miércoles, 3 de junio de 2026

PROSA Y VERSO PARA EL VERANO (i)




El verano ya está aquí
y todos lo viviremos
en la playa o en la montaña
junto a los que bien queremos;
y así el verano será
como mejor deseemos.
 
 
 
 
PROSA. MICRORRELATOS

 

BRUJAS

Medianoche. Algo despertó al pescador que dormía en su barca cubierto de redes en un rincón. Por un roto vio cuatro mujeres sentadas al otro extremo. Una dijo: “Para cuatro, ponte en alto.” La barca no se movió. La mujer preguntó a las otras: “¿Alguna está preñada?” Silencio. La mujer dijo: “Para cinco, ponte en vilo.” La barca se levantó y empezó a volar. El hombre, muerto de miedo, exclamó: “¡Santo Dios!” Al instante la barca regresó a la playa. Las mujeres, vueltas en grajos, desaparecieron.

 


NUBE TÓXICA 

Después de abrirme paso entre escombros y raíces por espacio de un tiempo que se me hizo eterno y tras dejarme en mi agónica ascensión varias falanges de los dedos, por fin logré salir a la superficie de la tierra. Pero mi locura alcanzó límites indeseables cuando, al querer abrir desesperadamente la boca desesperadamente para poder respirar, no reparé en el hecho de que a escasos metros de mi salida triunfal a la vida se levantaba un poste con un letrero clavado en su extremo que decía: PELIGRO. NUBE TÓXICA. Milagrosamente, seguía sonando en mi transistor un villancico navideño, aunque yo ignoraba si iba a poder escuchar una vez más su estribillo: “Pero miran cómo beben los peces en el río,/ pero mira cómo beben por ver al Dios nacido.” Empezaban a caer los primeros copos de nieve de la temporada. 

 


¡ÁNIMO!

 Sé que te encuentras desanimado, que a veces sientes que a tu árbol humano el rayo del miedo le ha desgajado una rama importante. A mí me pasa lo mismo ante este castigo que sufre el mundo. Muchas familias están sufriendo experiencias como las nuestras. Pero hemos de hacer lo que dice la canción: aguantar los golpes que nos dé este mal tiempo que vivimos, y ser “como el junco, que se dobla” con el viento “pero sigue siempre en pie”. Por si te sirve de consuelo, recuerda tu bonsai: ha sufrido su invierno y ha perdido sus hojas; y, sin embargo, ahí sigue, firme en su tiesto, convencido de que pronto la primavera volverá a vestir sus brazos y hará otra vez realidad su humilde sueño. Dices que eres mayor y que esta situación de vivir en primera línea te descorazona. La vejez a veces nos hace ver las cosas como desde un tren que avanza lentamente. Pero marcha con nosotros dentro, que es lo que importa. Es verdad que nuestro tren atraviesa ahora un paisaje humano desolador, pero pronto la luz de la calma y la salud volverá a brillar en él, como en tu bonsai. ¡Ánimo, ya falta menos! 

 

LOS LADRONES INCULTOS

Cuando los ladrones entraron a saco en el estudio de Ramón Gómez de la Serna arramblaron con todo lo que tenía algún valor, pero se olvidaron de llevarse en su botín un viejo sombrero arrinconado y cubierto por un montón de papeles y periódicos que la humedad había echado a perder. Los ladrones no entienden de recuerdos ni de literatura. Si hubiera sido así, habrían sabido al instante que aquel sombrero había protegido durante un tiempo la prodigiosa cabeza de don Antonio Machado, el poeta andaluz que se enamoró de Castilla. Pero no fue eso sólo lo que se perdieron los ladrones incultos, y es que, enganchado al forro del sombrero de don Antonio Machado, permanecía un gemelo, huérfano de su pareja, un gemelo que había adornado el puño de la camisa de Valle-Inclán, el inventor de las Sonatas, hasta que provocó, desgraciadamente, la pérdida del brazo de su dueño tras infectarse la herida que el bastonazo de un periodista atrabiliario le había asestado durante una pelea de café. 

 


EL PAÑUELICO ONDEA EN NUESTRO CUELLO

Mira, Chema, acabo de llegar a Pamplona en plena efervescencia de los Sanfermines y no te oigo bien por el móvil; así que escucha bien lo que voy a decirte. Seré lo más breve posible. Estoy hospedado con unos cuantos amiguetes en una fonda cercana a las Plaza Mayor y anoche estuvimos hasta las tantas liados con tapas y chiquitos, y andamos todos un poco groguis. Pero ya estamos en la calle dispuestos a realizar una nueva carrera. Dicen aquí al lado que ya han dado el chupinazo de salida, de modo que de aquí a un par de minutos pasarán a nuestra altura los toros en su carrera frenética hacia la plaza. Luis es el que peor está por los excesos de anoche y todos le decimos que se quede tras las vallas, que ya haremos por él la carrera los demás. El follón es de los que sólo se viven una vez, y a unos metros ya aparecen los primeros corredores. Chema, tengo que colgar. Ya te contaré más tarde cómo ha ido. Espero que no salga ninguno revolcado; preparados estamos todos y el pañuelico ondea en nuestro cuello animándonos a correr. Hasta más tarde. 

