sábado, 21 de marzo de 2026

SABORES DE SEMANA SANTA

 


Ahora que ya está a la vuelta de la esquina la Semana Santa, veo conveniente incluir en esta entrada un relato de hace años que tiene que ver con estas fechas tan señaladas, y con mejor motivo aún el hecho de que el relato está ambientado en Zamora que, como todo el mundo sabe, sigue dando digno cobijo a una de las Semanas Santas más emblemáticas de nuestro país.

 

I

Nunca me hubiera imaginado que mi primera tarea periodística se pudiera convertir con el tiempo en mi trabajo definitivo pese a que, por las palabras que me dirigió el redactor jefe, comprendí que mi vida laboral no iba a ser un camino de rosas.

--Muchacho—me dijo mientras me entregaba una nota--, si quieres trabajar en el periódico, olvida lo que has aprendido en la Facultad y aprende a leer los renglones torcidos de la existencia, pateando las calles. Y para empezar a saber cómo se hace, cruza España y ve a Zamora, hospédate en la fonda cuya dirección te he escrito en esa nota y, como estamos en Semana Santa, recoge datos sobre la cocina zamorana de estas fechas y preséntate aquí el Lunes de Pascua con un borrador aceptable.

Fui a abrir la boca para preguntarle por los emolumentos, pero él dio por zanjada nuestra entrevista aclarándome:

--Sólo está pagada la fonda. Ahora, cuando salgas de este despacho, pasa por Caja para que te adelanten doscientos euros para gastos imprevistos. Suerte y hasta el próximo lunes. A primera hora. Y, no lo olvides, con un borrador que valga la pena.

 



II

Llegué a Zamora por la tarde y encontré mi alojamiento (ya es suerte) en una calle llena de cantinas. Antes de entrar me trasquilé una cerveza en el bar más cercano. Me supo a gloria bendita después del largo e incómodo viaje en tren que tuve que soportar. Dejé mis cosas en la habitación que la posadera me adjudicó y me lancé a las calles a tomar el primer contacto con la ciudad que, de buenas a primeras, me pareció un lugar pequeño y tranquilo.

Aquella misma noche, durante la cena en El Pozo, ese era el nombre de la fonda, nombre chocante y paradójico en medio de tantas tabernas, tascas y cantinas, me enteré de que Zamora cuenta con numeroso templos, palacios y construcciones artísticas y, a juzgar por las personas que me atendieron y hablaron de ello, la ciudad está habitada por una gente sencilla y amable que, además de saber vivir, comer y beber, habla un castellano de pura casta. Y lo mejor de todo fue que en la misma fonda tuve la inmensa suerte de conocer a Elisa, una joven maestra, y a Lucio, un viajante de lienzos, huéspedes como yo, que me pusieron al corriente de los bares donde servían los mejores vinos y tapas de la ciudad, y de las principales procesiones que recorrían sus calles. 


Con esos inmejorables principios, me propuse seguir a rajatabla el plan más idóneo para cumplir con mi labor de periodista gastronómico: durante el día recorrería las tascas y restaurantes de la ciudad consultando a dueños, camareros y parroquianos sobre lo que despachaban y consumían en ellos, y por las noches, como relax, presenciaría desde un rincón de la ciudad apropiado las procesiones más emblemáticas.

Una mañana en que me hallaba ordenando sobre la mesa del comedor las fichas de mis averiguaciones gastronómicas, rogué a Lucio que les echara una ojeada y que me diera su opinión. Lucio las leyó con atención y me dijo lacónicamente:

--Aunque están bien, tienen un pero: te has quedado sin citar los platos típicos que se preparan y se consumen en otros lugares de la provincia, que son tan ricos como los de la capital.

--¿Por ejemplo?

--Por ejemplo la ternera de Aliste, los garbanzos de Fuentesaúco, la merluza rellena de Toro, los pichones de Benavente, las truchas asalmonadas y el pulpo con moje de Sanabria.

--Perdone, Lucio, que le pregunte qué es el moje. ¿Una salsa?

--Algo así, pero con sustancia. Es una salsa roja, fuerte, picante, muy sabrosa y de las más tradicionales de la tierra.

Acto seguido le pregunté por sus ingredientes y me respondió sin titubear:

--Aceite de oliva, pimentón picante, ajo y perejil. Si quieres saborear unas tapas de pulpo con moje, no tienes más que ir a la taberna del final de esta misma calle. Te chuparás los dedos de gusto.


         --Lo haré hoy mismo. Y, Lucio, ahora que ha mencionado también el ajo, he oído que tiene mucha importancia en la cocina zamorana.

--Has oído bien. Rara es la familia de la tierra que no muestra colgada en alguna parte de su casa unas cuantas ristras de ajos. Si en vez de estas fechas, hubieras escogido la de San Pedro, podrías haber asistido a la feria que se monta con las famosas trenzas de ajos expuestas en todas partes. Por cierto, no se te ocurra dejar de probar las famosas sopas de ajo. Y las más tradicionales debes comerlas en la madrugada del Viernes Santo, en las Tres Cruces.

--¿En las Tres Cruces?-- pregunté a la defensiva.

--No te asustes, hombre. Es el lugar donde los costaleros de la Soledad hacen un alto en la procesión para reponer fuerzas tomando una cazuelita de sopas de ajo, acompañadas de un buen trago de cerveza.

--Gracias, Lucio, por la información.

--No tienes que dármelas. Encantado de poder ayudarte en la elaboración de tu trabajo. Cuando trates de los platos de la provincia, no olvides hablar del clásico potaje que todavía en Fornillos de Aliste se cuece amorosamente en lumbres de paja. Y el trabajo te quedará redondo si incluyes lo que ocurre la tarde del Viernes Santo en Bercianos, otro pueblo de la misma comarca , famoso por el alucinante entierro de Cristo.

