miércoles, 8 de julio de 2026

PIEL DE TORO (I)


 


El viaje que Ortega y yo realizamos antes de que mi amigo desapareciera sin dejar rastro en Roquetas, Almería, resultó ser, pese a ello, uno de los más completos de mi vida. El día anterior de hacer nuestras maletas para coger el vuelo en el aeropuerto de Almería de regreso a casa, cambiamos la que fue una de nuestras últimas conversaciones. Acabábamos de visitar la esbelta plaza de toros del pueblo, en cuyo museo taurino pudimos observar carteles de las principales plazas de toros de España, trajes de luces, cabezas de toros disecadas, reseñas de los hitos más importantes de la historia del toreo... Y ahora nos hallábamos sentados junto a la gran escultura de toro negro que se encuentra delante de la Plaza.

Ortega decía:

--Los toreros con su arte y su valentía lidian con los toros, los burlan, les sacan el máximo provecho a su bravura y su belleza campestre y, finalmente, tras una espléndida faena, acaban con su vida y se llevan como trofeos de la fiesta, además de los aplausos de los aficionados, algunos apéndices del animal. Todo muy entonado, como los pasodobles que acompañan sus lances. En el toreo los toreros son los máximos artífices, los verdaderos héroes de la fiesta nacional. Pero cuando hacen declaraciones a la prensa a veces las palabras que emplean no son los capotes que burlan a la bestia en la plaza, sino más bien se convierten en estoque que se vuelven contra ellos. Vamos, que como toreros son los protagonistas de la fiesta, pero como castellanohablantes propinan también sus pequeñas patadas al diccionario.

--Ponme un ejemplo.

--¿Quieres un ejemplo? Aquí va. En un reciente telediario, hablando de lo espléndido de su temporada taurina, un torero de fama cuyo nombre no es necesario mencionar aquí afirmó: "Veré lo que puedo dar de sí." Así, tal cual. Y se quedó el matador como exultante, fuera de sí. Como todo el mundo debe saber, la forma del pronombre personal de tercera persona, se refiere a él, ella, ellos, ellas, y nunca a la forma de primera persona del singular correspondiente, que es . Recuerda la expresión: “Finalmente, el enfermo volvió en sí”, frente a “Finalmente, tras mi desmayo, volví en mí.” Concluyendo, porque el asunto gramatical no da de sí mucho más, el famoso torero debió decir "Veré lo que puedo dar de mí."

--Bien hablado puede que no lo sea. Todos damos patadas al diccionario. Tú, yo, ese señor que se arrima a la fuente, todos. Y ese torero célebre no va a ser menos. Pero como torero seguirá llenando las plazas de toros y saliendo a hombros algunas tardes memorables.


Cuando nos cansamos de hablar de toros y de expresiones lingüísticas, todo mezclado, se nos pasó el resto de la mañana bebiendo vinos de bar en bar por la costa de vuelta al hotel. En uno de ellos dejé la barra donde estaba con Ortega para ir al lavabo y al volver vi a mi amigo cambiar unas palabras con un hombre 
de mediana edad, bajito con bigote espeso  y  boina roja como una muleta de torero que más de una vez nos lo habíamos encontrado allí tomando un chato de vino. El hombre al verme llegar se despidió de Ortega para reunirse con sus amigos que ocupaban una mesa de la terraza.

--¿Qué se cuenta ese hombre?-- pregunté.

--Poca cosa. Quería pagarnos la ronda y yo, claro está, le he dado las gracias pero le he dicho que quizás otra vez. ¿Y a ti qué te pasa? ¿Es la próstata?

--¿La próstata? ¡El vino! Ya no me cabe una gota más de morapio en el cuerpo y como soy más flaco que un palillo, el jugo de Baco acaba antes con mi resistencia.

Ortega sonrió. Pagamos la cuenta al camarero y recorrimos el corto trayecto que nos separaba del hotel. Allí, en el vestíbulo, me dijo:

--Sube a la habitación a dormir un rato. Yo me quedo a tomar otro vino en la cafetería. --Acto seguido se palpó ufano su voluminoso vientre y añadió:-- A mí me queda aún un hueco aquí. Lo lleno y subo a dormirla.

