lunes, 13 de abril de 2026

MEMORIAS DE UN JUBILADO. Algunos retazos de 1964

 


Lo primero que vi de Barcelona fue la estación de Francia y su alta luz de cien razas viviendo con sus lenguas y exóticas historias. Yo acababa de dejar en la esquina del pasado mi página vivida de ciudad provinciana, y abría a la aventura del mestizaje libre y sin fronteras mis ansias de aprender pese al cansancio nocturno de los casi mil kilómetros que me separaban de la primera almendra de la vida, ya en las lindes de la verdad adulta y sus celadas.



El primer piso que tuvimos era luminoso, abierto, cosmopolita y brujo, y se encontrava junto al canto del agua de Montjuic y su esmeralda subiendo hacia el Castillo. (Al alcance de la mano, todo un mundo reciente esperándome.) Nuestra primera vivienda en alto, tibio el aire en los balcones y la luz en el alma del ser que ya aprendía sin libros y sin sueños. (Casi olvido las huertas y los nidos de aquel otro que vive en mi interior, siempre alumbrando.)

 


Y el primer mar de Barcelona que vi fue el mar de Casa Antúnez, al pie del Cementerio; su agua alegre brillaba en nuestros cuerpos. Era julio y ya estaba dispuesta la amistad a saludarme pronto. Allí, en la orilla, compartiendo la espuma de las horas, los primeros amigos catalanes me hablaron de museos, de caminos futuros por los barrios con solera donde el vino se casa con el arte. Yo, a cambio, pensaba regalarles humo de versos, y, todos, saciaríamos bohemias ingenuas de endiosada juventud.



Sus nombres quedan ya sembrados, vivos, en mis surcos diarios. Versos hablan del estudio de uno de ellos, A, uno de los mejores amigos que he tenido siempre, donde tejíamos nuestros sueños artísticos; sus lienzos regían nuestras charlas; yo leía mis versos becquerianos; lo demás era fruto del vino y la esperanza. La juventud podía con los ebrios retornos por la calle del Romano, tras cuya estatua solíamos librar batallas de vejigas acosadas. Y el tranvía, soñando con la gloria, nos iba transportando por la noche como Ulises camino de sus Ítacas. Atrás quedaban versos y dibujos sembrados en la frágil servilleta, entre el olor a vino peleón y el humo del cigarrilloo, como un guiño que la diosa bohemia nos brindaba.

 


 Nombres, vivos nombres que ahora traen momentos de amistad, que a la mirada prosaica del presente me torturan con la inútil nostalgia. Pero entonces..., entonces eran brillos de diamante en nuestras manos. Petritxol, Canuda, los Baños Viejos..., mundos donde abrían sus puertas al amor y al arte cuerpos y almas tocadas por un don común, por un año de gracia, aquel primero en que aprendí el misterio de Barcino, arrimando el oído al corazón, al barrio de las putas y del arte. Pintábamos de día en caballete con el mar a los pies y el cielo azul temblando entre las velas de los muelles. Y por las noches abríamos las salas de Baco con las llaves más gozosas. Entre vaso y vaso abríamos ventanas a las musas, mientras F. perdía lápices en Cristos agonizantes y putas con los senos encrespados, un J. hablaba de sus minotauros y el otro J. no dejaba de soñar con París; E. flotaba en nubes de Picasso y A. la pintaba con pinceles untados en el óleo eterno del corazón.

 


 Las borracheras duraban lo que duraba el fiel arrobamiento. Luego volvíamos al recinto de los Beatles y volvíamos a caer en toboganes de magia y erotismo. En el estudio pasábamos el tiempo hablando libres de Dios, del arte, del sexo y de poemas mientras el mundo se multiplicaba en andamios y las palomas pintaban las estatuas con sus grises de fuego. En el refugio tocábamos las teclas de las musas y planeábamos híbridas visitas a museos y tabernas. Recuerdo todo eso ahora con inútil apasionamiento.

 


 En cambio, recuerdo con alegría y agradecimiento el generoso horizonte del Mercadillo de San Antonio, libros esperando la suerte de las manos que saben teclearlos con caricias de estudiante. A. me acompañaba las mañanas de domingo por búsquedas y encuentros. Libros de magia, de poesía, de arte. Libros que un día sirvieron de escondite a secretos bélicos y a conjuras esotéricas. Libros que fueron cuajando bibliotecas y sueños... Libros que acabaron siendo testigos de una época y que ahora me obligan a esbozar sonrisas mezc los labios arabescos de gris melancolía cuando hojeo sus bosques de poemas, sus cálidas ventanas de pinturas, de rostros, de paisajes, de esperanzas.

