CUENTO DE HADAS
(Adaptación libre de un cuento de Manuel Ugarte de su libro Una
tarde de otoño)
PRIMER CUADRO
Una taberna de pueblo.
Lorenzo y la tabernera.
Lorenzo entra en la taberna: Buenos días, buena mujer.
La tabernera, sonriendo: Buenos días tenga usted, buen mozo. ¿En
que le puedo servir?
Lorenzo: ¿Conoce usted a
una joven que parece campesina, que va vestida como la caperucita
roja del cuento y que recoge plantas en el bosque vecino?
La tabernera, sorprendida:
¡Usted se refiere a María! Las señas que me ha dado coinciden con
ella. ¡Claro que la conozco! Precisamente va a hacer un año que se
instaló aquí con su padre, un viejecito de barba blanca que tose
como un condenado. Los dos viven a la salida del pueblo en una choza
casi en ruinas que les han cedido las autoridades para que no duerman
a la intemperie. Pero ¿por qué me pregunta por María?
Lorenzo: Por nada importante. La he visto hoy en el bosque y me ha
parecido una joven guapa y lozana y desde luego tan misteriosa como
un personaje de cuento. Me he acercado a ella para cambiar unas
palabras, pero se ha marchado al verme sin abrir la boca.
La tabernera: Tanto ella como su padre parecen vagabundos que
llevan mala vida. No saludan a nadie y se deben creer príncipes en
su miseria. Algo malo tienen que esconder para vivir sin patria y sin
ley, a la buena de Dios, y sin tratarse con la gente... Aquí se les
ve con malos ojos, y bien merecido se lo tienen... Sobre todo María,
que no escucha a ninguno de los mozos del pueblo, como si todos
fueran poca cosa para ella y se reservase para algún príncipe de
cuento de hadas.
Lorenzo: He oído que la llaman “la pordiosera”...
La tabernera: Sí, pero no porque pida limosna. Aunque se puede
decir que ella y su padre viven de la caridad... Porque si don
Isidoro, el de la finca, les da la comida, es más bien por hacerles
un favor que por retribuir el servicio que le prestan por cuidarle
las vacas... Claro está que no extienden la mano en los caminos,
pero ninguno de los dos tiene oficio... Viven como animales salvajes,
sin obligaciones... Hoy están aquí y mañana Dios sabe dónde
estarán, y no echarán raíces en ningún pueblo porque son semillas
que se lleva el viento... Hay quien dice que acabarán cometiendo
alguna fechoría. ¡Gitanos tenían que ser!
Lorenzo, algo decepcionado: Me cuesta creerlo. ¡Lástima si María
es así! Muchas gracias por la información. Buenos días.
La tabernera: ¿No quiere tomar algo antes de irse?
Lorenzo: Le prometo pasar en otra ocasión. Gracias de nuevo.
La tabernera. Antes de irse, me gustaría hacerle una pregunta que me está rondando la cabeza desde que intercambió conmigo la primera palabra. ¿Le importa escucharla?
Lorenzo. Puede hacerme las pregunta que quiera.
La tabernera. ¿No será usted uno de esos periodistas que andan buscando una buena historia para su periódico?
Lorenzo, sonriendo. ¡Ah, era eso! Pues no, no soy periodista, pero sí escritor de cuentos o de historias que parezcan sacadas de un cuento.
La tabernera. ¡Ya decía yo que tenía que ser una cosa de gente de pluma! Pues gracias, mi curiosidad de mujer se ha quedado satisfecha. Hasta la vista entonces. Y que tenga suerte con la historia de María, si decide que sea ella su personaje principal.
Lorenzo. Hasta la próxima vez que venga por aquí.
La tabernera. Aquí seguiremos.
SEGUNDO CUADRO
Una choza al borde del bosque
Lorenzo
María y su anciano padre, que viven en la choza.
Lorenzo llega a escasos metros de la puerta abierta de la choza. El
anciano dormita a medias en un banco apoyado en la ruinosa fachada.
Lorenzo: Buenos días, caballero.
El anciano entreabriendo los ojos: Buenos.
Lorenzo: Tiene usted mucha suerte de vivir en un paraje tan
hermoso.
El anciano: Suerte, sí.
Lorenzo: Muchos le envidiarían. Yo, por ejemplo, sería
muy dichoso de poder disfrutar de un paisaje así desde la puerta de
mi casa.
El anciano, tosiendo: ¿Dichoso?
El anciano no deja de toser.
Aparece en la puerta María y atiende al anciano.
María: Anda, padre, vayamos dentro a que te dé la pócima que
preparé con plantas del bosque.
María, con su padre cogido por la cintura, entra en la choza.
Lorenzo, a solas, mira el paisaje
dorado de otoño mientras dice aparte: Cuando llega nuestro
otoño corporal todo es caída, adiós sin vuelta. ¡Es la vida
humana! ¡Todos acabamos igual!
Reaparece María en la puerta de la
choza y se dirige a Lorenzo: Buenos días, señor.
Lorenzo, se gira hacia María y sonríe enigmáticamente: Buenos
días, María.
