martes, 26 de abril de 2016

REFLEJOS DE VIENA IV


 
 
Y cerca de la sinagoga, se levanta el sencillo románico de la iglesia más antigua de Viena, San Ruperto, Ruprechtskirche en alemán, construida sobre los restos de una puerta romana. Ahora, aislada en esta recoleta plaza, la iglesia se acerca al cielo a través de un campanario de ventanales de medio punto, y en un ángulo del exterior, aguanta con la paciencia de un mártir el cáncer del verdín la estatua de un prelado. Mientras que delante de la entrada al templo otras dos lápidas doradas denuncian la injusticia atroz de las deportaciones y asesinatos en los campos de exterminio.

 

Café Central. Repetimos nada más entrar el saludo a Altenberg y ocupamos el reservado ahora presidido por otro escritor vienés, el novelista Musil, el hombre ocupado en escribir sobre el hombre desocupado. Los platos que hemos elegido saben a lo mejor de las plantas y los animales de esta tierra, mientras las lámparas, las maderas nobles, las cristaleras, las columnas o los cuadros que decoran este santo recinto conservan en silencio las animadas conversaciones de otros tiempos más nobles y elegantes pero también decadentes o transgresores. De eso sabe mucho el Altenberg de la entrada, que sobre los libros apoya un brazo y con los ojos no pierde detalle de la vida que entra y sale del Café.

 


No puedo creerme que me encuentre sentado ahora quizá a la misma mesa que ocuparon ayer figuras tan importantes del arte, la música o la literatura como Otto Wagner, Gustav Mahler, August Klimt o los citados Altenberg y Musil y hasta el checo Kafka, que también respiró el aire de Viena y habló de su luz y su sombra. Y a pesar de todo, la comida me ha sentado perfectamente. ¿O por eso mismo? ¿O ha sido la pinta de cerveza tostada que ha acompañado de manera especial los poderosos raviolis de ganso que me he metido entre pecho y espalda?

 

 


 
Por las galerías del palacio Ferstel, reverberación del agua de la fuente de la ninfa del río, juegos de cristales de los escaparates, poses para fotografías y ganas de siesta, salimos a lugares que ya conocemos buscando una sombra, un sitio donde comentar lo vivido hasta el momento para poderlo asimilar mejor y desembocamos en la plaza de la Bolsa. El cicerone familiar no descansa y prepara el recorrido de la tarde: Gutenberg en el Lugeck, exteriores de San Esteban, Casa de Mozart, los Jesuitas y su cúpula pintada a la manera de Roma San Francisco, parada y pasta Sacher con café y cubilete de cristal de agua en otro Aida que encontremos de camino…

lunes, 18 de abril de 2016

EXPOSICIÓN PICTÓRICA DE MANUEL BARRIOS EN BRAGANZA


El pintor zamorano Manuel Barrios Nicolás expone en Braganza 70 muestras nuevas de su quehacer pictórico, desde el 8 de abril al 28 de mayo del presente año y desde aquí convido a quien desee contemplar verdadera belleza pintada a acercarse al Centro Cultural "Adriano Moreira" de la hermosa ciudad portuguesa. Yo mismo he vivido el honor de adelantarme a la presente exposición escribiendo unas letras de celebración del evento en el Catálogo de la Muestra, y entre otras cosas escribí las siguientes: "Su modo entrañable, sensible y tan personal de ver lo que hay a su alrededor le hace plasmar en sus lienzos una variada y rica realidad de inocencias primigenias de luz y color: desde las vistas de Braganza, uno de los principales motivos de la presente exposición, junto con otros del Portugal que más ama (Aveiro, Nazaré, Ericeira…), hasta paisajes otoñales y marinas (barcos, escenas de pescadores remendando redes o niños que esperan impacientes realizar su primer baño),  pasando por solitarios palomares de la tierra, almendros en flor, retazos de arena de playa con pequeños animales, conchas y guijarros…, toda una lírica manifestación del cuidado exquisito con que Manuel Barrios trata sus motivos pictóricos y su minuciosa y delicada técnica, de línea y colorido limpios y en consonancia con los temas elegidos: esas gamas extensas de azules y ocres, combinados sabiamente con blancos y rojos, iluminan estas ventanas abiertas al espectador que son sus cuadros, ventanas abiertas a la imaginación, al sueño, al recreo de la realidad: pura poesía pintada."
                                                            

