jueves, 19 de febrero de 2026

HISTORIA DE FANTASMAS (II)

  


 

CUADRO V

Unas semanas después.

De día, en el comedor de la fonda donde se aloja el estudiante. El estudiante. La criada del capitán Ramírez.

ESTUDIANTE  ¿Así que es usted la criada del capitán Ramírez?

CRIADA  Sí, desde que el señor alquiló la casa del río. Y nunca se lo agradeceré bastante. No tenía trabajo y este empleo me ayuda a vivir y a confiar de nuevo en la bondad humana.

ESTUDIANTE Y la verdad es que el capitán Ramírez es un modelo de bondad. Por cierto, a juzgar por el gesto serio de su rostro en esta visita que me hace usted, deduzco que quiere decirme algo de parte de su señor.

CRIADA  Así es, joven.  Saca del bolso un libro y se lo entrega al estudiante, que enseguida ve que se trata de La agonía del cristianismo. Primero devolverle a usted su libro.

ESTUDIANTE  ¿Ya lo ha leído el capitán?

CRIADA No sé decirle. Sólo sé que mi señor esta mañana, cuando he ido a llevarle el desayuno, me ha pedido con voz suplicante que venga a ver al hombre cuyo nombre y dirección figuran escritos en una parte de este libro. Le hago una pregunta: ¿conoce usted este libro?

ESTUDIANTE  Claro. Perfectamente. Yo se lo di a su señor hace unos días para que, leyéndolo, me conociera mejor. Si quiere usted, escribiré mi nombre en un papel y podrá compararlo con el que está escrito aquí, en el libro que me acaba de devolver.

CRIADA  No serviría de nada. No sé leer. Si me da usted su palabra, me basta.

ESTUDIANTE  En ese sentido, puede usted confiar plenamente en mí, le doy mi palabra de honor.

CRIADA  Ya me quedo más tranquila, joven. Y ahora viene la segunda parte del motivo de esta visita. El capitán Ramírez me dijo que trajera el libro como prenda. “Prenda” es la palabra que dijo él. Está muy enfermo en cama y necesita verlo a usted.

ESTUDIANTE  Ya me lo temía yo. ¿Está grave?

CRIADA  Está muy mal, señor, muy mal... Está acabado, según dice él.

ESTUDIANTE  ¡Cuánto lo siento! Yo aprecio mucho al capitán. Estoy dispuesto a ir hablar con él ahora mismo a su casa si usted me muestra el camino.

CRIADA  ¡Por supuesto! A eso he venido precisamente. De modo que cuando quiera podemos irnos.

Fundido.

 

CUADRO VI

Algo más tardeen el dormitorio de la casa del río donde el capitán Ramírez permanece en la cama, reclinado sobre unos almohadones, semidormido. El estudiante, sentado en una silla al lado de la cabecera de la cama del enfermo. Y la criada, que se acerca a su señor y le toca en el hombro.

CRIADA  Señor, señor, aquí está el joven que me pidió que fuera a buscar. Ha venido a hablar con usted.

Mientras la criada inicia la salida de la habitación, el capitán entreabre varias veces los ojos . Al fin logra abrirlos del todo hasta ver al estudiante sentado cerca de él.

CAPITÁN  ¡Ah, es usted! Usted es aquel joven bondadoso. No me equivoco, ¿verdad?

ESTUDIANTE No se equivoca, capitán. Y en cuanto a lo otro, creo que soy un joven bueno. Pero usted es el verdadero bondadoso. Y ya me lo ha dicho su criada mientras veníamos hacia aquí. Siento mucho que se encuentre enfermo. ¿Qué puedo hacer por usted?

CAPITÁN  Me encuentro mal, muy mal. Me duelen todos mis viejos huesos, todos y cada uno de ellos.  Alarga con esfuerzo un brazo y coge  por una manga al estudiante para que se acerque un poco más. Usted sabe de sobra que mi tiempo se ha acabado.

ESTUDIANTE  ¡Oh, espero que no! Estoy seguro de que no voy a tardar mucho en verlo salir a la calle otra vez.

CAPITÁN Sólo Dios lo sabe. No lo he llamado únicamente para decirle que me estoy muriendo, sino para comunicarle que vence el plazo para la renta de mi casa, de la otra casa, ya sabe.

ESTUDIANTE  ¿Cuándo?

CAPITÁN  Precisamente hoy, esta noche.

ESTUDIANTE   ¡Pero usted no puede ir en este estado en que se encuentra!

CAPITÁN  Lo sé. Yo no puedo ir. Es terrible. Y perderé mi dinero. Aunque esté muriéndome, lo necesito a toda costa. Tengo que pagar a mi criada. Tengo que pagar al doctor. Y quiero que me entierren dignamente, como a un hombre respetable.

ESTUDIANTE  ¿Y es justamente esta noche cuando se cumple el plazo?

CAPITÁN Sí, precisamente esta medianoche. Y no puedo perder ese dinero. Tiene que ir alguien. No se lo he pedido a mi criada porque ya es mayor y no quiero que sufra un sobresalto tan grande que acabe yendo al otro mundo antes que yo.

ESTUDIANTE ¿Cree usted que el dinero sería pagado a otra persona que no fuera usted?

CAPITÁN Al menos podríamos probarlo. Yo no había estado nunca tan enfermo como ahora y no lo sé. Pero si usted le dice al fantasma que me duelen todas partes del cuerpo, que estoy moribundo, tal vez confíe en usted. Mi hija no querrá que me muera de hambre.

ESTUDIANTE Entonces, ¿usted querría que fuera yo en su lugar?

CAPITÁN  Usted ya ha estado allí, ya sabe lo que es eso. ¿Tiene usted miedo?

ESTUDIANTE ¿Miedo? Miedo, no...

