jueves, 8 de octubre de 2026

MEMORIAS DE UN JUBILADO. VENTANAS DEL AYER

 

 
De vez en cuando me convenzo a mí mismo para echar la vista atrás y abrir las ventanas del pasado, en este caso a los cuadros que antaño pintaba, aunque sólo sea para ver cómo concebía la labor de los pinceles y los pigmentos cuando tenía menos años y menos experiencia como aficionado al arte de Velázquez y Picasso. Y descubro, para mi sorpresa, que las ventanas que pinto ahora no me satisfacen tanto como éstas que rescato del pasado.
 
 
Primera ventana 
 
Mujer que cose
 


Ya no recuerdo cuándo la pinté. Sólo sé que mi mujer, mientras estaba preparando la tabla para trabajar sobre ella, y trazaba al carboncillo la silueta del motivo principal, me recordó que esa misma figura ya la había pintado al óleo en una tela y la había regalado a una pareja amiga nuestra que se había ido a vivir a Pineda de Mar. "Lo sé, cariño (dije). Pero me quedé tan triste desde el dia en que dejé de ver en las paredes de casa a la Mujer que cose, que ha llegado el momento de tenerla de nuevo entre nosotros."

 

                                                              Segunda ventana 

                                                               Mujer pensativa 


Esta mujer pensativa ya no la tengo en mi casa y cuantas veces intenté repetirla en lienzo, tabla y otros soportes, me fue imposible plasmarla ni siquiera a la mitad de vida y presencia de lo que conseguí la única vez que se me ocurrió fijarme en una ilustración que descubrí en un número de la Hora XXV, revista de médicos que en los años setenta prodigaba algunos puestos del mercadillo de libros de ocasión que tenía lugar alredeor del modernista Mercado de San Antonio de las mañanas dominicales. Lo del soporte que empleé para este melancólico retrato de mujer tiene también su pequeña historia, y es que un vecino de Horta, sabedor de mi afición a pintar, me regaló una plancha de lata de las que empleaba para anunciar sus artículos de ultramarinos en las galerías del barrio. Y a decir verdad, al instante pensé que el material del soporte le vendría que ni pintado al rostro meditativo de la persona reflejada en él. Muy  ogulloso  tuve expuesto el cuadro en el altillo de casa hasta que una cuñada mía se encaprichó de él, y mi mujer y yo se lo regalamos cuando se cambió de piso. Por eso no me apena tanto no tener la Mujer pesativa en casa porque siempre que quiera podré volver su gesto recatado y pensativo, cabeza ladeada, ojos bajos y manos recogidas sobre el pecho.

 

                                                                     Tercera ventana

                                                        La niña de la Vila Vella 

A La niña de la Vila Vella puede verla en persona cualquier visitante de Tossa de Mar que se dé una vuelta por el recinto medieval de la población girondense, ya que se trata de una estatua de niña que con un botijo en la mano y la mirada puesta en los guijarros del piso de la calle, allí se encuentra sobre el machón de una casa, a la vista de todo aquel que recorra el emcantador recinto entre bares, almenas, cubos de muralla y rincones adornados de macetas y arbustos de arriates y  utensilios marinos y bélicos que en su día fueron rescatados de las profundidades del mar que rodea la Vila Vella. Yo que tengo la suerte de veranear y pasarme mucho tiempo de jubilado en Tossa de Mar, suelo recorrer lo que los turistas  llaman "El Castillo" y saludo a la triste estatua solitaria, cabizbaja y meditabunda  cuando inicio la pendiente que conduce al  Museo de la ciudad. Un día se me ocurrió eternizar a la Niña en un soporte de panel con puzzle incluido para poder tenerla a la vista siempre sin moverrme del piso.

