lunes, 26 de octubre de 2015

UN TROZO AZUL DE PARAISO (I)

                                                 Has vuelto a La Pineda,
                                                 este trozo azul de paraíso
                                                 de la Costa Dorada
                                                 que besa el mar amante
                                                  y arrullan las palmeras.
                                                  Aquí un silencio de olas
                                                  y vuelos de gaviota vela siempre
                                                  el corazón del hombre
                                                  que aún quiere soñar.
                                                  Y aunque es otoño ya
                                                  y todo suena a lenta despedida,
                                                  sientes savia nueva en tu ramaje
                                                  de yedra enamorada,
                                                  savia que a la luz joven te empuja.



Con la memoria, el agua
es puente entre el pasado
y el eterno presente,
el presente que vive
en la lluvia que un  día
caía en otro otoño
cuando tú te escapabas
hacia el soto perenne,
allá junto a la aceña
del río de la infancia.
Con la memoria, el agua
es puente y es cordón
umbilical que enlaza
el niño que tú fuiste
y el adulto que hoy eres
mas con la misma alma.
      25/10




domingo, 25 de octubre de 2015

EL CRUCERO (X)


 
 
 
Capítulo X
Pura y dura fantasía
                                                        Viernes, 22 de mayo  

 

Se fini, se acabó…

Casi las nueve de la mañana, y el mar muy despierto e intensamente azul. “Caminante, no hay camino / sino estelas en la mar.” Sin maletas, sólo con lo puesto y la mochila con todo lo necesario para vivir toda una mañana en el Fantasía, revisamos el Daily program (el último), más bien dirigido a los pasajeros que a las 04’30h subieron a bordo en Palma para iniciar su crucero (Partida, Palma de Mallorca. Distancia entre Palma de Mallorca y Barcelona, 128 millas náuticas. 14’00h Llegada, Barcelona. Todos a bordo a las 22’30h. 23’00h Partida, Barcelona. Distancia entre Barcelona y Marsella, 199 millas náuticas. 12’00h, sujeto a las condiciones meteorológicas, Llegada, 23 de mayo, Marsella). A nosotros, los que hoy terminamos esta aventura,  nos han dejado de lado. Así que, enfilamos las últimas horas a bordo. Lo primero, el desayuno en el comedor de la 6ª planta, a popa, viendo cómo van quedando atrás cinco enormes franjas de espuma, como surcos gigantes de un campo sembrado de pasado. ¡Qué razón tenía Machado cuando decía: “Y al volver la vista atrás, / se ve la senda que nunca / se ha de volver a pisar.” De modo que lo mejor es ir acostumbrándose a lo inexorable, pero viviendo al día lo que te ofrece antes de precipitarse en el pretérito que no volverá más. Y así, sin la posibilidad de volver al camarote que hasta hace unas horas era el nuestro, con la mochila al hombro, lo segundo que hacemos es subir a la planta 14, donde está el Aqua Park y apuntarnos a las actividades que allí tengan lugar. Especialmente, mi mujer, que al salir a la superficie y descubrir a nuestros jóvenes profesores de baile impartiendo una clase de gimnasia a un grupo numeroso de personas, sobre todo mujeres, se apunta inmediatamente a hacer unos cuantos ejercicios, y eso que va vestida para el desembarque en Barcelona. En cuanto a mí, prefiero coger una hamaca y ponerme a escribir las últimas notas del viaje, a un lado, cerca de la barra, medio en sombra. Y no he hecho más que apuntar los versos de Machado, cuando la mujer del profesor de arte, que se ha acercado a mí, me toca el hombro para llamar mi atención y me pregunta apesadumbrada:

“¿Qué le ha hecho  a mi marido? ¿Qué le ha dicho?”

Antes de contestar miré a un lado y a otro, y al no ver allí a su hombre, yo también me entristecí.

“¿Qué le ha pasado?”

“No ha pegado ojo en toda la noche. Con delirios y sollozos. Ahora está abajo en la consulta del médico de a bordo. ¿Qué le ha dicho usted? ¿Qué le ha hecho? Le pedí por favor que le siguiera la corriente…”

“Y lo he hecho, señora. Créame. Hasta ayer. Lo que pasa es que se me olvidó acudir a la cita que había concertado con él en la Biblioteca…

“Eso es lo que le desquició del todo, el que usted no acudiera allí. Pero ya no importa. Parece que, después de todo, después de una noche de la que creí que no iba a salir, mi marido se encuentra más tranquilo. Así lo he dejado con el médico tras haber recibido en vena el medicamento correspondiente.”

Le iba a decir que me alegraba de que al fin el hombre se encontrara mejor, pero me mostró la mano abierta para impedirme que hablara.

“No le costaba nada seguirle la corriente.” Y se fue caminando hacia donde le esperaba su eterna amiga. Luego las dos desaparecieron en la zona de los ascensores.

Me quedé un rato con un nudo en la garganta y un sudor pegajoso en todo el cuerpo. Luego recogí mis cosas de la hamaca y me acerqué a la barra a tomar una cerveza. Aún no me había atendido el camarero cuando se me acercó mi mujer.

“¿Pero ya tienes ganas de tomar algo?”

La verdad es que tras el copioso desayuno no tenía ninguna gana de tomar nada. Aún así, asentí con la cabeza. Debía deshacer aquel nudo de angustia que se me había formado en el cuello y una cerveza fría podía ser el remedio más idóneo para diluirlo y de paso aliviar un poco el sudor de mi piel.

“¿Quieres tú algo?”, le pregunté.

“Quizá un poco más tarde”.

Tomé la cerveza mientras consultábamos el último Daily program del crucero. A las 11’30 tenía lugar la última clase de tango en el Liquid Disco Bar de la planta 16, en el remate mismo del Fantasía, que para nosotros empezaba a retirarse para ceder el paso a la rutina diaria de la realidad más contundente.

Los “bravíssimo”, los “okey”, los “catastrofe” del simpático instructor nos sonaban a cosas lejanas… ¿Nos acordaríamos, pasado el tiempo, de aquellos pasos últimos del tango aprendidos en el barco? Lo que más sentía era que ya me sonaban a esfumados en el tiempo y las caras de la pareja de instructores, junto con las vistas del mar a través de las cristaleras de la sala de baile más alta del Fantasía me parecían aislados fotogramas de una vieja película. Menos mal que, finalizada la clase de tango, bajamos en ascensor a la planta 7 y todo cambió de repente. Allí encontramos a la pareja madrileña y juntos tomamos el vermut en el Manhattan Bar. Nos dijeron que habían quedado con los canarios a la una para ir juntos a comer y les propusimos ir con ellos. Pero los canarios no se presentaron, y nosotros cuatro entramos en el comedor. Hora y media más tarde, bajábamos la escala de desembarque. Mientras esperábamos en la cinta la llegada de las maletas, aún nos vimos un par de veces más con los madrileños. Finalmente, nos despedimos hasta otra ocasión.

