sábado, 27 de diciembre de 2025

VIVENCIAS, SUEÑOS Y SILENCIOS DEL PINTOR ALBERT CASALS

 




Conozco a Albert Casals, autor del libro Vivencias, sueños y silenciosdesde hace más de sesenta años, y durante todo este tiempo, toda una vida podía decirse, he sido testigo (y copartícipe) de muchas de sus vivencias personales y artísticas. Y cuando he tenido la oportunidad de leer el libro que acaba de publicar este año que muere he disfrutado no sólo al recordar momentos, lugares y hechos en los que los dos fuimos protagonistas (yo secundario), unas veces relacionados con nuestras maneras diferentes de crear belleza, él con la pintura y yo con la poesía, y otras veces al margen de ellas, simplemente momentos, lugares  y hechos que tenían que ver con nuestro común modo de entender la vida, disfrutar de ella y sacar el máximo partido de lo que tiene de aventura. Eso ya lo advertirá el lector de Vivencias, sueños y silencios, nada más empezar a leer. Pero yo quiero destacar sobre todo la aventura de Albert Casals como pintor, como artista que busca en sus cuadros plasmar el misterioso sentido que tienen hasta las cosas más pequeñas que lo rodean, y no digamos las cosas más grandes que pautan la marcha del destino del mundo inexorable: la infancia, la familia, el amor, la amistad, la guerra, la libertad, la paz, el dolor y la muerte. 
 

Ya dije en este blog en 2013 que, tras haber asistido en Espacio de Arte,  calle de Aviñó, 46, Barcelona, a la inauguración de su exposición pictórica Boires, por las mágicas ventanas de los cuadros de Albert Casals entramos en su mundo más íntimo donde, preocupado de cuanto ocurre a su alrededor, muestra su lucha constante por crear nuevos universos de paz y equilibrio ante un mundo que hay que transformar constantemente. Y esa paz, esa libertad, esas altas aspiraciones suyas dependen muchas veces de la mirada de un creador, que es poeta y pintor a la vez. 
 
Vivencias, sueños y silencios es un conjunto de confesiones y confidencias surgidas del paso de Albert Casals por su vida y su creación artística, jalonada de numerosas exposiciones pictóricas en España, Portugal, Italia, Francia... y premios y reconocimientos que son también muchos. Yo podría firmar lo que dijo de él Mowafak Kanfach a propósito de su exposición retrospectiva en noviembre de 2014 en el Espacio Europeo de Estudios Avanzados de Barcelona, en la que tuve la suerte, el orgullo y el honor de acompañarle en un momento tan importante de su humanista labor creativa:   "Veo a Albert Casals en medio de su propio mundo, enmarcando nuevos lienzos para crear un nuevo cuadro, observando este nuevo espacio como una tierra descuidada que necesita ser roturada, sembrada con sus ideas y regada de colores, con personajes que han residido toda la vida en sus obras. Detrás de ellos percibes melodías, luchas, llantos, alegrías, gritos, tonos, lenguaje del cuerpo, canciones del pasado, del presente y del futuro." 
 

Y yo me atrevo a añadir: y siempre con una tierna mirada lírica entre el entusiasmo cósmico  y la elegía entrañable del vivir. Y la  incuestionable generosidad que ha mostrado siempre a sus amigos. Desde aquí le agradezco encarecidamente cada una de las menciones que ha hecho en su libro de mi persona, una de las cuales me llena especialmente de orgullo por lo que representa su amistad para mí.en el capítulo titulado Amor al libro viejo: "Los libros y su misterioso mundo siempre me han fascinado. Desde muy joven, cada domingo, acompañado de mi amigo Esteban Conde, paseábamos por las paradas del libro viejo del Mercado de San Antonio. Mi amigo, en aquella época, estudiaba Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona. Él conseguía siempre los mejores y más raros libros." (Pág. 40)
 
Y el respeto inmensurable que sentía por el arte y su entrega incondicional al acto de la creación artística. Así lo dice en su libro: "No sé vender mi obra como otros artistas. La causa podría ser mi timidez, o quizá me basta con la satisfacción artística que me proporciona expresar libremente lo que siento". (Pág. 44) Y también:  "Para mí es importante la investigación en la creación de la obra, ya que nos impide caer en la repetición de ideas y conceptos, por muy exitosos que sean." (Pág. 46)
 
