Versos para niños y Libros de
lectura
A)
Versos para niños
Recuerdo de la escuela que don Andrés, mi primer Maestro Nacional,
tenía siempre en su mesa algún libro del inefable Antonio Fernández, su Enciclopedia
Práctica en todos sus grados, Iniciaciones, Estampas evangélicas
o los famosos Versos para niños, de los cuales nos leía de vez en cuando
la Oración de J. A. Silva, la Canción del pastor en vela de J.
García Nieto, el Crepúsculo campesino de Francisco Villaespesa o la Marcha
triunfal de Rubén Darío, de ritmos tan marciales, aquellos versos que el
maestro escribía en la pizarra para que los copiáramos con esmerada caligrafía
en nuestros cuadernos antes de aprenderlos de memoria:
“¡Ya viene el cortejo!
¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines.
La espada se anuncia con
vivo reflejo.
¡Ya viene, oro y hierro, el cortejo
de los paladines!”.
O una de mis
favoritas por entonces, El molino, de Antonio Fernández Grilo :
“Sigue el agua su camino
y al pasar por la arboleda,
mueve impaciente la rueda
del solitario molino.
Cantan alegres
los molineros,
llevando el trigo
de los graneros;
trémula el agua
lenta camina;
rueda la rueda,
brota la harina,
y allí en el fondo
del caserío
a par del hombre
trabaja el río...”.
Versos para niños, que llevaba
de subtítulo “Antología lírica ilustrada de poesías recitables”, con el tiempo
se convirtió en un referente necesario para hacer nuevos libros de poesía para
niños. En su prefacio Antonio Fernández, seleccionador de los poemas del libro
y también autor de bastantes de los poemas que figuran en él, nos da una pista
de cómo ha de ser la orientación de dichos libros. Citamos sus propias
palabras: “Unas poesías recuerdan las nanas con que tu madre duerme en la cuna
a tus hermanos más pequeños, otras se refieren a tus juegos y devociones, y
algunas te ponen frente a las glorias de nuestra Patria para que aprendas a
cantarla y a amarla. Y todas tratan de cultivar tus sentimientos y depurar tus
aficiones, de forma que, habituándote a su ritmo y a su belleza, te hagan
rechazar con energía las lecturas torpes, como se rechaza una ortiga después de
oler una flor...”
Y en efecto, en el libro pueden encontrarse, además de las
citadas más arriba, poesías que son nanas o canciones de cuna, oraciones y
plegarias a la Virgen, a Dios y a Cristo Crucificado, junto con villancicos que
celebran el Nacimiento, juegos, diversiones, descripciones de paisajes, elogios
del trabajo y de virtudes humanas, cantos a la Patria y a sus héroes, en una
palabra, modelos líricos para cultivar los sentimientos de la época, reducidos
a ensalzar la religión católica, la Patria, el paisaje español y la vida
laboriosa y honrada de sus gentes.
Y entre los poetas más frecuentes, aquellos
más cercanos a la doctrina del Movimiento: Foxá, Pemán , Manuel Machado,
Federico de Urrutia, Adriano del Valle, Enrique de Mesa, el P. Julio Alarcón o
Luis Fernández Ardavín, para no hacer excesivamente larga la lista, y otros
anteriores de quienes extrajeron lo que mejor iba con sus postulados, como
Gabriel y Galán, Marquina, Vicente Medina o Villaespesa, además de los clásicos
tipo Lope de Vega, Góngora o los anónimos del Romancero, sin que faltaran, para
completar la nómina, autores iberoamericanos cuyas composiciones respondieran a
sus exigencias éticas y estéticas, como Nervo, Gabriela Mistral, Francisco Luis
Bernárdez o Juana de Ibarbourou.

