jueves, 12 de febrero de 2026

HISTORIA DE FANTASMAS (I)


Aquí me he hecho eco, en otros momentos del blog, de todo cuanto tiene que ver con fantasmas y aparecidos en cualquier género literario. Hoy lo hago en el dramático o teatral con esta Historia de fantasmas



 

(Adaptación libre de un cuento de Henry James)

CUADRO I

De día, a las puertas de una casa aislada en el campo con aires de estar abandonada. Un anciano capitán que se apoya en un bastón y un joven estudiante de teología, que se encuentran casualmente en ese lugar.

CAPITÁN Como usted puede apreciar, éste es un lugar muy tranquilo.

ESTUDIANTE Tiene usted razón, muy tranquilo y... solitario. Me gusta pasear por lugares solitarios. Hasta por los cementerios.

CAPITÁN Pasear, sí. Hágalo mientras pueda. Algún día se quedará rígido, tendido para siempre, en un cementerio.

ESTUDIANTE Cierto, pero ¿sabe usted que hay quienes pasean después de muertos?

CAPITÁN Usted no cree eso.

ESTUDIANTE ¿Cómo sabe si creo o no? ¿Por qué lo dice?

CAPITÁN Porque usted es joven y además algo ligero.

ESTUDIANTE Por lo que dice, deduzco que usted cree en los fantasmas. Pero hay mucha gente que no cree.

CAPITÁN La mayoría de la gente es boba. Y a usted lo veo diferente de ella. Más bien lo veo inteligente... ¿Me equivoco si le digo que usted es estudiante de una disciplina distinguida?

ESTUDIANTE  No se equivoca. Estudio teología. Quiero ser sacerdote.

CAPITÁN  Entonces usted debería saber algunas cosas.

ESTUDIANTE  Posiblemente. Tengo un gran deseo de saber. ¿A qué se refiere usted?

CAPITÁN  Me gusta su aspecto. Me parece usted un joven modesto.

ESTUDIANTE  ¿Modesto? Bueno.

CAPITÁN  Me parece usted muy juicioso.

ESTUDIANTE  Entonces ¿ya no le parezco ligero?

CAPITÁN  Me mantengo en lo que dije sobre la gente que no cree en los fantasmas: ¡es boba!                  (Golpea varias veces el suelo con el bastón.)

ESTUDIANTE ¿Usted ha visto a un fantasma?

CAPITÁN Lo he visto, sí, señor. Y para mí esto no es teoría. No he tenido que buscar en viejos libros para averiguar qué debo creer. ¡Lo sé! Golpea de nuevo el suelo con su bastón. Yo he visto con mis propios ojos, como ahora lo veo a usted, el espíritu, el espectro, el fantasma, como usted prefiera llamarlo, de una persona muerta.

ESTUDIANTE  ¿Y fue un momento horrible?

CAPITÁN  Soy un viejo militar. No me espanté, si es eso lo que me pregunta.

ESTUDIANTE  ¿Y dónde ocurrió eso? ¿Cuándo vio a ese fantasma?

CAPITÁN Perdóneme que no entre en detalles. Y creo que hoy ya he hablado más de lo debido: no puedo soportar que se hable de estas cosas tan ligeramente. Sólo quiero que recuerde usted en el futuro que ha tratado con un anciano honrado que le ha dicho, bajo palabra de honor, que ha visto a un fantasma. Y para dar mayor peso a mis palabras, permítame que le diga mi nombre: capitán Ramírez.

ESTUDIANTE Encantado de conocerle. Yo me llamo Félix García. Espero tener el gusto de verlo otra vez.

CAPITÁN Lo mismo le digo.

Fundido.

 


CUADRO II

De día, en la fonda donde se aloja el estudiante de teología.

Daniela, la hija del dueño, y el estudiante, sentados en la sala de costura de la joven.

DANIELA ¿Cómo le ha ido hoy su paseo?

ESTUDIANTE Más entretenido que otras veces.

DANIELA ¿Y eso?

ESTUDIANTE Hoy he conocido a un personaje curioso. Es un militar muy anciano que se ha presentado a sí mismo como capitán Ramírez. Por cierto, no sabrá usted quién es, ¿verdad?

DANIELA Ramírez, Ramírez... Y capitán... Ahora que lo pienso, sí que he oído hablar del capitán Ramírez. Pero de eso hace muchos años y, por lo que se decía de él, había logrado sobrevivir de un escándalo familiar.

ESTUDIANTE ¿Escándalo familiar? ¿Y en qué se basaba ese escándalo?

DANIELA Mató a su hija.

ESTUDIANTE ¿Que mató a su hija? ¿Cómo?

DANIELA No la mató con una pistola, ni con un puñal, ni con arsénico, que entonces estaba muy estilado ese método. La mató con su lenguaje. Que luego me digan del lenguaje que empleamos nosotras las mujeres. Su padre le echó una maldición, una terrible maldición. Y la joven murió.

ESTUDIANTE Pero ¿qué había hecho la chica?

DANIELA Recibir la visita de un joven que la quería muchísimo y a quien el padre había prohibido entrar en su casa.

ESTUDIANTE Ah, sí, ¡la casa! Una casa de campo con aires de estar abandonada, que se encuentra a una legua de aquí.

DANIELA ¿Qué sabe usted de esa casa?

