domingo, 9 de agosto de 2026

POEMAS DEL TIEMPO QUE NO VUELVE (II)

 



AQUELLA PRIMAVERA


La golondrina

encontraba su camino

en pleno vuelo

y entraba en el desván

por la azul claraboya hasta su nido,

puesto allí desde siempre

encima de una viga.

Fiel realidad de aquella primavera,

promesa eternizada en una voz

que prosigue sonando todavía,

puro silencio musicado,

como el vuelo del ave que salvaba

la claraboya abierta en el desván

en mis ojos de niño, de aquel niño

que sigue respirando entre mis sueños..


RETORNO INÚTIL


Un día regresaste

creyendo que el deseo obra milagros.

Pero una vez allí, viste que nada

te quedaba de aquel árbol primero:

ni tronco, ni raíces, ni ramajes

donde los nidos fueron ecos

de la tierra que te daba la luz.

Y volviste de nuevo a este paisaje

de tarde que se cuelga de tus ramas

con un poco de sol.

Y sueñas que algún día

nacerá entre tus hojas otro nido

que alegrará tu alma.


                                  Tu otoño es este otoño, no el que sueña

en la tierra del trigo que no vuelve,

sino el que ve el camino que recorres.

Los retornos son vanos,

inútiles perfumes de nostalgia.


SONETO REBELDE


El soneto rebelde siempre sabe

que el poeta nada tiene

que ver con su factura. Como el ave

que cruza el aire cuando al nido viene

sin pensar que sin alas nunca habría

podido recorrer ese camino.

El soneto rebelde siempre ansía

traspasar el sentir del adivino.

Y deja que la libre golondrina

se transforme las veces que ella quiera

con tal de reescribir su primavera.

El soneto rebelde afina, atina,

combate contra pálidas cegueras

y, aunque el blanco no vea, lo adivina.





MALHERBE


El francés de Malherbe hizo de todo

--hasta ser mala hierba--: escribió versos,

criticó lo indecible y en Provenza

sirvió de secretario a todo un Príncipe

y se casó con la hija de un gran cargo.

Sus Lágrimas del Santo de las Llaves

no las vieron ni el Greco ni Velázquez.

Mas tal vez puedan ver en el Parnaso

el epitafio que apunto desde Tossa:

“El francés de Malherbe hizo de todo,

paseó por el mundo como todos

y un día se fue a donde vamos todos.

Y vosotros que estáis viendo su fosa

por favor, no aspiréis a otra cosa.”




UN JUEGO NADA MÁS


Fue un juego, nada más, 

y ¡cuántas lágrimas a solas derramé,

cuando de noche recordaba en casa

la sangre del gorrión entre mis dedos,

aún caliente su cuerpo, lejos ya

del vuelo y de los árboles!

Un guijarro redondo en la badana

y bien tensas las gomas, nada más.

En un segundo cruel se había roto

el misterio de la naturaleza.

¡Un juego, nada más,

y cuánto  me arrepentí aquella noche! 


BARCELONA 1966


Atrás quedaron versos y dibujos

sembrados en efímeros papeles,

y nombres, vivos nombres que evocaban

momentos de amistad: los Baños Viejos,

Canuda, Petritxol, el Pino..., puertas

abiertas a la magia de Barcino.



                                       
                                      Las borracheras duraban lo que duraba

el fiel arrobamiento. Luego

volvíamos al refugio de los Beatles

y descendíamos por toboganes

de magia creativa. Afuera, el mundo

ascendía en andamios acrobáticos

y las palomas pintaban las estatuas

con sus grises de olvido y de ceniza.

El tema era el placer del vino mago

que hacía derramar poemas tristes

a lo Buesa, o el deambular romántico

por calles enjoyadas de Gaudí

o altares de Picasso. Pero había

un viejo nubarrón que amenazaba

la mies de la familia, un huracán

dispuesto a derribar la luz de casa.



                                      Un tren de madrugada atravesó

sin un descanso lágrimas y tierras

mientras en el macuto me quemaban

mil versos contra Dios, contra la vida,

contra la primavera que inundaba

los campos de lujuria. Llegué, limpio

de llantos, hasta el lecho donde el padre

aguardaba mi beso, mi palabra,

tal vez la aceptación de que él había

significado todo para mí.

Y nada hice ni dije: tristemente

lo miré como al barco que se aleja

dejando tras de sí una ausencia blanca.



                                      Y los amigos siguieron compartiendo

conmigo cigarrillos y botellas,

poemas y pinturas. Pero todo

había ya cambiado sin remedio.

Y las palabras nos sonaban lejos

porque sabíamos que algo puro, vívido,

a punto estaba de desvanecerse,

como el perfume de una mujer bella

que deja nuestro cuarto tras amarnos.

Como si aquella Barcelona nuestra

estuviera diciéndonos adiós.

                           


                                           
                                     


                                    

sábado, 1 de agosto de 2026

LECTURAS DE SIEMPRE (I) LA HORA XXV

   


     Quiero empezar agosto, para refugiarme de los agobios interminables de los incendios y la política, recordando viejas lecturas que en otro tiempo me trajeron calma al placentero pero duro oficio de enseñar. La de hoy es la que da título a esta entrada: LA HORA XXV.

