros, a excepción de la triste muerte del pobre Juanmari. Cadena que no ha parado hasta hoy. Y estoy dejando a un lado el rosario de traumáticos despidos de Villalba, Gimeno, Llerón o el mío, entre tantos otros. Porque, dicho sea de paso, al menos seguimos vivos para contarlo y, gracias a Dios, estamos todos en una situación económica y, sobre todo, humana mejor que cuando estábamos allí dentro Aunque nos siguen doliendo las muertes de Paco Gurrea, José Antonio Espejo, Doménech o Bahamonde.


15.

“De pronto aquel secreto dormido, aquel hermoso destello que de entonces me venía y no estaba seguro de qué era, se me ha ofrecido limpia, honradamente, como la hogaza que se ha extraído recientemente del horno. Y en verdad ya no existen la casa, ni los padres, ni las tapias difíciles, ni los nidos de magia, ni los arcos con sus flechas, ni los baños a pelo en el río, ni las piernas infatigables para hacer girar veloces las ruedas de los días. Sólo cálida noria de anhelo por volver a aquel refugio que ya únicamente respira en la nostalgia. Sólo piedra inmortal de la memoria que revive y alumbra la sombra del pasado. ¡Y qué pena que todo eso no nos sirva ya para subir las cuestas del presente! ¡Qué pena que retornar al mundo de la infancia y adolescencia sea ahora como matarse de un tiro o morir más aprisa! ¡Qué pena que solamente nos sirva lo que los ojos ven, lo que palpita vivo entre las manos! De cuanto ayer bajó por mi corriente y podía coger entre mis dedos hoy sólo queda un eco en las orillas.” Esto escribí hace poco pensando en aquel otro fragmento que presenté como muestra de mi modesta afición a la poesía, y que tenía que ver con la infancia, ese paréntesis en que nada parece suceder y que, en cambio, nos teje dentro del alma todo lo importante que seremos después. "Un eco en las orillas". Como estos ecos que resuenan dentro de mí referidos a las voces del Colegio Privado. A veces me parece ver salir de entre las sombras del tiempo a los amigos de siempre y a los que no lo eran tanto, aquellos que conmigo, codo a codo, levantaron la vida humana y escolar del Colegio dejándose más de media vida en el empeño, y aquellos otros a los que, por todos los medios, poniéndonos zancadillas profesionales y humanas, nos nublaron el cielo de todos nuestros sueños y esperanzas hasta acabar arrojando sobre nosotros la tormenta del despido y la rotura emocional y existencial. Recuerdo que pasadas unas semanas, unos meses tal vez, sin pertenecer ya al mundo agobiante del Colegio, me encontré en un paseo de Sabadell a un antiguo compañero y caí, tonto de mí, en la tentación de preguntarle cómo seguía la vida allí. El profesor me contestó mirándome a los ojos fijamente, como buscando en ellos comprensión para sus palabras: “¿Quieres que te diga la verdad? Pues allí se vive en medio de un silencio sepulcral. A nadie se le ocurre levantar una voz más que otra ni siquiera a la hora del comedor. Silencio. Silencio. Vivimos atemorizados. Ellos no, claro, porque siempre tienen trabajo, si no es allí será en otro colegio suyo, de los muchos que, como sabes, tienen por todas partes.”Durante el funeral de Ferrer tuve que compartir los bancos de la capilla con algunos de ellos. Allí estaban Molino y Canal, el donuts con el agujero en el cerebro y en el pecho, y al darles forzadamente la mano no pude por menos de pensar que, si estábamos asistiendo entonces a una misa en sufragio del alma de nuestro compañero, en parte se debía a la forma como lo habían tratado en el Colegio durante los últimos tiempos de su labor docente. Porque hay que ver la cantidad de putadas que le llegaron a hacer para provocar su renuncia, como habían hecho un año antes con Llerón, al que enclaustraron en la Biblioteca como si fuera un apestado. Sin embargo esa vez los “religiosos” dieron con un hueso duro de roer, y Llerón aguantó con un par el horrible asedio.


16.