María, sorprendida: ¿Cómo ha sabido mi nombre?
Lorenzo: Como se sabe todo, preguntando.
María: ¿Y a quién has preguntado para saber que yo vivía aquí?
Lorenzo: A mi diablillo interior, que a veces sabe cosas
increíbles sobre criaturas increíbles como tú.
María, ruborizándose: ¿Te acuerdas de esta mañana?
Lorenzo: Sí, me acuerdo de nuestro encuentro en el bosque y de la
extraña sensación que experimenté cuando me acerqué a ti para
cambiar unas palabras contigo, y al verme te has marchado
corriendo.
María, sonriendo: Eras un extraño y tuve miedo.
Lorenzo, sonríe también: Claro, creíste que era el lobo que
quería comer a Caperucita Roja.
María, riendo abiertamente: Caminemos un poco.
Caminan unos pasos.
María: ¿Cómo te llamas?
Lorenzo: Lorenzo
María: ¡Lorenzo! Como el sol. ¿Y eres de aquí?
Lorenzo: Estoy aquí desde hace algún tiempo.
María: ¿Dónde vives?
Lorenzo: ¿Para qué quieres saberlo?
María: Para ver tu casa.
Lorenzo: Mi casa está muy lejos y, aunque te diera la dirección,
jamás la encontrarías.
María: ¿Por qué te escondes de mí?
Lorenzo: No me escondo; pero, ¿qué ganarías con saber esas
cosas?
María, mirando al cielo: Tus ojos me han engañado... ¡La vida!
¡Siempre la vida!... Sin ella, hubiéramos seguido andando hasta el
sol...
Lorenzo, ansioso: ¿Qué me has querido decir?
María, sorprendida: ¿A ti? Hablaba con un pájaro azul que
pasaba por encima de mí.
Lorenzo, suplicante: ¡Habla!
María guarda silencio mientras le mira como si fuera un extraño.
Lorenzo, insistente: Si vas a ser sincera conmigo, te diré dónde
vivo, ya que eso parece interesarte .
María: Ya lo sabré yo sola, pobrecito mío. Si lo ocultas por
algo será. Y ese algo lo sospecho. ¿Quieres que te diga la
buenaventura, misterioso?... Trae esa mano, y que todas las
bendiciones caigan sobre ti... Pero mira que no basta que sea sincera
contigo y que lo que te voy a decir te retorcerá el corazón porque
tienes que saber que el destino está lleno de apariciones malignas
que después se reencarnan en los hechos. Lo que te amenaza no te lo
deseo yo; tú mismo lo llevas desde tu nacimiento.
Lorenzo le entrega con miedo la mano cerrada.
María: Pero abre la palma y no la mires, que estas cosas las he
de leer yo solita...
Lorenzo obedece y con los ojos cerrados presta atención a la voz de
María.

María: Buen caballero, escucha el horóscopo de esta gitanita,
que gusanos somos todos y lo que yo sea lo serás tú también,
aunque te cubran de diamantes... La suerte te ofrece desde lejos
muchos caminos luminosos que tú no distingues, porque tus ojos están
cegados por el polvo del camino. Escucha bien lo que te digo, que en
ello va la verdad pura, y ni me equivoco ni te engaño. Y en ello
encontrarás mucho jugo, porque lo que te roe es la incertidumbre, y
bien quisieras saber el porvenir como ya sabes el pasado... Tu
secreto me lo guardo, porque no te pertenece ya... Si hubieras podido
venir conmigo, te habría mostrado los senderos que nadie sabe y que
todos buscan lejos de donde están... Pero tú no puedes venir porque
estás en la vida como los demás, y todos en la vida estáis pegados
a la sombra, de la sombra no podéis salir ni encontrar los caminos
del sol. De lo que te digo saca después la moraleja y ponte en
movimiento, que yo te doy las cosas a medio hacer para que me
entiendas mejor, porque la verdad no se dice, y lo más claro de todo
es lo que nos callamos...
Lorenzo, lleno de inquietud: ¿Porqué no puedo encontrar los
caminos?
María, molesta: No me interrogues, niño ansioso, que quien
pregunta ofende, y no te voy a dar lecciones con ejemplos, como en la
escuela... Con lo dicho basta para que comprendas que la gitanita
tenía muchas cosas que contar. Y la última es, distinguido
caballero, poseedor de insignias, títulos y preseas, que ya
no irás a ninguna parte, porque, aunque pareces quererlo, no lo
quieres como hay que querer... Yo me lavo las manos y que te
aproveche lo que te he dicho, que yo hago votos por ti y que, si no
sales de ello bien librado, no será por culpa mía.
Lorenzo, desconcertado: Pero, María...
María, interrumpiéndole: No hay peros que valgan. Y ya que me
has oído y que lo sabes todo, comprenderás que el amor de la
gitanita lleva tanto dentro de sí, que tú no lo entiendes... Pero
no desesperes...
María le toca el pecho y luego la frente, y luego se gira para irse.
Lorenzo quiere cogerla del brazo para detenerla, pero su vista se
nubla y da unos traspiés.
María echa a andar mientras Lorenzo, que ha caído de rodillas a
tierra, ve cómo ella se aleja.