Con las maletas salimos de la Terminal y nos pusimos a la sombra a esperar a nuestros hijos, con los que habíamos quedado en que vinieran a buscarnos con el coche para llevarnos a casa.

Minutos más tarde, atravesando Barcelona por la ronda del litoral, todo lo vivido hasta ese momento me parecía, como si el nombre del barco que había sido nuestro hotel durante ocho días siguiera ejerciendo sobre mí su mágica influencia, todo lo vivido hasta ese momento me parecía pura y dura fantasía.

miércoles, 21 de octubre de 2015

FOTOGRAFÍAS QUE HABLAN

En la ciudad del alma
 
 
¡Ay, el tiempo! ¡Cómo nos cambia o nos abandona en sus ventanas intocables! Me asomo ahora, a mis casi setenta y dos años a esta escena de juventud enamorada y no puedo por menos de... sonreír.
¿Qué os creíais vosotros? ¿Qué iba a decir "llorar"? ¡Qué va! Mientras pueda recordar el tiempo ido en compañía de la mujer que sigo queriendo, la escena de ayer continúa viva en nosotros dos, rodeados todavía de la bella piedra de la ciudad del alma, de sus calles, de sus iglesias, de su historia en una palabra, historia que es eterna. ¡Y así nos hace eternos también a los dos!

martes, 13 de octubre de 2015

EL CRUCERO (IX)







Capítulo IX
Cambio de planes
                                                       Jueves, 21 de mayo 

 

Amanecemos en el mar. Soledad en movimiento. Grandes y poderosas olas que hacen ir de lado a lado al Fantasía, pese a los modernos estabilizadores con que está dotado el barco. Y aunque durante la noche pasada hemos notado poco vaivén en la cama, mucho nos tememos que va a pasar lo de la primera noche de navegación, la que nos llevó de Barcelona a Marsella. Pero temiendo no se consigue nada. Hay que seguir lo que pauta el nuevo día. Así que lo primero, después de asearnos, es desayunar, y lo hacemos en Il Cerchio D’Oro. No podemos evitar que el estómago baile involuntariamente por el movimiento que la marejada imprime a la nave. Sin embargo, pasamos la prueba sin grandes descalabros. De vuelta al camarote, repasamos el Daily program, por si podemos aprovecharnos de algunas actividades, entre las que destacamos dos: la clase de vals inglés, a las 11’15 en el Liquid Disco Bar (planta 16), y el Megabingo, a las 11’45 (muy justo el tiempo) en Aqua Park (planta 14). Las tenemos las dos muy cerca. Tal vez podamos hacerlas. Ya veremos.

Mientras anoto estos apuntes en el camarote viendo a través del balcón como suben y bajan las olas y sintiendo bajo mi trasero el movimiento del barco, vienen a mi cabeza retazos de la conversación y el buen rato que pasamos anoche las tres parejas  más jóvenes en la Cantina Toscana. Mientras el saxo ponía fondo romántico a la reunión amistosa, nos entregamos a una charla pluritemática, las mujeres por un lado y los hombres por otro, porque lo que cuenta en esos casos es abrir los corazones y lo mejor para ello es hablar sin tapujos. También salió la política y las corrupciones a que nos tienen acostumbrados los políticos de todas clases, y la religión (rara es la vez, lo he comprobado, que no se enreden, como cerezas, ambos asuntos). Con la iglesia hemos topado. Creo que fui yo quien repitió la frase. Salió a relucir acto seguido el Toboso y don Quijote, aunque ahora no logro recordar qué detalle del famoso hidalgo se mencionó.

El mar sigue muy movido. Pero es mejor no hacerle caso y movernos nosotros para ayudar a bajar el desayuno. Las cubiertas exteriores nos esperan si no hace demasiado viento. Todo sabe a despedida. Se respira en el ambiente del barco y en las actitudes de los pasajeros. Lo dicho. Aun así, en el Liquid Disco Bar, de la 16, practicamos el Vals Inglés. El instructor repite alternativamente “Okey” y “Catastrofe”. A través de los ventanales de la sala circular vemos cómo se mueven las zonas más altas del barco y apenas hay gente en el exterior. Acaba la clase y bajamos al Teatro para recibir con detalle la información sobre el desembarque en Palma (para los pasajeros que lo tengan que hacer) y Barcelona (nosotros al día siguiente). Nos quedamos con lo más importante. Debemos dejar las maletas listas, con las etiquetas nuevas en las asas, antes de las cinco de la mañana, en el pasillo, al lado de la puerta de nuestro camarote. Tenemos tiempo, pero la amenaza de la despedida planea sobre nosotros. Aun así, intentamos poner al mal tiempo buena cara. En eso coincidimos con la pareja madrileña, a la que hemos encontrado al salir del Teatro. Tomamos juntos el vermut en el Manhattan Bar y vamos también juntos a comer a Il Cerchio D’Oro (normalmente ellos han venido comiendo estos días en el Zanzibar de la 14). Se mueve el barco cuando entramos en el comedor y tenemos que agarrarnos a las sillas antes de llegar a la mesa que nos han asignado. Mientras comemos no deja de moverse el barco y la lámpara de pie que tenemos a nuestro lado se cimbrea como un junco y produce un ruido inquietante. Y cuando, una vez acabada la comida, nos levantamos para abandonar el comedor y damos los primeros pasos hacia la salida, un camarero hace broma con nosotros y nos dice al vernos ir de un lado para otro:

“Mucho tinto, mucho tinto.”

Sonreímos y seguimos nuestro camino de borracho hacia la salida. Tomamos juntos café en la Piazza San Giorgio y la confianza entre nosotros es mutua. Hablamos de la familia, de los trabajos, de la jubilación y de las ocupaciones con que pasamos el tiempo. Luego nos despedimos hasta la hora de cenar y, de común acuerdo, decidimos no bajar por la noche en Palma (ya la conocemos). Subimos al camarote.

El mar se va calmando, pero los movimientos del Fantasía no acaban de desaparecer. El sol en el balcón. Soledad azul fuera. Siesta blanca dentro, mientras miro en la tele la etapa del Giro. Al final Contador queda segundo en la etapa y encabezando la clasificación general. Tras la siesta, vemos que la calma ha vuelto definitivamente al mar (el horizonte apenas se mueve) y en consecuencia al barco.

Ahora, pasadas las seis y media de la tarde, sentado en el balcón a solas ante la inmensa soledad del mar, y con las maletas a punto de quedar listas para la última fase del crucero, esperamos a que los acontecimientos sucedan sin sorpresas desagradables. El sol me da en la cara, y en el corazón la satisfacción de haber aprovechado al máximo cada instante de este nuestro primer crucero, que durante tanto tiempo estuvimos esperando y ahora se acerca inexorablemente al melancólico mundo de los recuerdos.

Poco después bajamos a la planta siete a tomar nuestro correspondiente piscolabis en el Manhattan Bar. Parece mentira que estemos haciendo vida en el interior de un barco. Calles por aquí, ascensores por allí, bares, tiendas, pistas de bailes, teatro… Nunca me lo imaginé así. Estaba pensando en ello mientras entraba en el lavabo más cercano al Manhattan. Y de pronto, mientras me lavo las manos, el profesor esquizofrénico aparece como por arte de ensalmo y me dice:

“He cambiado de opinión. Es mejor que lo haga hoy mismo desde el barco.” Extrañado le pregunto qué quiere que haga.

