También
llevaba un tiempo leyendo la poesía de dos jóvenes poetas
zamoranos, H. T. y C. R., que habían
estudiado en el mismo Instituto que yo y el primero de ellos había
sido condiscípulo de mi hermano mayor, el del regalo de Bécquer. Mi
hermano me repetía la anécdota referida a H. T., según
la cual en un examen de Literatura había dejado en blanco la página
de la pregunta teórica que les había formulado don Ramón y, en cambio,
al dorso dejó escrito un soneto de su propia cosecha. Desenlace de
la anécdota: cuando los estudiantes acudieron al tablón de anuncios
para ver los resultados de la prueba, H. T., que esperaba
lógicamente un rotundo suspenso, encontró, a la derecha de su
nombre y apellidos esta frase del sabio profesor: “En Teoría,
cero; en Práctica, diez; así que de nota media, cinco.” Respecto
a C. R., poseedor de un expediente académico impecable,
se convirtió en un ejemplo para futuras generaciones. Todos le
llamábamos Cayín y, para más señas, jugaba formidablemente al
fútbol. Era fácil verlo en las plazas allende el Duero driblando a
sus contrarios y marcándoles celebrados goles. Casi un chaval, se
codeaba con los artistas zamoranos y era ya conocida su aptitud para
la poesía. No en balde obtuvo, siendo casi un adolescente, uno de los premios de
Poesía más prestigiosos de España, el Adonais y por unanimidad de
todos los miembros del jurado.
A Barcelona, junto con aquella rayada llena de poemas imitando a
Bécquer, me traje muchas ganas de seguir escribiendo poesía, ganas
que se acrecentaron en la Universidad al conocer a un grupo de poetas
leoneses, inmigrantes como yo y matriculados también en los Comunes,
que llevaban una revista de poesía sencilla y a ciclostil llamada
Moira y donde colaboré en alguna ocasión, aunque lo más importante
eran las charlas sobre poetas y poesía que entablábamos en el patio
de Letras entre clase y clase o en el bar de la Facultad, mientras
comíamos el bocadillo de media mañana.
Por entonces yo ya había tenido la suerte de conocer a un grupo de
jóvenes catalanes a quienes gustaban el arte y la literatura
(algunos de ellos pintaban buenos cuadros y otros gustaban de recitar
poesía romántica) y por mediación de ellos descubrí una Barcelona
entrañable donde los vinos con sardinas asadas y las visitas a los
museos de la ciudad condal, así como los paseos por el Barrio Gótico
en busca de nuevas sensaciones vitales y artísticas eran los
principales protagonistas. Uno de los poemas, sin título, con que
participé en Moira tenía que ver con una de esas tardes noches en
que el grupo de amantes del arte y de la literatura nos perdíamos en
el dédalo de callejuelas que hay en torno a la basílica gótica de
Nuestra Señora del Pino. Creo que fue ahí cuando por primera vez el
poema hablaba de la poesía y la satisfacción y el placer que recibe
el poeta al escribir.
“Busco
árboles que no están aquí,
en
la mirada de cada día,
sino
en la raíz de las cosas,
cuando
aún no había alamedas
ni
viento que hiciera temblar su plata.
Busco
ríos más allá de los juncos,
de
la humedad de las raíces,
del
espejo de álamos y juncos,
ríos
que lleven el agua de mi vida
a
arboledas y ciudades arcanas.
Como
palabras que en su magia
de
emoción y de música,
y
un algo de belleza escogida
luchan
en vano para vestir los versos
con
sus mejores galas.
Como
almas perdidas en la sombra
que
buscan afanosamente la escala oculta
que
les lleve a la estancia de la luz más alta
y
así encender el gozo, el placer infinito
a
que aspira el poeta.”
