jueves, 5 de febrero de 2026

RAMÓN J. SENDER

 


            Febrero ya está aquí y es bueno el momento para recordar y homenajear a Ramón J. Sender, ya que el 3 de febrero de 1901, (hace 125 años), nacía el escritor aragonés en Chalamera (Huesca) en el seno de una familia de clase media (su madre era maestra y su padre secretario de ayuntamiento). Y murió en San Diego (California) en enero de 1982. Su infancia la pasó en su pueblo natal y en otros como Alcolea del Cinca y Tauste, donde su padre ejercía su oficio. 

           Comenzó a estudiar el bachillerato como alumno libre (su profesor particular fue el capellán del convento de Santa Clara de Tauste) y se examinó en un Instituto de Zaragoza. Más tarde la familia se trasladó a la última ciudad mencionada y allí cursó quinto y sexto de bachiller, pero al estallar los desórdenes estudiantiles algunos estudiosos dicen que le echaron injustamente las culpas a Sender y le suspendieron todas las asignaturas; acabó los estudios en Alcañiz (Teruel), donde trabajó en una farmacia para mantenerse, ya que, como se veía venir, se había enemistado finalmente con su padre (así lo cuenta en su libro de memorias Crónica del alba).

             


           Al acabar el bachillerato se trasladó a Madrid y, como sólo tenía 17 años y vacío el bolsillo, dormía en el Retiro y se aseaba en el Ateneo, adonde iba a leer y escribir todos los días (colaboraba en varios periódicos con artículos y cuentos, uno de ellos, Las brujas del compromiso), volvió a trabajar en una botica y, aunque también se matriculó en Filosofía y Letras, no cumplió con la disciplina adecuada y dejó los estudios oficiales sin dejar por ello de formarse leyendo en las bibliotecas y comprando libros cuando podía; paralelamente, continuó su vocación literaria y también la política por medio de actividades revolucionarias con grupos de obreros anarquistas.

        Pero ahora aquí me importa más hablar de su obra literaria, aun reconociendo que tanto ésta como su vida personal y familiar siempre se vieron ligadas a su ideología política y gravemente afectada por ella (recordemos que él mismo sufrió encierro en un campo de concentración y posteriormente exilio en América, y que su primera esposa Amparo Barayón fue fusilada en Zamora y sus hijos quedaron desamparados durante un tiempo, hasta que él los recuperó en Bayona por medio de la Cruz Roja Internacional). 

          Tres de sus obras más importantes son: Míster Witt en el cantón (1935), sobre el movimiento cantonalista de Cartagena acaudillado por Roque Barcia, novela por la que recibió el Premio Nacional de Literatura. Réquiem por un campesino español (impreso antes en México como Mosén Millán en 1953, y luego con el título definitivo anterior en 1960),  novela corta pero muy intensa, sobre la que comentó el propio Sender: “resume toda la guerra civil nuestra, donde unas gentes que se consideraban revolucionarias lo único que hicieron fue defender los derechos feudales de una tradición ya periclitada en el resto del mundo".  


              Réquiem por un campesino español narra los sucesos más importantes de la vida de Paco el del Molino, así como la intriga, la venganza, el miedo y la ira a la que se ve sometido. Y las tres últimas novelas de su enealogía Crónica del alba (1942-1966), una obra autobiográfica y de aprendizaje que cuenta la infancia, adolescencia y compromiso político de un joven llamado José Garcés (recuérdese que Garcés es el segundo apellido de Ramón J. Sender), aunque la mejor novela sin duda es la primera de esas tres, cuyo título es precisamente Crónica del alba

          A continuación incluyo un fragmento de Réquiem por un campesino español (para muchos una de las mejores producciones literarias de Sender), cuya lectura puede ayudar a conocer un poco mejor el carácter y el compromiso moral de los dos protagonistas de la novela: Paco el del Molino y mosén Millán. Y también el ambiente precario, social y humano del pueblo donde ambos se han visto obligados a vivir.

     


               “Paco iba entonces a la casa del cura en grupo con otros chicos, que se preparaban también para la primera comunión. El cura los instruía y les aconsejaba que en aquellos días no hicieran diabluras. No debían pelear ni ir al lavadero público, donde las mujeres hablaban demasiado libremente. Los chicos sentían desde entonces una curiosidad más viva, y si pasaban cerca del lavadero aguzaban el oído. Hablando los chicos entre sí de la comunión, inventaban peligros extraños y decían que al comulgar era necesario abrir mucho la boca, porque si la hostia tocaba en los dientes, el comulgante caía muerto, y se iba derecho al infierno. 

