lunes, 13 de abril de 2026

MEMORIAS DE UN JUBILADO. Algunos retazos de 1964

 


Lo primero que vi de Barcelona fue la estación de Francia y su alta luz de cien razas viviendo con sus lenguas y exóticas historias. Yo acababa de dejar en la esquina del pasado mi página vivida de ciudad provinciana, y abría a la aventura del mestizaje libre y sin fronteras mis ansias de aprender pese al cansancio nocturno de los casi mil kilómetros que me separaban de la primera almendra de la vida, ya en las lindes de la verdad adulta y sus celadas.



El primer piso que tuvimos era luminoso, abierto, cosmopolita y brujo, y se encontrava junto al canto del agua de Montjuic y su esmeralda subiendo hacia el Castillo. (Al alcance de la mano, todo un mundo reciente esperándome.) Nuestra primera vivienda en alto, tibio el aire en los balcones y la luz en el alma del ser que ya aprendía sin libros y sin sueños. (Casi olvido las huertas y los nidos de aquel otro que vive en mi interior, siempre alumbrando.)

 


Y el primer mar de Barcelona que vi fue el mar de Casa Antúnez, al pie del Cementerio; su agua alegre brillaba en nuestros cuerpos. Era julio y ya estaba dispuesta la amistad a saludarme pronto. Allí, en la orilla, compartiendo la espuma de las horas, los primeros amigos catalanes me hablaron de museos, de caminos futuros por los barrios con solera donde el vino se casa con el arte. Yo, a cambio, pensaba regalarles humo de versos, y, todos, saciaríamos bohemias ingenuas de endiosada juventud.



Sus nombres quedan ya sembrados, vivos, en mis surcos diarios. Versos hablan del estudio de uno de ellos, A, uno de los mejores amigos que he tenido siempre, donde tejíamos nuestros sueños artísticos; sus lienzos regían nuestras charlas; yo leía mis versos becquerianos; lo demás era fruto del vino y la esperanza. La juventud podía con los ebrios retornos por la calle del Romano, tras cuya estatua solíamos librar batallas de vejigas acosadas. Y el tranvía, soñando con la gloria, nos iba transportando por la noche como Ulises camino de sus Ítacas. Atrás quedaban versos y dibujos sembrados en la frágil servilleta, entre el olor a vino peleón y el humo del cigarrilloo, como un guiño que la diosa bohemia nos brindaba.

 


 Nombres, vivos nombres que ahora traen momentos de amistad, que a la mirada prosaica del presente me torturan con la inútil nostalgia. Pero entonces..., entonces eran brillos de diamante en nuestras manos. Petritxol, Canuda, los Baños Viejos..., mundos donde abrían sus puertas al amor y al arte cuerpos y almas tocadas por un don común, por un año de gracia, aquel primero en que aprendí el misterio de Barcino, arrimando el oído al corazón, al barrio de las putas y del arte. Pintábamos de día en caballete con el mar a los pies y el cielo azul temblando entre las velas de los muelles. Y por las noches abríamos las salas de Baco con las llaves más gozosas. Entre vaso y vaso abríamos ventanas a las musas, mientras F. perdía lápices en Cristos agonizantes y putas con los senos encrespados, un J. hablaba de sus minotauros y el otro J. no dejaba de soñar con París; E. flotaba en nubes de Picasso y A. la pintaba con pinceles untados en el óleo eterno del corazón.

 


 Las borracheras duraban lo que duraba el fiel arrobamiento. Luego volvíamos al recinto de los Beatles y volvíamos a caer en toboganes de magia y erotismo. En el estudio pasábamos el tiempo hablando libres de Dios, del arte, del sexo y de poemas mientras el mundo se multiplicaba en andamios y las palomas pintaban las estatuas con sus grises de fuego. En el refugio tocábamos las teclas de las musas y planeábamos híbridas visitas a museos y tabernas. Recuerdo todo eso ahora con inútil apasionamiento.

 


 En cambio, recuerdo con alegría y agradecimiento el generoso horizonte del Mercadillo de San Antonio, libros esperando la suerte de las manos que saben teclearlos con caricias de estudiante. A. me acompañaba las mañanas de domingo por búsquedas y encuentros. Libros de magia, de poesía, de arte. Libros que un día sirvieron de escondite a secretos bélicos y a conjuras esotéricas. Libros que fueron cuajando bibliotecas y sueños... Libros que acabaron siendo testigos de una época y que ahora me obligan a esbozar sonrisas mezc los labios arabescos de gris melancolía cuando hojeo sus bosques de poemas, sus cálidas ventanas de pinturas, de rostros, de paisajes, de esperanzas.

 


 Aquel sesenta y cuatro del inicio fue también la aventura de las aulas, de las asignaturas serias, hondas, de los sabios doctores que supieron sembrar en mí los dones del trabajo bien hecho, la lectura, la enseñanza... Alsina, Blecua , Castro..., compromisos de rigor y de entrega hacia el estudio... Y nuevos compañeros, y otras rutas: la Avenida de la Luz y el cariñena, y el bulevar lujoso donde quiso Gaudí poner la almendra de sus sueños en casas temblorosas, casi tartas de piedra, invitaciones para que Dios bajase a ver si eran reales o plagios rebeldes de su excelsa magia. Aquel sesenta y cuatro del inicio la sabia luz de la Universidad alumbró los desvanes de mi mente.

 


 Y si era la ciudad en el verano un diamante brindado a quien osara entrar en su recinto misterioso con los cinco sentidos en alerta, en invierno se convertía en una dama que ofrecía sus encantos sin fin bajo la lluvia y el olor de alquitrán y los sonidos perdidos de la noche a quien quisiera poner en el tablero su ventura, sus virtudes de amante sin prejuicios. Los amigos cogíamos el metro y, mineros del arte, un día amábamos la piedad de Pedralbes, y al siguiente, deseábamos a las mujeres que ardían en los cuadros que Picasso en Montcada dejó vírgenes para aliviar miradas encendidas... Era todo la fiebre de la edad, que lo mismo encendía nuestras ingles que alzaba el corazón a los altares.

 


 O nos daba de pronto por cambiar de horizonte y, locos, nos subíamos al tren del litoral. Y, como a dioses en la orilla del mar, la luz de Sitges nos ungía de gracia y de poemas, tras rendir pleitesía a la pintura de Rusiñol en Cau Ferrat. Comíamos entonces bocadillos de esperanza y bebíamos el vino de la gloria mientras nos quemaba los ojos la alegría de formar parte ya del arte fiel que no recibe nada y lo da todo. Hay fotos que dan fe de aquellos días, y humos de cigarrillos y papeles habitados de esbozos y poemas, y cuadros que ya cuelgan para siempre en las salas eternas del olvido.




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