ESTUDIANTE Poco. Sólo la he visto por fuera. Pero me gustaría que usted me contara algo más de ese asunto.

DANIELA ¿No me llamará usted supersticiosa?

ESTUDIANTE ¿Supersticiosa usted? Usted es la quintaesencia de la razón pura. El propio Kant se quedaría asombrado si la oyera a usted.

DANIELA Bueno, todo el mundo sabe que la razón pura es la razón sin ningún componente empírico, y la razón práctica es la razón dirigida a la acción. Y todo hilo tiene su defecto, toda aguja su punto de óxido. Preferiría no hablar de... de ese tema. 

ESTUDIANTE No sabe usted cómo excita mi curiosidad.

DANIELA Lo siento por usted. Me pondría nerviosa si sigo hablando de ello.

ESTUDIANTE ¿Qué daño puede hacerle hablarme de la casa?

DANIELA ¿Dice daño? Se lo hizo a una amiga mía.

ESTUDIANTE ¿Qué había hecho su amiga?

DANIELA Me explicó el secreto del capitán Ramírez que él le había revelado con mucho misterio y recato. Había sido novia suya en otro tiempo y se lo confesó, recomendándole que no lo repitiera a nadie. Y le aseguró que si lo hacía le ocurriría algo terrible.

ESTUDIANTE ¿Y qué le pasó?

DANIELA Que se murió.

ESTUDIANTE Bueno, todos nos morimos un día. ¿Le había prometido su amiga algo al capitán.

DANIELA No tomó en serio las palabras del capitán. Sencillamente no le había creído. Me repitió la historia a mí y unos días después sufrió una inflamación de los pulmones. Y poco tiempo más tarde, sentada aquí donde yo ahora estoy sentada cosí su mortaja. Desde entonces no he contado a nadie lo que mi amiga me dijo.

ESTUDIANTE ¡Es algo muy raro!

DANIELA Raro, sí, pero a la vez ridículo. Es algo que puede hacer estremecerse a cualquiera, pero a la vez puede provocar la risa. Sin embargo, no se preocupe por mí. No voy a decir una sola palabra sobre el asunto. Temo que si se lo contara a usted, podría pincharme enseguida con una aguja o cualquier otra cosa y en pocos días moriría del tétano.

ESTUDIANTE Entonces, ¿qué hago yo? Me estoy muriendo de curiosidad. He perdido el apetito y hoy, por ejemplo, no he probado bocado en el desayuno. 


         DANIELA  Recuerde lo que le ocurrió a Beatriz de Borgoña, segunda esposa de Federico I Barbarroja...

ESTUDIANTE  Sí, que igual se puede morir de una estocada que de hambre.

DANIELA Yo nunca he tenido el corazón duro; así que, si hemos de morir, moriremos juntos. Volvamos al caso del capitán Ramírez. Siempre fue un hombre de carácter fuerte y dado a la ira, y aunque quería mucho a su hija, su voluntad era la ley. Él había elegido un marido para ella y ya se lo había comunicado. La madre había muerto y vivían los dos solos en la casa. El caso es que la muchacha se citaba con un joven forastero cada vez que su padre se ausentaba de la casa. Pero una noche el capitán regresó antes de lo acostumbrado y los sorprendió juntos. A él lo agarró por el cuello y a ella la maldijo; entonces el joven gritó que la chica era su esposa y el capitán le preguntó a ella si era verdad que estaban casados; la hija respondió que no y el padre, enfurecido, repitió la maldición mientras la echaba de casa añadiendo que la repudiaba. La joven se desmayó y el capitán se fue. Y cuando más tarde volvió a la casa, la encontró vacía. Sobre la mesa del comedor, sin embargo, había una nota firmada por el joven donde le acusaba de haber matado a su hija, añadiendo que, como marido suyo, tenía derecho a enterrar su cadáver, que se había llevado en su coche.

ESTUDIANTE ¿Y qué pasó después? ¿Qué fue del capitán? ¿Y lo del fantasma?

DANIELA  Ahora viene eso. Una semana más tarde de aquello una noche al capitán se le apareció el fantasma de su hija y ya no dejó de hacerlo en el futuro, y cada medianoche lo hacía con más ganas de molestarlo y espantarlo, en pago y venganza de lo que le había hecho.

ESTUDIANTE Y el capitán, ¿reaccionó de alguna manera?

DANIELA El capitán Ramírez pasó poco a poco de la ira del principio, a la tristeza más completa; hasta el punto de dejar la casa; luego trató de venderla o alquilarla para sacar para comer, ya que no disponía de medios suficientes para ello.  Para entonces habían aumentado sobremanera las apariciones del fantasma, y nadie quería saber nada de comprar o alquilar la casa. Y el capitán, desesperado, decidió coger su capa y su inseparable bastón para marchar a mendigar su pan por el mundo. Y precisamente eso (no hay mal que por bien no venga, hizo que el fantasma se ablandara tanto como para proponerle un acuerdo al capitán.

ESTUDIANTE ¡Ah!, ¿sí? ¿Qué acuerdo?

DANIELA Una medianoche, el fantasma le dijo al capitán: “Esta casa la quiero para mí. Vete a vivir a otro sitio. Pero como no tienes ni donde caerte muerto, seré su inquilino y te pagaré una renta de alquiler.” Le propuso una cantidad de dinero y el capitán aceptó. Y todos los meses viene a cobrar la renta. Y hasta hoy, me imagino.

