jueves, 24 de septiembre de 2015

TROZOS DE UN ESPEJO y XI

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 y 25.

No quiero terminar sin dedicar unas palabras al recuerdo de Quique, que en aquella ocasión se quedó sin oír en directo la voz de la Máxima Autoridad, bello sacrificio que sin duda alguna redundaría en sus méritos personales. Buen espíritu, en dos palabras, tan necesario para agradar a la Máxima Autoridad, meta y camino de sus actividades.

Quique, originario de Badalona, era maestro y daba clases en Elemental con verdadera dedicación. Numerario ejemplar, solía repetir y poner en práctica una de las normas referidas a la discreción, recogidas en el opúsculo escrito por la Máxima Autoridad que casi nadie observaba: “La buena administración ni se ve ni se oye”. Quique hablaba, actuaba, servía a los demás sin pregones ni heraldos. ¡Qué diferencia había entre él y otro numerario tan soberbio y quisquilloso como Molino, que cualquier iniciativa que emprendía al momento alguien, si no el mismo, se encargaba de darla a conocer a los cuatro vientos! En cambio, Quique entraba en las clases y sólo se ocupaba de dar la lección como Dios le daba a entender. Y si entraba en el Oratorio se recogía en un lugar retirado, lejos de los bancos del altar, y allí se componía a solas con su alma. Y si cantaba una canción durante la fiesta de Navidad de profesores o recitaba algún poema que previamente me había pedido, pues cantaba y recitaba poniendo en ello lo mejor que tenía.

Dada su forma de ser y su discreción probada, apenas contaba nada que no tuviera que ver con su profesión. Por ello, algunos de nosotros, los que nos llevábamos bien con él, empezamos a apreciarlo más el día en que Juanmari nos contó la desgracia que pesaba sobre la familia de Quique. Se ve que una hermana melliza suya había contraído de muy joven una enfermedad atroz que la fue consumiendo poco a poco hasta postrarla en la cama para siempre sin haber cumplido aún los treinta años. Y ahí no acabó su dolor porque, declarado un incendio en la casa donde agonizaba, nadie pudo evitar que su cuerpo fuera devorado por las llamas. Juanmari me confió que, desde entonces, en la cartera de Quique hay dos estampas juntas: la de su hermana y la de la Máxima Autoridad.

Quique pasaba inadvertido en el Colegio, como todos los que realmente cuentan a la larga en la memoria de las gentes. Para mí Quique formaba parte del grupo auténtico del Colegio, y no contaba para esta clasificación ser o no “religioso”, ni el que de vez en cuando me pidiera alguna poesía mía indicada para niños, para hacérsela aprender de memoria y escribirla en sus cuadernos con letra caligráfica. Un día me enterneció al enseñarme una postal que había encargado hacer a los chicos a partir de mi poema La escoba. Se trataba de dos viñetas a todo color. En una de ellas aparecía una escoba estilizada que bailaba entre restos de papeles y en la segunda, una bruja cabalgando a lomos de otra escoba. Y en forma de caligrama, el texto de la poesía:

“La escoba siempre arrastra
 los pelos por el suelo;
 su cuerpo, tieso y flaco,
 barriendo mira al cielo.
 Furiosa el polvo empuja,
 y dicen que de noche
 sobre ella va una bruja.” 

Le di las gracias emocionado. También montaba algunas clases de Lectura y Ortografía con mi  Copla del cisne:

         “Sobre la línea del agua
 el cisne blanco es un dos,
  un dos de tiza que nada
 y se arrodilla ante Dios.”

Lo que más me gustaba de Enrique era la serenidad que respiraba su persona y la conformidad con que se entregaba a su trabajo y quehaceres cotidianos sin decir “ya lo he hecho” o “aprended de mí a hacer las cosas".  Evidentemente, seguía su norma interior: “Las buenas obras son para hacerse, no para pregonarse.”

                                  ***

Ahora ya pasó todo aquello. La pesadilla y el túnel son sólo recuerdos, recuerdos que se van difuminando poco a poco ante los eventos que van sucediendo alrededor de nosotros, los del grupo que un día empezamos nuestra senda laboral en aquel colegio privado con nombre de sendero, pura contradicción. ¿Sendero de qué?, ¿adónde conducía?

Hace unos días acompañábamos a Llerón en un pequeño homenaje que la Escuela Pública donde trabajaba le dedicó el último día del curso, a punto de jubilarse. Yo mismo, para tal ocasión, escribí unos versos parodiando los que Machado dirige a su amigo José María Palacio en Campos de Castilla. Con ellos quiero dar carpetazo a los fantasmas de aquel pasado, afortunadamente ya lejos de nuestras vidas tranquilas de ahora, en que estamos felizmente jubilados:
 
“Escucha, viejo amigo,
 ¿quedó por fin la tiza a buen recaudo
 al fondo del cajón de lo vivido?
 ¿Quedó por fin cerrada la ventana
 que daba a la arboleda de tu horario?
 ¿Aún sigues sintiendo la luz fiel
 de los ojos alumnos en tu espejo?
 Es algo que no muere. Todavía
 está reciente el aire que lo mueve.
 Aún respira
 tu alma los aromas del oficio.
 Pero todo algún día pasa y teje
 su nido en la memoria y pone huevos
 de pálida nostalgia. También tú
 vivirás lo agridulce de esa hora.
 Los ecos, no las voces; el reflejo
 del alma en la corriente. Pero ahora ,
 Llerón, mi viejo amigo,
 disfruta de esta magia, de este gozo
 que da el saber que has hecho los deberes
con alta nota. Brillan todavía
 en tus manos las uvas que plantaste.
Bebe el vino de la satisfacción,
 que el recuerdo es la copa ya bebida.”

