sábado, 16 de enero de 2016

MEMORIAS DE UN JUBILADO. MI RÍO DUERO. CAUCE VIVO VI


MARTES SANTO INTEMPORAL

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Que la casa, aquella casa de los tres balcones que miraban desde la plazuela de Belén a la ciudad de la muralla y los campanarios, mantuviera siempre viva la primavera, y que sus paredes, sus techos, sus salas, la cocina con su hornillo de serrín y su chimenea; el pasillo del desván, el desván mismo con su claraboya abierta al cielo azul; las escaleras de banzos de madera que crujían bajo nuestros pies de distinta manera según quien subiera o bajara y como lo hiciera, con cuidado o corriendo; los balcones que miraban a la ciudad…, que todo aquello de mi casa floreciera y exhalara cariño por todos los rincones se lo debían a mis padres porque hicieron allí su nido y lo habitaron de presente y futuro en nosotros, sus hijos.

Y que yo no dé un latido sin que suenen dentro de mí repiques de campanas y murmullos de aceñas y de azudas, se lo debo a mis padres porque siempre sembraron en los surcos de mi infancia semillas de juncos y espadañas de aquel Duero, que siempre fue uno más de nosotros, como de la familia; porque siempre sembraron en los surcos de mi infancia llantos y risas de aceñas y de azudas, albas y crepúsculos de badajos, manifiestos religiosos de campanas. De ahí que este desasosiego que crece dentro de mí cuando amanece abril en todos los calendarios de España y la Semana Santa vuelve a sonar en los clarines del recuerdo renovada y reverdeciente se lo deba también al amor que me infundieron mis padres por los pasos y las andas de las procesiones, con las varas de los cofrades golpeando marcialmente el empedrado de las calles viejas de la ciudad del Duero, con los tambores resonando solemnes en medio de la noche. Y vuelven mis pies a perder suelo cuando veo desfilar por el puente de mis ojos nostálgicos al mítico Barandales, a Longinos o al Yacente…

El primer Barandales que conocí se llamaba España. Con su cara curtida y sus fuertes manos, armadas de campanas, encabezaba las procesiones a las que nos llevaban a ver nuestros padres a los sitios más estratégicos y emblemáticos de la ciudad, el Arco de doña Urraca, Santiago el Burgo, San Ildefonso, la Rúa de los Notarios, la lonja de la Catedral, la plaza de Viriato, la cuesta de Pizarro… Bajo el silencio nocturno o nada más rayar el alba, Barandales abría la procesión haciendo voltear las campanas que llevaba  figura marradas a sus muñecas. Su figura inconfundible, embutida en el hábito propio de la cofradía que desfilaba, arrancaba de nosotros los más pequeños una encendida admiración que estallaba en aquella frase que le dedicábamos y que no he podido ni querido olvidar nunca: “Tío Barandales, dales, dales…”
 
 
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“Tío Barandales, dales, dales…
suena en el alma de los chavales
mientras los pasos pasan solemnes
por las callejas viejas, perennes.
Esas campanas, como latidos,
suenan a tiempos nunca perdidos
en lo más hondo del corazón
como una eterna, viva canción.
Tío Barandales, dales, dales…,
las campanadas suenan iguales
en la distancia y en la presencia,
en los adultos y en la inocencia,
Semana Santa de mi ciudad.
Los pensamientos son de piedad
mientras voltean esas campanas
y las personas tras sus ventanas
miran con ojos tiernos, llorosos,
los latigazos tan dolorosos
que sufre Dios en su soledad.
Sigue sonando, tío Barandales,
tío Barandales, dales, dales…
para que nunca nos olvidemos
de aquellas cosas que hoy no tenemos
y siempre fueron nuestra Verdad.”