ESTUDIANTE Si es así, la tristeza que padece tiene una compensación económica.

DANIELA Eso parece. El viejo capitán no trabaja y el fantasma de su hija lo mantiene. Una casa donde se aparecen los muertos es una propiedad muy valiosa, ¿verdad, Félix?

ESTUDIANTE Verdad, Daniela. ¿Y con qué dinero paga el fantasma?

DANIELA El mejor de todos: con monedas de oro y plata. Con una sola singularidad: que todas están acuñadas antes de la muerte de la joven.

ESTUDIANTE De modo que el fantasma se comporta de modo satisfactorio con el capitán pagándole un buena renta.

DANIELA Tengo entendido que el anciano vive dignamente, ya que es inquilino de una casa junto al río, con un jardín delante y un corral detrás con algunos animales, y lo atiende una criada de avanzada edad. Pero, a todo esto, ¿a qué se debe el interés que muestra usted por el capitán Ramírez y esa casa habitada por el fantasma de su hija que le paga una renta?


          ESTUDIANTE ¿Mi interés? Bueno, voy a hacer con usted lo que usted ha hecho conmigo al contarme esa historia de maldiciones. Le confieso que estoy decidido a convencer al anciano capitán para que me permita visitar esa casa encantada. Más de una vez nos hemos encontrado a la puerta de ese triste y abandonado caserón, y hemos hablado de la vida y de la muerte, de la inmortalidad del alma, de la creencia o no en los fantasmas... Hemos llegado a intimar tanto que hasta me ha dicho que él ha visto a un fantasma. Que no puede ser otro que el de su hija y el de la historia que usted me ha contado.

DANIELA Podría ser. ¿Cómo saberlo?

ESTUDIANTE  Pues entrando con el capitán en esa casa.

DANIELA Usted verá. Yo no entraría por nada del mundo en un lugar como ese.

ESTUDIANTE De todos modos, gracias, Daniela, por ayudarme con su historia a entender mejor a mi nuevo amigo el capitán Ramírez.

DANIELA  A todo esto, espero que no nos pase nada malo a ninguno de los dos.

ESTUDIANTE  Yo también lo deseo.

Fundido.

 


CUADRO III

De día, en un rincón del cementerio de la localidad. El estudiante y el capitán, sentados en un banco de piedra, junto a un panteón.

ESTUDIANTE  Le he buscado a usted aquí más de una vez, creyendo que en sus paseos se acercaría a este lugar tan callado y solitario, donde los muertos hacen la mejor compañía a gente como usted.

CAPITÁN  Sí, alguna vez me gusta visitar lugares tranquilos como éste. Pero dejemos de momento aparte los gustos de cada uno de nosotros y respóndame a mi pregunta: ¿Qué es exactamente lo que quiere usted de mí?

ESTUDIANTE  Gozar de su amena conversación. Quedé muy a gusto el día en que charlamos...

CAPITÁN ¿Me encuentra usted divertido?

ESTUDIANTE Lo que se dice divertido, no; a usted lo encuentro interesante.

CAPITÁN  Divertido no, interesante sí. ¿Le parezco a usted un loco?

ESTUDIANTE Por favor, no diga eso.

CAPITÁN Para que lo sepa, soy el hombre que mejor poblada tiene la cabeza de estos lugares. Ya sé lo que piensan y dicen todos los locos de mí, pero no lo pueden probar y yo sí. Le explicaré. Una vez, sin quererlo, cometí un crimen, y ahora pago el castigo con mi vida entera. Nunca he intentado esquivar mi pena, pero la he aceptado. Si fuera católico, me habría hecho monje para dedicar mi vida al ayuno y a la oración. Pude haberme suicidado, pero no lo hice; a cambio, afronté las consecuencias. Las afronto doce veces al año y así lo haré hasta el último aliento que tenga mi viejo y ya muy cansado cuerpo...

ESTUDIANTE  ¡Genial! ¡Digno de admiración! Pero me deja usted con mucha curiosidad y mucha simpatía.

CAPITÁN ¿Simpatía? Me cuesta creerlo. Usted lo que realmente siente es curiosidad. Sobre todo, curiosidad.

ESTUDIANTE Si yo supiera exactamente cuánto sufre usted, sería mayor mi compasión.

CAPITÁN Muchas gracias. Su compasión no me sirve de gran cosa. Le diré algo, pero no en mi interés, sino en el suyo. Usted me dijo que estudiaba teología, ¿verdad?

ESTUDIANTE Así es, señor, y sigo haciéndolo porque es una disciplina que no puede aprenderse en un periodo corto de tiempo...

CAPITÁN Entre otras cosas porque no tienen ustedes para estudiar más que sus libros. ¿No conoce usted el refrán que dice: “Un grano de experiencia vale más que un kilo de preceptos”? Yo soy un gran teólogo.

ESTUDIANTE  Se ve. Usted ha tenido la experiencia.



          CAPITÁN Usted ha leído sobre la inmortalidad del alma en lo que han escrito Platón, san Agustín, Pomponazzi, Lutero, Unamuno...,machacando lógica y citando autoridades para demostrar que es verdad. Pero yo lo he visto con mis propios ojos y lo he tocado con mis manos. Esto es más valioso, pero lo he pagado caro. Es mejor que usted lo aprenda en los libros. Usted es una buena persona y no tendrá nunca un crimen sobre su conciencia.