 


 EL PAÑUELO

 Querida madre: No te asustes cuando Iñaqui te entregue mi pañuelo y estas cuatro palabras que lo acompañan. Él te dirá qué ha ocurrido. Cuando esta mañana me lo anudé al cuello antes de iniciarse la carrera, me dije a mí mismo que ésta sería la última vez que me ponía delante de un toro, pasara lo que pasara. Quiero mucho a San Fermín y lo que significa para nuestra tierra cuando se acerca el 7 de julio. El abuelo corrió, papá corrió y yo quería seguir los pasos de uno y otro. Pero tu padecimiento puede más que la afición de la familia y la mía. Así que no te preocupes porque tu hijo verá los toros desde la barrera. 

 

EN TRES MINUTOS HABRÁ PASADO TODO

En tres minutos habrá pasado todo. Tras el chupinazo que despierta de golpe a la mañana, una avalancha de acontecimientos trepidantes se desencadenará por unas pocas calles de Pamplona y los cinco sentidos se pondrán en alerta: voces y cánticos de la gente que observa la carrera desde las estacadas, gritos de los mozos que corren entre los astados avisando del peligro; olores a pólvora, a sudor, a vino…; llamativos colores que se mueven a una velocidad de vértigo entre la franja intocable del cielo y el castigado pavimento; sabores extremos que van desde el hierro en la punta de la lengua causado por el miedo y la adrenalina, hasta el dulzor de los churros con chocolate del atropellado desayuno; choques, tropezones, topadas de los toros, caídas… En tres minutos habrá acabado la carrera, y con ella todas las vitales emociones que buscaban los protagonistas de la fiesta. ¡Y qué pena que yo no haya podido atarme al cuello el pañuelico rojo, correr entre los mozos, sentir las frías astas de los toros rozarme la camisa…! ¡Qué pena que, como siempre, tenga que velar por la buena suerte de los corredores! ¡Qué pena que yo sólo sea el ángel de los Sanfermines!


 


¡FELIZ VERANO!

 

 

 



 
 
 
 

sábado, 23 de mayo de 2026

MEMORIAS DE UN JUBILADO Una clase de Literatura

 


        Nuestro profesor de Literatura de la Facultad, nada más empezar la clase, pidió a varios alumnos de la primera fila que repartiera entre los que habíamos venido los folios impresos que había traído. A continuación leyó unos versos de su libro para que siguiéramos su lectura en los impresos que teníamos delante y, cuando terminó de leer, cerró el libro, lo dejó sobre la mesa y bajó de la tarima para encararse con todos nosotros y formularnos la siguiente pregunta:

      “¿Quién de ustedes podría decirme a qué clase de subgénero lírico pertenecen los versos que les acabo de leer?

      La respuesta que recibió fue un silencio de diccionario (esas eran las palabras que solía decir en ocasiones parecidas: "Silencio de diccionario"). Entonces dijo: 

     “En vista de que al parecer ninguno de ustedes lo sabe, les rescataré de su ignorancia. Los versos que han oído forman parte de una composición lírica llamada anacreóntica; habrán notado que ensalzan el vino y el gozo de beber; en otros casos, además de cantar el vino, la anacreóntica canta otros placeres de la vida, como la felicidad, el hedonismo, el amor...” Hizo una pausa para consultar la hora y añadió: “Ahora les toca a ustedes leer por su cuenta el poema que les he entregado impreso al entrar y redactar un pequeño artículo que tenga algo que ver con la identidad del vino, que no exceda de un folio. Tienen de tiempo lo que queda de clase. Pueden empezar.”

     


       A mí siempre me ha gustado saborear el licor favorito de Baco algo más que el mero leer a Anacreonte; pero afrontando el trabajo que me esperaba, he de confesar que prefiero recordar lo que alguno de nuestros clásicos de ayer y de hoy escribieron a propósito del rico jugo de la cepa, ¡que quede claro! Uno de ellos, perteneciente al Siglo de Oro de nuestra Literatura, cuyo nombre fue Baltasar del Alcázar, lo definió así: “con dos tragos del que suelo / llamar yo néctar divino, / y a quien otros llaman vino / porque nos vino del cielo”. Y en otro sitio dejó escritos estos versos que nuestro profesor de Literatura del Instituto de Zamora, el ilustre  don Ramón Luelmo, nos hizo querer: “Comience el vinillo nuevo, / y échole la bendición; / yo tengo por devoción / de santiguar lo que bebo. / Esto, Inés, ello se alaba, / no es menester alaballo; / sólo una falta le hallo, / que con la priesa se acaba.”

   


    Y disparada mi imaginación por los versos de Baltasar del Alcázar, me trasladé en vuelo nostálgico a mi tierra zamorana, dos de cuyas comarcas más celebradas llevan los nombres de Comarca del Pan y Comarca del Vino, que me recuerdan el sabio refrán “Con pan y vino se anda el camino” (que, a su vez me evoca lo que el primer poeta de nombre conocido en nuestra Literatura, Gonzalo de Berceo, natural de La Rioja para más señas  (por cierto, famosa comarca por sus caldos), escribió en una de sus cuadernas vías:  “Quiero fer una prosa en román paladino/ en la cual suele el pueblo fablar a su vecino, / ca non so tan letrado por fer otro latino. / Bien valdrá, como creo / un vaso de bon vino.") 

