lunes, 6 de octubre de 2025

MEMORIAS DE UN JUBILADO. CAMINO DEL DUERO (III)

       


Aunque estemos ya en octubre y el otoño de este año siga su camino hacia el futuro, me resisto a olvidar el bonito viaje camino del Duero que realicé con mi familia en septiembre del año pasado. Por eso no me canso de recordarlo aquí.

Por los puentes de Zamora,

sola y lenta, iba mi alma.

No por el puente de hierro,

el de piedra es el que amaba.”

                         Blas de Otero


DE VUELTA  A ZAMORA

Mientras tomamos el vermú en la Plaza Mayor, rodeados del bullicio de la feria, aprovecho para quedar para esta tarde con la pareja zamorana que más quiero. Ocellum se llama el bar, donde el Café Durii estab cuando yo mozo tomaba tarta y café los domingos con los amigos del alma. Uno de ellos es el hombre que voy a ver esta tarde después de un siglo de ausencia.  De vuelta al piso sufrimos otra vez al ver la ruina donde la vida y el arte de Abrantes tuvieron alma

En la mesa consagramos la mañana con platos y vinos de la tierra recordando los campos y horizontes de San Pedro de la Nave y Moreruela. Vivir Zamora es mirar al cielo y ver en él el alma de sus templos, pasear por sus calles y sentir los latidos de su corazón despierto junto al Duero mientras somos testigos de su éxtasis. Y yo el primero que en septiembre he vuelto --veinte años no es nada-- a mi tierra, y no a revivir los antiguos recuerdos sino a vivir Zamora, la Zamora de ahora, la que me hace sentir y vivir de nuevo


SUEÑO

Siesta redentora mientras nuestro hijo van a recorrer las carpas de la oveja reproductora. A la luz de la lámpara de la mesilla de noche, que se enciende con un leve toque del índice en el círculo superior de la tulipa, leo las notas escritas durante el viaje hasta que la modorra de la comida zamorana y el orujo gallego que la dueña dejó a nuestro abasto adormece mi mente y vuelve de plomo mis párpados. En lo que fue uno de los claustros de Moreruela una voz a mi espalda me llama por mi nombre. Me giro para responder y descubro que estoy solo, --mi familia se ha debido quedar en la girola, hechizada por el revoloteo de las palomas--. Ha sido el viento entre los palitroques del nido de la mediada espadaña. Mi mujer entra en la habitación y yo salgo del claustro de Moreruela. Toca salir de paseo por nuestra cuenta.


LA GOLONDRINA

En el cine Ramos Carrión, tras la estatua del dramaturgo, vemos el cuadro de La Golondrina, un clásico en Zamora, el cuadro que pintó Antonio Pedrero para hablar de personas emblemáticas que construyeron gran parte de su historia y su intrahistoria. Ahí en esa barra de bar de ciudad de provincias el propio pintor, hijo del dueño, de espaldas, sirve a la parroquia, y mirándonos desde la muerte confirman su vida Claudio Rodríguez y Ramón Abrantes, amigos del alma, y con ellos, el ciego y su lazarillo, el cantaor, el Chuleta... personas de las calles de Zamora de los años cincuenta, cuerpos y almas que retrató Pedrero en un momento eterno de sus vida


AL ENCUENTRO DE NUESTRO AMIGOS ZAMORANOS

Hemos dejado atrás el Adán caído de Barrón en su bronce inmortal siempre elevado como su bien armado hermano Viriato. Y por la calle de Santa Clara arriba, vamos al encuentro de nuestros amigos zamoranos. Y en la emblemática Farola del Parque de la Marina --¡menudo cambio respecto del ayer de Instituto y templete!-- nos abrazamos –los trabajos y el tiempo nos han castigado a los cuatro-- como si las dos parejas volviéramos de la muerte y la nada. Luego de bar en bar, de confesión en confesión --para recobrar el tiempo y la distancia--, editamos una tarde gloriosa, tras la cual nos retratamos como amigos eternos delante del Ayuntamiento Viejo para conjurar problemas nuevos. Nos despedimos hasta siempre --al día siguiente nos íbamos a Soria a seguir viendo el Duero de vuelta a Barcelona-- y otra vez el abrazo selló nuestra promesa.




SORIA


...conmigo vais, campos de Soria,

tardes tranquilas, montes de violeta,

alamedas del río, verde sueño

del suelo gris y de la parda tierra.,

agria melancolía

de la ciudad decrépita,

me habéis llegado al alma,

¿o acaso estabais en el fondo de ella?”

                             Antonio Machado



Antes de llegar a Soria siguiendo al Duero, pasamos por San Esteban de Gormaz --el segundo juglar del Cid-- a ver el Puente románico sobre dos cauces del río, uno de ellos turbio y huérfano de álamos y otro umbrío lleno de versos rojos que dejó olvidado el juglar del Cid que aquí nació. Gritos de las hijas del Campeador en el robledal de Corpes –semidesnudas y azotadas por sus maridos los Infantes de Carrión--:...hasta las aguas del Duero ellos arribados son; la torre de doña Urraca de posada les sirvió. Y a San Esteban se fue aquel buen Félez Muñoz.”




