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No me refiero a la magia de la técnica narrativa que emplea don
Benito en Misericordia, una de las mejores novelas de su producción
literaria, que la hay a raudales y no es necesario demostrarlo, sino
al propio tema de la magia, brujería, demonología, supersticiones,
etcétera, que aparece a lo largo de sus páginas, centrado
concretamente en dos de sus capítulos, el XII y el XXV. En el XII cuando el mendigo ciego marroquí
Almudena le dijo a su íntima amiga y protagonista de la obra Benigna
(Benina para él y para los pobres que la rodean en torno a la
iglesia de San Sebastián de Madrid) “con extraordinaria gravedad y
tono de convicción profunda (...) que todos los dinerales de D.
Carlos podían ser de ella, si quisiera.”
Pero es mejor que
comencemos por el principio. Benina, mientras camina por la calle de
las Urosas en busca de Almudena piensa así de la condición humana
del ciego: “El demontre del viejo no puede hacer más que lo que le
manda su natural. Válgate Dios: si cosas muy raras cría Nuestro
Señor en el aquel de plantas y animales, más raras las hace en el
aquel de personas. No acaba una de ver verdades que parecen
mentiras... En fin, otros son peores que este D. Carlos, que al cabo
da algo, aunque sea por cuenta y apuntación... Peores los hay, y tan
peores... que ni apuntan ni dan...” Recordemos que el tal Don
Carlos representa en Misericordia la
caridad burguesa y superficial, al contrario de Benina, que encarna
la caridad profunda y verdadera (la misericordia en la novela para
decirlo de una vez); Don Carlos reparte limosnas con sus
"perras" a los pobres a la entrada de la iglesia mencionada
al principio, pero su acto es más un ritual que un compromiso
genuino, un ejemplo de la moralidad exterior de la sociedad madrileña
de la época.

Y seguimos el hilo de nuestra aportación al título de
este modesto ensayo o lo que sea. Benina encuentra a Almudena en la
calle de la Encomienda y le da un duro de los dos que le había dado
Don Carlos, como le había prometido; luego juntos van al café de la
Cruz del Rastro, al que el ciego suele ir a menudo a tomar unos
“vasos de a diez céntimos”, y mientras los toman, “el ciego le
contó las barrabasadas de su compañera de vivienda, y ella su
entrevista con D. Carlos, y el ridículo obsequio del libro de
cuentas y de los dos duros mensuales”. Salen a relucir los bienes
innumerables de Dos Carlos Trujillo y la miseria en que viven “tantos
y tantos que andan por estas calles de Dios ladrando de hambre.” Y
es cuando Almudenilla (así llama cariñosamente Benina al ciego marroquí)
le dijo que todos los dinerales de D. Carlos podían ser de ella, si
quisiera. Entonces ella, sin creerse que eso fuera posible, le dijo:
“Lo creeré, si me explicas cómo ha de ser ese milagro.”
Entonces interviene el narrador (el propio don Benito) diciéndole al
lector que Benina era muy supersticiosa y se creía todas las
historias sobrenaturales que le contaban; y añade: “la miseria
despertaba en ella el respeto de las cosas inverosímiles y
maravillosas (…). Un poco de superstición, un mucho de ansia de
fenómenos estupendos y nunca vistos, y otro tanto de curiosidad, la
impulsaron a pedir al marroquí explicaciones concretas de su ciencia
o arte de magia.” A lo que Almudena le respondió que “todo
consistía en saber el arte y modo de pedir lo que se quisiera a un
ser llamado Samdai.” Interesada Benina por saber quién
era el tal Samdai, Almudena le dice que es un Rey que vive bajo
tierra.

