Nunca me habría imaginado que con sólo mandar un relato a un
concurso y ser premiado por escribirlo me iba a traer de nuevo un
tiempo que yo ya no quería recordar. Si escribí ese relato fue para
homenajear a las personas que sufrieron persecución, tortura y
muerte durante los tres años que duró la Guerra Civil española, en
especial a dos personas de mi familia: a la persona real que encarna
Esteban, el protagonista de mi relato titulado EL SINDEDOS, que logró
salvarse de morir fusilado en la tapia del cementerio de su pueblo
vallisoletano, y a un hermano de mi madre, que
no tuvo esa suerte y cuyos restos mortales se encontraron en una fosa
común del cementerio de León. EL SINDEDOS es fruto de una historia
que mi padre nos contaba en Zamora, en plena posguerra,
donde seguía reinando el miedo y el hambre y la trágica secuela de
la guerra fratricida.
Dicho esto paso a hablar del libro cuya fotografía encabeza esta entrada, libro que me envió la institución que patrocina el
Certamen de Relatos de Memoria Democrática de Quart de les Valles
(Valencia). El volumen está compuesto por los diez relatos premiados en
el Concurso del mismo nombre, cinco en castellano, entre los cuales
se encuentra el mío, El Sindedos, y cinco en valenciano. Y
cuando acabé de leerlos todos, comprobé que Esteban, el
protagonista de mi relato, comparte el honorable escenario de víctimas de la
barbarie que vivieron las dos Españas durante aquellos tres años imperdonables; víctimas que pertenecen al pueblo llano y sencillo.
En el grupo castellano, la
primera víctima es una niña
a la que sus padres pusieron el nombre de Acracia, que
significa “doctrina que propugna la supresión de toda autoridad.
Acracia era hija de Brígida y Gregorio, un hombre que había podido
escapar de los rebeldes junto con otros para esconderse en el monte,
y hermana de un joven al que se llevaron los de Franco para no volver
jamás. Y Brígida, su madre, se vio obligada a cambiarle el nombre
según la nueva ley, y si no lo hacía en breve plazo, le pondrían
el nombre del santo del día en que había nacido. Y al final su
madre dijo al alcalde, autoridad que las había citado para la ocasión, que a su hija le ponía el nombre de Gracia, que sonaba parecido al nombre que había tenido
siempre: Acracia. Por algo el autor del relato lo titula Cambio de
nombre. He aquí un fragmento del relato: "...Cuando el alcalde le dijo a mi madre que tenía que cambiarme el nombre, yo era todavía muhy pequeña. Apenas nueve años tenía. Cuando lo de Manolo el anarquista no. Cuando lo de Manolo hacía diez años que me había casado y tenía ya a mis tres hijos, a los que puse nombres cristianos, que eran los que había que poner. Porque ese era el asunto, que a mi hermano y a mí no nos habían puesto nombres cristianos, sino otros que decían que eran exóticos y extravagantes. Claro, como no nos habían bautizado, ¿qué nombres cristianos mnos iban a poner? A mí me parecían normales, supongo que de tanto oírnos llamar por ellos, pero el hombre aquel le decía a mi madre que de las muchas cosas malas que habían hecho ella y su marido, una de las peores era habernos condenado la vida con esos nombres ridículos que sólo servían para reírse de ellos. Y que menos mal que al Caudillo se le había ocurrido que había que ponernos otros nuevos porque si no se iban a burlar de nosotros toda la vida. Bueno, de nosotros no, sólo de mí. De mi hermano ya no podía burlarse nadie. Si acaso, de su memoria. estaba muerto y bien muerto, aseguró el hombtre, y ni una triste lápida había donde cambiarle el nombre ahora. Mi madre se echó a llorar, muy flojo, casi para que no la oyesen. Pero yo sé que en el fondo se sintió feliz de que a su hijo ya nadie pudiera cambiarle el nombre con el que su marido, mi padre, lo había apuntado en los papeles del registro diecisiete años atrás."

La segunda víctima es Esteban, un hombre
al que junto con otros del pueblo los detiene una patrulla de
franquistas para fusilarlos por rojos en la tapia del cementerio,
pero huye y se refugia en la hura de un barranco, que previamente
agranda con sus dedos mientras los asesinos tras fusilar a sus
compañeros vuelven a por Esteban para tratar de encontralo y matarlo
igualmente. Pero, como hemos dicho, guarecido en el madriguera, logra
salvarse, si bien más tarde descubre que en la operación agónica
de agrandar el agujero ha perdido las primeras falanges de los dedos
de sus manos; de ahí el apodo con que es conocido por sus paisanos:
el Sindedos. Léase el siguiente fragmento: “Y
empecé, con las ansias y las fuerzas que regala el instinto de la
supervivencia, a agrandar con los dedos aquella especie de
madriguera. No sé cuánto tiempo estuve empleándome a fondo en
aquella operación, pero al fin logré ensanchar el orificio lo
suficiente para acurrucarme en él. Y así estaba, cuando escuché
una descarga de fusiles, apagada por la distancia pero definida.