 

miércoles, 23 de septiembre de 2015

FOTOGRAFÍAS QUE HABLAN


DOS RECUERDOS EN UNO

De Canarias me traje este animal de frágil cerámica que adorna desde entonces el mantel de una mesa de jardín. Silueta de doméstico reptil reposa velas, ahora plataforma sin cárcel de unos frutos que un árbol del jardín dejó en herencia. ¡Con qué sencillez se conforma la memoria para eternizar dos momentos en uno: el de un viaje a la cuna del Teide y el de la entrega roja y dulce del madroño! Ahora están aquí, después de atravesar sus correspondientes distancias, abrazados en un presente inamovible.

domingo, 20 de septiembre de 2015

EL CRUCERO (VII)


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Capítulo VII
Un extraño favor
                                              Martes, 19 de mayo

 
A las siete y media de la mañana el Fantasía avista Mesina. El sol, entre nubes, ya está bastante alto y logra abrirla lo suficiente para colarse e medias en el camarote. Lo primero que vemos desde el balcón es el espigón del faro y el Forte S. Salvatore y una Virgen dorada subida a una columna (la llamada Madonnina) dando la bendición; escrito con letras grandes y blancas sobre el cemento puede leerse: VOS ET IPSAM CIVITATEM BENEDICIMUS. El barco tiembla todo él mientras se aproxima con la lentitud requerida al muelle donde va a atracar. Hace poco ha dejado atrás el estrecho del mismo nombre que la ciudad donde Homero sitúa en La Odisea el lugar habitado por las sirenas que intentaron detener con sus cantos a Ulises para que fuera atacado por Escila y Caribdis, dos monstruos marinos situados en las orillas opuestas del estrecho que hoy separa la península de Italia de la isla de Sicilia. Le conté a mi mujer parte de la leyenda.
“Ulises era un hombre con mucha imaginación, y cuando con su barco se acercaba al lugar temido por el que acabamos de pasar, siguiendo el consejo de la maga Circe, que además ya le había puesto en antecedentes sobre lo que le podía pasar, ordenó a los marinos que lo acompañaban que se taparan las orejas con cera y que a él, como no quería renunciar a la curiosidad de oírlas cantar, lo ataran al mástil del barco, insistiendo en que ocurriera lo que ocurriera por nada del mundo le libraran de las ligaduras.”
Mi mujer se interesó por el desenlace de la historia y añadí que Ulises, al escuchar los cantos de las sirenas, quiso soltarse pero sus marinos, cumpliendo con sus órdenes, se lo impidieron. Y las sirenas, desoladas por su fracaso, se lanzaron al mar y murieron ahogadas.
Entretanto, nuestro barco se ha ido arrimando de lado, muy lentamente, con estudiado movimiento, al muelle sin miedo a ningún peligro y menos a las encantadoras sirenas. Mientras que la ciudad de Mesina, mirando hacia nosotros, nos espera iluminada por el sol. Por el corso Garibaldi circula ya un tráfico considerable. Al otro lado, se yergue imponente el Palazzo Zanca, Scavi (yacimiento)  Archeologici e Antiquarium, y de este lado del corso, hacen guardia desde hace rato una flota de autobuses y taxis para llevar a los pasajeros del Fantasía a descubrir las sorpresas que encierra la ciudad y otras de la isla. En lo que a nosotros concierne, primero desayunaremos tranquilamente en Il Cerchio D’Oro y luego nos lanzaremos a la aventura de descubrir las sensaciones de Mesina.
Cuatro horas más tarde, de vuelta ya al Fantasía, recordamos lo visto y lo vivido en la ciudad del tsunami y su feliz restauración. Nadie diría al pasear por sus calles y plazas que esta ciudad ha sido objeto muchas veces de seísmos y maremotos horribles (el último en diciembre de 1908, en que la ciudad fue prácticamente destruida). Pero de ellos y de las sirenas de Homero ni rastro. Y sin embargo hay cantos de amor y belleza en muchos rincones de Mesina. Por ejemplo, pese a su aparente abandono interior, la galería de Vittorio Emanuele, que es un vuelo arquitectónico admirable con su fachada curva y sus bóvedas airosas y ventanas circulares; y no digamos la plaza del Duomo, que contiene esas tres maravillas de la fuente de Orión, la propia Catedral o el majestuoso Campanile, que tanto me recuerda (sus figuras doradas y dotadas de movimiento instaladas en ventanas y balcones) la Torre del Reloj del Ayuntamiento de Praga; o la iglesia del Carmen, donde nos encontramos a la pareja aragonesa que comparte mesa con nosotros cada noche en el Fantasía, la cual, según nos confiesa el hombre, en vez de permanecer en el barco han decidido dar una vuelta por la ciudad, y a una pregunta de mi mujer nos aclara que anoche no bajaron a cenar porque ella estaba agotada; o el Sagrario de Cristo Rey, en restauración, pero que desde cuyo mirador, en lo más alto del monte sobre el que se asienta el templo, se disfruta de una vista incomparable del mar; o la Fuente de Neptuno, al otro extremo de la ciudad, en el mismo corso Garibaldi…
Mientras escribo estos apuntes de ver y sentir, estamos tomando nuestro habitual vermut en la Piazza San Giorgio, haciendo tiempo antes de ir a comer. Echo de menos no haber podido visitar el Museo Nazionale para contemplar dos de los cuadros de Caravaggio que más me mencionó mi hijo mayor, La resurrección de Lázaro y La adoración de los pastores. De nuevo adivino la simpática ira de mi hijo. Pero entenderá que en un viaje de este tipo, donde se dispone de tan poco tiempo para ver lo más importante de la ciudad de la escala del crucero, lo mejor es hacer una selección, y en la selección siempre se deja algo importante que ver, aunque uno no lo desee. Yo creo, sin embargo, que lo que cuenta en este tipo de viajes es la vida del barco, y si se puede echar una larga ojeada a la ciudad mientras el crucero está atracado en ella, pues adelante, pero sin querer abarcar demasiado. Mientras pienso en esto, de repente, al levantar la mirada, descubro que el hombre alto y gordo viene por el pasillo de la derecha acompañado de una mujer. ¡Sorpresa! Se lo hago saber a la mía, que no puede evitar sorprenderse.
“Creía que viajaba solo”, digo en voz alta siguiendo el hilo de mis pensamientos.
“Ya me parecía raro a mí”, afirma mi mujer.
La pareja pasa de largo, hacia el casino. El hombre no me ha visto, pero la mujer sí y me hace un gesto ambiguo que de momento no sé interpretar. De todos modos, por educación, le respondo al gesto con una sonrisa. Después nada. El último sorbo al Martini, y en marcha hacia el restaurante.
Compartimos mesa con dos parejas más, extranjeras, francesas por más señas. A medias entiendo que piensan visitar Mesina por la tarde. Hablan del Duomo, del Santuario de Nuestra Señora de Montalto y del Monte de Pietà, entre otros edificios que quieren ver. Con mi mal francés del Bachillerato les aconsejo que no dejen de visitar, al menos ver por fuera, el palacio de Justicia, rematado por una cuadriga, la Fuente de Neptuno y la iglesia de Santa María Alemanna, de camino del anterior.
