martes, 8 de abril de 2014

UNA DE LOPE EN EL LLIURE




El caballero de Olmedo



El sábado 5 de abril fuimos al Teatro Lliure para ver El caballero de Olmedo, de Lope de Vega. Llegamos con adelanto y ocupamos nuestras privilegiadas butacas a la espera de que comenzara el espectáculo. Y enseguida me llevo la primera sorpresa.
Trece sillas solitarias para una de las mejores piezas teatrales del Fénix de los Ingenios me ha parecido un mal agüero para que el experimento de Lluís Pasqual saliera adelante, como todas las críticas que cuelgan del vestíbulo del Teatro no paran de celebrar. Sin embargo, la magia ha empezado cuando los actores, la mayoría muy jóvenes, han subido al escenario y se han reunido en un ángulo para cantar a coro la copla del Caballero, origen de la redacción del drama lopesco, mientras la astuta Fabia se dirigía al público para pedirnos que apagáramos los móviles porque la obra estaba a punto de comenzar. Y ante nuestros ojos, incrédulos por lo desnudo, espartano y minimalista del escenario, así como por los ropajes callejeros y actuales de los actores, empezaron  a desplegarse los cincelados y emotivos versos de Lope que, en sus labios, apenas sin contexto, escenas, actos (sólo la voz de Fabia nos avisará que un acto acaba y empieza otro, pues la representación empieza y concluye de un tirón; sólo hay un pequeño respiro en el clímax para oír, imitando al acostumbrado entremés de la época clásica, un tango que al pobre Monstruo de la Naturaleza hubiera hecho gritar fuera de sí, pero que a nosotros nos parece hasta acertado). Las luces y los fundidos, las proyecciones al fondo del desnudo escenario, la música de guitarra y percusión se encargan de marcar el cambio y transcurso del tiempo, como los amaneceres o las noches, así como el galopar de los caballos o el viento, sin olvidar de encuadrar emocionalmente el amor entre Alonso e Inés, el odio y el ansia de venganza de Rodrigo, o destacar, finalmente, la tragedia de la muerte del protagonista precedida del disparo de arcabuz que lo derribará a tierra a medio camino entre Medina y Olmedo.
Y la magia del teatro, creada este caso por Lluis Pasqual, va de Fabia a Tello, de Inés a Alonso… hasta que las sillas solitarias del escenario se hacen a un lado para que los actores se despidan de nosotros, que, tras premiarles el milagro que han desplegado ante nuestros ojos, descendemos al mundo real de los semáforos y los bocadillos con cerveza de la cercana Plaza de las Arenas, mientras que el jilguero del amor y la vida, que en el sueño de Alonso es muerto por el Azor, vuela feliz otra vez abierto a la aventura cotidiana.
Más tarde, desaparecidas las emociones de la atmósfera creada por la ficción teatral y la interactividad entre actores y espectadores, el análisis en frío de lo contemplado entre las cuatro paredes del teatro arroja un saldo no muy equilibrado: los medios empleados (personales, de atrezzo, tramoya, luminotecnia y texto…) no consiguen el cien por cien de la eficacia teatral que se esperaba. La antigua polémica entre espectáculo y texto en la puesta de escena de Lluís Pasqual se decanta por el mero recitado de los versos de Lope a cargo de los diversos personajes, que no siempre es acertado, a excepción de Fabia (Francesca Piñón), Tello (Pol López), Inés ( Mima Riera) y Leonor (Paula Blanco), sobre todo, los dos primeros, que los bordan y en ocasiones hacen saltar las lágrimas. El vestuario, que le daría a la obra contexto y profundidad (sólo se ha intentado acercarse en la indumentaria de Fabia y de Tello), es más bien pobre y rudimentario (unas cuantas capas, un par de sombreros, zahones de montar y poco más), y en ocasiones me atrevería a tildar de ridículo, y si no, repárese en la corona de papel del rey Juan II (Samuel Viyuela), que más bien parece que viene de saborear el roscón de reyes en una fiesta familiar. Lo mismo cabe decir del uso de la tramoya y otras técnicas escenográficas: raya en lo simple el hecho de colgar de una cuerda las cintas de Inés que luego lucirán los sombreros de Rodrigo (Francisco Ortiz) y Fernando (Carlos Cuevas), o el hecho de situar la palangana de agua fuera del escenario, sobre un trípode, y que en un par de ocasiones salpica al espectador de la primera fila. ¿Eso es realismo, proximidad y complicidad con el público? Y no hablemos de la coreografía de las espadas o la presencia de las lanzas de rejoneador en dos momentos de la obra que, lejos de intensificar la acción, la paralizan (sobre todo, en el de las espadas). Sí que ejerce su papel de atrezzo necesario la bolsa de Fabia y su contenido, que pinta magistralmente el oficio del personaje, que va de alcahueta a medio maga.
Y no sigo porque prefiero quedarme con la primera impresión que recibí mientras estuve metido en el ambiente de por sí sugeridor del espectáculo. ¿No dicen que la primera impresión es la que vale? Pero…

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