Ferrer era un estupendo granadino que tenía una habilidad especial para tratar con los chicos y sonsacarles, como si fuera un detective escolar consumado, los trapicheos que se traían entre manos. Además mostraba con todos una simpatía poco habitual, simpatía que, unida a una inteligencia extraordinaria, le convertía en una persona muy grata con la que daba gusto estar. Se había licenciado en Historia Contemporánea por la Universidad de Barcelona, ciudad a la que vino a vivir siendo todavía muy joven.
A la hora de comer solíamos ocupar la misma mesa y convertía aquel rato de asueto en una charla amena y divertida. A veces nos aventurábamos en conversaciones algo elevadas sobre las relaciones que existen entre el Arte y la Literatura, y entonces intervenía Llerón para bajar el nivel de la conversación a la altura normal y corriente de las  cosas de la  vida con alguno de sus chistes, aunque, eso sí, mirando de soslayo a derecha e izquierda por si algún “religioso” andaba en las inmediaciones. Lo malo era (y ocurría en muchísimas ocasiones pues el asiento de las mesas no estaba reservado ni la naturaleza de los comensales tampoco, como es lógico) que a la mesa acababan siempre llegando algún “religioso” y de ese modo la charla se veía obligada a navegar entre los inoportunos escollos y con las consabidas frases crípticas con que algunos de los más cercanos solíamos intercambiarnos ciertas informaciones.
Hubo otra actividad que nos unió más a Ferrer y a mí. Resulta que mostraba por la fotografía una afición entre científicamente seria y artísticamente lúdica. Conocida esta afición suya, le propuse un día realizar juntos una actividad híbrida, algo así como un reportaje literario. Él se cuidaría de la ilustración y yo del texto. El trabajo tenía como tema central la presencia de Bécquer en Cataluña. Y de común acuerdo nos pusimos manos a la obra un fin de semana de diciembre, poco antes de las vacaciones de Navidad. Y durante el descanso vacacional le dimos un buen empujón al trabajo. Conservo con cariño todavía algunas hojas de la común tarea. Pero al volver en enero a las tareas laborales tuvimos que aplazarla (de hecho nunca más la proseguimos, y eso es algo que lamento de verdad) porque los “religiosos”, conocedores de nuestras habilidades extraprofesionales, nos propusieron un pequeño trabajito para conmemorar los veinticinco años del Colegio, que por entonces se iban a cumplir. Se trataba de un librito de unas veinte hojas titulado Rincones perennes que se regalaría a padres y alumnos para honrar tan feliz acontecimiento. Ferrer fotografiaría lugares, rincones, objetos, árboles, escenas y sitios típicos del Colegio, y yo escribiría pequeños textos líricos, en verso o en prosa, relacionados con las fotografías. Encantados con la idea, ya veíamos el librito terminado. La presentación del material contendría páginas contiguas: la fotografía en la izquierda, y el texto poético en la derecha, y abarcando la cabecera de ambas páginas el título del rincón elegido. En los ratos libres que nos permitía el horario escolar trabajábamos unas veces juntos para elegir el rincón y otras por separado para que él pudiera fotografiar el motivo y prepararlo adecuadamente en su casa y yo para encontrar las palabras adecuadas para no desmerecer el arte de su trabajo. Y así estuvimos hasta la Semana Santa, que ese año caía en los últimos días de marzo. Y al volver de vacaciones, seguimos trabajando en lo que nos pareció una obra que, además de ser divertida, nos estaba reportando paz al espíritu y cosquilleos al corazón. Ilusionados y contentos con el trabajo realizado hasta ese momento, se lo mostramos a la Junta de Gobierno para ver si seguíamos adelante con el proyecto o no.Esperamos en vano una contestación en los días siguientes. Y al cabo de dos semanas, a punto de celebrarse el Aniversario de los 25 años del Colegio Privado, Deus, a la sazón director, nos llamó a su despacho. Al ver su rostro circunspecto, el asunto me olió a chamusquina. En efecto, aquel trabajo que habíamos realizado con tanta atención y cariño, quedó en aguas de borrajas. La explicación que se nos proporcionó al respecto no dejaba lugar a dudas y que  ponía de manifiesto una vez más la cicatería de quienes regentaban aquella empresa de locos. El director nos dijo: “La Junta de Gobierno en pleno y yo en particular lamentamos deciros que vuestro brillante trabajo no va a poder ver la luz, por lo menos como habíamos pensado para celebrar el veinticinco aniversario de nuestro colegio. Hemos pensado que resultaría un gasto imposible de asumir en estos momentos. Preferimos editar unas postales de Cabañas con algún cuadro suyo que recoja una estampa del Colegio y celebrar un acto académico presidido por la mujer del presidente de la Generalidad de Cataluña. De todos modos, os trasmito el agradecimiento de la Junta por la atención que habéis tenido con el Colegio.”
"Lo que más me molesta, le dijo Ferrer sin perder los nervios, no es el tiempo que he perdido buscando en los archivos ni fotografiando rincones en la riera o en otra parte del Colegio, ni siquiera lo que le he robado al sueño para idear cómo quedaría mejor la fotografía del motivo elegido, sino la libertad y desfachatez con que tratáis cualquier trabajo que hacemos cualquiera de nosotros. Si algún día fuerais capaces de entender lo mal que os portáis con la gente que trabaja para vosotros, me daría por satisfecho. Pero creo que el corazón lo tenéis en las estampas, no en el pecho."
La última frase me pareció cojonuda pero también comprometida. Me quedé tranquilo pensando que tampoco Deus la había comprendido. Yo me quedé sin palabras, aunque sabía que algo muy grande me hervía por dentro. Al día siguiente, más sereno, le dije al director: “El único consuelo que me queda, y espero que a Ferrer también, es que ojalá encontremos una editorial que nos publique el trabajo y nos compense del tiempo perdido. “
La réplica del director no se hizo esperar: “En ese caso, y quiera Dios que lo logréis, tendríais que incluir en el apartado de “Agradecimientos” algo así como "Los autores muestran su reconocimiento a los rectores del Colegio por haberles brindado generosamente sus instalaciones y sus archivos fotográficos.”
Mayor desfachatez imposible. De cualquier modo, a partir de aquel día, Ferrer ya no volvió a ser el mismo. Su cara redonda y sonrosada de niño, enmarcada en aquellos cabellos rubios que le disimulaban la edad, rejuveneciéndosela en muchos años, mudaba de pronto y se ponía seria  cuando veía a menos de dos pasos algún “religioso”. Y si era Deus, no podía evitar temblar de ira. Y no precisamente de santa ira, como decían ellos para suavizar la desvergüenza de su inveterada hipocresía.

