jueves, 21 de noviembre de 2024

OTOÑO EN POETAS EXTRANJEROS

 


Soneto LXXIII de W. Shakespeare

 

 En mí puedes ver esa época del año

cuando las hojas mustias con el frío tiritan

en las ramas y, como coros apagados,

lamentan su amor las tristes aves.

 En mí ves el crepúsculo de ese día,

cuando el sol agoniza en occidente

y lo cubre muy despacio la noche,

signo de la muerte que da a todo reposo.

En mí ves los fulgores del rescoldo

que dormita en las cenizas de la juventud

como en un lecho de muerte,

consumido por la llama que lo nutrió.

Lo que ves tu amor refuerza para amar

tiernamente lo que perderás muy pronto.


 


 

Nada dorado permanecerá, de Robert Frost

 

 De la naturaleza el primer verde es oro, 

su matiz más difícil de percibir; 

su más temprana hoja es flor, 

pero por una hora tan sólo. 

Luego la hoja en hoja queda. 

Así se abate el Edén de tristeza, 

así se sume en el día el amanecer. 

Nada dorado puede permanecer.




Caed, hojas, caed, de Emile Brontë

 

 Caed, hojas, caed;

 marchitaos, flores, desvaneceos; 

alargad la noche y acortad el día; 

cada hoja me habla de dicha 

en su airosa caída del árbol otoñal. 

Sonreiré cuando guirnaldas de nieve 

florezcan donde debería crecer la rosa; 

cantaré cuando el ocaso de la noche 

dé paso a un día más sombrío.




Día de otoño, de Rainer Maria Rilke

 

 Largo fue el verano, Señor; ya es hora

de que pongas tu sombra en los relojes solares,

y dejes libres los vientos por las llanuras.

Haz que maduren las últimas uvas,

regalándoles dos días más del sur,

llévalas a su sazón y vierte luego

en el vino espeso el postrer azúcar.

Ya no hará casa el que no la tiene aún,

el que ahora está solo siempre lo estará,

velará, leerá, escribirá largas cartas,

y deambulará por las calles

inquieto como el rodar de las hojas.




El otoño, de Emily Dickinson

 

 El otoño -- La hoja que no se aferra al árbol, cayendo –

El otoño -- El sol que no se desvanece al ocaso, sino que se desliza detrás de las colinas –

El otoño -- El viento que sopla antes de que llegue la tormenta, anunciando su llegada con un susurro --






jueves, 14 de noviembre de 2024

OTOÑO EN LA POESÍA EN CASTELLANO


 El tema del otoño ha sido, es y será cantado por todos los poetas del mundo debido sin duda a la melancolía que transmite la estación en la que pierden sus hojas los árboles y son abundantes las lluvias, las nieblas y los vientos entre otros fenómenos de la naturaleza. Y como hablar de todos los poetas que se han ocupado en sus versos de hablar del otoño, nosotros nos quedaremos con los poetas de habla hispana que más nos pueden interesar. Y empezamos por el Premio Nobel Juan Ramón Jiménez:

Otoño

"Esparce octubre, al blando movimiento
del sur, las hojas áureas y las rojas,
y, en la caída clara de sus hojas,
se lleva al infinito el pensamiento.

¡Qué noble paz en este alejamiento
de todo; oh prado bello que deshojas
tus flores; oh agua fría ya, que mojas
con tu cristal estremecido el viento!

¡Encantamiento de oro! Cárcel pura,
en que el cuerpo, hecho alma, se enternece,
echado en el verdor de una colina!

En una decadencia de hermosura,
la vida se desnuda, y resplandece
la excelsitud de su verdad divina."


(En el presente soneto de Juan Ramón Jiménez aparecen algunos elementos naturales mencionados arriba: la caída de las hojas, la lluvia, el viento..., y además, y  sobre todo, el encanto que produce contemplar la belleza del paisaje de octubre, que posee, como leemos en el último verso, "la excelsitud de su verdad divina".

 

 Continuamos con otro excelentísimo poeta, Antonio Machado:

Amanecer de otoño

"Una larga carretera
entre grises peñascales,
y alguna humilde pradera
donde pacen negros toros. Zarzas, malezas, jarales.
Está la tierra mojada
por las gotas del rocío,
y la alameda dorada,
hacia la curva del río.
Tras los montes de violeta
quebrado el primer albor:
a la espalda la escopeta,
entre sus galgos agudos, caminando un cazador."


(En la cuarteta central del poema de Machado figuran rasgos característicos del otoño: la tierra mojada por el rocío y el color amarillo de las hojas de los álamos, tan frecuentes en la Soria de su corazón. Y el resto de los versos se encargan de mencionar otros colores y actividades propios de la estación: grises peñascales, montes de violeta; el cazador con la escopeta a la espalda, los galgos...)

Y cerramos esta entrada con otro Premio Nobel, la poeta chilena Gabriela Mistral:

Otoño

"A esta alameda muriente
he traído mi cansancio,
y estoy ya no sé qué tiempo
tendida bajo los álamos,
que van cubriendo mi pecho
de su oro divino y tardo.