  

                                                                       Cuarta ventana  

                                                              Mujer sentada en el suelo 

 


Inspirada (¿réplica??) en el cuadro de Henri Toulouse-Lautrec titulado originalmente Rouse dit aussi La Toilette, esta ventana ya no la tengo conmigo. Le dije adiós a poco de conocer a una pareja amiga de Tossa para regalársela de buen grado por la amabilidad y generosidad que siempre han con nosotros. Y a veces, cuando vamos a visitarlos a la casa que compraron en Tossa, una de las más retratadas por los turistas camino del Codolar, saludo a la Pelirroja de Lautrec, imaginándome que algún día se girará para corresponderme al saludo.

 


domingo, 27 de septiembre de 2026

MEMORIAS DE UN JUBILADO. AL RÍO DUERO





Al río Duero:

Tu nombre siempre estará ligado a la ciudad y al barrio en que nací y me crié. El ruido maternal de tu corriente fluye incesante en mi memoria y siempre te querré aunque tus crecidas y riadas de enero fueran en mi infancia signo de miedo cuando las casas se inundaban hasta el primer piso y los muebles se convertían en barcos que bogaban a la deriva por doquier.


         Sin embargo, en verano, río Duero, hacías las delicias de las familias que vivíamos en tus márgenes, de tal modo que rara era la tarde en que al aflojar los rigores calurosos de la estación no bajara nuestra familia a cenar a alguna yerbera tuya, especialmente a la pradera más cercana a las aceñas. Con la estampa a la vista de una de las cuatro hermanas, la más molinera de todas, moviendo la rueda a impulsos de tus aguas y escuchando los resuellos de tu esfuerzo, nuestra madre extendía una manta sobre la yerba y sobre ésta la cena, sencilla pero completa, la sandía, las carnes empanadas, los pimientos fritos… todo aquel alimento parecía exigirnos con urgencia que diéramos buena cuenta de ello. 


Y a un aviso del ama y alma de la casa y del hogar, nos poníamos a cenar como dioses bajo el techo azul del cielo, mientras hablábamos con buen humor y nos contábamos las anécdotas que cada uno de nosotros habíamos vivido durante la jornada y notábamos que la luz de la tarde, ya puesto el sol, se iba apagando mientras sobre nuestras cabezas en el palio de la cercana noche iban apareciendo las primeras estrellas. Y casi siempre la reunión al aire libre acababa con la voz de nuestro padre contándonos sucesos de su familia cuando era niño. Y tú, finalmente, río Duero, ponías broche de oro a nuestra cena campestre, acompañando nuestro regreso a casa con tu incesante sonido camino del Puente de Piedra.

También en verano te prestabas a jugar con nosotros, los más pequeños del barrio, cuando nos bañábamos en tus aguas frías y cristalinas, a veces junto a las islas y otras bajo los arcos del Puente, y no puedo evitar recordar con emoción a veces y ternura y miedo, las palabras que me decía mi madre antes de salir de casa con la merienda que ella me había preparado: “Hijo, dale un bocado grande delante de mí.” Así se aseguraba de que aquella tarde no me iba a bañar y se quedaba tranquila. Pienso ahora con un tremendo escalofrío en aquellos muchachos que perdieron la vida en tus aguas profundas por la imprudencia propia de nuestra edad. Y me refugio en el recuerdo amable de los fuegos artificiales que el Ayuntamiento llevaba a cabo sobre tus aguas milagrosamente iluminadas en la fiesta de San Pedro. Y es que con la llegada del nuevo día, muy temprano bajábamos un grupo de amigos a tus orillas a rebuscar restos de pólvora no quemada para escribir en el pretil de los vencejos nuestros nombres y prenderles fuego; y allí quedaban grabados todo el año, hasta las siguientes fiestas de San Pedro, en que volvíamos a repetir la operación.


