Obra en un acto
REPARTO
Juan de Jáuregui
Francisco de Quevedo
Miguel de Cervantes
Una biblioteca de Madrid
Juan de Jáuregui y Francisco de Quevedo se han reunido para hacer las paces de la guerra que ambos han protagonizado durante mucho tiempo. Miguel de Cervantes hace de moderador.
PRIMERA ESCENA
Jáuregui y Quevedo, sentados a una mesa de la sala de lectura de la biblioteca, de cara al público.
JÁUREGUI. Pues estamos reunidos por la misma causa, ya es hora de que empecemos. Y vos, como mayor que sois, podéis comenzar a hablar.
QUEVEDO. Os equivocáis. Los dos tenemos parecida edad. Vuestra merced nació en 1583 y yo en 1585, y mientras yo estiré la pata en 1645, vuestra merced la estiró en 1641. Así que, si vos nacisteis dos años antes que yo también dejasteis este mundo cuatro años antes que yo. Lo dicho, la misma edad. Por otra parte, creo que debe empezar a hablar vuestra merced pues habéis sido vos quien me ha citado aquí.
JÁUREGUI. No empecemos a discutir ya que precisamente nos hemos reunido en este lugar de sabiduría y paz para llegar a un acuerdo de nuestras diferencias.
QUEVEDO. Es verdad. Pero ya que habéis mencionado las palabras “acuerdo” y “diferencias”, ¿quién va a hacer de moderador en esta contienda que vamos a entablar?
JÁUREGUI. Por eso no os preocupéis. Ya he pensado en el juez más idóneo: Miguel de Cervantes, que es amigo mío y tengo entendido que también lo es de vuestra merced. ¿Os parece bien?
QUEVEDO. Mejor que bien. Cervantes siempre ha sido prudente y respetuoso con sus semejantes, como probó satisfactoriamente dando a conocer su mejor criatura, Don Quijote de la Mancha. ¿Cuándo se reunirá con nosotros?
JÁUREGUI. En cuanto las Trinitarias, tras darle permiso para salir del convento, le arreglen el rostro y vistan adecuadamente para pisar las calles de Madrid. Y mientras tanto llega, ¿me permite vuestra merced que le haga una pregunta?
QUEVEDO. Eso dependerá de la pregunta. Ya sabéis vos que las preguntas son buenas si las respuestas satisfacen a los que preguntan.
JÁUREGUI. Allá voy. ¿Por qué vuestra merced me atacó como lo hizo en 1632 en su escrito titulado La Perinola?
QUEVEDO. ¿La Perinola? Os volvéis a equivocar. Aquella sátira la escribí contra el doctor Juan Pérez de Montalbán, “graduado no se sabe dónde, en lo qué, ni se sabe ni él lo sabe”, creo que añadí en el título, cuando publicó su opúsculo Para todos, un escritorzuelo retacillo de Lope de Vega, que se alimentaba de cercenaduras de las comedias del Fénix de los Ingenios, hasta que dio en escribir media con limpio, un poetastro de la Calle de los Negros, juntándose con otros para hacer pasos a escote; un estudiantillo de encaje de lechuza, hijo de un librero de Alcalá... Y no me haga, por Dios, vuestra merced aquí y ahora recordar todo lo que dije en La Perinola de aquel loco que no era loco, que era poco, era una casa de locos, porque hizo un libro podrido, como olla, y atestado de cuantas legumbres, bazofias, cachivaches, tronchos y chucherías halló por las plazas y tiendas de aceite y vinagre, tabernas y despensas...
JÁUREGUI. No sigáis por ahí porque acabaréis citando a todos los escritores que en el mundo han sido, empezando por los evangelista y terminando con Valdivieso...