El Longinos era un paso descomunal y majestuoso a la vez, llamado así porque en él aparecía el centurión Longinos montado sobre un caballo encabritado y sólo sujeto a la mesa por sus patas posteriores. El caballo temblaba al andar el paso, y Longinos hacía equilibrios por no caer mientras con su mano derecha empuñaba la lanza, cuya punta amenazaba constantemente atravesar el pecho de Jesús crucificado. A mi padre le encantaba el paso del Longinos, aunque en realidad le gustaban todos los que había esculpido el mejor escultor zamorano de todos los tiempos, el imaginero Ramón Álvarez, y siempre que salía la ocasión, mientras veíamos pasar delante de nosotros al Longinos, me explicaba la historia sagrada que tenía que ver con ese momento tan doloroso de la Pasión de Cristo, porque no sé si ya lo he dicho en este viaje, pero mi padre era muy religioso (sin duda le venía su devoción de la que sus padres le habían inculcado de niño y de sus estudios en la Santa Espina) e intentaba inculcarnos la piedad sin fáciles sentimentalismos, y así, por ejemplo, la misa de los domingos y fiestas de guardar era de obligado cumplimiento. La cuestión es que siempre que se daba el caso mi padre nos recordaba lo bueno que era cumplir con las leyes de Dios y de la Iglesia. Por ejemplo, nunca olvidaré el momento en que por primera vez, acompañando a toda la familia, crucé el Puente de Piedra sobre el río para ir a besar la reliquia de Santa Lucía a la iglesia del mismo nombre, situada en la primera plaza que se encuentra nada más atravesar el Puente, junto al Palacio del Cordón, y cuya espadaña sostenía con esperanza y paciencia el gran nido de cigüeñas que por febrero volvía a ser visitado por una familia de estas aves zancudas tan características de nuestro cielo zamorano.

Volviendo a las procesiones que gustaban a la familia, una de las que más imponía por su dramatismo y solemnidad era la del Yacente, imagen estremecedora de Cristo muerto que, tendido sobre una sábana, los cofrades, vestidos con túnica y caperuza de estameña blanca, llevan en andas por las calles de Zamora hasta llegar a la Plaza de Viriato, donde hacen un alto para cantarle el Miserere en medio de un silencio sepulcral, guardado por miles de personas que asisten a tan emotivo acontecimiento.
 
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“Recuerdo con amor aquel Yacente
pasar en andas con la piel rajada
por las calles vetustas de la amada
ciudad en procesión lenta y doliente.
Y a su paso la zamorana gente,
dolido el corazón, la paz turbada
y la lágrima pronta en la mirada,
rompía en fiel plegaria de repente…”

Pero la procesión que más me gustaba a mí era la que estaba relacionada con nuestro barrio. Tenía lugar el Martes Santo por la noche y durante todo el día los chicos no parábamos de nerviosos que estábamos, si bien los nervios habían empezado  a jugarnos palas pasadas, por lo menos a mí, casi una semana antes, cuando, como cada año por esas fechas, descubrí desde el balcón central de casa venir por el Puente de Piedra a mi madre y a mis hermanas portando los baños y recipientes con los dulces de Semana Santa, entre los que se encontraban mis favoritos, las aceitadas, aunque no despreciaba los polvorones con aquella nieve de fino azúcar que los recubría tan prometedoramente, ni las magdalenas que tan generosamente rebosaban las fundas de papel que intentaban en vano contenerlas, ni los solemnes rebojos zamoranos o las surcadas galletas de limón.
 