ESTUDIANTE  Espero, sin embargo, tener mi parte de pasiones humanas aunque sea ahora una buena persona y mañana posiblemente doctor en teología.

CAPITÁN Usted tiene buen carácter, como lo tengo yo ahora, pero yo en otro tiempo fui demasiado brutal. Debería usted saber que yo maté a mi hija.

ESTUDIANTE ¿A su hija?

CAPITÁN La dejé sin sentido y murió. Pude ser ahorcado por ello, pero yo no la maté con mis manos, sino con mis palabras, terribles y reprobables. Y sé que su alma es inmortal. Y tengo una cita con ella doce veces al año, que es cuando recibo mi lección.

ESTUDIANTE ¿Nunca lo ha perdonado su hija?

CAPITÁN Me ha perdonado como perdonan los ángeles. Y esto es lo que no puedo soportar porque su mirada es dulce y serena. Casi preferiría clavarme un puñal en el corazón. Oh, Dios mío, Dios mío...

Tras inclinar la cabeza sobre el puño de su bastón, apoya su frente sobre las manos cruzadas.

ESTUDIANTE ¿Puedo ayudarle en algo, capitán Ramírez?

El capitán levanta lentamente la cabeza. Luego se levanta del banco de piedra. El estudiante lo imita.

CAPITÁN Tengo que irme, he de caminar un largo trecho todavía.

ESTUDIANTE Es posible que nos volvamos a ver.

CAPITÁN ¡Ay!, ya estoy muy viejo y es probable que tarde en volver. Tengo que cuidarme. Pero me gustaría verlo a usted de nuevo. Por cierto, Félix... Me dijo usted que se llamaba Félix, ¿verdad?

ESTUDIANTE Así es, Félix García.

CAPITÁN El nombre le hace justicia. ¿Y dónde vive?

ESTUDIANTE Llevo siempre encima un libro al que considero uno de mis viejos amigos. Saca un libro de un bolsillo y se lo entrega al capitán. Se titula La agonía del criatianismo. En la solapa de atrás aparecen escritos mi nombre y mi dirección. Me gustaría que guardara usted este pequeño libro. Lo leo a menudo y a usted, si le echa una ojeada, le dirá algo de mí.

El capitán coge el libro y le da varias vueltas.

CAPITÁN No soy un gran lector, pero no voy a rechazar el primer regalo que me hacen desde que vivo mi desgracia... y el último. Muchas gracias, joven.

Fundido.

 

CUADRO IV

De noche, a las puertas de la casa aislada en el campo. El estudiante. El capitán.

PRIMERA ESCENA

El estudiante mira a su alrededor

ESTUDIANTE Todo está igual que la primera vez: soledad, quietud, tristeza... Aumentadas sin duda por la noche que ha caído sobre la naturaleza y mi ánimo. Ya es la medianoche. Ya han sonado las doce campanadas de la torre de la iglesia más cercana. Ya estará dentro el capitán para cobrar el alquiler del fantasma. Se arrima a la puerta de la casa para examinar su interior por las rendijas de la madera. Las luces aún están encendidas. A ver si tengo suerte de ver la entrevista del capitán con el fantasma de su hija. Se retira de la puerta. ¡Lástima! He llegado tarde. Las luces del interior se han apagado. El cobro ya se ha efectuado. Pronto esta puerta se abrirá y aparecerá el capitán. ¿Cómo reaccionará cuando me vea aquí? Espero que no sea tan mal como si me hubiera visto antes de entrar y me hubiera oído pedirle que me permitiera entrar con él para ser testigo del encuentro con el fantasma. Ahora me corroe el miedo. Cruje la puerta al abrirse.


SEGUNDA ESCENA

El estudiante ve salir de la casa al capitán, que se asombra al verlo.

CAPITÁN ¿Qué hace usted aquí?

ESTUDIANTE Me perdonará usted que me haya tomado esta libertad, pero usted me alentó a hacerlo.

CAPITÁN ¿Cómo sabía usted que yo estaba aquí?

ESTUDIANTE Lo deduje. Usted me contó la mitad de su historia y yo deduje la otra mitad. Me enorgullezco de ser un gran observador. Y me fijé en uno de mis paseos en esta casa. Enseguida me pareció que encerraba un gran misterio, y cuando usted me mostró su confianza de decirme que veía espíritus, fantasmas,  tuve la seguridad de que sólo podía ser aquí.

CAPITÁN Es usted muy inteligente. Entonces, ¿qué es exactamente lo que esta noche le ha traído aquí?

ESTUDIANTE  Ah, vengo a menudo. Me gusta contemplar esta casa.

CAPITÁN Por fuera no tiene nada de singular.

ESTUDIANTE He estado buscando una oportunidad para entrar en ella. Pensé que podría encontrarlo a usted y que me lo permitiría. Me gustaría mucho ver lo que ve usted.

CAPITÁN ¿Sabe usted lo que he visto?

ESTUDIANTE ¿Cómo voy a saberlo si no es, como dijo usted el otro día, por medio de la experiencia? Por favor, ahora que estamos los dos aquí, ¿podemos entrar?

CAPITÁN  ¿Entrar? No entraré hasta la próxima vez ni por cien veces la suma que he recibido hace un rato. Si quiere usted entrar solo, adelante.