Los veranos, gracias a ti, querido río Duero, eran infinitos junto al paso poderoso de tus aguas, parecían no acabarse nunca, como los partidos de fútbol que jugábamos alineados en dos equipos: el Barça y el Madrid. Partidos que duraban hasta que oíamos las voces de nuestras madres llamándonos para cenar, cuando ya ni veíamos la pelota ni las piernas de nuestros contrarios, que se habían convertido, por la magia de la noche y el ardor de la competición, en frontones de nuestras patadas. Partidos de fútbol que, todo hay que decirlo, jugábamos con sandalias de goma para podernos meternos en tu corrientes sin dilaciones innecesarias cada vez que la pelota, en chutes sin diana, rebasaba los límites de la yerbera y navegaba a la deriva hacia el primer arco del Puente. Por unas cosas o por otras, tú, río Duero, fuiste siempre testigo de nuestras vidas y nuestras andanzas. Lo mismo que sigues siéndolo de la historia y la intrahistoria vital de nuestro barrio y nuestras familias. Gracias por todo ello, río Duradero.


Por el Puente van y vienen

al pasado y al presente

todos los buenos recuerdos

que mi existencia entretejen:

son recuerdos de aquel tiempo

que a pesar de que no vuelve

forman parte ya del cuerpo,

del corazón y la mente. 

 

jueves, 17 de septiembre de 2026

LECTURAS PARA SEPTIEMBRE (II) VERSO





 RECUERDO DE LA PANDEMIA

En unas pocas horas cambia todo.

Hay gaviotas que apenas saben volar

y en segundos aprenden a capturar un pez.

Hay bañistas que tendidos en sus toallas

hablan de la muerte de un ser conocido

ocurrida en el pueblo esta misma mañana.

“Era mayor”, dice uno,

y otro: “Pero aún tenía sueños que cumplir.”

Hoy es agosto y mañana septiembre.

La pandemia que hoy nos tiene esclavizados por el miedo

puede ser mañana una feliz liberación.

Aun así las olas repiten sin descanso

Su alegría y su tristeza:

nacen en el horizonte donde bailan los mástiles de los barcos

y mueren en la orilla en espumas susurrantes

junto a los pies de los bañistas que salen del mar

o pasean imitando las pisadas

que van y vienen también sin parar.

Como los barcos que, en la luna de la playa

que limita con el recinto amurallado de la Vila Vella,

traen y llevan viajeros a las calas vecinas.

La vida hasta la muerte es movimiento,

ir y venir, traer y llevar, pasar, nacer y morir.

Y todos nosotros, como dijo Lope,

pasados los siglos, horas seremos.





 CICLOS

La rojiza pinaza

alfombra todos los caminos

tras haber lavado la lluvia

todos los pinos.

En septiembre el mar

muda su calma y su ritmo

y con bravo oleaje

rompe sus quicios.

Sigue la naturaleza

repitiendo sus ciclos,

estación tras estación,

a lo largo de los siglos.

Al contrario, el ser humano

cumple sin quejas su sino:

pasar haciéndose viejo

        sin volver a ser el mismo.

 



         NUEVAS SOLEDADES

Soledad divina,

soledad profana.

Las dos pueden darnos

las mismas ventajas.

Las dos nos acercan

a la dicha humana.

Si vamos a Dios

a través del alma,

llegamos alegres

a la paz más alta.

Y a través del cuerpo

calmamos las ansias

de nuestros sentidos:

¡la vida nos canta!




TODO REGRESA

Buscada soledad,

leal y disfrutada

mientras muere septiembre

en un día de calma.

Las campanas del pueblo

las horas pautan

mientras, ya libre, el mar

con olas canta.

El tiempo por  nosotros

sin miedo pasa

y la acción que tuvimos

es ahora calma

pulida por la edad

experta y sabia.

En vez del "pasa todo",

el pasado lo guarda,

y el latido presente

todo lo salva.




martes, 8 de septiembre de 2026

LECTURAS PARA SEPTIEMBRE (I) PROSA

 


 Mientras septiembre avanza como puede entre tanta convulsión meteorológica, social y política, he creído que no venían mal cuatro relatos de tema ligero, que siempre serán una lectura más llevadera y desde luego ajena a una realidad que nos está pellizcando el corazón y la mente más de lo debido.