“¿Qué va a ser? Mandar por correo electrónico el informe sobre el fraude Caravaggio. Yo le compro un paquete de Wifi en recepción y usted desde la Biblioteca escribe a unos cuantos medios de comunicación, cuyas direcciones ya le tengo apuntadas.”

Le miro asustado. Tiene una expresión salvaje pintada en su rostro. Los mofletes le tiemblan de ansiedad y los ojos, muy abiertos, los tiene teñidos de sangre.

“De acuerdo”, digo para salir momentáneamente del paso. “Pero déjeme por favor hacerlo a mi manera.”

Al oírme mueve los brazos como el gigante Briareo. Intento calmarle con estas palabras:

“Lo que quiero decirle es que tenga paciencia y espere a que el Fantasía llegue a Palma de Mallorca. Supongo que allí, en territorio español, recuperaremos Internet. Y desde mi tablet podré hacerlo.” Me cortó en seco.

“No me fío. ¿Cómo sé que no me engañará? Además, ¿y si no hay Internet? ¿Cómo lo va a hacer?”

“Entonces, si no hay Internet, usted se hace en recepción con un paquete de Wifi, como ha dicho, y lo hacemos juntos en la Biblioteca. ¿Qué le parece si nos encontramos allí a las ocho de la tarde?”

Mientras dudaba, le dije:

“Piénselo. Ahora debo reunirme con mi mujer. Se estará preguntando si me he caído por el váter abajo”.

Ni hizo la menor mueca de sonreír. Se encogió de hombros y se apartó ligeramente para dejarme salir.

Efectivamente, mi mujer empezaba a preocuparse. Por toda explicación le dije:

“¡Ese hombre! No puedo quitármelo de encima ni en los lavabos.”

“¿Ahora qué quería?”

“Cambiar de planes”.

“¿Qué planes?”

“Quiere que mande a los medios de comunicación y a Internet un informe denunciando la falsedad del cuadro de Caravaggio. Y quiere que lo haga desde aquí, desde el barco.”

“Pero si no hay Internet.”

“Eso mismo le he dicho para darle largas. Pero se ha ofrecido a comprar un paquete de Wifi en recepción para que lo pueda hacer.”

“¿Y ahora qué?”

“Creo que al fin le he convencido para que espere a que lleguemos a aguas jurisdiccionales españolas para recuperar Internet y así poder hacer lo que dice.

“Y yo creo, cariño, que estás en un embrollo. ¿Cómo vas a salir de él?”

“Pues no lo sé”, le contesto desanimado. “Algo se me ocurrirá.”

En ese momento, los dos vemos cómo por delante de nuestra mesa pasa el profesor mirándome fijamente mientras con el dedo índice me señala fijamente unos segundos y luego se lo lleva a la muñeca contraria donde lleva el reloj y golpea su esfera por tres veces consecutivas. Su cuerpo voluminoso desaparece pasillo adelante. Mi mujer recupera el aliento y dice asustada:

“Ese hombre está loco de atar. Habría que hablar con alguien.”

Se me ocurre:

“La única persona que puede intervenir en esto es su mujer. En cuanto la vea, se lo digo.”

“Y si tú no lo haces, lo haré yo, cariño.”

“Esperemos que todo se arregle, y lo mismo que ese hombre ha cambiado de parecer vuelva a hacerlo para que todo siga en calma. Y ahora, acabemos el Captain Sparrow y vayamos al Teatro. El espectáculo nos relajará y nos hará olvidar esta pesadilla.”

“Eso espero.”

Entonces suena su móvil.

“Internet ha vuelto”, dice consultándolo. “Debemos estar en aguas españolas.”

Alguien que entra de la cubierta exterior comenta que ya se ve tierra en el horizonte. Otro añade que es la isla de Cabrera. Recibimos los primeros mensajes de nuestro hijo pequeño, en uno de los cuales nos pide que le confirmemos la hora de nuestra llegada a Barcelona mañana. Salimos también a cubierta y vemos, junto con la tierra del horizonte, las primeras gaviotas que vienen a darnos la bienvenida.

Pero el Teatro está a oscuras y vacío. Nos enteramos de que ya no hay espectáculos ni hoy ni mañana por ser días de desembarque y aprovechamos para dar un paseo por el barco, visitando las tiendas, curioseando las fotografías expuestas, oyendo música… Y cuando miro la hora veo que se me ha olvidado el asunto de Caravaggio. Se lo digo a mi mujer y juntos nos acercamos a la Biblioteca por si aún espera allí el profesor esquizofrénico. Suelto un aliento de alivio al comprobar que no está.

“Habrá cambiado de parecer”, digo.

“Mejor. Ojalá dure hasta el final y acabemos sin sobresaltos el crucero.”

La hora de la cena ha llegado, y justo cuando nos estamos arreglando en el camarote para bajar a Il Cerchio D’Oro, notamos bajo nuestros pies los fuertes temblores del Fantasía. Y es que acaba de atracar en el puerto de Palma de Mallorca. Llegamos algo tarde a la mesa, que ya está ocupada por nuestros amigos. Nos saludamos y se acerca el camarero indonesio que nos sirve cada noche para tomar nota de los platos que vamos a cenar. En todos los labios hay palabras melancólicas ante el inminente fin del crucero. Hablamos de las maletas, que ya todos tienen preparadas para dejar en el pasillo antes de acostarse esta noche. Y luego del plan que nos espera después de la cena. Menos la pareja de mayores, que se retirarán temprano a descansar, las otras tres parejas, que no pensamos perder el tiempo en bajar a Palma de noche, subiremos en cambio a L’ Insolito Lounge a tomar juntos el último batido o el último whisky del viaje, charlando de todo lo divino y humano y, si se tercia, a bailar unas cuantas piezas musicales, pues también será el último baile a bordo. Entre plato y plato, conversación y conversación, comentamos las instrucciones del desembarque de mañana, lo de los colores de las etiquetas que debemos enganchar a nuestras maletas y el lugar donde mañana debemos reunirnos antes de desembarcar en Barcelona. Hablamos del color que tenemos cada uno de nosotros, y el hombre de Zaragoza, que por lo visto no se ha enterado de nada de eso, me dice que le explique lo de los colores. Yo lo hago y cae en la cuenta de que él también tiene el nuestro, el lila, por estar su camarote en el puente 9. Añado que mañana debe esperar en el puente 7 en Il Transtalántico Bar a las 15’15h, una vez que el barco haya atracado ya en el Muelle Adosado del puerto de Barcelona. Me da las gracias por la información y añade que allí nos veremos.

Más tarde, las tres parejas más jóvenes, subimos a L’Insolito Lounge. Para nuestra sorpresa la sala está casi vacía. El canario dice:

“Eso es porque la gente ha bajado en Palma. Así estaremos más tranquilos.”