lunes, 25 de mayo de 2015

DE CRUCERO POR EL MEDITERRÁNEO




La semana pasada se nos ha ido en pura fantasía (no en balde se llamaba Fantasía el barco donde hemos efectuado el recorrido mediterráneo que iniciamos el pasado 15 de mayo. La vida a bordo ha sido la experiencia más inolvidable intensamente vivida en mucho tiempo. Aún no nos creemos que hayamos estado a solas con el mar durante ocho días, viéndolo cambiar de color y oyendo su incesante respiración desde el balcón de nuestro camarote. Los diversos salones del puente número 7, cada uno con su música, su colorido, su romanticismo, su decoración, su nombre sugerente (El Transatlántico, La Cantina Toscana, El Capuchino, Manhattan…), el buffet del 14 y el restaurante del 6, los desayunos en la popa viendo la gigantesca estela del Fantasía, las cenas en buena compañía  (3 parejas españolas más, cada cual más simpática y auténtica), con las consiguientes tertulias amarrados a un whisky con hielo o a un Captain Sparrow hasta las tantas de la noche, las clases de baile (el vals inglés, el tango…) en Aqua Park, en la parte más alta del barco a la vista del inmensurable mar a través de los circulares ventanales de la sala, o en L’Insolito Lounge en el puente 7. Y si hablamos de las escalas en tierra, no puedo dejar de recordar con verdadera emoción (ahora también nostalgia) la visita de Marsella, con la iglesia de Nuestra Señora de la Guardia en la colina más alta mirando al Puerto Viejo, la torre de Renato I de Nápoles del siglo XV en el Fuerte de San Juan o la Basílica Catedral de Santa María la Mayor donde pueden admirarse dos soberbias Piedades de blanco mármol; ni tampoco la de Génova, con su hermosísima Plaza de Ferrari (la fuente en el centro con su agua rosa, a un lado la estatua ecuestre del revolucionario Garibaldi delante del Teatro Carlo Felice y a otro la Sede del Gobierno, o la encantadora catedral de San Lorenzo con la representación del martirio del santo en el tímpano de la puerta de entrada mientras dos majestuosos leones contemplan sin inmutarse desde los extremos de la fachada monumental los ríos de gente que suben a visitar el templo procedente del paseo marítimo; ni mucho menos la visita del tercer día del bullicioso y carismático Nápoles, con su Castillo Nuevo o la bellísima plaza de Dante en un ensanchamiento de la Vía de Toledo, que tanto me recuerda, aunque en miniatura, la plaza de San Pedro en Roma; o la visita de Mesina, en la que destaca el Campanile de la Catedral con figuras doradas que se mueven cuando dan las horas ante cuya vista no puedo dejar de pensar en la Torre del Reloj del Ayuntamiento de Praga; o en el colmo de las sorpresas y emociones arquitectónicas, la visión de La Valeta, calles empinadas con esquinas llenas de estatuas que llevan entre apariciones majestuosas de plazas ajardinadas y soportales barrocos hasta la Plaza del Palacio de las Armas, donde los surtidores del suelo juegan con los niños o hasta el palacio blanco donde el poeta inglés Coleridge trabajó desde 1804 a 1805…
Una vez aquí, en la rutina nuevamente, mi corazón sigue latiendo un poco en el recuerdo de estos días pasados en el Fantasía, con la presencia constante del inmenso y solitario mar y las visitas a tierra como breves paréntesis de arte y belleza.


