martes, 14 de julio de 2026

PIEL DE TORO (II)



       Y su voz, la voz clara y justa de Ortega, además de incansable y cariñosa, me contaba de su primo Alfonso cosas y aventuras que le pasaron en Madrid cuando su tío Florencio había dejado el pueblo para traladarse a la Corte en busca de mejores aires para su familia. Una de esas cosas le ocurrió en plenas fiestas de la capital de España, con corridas de toros en Las Ventas. Manolo, el hijo mayor del tío Florencio, se había ido a la Plaza para ver torear a Jumillano, que era un matador muy reconocido entonces. En el piso que el tío había comprado en Entrevías se hallaban, junto con el patriarca y su consorte la tía Eduviges, los hijos pequeños, Silín, Marta y Josefa, y su sobrino Alfonso, que estaba preparando la merienda-cena, cuando al tío Florencio le dio un síncope y cayó al suelo como fulminado. Avisaron a la ambulancia y en el momento en que se lo llevaban a La Paz, la tía le pidió a Alfonso que fuera a la Plaza de Toros e intentara avisar por todos los medios a Manolo.                Alfonso, sin saber muy bien qué iba a hacer salió para las Ventas. Cuando llegó estaban toreando el quinto toro y las puertas se abrieron gratis para la gente que se agolpaba en la entrada principal en espera de esa ocasión. Alfonso se metió en la oleada de gente y, ya en un tendido, se puso a mirar a todas partes en busca de Manolo. Al cabo de un rato lo vio en el tendido opuesto, atento a la faena del torero en la arena. Alfonso se colocó las manos en la boca a modo de bocina y empezó a gritar: “¡Manolo!, ¡Manolo!, ¡Manolo!” Pero Manolo no le oía, entre otras cosas porque Manolo estaba al otro lado de la Plaza y porque en ésta había un follón de espanto, entre los olés, las múltiples conversaciones y la música de la orquesta que no paraba de tocar pasodobles. 



De repente, Alfonso vio a su lado a un hombre que utilizaba unos prismáticos para enfocar la faena del matador. “¿Eso pa qué sirve”, le preguntó. El aludido le contestó asombrado: “Esto, caballero, son unos prismáticos y sirven para ver de cerca lo que está lejos.” El primo Alfonso, debió de ver en aquel objeto la solución para su problema, porque acto seguido, le dijo: “¿Quiere hacer el favor de prestármelos un segundo? Es un asunto muy grave.” El dueño de los prismáticos se los descolgó del cuello y se los prestó. Entonces Alfonso se los puso delante de los ojos tal como había visto al caballero y los dirigió hacia donde estaba Manolo, al otro lado de la Plaza, como digo. "¡Milagro!", debió de pensar. Tenía a su primo Manolo al alcance de la mano. Entonces, con una sonrisa de satisfacción, le dijo en voz baja: “Manolo, vuelve a casa pronto, que a tu padre le acaba de dar un soponcio y se lo han llevado al hospital.”

Ortega tenía una voz parecida a la de Valladares y además de escribir poesía, la sabía recitar como los propios ángeles. Una vez en la tertulia a la que solíamos acudir en Barcelona (la ciudad donde lo conocí) alguien habló de un romance que había escrito el poeta Miguel Hernández donde habla de muchos animales y nos pidió a los contertulios si alguien recordaba algunos versos del romance en cuestión, y a Ortega le faltó tiempo para levantar la mano y decir: “Creo que sé a qué romance te refieres y recuerdo muy bien unos versos donde Hernández menciona vacas y toros, por si quieres oírlos.” Acto seguido el contertulio le animó a que los recitara para todos los que allí estábamos. Y él, que era un rapsoda de dos pares de... empezó a declamar: “En los templados establos/ donde el amor huele a paja,/ a honrado estiércol y a leche,/ hay un estruendo de vacas/ que se enamoran a solas/ y a solas rumian y braman./ Los toros de las dehesas/ las oyen dentro del agua/ y hunden con ira en la arena/ sus enamoradas astas.” El aplauso fue unánime.


Ortega en una época en que daba clases particulares a un vecino suyo que estaba enfermo le comunicaron que había ganado un premio de poesía taurina en Valencia, y a la ciudad de Las Fallas fuimos a vivir un par de días de ilusión y fiesta, ardiendo de alegría junto con los monumentos de cartón y madera que la ciudad del Turia levanta en sus calles y plazas con la llegada de la primavera.