     


        Volviendo a mi tierra, traigo a colación a otro poeta clásico, éste del siglo XX, paisano mío que ganó el premio Adonais de poesía con un libro titulado Don de la ebriedad. Me refiero, claro está, a Claudio Rodríguez, que dejó para siempre escritos en él estos versos calientes y vivos como el vino de nuestra ciudad del alma:  “Sí, ebrio estoy, sin duda... / ...Y el sol, el fuego, el agua / cómo dan posesión a estos mis ojos. / Y corre el vino y cuánta, / entre pecho y espalda cuánta madre / de amistad fiel nos riega y nos desbroza. / Voy recordando aquellos días. ¡Todos, / pisad todos la sola uva del mundo: /el corazón del hombre! ¡Con su sangre / marcad las puertas! Ved: ya los sentidos / son una luz hacia lo verdadero.”  Genial Claudio, buen bebedor de vino (por cierto, él siempre defendía a machamartillo que el vino hay que beberlo de pie y en la barra ) y, sobre todo, un excelente poeta. 

   
     Finalmente, aprovecho la ocasión para confesar también que mis mejores aliados eran el vino y los versos, alternados, eso sí, con las charlas en el bar de la Facultad de Letras de la Universidad de Barcelona, las presiones, las prisas y los nervios, los exámenes o los trabajos como éste de la anacreóntica... Porque entre el estudio en el aula y la escuela de la calle en otro tiempo más joven crecí saboreando la sangre de la tierra y sintiendo en el cine y en el baile la cálida cercanía de mi novia, que Dios ha querido que se haya convertido en la compañera de venturas y aventuras de mi vida. Ella es para mí la verdadera personificación de la vida y el viento feliz que esperaba la vela de mi barco, ensimismado en la añoranza de mi tierra. ¡Qué bendito aquel tiempo en que mi alma bailaba con música serena y mi cuerpo fantaseaba cuando iba a buscarla a la salida de su lugar de trabajo! ¡Y qué dulces los retornos a la casa con el gusto a manzana de sus labios en los míos! 

       Yo vivía en Poble Sec, un barrio histórico y cultural donde los haya, y ella en Horta, un lugar idílico con torres adornadas de glicinias, plazas donde el pueblo llano compartía su tipismo con vino de porrón y ritmo de sardana; con cines de nombres sugerentes (Diamante, Virrey, Odeón, Venecia, Maragall...) con bailes, poseedores también de nombres emblemáticos (Fomento Martinense, Casinet, Guinardó...). Y entre unos y otros bebíamos el vino de la alegría porque era el vino que cantaban en definitiva Anacreonte, Gonzalo de Berceo, Baltasar del Alcázar o Claudio Rodríguez... Porque el vino que bebíamos es el que seguimos bebiendo hoy para celebrar con alegría la vida que vivimos.

          



domingo, 10 de mayo de 2026

TRES DÉCIMAS PARA MAYO


Mayo es un mes especial y no se necesita decir por qué. Todos sabemos que es un mes de pura vida, de esperanza y de familia.

 

I

Brindo por la compañera

que ha convertido mi vida

en una casa encendida

de paz y de primavera.

Ella es la mano casera

que, con paciencia y ternura,

cuida de la singladura

del barco en que navegamos.

A bordo, felices, vamos

a la bocana segura.


 

II

He vuelto a ver los hinojos

al borde de los caminos

con sus anises más finos.

Y, entre raídos rastrojos,

los ágiles, vivos rojos

de las dulces amapolas.

Y he vuelto, en las horas solas,

a notar su compañía,

fiel, como el sol con el día,

como la mar con sus olas.

 


III

La vida es, más que aventura,

rabia, dolor, compromiso

o andamio siempre impreciso

como el sueño o la escritura.

La vida es también ventura,

peldaño de la escalera

que nos lleva a la ribera

del buen deseado amor

y nos regala el valor 

de saber qué nos espera.

 


 

 

viernes, 1 de mayo de 2026

QUEVEDO Y JÁUREGUI EN LITIGIO. CERVANTES JUEZ


 



Obra en un acto


REPARTO

Juan de Jáuregui

Francisco de Quevedo

Miguel de Cervantes


Una biblioteca de Madrid

Juan de Jáuregui y Francisco de Quevedo se han reunido para hacer las paces de la guerra que ambos han protagonizado durante mucho tiempo. Miguel de Cervantes hace de moderador.




PRIMERA ESCENA

Jáuregui y Quevedo, sentados a una mesa de la sala de lectura de la biblioteca, de cara al público.


JÁUREGUI. Pues estamos reunidos por la misma causa, ya es hora de que empecemos. Y vos, como mayor que sois, podéis comenzar a hablar.

QUEVEDO. Os equivocáis. Los dos tenemos parecida edad. Vuestra merced nació en 1583 y yo en 1585, y mientras yo estiré la pata en 1645, vuestra merced la estiró en 1641. Así que, si vos nacisteis dos años antes que yo también dejasteis este mundo cuatro años antes que yo. Lo dicho, la misma edad. Por otra parte, creo que debe empezar a hablar vuestra merced pues habéis sido vos quien me ha citado aquí.