SAN MIGUEL

Por la cuesta de San Miguel subimos hasta la iglesia que besa el cielo al que pertenecía el arcángel que le da nombre. La piedra arenisca que la recubre se deshace al sol como miel derretida, incluidas las figuras de los capiteles de las columnas que forman su bello pórtico, modelo de futuras iglesias de Castilla. Incluido el canecillo de la cornisa de la galería donde un monje sostiene un libro abierto y la inscripción donde se fecha el templo, que, al ritmo que sigue el deterioro de esta joya, también corre peligro. Pero siempre conservará el espíritu del primer románico.




PASEO POR SAN ESTEBAN DE GORMAZ

Antes de seguir nuestro camino del Duero hacia Soria, tomamos en un bar de la misma travesía de la ruta el clásico rubio de la cerveza matutina mientras no dejo de recordar las lápidas, placas, inscripciones antiguas que hemos visto paseando incrustadas en las casas --ricas, modestas, arroñadas-- de camino hacia aquí, muestras seguras de un pasado glorioso --no en balde esta ciudad estuvo en rutas de la Lana y el Cid. El cielo azul y recortada en él la espadaña de Nuestra Señora del Rivero.


RECUERDO DE CAMINO A SORIA

Ahora marchamos a la Soria inmortal mientras ayer empieza a ser pasado melancólico. Muchas emociones se acumularon bajo un cielo parecido sobre el Duero con gente como nosotros. Zamora es eso: emociones intensas recorriendo las calles sin descanso. Nidos de cigüeñas vacíos, pero habitados de esperanza. Como el “hasta pronto” de los amigos cuyas palabras aún suenan en nuestros corazones.


SORIA

Llego a Soria con la misma ilusión que llegó Antonio Machado al Instituto a hacerse con su plaza de Francés. Sin embargo, mi caso es muy distinto: yo sólo vengo a recordar su huella --canto y elegía; amor y muerte-- con su esposa Leonor –tres años tuvo feliz su corazón; después la niebla de Dios nubló su vida para siempre dejándolo tan solo como el mar--, Leonor, que reposa en el Espino Aquí nos apeamos, en la altura de Soria donde está la tumba de la mujer que inspiró al poeta. Luego nos acercamos a la lápida sobre la que están escritos sus dos nombres --Leonor y Antonio--, que leemos como si fueran dos versos del Poema de la Vida, del Amor y la Muerte: Vive, esperanza, ¡quién sabe lo que se traga la tierra!”




ELEGÍA

Duerme su muerte Leonor

mientras recuerda su amor

el poeta del camino

que basaba su destino

en buscar al Creador,

que le pagó con dolor,

con soledad y viudez.

Las dos cosas a la vez.

Sólo le quedó el destino

de ser huella en el camino.


EL OLMO

A un lado, separado del asfalto por una cerca de hierro, el olmo, remendado con cemento, inspira ternura, y aunque no haya ningún mayo que lo haga rebrotar, no dejarán de sonar los versos de Antonio Machado: Mi corazón espera, / también hacia la luz y hacia la vida, /otro milagro de la primavera.”




CON EL DUERO

Es tarde ya. Y el sol arriba nos recuerda que debemos ocuparnos de nuestro piso aquí en Soria, por lo menos para dejar las maletas y el cansancio a buen recaudo, y después de comer dar el primer abrazo al corazón de Soria. Así que bajamos del alto Espino hacia donde el padre Duero escribe las estrofas de su romance limpio. Tras dejar a un lado la concatedral de San Pedro --el recuerdo del miedo que causó su incendio llevó el centro de Soria al Collado--, enfilamos la Calle San Agustín, donde finalmente aparcamos el coche--nuestro piso a unos pasos. Momentos después buscamos el centro histórico--de paso, un bar para comer algo--.


ANTE LA ESTATUA DE LEONOR

¿Qué hace aquí sola Leonor en la Plaza Mayor, sin su poeta, delante de la iglesia de Santa María la Mayor, donde un día contrajeron matrimonio. ¡Qué exento de emoción se queda el bronce de la esposa ahora, tan lejos del profesor de Francés que enseñaba el idioma de Molière con su deje andaluz tan sevillano! ¡Y qué cerca de aquí siguen los álamos de oro que flanquean el Duero, el río que recogió con gratitud sus versos y los llevó consigo entre reflejos puros de almenas y espadañas! Mediodía. 




GERARDO DIEGO

Soria es una ciudad para poetas. A cualquier paso que das te encuentras uno. En la acera del Casino al mismo Gerardo Diego sentado leyendo un libro. Le ofrecí mi petaca de Jack Daniel's mientras le recordaba un verso suyo --"las naves por el mar, tú por tu sueño"-- y lo dejé soñando encerrándose en su bronce, con su café y con su libro y su romance del Duero.


A LEONOR Y MACHADO

Mirando a Santo Domingo

--esa joya del románico--,

sentado también hallé

con su bronce al buen Machado.

Detrás tenía a Leonor

con él viva en un retrato.

Medité que así cualquiera

soporta el tiempo y su paso

y el dolor de haber perdido

lo que da el amor alado.

Lo dejé en el Instituto

con su Francés sevillano,

buscando el verso de Dios

que rimara con los álamos.


