viernes, 1 de mayo de 2026

RIÑA DE ESCRITORES


 



Obra en un acto


REPARTO

Juan de Jáuregui

Francisco de Quevedo

Miguel de Cervantes


Una biblioteca de Madrid

Juan de Jáuregui y Francisco de Quevedo se han reunido para hacer las paces de la guerra que ambos han protagonizado durante mucho tiempo. Miguel de Cervantes hace de moderador.




PRIMERA ESCENA

Jáuregui y Quevedo, sentados a una mesa de la sala de lectura de la biblioteca, de cara al público.


JÁUREGUI. Pues estamos reunidos por la misma causa, ya es hora de que empecemos. Y vos, como mayor que sois, podéis comenzar a hablar.

QUEVEDO. Os equivocáis. Los dos tenemos parecida edad. Vuestra merced nació en 1583 y yo en 1585, y mientras yo estiré la pata en 1645, vuestra merced la estiró en 1641. Así que, si vos nacisteis dos años antes que yo también dejasteis este mundo cuatro años antes que yo. Lo dicho, la misma edad. Por otra parte, creo que debe empezar a hablar vuestra merced pues habéis sido vos quien me ha citado aquí.

JÁUREGUI. No empecemos a discutir ya que precisamente nos hemos reunido en este lugar de sabiduría y paz para llegar a un acuerdo de nuestras diferencias.

QUEVEDO. Es verdad. Pero ya que habéis mencionado las palabras “acuerdo” y “diferencias”, ¿quién va a hacer de moderador en esta contienda que vamos a entablar?

JÁUREGUI. Por eso no os preocupéis. Ya he pensado en el juez más idóneo: Miguel de Cervantes, que es amigo mío y tengo entendido que también lo es de vuestra merced. ¿Os parece bien?

QUEVEDO. Mejor que bien. Cervantes siempre ha sido prudente y respetuoso con sus semejantes, como probó satisfactoriamente dando a conocer su mejor criatura, Don Quijote de la Mancha. ¿Cuándo se reunirá con nosotros?

 


             JÁUREGUI. En cuanto las Trinitarias, tras darle permiso para salir del convento, le arreglen el rostro y vistan adecuadamente para pisar las calles de Madrid. Y mientras tanto llega, ¿me permite vuestra merced que le haga una pregunta?

QUEVEDO. Eso dependerá de la pregunta. Ya sabéis vos que las preguntas son buenas si las respuestas satisfacen a los que preguntan.

JÁUREGUI. Allá voy. ¿Por qué vuestra merced me atacó como lo hizo en 1632 en su escrito titulado La Perinola?


              QUEVEDO. ¿La Perinola? Os volvéis a equivocar. Aquella sátira la escribí contra el doctor Juan Pérez de Montalbán, “graduado no se sabe dónde, en lo qué, ni se sabe ni él lo sabe”, creo que añadí en el título, cuando publicó su opúsculo Para todos, un escritorzuelo retacillo de Lope de Vega, que se alimentaba de cercenaduras de las comedias del Fénix de los Ingenios, hasta que dio en escribir media con limpio, un poetastro de la Calle de los Negros, juntándose con otros para hacer pasos a escote; un estudiantillo de encaje de lechuza, hijo de un librero de Alcalá... Y no me haga, por Dios, vuestra merced aquí y ahora recordar todo lo que dije en La Perinola de aquel loco que no era loco, que era poco, era una casa de locos, porque hizo un libro podrido, como olla, y atestado de cuantas legumbres, bazofias, cachivaches, tronchos y chucherías halló por las plazas y tiendas de aceite y vinagre, tabernas y despensas...

JÁUREGUI. No sigáis por ahí porque acabaréis citando a todos los escritores que en el mundo han sido, empezando por los evangelista y terminando con Valdivieso...

QUEVEDO. Ah, ya sé adónde quiere llegar vuestra merced. Al momento en que digo que caro le costó a Valdivieso el pagar a Montalban el citarle y darle margen de aposento. Y si él hubiera visto que estaba citado con los mismos requisitos que (y ahora digo lo que allí escribí) “Roa, Orejuela, Barbadillo, Jáuregui, Quintana, Pellicer, Blasillo y otros tales autores, él mirara lo que aprobaba y lo que decía.” ¿Y esa minucia es lo que a vuestra merced molesta? Yo tengo más razones que vos para quejarme de las afrentas que me hacéis cuando atacáis tres años más tarde en vuestra comedia El retraído mi obra La cuna y la sepultura. Aunque a decir verdad, sin el éxito que esperabais, ni en esa comedia ni en otras de parecida ralea. Por cierto, debería vuestra merced recordar que al final de una de esas representaciones, en medio de los silbidos con que el público reaccionó, se oyó gritar a un mosquetero: “Si Jáuregui quiere aplausos, ¡que los pinte!” ¿Y vos os quejáis porque veis vuestro nombre citado junto a otros escritores de tres al cuarto? ¿Ya habéis olvidado lo que hacéis decir al Censor en El retraído? Ese maldito personaje ataca cada uno de los puntos sostenidos por mí en mi obra La cuna y la sepultura, intentando demostrar que soy un hereje, que mi piedad cristiana es falsa porque encubre la sátira y manipulo los textos que cito; incluso desciende a mencionar mis pleitos con la Torre de Juan Abad, así como mi participación en la conjura de Venecia... Y para más inri, publicó vuestra merced al mismo tiempo que la comedia, otro libelo contra mi persona que tituló El Tribunal de la justa venganza. ¿Continúo?