     LA HORA XXV, que llevaba el añadido AL SERVICIO DEL MÉDICO, era una publicación mensual literaria, en cuya portada aparecía el retrato (fotografía o pintura) de un escritor de cualquier tiempo y lugar y de vez en cuando el de un médico que había obtenido el Premio de Literatura que se convocaba  de vez en cuando para que los facultativos aficionados a escribir quisieran demostrar su valía y condición de literatos. 

        Yo empecé a adquirir LA HORA XXV AL SERVICIO DEL MÉDICO en el Mercadillo de libros de ocasión de San Antonio a poco de llegar, procedente de Zamora, mi ciudad natal, a Barcelona el 4 de julio de 1964 para cursar la carrera de Filosofía y Letras en su Universidad. Y en la biblioteca reservo un estante para reunir un centenar de estos modestos volúmenes pequeños de lomo rojo repletos de la mejor literatura del mundo dosificada en textos breves.

      A veces vuelvo a ellos, bien visibles por su color escarlata y los extraigo de uno en uno con cariño de su nicho para acariciarlo y darle vida al instante, hojeando con sumo cuidado para no deshojarlo más y ojeando sus ilustraciones y propagandas médicas repartidas por el cuaderno y los textos literarios. Ahora tengo un número en mis manos, el LXVI, de noviembre de 1962 (de 2 años antes de mi llegada a la ciudad condal). En la portada puede verse el retrato pintado de Mariano José de Larra (mirada soñadora, lejana y ajena al destino terrible que lo aguarda, a los amores con Dolores Armijo y a la pistola que le saltará la tapa de los sesos). Abro el volumen, que no supera nunca las cinto cincuenta páginas y descubro al dorso de la efigie de Larra, a página completa, la fotografía del anuncio médico de un fármaco de la época: PENUBER, en comprimidos, jarabe e inyectable. El Editorial aparece en la página contigua avisando a los lectores que están ya en vísperas de la Fiesta del Médico de 1962, con el premio literario y el sorteo del Seat-600 del Premio de Oro de este año. Paso la hoja y me enfrento, al dorso, con Al margen de la Medicina, El descanso, necesidad biológica, a cargo del Dr. Zeda, y en la página contigua con el Sumario: Editorial, Nuestra portada, Impresiones del viaje a Estados Unidos, NOVELAS, M. J. de Larra, El castellano viejo, y cuatro autores más. SECCIONES FIJAS, Cámara, STOP-peligro, Viaje con "La hora XXV", Premio de Oro, Rincón de la Poesía, Índice terapéutico.

     


     Tengo que admitir que lo primero que leía de LA HORA XXV era Nuestra Portada, que hablaba, ¿cómo no?, del escritor elegido ese mes como protagonista del cuaderno, en este caso de Larra, y enseguida, me iba a las páginas de su artículo de costumbres El castellano viejo (que empieza así: "Ya en mi edad pocas veces gusto de alterar el orden que en mi manera de vivir tengo hace tiempo establecido, y fundo esta repugnancia en que no he abandonado mi lares ni un solo día para quebrantar mi sistema, sin que haya sucedido el arrepentimiento más sincero al desvanecimiento de mis engañosas esperanzas."). Después me iba al final del cuaderno, a las páginas dedicadas al Rincón de la Poesía que, a cargo de Juan Chacón, trataba de Lope de Vega, poeta lírico (tras unas breves palabras de introducción al poeta). Chacón incluye unas cuantas composiciones distribuidas en: I, Formas líricas sencillas (seguidillas, villancico, cantar de siega y canción de bodas; II, Romances, y III, Sonetos). Copio íntegra la Canción de bodas: "Esta novia se lleva la flor/ que las otras no./ Bendiga Dios el molino/ que tales novias sustenta,/ muela su harina sin cuenta/ a costa de tal padrino./ Estas muelen de lo fino/ del trigo que muele amor,/ que las otras no."). Y no abandono el número sin antes echar un vistazo a los chistes gráficos de la última página, cuyo protagonista es un médico, como no podía ser de otro modo. En este caso, mientras ausculta la espalda de su paciente, éste dice: "Lo único que me duele, doctor, es tener que trabajar." 

         Entre los escritores españoles, además de Larra, figuran en LA HORA XXV, Bécquer, Valera, Jardiel Poncela, Cervantes, Calderón de la Barca, Valle-Inclán, Ana María Matute... Escritores de otras naciones: Balzac, Maurois, Dostoyevski, Tolstoi, Goethe,  Petronio, Montanelli, Bandello, Shakespeare, George Sand, Henry Troyat, Eça de Queiroz, Maquiavello, Allan Poe, Virginia Woolf y un larguísimo etcétera. 