           


        Un día, mosén Millán pidió al monaguillo que le acompañara a llevar la extremaunción a un enfermo grave. Fueron a las afueras del pueblo, donde ya no había casas, y la gente vivía en unas cuevas abiertas en la roca. Se entraba en ellas por un agujero rectangular que tenía alrededor una cenefa encalada. Paco llevaba colgada del hombro una bolsa de terciopelo donde el cura había puesto los objetos litúrgicos. Entraron bajando la cabeza y pisando con cuidado. Había dentro dos cuartos con el suelo de losas de piedra mal ajustadas. Estaba ya oscureciendo, y en el cuarto primero no había luz. En el segundo se veía sólo una lamparilla de aceite. Una anciana, vestida de harapos, los recibió con un cabo de vela encendido. El techo de roca era muy bajo, y aunque se podía estar de pie, el sacerdote bajaba la cabeza por precaución. No había otra ventilación que la de la puerta exterior. La anciana tenía los ojos secos y una expresión de fatiga y de espanto frío. En un rincón había un camastro de tablas, y en él estaba el enfermo. El cura no dijo nada, la mujer tampoco. Sólo se oía un ronquido regular, bronco y persistente, que salía del pecho del enfermo. Paco abrió la bolsa, y el sacerdote, después de ponerse la estola, fue sacando trocitos de estopa y una pequeña vasija con aceite, y comenzó a rezar en latín. La anciana escuchaba con la vista en el suelo y el cabo de vela en la mano. La silueta del enfermo -que tenía el pecho muy levantado y la cabeza muy baja- se proyectaba en el muro, y el más pequeño movimiento del cirio hacía moverse la sombra.”


     

jueves, 29 de enero de 2026

MICHAEL BOND

 


Antes de decir adiós al mes de enero, quiero recordar aquí al escritor británico Thomas Michael Bond, que también nació en enero de hace cien años (justo el 13 de ese mes) en Newbury, y que se hizo famoso por haber creado un personaje encantador para el público infantil y para los adultos que conserven dentro de ellos algo del niño o niña que fueron; me estoy refiriendo, como algunos ya deben estar figurándose, al Oso Paddington (así se titula una serie de libros que cuentan las historias del oso Paddington, llamado así porque en el primero de esos libros la familia Brown encuentra al oso en la estación de Paddington y acaba adoptándolo poniéndole el nombre de la estación), de cuya serie hablaremos enseguida. Antes oigamos lo que dice Michael Bond a propósito del origen de las historias de su oso: “En vísperas de la Navidad de 1956, compré un pequeño juguete. Lo vi abandonado sobre el estante de una tienda londinense y me dio pena. Me lo llevé a casa para regalárselo a mi esposa y al poco tiempo comencé a escribir algunas historias sobre el osito, más por diversión que con vistas a publicarlas. Al cabo de diez días, descubrí que había escrito un libro”.

Thomas Michael Bond fue un gran aficionado a los trenes desde que en Reading, donde vivió bastante tiempo, empezó a acudir frecuentemente a la estación de la localidad a ver pasar el Cornish Riviera Express. Éste es un tren de pasajeros que circula desde 1904 entre la estación de Paddington y la de Penzance (Cornualles), servicio que se suspendió durante las dos guerras mundiales.  Hablando de las principales guerras europeas del siglo XX, la Segunda Guerra Mundial  cogió a Michael Bondo trabajando en el despacho de un abogado y luego como ayudante de ingeniero en la BBC. En febrero del 43 sobrevivió a un ataque aéreo en Reading (el edificio en el que trabajaba se derrumbó, y decenas de personas murieron a causa de ello. Luego fue voluntario en la tripulación de la Real Fuerza Aérea, pero fue dado de baja por padecer mareos agudos y, finalmente, sirvió en el Ejército Británico hasta 1947. Tuvo dos esposas y dos hijos.

Aunque Michael Bond escribió otra serie de libros para niños, en los que narraba las aventuras de una cobaya llamada Olga da Polga, que llevaba el nombre de la mascota de la familia Bond, la serie de libros que le hizo mundialmente famoso fue la del Oso Paddington, que empezó a ver  la luz en 1958, con el título Un oso llamado Paddington, y acabó en 2018, con Paddington Turns Detective and Other Funny Stories; en medio aparecieron muchos  más, entre cuyos títulos, destacan, en 1973, El libro de cuentos de Paddington en Blue Peter» (a veces titulado “Paddington sale en la televisión”), Paddington en la cima ( 1974), Un día en el mar (1992), Paddington en el jardín ( 2001), Paddington y el gran viaje ( 2003)...

Leamos el principio del Capítulo Uno de More about Paddington (en castellano “Nuevas aventuras de Paddington”, Planeta, 2014), cuyo título es Un grupo familiar.

La casa de los Brown, en el número treinta y dos de Windsor Gardens, estaba sorprendentemente tranquila. Era un cálido día de verano, y toda la familia, con excepción de Paddington, quien había desaparecido misteriosamente poco después del almuerzo, estaba sentada en la galería disfrutando apaciblemente del sol de la tarde. Aparte del débil roce del papel conforme el señor Brown volvía las páginas de un enorme libro y el clic de las agujas de hacer punto de la señora Brown, el único sonido provenía de la señora Bird, el ama de llaves, mientras preparaba las cosas para el té. Jonathan y Judy estaban demasiado ocupados uniendo las piezas de un enorme rompecabezas para decir nada. Fue el señor Brown quien primero rompió el silencio. ¿Sabéis? —empezó a decir, dando una buena chupada a su pipa—. Tiene gracia, pero he mirado en esta enciclopedia una docena de veces y no se menciona a ningún oso como Paddington. Ni lo mencionará —exclamó la señora Bird—. Los osos como Paddington son muy raros. Y es mejor así, si me permiten decirlo; si no, nos costaría una fortuna en mermelada.