“Merci beaucoup”, dicen los cuatro a la vez, como si hubieran quedado de acuerdo en agradecérmelo.
Luego tomamos café en el Transatlántico Bar y yo acompaño el mío con una Averna con hielo, a la que le estoy tomando el gusto. Mientras saboreo largamente esta última, mi mujer se levanta para ir un momento al lavabo. Miro el cuadro del barco que hay frente a mí y de pronto la mujer del hombre alto y gordo, que en esa ocasión acompaña a otra, se separa de ella y se acerca a mi mesa.
“¿Puedo hablar un momento con usted?”
Sorprendido, me levanto para atenderla.
“Claro. ¿Qué desea?”
La mujer carraspea y luego dice:
“Mi marido…, no sé cómo decírselo, está pasando por un mal momento de salud y eso le lleva a creer cosas irreales. Le ha confundido a usted con otra persona, con el crítico de arte barcelonés Sebastián Cárdenas, y está viviendo unas noches terribles, no pega ojo… Quisiera pedirle un favor…”
Se detiene y mira angustiosa hacia la mujer que le acompaña y que espera a unos metros de la mesa. Luego me mira otra vez y clava su mirada angustiosa en la mía.
“¿Un favor? Qué quiere que haga?” , le pregunto.
La mujer titubea antes de contestarme:
 “Por favor, sígale la corriente. Para usted no significará gran cosa y a él le vendrá bien y le ayudará mucho Al final no se acordará de nada y acabará este crucero sano y salvo. Totalmente restablecido de su dolencia. Estoy segura.”
En ese momento veo que mi mujer vuelve del lavabo. Al verla, añade nerviosa:
“No le molesto más. Y si se lo dice a su mujer, lo entenderá. Muchas gracias por todo. Hasta la vista.”
Y se reúne con su compañera mientras mi mujer, sorprendida, llega a la mesa.
Sin esperar su pregunta, se lo cuento todo. Entonces me dice compungida:
“¡Pobre hombre!, ya me parecía a mí que no andaba muy bien de la cabeza.”
Abandonamos el bar y nos encaminamos al camarote sin cambiar una palabra más. Pero, al abrir la puerta, me pregunta:
"¿Qué piensas hacer al respecto?"
Le contesto:
“De momento, echar una pequeña siesta.”
Insiste:
“Me refiero a ese hombre”.
Para que se quede tranquila, le digo:
“Lo que me ha pedido su mujer: seguirle la corriente. Pero no pienso adelantarme. Esperaré a que él venga otra vez a mí. Y si no lo hace, mejor que mejor.”
De nuevo, con el bolígrafo en la mano, cuando ya son las cinco y media de la tarde, y tras un breve duermevela, apunto estas notas. De pronto, por la megafonía del barco avisan que de un momento a otro se cerrará la puerta de embarque. El sol de la tarde da de lleno en el balcón, mientras Mesina queda toda ella a contraluz, suenan las campanas de alguna iglesia cercana y el tráfico rodado del corso Garibaldi ha disminuido considerablemente. Es la hora de contemplar juntos las fotos de Mesina en las que aparecemos los dos. La fuente de Orión, el Campanile del Duomo, la Galería de Vittorio Emanuele, lo que queda en pie del edificio del Monte de Pietà, la curiosa iglesia de San Antonio Abad, los troncos gigantes de los ficus del paseo marítimo, la andamiada cúpula del Sagrario de Cristo Rey… De repente todo el Fantasía se estremece. Son los fuertes temblores previos al momento de zarpar el barco. Espuma en los flancos y el inmenso casco separándose poco a poco del muelle de atraque. La gigantesca proa gira (lo vemos desde el balcón de nuestro camarote que se halla a popa, en el otro extremo) para salir de la dársena. Unas cuantas gaviotas vuelan cerca para despedir al barco, que poco a poco busca el mar abierto. Ahora lo hace de isla a isla. De Sicilia a Malta.
Momentos más tarde nos hallamos caminando por la cubierta 7. Con la brisa en la cara asistimos a la despedida de la tarde, que se va por las alturas donde se encuentran colgados los botes salvavidas hacia el cielo como un ave silenciosa que imperceptiblemente va remontando el vuelo.
Entramos en el pasillo de los bares por la puerta que comunica con el Transatlántico Bar. Hoy tiene lugar el cóctel de gala del capitán y aquí lo tomamos con tiempo antes de que comience el espectáculo en el Teatro de L’Avanguardia, como cada tarde. Me da por pensar que, en los cruceros como éste que estamos viviendo, si te descuidas un poco el tiempo se apodera de ti. Lo mejor es vivirlo con intensidad pero sin angustias y sin prisas, para finalmente hacerte con él, convertirte en su único dueño. En el Teatro asistimos a la presentación de todos los cargos con responsabilidad en el Fantasía, desde el máximo responsable de los bares hasta el capitán del barco, pasando por el de la limpieza o la animación y espectáculos.
Y con casi las 9 en nuestros relojes, subimos al camarote a vestirnos para la cena. Un poco más tarde ya estamos los ocho españoles sentados a nuestra mesa. Las conversaciones se dividen entre el fútbol, la picaresca española, la familia, los viajes, los profesores y el paseo por Mesina, que cada cual ha hecho a su manera y antojo. La pareja madrileña, que ha hecho la excursión a Taormina, nos cuentan cómo ha sido. El hombre nos dice que los han llevado a ver, ¿cómo no?, el teatro griego, desde el que se ve el Etna, y ella de las tiendas comerciales. Para mi sorpresa, la pareja canaria nos cuenta que se han pasado un buen rato en el Museo Nazionale. Les pregunto si han visto los cuadros de Caravaggio. Él me dice que el Museo fue antes una iglesia, San Gregorio, y que efectivamente el guía les ha enseñado dos cuadros de Caravaggio: uno hablaba de la resurrección de Lázaro y otro de los pastores adorando al Niño Jesús recién nacido. Su mujer añadió:
“Es muy bonito y real. Parece que los pastores se van a acercar al niño, que juega cariñoso con su madre. Todo es muy  muy vivo, y a las figuras sólo les falta respirar.
En mi interior me arrepiento de nuevo de no haberme acercado hasta el Museo.  Luego sale a relucir la llegada a La Valeta del día siguiente y vuelve a hablar el canario para aconsejarnos, si no tenemos nada preparado, que cojamos un carro tirado por mulas para recorrer románticamente la ciudad. Como las noches anteriores la sobremesa se ha alargado más de la cuenta y luego las tres parejas más jóvenes (la aragonesa prefiere retirarse a descansar) hemos subido a la planta 7 y nos hemos sentado en Il Transatlántico Piano Bar a tomar unos whiskys con hielo. La conversación se ha dividido también en temas tan dispares como la política, la enseñanza o el alma. Es una manera tan idónea como cualquier otra para prepararnos para el sueño. Entre bromas, nos despedimos pasada la una de la madrugada deseándonos descanso para el cuerpo y el alma.
Sobre la cama encontramos el Programa de mañana que ha dejado nuestro ángel… del camarote, Noé. Le echo una breve ojeada. Lo más destacado, la llegada del Fantasía a La Valeta, la capital de Malta, a las siete de la mañana. Antes de meterme en el sobre del sueño, apunto estas últimas notas.