--¿Qué ocurre en él?

--Los lugareños recrean historias culinarias casi desaparecidas y preparan sus famosas postas de Bercianos, que es un guiso de bacalao exquisito.


      Al punto pensé en hacer un viaje a Bercianos para ver el entierro de Cristo y después cenar esas postas de bacalao. Pero enseguida Lucio me lo quitó de la cabeza al decirme que el Viernes Santo en Bercianos se había convertido en los últimos años en una arriesgada aventura, dado el inmenso aluvión de turistas que invaden materialmente el lugar.

Aún me esperaba una sorpresa más aquella misma noche y fue que la posadera nos sirvió como remate de la cena unos dulces dorados y redondos que al hincarles el diente se deshacían en mi boca y la poblaban de un gusto a anís inconfundible y duradero. Mi cara debió ser una mezcla de sorpresa y admiración porque Elisa, al momento, dijo:

--Se llaman aceitadas.

--¿Aceitadas?

--Aceitadas, sí, porque están amasadas con aceite para sustituir la grasa animal, prohibida en estas fiestas.


       Me llevé a la boca otra aceitada y el sabor me siguió pareciendo tan lleno de gracia y misterio, que me prometí a mí mismo no dejar pasar en mi vida una Semana Santa sin hacerme traer de la ciudad del Duero una caja de aceitadas.

A propósito de ello, Lucio intervino:

--Las aceitadas son para los zamoranos una seña personal de la Semana Santa. Lo mismo que el Dos y pingada.

--¡El Dos y pingada!-- repetí alucinado.

--Sí—dijo Elisa--. El Domingo de Resurrección iremos los dos a degustarlo a un bar que conozco.

--Yo también os acompañaría con mucho gusto—dijo Lucio--, pero mi trabajo me obliga el Sábado Santo a partir hacia Benavente para cumplir un encargo.

Lo lamenté de verdad.

 

III

El Dos y pingada lo descubrí tres horas antes de tomar el tren de regreso a casa. Elisa me llevó a un restaurante con solera situado en el casco antiguo de la ciudad y nada más sentarnos a la mesa, le pidió al camarero un par de platos de Dos y pingada. Y cuando se fue el camarero a la cocina a pedir la comanda, la joven maestra me dijo:

--Con un poco de suerte, hoy podrás cerrar con broche de oro tu experiencia gastronómica en Zamora.

Y como la curiosidad me tenía en ascuas, le pregunté qué era el Dos y pingada.

--Espera y lo verás-- fue su respuesta.


       Aguardé con ansia la aparición del camarero con los platos. Y cuando eso ocurrió mi sorpresa fue enorme y la carcajada de Elisa, mayúscula.

--Sí—dijo ella sin dejar de reír--, esto es el Dos y pingada. Como ves, son dos huevos fritos y una opulenta rebanada de magro de cerdo montada sobre ellos, y además torreznos y tortas de pan que han sido freídas con la misma grasa de los torreznos.

No dije nada, me limité a bendecir el plato con la vista y, enseguida, di buena cuenta de todo. Eso sí, regado sabiamente con una buena cerveza.

 

IV

Desde entonces empecé a sentir verdadera pasión por la literatura gastronómica, y más cuando mi jefe, pese a no estar muy de acuerdo con la forma en que le presenté el trabajo, me dio algunos consejos con el fin de darle atractivo y amenidad para publicarlo en la sección Sabores de Semana Santa. Y así ocurrió, satisfaciendo al completo mis aspiraciones laborales.

Coda: todos los años por esas fechas recibo de Zamora una caja de aceitadas, enviadas por Elisa, la maestra, con la misma frase: “Para que no te olvides de los días procesionales y gastronómicos que pasamos juntos en la ciudad del Duero.”

 


lunes, 9 de marzo de 2026

POEMAS DEL TIEMPO QUE NO VUELVE (I)


 

Tras publicar el poemario El cuaderno de Sísifo en 2008 y ser presentado en el Ateneo de Barcelona por los poetas amigos Ambrosio Gallego y José Florencio, me decidí a seguir escribiendo sobre el mismo tema, el destino humano como campo de batalla personal, y no he dejado aún de hacerlo bajo un título más amplio que el volumen de 2008, aunque sin abandonar el nombre del personaje mitológico que figura en él. Y al libro general de Los cuadernos de Sísifo, sin editar todavía,  pertenecen los 5 POEMAS INÉDITOS de la presente entrada: "Vieja ciudad", "Vida de lluvia", "Tossa", "En otra orilla" y "Un año más". Y contienen motivos relacionados con distintas épocas de mi vida y modos diferentes de sentir y pensar

 


 

VIEJA CIUDAD


Plazas silentes, calles solitarias,

campesinos oscuros saliendo de la iglesia

o caminando sabios a los huertos

para arrancar al surco su despensa.

 

Gruesas dovelas en los arcos

para encuadrar hidalgos, caballeros,

criaturas del Greco que contemplan

con lenta paz el transcurrir del tiempo...


Por la vieja ciudad, nido de símbolos,

cruza su paz silente

la callada elegía con el dulce

mazazo de la muerte.


 


VIDA DE LLUVIA


El dios vacía el agua de su cántaro

sobre las piedras mudas. Canta el agua

en su cascada alegre hacia el canal en sombras.

Un mendigo nos mira. Sube y baja

por lo que considera sus dominios,

doce metros de rambla de mosaico

y un banco de madera

que cubre su equipaje de unos días,

unos años, tal vez su vida entera,

una vida de lluvia y de palomas

con vistas a la noche. Poco a poco

el mendigo se acostumbra a mirarnos

y nosotros a ver su soledad.


Y ya no pasa nada.

La sapiente tragedia de otro día.