 


 

La señora Bird todo el tiempo estaba haciendo comentarios sobre la afición de Paddington por la mermelada, aunque siempre tenía un tarro de más en la despensa, por si acaso. De todos modos, Henry —dijo la señora Brown soltando su labor de punto—, ¿por qué has querido mirar eso de Paddington?. El señor Brown se retorció el bigote, pensativo ¡Oh, por nada! —contestó vagamente—. Me interesaba, eso es todo.

Tener un oso en la familia era una gran responsabilidad, especialmente un oso como Paddington, y el señor Brown se tomaba el asunto muy en serio.  La cosa es —dijo cerrando el libro de golpe—, que si se va a quedar con nosotros...¿Sí? —Hubo un coro de alarma del resto de la familia, por no mencionar a la señora Bird. —¿Qué demonios quieres decir, Henry? —preguntó la señora Brown—. Si Paddington se queda con nosotros... Claro que se queda. Tal como se ha quedado con nosotros —se apresuró a decir el señor Brown—. Hay un par de cosas que se me ocurren. Primero de todo he estado pensando en decorar para él la habitación libre. 

La propuesta recibió el asentimiento general.”

 


Nos vemos en febrero. A ver si entonces ya se ha despejado algo esta atmósfera rara mezcla de tristeza, incompetencia y decepción que sigue envolviendo nuestras vidas corrientes.

martes, 20 de enero de 2026

JACK LONDON

 


También otro 12 de enero pero del año 1876 nació el escritor norteamericano Jack London, por tanto podemos celebrar aquí los 150 años de su nacimiento en San Francisco, California, y recordar algunos datos suyos biográficos y literarios. Entre los primeros, conviene destacar el hecho de haber sido hijo del insigne astrólogo William Chaney, que sustituyó la práctica de la charlatanería sobre la astrología por un método más serio y riguroso. También que su educación fue absolutamente autodidacta pues se basó para ello leyendo en la biblioteca pública de San Francisco, y uno de esos libros fue la novela Signa, de la escritora Ouida, seudónimo de la novelista inglesa Marie Louise Ramé que, activista de los derechos de los animales (convivió siempre con cantidad de perros), escribió novelas, libros de niños y colecciones de relatos cortos. Signa, que cuenta la historia de un joven campesino italiano sin estudios escolares que alcanza fama como compositor de ópera, es el libro que inspiró a London el hecho de comenzar su labor literaria.


 

Jack London ejerció trabajos agotadores en un molino de yute y en una central eléctrica del ferrocarril y luego vagabundeó y sufrió prisión (en su novela The Road escribió a propósito: “La manipulación del hombre fue simplemente uno de los menores horrores no aptos de mención, para evitar ofensas morales, de la penitenciaría de Erie County. Digo que no es 'apto de mención'; y en justicia debo decir también 'inconcebible'. Eran inconcebibles para mí hasta que las vi, y no era un jovencito con respecto a la vida y los tremendos abismos de la degradación humana. Se requeriría de una caída en picado considerable para alcanzar lo más bajo de la penitenciaría de Erie County, y lo hago, pero rozo suave y chistosamente lo superficial de las cosas tal como las vi allí.” 

Vagabundo y marinero (en Typhoon off the coast of Japan relató sus experiencias como marino). También fue miembro de la Patrulla Pesquera de California. Tuvo dos esposas, dos hijas, un rancho... Fue acusado de plagiario, de racista... Podría decirse que su propia vida fue una novela, pero una novela en carne viva. Incluso su muerte sigue estando envuelta de dudas y misterios. ¿Tiene que ver con estas dudas y misterios el hecho de que el suicidio figure en no pocas novelas suyas? 

 


Ahora lo que nos interesa es hablar también de su labor literaria. Muchos son los libros que escribió Jack London, El lobo de mar, El Talón de Hierro, Martin Eden, La peste escarlata, El vagabundo de las estrellas, El valle de la luna, El motín del Elsinor... Pero los más famosos son La llamada de lo salvaje y Colmillo blanco son dos de sus novelas principales. La primera cuenta lo que vive Buck, un perro cruce de San Bernardo y Scotch Collie que lleva una buena vida en un rancho con su amo, el juez Miller, hasta que un empleado suyo, llamado Manuel, tras robarlo, lo vende para costear su adicción al juego y el caso es que los instintos salvajes de Buck despiertan cuando lo ponen a tirar de un trineo en el Yukón canadiense durante la fiebre del oro que tuvo lugar en el siglo XIX cercano al río Klondique, en la cual los perros de tiro se compraban a precios exorbitantes. A La llamada de lo salvaje se le ha tildado no pocas veces de novela juvenil, porque el protagonista es un perro, cuando el tono empleado por London es agrio y oscuro y el contenido de la novela está lleno de escenas crueles y violentas. 