sábado, 5 de septiembre de 2015

EL CRUCERO (VI)

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Capítulo VI
Nápoles
                                      Lunes, 18 de mayo

 

Me he levantado a la seis y media de la mañana para ir al lavabo y al volver a la cama me he sentido atraído por la rendija de luz que se cuela por un lado de la cortina del balcón. La he descorrido un poco para no despertar a mi  mujer y lo que he visto fuera ha sido un espectáculo inolvidable. Hace poco que ha amanecido y en el horizonte del mar aparece irradiante una i gigantesca que alumbra el beso inmenso del mar y el cielo. El punto incandescente es el sol y la i restante, también encendida, el reflejo del astro rey rielando en el agua. No hay más que mar todavía alrededor del barco. Nápoles queda lejos aún, es sólo un deseo y una esperanza aventurera. Corro la cortina nuevamente y me vuelvo a meter en la cama.

A las nueve, y a punto de bajar al puente 6 a desayunar, descubro dos aves volando despistadas en el cielo; van primero hacia un lado y luego al otro; finalmente desaparecen del cuadro iluminado del balcón, descorridas totalmente las cortinas.

Hoy, como el barco no llega a Nápoles hasta la una del mediodía, toca hacer vida de a bordo. Perfecto. Hay un mundo de sorpresas aquí dentro. Así que, tras desayunar tranquilos y silenciosos (el mundo de aquí abajo, en este elegante comedor de Il Cerchio D’Oro, es tan distinto del buffet del Zanzíbar del piso 14, muy ajetreado, vocinglero y bullicioso; esto es lo que tiene el Crucero, que puedes elegir a tu capricho y comodidad tanto actividades y acciones como lugares donde llevarlas a cabo). Al salir me cruzo con el señor alto y gordo que me ha confundido con otra persona, y nos saludamos, él dedicándome una sonrisa entre indefinida y descarada y yo con la mano. Mi mujer se da cuenta y me pregunta una vez dentro del ascensor que nos lleva de vuelta al camarote:
“Cariño, ¿tengo que tener cuidado con él?”
Le sonrío y pongo cara de no entender qué ha querido decir.
“Me refiero a que ese hombre desde el principio me ha parecido que quiere ligar contigo.”  
“Sería una experiencia nueva”, digo en broma y sin dejar de sonreír.
Cuando entramos en la cabina aún me dura la sonrisa. Soy bastante dado a fantasear con hipotéticas aventuras misteriosas, pero de ningún modo a jugar con el sexo. Así que, al hilo de mis pensamientos, concluyo en voz alta para que mi mujer lo oiga:
“Ese hombre suda demasiado, cariño.”
Reímos de buena gana.
Salimos al balcón y nos sentamos en las butacas que simulan ser de anea. Noto la brisa del mar en la cara y veo volar los cabellos de mi mujer, que cambia constantemente de posición para evitarlo (no hay cosa que más nerviosa le ponga que notar cómo el viento le alborota el pelo de la cabeza recién peinado). Frente a nosotros hace rato que nos sigue, a lo lejos, la costa italiana besada por el mar Tirreno. En el cielo las nubes navegan en sentido contrario a la nave. Me apoyo en la barandilla para ver cómo en la parte inferior del Fantasía anchas franjas de espuma se abren provocadas por el paso inexorable de su casco.
Luego, tras consultar el Daily program, decidimos subir primero a la planta 16, que curiosamente aún no conocemos, para inspeccionar sus dependencias y luego descender a la 7, a L’Insolito Lounge, para asistir a la clase de Vals Inglés, que tendrá lugar a las once y media de la mañana. De este modo dejaremos trabajar a sus anchas a nuestro camarero Noé.
En la cima del barco descubrimos el Virtual World (cine de 3D, simulación de Fórmula 1, Máquinas para jugar, Sala con ordenadores para gente joven…), pero también el Liquid Disco Bar, una sala circular con pista de baile y amplias cristaleras a través de las cuales se puede disfrutar de extraordinarias panorámicas marinas por un lado y de los elegantes remates del barco por otro. Luego bajamos a tiempo a la 7 para aprovechar al máximo la clase de Vals lento. Allí está la pareja de monitores esperándonos y, cuando hay quórum suficiente, el joven, que es el que lleva la voz cantante, empieza sin más preámbulo a repetir, abrazado a su pareja, el paso del día anterior que nosotros no habíamos hecho por no conocer muy bien todavía el funcionamiento, desarrollo y ubicaciones de las múltiples actividades del Fantasía. El joven emplea todos los idiomas mal que bien para hacerse entender por sus improvisados alumnos; el español no se le da muy bien y cuando uno de nosotros se equivoca repite cómicamente la palabra “catastrofe”, “catastrofe” y se queda tan pancho ante nuestras risas. Finalmente, logramos coger el paso y lo repetimos en la pista ante la mirada inquisitiva del joven, que entonces levanta el pulgar en nuestra dirección y exclama con la misma intensidad que antes “¡bravíssimo!”, ¡bravíssimo!”, “yes”, “okey” y una retahíla de términos de aprobación, mientras la joven que le acompaña nos manda besos con la mano.
Satisfechos de nuestra primera lección, y una vez acabada la clase, enfilamos el sorprendente pasillo de los bares, tan conocido y visitado ya por nosotros en busca de un rincón romántico donde tomar nuestro diario Martini rosso con patatas fritas y galletitas saladas. Lo hacemos en La Vela Bar, llamada así porque todos sus adornos, incluidas las lámparas de mesa, tienen la forma de vela de barco. Nos enseñoreamos del tiempo. La vida así se “soporta” perfectamente. No tenemos ninguna prisa. Cuando queremos, después de saborear a gusto el vermut, subimos al camarote y descubrimos que Noé lo ha arreglado con manos exquisitas, dejando cada cosa en su sitio, con el cuidado y delicadeza de una mujer (Nasi dice que en algunos detalles es más pulido).
A todo esto, los motores del Fantasía se ponen a temblar con más fuerza que de costumbre bajo nuestros pies y es que acabamos de llegar a Nápoles. Nos asomamos al balcón y asistimos al momento en que el barco maniobra lentamente para arrimarse al muelle donde piensa atracar. Nos acompaña la variopinta silueta de la ciudad de la pizza y una pequeña bandada de gaviotas. Muy cerca, atracado enfrente, vemos el Shav Lazio, perteneciente al Grandi Navi Veloci. Las aguas del muelle aparecen muy turbias y las gaviotas, a flor de agua, buscan restos de comida en pleno vuelo.

