viernes, 23 de octubre de 2026

EL OTOÑO DE LOS NIÑOS. JUEGO ESCÉNICO (y II)

 




Segundo Cuadro

En el aula.

La maestra, cuatro niñas y cuatro niños


Maestra – Abrid vuestros cuadernos por las Adivinanzas de otoño que os dicté ayer.

Los niños obedecen.

Maestra – Coged el lápiz rojo y preparaos para corregid la ortografía de vuestro escrito como siempre. Iré adivinanza por adivinanza y al final daré la solución una por una. ¿Alguna duda?

Todos - ¡Nooo!

Maestra – Empiezo. El fuego me tiene miedo (cinco palabras; no hay dificultades ortográficas), las plantas me quieren bien (cinco palabras; posibles dificultades: “quieren” con cu y “bien” con be), limpio todo lo que toco y puedo apagar tu sed (diez palabras; posibles dificultades: “limpio”, con eme delante de pe; “y” con i griega; “apagar” una sola palabra; “tu” sin acento y “sed” acabada en de). ¿Quién ha cometido alguna falta ortográfica?


          Niño 1 - Yo he escrito “set” acabada en te.

Maestra - Así se escribe en catalán. ¿Quién más ha tenido que usar el lápiz rojo?

Niña 4 - Yo he escrito “linpio” con ene.

Maestra - Recordad la regla: Delante de pe y be debe escribirse eme, como por ejemplo “empezar”, “también”, “cambio”, “tiempo”, etcétera. ¿Alguien más?

Silencio.

Maestra – Y la solución de la adivinanza es... La lluvia. ¿Habéis acertado?

Todos - ¡Sííí!

Maestra - Muy bien. Seguimos con la segunda adivinanza: Lo mismo que el algodón puedo en el aire flotar (diez palabras; la única dificultad está en “algodón”, que lleva acento en la segunda o, por ser palabra aguda acabada en consonante ene), unas veces traigo lluvia (cuatro palabras; “lluvia” con uve) y otras veces, humedad (cuatro palabras; “y” con i griega; “veces”, con uve y ce; y “humedad” con hache y acabada en de). ¿Quién ha cometido alguna falta ortográfica?

Niño 1- Yo tengo cuatro faltas: he escrito “lluvia” con be; “veces” con zeta>; y “humedad” sin hache y terminada en te, como hice antes en “sed”. 

Maestra - ¿Quién más ha tenido que usar el lápiz rojo?

Niña 4 - Avergonzada Yo muchas más, seño.

Maestra – No hace falta que las digas. Sé que las has señalado y con eso es suficiente. Y ahora la solución de la adivinanza: La nube. ¿Habéis acertado?

Todos - ¡Sííí!


         Maestra- Muy bien. Y acabemos con la primera parte de la clase de hoy; tercera adivinanza: Soy más alta que un gigante (seis palabras; “soy” acabada en i griega; “más” con acento porque indica cantidad; y “gigante” con ge en las dos primeras sílabas: gi y gan) en otoño doy calor y mi boca es humeante (diez palabras; “doy”, igual que en “soy” acabada en i griega; “boca” con be; y “humeante” con hache). ¿Quién ha cometido alguna falta ortográfica?

Niño 4 - Yo he fallado en el acento de “más”.

Niña 4 - Y yo.

Niño 2- Y yo.

Niña 2- Y yo.

Niño 1- Y yo.

Maestra – Vale, vale. Para recordaros cuándo hay que poner acento y cuándo no en “más”, tened en cuenta lo que os dije antes. Si “mas” significa “cantidad”, poned siempre acento. Por ejemplo, en la frase Me gusta que en el juego participen más niños, ¿pondríais acento en “más”?

Todos - ¡Sííí!


            Maestra- Muy bien. Y hay otro truco que puede serviros para saber si lleva acento la palabra “más”, y es si en esa misma frase podéis cambiar la palabra “más” por la palabra “menos”. Probadlo en silencio.

Niño 3- Es verdad, seño. Me gusta que en el juego participen menos niños.

Maestra- Muy bien. ¿Estáis todos de acuerdo con vuestro compañero?

Todos- ¡Sííí!

Maestra – Estoy muy orgullosa de vosotros. Por último, en la solución de la tercera adivinanza ¿habéis escrito también todos La chimenea?

Todos - ¡Sííí!

Maestra – Perfecto final para la primera parte de la clase de hoy. La segunda parte empieza justo ahora. En ella trataré de comprobar vuestra comprensión lectora. Ya sabéis cómo es. Lo hemos hecho algunas veces. Primero os leeré en voz alta la página de vuestro libro que contiene refranes y minicuentos relacionados con el otoño. Luego cuando, os lo diga, abrís el libro y los leéis en silencio durante el tiempo que yo os diga. Finalmente, tras cerrar el libro, responderéis en vuestros cuadernos las preguntas que yo os dicte. ¿Lo habéis entendido?