Léase el fragmento que sigue, referido a la paliza que da a Buck uno de los hombres que se han hecho cargo de él tras venderlo Manuel al primer comprador: “...Después de un golpe especialmente feroz, sus patas vacilaron y quedó demasiado aturdido para atacar. Se tambaleó sin fuerzas, con sangre manándole de la nariz, la boca y las orejas, con el hermoso pelaje salpicado y con manchas de saliva ensangrentada. Entonces el hombre avanzó y deliberadamente le asestó un espantoso golpe en el hocico. Todo el dolor que había soportado Buck no fue nada en comparación con la intensa agonía de éste. Con un rugido de ferocidad casi leonina, volvió a lanzarse contra el hombre. Pero el hombre, pasándose el garrote de la derecha a la izquierda, cogió diestramente a Buck por debajo del maxilar inferior, dando al mismo tiempo un tirón hacia abajo y hacia atrás. Buck describió un círculo completo en el aire, para después golpear el suelo con la cabeza y el pecho. Atacó por última vez. El hombre descargó entonces el golpe que le había reservando durante toda la lucha y Buck se derrumbó y cayó al suelo sin sentido.” ¿Qué instintos primitivos no despiertan ante trato tan salvaje?

 

Colmillo blanco, por su parte, cuenta el camino hacia la domesticación de un perro lobo salvaje, y es un complemento de La llamada de lo salvaje, que habla, como acabamos de ver, de un perro doméstico que, por circunstancias adversas causadas por el hombre, se convierte en salvaje. La historia de Colmillo blanco empieza, antes del nacimiento del lobo, con dos hombres, Bill y Henry, y su equipo de perros de trineo que viajan por el Yukón canadiense para entregar un ataúd, y son atacados por una manada de lobos hambrientos. 

Leamos el texto siguiente que se refiere al momento en que la manada ha devorado a los perros de los trineos y a Bill, y los lobos han huido ante la llegada de nuevos trineos; sólo quedaba, malherido y agachado junto a la hoguera semiconsumida, Henry: 


“Se oían gritos humanos, traqueteo de trineos, crujir de guarniciones y ansiosos ladridos de los perros que luchaban por arrastrarlos. Eran cuatro los trineos que avanzaban desde el cauce del río, allá entre los árboles. Media docena de hombres se habían juntado ya alrededor del que estaba agachado en el centro de la moribunda hoguera, sacudiéndolo y obligándolo a salir de su modorra. Él les miró como si estuviera ebrio y masculló de un modo raro, soñoliento aún, estas palabras: --La loba roja... Se metía entre los perros a la hora de darles su ración... Primero se la comía ella. Luego se comió a los perros... Y finalmente a Bill... --¿Dónde está lord Alfred? --le gritó junto al oído uno de los hombres, al mismo tiempo que lo sacudía bruscamente. Él movió lentamente la cabeza en ademán negativo y dijo: --No, a él no se lo comió... Él descansa izado allá en un árbol del último sitio en que acampé. --¿Muerto? --Y en su ataúd --contestó Henry. Forcejeó con aire petulante hasta zafarse de la mano con que le tenía cogido el hombro el que hacía las preguntas, y murmuró: --¡Ea, déjeme tranquilo...! Estoy rendido... Buenas noches, señores. Sus ojos parpadearon un poco y se cerraron. Incluso mientras le colocaban más cómodamente sobre el montón de mantas, resonaban sus ronquidos en el aire helado. Pero otro ruido se oyó también. Lejos, a gran distancia, apagado, resonaba el aullido de la hambrienta manada, que comenzaba a seguir la pista de otra caza, de otra carne distinta de la del hombre que acababa de escapársele.”

Además de novelas, Jack London es autor de varias colecciones de cuentos, como The Son of the Wolf, The Turtles of Tasman, Smoke Bellew Tales of the Fish Patrol (Cuentos de la patrulla pesquera), compuesta por siete relatos breves cuyos títulos son: Blanco y amarillo, El Rey de los Griegos, Incursión contra los ostreros furtivos, El asedio del "Reina de Lancashire", El "golpe" de Charley, Demetrios Contos y Pañuelo Amarillo. Publicados en 1905, tratan del trabajo de los patrulleros en la Bahía de San Francico a principios del siglo XX llevado a cabo contra de los pescadores furtivos. Destacan en ellos las descripciones de peleas a puñetazos, las persecuciones en barco y, especialmente, la dura vida de los pescadores, la injusticia social y la ley del más fuerte. Así comienza Blanco y amarillo, el primer relato de Cuentos de la patrulla pesquera:

 "Las aguas de la bahía de San Francisco contienen todo tipo de peces; por eso surcan sus aguas las quillas de todo género de pesqueros, tripulados por todo género de pescadores. Para proteger a los peces contra esta abigarrada población flotante se han dictado muchas leyes acertadas y existe una patrulla pesquera que se encarga de que esas leyes se cumplan. Entre los más  osados de esos pescadores cabe incluir a los camaroneros chinos. Los camarones tienen la costumbre de deslizarse por el fondo en grandes ejércitos hasta llegar al agua dulce, donde se dan la vuelta y regresan deslizándose al agua salada. Y cuando la marea se vacía y refluye, los chinos echan al fondo grandes redes con la boca abierta en las que van metiéndose los camarones y de las cuales pasan a la olla. Esto no tendrÌa nada de malo en sí de no ser por lo tupida que es la malla de las redes, tan tupida que por ella no pueden salirse los pececitos mis pequeños, los recién nacidos que no miden ni medio centímetro de largo."


 

lunes, 12 de enero de 2026

AGATHA CHRISTIE

         


               Mientras el mes de enero avanza y con él el año 2026 detengo el tiempo para dedicar un recuerdo a Agatha Christie, cineasta británica, que había nacido el 15 de septiembre de 1890 en Torquai y fallecido en Winterbrook el 12 de enero de 1976. Es decir, que  hoy hace 50 año dejó de escribir historias de asesinos y malhechores de todo tipo y detectives y policías cada cual más carismáticos. Y de inspirar a decenas de cineastas y dramaturgos a realizar filmes y dramas igualmente apasionantes. Detectives: Miss Marple, Poirot, el coronel Race, el superintendente Battle, Tommy y Tuppence, Harley Quin y su socio, el señor Satterthwaite, Parker Pyne y Ariadne Oliver.; novelas, y filmes y dramas basados en ellas: Asesinato en el Orient Express, Diez negritos. Muerte en el Nilo... 
 

          Y hoy quiero aquí homenajear a la novelista que ha entretenido muchas horas de nuestras vidas con  sus historias. Para ello hay que comenzar hablando de su personalidad, fuerte, decidida, tenaz, disciplinada, perseverante. Por boca de Miss Marple, su alter ego, Agatha Christie dijo: “Aprendí que no se puede dar marcha atrás, que la esencia de la vida es ir hacia adelante. La vida, en realidad, es una calle de sentido único.” Agatha Christie mostró siempre intereses culturales de importancia universal, desde la literatura y el arte hasta la medicina y las ciencias pasando por la historia, la religión y la arqueología. 



         Ya lo dijo una vez: “El atractivo del pasado vino a mí para aferrarse. Para ver una daga lentamente apareciendo, con su resplandor de oro, a través de la arena. El cuidado al levantar potes y objetos de la tierra me llena de un anhelo de ser arqueóloga por mi cuenta.” Respecto al deseo de ser arqueóloga queda bastante justificado por el hecho de que su marido fue arqueólogo. Y eso ocurrió en un viaje a las excavaciones de Ur en 1930, durante el cual conoció a su futuro marido, Max Mallowan, un arqueólogo distinguido cuya fama como autor prevaleció sobre la de ella hasta ese momento. Antes de comprometerse con él, la novelista no había tenido un contacto importante con la arqueología, pero una vez casados, la pareja procuró ir a sitios donde pudieran trabajar juntos. 

     


        Paralelamente a sus intereses culturales, que merecen toda mi admiración, no puedo evitar descubrir ciertas obsesiones de creador literario, las cuales son igualmente lícitas en la personalidad de un escritor, cualquiera que sea el género que cultiva principalmente. Lo que digo tiene que ver con algunos personajes creados por Agatha Christie. Suele mencionarse el caso del detective belga Hercule Poirot, cuya primera aparición tuvo lugar en uno de los primeros libros de la escritora, El misterioso caso de Styles, publicado en 1920, y que fue el protagonista de más de treinta novelas. No era raro, pues, que se cansara del famoso detective (creo que le pasó lo mismo a Arthur Conan Doyle con su criatura estelar Sherlock Holmes), ya que a finales de los años 30 llegó a escribir en su diario que lo encontraba insufrible; sin embargo, siempre se resistió a dejarlo porque, según dijo, ella se había considerado siempre “una artista cuyo trabajo consistía en producir lo que al público le agradaba”. 


      A propósito de lo anterior conviene hablar también de Miss Marple, ya que Agatha Christie no quiso nunca que ambos aparecieran en la misma novela y lo justificó afirmando: “Estoy segura de que no les agradaría encontrarse. A Hércules Poirot no le gustaría que le expliquen cómo hacer las cosas, o que una vieja solterona le haga sugerencias”. Finalmente, conviene añadir que Poirot es el único personaje de ficción que tuvo una esquela en el periódico
The New York Times tras su última aparición en Telón. Después del éxito de ese libro, la escritora dio permiso para publicar Un asesinato dormido a comienzos de 1976. Agatha Christie, sin embargo, murió antes de su publicación.