JÁUREGUI. Ahora me toca a mí. ¿Recuerda la célebre Carta al Serenísimo, muy altto y muy poderoso Luis XIII que vuestra merced publicó en Madrid en ese tiempo, en casa de la viuda de Alonso Martín, estando al servicio del Conde-Duque de Olivares contra las insidias del cardenal Richelieu?

 


           QUEVEDO. Claro que la recuerdo. Como recuerdo también que la escribí en razón de las nefandas acciones y sacrilegios que cometió contra el derecho divino.... Y asimismo tengo bien presente el Memorial al Rey Nuestro Señor que vuestra merced escribió en contra mía. Por cierto, volvisteis a meter la pata hasta la vaina de la espada, ya que en vuestro propósito de contradecirme llegasteis a ensalzar a la enemiga Francia, y eso hizo que no os salierais con la vuestra ya que vuestro escrito sentó muy mal en la Corte. Mejor os habría ido si en vez de coger la pluma hubierais seguido empuñando el pincel, que en eso debo reconocer que salisteis ganando en los retratos de Alfonso de Carranza y de Ramírez de Prado o las estampas que ilustran la obra de Luis del Alcázar Vestigatio Arcani sensus in Apocalypsi.

 

 

SEGUNDA ESCENA

Los mismos y Cervantes que entra en la sala de lectura de la biblioteca vestido con el hábito franciscano, es decir con el sayal de la orden tercera de San Francisco. Al verlo entrar, Quevedo y Jáuregui se levantan en señal de respeto.



CERVANTES. (Les hace una señal de que se sienten y ellos obedecen) Aquí estoy, amigos, para ayudarles a entenderse. Lo intentaré con mis fuerzas y mi mente y, si fracaso, que Dios me lo tenga en cuenta en el purgatorio donde sigo esperando desde que, ahora se van a cumplir justos cuatrocientos años, dejó de latir mi cansado corazón. Y hoy las hermanas Trinitarias piensan celebrar una misa funeral en sufragio de mi alma. Y me han vestido así para que yaciendo sobre mi túmulo asista al oficio divino.

QUEVEDO. Bienvenido. (Le señala la silla que está vacía en el canto derecho de la mesa) Siéntese vuestra merced y descanse un poco de su largo purgatorio.

(Cervantes ocupa la silla señalada)

JÁUREGUI. Sí, amigo, descansad mientras podáis. Nosotros, Quevedo y yo, esperamos también en nuestro purgatorio el premio del Señor. Y en su gloria nos veremos los tres.

CERVANTES. Gracias a los dos. Y empecemos. Yo soy, era, mucho mayor que vuestras mercedes. Y aunque pertenecemos a generaciones diferentes, fuimos amigos. Con vos, Quevedo, coincidí en Valladolid, creo recordar, en 1604, cuando la Corte se había trasladado a la ciudad del Pisuerga...

JÁUREGUI. Lo de amigos será como relación personal, pero literariamente, debéis recordar que el “amigo” Quevedo se burló de vuestro más famoso héroe en su romance El testamento de Don Quijote, que empieza: “De un molimiento de güesos/ a puros palos y piedras,/ don Quijote de la Mancha/ yace doliente y sin fuerzas,/ tendido sobre un pavés/ cubierto con su rodela,/ sacando como tortuga/ de entre conchas la cabeza./ Con voz roída y chillando,/ viendo el escribano cerca,/ ansí, por falta de dientes/ habló con él entre muelas:/ “Escribid, buen caballero,/ que Dios en quietud mantenga,/ el testamento que fago/ por voluntad postrimera./ Y en lo de su entero juicio,/
que ponéis a usanza vuesa,/ basta poner decentado,/ cuando entero no le tenga./ A la tierra mando el cuerpo,/ coma mi cuerpo la tierra,/ que según está de flaco/ hay para un bocado apenas...” Y no sigo por respeto a vuestra merced.

CERVANTES. (Cariacontecido) Pues mejor habría sido que no citarais esos versos, que en su día me molestaron más de lo que debía. Sin embargo, poco después nuestro común amigo Quevedo, aquí presente, me pidió perdón por ellos y en otro momento de su excelente creación literaria me dedicó elogios que nunca he tenido de vos.

JÁUREGUI. ¿Elogios? Yo no recuerdo ninguno.