      Cada domingo que pisaba el contorno del modernista Mercado de San Antonio para pasear entre los puestos de libros en busca de un nuevo número, una nueva cara, una nueva ocasión de lectura, sentía una emoción nueva, como la vez que, acompañado de un colega al que había invitado a dar una vuelta por el mercadillo, descubrimos en la portada de un volumen de esos el rostro del fraile escritor del Siglo de Oro por el que sentía mi acompañante verdadera devoción: Tirso de Molina. Recuerdo que quise regalárselo después de comprárselo al librero. Era el número XVIII, con fecha de 1958. El texto del fraile mercedario que contenía ese número se titulaba Tres maridos burlados, un relato delicioso que intenté en vano adaptar al teatro para mis alumnos de EATP de entonces, finales de los ochenta y que al final cambié por Canción de Navidad, de Dickens. Pero mi colega se negó en redondo. Cada vez que cae ese cuaderno de lomo rojo en mis manos, me acuerdo de él y de su voz leyendo el Editorial: "Noviembre: el día es breve, larga es la noche; embozada se apresura la gente en busca de cobijo que les guarezca de la lluvia y de los primeros fríos, Tristeza ante la proximidad del invierno, dejados atrás los alborozos y las luces del verano."

      Me despido hasta la próxima recordando  que en este número XVIII dedicado a fray Gabriel Téllez, más conocido por su seudónimo Tirso de Molina y creador de la figura de Don Juan (figura que imitaron entre otros Molière y Zorrilla), protagonista de su obra El burlador de Sevilla y Convidado de Piedra; además del cuento Tres maridos burlados, de Tirso, el número XVIII de LA HORA XXV recoge entre otros puntos Escaparate Literario, Declaraciones de José Tamayo o, como era de esperar, el tema de Don Juan en el ensayo de Gregorio Marañón Don Juan y yo, y en el Rincón de la Poesía de Juan Chacón en tres apartados: I,  El burlador de Sevilla y Convidado de Piedra, de Tirso de Molina; II, Don Juan Tenorio, de Zorrilla;  III, Otros Don Juan (tratados por escritores mundiales, como el citado Molière, Byron, Bernard Shaw o Baudelaire en un poema traducido al español por el poeta modernista Eduardo Marquina con el título Don Juan en los Infiernos, cuyo primer serventesio es: "Cuando bajó Don Juan al subterráneo abismo,/ pagado ya  el Caronte el óbolo supremo,/ un mendigo sombrío, seguro de sí mismo,/ el puño fuerte y duro colocó en cada remo..."

                                     


 

martes, 21 de julio de 2026

PIEL DE TORO (y III)

 


Cuando llegué por fin al bar del paseo del mar en busca de noticias de Ortega y me acerqué a la barra para hablar con el camarero que la regía, esperaba de todo corazón salir de allí con algo positivo acerca del paradero de  mi amigo Ortega antes de coger al día siguiente el avión de regreso a Barcelona. Sin embargo, a los dos minutos de haber formulado la pregunta que llevaba preparada, me llevé la mayor decepción del mundo. Y desde luego, un cabreo de cien pares de... El barman me miró fijamente a los ojos en cuanto le pregunté, después de mostrarle la foto de mi amigo, si sabía dónde podría encontrar al hombre de la boina que había hablado con él en la barra hacía unas horas. Y su respuesta fue la que sigue. “A ninguno de los dos los he visto en mi vida.” Cuatro hombres que jugaban al dominó ni me miraron siquiera, absortos como estaban en el juego.

Al día siguiente volví a Barcelona. Era un sábado por la tarde. Aquella noche no pegué ojo pensando en Ortega. El domingo me levanté temprano y me acerqué al Mercadillo de libros de ocasión de San Antonio y, casualidades de la vida, en una parada mis manos tropezaron con un libro de la colección austral, cuyo título me lo había citado más de una vez Ortega: Los toros en la poesía, su autor José María de Cossío, y su número, el 490. No tengo que añadir que lo compré en el acto. Y el resto de aquel mes, me lo pasé leyendo cada día nada más llegar a casa del trabajo; así me parecía tener a mi lado a Ortega.



Y ya empecé a vivir esa sensación el mismo domingo que compré el libro, al leer las últimas líneas de la Advertencia que hace al lector don José María de Cossío: “Sólo deseo que si bien las opiniones sobre la fiesta de toros son dispares, y es ventajoso que así suceda, no lo sean las que suscite esta poesía taurina, a mi entender de la calidad y aliento de la mejor poesía española.” Del diálogo entre el toro y el buey, de Rubén Darío, me quedo con las palabras que intercambian los dos animales al final de la corrida. Mientras el público a gritos pide “¡Otro toro!”, el buey le dice al toro herido de muerte: “¡Calla! ¡Muere! Es tu tiempo.” El toro responde: “¡Atroz sentencia!/ Ayer el aire, el sol; hoy, el verdugo.../ ¿Qué peor que este martirio?” El buey responde: “La impotencia.” El toro pregunta: “¿Y qué más negro que la muerte?” El buey responde: “¡El yugo!” Y leyendo, parecía que estaba oyendo a Ortega. Pero Ortega no estaba. Y terminé de leer el libro de Cossió, y acabé regalándolo a un hombre del barrio que hablaba, cuando el vino le aflojaba la lengua en la taberna más cercana, de toreros que habían toreado en Las Arenas de Barcelona, hoy convertida en un centro comercial.