SANTO DOMINGO

Es la portada de Santo Domingo un libro al sol de lectura sagrada con el Pantocrátor mejor del mundo. Nos lo traduce el guía familiar ilustrado con arcos y dovelas, columnas y arcos ciegos, rosetones, capiteles y Nuevo Testamento... Me pierdo en religiones y regreso a la práctica, al latido de la vida vivida con los míos, esta tarde en que las piernas pesan y el cansancio exige el fiel reposo de una siesta. El libro de piedra de Santo Domingo tiene el principio en las cinco arquivoltas de la puerta, y final en la rueda de luz del rosetón; el tema central --la bondad y la maldad-- en el tímpano. Y el mensaje eterno --la piedad-- en la capilla del Cristo.




LOS PISOS TURÍSTICOS

Los pisos turísticos son, como los hoteles, de todos y de nadie en particular, no acaban de gustarte nunca porque son impersonales, inquietantes y lejanos. Hay alguno, sin embargo, como el de Zamora, que puede llegar a acariciarte el corazón con la ilusión de volver a tus raíces y ver y sentir el Duero de tu infancia, o la atención de la dueña con su bizcocho y las palabras de bienvenida escritas en el recibidor. Pero el piso de Soria, tan moderno, tan ordenado, tan completo, tan indiferente, tan fantasmal... que parecía esperarnos para vivir, para aprender nuestros nombres y respirar con nosotros cuando usamos el sofá y nos dormimos mientras nuestros hijos se han ido a pasear y a tomar algo hasta la hora de la cena. Y sueño con el Duero de mi infancia que pasa allá abajo, cerca de aquí, ahora que soy viejo y me recuerda los versos de Machado y de Gerardo Diego y acabará dictándome los míos algún día... Mientras siento en mi mano la mano de mi mujer que descansa a mi lado...

            


NOCHE SORIANA

De noche cerrada salimos los cuatro hacia la Plaza Mayor envuelta en música --hay concierto, dijeron los hijos--. n La farola de la Iglesia alumbraba a Leonor, tan sola, tan ajena al bullicio de la gente --público enfebrecido--y a los cánticos de los artistas que en el alto escenario se acompañan de piano y violines, que me acerqué para hacerme una foto con ella. Rayos de luz espasmódica envolvían de misterio a los cantantes y a la gente que se arracimaba entorno a ellos. Las terrazas de los bares hervían de tapas y cervezas. Los hijos encontraron una mesa libre y nos sentamos. Las voces y la música destrozaban el palio de la noche. En la Plaza la noche soriana goza el concierto --sones de Paco Lucía y requiebros de violín--. Leonor, delante de la iglesia, duda entre coger la silla y marcharse al silencio de Antonio o sentarse en ella y dejar que el piano acabe convirtiéndola en la nota más excelsa.


Detrás del escenario, velada entre las sombras, a medias se sostenía el Palacio de doña Urraca. A ella no llegaría la charanga. Mi mujer y yo preferimos oír la música silenciosa de la historia y paseamos hasta allí. El caso Machado-Leonor dejaba oír su dramático desenlace y los versos de queja que el poeta dirigió a Dios. El caso de Doña Urraca, esposa del Batallador, que acusada de adulterio fue encerrada por el Rey, dejaba oír el llanto lastimero de la Reina y temblaban de miedo las llamas de los candelabros que decoran las placas de piedra del balcón.


DE REGRESO A BARCELONA

Después de desayunar, listos los equipajes, iniciamos el regreso a Barcelona no sin hacer las últimas visitas programadas en Soria, la otra ciudad del Duero, puesta la memoria en Bécquer y Machado, en el río y los álamos, en San Juan de Duero y en el Rayo de Luna --Manrique el soñador, alma de las Leyendas, y Leonor la musa de los Campos de Castilla--. Los adioses, cuando se hacen por la mañana temprano: saben a punto y aparte, a café caliente, nuevo, y a esperanza de verdad. Y así bajamos al Duero a pasear por la orilla y la alameda –parece que Machado y Leonor van con nosotros pisando el verde de la ribera--.Descansa el río en la azuda y en él el Puente se mira, imitando así a una garza que acicala su plumaje sobre las mojadas piedras. Es el momento ideal para sentir que el pasado vive al lado del presente bajo el hechizo del Duero.



BÉCQUER EN SORIA

El pasado de Bécquer vive en el claustro de San Juan de Duero --el Puente Medieval y el Monte de las Ánimas a un paso--. Entramos los primeros y felices saludamos a su bronce, sentado, reflexivo. ¿Acaso espera al iluso Manrique para abrirle los ojos y hacerle ver que la mujer de blanco de quien se ha enamorado no es más que un brillante rayo de luna? ¿O sólo está pensando escribirle una rima al minino que tan fijo le mira? Yo lo haré por él en otro lugar. Los gatos para Bécquer son animales sabios y enigmáticos. Amparo, la muchacha de La venta de los gatos, comprende el lenguaje secreto de los gatos. Cuando llega a la venta siembra el temor en la comunidad desafiando sus normas. La presencia del monte de las Ánimas, tan cerca, hace lo suyo.