CAPITÁN Creo que el espíritu de mi hija tendrá confianza en usted, como la tengo yo. A ella le gustará su cara y verá que no lleva malas intenciones. Tiene que darle ocho monedas de oro y dieciséis de plata. Asegúrese de ponerlas en sitio seguro. No vaya a perderlas.

 

ESTUDIANTE  Iré. Descuide. Y le traeré esas monedas mañana a primera hora.

CAPITÁN Gracias, amigo. Nunca olvidaré este gesto de inmensa generosidad que está teniendo conmigo. Le suelta la manga y cierra los ojos de nuevo.

Fundido.


CUADRO VII

De noche. En la casa del fantasma. El fantasma y el estudiante. El estudiante, con los candeleros encendidos, se encuentra en una estancia amplia con librerías arrimadas a dos de sus paredes, separadas por una escalera, y mientras se pasea, va observando, a la luz temblorosa de los candelabros, lo que hay a su alrededor.

 


ESTUDIANTE En esta habitación llena de libros y silenciosa como un sepulcro, y con esa amplia escalera a cuyos escalones superiores no llega la luz de las velas cualquier cosa puede ocurrir. ¡Qué sorpresa! Aquí tenemos un retrato del capitán. Era apuesto de joven con su traje de militar. Aún debía vivir su hija. Ahora ella está muerta y él a punto de morirse. Pero antes de que esto último suceda debo cumplir lo que le he prometido: cobrar la renta al fantasma de su hija. Suenan las doce campanadas de la medianoche del reloj de la torre de la iglesia que no está lejos. La hora de la verdad ha llegado. Tal vez el fantasma se encuentre allá arriba en alguna de las estancias de la planta superior.  Pone el pie en el primer peldaño de la escalera dispuesto a iniciar la ascensión. Un resplandor se produce en lo más alto de ella. ¿Qué es esa extraña luz blanca de allá arriba? ¿De dónde proviene? ¿Quién la emite? El resplandor desciende mientras de él sale una figura que se define poco a poco en la de una mujer que mantiene el rostro oculto. Vengo en lugar del capitán Ramírez, a petición suya. Está muy enfermo y se halla incapacitado para dejar la cama en que permanece todo el tiempo. Él le pide encarecidamente que me pague a mí el dinero de la renta. Yo he quedado con él que se lo llevaré en cuanto amaneza. La figura se queda quieta sin hacer gesto alguno. El capitán Ramírez habría venido si pudiera moverse, pero ya le he dicho que está incapacitado. La figura se quita el velo que oculta su rostro y empieza a descender los escalones hasta pararse a escasa distancia del estudiante, que, visiblemente asustado, se retira unos pasos.

FANTASMA ¿Está mi padre enfermo, como usted dice? No me mienta, por favor.

ESTUDIANTE Yo no le miento. Confíe en mí.

FANTASMA Supongo que mi padre no le ha enviado a usted con otras intenciones. Saca de debajo de su ropaje blanco una bolsa y la tira hacia donde se encuentra el estudiante. Ahí tiene usted su dinero. Y se gira para subir de nuevo los escalones hasta desaparecer en lo alto de la escalera. El estudiante recoge la bolsa del suelo.


Suena un grito prolongado.

VOZ DEL FANTASMA ¡Mi padre! ¡Mi padre!

Aparece la figura en la escalera y rápidamente desciede  sin dejar de gritar.

FANTASMA ¡Es mi padre! ¡Es mi padre! Llega junto al estudiante con la boca abierta y los ojos dilatados. Grita. ¡Mi padre! ¡Mi padre está aquí!

ESTUDIANTE  ¿Su padre aquí? ¿Dónde?

FANTASMA ¡En el recibidor de la casa! ¡Vestido de blanco! ¡En camisa!

ESTUDIANTE Su padre está en su casa del río, en la cama, muy enfermo.

FANTASMA ¿Muriéndose?

ESTUDIANTE Espero que no.

El fantasma emite un largo gemido y se cubre el rostro con las manos.

FANTASMA ¡Oh, Dios mío, he visto su fantasma!

ESTUDIANTE ¿Su fantasma?

FANTASMA Es el castigo por mi larga locura.

ESTUDIANTE ¡No! Es el castigo por mi indiscreción.

El fantasma coge al estudiante por el brazo.

FANTASMA ¡Sáqueme usted de aquí, por favor! Pero salgamos por la puerta de atrás.

ESTUDIANTE ¡Espere! Antes quiero decirle algo: primero, que yo he venido aquí de buena fe; y segundo, que ha estado usted representando todo este tiempo un papel extraordinario.

FANTASMA Claro que ha sido un papel extraordinario. Pero era la única manera.

ESTUDIANTE ¿No le habría perdonado su padre?

FANTASMA Mientras me considerara muerta, sí. Hubo cosas en mi vida que mi padre no me perdonaría.

ESTUDIANTE ¿Dónde está su esposo?

FANTASMA Yo no tengo esposo. Jamás he estado casada.

ESTUDIANTE  De acuerdo, de acuerdo. Ahora ya podemos irnos.

FANTASMA Pero una vez fuera, nos separaremos. Debo seguir mi camino.

ESTUDIANTE ¿No quiere ver a su padre?

FANTASMA Es mejor que no. Pero sí me gustaría saber algo de él después de que usted vaya mañana a su casa para llevarle el dinero, y lo vea.

ESTUDIANTE Se lo haría saber si conociera dónde vive usted.

FANTASMA No se preocupe de eso. Escriba una nota y déjela bajo el banco de piedra del cementerio donde estuvieron sentados el otro día mi padre y usted.

ESTUDIANTE Cuente con ello.

Fundido.