Y nos hacemos con un rincón con vistas excelentes, bastante cerca de la orquesta que toca la música y de la pista de baile donde cabemos los seis holgadamente. Una camarera viene a servirnos. Pedimos y nos enfrascamos en una conversación que quiere ser animada pero que tiene ribetes melancólicos de despedida. Suena la música y la pareja madrileña sale a bailar. El canario nos anima, aunque no hace falta:

“Venga, id a bailar también vosotros. Me parece que eso que suena es un bolero de Machín.”

Nos levantamos. Yo le digo:

“Vamos todos”.

La canaria niega con la cabeza. Su marido dice:

“Id. Alguien se tiene que quedar aquí para firmar los pedidos. Luego quizás.”

Y nos reunimos con los madrileños en la pista. La música es de “Dos gardenias para ti” y, bien agarrados, vamos de un lado para otro sin chocar con ninguna otra pareja por la sencilla razón de que sólo estamos bailando las dos parejas amigas. A las amplias cristaleras de la romántica sala se arrima la noche del mar envidiosa.

Volvemos a los blandos cojines que nos sirven de asiento.

“¡Qué bien bailáis los cuatro!”, nos dice la mujer canaria. “Nosotros íbamos también a bailar hace tiempo.”

“Pero se nos ha olvidado de hacerlo”, dice su marido con un tono que suena a nostalgia.

“Eso nunca se olvida”, digo para alegrar la situación, que empieza a estar un poco tensa. “Es como cuando uno sabe andar en bicicleta. Por mucho tiempo que te pases sin subir a ella, nunca olvidas cómo se pedalea ni cómo mantener el equilibrio. Lo mismo es el baile.”

La pareja de Santa Cruz de Tenerife se mira y luego se sonríe. Él levanta el whisky con hielo que ha pedido mientras su mujer hace lo mismo con su Magic Island. Nosotros los imitamos.

“Quiero hacer un brindis”, dice el canario. “Por la amistad”.

“Por la amistad”, contestamos el resto. Y nos llevamos los vasos a los labios.

Un par de horas más tarde nos recogemos en nuestros respectivos camarotes. Y antes de desnudarnos para meternos en la cama, cerramos las maletas, les pegamos las etiquetas y las sacamos al pasillo.

“Ya no hay vuelta atrás”, susurro mientras entramos de nuevo en la cabina, que empieza a sentirnos extraños.

Y bajo el edredón y apagadas las luces, mi mujer comenta también en un susurro:

“Como si ya estuviéramos en casa.”

“Todavía nos queda medio día aquí.”

Nos besamos y nos deseamos buenas noches.

 

lunes, 5 de octubre de 2015

MANUAL DEL SOLITARIO. EL POETA (I)



Antes de escribir un solo verso, debes aniñarte el alma.

Cuando des por terminado tu primer poema, comprueba que, al menos, encierra una idea para el cerebro, una imagen para la vista, una música para el oído y un sentimiento para el corazón.

Antes de escribir el primer poema, mucho antes de escribir tu primer verso, frecuenta la lectura de los grandes poetas; ellos son, sin pretenderlo, los verdaderos maestros.

Lo que nunca debes hacer es seguir recetas para escribir, porue lo que es conveniente para preparar un buen plato se convierte en perjudicial para confeccionar un solo verso que sea verdadero.

No soy del parecer de ciertos teorizadores de la materia cuando aconsejan a sus alumnos que para escribir deben convencerse de que son mejores que Cervantes. Sin humildad y trabajo, en el que se incluye la lectura de los buenos poetas, no se llega ni a la mitad de la montaña que se pretende superar.

Por eso prefiero anteponer a los que la moda literaria ha dado en llamar Talleres de Escritura, los Talleres de Lectura. Porque la lectura provechosa es la llave que abre la puerta de la buena escritura.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

EL CRUCERO (VIII)


Resultado de imagen de la degollación de san juan bautista
 
 
Capítulo VIII
Cita en la Catedral
 
                                                                Miércoles, 20 de mayo

 

