
Casi otro cuarto del capítulo se extiende contando cómo amo y escudero llevaron a cabo las

Leemos al respecto en el libro de Suárez de Figueroa: “Como don Quijote pensara que con la parra de uvas de la entrada de la hacienda y la higuera del corral disponía ya de dos de los frutos que más le agradaban, decidió plantar en su jardín secreto cinco de los árboles que más había visto repetidos en la Botánica esotérica del licenciado Ruiz de Rioseco: el cerezo, el granado, el laurel, el manzano y el limonero, que junto con las plantas primeramente mencionadas, la higuera y la parra, formaban el Septenario de Paracelso. Tanto la Botánica como el Septenario habían también acabado siendo devorados por la pira que el cura levantó en el corral para acabar con el mal de los libros. Pero don Quijote recordaba de pe a pa lo que allí se decía acerca de los árboles plantados en su jardín secreto, así como del resto de las plantas. Las historias de cada una de ellas, los preparados y los guisos que podían lograrse con sus frutos y también sus virtudes y poderes gustaba comentarlas con el paciente Sancho Panza, que prefería verlas convertidas en suculentos platos. En el último paseo dijo Don Quijote a Sancho: “Muero por saber de qué modo la mejorana, acompañando a las habas de la cena, hará sus efectos en mi persona. ¿Qué aspecto tendré, querido Sancho? ¿Seré como un cristal, como la niebla, como el humo? ¿Y no sentiré ni el peso de las armas ni el regüeldo a ajo con que regalas a veces mis narices?” “¿De verdad cree vuesa merced”, le contestó el escudero, “que la mejorana le volverá invisible? Mire bien lo que piensa hacer, que más de una vez salió malparado. Ahora está vuesa merced tranquilo. No tiente al demonio con nuevas aventuras. Más bien recoja unos tomates y unos cuantos higos y hágase un buen yantar. Que eso será lo que gane.” “¡Cómo se ve que no atiendes a cuanto te digo, amigo Sancho! ¿No ves que mi sino es el de los caballeros andantes y así debo salir a esos mundos de Dios para librar al débil del poderoso? ¿Y que no podré hacerlo mejor que siendo invisible? De este modo, y sin daño alguno, ganaré honra y renombre que pondré a los pies de mi señora Dulcinea y alguna que otra ínsula de la cual tú serás gobernador, como te tengo prometido”.
.jpg)
El capítulo sigue contando que, de vuelta a casa, Sancho se dio a pensar en las virtudes gastronómicas de la cebolla y el ajo, del vino y las granadas. No entendía que su amo estuviese tan lejos de la tierra y de aquellas golosinas para el paladar que ellos mismos habían producido en el jardín secreto. Él prefería agradarse el cuerpo y el paladar pensando en el ajo arriero con que se enriquecen en la cuaresma las lonchas de bacalao o en las suculentas sopas de ajo que alguna vez había comido en casa de su compadre. “Donde haya un buen plato con su olor y sabor riquísimos”, se decía, “que se quiten los Platones o los Aristóteles con sus prédicas de lujo. Y si el granado, como cuenta mi señor Don Quijote, oculta la historia triste de la hija que acosada por su propio padre se da muerte, y que los dioses, compadecidos de la joven la convierten en granado, mientras que a él lo transforman en gavilán y que por eso el ave rapaz evita posarse en ese árbol, a mí todo eso me huele a rosa ajena y, a cambio, prefiero darme un buen hartazón de granadas y notar el jugo dulce de los pequeños dientes de la fruta garganta abajo”. No podía entender el pobre labrador todos aquellos pensamientos que los antiguos tenían, por ejemplo, de las habas, como aquel Pitágoras que, odiándolas a muerte porque creía que tenían sangre y que pertenecían por tanto al reino animal, murió asesinado por quienes le perseguían al no querer atravesar un campo de esas plantas y dar un estúpido rodeo, dando así ocasión a que lo alcanzaran. Y reía escépticamente al recordar lo sucedido a tan estrambótico matemático, o lo del emplasto de harina de habas que, según Paracelso, era bueno contra las quemaduras del sol y las rozaduras dolorosas de la entrepierna. “¿Qué tiene que ver todo eso”, concluía el escudero, “con un buen plato de habas estofadas con varios embutidos de la tierra?”

Paralelamente a las evoluciones del caballero, el capítulo cuenta que esa noche el ama tenía problemas para conciliar el sueño. Unos viejos dolores de cadera eran los culpables. Cuando, de repente, un ruido ensordecedor, proveniente del otro lado de la galería donde se encuentra su aposento, termina echándola de la cama. Asustada, sale al corredor. Allí topa con la sobrina, que, atemorizada también por el estruendo, acababa de abandonar su alcoba para averiguar qué había pasado. “Dios quiera que no sea lo que me estoy imaginando”, dijo el ama. Asintiendo, la sobrina añadió: “Seguramente las sospechas que teníamos días atrás ahora empiezan a ser ciertas”. “Me temo que sí. Pues ese ruido desaforado procede de la cámara.” Juntas avanzan hacia allí. Pero antes de llegar a la puerta se detienen asustadas al ver que una espesa polvareda sale de la cámara. Ya no tienen ninguna duda: allí dentro acaba de ocurrir una catástrofe y posiblemente Don Quijote se halle bajo sus efectos. En cuanto se disipa la nube de polvo quieren entrar, pero no pueden dar un paso hacia el interior porque medio tejado se ha venido abajo y el derrumbe ocupa gran parte de la estancia. Se conoce que la maniobra de agrandar el hueco de la claraboya llevada a cabo por nuestros protagonistas habían dejado en serio peligro la estabilidad de la techumbre. Ama y sobrina, con el corazón en un puño, se ponen a la escucha. Pero no oyen nada, salvo el crepitar de alguna viga que aún se duele bajo los cascotes. Pasados unos minutos, llaman a gritos a Don Quijote. Nada. Repiten la llamada y esta vez oyen unos gemidos que salen de debajo de las ruinas, gemidos mezclados con palabras. La voz dolorida es sin duda la del caballero. El ama y la sobrina le preguntan si se puede mover y él les responde que no y añade entre gimoteos que de nuevo el sabio y mago Frestón le ha impedido llevar adelante otra empresa suya.
No es hasta bien avanzada la madrugada cuando, con ayuda del bachiller Gracián de Saavedra, logran rescatar a Don Quijote molido y descalabrado de debajo de los escombros. Sin perder del todo la consciencia, el caballero dice: “Salvad la mejorana, salvad la mejorana. Que no la vea el sabio Frestón.”
Y Suárez de Figueroa concluye así su capítulo: “Fue de esta manera como Don Quijote de Calatrava sufrió una nueva derrota; pero ésta sin salir de su casa.”
Y en el sexto comienza diciendo las razones secretas del ama y la sobrina para no apenarse en exceso por las continuas desgracias del caballero y en especial por la sufrida a propósito del jardín. Pero estas razones y otros aspectos serán objeto en escrito aparte.