En este 2020 se cumple el centenario del nacimiento del gran novelista castellano Miguel Delibes, y quiero colaborar en su celebración con mi pequeño granito de arena. Siempre he considerado al autor de La sombra del ciprés es alargada un dignísimo autor familiar. Sí, estoy convencido de que sus libros son muy adecuados para leerlos en familia; y no sólo los que son narraciones (El camino, Las ratas, Viejas historias de Castilla la Vieja, Los santos inocentes, etcétera), sino también los que hablan de sus viajes (USA y yo, Por esos mundos, Europa: parada y fonda, La primavera de Praga...) o los que tratan de la caza (El libro de la caza menor, El último coto, Con la escopeta al hombro...), de su propia vida (Un año de mi vida, Mi vida al aire libre, VIvir al día...) o de Castilla como referencia personal (Castilla, lo castellano y los castellanos, Castilla al habla). Hasta las obras de crítica literaria, la más importante de la cuales es sin duda España 1936-1950: Muerte y resurrección de la novela, puede ser lectura coral en casa para conocer de primera mano una panorámica de su propia generación literaria, entre los que figuran autores de la talla de Ferlosio, Aldecoa, Fernández Santos, Carmen Martín Gayte o Ana María Matute.
Dicho lo anterior, mi granito de arena en la celebración del centenario del nacimiento de Miguel Delibes consiste en tratar aquí de un tema que no debe ser muy conocido en su obra: la cocina y la alimentación y todo lo que tiene que ver con ellas. Empezaré con el libro Un año de mi vida y seguiré con otros títulos como El tesoro, Mi vida al aire libre y El camino.
Un año de mi vida (1972)
Un día lluvioso del pasado mes de noviembre me puse a releer Un año de mi
vida, de Delibes, y en seguida me vi a salvo en el refugio del libro, donde reina
la ternura hacia las personas, los animales y la naturaleza. En una especie de
diario que abarca desde junio de 1970
a junio de 1971, el escritor vallisoletano, con su
lenguaje castizo, plagado de vocabulario campestre, propio de la vida rural,
apartada y silenciosa, nos describe los paisajes castellanos, con continuas
referencias a sus austeros habitantes y
a sus oficios y tradiciones seculares y alimentación extraída de la tierra del
medio en que viven, rodeados del agua que fluye, del clima continental
extremado, de los cultivos, de la caza y de la pesca, de la cocina y la vida
familiar…
Se me preguntará por qué éste libro y no otro de la abundante producción literaria
de Miguel Delibes. Pues bien, la razón es personal. En junio de 1970 contraje
matrimonio con la mujer que sigue siendo el alma de mi familia y en junio de
1971 ya sabíamos ambos que íbamos a ser padres de nuestro primer hijo. ¿No es
suficiente? Podía haber elegido El libro de la caza menor o El camino, dos
libros que, de profesor de Lengua, propuse de cabecera de lectura en COU y BUP
respectivamente, libros por los que siento igual devoción que por Un año de mi
vida. Pero elegí este último por la razón expresada en primer término. Gracias
por permitirme continuar.
Y digo que aunque fuera llovía sin parar, yo me había olvidado de la lluvia
resguardado en el refugio que me regalaba el libro en que Delibes, con su
maestría habitual, me hablaba en la nota del 26 de julio de cuánto le había
costado atrapar una trucha de kilo con cucharilla, concluyendo de este modo:
“Es un bicho hermoso, asalmonado, que cocido y con mayonesa estará como para
chuparse los dedos. Ha sido una satisfacción, mayor aún pensando en la que se
le saltó a Juan anteayer del mismo tamaño por el dichoso carrete.” Y un poco
más adelante me enteré de la angustia por la fruta que sufría Sedano, pueblo
burgalés que fue cuna de Ángeles, la esposa del escritor, y lugar de veraneo de
la familia Delibes, donde, según sus propias palabras, “la gente llega a vieja
comiendo manzanas y miel, los cangrejos y las truchas se multiplican
confiadamente en los regatos y los conejos corren libres por el monte sin temer
a la mixomatosis.”