 


 Aquel sesenta y cuatro del inicio fue también la aventura de las aulas, de las asignaturas serias, hondas, de los sabios doctores que supieron sembrar en mí los dones del trabajo bien hecho, la lectura, la enseñanza... Alsina, Blecua , Castro..., compromisos de rigor y de entrega hacia el estudio... Y nuevos compañeros, y otras rutas: la Avenida de la Luz y el cariñena, y el bulevar lujoso donde quiso Gaudí poner la almendra de sus sueños en casas temblorosas, casi tartas de piedra, invitaciones para que Dios bajase a ver si eran reales o plagios rebeldes de su excelsa magia. Aquel sesenta y cuatro del inicio la sabia luz de la Universidad alumbró los desvanes de mi mente.

 


 Y si era la ciudad en el verano un diamante brindado a quien osara entrar en su recinto misterioso con los cinco sentidos en alerta, en invierno se convertía en una dama que ofrecía sus encantos sin fin bajo la lluvia y el olor de alquitrán y los sonidos perdidos de la noche a quien quisiera poner en el tablero su ventura, sus virtudes de amante sin prejuicios. Los amigos cogíamos el metro y, mineros del arte, un día amábamos la piedad de Pedralbes, y al siguiente, deseábamos a las mujeres que ardían en los cuadros que Picasso en Montcada dejó vírgenes para aliviar miradas encendidas... Era todo la fiebre de la edad, que lo mismo encendía nuestras ingles que alzaba el corazón a los altares.

 


 O nos daba de pronto por cambiar de horizonte y, locos, nos subíamos al tren del litoral. Y, como a dioses en la orilla del mar, la luz de Sitges nos ungía de gracia y de poemas, tras rendir pleitesía a la pintura de Rusiñol en Cau Ferrat. Comíamos entonces bocadillos de esperanza y bebíamos el vino de la gloria mientras nos quemaba los ojos la alegría de formar parte ya del arte fiel que no recibe nada y lo da todo. Hay fotos que dan fe de aquellos días, y humos de cigarrillos y papeles habitados de esbozos y poemas, y cuadros que ya cuelgan para siempre en las salas eternas del olvido.




miércoles, 1 de abril de 2026

SEMANA SANTA EN VIVO


 

I

Sólo los niños saben dar manojos

de flores verdaderas,

esencias de alegría este Domingo

de Ramos contra ramos.

Navegan los presagios con las nubes

viajeras de este abril que ya no sabe

si la lluvia le espera o si una sombra

antigua de leyenda lo señala

como un mes para muerte y para luto.


II

De nuevo soñaré con aquel río

en cuyas aguas las luces de los pasos

se miran temblorosas.

De nuevo soñaré con la Esperanza

brillando en las estrellas de su túnica.

Y Judas, mientras tanto,

negará la enseñanza recibida,

tramitará el delito entre las sombras

amargas de su propia cobardía

y firmará el descenso hacia su abismo.


III

Semana Santa, abril encadenado

al luto de por vida.

Mañanas, tardes, noches, madrugadas

holladas por tambores.

Hábitos, cruces, andas

para Cristos agónicos.

Semana Santa, ritos ancestrales,

corazones nevados por la pena

prolongada de abril.

¿Hasta cuándo llevaré su recuerdo

como una cruz clavada en tu memoria?


IV

Y Él seguirá salvando,

escribiendo en la tierra,

manzanas pecadoras.

Abrirá la visión en ojos muertos

nacidos en la sombra,

antes de que sus manos,

hechas para la cura y la caricia,

se ofrezcan a las sogas del verdugo,

antes de que otros labios,

nublados de traición, manchen su rostro.


V

En alas del recuerdo que me asedia

me llega aquel silencio repetido

abierto en las heridas perpetuadas

en Cristos de mi tierra.

Aún siento en la penumbra de las plazas

quemarse los pabilos de las velas.

Nunca está la nostalgia tan presente

como el dolor de mi Semana Santa.



VI

Santo cordero ahora

es quien fue un huracán bajo la bóveda

del templo cuando el látigo

usó contra el impío mercader.

Nadie guarda su vida.

Apóstoles serán, pero ahora duermen,

simulan no ver nada.

Serán los que difundan por el mundo

sus lecciones de paz.

Pero ahora prefieren dar la espalda

al peligro que acecha a su Maestro.

Sólo tiembla la luna en los olivos

al entrever las sogas de la muerte.


VII

El Viernes caminábamos deprisa

con frío matutino en las entrañas,

mirando el oro nuevo de otro albor.

Allá, por las Tres Cruces, desfilaban

-niebla triste nimbando la madera

augusta de las tallas- los hermanos

sonando su clarín y su tambor

-el Merlú que llevamos en el alma-.

Trazaba allí la cruz

nítidamente su señal en todas

las frentes zamoranas.

Temblaba en la mañana la Verónica

-al aire el paño con la faz sagrada-.