Antes de las siete de la mañana me despiertan los fuertes temblores y los zumbidos de los motores del Fantasía. Me tiro de la cama y acudo al balcón. Descorro un poco las cortinas y descubro que ya ha amanecido. El sol es como un limón exprimido sobre el mar. El fuerte de San Elmo de La Valeta se acerca a la embarcación. Según la información que poseo, es una de las fortificaciones que sobrevivió al sitio de 1965 (había sido construida por los caballeros de la orden de San Juan para defender el puerto de Malta). La silueta característica de la capital de Malta, torreones, cúpulas, campanarios… se ofrece sin ningún pudor a mis ojos adormilados. La ciudad que defendió Jean Parisot de la Vallette (de aquí el nombre de la bella ciudad) contra los otomanos en 1565, aguarda impaciente nuestra visita. El barco finalmente atraca de cara a la ciudad, en un muelle que tiene al otro lado un recoleto puerto lleno de yates de recreo. Enfrente, se extiende una hilera de edificaciones barrocas, cuyas fachadas aparecen troqueladas por puertas, ventanas y balcones parecidos y de colores vistosos, que en su mayoría son bares y tiendas de recuerdos y ropas. La hilera barroca está rematada por un medallón que contiene la efigie de un personaje histórico, que bien puede ser la reina Victoria.
Subimos a desayunar al Zanzibar de la planta 14, desde cuyos enormes ventanales disfrutamos de unas vistas incomparables del mar, del puerto y la ciudad. En una de mis idas y vueltas por el buffet en busca de alimentos, me toca en el brazo el hombre alto y gordo y, tras dedicarme una sonrisa enigmática, me pregunta si voy a desembarcar para visitar La Valeta. Le contesto que sí.
 “Estupendo, señor Cárdenas”, la risa es ahora amplia y clara. Yo también voy a bajar. ¿Qué le parece si nos vemos en la puerta de la catedral de San Juan, dentro de dos horas? Tengo algo muy importante que enseñarle allí.”
No sé qué decirle y él cree que mi silencio es un sí.
“Estupendo, señor Cárdenas”, dice frotándose las manos. “No se arrepentirá. Hasta dentro de dos horas. No lo olvide: en la puerta de la catedral de San Juan.” Y cogiendo un plato de la pila de un extremo del buffet se va al otro para llenarlo de embutido.
Desconcertado, vuelvo con un plato casi vacío a la mesa donde me espera mi mujer.
“¿Eso vas a desayunar?”, me pregunta. Miro al plato y veo una loncha de queso y una cucharadita de cereales.
“Ese hombre me saca de quicio” , intento justificarme. 
“No me digas que te lo has vuelto a encontrar.”
“Sí y he quedado con él para dentro de dos horas delante de la catedral de La Valeta.”
Mi mujer se levanta.
“Olvida a ese loco. Siéntate y espera a que te traiga más cosas para desayunar. Y olvídalo.”
Mi mujer se marcha a buscar comida, y yo me quedo mirando al mar como un tonto mientras viene a mi mente la información que traigo aprendida sobre la catedral de San Juan.
Media hora más tarde, tras desayunar abundantemente gracias como siempre a mi mujer, nos echamos a la aventura de descubrir La Valeta por nuestra cuenta y riesgo. Rehusamos a los taxistas que nada más salir de la explanada del puerto vienen a nuestro encuentro para ofrecernos sus servicios; pasamos de los autobuses que anuncian visitas por toda la isla de Malta, y también de los carros tirados por mulas de los que anoche nos hablaron durante la cena el matrimonio canario y que, en fila, bajo un olor a excremento de caballería, a estas horas de la mañana ya insoportable, esperan impertérritos la llegada de futuros clientes. Así que en el coche de San Fernando, un rato a pie y otro andando, enfilamos la rampa que conduce a la Puerta de la Victoria. Es el modo más adecuado de afrontar la visita de una ciudad tan históricamente religiosa llena de Vírgenes y Santos, cuyas estatuas presiden la mayoría de las esquinas de sus empinadas calles. Salvada la tan hermosa como monumental Puerta de la Victoria, ya en el primer cruce de calles nos topamos con un cura, cruz enorme al pecho, que cambia unas palabras en español con nosotros y nos responde que vamos muy bien por donde vamos hacia el centro de la ciudad. La calle, como la mayoría, está empinada y escalonada, dos opciones para subir sí o sí al corazón de La Valeta.
Recuerdo el momento escribiendo estos apuntes, cuatro horas más tarde, en un velador de la Piazza de San Giorgio, ya de vuelta al Fantasía, junto a la fuente blanca que charla incesantemente. He aquí algunas sensaciones de la visita, expuestas aquí sin orden ni concierto: las ya mencionadas estatuas religiosas de las esquinas (indicador inequívoco del lugar donde se encuentra el turista), los constantes cruces de las calles en todos los puntos cardinales de la ciudad, subiendo o bajando (la omnipresente Cruz de Malta), el barroco constante de los palacios y los templos que salpican la ciudad con sus recargadas fachadas, campanarios y cúpulas, la variopinta calle del Mercado (donde, todo sea dicho, nos topamos con la mujer del hombre alto y gordo), la magnífica y amplia plaza del Palacio de Armas y la Embajada de Italia frente por frente y los surtidores de las fuentes que brotan del pavimento para refrescar el sofocante ambiente del lugar, el teatro y sus ruinas “adecentadas” con grandes vigas de hierro en la explanada donde el bronce de La Vallette aguanta estoico (así cualquiera) la calima en lo más alto de la ciudad, armado hasta los dientes además por si se repite el ataque otomano de 1565…, y en medio, la anglicana iglesia de San Paul, con su esbelto campanario y su enorme cúpula azul, en lo externo, y su interior magnífico donde resonaban los solemnes repiques de sus campanas…
Mientras tomamos el habitual vermut antes de ir a comer, no puedo dejar de recordar los dos encuentros que tuvimos en nuestra visita personal de La Valeta. El primero de ellos tuvo lugar en la calle del Mercado (que se llama así en inglés y reza en la placa de la esquina). En uno de los puestos descubrimos unas prendas de vestir que bien podían servir para llevarles un recuerdo de Malta a nuestros dos nietos. Y mientras mi mujer observaba unas camisetas blancas con un pirata que llevaba un pañuelo rojo en la cabeza con numerosas cruces de Malta blancas dibujadas sobre él, oí una voz conocida a nuestro lado. Era la esposa del hombre alto y gordo. Iba acompañada de la mujer de siempre y, tras saludarnos, me cogió del brazo y me llevó con delicadeza hasta la acera. Allí, muy seria, me habló de la fijación mental de su marido y añadió:
“Por favor, no deje de ir a San Juan, a la Catedral. Escúchele lo que tenga que decirle y sígale la corriente. Tal vez así, se le pase algo… lo que le tiene obsesionado.”
  Preocupado por el cariz que estaban tomando las cosas, le pregunté qué le pasaba a su marido.
“Esquizofrenia”, me dijo en voz baja. Y la palabra se quedó dando vueltas en mi cabeza chocando en todos los recovecos de mi cerebro.
“Pero es una esquizofrenia inocente”, me aclaró enseguida. “Una esquizofrenia que sólo sale a relucir de vez en cuando. Los trastornos psicóticos no son graves. Los síntomas se reducen a pequeñas distorsiones del pensamiento, de la emoción y la manera de percibir la realidad…”
No me quedé tranquilo, sin embargo, con sus palabras.
“¿Y cómo percibe la realidad?” La mujer se llevó un dedo a los labios como intentando escoger las palabras que por ellos iban a salir y me espetó sin ningún miramiento:
“Experimenta alucinaciones…, quiero decir que a veces escucha o siente cosas que los demás no escuchamos o sentimos.” Se arrepintió enseguida de lo que había dicho y procuró arreglarlo con esta explicación, que me pareció peor que lo anterior:
“Tiene, ¿cómo podría decírselo?, tiene delirios, extrañas ideas contrarias a la realidad o a lo que cree el común de los mortales. Sus emociones sufren pérdidas de hábitos o de interés, aislamiento social, irritabilidad, depresión…”
Estuve a punto de decirle que, oído lo que acababa de decirme, no tenía ningunas ganas de acudir a la cita de su marido en la puerta de la catedral de San Juan, que estaba de viaje de placer con mi mujer y mi único deseo era pasármelo lo mejor posible y hacérselo pasar a ella, sin que ningún sobresalto viniera a estropearnos el crucero.
Pero no me dejó, la mujer me tocó suavemente el brazo y añadió con tono delicado:
“Por favor, sólo quiero que mi marido no sufra una grave recaída, y a usted no le cuesta nada darle el gusto de seguirle la corriente haciéndose pasar por esa persona que dice que es usted. Por favor se lo pido.”
Y sin esperar mis palabras se reunió con su compañera. Regresé también yo junto a la mía, que ya había comprado dos camisetas para nuestros nietos y, al verme, me preguntó si me gustaban. Le contesté que sí agradeciéndole de todo corazón que no me preguntara nada sobre la mujer, que en ese momento se disponía junto con su amiga a cruzar de acera, no sin antes decirnos con una sonrisa:
“Adiós, señores, que ustedes disfruten del paseo.”
El segundo encuentro tuvo lugar bastante más tarde y surgió de la manera más fácil para los dos, quiero decir para mi mujer y para mí. Todo sucedió del modo siguiente. Al llegar a la calle de Santa Lucía, mi mujer quiso entrar en una tienda de calzados a buscar alguno que le gustara y le viniera bien. Como teníamos tiempo, acordamos que, mientras ella se quedaba en la tienda buscando lo que quería, yo me acercaba a la vecina catedral de San Juan, e echarle un vistazo a la fachada y a su interior si estaba abierta.
“En veinte minutos estoy aquí”, le dije para no preocuparla. Me miró con esa mirada que sólo tiene ella, una mirada que dice a la perfección lo que ronda por su cerebro, y me dijo sonriendo:
“Finalmente, te vas a encontrar con ese hombre, ¿no?”.
Afirmé con la cabeza.
“Vale, cariño, haz lo que creas conveniente. Que te vaya bien. Y ten cuidado”.
Volví a asentir, le di un beso y repetí:
“En veinte minutos.” Y tras verla entrar en la zapatería, seguí mi camino hacia el templo. A los pocos metros tropecé con un grupo del barco dirigidos por una guía turística, en el que iba el madrileño. Le pregunté por su  mujer y me dijo que se había hecho amiga de otra y que debía de andar por allí. También le pregunté por la excursión que habían contratado en la agencia y muy rápidamente me contestó que habían visitado M’dina, una bonita población de Malta. Nos despedimos, y tras andar unos minutos más desemboqué en la plaza de la Catedral. Los dos campanarios flanqueando la fachada, las columnas de la entrada, los escalones… Allí, en la puerta, estaba el hombre alto y gordo esperándome. Sonrió al verme llegar y vino a mi encuentro. Traía un par de entradas en la mano.
“Gracias por venir. He comprado dos tickets para ver los cuadros”, dijo mostrándome las entradas. “Ahora no hay nadie y podremos hablar a nuestras anchas. Sígame.” No me dio tiempo a reaccionar y me colé tras él en el templo. No dejaba de pensar en cómo iba a terminar aquella extraña cita. Me guió hasta donde estaba la para muchos mejor obra de Caravaggio en Malta, La decapitación de San Juan Bautista. El santo aparece tirado en el suelo por el esbirro semidesnudo que, tras degollarlo con la espada que yace a un lado, le sujeta el cuerpo con una mano y con la otra empuña el cuchillo con el que se dispone a separar del todo la cabeza del tronco; a su izquierda una mujer joven, sin duda Salomé, acerca la palangana para recoger la cabeza del mártir, y una segunda, asustada ante lo que está viendo, oculta la suya entre las manos; junto a las dos mujeres aparece también en este grupo de la mitad izquierda de la pintura, iluminada por la luz, otro hombre, vestido y con barba, que señala impasible el recipiente. En la mitad derecha del cuadro, velada por las sombras, aparecen asomados a una ventana otros dos hombres que contemplan la trágica escena, como si se tratara de un espectáculo callejero.
 “¿Ve esa pintura?”, dijo sacándome de mi abstracción el hombre alto y gordo, “pues es una copia; la original se encuentra oculta en algún lugar del Casino de La Valeta, Tesorería General en tiempos de los ingleses, esperando a que alguien la encuentre y saque del error a la gente del mundo del arte.”
 Entonces recordé las palabras de su esposa respecto a que no le contradijera y le siguiera la corriente.
“¿Quién se lo ha dicho?”, le pregunté extrañándome de mis propias palabras.
“¿Que quién me lo ha dicho? Caravaggio, el propio pintor, me lo ha dicho. Y también me lo ha dicho Coleridge, el poeta inglés que estuvo haciendo de Secretario General del almirante Ball en ese palacio que hoy es el Casino.”
Lo decía todo tan convencido que me parecía verdad.
“¿Y cómo fue a parar allí?”, le volví a preguntar.
 El hombre me miró desconcertado. ¿Se había quedado sin palabras? Pero enseguida reaccionó, miró al cuadro y me contestó de un tirón:
“Un amigo del almirante mandó hacer una copia del cuadro a un artista local, tan hábil como dado a la bebida, al que mandó quitar de en medio”, hizo un gesto de rebanarse el cuello con un cuchillo invisible, “tras acabar la pintura. Su cuerpo apareció flotando en las aguas del puerto. Luego el amigo del almirante Ball, ordenó suplantar el original por la copia y llevarlo a los sótanos de la Tesorería para posteriormente llevarlo al mercado negro del arte, donde pululan tantos originales.”
Miré la hora.
“¿Tiene prisa? ¿Tal vez le espera su mujer?”
Aproveché la oportunidad de sus preguntas para asentir con la cabeza.
“No se preocupe. Acabo enseguida. Y allí quedó el cuadro, en el sótano, junto a muebles desvencijados y tapices polvorientos, hasta que se topó con él Coleridge un día que buscaba algunos documentos que le sirvieran para documentar algunos artículos que pensaba mandar a un periódico de Londres. Lo limpió y lo cambió de sitio, en el mismo sótano, con la intención de dar a conocer su descubrimiento cuando concluyera la investigación que inició entonces sobre La decapitación de San Juan Bautista. Pero su adicción al opio, que aquí en La Valeta se recrudeció y otras circunstancias ajenas al poeta, como el repentino regreso a Londres para ocupar un cargo en la capital inglesa, le impidieron hacerlo. Luego el olvido y el polvo dejaron las cosas como estaban, y el engaño sigue. Y ahora sale usted, señor Cárdenas. Le he mostrado la pintura de Caravaggio y le he dicho todo esto porque quiero que, como crítico de arte mundialmente reconocido que es, denuncie el hecho en los medios a los que por su autoridad tiene acceso: la prensa extranjera, la televisión, Internet… ¿Querrá hacerlo?”
Miré de nuevo la hora.
“Sólo dígame que piensa hacerlo cuando acabe el crucero. Y mi preocupación habrá terminado”, dijo y se quedó unos segundos con la boca abierta aguardando impaciente mi respuesta. No tuve otro remedio que prometérselo. Y mientras salíamos de la Catedral me siguió contando cosas de su profesión y de los viajes que había hecho, y de su jubilación y de no sé cuántos detalles más. Luego me dio las dos entradas y añadió:
“Por si quiere guardarlas como recuerdo”.
Las guardé en el bolsillo, le di las gracias y nos separamos.