Entonces Benina deduce que debe tratarse del diablo, a lo que
el ciego la corrige diciéndole que es un Rey bonito, añadiendo que
si ella lo llama vendrá y le dará todo lo que le pida. Es el
momento en que Benina formula las preguntas cuyas respuestas quiere
saber, que son las tres siguientes: “¿Y qué se hace para
llamarlo?” “¿Y no me pasa nada por
hacerlo?” “¿No me condeno, ni me pongo mala, ni me cogen los
demonios?” Y oídas las respuestas, que satisfacen su seguridad,
Benina pasa a la acción: “¿Podemos hacerlo ahora?” Y aparece el
primer requisito mágico cuando Almudena le dice que sólo puede
hacerse a las doce de la noche, lo cual representa el primer obstáculo
para Benina: “¿Y cómo salgo yo de casa a media noche?” Pero le
dura poco ya que el bien que puede obtener es superior al obstáculo
y cede: “Bueno: ¿qué hay que hacer?”
Y Almudena empieza a
enumerar nuevos requisitos mágicos: comprar un candil de barro sin
hablar porque si se habla no funciona la magia, hacerse, sin hablar también, con una olla
de barro con siete agujeros, ni uno más ni uno menos (puede servir en vez de la olla un tostador de los que usan las
castañeras pero que tengan sólo siete agujeros), procurarse un
palo de laurel (lo tenía un vendedor de garrotes de un puesto junto
a las Américas) y sin decir palabra igualmente; y Benina, tras
considerar esos requisitos mágicos, seguía cediendo, y Almudena, a
lo suyo: reunidas estas cosas, había que poner al fuego el palo
hasta que prendiera bien, y esto había que hacerlo el viernes a las
cinco en punto; si no, la magia no funcionaba, y el palo debía arder
hasta el sábado, y a las cinco en punto debía meterse en el agua
siete veces ni una más ni una menos, y todo callandito.
Y Benina
asintiendo pacientemente. Y Almudena dale que dale al formulario
mágico: al palo había que vestirlo con ropas de mujer, como una
muñeca, y bien vestidito se le arrimaba a la pared, en pie; y
delante de él había que colocar el candil de barro, encendido, y
taparlo con la olla para que sólo se viese salir su luz por los
siete agujeros, y a corta distancia había que poner la cazuela con
lumbre para echar los sahumerios. Y entonces había que empezar a
decir la oración una y otra vez con el pensamiento, porque hablada
no valía. Y así debía permanecer la persona, viendo subir el humo
del benjuí, y mirando la luz de los siete agujeros, hasta que a las
doce... Y Benina se sobresaltó diciendo: “¡Y al dar las doce
campanadas viene... sale, se me aparece!” Y Almudena asintió
diciendo que el Rey salía de debajo de la tierra y ella debía
pedirle lo que quisiera, que él se lo daría. Y entonces Benina,
dudando, preguntaba al ciego: “Almudena, ¿tú crees eso? ¿Cómo
es posible que ese señor, sin más que las cirimonias
que has contado, me dé a mí lo que ahora es de Don Carlos
Trujillo?” Y Almudena le animaba a seguir con la magia, y Benina, con sus dudas: “Pero con tanto requesito, si una se descuida
un poco, o se equivoca en una sola palabra del rezo mental...” Y
Almudena, erre que erre, pidiéndole mucho cuidado en el rezo de la
oración. Y Benina cediendo al fin a rezarla. Y Almudena pidiéndole
que repitiera las palabras siguientes: “Semá Israel Adonai
Elohino Adonai Ishat...” Y la pobre Benina, estallando: “Calla,
calla: en la vida digo yo eso sin equivocarme. Como no sea castellano
neto yo no atino... Y también te aseguro que tengo mieditis de esas
suertes de brujería... quita, quita... Pero ¡ah! ¡si fuera verdad,
qué gusto, cogerle a ese zorrocloco de D. Carlos todo su dinero...
amos, la mitad que fuera, para repartirlo entre tantos
pobrecitos que perecen de hambre!... Si se pudiera hacer la prueba,
comprando los cacharros y el palitroque sin hablar, y luego... Pero
no, no... cualquier día iba a venir acá ese Rey Mago...

También te
digo que suceden a veces cosas muy fenómenas, y que andan
por el aire los que llaman espíritus o, verbigracia, las ánimas,
mirando lo que hacemos y oyéndonos lo que hablamos. Y otra: lo que
una sueña, ¿qué es? Pues cosas verdaderas de otro mundo, que se
vienen a este... Todo puede ser, todo puede ser... Pero yo, qué
quieres que te diga, dudo mucho que le den a una tanto dinero, sin
más ni más. Que para socorrer a los pobres, un suponer, se quite a
los ricos medio millón, o la mitad de medio millón, pase; pero
tantas, tantismas talegas para nosotros... no, esa no
cuela.” Y sin embargo, Benina volvió a decir lo de “Yo no te
digo que no sea posible... y si supiera yo hacer la prueba, la haría,
con mil pares...” y otra vez cedió pidiéndole al marroquí que le
repitiera la receta de lo que tenía que comprar sin hablar. Y su
amigo el ciego, tan paciente como ella, le repitió “las fórmulas
y reglas del conjuro, añadiendo descripción tan viva y pintoresca
del Rey Samdai, de su rostro hermosísimo, apostura noble,
traje espléndido, de su séquito, que formaban arregimientos
de príncipes y magnates, montados en camellos blancos como la leche,
que la pobre Benina se embelesaba oyéndole, y si a pie juntillas no
le creía, se dejaba ganar y seducir de la ingenua poesía del
relato, pensando que si aquello no era verdad, debía serlo. ¡Qué
consuelo para los miserables poder creer tan lindos cuentos! Y si es
verdad que hubo Reyes Magos que traían regalos a los niños, ¿por
qué no ha de haber otros Reyes de ilusión, que vengan al
socorro de los ancianos, de las personas honradas que no tienen más
que una muda de camisa, etcétera”.

