sábado, 23 de mayo de 2026

MEMORIAS DE UN JUBILADO La identidad del vino

 


        Nuestro profesor de Literatura de la Facultad, nada más empezar la clase, pidió a varios alumnos de la primera fila que repartiera entre los que habíamos venido los folios impresos que había traído. A continuación leyó unos versos de su libro para que siguiéramos su lectura en los impresos que teníamos delante y, cuando terminó de leer, cerró el libro, lo dejó sobre la mesa y bajó de la tarima para encararse con todos nosotros y formularnos la siguiente pregunta:

      “¿Quién de ustedes podría decirme a qué clase de subgénero lírico pertenecen los versos que les acabo de leer?

      La respuesta que recibió fue un silencio de diccionario (esas eran las palabras que solía decir en ocasiones parecidas: "Silencio de diccionario"). Entonces dijo: 

     “En vista de que al parecer ninguno de ustedes lo sabe, les rescataré de su ignorancia. Los versos que han oído forman parte de una composición lírica llamada anacreóntica; habrán notado que ensalzan el vino y el gozo de beber; en otros casos, además de cantar el vino, la anacreóntica canta otros placeres de la vida, como la felicidad, el hedonismo, el amor...” Hizo una pausa para consultar la hora y añadió: “Ahora les toca a ustedes leer por su cuenta el poema que les he entregado impreso al entrar y redactar un pequeño artículo que tenga algo que ver con la identidad del vino, que no exceda de un folio. Tienen de tiempo lo que queda de clase. Pueden empezar.”

     


       A mí siempre me ha gustado saborear el licor favorito de Baco algo más que el mero leer a Anacreonte; pero afrontando el trabajo que me esperaba, he de confesar que prefiero recordar lo que alguno de nuestros clásicos de ayer y de hoy escribieron a propósito del rico jugo de la cepa, ¡que quede claro! Uno de ellos, perteneciente al Siglo de Oro de nuestra Literatura, cuyo nombre fue Baltasar del Alcázar, lo definió así: “con dos tragos del que suelo / llamar yo néctar divino, / y a quien otros llaman vino / porque nos vino del cielo”. Y en otro sitio dejó escritos estos versos que nuestro profesor de Literatura del Instituto de Zamora, el ilustre  don Ramón Luelmo, nos hizo querer: “Comience el vinillo nuevo, / y échole la bendición; / yo tengo por devoción / de santiguar lo que bebo. / Esto, Inés, ello se alaba, / no es menester alaballo; / sólo una falta le hallo, / que con la priesa se acaba.”

   


    Y disparada mi imaginación por los versos de Baltasar del Alcázar, me trasladé en vuelo nostálgico a mi tierra zamorana, dos de cuyas comarcas más celebradas llevan los nombres de Comarca del Pan y Comarca del Vino, que me recuerdan el sabio refrán “Con pan y vino se anda el camino” (que, a su vez me evoca lo que el primer poeta de nombre conocido en nuestra Literatura, Gonzalo de Berceo, natural de La Rioja para más señas  (por cierto, famosa comarca por sus caldos), escribió en una de sus cuadernas vías:  “Quiero fer una prosa en román paladino/ en la cual suele el pueblo fablar a su vecino, / ca non so tan letrado por fer otro latino. / Bien valdrá, como creo / un vaso de bon vino.") 

     


        Volviendo a mi tierra, traigo a colación a otro poeta clásico, éste del siglo XX, paisano mío que ganó el premio Adonais de poesía con un libro titulado Don de la ebriedad. Me refiero, claro está, a Claudio Rodríguez, que dejó para siempre escritos en él estos versos calientes y vivos como el vino de nuestra ciudad del alma:  “Sí, ebrio estoy, sin duda... / ...Y el sol, el fuego, el agua / cómo dan posesión a estos mis ojos. / Y corre el vino y cuánta, / entre pecho y espalda cuánta madre / de amistad fiel nos riega y nos desbroza. / Voy recordando aquellos días. ¡Todos, / pisad todos la sola uva del mundo: /el corazón del hombre! ¡Con su sangre / marcad las puertas! Ved: ya los sentidos / son una luz hacia lo verdadero.”  Genial Claudio, buen bebedor de vino (por cierto, él siempre defendía a machamartillo que el vino hay que beberlo de pie y en la barra ) y, sobre todo, un excelente poeta. 

   
     Finalmente, aprovecho la ocasión para confesar también que mis mejores aliados eran el vino y los versos, alternados, eso sí, con las charlas en el bar de la Facultad de Letras de la Universidad de Barcelona, las presiones, las prisas y los nervios, los exámenes o los trabajos como éste de la anacreóntica... Porque entre el estudio en el aula y la escuela de la calle en otro tiempo más joven crecí saboreando la sangre de la tierra y sintiendo en el cine y en el baile la cálida cercanía de mi novia, que Dios ha querido que se haya convertido en la compañera de venturas y aventuras de mi vida. Ella es para mí la verdadera personificación de la vida y el viento feliz que esperaba la vela de mi barco, ensimismado en la añoranza de mi tierra. ¡Qué bendito aquel tiempo en que mi alma bailaba con música serena y mi cuerpo fantaseaba cuando iba a buscarla a la salida de su lugar de trabajo! ¡Y qué dulces los retornos a la casa con el gusto a manzana de sus labios en los míos! 

       Yo vivía en Poble Sec, un barrio histórico y cultural donde los haya, y ella en Horta, un lugar idílico con torres adornadas de glicinias, plazas donde el pueblo llano compartía su tipismo con vino de porrón y ritmo de sardana; con cines de nombres sugerentes (Diamante, Virrey, Odeón, Venecia, Maragall...) con bailes, poseedores también de nombres emblemáticos (Fomento Martinense, Casinet, Guinardó...). Y entre unos y otros bebíamos el vino de la alegría porque era el vino que cantaban en definitiva Anacreonte, Gonzalo de Berceo, Baltasar del Alcázar o Claudio Rodríguez... Porque el vino que bebíamos es el que seguimos bebiendo hoy para celebrar con alegría la vida que vivimos.

          



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