Los poemas de tales poetas, leídos por el maestro, adquirían a nuestros
oídos valores inexcusables, entre otras cosas porque entonces se pensaba
unánimemente que el maestro, ante sus alumnos, actuaba en nombre de Dios, de la
Patria, de la familia, de la sociedad y de la cultura. Y se aceptaba cuanto de
su iniciativa procediera. Lo mismo se aceptaba, por ejemplo, que la enseñanza
del idioma en muchos casos se basara en la memorización de poesías que el
maestro elegía cuidadosamente. Eran poesías que defendían los valores “eternos”
de la familia, la abnegación y la honradez del trabajo de los pobres, el
patriotismo, la religión cristiana; poemas muy sentimentales, llenos de ternura
y conmiseración con los más débiles.
B) Libros de Lectura
Eran años aquellos en que los libros de lecturas para chicos y
chicas, graduados según las dificultades de los textos y la edad de los
lectores, incluían cíclicamente, lecturas que se referían a la vida de familia
en el hogar, a la escuela considerada como prolongación de la casa, a momentos
agridulces vividos en familia, la muerte de un ser querido, la primera
comunión, el santo de la abuelita; también había cuentos entrañables que
recordaban festividades vividas en familia como la Noche de Reyes o,
simplemente, recordatorios de las narraciones que oíamos desde muy pequeños,
siempre basados en los clásicos de Perrault o de los hermanos Grimm (¿quién no
ha oído mil versiones y tratamientos, por ejemplo, del Gato con botas?);
en dichos libros se incluían también poesías que tenían que ver con el hogar, y
ahí figuraban poemas de Fernández Grilo, la Reyerta infantil, de Juan de
Dios Peza o La muñeca, de Vital
Aza, y relatos que nos ponían en contacto con otros países, cuanto más lejanos
mejor (Japón, Alaska, Estados Unidos); y no faltaban, por supuesto, referencias
a figuras y personalidades históricas que habían hecho de España nuestro común
hogar (Fernando III el Santo, Cristóbal Colón, Alfonso X el Sabio); cerraban la
lectura con broche de oro los santos españoles que habían convertido su
personal camino del cielo en nuestro eterno hogar (San Tarsicio, Santa Casilda,
San Juan de la Cruz). Ejemplos de ello eran los libros que Ediciones Jover
publicaba en Barcelona en los años sesenta: Amigos, que constituía un
primer grado de lectura, y Hogar, el libro de lectura normal.
O los de Mantilla, que era una serie de libros de lectura, también
de Barcelona, aunque algo anteriores que los dos citados. Analizando, por
ejemplo, el Libro de lectura número 3, vemos entre los Trozos
escogidos en prosa Máximas y aforismos, Trozos sacados de los Evangelios (de
San Mateo y San Juan), Anécdotas (Amor a la Patria, Amor filial...), textos de
autores sobre los más diversos temas de
interés para los chicos, como “La lectura”, de Balmes, “El rico y el pobre”, de
Feijoo, “El amor”, de Mateo Alemán, “La arquitectura árabe”, de Pedro de
Madrazo, “Elegancia de la lengua castellana”, de G. Garcés, o el “Discurso de
las armas y las letras”, de Cervantes.
La segunda parte se titula Poetas españoles e hispanoamericanos,
y éstos son algunos de los poemas que figuran en ella: A Cristóbal Colón,
de R. M. Baralt, A una golondrina, de Carolina Coronado, o Noche
serena, de Fray Luis de León.
O las Páginas selectas, “lectura para niños escogida y
ordenada”, como reza en el subtítulo, y editadas por Dalmau Carles, en Gerona.
Entre los “Trabajos en prosa” destacan “El espejo de Matsuyama”, de Juan
Valera, “Los guantes”, de Miguel Ramos Carrión, “Rafael”, de Lamartine, “La
misa de los muertos”, de J. Manuel de Sabando, o “Una tarde invierno”, de Pi y
Margall, mientras que aprendíamos o recitábamos sólo de sus “Trabajos en
verso” El crucifijo de mi hogar,
de Núñez de Arce, A un impaciente, de Manuel Sandoval, El pueblo del
porvenir, de Zorrilla, o La catarata y el ruiseñor, de Manuel Reina.