Felicidades al pintor amigo y a quien visite su exposición en Braganza. No se arrepentirá.

martes, 12 de abril de 2016

REFLEJOS DE VIENA III




A media mañana, con media Viena en los ojos y el cosquilleo en las piernas de las primeras caminatas, probamos los cruasanes inspirados en la media luna de los árabes, que dicen que nacieron aquí. Hacemos tiempo para asistir a la ronda de los doce personajes vieneses del reloj modernista, Ankerurh, situado en un pasadizo elevado en la parte más romántica de la plaza Hoher Marka. Antes, la fuente de los desposorios de la Virgen, conjunto monumental creado por Erlach el Joven, uno de los artistas que más se prodigan en la belleza  pétrea de la ciudad, junto a su padre; la escultura que trepa hacia el cielo entre cuatro columnas acanaladas se debe a Corradini.

 

 
Con las campanadas del mediodía y rodeados por grupos de curiosos que esperan con sus cámaras para eternizar el momento del desfile, asistimos a la ronda de los doce personajes históricos-autómatas de Viena, desde el primero, Marco Aurelio, hasta el duodécimo, la emperatriz María Teresa y su acompañante, pasando por Eugenio de Saboya o el músico Haidn, con su violín arrimado al pecho y el arco en una mano. Durante los minutos que ha durado la ronda, se ha detenido el ritmo vertiginoso de Viena.

 

 

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Hemos pasado por el Café Central para reservar mesa para la una y media o dos menos cuarto, y allí estaba, entre los dulces del mostrador, el poeta Altenberg, sentado en su papel maché, bigotes en punta y ojos saltones, mirando curioso a la puerta para ver quién entraba en el local donde él tantas veces soñó con escalar altas cotas de poesía. Le decimos hasta luego mientras nos lo llevamos con nosotros en nuestros móviles hacia la calle de los judíos, donde el cicerone familiar dice que nos esperan nuevas sorpresas.

 

A esto lo llama hoy el hedonismo fácil el Triángulo de las Bermudas: un lugar trágico del pasado alemán, con deportaciones de judíos vieneses a los campos de exterminio nazi es hoy una fiesta nocturna de cánticos obscenos y embriaguez vomitera en bares infames ahora a esta hora del mediodía con puertas cerradas y cómplices silencios. En el suelo, sobre la gris acera, quedan las lápidas doradas con nombres y apellidos de personas inocentes que en noches de oprobio fueron arrancadas de sus hogares y llevadas en camiones a campos de concentración para morir gaseadas para vergüenza de la humanidad de todos los tiempos. Para que no se olvide del todo.

 


Hay también como recuerdo de la locura de los hombres en la calle de los judíos un palacio barroco que conserva en una hornacina de su lujosa fachada una bala de cañón otomana, piedra deletérea que sembró el miedo y una lápida debajo denunciando su eterna amenaza. Paradójico maridaje entre el presente que avanza hacia el futuro y el pasado recalcitrante que no olvida.
 
 
 
Hay sin embargo un instante para saborear la calma y darle el gusto a la reflexión de libro, junto a la librería Shakespeare. Es sólo un momento para verse a uno mismo reflejado en un escaparate con Literatura de la de antes, la que busca educar el corazón y enriquecer la mente. El bardo inglés supo tocar la fibra de todas las religiones en discordia, desde la anglicana a la judía, la católica, la musulmana, la precristiana... y a todas las unió en el respeto a la libertad personal por encima de clases sociales y raciales: Otelo, Julio César, Hamlet, Ricardo III... Aquí, junto a Shakespeare, el barrio judío respira más aliviado. Pero aun así...
 
 

 

viernes, 8 de abril de 2016

REFLEJOS DE VIENA II




Vamos buscando el Danubio Viena arriba, afluente condenado a ser cubierto para convertirse en cauce de coches y tranvías, hasta dar con el parque de Strauss, el Stadtpark, arca de secretos para la vista y el corazón. Espejos de lagunas, blancas garzas, pinos, mirlos… Con una pequeña decepción: la torpe y sucia canalización del río Viena paralela al principal camino del parque, que apenas logra paliar el conjunto modernista formado por escaleras, pabellones y columnas realizado por Ohmann, el discípulo más aventajado de Wagner. Tres músicos vieneses disfrutan de esculturas con distinta suerte dentro del parque: la más fotografiada, la chillona de Strauss, situada en un lugar estratégico para que todo el mundo la vea y se retrate junto a ella; más tranquila, la de Schubert, que invita al recogimiento; y la más desgraciada, la de Bruckner, buen seguidor de Wagner, cuya cabeza aparece pintarrajeada por las incontinentes palomas.