ESTUDIANTE ¿Me esperará usted aquí?

CAPITÁN  Sí, claro. No estará usted mucho tiempo ahí dentro. La casa está a oscuras siempre. Pero en la mesa del recibidor hay dos candeleros con velas y una caja de fósforos al lado. Con ellos podrá ver las estancias que desee.

ESTUDIANTE ¿Adónde tengo que ir para ver al fantasma?

CAPITÁN A donde quiera. El fantasma lo encontrará a usted.

Fundido.



(Continuará)


jueves, 5 de febrero de 2026

RAMÓN J. SENDER

 


            Febrero ya está aquí y es bueno el momento para recordar y homenajear a Ramón J. Sender, ya que el 3 de febrero de 1901, (hace 125 años), nacía el escritor aragonés en Chalamera (Huesca) en el seno de una familia de clase media (su madre era maestra y su padre secretario de ayuntamiento). Y murió en San Diego (California) en enero de 1982. Su infancia la pasó en su pueblo natal y en otros como Alcolea del Cinca y Tauste, donde su padre ejercía su oficio. 

           Comenzó a estudiar el bachillerato como alumno libre (su profesor particular fue el capellán del convento de Santa Clara de Tauste) y se examinó en un Instituto de Zaragoza. Más tarde la familia se trasladó a la última ciudad mencionada y allí cursó quinto y sexto de bachiller, pero al estallar los desórdenes estudiantiles algunos estudiosos dicen que le echaron injustamente las culpas a Sender y le suspendieron todas las asignaturas; acabó los estudios en Alcañiz (Teruel), donde trabajó en una farmacia para mantenerse, ya que, como se veía venir, se había enemistado finalmente con su padre (así lo cuenta en su libro de memorias Crónica del alba).

             


           Al acabar el bachillerato se trasladó a Madrid y, como sólo tenía 17 años y vacío el bolsillo, dormía en el Retiro y se aseaba en el Ateneo, adonde iba a leer y escribir todos los días (colaboraba en varios periódicos con artículos y cuentos, uno de ellos, Las brujas del compromiso), volvió a trabajar en una botica y, aunque también se matriculó en Filosofía y Letras, no cumplió con la disciplina adecuada y dejó los estudios oficiales sin dejar por ello de formarse leyendo en las bibliotecas y comprando libros cuando podía; paralelamente, continuó su vocación literaria y también la política por medio de actividades revolucionarias con grupos de obreros anarquistas.

        Pero ahora aquí me importa más hablar de su obra literaria, aun reconociendo que tanto ésta como su vida personal y familiar siempre se vieron ligadas a su ideología política y gravemente afectada por ella (recordemos que él mismo sufrió encierro en un campo de concentración y posteriormente exilio en América, y que su primera esposa Amparo Barayón fue fusilada en Zamora y sus hijos quedaron desamparados durante un tiempo, hasta que él los recuperó en Bayona por medio de la Cruz Roja Internacional). 

          Tres de sus obras más importantes son: Míster Witt en el cantón (1935), sobre el movimiento cantonalista de Cartagena acaudillado por Roque Barcia, novela por la que recibió el Premio Nacional de Literatura. Réquiem por un campesino español (impreso antes en México como Mosén Millán en 1953, y luego con el título definitivo anterior en 1960),  novela corta pero muy intensa, sobre la que comentó el propio Sender: “resume toda la guerra civil nuestra, donde unas gentes que se consideraban revolucionarias lo único que hicieron fue defender los derechos feudales de una tradición ya periclitada en el resto del mundo".  


              Réquiem por un campesino español narra los sucesos más importantes de la vida de Paco el del Molino, así como la intriga, la venganza, el miedo y la ira a la que se ve sometido. Y las tres últimas novelas de su enealogía Crónica del alba (1942-1966), una obra autobiográfica y de aprendizaje que cuenta la infancia, adolescencia y compromiso político de un joven llamado José Garcés (recuérdese que Garcés es el segundo apellido de Ramón J. Sender), aunque la mejor novela sin duda es la primera de esas tres, cuyo título es precisamente Crónica del alba

          A continuación incluyo un fragmento de Réquiem por un campesino español (para muchos una de las mejores producciones literarias de Sender), cuya lectura puede ayudar a conocer un poco mejor el carácter y el compromiso moral de los dos protagonistas de la novela: Paco el del Molino y mosén Millán. Y también el ambiente precario, social y humano del pueblo donde ambos se han visto obligados a vivir.

     


               “Paco iba entonces a la casa del cura en grupo con otros chicos, que se preparaban también para la primera comunión. El cura los instruía y les aconsejaba que en aquellos días no hicieran diabluras. No debían pelear ni ir al lavadero público, donde las mujeres hablaban demasiado libremente. Los chicos sentían desde entonces una curiosidad más viva, y si pasaban cerca del lavadero aguzaban el oído. Hablando los chicos entre sí de la comunión, inventaban peligros extraños y decían que al comulgar era necesario abrir mucho la boca, porque si la hostia tocaba en los dientes, el comulgante caía muerto, y se iba derecho al infierno. 