JÁUREGUI. No empecemos a discutir ya que precisamente nos hemos reunido en este lugar de sabiduría y paz para llegar a un acuerdo de nuestras diferencias.

QUEVEDO. Es verdad. Pero ya que habéis mencionado las palabras “acuerdo” y “diferencias”, ¿quién va a hacer de moderador en esta contienda que vamos a entablar?

JÁUREGUI. Por eso no os preocupéis. Ya he pensado en el juez más idóneo: Miguel de Cervantes, que es amigo mío y tengo entendido que también lo es de vuestra merced. ¿Os parece bien?

QUEVEDO. Mejor que bien. Cervantes siempre ha sido prudente y respetuoso con sus semejantes, como probó satisfactoriamente dando a conocer su mejor criatura, Don Quijote de la Mancha. ¿Cuándo se reunirá con nosotros?

 


             JÁUREGUI. En cuanto las Trinitarias, tras darle permiso para salir del convento, le arreglen el rostro y vistan adecuadamente para pisar las calles de Madrid. Y mientras tanto llega, ¿me permite vuestra merced que le haga una pregunta?

QUEVEDO. Eso dependerá de la pregunta. Ya sabéis vos que las preguntas son buenas si las respuestas satisfacen a los que preguntan.

JÁUREGUI. Allá voy. ¿Por qué vuestra merced me atacó como lo hizo en 1632 en su escrito titulado La Perinola?


              QUEVEDO. ¿La Perinola? Os volvéis a equivocar. Aquella sátira la escribí contra el doctor Juan Pérez de Montalbán, “graduado no se sabe dónde, en lo qué, ni se sabe ni él lo sabe”, creo que añadí en el título, cuando publicó su opúsculo Para todos, un escritorzuelo retacillo de Lope de Vega, que se alimentaba de cercenaduras de las comedias del Fénix de los Ingenios, hasta que dio en escribir media con limpio, un poetastro de la Calle de los Negros, juntándose con otros para hacer pasos a escote; un estudiantillo de encaje de lechuza, hijo de un librero de Alcalá... Y no me haga, por Dios, vuestra merced aquí y ahora recordar todo lo que dije en La Perinola de aquel loco que no era loco, que era poco, era una casa de locos, porque hizo un libro podrido, como olla, y atestado de cuantas legumbres, bazofias, cachivaches, tronchos y chucherías halló por las plazas y tiendas de aceite y vinagre, tabernas y despensas...

JÁUREGUI. No sigáis por ahí porque acabaréis citando a todos los escritores que en el mundo han sido, empezando por los evangelista y terminando con Valdivieso...

QUEVEDO. Ah, ya sé adónde quiere llegar vuestra merced. Al momento en que digo que caro le costó a Valdivieso el pagar a Montalban el citarle y darle margen de aposento. Y si él hubiera visto que estaba citado con los mismos requisitos que (y ahora digo lo que allí escribí) “Roa, Orejuela, Barbadillo, Jáuregui, Quintana, Pellicer, Blasillo y otros tales autores, él mirara lo que aprobaba y lo que decía.” ¿Y esa minucia es lo que a vuestra merced molesta? Yo tengo más razones que vos para quejarme de las afrentas que me hacéis cuando atacáis tres años más tarde en vuestra comedia El retraído mi obra La cuna y la sepultura. Aunque a decir verdad, sin el éxito que esperabais, ni en esa comedia ni en otras de parecida ralea. Por cierto, debería vuestra merced recordar que al final de una de esas representaciones, en medio de los silbidos con que el público reaccionó, se oyó gritar a un mosquetero: “Si Jáuregui quiere aplausos, ¡que los pinte!” ¿Y vos os quejáis porque veis vuestro nombre citado junto a otros escritores de tres al cuarto? ¿Ya habéis olvidado lo que hacéis decir al Censor en El retraído? Ese maldito personaje ataca cada uno de los puntos sostenidos por mí en mi obra La cuna y la sepultura, intentando demostrar que soy un hereje, que mi piedad cristiana es falsa porque encubre la sátira y manipulo los textos que cito; incluso desciende a mencionar mis pleitos con la Torre de Juan Abad, así como mi participación en la conjura de Venecia... Y para más inri, publicó vuestra merced al mismo tiempo que la comedia, otro libelo contra mi persona que tituló El Tribunal de la justa venganza. ¿Continúo?

JÁUREGUI. Ahora me toca a mí. ¿Recuerda la célebre Carta al Serenísimo, muy altto y muy poderoso Luis XIII que vuestra merced publicó en Madrid en ese tiempo, en casa de la viuda de Alonso Martín, estando al servicio del Conde-Duque de Olivares contra las insidias del cardenal Richelieu?

 


           QUEVEDO. Claro que la recuerdo. Como recuerdo también que la escribí en razón de las nefandas acciones y sacrilegios que cometió contra el derecho divino.... Y asimismo tengo bien presente el Memorial al Rey Nuestro Señor que vuestra merced escribió en contra mía. Por cierto, volvisteis a meter la pata hasta la vaina de la espada, ya que en vuestro propósito de contradecirme llegasteis a ensalzar a la enemiga Francia, y eso hizo que no os salierais con la vuestra ya que vuestro escrito sentó muy mal en la Corte. Mejor os habría ido si en vez de coger la pluma hubierais seguido empuñando el pincel, que en eso debo reconocer que salisteis ganando en los retratos de Alfonso de Carranza y de Ramírez de Prado o las estampas que ilustran la obra de Luis del Alcázar Vestigatio Arcani sensus in Apocalypsi.