Y ahora, muchos años después, mientras iba yo hacia la taberna del paseo del mar en Roquetas para intentar saber algo de mi amigo desaparecido, recordaba aquellos dos días pasados con él en Valencia entre tracas y petardos de mil ruidos, buñuelos, faldas de flores, horchata y mascletás, y especialmente el momento glorioso de recibir en la Peña Taurina que patrocinaba el Premio el sobre con el dinero del galardón, y de la lectura del poema que hizo Ortega ante la admiración de los concurrentes, un poema antitaurino, a juicio del presidente del jurado que se lo premió: “Te estoy pidiendo, toro de la noche,/ amigo de la luna y el silencio,/ que no hagas mucho daño a ese chaval/ que te cita en la valla de la dehesa./ No sabe ni de muertes ni de odios/ ni de heridas atroces que conducen al fin./ Igual que tú, toro inmenso, negra catarata,/ que ignoras tu final en el acero./ Míralo cómo pisa tus dominios,/ con qué temblor de rama sacudida/ avanza por la hierba que estremeces con tu peso/ de dios bravo y antiguo./ Ten piedad de esa nueva, inocente muleta de alquiler./ No acudas a la cita de esa sangre quemada en un impulso...”. 


         Y todo eso iba unido a la oportunidad de pasear por la ciudad del Turia, viviendo de cerca la plantá, y el bullicio, los churros, los fuegos artificiales..., alegría en una palabra que, por otra parte, tiene siempre su final aunque viva en el recuerdo para siempre.

Desde que Ortega, en vida de su padre, al que le gustaban mucho los toreros y las corridas de toros, frecuentaba el mercadillo de libros y revistas de ocasión de San Antonio, buscando no sólo libros para él, sino también y sobre todo números de la revista El Ruedo para su progenitor, empezó a interesarse (y nunca dejó de hacerlo) por el mundo taurino, y siempre que podía escribía y hablaba con pasión del tema. Como la vez que se fue a correr los Sanfermines y en medio de un follón increíble se atrevió a llamarme por el móvil, diciéndome: “Mira, joven, acabo de llegar a Pamplona en plena efervescencia de los Sanfermines y no te oigo bien por el móvil; así que escucha bien lo que voy a decirte. Seré lo más breve posible. Estoy hospedado con unos cuantos amiguetes en una fonda cercana a las Plaza Mayor y anoche estuvimos hasta las tantas liados con tapas y chiquitos, y andamos todos un poco groguis. Pero ya estamos en la calle dispuestos a realizar una nueva carrera. Dicen aquí al lado que ya han dado el chupinazo de salida, de modo que de aquí a un par de minutos pasarán a nuestra altura los toros en su carrera frenética hacia la plaza. Hay uno de nosotros, que es el que peor está de todos por los excesos de anoche, que quiere salir a correr con los toros, y, aunque todos le decimos que se quede tras las vallas como el público, que ya haremos por él la carrera los demás. El follón es de los que sólo se viven una vez, y a unos metros ya aparecen los primeros corredores. Joven, que tengo que colgar. Ya te contaré más tarde cómo ha ido. Espero que no salga ninguno revolcado; preparados estamos todos y el pañuelico ondea en nuestro cuello animándonos a correr. Hasta más tarde.” Aún me parece estar oyendo su voz.

Y aún lo veo a él, a Ortega, a mi lado, en ocasiones parecidas, como cuando hicimos un viaje en autobús en una compañía barata, cuyo nombre he olvidado adrede. Alojados en un hotel de Teruel, cercano a una de sus torres mudéjares tan emblemáticas, poco después de deayunar llegó el autobús que iba a llevarnos a Albarracín. Una vez subidos a bordo, y después de haber visto pasar cerca de la carretera al río Turia, que estaba naciendo en la vecina sierra de Albarracín y a la vez repetía su camino hacia Valencia, escuchamos la voz de la guía llamándonos la atención sobre la violácea silueta inconfundible de la sierra que teníamos delante del autobús. 


Poco antes de llegar a Albarracín, Ortega me lee en voz alta en el librito de Teruel algunas notas sobre el pueblo declarado Conjunto Histórico en 1961. Sus empinadas y estrechas calles, de trazado musulmán, sus fachadas rojas, sus casas colgadas, sus celosías y aleros de madera, sus elaboradas rejerías… Dejó de leer para decir: “Se acentúa el apetito que ya traía de meterme por sus calles, respirar el aire sano de la sierra circundante y empaparme la mirada de belleza y el corazón de emociones.” Pero una sorpresa de otro tipo nos esperaba a Ortega y a mí al llegar al pueblo. Al apearnos del autobús, nos enteramos de que Albarracín se hallaba en fiestas y que de un momento a otro comenzaría el encierro de toros. En efecto, al momento empezaron a sonar los estampidos de los cohetes que anunciaban el comienzo del encierro, que tendría lugar a lo largo de la calle central y acabaría en la plaza del Ayuntamiento, convertida al efecto en un coso taurino. Ante tal circunstancia, el recorrido preparado para visitar las calles principales del pueblo quedó momentáneamente suspendido, y como solución alternativa, la guía nos propuso ir subiendo al pie de las rocas, bordeando la población ante la vista de las casas colgadas y el perfil formado por la Catedral, el Castillo, la escarpada sierra y el verde y frondoso valle. Sin embargo, a Ortega y a mí la idea de perdernos la vistosidad del encierro nos comía por dentro. De modo que planteamos a la guía nuestro deseo de asistir al encierro y quedamos con ella en volvernos a juntar con el grupo a la hora de comer en el Hotel que llevaba el nombre del pueblo. 