El claustro de San Juan de Duero, puzzle románico donde los haya --arcos, columnas, capiteles...--juega al desconcierto con nosotros --los dos templetes de la iglesia iniciaron las bazas--. Monasterio ayer, hoy campo de luces y sombras vanos de arcos de sol en la herradura que mastican hierba, pisadas, recuerdos de turistas. ¿De nosotros se acordarán Machado y Bécquer, Claudio Rodríguez y Gerardo Diego --y las criaturas del aire que inventaron-- cuando todos nos volvamos a ver en el Valle de Josafat? No importa, me consuela saber que aquí Manrique aprendió a descubrir la poesía en la contemplación de la naturaleza.




¡HACIA BARCELONA!

¡El camino del Duero! Ya podemos reemprender el retorno a Barcelona. Porque ya el vivir y hacer este viaje por el Duero --maestro indiscutible--, nos ha enseñado a ser agradecidos, a Soria, a Zamora y al río, ¡el Duero!, cordón umbilical de tantos sueños y tantas emociones, tantos nombres de gentes que a su paso se rindieron y en verso y prosa fieles lo cantaron. Y tanto arte románico –murallas, templos, puentes, castillos y palacios-- que disfrazó en su espejo vida y muerte, odio y amor, traición y lealtad. Y siempre habrá emociones y recuerdos, experiencias, anécdotas amables artísticas y humanas que den lustre a nuestra vida para siempre. Amén.












sábado, 27 de septiembre de 2025

MEMORIAS DE UN JUBILADO. Mis libros favoritos (III): María Luz Morales

 


    Hace unos días llevé conmigo a la playa de Tossa el libro de María Luz Morales, Antología del Hogar (Dalmau Carles, Gerona, 1936), al que considero uno de mis libros favoritos, y cuya autora y cuyo contenido hoy traigo a mi blog para honrarlos como deben. María Luz Morales Godoy (La Coruña,1889-Barcelona,1980) fue una escritora adelantada del periodismo cultural del siglo XX. Sus primeros pasos los dio en 1921 dirigiendo El hogar y la moda. Estuvo al frente de la revista durante cinco años. En 1923 envió a La Vanguardia unos ensayos sobre Don Juan y sobre teatro infantil, cuya calidad literaria le abrieron la puerta del periódico. En 1924 se hizo cargo de la crítica cinematográfica con el seudónimo Felipe Centeno, personaje de Galdós que aparece en las novelas Marianela, La familia de León Roch y El doctor Centeno. Dirigió La Vanguardia entre 1936 y 1937, justo al principio de nuestra Guerra Civil. Tras ser en 1940 acusada de ser la directora del diario durante la guerra y de pertenecer al Partido Galeguista, fue encarcelada durante 40 días en el Convento de Sarriá de Barcelona e inhabilitada profesionalmente por el franquismo. Al volver la democracia, continuó su actividad periodística, colaborando con el Diario de Barcelona hasta su muerte. Compaginó su labor periodística con su intensa actividad literaria, cultivando la literatura infantil, adaptando para niños obras maestras de la literatura que fueron publicadas en Ediciones Araluce, editorial que dirigía. Además de estas adaptaciones (de Cervantes, Dante, Goethe, Homero, Shakespeare, Sófocles, Tirso de Molina...), María Luz Morales escribió obras mayores de todos los géneros literarios, entre las que destacan Trovas de otros tiempos, Las románticas, Alguien a quien conocí, Balcón al Atlántico, Libro de oro de la poesía en lengua castellana o este hermoso libro que estoy recordando, Antología del Hogar.


        Antología del Hogar es un libro curioso, aleccionador y ameno donde los haya. Dedicado a las niñas y las maestras, su contenido interesa a todo el mundo, grandes y pequeños, hombres y mujeres, sin excepción, porque trata de los temas esenciales de la vida: el amor, la gente, la patria, la naturaleza, la infancia, la familia, el hogar, la maternidad, el trabajo, la paz, la guerra, la muerte... Y no sólo eso, sino que María Luz Morales, poetisa fina y periodista perspicaz y profunda, ha logrado reunir en su antología a poetas, escritores y escritoras excelentes de todos los lugares del mundo, que, a excepción de Salomón, algunos de cuyos Salmos escoge para ensalzar las virtudes y cualidades de la mujer, o Luis de Góngora, del que ha elegido Canción de cuna de la Virgen, todos pertenecen a los siglos XIX y XX. Para hacerse una idea aproximada del elenco escogido, menciono aquí algunos de sus nombres: Azorín, Juana de Ibarbourou, Gabriela Mitral, Alejandro Pushkin, Juan Maragall, Eduardo Marquina, Francis James, Rubén Darío, Amado Nervo, Federico García Lorca, Juan Ramón Jiménez, Edmond Rostand, Charles Louis Philippe, Leopoldo Lugones, José Mª Gabriel y Galán, Eugenio D'ors, Guy de Maupassant, Paul Fort, Anatole France, R. Tagore, José Martí,  Miss Holbrook, Olive Schreiner o la propia María Luz Morales. Los textos elegidos de unos y otras, tanto en verso como en prosa, aparecen distribuidos en los siguientes apartados (por orden de extensión): Infancia, Naturaleza, La casa y la mujer, Trabajo y alegría, la paz y la guerra... 

 De cualquier modo el libro, desde la primera página escrita hasta la última, encierra multitud de sorpresas para gozar de su lectura. Nada más empezar, llaman la atención las citas con que Luz Morales encabeza su excelente antología. Por ejemplo, de Benjamín Franklin: “La mano que mece la cuna mueve el mundo” y “Nunca hubo guerra buena ni paz mala.” De George Duhomel: “La civilización ha de estar en el corazón de los hombres... o no está en parte alguna.” De Ortega y Gasset: “Cuando no hay alegría, el alma se retira a un rincón del cuerpo, y hace en él su cubil.” 