VIII

Sólo damas de negro,

en fila silenciosa,

llorosas acompañan

la Soledad más sola.

Es una noche fría

abierta a tristes luces.

Sábado Santo: invierno

prolongado en abril.

Navaja de crespón

rajando la esperanza.




sábado, 21 de marzo de 2026

SABORES DE SEMANA SANTA

 


Ahora que ya está a la vuelta de la esquina la Semana Santa, veo conveniente incluir en esta entrada un relato de hace años que tiene que ver con estas fechas tan señaladas, y con mejor motivo aún el hecho de que el relato está ambientado en Zamora que, como todo el mundo sabe, sigue dando digno cobijo a una de las Semanas Santas más emblemáticas de nuestro país.

 

I

Nunca me hubiera imaginado que mi primera tarea periodística se pudiera convertir con el tiempo en mi trabajo definitivo pese a que, por las palabras que me dirigió el redactor jefe, comprendí que mi vida laboral no iba a ser un camino de rosas.

--Muchacho—me dijo mientras me entregaba una nota--, si quieres trabajar en el periódico, olvida lo que has aprendido en la Facultad y aprende a leer los renglones torcidos de la existencia, pateando las calles. Y para empezar a saber cómo se hace, cruza España y ve a Zamora, hospédate en la fonda cuya dirección te he escrito en esa nota y, como estamos en Semana Santa, recoge datos sobre la cocina zamorana de estas fechas y preséntate aquí el Lunes de Pascua con un borrador aceptable.

Fui a abrir la boca para preguntarle por los emolumentos, pero él dio por zanjada nuestra entrevista aclarándome:

--Sólo está pagada la fonda. Ahora, cuando salgas de este despacho, pasa por Caja para que te adelanten doscientos euros para gastos imprevistos. Suerte y hasta el próximo lunes. A primera hora. Y, no lo olvides, con un borrador que valga la pena.

 



II

Llegué a Zamora por la tarde y encontré mi alojamiento (ya es suerte) en una calle llena de cantinas. Antes de entrar me trasquilé una cerveza en el bar más cercano. Me supo a gloria bendita después del largo e incómodo viaje en tren que tuve que soportar. Dejé mis cosas en la habitación que la posadera me adjudicó y me lancé a las calles a tomar el primer contacto con la ciudad que, de buenas a primeras, me pareció un lugar pequeño y tranquilo.

Aquella misma noche, durante la cena en El Pozo, ese era el nombre de la fonda, nombre chocante y paradójico en medio de tantas tabernas, tascas y cantinas, me enteré de que Zamora cuenta con numeroso templos, palacios y construcciones artísticas y, a juzgar por las personas que me atendieron y hablaron de ello, la ciudad está habitada por una gente sencilla y amable que, además de saber vivir, comer y beber, habla un castellano de pura casta. Y lo mejor de todo fue que en la misma fonda tuve la inmensa suerte de conocer a Elisa, una joven maestra, y a Lucio, un viajante de lienzos, huéspedes como yo, que me pusieron al corriente de los bares donde servían los mejores vinos y tapas de la ciudad, y de las principales procesiones que recorrían sus calles. 


Con esos inmejorables principios, me propuse seguir a rajatabla el plan más idóneo para cumplir con mi labor de periodista gastronómico: durante el día recorrería las tascas y restaurantes de la ciudad consultando a dueños, camareros y parroquianos sobre lo que despachaban y consumían en ellos, y por las noches, como relax, presenciaría desde un rincón de la ciudad apropiado las procesiones más emblemáticas.

Una mañana en que me hallaba ordenando sobre la mesa del comedor las fichas de mis averiguaciones gastronómicas, rogué a Lucio que les echara una ojeada y que me diera su opinión. Lucio las leyó con atención y me dijo lacónicamente:

--Aunque están bien, tienen un pero: te has quedado sin citar los platos típicos que se preparan y se consumen en otros lugares de la provincia, que son tan ricos como los de la capital.

--¿Por ejemplo?

--Por ejemplo la ternera de Aliste, los garbanzos de Fuentesaúco, la merluza rellena de Toro, los pichones de Benavente, las truchas asalmonadas y el pulpo con moje de Sanabria.

--Perdone, Lucio, que le pregunte qué es el moje. ¿Una salsa?

--Algo así, pero con sustancia. Es una salsa roja, fuerte, picante, muy sabrosa y de las más tradicionales de la tierra.

Acto seguido le pregunté por sus ingredientes y me respondió sin titubear:

--Aceite de oliva, pimentón picante, ajo y perejil. Si quieres saborear unas tapas de pulpo con moje, no tienes más que ir a la taberna del final de esta misma calle. Te chuparás los dedos de gusto.


         --Lo haré hoy mismo. Y, Lucio, ahora que ha mencionado también el ajo, he oído que tiene mucha importancia en la cocina zamorana.