Y por la primera rampa desembocamos en un lateral de la plaza del Ayuntamiento. Allí nos encontramos con las primeras trancas de madera. Nos asomamos y lo primero que vimos fue un par de toreros apoyados sobre las maderas, los cuales iban pertrechados de capotes y estoques. Efectivamente, habíamos llegado a un improvisado coso taurino, con arena en el suelo, barreras alrededor del perímetro de la plaza, tendidos improvisados aquí y allá, arrimados a las fachadas de las casas que forman ángulo con el Ayuntamiento, a cuyos balcones se asomaba una gente dispuesta a divertirse. Cerraba el cuadrado un tablado en alto donde la banda del pueblo tocaba pasodobles sin parar, mientras en el cielo azul estallaban los cohetes entre estruendosos estampidos y navegaba por el aire el típico olor a pólvora de los festejos. Hablamos con un hombre de la barrera sobre cómo acceder a uno de los graderíos, cuando en un ángulo de la plaza aparecieron dos cabestros y detrás de ellos hasta tres vaquillas para ser toreadas. El hombre de la barrera nos dijo que la manera más “fácil” de acercarnos al tendido del Ayuntamiento era entrar en el coso entre los barrotes de madera y trepar por ellos hasta alcanzar el hueco deseado, entre gente que sacaba fotos, fumaba sin parar y voceaba a los toreadores del ruedo. Y de repente Ortega, tras pedirme que lo esperara allí un momento, saltó al ruedo, pidió una muleta y un estoque a uno de los toreros y se puso a torear con otros una vaquilla que daba brincos sin parar. El espectáculo duró poco porque el encargado de la fiesta mandó recoger a las vaquillas en el chiquero improvisado en uno de los ángulos de la plaza mientras la banda anunciaba el final de la fiesta 
mediante un putpurri de conocidas canciones. Ortega me hizo una señal desde el ruedo y yo bajé a reunirme con él. Luego dimos una vuelta al pueblo, cuando ya la tranquilidad había vuelto a las calles de Albarracín.


miércoles, 8 de julio de 2026

PIEL DE TORO (I)


 


El viaje que Ortega y yo realizamos antes de que mi amigo desapareciera sin dejar rastro en Roquetas, Almería, resultó ser, pese a ello, uno de los más completos de mi vida. El día anterior de hacer nuestras maletas para coger el vuelo en el aeropuerto de Almería de regreso a casa, cambiamos la que fue una de nuestras últimas conversaciones. Acabábamos de visitar la esbelta plaza de toros del pueblo, en cuyo museo taurino pudimos observar carteles de las principales plazas de toros de España, trajes de luces, cabezas de toros disecadas, reseñas de los hitos más importantes de la historia del toreo... Y ahora nos hallábamos sentados junto a la gran escultura de toro negro que se encuentra delante de la Plaza.

Ortega decía:

--Los toreros con su arte y su valentía lidian con los toros, los burlan, les sacan el máximo provecho a su bravura y su belleza campestre y, finalmente, tras una espléndida faena, acaban con su vida y se llevan como trofeos de la fiesta, además de los aplausos de los aficionados, algunos apéndices del animal. Todo muy entonado, como los pasodobles que acompañan sus lances. En el toreo los toreros son los máximos artífices, los verdaderos héroes de la fiesta nacional. Pero cuando hacen declaraciones a la prensa a veces las palabras que emplean no son los capotes que burlan a la bestia en la plaza, sino más bien se convierten en estoque que se vuelven contra ellos. Vamos, que como toreros son los protagonistas de la fiesta, pero como castellanohablantes propinan también sus pequeñas patadas al diccionario.

--Ponme un ejemplo.

--¿Quieres un ejemplo? Aquí va. En un reciente telediario, hablando de lo espléndido de su temporada taurina, un torero de fama cuyo nombre no es necesario mencionar aquí afirmó: "Veré lo que puedo dar de sí." Así, tal cual. Y se quedó el matador como exultante, fuera de sí. Como todo el mundo debe saber, la forma del pronombre personal de tercera persona, se refiere a él, ella, ellos, ellas, y nunca a la forma de primera persona del singular correspondiente, que es . Recuerda la expresión: “Finalmente, el enfermo volvió en sí”, frente a “Finalmente, tras mi desmayo, volví en mí.” Concluyendo, porque el asunto gramatical no da de sí mucho más, el famoso torero debió decir "Veré lo que puedo dar de mí."