Con A., uno de esos amigos pintores, me llevaba a las mil perfecciones. Vivía en mi mismo barrio y
éramos como gemelos en los gustos y en nuestra forma de ser. Tenía
un estudio en su casa y en él nos refugiábamos los dos para
escuchar a los Beatles y las canciones ganadoras de los Festivales de
San Remo en un viejo tocadiscos de su propiedad. A él le confié la
libreta rayada con poemas a lo Bécquer por un tiempo, periodo que
se iba a convertir en vitalicio si, al advertir que no aparecía por
ningún sitio en mi casa, no se la pido en uno de nuestros últimos
encuentros. Allí, en su estudio, envueltos por la música y cuadros
por todas partes a veces hablábamos de pintores y poetas, y otras,
mientras él pintaba, yo le recitaba poemas.
A petición suya creamos una tertulia que yo bauticé con la
palabra Jíos, inspirada en otra griega, y en ella nos reuníamos
siete u ocho jóvenes que rondábamos los veinte años para hablar de
lo que más nos gustaba, escribir, leer, pintar y planear visitas a
museos o viajes por los alrededores. Uno de estos últimos fue
memorable. Me refiero al que hicimos a Sitges un día gris y frío de
invierno. El tren que nos llevó iba casi vacío, pero nosotros lo
llenamos con risas, conversaciones y planes para el futuro. Me habían
pedido que escribiera un poema a Santiago Rusiñol para leérselo
junto a la estatua que la población costera le había levantado
cerca de la playa y de su querido Cau Ferrat, un modesto museo
patrocinado por el Ayuntamiento de Sitges y dedicado a conservar y
exponer la obra pictórica de Rusiñol.
Y allí estábamos los siete más asiduos de Jíos, con el alma
encendida por la emoción, en el pequeño paseo que desciende de Cau
Ferrat hasta el parterre donde se levanta la estatua del pintor.
Abrigados hasta las orejas, nos acercamos al bronce solitario del
pintor y a los pies de su peana, saqué el cuaderno donde había
escrito el poema y lo leí con toda la seriedad del mundo. Ahora sé
que es un poema del montón, aunque para escribirlo me informé
durante horas sobre el personaje. Y eso me lleva a la conclusión,
que siempre he mantenido, de que lo más importante del poema no es
lo que se dice, sino cómo se dice. Y la erudición muchas veces
sobra tanto en poesía que muchas veces enturbia su belleza.
“En
Aranjuez, pintando
sus
famosos jardines,
--otoños
que navegan
sobre
estanques silentes,
amarillos
y ocres
que
caen a los senderos
donde
siembran amores
fieles
enamorados--.
En
Aranjuez, pintando
primaveras
y estíos,
ateridos
inviernos
con
tus pinceles sabios,
encontraste
la muerte,
tan
lejos de tu tierra.
Tu
tierra catalana,
aquí,
en Sitges, te eleva,
junto
al Mediterráneo
y
el Cau Ferrat un himno
de
bronce duradero.
Y
nosotros venimos
a
cantarte a tus plantas,
a
decirte, solemnes,
que
admiramos la magia
pintada
de tus lienzos.”
Luego, helados desde la cabeza a los pies y tras echar un breve
vistazo al acero agitado del Mediterráneo, volvimos al abrigo del
Cau Ferrat con el pretexto de adivinar entre sus paredes algo de la
esencia personal y creadora de Rusiñol. Desde dentro, a través de
sus grandes ventanales pudimos ver a gusto el mar y sus olas
coronadas de espuma cabalgando incansablemente hacia el oro sucio de
la playa que queda delante del pequeño jardín donde se levanta la
estatua del artista. Sus cuadros, que ya conocíamos por las
reproducciones de los libros de arte, nos miraban distraídos desde
sus ventanas de color barnizado. La dramática escena de la mujer
tendida sobre el lecho, cuyo título acentúa el dramatismo, La
morfina, me inspiró unos versos o medio versos que apunté en los
espacios blancos de un catálogo del Museo. Me quedé rezagado
anotándolos frente al cuadro mientras mis amigos comentaban otras
obras de Rusiñol y algunas de Ramón Casas, Regollos o Picasso, que
en el Museo se guardan también. Las estufas iban a todo meter y allí
dentro habíamos empezado a ser otras personas. Poco nos duró el
bienestar y aquel gozo especial que nos infundía el estar viviendo
parte de la vida de Rusiñol y aquellos otros artistas que anunciaban
un arte moderno en España.