--Has oído bien. Rara es la familia de la tierra que no muestra colgada en alguna parte de su casa unas cuantas ristras de ajos. Si en vez de estas fechas, hubieras escogido la de San Pedro, podrías haber asistido a la feria que se monta con las famosas trenzas de ajos expuestas en todas partes. Por cierto, no se te ocurra dejar de probar las famosas sopas de ajo. Y las más tradicionales debes comerlas en la madrugada del Viernes Santo, en las Tres Cruces.

--¿En las Tres Cruces?-- pregunté a la defensiva.

--No te asustes, hombre. Es el lugar donde los costaleros de la Soledad hacen un alto en la procesión para reponer fuerzas tomando una cazuelita de sopas de ajo, acompañadas de un buen trago de cerveza.

--Gracias, Lucio, por la información.

--No tienes que dármelas. Encantado de poder ayudarte en la elaboración de tu trabajo. Cuando trates de los platos de la provincia, no olvides hablar del clásico potaje que todavía en Fornillos de Aliste se cuece amorosamente en lumbres de paja. Y el trabajo te quedará redondo si incluyes lo que ocurre la tarde del Viernes Santo en Bercianos, otro pueblo de la misma comarca , famoso por el alucinante entierro de Cristo.

--¿Qué ocurre en él?

--Los lugareños recrean historias culinarias casi desaparecidas y preparan sus famosas postas de Bercianos, que es un guiso de bacalao exquisito.


      Al punto pensé en hacer un viaje a Bercianos para ver el entierro de Cristo y después cenar esas postas de bacalao. Pero enseguida Lucio me lo quitó de la cabeza al decirme que el Viernes Santo en Bercianos se había convertido en los últimos años en una arriesgada aventura, dado el inmenso aluvión de turistas que invaden materialmente el lugar.

Aún me esperaba una sorpresa más aquella misma noche y fue que la posadera nos sirvió como remate de la cena unos dulces dorados y redondos que al hincarles el diente se deshacían en mi boca y la poblaban de un gusto a anís inconfundible y duradero. Mi cara debió ser una mezcla de sorpresa y admiración porque Elisa, al momento, dijo:

--Se llaman aceitadas.

--¿Aceitadas?

--Aceitadas, sí, porque están amasadas con aceite para sustituir la grasa animal, prohibida en estas fiestas.


       Me llevé a la boca otra aceitada y el sabor me siguió pareciendo tan lleno de gracia y misterio, que me prometí a mí mismo no dejar pasar en mi vida una Semana Santa sin hacerme traer de la ciudad del Duero una caja de aceitadas.

A propósito de ello, Lucio intervino:

--Las aceitadas son para los zamoranos una seña personal de la Semana Santa. Lo mismo que el Dos y pingada.

--¡El Dos y pingada!-- repetí alucinado.

--Sí—dijo Elisa--. El Domingo de Resurrección iremos los dos a degustarlo a un bar que conozco.

--Yo también os acompañaría con mucho gusto—dijo Lucio--, pero mi trabajo me obliga el Sábado Santo a partir hacia Benavente para cumplir un encargo.

Lo lamenté de verdad.

 

III

El Dos y pingada lo descubrí tres horas antes de tomar el tren de regreso a casa. Elisa me llevó a un restaurante con solera situado en el casco antiguo de la ciudad y nada más sentarnos a la mesa, le pidió al camarero un par de platos de Dos y pingada. Y cuando se fue el camarero a la cocina a pedir la comanda, la joven maestra me dijo:

--Con un poco de suerte, hoy podrás cerrar con broche de oro tu experiencia gastronómica en Zamora.

Y como la curiosidad me tenía en ascuas, le pregunté qué era el Dos y pingada.

--Espera y lo verás-- fue su respuesta.


       Aguardé con ansia la aparición del camarero con los platos. Y cuando eso ocurrió mi sorpresa fue enorme y la carcajada de Elisa, mayúscula.

--Sí—dijo ella sin dejar de reír--, esto es el Dos y pingada. Como ves, son dos huevos fritos y una opulenta rebanada de magro de cerdo montada sobre ellos, y además torreznos y tortas de pan que han sido freídas con la misma grasa de los torreznos.

No dije nada, me limité a bendecir el plato con la vista y, enseguida, di buena cuenta de todo. Eso sí, regado sabiamente con una buena cerveza.

 

IV

Desde entonces empecé a sentir verdadera pasión por la literatura gastronómica, y más cuando mi jefe, pese a no estar muy de acuerdo con la forma en que le presenté el trabajo, me dio algunos consejos con el fin de darle atractivo y amenidad para publicarlo en la sección Sabores de Semana Santa. Y así ocurrió, satisfaciendo al completo mis aspiraciones laborales.