--Bien hablado puede que no lo sea. Todos damos patadas al diccionario. Tú, yo, ese señor que se arrima a la fuente, todos. Y ese torero célebre no va a ser menos. Pero como torero seguirá llenando las plazas de toros y saliendo a hombros algunas tardes memorables.


Cuando nos cansamos de hablar de toros y de expresiones lingüísticas, todo mezclado, se nos pasó el resto de la mañana bebiendo vinos de bar en bar por la costa de vuelta al hotel. En uno de ellos dejé la barra donde estaba con Ortega para ir al lavabo y al volver vi a mi amigo cambiar unas palabras con un hombre 
de mediana edad, bajito con bigote espeso  y  boina roja como una muleta de torero que más de una vez nos lo habíamos encontrado allí tomando un chato de vino. El hombre al verme llegar se despidió de Ortega para reunirse con sus amigos que ocupaban una mesa de la terraza.

--¿Qué se cuenta ese hombre?-- pregunté.

--Poca cosa. Quería pagarnos la ronda y yo, claro está, le he dado las gracias pero le he dicho que quizás otra vez. ¿Y a ti qué te pasa? ¿Es la próstata?

--¿La próstata? ¡El vino! Ya no me cabe una gota más de morapio en el cuerpo y como soy más flaco que un palillo, el jugo de Baco acaba antes con mi resistencia.

Ortega sonrió. Pagamos la cuenta al camarero y recorrimos el corto trayecto que nos separaba del hotel. Allí, en el vestíbulo, me dijo:

--Sube a la habitación a dormir un rato. Yo me quedo a tomar otro vino en la cafetería. --Acto seguido se palpó ufano su voluminoso vientre y añadió:-- A mí me queda aún un hueco aquí. Lo lleno y subo a dormirla.

Yo nada más entrar en la habitación me quedé dormido y así estuve hasta que oí entre sueños abrirse la puerta. Al ver a Ortega le pregunté extrañado: 

-¿Ya estás aquí?

--¿Sabes cuánto tiempo has estado durmiendo?

--¿Mucho?

--Bastante. A mí me ha dado tiempo de oír media conferencia taurina y casi una entera sobre cajas de rapé. La primera me la han explicado dos conferenciantes de andar por casas en una mesa de la cafetería. Trataba de una corrida de toros sin igual. Uno decía, a modo de conclusión,  que había sido todo una exhibición de arte y el otro, en cambio, decía que la corrida de toros había resultado, como siempre, una salvajada, que había acabado con la muerte del animal a pinchazos y arrastrado por toda la plaza. Y los dos conferenciantes, para entrar en materia habían empezado arrimándose a la barra para pedir vino de la tierra, no te he dicho que eran andaluces los dos clientes, y tampoco que el barman era también andaluz y que al oírles hablar del tema había sacado de su cartera fotos de toreros, plazas de toros y monumentos de casi todas la ciudades andaluzas. 


Antes de terminar la conferencia taurina, uno de ellos me preguntó que me parecían a mí las corridas de toros, y yo, como no quería ponerme a mal con ninguno de ellos, me fui por los cerros de Úbeda diciendo que no me atrevía a opinar porque no había visto nunca ninguna corrida de toros, ni siquiera por televisión... Y ahora levántate, que ya es hora de comer. 

Yo, como seguía medio dormido, dije:

--Vete tú. Yo no puedo moverme

Ortega estaba de acuerdo conmigo y se despidió diciendo:

--Ya nos veremos.

Cuando volví a despertarme y miré el reloj, me espanté del tiempo que había estado en brazos de Morfeo. Era media tarde. Me levanté y me metí en la ducha. Luego, mientras me vestía junto a mi cama descubrí algo que me dejó sin aliento: la maleta de Ortega no estaba en su sitio, ni su ropa colgada en las perchas del armario. Y ni sobre la mesa del teléfono ni en su mesilla de noche me había dejado al menos una nota avisando de que se iba. 

Momentos más tarde, desolado, bajé a recepción a preguntar por Ortega, mi compañero de habitación. El recepcionista de turno consultó en el ordenador que tenía delante unos segundos y enseguida dijo sin pestañear:

--El señor Ortega ha pagado la mitad de la cuenta y se ha ido.

Le di las gracias y me fui a la barra de la cafetería a preguntar al camarero si se acordaba de la discusión que habían mantenido antes de comer tres clientes sobre corridas de toros. El barman me miró como a un bicho raro. Saqué de la cartera una foto de Ortega y se la enseñé mientras añadía:

--Uno de ellos era este hombre.

Miró la foto y respondió:

--La cara de este señor me suena. Pero de esa discusión sobre toros y antes del turno de la comida que dice usted, no he oído ni visto nada.