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Algo similar vemos en el Capítulo XXV de Misericordia, habido
entre los dos inseparables amigos, el cual parece recordarnos lo
sucedido en el Capítulo XII, pues inicia su andadura como sigue: “No
desistía el apasionado marroquí de ganar la voluntad de la dama
(que así debemos llamar a Benina en este caso, toda vez que como
tal él la veía con los ojos de su alma); y conociendo que los
medios positivos eran los más eficaces, y que antes que las razones
con que él pudiera expugnarla la rendiría su propia codicia y el
anhelo de enriquecerse, se arrancó con otro sortilegio, producto
natural de su sangre semítica y de su rica imaginación.

Díjole que
entre todos los secretos de que por favor de Dios era depositario,
había uno que no pensaba confiar más que a la persona que fuese
dueña de todo su cariño; y como esta persona era ella, la mujer
soñada, la mujer prometida por el soberano Samdai, a ella
sola revelaba el infalible procedimiento para descubrir los tesoros
soterrados.” ¿En qué consistía tal sortilegio? ¿Acaso
esta vez aceptará Benina llevarlo a cabo? ¿O de nuevo ocurrirá que
Benina no dé crédito a tales historias, pese a que como siempre
acabará escuchando embelesada el relato que Almudena le va a hacer?
Efectivamente, tal como piensa el lector Benina no perdió sílaba
del relato que Almudena le hizo. El narrador dice: “La cosa era muy
sencilla, pintada por el ciego marroquí, aunque las dificultades
prácticas para llegar a producir el mágico efecto saltaban a la
vista. La persona que quisiera saber, siguro, siguro,
dónde había dinero escondido, no tenía más que abrir un hoyo en
la tierra, y estarse dentro de él cuarenta días, en paños menores,
sin otro alimento que harina de cebada sin sal, ni más ocupación
que leer un libro santo, de luengas hojas, y meditar, meditar sobre
las profundas verdades que aquellas escrituras contenían...”
Lógicamente la misericordiosa Benina pone en duda lo que ha oído:
“¿Y eso tengo que hacerlo yo? ¡Apañado estás! ¿Y ese libro
está escrito en tu lengua? Tonto, ¿cómo voy a leer yo esos
garrapatos, si en mi propio castellano natural me estorba lo negro?”
Y al decirle Almudena que será él quien leerá el libro, ella,
escamada, dice: “Pero en ese agujero bajo tierra, que será la casa
de los topos, ¿podemos estar los dos?” Y añde con sorna: “Y
para poder ver bien la letra de ese libro llevarás antiparras de
ciego...”

Pero él, erre que erre, replicándole que el libro se lo
sabe de memoria y añadiendo los pasos siguientes de la operación
mágica del sortilegio: “...pasados los cuarenta días de
penitencia, terminaba por escribir en un papelito, como los de
cigarro, ciertas palabras mágicas que él sabía, él solo; luego se
soltaba el papelito en el aire, y mientras el viento lo llevaba de
aquí para allá, ella y él rezarían devotamente
oraciones mochas, sin quitar los ojos
del papel volante. Allí donde cayese, se encontraría, cavando,
cavando, el tesoro soterrado, probablemente una gran olla repleta de
monedas de oro.” La cuestión es que Benina, aunque mostró su
incredulidad soltando la risa, “alguna huella dejaba en su espíritu
la nueva quisicosa para encontrar tesoros” añadiendo seriamente
que no creía que hubiese dinero enterrado en el campo y concluyendo:
“Puede que en tu tierra se den esos casos; pero lo que es aquí...
donde lo tienes es en los patios, en las corraladas, debajo del suelo
de las leñeras, almacenes y bodegas, y, si a mano viene, empotrado
en las paredes...” Y luego la novela coge otra dirección donde
queda de manifiesto las intenciones, digamos, amorosas, de Almudena,
que abarcaría otro comentario diferente a éste. Si el que lee estas
líneas está interesado en lo que ocurre a continuación en
Misericordia, sólo tiene que leerla.

Feliz 2026