           


        Un día, mosén Millán pidió al monaguillo que le acompañara a llevar la extremaunción a un enfermo grave. Fueron a las afueras del pueblo, donde ya no había casas, y la gente vivía en unas cuevas abiertas en la roca. Se entraba en ellas por un agujero rectangular que tenía alrededor una cenefa encalada. Paco llevaba colgada del hombro una bolsa de terciopelo donde el cura había puesto los objetos litúrgicos. Entraron bajando la cabeza y pisando con cuidado. Había dentro dos cuartos con el suelo de losas de piedra mal ajustadas. Estaba ya oscureciendo, y en el cuarto primero no había luz. En el segundo se veía sólo una lamparilla de aceite. Una anciana, vestida de harapos, los recibió con un cabo de vela encendido. El techo de roca era muy bajo, y aunque se podía estar de pie, el sacerdote bajaba la cabeza por precaución. No había otra ventilación que la de la puerta exterior. La anciana tenía los ojos secos y una expresión de fatiga y de espanto frío. En un rincón había un camastro de tablas, y en él estaba el enfermo. El cura no dijo nada, la mujer tampoco. Sólo se oía un ronquido regular, bronco y persistente, que salía del pecho del enfermo. Paco abrió la bolsa, y el sacerdote, después de ponerse la estola, fue sacando trocitos de estopa y una pequeña vasija con aceite, y comenzó a rezar en latín. La anciana escuchaba con la vista en el suelo y el cabo de vela en la mano. La silueta del enfermo -que tenía el pecho muy levantado y la cabeza muy baja- se proyectaba en el muro, y el más pequeño movimiento del cirio hacía moverse la sombra.”


     

jueves, 29 de enero de 2026

MICHAEL BOND

 


Antes de decir adiós al mes de enero, quiero recordar aquí al escritor británico Thomas Michael Bond, que también nació en enero de hace cien años (justo el 13 de ese mes) en Newbury, y que se hizo famoso por haber creado un personaje encantador para el público infantil y para los adultos que conserven dentro de ellos algo del niño o niña que fueron; me estoy refiriendo, como algunos ya deben estar figurándose, al Oso Paddington (así se titula una serie de libros que cuentan las historias del oso Paddington, llamado así porque en el primero de esos libros la familia Brown encuentra al oso en la estación de Paddington y acaba adoptándolo poniéndole el nombre de la estación), de cuya serie hablaremos enseguida. Antes oigamos lo que dice Michael Bond a propósito del origen de las historias de su oso: “En vísperas de la Navidad de 1956, compré un pequeño juguete. Lo vi abandonado sobre el estante de una tienda londinense y me dio pena. Me lo llevé a casa para regalárselo a mi esposa y al poco tiempo comencé a escribir algunas historias sobre el osito, más por diversión que con vistas a publicarlas. Al cabo de diez días, descubrí que había escrito un libro”.

Thomas Michael Bond fue un gran aficionado a los trenes desde que en Reading, donde vivió bastante tiempo, empezó a acudir frecuentemente a la estación de la localidad a ver pasar el Cornish Riviera Express. Éste es un tren de pasajeros que circula desde 1904 entre la estación de Paddington y la de Penzance (Cornualles), servicio que se suspendió durante las dos guerras mundiales.  Hablando de las principales guerras europeas del siglo XX, la Segunda Guerra Mundial  cogió a Michael Bondo trabajando en el despacho de un abogado y luego como ayudante de ingeniero en la BBC. En febrero del 43 sobrevivió a un ataque aéreo en Reading (el edificio en el que trabajaba se derrumbó, y decenas de personas murieron a causa de ello. Luego fue voluntario en la tripulación de la Real Fuerza Aérea, pero fue dado de baja por padecer mareos agudos y, finalmente, sirvió en el Ejército Británico hasta 1947. Tuvo dos esposas y dos hijos.

Aunque Michael Bond escribió otra serie de libros para niños, en los que narraba las aventuras de una cobaya llamada Olga da Polga, que llevaba el nombre de la mascota de la familia Bond, la serie de libros que le hizo mundialmente famoso fue la del Oso Paddington, que empezó a ver  la luz en 1958, con el título Un oso llamado Paddington, y acabó en 2018, con Paddington Turns Detective and Other Funny Stories; en medio aparecieron muchos  más, entre cuyos títulos, destacan, en 1973, El libro de cuentos de Paddington en Blue Peter» (a veces titulado “Paddington sale en la televisión”), Paddington en la cima ( 1974), Un día en el mar (1992), Paddington en el jardín ( 2001), Paddington y el gran viaje ( 2003)...

Leamos el principio del Capítulo Uno de More about Paddington (en castellano “Nuevas aventuras de Paddington”, Planeta, 2014), cuyo título es Un grupo familiar.

La casa de los Brown, en el número treinta y dos de Windsor Gardens, estaba sorprendentemente tranquila. Era un cálido día de verano, y toda la familia, con excepción de Paddington, quien había desaparecido misteriosamente poco después del almuerzo, estaba sentada en la galería disfrutando apaciblemente del sol de la tarde. Aparte del débil roce del papel conforme el señor Brown volvía las páginas de un enorme libro y el clic de las agujas de hacer punto de la señora Brown, el único sonido provenía de la señora Bird, el ama de llaves, mientras preparaba las cosas para el té. Jonathan y Judy estaban demasiado ocupados uniendo las piezas de un enorme rompecabezas para decir nada. Fue el señor Brown quien primero rompió el silencio. ¿Sabéis? —empezó a decir, dando una buena chupada a su pipa—. Tiene gracia, pero he mirado en esta enciclopedia una docena de veces y no se menciona a ningún oso como Paddington. Ni lo mencionará —exclamó la señora Bird—. Los osos como Paddington son muy raros. Y es mejor así, si me permiten decirlo; si no, nos costaría una fortuna en mermelada.

