Cuando llegué por fin al bar del paseo del mar en busca de noticias de Ortega y me acerqué a la barra para hablar con el camarero que la regía, esperaba de todo corazón salir de allí con algo positivo acerca del paradero de mi amigo Ortega antes de coger al día siguiente el avión de regreso a Barcelona. Sin embargo, a los dos minutos de haber formulado la pregunta que llevaba preparada, me llevé la mayor decepción del mundo. Y desde luego, un cabreo de cien pares de... El barman me miró fijamente a los ojos en cuanto le pregunté, después de mostrarle la foto de mi amigo, si sabía dónde podría encontrar al hombre de la boina que había hablado con él en la barra hacía unas horas. Y su respuesta fue la que sigue. “A ninguno de los dos los he visto en mi vida.” Cuatro hombres que jugaban al dominó ni me miraron siquiera, absortos como estaban en el juego.
Al día siguiente volví a Barcelona. Era un sábado por la tarde. Aquella noche no pegué ojo pensando en Ortega. El domingo me levanté temprano y me acerqué al Mercadillo de libros de ocasión de San Antonio y, casualidades de la vida, en una parada mis manos tropezaron con un libro de la colección austral, cuyo título me lo había citado más de una vez Ortega: Los toros en la poesía, su autor José María de Cossío, y su número, el 490. No tengo que añadir que lo compré en el acto. Y el resto de aquel mes, me lo pasé leyendo cada día nada más llegar a casa del trabajo; así me parecía tener a mi lado a Ortega.
Y ya empecé a vivir esa sensación el mismo domingo que compré el libro, al leer las últimas líneas de la Advertencia que hace al lector don José María de Cossío: “Sólo deseo que si bien las opiniones sobre la fiesta de toros son dispares, y es ventajoso que así suceda, no lo sean las que suscite esta poesía taurina, a mi entender de la calidad y aliento de la mejor poesía española.” Del diálogo entre el toro y el buey, de Rubén Darío, me quedo con las palabras que intercambian los dos animales al final de la corrida. Mientras el público a gritos pide “¡Otro toro!”, el buey le dice al toro herido de muerte: “¡Calla! ¡Muere! Es tu tiempo.” El toro responde: “¡Atroz sentencia!/ Ayer el aire, el sol; hoy, el verdugo.../ ¿Qué peor que este martirio?” El buey responde: “La impotencia.” El toro pregunta: “¿Y qué más negro que la muerte?” El buey responde: “¡El yugo!” Y leyendo, parecía que estaba oyendo a Ortega. Pero Ortega no estaba. Y terminé de leer el libro de Cossió, y acabé regalándolo a un hombre del barrio que hablaba, cuando el vino le aflojaba la lengua en la taberna más cercana, de toreros que habían toreado en Las Arenas de Barcelona, hoy convertida en un centro comercial.
Y entonces un día en mi buzón, adonde sólo llegaba publicidad, encontré noticias de Ortega. Era una carta milagro cuyo remitente era mi amigo. Y de repente pensé en los olores y brisas del mar de Alborán. Subí al piso con la carta arrimada al pecho y sentado en el sofá del comedor, esperé a que el corazón se me tranquilizara un poco para abrir el sobre y leer la carta. Que decía:
"Hola, joven. Empezaré pidiéndote perdón. No sabes el infierno que he pasado todo este tiempo que he tardado en explicarte el motivo de mi repentina desaparición. Pero solucionado el problema que causó que me apartara de ti de manera tan cruel, he cogido papel y pluma y me he puesto a hacerlo tal y como un amigo, fiel como tú, se merece. Habrás recordado más de una vez aquella torpe respuesta que te di cuando, al volver tú del lavabo, me preguntaste de qué hablábamos en la barra del último bar el señor con boina y yo, y yo te respondí (nunca olvidaré mis palabras): “Poca cosa. Quería pagarnos la ronda y yo, claro está, le he dado las gracias pero le he dicho que quizás otra vez”. Yo conocía a aquel hombre y aún lo conozco. Te mentí, joven, y aún lo siento. Como siento el hecho de que, previendo que con toda seguridad te ibas a presentar en el bar a preguntar si sabían algo de mí, el camarero, a petición mía, se viera obligado a mentirte cuando la misma tarde de mi desaparición, tú, angustiado como debías estar, le preguntaste si sabía algo de mí y de Benito, así se llama el hombre de la boina, del que te hablaré enseguida, y él te respondió: “A ninguno de los dos los he visto en mi vida.” Me imagino tu cara. Te pido perdón de nuevo. Y ahora te cuento lo que con toda la razón del mundo estás esperando leer. Benito, el hombre de la boina, tiene un invernadero y una casa en Almería, donde vive con su mujer y su hija que está estudiando Segundo de Bachillerato. Resulta que un día que yo le había dicho que en Barcelona daba clases particulares para ganarme la vida, de repente me preguntó por qué no le daba clases particulares a su hija al menos hasta fin de curso, ya que estaba enferma y no podía ir al Instituto. A cambio me ofrecía una habitación en su casa, comida y un pequeño sueldo para mis gastos. Y sin pensarlo mucho acepté. Y vivo bien, joven, créeme. Benito y su familia parecen quererme como si fuera uno de los suyos. Hace algún tiempo escribí también a mi vecina Dolores pidiéndole por favor que echara un vistazo a la casa de mi padre para que no se caiga abajo a trozos durante el tiempo que yo esté fuera de ella. No echo de menos nada la vida de Barcelona. Salvo a ti y tu amistad, que espero empezar a recuperar desde el momento en que leas estas palabras. Quizás pronto empieces tú a perdonarme para que algún día podamos volver a seguir siendo amigos. Y mucho me temo que, si hasta este punto de la lectura no has sentido una pizca de aprecio por mí, no me perdones nunca. Jamás te lo reprocharé. No te pongo mis señas en esta carta porque no quiero obligarte a hacer nada que tú no quieras. Desde que me fui de tu lado como un Judas cualquiera, no he vuelto a beber como antes. Prueba tú a hacerlo. Sabes que en el fondo te he querido siempre.”