       Y en la dedicatoria María Luz Morales define el acto de leer como pocas veces he visto que se haga en mi vida como profesor de Lengua y Literatura. “Leer es adueñarse con espiritual posesión de todos los tesoros del Universo. Es alcanzar, por el conocimiento, todas la maravillas de la realidad y de la fantasía. Es un arte que tiene sus preceptos: primero, comprender y amar lo que se lee; segundo, leer con claridad (modulando sílabas, palabras, frases y párrafos para darles el valor y el ritmo adecuados), con expresión (identificándose con lo que se lee por medio de nuestra sensibilidad y prestándole la gravedad o la ligereza que convenga), y con sencillez (con naturalidad y sin afectación). Leer es un arte, y como tal, con reverencia de tal, debe enseñarse en las escuelas.” 

Y en cuanto a los textos seleccionados, necesitaría cuatro entradas como ésta para mostrar su acierto y excelsitud. Por ello copiaré aquí algunos fragmentos que se aproximarán a lo que se está afirmando de la Antología del Hogar de María Luz Morales acerca de su contenido y propósito. 

“Eres tú, comedor, la despensa divina: ya sea que encierres el higo que mordió el mirlo, o la codorniz que sollozó el nocturno de las mentas, o la miel de otoño cogida bajo los rayos del sol moreno, o el aceite que contiene la luz provenzal, o la pimienta que traían sobre sus galeras traficantes de misteriosa sonrisa...” (Francis James, pág, 17).

“¡Qué quietas se están la cosas,/ y qué bien se está con ellas!/ Por todas partes sus manos/ con nuestras manos se encuentran./(...) ¡Cosas –amigas, hermanas,/ mujeres--, verdad contenta,/ que nos devolvéis, celosas,/ la más fugaces estrellas!” (Juan Ramón Jiménez, pág. 30). 


       “¿Sabe alguien de dónde viene la sonrisa que revuela por los labios del niño dormido? Sí. Cuentan que, en el sueño de una mañana de otoño, fresca de rocío,, el pálido rayo de la luna nueva, dorando el borde de una nube que se iba, hizo la sonrisa que vaga en los labios del niño dormido.” (R. Tagore, pág. 42). 

 “Si este hijo fuera mío, le haría caballero,/ sin espada al costado, ni coraza de acero;/ sin lanza ni rodela, sin paje ni bridón.../ a todos los peligros desnudo el corazón.../ (…) Si este hijo de mi afecto fuera de carne mía,/ mi corazón, al rojo, el suyo encendería/ en la hoguera perenne de esta caballería.” (María Luz Morales, págs. 51 y 53). 

 “La señora Luna/ le pidió al naranjo/ un vestido verde/ y un vestido blanco./ La señora Luna/ se quiere casar/ con un pajarito/ de plata y coral./ Duérmete, Natacha,/ e irás a la boda,/ peinada de moño/ y en traje de cola./ ¡Duérmete, mi niña;/ duérmete, mi rosa!” (Juana de Ibarbourou, Págs. 55 y 56).


Un poco más tarde se les enseña a los niños a sonreír. Sonreír es tener alegría; tener alegría es ya saborear la dicha de vivir. Para hacer sonreír a los niños se les acaricia en la barbilla, lo cual agita su carnecita; se les ponen los ojos en los ojos, se mueven las manos; se pronuncian sílabas extrañas para hacerles fijarse en aquello que les gusta; cosas brillantes que son los ojos; cosas inquietas que son las manos, y hacerles escuchar sonidos agradables que están a la altura de su cerebro puesto que nada quieren decir.” (Charles Louis Philippe, pág. 75).

 “Si todas las mozas del mundo la mano se quisieran dar,/ en torno del mar un gran corro podrían formar./ Si todos los mozos del mundo quisieran hacerse marinos,/ podrían formar con sus barcas un sólido puente larguísimo./ Y entonces en torno del mundo podríase un corro formar,/ si todas las gentes del mundo las manos se quisieran dar.” (Paul Fort, pág 84). 


       “No hay campo de batalla en la guerra, no lo ha habido nunca por muy cubierto de cadáveres que haya quedado, que no haya costado a las mujeres de la raza más angustias y más derramamiento de sangre que a los hombres que yacen sobre él. Pagamos el coste primario de toda vida humana.” (Olive Schreiner, pág. 92). 

 “Es preciso enseñar a los niños a admirar a los héroes y a las heroínas del mundo entero, sin distinción de nacionalidades; es preciso darles a los niños conocimientos internacionales y enseñarles a poner todas las artes al servicio del pacifismo. Que las banderas de todas las naciones ondeen en todas las escuelas, que los niños se acostumbren a creer en la fraternidad de los pueblos unidos bajo la paternidad de un solo Dios.” (Miss Holbrook, Pág. 97). 


      “Cultivo una rosa blanca,/ en junio como en enero,/ para el amigo sincero/ que me da , con su mano franca./ Y para el cruel, que me arranca/ el corazón con que vivo,/ cardo ni ortiga cultivo:/ ¡cultivo una rosa blanca!” (José Martí, Pág. 100).