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Pero eran las aceitadas las que me excitaban más que ningún otro dulce, como ya he dicho; su duro y a la vez  deleznable corazón de harina y aceite, y la cruz abierta como una herida santa en su curvada cima eran ingredientes suficientes para que, combinados de la exquisita forma como estaban combinados, convirtieran la aceitada en el dulce por excelencia. Yo era un chaval muy travieso, lo diré antes de que se me adelante el lector en verlo así, y recuerdo que un Martes Santo por la mañana, en ausencia de mis padres de la casa, me colé en la sala grande donde el baúl ocultaba el barreño de las aceitadas. Su olor inconfundible impregnaba muebles y paredes y embriaga el aire callado y medio a oscuras del interior. Con paso sigiloso evité pisar la baldosa movediza, cuyo cloqueo denunciaba mi presencia, y llegué con el corazón encogido y los jugos gástricos subiéndome a la boca junto al panzudo baúl bajo el cual me esperaban impacientes mis queridas aceitadas. Me tumbé en el piso y, sin encomendarme a santo alguno, alargué mi brazo debajo del mueble hasta que las yemas de mis dedos acariciaron la herida en forma de cruz de una aceitada. La cogí y la liberé de su escondrijo. Me arrodillé delante del altar que para mí era aquel baúl y me llevé con unción la aceitada a la boca. Al momento su tostada y dulce harina aceitosa se deshizo entre mis dientes, ¡qué placer de aroma y de sabor! Y de repente sentí un calambrazo en el pecho al oír la voz de mi madre que me llamaba imperiosa, sospechando sin duda que el diablillo de su hijo andaba haciendo alguna de las suyas. Al momento se deshizo el encanto de la aceitada. Le respondí como pude y cuando ella llegó hasta donde yo estaba, en vez de reñirme, me dijo mientras miraba con atención el pedazo de aceitada que aún temblaba en la palma de mi mano:
--No te vas a quedar así. Acaba de comértela.
Y me la comí como otras veces que había sido sorprendido in fraganti, sin ganas, sin emoción, sin aquel ribete de aventura que había experimentado las veces, pocas, eso sí, en que mi madre no me había sorprendido comiendo una aceitada fuera de tiempo.
 
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Ya es hora de volver a la procesión del Martes Santo, que era, como ya he dicho, la procesión de mi barrio y por la que yo sentía verdadera adoración. Cuando la noche se convertía en un gran palio de silencio y la luna colgaba de lo más alto como un pozo de luz amarillenta, ya hacía rato que, asomados a los balcones de la casa, mis padres en el de la sala grande, mis hermanos mayores en el de la sala mediana y nosotros dos, los hermanos más pequeños, en el balcón del centro, esperábamos la familia al pleno a que la procesión, con sus faroles encendidos, apareciera al otro lado del Puente de Piedra y empezaran a rielar en las aguas del río sus temblorosos reflejos luminosos. Dos pasos formaban la procesión: la de la Virgen de la Esperanza y la de Jesús del Vía crucis, que, cuando acababan de pasar el Puente, se paraban un momento en la bifurcación de carreteras que había a la salida, y, mientras la banda de la Cruz Roja tocaba sus tambores y trompetas, las dos imágenes se despedían para seguir sus caminos separados: la Esperanza con el rostro lleno de lágrimas y su manto verde con estrellas de oro, por la carretera de Salamanca hacia la iglesia de nuestro barrio, la de las Dominicas; y el Nazareno con la cruz a cuestas, por la carretera de Fermoselle,  hacia el templo de San Frontis, del barrio del mismo nombre. Aún teníamos tiempo de bajar a la calle para despedir a nuestra Virgen, cantándole la Salve, antes de que las puertas del templo se cerraran a sus espaldas. Luego, bajo la soledad en que se había quedado el barrio y el silencio estrellado de la noche, volvíamos a casa para vivir la última escena de la representación del Martes Santo. Allí esperábamos la visita de Demetrio, el amigo de mi padre que trabajaba con él en la Funeraria y que, como miembro de la cofradía de Jesús del Vía crucis, había acompañado a la imagen hasta su iglesia. La espera no duraba mucho y, cuando Demetrio hacía su aparición con la caperuza bajo el brazo, tenía lugar el rito que cerraba la noche: una aceitada y una copita de anís en familia. Pero yo, sentado a la mesa como los demás, sabía lo que me esperaba. Llegado el momento decisivo, mi madre me miraba con honda ternura y me decía:
--Ya sabes por qué no puedes ahora comerte la aceitada.
Y es que ese Martes Santo, como casi todos los Martes Santos, y los lunes y los miércoles y el resto de los días de la Semana Santa, me había adelantado comiendo mi aceitada fuera de tiempo.