 


TOSSA


Echo de menos, Tossa,

tu aroma de mar bravo entre las peñas

que apacientan espumas en la cala,

el vuelo sin guión de las gaviotas

desde las torres de la Vila Vella

hasta la arena en sombra de la playa.

Echo de menos, Tossa,

sobre todo, la luz que va callándose

con la voz de la tarde y de la brisa

y aparece en su ausencia

el aire marinero, mientras flotan

las telas de la noche y se derrama

la cerveza en mil labios

Echo de menos, Tossa,

la piel tostada, el tiempo

que se alarga indolente

y las siestas de amor donde se juega

a ser en otro cuerpo otra vez joven.

  


EN OTRA ORILLA


Queda lejos el barrio del río y las aceñas,

la verdad de los juegos,

el sueño de la infancia y sus sorpresas.

Queda lejos el tiempo

con sus cartas marcadas y sus tretas,

el tiempo en que tu nave se vio libre

con luces, con andamios y con fiestas.

Y estás hecho ya a todo, a ver las aguas

rebeldes regresar a sus mareas,

al viento oscuro hinchar sumiso el trapo

de tus expertas velas.


Marinero, en tu puente,

y en lontananza puesta tu mirada serena,

ya puedes navegar oleaje adentro

recogiendo los frutos de la siembra,

cosechando los vinos que te ofrece

cada otoño en tu fiesta.

 

UN AÑO MÁS


Un año más ha dado

su golpe de hacha justa en mi madera,

sin saber todavía si son muchos ochenta

y dos años hablando y trabajando

con este oficio humano hecho de lunes

al sol y más poemas.

Y sigo preguntándome

qué espera de mí la vida aún,

qué espera de mí el otro

que en silencio me mira desde dentro

cuando miro el cristal por donde pasa

de golpe mi aventura. Porque el hombre

no es sólo su estatura, su palabra,

su raíz familiar o su techumbre.

Es tal vez una espera,

un acecho al silencio para hallar

la palabra que nombre nuestro nombre,

la luz que hace brillar nuestra existencia.


(De Los cuadernos de Sísifo)

 

domingo, 1 de marzo de 2026

UN LIBRO PARA OLVIDAR UN TIEMPO (I)

 


Nunca me habría imaginado que con sólo mandar un relato a un concurso y ser premiado por escribirlo me iba a traer de nuevo un tiempo que yo ya no quería recordar. Si escribí ese relato fue para homenajear a las personas que sufrieron persecución, tortura y muerte durante los tres años que duró la Guerra Civil española, en especial a dos personas de mi familia: a la persona real que encarna Esteban, el protagonista de mi relato titulado EL SINDEDOS, que logró salvarse de morir fusilado en la tapia del cementerio de su pueblo vallisoletano, y a un hermano de mi madre, que no tuvo esa suerte y cuyos restos mortales se encontraron en una fosa común del cementerio de León. EL SINDEDOS es fruto de una historia que mi padre nos contaba en Zamora, en plena posguerra, donde seguía reinando el miedo y el hambre y la trágica secuela de la guerra fratricida.

Dicho esto paso a hablar del libro cuya fotografía encabeza esta entrada, libro que me envió la institución que patrocina el Certamen de Relatos de Memoria Democrática de Quart de les Valles (Valencia). El volumen está compuesto por los diez relatos premiados en el Concurso del mismo nombre, cinco en castellano, entre los cuales se encuentra el mío, El Sindedos, y cinco en valenciano. Y cuando acabé de leerlos todos, comprobé que Esteban, el protagonista de mi relato, comparte el honorable escenario de víctimas de la barbarie que vivieron las dos Españas durante aquellos tres años imperdonables; víctimas que pertenecen al pueblo llano y sencillo. 


      En el grupo castellano, la primera víctima  es una niña a la que sus padres pusieron el nombre de Acracia, que significa “doctrina que propugna la supresión de toda autoridad. Acracia era hija de Brígida y Gregorio, un hombre que había podido escapar de los rebeldes junto con otros para esconderse en el monte, y hermana de un joven al que se llevaron los de Franco para no volver jamás. Y Brígida, su madre, se vio obligada a cambiarle el nombre según la nueva ley, y si no lo hacía en breve plazo, le pondrían el nombre del santo del día en que había nacido. Y al final su madre dijo al alcalde, autoridad que las había citado para la ocasión, que a su hija  le ponía el nombre de Gracia, que sonaba parecido al nombre que había tenido siempre: Acracia. Por algo el autor del relato lo titula Cambio de nombre. He aquí un fragmento del relato: "...Cuando el alcalde le dijo a mi madre que tenía que cambiarme el nombre, yo era todavía muhy pequeña. Apenas nueve años tenía. Cuando lo de Manolo el anarquista no. Cuando lo de Manolo hacía diez años que me había casado y tenía ya a mis tres hijos, a los que puse nombres cristianos, que eran los que había que poner. Porque ese era el asunto, que a mi hermano y a mí no nos habían puesto nombres cristianos, sino otros que decían que eran exóticos y extravagantes. Claro, como no nos habían bautizado, ¿qué nombres cristianos mnos iban a poner? A mí me parecían normales, supongo que de tanto oírnos llamar por ellos, pero el hombre aquel le decía a mi madre que de las muchas cosas malas que habían hecho ella y su marido, una de las peores era habernos condenado la vida con esos nombres ridículos que sólo servían para reírse de ellos. Y que menos mal que al Caudillo se le había ocurrido que había que ponernos otros nuevos porque si no se iban a burlar de nosotros toda la vida. Bueno, de nosotros no, sólo de mí. De mi hermano ya no podía burlarse nadie. Si acaso, de su memoria. estaba muerto y bien muerto, aseguró el hombtre, y ni una triste lápida había donde cambiarle el nombre ahora. Mi madre se echó a llorar, muy flojo, casi para que no la oyesen. Pero yo sé que en el fondo se sintió feliz de que a su hijo ya nadie  pudiera cambiarle el nombre con el que su marido, mi padre, lo había apuntado en los papeles del registro diecisiete años atrás."