En aquel grupo de Jíos había también un pintor que amaba las
poesías de Espronceda y aprovechaba cualquier ocasión para
recordarnos a los demás los versos atribuidos al poeta romántico
por excelencia referidos al poema titulado Desesperación.
“Me
gusta ver el cielo
con
negros nubarrones
y
oír los aquilones
horrísonos
bramar,
me
gusta ver la noche
sin
luna y sin estrellas,
y
sólo las centellas,
la
tierra iluminar.
Me
agrada un cementerio
de
muertos bien relleno,
manando
sangre y cieno
que
impida el respirar;
y
allí un sepulturero
de
tétrica mirada,
con
mano despiadada
los
cráneos machacar.” Etcétera.
Recitaba con pasión aunque un poco atropellado, con lo que nos
quedábamos un poco a oscuras, como la noche del poema, sin luna y
sin estrellas. Pero lograba provocar en nosotros diversas emociones
que iban desde la admiración hasta la reprobación, sin olvidar el
miedo y alguna otra sensación de repulsa. Pero nos acostumbramos a
las intervenciones de nuestro amigo. Otras veces tiraba del Canto a
Teresa y la cosa cambiaba cuando recitaba los versos que empiezan
“¿Por
qué volvéis a la memoria mía,
tristes
recuerdos del placer perdido,
a
aumentar la ansiedad y la agonía,
de
este desierto corazón herido?
¡Ay!,
que de aquellas horas de alegría,
le
quedó al corazón sólo un gemido,
y
el llanto que al dolor los ojos niegan,
lágrimas
son de hiel que al alma anegan.”
Muchas veces sacaba a relucir el tema sobre quién era mejor,
si Bécquer o Espronceda. No me gustaba discutir sobre eso. Yo
siempre intentaba hacerle ver que cada poeta muestra una actitud
diferente hacia el modo de concebir la poesía. Si Espronceda era el
poeta romántico por antonomasia, exaltado, apasionado, incontinente,
de extensos poemas y léxico grandilocuente, en el lado opuesto se
encontraba Bécquer, de expresión más contenida, de poemas más
breves, más comedido y, por ello, más profundo y emotivo. Si
Espronceda gritaba su amor y su queja a todo el mundo, Bécquer los
susurraba al oído de una mujer o de un confidente amigo. Esos eran
mis argumentos, que de ningún modo convencían a mi amigo el pintor,
quien defendía a capa y espada la dicción sonora y rotunda de su
querido poeta, así como la riqueza y amplitud de su temática, que
iban más allá del amor, para tocar otros de tipo social y
reivindicativo. Eran sus razones y yo las respetaba, pero me seguía
quedando con la expresión sentida y breve, pero eficaz, de las
Rimas.
Podría
afirmar que el primer año de mi estancia en Barcelona fue de
auténtico aprendizaje. Además de conocer íntimamente los barrios
antiguos de la ciudad condal, su apasionante vida y su arte
universal, seguí la costumbre de pintar al aire libre, experiencia
que ya llevaba haciendo bastante tiempo atrás en mi tierra natal,
ahora en compañía de A.
El buscar constantemente el contacto con la naturaleza siempre ha
sido una de mis prioridades en los gustos y aficiones personales, y
entonces tuve la ocasión de recorrer pueblos y paisajes de los
alrededores de Barcelona y plantar el caballete para plasmar aquello
con que la vista y el corazón se recreaban. Pertrechados del
bocadillo pertinente para comer fuera y de los útiles de pintar, mi
amigo y yo cogíamos un tren de cercanías y cada domingo visitábamos
un lugar diferente, en el mar o en la montaña. A la hora de comer,
recogíamos los bártulos momentáneamente y, tras localizar una
taberna para comprar vino, buscábamos una buena sombra para dar
buena cuenta del bocadillo y del vino. Mientras comíamos nos
entregábamos a nuestras charlas favoritas, que versaban de pinturas
y versos.