QUEVEDO. Porque vuestra merced sólo tiene memoria selectiva; egoísta, por lo tanto. Yo le diré un elogio que zanjará la cuestión. Don Quijote es más que un personaje de ficción: es un hombre de carne y hueso. Lo mismo que su escudero Sancho Panza. Porque nuestro común amigo Cervantes, aquí presente, en un momento dado cae en la cuenta de que sus héroes desean demostrar su verdadera personalidad: Don Quijote la parte más espiritual del ser humano, y Sancho su aspecto más crudo, real a veces materialista. Y de repente, ambos, dan un golpe en la mesa y, de común acuerdo, abandonan las páginas del libro y viven su propia vida. Y a Cervantes se debe ese milagro. Sólo faltaba para darles mayor vigencia que el estúpido Avellaneda, o quienquiera que sea la persona que oculta su identidad bajo esa careta, publicara su falso Quijote, obligando a nuestro amigo a sacar a la luz la Segunda Parte de las aventuras de los famosos caballero y escudero.

JÁUREGUI. Mejor elogio que ese, es el retrato que le pinté antes de que publicara sus Novelas Ejemplares. Le representé mucho más joven de lo que era y...

QUEVEDO. Volvéis a equivocaros una vez más. Y ya son tres.

JÁUREGUI. ¿Por qué decís eso?

QUEVEDO. Porque ese retrato data de varios siglos posteriores a aquel en que vivimos nosotros tres, el cual había sido realizado por un pintor anónimo que os lo atribuyó a vos en 1600, cuando solo contabais diecisiete años. Y es que el pintor embaucador había leído las Novelas Ejemplares de nuestro amigo Cervantes, en las que expresaba su deseo de ser retratado por el pintor Juan de Jáuregui para que la imagen figurara al comienzo de la obra. Pero no fue así y vuestra merced debería saberlo muy bien y admitirlo aquí.

CERVANTES. Es cierto. El amigo Jáuregui no aportó mi retrato en la impresión de mis Novelas Ejemplares; así que tuve que escribir al respecto:, con pena, la verdad: “En fin, pues ya esta ocasión se pasó, y yo he quedado en blanco y sin figura, será forzoso valerme por mi pico”. Y a cambio tuve que redactar mi autorretrato, el que comienza: “Éste que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos...”

(En ese momento se oyen los repiques lentos y espaciados de unas campanas.)

JÁUREGUI. ¿Y esas campanadas?

CERVANTES. (Se levanta de su silla) Ya les he dicho a vuestras mercedes que hoy las Trinitarias celebran una misa en sufragio de mi alma. Esas campanas tocan para mí. Así que debo irme.

(Echa a caminar hacia la salida)

QUEVEDO. (A Jáuregui, señalando a Cervantes) No debería haber venido.

JÁUREGUI. Yo tengo la culpa. No recordé la fecha de su muerte.

QUEVEDO. Yo tampoco.

JÁUREGUI. Y antes de reunirnos le pedí que hiciera de juez hoy.

QUEVEDO. Y de alguna manera lo ha hecho. Deberíamos asistir a esa misa.

JÁUREGUI. Yo también lo pienso así.

CERVANTES. (Se gira levemente) Hoy, desde el umbral que separa los dos mundos, pediré al Altísimo que les ayude a arreglar sus diferencias.

(Sale finalmente)

(Mientras el fundido se va agrandando se oyen las voces de Jáuregui y Quevedo)

(Suenan más cercanos los repiques de campanas)

(Fundido total)


miércoles, 22 de abril de 2026

EN EL DÍA DEL LIBRO

          



          En la Cuesta de Moyano

         una vez encontré un libro

         que tengo como oro en paño

         como se tiene a un amigo.


       


         Ese libro se titula Don Quijote en el Ateneo,  y ahora que ya estamos en 23 de abril, Día del Libro, que entre otros propósitos pretende recordar la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra, aprovecho la ocasión para hablar de ese libro, citando algunos pasajes relacionados con el personaje  principal de la obra magna de Cervantes y del propio autor, a quien el libro lo define alguna vez como un "fugitivo insertado". 

         


      Lo primero que se dice de Don Quijote es que salió a "un mundo decadente, invadido por la pobreza, donde la justicia y la arbitrariedad se han convertido en protagonistas, para imponer de nuevo los principios irrenunciables: la justicia, la libertad, la igualdad, la paz y la armonía." Añadiendo que le había parecido "convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante i irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravios y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama."

       
          Para explicar las razones que mueven a Cervantes a escribir su Libro, y a Don Quijote a salir de su aldea a "desfacer entuertos", es bueno recordar lo que Milan Kundera dice a propósito en su ensayo El arte de la novela: "Cuando Dios abandona lentamente el lugar donde había dirigido el universo y u orden de valores, separado el bien del mal y dado sentido a cada cosa, Don Quijote salió de su casa y ya no estuvo en condiciones de conocer el mundo. Éste, en ausencia del Juez supremo, apareció de pronto en una dudosa ambigüedad: la única verdad divina se descompuso  en cientos de verdades relativas que los hombres se repartieron. De este modo nació el mundo de la Edad Moderna y con él la novela, su imagen y modelo."  