 


       La segunda víctima es Esteban, un hombre al que junto con otros del pueblo los detiene una patrulla de franquistas para fusilarlos por rojos en la tapia del cementerio, pero huye y se refugia en la hura de un barranco, que previamente agranda con sus dedos mientras los asesinos tras fusilar a sus compañeros vuelven a por Esteban para tratar de encontralo y matarlo igualmente. Pero, como hemos dicho, guarecido en el madriguera, logra salvarse, si bien más tarde descubre que en la operación agónica de agrandar el agujero ha perdido las primeras falanges de los dedos de sus manos; de ahí el apodo con que es conocido por sus paisanos: el Sindedos. Léase el siguiente fragmento: Y empecé, con las ansias y las fuerzas que regala el instinto de la supervivencia, a agrandar con los dedos aquella especie de madriguera. No sé cuánto tiempo estuve empleándome a fondo en aquella operación, pero al fin logré ensanchar el orificio lo suficiente para acurrucarme en él. Y así estaba, cuando escuché una descarga de fusiles, apagada por la distancia pero definida. Temblé de pies a cabeza al acordarme de los pobres hombres que acababan de morir en las tapias del cementerio. Empeñado como estaba en lograr mi salvación terrena, no me había acordado de rezar por su salvación eterna, que ya la tenían asegurada. Al instante caí en la cuenta de que yo todavía seguía en peligro. Sin duda, los asesinos, al notar que les faltaba uno, tornarían a por mí. Y volví a temblar de miedo y a mearme en los pantalones mientras oía acercarse el ruido del motor de la camioneta. A los pocos segundos escuché gritar mi nombre en lo alto del talud, al borde de la carretera. Blasfemias. Disparos. Silbidos de balas. Golpes de los proyectiles en las zarzas, en la tierra. Algunos chocaron a unos centímetros de donde yo estaba y arrancaron polvo rojo del suelo. Me acurruqué aún más y recé de un tirón la oración que mi madre me había enseñado de niño, aquella que comienza "Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares, ni de noche ni de día..." Más disparos. Más blasfemias. Más gritos con mi nombre y la afrentosa mención de mi santa madre. Luego el silencio. Después el ruido de la camioneta alejándose. Finalmente, un segundo silencio que jamás había oído. Fue entonces cuando respiré profundamente y descubrí lo que les había ocurrido a mis dedos. Eran de repente más cortos, y la sangre y la tierra se amontonaban en sus extremos, en las que habían sido sus primeras falanges en el brevísimo paréntesis que separa la vida de la muerte. Lo que viví a partir de entonces y hasta mi regreso a casa, sólo lo saben dos personas: el pastor que me llevaba algunos trozos de pan y de queso a los zarzales y mi mujer. Mi hijita, no, porque creyó que yo había muerto en las tapias del cementerio. De acuerdo con lo que dije más arriba, he sentido un gran alivio al contar lo que viví aquel día de julio de 1936. Y sin embargo, cada vez que regreso al pueblo y veo el paisaje del monte donde ocurrió todo, me siguen escociendo los muñones de los dedos.”


       En el tercer relato, La memoria de los huesos, figuran varias víctimas: una es Margarita, una abuela que le cuenta a su nieta, la narradora, que tras la victoria de Franco fue “señalada”, término que se puso de moda en la posguerra y años siguientes, por haber sido hijo de rojo o colaborador del enemigo, que es el caso de Margarita. Y al lado de la abuela aparece la madre de la narradora, que según le cuenta, pasó mucha hambre y mucha tristeza recordando a su padre, Fermín, que como “señalado”, desapareció una noche y nunca más volvió. Hasta que la propia narradora un día recibe la noticia de que han encontrado los huesos de su abuelo Fermín en una fosa común. La narradora acaba su historia, entre otras, con estas palabras: “Seré la voz de mi abuelo, la voz de aquellos que fueron silenciados con cruedad.” En realidad, toda la familia de la narradora, como muchas otras de mi época, fue víctima de la guerra. Así empieza La memoria de los huesos: "De haber elegido ser alguien, sin duda hubiera querido ser como ella. Recuerdo a mi abuela Margarita con una mezcla de admiración y tristeza. Era una mujer de fuerza indomable, forjada por el trabajo y la determinanción. Sus labios contaban historias que he rememorado a lo largo de toda mi vida: 'Cuando estalló la guerra del treinta y seis, yo era apenas una recién casada llena de sueños y esperanzas. Pero la guerra lo cambió todo. Yo, ingenua y valiente, me uní a la causa republicana, sin imaginar las consecuencias que eso traería.' Sus palabras aún resuenan con su eco de nostalgia en la pequeña estancia, cargadas de dolor: 'Después de la victoria de los franquistas, vinieron los años más oscuros de mi vida. Fui señalada como colaboradora del enemigo, acusada de traición por defender mis ideales, aunque no pudieron probar nada, porque en realidad poco había hecho más allá de llevar provisiones y agua a los soldados. Me raparon al cero, como castigo por desafiar al régimen. Pero lo peor no fue eso. Lo peor fue ver a mi madre, y a mi padre enfermo de tuberculosis, que habían intentado mantenerse al margen de aquella locura, sufrir por mi causa."