Le toca a usted

La sala de espera era limpia, silenciosa y amueblada solamente por filas de sillas arrimadas a las cuatro paredes. Me senté en una que estaba frente a la puerta abierta por donde de vez en cuando salía a la sala una enfermera para pronunciar el nombre de un paciente mientras me miraba interrogativamente y yo negaba con la cabeza. 

Después de un buen rato de repetirse la jugada, la enfermera me dijo: “En vista de que ningún paciente ha llegado todavía, puede pasar usted.” 

Recorrí un pasillo lleno de puertas cerradas y sin letreros indicativos y seguí a la enfermera hasta la puerta del fondo, entreabierta, que tenía una pegatina con tres conos de radiactividad pintados en ella. La enfermera entró y a un gesto suyo la seguí a una salita que contenía una camilla arrimada a la pared de la izquierda. Me dijo señalándola: “Tiéndase en la camilla sólo con la ropa interior.” La obedecí mientras se iba diciéndome: “Dentro de cinco minutos empezará su prueba.” Cerró la puerta tras sí y me tendí sobre la camilla dispuesto a esperar el tiempo que había dicho. 

Tendido osbre la camilla, me puse a mirar al techo a ver si descubría alguna mancha que examinar. Así estuve un tiempo que se me hizo eterno, hasta que de repente oí pasos que corrían hacia la salida y golpes de puertas que se cerraban. Alarmado, me tiré de la camilla y me vestí aceleradamente mientras la luz de la salita se fue apagando hasta dejarme completamente a oscuras. A tientas logré calzarme las bambas y empujé la puerta para salir al pasillo, pero estaba cerrada con llave. Presa del pánico, empecé a golpear la puerta con los puños y abrí la boca para gritar pidiendo ayuda. Entonces oí que alguien pronunciaba mi nombre. Abrí los ojos. La enfermera repitió mi nombre. Asentí con la cabeza. Ella dijo: “Le toca a usted. Puerta número 2".




Un sueño real

En mil seiscientos y pico en la capital de la Toscana italiana un juez cuya prudencia era inferior a lo que se esperaba de su función pública, juzgó a una mujer acusada de bruja, la cual, durante la vista afirmó que podía asistir al aquelarre si se le permitía pasar antes por su casa para frotarse el cuerpo con ungüentos mágicos. El juez le dio permiso, y la mujer, tras untarse las sienes, el cuello, las palmas de las manos y las plantas de los pies con uno de esos ungüentos, al instante cayó en un sueño tan profundo que las quemaduras, los pinchazos y los azotes que le dieron no lograron arrancarla de su letargo. 

Cuando despertó al día siguiente, el juez le preguntó qué experiencia había vivido en el Sabbath. La mujer respondió sin titubear: “Lo de siempre, salvo que un brujo celoso de mi unión carnal con el diablo, me castigó a que me quemaran las manos, pincharan mis pechos con agujas de tejer y me propinaran fuertes azotes en las nalgas. 




He estado en el Más Allá

El amigo del paciente aguardaba expectante a que éste despertara de la postración en que había caído. Tendido sobre la cama, inmóvil, helado y pálido, le parecía más bien un muerto, aunque el médico que le atendía le había dicho en más de una ocasión que seguía teniendo pulso. 

Sin embargo, en un momento dado, se atrevió a preguntar al galeno por qué tardaba tanto en volver en sí. Entonces el doctor se vio obligado a explicarle lo que le estaba ocurriendo al enfermo: “Todo se debe al eléboro, principal componente del ungüento que el curandero del pueblo le aplicó en el pecho para curarle la fuerte bronquitis que padece, sin conocer en su torpe ignorancia el alcance de los efectos del eléboro, principalmente terribles vértigos y excesivos enfriamientos. De ahí el aspecto cadavérico que muestra el paciente. No se preocupe: más tarde o más temprano podrá volver a charlar con usted.” 

El médico se fue a atender a otro enfermo y el amigo, más confiado que antes, esperó a que su amigo volviera a la vida. Y eso ocurrió algo más tarde. Cuando el paciente primero movía los dedos de la mano y luego abría los ojos. Poco a poco el color volvió a su piel y de repente todo su cuerpo tembló de pies a cabeza mientras profería un grito espeluznante. 