Le di las gracias y sin demora salí al paseo de la costa para acercarme al último bar de la mañana y tratar allí, preguntando al camarero o al hombre bajito de mediana edad con bigote espeso y boina roja como una muleta de torero con el que Ortega a veces había visto hablar; y tratar allí (decía) de averiguar alguna cosa que me explicara la razón de la repentina desaparición de mi amigo. Y mientras, angustiado, me encaminaba hacia ese lugar con tanta esperanza, notaba cómo en mi cabeza luchaban por abrirse paso mil imágenes y recuerdos, acompañados de la voz incansable, cariñosa y alegre, de uno de los mejores compañeros y amigos que había tenido en mi vida hasta hacía casi nada.


jueves, 25 de junio de 2026

LECTURAS PARA UN VERANO (III)

 

 


Una de las últimas noches de marzo de 2012, en su casa de Lisboa, el escritor italiano, nacionalizado también portugués, Antonio Tabucchi soñó que estaba en Vecciano, ciudad cercana a Pisa, donde había nacido sesenta y ocho años antes, y que leía en la rica biblioteca de su tío materno. De pronto, del libro que leía, Las metamorfosis, oyó que salía una voz de sus páginas, que le decía: “Soy Ovidio, el autor del libro que estás leyendo con tanto afán. No te asustes por lo que te voy a decir. Sabes muy bien que la enfermedad que te está devorando no te va a dejar vivir mucho tiempo, pero si sigues mi consejo, vivirás siempre como vivimos nosotros, los autores de los libros de esta biblioteca que llevas leyendo estos últimos meses con tanto cariño y cuidado.” Tabucchi le dijo: “¿Qué consejo es ese que me hará vivir siempre?” La voz le respondió: “Nada más fácil que inventar un sueño sobre cada uno de nosotros. Tienes la ventaja de que somos pocos, si no he contado mal, creo que una docena, que por orden alfabético seríamos: Angiolieri, Apuleyo, Chejov, Coleridge, Collodi, Leopardi, Lorca, Ovidio, Pessoa, Rimbaud, Stevenson y Villon. Sólo tienes que inventar tantos sueños como escritores somos y atribuírnoslos a cada uno el suyo como si lo hubiéramos soñado de verdad. ” Tabucchi no encontró mala la idea que le proponía la voz, ya que conocía muchas andanzas y vivencias de todos ellos de haberlas leído en los libros de su tío materno y de algunas bibliotecas lisboetas. La voz añadió: “Apenas tienes que salir de Italia para acabar de recoger algunos datos geográficos e históricos necesarios para enmarcar el tiempo y el espacio de cada uno de nosotros. Quizás el del poeta español Federico García Lorca te cueste un poco más.” Justo entonces se salió del lugar que ocupaba en la biblioteca un libro de tapas rojas, que Tabucchi se dio cuenta enseguida de que se trataba del Poema del Cante Jondo



El libro cayó al suelo y allí se abrió, y justo en ese momento la voz de Ovidio desapareció para ceder su lugar a una música melodiosa de piano que acompañaba la voz de Federico García Lorca, las cuales brotaban del libro abierto como un surtidor de la Alhambra, y que cantaba: “Llora flecha sin blanco,/ la tarde sin mañana,/ y el primer pájaro muerto/ sobre la rama./ ¡Oh guitarra!/ Corazón malherido/ por cinco espadas.” Después Tabucchi recogió el libro rojo del suelo y lo dejó en el sitio de la biblioteca que ocupaba. A un lado había un escritorio y un montón de folios que parecían decirle: “Tiene toda la noche para escribir.” Se sintió fuerte y animado cuando vio que desde todos los rincones de la sala surgían los fantasmas de los escritores que había leído, cada uno con su vestimenta de época, y, sentado ante los folios, escribía sin parar lo que todos a la vez le decían de ellos. Toda la noche estuvo escribiendo y cuando el alba despuntaba abrió los ojos. En la mesilla de noche Tabucchi descubrió una de sus obritas preferidas aunque no la más famosa: Se titulaba Sueños de sueños.


 Entró en la habitación su mujer María José, para administrarle una dosis de la medicina que necesitaba para aliviar los terribles dolores que le causaba su enfermedad.


SUEÑO DE LORCA

Una noche de agosto de 1936, en su casa, en Granada, el poeta Federico García Lorca soñó que se encontraba en lo alto del escenario de su teatro ambulante y que, acompañándose del piano, cantaba canciones gitanas. Iba vestido de frac, pero llevaba en la cabeza un mazantini de alas anchas. El público estaba formado por viejas vestidas de negro, con una toquilla en los hombros, que lo escuchaban arrobadas. Una voz, desde la sala, le pidió una canción, y Lorca se puso a interpretarla. 


