Mientras septiembre avanza como puede entre tanta convulsión meteorológica, social y política, he creído que no venían mal cuatro microrrelatos de tema ligero, que siempre serán una lectura más llevadera y desde luego ajena a una realidad que nos está pellizcando el corazón y la mente más de lo debido.
Le toca a usted
La sala de espera era limpia, silenciosa y amueblada solamente por filas de sillas arrimadas a las cuatro paredes. Me senté en una que estaba frente a la puerta abierta por donde de vez en cuando salía a la sala una enfermera para pronunciar el nombre de un paciente mientras me miraba interrogativamente y yo negaba con la cabeza.
Después de un buen rato de repetirse la jugada, la enfermera me dijo: “En vista de que ningún paciente ha llegado todavía, puede pasar usted.”
Recorrí un pasillo lleno de puertas cerradas y sin letreros indicativos y seguí a la enfermera hasta la puerta del fondo, entreabierta, que tenía una pegatina con tres conos de radiactividad pintados en ella. La enfermera entró y a un gesto suyo la seguí a una salita que contenía una camilla arrimada a la pared de la izquierda. Me dijo señalándola: “Tiéndase en la camilla sólo con la ropa interior.” La obedecí mientras se iba diciéndome: “Dentro de cinco minutos empezará su prueba.” Cerró la puerta tras sí y me tendí sobre la camilla dispuesto a esperar el tiempo que había dicho.
Tendido osbre la camilla, me puse a mirar al techo a ver si descubría alguna mancha que examinar. Así estuve un tiempo que se me hizo eterno, hasta que de repente oí pasos que corrían hacia la salida y golpes de puertas que se cerraban. Alarmado, me tiré de la camilla y me vestí aceleradamente mientras la luz de la salita se fue apagando hasta dejarme completamente a oscuras. A tientas logré calzarme las bambas y empujé la puerta para salir al pasillo, pero estaba cerrada con llave. Presa del pánico, empecé a golpear la puerta con los puños y abrí la boca para gritar pidiendo ayuda. Entonces oí que alguien pronunciaba mi nombre. Abrí los ojos. La enfermera repitió mi nombre. Asentí con la cabeza. Ella dijo: “Le toca a usted. Puerta número 2".
Un sueño real
En mil seiscientos y pico en la capital de la Toscana italiana un juez cuya prudencia era inferior a lo que se esperaba de su función pública, juzgó a una mujer acusada de bruja, la cual, durante la vista afirmó que podía asistir al aquelarre si se le permitía pasar antes por su casa para frotarse el cuerpo con ungüentos mágicos. El juez le dio permiso, y la mujer, tras untarse las sienes, el cuello, las palmas de las manos y las plantas de los pies con uno de esos ungüentos, al instante cayó en un sueño tan profundo que las quemaduras, los pinchazos y los azotes que le dieron no lograron arrancarla de su letargo.
Cuando despertó al día siguiente, el juez le preguntó qué experiencia había vivido en el Sabbath. La mujer respondió sin titubear: “Lo de siempre, salvo que un brujo celoso de mi unión carnal con el diablo, me castigó a que me quemaran las manos, pincharan mis pechos con agujas de tejer y me propinaran fuertes azotes en las nalgas.
He estado en el Más Allá
El amigo del paciente aguardaba expectante a que éste despertara de la postración en que había caído. Tendido sobre la cama, inmóvil, helado y pálido, le parecía más bien un muerto, aunque el médico que le atendía le había dicho en más de una ocasión que seguía teniendo pulso.
Sin embargo, en un momento dado, se atrevió a preguntar al galeno por qué tardaba tanto en volver en sí. Entonces el doctor se vio obligado a explicarle lo que le estaba ocurriendo al enfermo: “Todo se debe al eléboro, principal componente del ungüento que el curandero del pueblo le aplicó en el pecho para curarle la fuerte bronquitis que padece, sin conocer en su torpe ignorancia el alcance de los efectos del eléboro, principalmente terribles vértigos y excesivos enfriamientos. De ahí el aspecto cadavérico que muestra el paciente. No se preocupe: más tarde o más temprano podrá volver a charlar con usted.”
El médico se fue a atender a otro enfermo y el amigo, más confiado que antes, esperó a que su amigo volviera a la vida. Y eso ocurrió algo más tarde. Cuando el paciente primero movía los dedos de la mano y luego abría los ojos. Poco a poco el color volvió a su piel y de repente todo su cuerpo tembló de pies a cabeza mientras profería un grito espeluznante.
El amigo se acercó a él y le preguntó qué le pasaba. El paciente le miró con ojos aterrorizados y susurró: “He estado en el Más Allá y por fin me he librado de él.”
La piedra de Osiris
En un lugar de la Zamora del siglo XVI dos brujos de diferente edad hablaban de las torturas que la Inquisición empleaba para hacer hablar a los acusados de hechicería.
El de mayor edad, que mostraba brazos y piernas llenas de cicatrices debidas a esas torturas, le decía al brujo más joven: “Procura no caer en las garras del Santo Oficio, porque los suplicios de que se vale te harán confesar hasta que mataste a tus propios padres o a Dios mismo. Los hierros y el fuego que emplean además de dejarte cicatrices más horribles que estas que ves en mis extremidades acabarán con tu vida.”
El brujo joven vaciló antes de preguntarle a su colega: “¿Y entonces tú cómo conseguiste sobrevivir?”
“Aunque te lo diga, de nada te servirá”, respondió contundente el hechicero de más edad.
“¿Por qué?”, preguntó sorprendido el joven.
“Cuando yo era como tú y asistía al Sabbath”, repondió el anciano, “existía un curandero en Valladolid que vendía la llamada piedra de Osiris, una especie de pasta grasa y de color ligeramente morado que aliviaba cualquier dolor producido por el hierro y el fuego, aplicándola fría sobre el lugar afectado. Eso hice yo nada más sufrir los tormentos de la Inquisición. Pero eso sucedió hace muchos años, y el curandero de Valladolid ya no existe. Y en cuanto a la piedra de Osiris, tengo entendido que sólo se encuentra en zonas desérticas de Egipto.”
El brujo inexperto, tras pensar unos segundos en lo que su colega le acababa de explicar, dijo: “¡Me has convencido: hoy mismo me marcho a Egipto a buscar la piedra de Osiris. Y que las garras del Santo Oficio desgarren mi piel con sus hierros y su fuego.”