viernes, 15 de mayo de 2015

TROZOS DE UN ESPEJO V




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11.

Sustituyó al señor Ángel un hombre con cara de ratón llamado Hoyos, que era “religioso” y había venido de otro colegio de Barcelona. El hombre siempre se mostraba taciturno, serio y con la cara larga. Seguramente por ello algunos alumnos lo llamaban “Tristón”. Aún seguía en el Colegio cuando Llerón y yo salimos de él. Medio en broma medio en serio y a petición de algunos compañeros llegué a escribir una especie de canción burlesca dedicada a tan singular personaje:
“Siempre estás triste, Tristón,
 en tus Hoyos de tristeza
 metido hasta la cabeza
 y dolido el corazón.
 Esa cara has de encender
 con buenos tragos de vino
 y alegrar  tu gris camino
 con la miel de una mujer.”


12.

Desde el Pabellón de los Pinos al de los Hexágonos se bajaba por un sendero de losas que orillaba la riera por un lado y por otro el césped con forma de triángulo cuyos bordes estaban adornados con azulejos que Cabañas, el profesor de Arte, había previamente elaborado con un grupo de alumnos que destacaban en artes plásticas. El nombre del pabellón le venía por la forma que tenía. Las aulas se disponían alrededor de una base hexagonal y en el centro se elevaba una cúpula en punta acristalada por donde entraba tamizada la luz tranquila y limpia del Vallés. Allí estudiaban los niños que cursaban Preelemental y Elemental (luego Primaria). Aunque también se experimentaron sistemas de enseñanza foráneos como el EDI, que en términos jocosos los profesores de las secciones superiores traducíamos como “El Didacta Idiota”. En pocas palabras, se trataba de un sistema especial de enseñanza en el que los alumnos escogían en unos sobres preparados para la ocasión las actividades que debían realizar. El que salía perdiendo, efectivamente (en todos los sistemas educativos ocurre igual, pero en ese más) era el profesor, que se pasaba todo el día (y en su casa parte de la noche) corrigiendo trabajos, ejercicios y actividades de los chicos, de modo que el tiempo de preparación de clases era prácticamente nulo. Y si al menos hubiera servido de algo. No fue más que una experimentación basada en un sistema ensayado en otras latitudes con resultado negativo. Lo único que había de cierto era que, además de lo apuntado acerca del trabajo docente, los alumnos poco o nada trabajadores realizaban las actividades más fáciles y un número reducido de ellas. Allí reinaba la “santa” voluntad de los chicos. Y a eso se le llamaba libertad responsable.
El conserje del Pabellón era el señor Mulero, un exguardia civil, alto y ancho como un baobab, que se movía con la “ligereza” y “elegancia” de un oso. Todos los chicos, a pesar de la forma brusca que tenía el conserje de dirigirles la palabra, lo querían y respetaban. Lo que más le fastidiaba de su trabajo al conserje era tener que subir al Pabellón Central cada dos por tres a buscar tinta para la ciclostiladora o paquetes de folios para los exámenes y demás trabajos de los profesores. Y cuando no era eso era otra cosa, como acompañar a los niños pequeños a la enfermería o al aparcamiento donde alguna madre acababa de llegar con su imponente utilitario para llevarse a su hijo a casa.El señor Mulero tenía un gracejo tan especial para decir las cosas que sus frases pasaron al acervo anecdótico del Colegio. Si por ejemplo veía a algún alumno con la americana mal puesta, le decía con voz cuartelera: “¡ Niño, abróchate la guerrera!” Y en cuanto al césped que rodeaba al pabellón, se refería a él en cuanto descubría la velocidad con que había crecido la hierba con esta frase: “¡ Cómo crece el hijoputa del césped!  ¡Si al menos fuera trigo!” El señor Mulero tenía sus más y sus menos con algunos profesores de la Sección, entre ellos un numerario llamado Masiá, que no hacía otra cosa que invitarle a retiros y convivencias espirituales, hasta que un día, harto ya del recalcitrante asedio, le dijo al acosador: “Dios ya sabe cómo soy yo. No necesita verme en otro sitio que no sea el mío”. Eso debió de molestarle al tal Masiá porque, malinterpretando las palabras del conserje, le faltó tiempo para ir con el cuento a los jerifaltes del Colegio, que enseguida debieron de pensar que la vida espiritual del señor Mulero dejaba mucho que desear. Y cuando al cabo de un tiempo Masiá ocupó un cargo importante dentro del Pabellón de los Hexágonos, empezó a cargar al conserje con más trabajo del que realmente le correspondía por su rango. Y así, le mandaba  recoger el aula de dibujo y la de actividades manuales, que quedaban hechas un estercolero cuando los chicos las abandonaban, y sobre todo, y eso era la gota de agua que acabó colmando el vaso de la paciencia del conserje, limpiar el pequeño zoológico en que se había convertido un ángulo inservible del Pabellón entre dos módulos de clases. Pues bien, como esta última tarea desesperaba y sacaba de quicio al señor Mulero, decidió vengarse de Masiá. Y un día la serpiente, una culebra vieja que se pasaba el día durmiendo en el terrario y por la cual sentía verdadera aversión el conserje, apareció muerta junto al tronco seco de chopo en el que solía enroscarse. Menos mal que se achacó el suceso a que por entonces había habido una ola de calor y se pensó que había afectado al ofidio. El señor Mulero respiró aliviado. Cada vez que le contaba el caso a su colega Guerrero, conserje del Pabellón del Almendro, ambos reían a mandíbula batiente.