 

Cuando el sol se va de las bellas fachadas y aparece tímidamente el neón en los escaparates, entonces Viena empieza a ceder su actualidad vertiginosa y moderna al pasado sentimental y artístico. El viajero está tan pleno de emociones que el cansancio acumulado es el precio que más gustosamente paga, y más cuando las farolas del Burggarten de vuelta al apartamento ponen punto final a la segunda jornada.

 


 
Bien empezamos el tercer día mezclando la realidad con la mitología: la emperatriz María Teresa, Hitler y Teseo, los dos primeros separados por una monumental puerta neoclásica, y el tercero en el Jardín del Pueblo, muy cerca de Sisí, otra realidad de película, y los rosales brotando por todas partes. Columnas y frontón blancos al sol de la mañana recién estrenada y ganas de caminar en busca de nuevas emociones.

 


 
Junto a Grillparzer, el poeta sueña versos que no acaban de brotar, como la rosas de los rosales cercanos, abrumado por la grandiosidad del monumento que la madre Viena levantó a su hijo dramaturgo, donde Medea y Safo excelentes relieves de mármol realizados por Rudolf Weyr, ocupan lugares destacados por referirse a dos de sus personajes femeninos más emblemáticos de sus tragedias. Los versos del poeta nadan entre el sueño de la vida de Calderón, admirado por Grillparzer, y Raquel, la judía de Toledo, de Lope, otro de los dramaturgos que el vienés llevó a su propio teatro.

miércoles, 6 de abril de 2016

REFLEJOS DE VIENA I


 
Viena a las tres de la tarde del sábado 2 de abril es una realidad que está a cinco grados de temperatura menos que en Barcelona. Una realidad de verdes humaredas en movimiento y córvidos planeando al borde de la autopista, cordón umbilical entre el aeropuerto y la ciudad imperial. Una luminosa realidad de incendios de forsythias cuando el autobús nos deja a un lado del Teatro del Pueblo y frente al Museo de Historia Natural, a escasa distancia de la calle Geitredemark, donde nos espera la que será nuestra residencia durante los siguientes días de sueño. 

 

 
Viena a las ocho de la tarde del sábado 2 de abril es una realidad completa y compleja bajo nuestros pies incansables, a la vista de nuestros ojos atentos y ante la consideración sentimental y artística nuestro corazón, hoy moldeable como una blanda arcilla. Una realidad de bellos monumentos, columnas, estatuas, escalinatas, escaparates, atlantes y cariátides, fachadas de cristal y de piedra sagrada, de torres y chimeneas, de conversaciones, claxons de coches y tranvías y repiques de campanas. Una realidad prácticamente estrenada cuando ya la noche ha caído sobre la ciudad y sobre nosotros, sus asombrados visitantes españoles, que ya formamos parte de su ambiente cosmopolita. Una realidad que cierra con broche culinario el primer peregrinaje justo en el rincón de Lugeck donde Gutenberg sueña con el primer incunable, en el primer piso del restaurante del mismo nombre con un plato de ternera empanada típico de Viena.

 

 
Cuatro impresiones me traigo al apartamento de Geitredemark tras la maratoniana salida del primer día: el lujoso interior de la Ópera, mármol, cristal, estatua, tapiz rojo impregnados de arias y sinfonías; el reflejo mágico del gótico empinado de San Esteban en la fachada curvilínea del Haas-Haus;  el arcángel San Miguel, caída ya la noche de regreso a casa a nuestro paso por el Hofburg; y la última, a punto de llegar, la alta y mayestática serenidad de Goethe, junto al Burggarten, mirándonos desde su trono de perennidad literaria.
 