Coda: todos los años por esas fechas recibo de Zamora una caja de aceitadas, enviadas por Elisa, la maestra, con la misma frase: “Para que no te olvides de los días procesionales y gastronómicos que pasamos juntos en la ciudad del Duero.”

 


lunes, 9 de marzo de 2026

POEMAS DEL TIEMPO QUE NO VUELVE (I)


 

Tras publicar el poemario El cuaderno de Sísifo en 2008 y ser presentado en el Ateneo de Barcelona por los poetas amigos Ambrosio Gallego y José Florencio, me decidí a seguir escribiendo sobre el mismo tema, el destino humano como campo de batalla personal, y no he dejado aún de hacerlo bajo un título más amplio que el volumen de 2008, aunque sin abandonar el nombre del personaje mitológico que figura en él. Y al libro general de Los cuadernos de Sísifo, sin editar todavía,  pertenecen los 5 POEMAS INÉDITOS de la presente entrada: "Vieja ciudad", "Vida de lluvia", "Tossa", "En otra orilla" y "Un año más". Y contienen motivos relacionados con distintas épocas de mi vida y modos diferentes de sentir y pensar

 


 

VIEJA CIUDAD


Plazas silentes, calles solitarias,

campesinos oscuros saliendo de la iglesia

o caminando sabios a los huertos

para arrancar al surco su despensa.

 

Gruesas dovelas en los arcos

para encuadrar hidalgos, caballeros,

criaturas del Greco que contemplan

con lenta paz el transcurrir del tiempo...


Por la vieja ciudad, nido de símbolos,

cruza su paz silente

la callada elegía con el dulce

mazazo de la muerte.


 


VIDA DE LLUVIA


El dios vacía el agua de su cántaro

sobre las piedras mudas. Canta el agua

en su cascada alegre hacia el canal en sombras.

Un mendigo nos mira. Sube y baja

por lo que considera sus dominios,

doce metros de rambla de mosaico

y un banco de madera

que cubre su equipaje de unos días,

unos años, tal vez su vida entera,

una vida de lluvia y de palomas

con vistas a la noche. Poco a poco

el mendigo se acostumbra a mirarnos

y nosotros a ver su soledad.


Y ya no pasa nada.

La sapiente tragedia de otro día.

 


TOSSA


Echo de menos, Tossa,

tu aroma de mar bravo entre las peñas

que apacientan espumas en la cala,

el vuelo sin guión de las gaviotas

desde las torres de la Vila Vella

hasta la arena en sombra de la playa.

Echo de menos, Tossa,

sobre todo, la luz que va callándose

con la voz de la tarde y de la brisa

y aparece en su ausencia

el aire marinero, mientras flotan

las telas de la noche y se derrama

la cerveza en mil labios

Echo de menos, Tossa,

la piel tostada, el tiempo

que se alarga indolente

y las siestas de amor donde se juega

a ser en otro cuerpo otra vez joven.

  


EN OTRA ORILLA


Queda lejos el barrio del río y las aceñas,

la verdad de los juegos,

el sueño de la infancia y sus sorpresas.

Queda lejos el tiempo

con sus cartas marcadas y sus tretas,

el tiempo en que tu nave se vio libre

con luces, con andamios y con fiestas.

Y estás hecho ya a todo, a ver las aguas

rebeldes regresar a sus mareas,

al viento oscuro hinchar sumiso el trapo

de tus expertas velas.


Marinero, en tu puente,

y en lontananza puesta tu mirada serena,

ya puedes navegar oleaje adentro

recogiendo los frutos de la siembra,

cosechando los vinos que te ofrece

cada otoño en tu fiesta.

 

UN AÑO MÁS


Un año más ha dado

su golpe de hacha justa en mi madera,

sin saber todavía si son muchos ochenta

y dos años hablando y trabajando

con este oficio humano hecho de lunes

al sol y más poemas.

Y sigo preguntándome

qué espera de mí la vida aún,

qué espera de mí el otro

que en silencio me mira desde dentro

cuando miro el cristal por donde pasa

de golpe mi aventura. Porque el hombre

no es sólo su estatura, su palabra,

su raíz familiar o su techumbre.

Es tal vez una espera,

un acecho al silencio para hallar

la palabra que nombre nuestro nombre,

la luz que hace brillar nuestra existencia.