Al cerrar el libro Vivencias, sueños y silencios del pintor Albert Casals, me parece que estoy cerrando un cofre de incalculable valor en el que el autor ha guardado con parecida intensidad recuerdos de diversa gradación emocional de la vida personal y familiar de Albert Soler Casals ("Las Caramelles", las verbenas de San Juan y San Pedro, la nevada de Barcelona de 1962, el grupo de poetas y pintores, el servicio militar, etcétera) , y profundas y sinceras reflexiones sobre la creación artística de Albert Casals (su primera exposición, el Equipo "3 Punts de vista", "Simbiosis", su obra en Italia, sus cambios de estudio, sus exposiciones internacionales, su "Exposición Retrospectiva", etcétera)
 
Podría resumir lo que es el libro Vuvencias, sueños y silencios del pintor Albert Casals recordando los títulos de dos de sus capítulos: 
EN ARTE, LOS AÑOS SON TAN SÓLO INSTANTES DE NUESTRA VIDA (Pág. 50)
PASA LA VIDA, NUESTROS SUEÑOS NO (Pág. 26)
EL ARTE Y SUS VIVENCIAS, UNA EXPERIENCIA DE VIDA (Pág. 23) 
 
Estoy seguro de que un día los SILENCIOS que aparecen en el título del libro hablarán de nuevo de la vida de Albert Soler Casals y de la obra de Albert Casals.
 

 

martes, 16 de diciembre de 2025

RECUERDOS NAVIDEÑOS

 


¿Qué cosa mejor hay que en este tiempo revuelto de dudosas intenciones políticas pongamos nuestra atención en los buenos recuerdos navideños y en todo lo bueno que pueda regalarnos la Navidad que está a punto de llegar?

Por ello traigo aquí el tema de la Navidad visto por gentes de buenas intenciones y sanos sentimientos como los poetas, y dentro de ellos los españoles, que los tenemos más cerca. Y como estamos en las fechas que estamos, los villancicos pueden un buen motivo.

Empiezo con un villancico de Lope de Vega, al que podríamos llamar perfectamente el poeta de los villancicos:


 "Pues andáis en las palmas,
  ángeles santos

que se duerme mi Niño,
tened los ramos.

Palmas de Belén
que mueven airados
los furiosos vientos
que suenan tanto;
no le hagáis ruido,
corred más paso.
Que se duerme mi Niño,
tened los ramos.

El Niño divino
que está cansado
de llorar en la tierra
por su descanso,
sosegaros quiere un poco
del tierno llanto.
Que se duerme mi Niño,
tened los ramos.

Rigurosos hielos
le están cercando;
ya veis que no tengo
con qué guardarlo.
Ángeles divinos
que vais volando,
que se duerme mi Niño,
tened los ramos."

 Del siglo XVII pasamos al siglo XX, en boca de Juan Ramón Jiménez que, aunque no se prodigó en el tema navideño, sí lo hizo en los buenos sentimientos (no olvidemos que de su mano salió Platero y yo, libro escrito pensando en el mundo inocente de los niños):

 


"Jesús, el dulce, viene…
Las noches huelen a romero…
¡Oh, qué pureza tiene
la luna en el sendero!

Palacios, catedrales,
tienden la luz de sus cristales
insomnes en la sombra dura y fría…
Mas la celeste melodía
suena fuera…
Celeste primavera
que la nieve, al pasar, blanda, deshace,
y deja atrás eterna calma…

¡Señor del cielo, nace
esta vez en mi alma!"

  

 En boca de Gerardo Diego, poeta que tocó casi todos los temas profanos y divinos: taurinos, musicales, geográficos, artísticos, sociales, educativos, históricos ... y no podían faltar los religiosos, como este que estamos tratando nosotros:

 


"¿Quién ha entrado en el portal,
en el portal de Belén?
¿Quién ha entrado por la puerta?
¿quién ha entrado, quién?.

La noche, el frío, la escarcha
y la espada de una estrella.
Un varón -vara florida-
y una doncella.

¿Quién ha entrado en el portal
por el techo abierto y roto?
¿Quién ha entrado que así suena
celeste alboroto?

Una escala de oro y música,
sostenidos y bemoles
y ángeles con panderetas
dorremifasoles.

¿Quién ha entrado en el portal,
en el portal de Belén,
no por la puerta y el techo
ni el aire del aire, quién?.

Flor sobre impacto capullo,
rocío sobre la flor.
Nadie sabe cómo vino
mi Niño, mi amor."

 

 En boca de Gloria Fuertes, una poeta que deleitó con sus versos a los lectores más jóvenes:

 


"La Virgen,
sonríe muy bella.
¡Ya brotó el Rosal,
que bajó a la tierra
para perfumar!

La Virgen María
canta nanas ya.
Y canta a una estrella
que supo bajar
a Belén volando
como un pastor más.