CUADRO VIII

De día. Por la mañana. En la casa del río donde vivía el capitán Ramírez. La criada del capitán y el estudiante. El estudiante, al ver la puerta abierta entra en el recibidor, donde se halla la criada sentada, con los ojos cerrados, en una silla junto a la puerta del dormitorio del capitán, que también está abierta. La criada, al oír los pasos del estudiante, abre los ojos.

CRIADA Buenos días, joven. ¡Qué pronto viene usted!

ESTUDIANTE Buenos días. Ya le dije al capitán que vendría hoy a traerle el dinero lo antes posible.

CRIADA ¿Qué dinero?

ESTUDIANTE Ah, ¿pero no le ha dicho nada su señor?

CRIADA Nada, no, señor. Y ahora, menos.

ESTUDIANTE ¿Por qué lo dice?

CRIADA Porque se fue a la gloria.

ESTUDIANTE ¿Está muerto?

La criada mueve la cabeza hacia el hueco de la puerta del dormitorio.

CRIADA Puede usted comprobarlo.

El estudiante se asoma a la habitación del difunto.

ESTUDIANTE Sí, perfectamente muerto.

CRIADA Ahora es un fantasma tan auténtico como cualquier otro.

ESTUDIANTE ¿Recuerda a qué hora entregó su alma al Creador?

CRIADA No puedo olvidarlo. Poco después de que el reloj de la torre de la iglesia del pueblo diera las doce campanadas de la medianoche.


           ESTUDIANTE ¿Ya ha avisado usted a la funeraria?

CRIADA Sí, deben estar al llegar.

El estudiante le da a la criada la bolsa de las monedas.

ESTUDIANTE Éste es el dinero del capitán Ramírez. Supongo que ahora, que él está muerto, donde quiera que esté en este momento, deseará sin duda que se quede usted con él. El capitán me dijo ayer que tenía que pagarle a usted y al doctor, y también quería que lo enterrasen dignamente, como a un hombre respetable.

CRIADA Muchas gracias a usted por traer el dinero y a él por pensar en mí. Siempre fue un hombre honrado y generoso. Que Dios lo tenga en su gloria.

ESTUDIANTE Si necesita usted alguna cosa, puede acercarse a la fonda donde me hospedo, que la atenderé como se merece.

La criada palpa la bolsa con las monedas.

CRIADA Con esto que acaba usted de darme ya puedo valerme por mí misma. Gracias de nuevo, joven. Ahora entiendo por qué mi señor tenía tanta confianza en usted. Que Dios lo acompañe.

ESTUDIANTE Que Él se quede con usted.

Fundido.

 

EPÍLOGO

De día. En la fonda donde el estudiante está hospedado. En el comedor. El estudiante y Daniela, la hija del dueño. El estudiante, sentado a una mesa, con un libro abierto delante, se halla escribiendo en un papel que tiene sobre el libro. De vez en cuando levanta la mirada como buscando inspiración y sigue escribiendo. Se detiene para leer en voz alta lo que ha escrito hasta ese momento.

ESTUDIANTE  “Apreciada señorita. He estado pensado un buen rato si escribirle o no esta nota, y al fin me he decidido a hacerlo porque le prometí hacerlo igual que le prometí pasar por la casa de su padre a llevarle el dinero que usted me dio para él. De la enfermedad de su padre siento comunicarle que su padre ha fallecido; dejó este mundo anoche justo cuando usted, visiblemente dolorida, me dijo que su padre estaba muerto en el recibidor..."  Deja de leer la nota. A la vista de lo sucedido, ahora también dudo si dejarle esta nota a la hija del capitán donde me dijo que la dejara... Daniela aparece en el comedor.

DANIELA Buenos días, Félix. No sabía que usted hablara solo.

El estudiante, al oír la voz de Daniela, instintivamente cierra el libro con la nota dentro.

ESTUDIANTE Ah, buenos días, Daniela. Sí, de vez en cuando me da por repetir lo que estoy estudiando en el libro para ayudar a la memoria a recordarlo mejor. ¿Va usted a su labor de costura de todas las mañanas?

DANIELA De momento, no. Ahora venía a buscarlo a usted. Tengo que decirle algo.

ESTUDIANTE Usted dirá.

DANIELA ¿Recuerda lo que hablamos usted y yo hace unos días sobre el capitán Ramírez y la trágica historia que había vivido con su hija?

ESTUDIANTE Sí, claro que lo recuerdo, ¿cómo iba a olvidarlo?

DANIELA Pues acabo de enterarme de lo que ha ocurrido durante la noche pasada con la casa del anciano, y me ha parecido que a usted le interesaría saberlo.

ESTUDIANTE ¿Esta noche dice usted?

DANIELA Sí, un vecino de la zona ha visto esta mañana temprano cómo la casa del fantasma era un montón de escombros y vigas carbonizadas. Triste fin para una historia, ¿no le parece?

ESTUDIANTE Triste y feliz a la vez, Daniela. Según como se mire.

DANIELA ¿Por qué dice eso?

ESTUDIANTE Porque anoche estuve yo ahí, y pude ver, por fin, al fantasma de la historia, mejor dicho, a la hija del capitán. Por cierto, ella me dio la última paga para su padre, ya que él no podía ir a recogerla porque estaba tan enfermo que me pidió a mí que fuera en su lugar. Y lo peor es que esta mañana, cuando yo le llevaba el dinero a la casa del río, me  he encontrado muerto al capitán. ¿Quiere que le diga más?

DANIELA Creo que es bastante. El capitán muerto, la casa quemada y el fantasma...

ESTUDIANTE … el fantasma buscando otro lugar. ¿Qué va a hacer? En todas partes hay caserones abandonados y ansiosos de alojar fantasmas.