         El cuarto relato tiene como protagonistas Una bala y unas gafas (así se titula su historia) y un barranco, parecido al de mi Esteban el Sindedos, se convierte en su escenario principal, ya que en él ocurrió el asesinato de un inocente, “fusilado en la madrugada del 17 de agosto de 1936 por efectivos del ejército del general Franco” (escribe el autor del relato), y no puedo por menos de recordar que por esas fechas era asesinado cerca de Granada el poeta Federico García Lorca (justo el día siguiente). Y es precisamente la bala protagonista de la bárbara muerte de Evaristo la que nos dice que fue ella la que causó la muerte del inocente, y a continuación las gafas del muerto toman en don de la palabra para contarnos que antes de dispararle se las quitaron y las tiraron contra la pared del barranco, uno de cuyos cristales se rompieron. La bala y las gafas con un cristal roto fueron entregadas en un estuche al hijo del difunto pocos días antes de que los restos fueran exhumados del lugar del barranco donde fue asesinado por “rojo”. Así habla la bala del título del relato: "La noche anterior me colocaron en un peine junto a otras cuatro compañeras, yo era la primera de todas ellas. Iba vestida de una larga falda llamada vaina llena de pólvora dispuesta a impulsarme con fuerza en cuanto el fulminante a mis pies fuese percutido. La noche fue larga, supongo que como la del reo para el cual mi cuerpo plomizo estaba destinado. Al alba noté cómo me movían a algún otro lugar juno a más compañeras. Un ruido de motor acompañaba el movimiento, me estaba trasladando en un vehículo. Luego unas manos metieron el peine en el cargador de un fusil Mauser, a la voz de ¿Carguen armas! Al momento me vio en un estrecho y muy largo y al otro lado pude ver la figura de un hombre joven, altivo y sereno que con un rostro tranquilo y sin ningún atisbo de miedo en sus ojos, me miraba fijamente. Me sentí incómoda. Oí una voz del que parecía mandar el pelotón del fusilamiento, que se interpuso entre aquel hombre y yo. Tras unos gritos que no entendí quitándole las gafas se encaró con él. Seguidamente tiró las gafas y dio la orden de abrir fuego. Salí veloz impulsada con una fuerza capaz de atravesar el cuerpo de aquel hombre y tuve la suerte de no toparme con ningún hueso que frenase mi camino, tras atravesar tejidos blandos, salí en una fracción de segundo de aquel cuerpo y fui a incrustarme en la pared de tierra arcillosa y margosa que estaba tras el recién fusilado. A partir de ahí nada recuerdo. Todo fue silencio."

 

El quinto y último relato en castellano, que para el jurado fue el mejor de los finalistas, titulado El hambre de María, es una especie de homenaje a María Domínguez Remón, la primera alcaldesa elegida democráticamente en España y que una vez había dicho: “Consagro mi vida a la República y no desmayaré aun cuando sufra desengaños.” Ésta es la cita que precisamente encabeza el relato, el cual cuenta cómo los huesos de María, alojados en la fosa común de Fuendejalón, impulsados por un hambre atroz se recomponen y acicalados “con todos los elementos que rescata de la tierra removida” (escribe el autor), emprende el camino con intención de “dirigirse a Gallur, donde fue alcaldesa, pero prefiere coger la carretera que dirigía a Pozuelo de Aragón” (continúa diciendo el autor), que es su pueblo, donde se casó con un borracho que la maltrataba física y psicológicamente y del que logró escapar en un tren a Barcelona. Y pasa, sin que la abandone el hambre por otros pueblos hasta que llega a Zaragoza y entra en un bar, y diciendo que tiene mucha hambre, deja dos botones como pago. El camarero le dice que se siente y luego le va sirviendo plato tras plato. “María comienza a devorar los platos con la necesidad de un hambre de décadas.” Y le cuenta su vida al camarero; “...desde muy pequeña siempre creí... en la educación universal y en la igualdad de la mujer ante el hombre... en aquella época era difícil luchar por ellos... trabajé por esos valores... lo hice como maestra durante la II República... los fascistas me detuvieron nada más empezar el alzamiento... finalmente, me fusilaron frente al cementerio de Fuendejalón... ocurrió el 7 de septiembre de 1936.” Luego “satisfecha su hambre de verdad, ahíta su necesidad de rescatar el ayer de las arañas del olvido”, María regresa a la fosa común de donde había salido. En 2021 los restos óseos que la ocupaban fueron exhumados. Éste es el final del relato: "Desde la Cuenca del Nalón hasta las cunetas del río Deba, desde Víznar hasta los mil arrojados al pozo de Caudé, siente cercana (María) la compañía de miles de huesos: gritan su rabia las costillas, berrean su desprecio los omoplatos, lamentan la ausencia de justicia todas las tibias fracturadas. Algunos huesos lloran. Y son tantos... Escoltada por el murmullo de huesos, María regresa a la fosa común. Acontece su reino el relicario de plata del nunca, la gota amarilla de ámbar de aquello que no pudo ser. --Buenas noches--saluda a sus compañeros de Fuendejalón. --Buenas noches--responden ellos con el rumor desfallecido de fuegos fatuos. --¿Tenéis hambre?-- María agita un frasco delante de ellos--. Traigo melocotones. (...) Hasta el año 2021 ninguno verá exhumados sus cuerpos. Junto a sus restos encontraránlos restos de una peineta, cuatro horquillas del pelo, dos botones y unas esparteñas gastadas. También, pocas cosas más misteriosas, un montón de huesos de melocotón que nadie sabrá explicar de dónde han salido." 



 

jueves, 19 de febrero de 2026

HISTORIA DE FANTASMAS (II)

  


 

CUADRO V

Unas semanas después.

De día, en el comedor de la fonda donde se aloja el estudiante. El estudiante. La criada del capitán Ramírez.

ESTUDIANTE  ¿Así que es usted la criada del capitán Ramírez?

CRIADA  Sí, desde que el señor alquiló la casa del río. Y nunca se lo agradeceré bastante. No tenía trabajo y este empleo me ayuda a vivir y a confiar de nuevo en la bondad humana.