Tres Reyes llegaron;
cesa de nevar.
¡La luna le ha visto,
cesa de llorar!
Su llanto de nieve
cuajó en el pinar.

Mil ángeles cantan
canción de cristal
que un Clavel nació
de un suave Rosal"

 

 Y así podríamos seguir deleitándonos y alegrándonos leyendo villancicos hasta la llegada de nuestra propia Navidad, sin olvidar, por ello aquel final de villancico popular que, sin embargo, cada vez que llegan estas entrañables fiestas a cada uno de nuestros hogares y a cada una de nuestras familias, toca nuestros corazones una mano melancólica. Aquel villancico que empieza bien, como otro cualquiera, y que acaba de forma triste y contundente, cosas de la vida y de la muerte, que siempre van unidas:

"A Belén pastores, a Belén chiquitos,
que ha nacido el Rey de los angelitos.
Los pastores de Belén, todos juntos van por leña,
para calentar al Niño que nació en la Nochebuena.
En el portal de Belén, hay estrellas, sol y luna;
la Virgen y San José y el Niño, que está en la cuna.
La Nochebuena se viene, la Nochebuena se va,
y nosotros nos iremos y no volveremos más."


 


¡FELIZ NAVIDAD A TODOS! 

 

sábado, 6 de diciembre de 2025

MEMORIAS DE UN JUBILADO. UNIVERSITARIO (I)

 


 Siempre que empieza a acercarse la Navidad recuerdo con más cariño y comprensión las cosas del pasado y con una de ellas guarda entrañable relación lo que sigue.

       La clase me parecía más aburrida que de costumbre. Y eso que el profesor era el mismo. Lo que pasaba era que yo había cambiado. Mi padre no estaba bien y en casa el ambiente serio impedía cualquier síntoma de buen humor, y esa sensación la vivía en todas partes. De repente me había distraído justo en el momento en que el profesor, con un libro del autor del que nos había estado hablando hasta ese momento, se disponía a leernos unos versos: 

 


“Batilo, échame vino; / llena el vaso, muchacho; / mira que no lo llenas; / échale hasta colmarlo. / Echa otra vez; pues éste, / lo mismo que el pasado, / de un sorbo lo he bebido; / con la misma sed me hallo. / Échame otra vez, que éste / lo consumí de un trago; / que,  o bien mi sed es mucha, / o me han mudado el vaso. / Otra vez echa, ¡hay cosa!, / que en el vaso que acabo, / el anterior, y el otro, / efecto no he encontrado. / Pues echa éste, otro y otro, / y hasta mil sin contarlos; / porque, o mi sed es mucha, / o me han trocado el vaso."

El profesor, tras leer los versos, cerró el libro y lo dejó sobre la mesa. Luego bajó de la tarima y se encaró con las gradas. “¿Quién de ustedes podría decirme a qué clase de género lírico pertenecen los versos que les acabo de leer?” Silencio. “¿Nadie? Pues se lo digo yo: se trata de un poema anacreóntico que ensalza al vino y al gozo de beber, en este caso, pero en otros, además de cantar el vino, la anacreóntica, que también se llama así, en femenino, porque su creador fue el poeta griego Anacreonte, canta los placeres de la vida, la alegría, el hedonismo y el amor. Hoy no hay más tiempo, pero les animo a que lean este poema y me traigan el próximo día de clase un breve comentario de texto.” 