 

 

SEGUNDA ESCENA

Los mismos y Cervantes que entra en la sala de lectura de la biblioteca vestido con el hábito franciscano, es decir con el sayal de la orden tercera de San Francisco. Al verlo entrar, Quevedo y Jáuregui se levantan en señal de respeto.



CERVANTES. (Les hace una señal de que se sienten y ellos obedecen) Aquí estoy, amigos, para ayudarles a entenderse. Lo intentaré con mis fuerzas y mi mente y, si fracaso, que Dios me lo tenga en cuenta en el purgatorio donde sigo esperando desde que, ahora se van a cumplir justos cuatrocientos años, dejó de latir mi cansado corazón. Y hoy las hermanas Trinitarias piensan celebrar una misa funeral en sufragio de mi alma. Y me han vestido así para que yaciendo sobre mi túmulo asista al oficio divino.

QUEVEDO. Bienvenido. (Le señala la silla que está vacía en el canto derecho de la mesa) Siéntese vuestra merced y descanse un poco de su largo purgatorio.

(Cervantes ocupa la silla señalada)

JÁUREGUI. Sí, amigo, descansad mientras podáis. Nosotros, Quevedo y yo, esperamos también en nuestro purgatorio el premio del Señor. Y en su gloria nos veremos los tres.

CERVANTES. Gracias a los dos. Y empecemos. Yo soy, era, mucho mayor que vuestras mercedes. Y aunque pertenecemos a generaciones diferentes, fuimos amigos. Con vos, Quevedo, coincidí en Valladolid, creo recordar, en 1604, cuando la Corte se había trasladado a la ciudad del Pisuerga...

JÁUREGUI. Lo de amigos será como relación personal, pero literariamente, debéis recordar que el “amigo” Quevedo se burló de vuestro más famoso héroe en su romance El testamento de Don Quijote, que empieza: “De un molimiento de güesos/ a puros palos y piedras,/ don Quijote de la Mancha/ yace doliente y sin fuerzas,/ tendido sobre un pavés/ cubierto con su rodela,/ sacando como tortuga/ de entre conchas la cabeza./ Con voz roída y chillando,/ viendo el escribano cerca,/ ansí, por falta de dientes/ habló con él entre muelas:/ “Escribid, buen caballero,/ que Dios en quietud mantenga,/ el testamento que fago/ por voluntad postrimera./ Y en lo de su entero juicio,/
que ponéis a usanza vuesa,/ basta poner decentado,/ cuando entero no le tenga./ A la tierra mando el cuerpo,/ coma mi cuerpo la tierra,/ que según está de flaco/ hay para un bocado apenas...” Y no sigo por respeto a vuestra merced.

CERVANTES. (Cariacontecido) Pues mejor habría sido que no citarais esos versos, que en su día me molestaron más de lo que debía. Sin embargo, poco después nuestro común amigo Quevedo, aquí presente, me pidió perdón por ellos y en otro momento de su excelente creación literaria me dedicó elogios que nunca he tenido de vos.

JÁUREGUI. ¿Elogios? Yo no recuerdo ninguno.

QUEVEDO. Porque vuestra merced sólo tiene memoria selectiva; egoísta, por lo tanto. Yo le diré un elogio que zanjará la cuestión. Don Quijote es más que un personaje de ficción: es un hombre de carne y hueso. Lo mismo que su escudero Sancho Panza. Porque nuestro común amigo Cervantes, aquí presente, en un momento dado cae en la cuenta de que sus héroes desean demostrar su verdadera personalidad: Don Quijote la parte más espiritual del ser humano, y Sancho su aspecto más crudo, real a veces materialista. Y de repente, ambos, dan un golpe en la mesa y, de común acuerdo, abandonan las páginas del libro y viven su propia vida. Y a Cervantes se debe ese milagro. Sólo faltaba para darles mayor vigencia que el estúpido Avellaneda, o quienquiera que sea la persona que oculta su identidad bajo esa careta, publicara su falso Quijote, obligando a nuestro amigo a sacar a la luz la Segunda Parte de las aventuras de los famosos caballero y escudero.

JÁUREGUI. Mejor elogio que ese, es el retrato que le pinté antes de que publicara sus Novelas Ejemplares. Le representé mucho más joven de lo que era y...

QUEVEDO. Volvéis a equivocaros una vez más. Y ya son tres.

JÁUREGUI. ¿Por qué decís eso?

QUEVEDO. Porque ese retrato data de varios siglos posteriores a aquel en que vivimos nosotros tres, el cual había sido realizado por un pintor anónimo que os lo atribuyó a vos en 1600, cuando solo contabais diecisiete años. Y es que el pintor embaucador había leído las Novelas Ejemplares de nuestro amigo Cervantes, en las que expresaba su deseo de ser retratado por el pintor Juan de Jáuregui para que la imagen figurara al comienzo de la obra. Pero no fue así y vuestra merced debería saberlo muy bien y admitirlo aquí.