DANIELA En fin, le dejo a usted estudiar. Y ahora sí. Yo me voy a la sala de costura.

 Daniela sale del comedor. Al quedarse solo, el estudiante abre de nuevo el libro por donde está la nota que escribía a la hija del capitán fallecido.

ESTUDIANTE Ahora ya no hace falta esta nota. Ni siquiera para comunicarle que a la casa la ha destruido el fuego. Por cierto, ahora que caigo, posiblemente ese incendio lo provocamos nosotros al dejar encendidos los candeleros cuando abandonamos la casa. Daniela tiene razón al decir que esta historia es verdaderamente triste.

Fundido.



jueves, 12 de febrero de 2026

HISTORIA DE FANTASMAS (I)


Aquí me he hecho eco, en otros momentos del blog, de todo cuanto tiene que ver con fantasmas y aparecidos en cualquier género literario. Hoy lo hago en el dramático o teatral con esta Historia de fantasmas



 

(Adaptación libre de un cuento de Henry James)

CUADRO I

De día, a las puertas de una casa aislada en el campo con aires de estar abandonada. Un anciano capitán que se apoya en un bastón y un joven estudiante de teología, que se encuentran casualmente en ese lugar.

CAPITÁN Como usted puede apreciar, éste es un lugar muy tranquilo.

ESTUDIANTE Tiene usted razón, muy tranquilo y... solitario. Me gusta pasear por lugares solitarios. Hasta por los cementerios.

CAPITÁN Pasear, sí. Hágalo mientras pueda. Algún día se quedará rígido, tendido para siempre, en un cementerio.

ESTUDIANTE Cierto, pero ¿sabe usted que hay quienes pasean después de muertos?

CAPITÁN Usted no cree eso.

ESTUDIANTE ¿Cómo sabe si creo o no? ¿Por qué lo dice?

CAPITÁN Porque usted es joven y además algo ligero.

ESTUDIANTE Por lo que dice, deduzco que usted cree en los fantasmas. Pero hay mucha gente que no cree.

CAPITÁN La mayoría de la gente es boba. Y a usted lo veo diferente de ella. Más bien lo veo inteligente... ¿Me equivoco si le digo que usted es estudiante de una disciplina distinguida?

ESTUDIANTE  No se equivoca. Estudio teología. Quiero ser sacerdote.

CAPITÁN  Entonces usted debería saber algunas cosas.

ESTUDIANTE  Posiblemente. Tengo un gran deseo de saber. ¿A qué se refiere usted?

CAPITÁN  Me gusta su aspecto. Me parece usted un joven modesto.

ESTUDIANTE  ¿Modesto? Bueno.

CAPITÁN  Me parece usted muy juicioso.

ESTUDIANTE  Entonces ¿ya no le parezco ligero?

CAPITÁN  Me mantengo en lo que dije sobre la gente que no cree en los fantasmas: ¡es boba!                  (Golpea varias veces el suelo con el bastón.)

ESTUDIANTE ¿Usted ha visto a un fantasma?

CAPITÁN Lo he visto, sí, señor. Y para mí esto no es teoría. No he tenido que buscar en viejos libros para averiguar qué debo creer. ¡Lo sé! Golpea de nuevo el suelo con su bastón. Yo he visto con mis propios ojos, como ahora lo veo a usted, el espíritu, el espectro, el fantasma, como usted prefiera llamarlo, de una persona muerta.

ESTUDIANTE  ¿Y fue un momento horrible?

CAPITÁN  Soy un viejo militar. No me espanté, si es eso lo que me pregunta.

ESTUDIANTE  ¿Y dónde ocurrió eso? ¿Cuándo vio a ese fantasma?

CAPITÁN Perdóneme que no entre en detalles. Y creo que hoy ya he hablado más de lo debido: no puedo soportar que se hable de estas cosas tan ligeramente. Sólo quiero que recuerde usted en el futuro que ha tratado con un anciano honrado que le ha dicho, bajo palabra de honor, que ha visto a un fantasma. Y para dar mayor peso a mis palabras, permítame que le diga mi nombre: capitán Ramírez.

ESTUDIANTE Encantado de conocerle. Yo me llamo Félix García. Espero tener el gusto de verlo otra vez.

CAPITÁN Lo mismo le digo.

Fundido.

 


CUADRO II

De día, en la fonda donde se aloja el estudiante de teología.

Daniela, la hija del dueño, y el estudiante, sentados en la sala de costura de la joven.

DANIELA ¿Cómo le ha ido hoy su paseo?

ESTUDIANTE Más entretenido que otras veces.

DANIELA ¿Y eso?

ESTUDIANTE Hoy he conocido a un personaje curioso. Es un militar muy anciano que se ha presentado a sí mismo como capitán Ramírez. Por cierto, no sabrá usted quién es, ¿verdad?

DANIELA Ramírez, Ramírez... Y capitán... Ahora que lo pienso, sí que he oído hablar del capitán Ramírez. Pero de eso hace muchos años y, por lo que se decía de él, había logrado sobrevivir de un escándalo familiar.

ESTUDIANTE ¿Escándalo familiar? ¿Y en qué se basaba ese escándalo?

DANIELA Mató a su hija.

ESTUDIANTE ¿Que mató a su hija? ¿Cómo?

DANIELA No la mató con una pistola, ni con un puñal, ni con arsénico, que entonces estaba muy estilado ese método. La mató con su lenguaje. Que luego me digan del lenguaje que empleamos nosotras las mujeres. Su padre le echó una maldición, una terrible maldición. Y la joven murió.

ESTUDIANTE Pero ¿qué había hecho la chica?

DANIELA Recibir la visita de un joven que la quería muchísimo y a quien el padre había prohibido entrar en su casa.