También eran muy conocidas
las Joyas literarias para los niños, editadas en Madrid y con una “breve reseña
histórica de nuestra literatura y colección de biografías de notables
escritores españoles, antiguos y modernos, seguidas de artículos, poesías o
trozos literarios de los mismos”, según se nos aclara en la portada. Lo mismo
que el anterior, aunque mezclados y en orden cronológico descendiente, incluye
textos en prosa y en verso, además de una “Breve noticia histórica de la
Literatura española”. Entre los textos en prosa destacamos “El combate de
Trafalgar”, de Galdós, “El alma de las
cosas”, de Alejandro Sawa, “El Quijote”, de Menéndez y Pelayo, “Peñas arriba”,
de José María Pereda, o La Nochebuena del poeta, de Pedro A. de Alarcón,
que incluye aquellos cuatro versos llenos de melancolía, inolvidables:
“La Nochebuena se viene,
la Nochebuena se va,
y nosotros nos iremos
y no volveremos más”.
Otro ejemplo lo constituyen los Cuentos, leyendas y narraciones
que en mi ciudad natal, Zamora, dio a
conocer Cesáreo Herrero distribuidos en tres grados, con relatos tan
entrañables como “Señor, aquí está Juan”, de Fernán Caballero, “El espíritu de
las aguas”, “El doctor sabelotodo”, y poesías del propio Cesáreo Herrero, como
la titulada Carbonero y de otos autores, como la Nana, de J. De
Ibarbourou, o Canto a la bandera, de Villaespesa.
No puedo pasar por alto
aquí un libro titulado Mis amores, que, como reza en el subtítulo, es
“una colección de artículos y poesías de los mejores literatos contemporáneos
hispano-americanos (reunidos) para que sirvan de lectura educativa, emotiva y
sugestiva en las escuelas de niños y niñas”, escogidos y ordenados por don
Manuel Guiu Cucurull. Desde la editorial se tenía la convicción de que, a la
vez que los niños aprendían y conocían con toda su pureza el idioma patrio, se
conseguía que con tales modelos se enfocara el pensamiento infantil hacia la
Verdad, y el sentimiento hacia la Bondad y la Belleza; de modo que, al afear
los vicios, se embellecían las virtudes. Los trozos literarios y los poemas del
libro se agrupaban en diversos apartados: Amor filial , es el primero,
donde destacan, entre otros, El ama, de Gabriel y Galán, o El gaitero
de Gijón, de Campoamor. El segundo
apartado es el Amor a la escuela, con poemas como Los pajarillos
sueltos, de Vicente Medina, o La pluma, la mano y la cabeza, de
Manuel del Palacio. El tercero se llama Amor a la patria y en él
sobresalen, entre otros, Castilla, de Núñez de Arce, o La marcha real
española, de Eduardo Marquina. El
cuarto amor es el Amor a la humanidad , que contiene poemas como La
calumnia, de Rubén Darío, o El nido, de Juan de Dios Peza. Amor a la ciencia y al arte es el
siguiente apartado, en el que figuran poemas como A la lengua castellana,
de José Mercado, o El pensamiento,
de Calderón de la Barca. Amor a la
naturaleza es otro apartado, que incluye poemas como A un ruiseñor,
de Espronceda,. o La lluvia, de Meléndez Valdés. El último apartado es el Amor a Dios y
en él leemos poemas como los siguientes:
Himno a María, de José Zorrilla, o El Cristo de mi escuela,
de Miguel Benítez de Castro. Estos son algunos de los poemas del libro, pero
también, como queda dicho, es rico en fragmentos en prosa, cuyos autores son,
entre otros, Ramos Carrión, E. de Amicis, Pérez Galdós, Martínez Sierra,
Castelar, Pardo Bazán...