                Para cerrar este recuerdo dedicado a la dama del cine negro británico podría venir bien leer juntos un fragmento de
Telón:

En Styles vi de nuevo a aquel hombrecillo extraño que se llamaba Hércules Poirot, a quien había conocido antes en Bélgica. ¡Qué bien recuerdo mi desconcierto al contemplar la figura cojeante del gran bigote, deslizándose calle arriba! ¡Hércules Poirot! Desde aquellos días había sido el más querido de mis amigos. Su influencia había moldeado mi existencia. En su compañía, lanzados a la caza de otro asesino, yo había conocido a mi esposa, la más cordial y dulce de las mujeres. Descansa ahora en tierra argentina. Murió tal como ella hubiera podido desearlo, sin prolongados sufrimientos, sin ser presa sucesivamente de las debilidades de la vejez. Pero dejó aquí un hombre que se sentía muy solo y desdichado. ¡Ay, si yo pudiera volver atrás, desandar lo andado, vivir la vida de nuevo! Si aquél hubiera podido ser el día del año 1916 en que por vez primera me dirigí a Styles... ¡Cuántos cambios habían tenido lugar desde entonces! ¡Cuántos huecos se advertían entre los rostros familiares! El mismo Styles había sido vendido por los Cavendish. John Cavendish había muerto. Su esposa, Mary, aquella fascinante y enigmática criatura, vivía en Devonshire. Lauren habitaba en África del Sur, en compañía de su esposa e hijos. Cambios... Notaba cambios por todas partes. Pero había una cosa que era la misma: me dirigía a Styles para reunirme con Hércules Poirot. Esto resultaba raro.”




lunes, 5 de enero de 2026

LA MAGIA DE "MISERICORDIA"

 





1

No me refiero a la magia de la técnica narrativa que emplea don Benito en Misericordia, una de las mejores novelas de su producción literaria, que la hay a raudales y no es necesario demostrarlo, sino al propio tema de la magia, brujería, demonología, supersticiones, etcétera, que aparece a lo largo de sus páginas, centrado concretamente en dos de sus capítulos, el XII y el XXV. En el XII cuando el mendigo ciego marroquí Almudena le dijo a su íntima amiga y protagonista de la obra Benigna (Benina para él y para los pobres que la rodean en torno a la iglesia de San Sebastián de Madrid) “con extraordinaria gravedad y tono de convicción profunda (...) que todos los dinerales de D. Carlos podían ser de ella, si quisiera.” 


Pero es mejor que comencemos por el principio. Benina, mientras camina por la calle de las Urosas en busca de Almudena piensa así de la condición humana del ciego: “El demontre del viejo no puede hacer más que lo que le manda su natural. Válgate Dios: si cosas muy raras cría Nuestro Señor en el aquel de plantas y animales, más raras las hace en el aquel de personas. No acaba una de ver verdades que parecen mentiras... En fin, otros son peores que este D. Carlos, que al cabo da algo, aunque sea por cuenta y apuntación... Peores los hay, y tan peores... que ni apuntan ni dan...” Recordemos que el tal Don Carlos representa en Misericordia la caridad burguesa y superficial, al contrario de Benina, que encarna la caridad profunda y verdadera (la misericordia en la novela para decirlo de una vez); Don Carlos reparte limosnas con sus "perras" a los pobres a la entrada de la iglesia mencionada al principio, pero su acto es más un ritual que un compromiso genuino, un ejemplo de la moralidad exterior de la sociedad madrileña de la época. 


Y seguimos el hilo de nuestra aportación al título de este modesto ensayo o lo que sea. Benina encuentra a Almudena en la calle de la Encomienda y le da un duro de los dos que le había dado Don Carlos, como le había prometido; luego juntos van al café de la Cruz del Rastro, al que el ciego suele ir a menudo a tomar unos “vasos de a diez céntimos”, y mientras los toman, “el ciego le contó las barrabasadas de su compañera de vivienda, y ella su entrevista con D. Carlos, y el ridículo obsequio del libro de cuentas y de los dos duros mensuales”. Salen a relucir los bienes innumerables de Dos Carlos Trujillo y la miseria en que viven “tantos y tantos que andan por estas calles de Dios ladrando de hambre.” Y es cuando Almudenilla (así llama cariñosamente Benina al ciego marroquí) le dijo que todos los dinerales de D. Carlos podían ser de ella, si quisiera. Entonces ella, sin creerse que eso fuera posible, le dijo: “Lo creeré, si me explicas cómo ha de ser ese milagro.” Entonces interviene el narrador (el propio don Benito) diciéndole al lector que Benina era muy supersticiosa y se creía todas las historias sobrenaturales que le contaban; y añade: “la miseria despertaba en ella el respeto de las cosas inverosímiles y maravillosas (…). Un poco de superstición, un mucho de ansia de fenómenos estupendos y nunca vistos, y otro tanto de curiosidad, la impulsaron a pedir al marroquí explicaciones concretas de su ciencia o arte de magia.” A lo que Almudena le respondió que “todo consistía en saber el arte y modo de pedir lo que se quisiera a un ser llamado Samdai.” Interesada Benina por saber quién era el tal Samdai, Almudena le dice que es un Rey que vive bajo tierra.