13.

El Pabellón del Almendro fue el edificio que se construyó en tercer lugar, cuando los dos anteriores se quedaron pequeños para poder albergar el incremento del alumnado en los años más prósperos del Colegio. El Pabellón se levantó en la zona más elevada de los terrenos que poseían los de la Obra, junto a la masía de Can Jover, masía que también con el tiempo desaparecería para ceder su sitio al último pabellón que yo conocí y al que bauticé el año de su inauguración premonitoriamente como el Panteón. El Pabellón del Almendro también se llamó del Delfín por el mosaico que en el vestíbulo colocó el Departamento de Arte y que representaba un gran delfín plateado sobre fondo azul marino. Los profesores del Pabellón del Delfín, cuando medían sus fuerzas deportivas contra los profesores del Pabellón de los Pinos, conocido más popularmente como el de la Mariposa, solían llamarlos medio en broma medio en serio “ingrávidos”, “melifluos”, “volátiles”, “inconsistentes” y otros adjetivos de parecida significación. Mientras que los profesores del Pabellón de la Mariposa llamaban a sus adversarios del Pabellón del Delfín “húmedos”, “mojados”, “acuáticos” y cosas peores como “ahogados” y “merluzas” y hasta les dedicaban epítetos épicos tan chocantes, pero por otra parte tan lógicos como: “Oh, vosotros, los que andáis escocidos como si llevarais los huevos pasados por agua.” A lo que respondían los del Pabellón del Delfín, capitaneados por Llerón: “¡Ay de vosotros, los que os movéis por el aire como si se hubieran convertido vuestras pelotas en nubes vaporosas y viajeras!” El 27 de abril de todos los años, festividad de la Virgen de Montserrat, el Colegio en pleno, alumnos, profesores y personal no docente, solía reunirse en la explanada que había delante del Pabellón del Almendro o del Delfín y, de cara a la mole sagrada de Montserrat, y aunque granizara o cayeran chuzos de punta, cantábamos a la Señora del Cielo (la Moreneta para los catalanes) el famoso virolai, ensayado varias veces para tal ocasión: 
“Rosa d’abril,  morena de la serra,
de Montserrat l’estel, 
 il.lumineu la catalana terra,
 guieu-nos cap el cel,
 guieu-nos cap el cel...”
En el Pabellón del Defín se hallaba la recién construida Aula de Audiovisuales, el Departamento de Deportes y el de Inglés, además de las diversas aulas de alumnos y despachos de los profesores. Dos secciones convivían en el Pabellón, el BUP y el COU, dirigidos ambos por sendos miembros de la Obra: el primero por Carrera, que haciendo honor a su apellido, era una persona inquieta y nerviosa que transmitía a los profesores y a los alumnos su inquietud y nerviosismo; y el COU, por uno de los más veteranos del Colegio, casi un dios entre los “religiosos”, un numerario llamado Molino, que molía realmente el trigo que se cosechaba allí. El Pabellón del Delfín se transformaba al llegar la tarde en una nueva Sección, la de la SET, adonde acudían alumnos mayores que nada tenían que ver con los de la mañana. De extracción social más modesta, eran hijos de trabajadores que poseían suficientes medios económicos como para llevarlos a un colegio como el nuestro, que durante los primeros años de funcionamiento fue poseedor de un merecido prestigio educativo, para recibir una buena instrucción. Eran alumnos procedentes de las más diversas escuelas del Vallés y, por consiguiente, poseedores de una formación variopinta, y desde luego sin las miras religiosas de los alumnos de la mañana, cuya mayor parte pertenecían a familias religiosas, acaudaladas y conservadoras. Yo fui desde los últimos años setenta hasta casi el final de mi trabajo en el Colegio también profesor de la SET. Los gastos de la casa, la educación de mis hijos y los costos de la adquisición de la segunda vivienda cerca de Montserrat, una modesta casita de una planta y un pequeño jardín, me exigían ese sobreesfuerzo laboral. En el Pabellón del Delfín pasamos momentos muy felices Llerón, Juanmari y yo. Aunque allí tuvimos que vivir otros tiempos no tan dichosos rodeados por todas partes de “santos” aquí en la tierra, “santos” como el citado Molino, el cual se creía a pies juntillas que mantenía línea directa con Dios.