Sin un ímpetu la tarde
se apagó tras de los álamos.
Por mi corazón mendigo
ella no se ha ensangrentado.
Y el amor al que tendí,
para salvarme, los brazos,
se está muriendo en mi alma
como arrebol desflocado.

Y no llevaba más que este
manojito atribulado
de ternura, entre mis carnes
como un infante, temblando,

¡Ahora se me va perdiendo
como un agua entre los álamos;
pero es otoño, y no agito,
para salvarlo, mis brazos!

En mis sienes la hojarasca
exhala un perfume manso.
Tal vez morir sólo sea
ir con asombro marchando
entre un rumor de hojas secas
y por un parque extasiado.

Aunque va a llegar la noche,
y estoy sola, y ha blanqueado
el suelo un azahar de escarcha,
para regresar no me alzo,
ni hago lecho, entre las hojas,
ni acierto a dar, sollozando,
un inmenso Padre Nuestro
por mi inmenso desamparo."


(En este profundo y sincero romance Gabriela Mistral, además de dejar claro el rasgo más patente de la estación, que es caída de las hojas (además del "azahar de la escarcha" que por la noche "ha blanqueado el suelo"), se vale de ese elemento físico y natural para hablar de su sentimiento relacionado con el hecho de morir, como queda expresado en los versos siguientes: "Tal vez morir sólo sea/ ir con asombro marchando/ entre un rumor de hojas secas".)

 


jueves, 7 de noviembre de 2024

OTOÑO CON FIGURAS, G. A. BÉCQUER

 


Gustavo Adolfo Bécquer (Sevilla, 1836- Madrid, 1870), deseoso de abrirse camino en el mundo de las letras, viajó a Madrid en el otoño de 1854. Allí sufrió penurias y adversidades de todo tipo y tuvo que emplearse a fondo para encontrar trabajo.

En una Antología titulada POEMAS DE MADRID que publicó la Asociación Prometeo de Poesía (Colección de Poesía Puerta de Alcalá, Madrid, 1985), cuyo prólogo firmó el que entonces era alcande de la capital de España el socialista Enrique Tierno Galván y en la que aparecen nombres singulares de nuestra poesía contemporánea  (José Luis Cano, Jorge Ferrer-Vidal, Gloria Fuertes, Antonio Gala, Ángel García López, José García Nieto, Ramón de Garciasol, Clara Janés, Leopoldo de Luis, Francisco Mena Cantero, Carlos Murciano, Miguek D'Ors, Jesús Hilario Tundidor, Concha Zardoya y un largo etcétera), tengo el orgullo de ver incluido mi poema "Bécquer en Madrid", del que entresaco los siguientes versos:


"Cuando Bécquer llegó a Madrid,/ era otoño. Hojas muertas/ caían de los árboles, como sus años,/ como sus ilusiones./ En un cuarto otoñal de la calle de Hortaleza/ el poeta descansa. Seis reales diarios/ le cuesta este silencio de miseria,/ esta luz hipotecada, este cubo de cinc/ para lavar sus sueños/... Sus Rimas, como piedras de Sísifo,/ rodarán impotentes/ lágrimas abajo./ No encontrará un cadáver, como Zorrilla,/ a quien cantar sus versos de campanas/... El dolorido sentir de su romanticismo,/ sus Ofelias perdidas y sus sepultureros/ quedaron sin papel junto a la orilla/ de frágiles proyectos, junto a húmedos claustros y entre dientes/ mellados de castillos/... Sólo la paz de una estatua yacente,/ a la luz indecisa de una bóveda,/ le acercará sin miedo hasta el umbral/ de la querida muerte."

Decíamos al principio que Béquer se vio obligado a trabajar como redactor y colaborador en distintos periódicos y revistas para poder subsistir, Una de esas revistas fue La España musical y literaria, en la cual, junto con García de Luna y Nombela, dos buenos amigos suyos, asumió la edición de un libro dedicado al poeta Quintana, que acabó siendo regalado a los asistentes a un acto de coronación de dicho poeta. El poema de Bécquer incluido en esta obra se titula A Quintana. La corona de oro. Fantasía, que comienza como sigue:


"El genio de la luz sobre los mares/ tiembla, se agita y su esplendor apaga,/ en tanto que la noche silenciosa/ álzase y tiende las oscuras alas./ El sol desapareció; con él las flores;/ dejó el otero la gentil zagala,/ y de las aves el cantar sonoro/ en las sombrías arboledas calla./ Mas otras flores sus aromas vierten;/ otra armonía en el espacio vaga,/ melancólico son a cuyo  acento/  su cárcel rompe y se desprende el alma./ Las flores son que la diadema ciñen/ con que la oscura noche se engalana;/ son esas aves que al dormido mundo/ himnos de muerte en el silencio cantan..."

