BRUJAS
Medianoche. Algo despertó al pescador que dormía en su barca cubierto de redes en un rincón. Por un roto vio cuatro mujeres sentadas al otro extremo. Una dijo: “Para cuatro, ponte en alto.” La barca no se movió. La mujer preguntó a las otras: “¿Alguna está preñada?” Silencio. La mujer dijo: “Para cinco, ponte en vilo.” La barca se levantó y empezó a volar. El hombre, muerto de miedo, exclamó: “¡Santo Dios!” Al instante la barca regresó a la playa. Las mujeres, vueltas en grajos, desaparecieron.
NUBE TÓXICA
Después de abrirme paso entre escombros y raíces por espacio de un tiempo que se me hizo eterno y tras dejarme en mi agónica ascensión varias falanges de los dedos, por fin logré salir a la superficie de la tierra. Pero mi locura alcanzó límites indeseables cuando, al querer abrir desesperadamente la boca desesperadamente para poder respirar, no reparé en el hecho de que a escasos metros de mi salida triunfal a la vida se levantaba un poste con un letrero clavado en su extremo que decía: PELIGRO. NUBE TÓXICA. Milagrosamente, seguía sonando en mi transistor un villancico navideño, aunque yo ignoraba si iba a poder escuchar una vez más su estribillo: “Pero miran cómo beben los peces en el río,/ pero mira cómo beben por ver al Dios nacido.” Empezaban a caer los primeros copos de nieve de la temporada.
¡ÁNIMO!
Sé que te encuentras desanimado, que a veces sientes que a tu árbol humano el rayo del miedo le ha desgajado una rama importante. A mí me pasa lo mismo ante este castigo que sufre el mundo. Muchas familias están sufriendo experiencias como las nuestras. Pero hemos de hacer lo que dice la canción: aguantar los golpes que nos dé este mal tiempo que vivimos, y ser “como el junco, que se dobla” con el viento “pero sigue siempre en pie”. Por si te sirve de consuelo, recuerda tu bonsai: ha sufrido su invierno y ha perdido sus hojas; y, sin embargo, ahí sigue, firme en su tiesto, convencido de que pronto la primavera volverá a vestir sus brazos y hará otra vez realidad su humilde sueño. Dices que eres mayor y que esta situación de vivir en primera línea te descorazona. La vejez a veces nos hace ver las cosas como desde un tren que avanza lentamente. Pero marcha con nosotros dentro, que es lo que importa. Es verdad que nuestro tren atraviesa ahora un paisaje humano desolador, pero pronto la luz de la calma y la salud volverá a brillar en él, como en tu bonsai. ¡Ánimo, ya falta menos!
LOS LADRONES INCULTOS
Cuando los ladrones entraron a saco en el estudio de Ramón Gómez de la Serna arramblaron con todo lo que tenía algún valor, pero se olvidaron de llevarse en su botín un viejo sombrero arrinconado y cubierto por un montón de papeles y periódicos que la humedad había echado a perder. Los ladrones no entienden de recuerdos ni de literatura. Si hubiera sido así, habrían sabido al instante que aquel sombrero había protegido durante un tiempo la prodigiosa cabeza de don Antonio Machado, el poeta andaluz que se enamoró de Castilla. Pero no fue eso sólo lo que se perdieron los ladrones incultos, y es que, enganchado al forro del sombrero de don Antonio Machado, permanecía un gemelo, huérfano de su pareja, un gemelo que había adornado el puño de la camisa de Valle-Inclán, el inventor de las Sonatas, hasta que provocó, desgraciadamente, la pérdida del brazo de su dueño tras infectarse la herida que el bastonazo de un periodista atrabiliario le había asestado durante una pelea de café.
EL PAÑUELICO ONDEA EN NUESTRO CUELLO
Mira, Chema, acabo de llegar a Pamplona en plena efervescencia de los Sanfermines y no te oigo bien por el móvil; así que escucha bien lo que voy a decirte. Seré lo más breve posible. Estoy hospedado con unos cuantos amiguetes en una fonda cercana a las Plaza Mayor y anoche estuvimos hasta las tantas liados con tapas y chiquitos, y andamos todos un poco groguis. Pero ya estamos en la calle dispuestos a realizar una nueva carrera. Dicen aquí al lado que ya han dado el chupinazo de salida, de modo que de aquí a un par de minutos pasarán a nuestra altura los toros en su carrera frenética hacia la plaza. Luis es el que peor está por los excesos de anoche y todos le decimos que se quede tras las vallas, que ya haremos por él la carrera los demás. El follón es de los que sólo se viven una vez, y a unos metros ya aparecen los primeros corredores. Chema, tengo que colgar. Ya te contaré más tarde cómo ha ido. Espero que no salga ninguno revolcado; preparados estamos todos y el pañuelico ondea en nuestro cuello animándonos a correr. Hasta más tarde.
EL PAÑUELO
“Querida madre: No te asustes cuando Iñaqui te entregue mi pañuelo y estas cuatro palabras que lo acompañan. Él te dirá qué ha ocurrido. Cuando esta mañana me lo anudé al cuello antes de iniciarse la carrera, me dije a mí mismo que ésta sería la última vez que me ponía delante de un toro, pasara lo que pasara. Quiero mucho a San Fermín y lo que significa para nuestra tierra cuando se acerca el 7 de julio. El abuelo corrió, papá corrió y yo quería seguir los pasos de uno y otro. Pero tu padecimiento puede más que la afición de la familia y la mía. Así que no te preocupes porque tu hijo verá los toros desde la barrera.
EN TRES MINUTOS HABRÁ PASADO TODO
En tres minutos habrá pasado todo. Tras el chupinazo que despierta de golpe a la mañana, una avalancha de acontecimientos trepidantes se desencadenará por unas pocas calles de Pamplona y los cinco sentidos se pondrán en alerta: voces y cánticos de la gente que observa la carrera desde las estacadas, gritos de los mozos que corren entre los astados avisando del peligro; olores a pólvora, a sudor, a vino…; llamativos colores que se mueven a una velocidad de vértigo entre la franja intocable del cielo y el castigado pavimento; sabores extremos que van desde el hierro en la punta de la lengua causado por el miedo y la adrenalina, hasta el dulzor de los churros con chocolate del atropellado desayuno; choques, tropezones, topadas de los toros, caídas… En tres minutos habrá acabado la carrera, y con ella todas las vitales emociones que buscaban los protagonistas de la fiesta. ¡Y qué pena que yo no haya podido atarme al cuello el pañuelico rojo, correr entre los mozos, sentir las frías astas de los toros rozarme la camisa…! ¡Qué pena que, como siempre, tenga que velar por la buena suerte de los corredores! ¡Qué pena que yo sólo sea el ángel de los Sanfermines!













