Yo nada más entrar en la habitación me quedé dormido y así estuve hasta que oí entre sueños abrirse la puerta. Al ver a Ortega le pregunté extrañado: 

-¿Ya estás aquí?

--¿Sabes cuánto tiempo has estado durmiendo?

--¿Mucho?

--Bastante. A mí me ha dado tiempo de oír media conferencia taurina y casi una entera sobre cajas de rapé. La primera me la han explicado dos conferenciantes de andar por casas en una mesa de la cafetería. Trataba de una corrida de toros sin igual. Uno decía, a modo de conclusión,  que había sido todo una exhibición de arte y el otro, en cambio, decía que la corrida de toros había resultado, como siempre, una salvajada, que había acabado con la muerte del animal a pinchazos y arrastrado por toda la plaza. Y los dos conferenciantes, para entrar en materia habían empezado arrimándose a la barra para pedir vino de la tierra, no te he dicho que eran andaluces los dos clientes, y tampoco que el barman era también andaluz y que al oírles hablar del tema había sacado de su cartera fotos de toreros, plazas de toros y monumentos de casi todas la ciudades andaluzas. 


Antes de terminar la conferencia taurina, uno de ellos me preguntó que me parecían a mí las corridas de toros, y yo, como no quería ponerme a mal con ninguno de ellos, me fui por los cerros de Úbeda diciendo que no me atrevía a opinar porque no había visto nunca ninguna corrida de toros, ni siquiera por televisión... Y ahora levántate, que ya es hora de comer. 

Yo, como seguía medio dormido, dije:

--Vete tú. Yo no puedo moverme

Ortega estaba de acuerdo conmigo y se despidió diciendo:

--Ya nos veremos.

Cuando volví a despertarme y miré el reloj, me espanté del tiempo que había estado en brazos de Morfeo. Era media tarde. Me levanté y me metí en la ducha. Luego, mientras me vestía junto a mi cama descubrí algo que me dejó sin aliento: la maleta de Ortega no estaba en su sitio, ni su ropa colgada en las perchas del armario. Y ni sobre la mesa del teléfono ni en su mesilla de noche me había dejado al menos una nota avisando de que se iba. 

Momentos más tarde, desolado, bajé a recepción a preguntar por Ortega, mi compañero de habitación. El recepcionista de turno consultó en el ordenador que tenía delante unos segundos y enseguida dijo sin pestañear:

--El señor Ortega ha pagado la mitad de la cuenta y se ha ido.

Le di las gracias y me fui a la barra de la cafetería a preguntar al camarero si se acordaba de la discusión que habían mantenido antes de comer tres clientes sobre corridas de toros. El barman me miró como a un bicho raro. Saqué de la cartera una foto de Ortega y se la enseñé mientras añadía:

--Uno de ellos era este hombre.

Miró la foto y respondió:

--La cara de este señor me suena. Pero de esa discusión sobre toros y antes del turno de la comida que dice usted, no he oído ni visto nada.


Le di las gracias y sin demora salí al paseo de la costa para acercarme al último bar de la mañana y tratar allí, preguntando al camarero o al hombre bajito de mediana edad con bigote espeso y boina roja como una muleta de torero con el que Ortega a veces había visto hablar; y tratar allí (decía) de averiguar alguna cosa que me explicara la razón de la repentina desaparición de mi amigo. Y mientras, angustiado, me encaminaba hacia ese lugar con tanta esperanza, notaba cómo en mi cabeza luchaban por abrirse paso mil imágenes y recuerdos, acompañados de la voz incansable, cariñosa y alegre, de uno de los mejores compañeros y amigos que había tenido en mi vida hasta hacía casi nada.


jueves, 25 de junio de 2026

LECTURAS PARA UN VERANO (III)

 

 