¡Bendita aceitada que me trae siempre tu recuerdo, madre!

miércoles, 6 de enero de 2016

FOTOGRAFÍAS QUE HABLAN.

Sensación de eternidad
 

                             Entre la lectura y la contemplación  hay sólo un paso: vivir atento.
                             Las nubes de las páginas pasan. Pero para la mirada atenta se detienen
                             para mostrarle la magia de sus formas, sus ocultos viajes, su eternidad.
                             La lectura es eterna si entramos ingenuamente, con alma de niño,
                             en su alcoba sin polvo, sin olvido, sin muerte.

martes, 29 de diciembre de 2015

MEMORIAS DE UN JUBILADO. MI RÍO DUERO. CAUCE VIVO V


VIDA Y MUERTE

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El río Duero que yo acababa de descubrir era sólo mío, y el que recogían los versos de los poetas, que unas veces nos recitaba don Andrés el maestro en la escuela y que, por mucho que se esforzara por acercárnoslo, seguía siendo de los poetas que así lo vieron, y otras nos hacían aprender de memoria los hermanos Salesianos, ese otro Duero no era el río donde yo me bañaba y cogía cangrejos y donde por San Pedro tenía lugar aquella fiesta pirotécnica que, acompañado de mi familia, veía desarrollarse desde la barandilla del Puente de Piedra y llenaba mis ojos y el cielo nocturno de palmeras de luz. El río del que hablaba don Andrés, aquel del sitio de Zamora,

“De un cabo la cerca el Duero,
del otro Peña Tajada…”

o el que nos hacían aprender de memoria los hermanos Salesianos,

“Río Duero, río Duero,
nadie a acompañarte baja,
nadie se detiene a oír
tu eterna estrofa de agua…”,