Lo recuerdo todo mientras escribo estos apuntes poco antes de dar el último sorbo al Martini en la Piazza San Giorgio. Luego, en Il Cerchio D’Oro, sentados a la mesa para comer y mientras el camarero indonesio que nos ha tocado toma nota de nuestros platos, asistimos a los fuertes temblores del Fantasía, que se está retirando del muelle donde estaba atracado. Las piedras bellas y centenarias de La Valeta van quedando atrás. Dentro de un rato el barco se hallará navegando mar adentro a una media de 22 nudos por hora, y cuanto hemos vivido sólo unas horas atrás en la capital de Malta, palacios, templos barrocos, cruces de calles, estatuas en las esquinas, columnas, cúpulas, campanarios…, empezará a ser recuerdo, reflejo de unas fotos, pasado que formará parte de la buena memoria. Comparten nuestra mesa dos mujeres orientales y una pareja italiana. Cruzamos alguna que otra sonrisa con las primeras y alguna palabra suelta con el matrimonio italiano. Y de repente, mis ojos tropiezan, por encima de la cabeza de la mujer italiana, con los ojos del hombre alto y gordo que, junto a su preocupada esposa y dos parejas más, ocupa la mesa vecina. Mi mujer, que no pierde comba, también lo ve, sonríe en respuesta a una sonrisa del hombre y luego baja la cabeza para centrar la mirada en el plato que tiene delante. Y entonces en un susurro dice:
“Ese hombre otra vez”, y cambia de tono: “Por cierto, aún no me has contado tu cita con él.”
Pruebo el helado que me han servido de postre y le contesto sin levantar la vista del plato:
“Acabemos de comer, y luego, tomando café, te lo cuento.”
La verdad es que a ese hombre lo encontrábamos hasta en la sopa (literalmente). La última vez, cuando aún tenía en la memoria el recuerdo de la comezón de la, no sé cómo llamarla, cita en la catedral de San Juan, había ocurrido de vuelta al barco en la tienda de suvenires del puerto. Estábamos mi mujer y yo, cada uno por un lado, curioseando aquí y allá en busca de alguna cosa para comprarla como recuerdo, cuando descubrí una ranita de porcelana tocando un saxofón, que inmediatamente pensé adquirirla para mi colección. Y no había hecho más que cogerla del estante donde reposaba cuando oí a mi lado una voz que me hizo dar un respingo:
“¿A usted también le gustan las ranas de adorno?”
Efectivamente, no se equivocan, era el hombre alto y gordo. Le respondí que sí.
“Yo empecé una colección de ranas en mi tierra”, empezó a hablar detrás de mí mientras me dirigía al mostrador a pagarla. “Pero me cansé enseguida. Aún conservo un par de docenas. Si las quiere, son suyas en cuanto lleguemos a Barcelona. Mi mujer siempre anda diciendo que le estorban. Y si le soy sincero a mí también. Bueno, más que estorbar, me ponen de los nervios. Una noche noté cómo todas ellas, tras abandonar la vitrina donde las tenía, saltaban sobre mí en la cama y empezaban a lamerme el cuerpo por todos los lados, y…”
No siguió hablando porque mi mujer se interpuso entre él y yo y me dijo, disimulando:
“Por fin has encontrado la rana de tu viaje. Ni en Marsella ni en Génova, ni en Nápoles, ni en Mesina encontraste ninguna que te gustara. Y es aquí, en La Valeta, donde tienes esa suerte. Entonces, ¿ésta te gusta?”
Asentí mientras se la daba a la dependienta para que me la envolviera antes de pagarla. De reojo vi cómo el profesor esquizofrénico salía del establecimiento para reunirse con su mujer, que le esperaba fuera.