El amigo se acercó a él y le preguntó qué le pasaba. El paciente le miró con ojos aterrorizados y susurró: “He estado en el Más Allá y por fin me he librado de él.”




La piedra de Osiris

En un lugar de la Zamora del siglo XVI dos brujos de diferente edad hablaban de las torturas que la Inquisición empleaba para hacer hablar a los acusados de hechicería. 

El de mayor edad, que mostraba brazos y piernas llenas de cicatrices debidas a esas torturas, le decía al brujo más joven: “Procura no caer en las garras del Santo Oficio, porque los suplicios de que se vale te harán confesar hasta que mataste a tus propios padres o a Dios mismo. Los hierros y el fuego que emplean además de dejarte cicatrices más horribles que estas que ves en mis extremidades acabarán con tu vida.” 

El brujo joven vaciló antes de preguntarle a su colega: “¿Y entonces tú cómo conseguiste sobrevivir?” 

 “Aunque te lo diga, de nada te servirá”, respondió contundente el hechicero de más edad. 

“¿Por qué?”, preguntó sorprendido el joven. 

“Cuando yo era como tú y asistía al Sabbath”, repondió el anciano, “existía un curandero en Valladolid que vendía la llamada piedra de Osiris, una especie de pasta grasa y de color ligeramente morado que aliviaba cualquier dolor producido por el hierro y el fuego, aplicándola fría sobre el lugar afectado. Eso hice yo nada más sufrir los tormentos de la Inquisición. Pero eso sucedió hace muchos años, y el curandero de Valladolid ya no existe. Y en cuanto a la piedra de Osiris, tengo entendido que sólo se encuentra en zonas desérticas de Egipto.” 

El brujo inexperto, tras pensar unos segundos en lo que su colega le acababa de explicar, dijo: “¡Me has convencido: hoy mismo me marcho a Egipto a buscar la piedra de Osiris. Y que las garras del Santo Oficio desgarren mi piel con sus hierros y su fuego, que ya se encargará esa mágica piedra de aliviarme cualquier dolor que me causen.”

 Y nada más despedirse de su colega de torturas y encontrarse a solas, cogió todo el dinero que tenía en casa y echó a caminar hacia el puerto. Allí entró en una taberna y se puso a hablar con dos viejos pescadores del viaje que iba a hacer a Egipto para hacerse con un trozo de la piedra de Osiris. Uno de ellos dijo que sabía cómo podía hacerse con pequeñas porciones de esa piedra mágica sin necesidad de viajar tan lejos. Y concluyó: “Y por sólo diez monedas puedes comprar dos buenos pedazos.”. El hechicero se alegró al oír esa noticia y le preguntó dónde estaba ese lugar. El pescador  respondió: "Sólo yo sé dónde está." Se levantó mientras añadía: "Espera aquí que ahora vuelvo." El otro pescador al quedarse solo le dijo al joven brujo: "Vete de aquí antes de que mi compañero regrese. Es un farsante: sólo quiere beber vino a costa de gente buena como tú. La tal piedra de Osiris es un invento." Al oír eso, el hechicero joven sintió de repente un miedo tan insoportable que despertó empapado de sudor, y el libro que estaba leyendo cayó de golpe al suelo. El joven lo recogió y leyó el título: Historias de hechiceros y hechicerías. Sonrió aliviado diciendo: "No vuelvo a leer ningún libro más de este tema."



sábado, 29 de agosto de 2026

RECUERDO DE MAITE JOU

 





Recientemente nos ha dejado Maite Jou, poeta y profesora de Lengua y Literatura española, amiga y compañera mía en el Departamento de Castellano en el IES La Románica de Barberá del Vallés. Ella, junto con un viejo amigo y compañero de profesión, muchos años antes en la enseñanza privada y en los últimos en La Románica, José Mari La Hoz, prepararon mi fiesta de despedida y jubilación en 2009 en el Hotel La Torre Vermella de Cerdanyola del Vallés. No olvidaré nunca esa fiesta tan entrañable y tan llena de manifestaciones cariñosas orales y escritas hacia mi persona y mi trabajo como docente. 