 


 

La señora Bird todo el tiempo estaba haciendo comentarios sobre la afición de Paddington por la mermelada, aunque siempre tenía un tarro de más en la despensa, por si acaso. De todos modos, Henry —dijo la señora Brown soltando su labor de punto—, ¿por qué has querido mirar eso de Paddington?. El señor Brown se retorció el bigote, pensativo ¡Oh, por nada! —contestó vagamente—. Me interesaba, eso es todo.

Tener un oso en la familia era una gran responsabilidad, especialmente un oso como Paddington, y el señor Brown se tomaba el asunto muy en serio.  La cosa es —dijo cerrando el libro de golpe—, que si se va a quedar con nosotros...¿Sí? —Hubo un coro de alarma del resto de la familia, por no mencionar a la señora Bird. —¿Qué demonios quieres decir, Henry? —preguntó la señora Brown—. Si Paddington se queda con nosotros... Claro que se queda. Tal como se ha quedado con nosotros —se apresuró a decir el señor Brown—. Hay un par de cosas que se me ocurren. Primero de todo he estado pensando en decorar para él la habitación libre. 

La propuesta recibió el asentimiento general.”

 


Nos vemos en febrero. A ver si entonces ya se ha despejado algo esta atmósfera rara mezcla de tristeza, incompetencia y decepción que sigue envolviendo nuestras vidas corrientes.

martes, 20 de enero de 2026

JACK LONDON

 


También otro 12 de enero pero del año 1876 nació el escritor norteamericano Jack London, por tanto podemos celebrar aquí los 150 años de su nacimiento en San Francisco, California, y recordar algunos datos suyos biográficos y literarios. Entre los primeros, conviene destacar el hecho de haber sido hijo del insigne astrólogo William Chaney, que sustituyó la práctica de la charlatanería sobre la astrología por un método más serio y riguroso. También que su educación fue absolutamente autodidacta pues se basó para ello leyendo en la biblioteca pública de San Francisco, y uno de esos libros fue la novela Signa, de la escritora Ouida, seudónimo de la novelista inglesa Marie Louise Ramé que, activista de los derechos de los animales (convivió siempre con cantidad de perros), escribió novelas, libros de niños y colecciones de relatos cortos. Signa, que cuenta la historia de un joven campesino italiano sin estudios escolares que alcanza fama como compositor de ópera, es el libro que inspiró a London el hecho de comenzar su labor literaria.


 

Jack London ejerció trabajos agotadores en un molino de yute y en una central eléctrica del ferrocarril y luego vagabundeó y sufrió prisión (en su novela The Road escribió a propósito: “La manipulación del hombre fue simplemente uno de los menores horrores no aptos de mención, para evitar ofensas morales, de la penitenciaría de Erie County. Digo que no es 'apto de mención'; y en justicia debo decir también 'inconcebible'. Eran inconcebibles para mí hasta que las vi, y no era un jovencito con respecto a la vida y los tremendos abismos de la degradación humana. Se requeriría de una caída en picado considerable para alcanzar lo más bajo de la penitenciaría de Erie County, y lo hago, pero rozo suave y chistosamente lo superficial de las cosas tal como las vi allí.” 

Vagabundo y marinero (en Typhoon off the coast of Japan relató sus experiencias como marino). También fue miembro de la Patrulla Pesquera de California. Tuvo dos esposas, dos hijas, un rancho... Fue acusado de plagiario, de racista... Podría decirse que su propia vida fue una novela, pero una novela en carne viva. Incluso su muerte sigue estando envuelta de dudas y misterios. ¿Tiene que ver con estas dudas y misterios el hecho de que el suicidio figure en no pocas novelas suyas? 

 


Ahora lo que nos interesa es hablar también de su labor literaria. Muchos son los libros que escribió Jack London, El lobo de mar, El Talón de Hierro, Martin Eden, La peste escarlata, El vagabundo de las estrellas, El valle de la luna, El motín del Elsinor... Pero los más famosos son La llamada de lo salvaje y Colmillo blanco son dos de sus novelas principales. La primera cuenta lo que vive Buck, un perro cruce de San Bernardo y Scotch Collie que lleva una buena vida en un rancho con su amo, el juez Miller, hasta que un empleado suyo, llamado Manuel, tras robarlo, lo vende para costear su adicción al juego y el caso es que los instintos salvajes de Buck despiertan cuando lo ponen a tirar de un trineo en el Yukón canadiense durante la fiebre del oro que tuvo lugar en el siglo XIX cercano al río Klondique, en la cual los perros de tiro se compraban a precios exorbitantes. A La llamada de lo salvaje se le ha tildado no pocas veces de novela juvenil, porque el protagonista es un perro, cuando el tono empleado por London es agrio y oscuro y el contenido de la novela está lleno de escenas crueles y violentas. 