ESTUDIANTE Y la verdad es que el capitán Ramírez es un modelo de bondad. Por cierto, a juzgar por el gesto serio de su rostro en esta visita que me hace usted, deduzco que quiere decirme algo de parte de su señor.

CRIADA  Así es, joven.  Saca del bolso un libro y se lo entrega al estudiante, que enseguida ve que se trata de La agonía del cristianismo. Primero devolverle a usted su libro.

ESTUDIANTE  ¿Ya lo ha leído el capitán?

CRIADA No sé decirle. Sólo sé que mi señor esta mañana, cuando he ido a llevarle el desayuno, me ha pedido con voz suplicante que venga a ver al hombre cuyo nombre y dirección figuran escritos en una parte de este libro. Le hago una pregunta: ¿conoce usted este libro?

ESTUDIANTE  Claro. Perfectamente. Yo se lo di a su señor hace unos días para que, leyéndolo, me conociera mejor. Si quiere usted, escribiré mi nombre en un papel y podrá compararlo con el que está escrito aquí, en el libro que me acaba de devolver.

CRIADA  No serviría de nada. No sé leer. Si me da usted su palabra, me basta.

ESTUDIANTE  En ese sentido, puede usted confiar plenamente en mí, le doy mi palabra de honor.

CRIADA  Ya me quedo más tranquila, joven. Y ahora viene la segunda parte del motivo de esta visita. El capitán Ramírez me dijo que trajera el libro como prenda. “Prenda” es la palabra que dijo él. Está muy enfermo en cama y necesita verlo a usted.

ESTUDIANTE  Ya me lo temía yo. ¿Está grave?

CRIADA  Está muy mal, señor, muy mal... Está acabado, según dice él.

ESTUDIANTE  ¡Cuánto lo siento! Yo aprecio mucho al capitán. Estoy dispuesto a ir hablar con él ahora mismo a su casa si usted me muestra el camino.

CRIADA  ¡Por supuesto! A eso he venido precisamente. De modo que cuando quiera podemos irnos.

Fundido.

 

CUADRO VI

Algo más tardeen el dormitorio de la casa del río donde el capitán Ramírez permanece en la cama, reclinado sobre unos almohadones, semidormido. El estudiante, sentado en una silla al lado de la cabecera de la cama del enfermo. Y la criada, que se acerca a su señor y le toca en el hombro.

CRIADA  Señor, señor, aquí está el joven que me pidió que fuera a buscar. Ha venido a hablar con usted.

Mientras la criada inicia la salida de la habitación, el capitán entreabre varias veces los ojos . Al fin logra abrirlos del todo hasta ver al estudiante sentado cerca de él.

CAPITÁN  ¡Ah, es usted! Usted es aquel joven bondadoso. No me equivoco, ¿verdad?

ESTUDIANTE No se equivoca, capitán. Y en cuanto a lo otro, creo que soy un joven bueno. Pero usted es el verdadero bondadoso. Y ya me lo ha dicho su criada mientras veníamos hacia aquí. Siento mucho que se encuentre enfermo. ¿Qué puedo hacer por usted?

CAPITÁN  Me encuentro mal, muy mal. Me duelen todos mis viejos huesos, todos y cada uno de ellos.  Alarga con esfuerzo un brazo y coge  por una manga al estudiante para que se acerque un poco más. Usted sabe de sobra que mi tiempo se ha acabado.

ESTUDIANTE  ¡Oh, espero que no! Estoy seguro de que no voy a tardar mucho en verlo salir a la calle otra vez.

CAPITÁN Sólo Dios lo sabe. No lo he llamado únicamente para decirle que me estoy muriendo, sino para comunicarle que vence el plazo para la renta de mi casa, de la otra casa, ya sabe.

ESTUDIANTE  ¿Cuándo?

CAPITÁN  Precisamente hoy, esta noche.

ESTUDIANTE   ¡Pero usted no puede ir en este estado en que se encuentra!

CAPITÁN  Lo sé. Yo no puedo ir. Es terrible. Y perderé mi dinero. Aunque esté muriéndome, lo necesito a toda costa. Tengo que pagar a mi criada. Tengo que pagar al doctor. Y quiero que me entierren dignamente, como a un hombre respetable.

ESTUDIANTE  ¿Y es justamente esta noche cuando se cumple el plazo?

CAPITÁN Sí, precisamente esta medianoche. Y no puedo perder ese dinero. Tiene que ir alguien. No se lo he pedido a mi criada porque ya es mayor y no quiero que sufra un sobresalto tan grande que acabe yendo al otro mundo antes que yo.

ESTUDIANTE ¿Cree usted que el dinero sería pagado a otra persona que no fuera usted?

CAPITÁN Al menos podríamos probarlo. Yo no había estado nunca tan enfermo como ahora y no lo sé. Pero si usted le dice al fantasma que me duelen todas partes del cuerpo, que estoy moribundo, tal vez confíe en usted. Mi hija no querrá que me muera de hambre.

ESTUDIANTE Entonces, ¿usted querría que fuera yo en su lugar?

CAPITÁN  Usted ya ha estado allí, ya sabe lo que es eso. ¿Tiene usted miedo?

ESTUDIANTE ¿Miedo? Miedo, no...

CAPITÁN Creo que el espíritu de mi hija tendrá confianza en usted, como la tengo yo. A ella le gustará su cara y verá que no lleva malas intenciones. Tiene que darle ocho monedas de oro y dieciséis de plata. Asegúrese de ponerlas en sitio seguro. No vaya a perderlas.

 

ESTUDIANTE  Iré. Descuide. Y le traeré esas monedas mañana a primera hora.

