El viaje que Ortega y yo realizamos antes de que mi amigo desapareciera sin dejar rastro en Roquetas, Almería, resultó ser, pese a ello, uno de los más completos de mi vida. El día anterior de hacer nuestras maletas para coger el vuelo en el aeropuerto de Almería de regreso a casa, cambiamos la que fue una de nuestras últimas conversaciones. Acabábamos de visitar la esbelta plaza de toros del pueblo, en cuyo museo taurino pudimos observar carteles de las principales plazas de toros de España, trajes de luces, cabezas de toros disecadas, reseñas de los hitos más importantes de la historia del toreo... Y ahora nos hallábamos sentados junto a la gran escultura de toro negro que se encuentra delante de la Plaza.
Ortega decía:
--Los toreros con su arte y su valentía lidian con los toros, los burlan, les sacan el máximo provecho a su bravura y su belleza campestre y, finalmente, tras una espléndida faena, acaban con su vida y se llevan como trofeos de la fiesta, además de los aplausos de los aficionados, algunos apéndices del animal. Todo muy entonado, como los pasodobles que acompañan sus lances. En el toreo los toreros son los máximos artífices, los verdaderos héroes de la fiesta nacional. Pero cuando hacen declaraciones a la prensa a veces las palabras que emplean no son los capotes que burlan a la bestia en la plaza, sino más bien se convierten en estoque que se vuelven contra ellos. Vamos, que como toreros son los protagonistas de la fiesta, pero como castellanohablantes propinan también sus pequeñas patadas al diccionario.
--Ponme un ejemplo.
--¿Quieres un ejemplo? Aquí va. En un reciente telediario, hablando de lo espléndido de su temporada taurina, un torero de fama cuyo nombre no es necesario mencionar aquí afirmó: "Veré lo que puedo dar de sí." Así, tal cual. Y se quedó el matador como exultante, fuera de sí. Como todo el mundo debe saber, la forma SÍ del pronombre personal de tercera persona, se refiere a él, ella, ellos, ellas, y nunca a la forma de primera persona del singular correspondiente, que es MÍ. Recuerda la expresión: “Finalmente, el enfermo volvió en sí”, frente a “Finalmente, tras mi desmayo, volví en mí.” Concluyendo, porque el asunto gramatical no da de sí mucho más, el famoso torero debió decir "Veré lo que puedo dar de mí."
--Bien hablado puede que no lo sea. Todos damos patadas al diccionario. Tú, yo, ese señor que se arrima a la fuente, todos. Y ese torero célebre no va a ser menos. Pero como torero seguirá llenando las plazas de toros y saliendo a hombros algunas tardes memorables.
Cuando nos cansamos de hablar de toros y de expresiones lingüísticas, todo mezclado, se nos pasó el resto de la mañana bebiendo vinos de bar en bar por la costa de vuelta al hotel. En uno de ellos dejé la barra donde estaba con Ortega para ir al lavabo y al volver vi a mi amigo cambiar unas palabras con un hombre de mediana edad, bajito con bigote espeso y boina roja como una muleta de torero que más de una vez nos lo habíamos encontrado allí tomando un chato de vino. El hombre al verme llegar se despidió de Ortega para reunirse con sus amigos que ocupaban una mesa de la terraza.
--¿Qué se cuenta ese hombre?-- pregunté.
--Poca cosa. Quería pagarnos la ronda y yo, claro está, le he dado las gracias pero le he dicho que quizás otra vez. ¿Y a ti qué te pasa? ¿Es la próstata?
--¿La próstata? ¡El vino! Ya no me cabe una gota más de morapio en el cuerpo y como soy más flaco que un palillo, el jugo de Baco acaba antes con mi resistencia.
Ortega sonrió. Pagamos la cuenta al camarero y recorrimos el corto trayecto que nos separaba del hotel. Allí, en el vestíbulo, me dijo:
--Sube a la habitación a dormir un rato. Yo me quedo a tomar otro vino en la cafetería. --Acto seguido se palpó ufano su voluminoso vientre y añadió:-- A mí me queda aún un hueco aquí. Lo lleno y subo a dormirla.