Y entonces un día en mi buzón, adonde sólo llegaba publicidad, encontré noticias de Ortega. Era una carta milagro cuyo remitente era mi amigo. Y de repente pensé en los olores y brisas del mar de Alborán. Subí al piso con la carta arrimada al pecho y sentado en el sofá del comedor, esperé a que el corazón se me tranquilizara un poco para abrir el sobre y leer la carta. Que decía:


"Hola, joven. Empezaré pidiéndote perdón. No sabes el infierno que he pasado todo este tiempo que he tardado en explicarte el motivo de mi repentina desaparición. Pero solucionado el problema que causó que me apartara de ti de manera tan cruel, he cogido papel y pluma y me he puesto a hacerlo tal y como un amigo, fiel como tú, se merece. Habrás recordado más de una vez aquella torpe respuesta que te di cuando, al volver tú del lavabo, me preguntaste de qué hablábamos en la barra del último bar el señor con boina y yo, y yo te respondí (nunca olvidaré mis palabras): “Poca cosa. Quería pagarnos la ronda y yo, claro está, le he dado las gracias pero le he dicho que quizás otra vez”. Yo conocía a aquel hombre y aún lo conozco. Te mentí, joven, y aún lo siento. Como siento el hecho de que, previendo que con toda seguridad te ibas a presentar en el bar a preguntar si sabían algo de mí, el camarero, a petición mía, se viera obligado a mentirte cuando la misma tarde de mi desaparición, tú, angustiado como debías estar, le preguntaste si sabía algo de mí y de Benito, así se llama el hombre de la boina, del que te hablaré enseguida, y él te respondió: “A ninguno de los dos los he visto en mi vida.” Me imagino tu cara. Te pido perdón de nuevo. Y ahora te cuento lo que con toda la razón del mundo estás esperando leer. Benito, el hombre de la boina, tiene un invernadero y una casa en Almería, donde vive con su mujer y su hija que está estudiando Segundo de Bachillerato. Resulta que un día que yo le había dicho que en Barcelona daba clases particulares para ganarme la vida, de repente me preguntó por qué no le daba clases particulares a su hija al menos hasta fin de curso, ya que estaba enferma y no podía ir al Instituto. A cambio me ofrecía una habitación en su casa, comida y un pequeño sueldo para mis gastos. Y sin pensarlo mucho acepté. Y vivo bien, joven, créeme. Benito y su familia parecen quererme como si fuera uno de los suyos. Hace algún tiempo escribí también a mi vecina Dolores pidiéndole por favor que echara un vistazo a la casa de mi padre para que no se caiga abajo a trozos durante el tiempo que yo esté fuera de ella. No echo de menos nada la vida de Barcelona. Salvo a ti y tu amistad, que espero empezar a recuperar desde el momento en que leas estas palabras. Quizás pronto empieces tú a perdonarme para que algún día podamos volver a seguir siendo amigos. Y mucho me temo que, si hasta este punto de la lectura no has sentido una pizca de aprecio por mí, no me perdones nunca. Jamás te lo reprocharé. No te pongo mis señas en esta carta porque no quiero obligarte a hacer nada que tú no quieras. Desde que me fui de tu lado como un Judas cualquiera, no he vuelto a beber como antes. Prueba tú a hacerlo. Sabes que en el fondo te he querido siempre.”


Casi un mes después de haber leído la carta de Ortega, yo seguía sin perdonarlo, mientras sabía que no lo olvidaría nunca. Ortega será siempre Ortega, cuyo apellido coincide con aquel gran torero que fue Domingo Ortega, a quien el poeta Gerardo Diego llamó sabiamente “Dominio” Ortega, y del cual el padre de quien fuera uno de mis mejores amigos no dejaba de recordarnos a los dos de vez en cuando durante sus últimos días de vida que Domingo Ortega “fue
sobresaliente en un mano a mano con Marcial Lalanda y Manolo Bienvenida”. Dos de sus frases más emblemáticas son: “El toro tiene que suponer siempre un peligro; sin peligro no hay arte”.O mandas tú, o manda el toro”. Estas dos frases las dijo en el Museo Taurino de Roquetas mi amigo ante la foto de Domingo Ortega, que compartía galería con los dos toreros citados y con otros como Ignacio Sánchez Mejías, Chicuelo o Gitanillo de Triana.



Pero también debo decir que unos días más tarde, emocionado, llamaba a la puerta del piso de Dolores, la vecina de Ortega, para saludarla y pedirle por favor que me dejara echar un vistazo al piso de mi amigo. La buena mujer, nada más verme, me abrazó y me recordó lo buenos amigos que habíamos sido sido Ortega y yo; luego, mientras recorríamos el piso, que estaba impecablemente cuidado, me habló de lo que le decía mi amigo de mí en la carta que le había enviado y, antes de dejarme un rato en su habitación, añadió con voz suplicante:

--Perdónale, hijo. Siempre hay cosas en la vida que valen más que otras. Yo que os conozco bien, sé que nunca os dejaréis de querer. Y ojalá algún día...

Lo primero que hice fue acercarme al mueble del rincón donde sabía que Ortega guardaba, junto a sus libros, la colección de El Ruedo de su padre. El mueble constaba de tres cuerpos: dos a los lados, que son sendas estanterías altas y simétricas, para libros, y un tercero, más bajo y cajonero, que contenía cronológicamente las revistas de toros. Y sobre éste último, en el hueco de la pared, había una fotografía de época enmarcada y acristalada donde podía verse a Domingo Ortega entregándole los trastos al nuevo matador Toscano en La Monumental de Barcelona. Y pegado en la parte inferior del mismo un papel con la letra de mi amigo que decía: Gracias eternas a Joven (Ortega siempre me ha llamado Joven en lugar de por mi nombre verdadero), por haberle comprado a mi padre el número 94 de la revista El Ruedo (Año III, Madrid, 11 de abril de 1946). Al instante recordé esa circunstancia y no pude evitar que se me empañaran los ojos.