     


      Todo ello (se lee en otra parte del libro) llevó a Cervantes a concebir su Novela como una obra de arte "sometida a unas reglas y al decoro y a la verosimilitud, normas que no se hallaban en los Libros de Caballerías (tipo Amadís de Gaula, Tirant lo Blanch, Palmerín de Inglaterra...)", y hacer del Quijote, además de una parodia de los libros que leyó Alonso Quijano hasta volverse loco, un compendio de todos los géneros de novela que existían entonces: morisca, picaresca, pastoril, italiana, sentimental... De cualquier modo, en su obra inmortal "muestra su conciencia más crítica enfrentándose a un mundo que benévolamente dignifica al hombre desvalido, y, acremente, "desmitificando la gran mayoría de valores establecidos. De este modo Cervantes lucha desde su realidad histórico-personal por una vida y una sociedad más dignas y más humanas".

       


      Para ir terminando, recojo a continuación lo que el autor del Quijote dijo en su Viaje del Parnaso de su producción literaria: 

       "Yo he dado en Don Quijote pasatiempo

         al pecho melancólico y mohíno,

         en cualquiera sazón, en todo tiempo.

         Yo he abierto en mis Novelas un camino

         por do  la lengua castellana puede

         mostrar con propiedad un desatino.

         Yo soy aquel que en la invención excede

          a muchos; y al que falta en esta parte,

          es fuerza que su fama falta quede."

           


         Y como hay que hablar del Día del Libro de 2026, tengo que decir que aquí,  en Tosa de Mar, marcha viento en popa, paralelo a la Diada de Sant Jordi. El libro, es decir, la luz, la sabiduría (el Sant Jordi de la leyenda), sigue luchando contra las sombras, la ignorancia (el Dragón del mito) para desterrarlos de este mundo donde reina el incivismo y la incultura. Por ello, y mientras recuerdo con serenidad y sin nostalgia alguna otros Días del Libro del pasado en que yo mismo firmaba mis propios libros, deseo francamente que hoy los buenos lectores descubran en las paradas de libros cualesquiera que sean los que visiten, el libro o los libros que andan buscando para seguir contribuyendo con quienes entendemos la vida y el mundo como  los ámbitos más apropiados para encontrar y vivir la justicia, la libertad, la igualdad, la paz y la armonía, es decir,  los principios irrenunciables de que hablaba el ingenioso caballero Don Quijote de la Mancha.

 

 

lunes, 13 de abril de 2026

MEMORIAS DE UN JUBILADO. Barcelona, 1964

 


Lo primero que vi de Barcelona fue la estación de Francia y su alta luz de cien razas viviendo con sus lenguas y exóticas historias. Yo acababa de dejar en la esquina del pasado mi página vivida de ciudad provinciana, y abría a la aventura del mestizaje libre y sin fronteras mis ansias de aprender pese al cansancio nocturno de los casi mil kilómetros que me separaban de la primera almendra de la vida, ya en las lindes de la verdad adulta y sus celadas.



El primer piso que tuvimos era luminoso, abierto, cosmopolita y brujo, y se encontrava junto al canto del agua de Montjuic y su esmeralda subiendo hacia el Castillo. (Al alcance de la mano, todo un mundo reciente esperándome.) Nuestra primera vivienda en alto, tibio el aire en los balcones y la luz en el alma del ser que ya aprendía sin libros y sin sueños. (Casi olvido las huertas y los nidos de aquel otro que vive en mi interior, siempre alumbrando.)

 


Y el primer mar de Barcelona que vi fue el mar de Casa Antúnez, al pie del Cementerio; su agua alegre brillaba en nuestros cuerpos. Era julio y ya estaba dispuesta la amistad a saludarme pronto. Allí, en la orilla, compartiendo la espuma de las horas, los primeros amigos catalanes me hablaron de museos, de caminos futuros por los barrios con solera donde el vino se casa con el arte. Yo, a cambio, pensaba regalarles humo de versos, y, todos, saciaríamos bohemias ingenuas de endiosada juventud.



Sus nombres quedan ya sembrados, vivos, en mis surcos diarios. Versos hablan del estudio de uno de ellos, A, uno de los mejores amigos que he tenido siempre, donde tejíamos nuestros sueños artísticos; sus lienzos regían nuestras charlas; yo leía mis versos becquerianos; lo demás era fruto del vino y la esperanza. La juventud podía con los ebrios retornos por la calle del Romano, tras cuya estatua solíamos librar batallas de vejigas acosadas. Y el tranvía, soñando con la gloria, nos iba transportando por la noche como Ulises camino de sus Ítacas. Atrás quedaban versos y dibujos sembrados en la frágil servilleta, entre el olor a vino peleón y el humo del cigarrilloo, como un guiño que la diosa bohemia nos brindaba.

 


 Nombres, vivos nombres que ahora traen momentos de amistad, que a la mirada prosaica del presente me torturan con la inútil nostalgia. Pero entonces..., entonces eran brillos de diamante en nuestras manos. Petritxol, Canuda, los Baños Viejos..., mundos donde abrían sus puertas al amor y al arte cuerpos y almas tocadas por un don común, por un año de gracia, aquel primero en que aprendí el misterio de Barcino, arrimando el oído al corazón, al barrio de las putas y del arte. Pintábamos de día en caballete con el mar a los pies y el cielo azul temblando entre las velas de los muelles. Y por las noches abríamos las salas de Baco con las llaves más gozosas. Entre vaso y vaso abríamos ventanas a las musas, mientras F. perdía lápices en Cristos agonizantes y putas con los senos encrespados, un J. hablaba de sus minotauros y el otro J. no dejaba de soñar con París; E. flotaba en nubes de Picasso y A. la pintaba con pinceles untados en el óleo eterno del corazón.