Tampoco podemos olvidar otro libro típico de la época a que nos
estamos refiriendo, titulado El amigo, “método completo de lectura”,
según reza en la cubierta, en el que aparecen, junto a trozos de prosa que
tratan los más diversos temas (desde la propia presentación del libro como un
ser que sirve de utilidad para el que lo lee, hasta asuntos morales (“Fe,
esperanza y caridad”, “Conformidad”,”La conciencia” o “La legalidad”),
higiénicos y de salud (“Luciérnagas por linternas”, “La salud” o “Nuestro servidor”),
pasando por temas gramaticales (“La palabra”, “Sí y no”, “Tiempos del ser” o
“Nombre, artículo y pronombre”), mitológicos y religiosos (“Júpiter y la
oveja”, “Bato” o “Las lentejas de Esaú”), sociales (“Los tres amigos”,
Beneficencia”, “Respeto a los viejos” o “Idea civil”) y de amor a la naturaleza
y a los animales ( “El agua”, “El más fuerte”, “Naturaleza” o “El viento, el
sol y el peregrino”) y a los héroes patrióticos que defendieron a España contra
los invasores : “Pedro Velarde”, “Zaragoza”, “Mariano Álvarez” o “El alto
ejemplo”). También incluye bastantes poemas: la décima que dice:
“Tú, cumplir aquí procura
con constancia sin igual
cuanto es lícito al mortal
y debe hacer la criatura;
al santo Dios de la altura
encomiéndale tu alma,
y así vivirás con calma,
porque Dios, sabio y
prudente,
al fin te dará indulgente
de tus virtudes la palma”;
la fábula Las
ranas pidiendo rey, descripciones líricas como La casa, versos
inflamados como los de Bernardo López García que cantan a la Guerra de la
Independencia u otros más serenos, como los de La honra, de Blanco
Belmonte.
Ni las Lecturas
escolares (Notas históricas y páginas selectas de literatura castellana),
de Concepción Sáiz, en tres tomos. Para hacernos una idea de cómo eran estas
lecturas, seleccionamos el primer tomo, que abarca los siglos XII al XV, para
analizarlo sucintamente. Sin embargo, quisiera citar antes unas palabras de la
autora presentes en el prólogo porque me parecen de suma importancia y son,
además, muy oportunas en el estudio que estamos realizando; son éstas: “Tiene
cada nación su característica racial; a ella deben adaptarse los medios
educativos, si la educación ha de ser educación, desarrollo y perfeccionamiento
de las cualidades nativas” Y un poco más adelante: “La lengua patria, creada al
par de la nacionalidad, integra la característica personal del pueblo que al
formarla condensó en ella sus heroísmos, sus dolores, sus triunfos, sus
derrotas, sus ansias, sus amores, sus ideales, sus creencias, su vida entera”.
En el Capítulo I se exponen los Antecedentes de la Literatura
castellana, que, como dice la autora, “considerada como expresión del alma
nacional, sintetiza toda la vida espiritual de nuestro pueblo, desde los
comienzos de su formación”. Y un poco más adelante: “En la formación
accidentada de nuestra nacionalidad y, por tanto, de nuestro carácter racial y
de nuestra Literatura, intervinieron con los elementos latinos y
septentrionales otros tan contrapuestos como los árabes y hebreos.” Y
enseguida, se procede, en el Capítulo II, a mostrarnos los primeros versos del Cantar
del Cid, los que corresponden a su destierro; en el III, aparece Berceo con
un fragmento de su Vida de Santo Domingo, que incluye aquellos
alejandrinos, que aprendimos todos:
“Quiero fer una prosa en roman paladino
en el qual suele el pueblo
fablar a su veçino,
ca no so tan letrado por
fer otro latino,
bien valdrá commo creo un
vaso de bon vino”,
y el primer Milagro
de Nuestra Señora, el de la casulla inconsútil de San Ildefonso; y entre
otros fragmentos, uno del Poema de Apolonio y un par de Cantigas
de Alfonso X el Sabio; las grandes figuras de la Literatura castellana del
siglo XIV ocupan el Capítulo IV, entre ellas, el Arcipreste de Hita con algunos Gozos de Santa María y versos
de la Pelea que hobo don carnal con la Quaresma, entre otras muestras;
el Canciller Ayala y cuadernas vías de su Rimado de Palacio, o el rabí
Don Sem Tob con algunos de sus Proverbios morales; el Capítulo V se
ocupa del Marqués de Santillana (la Serranilla de la vaquera de la
Finojosa y un par de aquellos sonetos suyos fechos al itálico modo), de Juan de
Mena (trozos del Laberinto), o de Rodríguez del Padrón (la Canción que
empieza “Fuego del divino rayo”).