Más tarde, cuando me despedía de Dolores en el rellano de la escalera, la mujer sacó del bolsillo una nota para dármela mientras decía:

--Ahí está la dirección de tu amigo en Almería. Escríbele y perdónale. Ésta es la mejor ocasión que se te presenta para demostrar que tienes un corazón enorme. Y termino la frase que antes dejé en el aire: “Y ojalá algún día volváis a reuniros para recordar los buenos momentos que habéis vivido juntos”.

Cogí la nota y me la guardé. Luego nos abrazamos y mientras bajaba hacia la calle noté una gran tranquilidad en mi alma.







martes, 14 de julio de 2026

PIEL DE TORO (II)



       Y su voz, la voz clara y justa de Ortega, además de incansable y cariñosa, me contaba de su primo Alfonso cosas y aventuras que le pasaron en Madrid cuando su tío Florencio había dejado el pueblo para traladarse a la Corte en busca de mejores aires para su familia. Una de esas cosas le ocurrió en plenas fiestas de la capital de España, con corridas de toros en Las Ventas. Manolo, el hijo mayor del tío Florencio, se había ido a la Plaza para ver torear a Jumillano, que era un matador muy reconocido entonces. En el piso que el tío había comprado en Entrevías se hallaban, junto con el patriarca y su consorte la tía Eduviges, los hijos pequeños, Silín, Marta y Josefa, y su sobrino Alfonso, que estaba preparando la merienda-cena, cuando al tío Florencio le dio un síncope y cayó al suelo como fulminado. Avisaron a la ambulancia y en el momento en que se lo llevaban a La Paz, la tía le pidió a Alfonso que fuera a la Plaza de Toros e intentara avisar por todos los medios a Manolo.                Alfonso, sin saber muy bien qué iba a hacer salió para las Ventas. Cuando llegó estaban toreando el quinto toro y las puertas se abrieron gratis para la gente que se agolpaba en la entrada principal en espera de esa ocasión. Alfonso se metió en la oleada de gente y, ya en un tendido, se puso a mirar a todas partes en busca de Manolo. Al cabo de un rato lo vio en el tendido opuesto, atento a la faena del torero en la arena. Alfonso se colocó las manos en la boca a modo de bocina y empezó a gritar: “¡Manolo!, ¡Manolo!, ¡Manolo!” Pero Manolo no le oía, entre otras cosas porque Manolo estaba al otro lado de la Plaza y porque en ésta había un follón de espanto, entre los olés, las múltiples conversaciones y la música de la orquesta que no paraba de tocar pasodobles. 



De repente, Alfonso vio a su lado a un hombre que utilizaba unos prismáticos para enfocar la faena del matador. “¿Eso pa qué sirve”, le preguntó. El aludido le contestó asombrado: “Esto, caballero, son unos prismáticos y sirven para ver de cerca lo que está lejos.” El primo Alfonso, debió de ver en aquel objeto la solución para su problema, porque acto seguido, le dijo: “¿Quiere hacer el favor de prestármelos un segundo? Es un asunto muy grave.” El dueño de los prismáticos se los descolgó del cuello y se los prestó. Entonces Alfonso se los puso delante de los ojos tal como había visto al caballero y los dirigió hacia donde estaba Manolo, al otro lado de la Plaza, como digo. "¡Milagro!", debió de pensar. Tenía a su primo Manolo al alcance de la mano. Entonces, con una sonrisa de satisfacción, le dijo en voz baja: “Manolo, vuelve a casa pronto, que a tu padre le acaba de dar un soponcio y se lo han llevado al hospital.”

Ortega tenía una voz parecida a la de Valladares y además de escribir poesía, la sabía recitar como los propios ángeles. Una vez en la tertulia a la que solíamos acudir en Barcelona (la ciudad donde lo conocí) alguien habló de un romance que había escrito el poeta Miguel Hernández donde habla de muchos animales y nos pidió a los contertulios si alguien recordaba algunos versos del romance en cuestión, y a Ortega le faltó tiempo para levantar la mano y decir: “Creo que sé a qué romance te refieres y recuerdo muy bien unos versos donde Hernández menciona vacas y toros, por si quieres oírlos.” Acto seguido el contertulio le animó a que los recitara para todos los que allí estábamos. Y él, que era un rapsoda de dos pares de... empezó a declamar: “En los templados establos/ donde el amor huele a paja,/ a honrado estiércol y a leche,/ hay un estruendo de vacas/ que se enamoran a solas/ y a solas rumian y braman./ Los toros de las dehesas/ las oyen dentro del agua/ y hunden con ira en la arena/ sus enamoradas astas.” El aplauso fue unánime.