 

viernes, 25 de marzo de 2016

ADIÓS A CRUYFF

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Recibimos con tristeza la noticia de la desaparición de Johan Cruyff, excelente jugador y entrenador del Fútbol Club Barcelona, a causa de un cáncer de pulmón que se le declaró en octubre del año pasado. Lo recuerdo con muchísima admiración por su juego eléctrico y rompedor y sus goles casi mágicos. Con Cruyff el Barça se convirtió en el equipo de fútbol grande que es hoy, y sin él no habría conseguido cuatro ligas españolas seguidas y un campeonato de Europa. Su velocidad, sus regates al filo de la magia, sus goles de todas clases y en todas las acrobacias posibles no se olvidarán en mucho tiempo. Por lo menos yo no pienso hacerlo. Aún tengo muy presentes las tardes de gloria que hizo vivir a las gradas del Nou Camp, cuando él empezó en los años 70 a pisar el césped de las grandes victorias como jugador y después, desde el banquillo, como entrenador, con grandes jugadores a sus órdenes, entre los españoles, Guardiola, Iniesta, Xavi, Abelardo o Luis Enrique, por citar unos cuantos, y también algunos compatriotas holandeses como Neeskens, los hermanos Ronald y Frank de Boer o el gran Koeman, que marcó el gol que le dio a Barça la primera copa de Europa. Y sus declaraciones por televisión tan sinceras como acertadas, con aquel español suyo tan peculiar y lleno de faltas de concordancias. El ángel de Cruyff seguirá volando sobre el Nou Camp, inspirando a los futbolistas de ahora, Messi, Neymar, Suárez, Piqué, Alba, Busquets y un largo etcétera, para que el quipo de nuestros sueños adolescentes, aquel que empezó con los Kubala, Ramallets, Gensana, Segarra, Manchón, Biosca…, siga regalándonos momentos de alegría.

sábado, 12 de marzo de 2016

MEMORIAS DE UN JUBILADO. MI RÍO DUERO. CAUCE VIVO VII


LA ENFERMEDAD DE MI PADRE

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Mi madre, de la que ya conté lo que había sufrido durante la guerra civil en Valdenebro de los Valles, tampoco pudo librarse de nuevos sufrimientos producidos por la misma causa en la ciudad del Duero y en los años que siguieron a la contienda fratricida. Aun así procuraba que su dolor no se transfiriera al resto de la familia y lo llevaba con una entereza y una paciencia propias de los santos. Todavía se hablaba en voz baja de su hermano Aurelio, quien, afiliado al PC asturiano antes de la guerra y perseguido al declararse la rebelión de los fascistas por los mal llamados nacionales, acabó desapareciendo en el trasiego de las cárceles de la zona y finalmente fusilado en alguna parte de la provincia de León. De toda esa triste historia sólo recuerdo pasajes confusos que nadie ha sabido aclararme hasta el momento. Según uno de esos pasajes, en cierta ocasión mi madre había recibido una carta firmada por un tal Celestino (en casa decían que bajo ese nombre se ocultaba el tío Aurelio), en la que le decía que se hallaba prisionero en una cárcel de Asturias y que esperaba ser trasladado de un momento a otro a un penal de León. Nunca vi esa carta, que siempre consideré como un anticipo de la sentencia de muerte y final desaparición del hermano de mi madre. Lo que sí supe fue que durante un tiempo de la posguerra, su primogénito, que se llamaba también Aurelio, vino a vivir a Zamora con la familia. Yo aún no había nacido, según me cuentan mis hermanos, pero después de repetirme la escena docenas de veces, aún parece que oigo decir a mi madre:
--Donde comen cuatro, comen cinco.

Mi madre era una mujer entera, tierna como un junco cuando había que serlo y dura como un roble cuando se terciaba. Lo que a ella le importaba, lo mismo que a mi padre, era que nosotros creciéramos lo más sanos posible y recios y cumplidores del deber cotidiano, y si teníamos suerte, listos además. Tanto mi padre como ella solían decirnos:
--Los hijos de los pobres tienen que ser más listos que los demás.
 