martes, 12 de mayo de 2015

TROZOS DE UN ESPEJO IV



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8.

El Pabellón Central fue testigo de multitud de batallas, la mayoría de las cuales estaban relacionadas con el enemigo común de la religión, mal casada con la economía y otros pecados capitales. Batallas cuya victoria se ponía evidentemente del lado del Colegio y cuyas derrotas del lado del personal docente y no docente. Lo digo así y parece una ironía del destino porque en dicho Pabellón se encontraban precisamente dos de las dependencias más importantes, serias y morales de un colegio. En primer lugar,  la Biblioteca, que a todas luces debe ser siempre sede del conocimiento, de la reflexión y de las buenas maneras, y sobre todo, alma y vida de la libertad, respeto a los demás, paz y belleza. Sin contar con el hecho sublime y casi divino de que entre sus cuatro paredes tuvo lugar la única tertulia que la Máxima Autoridad Religiosa llevó a cabo en la zona. Y en segundo lugar, el Oratorio, recinto sagrado para justificar, encontrar y confirmar la caridad y el amor a los semejantes, morada eterna de quien dio su vida por nuestros pecados y de la Virgen María, madre suya y madre nuestra e infalible intercesora de nosotros pecadores, amén.
En la otra ala del Pabellón Central se hallaba la Secretaría y al mando de ella estuvo siempre hasta el año del naufragio humano o estampida, como también la calificó Llerón, un hombre bueno llamado Nicanor Molino, cuyo carácter apacible se fue torciendo con el paso del tiempo, sometido como estaba a presiones que tenían que ver con los “religiosos”. Entre otros cometidos, Nicanor se ocupaba del material escolar y de las matrículas de los alumnos, y como los recursos económicos, según los “religiosos”, habían ido disminuyendo, cada principio de curso se le hacía más difícil entenderse con los profesores, que, unos por hacerle bromas y otros porque necesitaban material fungible, aparecían a todas horas por la oficina a pedirle lápices, rotuladores, borradores de pizarra, tiza, folios, gomas de borrar, sacapuntas... Era lógico que Nicanor contestara de la manera más intempestiva después de que hubieran pasado por allí más de una docena de bocas pidiendo de todo.
Un día de esos entró en la Secretaría Martín para simplemente saludarle y a desearle buenos días. Pero cuando iba a abrir la boca para decirle “Buenos días”, Nicanor le interrumpió para contestarle: “No hay nada de eso.”
Nicanor, por su comportamiento, sus silencios prolongados y aquel aire de misterio que se daba cuando salía a relucir el tema de los retiros, hizo pensar a más de uno que podía ser un “religioso”. Lo que sí estaba a las claras era que siempre se le veía en sus reuniones y acudía con frecuencia a los retiros que se convocaban en el Colegio y en otros lugares de Barcelona y provincia. Además existía el hecho evidente de que al jardinero Barrios le hablaba a menudo de los retiros espirituales y le invitaba a asistir a ellos asegurándole que si lo hacía sería bien visto en el Colegio y tendría segurado su puesto de trabajo. A juicio del jardinero, si aquello no era apostolado poco le faltaba. Pero Barrios le daba largas con una frase que no dejaba lugar a dudas: “De momento prefiero retirarme los fines de semana a la casa que me estoy levantando en Piera. Cuando termine ya veremos.”