Casi un mes después de haber leído la carta de Ortega, yo seguía sin perdonarlo, mientras sabía que no lo olvidaría nunca. Ortega será siempre Ortega, cuyo apellido coincide con aquel gran torero que fue Domingo Ortega, a quien el poeta Gerardo Diego llamó sabiamente “Dominio” Ortega, y del cual el padre de quien fuera uno de mis mejores amigos no dejaba de recordarnos a los dos de vez en cuando durante sus últimos días de vida que Domingo Ortega “fue sobresaliente en un mano a mano con Marcial Lalanda y Manolo Bienvenida”. Dos de sus frases más emblemáticas son: “El toro tiene que suponer siempre un peligro; sin peligro no hay arte”. “O mandas tú, o manda el toro”. Estas dos frases las dijo en el Museo Taurino de Roquetas mi amigo ante la foto de Domingo Ortega, que compartía galería con los dos toreros citados y con otros como Ignacio Sánchez Mejías, Chicuelo o Gitanillo de Triana.
Pero también debo decir que unos días más tarde, emocionado, llamaba a la puerta del piso de Dolores, la vecina de Ortega, para saludarla y pedirle por favor que me dejara echar un vistazo al piso de mi amigo. La buena mujer, nada más verme, me abrazó y me recordó lo buenos amigos que habíamos sido sido Ortega y yo; luego, mientras recorríamos el piso, que estaba impecablemente cuidado, me habló de lo que le decía mi amigo de mí en la carta que le había enviado y, antes de dejarme un rato en su habitación, añadió con voz suplicante:
--Perdónale, hijo. Siempre hay cosas en la vida que valen más que otras. Yo que os conozco bien, sé que nunca os dejaréis de querer. Y ojalá algún día...
Lo primero que hice fue acercarme al mueble del rincón donde sabía que Ortega guardaba, junto a sus libros, la colección de El Ruedo de su padre. El mueble constaba de tres cuerpos: dos a los lados, que son sendas estanterías altas y simétricas, para libros, y un tercero, más bajo y cajonero, que contenía cronológicamente las revistas de toros. Y sobre éste último, en el hueco de la pared, había una fotografía de época enmarcada y acristalada donde podía verse a Domingo Ortega entregándole los trastos al nuevo matador Toscano en La Monumental de Barcelona. Y pegado en la parte inferior del mismo un papel con la letra de mi amigo que decía: Gracias eternas a Joven (Ortega siempre me ha llamado Joven en lugar de por mi nombre verdadero), por haberle comprado a mi padre el número 94 de la revista El Ruedo (Año III, Madrid, 11 de abril de 1946). Al instante recordé esa circunstancia y no pude evitar que se me empañaran los ojos.
Más tarde, cuando me despedía de Dolores en el rellano de la escalera, la mujer sacó del bolsillo una nota para dármela mientras decía:
--Ahí está la dirección de tu amigo en Almería. Escríbele y perdónale. Ésta es la mejor ocasión que se te presenta para demostrar que tienes un corazón enorme. Y termino la frase que antes dejé en el aire: “Y ojalá algún día volváis a reuniros para recordar los buenos momentos que habéis vivido juntos”.
Cogí la nota y me la guardé. Luego nos abrazamos y mientras bajaba hacia la calle noté una gran tranquilidad en mi alma.







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