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Mi madre ya he dicho que era tierna como un junco cuando había que serlo y tengo un montón de casos que lo prueban. Aquí me bastará hablar de uno sólo. Cuando yo era muy pequeño y me ponía malo de las anginas, mi madre me llevaba a la consulta de nuestro médico de cabecera, que estaba justo al lado del Mercado de Abastos, en el centro de la capital. Y ese detalle, el estar situada la consulta de nuestro médico junto al Mercado, era lo que más me gustaba de caer enfermo. Porque de ningún modo quería que don Manuel, creo que así se llamaba el médico, me obligara a abrir la boca como si deseara que la mitad de la cara se me cayera para atrás. Decía que era para ver si tenía la garganta roja. Y de mala gana, más obedeciendo el gesto que me hacía mi madre, que al lado del médico seguía con atención todo el proceso, que la petición del señor de la bata blanca, abría la boca y aguantaba con resignación el frío de la cucharilla sobre mi lengua hasta que don Manuel daba por terminada su exploración. Tras la cual casi siempre acababa recetándome antibióticos inyectables.
Pero yo todo lo sobrellevaba con cierta paciencia porque sabía que a continuación iba a vivir una experiencia que en nada podía compararse con la de la consulta médica. Y era pasar una mañana con mi madre en el Mercado y en el mundo apasionante, podría añadir mágico, algo así como una representación teatral sin parangón, que se desarrollaba dentro del establecimiento y en los alrededores. Y un bollo relleno de crema era el dulce prólogo que iniciaba la representación. Tras hacer la compra en el interior del Mercado, mi madre y yo iniciábamos un tranquilo deambular por entre los corros de gente que en torno al edificio se formaban aquí y allá para rodear a los charlatanes que vendían a precios irrisorios plumas estilográficas que escribían perfectamente tras clavarlas como si fueran dardos sobre troncos de madera (la verdad era que las plumas que compraban los cautos al llegar a casa no eran capaces de escribir un solo trazo); o a los adivinadores del porvenir, o a los vendedores de ungüentos y pomadas extraídas de serpientes que curaban todas las enfermedades… Pasábamos por todos estos corros y yo, sin que mi madre levantara la mirada de mi menuda figura, me colaba hasta la primera fila para mirarlo y escucharlo todo con los ojos y oídos de un niño; pero en ningún corro me quedaba tanto tiempo fascinado como en el que se formaba alrededor de los ciegos cantadores. En el interior del corro dos o tres ciegos, ayudados de sendas guitarras, cantaban con desgarradas y melodramáticas voces horribles crímenes sucedidos en los pueblos de la periferia de la provincia y cuyas letras hablaban de sangre, familias enteras deshechas y descuartizamientos increíbles. Mientras duraba el canto, otra persona que acompañaba a los ciegos, iba repartiendo entre el público octavillas de diversos colores con la letra de la sangrienta canción. No se me quitará nunca de la cabeza una de esas letras espeluznantes en que se narraba el horrible crimen que unos desalmados habían llevado a cabo con toda una familia de labradores, los padres y dos hijos de corta edad, en un pueblo de la Sierra de la Culebra, hermoso paraje por otra parte en donde se hallaba el pueblecito de San Pedro de las Herrerías y en cuyas inmediaciones el Frente de Juventudes colocaba todos los veranos un campamento para muchachos adolescentes, al que yo iría algunos años más tarde cuando estudiaba en el Instituto de Enseñanza Media “Claudio Moyano”. Pues bien,  la letra de la canción de los ciegos, en forma de versos octonarios, narraba con todo lujo de detalles sanguinolentos cómo los asesinos entraron una noche en la casa de esos labradores con ánimo de robarles lo poco que poseyeran, y como el dueño de la casa intentara defender lo que era suyo, lo mataron a cuchilladas e hicieron lo mismo con su mujer y sus hijos; luego los cortaron a pedazos y repartieron los miembros por los alrededores. Las autoridades tardaron dos años en reunir los segmentos esparcidos, algunos de los cuales yacían en los lugares más diversos, como ruinas, pozos abandonados, madrigueras de animales o barrancos de difícil acceso, y tras reconstruir los cuerpos de los cuatro componentes de la familia, les dieron cristiana sepultura en el cementerio de la aldea a que pertenecían, sin que jamás se localizara a los malhechores.
 
 
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Es difícil olvidar los ojos puestos en blanco de los ciegos cantadores, el rasgueo fúnebre de las guitarras que les servía de fondo y los detalles sangrientos de la canción que cantaban. Como tampoco olvido el momento en que mi madre me tiraba del brazo para sacarme del corro y poner así fin a la representación teatral que tenía lugar en las inmediaciones del Mercado de Abastos. Hasta la próxima, en que yo volvía a caer enfermo de anginas y mi madre me llevaba a la consulta de don Manuel, el médico de cabecera.