Comeremos en Il Cerchio D’Oro y luego, tranquilamente (lo de “tranquilamente” es un decir porque según nos han dicho ya hay 32 grados de temperatura cayendo a plomo sobre las calles de Nápoles), luego, digo, saldremos a dar un paseo lo más largo posible por la ciudad del Vesubio, que hace un rato pudimos entrever entre la neblina. Con la mochila preparada (tablet, cuaderno de notas y botella de litro y medio de agua), hemos decidido lanzarnos a la aventura tras tomar, eso sí, nuestro café correspondiente (hoy lo acompaño con un Averna, que está delicioso). Y cuando nos levantamos para ir al deck de desembarco, se cruza con nosotros el hombre alto y gordo, que nos saluda con una extraña reverencia. De camino al puesto de seguridad mi mujer me pregunta:
“¿Pero ese hombre no tiene mujer?”
Le contesto que  nunca lo he visto con ninguna en lo que llevamos de crucero.
“Pues hacer solo un viaje de estos debe de ser muy aburrido.”
Se me ocurre decirle:
“Algún incentivo debe de encontrar al hacerlo.”
Ella sentencia:
“Muy raro, muy raro.”
Nos había contado nuestro hijo mayor, que ha visitado en diferentes ocasiones la ciudad desde que muy joven pasara aquí una buena temporada disfrutando una beca del Erasmus), nos había contado, decía, muchas cosas positivas y algunas no tanto de Nápoles, pero al conocer la ciudad de primera mano, llegamos a la conclusión de que dominan las notas negativas. Y ya de vuelta al barco, entre ruidos de martillos hidráulicos, bocinazos de coches y motos, el caos de circulación que provocan éstos a cada momento, en el que se ven envueltos los pobres peatones (aquí no se respeta un solo paso de cebra y sólo si te pones delante y, molesto, les exiges que paren, aun a riesgo de que te lleven por delante, algún coche frena de golpe para que pases); entre todo eso y la suciedad y miseria que se ve por todas partes, hasta en los lugares más visitados por los turistas, convierten a Nápoles en la ciudad más ruidosa, caótica y sucia de esta parte del mundo.
No podíamos imaginarnos cuando, tras dejar atrás la hermosa Estazione Maritima, subíamos la rampa del Castel Nuovo, que lo que nos esperaba en las calles y plazas del interior de la ciudad iba a ser tan negativo. ¿Era el sofocante calor el que acentuaba lo malo? Quiero creer que sí. De todos modos intentamos sacar el máximo provecho de cuanta hermosura arquitectónica, pese a todo lo anterior, posee Nápoles, que es mucha. La mole negra del Castillo, como un ave gigantesca que abre sus alas oscuras para acoger a los visitantes, ya contiene una belleza singular. Sólo el arco de entrada con sus relieves escultóricos merece la pena estar aquí, bajo este irrespirable bochorno. No hay nada que no remedie un buen trago de agua. Pero al poco tiempo, tras dar con la Via de Toledo, referencia principal para internarse en el casco antiguo, descubrimos lo que nos temíamos. Suciedad, tráfico endemoniado, incivismo por doquier, señales de robo y rotura de cristales de coches, hasta en las cercanías de la bellísima Piazza del Gesú y Santa Chiara, mendicidad a todas luces, patios interiores de bellos palacios convertidos en improvisados aparcamientos de coches y motos y un largo etcétera de incomodidades y muestras de mala educación. La cultura y el arte parecen dar la espalda (o haberse conformado a ello) a la alocada vida de los napolitanos, los de a pie y motorizados (especialmente estos últimos), y refugiarse en las hermosas fachadas de templos y palacios (convertidos hoy en Facultades universitarias) y en los puestos de libros de ocasión, segunda mano o simplemente viejos, que no antiguos, de los escaparates y tenderetes que recorren la Porta Alba o la Plaza de Dante, sólo hermosa en las alturas de las estatuas que coronan el Convitto Vittorio Emanuele y en el blanco, milagrosamente impoluto (aún no han llegado a él las pintarrajeadas costumbres de los insaciables grafiteros) de la estatua del insigne autor de la Divina Comedia, el cual, dando la espalda al Convitto, mira resignado a la ruidosa Via de Toledo. El caos del tráfico rodado (“robado”, diría yo, al buen sentido) y el calor estival reinante bien pudieron inspirar a Dante su Infierno (con razón el de Florencia apunta nostálgico con su dedo hacia su ciudad natal, anhelando inútilmente la calma y la serenidad de la campiña Toscana). Sin embargo, todo hay que decirlo, en medio del barullo incesante y el desconcierto general aparece de vez en cuando a nuestro paso indagador algún rincón de sosiego, milagro de paz y serena belleza, como el patio solitario, ¡sin coches ni motos!, donde junto a unas macetas de elegantes aspidistras se yergue el blanco callado de una estatua de mujer cubriéndose pudorosa sus partes íntimas.