En efecto, en la nota del 8 de septiembre apunta el autor
que aunque el año se había portado bien con la fruta, nadie la compra. Y en
concreto, “la ciruela claudia aguanta poco, unos días. Y la pera tampoco
demasiado.” Con lo que Delibes se pregunta angustiado como uno más del pueblo:
“¿Habrá que dejarla perder?” Y si los estómagos españoles no están saturados de
fruta barata, “por qué estas peras de Sedano no encuentran por el momento
salida a ningún precio?” Y nada más pasar dos páginas, me encuentro el 11 de
septiembre unas palabras sobre el té silvestre que había recogido la cuadrilla
en unas rocas y cuya infusión tenía “un gusto muy acentuado, entre boldo y
manzanilla. Resulta una tisana agradable. Mi mujer dijo que era la misma cosa
que compraba su padre hace muchos años a una mujeruca en el desaparecido
Mercado del Campillo de Valladolid, y que allí le decían té purgante.” Curiosidades
de andar y cazar por el monte que se convierten en familiares que enternecen
siempre. Y hablando de su actividad favorita de cazador y de algunas de sus
capturas, nos menciona las 302 codornices que, según la nota del 14 del mismo
mes, había cobrado la cuadrilla en quince tardes.

A raíz de eso, Delibes añade que
había visto en un restaurante de dos tenedores que la pareja de codornices
costaba 105 pesetas. Con su socarronería proverbial concluye: “Si las
matemáticas no mienten, en un par de semanas nos hemos merendado 15.000 pesetas
de codornices. ¡Somos unos estómagos de lujo!” Pero no se crea que todo es caza
y gastronomía en Un año de mi vida, pues junto a estas suculentas notas de
diario, hay otras que recogen comentarios literarios de todo tipo, que no sólo
versan de tesis, traducciones, adaptaciones cinematográficas, etcétera de obras
suyas, sino también de las lecturas que hace Delibes de otros escritores
nacionales y extranjeros, algunos de los cuales son, entre los de casa, Camilo
José Cela, Fernández Santos, Ana María Matute, José María Luelmo, Francisco
Umbral, Vizcaíno Casas, Jiménez Lozano, etc., y entre los de fuera,
Solzhennitsyn, Vargas Llosa, Pingaud, Mauriac, Saul Bellow, García Márquez,
Huxley y otros. Y también referencias al cine, al fútbol y a otros temas de los
que suele hablar la gente normal y corriente de pueblo, como puede ser la
matanza del cerdo, tan habitual en aquel tiempo en nuestras tierras castellanas
y otras de la península ibérica. La nota del 18 de diciembre, respecto a ese
acontecimiento familiar, no puede ser más escueta pero certera y precisa: “A
medias con mi hermano Manolo, hemos matado un gorrinote de 120 kilos en
Villanueva de Duero. Siempre tuve ilusión por matar un cerdo, pero por fas o
por nefas hasta este año no se me logró. El día ha sido propicio, con una
escarcha imponente y temperaturas de 7 grados bajo cero. Las morcillas las
haremos de arroz y mucha cebolla y, por supuesto, embucharemos el lomo. Pasado
mañana comeremos la chichas y el morcillón.”

Eso acabo de releer hoy, un mes más tarde, cuando a mi alrededor se huele
la fiesta de Navidad. Hace sol, pero los cristales del balcón del altillo están
empañados. Dejo el libro en su sitio y bajo a la cocina donde mi mujer está
preparando la comida para cuatro, nosotros dos y los nietos a los que iré a
recoger al colegio dentro de un rato.