Un domingo de esos, mientras nos hallábamos los dos en el frescor
de la abandonada estación de ferrocarril de Sant Feliu de Llobregat,
que acabábamos de esbozar en nuestros respectivos lienzos, salió a
relucir mi afición desmedida a escribir poesía. Y acto seguido mi
amigo me pidió, con la naturalidad que le caracterizaba y la
confianza que yo le había concedido desde el principio de
conocernos, que le leyera lo último que había escrito. Yo había
escrito en los tres o cuatro primeros meses del año que llevaba
lejos de mi ciudad natal unos seis o siete poemas nostálgicos (la
añoranza de lo perdido iba a ser una constante en mi poesía). Un
soneto pasable sobre el barrio y los amigos, un par de romances
relacionados con la Semana Santa, una especie de silva a lo Garcilaso
hablando del potro de la plazuela donde el herrero ponía herraduras
a los caballos y cuatro o cinco poemas breves sobre la infancia y lo
que significa para el hombre en su futura existencia.
--Me gustan los poemas en los que hablas de tu barrio y los
amigos.
Era una manera de decirme que le leyera esos versos. Así que
saqué el cuaderno de versos y le leí los que me había pedido.
“Amigos
de mi barrio junto al Duero,
compañeros
de miedos y aventuras:
hoy
tan lejos de aquellas horas puras,
envueltos
por lo impuro y el dinero,
os
reúno en recuerdo duradero.
Recordad
por favor las bien maduras
almendras
de los tesos, las pinturas
del
río desde el soto, aquel letrero
de
Prohibido el paso no acatado,
la
ruda molinera y su molino,
el
mendigo estival casi sagrado…
No
importa la distancia ni el candado:
Con
nostalgia se vuelve al fiel camino
Que
conserva las huellas del pasado.”
Con el tiempo, llegué a arreglarlo un poco, especialmente el
segundo cuarteto y el primer terceto: la musicalidad, alguna palabra,
alguna sustitución… Aún estaba lejos mi intención de publicar
libros de poemas. Fue precisamente aquel domingo cuando mi amigo me
insinuó por qué no publicaba un libro pues tenía bastante escrito
para ocupar la extensión tradicional de un poemario. Un libro
publicado por mí. ¡Qué horror! Y que todo el mundo pudiera leerlo.
¡Más horror todavía! Siempre había pensado que era una gran
responsabilidad hacer públicos unos versos que sólo escribes para
ti y unos cuantos amigos. Por ello mi respuesta fue entonces
rotundamente negativa. Añadí que me conformaba de momento con
leérselos a ellos, a mis amigos de Jíos y, como mucho, con
colaborar de tarde en tarde con Moira, la revista literaria de la
Facultad.
Pero no olvidé nunca las palabras de ánimo de mi amigo el
pintor en el sentido de que si a él y sus amigos les gustaban mis
poemas, ¿por qué no iban a gustar a otras personas? Pero tampoco
olvidé la idea de la responsabilidad que contrae un poeta con lo que
escribe y del respeto que debe a los presuntos lectores.