Era una canción que hablaba de duelos y de naranjos, de pasiones y de muerte. Cuando acabó de cantar, el poeta se puso de pie y saludó al público. Cayó el telón y sólo entonces se dio cuenta de que detrás del piano no había bastidores, sin que el teatro se abría a un campo desierto. Era de noche y había luna. Lorca miró entre la cortinas del telón y vio que el teatro se había vaciado como por arte de encantamiento, la sala estaba completamente desierta y las luces se apagaban poco a poco. En ese momento oyó un aullido y detrás de él descubrió un perrito negro que parecía estarle esperando. 


El poeta entendió que tenía que seguirlo y dio un paso. El perro, como a una señal convenida, comenzó a trotar un poco abriendo camino. “¿Adónde me llevas, perrito negro?”, preguntó Lorca. El perro aulló dolorosamente, y el poeta sintió un escalofrío. Se giró y miró atrás, y vio que las paredes de tela y de madera de su teatro habían desaparecido. Quedaba una platea desierta bajo la luna mientras el piano, como si lo acariciasen unos dedos invisibles, continuaba tocando totalmente solo una vieja melodía. El campo quedaba cortado por una pared: una larga e inútil pared blanca, al otro lado de la cual se veía más campo. El perro se paró y volvió a aullar, y el poeta se paró también. Entonces de detrás de la pared surgieron unos soldados que lo rodearon riendo. Llevaban trajes oscuros y tricornios en la cabeza. En una mano llevaban el fusil y en la otra una botella de vino. Los comandaba un enano monstruoso, con la cabeza llena de verrugas. “Tú eres un traidor”, dijo el enano; “y nosotros somos tus verdugos”. Lorca le escupió a la cara mientras los soldados lo sujetaban. El enano rió de forma obscena y gritó a los soldados que le quitasen los pantalones. “Tú eres una mujer”, dijo, “y las mujeres no han de llevar pantalones, han de estar encerradas en las habitaciones de la casa y taparse la cabeza con un pañuelo”. A una señal del enano, los soldados lo ataron, le quitaron los pantalones y le taparon la cabeza con un mantón. “Mujer asquerosa que te vistes de hombre”, dijo el enano; “ha llegado la hora de que reces a la Virgen santa”. Lorca le escupió a la cara, y el enano se la limpió riendo. Después desenfundó la pistola y le introdujo el cañón en la boca. Por los campos se oía la melodía del piano. El perro aulló. Federico García Lorca oyó un golpe y se sobresaltó dentro del lecho. Llamaban a la puerta de su casa, en Granada, golpeando la madera con las culatas de los fusiles.

(Versión mía del original italiano)




viernes, 12 de junio de 2026

LECTURAS PARA UN VERANO (II)


 

Verso


RONDALLA VERANIEGA


I

El verano es una caricia

de mar y arena

para un cuerpo tendido

que al sol espera.

Una fuente

con agua nueva,

rediviva en frescura,

que en sueños llega.

Un jardín de azahares

con dos mil abejas,

y una alegre lectura

que se renueva.

Una noche, una música

y una verbena

donde el barrio de siempre

baila y recuerda.



Pero el verano es también

hoces y espigas,

espaldas dobladas,

pieles heridas,

llanuras ardientes

y exiguas comidas,

huertos saqueados,

corrales en ruinas,

golondrinas muertas

y secas gavillas


Y echo de menos las arboledas

que se arrimaban frescas al río,

y a las aceñas que trabajaban

moliendo el trigo.

Echo de menos aquellos cuentos

que por las noches a mis vecinos

yo les contaba como si fueran

amigos míos.

Echo de menos a los veranos

en que el cerebro, mago, divino,

se empeñaba en parar el tiempo

tan fugitivo.



II

Yo no sé dónde estáis todos ahora,

si en un pueblo de la montaña,

dormido cerca del cielo

o en un pueblo de la costa

invadido de turistas.

Yo no sé si algunos de vosotros

estáis cruzando el mundo

coleccionando postales,

suvenires, entradas de museos...

Yo no sé dónde estáis, alumnos míos.

Sólo sé de este silencio

que amordaza los pupitres,

el patio de recreo,

los campos de deportes...

desde que os fuisteis.

Ahora, viendo cómo la soledad

habla en los armarios donde hace poco

vivían vuestros libros,

parece que nunca habéis estado,

que sólo habéis sido personajes

de un sueño que he tenido.

Y sin embargo, 

aquí siguen vuestros nombres

escritos en la madera de los estantes,

y caigo en la cuenta de que todo

es una ausencia prevista,

un paréntesis en la vida de las obligaciones,

y que pronto volveré a veros,

y os preguntaré cómo os han ido las vacaciones,

y volveré a hablaros de nuevas lecturas,

de la obra de teatro

que prepararemos para Navidad...

Pero ahora seguid disfrutando de la arena sin tiempo,

de la excursión sin planes...




                                Y de todo lo que veáis y disfrutéis

extraed la savia que fortalece el corazón

y alecciona el espíritu.