QUEVEDO. Ah, ya sé adónde quiere llegar vuestra merced. Al momento en que digo que caro le costó a Valdivieso el pagar a Montalban el citarle y darle margen de aposento. Y si él hubiera visto que estaba citado con los mismos requisitos que (y ahora digo lo que allí escribí) “Roa, Orejuela, Barbadillo, Jáuregui, Quintana, Pellicer, Blasillo y otros tales autores, él mirara lo que aprobaba y lo que decía.” ¿Y esa minucia es lo que a vuestra merced molesta? Yo tengo más razones que vos para quejarme de las afrentas que me hacéis cuando atacáis tres años más tarde en vuestra comedia El retraído mi obra La cuna y la sepultura. Aunque a decir verdad, sin el éxito que esperabais, ni en esa comedia ni en otras de parecida ralea. Por cierto, debería vuestra merced recordar que al final de una de esas representaciones, en medio de los silbidos con que el público reaccionó, se oyó gritar a un mosquetero: “Si Jáuregui quiere aplausos, ¡que los pinte!” ¿Y vos os quejáis porque veis vuestro nombre citado junto a otros escritores de tres al cuarto? ¿Ya habéis olvidado lo que hacéis decir al Censor en El retraído? Ese maldito personaje ataca cada uno de los puntos sostenidos por mí en mi obra La cuna y la sepultura, intentando demostrar que soy un hereje, que mi piedad cristiana es falsa porque encubre la sátira y manipulo los textos que cito; incluso desciende a mencionar mis pleitos con la Torre de Juan Abad, así como mi participación en la conjura de Venecia... Y para más inri, publicó vuestra merced al mismo tiempo que la comedia, otro libelo contra mi persona que tituló El Tribunal de la justa venganza. ¿Continúo?
JÁUREGUI. Ahora me toca a mí. ¿Recuerda la célebre Carta al Serenísimo, muy altto y muy poderoso Luis XIII que vuestra merced publicó en Madrid en ese tiempo, en casa de la viuda de Alonso Martín, estando al servicio del Conde-Duque de Olivares contra las insidias del cardenal Richelieu?
QUEVEDO. Claro que la recuerdo. Como recuerdo también que la escribí en razón de las nefandas acciones y sacrilegios que cometió contra el derecho divino.... Y asimismo tengo bien presente el Memorial al Rey Nuestro Señor que vuestra merced escribió en contra mía. Por cierto, volvisteis a meter la pata hasta la vaina de la espada, ya que en vuestro propósito de contradecirme llegasteis a ensalzar a la enemiga Francia, y eso hizo que no os salierais con la vuestra ya que vuestro escrito sentó muy mal en la Corte. Mejor os habría ido si en vez de coger la pluma hubierais seguido empuñando el pincel, que en eso debo reconocer que salisteis ganando en los retratos de Alfonso de Carranza y de Ramírez de Prado o las estampas que ilustran la obra de Luis del Alcázar Vestigatio Arcani sensus in Apocalypsi.
SEGUNDA ESCENA
Los mismos y Cervantes que entra en la sala de lectura de la biblioteca vestido con el hábito franciscano, es decir con el sayal de la orden tercera de San Francisco. Al verlo entrar, Quevedo y Jáuregui se levantan en señal de respeto.
CERVANTES. (Les hace una señal de que se sienten y ellos obedecen) Aquí estoy, amigos, para ayudarles a entenderse. Lo intentaré con mis fuerzas y mi mente y, si fracaso, que Dios me lo tenga en cuenta en el purgatorio donde sigo esperando desde que, ahora se van a cumplir justos cuatrocientos años, dejó de latir mi cansado corazón. Y hoy las hermanas Trinitarias piensan celebrar una misa funeral en sufragio de mi alma. Y me han vestido así para que yaciendo sobre mi túmulo asista al oficio divino.
QUEVEDO. Bienvenido. (Le señala la silla que está vacía en el canto derecho de la mesa) Siéntese vuestra merced y descanse un poco de su largo purgatorio.
(Cervantes ocupa la silla señalada)
JÁUREGUI. Sí, amigo, descansad mientras podáis. Nosotros, Quevedo y yo, esperamos también en nuestro purgatorio el premio del Señor. Y en su gloria nos veremos los tres.
CERVANTES. Gracias a los dos. Y empecemos. Yo soy, era, mucho mayor que vuestras mercedes. Y aunque pertenecemos a generaciones diferentes, fuimos amigos. Con vos, Quevedo, coincidí en Valladolid, creo recordar, en 1604, cuando la Corte se había trasladado a la ciudad del Pisuerga...
JÁUREGUI. Lo de amigos será como relación personal, pero
literariamente, debéis recordar que el “amigo” Quevedo se burló
de vuestro más famoso héroe en su romance El testamento de Don
Quijote, que empieza: “De un
molimiento de güesos/ a puros palos y piedras,/ don Quijote de la
Mancha/ yace doliente y sin fuerzas,/ tendido sobre un pavés/
cubierto con su rodela,/ sacando como tortuga/ de entre conchas la
cabeza./ Con voz roída y chillando,/ viendo el escribano cerca,/
ansí, por falta de dientes/ habló con él entre muelas:/ “Escribid,
buen caballero,/ que Dios en quietud mantenga,/ el testamento que
fago/ por voluntad postrimera./ Y en lo de su entero juicio,/
que
ponéis a usanza vuesa,/ basta poner decentado,/ cuando entero no le
tenga./ A la tierra mando el cuerpo,/ coma mi cuerpo la tierra,/ que
según está de flaco/ hay para un bocado apenas...” Y no sigo por
respeto a vuestra merced.