Algún domingo que no salíamos a pintar A. y yo íbamos
al Mercadillo de los libros de San Antonio, cuyas paradas se ponían
y aún se ponen alrededor del hermoso Mercado del mismo nombre, a
buscar entre los montones de libros alguna ganga digna de llevarnos a
casa. Y vaya si encontramos. En lo que a mí respecta, en poco más
de medio año llené de libros el cuarto que yo ocupaba para estudiar
en el piso donde vivíamos. Mi madre se llevaba las manos a la cabeza
cada vez que entraba en el cuarto y veía las oleadas de libros que
amenazaban anegarlo todo. La pobre me decía que a ese paso
tendríamos que salir todos de casa para acoger tanto libro. Hasta mi
padre colaboraba en el desaguisado, pues empezó a coleccionar la
revista de toros El Ruedo y un buen montón de ellas ocupaba parte
del armario que teníamos en la galería. En cuanto a los libros que
yo adquiría en el mercadillo, a un precio muy asequible, lo mismo
eran de magia y brujería (el tema siempre ha requerido mi atención)
que de Arte y Literatura, y entre los libros de Literatura destacaban
los manuales teóricos, novelas y especialmente poemarios.

De estos
últimos me hice con dos nutridas colecciones: la primera se llamaba
Laurel (años 50 y 60), en cuyos números figuraban poetas españoles
de todos los tiempos e ideologías, como Espronceda, Bécquer,
Campoamor, Zorrilla, Lope de Vega, los hermanos Quintero, Quevedo,
José María Pemán, Marquina, Jorge Manrique, Villaespesa, etcétera.
Este último poeta fue para mí un gran descubrimiento. Su poema La
sombra de las manos, dedicada a Valle Inclán, siempre me impresionó.
“¡Oh,
enfermas manos ducales,
olorosas
manos blancas!...
¡Qué
pena me da miraros
inmóviles
y enlazadas
entre
los mustios jazmines
que
cubren la negra caja!
¡Mano
de marfil antiguo,
mano
de ensueño y nostalgia,
hechas
con rayos de luna
y
palideces de nácar!...
¡Vuelve
a suspirar amores
en
las teclas olvidadas!
¡Oh,
piadosa mano mística!...
Fuiste
bálsamo en la llaga
de
los leprosos; peinaste
las
guedejas desgreñadas
de
los pálidos poetas;
acariciaste
la barba
florida
de los apóstoles
y
los viejos patriarcas;
y
en las fiestas de la carne
como
una azucena blanca,
quedaste
en brazos de un beso
de
placer extenuada!...
¡Oh,
manos arrepentidas!...
¡Oh,
manos atormentadas!...” Etcétera.
También en Laurel aparecían poetas hispanoamericanos, como
José Martí, Gertrudes Gómez de Avellaneda, Amado Nervo, Sor Juana
Inés de la Cruz, José Asunción Silva, Manuel Gutiérrez Nájera,
Manuel Acuña, José Ángel Buesa, etcétera. La colección me abrió
horizontes hacia algunos de estos poetas que apenas conocía y había
leído y que me parecían muy dignos de ser conocidos y leídos,
especialmente los tres últimos. De Manuel Gutiérrez Nájera me
gustaba mucho una composición titulada Para entonces, que, a
petición de mi amigo el pintor, le recitaba a veces.
“Quiero
morir cuando decline el día,
en
alta mar y con la cara al cielo,
donde
parezca sueño la agonía
y
el alma un ave que remonta el vuelo.
No
escuchar en los últimos instantes,
ya
con el mar y con el cielo a solas,
más
voces ni plegarias sollozantes
que
el majestuoso tumbo de las olas.
Morir
cuando la luz triste retira
sus
áureas redes de la onda verde,
y
ser como ese sol que lento expira:
algo
muy luminoso que se pierde.” Etcétera.
De Manuel Acuña, me quedaba con los sonetos, aunque había una
poesía que, irracionalmente, se convirtió en mi preferida. Era el
Nocturno dedicado a Rosario.
“Pues
bien, yo necesito
decirte
que te adoro,
decirte
que te quiero
con
todo el corazón;
que
es mucho lo que sufro,
que
es mucho lo que lloro,
que
ya no puedo tanto
y
al grito en que te imploro,
te
imploro y te hablo en nombre
de
mi última ilusión.” Etcétera.