CERVANTES. Es cierto. El amigo Jáuregui no aportó mi retrato en la impresión de mis Novelas Ejemplares; así que tuve que escribir al respecto:, con pena, la verdad: “En fin, pues ya esta ocasión se pasó, y yo he quedado en blanco y sin figura, será forzoso valerme por mi pico”. Y a cambio tuve que redactar mi autorretrato, el que comienza: “Éste que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos...”

(En ese momento se oyen los repiques lentos y espaciados de unas campanas.)

JÁUREGUI. ¿Y esas campanadas?

CERVANTES. (Se levanta de su silla) Ya les he dicho a vuestras mercedes que hoy las Trinitarias celebran una misa en sufragio de mi alma. Esas campanas tocan para mí. Así que debo irme.

(Echa a caminar hacia la salida)

QUEVEDO. (A Jáuregui, señalando a Cervantes) No debería haber venido.

JÁUREGUI. Yo tengo la culpa. No recordé la fecha de su muerte.

QUEVEDO. Yo tampoco.

JÁUREGUI. Y antes de reunirnos le pedí que hiciera de juez hoy.

QUEVEDO. Y de alguna manera lo ha hecho. Deberíamos asistir a esa misa.

JÁUREGUI. Yo también lo pienso así.

CERVANTES. (Se gira levemente) Hoy, desde el umbral que separa los dos mundos, pediré al Altísimo que les ayude a arreglar sus diferencias.

(Sale finalmente)

(Mientras el fundido se va agrandando se oyen las voces de Jáuregui y Quevedo)

(Suenan más cercanos los repiques de campanas)

(Fundido total)


miércoles, 22 de abril de 2026

EN EL DÍA DEL LIBRO

          



          En la Cuesta de Moyano

         una vez encontré un libro

         que tengo como oro en paño

         como se tiene a un amigo.


       


         Ese libro se titula Don Quijote en el Ateneo,  y ahora que ya estamos en 23 de abril, Día del Libro, que entre otros propósitos pretende recordar la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra, aprovecho la ocasión para hablar de ese libro, citando algunos pasajes relacionados con el personaje  principal de la obra magna de Cervantes y del propio autor, a quien el libro lo define alguna vez como un "fugitivo insertado". 

         


      Lo primero que se dice de Don Quijote es que salió a "un mundo decadente, invadido por la pobreza, donde la justicia y la arbitrariedad se han convertido en protagonistas, para imponer de nuevo los principios irrenunciables: la justicia, la libertad, la igualdad, la paz y la armonía." Añadiendo que le había parecido "convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante i irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravios y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama."

       
          Para explicar las razones que mueven a Cervantes a escribir su Libro, y a Don Quijote a salir de su aldea a "desfacer entuertos", es bueno recordar lo que Milan Kundera dice a propósito en su ensayo El arte de la novela: "Cuando Dios abandona lentamente el lugar donde había dirigido el universo y u orden de valores, separado el bien del mal y dado sentido a cada cosa, Don Quijote salió de su casa y ya no estuvo en condiciones de conocer el mundo. Éste, en ausencia del Juez supremo, apareció de pronto en una dudosa ambigüedad: la única verdad divina se descompuso  en cientos de verdades relativas que los hombres se repartieron. De este modo nació el mundo de la Edad Moderna y con él la novela, su imagen y modelo."  

     


      Todo ello (se lee en otra parte del libro) llevó a Cervantes a concebir su Novela como una obra de arte "sometida a unas reglas y al decoro y a la verosimilitud, normas que no se hallaban en los Libros de Caballerías (tipo Amadís de Gaula, Tirant lo Blanch, Palmerín de Inglaterra...)", y hacer del Quijote, además de una parodia de los libros que leyó Alonso Quijano hasta volverse loco, un compendio de todos los géneros de novela que existían entonces: morisca, picaresca, pastoril, italiana, sentimental... De cualquier modo, en su obra inmortal "muestra su conciencia más crítica enfrentándose a un mundo que benévolamente dignifica al hombre desvalido, y, acremente, "desmitificando la gran mayoría de valores establecidos. De este modo Cervantes lucha desde su realidad histórico-personal por una vida y una sociedad más dignas y más humanas".

       


      Para ir terminando, recojo a continuación lo que el autor del Quijote dijo en su Viaje del Parnaso de su producción literaria: 

       "Yo he dado en Don Quijote pasatiempo

         al pecho melancólico y mohíno,

         en cualquiera sazón, en todo tiempo.

         Yo he abierto en mis Novelas un camino

         por do  la lengua castellana puede

         mostrar con propiedad un desatino.

         Yo soy aquel que en la invención excede

          a muchos; y al que falta en esta parte,

          es fuerza que su fama falta quede."