Gómez Manrique, con su Canto de cuna y Jorge Manrique, con
sus Coplas íntegras, entre otros, son presentados en el Capítulo VI;
finalmente, el Capítulo VII se ocupa de los Romances, cuyos ejemplos más
destacados son: el de don Rodrigo, el de Bernardo del Carpio, el
del conde Fernán González y algunos del Cid, entre los
históricos; el del asalto a Baeza,
el de Abenámar o el del rey moro que perdió Alhama, entre los
fronterizos; y el de Fontefrida, el del conde Arnaldos o el de doña
Alda, entre los novelescos y caballerescos.
Ni la Antología del hogar, de María Luz Morales, exclusiva
para niñas. En el prólogo se nos explica la razón del título : “...El hogar es
el centro vital, el crisol en amor encendido, de donde deben partir, donde
deben forjarse todos los nobles anhelos, todas las justas aspiraciones
femeninas”. El libro está estructurado en cinco partes y cada una de ellas
aparece profusamente ilustrada por textos en prosa y en verso sabiamente
escogidos. Veamos algunos ejemplos. En la primera parte, La casa y la mujer,
donde la autora nos dice cosas como que “Para que una casa sea un hogar
precisa que tenga un corazón” y “El corazón del hogar lo ponen el amor, la
armonía, la sensibilidad, de quienes la habitan”, pueden leerse textos de los
siguientes autores: de Salomón, La mujer fuerte : “Mujer fuerte ¿quién
la hallará? Su estima sobrepuja largamente a la de las piedras preciosas. El
corazón de su marido está en ella confiado y no sufrirá despojo. Darále ella
bien, y no mal todos los días de su vida. Buscó lana y lino y con voluntad
labró de sus manos. Fue como navío de mercader: trajo su pan desde lejos.
Levantóse aún de noche y dio comida a su familia y ración a sus criados”...; de
F. James, El comedor : “Eres tú, comedor, la despensa divina: ya sea que
encierres el higo que mordió el mirlo, o la cereza comida por el gorrión, o el
arenque que ha visto el coral y las esponjas, o la codorniz que sollozó el
nocturno de las mentas, o la miel de otoño cogida bajo los rayos del sol moreno”...;
de G. Martínez Sierra, La mesa, o de J. Ramón Jiménez, Cuarto.
En Niños y madres,
donde se empieza diciéndonos que “la compañía de los niños es la mejor: es
grata, es alegre, lo mismo mientras somos niños a nuestra vez que cuando hace
ya mucho tiempo que dejamos de serlo”,
hallamos la Romanza sin palabras, de Maragall, o El manantial,
de Tagore: “¿Sabe alguien de dónde viene el sueño que pasa volando por los ojos
del niño? Sí. Dicen que mora en la aldea de las hadas; que por la sombra de una
floresta, vagamente alumbrada de luciérnagas, cuelgan dos tímidos capullos de
encanto, de donde viene el sueño a besar los ojos del niño”.
En La paz, leemos poemas como La rosa blanca, de
José Martí o Fraternidad humana, de Paul Fort, y prosas bellas de Amado
Nervo y de E. María Remarque sobre los rencores y los horrores que produce la
guerra.
En Trabajo y alegría, adonde se nos introduce diciendo del
trabajo que será el mejor compañero de la vida: “el que estará a tu lado
siempre que lo llames, el que dará pan a tu mesa, rescoldo a tu hogar, primor y
dignidad a tu casa”, se incluyen poemas como Mi vaquerillo, de Gabriel y
Galán, o bellas prosas como La oración de la maestra, de Gabriela
Mistral: “¡Señor! Tú que enseñaste, perdona que yo enseñe; que lleve el nombre
de maestra, que Tú llevaste por la tierra. Dame el amor único de mi escuela;
que ni la quemadura de la belleza sea capaz de robarle mi ternura de todos los
instantes. Maestro, hazme perdurable el fervor y pasajero el desencanto”...
