miércoles, 1 de abril de 2026

OTRA SEMANA SANTA


 

I

Sólo los niños saben dar manojos

de flores verdaderas,

esencias de alegría este Domingo

de Ramos contra ramos.

Navegan los presagios con las nubes

viajeras de este abril que ya no sabe

si la lluvia le espera o si una sombra

antigua de leyenda lo señala

como un mes para muerte y para luto.


II

De nuevo soñaré con aquel río

en cuyas aguas las luces de los pasos

se miran temblorosas.

De nuevo soñaré con la Esperanza

brillando en las estrellas de su túnica.

Y Judas, mientras tanto,

negará la enseñanza recibida,

tramitará el delito entre las sombras

amargas de su propia cobardía

y firmará el descenso hacia su abismo.


III

Semana Santa, abril encadenado

al luto de por vida.

Mañanas, tardes, noches, madrugadas

holladas por tambores.

Hábitos, cruces, andas

para Cristos agónicos.

Semana Santa, ritos ancestrales,

corazones nevados por la pena

prolongada de abril.

¿Hasta cuándo llevaré su recuerdo

como una cruz clavada en tu memoria?


IV

Y Él seguirá salvando,

escribiendo en la tierra,

manzanas pecadoras.

Abrirá la visión en ojos muertos

nacidos en la sombra,

antes de que sus manos,

hechas para la cura y la caricia,

se ofrezcan a las sogas del verdugo,

antes de que otros labios,

nublados de traición, manchen su rostro.


V

En alas del recuerdo que me asedia

me llega aquel silencio repetido

abierto en las heridas perpetuadas

en Cristos de mi tierra.

Aún siento en la penumbra de las plazas

quemarse los pabilos de las velas.

Nunca está la nostalgia tan presente

como el dolor de mi Semana Santa.



VI

Santo cordero ahora

es quien fue un huracán bajo la bóveda

del templo cuando el látigo

usó contra el impío mercader.

Nadie guarda su vida.

Apóstoles serán, pero ahora duermen,

simulan no ver nada.

Serán los que difundan por el mundo

sus lecciones de paz.

Pero ahora prefieren dar la espalda

al peligro que acecha a su Maestro.

Sólo tiembla la luna en los olivos

al entrever las sogas de la muerte.


VII

El Viernes caminábamos deprisa

con frío matutino en las entrañas,

mirando el oro nuevo de otro albor.

Allá, por las Tres Cruces, desfilaban

-niebla triste nimbando la madera

augusta de las tallas- los hermanos

sonando su clarín y su tambor

-el Merlú que llevamos en el alma-.

Trazaba allí la cruz

nítidamente su señal en todas

las frentes zamoranas.

Temblaba en la mañana la Verónica

-al aire el paño con la faz sagrada-.



VIII

Sólo damas de negro,

en fila silenciosa,

llorosas acompañan

la Soledad más sola.

Es una noche fría

abierta a tristes luces.

Sábado Santo: invierno

prolongado en abril.

Navaja de crespón

rajando la esperanza.