Todos - ¡Sííí!


            Maestra - Pues vamos a ello. Empiezo a leer, primero los refranes y a continuación los cuentos. Refranes: “D
esde Todos los Santos hasta la Navidad, o bien llover, o bien helar.” “Si en noviembre oyes que truena, la próxima cosecha será buena.” “Noviembre tronado, malo para el pastor y peor para el ganado.” “Marzo trae las hojas y noviembre las despoja.” “En octubre no molesta la lumbre.” “Mucha flor en primavera buen otoño nos espera.”

Silencio breve.

Maestra – Ahora leeré tres minicuentos; el primero, muy cortito, dice así: “En un huerto hay un manzano con un montón de manzanas; de repente se cae una al suelo y las demás se burlan riendo de la que ha caído. Entonces la manzana caída les dice: --¿De qué os reís, inmaduras?” Los dos cuentos siguientes son un poco más largos. Atentos al que voy a leer: “En la montaña dos aceitunas rellenas están haciendo alpinismo y de repente una resbala y cae rodando durante un buen trecho. La otra baja hasta donde está la primera y le pregunta: --¿Te has hecho algo? Y la otra palpándose le responde: --Creo que me he roto un hueso. Entonces su compañera le dice: --Es imposible. ¿Cómo te vas a romper un hueso si estás rellena de anchoa?” Pausa breve Y ahora el último cuento; allá va: “Es otoño y los árboles están perdiendo sus hojas. -Espabílate -le dice la ardilla a su marido- y ponte el pijama, que debemos entrar en letargo. - ¡No -responde él con terquedad-, este año he decidido que estaré despierto todo el invierno! - ¿Y eso por qué? - ¡Quiero descubrir quién se encarga de volver a pegar todas las hojas a los árboles!” Bien, yo he terminado mi lectura: ahora os toca a vosotros hacer la vuestra en silencio. ¡Ya!


          Los niños abren sus libros y empiezan a leer.

La maestra, mientras tanto, redacta las preguntas en su cuaderno de clases.

Después deja su mesa y se pasea por el aula observando a sus alumnos.

Cuando acaba su lento recorrido vuelve a su mesa.

Maestra – Chicos, ya hay que dejar la lectura. Cerrad los libros y abrid vuestros cuadernos. Preparaos para escribir las preguntas de Comprensión lectora.

Los alumnos obedecen.

Maestra.- Primera pregunta, se abre interrogación: ¿A qué mes se refiere el refrán que dice que “no molesta la lumbre”? Se cierra interrogación. Pausa para que los niños escriban la respuesta. Segunda pregunta: ¿Entre qué dos grandes festividades suele llover o helar?, no os olvidéis de escribir los signos de interrogación. Pausa para que los alumnos respondan por escrito. Tercera pregunta: “¿Qué tiene que pasar en otra estación para que el otoño siguiente sea bueno? Pausa para lo mismo. 

 


        Maestra - Seguimos con los minicuentos. Os recuerdo lo de los signos de interrogación en cada pregunta y ya sabéis qué forma tienen.

Niño 3 - Yo me acuerdo cómo son, seño. Son la nariz y la oreja de la cabeza de hombre de perfil que usted dibujó en la pizarra.

Risas.

Maestra - Eso es. Y ahora vamos con la Cuarta pregunta: ¿Qué calificativo dirige la manzana caída a las otras manzanas por reírse de ella? Pausa para escribir la respuesta. Quinta pregunta: ¿Por qué una de las dos aceitunas le dice a la otra que es imposible que se le haya roto un hueso? La misma pausa. Y, para terminar, en vez de responder a una pregunta, tenéis que redactar a vuestra manera el minicuento de las ardillas. Tenéis tiempo de escribir hasta cinco minutos del final de la clase. Entonces recogeré vuestros cuadernos para llevármelos a casa y corregirlos y, como viene un fin de semana, os pondré de deberes un trabajo que os parecerá muy divertido. Ya podéis escribir el minicuento de las ardillas.

Los alumnos se ponen manos a la obra.

Pausa grande.

La maestra da una vuelta por el aula observando a sus alumnos y ve que andan perdidos con el minicuento de las ardillas, menos el Niño 3 que, como la primera vez que la Maestra mandó hacer el ejercicio, parecía el más capacitado para realizarlo satisfactoriamente.

Maestra – Que nadie se asuste con el último ejercicio. Es la segunda vez que lo hacemos. El curso acaba de empezar y tenemos mucho tiempo por delante para mejorar la Expresión Escrita. Por eso, como hicimos la primera vez, será el compañero que tiene la mano levantada quien lea la respuesta. El Niño 3 se pone de pie dispuesto a leer en su cuaderno.