Una de las últimas noches de marzo de 2012, en su casa de Lisboa, el escritor italiano, nacionalizado también portugués, Antonio Tabucchi soñó que estaba en Vecciano, ciudad cercana a Pisa, donde había nacido sesenta y ocho años antes, y que leía en la rica biblioteca de su tío materno. De pronto, del libro que leía, Las metamorfosis, oyó que salía una voz de sus páginas, que le decía: “Soy Ovidio, el autor del libro que estás leyendo con tanto afán. No te asustes por lo que te voy a decir. Sabes muy bien que la enfermedad que te está devorando no te va a dejar vivir mucho tiempo, pero si sigues mi consejo, vivirás siempre como vivimos nosotros, los autores de los libros de esta biblioteca que llevas leyendo estos últimos meses con tanto cariño y cuidado.” Tabucchi le dijo: “¿Qué consejo es ese que me hará vivir siempre?” La voz le respondió: “Nada más fácil que inventar un sueño sobre cada uno de nosotros. Tienes la ventaja de que somos pocos, si no he contado mal, creo que una docena, que por orden alfabético seríamos: Angiolieri, Apuleyo, Chejov, Coleridge, Collodi, Leopardi, Lorca, Ovidio, Pessoa, Rimbaud, Stevenson y Villon. Sólo tienes que inventar tantos sueños como escritores somos y atribuírnoslos a cada uno el suyo como si lo hubiéramos soñado de verdad. ” Tabucchi no encontró mala la idea que le proponía la voz, ya que conocía muchas andanzas y vivencias de todos ellos de haberlas leído en los libros de su tío materno y de algunas bibliotecas lisboetas. La voz añadió: “Apenas tienes que salir de Italia para acabar de recoger algunos datos geográficos e históricos necesarios para enmarcar el tiempo y el espacio de cada uno de nosotros. Quizás el del poeta español Federico García Lorca te cueste un poco más.” Justo entonces se salió del lugar que ocupaba en la biblioteca un libro de tapas rojas, que Tabucchi se dio cuenta enseguida de que se trataba del Poema del Cante Jondo



El libro cayó al suelo y allí se abrió, y justo en ese momento la voz de Ovidio desapareció para ceder su lugar a una música melodiosa de piano que acompañaba la voz de Federico García Lorca, las cuales brotaban del libro abierto como un surtidor de la Alhambra, y que cantaba: “Llora flecha sin blanco,/ la tarde sin mañana,/ y el primer pájaro muerto/ sobre la rama./ ¡Oh guitarra!/ Corazón malherido/ por cinco espadas.” Después Tabucchi recogió el libro rojo del suelo y lo dejó en el sitio de la biblioteca que ocupaba. A un lado había un escritorio y un montón de folios que parecían decirle: “Tiene toda la noche para escribir.” Se sintió fuerte y animado cuando vio que desde todos los rincones de la sala surgían los fantasmas de los escritores que había leído, cada uno con su vestimenta de época, y, sentado ante los folios, escribía sin parar lo que todos a la vez le decían de ellos. Toda la noche estuvo escribiendo y cuando el alba despuntaba abrió los ojos. En la mesilla de noche Tabucchi descubrió una de sus obritas preferidas aunque no la más famosa: Se titulaba Sueños de sueños.


 Entró en la habitación su mujer María José, para administrarle una dosis de la medicina que necesitaba para aliviar los terribles dolores que le causaba su enfermedad.


SUEÑO DE LORCA

Una noche de agosto de 1936, en su casa, en Granada, el poeta Federico García Lorca soñó que se encontraba en lo alto del escenario de su teatro ambulante y que, acompañándose del piano, cantaba canciones gitanas. Iba vestido de frac, pero llevaba en la cabeza un mazantini de alas anchas. El público estaba formado por viejas vestidas de negro, con una toquilla en los hombros, que lo escuchaban arrobadas. Una voz, desde la sala, le pidió una canción, y Lorca se puso a interpretarla. 


Era una canción que hablaba de duelos y de naranjos, de pasiones y de muerte. Cuando acabó de cantar, el poeta se puso de pie y saludó al público. Cayó el telón y sólo entonces se dio cuenta de que detrás del piano no había bastidores, sin que el teatro se abría a un campo desierto. Era de noche y había luna. Lorca miró entre la cortinas del telón y vio que el teatro se había vaciado como por arte de encantamiento, la sala estaba completamente desierta y las luces se apagaban poco a poco. En ese momento oyó un aullido y detrás de él descubrió un perrito negro que parecía estarle esperando. 