“Entrega tu labor: tu tela, tu ladrillo, tu cántaro o tu poema. Hoy no tienes más hora segura que la que pasa; no puedes contar sino con estos latidos de tu corazón, este aliento que exhala tu boca, con la claridad de los ojos tuyos en esta hora. La muerte, tal vez, ya tiene tus pies dentro de tu telaraña aterciopelada y blanda, y sube... y sube... Y el pensamiento de que la muerte te espía, empinada por sobre tu cabeza, no te deje caer las manos, más bien te enardezca. Te hicieron un instrumento frágil, y tu maravilla es esa misma fragilidad.” (Gabriela Mistral, Pág. 102). 


      “No hay cosa menos valiosa y más despreciable, al parecer, que un puñado de tierra. Pues con ese elemento, un poco de agua, un horno elemental, y su ingenio, creó el ateniense la industria de la cerámica, una de las más típicas de Atenas y la más importante a la vez; como que excedía a la joyería y a las armas. Eran estas dos últimas muy prósperas, no obstante; sus productos tenían fama entre los mejores del mundo antiguo, con lo que más resalta el mérito de la otra.” (Leopoldo Lugones, Pág. 117). 

“Yo te amo, ¡oh, Sol!, a ti, cuya luz lisonjera,/ para dar a una frente nimbo y miel a un rosal,/ penetrando en el cáliz y en la choza pechera,/ se reparte y se queda entera/ como el amor maternal./ Acéptame por preste que en cantarte se ufana,/ tú que no esquivas pompas de jabón disolver/ y eliges, cuando sientes ya la noche cercana,/ el cristal de humilde ventana/ para lanzar su adiós postrer./ (…) Yo te amo, Sol. Tú prestas al aire olor a rosas,/ antorchas a las fuentes, al bosque floración;/ tú besas a un ignoto arbusto y tú lo endiosas.” (Edmond Rostand, Págs. 126 y 127). 


       “Se ha llenado de luces/ mi corazón de seda,/ de campanas perdidas,/ de lirios y de abejas./ Y yo me iré muy lejos,/ más allá de esas sierras,/ más allá de los mares,/ cerca de las estrellas/ para pedirle a Cristo/ Señor que me devuelva/ mi alma antigua de niño/ madura de leyendas,/ con el gorro de plumas/ y el sable de madera.” (Federico García Lorca, Pág. 132).

 “La hierbabuena, ya lo dice el nombre, es una buena hierba. Pero si no estuviera ya honrada suficientemente por su mismo nombre, habría que declarar a la hierbabuena emblema del patriotimo. No existe ninguna hierba que se aferre a la tierra donde ha crecido como ella; se la puede arrancar, perseguir con el arado y la azada... es inútil; la hierba vuelve a retoñar indómita.” (Azorín, Pág. 154).



       


miércoles, 17 de septiembre de 2025

MEMORIAS DE UN JUBILADO. CAMINO DEL DUERO (II)

 


A estas alturas de septiembre ya estaría de vuelta en mi tierra de adopción. Paro aun así, los momentos y los días vividos en aquellas tierras regadas por el Duero que fueron tan mías durante una cuarta parte de mi vida y creo que seguirán siéndolo el tiempo que yo viva, continúan latiendo dentro de mí. Por ello quiero traerlos aquí

“Río Duero, río Duero,

¿quién te ha visto y quién te ve:

ayer movías aceñas

y hoy no las quieres ni ver.”

                                     E. C. Ch


DE VISITA EN "SAN ATILANO"

Nada más entrar en Zamora cruzamos el Duero por el Puente de los Tres Árbole para llegar al extremo sur de la ciudad donde se levanta el silencio del cementerio (de nombre San Atilano, en recuerdo del obispo del anillo y del barbo del milagro). Aquí descansan los restos de Claudio Rodríguez, el poeta de Don de la ebriedad, y de Clara Miranda, la mujer de su vida. La tumba, junto a la puerta, tiene una cruz, unas llamas de piedra, unas flores secas, unos surcos del Duero y un verso de su primer y principal poemario: El primer surco de hoy será mi cuerpo”. Junto a la tumba leo unos versos suyos:

 "Mi boca besa
lo que muere, y lo acepta. Y la piel misma
del labio es la del viento. Adiós. Es útil
norma este suceso, dicen. Queda
tú con las cosas nuestras, tú, que puedes,
que yo me iré donde la noche quiera."

. Y acompañadodel zureo de las palomas de los vecinos cipreses, abandonamos el camposanto por el lugar donde se levanta el  Arco de los Caídos que antaño presidió el parque de San Martín. Así cumplo una de las promesas que hice antes de realizar este otro feliz reencuentro con la ciudad del alma.