CAPITÁN Gracias, amigo. Nunca olvidaré este gesto de inmensa generosidad que está teniendo conmigo. Le suelta la manga y cierra los ojos de nuevo.

Fundido.


CUADRO VII

De noche. En la casa del fantasma. El fantasma y el estudiante. El estudiante, con los candeleros encendidos, se encuentra en una estancia amplia con librerías arrimadas a dos de sus paredes, separadas por una escalera, y mientras se pasea, va observando, a la luz temblorosa de los candelabros, lo que hay a su alrededor.

 


ESTUDIANTE En esta habitación llena de libros y silenciosa como un sepulcro, y con esa amplia escalera a cuyos escalones superiores no llega la luz de las velas cualquier cosa puede ocurrir. ¡Qué sorpresa! Aquí tenemos un retrato del capitán. Era apuesto de joven con su traje de militar. Aún debía vivir su hija. Ahora ella está muerta y él a punto de morirse. Pero antes de que esto último suceda debo cumplir lo que le he prometido: cobrar la renta al fantasma de su hija. Suenan las doce campanadas de la medianoche del reloj de la torre de la iglesia que no está lejos. La hora de la verdad ha llegado. Tal vez el fantasma se encuentre allá arriba en alguna de las estancias de la planta superior.  Pone el pie en el primer peldaño de la escalera dispuesto a iniciar la ascensión. Un resplandor se produce en lo más alto de ella. ¿Qué es esa extraña luz blanca de allá arriba? ¿De dónde proviene? ¿Quién la emite? El resplandor desciende mientras de él sale una figura que se define poco a poco en la de una mujer que mantiene el rostro oculto. Vengo en lugar del capitán Ramírez, a petición suya. Está muy enfermo y se halla incapacitado para dejar la cama en que permanece todo el tiempo. Él le pide encarecidamente que me pague a mí el dinero de la renta. Yo he quedado con él que se lo llevaré en cuanto amaneza. La figura se queda quieta sin hacer gesto alguno. El capitán Ramírez habría venido si pudiera moverse, pero ya le he dicho que está incapacitado. La figura se quita el velo que oculta su rostro y empieza a descender los escalones hasta pararse a escasa distancia del estudiante, que, visiblemente asustado, se retira unos pasos.

FANTASMA ¿Está mi padre enfermo, como usted dice? No me mienta, por favor.

ESTUDIANTE Yo no le miento. Confíe en mí.

FANTASMA Supongo que mi padre no le ha enviado a usted con otras intenciones. Saca de debajo de su ropaje blanco una bolsa y la tira hacia donde se encuentra el estudiante. Ahí tiene usted su dinero. Y se gira para subir de nuevo los escalones hasta desaparecer en lo alto de la escalera. El estudiante recoge la bolsa del suelo.


Suena un grito prolongado.

VOZ DEL FANTASMA ¡Mi padre! ¡Mi padre!

Aparece la figura en la escalera y rápidamente desciede  sin dejar de gritar.

FANTASMA ¡Es mi padre! ¡Es mi padre! Llega junto al estudiante con la boca abierta y los ojos dilatados. Grita. ¡Mi padre! ¡Mi padre está aquí!

ESTUDIANTE  ¿Su padre aquí? ¿Dónde?

FANTASMA ¡En el recibidor de la casa! ¡Vestido de blanco! ¡En camisa!

ESTUDIANTE Su padre está en su casa del río, en la cama, muy enfermo.

FANTASMA ¿Muriéndose?

ESTUDIANTE Espero que no.

El fantasma emite un largo gemido y se cubre el rostro con las manos.

FANTASMA ¡Oh, Dios mío, he visto su fantasma!

ESTUDIANTE ¿Su fantasma?

FANTASMA Es el castigo por mi larga locura.

ESTUDIANTE ¡No! Es el castigo por mi indiscreción.

El fantasma coge al estudiante por el brazo.

FANTASMA ¡Sáqueme usted de aquí, por favor! Pero salgamos por la puerta de atrás.

ESTUDIANTE ¡Espere! Antes quiero decirle algo: primero, que yo he venido aquí de buena fe; y segundo, que ha estado usted representando todo este tiempo un papel extraordinario.

FANTASMA Claro que ha sido un papel extraordinario. Pero era la única manera.

ESTUDIANTE ¿No le habría perdonado su padre?

FANTASMA Mientras me considerara muerta, sí. Hubo cosas en mi vida que mi padre no me perdonaría.

ESTUDIANTE ¿Dónde está su esposo?

FANTASMA Yo no tengo esposo. Jamás he estado casada.

ESTUDIANTE  De acuerdo, de acuerdo. Ahora ya podemos irnos.

FANTASMA Pero una vez fuera, nos separaremos. Debo seguir mi camino.

ESTUDIANTE ¿No quiere ver a su padre?

FANTASMA Es mejor que no. Pero sí me gustaría saber algo de él después de que usted vaya mañana a su casa para llevarle el dinero, y lo vea.

ESTUDIANTE Se lo haría saber si conociera dónde vive usted.

FANTASMA No se preocupe de eso. Escriba una nota y déjela bajo el banco de piedra del cementerio donde estuvieron sentados el otro día mi padre y usted.

ESTUDIANTE Cuente con ello.

Fundido.


CUADRO VIII

De día. Por la mañana. En la casa del río donde vivía el capitán Ramírez. La criada del capitán y el estudiante. El estudiante, al ver la puerta abierta entra en el recibidor, donde se halla la criada sentada, con los ojos cerrados, en una silla junto a la puerta del dormitorio del capitán, que también está abierta. La criada, al oír los pasos del estudiante, abre los ojos.

CRIADA Buenos días, joven. ¡Qué pronto viene usted!

ESTUDIANTE Buenos días. Ya le dije al capitán que vendría hoy a traerle el dinero lo antes posible.