ESTUDIANTE Ah, sí, ¡la casa! Una casa de campo con aires de estar abandonada, que se encuentra a una legua de aquí.

DANIELA ¿Qué sabe usted de esa casa?

ESTUDIANTE Poco. Sólo la he visto por fuera. Pero me gustaría que usted me contara algo más de ese asunto.

DANIELA ¿No me llamará usted supersticiosa?

ESTUDIANTE ¿Supersticiosa usted? Usted es la quintaesencia de la razón pura. El propio Kant se quedaría asombrado si la oyera a usted.

DANIELA Bueno, todo el mundo sabe que la razón pura es la razón sin ningún componente empírico, y la razón práctica es la razón dirigida a la acción. Y todo hilo tiene su defecto, toda aguja su punto de óxido. Preferiría no hablar de... de ese tema. 

ESTUDIANTE No sabe usted cómo excita mi curiosidad.

DANIELA Lo siento por usted. Me pondría nerviosa si sigo hablando de ello.

ESTUDIANTE ¿Qué daño puede hacerle hablarme de la casa?

DANIELA ¿Dice daño? Se lo hizo a una amiga mía.

ESTUDIANTE ¿Qué había hecho su amiga?

DANIELA Me explicó el secreto del capitán Ramírez que él le había revelado con mucho misterio y recato. Había sido novia suya en otro tiempo y se lo confesó, recomendándole que no lo repitiera a nadie. Y le aseguró que si lo hacía le ocurriría algo terrible.

ESTUDIANTE ¿Y qué le pasó?

DANIELA Que se murió.

ESTUDIANTE Bueno, todos nos morimos un día. ¿Le había prometido su amiga algo al capitán.

DANIELA No tomó en serio las palabras del capitán. Sencillamente no le había creído. Me repitió la historia a mí y unos días después sufrió una inflamación de los pulmones. Y poco tiempo más tarde, sentada aquí donde yo ahora estoy sentada cosí su mortaja. Desde entonces no he contado a nadie lo que mi amiga me dijo.

ESTUDIANTE ¡Es algo muy raro!

DANIELA Raro, sí, pero a la vez ridículo. Es algo que puede hacer estremecerse a cualquiera, pero a la vez puede provocar la risa. Sin embargo, no se preocupe por mí. No voy a decir una sola palabra sobre el asunto. Temo que si se lo contara a usted, podría pincharme enseguida con una aguja o cualquier otra cosa y en pocos días moriría del tétano.

ESTUDIANTE Entonces, ¿qué hago yo? Me estoy muriendo de curiosidad. He perdido el apetito y hoy, por ejemplo, no he probado bocado en el desayuno. 


         DANIELA  Recuerde lo que le ocurrió a Beatriz de Borgoña, segunda esposa de Federico I Barbarroja...

ESTUDIANTE  Sí, que igual se puede morir de una estocada que de hambre.

DANIELA Yo nunca he tenido el corazón duro; así que, si hemos de morir, moriremos juntos. Volvamos al caso del capitán Ramírez. Siempre fue un hombre de carácter fuerte y dado a la ira, y aunque quería mucho a su hija, su voluntad era la ley. Él había elegido un marido para ella y ya se lo había comunicado. La madre había muerto y vivían los dos solos en la casa. El caso es que la muchacha se citaba con un joven forastero cada vez que su padre se ausentaba de la casa. Pero una noche el capitán regresó antes de lo acostumbrado y los sorprendió juntos. A él lo agarró por el cuello y a ella la maldijo; entonces el joven gritó que la chica era su esposa y el capitán le preguntó a ella si era verdad que estaban casados; la hija respondió que no y el padre, enfurecido, repitió la maldición mientras la echaba de casa añadiendo que la repudiaba. La joven se desmayó y el capitán se fue. Y cuando más tarde volvió a la casa, la encontró vacía. Sobre la mesa del comedor, sin embargo, había una nota firmada por el joven donde le acusaba de haber matado a su hija, añadiendo que, como marido suyo, tenía derecho a enterrar su cadáver, que se había llevado en su coche.

ESTUDIANTE ¿Y qué pasó después? ¿Qué fue del capitán? ¿Y lo del fantasma?

DANIELA  Ahora viene eso. Una semana más tarde de aquello una noche al capitán se le apareció el fantasma de su hija y ya no dejó de hacerlo en el futuro, y cada medianoche lo hacía con más ganas de molestarlo y espantarlo, en pago y venganza de lo que le había hecho.

ESTUDIANTE Y el capitán, ¿reaccionó de alguna manera?

DANIELA El capitán Ramírez pasó poco a poco de la ira del principio, a la tristeza más completa; hasta el punto de dejar la casa; luego trató de venderla o alquilarla para sacar para comer, ya que no disponía de medios suficientes para ello.  Para entonces habían aumentado sobremanera las apariciones del fantasma, y nadie quería saber nada de comprar o alquilar la casa. Y el capitán, desesperado, decidió coger su capa y su inseparable bastón para marchar a mendigar su pan por el mundo. Y precisamente eso (no hay mal que por bien no venga, hizo que el fantasma se ablandara tanto como para proponerle un acuerdo al capitán.

ESTUDIANTE ¡Ah!, ¿sí? ¿Qué acuerdo?

DANIELA Una medianoche, el fantasma le dijo al capitán: “Esta casa la quiero para mí. Vete a vivir a otro sitio. Pero como no tienes ni donde caerte muerto, seré su inquilino y te pagaré una renta de alquiler.” Le propuso una cantidad de dinero y el capitán aceptó. Y todos los meses viene a cobrar la renta. Y hasta hoy, me imagino.

ESTUDIANTE Si es así, la tristeza que padece tiene una compensación económica.