9.

La Secretaría dependía de la Gerencia, despacho que estuvo regentado durante mucho tiempo por el supernumerario Romero, un ser voluminoso que tenía una mirada fría y astuta, como de zorro perseguido, y un hablar lento y dominante. Era el dios del dinero y por él pasaban los negocios del Colegio. Refiriéndose a él, Llerón decía a menudo: Pecunia et fides montes movent.
Cuando Romero se cruzaba con algún profesor en los pasillos o en el comedor, siempre le preguntaba: “¿Qué tal andas de salud?” Y luego añadía entrecerrando sus ojillos de zorro mientras palmeaba la espalda del interpelado: “Hay que estar sano para cumplir con esta profesión como merece.” Claro que eso lo decía una persona que no había pisado un aula en su vida.


10.

En el Pabellón de los Pinos, llamado también de la Mariposa por el mosaico que el Departamento de Arte había construido en el exterior, estaban además de las aulas de EGB (antes Preparatorio e Ingreso) y los despachos de los profesores, el Departamento de Arte, el primer salón de Audiovisuales, el Laboratorio de Ciencias, las cocinas, y los dos comedores de los alumnos y el de los profesores. Fue su conserje principal durante muchos años el señor Ángel, murciano de toda la vida y seguidor incondicional del Barça. En su vida privada, relegada exclusivamente a los fines de semana y a los periodos vacacionales, era un gran aficionado al mundo de las palomas. Conocía por el ruido del vuelo si la paloma en cuestión era una tórtola, una torcaz o una paloma común. En su casa de L'Hospitalet de Llobregat, en la azotea, había construido un palomar con forma de pagoda china y allí criaba decenas de palomas. Y los domingos acudía al Club Columbario con sus pichones para cruzarlos con otras palomas o para participar en concursos de vuelos, que casi siempre ganaba. De ese modo obtenía un dinerito extra para los gastos de la casa, respecto a lo cual siempre añadía:  “Gastos que nunca se cansan de darnos problemas”.
El señor Ángel conocía un secreto que dejó de serlo cuando se le ocurrió revelárselo a Sotero, el de mantenimiento, creyendo que éste era persona de fiar y no lo era porque todo el mundo supo después que se hizo “religioso”. El secreto del señor Ángel nació un día en que dormitaba en un cuarto que se usaba para las visitas de padres. De repente, a  él llegó en retazos una conversación procedente del despacho adjunto al del Jefe de Sección, que entonces era Araújo, una persona competente en materias educativas aunque un tanto fiscalizador de las idas y venidas de los profesores, pues era de dominio común que acostumbraba a espiar a algunos docentes mientras daban sus clases. El caso es que el señor Ángel reconoció enseguida aquellas voces. Una pertenecía al propio Jefe de Sección, que decía a todo “sí”, “de acuerdo”, “claro”, “por supuesto” y cosas por el estilo para que la voz del otro acabara de decir lo que tenía que decir. Resulta que la otra voz era la de Deus, que se acababa de estrenar como director. En aquel momento éste le decía: “Es sabido que hay algunos profesores que tienen un sueldo muy elevado y un colchón excesivo. Con el tiempo estos sueldos tan voluminosos convertirán en insostenible la buena marcha económica del Colegio. Algún día, ya sea yo o el director que me suceda, tendrá que tomar una decisión”. Su conclusión era que había que propiciar la salida del centro de algunos de esos profesores que tenían un sueldo que duplicaba y en algunos casos triplicaba el sueldo normal. A continuación citó nombres. Esos nombres los llevó mucho tiempo el señor Ángel en su cabeza. Pero de allí no salieron nunca. Jamás dijo a nadie ninguno de esos nombres. Como persona juiciosa que era, siempre creyó que era muy traumático darlos a conocer. Porque ¿y si luego no salía adelante el plan que proponía Deus? No había por qué alarmar a una serie de personas que llevaban allí más de media vida. Jamás dijo nada a nadie sobre aquellos nombres, salvo a Sotero, que durante un tiempo le debió de sorber la voluntad con promesas falsas.
El caso es que Sotero se fue de la lengua y desde entonces al señor Ángel lo trataron de otro modo. Él lo notó. Y un día fue a la Gerencia para hablar con Romero de una diferencia sustancial de dinero que había descubierto en su nómina. Resulta que se le había añadido una cantidad en conceptos de incentivos y quería saber si era un error u otra cosa. Romero se echó hacia atrás en su sillón, entrecerró sus ojillos de zorro y desde esa postura de dominio le soltó lentamente estas palabras: “No es un error. Ese dinero que aparece en tu nómina de más es para que sigas siendo bueno.” El conserje salió meditabundo del despacho de Romero diciéndose a sí mismo: “¿Para que siga siendo bueno o para que no hable con nadie de lo que oí?”
Luego se produjo el cambio de Jefe de Sección porque Araújo se iba a Madrid, de donde era originario, a ocupar un cargo político relacionado con el Ministerio de Educación y Ciencia. El nuevo Jefe de Sección, Justo Aval, hacía honor a su nombre y apellido trabajando con esmero y rigor en el puesto que ocupaba. Trataba humanamente a las personas que trabajaban para él y fueron memorables las charlas que dirigía a los alumnos en la sala de audiovisuales. Les hablaba de usted y les pedía por favor que se hicieran más amigos de los libros porque en ellos estaba el camino del mañana. Casi siempre terminaba igual sus intervenciones. “Y cuando un día estén todos ustedes fuera de estas paredes, su forma de actuar hablará de lo que aprendieron aquí y de los profesores que tuvieron. Porque el Colegio impone siempre a su gente la impronta de su buen obrar.”
Con el señor Ángel también tenía detalles muy humanos. Un día que lo sorprendió practicando beatíficamente su acostumbrada siestecita en el cuarto contiguo a su despacho, detuvo amablemente el gesto que el conserje hizo por incorporarse y le dijo: “Tranquilo, siga con su ratito de sosiego. De momento la sección no le necesita.” Ese signo de deferencia siempre se lo agradeció el conserje.
Y de repente un lunes el señor Ángel faltó al Colegio. Había caído enfermo del estómago el fin de semana anterior y nunca más se levantó. Le operaron del hígado y al cabo de unos días murió entre horribles dolores. Un Viernes Santo para más señas. Una gran parte del Colegio, entre alumnos y profesores, acudimos a su entierro. Y cuando al regreso del cementerio un grupo de profesores, entre los que nos hallábamos Llerón y yo, nos vimos a solas con la viuda del conserje para darle de nuevo apoyo en tan  duros momentos, la pobre mujer rompió a llorar. Llerón, para consolarla, le dijo: “No llore más, mujer, que su marido es un santo y está en el mejor de los lugares.”
La viuda, entre sollozos, dijo: “Un santo, sí. Ya dice usté bien. Si hasta ha muerto el pobre mío un Viernes Santo, como Nuestro Señor Jesucristo.”