Yo era aún muy pequeño cuando volví a ver a mi madre sufrir en silencio la enfermedad de mi padre. No tendría yo más de seis años cuando una mañana de un diciembre frío oí a mi madre sollozar a escondidas al salir de la sala grande, de aquella en que estaba, junto con la cómoda de los portarretratos y la cama de los cuatro chirimbolos dorados, el baúl que ocultaba las aceitadas. Una tristeza muy honda debía sentir mi madre cuando, al soltar aquel sollozo, se tapó la boca con la mano mientras miraba a un lado y a otro para que no la viéramos ninguno de sus hijos. Pero yo estaba allí. Por el balcón de la sala grande entraba una luz apagada, como de muerte, y en los cristales escribía la lluvia su helada escritura. Al otro lado del Puente de Piedra, sobre las rocas y la muralla, sobre los mojados campanarios de Zamora, la lluvia congelada de diciembre caía con una insistencia de siglos. Mi madre me vio y, tras acariciarme el cabello ensortijado, anduvo hacia el pasillo y allí torció en dirección a la cocina. Mi intuición de niño me hizo sentir al instante que algo muy doloroso le ocurría a mi madre. Fui tras ella y la vi en la cocina restregarse una lágrima al oír mis pasos.
--¿Te duele algo, mamá?
Nuevamente me acarició el pelo de la forma que sólo sabía hacer ella y, poniéndose el mandil, empezó a fregar los platos que había en el fregadero mientras me respondía que no le dolía nada. Luego me pidió que le trajera de la mesa un tazón que allí había quedado del desayuno. Y así me quedé tranquilo, hasta que más tarde oí decir a mis hermanos que a mi padre, que estaba muy enfermo, se lo iban a llevar al hospital aquel mismo día. Me puse a llorar como un desconsolado, y más tarde,  cuando vinieron a buscarlo los del hospital, no me dejaron despedirme de él, diciéndome que tenía una enfermedad que se contagiaba. Yo no quería que se lo llevaran y, sin dejar de llorar, mi madre casi me convenció de la necesidad de llevárselo al hospital durante un tiempo porque en casa no había nadie que supiera curarlo, y me puso como ejemplo a don Manuel, nuestro médico de cabecera, añadiendo que si no hubiera sido por él yo no me habría curado de las anginas.
 
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Mi padre estuvo en el centro hospitalario, hoy sede de la Diputación Provincial, más tiempo del que me dijo mi madre y nunca me dejaron ir a verlo; decían que nada tiene que hacer un niño en el hospital porque todo él está infectado de bacterias y microbios que contagian a los niños docenas de enfermedades. A veces me acercaba enfadado al Cristo de la Caña y me encaraba con él pidiéndole explicaciones de por qué había consentido que mi padre hubiera caído tan enfermo como para tener que ingresarlo en un hospital que siempre está infectado de bacterias y microbios, aunque siempre acababa cambiando el enfado por la tristeza y el miedo y le pedía por favor que lo devolviera a casa sano y salvo lo antes posible.
Durante la ausencia de mi padre, tuvo que venir a ayudarnos a cobrar los recibos de la Funeraria mi tío Tano, otro hermano de mi madre, al que siempre llamé el tío de los trabalenguas. Me enseñó varios que olvidé con el tiempo, pero aún conservo uno en la memoria que no dejo de repetir cuando se presenta la ocasión; es aquel que dice: “Oiga, compadre Guerra, ¿por qué le ha pegado con la porra de parra a la perra de Parra? Porque si la perra de Parra no hubiera mordido al compadre Guerra, el compadre Guerra no le hubiera pegado con la porra de parra a la perra de Parra.” Creo que hubo un tiempo en que la familia lo pasó mal, y no sólo lo notaba en el silencio y la oculta tristeza que navegaba por la casa, de los que nos contagiamos todos, la que más sin duda mi madre, sino también en la desaparición de los platos de ciertos alimentos que en otros tiempos entraban con más frecuencia y que yo recordaba sobre todo cuando esperábamos algunas tardes la llegada a casa de mi padre con la bicicleta cargada de garrafas de aceite y sacos de legumbres, fruto de sus intercambios en Villaralbo y otros pueblos vecinos. Y aunque, según repetía a menudo la familia, lo pasamos mal durante el tiempo en que mi padre estuvo enfermo, yo me agarraba al recuerdo del Cristo de la Caña y a una frase que también decía a menudo: “Dios aprieta pero no ahoga”. Y así ocurrió de nuevo, cuando a principios de febrero, a la vez que las cigüeñas empezaban a habitar el nido de la espadaña de Santa Lucía, volvió mi padre a casa sano y salvo. Más contento que unas pascuas, me acerqué al dibujo del Cristo y en voz baja para que nadie me oyera le susurré “Muchas gracias.”