Finalmente, en Naturaleza, podemos leer la ternura lírica
de El canario se muere, de J. Ramón Jiménez : “Mira, Platero;
el canario de los niños ha amanecido hoy muerto en su jaula de plata. Es verdad
que el pobre estaba ya muy viejo...El invierno último, tú te acuerdas muy bien,
lo pasó silencioso, con la cabeza escondida en el plumón. Y al entrar esta
primavera, cuando el sol hacía del jardín la estancia abierta y abrían las
mejores rosas del patio, él quiso también engalanar la vida nueva, y cantó;
pero su voz era quebradiza y asmática, como la voz de una flauta cascada”...; o
la Balada de la placeta, de Federico García Lorca, La espiga, de
Rubén darío, o La vaca ciega, de J. Maragall.
Tampoco quiero dejar de
mencionar un librito, curioso donde los haya, del P. José Prat, S. J. titulado Nuevas
lecturas para la infancia, que, además de buscar, según se nos dice en el
prólogo, la reeducación de la fonación incorrecta de los escolares por medio de
juegos de palabras y entretenimientos de amena lectura, incluye anécdotas,
relatos y poemas que conviene destacar. Entre las anécdotas hay una de Napoleón, según la cual desengañó a sus compañeros de
armas sobre cuál había sido el día más hermoso de su vida diciéndoles que el
día más bello de su vida había sido el de su Primera Comunión; otra de
Guillermo II de Alemania ocurrida con una niña quien, tras haber sido
preguntada por el reino a que pertenecían una naranja, una moneda con su efigie
y su real persona, contestó sin inmutarse: la naranja al reino vegetal, la
moneda al reino mineral y Su Majestad al ...reino de Dios (y no al reino
animal, como suponía que iba a contestar la niña), y más. Entre los relatos
destacan La insignia adorada (que no es otra cosa que un escapulario que
echa de menos un colegial antes de dormirse), Obediencia ejemplarísima
(sobre la vocación del profeta Samuel ante la llamada de Dios) o La mariposa
y la abeja (sobre la constancia y la paciencia en el trabajo). Respecto de
los poemas, el librito incluye, entre otros, Las ermitas de la sierra de
Córdoba, de A. Fernández Grilo, o El chico, el mulo y el gato, de
Campoamor. Y cerraré este apartado citando un librito de principios de siglo
que fue muy utilizado en la época de referencia y que está en consonancia con
los aludidos más arriba. Se titula Elocuencia y poesía castellanas,
“colección de fragmentos en prosa y verso entresacados de notables escritores
de los siglos XVIII y XIX para ejercicios de lectura en las escuelas primarias
precedida de una breve reseña de la Literatura española”, según reza en el
subtítulo. Choca en primer lugar la reducción de los textos a esos dos siglos,
pero enseguida, ya en el prólogo, se nos da la causa de esa acotación:
“Presentar al niño asuntos e ideas que estén más a su alcance que los modelos
literarios de épocas pasadas, más propios sin duda para estudiarse en la
segunda enseñanza y cuando el juicio está desarrollado”. Vuelve a separarse
aquí la prosa y el verso, y entre los textos de la primera hallamos los
siguientes: “Yo quiero ser cómico”, de Larra, “La Biblia”, de Donoso Cortés,
“Los artistas”, de Mesonero Romanos, “Los Reyes Católicos”, de Modesto
Lafuente, “Montserrat”, de P. Piferrer, o “La esperanza”, de José Selgas.
Mientras que en el apartado de la poesía, podemos leer
composiciones como La presencia de Dios, de Meléndez Valdés:
El burro flautista”, de Iriarte,
Rimas, de Bécquer, El sol y la noche, de Adelardo López de Ayala...