Ortega en una época en que daba clases particulares a un vecino suyo que estaba enfermo le comunicaron que había ganado un premio de poesía taurina en Valencia, y a la ciudad de Las Fallas fuimos a vivir un par de días de ilusión y fiesta, ardiendo de alegría junto con los monumentos de cartón y madera que la ciudad del Turia levanta en sus calles y plazas con la llegada de la primavera.

Y ahora, muchos años después, mientras iba yo hacia la taberna del paseo del mar en Roquetas para intentar saber algo de mi amigo desaparecido, recordaba aquellos dos días pasados con él en Valencia entre tracas y petardos de mil ruidos, buñuelos, faldas de flores, horchata y mascletás, y especialmente el momento glorioso de recibir en la Peña Taurina que patrocinaba el Premio el sobre con el dinero del galardón, y de la lectura del poema que hizo Ortega ante la admiración de los concurrentes, un poema antitaurino, a juicio del presidente del jurado que se lo premió: “Te estoy pidiendo, toro de la noche,/ amigo de la luna y el silencio,/ que no hagas mucho daño a ese chaval/ que te cita en la valla de la dehesa./ No sabe ni de muertes ni de odios/ ni de heridas atroces que conducen al fin./ Igual que tú, toro inmenso, negra catarata,/ que ignoras tu final en el acero./ Míralo cómo pisa tus dominios,/ con qué temblor de rama sacudida/ avanza por la hierba que estremeces con tu peso/ de dios bravo y antiguo./ Ten piedad de esa nueva, inocente muleta de alquiler./ No acudas a la cita de esa sangre quemada en un impulso...”. 


         Y todo eso iba unido a la oportunidad de pasear por la ciudad del Turia, viviendo de cerca la plantá, y el bullicio, los churros, los fuegos artificiales..., alegría en una palabra que, por otra parte, tiene siempre su final aunque viva en el recuerdo para siempre.

Desde que Ortega, en vida de su padre, al que le gustaban mucho los toreros y las corridas de toros, frecuentaba el mercadillo de libros y revistas de ocasión de San Antonio, buscando no sólo libros para él, sino también y sobre todo números de la revista El Ruedo para su progenitor, empezó a interesarse (y nunca dejó de hacerlo) por el mundo taurino, y siempre que podía escribía y hablaba con pasión del tema. Como la vez que se fue a correr los Sanfermines y en medio de un follón increíble se atrevió a llamarme por el móvil, diciéndome: “Mira, joven, acabo de llegar a Pamplona en plena efervescencia de los Sanfermines y no te oigo bien por el móvil; así que escucha bien lo que voy a decirte. Seré lo más breve posible. Estoy hospedado con unos cuantos amiguetes en una fonda cercana a las Plaza Mayor y anoche estuvimos hasta las tantas liados con tapas y chiquitos, y andamos todos un poco groguis. Pero ya estamos en la calle dispuestos a realizar una nueva carrera. Dicen aquí al lado que ya han dado el chupinazo de salida, de modo que de aquí a un par de minutos pasarán a nuestra altura los toros en su carrera frenética hacia la plaza. Hay uno de nosotros, que es el que peor está de todos por los excesos de anoche, que quiere salir a correr con los toros, y, aunque todos le decimos que se quede tras las vallas como el público, que ya haremos por él la carrera los demás. El follón es de los que sólo se viven una vez, y a unos metros ya aparecen los primeros corredores. Joven, que tengo que colgar. Ya te contaré más tarde cómo ha ido. Espero que no salga ninguno revolcado; preparados estamos todos y el pañuelico ondea en nuestro cuello animándonos a correr. Hasta más tarde.” Aún me parece estar oyendo su voz.

Y aún lo veo a él, a Ortega, a mi lado, en ocasiones parecidas, como cuando hicimos un viaje en autobús en una compañía barata, cuyo nombre he olvidado adrede. Alojados en un hotel de Teruel, cercano a una de sus torres mudéjares tan emblemáticas, poco después de deayunar llegó el autobús que iba a llevarnos a Albarracín. Una vez subidos a bordo, y después de haber visto pasar cerca de la carretera al río Turia, que estaba naciendo en la vecina sierra de Albarracín y a la vez repetía su camino hacia Valencia, escuchamos la voz de la guía llamándonos la atención sobre la violácea silueta inconfundible de la sierra que teníamos delante del autobús. 


Poco antes de llegar a Albarracín, Ortega me lee en voz alta en el librito de Teruel algunas notas sobre el pueblo declarado Conjunto Histórico en 1961. Sus empinadas y estrechas calles, de trazado musulmán, sus fachadas rojas, sus casas colgadas, sus celosías y aleros de madera, sus elaboradas rejerías… Dejó de leer para decir: “Se acentúa el apetito que ya traía de meterme por sus calles, respirar el aire sano de la sierra circundante y empaparme la mirada de belleza y el corazón de emociones.” Pero una sorpresa de otro tipo nos esperaba a Ortega y a mí al llegar al pueblo. Al apearnos del autobús, nos enteramos de que Albarracín se hallaba en fiestas y que de un momento a otro comenzaría el encierro de toros. En efecto, al momento empezaron a sonar los estampidos de los cohetes que anunciaban el comienzo del encierro, que tendría lugar a lo largo de la calle central y acabaría en la plaza del Ayuntamiento, convertida al efecto en un coso taurino. Ante tal circunstancia, el recorrido preparado para visitar las calles principales del pueblo quedó momentáneamente suspendido, y como solución alternativa, la guía nos propuso ir subiendo al pie de las rocas, bordeando la población ante la vista de las casas colgadas y el perfil formado por la Catedral, el Castillo, la escarpada sierra y el verde y frondoso valle. Sin embargo, a Ortega y a mí la idea de perdernos la vistosidad del encierro nos comía por dentro. De modo que planteamos a la guía nuestro deseo de asistir al encierro y quedamos con ella en volvernos a juntar con el grupo a la hora de comer en el Hotel que llevaba el nombre del pueblo. 