 


         Asimismo recuerdo con mucho cariño la excursión cultural a Collioure que hicimos los profesores del Departamento de Castellano de La Románica (Maite entre ellos) y un grupo de alumnos en abril de 2008; excursión en la que compartimos momentos inolvidables en ese pueblo francés del exilio y la muerte del gran poeta español Antonio Machado, leyendo poemas ante su tumba y paseando por los rincones del puerto y la playa donde el poeta sevillano debió escribir su posiblemente último verso (recordemos los alejandrinos de su excelente "Retrato" (en verdad, se trata de un autorretrato del propio Machado), cuyo primer serventesio dice: “Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla/ y un huerto claro donde madura el limonero;/mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;/ mi historia, algunos casos que recordar no quiero."). Ese verso que encontró su hermano José en uno de los bolsillos de don Antonio después de morir éste, se halla impregnado de la intensa nostalgia que sentía frente al momento aciago que estaba viviendo (todo el mundo lo sabe) dice:  “estos días azules y este sol de la infancia.” 


         Me enteré del fallecimiento de Maite (contaba sólo 68 años) por las redes sociales y por una nota que la ACEC (
Associació Col·legial d’Escriptors de Catalunya), notificaba la muerte de la poeta y decía de ella que era una mujer comprometida con la cultura, con la poesía y con los creadores, pero también con la necesidad de generar comunidad en torno a la literatura (“Una dona compromesa amb la cultura, amb la poesia i amb els creadors, però també amb la necessitat de generar comunitat al voltant de la literatura”). Debo decir que nunca tuve la oportunidad de enterarme de que Maite escribía versos ni de leer nada suyo. Me emocioné mucho viendo en Facebook una fotografía de Maite en sus últimos años leyendo algo ante un atril y escuchando la grabación que otra miembro de la ACEC colgó en esa red social del poema La fi. A Maite le gustaba tanto la fotografía como la poesía, no en balde impulsó el proyecto Poesia a Cop d’Ull, una iniciativa que buscaba hermanar el arte de la fotografía y la creación poética en una misma perspectiva. He visto reproducido el reloj ingenioso de Maite titulado Hora de Sortida publicado por La Plaquetona-Vilamarins, en el verano de 2017. y A lloc (2025).



Cuando una poeta muere,

muere una voz que sabía

transformar la soledad

en la mejor compañía.ç

Y Maite lo supo hacer

con la luz de su poesía.

Y si leemos sus versos,

seguirá siempre viva. 






viernes, 21 de agosto de 2026

LECTURAS DE SIEMPRE (II) LA FAMILIA

 


Durante los años de la posguerra mayores y pequeños disponíamos de lecturas que nos ponían en contacto con el mundo cultural y literario de casa y de fuera, generalmente en formato de revistas, cuya ideología era muy cercana al franquismo, revisadas constantemente por algún organismo eclesiástico. Uno de los mejores ejemplos fue La familia, “revista mensual ilustrada del hogar” (así reza el subtítulo), que había sido fundada en Barcelona en 1908. Cada ejemplar (escojo el correspondiente a enero de 1947) contenía las siguientes secciones:

.-“En torno a nuestra portada “(breve artículo sobre la ilusión infantil de la noche de Reyes.

.-“El problema de hoy” (el de que los hombres “han empezado a perder el sentido del pecado”, Pío XII).

.- Un personaje de nuestra historia (el del Cardenal Cisneros).

.-“Cuando nuestros abuelos eran niños” (un cuento de Julia García Herreros sobre la noche de Reyes titulado “El zapato de Angelito”).

.- “El humor de aquel tiempo” (cuatro viñetas mudas que cuentan una historia).