CERVANTES. (Cariacontecido) Pues mejor habría sido que no citarais esos versos, que en su día me molestaron más de lo que debía. Sin embargo, poco después nuestro común amigo Quevedo, aquí presente, me pidió perdón por ellos y en otro momento de su excelente creación literaria me dedicó elogios que nunca he tenido de vos.
JÁUREGUI. ¿Elogios? Yo no recuerdo ninguno.
QUEVEDO. Porque vuestra merced sólo tiene memoria selectiva; egoísta, por lo tanto. Yo le diré un elogio que zanjará la cuestión. Don Quijote es más que un personaje de ficción: es un hombre de carne y hueso. Lo mismo que su escudero Sancho Panza. Porque nuestro común amigo Cervantes, aquí presente, en un momento dado cae en la cuenta de que sus héroes desean demostrar su verdadera personalidad: Don Quijote la parte más espiritual del ser humano, y Sancho su aspecto más crudo, real a veces materialista. Y de repente, ambos, dan un golpe en la mesa y, de común acuerdo, abandonan las páginas del libro y viven su propia vida. Y a Cervantes se debe ese milagro. Sólo faltaba para darles mayor vigencia que el estúpido Avellaneda, o quienquiera que sea la persona que oculta su identidad bajo esa careta, publicara su falso Quijote, obligando a nuestro amigo a sacar a la luz la Segunda Parte de las aventuras de los famosos caballero y escudero.
JÁUREGUI. Mejor elogio que ese, es el retrato que le pinté antes de que publicara sus Novelas Ejemplares. Le representé mucho más joven de lo que era y...
QUEVEDO. Volvéis a equivocaros una vez más. Y ya son tres.
JÁUREGUI. ¿Por qué decís eso?
QUEVEDO. Porque ese retrato data de varios siglos posteriores a aquel en que vivimos nosotros tres, el cual había sido realizado por un pintor anónimo que os lo atribuyó a vos en 1600, cuando solo contabais diecisiete años. Y es que el pintor embaucador había leído las Novelas Ejemplares de nuestro amigo Cervantes, en las que expresaba su deseo de ser retratado por el pintor Juan de Jáuregui para que la imagen figurara al comienzo de la obra. Pero no fue así y vuestra merced debería saberlo muy bien y admitirlo aquí.
CERVANTES. Es cierto. El amigo Jáuregui no aportó mi retrato en la impresión de mis Novelas Ejemplares; así que tuve que escribir al respecto:, con pena, la verdad: “En fin, pues ya esta ocasión se pasó, y yo he quedado en blanco y sin figura, será forzoso valerme por mi pico”. Y a cambio tuve que redactar mi autorretrato, el que comienza: “Éste que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos...”
(En ese momento se oyen los repiques lentos y espaciados de unas campanas.)
JÁUREGUI. ¿Y esas campanadas?
CERVANTES. (Se levanta de su silla) Ya les he dicho a vuestras mercedes que hoy las Trinitarias celebran una misa en sufragio de mi alma. Esas campanas tocan para mí. Así que debo irme.
(Echa a caminar hacia la salida)
QUEVEDO. (A Jáuregui, señalando a Cervantes) No debería haber venido.
JÁUREGUI. Yo tengo la culpa. No recordé la fecha de su muerte.
QUEVEDO. Yo tampoco.
JÁUREGUI. Y antes de reunirnos le pedí que hiciera de juez hoy.
QUEVEDO. Y de alguna manera lo ha hecho. Deberíamos asistir a esa misa.
JÁUREGUI. Yo también lo pienso así.
CERVANTES. (Se gira levemente) Hoy, desde el umbral que separa los dos mundos, pediré al Altísimo que les ayude a arreglar sus diferencias.
(Sale finalmente)
(Mientras el fundido se va agrandando se oyen las voces de Jáuregui y Quevedo)
(Suenan más cercanos los repiques de campanas)
(Fundido total)










