Y por la primera rampa desembocamos en un lateral de la plaza del Ayuntamiento. Allí nos encontramos con las primeras trancas de madera. Nos asomamos y lo primero que vimos fue un par de toreros apoyados sobre las maderas, los cuales iban pertrechados de capotes y estoques. Efectivamente, habíamos llegado a un improvisado coso taurino, con arena en el suelo, barreras alrededor del perímetro de la plaza, tendidos improvisados aquí y allá, arrimados a las fachadas de las casas que forman ángulo con el Ayuntamiento, a cuyos balcones se asomaba una gente dispuesta a divertirse. Cerraba el cuadrado un tablado en alto donde la banda del pueblo tocaba pasodobles sin parar, mientras en el cielo azul estallaban los cohetes entre estruendosos estampidos y navegaba por el aire el típico olor a pólvora de los festejos. Hablamos con un hombre de la barrera sobre cómo acceder a uno de los graderíos, cuando en un ángulo de la plaza aparecieron dos cabestros y detrás de ellos hasta tres vaquillas para ser toreadas. El hombre de la barrera nos dijo que la manera más “fácil” de acercarnos al tendido del Ayuntamiento era entrar en el coso entre los barrotes de madera y trepar por ellos hasta alcanzar el hueco deseado, entre gente que sacaba fotos, fumaba sin parar y voceaba a los toreadores del ruedo. Y de repente Ortega, tras pedirme que lo esperara allí un momento, saltó al ruedo, pidió una muleta y un estoque a uno de los toreros y se puso a torear con otros una vaquilla que daba brincos sin parar. El espectáculo duró poco porque el encargado de la fiesta mandó recoger a las vaquillas en el chiquero improvisado en uno de los ángulos de la plaza mientras la banda anunciaba el final de la fiesta 
mediante un putpurri de conocidas canciones. Ortega me hizo una señal desde el ruedo y yo bajé a reunirme con él. Luego dimos una vuelta al pueblo, cuando ya la tranquilidad había vuelto a las calles de Albarracín.


miércoles, 8 de julio de 2026

PIEL DE TORO (I)


 


El viaje que Ortega y yo realizamos antes de que mi amigo desapareciera sin dejar rastro en Roquetas, Almería, resultó ser, pese a ello, uno de los más completos de mi vida. El día anterior de hacer nuestras maletas para coger el vuelo en el aeropuerto de Almería de regreso a casa, cambiamos la que fue una de nuestras últimas conversaciones. Acabábamos de visitar la esbelta plaza de toros del pueblo, en cuyo museo taurino pudimos observar carteles de las principales plazas de toros de España, trajes de luces, cabezas de toros disecadas, reseñas de los hitos más importantes de la historia del toreo... Y ahora nos hallábamos sentados junto a la gran escultura de toro negro que se encuentra delante de la Plaza.

Ortega decía:

--Los toreros con su arte y su valentía lidian con los toros, los burlan, les sacan el máximo provecho a su bravura y su belleza campestre y, finalmente, tras una espléndida faena, acaban con su vida y se llevan como trofeos de la fiesta, además de los aplausos de los aficionados, algunos apéndices del animal. Todo muy entonado, como los pasodobles que acompañan sus lances. En el toreo los toreros son los máximos artífices, los verdaderos héroes de la fiesta nacional. Pero cuando hacen declaraciones a la prensa a veces las palabras que emplean no son los capotes que burlan a la bestia en la plaza, sino más bien se convierten en estoque que se vuelven contra ellos. Vamos, que como toreros son los protagonistas de la fiesta, pero como castellanohablantes propinan también sus pequeñas patadas al diccionario.

--Ponme un ejemplo.

--¿Quieres un ejemplo? Aquí va. En un reciente telediario, hablando de lo espléndido de su temporada taurina, un torero de fama cuyo nombre no es necesario mencionar aquí afirmó: "Veré lo que puedo dar de sí." Así, tal cual. Y se quedó el matador como exultante, fuera de sí. Como todo el mundo debe saber, la forma del pronombre personal de tercera persona, se refiere a él, ella, ellos, ellas, y nunca a la forma de primera persona del singular correspondiente, que es . Recuerda la expresión: “Finalmente, el enfermo volvió en sí”, frente a “Finalmente, tras mi desmayo, volví en mí.” Concluyendo, porque el asunto gramatical no da de sí mucho más, el famoso torero debió decir "Veré lo que puedo dar de mí."

--Bien hablado puede que no lo sea. Todos damos patadas al diccionario. Tú, yo, ese señor que se arrima a la fuente, todos. Y ese torero célebre no va a ser menos. Pero como torero seguirá llenando las plazas de toros y saliendo a hombros algunas tardes memorables.