.- “La iglesia enseña” (Declaración colectiva del Episcopado norteamericano).

.- “Poesía” (de varios autores; Federico Yarza de San Pedro, el más presente).

.- “Páginas de hoy” (otro cuento, “Un milagro en la Noche de Reyes”, de Marina de Castarlenas).

.- “En la cocina (recetas y remedios caseros).

.- “Relato” (“El impromptu de Chopin”, de A. P. De Olaguer).

.- “Historia en serie” (“Bienaventurados los misericordiosos”, por J. Spillmann, S. J. , conclusión).

.- “Chispas de ingenio” (variedades, epigramas, chistes, poemas...).

.- “A ratos perdidos” (pasatiempos, crucigramas, jeroglíficos...).

.- “Libros y críticas”.

.- “Notas de historia” (sobre fray Francisco Ximénez de Cisneros).

.- “Los cuentos de la familia” (en viñetas, “El sueño de Rosalía”).


        .- “Con pluma ajena” (Glosa de F. Valdés, comentando la antología de la poesía española e hispanoamericana de Federico de Onís y centrando su comentario en Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez y Gabriela Mistral); conviene leer lo que dice sobre la poesía, precisamente, F. Valdés: “...La poesía ha de contener sentimiento y emotividad. Tiene que nacer de una intención pura y limpia. Ha de ser sencilla y espontánea. Y creará en nosotros una esencia de vida nueva, depuradora y santificante. Poesía es redención.” Y acaba, tras comentar tres poemas de A. Machado, Juan Ramón Jiménez y Gabriela Mistral, con esta especie de resumen: “Es lo permanente y lo eterno, porque Dios ha guiado, por sendas misteriosas, el aliento poético, encarnado en estos tres poetas. En su vida externa pueden estar alejados de los rigurosos mandatos, pero en su conciencia obra el espíritu divino, dirigiéndolos a la perfección, en medio de sus inquietudes; y ellos, a su vez, inundando de salud a quien se ponga en contacto con su obra. Poesía: aliento angélico. Eternidad. Pureza. Camino de Dios.”; la última sección de la Revista es “Arte contemporáneo” (reproducción de un cuadro y comentario crítico sobre él; aquí “Paisaje de invierno”, de Ceferino Olivé; la crítica está firmada por las iniciales E. F.).


Los poemas que aparecen en las páginas de
La familia obedecen los dictados anteriores. Son ejemplos de ello la Canción de Reyes, de Susana March, que empieza “Álamos tristes, álamos secos, / juncos marchitos, amarillentos.../ Grises celajes, campos desiertos, / nidos vacíos en los aleros. / Duérmete, niño, sueña en tu sueño / de cascabeles y marineros. / Sueña en los Reyes cuyo cortejo / cruza a estas horas el firmamento...” O Un soneto, de Federico Yarza de San Pedro: “Cuando siento una dicha halagadora, / aunque estimo, Señor, tu beneficio / te temo. Me pareces más propicio / si una pena me das abrumadora...”; o la Navideña, de Lope de Vega que lleva como estribillo “Norabuena vengáis al mundo, /Niño de perlas; / que sin vuestra vista / no hay hora buena.”


 

domingo, 9 de agosto de 2026

POEMAS DEL TIEMPO QUE NO VUELVE (II)

 



AQUELLA PRIMAVERA


La golondrina

encontraba su camino

en pleno vuelo

y entraba en el desván

por la azul claraboya hasta su nido,

puesto allí desde siempre

encima de una viga.

Fiel realidad de aquella primavera,

promesa eternizada en una voz

que prosigue sonando todavía,

puro silencio musicado,

como el vuelo del ave que salvaba

la claraboya abierta en el desván

en mis ojos de niño, de aquel niño

que sigue respirando entre mis sueños..


RETORNO INÚTIL


Un día regresaste

creyendo que el deseo obra milagros.

Pero una vez allí, viste que nada

te quedaba de aquel árbol primero:

ni tronco, ni raíces, ni ramajes

donde los nidos fueron ecos

de la tierra que te daba la luz.