Detrás de las columnas y los cuadros

hubo siempre una respiración parecida a la vuestra,

un corazón atento y un alma ansiosa por aprender.

Para que cuando volváis a estas aulas

vengáis más recios de carácter,

adolescentes sólidos con hambre de futuro.




III

Estos vencejos de la tarde prueban

con sus plumas oscuras otros vuelos,

otras ballestas negras, otros cielos,

otras tardes que mi vida elevan

por encima del tiempo y de los velos

traidores de la edad. Y tengo celos

de las gentes cuyas miradas llevan

el cielo de mi tierra y los pretiles

del río donde vuelan los vencejos

con sus plumas oscuras y reviven

las nostalgias que me llegan más lejos.




IV

El tiempo se sembraba en mi persona

viéndolo roer aquellas hojas de morera

que yo preservaba del calor

en la fresca cantarera.

Y en pocos días su blanca fragilidad

se llenaba

de hilo jubiloso de suntuosa seda.

Y enseguida buscaba un rincón en su caja

y empezaba a tejer su tumba de oro

hasta desaparecer bajo su seda.

Y después, el capullo perfecto,

delicadamente quieto,

se quedaba colgando colmado de futuro.

Hasta que de pronto, ¡la fiel metamorfosis

cumplió con su destino! Aquel gusano obrero

salió hecho mariposa de su tumba.

¡Genial resurrección!

De un sacrificio silencioso

brotó una nueva vida limpiamente multiplicada.

Experiencia educativa en mi niñez

que nunca he olvidado.


V

El barro se ha hecho arte en recipiente

domador de agua limpia y amigo de la sombra.

El barro se ha hecho aljibe y surtidor

para conjurar, puro, fresco,

la sed inmensurable del verano.

En tu entraña de arcilla, botijo irremplazable,

el agua se convierte en generosa ayuda,

milagrosa bebida de fórmula paciente.

En el verano te recuerdo

sumido en la penumbra rezumante

de la fresca cantarera

ansiando aliviar el labio seco

del que trabaja en el campo.



VI

Este verano

he vuelto a ver el mar y su milagro

de mástil y gaviota,

de ola y cormorán.

Y no me canso

de convertir en canto

la luz y la alegría de la gente

cuando la besa el mar.



Este verano

he vuelto a ser el niño que fui ataño.

Y a lomos de mi burra,

desde el pueblo al pinar,

de la calle al camino

el sol me sonreía

y el aire me sonaba

a familia y a hogar.



miércoles, 3 de junio de 2026

LECTURAS PARA UN VERANO (i)




El verano ya está aquí
y todos lo viviremos
en la playa o en la montaña
junto a los que bien queremos;
y así el verano será
como mejor deseemos.
 
 
 
 
PROSA. MICRORRELATOS

 

BRUJAS

Medianoche. Algo despertó al pescador que dormía en su barca cubierto de redes en un rincón. Por un roto vio cuatro mujeres sentadas al otro extremo. Una dijo: “Para cuatro, ponte en alto.” La barca no se movió. La mujer preguntó a las otras: “¿Alguna está preñada?” Silencio. La mujer dijo: “Para cinco, ponte en vilo.” La barca se levantó y empezó a volar. El hombre, muerto de miedo, exclamó: “¡Santo Dios!” Al instante la barca regresó a la playa. Las mujeres, vueltas en grajos, desaparecieron.

 


NUBE TÓXICA 

Después de abrirme paso entre escombros y raíces por espacio de un tiempo que se me hizo eterno y tras dejarme en mi agónica ascensión varias falanges de los dedos, por fin logré salir a la superficie de la tierra. Pero mi locura alcanzó límites indeseables cuando, al querer abrir desesperadamente la boca desesperadamente para poder respirar, no reparé en el hecho de que a escasos metros de mi salida triunfal a la vida se levantaba un poste con un letrero clavado en su extremo que decía: PELIGRO. NUBE TÓXICA. Milagrosamente, seguía sonando en mi transistor un villancico navideño, aunque yo ignoraba si iba a poder escuchar una vez más su estribillo: “Pero miran cómo beben los peces en el río,/ pero mira cómo beben por ver al Dios nacido.” Empezaban a caer los primeros copos de nieve de la temporada. 

 


¡ÁNIMO!