Cuando nos cansamos de hablar de toros y de expresiones lingüísticas, todo mezclado, se nos pasó el resto de la mañana bebiendo vinos de bar en bar por la costa de vuelta al hotel. En uno de ellos dejé la barra donde estaba con Ortega para ir al lavabo y al volver vi a mi amigo cambiar unas palabras con un hombre 
de mediana edad, bajito con bigote espeso  y  boina roja como una muleta de torero que más de una vez nos lo habíamos encontrado allí tomando un chato de vino. El hombre al verme llegar se despidió de Ortega para reunirse con sus amigos que ocupaban una mesa de la terraza.

--¿Qué se cuenta ese hombre?-- pregunté.

--Poca cosa. Quería pagarnos la ronda y yo, claro está, le he dado las gracias pero le he dicho que quizás otra vez. ¿Y a ti qué te pasa? ¿Es la próstata?

--¿La próstata? ¡El vino! Ya no me cabe una gota más de morapio en el cuerpo y como soy más flaco que un palillo, el jugo de Baco acaba antes con mi resistencia.

Ortega sonrió. Pagamos la cuenta al camarero y recorrimos el corto trayecto que nos separaba del hotel. Allí, en el vestíbulo, me dijo:

--Sube a la habitación a dormir un rato. Yo me quedo a tomar otro vino en la cafetería. --Acto seguido se palpó ufano su voluminoso vientre y añadió:-- A mí me queda aún un hueco aquí. Lo lleno y subo a dormirla.

Yo nada más entrar en la habitación me quedé dormido y así estuve hasta que oí entre sueños abrirse la puerta. Al ver a Ortega le pregunté extrañado: 

-¿Ya estás aquí?

--¿Sabes cuánto tiempo has estado durmiendo?

--¿Mucho?

--Bastante. A mí me ha dado tiempo de oír media conferencia taurina y casi una entera sobre cajas de rapé. La primera me la han explicado dos conferenciantes de andar por casas en una mesa de la cafetería. Trataba de una corrida de toros sin igual. Uno decía, a modo de conclusión,  que había sido todo una exhibición de arte y el otro, en cambio, decía que la corrida de toros había resultado, como siempre, una salvajada, que había acabado con la muerte del animal a pinchazos y arrastrado por toda la plaza. Y los dos conferenciantes, para entrar en materia habían empezado arrimándose a la barra para pedir vino de la tierra, no te he dicho que eran andaluces los dos clientes, y tampoco que el barman era también andaluz y que al oírles hablar del tema había sacado de su cartera fotos de toreros, plazas de toros y monumentos de casi todas la ciudades andaluzas. 


Antes de terminar la conferencia taurina, uno de ellos me preguntó que me parecían a mí las corridas de toros, y yo, como no quería ponerme a mal con ninguno de ellos, me fui por los cerros de Úbeda diciendo que no me atrevía a opinar porque no había visto nunca ninguna corrida de toros, ni siquiera por televisión... Y ahora levántate, que ya es hora de comer. 

Yo, como seguía medio dormido, dije:

--Vete tú. Yo no puedo moverme

Ortega estaba de acuerdo conmigo y se despidió diciendo:

--Ya nos veremos.

Cuando volví a despertarme y miré el reloj, me espanté del tiempo que había estado en brazos de Morfeo. Era media tarde. Me levanté y me metí en la ducha. Luego, mientras me vestía junto a mi cama descubrí algo que me dejó sin aliento: la maleta de Ortega no estaba en su sitio, ni su ropa colgada en las perchas del armario. Y ni sobre la mesa del teléfono ni en su mesilla de noche me había dejado al menos una nota avisando de que se iba. 

Momentos más tarde, desolado, bajé a recepción a preguntar por Ortega, mi compañero de habitación. El recepcionista de turno consultó en el ordenador que tenía delante unos segundos y enseguida dijo sin pestañear:

--El señor Ortega ha pagado la mitad de la cuenta y se ha ido.

Le di las gracias y me fui a la barra de la cafetería a preguntar al camarero si se acordaba de la discusión que habían mantenido antes de comer tres clientes sobre corridas de toros. El barman me miró como a un bicho raro. Saqué de la cartera una foto de Ortega y se la enseñé mientras añadía:

--Uno de ellos era este hombre.

Miró la foto y respondió:

--La cara de este señor me suena. Pero de esa discusión sobre toros y antes del turno de la comida que dice usted, no he oído ni visto nada.


Le di las gracias y sin demora salí al paseo de la costa para acercarme al último bar de la mañana y tratar allí, preguntando al camarero o al hombre bajito de mediana edad con bigote espeso y boina roja como una muleta de torero con el que Ortega a veces había visto hablar; y tratar allí (decía) de averiguar alguna cosa que me explicara la razón de la repentina desaparición de mi amigo. Y mientras, angustiado, me encaminaba hacia ese lugar con tanta esperanza, notaba cómo en mi cabeza luchaban por abrirse paso mil imágenes y recuerdos, acompañados de la voz incansable, cariñosa y alegre, de uno de los mejores compañeros y amigos que había tenido en mi vida hasta hacía casi nada.