Niño 3 – Al llegar la época del frío cuando los árboles pierden sus hojas la ardilla le pide a su marido que se ponga el pijama porque tienen que echarse a dormir hasta la primavera. Pero él le responde que esta vez se pasará despierto todo el invierno. Entonces ella le pregunta por qué y él contesta: “ Porque quiero descubrir al que se encarga de poner las hojas a los árboles.”

Todos los niños aplauden.

La maestra también aplaude.

 


          Maestra - Ahora poned vuestros cuadernos cerrados en la esquina derecha de vuestro pupitre que pasaré a recoger.

Los niños obedecen.

La maestra recoge los cuadernos y se los lleva a la mesa.

Maestra – Y ahora el trabajo divertido que os encargo para el fin de semana. En ratos libres lo podréis hacer bien. Se trata de que cada uno de vosotros pinte en una cartulina una escena otoñal y escriba qué pasa en ella. Puede ser un paisaje de la estación, una merienda de castañas asadas en familia o con amigos, unas ardillas recogiendo nueces, el gato junto a la lumbre... Lo que os guste más. ¿Lo habéis entendido?

Todos - ¡Sííí!

Maestra – Bien. Pues hasta que suene el timbre podemos aprovechar contando chistes de “¿Qué le dijo...” ¿Quién empieza?

Niño 1- ¿Qué le dijo un jardinero a otro? Silencio. --Nos veremos cuando podamos.

Niña 1 - ¿Qué le dijo un árbol a otro? Silencio. --Nos han dejado plantados.

Niño 2- ¿Cuál es el colmo de un meteorólogo? Silencio. --No tener tiempo para nada.

El timbre de la escuela suena en ese momento.

Maestra -Y nosotros tampoco tenemos más tiempo. Buen fin de semana a todos.

Todos - Buen fin de semana, seño.

Maestra - A la Niña 1 ¿Puedes consultar con tu abuelo su visita a la escuela algún día?

Niña 1 - Claro que sí, seño. Y seguro que viene.

Maestra - No te olvides de decírmelo el lunes. Y ahora ya podéis coger vuestras cosas de las perchas y salir con orden como siempre sabéis hacer.


Fin




jueves, 15 de octubre de 2026

EL OTOÑO DE LOS NIÑOS. JUEGO ESCÉNICO (I)

 


EL OTOÑO EN PRIMARIA

Juego escénico

 

Primer Cuadro


En un aula

La maestra, tres niñas y tres niños.


Maestra-¿Quién de vosotros sabe decirme qué es el otoño?

Niña 1- Un mes.

Niño 1- Una estación.

Niña 2- ¿De qué? ¿De trenes?

Risas.

Niño 1- No, de tiempo, de clima, o como se llame.

Maestra- Por ahí va la cosa. El otoño es una estación del año, como invierno, primavera y verano. Pero ahora estamos en el otoño. ¿Qué pasa en el otoño?

Niño 2- Que el sol se va a dormir más temprano.

Niña 3- Y viento nos despeina al salir del colegio.

Niña 1- Es el momento de guardar las chanclas y sacar las botas de agua para poder saltar en los charcos sin que mamá se enfade.

Niño 1- Y de empezar a usar chaquetas y bufandas.

Maestra- Lo estáis haciendo muy bien. ¿Por qué no hablamos ahora de los colores del otoño?¿Qué colores nuevos habéis visto en esta estación del año?

 


          Niña 1- Los árboles que estaban vestidos de verde, se ponen ropas amarillas.

Niño 1- Y también ropas naranjas y rojas...

Niña 1- ...y se desnudan para dormir.

Risas generales.

Maestra- ¿Y los ruidos? ¿Qué ruidos hace la naturaleza?

Silencio breve.

Niño 2- La tierra se llena de alfombras de hojas crujientes que cuando las pisamos hacen grinch, grinch, grinch...

Niña 1- Los árboles tiran sus hojas para que nosotras podamos hacer manualidades...

Niño 1-... y tirarlas al aire para que caigan como si fueran confetis.

Nuevas risas.

Maestra- ¿Y los animales? ¿Cómo se comportan en otoño?

 


          Niña 3- Las ardillas se vuelven muy trabajadoras y esconden un montón de nueces en los árboles para no pasar hambre en invierno.

Niño 3- El otoño huele a castañas asadas...

Niño 2- ...que están muy ricas...

Niña 1- ...y antes de comerlas te calientas las manos con ellas.

Niña 2- También comemos mandarinas.

Aplausos.

Silencio breve.

Maestra- Y a todo esto, ¿quién sabe cuáles son los meses que abarca el otoño?

Niña 1- Septiembre es uno.