Han pasado ya unos días de las vacaciones de Navidad, y con la calma que
da dejar momentáneamente las comilonas, las bebidas y los dulces de las fiestas,
he cogido otra vez el libro de Delibes y lo he terminado hoy, viernes 27 de
diciembre, tras enterarme de nuevo de lo que representó para el escritor esta
etapa reducida de su vida, resumida por él en datos importantes de su
existencia: “Un año es poco más que un suspiro y, in embargo, caben mucha cosas
en un suspiro: el cincuenta aniversario del propio nacimiento, el veinticinco
de matrimonio, la operación de un hijo, la boda de una hija, la fractura de una
pierna (la suya), la muerte de media docena de amigos entrañables…” Y
particularmente, con relación al tema que he escogido, la gastronomía y la
alimentación, he dado con notas interesantes, como la del 17 de marzo de 1971
en que apunta lo que le ha contado su hijo Miguel sobre la calidad de la leche
materna a propósito del análisis que le han hecho a la leche de una amiga suya
que acaba de ser madre, la cual “daba una proporción apreciable de
insecticida.” “Esto al margen, se sospecha que el DDT determina la esterilidad
en muchas mujeres”. “Según parece, continúa la nota diciendo, esto es ahora común
a todas las jóvenes madres ya que la fruta, las hortalizas, las aguas de los
ríos arrastran una carga considerable de este veneno que se transmite
fácilmente al organismo. Ya sólo nos faltaba esto: alimentar a nuestros hijos
con DDT.”

En ese mismo mes de marzo Delibes fue a San Sebastián a dictar una
conferencia sobre caza y los hábitos de la codorniz, “movida por el progreso
mecánico y las asechanzas contantes de que es objeto”, a la cual acudió poca
gente porque “a los cazadores, como dice en la nota del día 27, no suele
gustarles que les hablen, aunque sea de caza. De no cazar, lo que prefieren es
hablar de ellos.” De la jornada de San Sebastián, al margen de la conferencia
sobre la migración de la codorniz, que, según el cazador escritor o escritor cazador,
que para el caso es lo mismo, “es el ave más versátil y caprichosa de cuantas
conocemos”, Delibes destaca la cena de su mujer y él con los hermanos Peña y
sus mujeres en un restaurante muy conocido de la capital guipuzcoana, en el que
“un coloquio con los Peña ante una merluza a la parrilla siempre resulta una
fiesta.”
En una nota de principios del mes de abril Delibes, a petición de un
pariente que pensaba publicar un libro de anécdotas de sus comunes antepasados,
evoca, entre otros casos, lo sucedido con la hija de unos de ellos que tenía
manía persecutoria y mantenía la carabina casi a mano por si se presentaba la
ocasión de utilizarla; pues esa hija suya “alardeaba de no comer y por las
noches la (sic) dejaban las alacenas llenas de viandas y ella se despachaba a
dos carrillos pero a escondidas.”
Y acabo con la referencia que hace el autor de Las ratas en la nota del
13 de mayo a la gastronomía portuguesa a raíz de haber sido invitado a ir a
Lisboa al Congreso de Novelistas, invitación que rechaza porque la pierna rota
que le tuvo postrado y sin pisar el campo durante varios meses, aunque
progresa, “está lejos de poder aguantar museos y rutas turísticas.” Y concluye,
ahora con el pretexto de que tampoco anda muy bien del aparato digestivo, “y
está también el estómago, reacio a la cocina manuelina a que tan aficionados
son los portugueses.” Si Delibes se refiere entre otros platos a la francesinha, que tuve la oportunidad de
probar hace uno años en Oporto (una especie de sándwich
que lleva un montón de ingredientes, desde pan de molde hasta huevos fritos,
pasando por filetes, salchichas, quesos… sin olvidar nunca la salsa típica,
picante, que levanta el ánimo más decaído); reconozco que para un estómago
delicado o enfermo, como lo tenía el autor castellano en la época en que
escribió las notas a que estamos haciendo referencia, es un bocado con
demasiada contundencia. Pero supongo que por aquel entonces, 1970-71, la francesinha no habría invadido aún con
su volcánica propuesta la cocina portuguesa ni ninguna otra cocina.