Pero quien se llevaba toda mi admiración era José Ángel
Buesa. ¡Me recordaba tanto a mi querido Bécquer! Durante un tiempo
me sirvió de libro de cabecera y en Jíos sus poemas sonaban sin
parar. Todos los miembros de la tertulia aprendimos de memoria el
Poema del Renunciamiento.
“Pasarás
por mi vida sin saber que pasaste.
Pasarás
en silencio por mi amor, y, al pasar,
fingiré
una sonrisa, como un dulce contraste
del
dolor de quererte… y jamás lo sabrás.
Soñaré
con el nácar virginal de tu frente;
soñaré
con tus ojos de esmeraldas de mar;
soñaré
con tus labios desesperadamente;
soñaré
con tus besos… y jamás lo sabrás.
Quizá
pases con otro que te diga al oído
esas
frases que nadie como yo te dirá;
y,
ahogando para siempre mi amor inadvertido,
te
amaré más que nunca… y jamás lo sabrás.” Etcétera.
También había ejemplares dedicados a poetas extranjeros, como
Heine, Schiller, Baudelaire, E. A. Poe… Este último resultó todo
un hallazgo, en especial, su extenso poema El cuervo, que, no por
extenso, dejaba de gustarme de igual modo. El rotundo estribillo,
“Nunca más”, era un redoble fúnebre al final de cada estrofa. Y
las dos últimas tienen su aquel.
“¡Partirás,
pues has mentido,
ave
o diablo”, clamé, erguido,
ve
a tu noche plutoniana,
goza
allá la tempestad.
Ni
una pluma aquí, sombría,
me
recuerde tu falsía.
Abandona
ya ese busto,
déjame
en mi soledad.
¡Quita
el pico de mi pecho,
deja
mi alma en soledad!
Dijo
el Cuervo: “¡Nunca más!
Y
aún el Cuervo, inmóvil, calla:
quieto
se halla, mudo se halla
en
tu busto, oh Palas pálida
que
en mi puerta fija estás;
y
en tus ojos, negro abismo,
sueña,
sueña el Diablo mismo,
y
mi lumbre arroja al suelo
su
ancha sombra pertinaz,
y
mi alma, de esa sombra
que
allí tiembla pertinaz,
no
ha de alzarse, ¡nunca más!”
Asimismo había en la colección Laurel números temáticos del
tipo Las mejores poesías amorosas de la lengua española, Los
mejores sonetos de la lengua castellana, Las mejores poesías de amor
portorriqueñas, Las más bellas poesías místicas, o Los mejores
madrigales de la lengua castellana, entre los cuales figura el
bellísimo y famoso que Gutierre de Cetina dedicó a unos ojos.
“Ojos
claros, serenos,
si
de un dulce mirar sois alabados,
¿por
qué, si me miráis, miráis airados?
Si
cuanto más piadosos,
más
bellos parecéis a quien os mira,
no
me miréis con ira
porque
no parezcáis menos hermosos.
¡Ay,
tormentos rabiosos!
Ojos
claros, serenos,
ya
que así me miráis, miradme al menos.”
Todo un clásico.
Aunque casi me gustaba otro tanto el madrigal que Baltasar del
Alcázar eleva al dios caprichoso del amor.
“Rasga
la venda y mira lo que haces,
rapaz,
que en esta edad no es hecho honroso
romperme
el sueño y las antiguas paces;
desarma
el arco, déjame en reposo,
porque
la helada sangre no aprovecha,
ni
es dispuesto sujeto
donde
haga su efeto
la
venenosa yerba de tu flecha.
Pero
si determinas
con
tus armas divinas,
rompiendo
mis entrañas,
hacerme
historiador de tus hazañas,
ablanda
el pecho de esta que te priva
de
tu imperio y valor con su dureza,
igual
a su belleza,
si
no quieres, Amor, que, cuando escriba
forzado
en las cadenas,
cante
por tus hazañas las ajenas.”