Yo nada más entrar en la habitación me quedé dormido y así estuve hasta que oí entre sueños abrirse la puerta. Al ver a Ortega le pregunté extrañado:
-¿Ya estás aquí?
--¿Sabes cuánto tiempo has estado durmiendo?
--¿Mucho?
--Bastante. A mí me ha dado tiempo de oír media conferencia taurina y casi una entera sobre cajas de rapé. La primera me la han explicado dos conferenciantes de andar por casas en una mesa de la cafetería. Trataba de una corrida de toros sin igual. Uno decía, a modo de conclusión, que había sido todo una exhibición de arte y el otro, en cambio, decía que la corrida de toros había resultado, como siempre, una salvajada, que había acabado con la muerte del animal a pinchazos y arrastrado por toda la plaza. Y los dos conferenciantes, para entrar en materia habían empezado arrimándose a la barra para pedir vino de la tierra, no te he dicho que eran andaluces los dos clientes, y tampoco que el barman era también andaluz y que al oírles hablar del tema había sacado de su cartera fotos de toreros, plazas de toros y monumentos de casi todas la ciudades andaluzas.
Antes de terminar la conferencia taurina, uno de ellos me preguntó que me parecían a mí las corridas de toros, y yo, como no quería ponerme a mal con ninguno de ellos, me fui por los cerros de Úbeda diciendo que no me atrevía a opinar porque no había visto nunca ninguna corrida de toros, ni siquiera por televisión... Y ahora levántate, que ya es hora de comer.
Yo, como seguía medio dormido, dije:
--Vete tú. Yo no puedo moverme
Ortega estaba de acuerdo conmigo y se despidió diciendo:
--Ya nos veremos.
Cuando volví a despertarme y miré el reloj, me espanté del tiempo que había estado en brazos de Morfeo. Era media tarde. Me levanté y me metí en la ducha. Luego, mientras me vestía junto a mi cama descubrí algo que me dejó sin aliento: la maleta de Ortega no estaba en su sitio, ni su ropa colgada en las perchas del armario. Y ni sobre la mesa del teléfono ni en su mesilla de noche me había dejado al menos una nota avisando de que se iba.
Momentos más tarde, desolado, bajé a recepción a preguntar por Ortega, mi compañero de habitación. El recepcionista de turno consultó en el ordenador que tenía delante unos segundos y enseguida dijo sin pestañear:
--El señor Ortega ha pagado la mitad de la cuenta y se ha ido.
Le di las gracias y me fui a la barra de la cafetería a preguntar al camarero si se acordaba de la discusión que habían mantenido antes de comer tres clientes sobre corridas de toros. El barman me miró como a un bicho raro. Saqué de la cartera una foto de Ortega y se la enseñé mientras añadía:
--Uno de ellos era este hombre.
Miró la foto y respondió:
--La cara de este señor me suena. Pero de esa discusión sobre toros y antes del turno de la comida que dice usted, no he oído ni visto nada.
Le di las gracias y sin demora salí al paseo de la costa para acercarme al último bar de la mañana y tratar allí, preguntando al camarero o al hombre bajito de mediana edad con bigote espeso y boina roja como una muleta de torero con el que Ortega a veces había visto hablar; y tratar allí (decía) de averiguar alguna cosa que me explicara la razón de la repentina desaparición de mi amigo. Y mientras, angustiado, me encaminaba hacia ese lugar con tanta esperanza, notaba cómo en mi cabeza luchaban por abrirse paso mil imágenes y recuerdos, acompañados de la voz incansable, cariñosa y alegre, de uno de los mejores compañeros y amigos que había tenido en mi vida hasta hacía casi nada.






