 Entonces Benina deduce que debe tratarse del diablo, a lo que el ciego la corrige diciéndole que es un Rey bonito, añadiendo que si ella lo llama vendrá y le dará todo lo que le pida. Es el momento en que Benina formula las preguntas cuyas respuestas quiere saber, que son las tres siguientes: “¿Y qué se hace para llamarlo?” ¿Y no me pasa nada por hacerlo?” “¿No me condeno, ni me pongo mala, ni me cogen los demonios?” Y oídas las respuestas, que satisfacen su seguridad, Benina pasa a la acción: “¿Podemos hacerlo ahora?” Y aparece el primer requisito mágico cuando Almudena le dice que sólo puede hacerse a las doce de la noche, lo cual representa el primer obstáculo para Benina: “¿Y cómo salgo yo de casa a media noche?” Pero le dura poco ya que el bien que puede obtener es superior al obstáculo y cede: “Bueno: ¿qué hay que hacer?” 


Y Almudena empieza a enumerar nuevos requisitos mágicos: comprar un candil de barro sin hablar porque si se habla no funciona la magia, hacerse, sin hablar también, con una olla de barro con siete agujeros, ni uno más ni uno menos (puede servir en vez de la olla un tostador de los que usan las castañeras pero que tengan sólo siete agujeros), procurarse un palo de laurel (lo tenía un vendedor de garrotes de un puesto junto a las Américas) y sin decir palabra igualmente; y Benina, tras considerar esos requisitos mágicos, seguía cediendo, y Almudena, a lo suyo: reunidas estas cosas, había que poner al fuego el palo hasta que prendiera bien, y esto había que hacerlo el viernes a las cinco en punto; si no, la magia no funcionaba, y el palo debía arder hasta el sábado, y a las cinco en punto debía meterse en el agua siete veces ni una más ni una menos, y todo callandito. 


Y Benina asintiendo pacientemente. Y Almudena dale que dale al formulario mágico: al palo había que vestirlo con ropas de mujer, como una muñeca, y bien vestidito se le arrimaba a la pared, en pie; y delante de él había que colocar el candil de barro, encendido, y taparlo con la olla para que sólo se viese salir su luz por los siete agujeros, y a corta distancia había que poner la cazuela con lumbre para echar los sahumerios. Y entonces había que empezar a decir la oración una y otra vez con el pensamiento, porque hablada no valía. Y así debía permanecer la persona, viendo subir el humo del benjuí, y mirando la luz de los siete agujeros, hasta que a las doce... Y Benina se sobresaltó diciendo: “¡Y al dar las doce campanadas viene... sale, se me aparece!” Y Almudena asintió diciendo que el Rey salía de debajo de la tierra y ella debía pedirle lo que quisiera, que él se lo daría. Y entonces Benina, dudando, preguntaba al ciego: “Almudena, ¿tú crees eso? ¿Cómo es posible que ese señor, sin más que las cirimonias que has contado, me dé a mí lo que ahora es de Don Carlos Trujillo?”  Y Almudena le animaba a seguir con la magia, y Benina, con sus dudas: “Pero con tanto requesito, si una se descuida un poco, o se equivoca en una sola palabra del rezo mental...” Y Almudena, erre que erre, pidiéndole mucho cuidado en el rezo de la oración. Y Benina cediendo al fin a rezarla. Y Almudena pidiéndole que repitiera las palabras siguientes: “Semá Israel Adonai Elohino Adonai Ishat...” Y la pobre Benina, estallando: “Calla, calla: en la vida digo yo eso sin equivocarme. Como no sea castellano neto yo no atino... Y también te aseguro que tengo mieditis de esas suertes de brujería... quita, quita... Pero ¡ah! ¡si fuera verdad, qué gusto, cogerle a ese zorrocloco de D. Carlos todo su dinero... amos, la mitad que fuera, para repartirlo entre tantos pobrecitos que perecen de hambre!... Si se pudiera hacer la prueba, comprando los cacharros y el palitroque sin hablar, y luego... Pero no, no... cualquier día iba a venir acá ese Rey Mago... 