miércoles, 6 de mayo de 2015

MOMENTO ESPECIAL- ESTOS OCTUBRES



Ayer, martes 5 de mayo di a conocer en Barcelona mi poemario ESTOS OCTUBRES. Hizo los honores de presentarlo, tras los elogios correspondientes del editor Pepe Membribe, el poeta y amigo Ambrosio Gallego, demostrando que había sabido leer el libro perfectamente. El tema familiar, que es su eje trasversal, da lugar a los otros motivos presentes en el libro: el paso del tiempo, los lugares primeros de la ciudad de los cimientos que permanecen en la memoria y la vida vivida en el presente en la ciudad adoptiva, sin olvidar los adioses y las bienvenidas de antiguos y nuevos miembros al racimo familiar. Todo eso lo supo explicar el presentador, además de destacar puntos estructurales y literarios de ESTOS OCTUBRES, como el hecho de que los poemas que lo forman no aparecen en el orden en que fueron escritos en su día para ser leídos en voz alta durante la fiesta familiar al hermano mayor, que es el principal receptor de los mismos, y al resto de la familia, testigo del homenaje, sino agrupados  por temas comunes relacionados principalmente con los ya citados más arriba: el paso del tiempo y su influjo en la familia, la presencia y el recuerdo nostálgico del lugar de las raíces y la vida vivida en la actualidad en Barcelona. Apuntes certeros sobre la métrica y el lenguaje empleados no faltaron tampoco; en resumen, una labor didáctica encomiable para acercar el alma de ESTOS OCTUBRES al público que llenaba la sala. En lo que a mí concierne, me dediqué, como era obligado, a dar las gracias a los amigos y familiares que habían olvidado sus tareas diarias para acompañarme en un momento tan especial y a leer tres o cuatro poemas que me parecieron algunos de los más adecuados para animar a leer ESTOS OCTUBRES a los asistentes.