Ahora, gracias a Dios de vuelta a nuestro camarote del Fantasía, y habiendo descartado (cuando se lo dijéramos a nuestro hijo mayor se enfadaría) la Flagelación, de Caravaggio por quedarnos bastante lejos de la ruta que habíamos elegido y también por la falta de tiempo el Museo de Campodimonti, donde se hallaba), de vuelta digo al camarote del Fantasía todo acaba bien con una ducha larga y una siestecita más que regular mientras mi mujer contempla en la tele internacional un episodio de la serie Seis hermanas que comenzó a ver antes de iniciar el crucero. Después, mientras asistimos a la partida del barco para dejar atrás  Nápoles, tomamos en La Vela el batido de rigor, haciendo tiempo (mejor viviéndolo sin prisas) para el comienzo del espectáculo en el Teatro de L’Avanguardia, que hoy ha sido un tributo (no en vano se titula Tribute) al mundo de la ópera: un tenor y una soprano, muy bien los dos, nos han deleitado con arias de conocidas obras, entre las cuales, “E Lucevan l’Estelle”, de la Tosca de Puccini; pero también un tributo a otras culturas musicales y bailarinas, como la nuestra (Granada ha sonado algo rara en la garganta del tenor, pero han volado airosamente los pliegues de los vestidos de las bailarinas andaluzas).

En cuanto a la cena con nuestros compatriotas, hoy ha sido más animada y confidencial que las dos noches anteriores, si bien el matrimonio de Aragón no ha acudido al comedor (posiblemente, Dolores, la mujer, diabética, se ha debido de encontrar mal; le preguntaremos mañana en cuanto la veamos). Ha vuelto a surgir el tema de los hijos y los nietos, junto con el de los viajes y la excursión a Pompeya que ha vivido la pareja madrileña y que, según el hombre, no le ha gustado; critica la prisa en verlo todo (que es como decir que no han visto nada como a ellos les hubiera gustado) y el no haber tenido tiempo siquiera de tomar café después de la comida, igualmente precipitada y pobre. A una pregunta del canario de Santa Cruz de Tenerife, contesta que en la agencia de viajes madrileña contrataron el paquete de excursiones del Crucero a mitad de precio. Y tras unos minutos de silencio, se pone confidencial y nos cuenta brevemente su vida de estos últimos años. Nos dice con alguna lágrima rondándole los ojos que enviudó hace unos años y recuerda mucho y echa de menos a su mujer. Que al poco tiempo conoció a la mujer que le acompaña y se juntó con ella. No se han casado por decisión de ambos, dice, que así están mejor, cada uno con sus bienes y sus aficiones. Parecen los dos buenas personas.

Tras la cena, hemos seguido la sobremesa los cuatro en la Piazza San Giorgio, bonito rincón con techo pintado de azul y nubecillas, veladores y sillas de hierro y fuentes blancas con surtidores de habla suave y agradable. El sonido del agua, la voz de la cantante y la música del piano que la acompaña y nuestra conversación amistosa, sin reservas ya y con refrescantes cócteles delante han formado una sinfonía inolvidable. Habíamos quedado también con la pareja canaria, pero al final no se presentaron. Así que la conversación tiró enseguida por el camino de Aranjuez  y primero el hombre y después su pareja nos contaron cómo viven desde que se jubilaron, qué planes tienen, a qué dedican su tiempo libre, como dice la canción. Él me habló de un huerto que cuida que tiene algunos frutales, y de cuando estaba trabajando de jefe de equipo en una empresa alemana, y de sus cuatro hijos, y sus nietos…, y de su primera mujer… y de  ésta que vive ahora con él, relación que aprueban sus hijos, según dice con alguna lágrima en los ojos.

A las tantas de la noche nos despedimos, y cada mochuelo a su olivo. Mañana será otro día. Al entrar en el camarote, descubrimos sobre la cama el Programa de actividades del día siguiente, entre las que destaca la arribada del Fantasía a Mesina a las ocho de la mañana. Ya contaré.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

EL CRUCERO (V)

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Capítulo V
Me confunden con otro hombre
                                                        Domingo, 17 de mayo

El barco llega a Génova a las 7 y media de la mañana. Se oyen sus motores mientras todo él se estremece bajo nuestros pies. Está entrando en la dársena del puerto acompañado de una pequeña bandada de gaviotas. En el muelle de enfrente un barco viejo, oxidado, recuerda, atracado a él, mejores tiempos. El Fantasía, este gigantesco hotel flotante en el que estamos viviendo, maniobra lentamente buscando su perfecto acoplamiento, mientras la ciudad natal de Colón baila alrededor con su silueta característica y el sol matutino entra de rondón en el camarote. Aparece, al paso lento del nuestro, el transatlántico Caribbean Princess, que ya lleva atracado un tiempo, cuya inmensa y bella mole cautiva nuestra mirada. Abajo, en  el muelle, aguardan con las maromas en las manos para atracar el Fantasía los empleados de la naviera. Noto que el barco está ansioso por extender su pasarela a nuestros pies para ponernos en contacto con la ciudad. Yo también estoy ansioso por visitar Génova.