El poeta entendió que tenía que seguirlo y dio un paso. El perro, como a una señal convenida, comenzó a trotar un poco abriendo camino. “¿Adónde me llevas, perrito negro?”, preguntó Lorca. El perro aulló dolorosamente, y el poeta sintió un escalofrío. Se giró y miró atrás, y vio que las paredes de tela y de madera de su teatro habían desaparecido. Quedaba una platea desierta bajo la luna mientras el piano, como si lo acariciasen unos dedos invisibles, continuaba tocando totalmente solo una vieja melodía. El campo quedaba cortado por una pared: una larga e inútil pared blanca, al otro lado de la cual se veía más campo. El perro se paró y volvió a aullar, y el poeta se paró también. Entonces de detrás de la pared surgieron unos soldados que lo rodearon riendo. Llevaban trajes oscuros y tricornios en la cabeza. En una mano llevaban el fusil y en la otra una botella de vino. Los comandaba un enano monstruoso, con la cabeza llena de verrugas. “Tú eres un traidor”, dijo el enano; “y nosotros somos tus verdugos”. Lorca le escupió a la cara mientras los soldados lo sujetaban. El enano rió de forma obscena y gritó a los soldados que le quitasen los pantalones. “Tú eres una mujer”, dijo, “y las mujeres no han de llevar pantalones, han de estar encerradas en las habitaciones de la casa y taparse la cabeza con un pañuelo”. A una señal del enano, los soldados lo ataron, le quitaron los pantalones y le taparon la cabeza con un mantón. “Mujer asquerosa que te vistes de hombre”, dijo el enano; “ha llegado la hora de que reces a la Virgen santa”. Lorca le escupió a la cara, y el enano se la limpió riendo. Después desenfundó la pistola y le introdujo el cañón en la boca. Por los campos se oía la melodía del piano. El perro aulló. Federico García Lorca oyó un golpe y se sobresaltó dentro del lecho. Llamaban a la puerta de su casa, en Granada, golpeando la madera con las culatas de los fusiles.

(Versión mía del original italiano)




viernes, 12 de junio de 2026

LECTURAS PARA UN VERANO (II)


 

Verso


RONDALLA VERANIEGA


I

El verano es una caricia

de mar y arena

para un cuerpo tendido

que al sol espera.

Una fuente

con agua nueva,

rediviva en frescura,

que en sueños llega.

Un jardín de azahares

con dos mil abejas,

y una alegre lectura

que se renueva.

Una noche, una música

y una verbena

donde el barrio de siempre

baila y recuerda.



Pero el verano es también

hoces y espigas,

espaldas dobladas,

pieles heridas,

llanuras ardientes

y exiguas comidas,

huertos saqueados,

corrales en ruinas,

golondrinas muertas

y secas gavillas


Y echo de menos las arboledas

que se arrimaban frescas al río,

y a las aceñas que trabajaban

moliendo el trigo.

Echo de menos aquellos cuentos

que por las noches a mis vecinos

yo les contaba como si fueran

amigos míos.

Echo de menos a los veranos

en que el cerebro, mago, divino,

se empeñaba en parar el tiempo

tan fugitivo.



II

Yo no sé dónde estáis todos ahora,

si en un pueblo de la montaña,

dormido cerca del cielo

o en un pueblo de la costa

invadido de turistas.

Yo no sé si algunos de vosotros

estáis cruzando el mundo

coleccionando postales,

suvenires, entradas de museos...

Yo no sé dónde estáis, alumnos míos.

Sólo sé de este silencio

que amordaza los pupitres,

el patio de recreo,

los campos de deportes...

desde que os fuisteis.

Ahora, viendo cómo la soledad

habla en los armarios donde hace poco

vivían vuestros libros,

parece que nunca habéis estado,

que sólo habéis sido personajes

de un sueño que he tenido.