También te digo que suceden a veces cosas muy fenómenas, y que andan por el aire los que llaman espíritus o, verbigracia, las ánimas, mirando lo que hacemos y oyéndonos lo que hablamos. Y otra: lo que una sueña, ¿qué es? Pues cosas verdaderas de otro mundo, que se vienen a este... Todo puede ser, todo puede ser... Pero yo, qué quieres que te diga, dudo mucho que le den a una tanto dinero, sin más ni más. Que para socorrer a los pobres, un suponer, se quite a los ricos medio millón, o la mitad de medio millón, pase; pero tantas, tantismas talegas para nosotros... no, esa no cuela.” Y sin embargo, Benina volvió a decir lo de “Yo no te digo que no sea posible... y si supiera yo hacer la prueba, la haría, con mil pares...” y otra vez cedió pidiéndole al marroquí que le repitiera la receta de lo que tenía que comprar sin hablar. Y su amigo el ciego, tan paciente como ella, le repitió “las fórmulas y reglas del conjuro, añadiendo descripción tan viva y pintoresca del Rey Samdai, de su rostro hermosísimo, apostura noble, traje espléndido, de su séquito, que formaban arregimientos de príncipes y magnates, montados en camellos blancos como la leche, que la pobre Benina se embelesaba oyéndole, y si a pie juntillas no le creía, se dejaba ganar y seducir de la ingenua poesía del relato, pensando que si aquello no era verdad, debía serlo. ¡Qué consuelo para los miserables poder creer tan lindos cuentos! Y si es verdad que hubo Reyes Magos que traían regalos a los niños, ¿por qué no ha de haber otros Reyes de ilusión, que vengan al socorro de los ancianos, de las personas honradas que no tienen más que una muda de camisa, etcétera”.



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Algo similar vemos en el Capítulo XXV de Misericordia, habido entre los dos inseparables amigos, el cual parece recordarnos lo sucedido en el Capítulo XII, pues inicia su andadura como sigue: “No desistía el apasionado marroquí de ganar la voluntad de la dama (que así debemos llamar a Benina en este caso, toda vez que como tal él la veía con los ojos de su alma); y conociendo que los medios positivos eran los más eficaces, y que antes que las razones con que él pudiera expugnarla la rendiría su propia codicia y el anhelo de enriquecerse, se arrancó con otro sortilegio, producto natural de su sangre semítica y de su rica imaginación. 


Díjole que entre todos los secretos de que por favor de Dios era depositario, había uno que no pensaba confiar más que a la persona que fuese dueña de todo su cariño; y como esta persona era ella, la mujer soñada, la mujer prometida por el soberano Samdai, a ella sola revelaba el infalible procedimiento para descubrir los tesoros soterrados.” ¿En qué consistía tal sortilegio? ¿Acaso esta vez aceptará Benina llevarlo a cabo? ¿O de nuevo ocurrirá que Benina no dé crédito a tales historias, pese a que como siempre acabará escuchando embelesada el relato que Almudena le va a hacer? Efectivamente, tal como piensa el lector Benina no perdió sílaba del relato que Almudena le hizo. El narrador dice: “La cosa era muy sencilla, pintada por el ciego marroquí, aunque las dificultades prácticas para llegar a producir el mágico efecto saltaban a la vista. La persona que quisiera saber, siguro, siguro, dónde había dinero escondido, no tenía más que abrir un hoyo en la tierra, y estarse dentro de él cuarenta días, en paños menores, sin otro alimento que harina de cebada sin sal, ni más ocupación que leer un libro santo, de luengas hojas, y meditar, meditar sobre las profundas verdades que aquellas escrituras contenían...” Lógicamente la misericordiosa Benina pone en duda lo que ha oído: “¿Y eso tengo que hacerlo yo? ¡Apañado estás! ¿Y ese libro está escrito en tu lengua? Tonto, ¿cómo voy a leer yo esos garrapatos, si en mi propio castellano natural me estorba lo negro?” Y al decirle Almudena que será él quien leerá el libro, ella, escamada, dice: “Pero en ese agujero bajo tierra, que será la casa de los topos, ¿podemos estar los dos?” Y añde con sorna: “Y para poder ver bien la letra de ese libro llevarás antiparras de ciego...” 


Pero él, erre que erre, replicándole que el libro se lo sabe de memoria y añadiendo los pasos siguientes de la operación mágica del sortilegio: “...pasados los cuarenta días de penitencia, terminaba por escribir en un papelito, como los de cigarro, ciertas palabras mágicas que él sabía, él solo; luego se soltaba el papelito en el aire, y mientras el viento lo llevaba de aquí para allá, ella y él rezarían devotamente oraciones mochas, sin quitar los ojos del papel volante. Allí donde cayese, se encontraría, cavando, cavando, el tesoro soterrado, probablemente una gran olla repleta de monedas de oro.” La cuestión es que Benina, aunque mostró su incredulidad soltando la risa, “alguna huella dejaba en su espíritu la nueva quisicosa para encontrar tesoros” añadiendo seriamente que no creía que hubiese dinero enterrado en el campo y concluyendo: “Puede que en tu tierra se den esos casos; pero lo que es aquí... donde lo tienes es en los patios, en las corraladas, debajo del suelo de las leñeras, almacenes y bodegas, y, si a mano viene, empotrado en las paredes...” Y luego la novela coge otra dirección donde queda de manifiesto las intenciones, digamos, amorosas, de Almudena, que abarcaría otro comentario diferente a éste. Si el que lee estas líneas está interesado en lo que ocurre a continuación en Misericordia, sólo tiene que leerla.


Feliz 2026