De cuantos textos en prosa escritos por Bécquer en Madrid, acaso uno de los más importante sea el que redactó para encabezar su Libro de Gorriones (el de sus famosas Rimas), que empieza así:


Por los tenebrosos rincones de mi cerebro, acurrucados y desnudos, duermen los extravagantes hijos de mi fantasía, esperando en silencio que el arte los vista de la palabra para poderse presentar decentes en la escena del mundo. Fecunda, como el lecho de amor de la miseria, y parecida a esos padres que engendran más hijos de los que pueden alimentar, mi musa concibe y pare en el misterioso santuario de la cabeza, poblándola de creaciones sin número, a las cuales ni mi actividad ni todos los años que me restan de vida serían suficientes a dar forma. Y aquí dentro, desnudos y deformes, revueltos y barajados en indescriptible confusión, los siento a veces agitarse y vivir con una vida oscura y extraña, semejante a la de esas miríadas de gérmenes que hierven y se estremecen en una eterna incubación dentro de las entrañas de la tierra, sin encontrar fuerzas bastantes para salir a la superficie y convertirse, al beso del sol, en flores y frutos. Conmigo van, destinados a morir conmigo, sin que de ellos quede otro rastro que el que deja un sueño de la media noche, que a la mañana no puede recordarse. En algunas ocasiones, y ante esta idea terrible, se subleva en ellos el instinto de la vida, y agitándose en formidable aunque silencioso tumulto, buscan en tropel por dónde salir a la luz, de entre las tinieblas en que viven. Pero, ¡ay!, que entre el mundo de la idea y el de la forma existe un abismo que sólo puede salvar la palabra, y la palabra, tímida y perezosa, se niega a secundar sus esfuerzos. Mudos, sombríos e impotentes, después de la inútil lucha vuelven a caer en su antiguo marasmo. ¡Tal caen inertes en los surcos de las sendas, si cesa el viento, las hojas amarillas que levantó el remolino!..."

En Madrid vivió Bécquer dieciséis años y durante ellos fue feliz e infeliz, tuvo muchos trabajos y perdió no pocos, publicó las Rimas y las Leyendas y muchos artículos en periódicos como El Contemporáneo, del que llegó a ser director, se casó y se separó y siempre estuvo enfermo. Y en el otoño de su muerte se agravó tanto su enfermedad que falleció el 22 de diciembre a los 36 años de edad. Sobre esa circunstancia escribí el poema siguiente, cuyas palabras pongo en boca del propio poeta:


"Estoy haciendo la maleta para el gran viaje,/ y antes de coger el último tren/ quiero dejar escrito un pensamiento/ que siempre asedió el solar de mi cabeza/ y nunca llegué a vestirlo con palabras./ Hace pocos días, en este otoño de diciembre,/ ya revestido con el sudario de la muerte,/ me inscribí en la Sacramental de San Lorenzo,/ sin duda la postrera morada de mis restos,/ como mayordomo en su archicofradía,/ y pagué los novecientos reales/ que dan derecho a asistencia y enterramiento./ Y ayer tan sólo le envié a mi amigo Campillo,/ envueltos en un pañuelo, mis versos y mis prosas,/ pidiéndole que corrigiera o acabara lo oportuno:/ y si me enterraban antes, publicara lo acabado,/ porque estos pulmones míos, derrotados desde siempre,/ no creo que resistan este otoño/ herido por las terribles dagas del invierno vecino."

Cada vez que viajo a Madrid en otoño, me gusta subir por la Cuesta de Moyano para echar una ojeada a los libros de segunda mano que se venden en sus casetass. Y lo hago siempre camino del parque del Retiro para visitar el monumento que la ciudad le dedicó a Bécquer en 1963. Allí me siento un rato frente al monumento y contemplo la figura del poeta de las Rimas durante unos minutos, luego leo siemore la misma Rima, la XXX, que habla del falso orgullo que muchas veces rompe la relación entre dos enamorados:

 "Asomaba a sus ojos una lágrima/ y a mi labio una frase de perdón;/ habló el orgullo y se enjugó en su llanto/ y la frase en mis labios expiró./ Yo voy por un camino, ella por otro;/ pero al pensar en nuestro mutuo amor,/ yo digo aún: ¿Por qué callé aquel día?/ Y ella dirá: ¿Por qué no lloré yo?"

Por cierto, más de una vez algunos amantes de la poesía que me oían recitar esta Rima me preguntaban por qué me gustaba tanto, y yo les respondía que no era el gusto el que me movía a recitar la Rima XXX de Bécquer, sino el hecho de que en sus ocho versos endecasílabos se cifra uno de los motivos más frecuentes de la ruptuta de una relación amorosa, Y es que yo disfruto viendo felices a dos enamorados que, sinceros (la sinceridad es la puerta que abre cualquier relación),  cuando creen que su enamoramiento pasa por un lance difícil, lo hablan y lo discuten hasta que entienden que todo el mundo vive ese momento de tensión que, aclarado, fortalece aún más el amor que se tenían.