Niño 1- No porque es verano y nosotros estamos de vacaciones.

Niña 1- Pero en septiembre empieza el otoño y continúa en octubre...

Niño 2- … y en noviembre...

Niña 1- … y en diciembre acaba para dejar que el invierno haga más frío y nieve.

Maestra- Muy bien, ¿cómo sabes tantas cosas de los meses?

 


          Niña 1- Mi abuelo me cuenta muchas cosas de los meses. Sabe muchos refranes.

Maestra- Mira qué bien. ¿Y tú recuerdas algún refrán de esos que sabe tu abuelo?

Niña 1- Mi abuelo me enseñó uno que es muy bonito. Dice: Septiembre benigno, octubre florido.

Niño 1- Yo sé otro refrán de septiembre, que no es tan bonito como el tuyo.

Maestra- ¿Por qué dices que no es tan bonito como el de tu compañera? 

 


          Niño 1- Porque lo dice el refrán : Septiembre, o lleva los puentes o seca las fuentes. 

Maestra – Tienes razón. Es que septiembre es un mes de extremos climáticos: unas veces la falta de agua que poduce el fuerte calor del mes hace que las fuentes se sequen, y otras veces llueve tanto y con tanta fuerza que es capaz de destruir los puentes, como hemos visto alguna vez en la tele. ¿Quién más sabe refranes?

Niña 2- Yo sé un refrán que habla de las castañas.

Niño 1- Pues dilo.

Niña 2- Dice: Castañas cocidas en otoño y en invierno buenas comidas.

 


          Niño 1 – A mí las castañas me gustan más asadas.

Niña 1- ¿Puedo decir otro refrán de mi abuelo sobre el otoño?

Maestra- Claro que sí.

Niña 1- Mi abuelo repite mucho este refrán: En otoño, pan de ayer, vino de antaño y caldito diario.

Maestra- Tu abuelo tendría que venir un día de estos para que nos hablara del otoño. Pues sabe muchas cosas interesantes de esta estación en que ahora estamos.

Niño 1- Mi abuela sabe muchas adivinanzas del otoño. El otro día me dijo una muy bonita.

Niña1- Pues dila.


         Niño 1- ¿Qué cosa es que silba sin boca, corre sin pies, te pega en la cara y tú no lo ves?

Silencio breve.

Niña 1- El viento. Era fácil. ¿Recuerdas más adivinanzas?

Niño 1- Ahora sólo recuerdo una que es más fácil todavía.

Niña 1- Dila de todos modos.

Niño 1- Ave fue primero, llana fue al final, y en algún aperitivo la podemos encontrar.

Niña 1 y Niña 2  A la vez - La avellana.

Niño 1- Ya os dije que era muy fácil: ave...llana. No tiene mérito.

 


          Silencio
.

Maestra- ¿Alguien más sabe adivinanzas del otoño?

Silencio.

Maestra – Vamos a hacer una cosa. Como la clase está a punto de terminar vamos a hacer una cosa: Yo os dicto tres adivinanzas del otoño y vosotros mañana me traéis escritas las respuestas. ¿Os parece bien?

Todos - ¡Sííí!

Maestra -Pues a escribir en vuestros cuadernos.

Todos abren los cuadernos y esperan a que dicte la maestra con el lápiz preparado.

 


          Maestra - Primera adivinanza: El fuego me tiene miedo, las plantas me quieren bien, limpio todo lo que toco y puedo apagar tu sed.

La maestra da tiempo a los niños para escribir.


         Maestra – Segunda adivinanza: Lo mismo que el algodón puedo en el aire flotar, unas veces traigo lluvia y otras veces, humedad.

Lo mismo que antes.

Maestra - Y tercera adivinanza: Soy más alta que un gigante, en otoño doy calor y mi boca es humeante. Punto final. ¿Habéis terminado de escribir?

Niño 1- Yo no. me falta escribir “humeante”... Ya está.

Maestra - Bien. La clase de hoy ha salido muy bien. Espero que mañana lo hagáis igual. Pero me gustaría que participarais más alumnos. ¿De acuerdo?

Todos - ¡Sííí!

Maestra - Pues hasta mañana.

Todos - Hasta mañana.



(Continuará)

jueves, 8 de octubre de 2026

MEMORIAS DE UN JUBILADO. VENTANAS DEL AYER

 

 
De vez en cuando me convenzo a mí mismo para echar la vista atrás y abrir las ventanas del pasado, en este caso a los cuadros que antaño pintaba, aunque sólo sea para ver cómo concebía la labor de los pinceles y los pigmentos cuando tenía menos años y menos experiencia como aficionado al arte de Velázquez y Picasso. Y descubro, para mi sorpresa, que las ventanas que pinto ahora no me satisfacen tanto como éstas que rescato del pasado.
 