Algo más tarde, sentados en los cómodos asientos del Capuchino Bar de nuestro puente favorito del Fantasía, y entre sorbo y sorbo de la digestiva Grappa afinatta, empiezo a hablar, ante la mirada expectante de mi mujer:
“Ese hombre está enfermo, padece de esquizofrenia y ha hablado con el pintor Caravaggio y el poeta Coleridge…” 
Mi mujer me mira con gesto de no entender nada.
“Intentaré explicártelo mejor. Ese hombre, hasta jubilarse, fue profesor de Arte en un Colegio privado de… creo que de Zamora. Por lo visto aprovechaba las vacaciones de verano para hacer viajes de investigación a Italia. Cuando se jubiló, se vino a vivir a Barcelona y…”
Mi mujer me interrumpe para preguntarme por su esquizofrenia y yo le digo lo que me contó su esposa en la calle del Mercado.
“Claro, por eso habla con pintores y poetas, con ese Caravaggio y ese otro… ¿cómo era?”   
Sonrío de buena gana.
“Sí, el poeta inglés Coleridge. ¿Recuerdas el palacio blanco que vimos por la mañana antes de desembocar en la Plaza del Palacio de Armas, la de las fuentes…, el palacio blanco, hoy Casino, que tenía una placa al lado de la puerta donde leímos que…”
Mi mujer asiente.
“Sí, ya recuerdo. La placa dice que allí estuvo trabajando ese poeta inglés.”
“Exacto, cariño. Bueno, pues nuestro hombre me ha dicho que Coleridge y Caravaggio se han puesto en contacto con él para decirle que una de las pinturas del pintor italiano ha sido suplantada por una copia, y que la sustraída  se encuentra escondida en los sótanos del palacio donde estuvo trabajando el poeta durante un año.”
Antes de acudir a la clase de tango en L’Insolito Lounge, acabé confesando a mi mujer que le había prometido finalmente al profesor de arte jubilado denunciar la falsedad del cuadro de Caravaggio que se expone como original en la catedral de San Juan en todos los medios de comunicación habidos y por haber.
 “Pero tú no… tú no tienes… no puedes…”
“Lo sé, pero siguiendo el buen consejo de su mujer, lo he hecho. El hombre se quedará tranquilo…” 
“Tienes razón y, lo que es mejor, no te volverá a molestar.”
“Bueno, tampoco es tanta molestia. Un atractivo más para este crucero. ”
Y tras la clase de tango, entre los escasos “OK” y los repetidos “catastrofe” del joven instructor de baile y después de lograr aprender un nuevo paso que añadir a nuestro no muy extenso repertorio en tango, había olvidado el asunto pictórico. Y ahora, las cinco y unos minutos de la tarde, tras una corta siesta, me encuentro en el balcón del camarote contemplando la inmensa soledad (inmensa belleza) del mar, bella soledad que desfila en sentido contrario a la navegación de nuestro gigantesco hotel flotante. Unos medios versos quieren abrirse paso en la oscuridad de mi cerebro.
“Espectáculo de silenciosa soledad,
sólo interrumpida por la voz del viento que besa la nave
y el suave estallido de la espuma en los bajos del barco.
De vez en cuando llegan hasta mí
los murmullos de las conversaciones de nuestros vecinos.
Eso es todo lo que se oye.
El mar, azul oscuro, casi negro aquí abajo, junto al barco.
Más allá se levanta en escamas de blanca espuma
que coronan pequeñas olas,
y a medida que la mirada se aleja, el mar se aclara
y llega a ser lechoso
en la inmaculada línea del horizonte.
Sobre él el cielo vuelan con alas de leche
ondulaciones blancas
como si quisieran imitar el movimiento del oleaje.
A veces miro fijamente un punto de la espalda del mar
por si tengo la suerte inmensa
de descubrir la esbelta y ágil aleta de un delfín.
Pero de tanto mirar esa quietud inabarcable del mar
aumenta el peso de los párpados
y me obliga a cerrar los ojos.
Entonces la paz interior también aumenta
y me dejo mecer por el casi imperceptible temblor de la silla
que me lleva…”