           


         Y como hay que hablar del Día del Libro de 2026, tengo que decir que aquí,  en Tosa de Mar, marcha viento en popa, paralelo a la Diada de Sant Jordi. El libro, es decir, la luz, la sabiduría (el Sant Jordi de la leyenda), sigue luchando contra las sombras, la ignorancia (el Dragón del mito) para desterrarlos de este mundo donde reina el incivismo y la incultura. Por ello, y mientras recuerdo con serenidad y sin nostalgia alguna otros Días del Libro del pasado en que yo mismo firmaba mis propios libros, deseo francamente que hoy los buenos lectores descubran en las paradas de libros cualesquiera que sean los que visiten, el libro o los libros que andan buscando para seguir contribuyendo con quienes entendemos la vida y el mundo como  los ámbitos más apropiados para encontrar y vivir la justicia, la libertad, la igualdad, la paz y la armonía, es decir,  los principios irrenunciables de que hablaba el ingenioso caballero Don Quijote de la Mancha.

 

 

lunes, 13 de abril de 2026

MEMORIAS DE UN JUBILADO. Barcelona, 1964

 


Lo primero que vi de Barcelona fue la estación de Francia y su alta luz de cien razas viviendo con sus lenguas y exóticas historias. Yo acababa de dejar en la esquina del pasado mi página vivida de ciudad provinciana, y abría a la aventura del mestizaje libre y sin fronteras mis ansias de aprender pese al cansancio nocturno de los casi mil kilómetros que me separaban de la primera almendra de la vida, ya en las lindes de la verdad adulta y sus celadas.



El primer piso que tuvimos era luminoso, abierto, cosmopolita y brujo, y se encontrava junto al canto del agua de Montjuic y su esmeralda subiendo hacia el Castillo. (Al alcance de la mano, todo un mundo reciente esperándome.) Nuestra primera vivienda en alto, tibio el aire en los balcones y la luz en el alma del ser que ya aprendía sin libros y sin sueños. (Casi olvido las huertas y los nidos de aquel otro que vive en mi interior, siempre alumbrando.)

 


Y el primer mar de Barcelona que vi fue el mar de Casa Antúnez, al pie del Cementerio; su agua alegre brillaba en nuestros cuerpos. Era julio y ya estaba dispuesta la amistad a saludarme pronto. Allí, en la orilla, compartiendo la espuma de las horas, los primeros amigos catalanes me hablaron de museos, de caminos futuros por los barrios con solera donde el vino se casa con el arte. Yo, a cambio, pensaba regalarles humo de versos, y, todos, saciaríamos bohemias ingenuas de endiosada juventud.



Sus nombres quedan ya sembrados, vivos, en mis surcos diarios. Versos hablan del estudio de uno de ellos, A, uno de los mejores amigos que he tenido siempre, donde tejíamos nuestros sueños artísticos; sus lienzos regían nuestras charlas; yo leía mis versos becquerianos; lo demás era fruto del vino y la esperanza. La juventud podía con los ebrios retornos por la calle del Romano, tras cuya estatua solíamos librar batallas de vejigas acosadas. Y el tranvía, soñando con la gloria, nos iba transportando por la noche como Ulises camino de sus Ítacas. Atrás quedaban versos y dibujos sembrados en la frágil servilleta, entre el olor a vino peleón y el humo del cigarrilloo, como un guiño que la diosa bohemia nos brindaba.

 


 Nombres, vivos nombres que ahora traen momentos de amistad, que a la mirada prosaica del presente me torturan con la inútil nostalgia. Pero entonces..., entonces eran brillos de diamante en nuestras manos. Petritxol, Canuda, los Baños Viejos..., mundos donde abrían sus puertas al amor y al arte cuerpos y almas tocadas por un don común, por un año de gracia, aquel primero en que aprendí el misterio de Barcino, arrimando el oído al corazón, al barrio de las putas y del arte. Pintábamos de día en caballete con el mar a los pies y el cielo azul temblando entre las velas de los muelles. Y por las noches abríamos las salas de Baco con las llaves más gozosas. Entre vaso y vaso abríamos ventanas a las musas, mientras F. perdía lápices en Cristos agonizantes y putas con los senos encrespados, un J. hablaba de sus minotauros y el otro J. no dejaba de soñar con París; E. flotaba en nubes de Picasso y A. la pintaba con pinceles untados en el óleo eterno del corazón.

 


 Las borracheras duraban lo que duraba el fiel arrobamiento. Luego volvíamos al recinto de los Beatles y volvíamos a caer en toboganes de magia y erotismo. En el estudio pasábamos el tiempo hablando libres de Dios, del arte, del sexo y de poemas mientras el mundo se multiplicaba en andamios y las palomas pintaban las estatuas con sus grises de fuego. En el refugio tocábamos las teclas de las musas y planeábamos híbridas visitas a museos y tabernas. Recuerdo todo eso ahora con inútil apasionamiento.

 


 En cambio, recuerdo con alegría y agradecimiento el generoso horizonte del Mercadillo de San Antonio, libros esperando la suerte de las manos que saben teclearlos con caricias de estudiante. A. me acompañaba las mañanas de domingo por búsquedas y encuentros. Libros de magia, de poesía, de arte. Libros que un día sirvieron de escondite a secretos bélicos y a conjuras esotéricas. Libros que fueron cuajando bibliotecas y sueños... Libros que acabaron siendo testigos de una época y que ahora me obligan a esbozar sonrisas mezc los labios arabescos de gris melancolía cuando hojeo sus bosques de poemas, sus cálidas ventanas de pinturas, de rostros, de paisajes, de esperanzas.