 
Primera ventana 
 
Mujer que cose
 


Ya no recuerdo cuándo la pinté. Sólo sé que mi mujer, mientras estaba preparando la tabla para trabajar sobre ella, y trazaba al carboncillo la silueta del motivo principal, me recordó que esa misma figura ya la había pintado al óleo en una tela y la había regalado a una pareja amiga nuestra que se había ido a vivir a Pineda de Mar. "Lo sé, cariño (dije). Pero me quedé tan triste desde el dia en que dejé de ver en las paredes de casa a la Mujer que cose, que ha llegado el momento de tenerla de nuevo entre nosotros." Aprovecho la ocasión para decir que Renoir, como otros artistas que admiro, debe estar contento de que un aficionado a la pintura como yo me haya inspirado en su obra varias veces.

 

                                                              Segunda ventana 

                                                               Mujer pensativa 


Esta mujer pensativa ya no la tengo en mi casa y cuantas veces intenté repetirla en lienzo, tabla y otros soportes, me fue imposible plasmarla ni siquiera a la mitad de vida y presencia de lo que conseguí la única vez que se me ocurrió fijarme en una ilustración que descubrí en un número de la Hora XXV, revista de médicos que en los años setenta prodigaba algunos puestos del mercadillo de libros de ocasión que tenía lugar alredeor del modernista Mercado de San Antonio de las mañanas dominicales. Lo del soporte que empleé para este melancólico retrato de mujer tiene también su pequeña historia, y es que un vecino de Horta, sabedor de mi afición a pintar, me regaló una plancha de lata de las que empleaba para anunciar sus artículos de ultramarinos en las galerías del barrio. Y a decir verdad, al instante pensé que el material del soporte le vendría que ni pintado al rostro meditativo de la persona reflejada en él. Muy  ogulloso  tuve expuesto el cuadro en el altillo de casa hasta que una cuñada mía se encaprichó de él, y mi mujer y yo se lo regalamos cuando se cambió de piso. Por eso no me apena tanto no tener la Mujer pesativa en casa porque siempre que quiera podré volver su gesto recatado y pensativo, cabeza ladeada, ojos bajos y manos recogidas sobre el pecho.

 

                                                                     Tercera ventana

                                                        La niña de la Vila Vella 

A La niña de la Vila Vella puede verla en persona cualquier visitante de Tossa de Mar que se dé una vuelta por el recinto medieval de la población girondense, ya que se trata de una estatua de niña que con un botijo en la mano y la mirada puesta en los guijarros del piso de la calle, allí se encuentra sobre el machón de una casa, a la vista de todo aquel que recorra el emcantador recinto entre bares, almenas, cubos de muralla y rincones adornados de macetas y arbustos de arriates y  utensilios marinos y bélicos que en su día fueron rescatados de las profundidades del mar que rodea la Vila Vella. Yo que tengo la suerte de veranear y pasarme mucho tiempo de jubilado en Tossa de Mar, suelo recorrer lo que los turistas  llaman "El Castillo" y saludo a la triste estatua solitaria, cabizbaja y meditabunda  cuando inicio la pendiente que conduce al  Museo de la ciudad. Un día se me ocurrió eternizar a la Niña en un soporte de panel con puzzle incluido para poder tenerla a la vista siempre sin moverrme del piso.

  

                                                                       Cuarta ventana  

                                                              Mujer sentada en el suelo 

 


Inspirada (¿réplica??) en el cuadro de Henri Toulouse-Lautrec titulado originalmente Rouse dit aussi La Toilette, esta ventana ya no la tengo conmigo. Le dije adiós a poco de conocer a una pareja amiga de Tossa para regalársela de buen grado por la amabilidad y generosidad que siempre han con nosotros. Y a veces, cuando vamos a visitarlos a la casa que compraron en Tossa, una de las más retratadas por los turistas camino del Codolar, saludo a la Pelirroja de Lautrec, imaginándome que algún día se girará para corresponderme al saludo.

 


domingo, 27 de septiembre de 2026

MEMORIAS DE UN JUBILADO. EL RÍO DUERO





Al río Duero:

Tu nombre siempre estará ligado a la ciudad y al barrio en que nací y me crié. El ruido maternal de tu corriente fluye incesante en mi memoria y siempre te querré aunque tus crecidas y riadas de enero fueran en mi infancia signo de miedo cuando las casas se inundaban hasta el primer piso y los muebles se convertían en barcos que bogaban a la deriva por doquier.