Y sin embargo, 

aquí siguen vuestros nombres

escritos en la madera de los estantes,

y caigo en la cuenta de que todo

es una ausencia prevista,

un paréntesis en la vida de las obligaciones,

y que pronto volveré a veros,

y os preguntaré cómo os han ido las vacaciones,

y volveré a hablaros de nuevas lecturas,

de la obra de teatro

que prepararemos para Navidad...

Pero ahora seguid disfrutando de la arena sin tiempo,

de la excursión sin planes...




                                Y de todo lo que veáis y disfrutéis

extraed la savia que fortalece el corazón

y alecciona el espíritu.

Detrás de las columnas y los cuadros

hubo siempre una respiración parecida a la vuestra,

un corazón atento y un alma ansiosa por aprender.

Para que cuando volváis a estas aulas

vengáis más recios de carácter,

adolescentes sólidos con hambre de futuro.




III

Estos vencejos de la tarde prueban

con sus plumas oscuras otros vuelos,

otras ballestas negras, otros cielos,

otras tardes que mi vida elevan

por encima del tiempo y de los velos

traidores de la edad. Y tengo celos

de las gentes cuyas miradas llevan

el cielo de mi tierra y los pretiles

del río donde vuelan los vencejos

con sus plumas oscuras y reviven

las nostalgias que me llegan más lejos.




IV

El tiempo se sembraba en mi persona

viéndolo roer aquellas hojas de morera

que yo preservaba del calor

en la fresca cantarera.

Y en pocos días su blanca fragilidad

se llenaba

de hilo jubiloso de suntuosa seda.

Y enseguida buscaba un rincón en su caja

y empezaba a tejer su tumba de oro

hasta desaparecer bajo su seda.

Y después, el capullo perfecto,

delicadamente quieto,

se quedaba colgando colmado de futuro.

Hasta que de pronto, ¡la fiel metamorfosis

cumplió con su destino! Aquel gusano obrero

salió hecho mariposa de su tumba.

¡Genial resurrección!

De un sacrificio silencioso

brotó una nueva vida limpiamente multiplicada.

Experiencia educativa en mi niñez

que nunca he olvidado.


V

El barro se ha hecho arte en recipiente

domador de agua limpia y amigo de la sombra.

El barro se ha hecho aljibe y surtidor

para conjurar, puro, fresco,

la sed inmensurable del verano.

En tu entraña de arcilla, botijo irremplazable,

el agua se convierte en generosa ayuda,

milagrosa bebida de fórmula paciente.

En el verano te recuerdo

sumido en la penumbra rezumante

de la fresca cantarera

ansiando aliviar el labio seco

del que trabaja en el campo.



VI

Este verano

he vuelto a ver el mar y su milagro

de mástil y gaviota,

de ola y cormorán.

Y no me canso

de convertir en canto

la luz y la alegría de la gente

cuando la besa el mar.



Este verano

he vuelto a ser el niño que fui ataño.

Y a lomos de mi burra,

desde el pueblo al pinar,

de la calle al camino

el sol me sonreía

y el aire me sonaba

a familia y a hogar.



miércoles, 3 de junio de 2026

LECTURAS PARA UN VERANO (i)




El verano ya está aquí
y todos lo viviremos
en la playa o en la montaña
junto a los que bien queremos;
y así el verano será
como mejor deseemos.
 
 
 
 
PROSA. MICRORRELATOS

 

BRUJAS

Medianoche. Algo despertó al pescador que dormía en su barca cubierto de redes en un rincón. Por un roto vio cuatro mujeres sentadas al otro extremo. Una dijo: “Para cuatro, ponte en alto.” La barca no se movió. La mujer preguntó a las otras: “¿Alguna está preñada?” Silencio. La mujer dijo: “Para cinco, ponte en vilo.” La barca se levantó y empezó a volar. El hombre, muerto de miedo, exclamó: “¡Santo Dios!” Al instante la barca regresó a la playa. Las mujeres, vueltas en grajos, desaparecieron.

