AQUELLA PRIMAVERA
La golondrina
encontraba su camino
en pleno vuelo
y entraba en el desván
por la azul claraboya hasta su nido,
puesto allí desde siempre
encima de una viga.
Fiel realidad de aquella primavera,
promesa eternizada en una voz
que prosigue sonando todavía,
puro silencio musicado,
como el vuelo del ave que salvaba
la claraboya abierta en el desván
en mis ojos de niño, de aquel niño
que sigue respirando entre mis sueños..
RETORNO INÚTIL
Un día regresaste
creyendo que el deseo obra milagros.
Pero una vez allí, viste que nada
te quedaba de aquel árbol primero:
ni tronco, ni raíces, ni ramajes
donde los nidos fueron ecos
de la tierra que te daba la luz.
Y volviste de nuevo a este paisaje
de tarde que se cuelga de tus ramas
con un poco de sol.
Y sueñas que algún día
nacerá entre tus hojas otro nido
que alegrará tu alma.
Tu otoño es este otoño, no el que sueña
en la tierra del trigo que no vuelve,
sino el que ve el camino que recorres.
Los retornos son vanos,
inútiles perfumes de nostalgia.
SONETO REBELDE
El soneto rebelde siempre sabe
que el poeta nada tiene
que ver con su factura. Como el ave
que cruza el aire cuando al nido viene
sin pensar que sin alas nunca habría
podido recorrer ese camino.
El soneto rebelde siempre ansía
traspasar el sentir del adivino.
Y deja que la libre golondrina
se transforme las veces que ella quiera
con tal de reescribir su primavera.
El soneto rebelde afina, atina,
combate contra pálidas cegueras
y, aunque el blanco no vea, lo adivina.
MALHERBE
El francés de Malherbe hizo de todo
--hasta ser mala hierba--: escribió versos,
criticó lo indecible y en Provenza
sirvió de secretario a todo un Príncipe
y se casó con la hija de un gran cargo.
Sus Lágrimas del Santo de las Llaves
no las vieron ni el Greco ni Velázquez.
Mas tal vez puedan ver en el Parnaso
el epitafio que apunto desde Tossa:
“El francés de Malherbe hizo de todo,
paseó por el mundo como todos
y un día se fue a donde vamos todos.
Y vosotros que estáis viendo su fosa
por favor, no aspiréis a otra cosa.”
UN JUEGO NADA MÁS
Fue un juego, nada más,
y ¡cuántas lágrimas a solas derramé,
cuando de noche recordaba en casa
la sangre del gorrión entre mis dedos,
aún caliente su cuerpo, lejos ya
del vuelo y de los árboles!
Un guijarro redondo en la badana
y bien tensas las gomas, nada más.
En un segundo cruel se había roto
el misterio de la naturaleza.
¡Un juego, nada más,
y cuánto me arrepentí aquella noche!
BARCELONA 1966
Atrás quedaron versos y dibujos
sembrados en efímeros papeles,
y nombres, vivos nombres que evocaban
momentos de amistad: los Baños Viejos,
Canuda, Petritxol, el Pino..., puertas
abiertas a la magia de Barcino.
el fiel arrobamiento. Luego
volvíamos al refugio de los Beatles
y descendíamos por toboganes
de magia creativa. Afuera, el mundo
ascendía en andamios acrobáticos
y las palomas pintaban las estatuas
con sus grises de olvido y de ceniza.
El tema era el placer del vino mago
que hacía derramar poemas tristes
a lo Buesa, o el deambular romántico
por calles enjoyadas de Gaudí
o altares de Picasso. Pero había
un viejo nubarrón que amenazaba
la mies de la familia, un huracán
dispuesto a derribar la luz de casa.
Un tren de madrugada atravesó
sin un descanso lágrimas y tierras
mientras en el macuto me quemaban
mil versos contra Dios, contra la vida,
contra la primavera que inundaba
los campos de lujuria. Llegué, limpio
de llantos, hasta el lecho donde el padre
aguardaba mi beso, mi palabra,
tal vez la aceptación de que él había
significado todo para mí.
Y nada hice ni dije: tristemente
lo miré como al barco que se aleja
dejando tras de sí una ausencia blanca.
Y los amigos siguieron compartiendo
conmigo cigarrillos y botellas,
poemas y pinturas. Pero todo
había ya cambiado sin remedio.
Y las palabras nos sonaban lejos
porque sabíamos que algo puro, vívido,
a punto estaba de desvanecerse,
como el perfume de una mujer bella
que deja nuestro cuarto tras amarnos.
Como si aquella Barcelona nuestra
estuviera diciéndonos adiós.




