         Sin embargo, en verano, río Duero, hacías las delicias de las familias que vivíamos en tus márgenes, de tal modo que rara era la tarde en que al aflojar los rigores calurosos de la estación no bajara nuestra familia a cenar a alguna yerbera tuya, especialmente a la pradera más cercana a las aceñas. Con la estampa a la vista de una de las cuatro hermanas, la más molinera de todas, moviendo la rueda a impulsos de tus aguas y escuchando los resuellos de tu esfuerzo, nuestra madre extendía una manta sobre la yerba y sobre ésta la cena, sencilla pero completa, la sandía, las carnes empanadas, los pimientos fritos… todo aquel alimento parecía exigirnos con urgencia que diéramos buena cuenta de ello. 


Y a un aviso del ama y alma de la casa y del hogar, nos poníamos a cenar como dioses bajo el techo azul del cielo, mientras hablábamos con buen humor y nos contábamos las anécdotas que cada uno de nosotros habíamos vivido durante la jornada y notábamos que la luz de la tarde, ya puesto el sol, se iba apagando mientras sobre nuestras cabezas en el palio de la cercana noche iban apareciendo las primeras estrellas. Y casi siempre la reunión al aire libre acababa con la voz de nuestro padre contándonos sucesos de su familia cuando era niño. Y tú, finalmente, río Duero, ponías broche de oro a nuestra cena campestre, acompañando nuestro regreso a casa con tu incesante sonido camino del Puente de Piedra.

También en verano te prestabas a jugar con nosotros, los más pequeños del barrio, cuando nos bañábamos en tus aguas frías y cristalinas, a veces junto a las islas y otras bajo los arcos del Puente, y no puedo evitar recordar con emoción a veces y ternura y miedo, las palabras que me decía mi madre antes de salir de casa con la merienda que ella me había preparado: “Hijo, dale un bocado grande delante de mí.” Así se aseguraba de que aquella tarde no me iba a bañar y se quedaba tranquila. Pienso ahora con un tremendo escalofrío en aquellos muchachos que perdieron la vida en tus aguas profundas por la imprudencia propia de nuestra edad. Y me refugio en el recuerdo amable de los fuegos artificiales que el Ayuntamiento llevaba a cabo sobre tus aguas milagrosamente iluminadas en la fiesta de San Pedro. Y es que con la llegada del nuevo día, muy temprano bajábamos un grupo de amigos a tus orillas a rebuscar restos de pólvora no quemada para escribir en el pretil de los vencejos nuestros nombres y prenderles fuego; y allí quedaban grabados todo el año, hasta las siguientes fiestas de San Pedro, en que volvíamos a repetir la operación.


Los veranos, gracias a ti, querido río Duero, eran infinitos junto al paso poderoso de tus aguas, parecían no acabarse nunca, como los partidos de fútbol que jugábamos alineados en dos equipos: el Barça y el Madrid. Partidos que duraban hasta que oíamos las voces de nuestras madres llamándonos para cenar, cuando ya ni veíamos la pelota ni las piernas de nuestros contrarios, que se habían convertido, por la magia de la noche y el ardor de la competición, en frontones de nuestras patadas. Partidos de fútbol que, todo hay que decirlo, jugábamos con sandalias de goma para podernos meternos en tu corrientes sin dilaciones innecesarias cada vez que la pelota, en chutes sin diana, rebasaba los límites de la yerbera y navegaba a la deriva hacia el primer arco del Puente. Por unas cosas o por otras, tú, río Duero, fuiste siempre testigo de nuestras vidas y nuestras andanzas. Lo mismo que sigues siéndolo de la historia y la intrahistoria vital de nuestro barrio y nuestras familias. Gracias por todo ello, río Duradero.


Por el Puente van y vienen

al pasado y al presente

todos los buenos recuerdos

que mi existencia entretejen:

son recuerdos de aquel tiempo

que a pesar de que no vuelve

forman parte ya del cuerpo,

del corazón y la mente. 

 

jueves, 17 de septiembre de 2026

LECTURAS PARA SEPTIEMBRE (II) VERSO





 RECUERDO DE LA PANDEMIA

En unas pocas horas cambia todo.

Hay gaviotas que apenas saben volar

y en segundos aprenden a capturar un pez.

Hay bañistas que tendidos en sus toallas

hablan de la muerte de un ser conocido

ocurrida en el pueblo esta misma mañana.

“Era mayor”, dice uno,

y otro: “Pero aún tenía sueños que cumplir.”

Hoy es agosto y mañana septiembre.

La pandemia que hoy nos tiene esclavizados por el miedo

puede ser mañana una feliz liberación.

Aun así las olas repiten sin descanso

Su alegría y su tristeza:

nacen en el horizonte donde bailan los mástiles de los barcos

y mueren en la orilla en espumas susurrantes

junto a los pies de los bañistas que salen del mar

o pasean imitando las pisadas

que van y vienen también sin parar.

Como los barcos que, en la luna de la playa

que limita con el recinto amurallado de la Vila Vella,

traen y llevan viajeros a las calas vecinas.

