Querido río Duero:
Tu nombre siempre estará ligado a la ciudad y al barrio en que nací y me crié. El ruido maternal de tu corriente fluye incesante en mi memoria y siempre te querré aunque tus crecidas y riadas de enero fueran en mi infancia signo de miedo cuando las casas se inundaban hasta el primer piso y los muebles se convertían en barcos que bogaban a la deriva por doquier.
Sin embargo, en verano, río Duero, hacías las delicias de las familias que vivíamos en tus márgenes, de tal modo que rara era la tarde en que al aflojar los rigores calurosos de la estación no bajara nuestra familia a cenar a alguna yerbera tuya, especialmente a la pradera más cercana a las aceñas. Con la estampa a la vista de una de las cuatro hermanas, la más molinera de todas, moviendo la rueda a impulsos de tus aguas y escuchando los resuellos de tu esfuerzo, nuestra madre extendía una manta sobre la yerba y sobre ésta la cena, sencilla pero completa, la sandía, las carnes empanadas, los pimientos fritos… todo aquel alimento parecía exigirnos con urgencia que diéramos buena cuenta de ello.
Y a un aviso del ama y alma de la casa y del hogar, nos poníamos a cenar como dioses bajo el techo azul del cielo, mientras hablábamos con buen humor y nos contábamos las anécdotas que cada uno de nosotros habíamos vivido durante la jornada y notábamos que la luz de la tarde, ya puesto el sol, se iba apagando mientras sobre nuestras cabezas en el palio de la cercana noche iban apareciendo las primeras estrellas. Y casi siempre la reunión al aire libre acababa con la voz de nuestro padre contándonos sucesos de su familia cuando era niño. Y tú, finalmente, río Duero, ponías broche de oro a nuestra cena campestre, acompañando nuestro regreso a casa con tu incesante sonido camino del Puente de Piedra.
También en verano te prestabas a jugar con nosotros, los más pequeños del barrio, cuando nos bañábamos en tus aguas frías y cristalinas, a veces junto a las islas y otras bajo los arcos del Puente, y no puedo evitar recordar con emoción a veces y ternura y miedo, las palabras que me decía mi madre antes de salir de casa con la merienda que ella me había preparado: “Hijo, dale un bocado grande delante de mí.” Así se aseguraba de que aquella tarde no me iba a bañar y se quedaba tranquila. Pienso ahora con un tremendo escalofrío en aquellos muchachos que perdieron la vida en tus aguas profundas por la imprudencia propia de nuestra edad. Y me refugio en el recuerdo amable de los fuegos artificiales que el Ayuntamiento llevaba a cabo sobre tus aguas milagrosamente iluminadas en la fiesta de San Pedro. Y es que con la llegada del nuevo día, muy temprano bajábamos un grupo de amigos a tus orillas a rebuscar restos de pólvora no quemada para escribir en el pretil de los vencejos nuestros nombres y prenderles fuego; y allí quedaban grabados todo el año, hasta las siguientes fiestas de San Pedro, en que volvíamos a repetir la operación.
Los veranos, gracias a ti, querido río Duero, eran infinitos junto al paso poderoso de tus aguas, parecían no acabarse nunca, como los partidos de fútbol que jugábamos alineados en dos equipos: el Barça y el Madrid. Partidos que duraban hasta que oíamos las voces de nuestras madres llamándonos para cenar, cuando ya ni veíamos la pelota ni las piernas de nuestros contrarios, que se habían convertido, por la magia de la noche y el ardor de la competición, en frontones de nuestras patadas. Partidos de fútbol que, todo hay que decirlo, jugábamos con sandalias de goma para podernos meternos en tu corrientes sin dilaciones innecesarias cada vez que la pelota, en chutes sin diana, rebasaba los límites de la yerbera y navegaba a la deriva hacia el primer arco del Puente. Por unas cosas o por otras, tú, río Duero, fuiste siempre testigo de nuestras vidas y nuestras andanzas. Lo mismo que sigues siéndolo de la historia y la intrahistoria vital de nuestro barrio y nuestras familias. Gracias por todo ello, río Duradero.
Por el Puente van y vienen
al pasado y al presente
todos los buenos recuerdos
que mi existencia entretejen:
son recuerdos de aquel tiempo
que a pesar de que no vuelve
forman parte ya del cuerpo,
del corazón y la mente.

