 Sé que te encuentras desanimado, que a veces sientes que a tu árbol humano el rayo del miedo le ha desgajado una rama importante. A mí me pasa lo mismo ante este castigo que sufre el mundo. Muchas familias están sufriendo experiencias como las nuestras. Pero hemos de hacer lo que dice la canción: aguantar los golpes que nos dé este mal tiempo que vivimos, y ser “como el junco, que se dobla” con el viento “pero sigue siempre en pie”. Por si te sirve de consuelo, recuerda tu bonsai: ha sufrido su invierno y ha perdido sus hojas; y, sin embargo, ahí sigue, firme en su tiesto, convencido de que pronto la primavera volverá a vestir sus brazos y hará otra vez realidad su humilde sueño. Dices que eres mayor y que esta situación de vivir en primera línea te descorazona. La vejez a veces nos hace ver las cosas como desde un tren que avanza lentamente. Pero marcha con nosotros dentro, que es lo que importa. Es verdad que nuestro tren atraviesa ahora un paisaje humano desolador, pero pronto la luz de la calma y la salud volverá a brillar en él, como en tu bonsai. ¡Ánimo, ya falta menos! 

 

LOS LADRONES INCULTOS

Cuando los ladrones entraron a saco en el estudio de Ramón Gómez de la Serna arramblaron con todo lo que tenía algún valor, pero se olvidaron de llevarse en su botín un viejo sombrero arrinconado y cubierto por un montón de papeles y periódicos que la humedad había echado a perder. Los ladrones no entienden de recuerdos ni de literatura. Si hubiera sido así, habrían sabido al instante que aquel sombrero había protegido durante un tiempo la prodigiosa cabeza de don Antonio Machado, el poeta andaluz que se enamoró de Castilla. Pero no fue eso sólo lo que se perdieron los ladrones incultos, y es que, enganchado al forro del sombrero de don Antonio Machado, permanecía un gemelo, huérfano de su pareja, un gemelo que había adornado el puño de la camisa de Valle-Inclán, el inventor de las Sonatas, hasta que provocó, desgraciadamente, la pérdida del brazo de su dueño tras infectarse la herida que el bastonazo de un periodista atrabiliario le había asestado durante una pelea de café. 

 


EL PAÑUELICO ONDEA EN NUESTRO CUELLO

Mira, Chema, acabo de llegar a Pamplona en plena efervescencia de los Sanfermines y no te oigo bien por el móvil; así que escucha bien lo que voy a decirte. Seré lo más breve posible. Estoy hospedado con unos cuantos amiguetes en una fonda cercana a las Plaza Mayor y anoche estuvimos hasta las tantas liados con tapas y chiquitos, y andamos todos un poco groguis. Pero ya estamos en la calle dispuestos a realizar una nueva carrera. Dicen aquí al lado que ya han dado el chupinazo de salida, de modo que de aquí a un par de minutos pasarán a nuestra altura los toros en su carrera frenética hacia la plaza. Luis es el que peor está por los excesos de anoche y todos le decimos que se quede tras las vallas, que ya haremos por él la carrera los demás. El follón es de los que sólo se viven una vez, y a unos metros ya aparecen los primeros corredores. Chema, tengo que colgar. Ya te contaré más tarde cómo ha ido. Espero que no salga ninguno revolcado; preparados estamos todos y el pañuelico ondea en nuestro cuello animándonos a correr. Hasta más tarde. 

 


 EL PAÑUELO

 Querida madre: No te asustes cuando Iñaqui te entregue mi pañuelo y estas cuatro palabras que lo acompañan. Él te dirá qué ha ocurrido. Cuando esta mañana me lo anudé al cuello antes de iniciarse la carrera, me dije a mí mismo que ésta sería la última vez que me ponía delante de un toro, pasara lo que pasara. Quiero mucho a San Fermín y lo que significa para nuestra tierra cuando se acerca el 7 de julio. El abuelo corrió, papá corrió y yo quería seguir los pasos de uno y otro. Pero tu padecimiento puede más que la afición de la familia y la mía. Así que no te preocupes porque tu hijo verá los toros desde la barrera. 

 

EN TRES MINUTOS HABRÁ PASADO TODO

En tres minutos habrá pasado todo. Tras el chupinazo que despierta de golpe a la mañana, una avalancha de acontecimientos trepidantes se desencadenará por unas pocas calles de Pamplona y los cinco sentidos se pondrán en alerta: voces y cánticos de la gente que observa la carrera desde las estacadas, gritos de los mozos que corren entre los astados avisando del peligro; olores a pólvora, a sudor, a vino…; llamativos colores que se mueven a una velocidad de vértigo entre la franja intocable del cielo y el castigado pavimento; sabores extremos que van desde el hierro en la punta de la lengua causado por el miedo y la adrenalina, hasta el dulzor de los churros con chocolate del atropellado desayuno; choques, tropezones, topadas de los toros, caídas… En tres minutos habrá acabado la carrera, y con ella todas las vitales emociones que buscaban los protagonistas de la fiesta. ¡Y qué pena que yo no haya podido atarme al cuello el pañuelico rojo, correr entre los mozos, sentir las frías astas de los toros rozarme la camisa…! ¡Qué pena que, como siempre, tenga que velar por la buena suerte de los corredores! ¡Qué pena que yo sólo sea el ángel de los Sanfermines!


 


¡FELIZ VERANO!