La vida hasta la muerte es movimiento,

ir y venir, traer y llevar, pasar, nacer y morir.

Y todos nosotros, como dijo Lope,

pasados los siglos, horas seremos.





 CICLOS

La rojiza pinaza

alfombra todos los caminos

tras haber lavado la lluvia

todos los pinos.

En septiembre el mar

muda su calma y su ritmo

y con bravo oleaje

rompe sus quicios.

Sigue la naturaleza

repitiendo sus ciclos,

estación tras estación,

a lo largo de los siglos.

Al contrario, el ser humano

cumple sin quejas su sino:

pasar haciéndose viejo

        sin volver a ser el mismo.

 



         NUEVAS SOLEDADES

Soledad divina,

soledad profana.

Las dos pueden darnos

las mismas ventajas.

Las dos nos acercan

a la dicha humana.

Si vamos a Dios

a través del alma,

llegamos alegres

a la paz más alta.

Y a través del cuerpo

calmamos las ansias

de nuestros sentidos:

¡la vida nos canta!




TODO REGRESA

Buscada soledad,

leal y disfrutada

mientras muere septiembre

en un día de calma.

Las campanas del pueblo

las horas pautan

mientras, ya libre, el mar

con olas canta.

El tiempo por  nosotros

sin miedo pasa

y la acción que tuvimos

es ahora calma

pulida por la edad

experta y sabia.

En vez del "pasa todo",

el pasado lo guarda,

y el latido presente

todo lo salva.




martes, 8 de septiembre de 2026

LECTURAS PARA SEPTIEMBRE (I) PROSA

 


 Mientras septiembre avanza como puede entre tanta convulsión meteorológica, social y política, he creído que no venían mal cuatro relatos de tema ligero, que siempre serán una lectura más llevadera y desde luego ajena a una realidad que nos está pellizcando el corazón y la mente más de lo debido.



Le toca a usted

La sala de espera era limpia, silenciosa y amueblada solamente por filas de sillas arrimadas a las cuatro paredes. Me senté en una que estaba frente a la puerta abierta por donde de vez en cuando salía a la sala una enfermera para pronunciar el nombre de un paciente mientras me miraba interrogativamente y yo negaba con la cabeza. 

Después de un buen rato de repetirse la jugada, la enfermera me dijo: “En vista de que ningún paciente ha llegado todavía, puede pasar usted.” 

Recorrí un pasillo lleno de puertas cerradas y sin letreros indicativos y seguí a la enfermera hasta la puerta del fondo, entreabierta, que tenía una pegatina con tres conos de radiactividad pintados en ella. La enfermera entró y a un gesto suyo la seguí a una salita que contenía una camilla arrimada a la pared de la izquierda. Me dijo señalándola: “Tiéndase en la camilla sólo con la ropa interior.” La obedecí mientras se iba diciéndome: “Dentro de cinco minutos empezará su prueba.” Cerró la puerta tras sí y me tendí sobre la camilla dispuesto a esperar el tiempo que había dicho. 

Tendido osbre la camilla, me puse a mirar al techo a ver si descubría alguna mancha que examinar. Así estuve un tiempo que se me hizo eterno, hasta que de repente oí pasos que corrían hacia la salida y golpes de puertas que se cerraban. Alarmado, me tiré de la camilla y me vestí aceleradamente mientras la luz de la salita se fue apagando hasta dejarme completamente a oscuras. A tientas logré calzarme las bambas y empujé la puerta para salir al pasillo, pero estaba cerrada con llave. Presa del pánico, empecé a golpear la puerta con los puños y abrí la boca para gritar pidiendo ayuda. Entonces oí que alguien pronunciaba mi nombre. Abrí los ojos. La enfermera repitió mi nombre. Asentí con la cabeza. Ella dijo: “Le toca a usted. Puerta número 2".




Un sueño real

En mil seiscientos y pico en la capital de la Toscana italiana un juez cuya prudencia era inferior a lo que se esperaba de su función pública, juzgó a una mujer acusada de bruja, la cual, durante la vista afirmó que podía asistir al aquelarre si se le permitía pasar antes por su casa para frotarse el cuerpo con ungüentos mágicos. El juez le dio permiso, y la mujer, tras untarse las sienes, el cuello, las palmas de las manos y las plantas de los pies con uno de esos ungüentos, al instante cayó en un sueño tan profundo que las quemaduras, los pinchazos y los azotes que le dieron no lograron arrancarla de su letargo. 

Cuando despertó al día siguiente, el juez le preguntó qué experiencia había vivido en el Sabbath. La mujer respondió sin titubear: “Lo de siempre, salvo que un brujo celoso de mi unión carnal con el diablo, me castigó a que me quemaran las manos, pincharan mis pechos con agujas de tejer y me propinaran fuertes azotes en las nalgas. 