Y volviste de nuevo a este paisaje

de tarde que se cuelga de tus ramas

con un poco de sol.

Y sueñas que algún día

nacerá entre tus hojas otro nido

que alegrará tu alma.


                                  Tu otoño es este otoño, no el que sueña

en la tierra del trigo que no vuelve,

sino el que ve el camino que recorres.

Los retornos son vanos,

inútiles perfumes de nostalgia.


SONETO REBELDE


El soneto rebelde siempre sabe

que el poeta nada tiene

que ver con su factura. Como el ave

que cruza el aire cuando al nido viene

sin pensar que sin alas nunca habría

podido recorrer ese camino.

El soneto rebelde siempre ansía

traspasar el sentir del adivino.

Y deja que la libre golondrina

se transforme las veces que ella quiera

con tal de reescribir su primavera.

El soneto rebelde afina, atina,

combate contra pálidas cegueras

y, aunque el blanco no vea, lo adivina.





MALHERBE


El francés de Malherbe hizo de todo

--hasta ser mala hierba--: escribió versos,

criticó lo indecible y en Provenza

sirvió de secretario a todo un Príncipe

y se casó con la hija de un gran cargo.

Sus Lágrimas del Santo de las Llaves

no las vieron ni el Greco ni Velázquez.

Mas tal vez puedan ver en el Parnaso

el epitafio que apunto desde Tossa:

“El francés de Malherbe hizo de todo,

paseó por el mundo como todos

y un día se fue a donde vamos todos.

Y vosotros que estáis viendo su fosa

por favor, no aspiréis a otra cosa.”




UN JUEGO NADA MÁS


Fue un juego, nada más, 

y ¡cuántas lágrimas a solas derramé,

cuando de noche recordaba en casa

la sangre del gorrión entre mis dedos,

aún caliente su cuerpo, lejos ya

del vuelo y de los árboles!

Un guijarro redondo en la badana

y bien tensas las gomas, nada más.

En un segundo cruel se había roto

el misterio de la naturaleza.

¡Un juego, nada más,

y cuánto  me arrepentí aquella noche! 


BARCELONA 1966


Atrás quedaron versos y dibujos

sembrados en efímeros papeles,

y nombres, vivos nombres que evocaban

momentos de amistad: los Baños Viejos,

Canuda, Petritxol, el Pino..., puertas

abiertas a la magia de Barcino.



                                       
                                      Las borracheras duraban lo que duraba

el fiel arrobamiento. Luego

volvíamos al refugio de los Beatles

y descendíamos por toboganes

de magia creativa. Afuera, el mundo

ascendía en andamios acrobáticos

y las palomas pintaban las estatuas

con sus grises de olvido y de ceniza.

El tema era el placer del vino mago

que hacía derramar poemas tristes

a lo Buesa, o el deambular romántico

por calles enjoyadas de Gaudí

o altares de Picasso. Pero había

un viejo nubarrón que amenazaba

la mies de la familia, un huracán

dispuesto a derribar la luz de casa.



                                      Un tren de madrugada atravesó

sin un descanso lágrimas y tierras

mientras en el macuto me quemaban

mil versos contra Dios, contra la vida,

contra la primavera que inundaba

los campos de lujuria. Llegué, limpio

de llantos, hasta el lecho donde el padre

aguardaba mi beso, mi palabra,

tal vez la aceptación de que él había

significado todo para mí.

Y nada hice ni dije: tristemente

lo miré como al barco que se aleja

dejando tras de sí una ausencia blanca.



                                      Y los amigos siguieron compartiendo

conmigo cigarrillos y botellas,

poemas y pinturas. Pero todo

había ya cambiado sin remedio.

Y las palabras nos sonaban lejos

porque sabíamos que algo puro, vívido,

a punto estaba de desvanecerse,

como el perfume de una mujer bella

que deja nuestro cuarto tras amarnos.

Como si aquella Barcelona nuestra

estuviera diciéndonos adiós.