Y ahora, pasada la una del mediodía, estamos de vuelta de nuestra visita ante la hermosa fachada de la Estazione Maritima, junto a la enorme hélice dorada que sirve de monumento a la marina. Tras la presentación de la cruise card y la identificación correspondiente, buscamos con alivio el ascensor que nos lleva a nuestro camarote. Y en el balcón, ahora en sombra, y a la vista de la fachada posterior de la Estazione, tomo asiento para escribir lo que recuerdo de la visita a la ciudad.
Una vez que cruzamos la estrada, avistamos la Via Pré y por ella andamos unos metros hasta el Mercado Comunale. Por la escalera pegada al pretil descendemos hasta la concurrida Via  Gramsci y caminamos por la acera hasta llegar a la altura del Galeón de Neptuno, que está atracado al otro lado de carretera y cuya imponente estampa (mascarón de proa, casco, mástiles, jarcias y demás componentes) me recuerda uno de aquellos que se usaban en la época del descubridor de América para dominar los mares. Cruzamos la Vía y durante unos minutos examinamos su enorme volumen. Después curioseamos aquí y allá por el bullicioso paseo entre vendedores ambulantes y llegamos hasta la plaza de San Jorge. Curiosa mezcla entre las pinturas exquisitas del exterior del Palacio del mismo nombre y el rastro casi miserable que se extiende a sus pies donde se venden objetos y prendas de vestir de cuarta, quinta o enésima mano. Algo más adelante enfilamos la calle de San Lorenzo hasta dar con la hermosísima catedral de su nombre. El santo mártir y su famosa parrilla aparecen en el tímpano de la entrada principal mientras que en los extremos de su bellísima fachada, construida entre los siglos XII y XIV y con elementos góticos y románicos (la torre del campanario y la cúpula son del siglo XVI), dos soberbios leones de mármol son montados por chiquillos ante la pasiva mirada de sus padres (¡qué le vamos a hacer!, el incivismo está a la orden del día y la educación de los padres y tutores de los pequeños en total penumbra).
 Preferimos contemplar el interior del templo. Enseguida llaman la atención, entre otros detalles, los arcos subidos sobre otros que sirven para separar la nave central de las laterales, el mármol verde y blanco tanto en arcos como en columnas, el colorido del rosetón y las vidrieras, los sepulcros y sus magníficas estatuas, el órgano con puertas abiertas decoradas con bellas pinturas, la bóveda de estucos y medallones que rodean los frescos de Tavarone…, todo formando una sinfonía arquitectónica solemne pese al gentío que entra y sale, deambula aquí y allá portando cámaras de fotos (yo no me excluyo: si no añado a la información escrita previa que llevo conmigo la gráfica del instante vivido estoy absolutamente perdido); lo que no soporto de ninguna manera son los comentarios en voz alta que unos y otros hacen a mi lado casi en el pabellón de mi oreja. Menos mal que la belleza es incorruptible.
Y salimos de la catedral para seguir subiendo. Algo más arriba, a la izquierda, damos con el Palazzo Ducale, en la piazza Matteotti, ocupada por un mercadillo de alimentos artesanales. El palacio fue sede del gobierno de la República y hoy de grandes eventos, exposiciones y actividades de prestigio. Teatro, pintura, mucha luz y claustros lisos, casi minimalistas, hechos sólo para buscar la paz y el equilibrio, paréntesis entre los actos encaminados a la recreación del espíritu. Tras dejar atrás el Palacio, llegamos a la Plaza Ferrari. La sensación fue ver en el centro la fuente con un chorro de agua rosa, detrás la fachada circular de la Bolsa y a la izquierda la estatua ecuestre de Garibaldi defendiendo las columnas del Teatro de Carlo Felice. Por el XII de octubre bajamos hasta encontrar escondido en un jardín particular la réplica blanca del David de Miguel Ángel. Foto obligada, lo mismo que en otros sitios, camino ya del paseo marítimo, como la Puerta Soprana, la efigie de Elvis Presley en la entrada de un bar próximo o, ya en el muelle, la esfera de la vida frente al acuario y junto a la hélice gigantesca que reposa delante de la Estazione Maritima. Aún hay tiempo de cruzar nuevamente la estrada y enfilar la Via Garibaldi para acercarnos al Palacio Blanco y admirar las pinturas de Veronese y Caravaggio, entre otros, especialmente su magnífico Ecce Homo. Algo cansados volvemos a la Terminal. El Fantasía parece desde fuera un animal fabuloso que espera sorprender a cada instante al pasajero que va a entrar en su grandioso vientre. Como un Jonás voluntario, entro en él en busca de nuevas sorpresas, pese a llevar tres días a bordo y haberlo visto casi todo.

Es la hora de comer y lo hacemos en Il Cerchio D’Oro. Nos acompañan dos parejas españolas, una andaluza y otra madrileña, que, por lo visto comparten mesa por la noche. A una pregunta, contestamos que es nuestro primer crucero y en seguida se turnan las dos parejas para hablarnos excelencias de los cruceros que han realizado. Luego dicen que se han quedado en la zona de las piscinas disfrutando del agua, el sol y los refrescos. No han bajado a ver Génova porque ya la conocían de otras veces, añade el hombre andaluz, que aprovecha para quejarse de algunos servicios del barco, a lo que el madrileño intenta quitar hierro diciéndole que ha debido de haber algún malentendido por culpa del idioma, que los camareros son muy simpáticos y bla bla bla. Se interesan por nuestra procedencia y al conocerla nos preguntan sobre el tema del independentismo catalán. Preferimos emplear generalidades para evitar que la comida nos siente mal.

A las cuatro y media de la tarde, después de haber tomado el café y una averna con hielo en El Capuchino Bar y de subir al camarote a reposar un poco, decidimos subir en bañador a la zona de las piscinas a tomar el sol y si hay sitio a probar las burbujas del jacuzzi. Con las toallas naranjas bajo el brazo alcanzamos la cresta del animal fantástico, que a esas horas está bastante habitada por gente medio en cueros. Buscamos un par de hamacas vacías, extendemos las toallas y nos colocamos adecuadamente sobre ellas. Al poco rato, ya no puedo aguantar más el calor y me  acerco a la barandilla superior. Me apoyo en ella notando en la cara la brisa del mar. Es agradable mirar desde aquí arriba cuanto se nos ofrece a los ojos. Abajo, enfrente mismo, se abre el jardín de un palacio. Hay una fuente rematada con una estatua, posiblemente un dios marino, Neptuno tal vez (es uno de los motivos estatuarios más recurrentes), acompañado de dos caballos del mar; en los paseos del jardín deambulan como hormigas en busca de su hormiguero unas cuantas personas. Al fondo del jardín nacen dos escalinatas que se juntan en la explanada donde se levanta el palacete, en el que destaca el juego de arcos y columnas de la fachada principal. Detrás de éste asciende la montana hasta un cielo azul apenas habitado de unas nubecillas desleídas como gasas desprendidas de un vestido turquesa, y en la ladera verde de la montaña brotan aquí y allá casas blancas, torres de iglesias y otros palacetes. De vuelta a la hamaca opto por meterme en el jacuzzi junto a tres jóvenes italianos que hablan sin parar. Me relajo. Luego llega mi mujer y hace lo mismo y los tres jóvenes siguen metidos en las burbujas sin hacer intención de salir del jacuzzi. Nasi y yo intercambiamos unas palabras sobre el asunto y decido dejar la pequeña piscina circular y regreso a la hamaca. Tomo el cuaderno y me pongo a escribir un párrafo sobre la poca atención y la nula generosidad que mostramos las personas con los demás cuando estamos en un sitio común, llámese jacuzzi o sauna o chorros de agua caliente en un SPA, al que de pronto consideramos de nuestra absoluta propiedad. En ese momento llega mi mujer con parecido talante al mío añadiendo que aún siguen los tres jóvenes italianos metidos en el jacuzzi. Cierro el cuaderno.