 


NUBE TÓXICA 

Después de abrirme paso entre escombros y raíces por espacio de un tiempo que se me hizo eterno y tras dejarme en mi agónica ascensión varias falanges de los dedos, por fin logré salir a la superficie de la tierra. Pero mi locura alcanzó límites indeseables cuando, al querer abrir desesperadamente la boca desesperadamente para poder respirar, no reparé en el hecho de que a escasos metros de mi salida triunfal a la vida se levantaba un poste con un letrero clavado en su extremo que decía: PELIGRO. NUBE TÓXICA. Milagrosamente, seguía sonando en mi transistor un villancico navideño, aunque yo ignoraba si iba a poder escuchar una vez más su estribillo: “Pero miran cómo beben los peces en el río,/ pero mira cómo beben por ver al Dios nacido.” Empezaban a caer los primeros copos de nieve de la temporada. 

 


¡ÁNIMO!

 Sé que te encuentras desanimado, que a veces sientes que a tu árbol humano el rayo del miedo le ha desgajado una rama importante. A mí me pasa lo mismo ante este castigo que sufre el mundo. Muchas familias están sufriendo experiencias como las nuestras. Pero hemos de hacer lo que dice la canción: aguantar los golpes que nos dé este mal tiempo que vivimos, y ser “como el junco, que se dobla” con el viento “pero sigue siempre en pie”. Por si te sirve de consuelo, recuerda tu bonsai: ha sufrido su invierno y ha perdido sus hojas; y, sin embargo, ahí sigue, firme en su tiesto, convencido de que pronto la primavera volverá a vestir sus brazos y hará otra vez realidad su humilde sueño. Dices que eres mayor y que esta situación de vivir en primera línea te descorazona. La vejez a veces nos hace ver las cosas como desde un tren que avanza lentamente. Pero marcha con nosotros dentro, que es lo que importa. Es verdad que nuestro tren atraviesa ahora un paisaje humano desolador, pero pronto la luz de la calma y la salud volverá a brillar en él, como en tu bonsai. ¡Ánimo, ya falta menos! 

 

LOS LADRONES INCULTOS

Cuando los ladrones entraron a saco en el estudio de Ramón Gómez de la Serna arramblaron con todo lo que tenía algún valor, pero se olvidaron de llevarse en su botín un viejo sombrero arrinconado y cubierto por un montón de papeles y periódicos que la humedad había echado a perder. Los ladrones no entienden de recuerdos ni de literatura. Si hubiera sido así, habrían sabido al instante que aquel sombrero había protegido durante un tiempo la prodigiosa cabeza de don Antonio Machado, el poeta andaluz que se enamoró de Castilla. Pero no fue eso sólo lo que se perdieron los ladrones incultos, y es que, enganchado al forro del sombrero de don Antonio Machado, permanecía un gemelo, huérfano de su pareja, un gemelo que había adornado el puño de la camisa de Valle-Inclán, el inventor de las Sonatas, hasta que provocó, desgraciadamente, la pérdida del brazo de su dueño tras infectarse la herida que el bastonazo de un periodista atrabiliario le había asestado durante una pelea de café. 

 


EL PAÑUELICO ONDEA EN NUESTRO CUELLO

Mira, Chema, acabo de llegar a Pamplona en plena efervescencia de los Sanfermines y no te oigo bien por el móvil; así que escucha bien lo que voy a decirte. Seré lo más breve posible. Estoy hospedado con unos cuantos amiguetes en una fonda cercana a las Plaza Mayor y anoche estuvimos hasta las tantas liados con tapas y chiquitos, y andamos todos un poco groguis. Pero ya estamos en la calle dispuestos a realizar una nueva carrera. Dicen aquí al lado que ya han dado el chupinazo de salida, de modo que de aquí a un par de minutos pasarán a nuestra altura los toros en su carrera frenética hacia la plaza. Luis es el que peor está por los excesos de anoche y todos le decimos que se quede tras las vallas, que ya haremos por él la carrera los demás. El follón es de los que sólo se viven una vez, y a unos metros ya aparecen los primeros corredores. Chema, tengo que colgar. Ya te contaré más tarde cómo ha ido. Espero que no salga ninguno revolcado; preparados estamos todos y el pañuelico ondea en nuestro cuello animándonos a correr. Hasta más tarde. 