DANIELA Eso parece. El viejo capitán no trabaja y el fantasma de su hija lo mantiene. Una casa donde se aparecen los muertos es una propiedad muy valiosa, ¿verdad, Félix?

ESTUDIANTE Verdad, Daniela. ¿Y con qué dinero paga el fantasma?

DANIELA El mejor de todos: con monedas de oro y plata. Con una sola singularidad: que todas están acuñadas antes de la muerte de la joven.

ESTUDIANTE De modo que el fantasma se comporta de modo satisfactorio con el capitán pagándole un buena renta.

DANIELA Tengo entendido que el anciano vive dignamente, ya que es inquilino de una casa junto al río, con un jardín delante y un corral detrás con algunos animales, y lo atiende una criada de avanzada edad. Pero, a todo esto, ¿a qué se debe el interés que muestra usted por el capitán Ramírez y esa casa habitada por el fantasma de su hija que le paga una renta?


          ESTUDIANTE ¿Mi interés? Bueno, voy a hacer con usted lo que usted ha hecho conmigo al contarme esa historia de maldiciones. Le confieso que estoy decidido a convencer al anciano capitán para que me permita visitar esa casa encantada. Más de una vez nos hemos encontrado a la puerta de ese triste y abandonado caserón, y hemos hablado de la vida y de la muerte, de la inmortalidad del alma, de la creencia o no en los fantasmas... Hemos llegado a intimar tanto que hasta me ha dicho que él ha visto a un fantasma. Que no puede ser otro que el de su hija y el de la historia que usted me ha contado.

DANIELA Podría ser. ¿Cómo saberlo?

ESTUDIANTE  Pues entrando con el capitán en esa casa.

DANIELA Usted verá. Yo no entraría por nada del mundo en un lugar como ese.

ESTUDIANTE De todos modos, gracias, Daniela, por ayudarme con su historia a entender mejor a mi nuevo amigo el capitán Ramírez.

DANIELA  A todo esto, espero que no nos pase nada malo a ninguno de los dos.

ESTUDIANTE  Yo también lo deseo.

Fundido.

 


CUADRO III

De día, en un rincón del cementerio de la localidad. El estudiante y el capitán, sentados en un banco de piedra, junto a un panteón.

ESTUDIANTE  Le he buscado a usted aquí más de una vez, creyendo que en sus paseos se acercaría a este lugar tan callado y solitario, donde los muertos hacen la mejor compañía a gente como usted.

CAPITÁN  Sí, alguna vez me gusta visitar lugares tranquilos como éste. Pero dejemos de momento aparte los gustos de cada uno de nosotros y respóndame a mi pregunta: ¿Qué es exactamente lo que quiere usted de mí?

ESTUDIANTE  Gozar de su amena conversación. Quedé muy a gusto el día en que charlamos...

CAPITÁN ¿Me encuentra usted divertido?

ESTUDIANTE Lo que se dice divertido, no; a usted lo encuentro interesante.

CAPITÁN  Divertido no, interesante sí. ¿Le parezco a usted un loco?

ESTUDIANTE Por favor, no diga eso.

CAPITÁN Para que lo sepa, soy el hombre que mejor poblada tiene la cabeza de estos lugares. Ya sé lo que piensan y dicen todos los locos de mí, pero no lo pueden probar y yo sí. Le explicaré. Una vez, sin quererlo, cometí un crimen, y ahora pago el castigo con mi vida entera. Nunca he intentado esquivar mi pena, pero la he aceptado. Si fuera católico, me habría hecho monje para dedicar mi vida al ayuno y a la oración. Pude haberme suicidado, pero no lo hice; a cambio, afronté las consecuencias. Las afronto doce veces al año y así lo haré hasta el último aliento que tenga mi viejo y ya muy cansado cuerpo...

ESTUDIANTE  ¡Genial! ¡Digno de admiración! Pero me deja usted con mucha curiosidad y mucha simpatía.

CAPITÁN ¿Simpatía? Me cuesta creerlo. Usted lo que realmente siente es curiosidad. Sobre todo, curiosidad.

ESTUDIANTE Si yo supiera exactamente cuánto sufre usted, sería mayor mi compasión.

CAPITÁN Muchas gracias. Su compasión no me sirve de gran cosa. Le diré algo, pero no en mi interés, sino en el suyo. Usted me dijo que estudiaba teología, ¿verdad?

ESTUDIANTE Así es, señor, y sigo haciéndolo porque es una disciplina que no puede aprenderse en un periodo corto de tiempo...

CAPITÁN Entre otras cosas porque no tienen ustedes para estudiar más que sus libros. ¿No conoce usted el refrán que dice: “Un grano de experiencia vale más que un kilo de preceptos”? Yo soy un gran teólogo.

ESTUDIANTE  Se ve. Usted ha tenido la experiencia.



          CAPITÁN Usted ha leído sobre la inmortalidad del alma en lo que han escrito Platón, san Agustín, Pomponazzi, Lutero, Unamuno...,machacando lógica y citando autoridades para demostrar que es verdad. Pero yo lo he visto con mis propios ojos y lo he tocado con mis manos. Esto es más valioso, pero lo he pagado caro. Es mejor que usted lo aprenda en los libros. Usted es una buena persona y no tendrá nunca un crimen sobre su conciencia.

ESTUDIANTE  Espero, sin embargo, tener mi parte de pasiones humanas aunque sea ahora una buena persona y mañana posiblemente doctor en teología.

CAPITÁN Usted tiene buen carácter, como lo tengo yo ahora, pero yo en otro tiempo fui demasiado brutal. Debería usted saber que yo maté a mi hija.

ESTUDIANTE ¿A su hija?