Temblé de pies a cabeza al acordarme de los pobres hombres que
acababan de morir en las tapias del cementerio. Empeñado como estaba
en lograr mi salvación terrena, no me había acordado de rezar por
su salvación eterna, que ya la tenían asegurada. Al instante caí en la cuenta de
que yo todavía seguía en peligro. Sin duda, los asesinos, al notar
que les faltaba uno, tornarían a por mí. Y volví a temblar de
miedo y a mearme en los pantalones mientras oía acercarse el ruido
del motor de la camioneta. A los pocos segundos escuché gritar mi
nombre en lo alto del talud, al borde de la carretera. Blasfemias.
Disparos. Silbidos de balas. Golpes de los proyectiles en las zarzas,
en la tierra. Algunos chocaron a unos centímetros de donde yo estaba
y arrancaron polvo rojo del suelo. Me acurruqué aún más y recé de
un tirón la oración que mi madre me había enseñado de niño,
aquella que comienza "Ángel de la guarda, dulce compañía, no
me desampares, ni de noche ni de día..." Más disparos. Más
blasfemias. Más gritos con mi nombre y la afrentosa mención de mi
santa madre. Luego el silencio. Después el ruido de la camioneta
alejándose. Finalmente, un segundo silencio que jamás había oído.
Fue entonces cuando respiré profundamente y descubrí lo que les
había ocurrido a mis dedos. Eran de repente más cortos, y la sangre
y la tierra se amontonaban en sus extremos, en las que habían sido
sus primeras falanges en el brevísimo paréntesis que separa la vida
de la muerte. Lo que viví a partir de entonces y hasta mi regreso a
casa, sólo lo saben dos personas: el pastor que me llevaba algunos
trozos de pan y de queso a los zarzales y mi mujer. Mi hijita, no,
porque creyó que yo había muerto en las tapias del cementerio. De
acuerdo con lo que dije más arriba, he sentido un gran alivio al
contar lo que viví aquel día de julio de 1936. Y sin embargo, cada
vez que regreso al pueblo y veo el paisaje del monte donde ocurrió
todo, me siguen escociendo los muñones de los dedos.”

En el tercer relato, La
memoria de los huesos, figuran
varias víctimas: una es Margarita, una abuela que le cuenta a su
nieta, la narradora, que tras la victoria de Franco fue “señalada”,
término que se puso de moda en la posguerra y años siguientes, por
haber sido hijo de rojo o colaborador del enemigo, que es el caso de
Margarita. Y al lado de la abuela aparece la madre de la narradora,
que según le cuenta, pasó mucha hambre y mucha tristeza recordando
a su padre, Fermín, que como “señalado”, desapareció una noche
y nunca más volvió. Hasta que la propia narradora un día recibe la
noticia de que han encontrado los huesos de su abuelo Fermín en una
fosa común. La narradora acaba su historia, entre otras, con estas
palabras: “Seré la voz de mi abuelo, la voz de aquellos que fueron
silenciados con cruedad.” En realidad, toda la familia de la
narradora, como muchas otras de mi época, fue víctima de la guerra. Así empieza La memoria de los huesos: "De haber elegido ser alguien, sin duda hubiera querido ser como ella. Recuerdo a mi abuela Margarita con una mezcla de admiración y tristeza. Era una mujer de fuerza indomable, forjada por el trabajo y la determinanción. Sus labios contaban historias que he rememorado a lo largo de toda mi vida: 'Cuando estalló la guerra del treinta y seis, yo era apenas una recién casada llena de sueños y esperanzas. Pero la guerra lo cambió todo. Yo, ingenua y valiente, me uní a la causa republicana, sin imaginar las consecuencias que eso traería.' Sus palabras aún resuenan con su eco de nostalgia en la pequeña estancia, cargadas de dolor: 'Después de la victoria de los franquistas, vinieron los años más oscuros de mi vida. Fui señalada como colaboradora del enemigo, acusada de traición por defender mis ideales, aunque no pudieron probar nada, porque en realidad poco había hecho más allá de llevar provisiones y agua a los soldados. Me raparon al cero, como castigo por desafiar al régimen. Pero lo peor no fue eso. Lo peor fue ver a mi madre, y a mi padre enfermo de tuberculosis, que habían intentado mantenerse al margen de aquella locura, sufrir por mi causa."