“¿Sabes lo que te digo? Que hemos venido aquí a pasarlo lo mejor que podamos. Olvidemos a esos caraduras y, en compensación, tomemos un batido bien fresco. ¿Qué te parece?”

A mi mujer le parece estupenda la idea. Se tiende al sol sobre la hamaca y yo me levanto para acercarme a la barra del Gaudí Bar. Mientras espero a que el camarero venga a atenderme, se me acerca el hombre alto y gordo, ahora más gordo que nunca por estar en bañador (podría nadar sin moverse por los michelines que tiene en la cintura, pienso al instante). No me sorprendo lo más mínimo porque creo que ha venido como yo a pedir algo al camarero sudamericano que anda detrás del mostrador. Pero no. Al parecer soy yo el centro de su atención. Me mira con descaro unos segundos y está a punto de abrir la boca cuando el camarero sudamericano me pregunta qué quiero tomar. Respiro con alivio. Con la carta abierta por la página de los batidos, le señalo un Mango Sunrise y una Piña Colada. El camarero se pone a hacerlos y yo miro de reojo al hombro alto y gordo con michelines. Vuelve a mirarme descaradamente y enseguida abre la boca para decirme:

 “¿No nos hemos visto antes?”

Le contesto que es posible, en el barco, en el autobús de Marsella…

“No, no; me refiero a Barcelona. ¿No es usted Sebastián Cárdenas, el crítico de arte del Eixample?”

Niego con la cabeza mientras pienso que es una manera muy extraña de entablar una conversación tan lejos de Barcelona, en un crucero de relax. Lo mejor hubiera sido hablar del confort del barco, de las comidas o de las propias excursiones en tierra, qué sé yo… Pero él sigue con lo suyo.

“Juraría con la Biblia delante que usted es Sebastián Cárdenas. Es clavado. El pelo blanco, gafas de Prada, bigote y perilla, delgado, de una estatura así como la suya, hasta me pareció que tenía su mismo andar, algo encorvado y titubeante. En cuanto lo vi subir al barco el viernes pasado, me dije qué suerte he tenido al encontrarlo aquí. Así me desharía de un peso que llevo encima desde hace meses.”

Le oía sin escucharle realmente, pero al decirme que había tenido suerte en encontrarme a bordo y que desharía de un peso que llevaba encima desde tiempo atrás, confieso que despertó mi interés, si bien quedó sólo en eso. Así que cuando, después de mostrar al camarero mi cruise card y tomar los dos batidos solicitados, me retiraba de la barra, le contesté simplemente, aunque enseguida me arrepentí:

“Siento no ser ese crítico de arte que dice”.

Y lo dejé con la boca abierta.

Al llegar a las hamacas, le dije a mi mujer que acababa de cruzar unas palabras con el hombre gordo y sudoroso del autobús de Marsella.

“¿Qué quería?”

“Nada, me ha confundido con otra persona.”

“Pues asunto zanjado”.

“Eso, asunto zanjado”, y le di la Piña Colada.

A las seis de la tarde, casi a la misma hora de ayer, el Fantasía abandona la dársena acompañado del barco piloto y una pequeña bandada de gaviotas que más tarde, cuando el barco entre en mar abierto, también volverán al puerto. Dentro de un rato se volverán a quedar solos el mar y el transatlántico. Y la noche, más sola todavía, sumirá a los dos en la calma más absoluta. Pero dentro del Fantasía, en su vientre habitado, seguirán latiendo los corazones de los pasajeros, sonando la música en los rincones más románticos y la explosión de aplausos y sonidos en el Teatro, como un mágico paréntesis sin tiempo, en un recinto aislado, cubierto, lujoso y seguro, que se desliza sin prisa sobre los múltiples y misteriosos senderos del mar, y en su exterior iluminado por luces de esperanza.

Antes de ir al Teatro, como cada tarde, tomamos nuestro cóctel correspondiente y nos damos un paseo por la cubierta 7 viendo al sol ponerse en lontananza, mientras sobre nuestras cabezas los botes salvavidas (leemos que cada uno tiene una cabida de 150 personas) adornan la seguridad del barco.

El espectáculo de hoy es una nueva exhibición del estupendo equipo de animación del Fantasía, que ha puesto en escena una recreación musical, bailarina y circense (ya nos tienen acostumbrados a este tipo de acrobacias y coreografías) de El Zorro, el mítico aventurero. Lo mejor, a mi parecer, ha sido la interpretación de la virtuosa violinista.

Y la cena en Il Cerchio D’Oro. Con la confianza en aumento, las conversaciones de los comensales tratan, no podía ser de otro  modo, de más viajes, de lugares que se han visitado y otros que se piensan visitar, de hoteles, de coches que se alquilan en los diversos desplazamientos, de AVES y trenes de alta velocidad y, claro, de cruceros. Y surgen las inevitables comparaciones y, para que no se moleste nadie con afirmaciones demasiado contundentes o partidistas, aparecen los silencios repentinos, las palabras a medias. Pero ya digo que aún así la confianza (que siempre acaba dando asco, como dice el refrán) va aumentando entre nosotros de plato a plato, y brotan por generación espontánea los chistes y juegos de palabras algo subidos de tono. Todo vale al parecer en un viaje en barco de ocho días hasta cierto punto compartido, menos contar secretos. Al menos de momento (ya llegarán).

Tras la cena, la pareja de Madrid nos ha acompañado al baile de L’Insolito Lounge, del deck seven. Hemos pasado un rato muy agradable, tanto en el rincón que ocupábamos tomándonos unas copas como en la pista de baile marcándonos unas cumbias tocadas y cantadas magistralmente por la orquesta de turno.

Y ahora, pasada la una de la madrugada (¡vaya vida para unos modestos y tranquilos jubilados!), ya recogidos en la paz de nuestra cabina, redacto velozmente estos apuntes antes de meterme en la cama. Mañana toca Nápoles. Mientras lo pienso, me doy cuenta de que los poderosos motores del Fantasía siguen temblando bajo mis pies (nunca están quietos) camino de Nápoles. Este gigantesco complejo turístico que avanza majestuoso surcando la inmensa espalda del mar Tirreno.