 


 Las borracheras duraban lo que duraba el fiel arrobamiento. Luego volvíamos al recinto de los Beatles y volvíamos a caer en toboganes de magia y erotismo. En el estudio pasábamos el tiempo hablando libres de Dios, del arte, del sexo y de poemas mientras el mundo se multiplicaba en andamios y las palomas pintaban las estatuas con sus grises de fuego. En el refugio tocábamos las teclas de las musas y planeábamos híbridas visitas a museos y tabernas. Recuerdo todo eso ahora con inútil apasionamiento.

 


 En cambio, recuerdo con alegría y agradecimiento el generoso horizonte del Mercadillo de San Antonio, libros esperando la suerte de las manos que saben teclearlos con caricias de estudiante. A. me acompañaba las mañanas de domingo por búsquedas y encuentros. Libros de magia, de poesía, de arte. Libros que un día sirvieron de escondite a secretos bélicos y a conjuras esotéricas. Libros que fueron cuajando bibliotecas y sueños... Libros que acabaron siendo testigos de una época y que ahora me obligan a esbozar sonrisas mezc los labios arabescos de gris melancolía cuando hojeo sus bosques de poemas, sus cálidas ventanas de pinturas, de rostros, de paisajes, de esperanzas.

 


 Aquel sesenta y cuatro del inicio fue también la aventura de las aulas, de las asignaturas serias, hondas, de los sabios doctores que supieron sembrar en mí los dones del trabajo bien hecho, la lectura, la enseñanza... Alsina, Blecua , Castro..., compromisos de rigor y de entrega hacia el estudio... Y nuevos compañeros, y otras rutas: la Avenida de la Luz y el cariñena, y el bulevar lujoso donde quiso Gaudí poner la almendra de sus sueños en casas temblorosas, casi tartas de piedra, invitaciones para que Dios bajase a ver si eran reales o plagios rebeldes de su excelsa magia. Aquel sesenta y cuatro del inicio la sabia luz de la Universidad alumbró los desvanes de mi mente.

 


 Y si era la ciudad en el verano un diamante brindado a quien osara entrar en su recinto misterioso con los cinco sentidos en alerta, en invierno se convertía en una dama que ofrecía sus encantos sin fin bajo la lluvia y el olor de alquitrán y los sonidos perdidos de la noche a quien quisiera poner en el tablero su ventura, sus virtudes de amante sin prejuicios. Los amigos cogíamos el metro y, mineros del arte, un día amábamos la piedad de Pedralbes, y al siguiente, deseábamos a las mujeres que ardían en los cuadros que Picasso en Montcada dejó vírgenes para aliviar miradas encendidas... Era todo la fiebre de la edad, que lo mismo encendía nuestras ingles que alzaba el corazón a los altares.

 


 O nos daba de pronto por cambiar de horizonte y, locos, nos subíamos al tren del litoral. Y, como a dioses en la orilla del mar, la luz de Sitges nos ungía de gracia y de poemas, tras rendir pleitesía a la pintura de Rusiñol en Cau Ferrat. Comíamos entonces bocadillos de esperanza y bebíamos el vino de la gloria mientras nos quemaba los ojos la alegría de formar parte ya del arte fiel que no recibe nada y lo da todo. Hay fotos que dan fe de aquellos días, y humos de cigarrillos y papeles habitados de esbozos y poemas, y cuadros que ya cuelgan para siempre en las salas eternas del olvido.




miércoles, 1 de abril de 2026

SEMANA SANTA EN VIVO


 

I

Sólo los niños saben dar manojos

de flores verdaderas,

esencias de alegría este Domingo

de Ramos contra ramos.

Navegan los presagios con las nubes

viajeras de este abril que ya no sabe

si la lluvia le espera o si una sombra

antigua de leyenda lo señala

como un mes para muerte y para luto.


II

De nuevo soñaré con aquel río

en cuyas aguas las luces de los pasos

se miran temblorosas.

De nuevo soñaré con la Esperanza

brillando en las estrellas de su túnica.

Y Judas, mientras tanto,

negará la enseñanza recibida,

tramitará el delito entre las sombras

amargas de su propia cobardía

y firmará el descenso hacia su abismo.


III

Semana Santa, abril encadenado

al luto de por vida.

Mañanas, tardes, noches, madrugadas

holladas por tambores.

Hábitos, cruces, andas

para Cristos agónicos.

Semana Santa, ritos ancestrales,

corazones nevados por la pena

prolongada de abril.

¿Hasta cuándo llevaré su recuerdo

como una cruz clavada en tu memoria?


IV

Y Él seguirá salvando,

escribiendo en la tierra,

manzanas pecadoras.