(De Los cuadernos de Sísifo)

 

domingo, 1 de marzo de 2026

UN LIBRO PARA OLVIDAR UN TIEMPO (I)

 


Nunca me habría imaginado que con sólo mandar un relato a un concurso y ser premiado por escribirlo me iba a traer de nuevo un tiempo que yo ya no quería recordar. Si escribí ese relato fue para homenajear a las personas que sufrieron persecución, tortura y muerte durante los tres años que duró la Guerra Civil española, en especial a dos personas de mi familia: a la persona real que encarna Esteban, el protagonista de mi relato titulado EL SINDEDOS, que logró salvarse de morir fusilado en la tapia del cementerio de su pueblo vallisoletano, y a un hermano de mi madre, que no tuvo esa suerte y cuyos restos mortales se encontraron en una fosa común del cementerio de León. EL SINDEDOS es fruto de una historia que mi padre nos contaba en Zamora, en plena posguerra, donde seguía reinando el miedo y el hambre y la trágica secuela de la guerra fratricida.

Dicho esto paso a hablar del libro cuya fotografía encabeza esta entrada, libro que me envió la institución que patrocina el Certamen de Relatos de Memoria Democrática de Quart de les Valles (Valencia). El volumen está compuesto por los diez relatos premiados en el Concurso del mismo nombre, cinco en castellano, entre los cuales se encuentra el mío, El Sindedos, y cinco en valenciano. Y cuando acabé de leerlos todos, comprobé que Esteban, el protagonista de mi relato, comparte el honorable escenario de víctimas de la barbarie que vivieron las dos Españas durante aquellos tres años imperdonables; víctimas que pertenecen al pueblo llano y sencillo. 


      En el grupo castellano, la primera víctima  es una niña a la que sus padres pusieron el nombre de Acracia, que significa “doctrina que propugna la supresión de toda autoridad. Acracia era hija de Brígida y Gregorio, un hombre que había podido escapar de los rebeldes junto con otros para esconderse en el monte, y hermana de un joven al que se llevaron los de Franco para no volver jamás. Y Brígida, su madre, se vio obligada a cambiarle el nombre según la nueva ley, y si no lo hacía en breve plazo, le pondrían el nombre del santo del día en que había nacido. Y al final su madre dijo al alcalde, autoridad que las había citado para la ocasión, que a su hija  le ponía el nombre de Gracia, que sonaba parecido al nombre que había tenido siempre: Acracia. Por algo el autor del relato lo titula Cambio de nombre. He aquí un fragmento del relato: "...Cuando el alcalde le dijo a mi madre que tenía que cambiarme el nombre, yo era todavía muhy pequeña. Apenas nueve años tenía. Cuando lo de Manolo el anarquista no. Cuando lo de Manolo hacía diez años que me había casado y tenía ya a mis tres hijos, a los que puse nombres cristianos, que eran los que había que poner. Porque ese era el asunto, que a mi hermano y a mí no nos habían puesto nombres cristianos, sino otros que decían que eran exóticos y extravagantes. Claro, como no nos habían bautizado, ¿qué nombres cristianos mnos iban a poner? A mí me parecían normales, supongo que de tanto oírnos llamar por ellos, pero el hombre aquel le decía a mi madre que de las muchas cosas malas que habían hecho ella y su marido, una de las peores era habernos condenado la vida con esos nombres ridículos que sólo servían para reírse de ellos. Y que menos mal que al Caudillo se le había ocurrido que había que ponernos otros nuevos porque si no se iban a burlar de nosotros toda la vida. Bueno, de nosotros no, sólo de mí. De mi hermano ya no podía burlarse nadie. Si acaso, de su memoria. estaba muerto y bien muerto, aseguró el hombtre, y ni una triste lápida había donde cambiarle el nombre ahora. Mi madre se echó a llorar, muy flojo, casi para que no la oyesen. Pero yo sé que en el fondo se sintió feliz de que a su hijo ya nadie  pudiera cambiarle el nombre con el que su marido, mi padre, lo había apuntado en los papeles del registro diecisiete años atrás."

 