MI BARRIO, MI CASA

Ahora voy a cumplir la segunda promesa: visitar mi barrio y volver a ver mi casa. Por la Carretera del Sepulcro y la calle de Cabañales, llegamos a la plaza de Belén... Aquí nos apeamos de nuestro coche y miro con cariño y nostalgia cuanto me rodea.  No reconozco la casa donde yo nací un día, crecí, viví mi infancia y aprendí a ser romero para terminar viviendo en tierras catalanas.  El sitio de mi casa lo ocupa hoy el hostal “Puente de Piedra”. Abetos en mitad de la plaza han borrado el misterio de mis más tiernos recuerdos (los partidos de fútbol, la huerta del Serranillo, el Comedor de Ancianos franquista donde dormía el vagabundo del verano y yo fumé mi primer cigarrillo cuando el edificio era una ruina...). A unos pasos de nosotros sigue el Duero pasando, y aunque es el mismo, se ha olvidado de las aceñas, del alto pretil donde los vencejo tenían sus mechinales... y del Puente de Piedra, en obras, bajo el que pasa reflejando la muralla, entre islotes, azudas, antiguos tajamares volcados... Presente incontestable. Lo demás es pasado que se recuerda con miel agria en los labios.



LOS PELAMBRES, LA PLAYA DE ZAMORA

El coche toma la carretera de Fermoselle hacia el barrio hermano de San Frontis y hacemos un alto en Los Pelambres, la playa de Zamora. Así recuperamos este presente de nuestro Camino del Duero. Cervezas en el merendero a la vista del río, espejo puro donde se mira fiel la Catedral (en obras el Palacio del Obispo. junto a ella). En medio de este remanso de paz, hablamos de nosotros, de la vida, de cómo cambia todo, de la calma que se respira en este lugar donde ayer estuvo la fronda del soto de San Frontis, lleno de sensaciones ardientes que se fueron, como yo de mi infancia, para siempre. Y bebemos como si hoy empezáramo a vivir, como si dentro de un rato, por el cercano y elegante Puente de los Poetas, entráramos a una nueva Zamora. Y sin tristeza, sin miedo, pienso en la muerte como algo que ha de venir de todos modos. (Ramón Abrantes, Clara Miranda, Claudio Rodríguez..., que alguna vez debieron pensar eso mismo, hoy duermen en la paz de su leyenda, que permanece escrita en la eterna página del mundo, mundo que por otra parte también nació para desaparecer.


MORERUELA

...Allí recordé una vez más el virgiliano etiam ruinae periere¡hasta las ruinas perecieron! ¡Qué majestad la de aquella columnata de la girola que se abre hoy al sol, al viento y a las lluvias! ¡Qué encanto el de aquel ábside! ¡Y qué intensa melancolía la de aquella nave tupida hoy de escombros sobre que brota la maleza!”

                                                                             Miguel de Unamuno



Por la mañana, después de desayunar, nada más pisar la plaza de Santa María la Nueva. saludamos a nuestro vecino Barandales. Hace fresco y cruzamos, rápidamente, la plaza de Viriato en busca del sol. Junto al vecino templo de San Cipriano, aunque ya no es parroquia, vemos que la luz del cielo acaricia su antiguo románico. Y asomados a su mirador casi tocamos el nido de cigüeña de su vecina Santa Lucía, iglesia que tampoco está al culto y sirve de almacén a obras del Museo Municipal, que hoy ocupa el antiguo Palacio del Cordón. Antaño el conjunto arquitectónico de las dos iglesias y el palacio tuvo importancia capital, y hogaño sólo es un hito de visita para turistas apresurados y armados de máquinas fotográficas. ¡Qué le vamos a hacer!


CAMINO DE LA HORTA

Hoy la cuesta de San Ciprian la usa el Yacente en la Semana Sant y a veces algunos peregrinos de Santiago. Y nosotros, que habíamos elegido el Camino del Duero, primero bajamos por ella a la plaza de Santa Lucía (plaza, después de la mía, de la que tengo más recuerdos entrañables), luego recorremos la calle de Zapatería y cruzamos la  de la Plata (al fondo, a la derecha, entreveo la avenida del Mengue y el Duero a su lado, y me acuerdo inevitablemente de mi padre, que me contaba historias de la relación misteriosa que había entre ellos)

Y ¡Santa María de la Horta!, destacando sobre su tejado la chimenea de la fábrica de alcohol, rival prosaico de su románica torre de campanas. La iglesia, adscrita a la Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén.es un modelo de románico único. Sentados en los bancos de la nave, nos acompañan dos pasos que desfilan el Domingo de Resurrección: Jesús Resucitado, triunfante sobre la tumba, y la Virgen del Encuentro, encuentro que tiene lugar en la Plaza Mayor mientras todas la campanas de la ciudad rompen el silencio que las ha amordazado todos los días de la Semana Santa, y los cohetes llenan de estampidos jubilosos el cielo azul de la recién nacida primavera. Están muy bien aquí las dos imágenes (Hijo y Madre por fin juntos bajo estas bóvedas hospitalarias lejos del sufrimiento y el escarnio.



RECUERDO DEL YACENTE

Por la calle de Balborraz subimos a la plaza del Encuentro hablando de otros tiempos en que aquí veíamos subir al Yacente en unas andas como un muerto normal. La noche era propia del cine negro mientras los penitentes lo seguían arrastrando descalzos grandes cruces de madera en su memoria y un bombo cerraba la procesión con sus golpes solemnes. Cerca del Ayuntamiento viejo leímos la lápida de una casa de la emblemática cuesta diciendo que allí estuvo el taller de Ramón Álvarez, el mejor imaginero de Zamora.