El cuarto relato tiene como
protagonistas Una bala y unas gafas (así
se titula su historia) y un barranco, parecido al de mi Esteban el
Sindedos, se convierte en su escenario principal, ya que en él
ocurrió el asesinato de un inocente, “fusilado en la madrugada del
17 de agosto de 1936 por efectivos del ejército del general Franco”
(escribe el autor del relato), y no puedo por menos de recordar que
por esas fechas era asesinado cerca de Granada el poeta Federico
García Lorca (justo el día siguiente). Y es precisamente la bala
protagonista de la bárbara muerte de Evaristo la que nos dice que
fue ella la que causó la muerte del inocente, y a continuación las
gafas del muerto toman en don de la palabra para contarnos que antes
de dispararle se las quitaron y las tiraron contra la pared del
barranco, uno de cuyos cristales se rompieron. La bala y las gafas
con un cristal roto fueron entregadas en un estuche al hijo del
difunto pocos días antes de que los restos fueran exhumados del
lugar del barranco donde fue asesinado por “rojo”. Así habla la bala del título del relato: "La noche anterior me colocaron en un peine junto a otras cuatro compañeras, yo era la primera de todas ellas. Iba vestida de una larga falda llamada vaina llena de pólvora dispuesta a impulsarme con fuerza en cuanto el fulminante a mis pies fuese percutido. La noche fue larga, supongo que como la del reo para el cual mi cuerpo plomizo estaba destinado. Al alba noté cómo me movían a algún otro lugar juno a más compañeras. Un ruido de motor acompañaba el movimiento, me estaba trasladando en un vehículo. Luego unas manos metieron el peine en el cargador de un fusil Mauser, a la voz de ¿Carguen armas! Al momento me vio en un estrecho y muy largo y al otro lado pude ver la figura de un hombre joven, altivo y sereno que con un rostro tranquilo y sin ningún atisbo de miedo en sus ojos, me miraba fijamente. Me sentí incómoda. Oí una voz del que parecía mandar el pelotón del fusilamiento, que se interpuso entre aquel hombre y yo. Tras unos gritos que no entendí quitándole las gafas se encaró con él. Seguidamente tiró las gafas y dio la orden de abrir fuego. Salí veloz impulsada con una fuerza capaz de atravesar el cuerpo de aquel hombre y tuve la suerte de no toparme con ningún hueso que frenase mi camino, tras atravesar tejidos blandos, salí en una fracción de segundo de aquel cuerpo y fui a incrustarme en la pared de tierra arcillosa y margosa que estaba tras el recién fusilado. A partir de ahí nada recuerdo. Todo fue silencio."

El quinto y último relato en
castellano, que para el jurado fue el mejor de los finalistas,
titulado El hambre de María,
es una especie de homenaje a María Domínguez Remón, la primera
alcaldesa elegida democráticamente en España y que una vez había
dicho: “Consagro mi vida a la República y no desmayaré aun cuando
sufra desengaños.” Ésta es la cita que precisamente encabeza el
relato, el cual cuenta cómo los huesos de María, alojados en la
fosa común de Fuendejalón, impulsados por un hambre atroz se
recomponen y acicalados “con todos los elementos que rescata de la
tierra removida” (escribe el autor), emprende el camino con
intención de “dirigirse a Gallur, donde fue alcaldesa, pero
prefiere coger la carretera que dirigía a Pozuelo de Aragón”
(continúa diciendo el autor), que es su pueblo, donde se casó con
un borracho que la maltrataba física y psicológicamente y del que
logró escapar en un tren a Barcelona. Y pasa, sin que la abandone el
hambre por otros pueblos hasta que llega a Zaragoza y entra en un
bar, y diciendo que tiene mucha hambre, deja dos botones como pago.
El camarero le dice que se siente y luego le va sirviendo plato tras
plato. “María comienza a devorar los platos con la necesidad de un
hambre de décadas.” Y le cuenta su vida al camarero; “...desde
muy pequeña siempre creí... en la educación universal y en la
igualdad de la mujer ante el hombre... en aquella época era difícil
luchar por ellos... trabajé por esos valores... lo hice como maestra
durante la II República... los fascistas me detuvieron nada más
empezar el alzamiento... finalmente, me fusilaron frente al
cementerio de Fuendejalón... ocurrió el 7 de septiembre de 1936.”
Luego “satisfecha su hambre de verdad, ahíta su necesidad de
rescatar el ayer de las arañas del olvido”, María regresa a la
fosa común de donde había salido. En 2021 los restos óseos que la
ocupaban fueron exhumados. Éste es el final del relato: "Desde la Cuenca del Nalón hasta las cunetas del río Deba, desde Víznar hasta los mil arrojados al pozo de Caudé, siente cercana (María) la compañía de miles de huesos: gritan su rabia las costillas, berrean su desprecio los omoplatos, lamentan la ausencia de justicia todas las tibias fracturadas. Algunos huesos lloran. Y son tantos... Escoltada por el murmullo de huesos, María regresa a la fosa común. Acontece su reino el relicario de plata del nunca, la gota amarilla de ámbar de aquello que no pudo ser. --Buenas noches--saluda a sus compañeros de Fuendejalón. --Buenas noches--responden ellos con el rumor desfallecido de fuegos fatuos. --¿Tenéis hambre?-- María agita un frasco delante de ellos--. Traigo melocotones. (...) Hasta el año 2021 ninguno verá exhumados sus cuerpos. Junto a sus restos encontraránlos restos de una peineta, cuatro horquillas del pelo, dos botones y unas esparteñas gastadas. También, pocas cosas más misteriosas, un montón de huesos de melocotón que nadie sabrá explicar de dónde han salido."