       La segunda víctima es Esteban, un hombre al que junto con otros del pueblo los detiene una patrulla de franquistas para fusilarlos por rojos en la tapia del cementerio, pero huye y se refugia en la hura de un barranco, que previamente agranda con sus dedos mientras los asesinos tras fusilar a sus compañeros vuelven a por Esteban para tratar de encontralo y matarlo igualmente. Pero, como hemos dicho, guarecido en el madriguera, logra salvarse, si bien más tarde descubre que en la operación agónica de agrandar el agujero ha perdido las primeras falanges de los dedos de sus manos; de ahí el apodo con que es conocido por sus paisanos: el Sindedos. Léase el siguiente fragmento: Y empecé, con las ansias y las fuerzas que regala el instinto de la supervivencia, a agrandar con los dedos aquella especie de madriguera. No sé cuánto tiempo estuve empleándome a fondo en aquella operación, pero al fin logré ensanchar el orificio lo suficiente para acurrucarme en él. Y así estaba, cuando escuché una descarga de fusiles, apagada por la distancia pero definida. Temblé de pies a cabeza al acordarme de los pobres hombres que acababan de morir en las tapias del cementerio. Empeñado como estaba en lograr mi salvación terrena, no me había acordado de rezar por su salvación eterna, que ya la tenían asegurada. Al instante caí en la cuenta de que yo todavía seguía en peligro. Sin duda, los asesinos, al notar que les faltaba uno, tornarían a por mí. Y volví a temblar de miedo y a mearme en los pantalones mientras oía acercarse el ruido del motor de la camioneta. A los pocos segundos escuché gritar mi nombre en lo alto del talud, al borde de la carretera. Blasfemias. Disparos. Silbidos de balas. Golpes de los proyectiles en las zarzas, en la tierra. Algunos chocaron a unos centímetros de donde yo estaba y arrancaron polvo rojo del suelo. Me acurruqué aún más y recé de un tirón la oración que mi madre me había enseñado de niño, aquella que comienza "Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares, ni de noche ni de día..." Más disparos. Más blasfemias. Más gritos con mi nombre y la afrentosa mención de mi santa madre. Luego el silencio. Después el ruido de la camioneta alejándose. Finalmente, un segundo silencio que jamás había oído. Fue entonces cuando respiré profundamente y descubrí lo que les había ocurrido a mis dedos. Eran de repente más cortos, y la sangre y la tierra se amontonaban en sus extremos, en las que habían sido sus primeras falanges en el brevísimo paréntesis que separa la vida de la muerte. Lo que viví a partir de entonces y hasta mi regreso a casa, sólo lo saben dos personas: el pastor que me llevaba algunos trozos de pan y de queso a los zarzales y mi mujer. Mi hijita, no, porque creyó que yo había muerto en las tapias del cementerio. De acuerdo con lo que dije más arriba, he sentido un gran alivio al contar lo que viví aquel día de julio de 1936. Y sin embargo, cada vez que regreso al pueblo y veo el paisaje del monte donde ocurrió todo, me siguen escociendo los muñones de los dedos.”


       En el tercer relato, La memoria de los huesos, figuran varias víctimas: una es Margarita, una abuela que le cuenta a su nieta, la narradora, que tras la victoria de Franco fue “señalada”, término que se puso de moda en la posguerra y años siguientes, por haber sido hijo de rojo o colaborador del enemigo, que es el caso de Margarita. Y al lado de la abuela aparece la madre de la narradora, que según le cuenta, pasó mucha hambre y mucha tristeza recordando a su padre, Fermín, que como “señalado”, desapareció una noche y nunca más volvió. Hasta que la propia narradora un día recibe la noticia de que han encontrado los huesos de su abuelo Fermín en una fosa común. La narradora acaba su historia, entre otras, con estas palabras: “Seré la voz de mi abuelo, la voz de aquellos que fueron silenciados con cruedad.” En realidad, toda la familia de la narradora, como muchas otras de mi época, fue víctima de la guerra. Así empieza La memoria de los huesos: "De haber elegido ser alguien, sin duda hubiera querido ser como ella. Recuerdo a mi abuela Margarita con una mezcla de admiración y tristeza. Era una mujer de fuerza indomable, forjada por el trabajo y la determinanción. Sus labios contaban historias que he rememorado a lo largo de toda mi vida: 'Cuando estalló la guerra del treinta y seis, yo era apenas una recién casada llena de sueños y esperanzas. Pero la guerra lo cambió todo. Yo, ingenua y valiente, me uní a la causa republicana, sin imaginar las consecuencias que eso traería.' Sus palabras aún resuenan con su eco de nostalgia en la pequeña estancia, cargadas de dolor: 'Después de la victoria de los franquistas, vinieron los años más oscuros de mi vida. Fui señalada como colaboradora del enemigo, acusada de traición por defender mis ideales, aunque no pudieron probar nada, porque en realidad poco había hecho más allá de llevar provisiones y agua a los soldados. Me raparon al cero, como castigo por desafiar al régimen. Pero lo peor no fue eso. Lo peor fue ver a mi madre, y a mi padre enfermo de tuberculosis, que habían intentado mantenerse al margen de aquella locura, sufrir por mi causa."