Abrirá la visión en ojos muertos

nacidos en la sombra,

antes de que sus manos,

hechas para la cura y la caricia,

se ofrezcan a las sogas del verdugo,

antes de que otros labios,

nublados de traición, manchen su rostro.


V

En alas del recuerdo que me asedia

me llega aquel silencio repetido

abierto en las heridas perpetuadas

en Cristos de mi tierra.

Aún siento en la penumbra de las plazas

quemarse los pabilos de las velas.

Nunca está la nostalgia tan presente

como el dolor de mi Semana Santa.



VI

Santo cordero ahora

es quien fue un huracán bajo la bóveda

del templo cuando el látigo

usó contra el impío mercader.

Nadie guarda su vida.

Apóstoles serán, pero ahora duermen,

simulan no ver nada.

Serán los que difundan por el mundo

sus lecciones de paz.

Pero ahora prefieren dar la espalda

al peligro que acecha a su Maestro.

Sólo tiembla la luna en los olivos

al entrever las sogas de la muerte.


VII

El Viernes caminábamos deprisa

con frío matutino en las entrañas,

mirando el oro nuevo de otro albor.

Allá, por las Tres Cruces, desfilaban

-niebla triste nimbando la madera

augusta de las tallas- los hermanos

sonando su clarín y su tambor

-el Merlú que llevamos en el alma-.

Trazaba allí la cruz

nítidamente su señal en todas

las frentes zamoranas.

Temblaba en la mañana la Verónica

-al aire el paño con la faz sagrada-.



VIII

Sólo damas de negro,

en fila silenciosa,

llorosas acompañan

la Soledad más sola.

Es una noche fría

abierta a tristes luces.

Sábado Santo: invierno

prolongado en abril.

Navaja de crespón

rajando la esperanza.




sábado, 21 de marzo de 2026

SABORES DE SEMANA SANTA

 


Ahora que ya está a la vuelta de la esquina la Semana Santa, veo conveniente incluir en esta entrada un relato de hace años que tiene que ver con estas fechas tan señaladas, y con mejor motivo aún el hecho de que el relato está ambientado en Zamora que, como todo el mundo sabe, sigue dando digno cobijo a una de las Semanas Santas más emblemáticas de nuestro país.

 

I

Nunca me hubiera imaginado que mi primera tarea periodística se pudiera convertir con el tiempo en mi trabajo definitivo pese a que, por las palabras que me dirigió el redactor jefe, comprendí que mi vida laboral no iba a ser un camino de rosas.

--Muchacho—me dijo mientras me entregaba una nota--, si quieres trabajar en el periódico, olvida lo que has aprendido en la Facultad y aprende a leer los renglones torcidos de la existencia, pateando las calles. Y para empezar a saber cómo se hace, cruza España y ve a Zamora, hospédate en la fonda cuya dirección te he escrito en esa nota y, como estamos en Semana Santa, recoge datos sobre la cocina zamorana de estas fechas y preséntate aquí el Lunes de Pascua con un borrador aceptable.

Fui a abrir la boca para preguntarle por los emolumentos, pero él dio por zanjada nuestra entrevista aclarándome:

--Sólo está pagada la fonda. Ahora, cuando salgas de este despacho, pasa por Caja para que te adelanten doscientos euros para gastos imprevistos. Suerte y hasta el próximo lunes. A primera hora. Y, no lo olvides, con un borrador que valga la pena.

 



II

Llegué a Zamora por la tarde y encontré mi alojamiento (ya es suerte) en una calle llena de cantinas. Antes de entrar me trasquilé una cerveza en el bar más cercano. Me supo a gloria bendita después del largo e incómodo viaje en tren que tuve que soportar. Dejé mis cosas en la habitación que la posadera me adjudicó y me lancé a las calles a tomar el primer contacto con la ciudad que, de buenas a primeras, me pareció un lugar pequeño y tranquilo.

Aquella misma noche, durante la cena en El Pozo, ese era el nombre de la fonda, nombre chocante y paradójico en medio de tantas tabernas, tascas y cantinas, me enteré de que Zamora cuenta con numeroso templos, palacios y construcciones artísticas y, a juzgar por las personas que me atendieron y hablaron de ello, la ciudad está habitada por una gente sencilla y amable que, además de saber vivir, comer y beber, habla un castellano de pura casta. Y lo mejor de todo fue que en la misma fonda tuve la inmensa suerte de conocer a Elisa, una joven maestra, y a Lucio, un viajante de lienzos, huéspedes como yo, que me pusieron al corriente de los bares donde servían los mejores vinos y tapas de la ciudad, y de las principales procesiones que recorrían sus calles. 


Con esos inmejorables principios, me propuse seguir a rajatabla el plan más idóneo para cumplir con mi labor de periodista gastronómico: durante el día recorrería las tascas y restaurantes de la ciudad consultando a dueños, camareros y parroquianos sobre lo que despachaban y consumían en ellos, y por las noches, como relax, presenciaría desde un rincón de la ciudad apropiado las procesiones más emblemáticas.