CAPITÁN La dejé sin sentido y murió. Pude ser ahorcado por ello, pero yo no la maté con mis manos, sino con mis palabras, terribles y reprobables. Y sé que su alma es inmortal. Y tengo una cita con ella doce veces al año, que es cuando recibo mi lección.

ESTUDIANTE ¿Nunca lo ha perdonado su hija?

CAPITÁN Me ha perdonado como perdonan los ángeles. Y esto es lo que no puedo soportar porque su mirada es dulce y serena. Casi preferiría clavarme un puñal en el corazón. Oh, Dios mío, Dios mío...

Tras inclinar la cabeza sobre el puño de su bastón, apoya su frente sobre las manos cruzadas.

ESTUDIANTE ¿Puedo ayudarle en algo, capitán Ramírez?

El capitán levanta lentamente la cabeza. Luego se levanta del banco de piedra. El estudiante lo imita.

CAPITÁN Tengo que irme, he de caminar un largo trecho todavía.

ESTUDIANTE Es posible que nos volvamos a ver.

CAPITÁN ¡Ay!, ya estoy muy viejo y es probable que tarde en volver. Tengo que cuidarme. Pero me gustaría verlo a usted de nuevo. Por cierto, Félix... Me dijo usted que se llamaba Félix, ¿verdad?

ESTUDIANTE Así es, Félix García.

CAPITÁN El nombre le hace justicia. ¿Y dónde vive?

ESTUDIANTE Llevo siempre encima un libro al que considero uno de mis viejos amigos. Saca un libro de un bolsillo y se lo entrega al capitán. Se titula La agonía del criatianismo. En la solapa de atrás aparecen escritos mi nombre y mi dirección. Me gustaría que guardara usted este pequeño libro. Lo leo a menudo y a usted, si le echa una ojeada, le dirá algo de mí.

El capitán coge el libro y le da varias vueltas.

CAPITÁN No soy un gran lector, pero no voy a rechazar el primer regalo que me hacen desde que vivo mi desgracia... y el último. Muchas gracias, joven.

Fundido.

 

CUADRO IV

De noche, a las puertas de la casa aislada en el campo. El estudiante. El capitán.

PRIMERA ESCENA

El estudiante mira a su alrededor

ESTUDIANTE Todo está igual que la primera vez: soledad, quietud, tristeza... Aumentadas sin duda por la noche que ha caído sobre la naturaleza y mi ánimo. Ya es la medianoche. Ya han sonado las doce campanadas de la torre de la iglesia más cercana. Ya estará dentro el capitán para cobrar el alquiler del fantasma. Se arrima a la puerta de la casa para examinar su interior por las rendijas de la madera. Las luces aún están encendidas. A ver si tengo suerte de ver la entrevista del capitán con el fantasma de su hija. Se retira de la puerta. ¡Lástima! He llegado tarde. Las luces del interior se han apagado. El cobro ya se ha efectuado. Pronto esta puerta se abrirá y aparecerá el capitán. ¿Cómo reaccionará cuando me vea aquí? Espero que no sea tan mal como si me hubiera visto antes de entrar y me hubiera oído pedirle que me permitiera entrar con él para ser testigo del encuentro con el fantasma. Ahora me corroe el miedo. Cruje la puerta al abrirse.


SEGUNDA ESCENA

El estudiante ve salir de la casa al capitán, que se asombra al verlo.

CAPITÁN ¿Qué hace usted aquí?

ESTUDIANTE Me perdonará usted que me haya tomado esta libertad, pero usted me alentó a hacerlo.

CAPITÁN ¿Cómo sabía usted que yo estaba aquí?

ESTUDIANTE Lo deduje. Usted me contó la mitad de su historia y yo deduje la otra mitad. Me enorgullezco de ser un gran observador. Y me fijé en uno de mis paseos en esta casa. Enseguida me pareció que encerraba un gran misterio, y cuando usted me mostró su confianza de decirme que veía espíritus, fantasmas,  tuve la seguridad de que sólo podía ser aquí.

CAPITÁN Es usted muy inteligente. Entonces, ¿qué es exactamente lo que esta noche le ha traído aquí?

ESTUDIANTE  Ah, vengo a menudo. Me gusta contemplar esta casa.

CAPITÁN Por fuera no tiene nada de singular.

ESTUDIANTE He estado buscando una oportunidad para entrar en ella. Pensé que podría encontrarlo a usted y que me lo permitiría. Me gustaría mucho ver lo que ve usted.

CAPITÁN ¿Sabe usted lo que he visto?

ESTUDIANTE ¿Cómo voy a saberlo si no es, como dijo usted el otro día, por medio de la experiencia? Por favor, ahora que estamos los dos aquí, ¿podemos entrar?

CAPITÁN  ¿Entrar? No entraré hasta la próxima vez ni por cien veces la suma que he recibido hace un rato. Si quiere usted entrar solo, adelante.

ESTUDIANTE ¿Me esperará usted aquí?

CAPITÁN  Sí, claro. No estará usted mucho tiempo ahí dentro. La casa está a oscuras siempre. Pero en la mesa del recibidor hay dos candeleros con velas y una caja de fósforos al lado. Con ellos podrá ver las estancias que desee.

ESTUDIANTE ¿Adónde tengo que ir para ver al fantasma?

CAPITÁN A donde quiera. El fantasma lo encontrará a usted.

Fundido.



(Continuará)


jueves, 5 de febrero de 2026

RAMÓN J. SENDER

 


            Febrero ya está aquí y es bueno el momento para recordar y homenajear a Ramón J. Sender, ya que el 3 de febrero de 1901, (hace 125 años), nacía el escritor aragonés en Chalamera (Huesca) en el seno de una familia de clase media (su madre era maestra y su padre secretario de ayuntamiento). Y murió en San Diego (California) en enero de 1982. Su infancia la pasó en su pueblo natal y en otros como Alcolea del Cinca y Tauste, donde su padre ejercía su oficio. 