Y adiós versos, adiós poesía.
Hemos decidido que dentro de un rato, cuando acabe mi mujer de ver en la televisión internacional el episodio de Seis Hermanas, subiremos a la zona de las piscinas a tomar algún refresco. Esta es la vida, quieta, apacible, de crucero. Pese a que también, como todo lo bueno, está a punto de terminar. Porque dentro de dos días el mundo fantástico del crucero en el Fantasía habrá acabado. Queda aún por vivir, eso sí, lo que resta del día (navega que navega) y la llegada al puerto de Palma de Mallorca, que tendrá lugar mañana, jueves 21, nada más ni nada menos que a las nueve de la noche (otro día entero navega que navega), según el itinerario que nos entregó la chica de la Agencia de Viajes (en el itinerario original ese honor le correspondía a Túnez, plan que se desvaneció en el aire tras el atentado terrorista que sufrió esa ciudad el pasado mes). Y luego, el regreso definitivo a Barcelona. En resumen, dos días casi completos a bordo. Pero no adelantemos los acontecimientos, que todavía mi reloj señala las seis y diez de la tarde del miércoles 20 de mayo.  
Por de pronto, tras tomar nuestro acostumbrado refresco en la planta 7,  concretamente en el Manhattan Bar, hemos ido al Teatro a vivir unos momentos de recuerdo a la canción eterna italiana. No en balde el cartel del espectáculo rezaba El sueño italiano y junto al cantante principal del programa aparecía la imagen de una figura del arte pictórico italiano tan carismática y universal como la Mona Lisa. Entre las canciones que más aplausos arrancó de un público totalmente entregado (un porcentaje elevado del pasaje del crucero lo componen ciudadanos italianos) fue “Oh, sole mio”. Otra fue “Volare”, y así hasta más de una docena de conocidísimas tonadas de una época que no morirá nunca, me refiero a los gloriosos años de los sesenta y setenta; tonadas y actuaciones acompañadas de una soberbia coreografía y un variadísimo y lujoso vestuario (nada nuevo pues MSC se distingue, entre otras cosas, por su buen hacer). En la nave Fantasía (no sé si ya he dicho que su acertado bautizo se debe a la bellísima  actriz italiana Sofía Loren) puede ocurrir de todo...

Durante la cena en Il Cerchio D’Oro, los ocho comensales comentamos alegres lo que hemos vivido hoy. La pareja mayor de Zaragoza no se ha movido del barco y se ha limitado a pasear por las cubiertas exteriores haciendo un poco de ejercicio de piernas y respirando el aire sano del mar; también ha bajado a recepción en el ascensor transparente a arreglar unos asuntos y subido al Aqua Park a sentir el viento en la cara y a oír música bailable.
La pareja canaria, tal como nos habían dicho la noche anterior que harían, han cogido un carrito tirado por una mula y se han dado un largo paseo por La Valeta, viendo lo más atractivo de la ciudad sin dar un paso. El hombre nos ha preguntado si hemos pasado por la Plaza del Palacio de Armas.  Mi mujer enseguida dice:
"Es preciosa y nos hemos hecho varias fotos en el jardín del Palacio al pie de una torre que tiene un reloj enorme en la fachada…”
En cuanto al madrileño, tras recordar nuestro fugaz encuentro en las calles de La Valeta, nos habla de la breve excursión que han hecho en autobús a M’dina, que fue la antigua capital de Malta hasta la llegada de los caballeros de la Orden de San Juan de Jerusalem. su mujer interviene:
“Es una ciudad muy bonita, está amurallada y encima de una colina.”
Les pregunto qué monumentos han visitado y él, tras pensar unos segundos, nos contesta que la catedral de San Pablo es el más destacado.
“Pero no lo hemos visto por dentro”, dice ella algo contrariada. “Me ha gustado más lo que hemos visto aquí en La Valeta.
Luego la conversación salta de tema y  el canario nos adelanta que nos acercamos a un temporal y que posiblemente ya esta misma noche empezará el baile del Fantasía sobre el mar. 
Después de cenar, los seis menos viejos seguimos la sobremesa en la planta 7, que ya es un clásico entre nosotros, y a las tantas nos despedimos para recogernos en nuestros respectivos camarotes. He notado en el tono de las voces de nuestros amigos cierta melancolía ante el inminente fin del crucero. Es inevitable. Y además es cierto.
Nada más entrar en el camarote, nos encontramos encima de la cama el Daily program con lo que nos espera el día siguiente, jueves 21 de mayo. El sol saldrá a las 06’07h y se pondrá a las 20’59h. En meteorología, fluctuaremos entre los 14 grados mínimos y 21º máximos. Desde el puente de mando se nos comunica que a las 21’00h llegaremos a Palma de Mallorca. Todos a bordo el 22 de mayo a las 04’30h. A las 05’00h saldrá el Fantasía de Palma de Mallorca rumbo a Barcelona (distancia entre Palma de Mallorca y Barcelona, 128 millas náuticas). A las 14’00h, si las condiciones meteorológicas lo permiten, está prevista la llegada del Fantasía a Barcelona. Durante todo el día el barco navegará sobre una profundidad de 2500 metros por el Mar Mediterráneo sin poder observar ningún punto de tierra hasta las 19’00h, donde a nuestra derecha será visible la isla de Cabrera hasta llegar al golfo de Palma y embarcar el práctico isleño. Vestimenta sugerida esta noche: Casual. En la otra mitad de la portada, se representa el gráfico del itinerario completo y la salutación escrita de Bienvenidos a Palma de Mallorca. Le sigue un breve información sobre Palma, sin olvidar detalles acerca del laberinto de calles estrechas con referencias a su pasado árabe que forman su casco antiguo, la Catedral y el Palacio Real.
En el apartado de los procedimientos de desembarque se nos recuerda que cuando lleguemos a Palma de Mallorca, el desembarque no comenzará hasta que no se reciba el correspondiente permiso de las autoridades locales. Añade que no olvidemos mostrar nuestra Cruise Card al personal de la pasarela. A continuación se especifica el horario de los autobuses lanzaderas para quienes vayan a visitar el centro de la ciudad, así como sus precios y el lugar donde comprar los billetes. Finalmente se añade la información sobre el desembarque en Palma de Mallorca y Barcelona con estas alentadoras palabras: “El final de su crucero se acerca. Esperamos que haya disfrutado de momentos maravillosos a bordo.” Y a continuación la recomendación siguiente: “Nos gustaría que al menos un miembro de su familia o grupo asistiera a esta reunión sobre los procedimientos de desembarco. Gracias por su colaboración. 12’00h, Teatro L’Avanguardia, puente 6.” Junto al Daily program se halla la hoja Credit Card payment invoice (para entendernos, la factura de las propinas).
Mañana será otro día.

sábado, 26 de septiembre de 2015

FOTOGRAFÍAS QUE HABLAN



Celebración de sirenas

La Fonda España de Barcelona contiene maravillas modernistas que superan nuestras mejores expectativas. Una de ellas sin duda es la Sala de las Sirenas, cuya pintura mural es obra del pintor Ramón Casas. Ayer pudimos admirarla a nuestro antojo tras celebrar nuestros cincuenta años juntos saboreando platos diseñados por Berasategui en el salón del restaurante, igualmente hermoso (mosaicos con motivos vegetales, peces rojos en el friso, dragones velando los escudos de los reinos de España o artesonados de maderas nobles. Baile de fiesta de sirenas sin miedos ni amenazas, danzando junto a peces sin muerte y bajo mechones de olas en suspenso. El tiempo suspendido de emoción ante nuestros primeros cincuenta años de estar juntos.