CRIADA ¿Qué dinero?

ESTUDIANTE Ah, ¿pero no le ha dicho nada su señor?

CRIADA Nada, no, señor. Y ahora, menos.

ESTUDIANTE ¿Por qué lo dice?

CRIADA Porque se fue a la gloria.

ESTUDIANTE ¿Está muerto?

La criada mueve la cabeza hacia el hueco de la puerta del dormitorio.

CRIADA Puede usted comprobarlo.

El estudiante se asoma a la habitación del difunto.

ESTUDIANTE Sí, perfectamente muerto.

CRIADA Ahora es un fantasma tan auténtico como cualquier otro.

ESTUDIANTE ¿Recuerda a qué hora entregó su alma al Creador?

CRIADA No puedo olvidarlo. Poco después de que el reloj de la torre de la iglesia del pueblo diera las doce campanadas de la medianoche.


           ESTUDIANTE ¿Ya ha avisado usted a la funeraria?

CRIADA Sí, deben estar al llegar.

El estudiante le da a la criada la bolsa de las monedas.

ESTUDIANTE Éste es el dinero del capitán Ramírez. Supongo que ahora, que él está muerto, donde quiera que esté en este momento, deseará sin duda que se quede usted con él. El capitán me dijo ayer que tenía que pagarle a usted y al doctor, y también quería que lo enterrasen dignamente, como a un hombre respetable.

CRIADA Muchas gracias a usted por traer el dinero y a él por pensar en mí. Siempre fue un hombre honrado y generoso. Que Dios lo tenga en su gloria.

ESTUDIANTE Si necesita usted alguna cosa, puede acercarse a la fonda donde me hospedo, que la atenderé como se merece.

La criada palpa la bolsa con las monedas.

CRIADA Con esto que acaba usted de darme ya puedo valerme por mí misma. Gracias de nuevo, joven. Ahora entiendo por qué mi señor tenía tanta confianza en usted. Que Dios lo acompañe.

ESTUDIANTE Que Él se quede con usted.

Fundido.

 

EPÍLOGO

De día. En la fonda donde el estudiante está hospedado. En el comedor. El estudiante y Daniela, la hija del dueño. El estudiante, sentado a una mesa, con un libro abierto delante, se halla escribiendo en un papel que tiene sobre el libro. De vez en cuando levanta la mirada como buscando inspiración y sigue escribiendo. Se detiene para leer en voz alta lo que ha escrito hasta ese momento.

ESTUDIANTE  “Apreciada señorita. He estado pensado un buen rato si escribirle o no esta nota, y al fin me he decidido a hacerlo porque le prometí hacerlo igual que le prometí pasar por la casa de su padre a llevarle el dinero que usted me dio para él. De la enfermedad de su padre siento comunicarle que su padre ha fallecido; dejó este mundo anoche justo cuando usted, visiblemente dolorida, me dijo que su padre estaba muerto en el recibidor..."  Deja de leer la nota. A la vista de lo sucedido, ahora también dudo si dejarle esta nota a la hija del capitán donde me dijo que la dejara... Daniela aparece en el comedor.

DANIELA Buenos días, Félix. No sabía que usted hablara solo.

El estudiante, al oír la voz de Daniela, instintivamente cierra el libro con la nota dentro.

ESTUDIANTE Ah, buenos días, Daniela. Sí, de vez en cuando me da por repetir lo que estoy estudiando en el libro para ayudar a la memoria a recordarlo mejor. ¿Va usted a su labor de costura de todas las mañanas?

DANIELA De momento, no. Ahora venía a buscarlo a usted. Tengo que decirle algo.

ESTUDIANTE Usted dirá.

DANIELA ¿Recuerda lo que hablamos usted y yo hace unos días sobre el capitán Ramírez y la trágica historia que había vivido con su hija?

ESTUDIANTE Sí, claro que lo recuerdo, ¿cómo iba a olvidarlo?

DANIELA Pues acabo de enterarme de lo que ha ocurrido durante la noche pasada con la casa del anciano, y me ha parecido que a usted le interesaría saberlo.

ESTUDIANTE ¿Esta noche dice usted?

DANIELA Sí, un vecino de la zona ha visto esta mañana temprano cómo la casa del fantasma era un montón de escombros y vigas carbonizadas. Triste fin para una historia, ¿no le parece?

ESTUDIANTE Triste y feliz a la vez, Daniela. Según como se mire.

DANIELA ¿Por qué dice eso?

ESTUDIANTE Porque anoche estuve yo ahí, y pude ver, por fin, al fantasma de la historia, mejor dicho, a la hija del capitán. Por cierto, ella me dio la última paga para su padre, ya que él no podía ir a recogerla porque estaba tan enfermo que me pidió a mí que fuera en su lugar. Y lo peor es que esta mañana, cuando yo le llevaba el dinero a la casa del río, me  he encontrado muerto al capitán. ¿Quiere que le diga más?

DANIELA Creo que es bastante. El capitán muerto, la casa quemada y el fantasma...

ESTUDIANTE … el fantasma buscando otro lugar. ¿Qué va a hacer? En todas partes hay caserones abandonados y ansiosos de alojar fantasmas.

DANIELA En fin, le dejo a usted estudiar. Y ahora sí. Yo me voy a la sala de costura.

 Daniela sale del comedor. Al quedarse solo, el estudiante abre de nuevo el libro por donde está la nota que escribía a la hija del capitán fallecido.

ESTUDIANTE Ahora ya no hace falta esta nota. Ni siquiera para comunicarle que a la casa la ha destruido el fuego. Por cierto, ahora que caigo, posiblemente ese incendio lo provocamos nosotros al dejar encendidos los candeleros cuando abandonamos la casa. Daniela tiene razón al decir que esta historia es verdaderamente triste.

Fundido.