María se gira a medias sin dejar de caminar: Piensa sobre lo que
te he dicho. Y esconde bien la dirección de tu casa, caballero; que
quien desea seguir encerrado en su prisión, debe cuidar la celda...
Adiós.
Caen hojas secas sobre Lorenzo, que alarga un brazo como para
despedirse de María, que acaba desapareciendo.
Lorenzo, aparte: Verdaderamente esta María es un personaje de
cuento de hadas.
TERCER CUADRO
Un año más tarde.
La taberna.
Lorenzo y la tabernera.
Lorenzo entra en la taberna: Buenos días, buena mujer.
La tabernera: Buenos días. ¿Qué hace usted por aquí de nuevo?
Lorenzo: A cumplir mi promesa. Le dije que volvería en otra
ocasión, y aquí estoy.
La tabernera: Ya lo veo. Y aunque sea un año más tarde, más
vale tarde que nunca. ¿Y qué se le ofrece, buen mozo?
Lorenzo: De momento, póngame una cerveza. Y después...
La tabernera le sirve el pedido: ¿Y después?
Lorenzo da el primer trago a la cerveza: Me gustaría saber qué
ha sido de María. He pasado por el lugar donde está su choza y allí
sólo quedan escombros y soledad. De ella y su padre ni rastro.
La tabernera: El tiempo no pasa en balde. Y en un año puede pasar
de todo. Los gitanos se han ido a otra parte. Hubo una muerte en el
bosque y les echaron la culpa a ellos. ¡Un crimen atroz! Recién ido
usted, un hombre del pueblo que fue a cortar leña al bosque para
calentar a su familia y pasó todo el día y había vuelto a casa.
Gente de aquí fue a buscarlo y lo encontró muerto en el barranco
del bosque de un hachazo en la cabeza, según dijeron. Las
autoridades registraron la choza de María y su padre y encontraron
una segur manchada de sangre. Pero ellos ya había huido.
Lorenzo, preocupado: ¿Y si ellos no fueron los que cometieron ese
crimen y alguien dejó allí el hacha para inculparlos, y por miedo
María y su padre se vieron obligados a abandonar su vivienda y esta
zona para buscar otra más segura?
La tabernera: Aún no he terminado de contarle toda la historia.
Lorenzo, esperanzado: ¿Es que hay más?
La tabernera: Ya le he dicho que en un año pueden pasar muchas
cosas. Resulta que en verano de este año, uno de los mozos que
antaño había cortejado a María y recibido a cambio calabazas, como
tantos otros, no se resignó como ellos y se vengó de la gitana
matando al pobre Ismael y dejando el hacha asesina en la choza de los
gitanos, según declaró el mozo cuando se entregó en el cuartelillo
de la guardia civil... Pero ya era tarde...
Lorenzo, consternado: Y María había desaparecido, tal vez para
siempre.
La tabernera: Según habla usted, noto que sentía algo por la
gitana.
Lorenzo, reaccionando: No es lo que usted piensa. Yo estoy casado,
y felizmente casado. Pero me da pena que una joven así, que parece
sacada de un cuento de Grimm, haya tenido que escapar con su padre,
anciano y enfermo, debido a uno de los pecados más grandes y
extendidos de la humanidad, el racismo.
La tabernera. Se
nota que es usted escritor. Por cierto, ¿puedo preguntarle cómo va la
historia que iba a escribir y si su protagonista es María?
Lorenzo. Aún
no he empezado a escribir nada sobre eso. Pero ahora que han
desaparecido María y su anciano padre, tal vez lo haga. Y más con la
información que me ha acaba de dar usted sobre ellos dos y el caso de
Ismael. Por cierto, ¿sabe alguna cosa más sobre María, su padre o alguna
persona o asunto del pueblo relacionados con ellos?
La tabernera, tras pensar unos segundos. Ahora que me lo pregunta, debo decirle que hace unos meses pasó por aquí una persona como usted, escritor o periodista, que me preguntó si había vuelto a ver por el pueblo o los alrededores a María, y le respondí que no; y como vi que insistía de un modo no tan educado como el de usted, cuando pagó la cuenta, le dije que si con el no que le había dado no tenía bastante. Luego supe que había estado preguntando a varios vecinos cosas sobre María y su padre... Yo que usted, me pondría a escribir la historia de María antes de que ese individuo u otro lo haga por usted. Y si lo hace hágame llegar una copia.
Salen los dos a la puerta.
Lorenzo, estrechando cariñosamente la mano de la tabernera. Muchas gracias de nuevo por su ayuda. Y no se preocupe; si escribo su historia algún día, seguro que más tarde o más temprano llegará a sus manos y si no a sus oidos. Adiós.
De camino de vuelta al coche, Lorenzo en un aparte: Esta historia amenaza dejar un rastro doloroso en mi memoria. Lo mejor será escribirla y esparcirla a los cuatro vientos. Así preservaré a otros ilusos del peligro de las supersticiones
y de ciertos personajes propios de los cuentos de hadas. Aunque por respeto a María, cambiaré el nombre de la protagonista.