Una mañana en que me hallaba ordenando sobre la mesa del comedor las fichas de mis averiguaciones gastronómicas, rogué a Lucio que les echara una ojeada y que me diera su opinión. Lucio las leyó con atención y me dijo lacónicamente:

--Aunque están bien, tienen un pero: te has quedado sin citar los platos típicos que se preparan y se consumen en otros lugares de la provincia, que son tan ricos como los de la capital.

--¿Por ejemplo?

--Por ejemplo la ternera de Aliste, los garbanzos de Fuentesaúco, la merluza rellena de Toro, los pichones de Benavente, las truchas asalmonadas y el pulpo con moje de Sanabria.

--Perdone, Lucio, que le pregunte qué es el moje. ¿Una salsa?

--Algo así, pero con sustancia. Es una salsa roja, fuerte, picante, muy sabrosa y de las más tradicionales de la tierra.

Acto seguido le pregunté por sus ingredientes y me respondió sin titubear:

--Aceite de oliva, pimentón picante, ajo y perejil. Si quieres saborear unas tapas de pulpo con moje, no tienes más que ir a la taberna del final de esta misma calle. Te chuparás los dedos de gusto.


         --Lo haré hoy mismo. Y, Lucio, ahora que ha mencionado también el ajo, he oído que tiene mucha importancia en la cocina zamorana.

--Has oído bien. Rara es la familia de la tierra que no muestra colgada en alguna parte de su casa unas cuantas ristras de ajos. Si en vez de estas fechas, hubieras escogido la de San Pedro, podrías haber asistido a la feria que se monta con las famosas trenzas de ajos expuestas en todas partes. Por cierto, no se te ocurra dejar de probar las famosas sopas de ajo. Y las más tradicionales debes comerlas en la madrugada del Viernes Santo, en las Tres Cruces.

--¿En las Tres Cruces?-- pregunté a la defensiva.

--No te asustes, hombre. Es el lugar donde los costaleros de la Soledad hacen un alto en la procesión para reponer fuerzas tomando una cazuelita de sopas de ajo, acompañadas de un buen trago de cerveza.

--Gracias, Lucio, por la información.

--No tienes que dármelas. Encantado de poder ayudarte en la elaboración de tu trabajo. Cuando trates de los platos de la provincia, no olvides hablar del clásico potaje que todavía en Fornillos de Aliste se cuece amorosamente en lumbres de paja. Y el trabajo te quedará redondo si incluyes lo que ocurre la tarde del Viernes Santo en Bercianos, otro pueblo de la misma comarca , famoso por el alucinante entierro de Cristo.

--¿Qué ocurre en él?

--Los lugareños recrean historias culinarias casi desaparecidas y preparan sus famosas postas de Bercianos, que es un guiso de bacalao exquisito.


      Al punto pensé en hacer un viaje a Bercianos para ver el entierro de Cristo y después cenar esas postas de bacalao. Pero enseguida Lucio me lo quitó de la cabeza al decirme que el Viernes Santo en Bercianos se había convertido en los últimos años en una arriesgada aventura, dado el inmenso aluvión de turistas que invaden materialmente el lugar.

Aún me esperaba una sorpresa más aquella misma noche y fue que la posadera nos sirvió como remate de la cena unos dulces dorados y redondos que al hincarles el diente se deshacían en mi boca y la poblaban de un gusto a anís inconfundible y duradero. Mi cara debió ser una mezcla de sorpresa y admiración porque Elisa, al momento, dijo:

--Se llaman aceitadas.

--¿Aceitadas?

--Aceitadas, sí, porque están amasadas con aceite para sustituir la grasa animal, prohibida en estas fiestas.


       Me llevé a la boca otra aceitada y el sabor me siguió pareciendo tan lleno de gracia y misterio, que me prometí a mí mismo no dejar pasar en mi vida una Semana Santa sin hacerme traer de la ciudad del Duero una caja de aceitadas.

A propósito de ello, Lucio intervino:

--Las aceitadas son para los zamoranos una seña personal de la Semana Santa. Lo mismo que el Dos y pingada.

--¡El Dos y pingada!-- repetí alucinado.

--Sí—dijo Elisa--. El Domingo de Resurrección iremos los dos a degustarlo a un bar que conozco.

--Yo también os acompañaría con mucho gusto—dijo Lucio--, pero mi trabajo me obliga el Sábado Santo a partir hacia Benavente para cumplir un encargo.

Lo lamenté de verdad.

 

III

El Dos y pingada lo descubrí tres horas antes de tomar el tren de regreso a casa. Elisa me llevó a un restaurante con solera situado en el casco antiguo de la ciudad y nada más sentarnos a la mesa, le pidió al camarero un par de platos de Dos y pingada. Y cuando se fue el camarero a la cocina a pedir la comanda, la joven maestra me dijo:

--Con un poco de suerte, hoy podrás cerrar con broche de oro tu experiencia gastronómica en Zamora.

Y como la curiosidad me tenía en ascuas, le pregunté qué era el Dos y pingada.

--Espera y lo verás-- fue su respuesta.


       Aguardé con ansia la aparición del camarero con los platos. Y cuando eso ocurrió mi sorpresa fue enorme y la carcajada de Elisa, mayúscula.