 


 Aquel sesenta y cuatro del inicio fue también la aventura de las aulas, de las asignaturas serias, hondas, de los sabios doctores que supieron sembrar en mí los dones del trabajo bien hecho, la lectura, la enseñanza... Alsina, Blecua , Castro..., compromisos de rigor y de entrega hacia el estudio... Y nuevos compañeros, y otras rutas: la Avenida de la Luz y el cariñena, y el bulevar lujoso donde quiso Gaudí poner la almendra de sus sueños en casas temblorosas, casi tartas de piedra, invitaciones para que Dios bajase a ver si eran reales o plagios rebeldes de su excelsa magia. Aquel sesenta y cuatro del inicio la sabia luz de la Universidad alumbró los desvanes de mi mente.

 


 Y si era la ciudad en el verano un diamante brindado a quien osara entrar en su recinto misterioso con los cinco sentidos en alerta, en invierno se convertía en una dama que ofrecía sus encantos sin fin bajo la lluvia y el olor de alquitrán y los sonidos perdidos de la noche a quien quisiera poner en el tablero su ventura, sus virtudes de amante sin prejuicios. Los amigos cogíamos el metro y, mineros del arte, un día amábamos la piedad de Pedralbes, y al siguiente, deseábamos a las mujeres que ardían en los cuadros que Picasso en Montcada dejó vírgenes para aliviar miradas encendidas... Era todo la fiebre de la edad, que lo mismo encendía nuestras ingles que alzaba el corazón a los altares.

 


 O nos daba de pronto por cambiar de horizonte y, locos, nos subíamos al tren del litoral. Y, como a dioses en la orilla del mar, la luz de Sitges nos ungía de gracia y de poemas, tras rendir pleitesía a la pintura de Rusiñol en Cau Ferrat. Comíamos entonces bocadillos de esperanza y bebíamos el vino de la gloria mientras nos quemaba los ojos la alegría de formar parte ya del arte fiel que no recibe nada y lo da todo. Hay fotos que dan fe de aquellos días, y humos de cigarrillos y papeles habitados de esbozos y poemas, y cuadros que ya cuelgan para siempre en las salas eternas del olvido.




miércoles, 1 de abril de 2026

SEMANA SANTA EN VIVO


 

I

Sólo los niños saben dar manojos

de flores verdaderas,

esencias de alegría este Domingo

de Ramos contra ramos.

Navegan los presagios con las nubes

viajeras de este abril que ya no sabe

si la lluvia le espera o si una sombra

antigua de leyenda lo señala

como un mes para muerte y para luto.


II

De nuevo soñaré con aquel río

en cuyas aguas las luces de los pasos

se miran temblorosas.

De nuevo soñaré con la Esperanza

brillando en las estrellas de su túnica.

Y Judas, mientras tanto,

negará la enseñanza recibida,

tramitará el delito entre las sombras

amargas de su propia cobardía

y firmará el descenso hacia su abismo.


III

Semana Santa, abril encadenado

al luto de por vida.

Mañanas, tardes, noches, madrugadas

holladas por tambores.

Hábitos, cruces, andas

para Cristos agónicos.

Semana Santa, ritos ancestrales,

corazones nevados por la pena

prolongada de abril.

¿Hasta cuándo llevaré su recuerdo

como una cruz clavada en tu memoria?


IV

Y Él seguirá salvando,

escribiendo en la tierra,

manzanas pecadoras.

Abrirá la visión en ojos muertos

nacidos en la sombra,

antes de que sus manos,

hechas para la cura y la caricia,

se ofrezcan a las sogas del verdugo,

antes de que otros labios,

nublados de traición, manchen su rostro.


V

En alas del recuerdo que me asedia

me llega aquel silencio repetido

abierto en las heridas perpetuadas

en Cristos de mi tierra.

Aún siento en la penumbra de las plazas

quemarse los pabilos de las velas.

Nunca está la nostalgia tan presente

como el dolor de mi Semana Santa.



VI

Santo cordero ahora

es quien fue un huracán bajo la bóveda

del templo cuando el látigo

usó contra el impío mercader.

Nadie guarda su vida.

Apóstoles serán, pero ahora duermen,

simulan no ver nada.

Serán los que difundan por el mundo

sus lecciones de paz.

Pero ahora prefieren dar la espalda

al peligro que acecha a su Maestro.

Sólo tiembla la luna en los olivos

al entrever las sogas de la muerte.


VII

El Viernes caminábamos deprisa

con frío matutino en las entrañas,

mirando el oro nuevo de otro albor.

Allá, por las Tres Cruces, desfilaban

-niebla triste nimbando la madera

augusta de las tallas- los hermanos

sonando su clarín y su tambor

-el Merlú que llevamos en el alma-.

Trazaba allí la cruz

nítidamente su señal en todas

las frentes zamoranas.

Temblaba en la mañana la Verónica

-al aire el paño con la faz sagrada-.



VIII

Sólo damas de negro,

en fila silenciosa,

llorosas acompañan

la Soledad más sola.

Es una noche fría

abierta a tristes luces.

Sábado Santo: invierno

prolongado en abril.

Navaja de crespón

rajando la esperanza.