He de reconocer que aunque no sabía el nombre del género ni había oído hablar todavía del tal Anacreonte, siempre me había gustado la poesía que trataba del vino como los versos del poema que nos había leído el profesor de Literatura de la Universidad. (Pero no tanto como el propio licor de la cepa, que quede claro.) Nunca había olvidado los versos de Quevedo, referidos al vino, “...al que llamamos divino / porque nos vino del cielo”. Ni los de Baltasar del Alcázar: “Comience el vinillo nuevo, / y échole la bendición; / yo tengo por devoción / de santiguar lo que bebo. / Franco fue, Inés, este toque; / pero arrójame la bota, / vale un florín cada gota / de aqueste vinillo aloque. / Esto, Inés, ello se alaba, / no es menester alaballo; / sólo una falta le hallo, / que con la priesa se acaba.” Ni los de Hilario Tundidor: “La poesía importa. / Especialmente andando por las tierras del vino. / Nunca tierra baldía, / nunca The Waste Land, tal vez. / El duro transcurrir por los senderos de la no realidad: / Tierra del Vino, tierra de un vino que jamás se ciega,  / vino varón, preñado amadamado, / terso como horizontes y llanuras profundas…  / Hay que nombrar las cosas, / si no mueren perdiéndose en el mar, en la marea. / Hay que denominarlas e indagarlas. / Y vivir. Que ya la noche hace su asomo / y muy borrachos vamos a estas horas  / y por los tesos y las jaras hembras en sombra  de Valverde / un calandrio es la luz por las encinas.” Ni los de Claudio Rodríguez: “Decidme, ¿cómo / veis a los hombres, a sus obras, almas / inmortales?  Sí, ebrio estoy, sin duda... / ...Y el sol, el fuego, el agua / cómo dan posesión a estos mis ojos. / Y corre el vino y cuánta, / entre pecho y espalda cuánta madre / de amistad fiel nos riega  y nos desbroza. / Voy recordando aquellos días. ¡Todos, / pisad todos la sola uva del mundo:  /el corazón del hombre! ¡Con su sangre / marcad las puertas! Ved: ya los sentidos / son una luz hacia lo verdadero.”  A Claudio Rodríguez lo leí todo. Sabía que era un gran bebedor de vino, pero mejor poeta. Y de Anacreonte aprendí algunos versos que ya he olvidado. Sólo se me ha quedado pegado en las entretelas de la memoria este fragmento: “¡Vamos! Tráenos, oh muchacho, / una copa para, de un largo sorbo / la beba, mezclando diez tazas de agua / con cinco de vino, para que una vez más / sin violencia celebre las fiestas de Baco...” 

 


La semana avanzaba por la calle de Tamarit arriba hasta la Plaza donde esperaba la pasión del libro y, tras las charlas en el bar de Letras, nos salían al paso las presiones, las prisas y los nervios, drogas blandas que inyectaban furiosos los exámenes. El resto era volver a los amigos, al trato del pincel y de los versos abiertos en canal por los puñales de la música dulce de San Remo. El resto era el placer del vino mago que hacía derramar poemas tristes a lo Buesa, o el deambular artístico por calles de Gaudí, donde unas torres, pétreas barras de pan, dan de comer a las aves del alma o unas cúpulas de fresa albergan camas donde el llanto aguarda tras la fiebre de la herida. Entre el aula y la escuela de la calle y la amistad crecí aquel año azul palpando el cubalibre del guateque y el pecho femenino tras la blusa.


Al fin la conocí. Ella era la vida, la brisa que esperaba la alta vela de mi barco dormido en la añoranza. Fue en la marabunta de la música y el ron con coca-cola, en un guateque casero como aquellos que montábamos en la casa del amigo pintor cuando sus padres se iban de fin de semana a su segunda residencia. Ella bailaba como una lluvia cálida, era toda bailable y bailarina y no sabía aún que yo la amaba, que más tarde, a las puertas de su casa, tras la fiesta, le pediría que fuera mi novia. Fue una Merced de calendario y cielo, de esas que duran una vida entera. El tranvía me llevaba cansado al otro extremo de la ciudad. El sereno acudía a mi llamada, golpeando la acera con el chuzo y agitando las llaves de la noche, mientras todo el mundo perseguía al Fugitivo en su televisión particular. Después caía yo en la cama como un Orfeo que ha abrazado a su Eurídice y sueña que el Infierno es un regreso constante a las delicias del Olimpo. ¡Qué tiempos aquellos cuando el alma se inundaba de música de disco (el Richard Anthony de Aranjuez mon amour) y mi cuerpo ardía mientras iba a buscarla a su trabajo! Un dios Pan, disfrazado de estudiante con apuntes del Cid y cien poemas temblando por hallar sus cauces vivos, era yo camino de sus besos. ¡Qué retornos más dulces a la casa con la brisa de su pelo enredada aún en el mío, con el gusto a manzana de sus labios aún besando la fiebre de los míos! Nostalgia inútil, te odio; sin embargo, también te amo porque aquel recuerdo me da todavía mucha vida y muchas ganas de vivir.


  Y viviendo la luz que me daba ella, otro barrio brilló bajo mis pies: su nombre, Horta, de casas y torres con glicinias y pisos heridos de aluminosis; de plazas donde el pueblo compartía su tipismo con vino de porrón, fuet y sardanas; de cines donde ardíamos sin ver las películas que proyectaban en las pantallas de aquellos cines románticos: "Diamante", "Astor", "Virrey", "Venecia", "Horta", "Maragall", "Odeón" (algunos ya hasta con fantasmas)...  Y también barrio de bailes donde juntábamos volcanes de deseos con músicas melódicas en tanto que la tarde, mareada, daba fe del amor enredado en nuestras yedras.

 


(Continuará)