--Sí—dijo ella sin dejar de reír--, esto es el Dos y pingada. Como ves, son dos huevos fritos y una opulenta rebanada de magro de cerdo montada sobre ellos, y además torreznos y tortas de pan que han sido freídas con la misma grasa de los torreznos.

No dije nada, me limité a bendecir el plato con la vista y, enseguida, di buena cuenta de todo. Eso sí, regado sabiamente con una buena cerveza.

 

IV

Desde entonces empecé a sentir verdadera pasión por la literatura gastronómica, y más cuando mi jefe, pese a no estar muy de acuerdo con la forma en que le presenté el trabajo, me dio algunos consejos con el fin de darle atractivo y amenidad para publicarlo en la sección Sabores de Semana Santa. Y así ocurrió, satisfaciendo al completo mis aspiraciones laborales.

Coda: todos los años por esas fechas recibo de Zamora una caja de aceitadas, enviadas por Elisa, la maestra, con la misma frase: “Para que no te olvides de los días procesionales y gastronómicos que pasamos juntos en la ciudad del Duero.”

 


lunes, 9 de marzo de 2026

POEMAS DEL TIEMPO QUE NO VUELVE (I)


 

Tras publicar el poemario El cuaderno de Sísifo en 2008 y ser presentado en el Ateneo de Barcelona por los poetas amigos Ambrosio Gallego y José Florencio, me decidí a seguir escribiendo sobre el mismo tema, el destino humano como campo de batalla personal, y no he dejado aún de hacerlo bajo un título más amplio que el volumen de 2008, aunque sin abandonar el nombre del personaje mitológico que figura en él. Y al libro general de Los cuadernos de Sísifo, sin editar todavía,  pertenecen los 5 POEMAS INÉDITOS de la presente entrada: "Vieja ciudad", "Vida de lluvia", "Tossa", "En otra orilla" y "Un año más". Y contienen motivos relacionados con distintas épocas de mi vida y modos diferentes de sentir y pensar

 


 

VIEJA CIUDAD


Plazas silentes, calles solitarias,

campesinos oscuros saliendo de la iglesia

o caminando sabios a los huertos

para arrancar al surco su despensa.

 

Gruesas dovelas en los arcos

para encuadrar hidalgos, caballeros,

criaturas del Greco que contemplan

con lenta paz el transcurrir del tiempo...


Por la vieja ciudad, nido de símbolos,

cruza su paz silente

la callada elegía con el dulce

mazazo de la muerte.


 


VIDA DE LLUVIA


El dios vacía el agua de su cántaro

sobre las piedras mudas. Canta el agua

en su cascada alegre hacia el canal en sombras.

Un mendigo nos mira. Sube y baja

por lo que considera sus dominios,

doce metros de rambla de mosaico

y un banco de madera

que cubre su equipaje de unos días,

unos años, tal vez su vida entera,

una vida de lluvia y de palomas

con vistas a la noche. Poco a poco

el mendigo se acostumbra a mirarnos

y nosotros a ver su soledad.


Y ya no pasa nada.

La sapiente tragedia de otro día.

 


TOSSA


Echo de menos, Tossa,

tu aroma de mar bravo entre las peñas

que apacientan espumas en la cala,

el vuelo sin guión de las gaviotas

desde las torres de la Vila Vella

hasta la arena en sombra de la playa.

Echo de menos, Tossa,

sobre todo, la luz que va callándose

con la voz de la tarde y de la brisa

y aparece en su ausencia

el aire marinero, mientras flotan

las telas de la noche y se derrama

la cerveza en mil labios

Echo de menos, Tossa,

la piel tostada, el tiempo

que se alarga indolente

y las siestas de amor donde se juega

a ser en otro cuerpo otra vez joven.

  


EN OTRA ORILLA


Queda lejos el barrio del río y las aceñas,

la verdad de los juegos,

el sueño de la infancia y sus sorpresas.

Queda lejos el tiempo

con sus cartas marcadas y sus tretas,

el tiempo en que tu nave se vio libre

con luces, con andamios y con fiestas.

Y estás hecho ya a todo, a ver las aguas

rebeldes regresar a sus mareas,

al viento oscuro hinchar sumiso el trapo

de tus expertas velas.


Marinero, en tu puente,

y en lontananza puesta tu mirada serena,

ya puedes navegar oleaje adentro

recogiendo los frutos de la siembra,

cosechando los vinos que te ofrece

cada otoño en tu fiesta.

 

UN AÑO MÁS


Un año más ha dado

su golpe de hacha justa en mi madera,

sin saber todavía si son muchos ochenta

y dos años hablando y trabajando

con este oficio humano hecho de lunes

al sol y más poemas.

Y sigo preguntándome

qué espera de mí la vida aún,

qué espera de mí el otro

que en silencio me mira desde dentro

cuando miro el cristal por donde pasa

de golpe mi aventura. Porque el hombre

no es sólo su estatura, su palabra,

su raíz familiar o su techumbre.

Es tal vez una espera,

un acecho al silencio para hallar

la palabra que nombre nuestro nombre,

la luz que hace brillar nuestra existencia.


(De Los cuadernos de Sísifo)