 


 EL PAÑUELO

 Querida madre: No te asustes cuando Iñaqui te entregue mi pañuelo y estas cuatro palabras que lo acompañan. Él te dirá qué ha ocurrido. Cuando esta mañana me lo anudé al cuello antes de iniciarse la carrera, me dije a mí mismo que ésta sería la última vez que me ponía delante de un toro, pasara lo que pasara. Quiero mucho a San Fermín y lo que significa para nuestra tierra cuando se acerca el 7 de julio. El abuelo corrió, papá corrió y yo quería seguir los pasos de uno y otro. Pero tu padecimiento puede más que la afición de la familia y la mía. Así que no te preocupes porque tu hijo verá los toros desde la barrera. 

 

EN TRES MINUTOS HABRÁ PASADO TODO

En tres minutos habrá pasado todo. Tras el chupinazo que despierta de golpe a la mañana, una avalancha de acontecimientos trepidantes se desencadenará por unas pocas calles de Pamplona y los cinco sentidos se pondrán en alerta: voces y cánticos de la gente que observa la carrera desde las estacadas, gritos de los mozos que corren entre los astados avisando del peligro; olores a pólvora, a sudor, a vino…; llamativos colores que se mueven a una velocidad de vértigo entre la franja intocable del cielo y el castigado pavimento; sabores extremos que van desde el hierro en la punta de la lengua causado por el miedo y la adrenalina, hasta el dulzor de los churros con chocolate del atropellado desayuno; choques, tropezones, topadas de los toros, caídas… En tres minutos habrá acabado la carrera, y con ella todas las vitales emociones que buscaban los protagonistas de la fiesta. ¡Y qué pena que yo no haya podido atarme al cuello el pañuelico rojo, correr entre los mozos, sentir las frías astas de los toros rozarme la camisa…! ¡Qué pena que, como siempre, tenga que velar por la buena suerte de los corredores! ¡Qué pena que yo sólo sea el ángel de los Sanfermines!


 


¡FELIZ VERANO!

 

 

 



 
 
 
 

sábado, 23 de mayo de 2026

MEMORIAS DE UN JUBILADO Elogio del vino

 


        Nuestro profesor de Literatura de la Facultad, nada más empezar la clase, pidió a varios alumnos de la primera fila que repartiera entre los que ocupábamos el aula los folios impresos que había traído. A continuación leyó unos versos de su libro para que siguiéramos su lectura en los impresos que teníamos delante y, cuando terminó de leer, cerró el libro, lo dejó sobre la mesa y bajó de la tarima para encararse con todos nosotros y formularnos la siguiente pregunta:

      “¿Quién de ustedes podría decirme a qué clase de subgénero lírico pertenecen los versos que les acabo de leer?

      La respuesta que recibió fue un silencio de diccionario (esas eran las palabras que solía decir en ocasiones parecidas: "Silencio de diccionario"). Entonces dijo: 

     “En vista de que al parecer ninguno de ustedes lo sabe, les rescataré de su ignorancia. Los versos que han oído forman parte de una composición lírica llamada anacreóntica; habrán notado que ensalzan el vino y el gozo de beber; en otros casos, además de cantar el vino, la anacreóntica canta otros placeres de la vida, como la felicidad, el hedonismo, el amor...” Hizo una pausa para consultar la hora y añadió: “Ahora les toca a ustedes leer por su cuenta el poema que les he entregado impreso al entrar y redactar un pequeño artículo que tenga algo que ver con la identidad del vino, que no exceda de un folio. Tienen de tiempo lo que queda de clase. Pueden empezar.”