HACIA MORERUELA


Atravesamos la feria de los quesos, camino del parquin, y dejamos atrás los restos de la casa y taller de Abrantes (impío recuerdo de la piqueta). Nos esperan tres joyas arquitectónicas separadas por campos y viñedos y unidas por el cordón umbilical de asfalto. Al entrar en las iglesias nos preguntan de dónde venimos. --“De Barcelona”-- Y toman nota . Hay tan pocas casas de Dios en Zamora que no cobren para entrar. Antes de emprender la marcha hacia Moreruela, entramos en Santiago de los Caballeros (el Viejo, para los zamoranos), fuera de las murallas, cerca de Olivares y del Duero, el más pequeño de los templos románicos de Zamora. Con las almas del Cid y el rey Fernando I en las sombras bajo el techo de madera y los capiteles historiados del altar, nos suena la voz de la guía como si fuera nuestra reina Doña Urraca recriminando al Cid que fuera súbdito de su avaricioso hermano Sancho y sitiara a sus órdenes la ciudad, olvidándose de que había sido ordenado caballero en el altar de Santiago por su padre el Rey, y a su padre el Monarca por olvidarse de ella al repartir el reino en su lecho de muerte.


TIERRAS DE PAN

En los campos de Montamarta se extienden los horizontes infinitos, dorados, de las tierras del pan. Un palomar baila temeroso ante la presencia de un milano. Cerca está el salto de Ricobayo, en el Esla, hijo mayor del Duero. Y el letrero de Manganeses hace brincar dentro de mí los ecos terribles de los cantos de los ciegos que en mi infancia cantaban en corro en la plaza del Mercado crímenes escalofriantes ocurridos en la zona. Menos mal que ya sentimos sobre nosostros el benévolo aleteo del espíritu de Moreruela.



HEMOS LLEGADO

Es una mañana inolvidable de septiembre. El cielo azul lejano, sol y viento frío. Entramos los cuatro en las ruinas del monasterio. El guardia, junto a su coche, nos pregunta a voces de dónde venimos. --”De Barcelona”--. Somos los primeros en llegar. Como apóstoles, como ángeles, en silencio, con respeto. Piedras cistercienses arroñadas la mayor parte. Pero siguen en pie columnas, arcos, bóvedas, estancias que fueron vivienda, oración y trabajo de monjes austeros. Todo era austeridad aquí, y afán, espíritu de agradar a Dios, tierra sagrada, lección para alcanzar la gloria eterna. Hoy es vacío, soledad, muros en ruinas, maleza creciendo en lo que fueron claustros, girolas, naves... La mirada se entristece viendo arcos desnudos, agujeros de rosetones, muñones de espadañas sin campanas... Silencio de siglos sólo roto por zureos y vuelo de palomas que aquí anidan y responden tal vez a una señal del cielo. Silencio en el paisaje que acompaña a esta soledad de piedra sólo roto por el susurro de las hojas de los árboles. 

 

TAMBIÉN LAS RUINAS PERECIERON

Por mucho que soñemos que aquí hubo algún día oración, trabajo, estudio, salimos, admirados de lo que pudo ser, repitiendo lo que dijo Virgilio y nos recuerda Unamuno: Etiam ruinae perire”. De los monjes, mozos de cuerda, pastores,vaqueros, hortelanos,  cocineros... que aquí pudieron convivir no podemos decir sino que vivieron y murieron como moriremos nosotros por ley de vida. De la ruina del monasterio no hay que echarles la culpa no sólo a los elementos naturales, el viento, la lluvia, la intemperie,  sino a la piqueta administrativa primero y después a los actos de rapiña que desmantelaron ventanas, puertas, se llevaron muebles y pertenencias varias y acabaron hasta con el más pequeño objeto litúrgico y sagrado. El abandono final y las inclemencias del tiempo convirtieron, en unas décadas, el primer monasterio hizpánico en un montón de ruinas sublimes en las que hasta los ábsides parecen querer separarse de la maleza que los amenaza, como bellas y benditas piedras que quieren volar al cielo, para cuyo fin habían sido soñadas.


Moreruela, Moreruela.

Ábsides de pura piedra

que sufren eternos éxtasis

que hasta parece que vuelan.


DE VUELTA A LA CAPITAL

Salimos de allí en el momento en que otra familia como la nuestra aparca su coche, y el guardia impetérrito les pregunta de dónde vienen. San Pedro de la Nave nos espera para cerrar la mañana bajo las bóvedas de un templo.

 


Una vez escribí "San Pedro de la Nave navega sobre el tiempo". Pero hoy el tiempo se ha cansado del mar último y ha atracado todas sus naves a las cuatro columnas del crucero del templo. Iglesia visigoda salvada de las aguas, traída aquí a El Campillo piedra a piedra y reconstruida como un puzzle, sin argamasa, sólo con el cemento limpio de la devoción por el trabajo bien hecho. Dentro el misterio, solo, entre arcos de herradura y capiteles bíblicos, reluce entre las sombras para alumbrar el sepulcro de los santos barqueros y la pila bautismal, la imagen de San Pedro con sus llaves y la Virgen con sus andas. Por un momento antes de salir al campo, al aire limpio, para volver a Zamora, recuerdo a mis juglares salvándose aquí de las garras de Sagartanás (de mi novela inédita, finalista del Premio "Sent Soví", 2002, Los juglares hambrientos.