         El cuarto relato tiene como protagonistas Una bala y unas gafas (así se titula su historia) y un barranco, parecido al de mi Esteban el Sindedos, se convierte en su escenario principal, ya que en él ocurrió el asesinato de un inocente, “fusilado en la madrugada del 17 de agosto de 1936 por efectivos del ejército del general Franco” (escribe el autor del relato), y no puedo por menos de recordar que por esas fechas era asesinado cerca de Granada el poeta Federico García Lorca (justo el día siguiente). Y es precisamente la bala protagonista de la bárbara muerte de Evaristo la que nos dice que fue ella la que causó la muerte del inocente, y a continuación las gafas del muerto toman en don de la palabra para contarnos que antes de dispararle se las quitaron y las tiraron contra la pared del barranco, uno de cuyos cristales se rompieron. La bala y las gafas con un cristal roto fueron entregadas en un estuche al hijo del difunto pocos días antes de que los restos fueran exhumados del lugar del barranco donde fue asesinado por “rojo”. Así habla la bala del título del relato: "La noche anterior me colocaron en un peine junto a otras cuatro compañeras, yo era la primera de todas ellas. Iba vestida de una larga falda llamada vaina llena de pólvora dispuesta a impulsarme con fuerza en cuanto el fulminante a mis pies fuese percutido. La noche fue larga, supongo que como la del reo para el cual mi cuerpo plomizo estaba destinado. Al alba noté cómo me movían a algún otro lugar juno a más compañeras. Un ruido de motor acompañaba el movimiento, me estaba trasladando en un vehículo. Luego unas manos metieron el peine en el cargador de un fusil Mauser, a la voz de ¿Carguen armas! Al momento me vio en un estrecho y muy largo y al otro lado pude ver la figura de un hombre joven, altivo y sereno que con un rostro tranquilo y sin ningún atisbo de miedo en sus ojos, me miraba fijamente. Me sentí incómoda. Oí una voz del que parecía mandar el pelotón del fusilamiento, que se interpuso entre aquel hombre y yo. Tras unos gritos que no entendí quitándole las gafas se encaró con él. Seguidamente tiró las gafas y dio la orden de abrir fuego. Salí veloz impulsada con una fuerza capaz de atravesar el cuerpo de aquel hombre y tuve la suerte de no toparme con ningún hueso que frenase mi camino, tras atravesar tejidos blandos, salí en una fracción de segundo de aquel cuerpo y fui a incrustarme en la pared de tierra arcillosa y margosa que estaba tras el recién fusilado. A partir de ahí nada recuerdo. Todo fue silencio."

 

El quinto y último relato en castellano, que para el jurado fue el mejor de los finalistas, titulado El hambre de María, es una especie de homenaje a María Domínguez Remón, la primera alcaldesa elegida democráticamente en España y que una vez había dicho: “Consagro mi vida a la República y no desmayaré aun cuando sufra desengaños.” Ésta es la cita que precisamente encabeza el relato, el cual cuenta cómo los huesos de María, alojados en la fosa común de Fuendejalón, impulsados por un hambre atroz se recomponen y acicalados “con todos los elementos que rescata de la tierra removida” (escribe el autor), emprende el camino con intención de “dirigirse a Gallur, donde fue alcaldesa, pero prefiere coger la carretera que dirigía a Pozuelo de Aragón” (continúa diciendo el autor), que es su pueblo, donde se casó con un borracho que la maltrataba física y psicológicamente y del que logró escapar en un tren a Barcelona. Y pasa, sin que la abandone el hambre por otros pueblos hasta que llega a Zaragoza y entra en un bar, y diciendo que tiene mucha hambre, deja dos botones como pago. El camarero le dice que se siente y luego le va sirviendo plato tras plato. “María comienza a devorar los platos con la necesidad de un hambre de décadas.” Y le cuenta su vida al camarero; “...desde muy pequeña siempre creí... en la educación universal y en la igualdad de la mujer ante el hombre... en aquella época era difícil luchar por ellos... trabajé por esos valores... lo hice como maestra durante la II República... los fascistas me detuvieron nada más empezar el alzamiento... finalmente, me fusilaron frente al cementerio de Fuendejalón... ocurrió el 7 de septiembre de 1936.” Luego “satisfecha su hambre de verdad, ahíta su necesidad de rescatar el ayer de las arañas del olvido”, María regresa a la fosa común de donde había salido. En 2021 los restos óseos que la ocupaban fueron exhumados. Éste es el final del relato: "Desde la Cuenca del Nalón hasta las cunetas del río Deba, desde Víznar hasta los mil arrojados al pozo de Caudé, siente cercana (María) la compañía de miles de huesos: gritan su rabia las costillas, berrean su desprecio los omoplatos, lamentan la ausencia de justicia todas las tibias fracturadas. Algunos huesos lloran. Y son tantos... Escoltada por el murmullo de huesos, María regresa a la fosa común. Acontece su reino el relicario de plata del nunca, la gota amarilla de ámbar de aquello que no pudo ser. --Buenas noches--saluda a sus compañeros de Fuendejalón. --Buenas noches--responden ellos con el rumor desfallecido de fuegos fatuos. --¿Tenéis hambre?-- María agita un frasco delante de ellos--. Traigo melocotones. (...) Hasta el año 2021 ninguno verá exhumados sus cuerpos. Junto a sus restos encontraránlos restos de una peineta, cuatro horquillas del pelo, dos botones y unas esparteñas gastadas. También, pocas cosas más misteriosas, un montón de huesos de melocotón que nadie sabrá explicar de dónde han salido."