     


       A mí siempre me ha gustado saborear el licor favorito de Baco algo más que el mero leer a Anacreonte; pero afrontando el trabajo que me esperaba, he de confesar que prefiero recordar lo que alguno de nuestros clásicos de ayer y de hoy escribieron a propósito del rico jugo de la cepa, ¡que quede claro! Uno de ellos, perteneciente al Siglo de Oro de nuestra Literatura, cuyo nombre fue Baltasar del Alcázar, lo definió así: “con dos tragos del que suelo / llamar yo néctar divino, / y a quien otros llaman vino / porque nos vino del cielo”. Y en otro sitio dejó escritos estos versos que nuestro profesor de Literatura del Instituto de Zamora, el ilustre  don Ramón Luelmo, nos hizo querer: “Comience el vinillo nuevo, / y échole la bendición; / yo tengo por devoción / de santiguar lo que bebo. / Esto, Inés, ello se alaba, / no es menester alaballo; / sólo una falta le hallo, / que con la priesa se acaba.”

   


    Y disparada mi imaginación por los versos de Baltasar del Alcázar, me trasladé en vuelo nostálgico a mi tierra zamorana, dos de cuyas comarcas más celebradas llevan los nombres de Comarca del Pan y Comarca del Vino, que me recuerdan el sabio refrán “Con pan y vino se anda el camino” (que, a su vez me evoca lo que el primer poeta de nombre conocido en nuestra Literatura, Gonzalo de Berceo, natural de La Rioja para más señas  (por cierto, famosa comarca por sus caldos), escribió en una de sus cuadernas vías:  “Quiero fer una prosa en román paladino/ en la cual suele el pueblo fablar a su vecino, / ca non so tan letrado por fer otro latino. / Bien valdrá, como creo / un vaso de bon vino.") 

     


        Volviendo a mi tierra, traigo a colación a otro poeta clásico, éste del siglo XX, paisano mío que ganó el premio Adonais de poesía con un libro titulado Don de la ebriedad. Me refiero, claro está, a Claudio Rodríguez, que dejó para siempre escritos en él estos versos calientes y vivos como el vino de nuestra ciudad del alma:  “Sí, ebrio estoy, sin duda... / ...Y el sol, el fuego, el agua / cómo dan posesión a estos mis ojos. / Y corre el vino y cuánta, / entre pecho y espalda cuánta madre / de amistad fiel nos riega y nos desbroza. / Voy recordando aquellos días. ¡Todos, / pisad todos la sola uva del mundo: /el corazón del hombre! ¡Con su sangre / marcad las puertas! Ved: ya los sentidos / son una luz hacia lo verdadero.”  Genial Claudio, buen bebedor de vino (por cierto, él siempre defendía a machamartillo que el vino hay que beberlo de pie y en la barra ) y, sobre todo, un excelente poeta. 

   
     Finalmente, aprovecho la ocasión para confesar también que mis mejores aliados eran el vino y los versos, alternados, eso sí, con las charlas en el bar de la Facultad de Letras de la Universidad de Barcelona, las presiones, las prisas y los nervios, los exámenes o los trabajos como éste de la anacreóntica... Porque entre el estudio en el aula y la escuela de la calle en otro tiempo más joven crecí saboreando la sangre de la tierra y sintiendo en el cine y en el baile la cálida cercanía de mi novia, que Dios ha querido que se haya convertido en la compañera de venturas y aventuras de mi vida. Ella es para mí la verdadera personificación de la vida y el viento feliz que esperaba la vela de mi barco, ensimismado en la añoranza de mi tierra. ¡Qué bendito aquel tiempo en que mi alma bailaba con música serena y mi cuerpo fantaseaba cuando iba a buscarla a la salida de su lugar de trabajo! ¡Y qué dulces los retornos a la casa con el gusto a manzana de sus labios en los míos! 

       Yo vivía en Poble Sec, un barrio histórico y cultural donde los haya, y ella en Horta, un lugar idílico con torres adornadas de glicinias, plazas donde el pueblo llano compartía su tipismo con vino de porrón y ritmo de sardana; con cines de nombres sugerentes (Diamante, Virrey, Odeón, Venecia, Maragall...) con bailes, poseedores también de nombres emblemáticos (Fomento Martinense, Casinet, Guinardó...). Y entre unos y otros bebíamos el vino de la alegría porque era el vino que cantaban en definitiva Anacreonte, Gonzalo de Berceo, Baltasar del Alcázar o Claudio Rodríguez... Porque el vino que bebíamos es el que seguimos bebiendo hoy para celebrar con alegría la vida que vivimos.