He estado en el Más Allá

El amigo del paciente aguardaba expectante a que éste despertara de la postración en que había caído. Tendido sobre la cama, inmóvil, helado y pálido, le parecía más bien un muerto, aunque el médico que le atendía le había dicho en más de una ocasión que seguía teniendo pulso. 

Sin embargo, en un momento dado, se atrevió a preguntar al galeno por qué tardaba tanto en volver en sí. Entonces el doctor se vio obligado a explicarle lo que le estaba ocurriendo al enfermo: “Todo se debe al eléboro, principal componente del ungüento que el curandero del pueblo le aplicó en el pecho para curarle la fuerte bronquitis que padece, sin conocer en su torpe ignorancia el alcance de los efectos del eléboro, principalmente terribles vértigos y excesivos enfriamientos. De ahí el aspecto cadavérico que muestra el paciente. No se preocupe: más tarde o más temprano podrá volver a charlar con usted.” 

El médico se fue a atender a otro enfermo y el amigo, más confiado que antes, esperó a que su amigo volviera a la vida. Y eso ocurrió algo más tarde. Cuando el paciente primero movía los dedos de la mano y luego abría los ojos. Poco a poco el color volvió a su piel y de repente todo su cuerpo tembló de pies a cabeza mientras profería un grito espeluznante. 

El amigo se acercó a él y le preguntó qué le pasaba. El paciente le miró con ojos aterrorizados y susurró: “He estado en el Más Allá y por fin me he librado de él.”




La piedra de Osiris

En un lugar de la Zamora del siglo XVI dos brujos de diferente edad hablaban de las torturas que la Inquisición empleaba para hacer hablar a los acusados de hechicería. 

El de mayor edad, que mostraba brazos y piernas llenas de cicatrices debidas a esas torturas, le decía al brujo más joven: “Procura no caer en las garras del Santo Oficio, porque los suplicios de que se vale te harán confesar hasta que mataste a tus propios padres o a Dios mismo. Los hierros y el fuego que emplean además de dejarte cicatrices más horribles que estas que ves en mis extremidades acabarán con tu vida.” 

El brujo joven vaciló antes de preguntarle a su colega: “¿Y entonces tú cómo conseguiste sobrevivir?” 

 “Aunque te lo diga, de nada te servirá”, respondió contundente el hechicero de más edad. 

“¿Por qué?”, preguntó sorprendido el joven. 

“Cuando yo era como tú y asistía al Sabbath”, repondió el anciano, “existía un curandero en Valladolid que vendía la llamada piedra de Osiris, una especie de pasta grasa y de color ligeramente morado que aliviaba cualquier dolor producido por el hierro y el fuego, aplicándola fría sobre el lugar afectado. Eso hice yo nada más sufrir los tormentos de la Inquisición. Pero eso sucedió hace muchos años, y el curandero de Valladolid ya no existe. Y en cuanto a la piedra de Osiris, tengo entendido que sólo se encuentra en zonas desérticas de Egipto.” 

El brujo inexperto, tras pensar unos segundos en lo que su colega le acababa de explicar, dijo: “¡Me has convencido: hoy mismo me marcho a Egipto a buscar la piedra de Osiris. Y que las garras del Santo Oficio desgarren mi piel con sus hierros y su fuego, que ya se encargará esa mágica piedra de aliviarme cualquier dolor que me causen.”

 Y nada más despedirse de su colega de torturas y encontrarse a solas, cogió todo el dinero que tenía en casa y echó a caminar hacia el puerto. Allí entró en una taberna y se puso a hablar con dos viejos pescadores del viaje que iba a hacer a Egipto para hacerse con un trozo de la piedra de Osiris. Uno de ellos dijo que sabía cómo podía hacerse con pequeñas porciones de esa piedra mágica sin necesidad de viajar tan lejos. Y concluyó: “Y por sólo diez monedas puedes comprar dos buenos pedazos.”. El hechicero se alegró al oír esa noticia y le preguntó dónde estaba ese lugar. El pescador  respondió: "Sólo yo sé dónde está." Se levantó mientras añadía: "Espera aquí que ahora vuelvo." El otro pescador al quedarse solo le dijo al joven brujo: "Vete de aquí antes de que mi compañero regrese. Es un farsante: sólo quiere beber vino a costa de gente buena como tú. La tal piedra de Osiris es un invento." Al oír eso, el hechicero joven sintió de repente un miedo tan insoportable que despertó empapado de sudor, y el libro que estaba leyendo cayó de golpe al suelo. El joven lo recogió y leyó el título: Historias de hechiceros y hechicerías. Sonrió aliviado diciendo: "No vuelvo a leer ningún libro más de este tema."