           Comenzó a estudiar el bachillerato como alumno libre (su profesor particular fue el capellán del convento de Santa Clara de Tauste) y se examinó en un Instituto de Zaragoza. Más tarde la familia se trasladó a la última ciudad mencionada y allí cursó quinto y sexto de bachiller, pero al estallar los desórdenes estudiantiles algunos estudiosos dicen que le echaron injustamente las culpas a Sender y le suspendieron todas las asignaturas; acabó los estudios en Alcañiz (Teruel), donde trabajó en una farmacia para mantenerse, ya que, como se veía venir, se había enemistado finalmente con su padre (así lo cuenta en su libro de memorias Crónica del alba).

             


           Al acabar el bachillerato se trasladó a Madrid y, como sólo tenía 17 años y vacío el bolsillo, dormía en el Retiro y se aseaba en el Ateneo, adonde iba a leer y escribir todos los días (colaboraba en varios periódicos con artículos y cuentos, uno de ellos, Las brujas del compromiso), volvió a trabajar en una botica y, aunque también se matriculó en Filosofía y Letras, no cumplió con la disciplina adecuada y dejó los estudios oficiales sin dejar por ello de formarse leyendo en las bibliotecas y comprando libros cuando podía; paralelamente, continuó su vocación literaria y también la política por medio de actividades revolucionarias con grupos de obreros anarquistas.

        Pero ahora aquí me importa más hablar de su obra literaria, aun reconociendo que tanto ésta como su vida personal y familiar siempre se vieron ligadas a su ideología política y gravemente afectada por ella (recordemos que él mismo sufrió encierro en un campo de concentración y posteriormente exilio en América, y que su primera esposa Amparo Barayón fue fusilada en Zamora y sus hijos quedaron desamparados durante un tiempo, hasta que él los recuperó en Bayona por medio de la Cruz Roja Internacional). 

          Tres de sus obras más importantes son: Míster Witt en el cantón (1935), sobre el movimiento cantonalista de Cartagena acaudillado por Roque Barcia, novela por la que recibió el Premio Nacional de Literatura. Réquiem por un campesino español (impreso antes en México como Mosén Millán en 1953, y luego con el título definitivo anterior en 1960),  novela corta pero muy intensa, sobre la que comentó el propio Sender: “resume toda la guerra civil nuestra, donde unas gentes que se consideraban revolucionarias lo único que hicieron fue defender los derechos feudales de una tradición ya periclitada en el resto del mundo".  


              Réquiem por un campesino español narra los sucesos más importantes de la vida de Paco el del Molino, así como la intriga, la venganza, el miedo y la ira a la que se ve sometido. Y las tres últimas novelas de su enealogía Crónica del alba (1942-1966), una obra autobiográfica y de aprendizaje que cuenta la infancia, adolescencia y compromiso político de un joven llamado José Garcés (recuérdese que Garcés es el segundo apellido de Ramón J. Sender), aunque la mejor novela sin duda es la primera de esas tres, cuyo título es precisamente Crónica del alba

          A continuación incluyo un fragmento de Réquiem por un campesino español (para muchos una de las mejores producciones literarias de Sender), cuya lectura puede ayudar a conocer un poco mejor el carácter y el compromiso moral de los dos protagonistas de la novela: Paco el del Molino y mosén Millán. Y también el ambiente precario, social y humano del pueblo donde ambos se han visto obligados a vivir.

     


               “Paco iba entonces a la casa del cura en grupo con otros chicos, que se preparaban también para la primera comunión. El cura los instruía y les aconsejaba que en aquellos días no hicieran diabluras. No debían pelear ni ir al lavadero público, donde las mujeres hablaban demasiado libremente. Los chicos sentían desde entonces una curiosidad más viva, y si pasaban cerca del lavadero aguzaban el oído. Hablando los chicos entre sí de la comunión, inventaban peligros extraños y decían que al comulgar era necesario abrir mucho la boca, porque si la hostia tocaba en los dientes, el comulgante caía muerto, y se iba derecho al infierno. 

           


        Un día, mosén Millán pidió al monaguillo que le acompañara a llevar la extremaunción a un enfermo grave. Fueron a las afueras del pueblo, donde ya no había casas, y la gente vivía en unas cuevas abiertas en la roca. Se entraba en ellas por un agujero rectangular que tenía alrededor una cenefa encalada. Paco llevaba colgada del hombro una bolsa de terciopelo donde el cura había puesto los objetos litúrgicos. Entraron bajando la cabeza y pisando con cuidado. Había dentro dos cuartos con el suelo de losas de piedra mal ajustadas. Estaba ya oscureciendo, y en el cuarto primero no había luz. En el segundo se veía sólo una lamparilla de aceite. Una anciana, vestida de harapos, los recibió con un cabo de vela encendido. El techo de roca era muy bajo, y aunque se podía estar de pie, el sacerdote bajaba la cabeza por precaución. No había otra ventilación que la de la puerta exterior. La anciana tenía los ojos secos y una expresión de fatiga y de espanto frío. En un rincón había un camastro de tablas, y en él estaba el enfermo. El cura no dijo nada, la mujer tampoco. Sólo se oía un ronquido regular, bronco y persistente, que salía del pecho del enfermo. Paco abrió la bolsa, y el sacerdote, después de ponerse la estola, fue sacando trocitos de estopa y una pequeña vasija con aceite, y comenzó a rezar en latín. La anciana escuchaba con la vista en el suelo y el cabo de vela en la mano. La silueta del enfermo -que tenía el pecho muy levantado y la cabeza muy baja- se proyectaba en el muro, y el más pequeño movimiento del cirio hacía moverse la sombra.”