Léase el fragmento que sigue, referido a la paliza que da a Buck uno de los hombres que se han hecho cargo de él tras venderlo Manuel al primer comprador: “...Después de un golpe especialmente feroz, sus patas vacilaron y quedó demasiado aturdido para atacar. Se tambaleó sin fuerzas, con sangre manándole de la nariz, la boca y las orejas, con el hermoso pelaje salpicado y con manchas de saliva ensangrentada. Entonces el hombre avanzó y deliberadamente le asestó un espantoso golpe en el hocico. Todo el dolor que había soportado Buck no fue nada en comparación con la intensa agonía de éste. Con un rugido de ferocidad casi leonina, volvió a lanzarse contra el hombre. Pero el hombre, pasándose el garrote de la derecha a la izquierda, cogió diestramente a Buck por debajo del maxilar inferior, dando al mismo tiempo un tirón hacia abajo y hacia atrás. Buck describió un círculo completo en el aire, para después golpear el suelo con la cabeza y el pecho. Atacó por última vez. El hombre descargó entonces el golpe que le había reservando durante toda la lucha y Buck se derrumbó y cayó al suelo sin sentido.” ¿Qué instintos primitivos no despiertan ante trato tan salvaje?

 

Colmillo blanco, por su parte, cuenta el camino hacia la domesticación de un perro lobo salvaje, y es un complemento de La llamada de lo salvaje, que habla, como acabamos de ver, de un perro doméstico que, por circunstancias adversas causadas por el hombre, se convierte en salvaje. La historia de Colmillo blanco empieza, antes del nacimiento del lobo, con dos hombres, Bill y Henry, y su equipo de perros de trineo que viajan por el Yukón canadiense para entregar un ataúd, y son atacados por una manada de lobos hambrientos. 

Leamos el texto siguiente que se refiere al momento en que la manada ha devorado a los perros de los trineos y a Bill, y los lobos han huido ante la llegada de nuevos trineos; sólo quedaba, malherido y agachado junto a la hoguera semiconsumida, Henry: 


“Se oían gritos humanos, traqueteo de trineos, crujir de guarniciones y ansiosos ladridos de los perros que luchaban por arrastrarlos. Eran cuatro los trineos que avanzaban desde el cauce del río, allá entre los árboles. Media docena de hombres se habían juntado ya alrededor del que estaba agachado en el centro de la moribunda hoguera, sacudiéndolo y obligándolo a salir de su modorra. Él les miró como si estuviera ebrio y masculló de un modo raro, soñoliento aún, estas palabras: --La loba roja... Se metía entre los perros a la hora de darles su ración... Primero se la comía ella. Luego se comió a los perros... Y finalmente a Bill... --¿Dónde está lord Alfred? --le gritó junto al oído uno de los hombres, al mismo tiempo que lo sacudía bruscamente. Él movió lentamente la cabeza en ademán negativo y dijo: --No, a él no se lo comió... Él descansa izado allá en un árbol del último sitio en que acampé. --¿Muerto? --Y en su ataúd --contestó Henry. Forcejeó con aire petulante hasta zafarse de la mano con que le tenía cogido el hombro el que hacía las preguntas, y murmuró: --¡Ea, déjeme tranquilo...! Estoy rendido... Buenas noches, señores. Sus ojos parpadearon un poco y se cerraron. Incluso mientras le colocaban más cómodamente sobre el montón de mantas, resonaban sus ronquidos en el aire helado. Pero otro ruido se oyó también. Lejos, a gran distancia, apagado, resonaba el aullido de la hambrienta manada, que comenzaba a seguir la pista de otra caza, de otra carne distinta de la del hombre que acababa de escapársele.”

Además de novelas, Jack London es autor de varias colecciones de cuentos, como The Son of the Wolf, The Turtles of Tasman, Smoke Bellew Tales of the Fish Patrol (Cuentos de la patrulla pesquera), compuesta por siete relatos breves cuyos títulos son: Blanco y amarillo, El Rey de los Griegos, Incursión contra los ostreros furtivos, El asedio del "Reina de Lancashire", El "golpe" de Charley, Demetrios Contos y Pañuelo Amarillo. Publicados en 1905, tratan del trabajo de los patrulleros en la Bahía de San Francico a principios del siglo XX llevado a cabo contra de los pescadores furtivos. Destacan en ellos las descripciones de peleas a puñetazos, las persecuciones en barco y, especialmente, la dura vida de los pescadores, la injusticia social y la ley del más fuerte. Así comienza Blanco y amarillo, el primer relato de Cuentos de la patrulla pesquera:

 "Las aguas de la bahía de San Francisco contienen todo tipo de peces; por eso surcan sus aguas las quillas de todo género de pesqueros, tripulados por todo género de pescadores. Para proteger a los peces contra esta abigarrada población flotante se han dictado muchas leyes acertadas y existe una patrulla pesquera que se encarga de que esas leyes se cumplan. Entre los más  osados de esos pescadores cabe incluir a los camaroneros chinos. Los camarones tienen la costumbre de deslizarse por el fondo en grandes ejércitos hasta llegar al agua dulce, donde se dan la vuelta y regresan deslizándose al agua salada. Y cuando la marea se vacía y refluye, los chinos echan al fondo grandes redes con la boca abierta en las que van metiéndose los camarones y de las cuales pasan a la olla. Esto no tendrÌa nada de malo en sí de no ser por lo tupida que es la malla de las redes, tan tupida que por ella no pueden salirse los pececitos mis pequeños, los recién nacidos que no miden ni medio centímetro de largo."