eran Dueros distintos de aquel tan mío y visible y palpable y cercano y personal como un habitante más del barrio que yo conocía y con el que había hablado y pasado momentos de vida; no tenían nada que ver con aquel Duero  cuyo ruido oía a todas horas en las azudas y en las palas de madera de las aceñas, cuyo espejo veía temblar al pie de la muralla o en Olivares, bajo la Catedral, cuyo frío resucitador notaba en mi piel y su sabor a barbo en mi boca. Mi río Duero tampoco era el que yo después, cuando me dio por retratarlo en mi escritura, lo convertí en verso de poema o capítulo de novela. Mi Duero no es el que, por ejemplo, intenté pintar como marco de la muerte de uno de los patos de la molinera. Porque la tarde que aparece en la primera línea del relato no podrá ser nunca aquella otra tarde caliente en que los cuatro o cinco chavales que formábamos la pandilla más frecuente, sentados a horcajadas en el pretil del río, nos entreteníamos mirando, mirando sólo (el tirador descansaba inactivo a nuestro lado), el brazo de agua que, desgajado del tronco principal del Duero, primero bordeaba el islote de la molinera y luego bajaba sin prisa pero sin pausa hacia el primer ojo grande del Puente de Piedra para desaparecer bajo él. Aquella tarde real, viva, balanceábamos las piernas en el vacío sin más, creyendo que nada iba a pasar, sólo el río a nuestra vista, con su corriente eterna, siempre la misma y tan diferente, con las verdes espadañas mostrando en alto sus inconfundibles y cimbreantes puros, con las aceñas, las cuatro hermanas que ayudadas por la fuerza incontenible del río convertían el prometedor oro del trigo en la real y palpable nieve de la harina, con la iglesia de Nuestra Señora de la Horta y los tejados de las casas del otro lado del río y el cielo azul lavado que hacía más nuevas, brillantes y transcendentes las cosas que se mostraban a nuestros ojos. De repente, en aquella tarde única e irrepetible, cuya existencia ningún escrito puede suplantar, algo apareció en nuestras retinas que cambió el rumbo de los acontecimientos. Un hermoso pato blanco se deslizaba majestuoso frente a nosotros como un dos de nieve sobre la línea recta del agua. De vez en cuando sumergía la cabeza y giraba graciosamente sobre sí mismo como el verdadero señor de la corriente; a la vista estaba que la palmípeda era el ave más feliz del mundo.  Aún así el demonio, que desgraciadamente también existe al lado del ángel de la guarda, quien es en realidad el encargado de velar por los intereses de la infancia, metió en todos nuestros cerebros la idea de acabar con la felicidad del pato. Alguien dijo mientras ponía un canto redondo y pulido en la badana de su tirador y apuntaba hacia el río:
--¿Creéis que será difícil darle desde aquí?
A lo que un segundo respondió mientras armaba el suyo:
--Sí si no para de meter la cabeza en el agua y dar vueltas sobre sí mismo.
Un tercero añadió imitando a los anteriores:
--Con probar no pasa nada.
Y, sin esperar orden alguna, lanzó el guijarro hacia el río.
Los demás hicimos otro tanto. Las gomas del tirador se estiraban y los dedos que apresaban la badana con el proyectil la liberaban una y otra vez. Riás, riás, allá iban volando los cantos letales buscando ávidamente el cuerpo blanco del pato, pero ninguno hacía diana; caían aquí y allá, más o menos cerca del ave, haciendo saltar el agua alrededor, cosa que inmediatamente la pusieron en alerta. Asustada, navegó corriente abajo lo más rápido que pudo, mientras nosotros seguíamos armando y disparando nuestros tiradores, animados por la huida del pato. Las piedras silbaban y caían en torno suyo rompiendo el agua entre burbujas saltarinas. Y de pronto la diversión, la comedia, se convirtió en tragedia. Uno de nosotros le acertó en plena cabeza, y el pobre animal pareció romperse por el cuello; en pocos segundos su plumaje blanco se manchó de rojo y el cuerpo sin vida cayó de lado sobre la corriente, que antes de que cayéramos en la cuenta de los que habíamos hecho lo arrastró río abajo hasta desaparecer bajo el primer ojo grande del Puente. Nos miramos desolados. Guardamos en los bolsillos los tiradores, juguetes que se habían convertido en armas asesinas. Lentamente, sin cambiar palabra, nos apeamos del pretil y, como bandidos que corren a esconderse tras cometer una fechoría, cada uno de nosotros se marchó a su casa. La imagen del pato, muerto, manchado de sangre y hecho presa del agua que había sido dominada tan sabiamente por él momentos antes no se me fue de la cabeza en muchos días, pasados los cuales poco a poco se me fue borrando de la memoria. Hasta que unas semanas más tarde, buscando cangrejos entre las berrazas del ojo del Puente, descubrimos el cuerpo hediondo, negruzco y cubierto de gusanos. Y sólo nos produjo asco y repugnancia. Cosas así de lógicas pero a la vez ininteligibles e injustas surcaban nuestra infancia en contacto con el río, casi siempre imagen de vida poderosa e imparable y de belleza ilimitada.
 
 
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“La horquilla del negrillo viva, dura,
esperaba en el árbol mi venida,
mi mano hábil de niño, cuya vida
era el juego, el verano y la aventura.

Con la hoja de la navaja pura,
medio armada y del árbol desprendida,
la horquilla me miraba entre atrevida
y ansiosa de cautela y de captura.

Cumplía su destino con dos gomas,
un retal de badana y finos cantos
que el río acarició con fiel paciencia.
 
¿Dónde estás, tirador, que no te asomas
al recuerdo de aquellos rotos cantos
de pájaros caídos con tu ciencia?”

Cuando vuelvo la vista atrás y recuerdo a mi barrio de infancia y primera adolescencia, un montón de historias, con sus correspondientes personajes y situaciones, vienen a mi encuentro. Mi barrio, a decir verdad, nada era sin el vecino Duero, que se convertía en verdadero protagonista de su vida, unas veces cruel y violento, en especial durante los meses más crudos del invierno, en que acababa saliéndose de madre con aquellas crecidas y riadas espeluznantes que inundaban las casas haciendo que navegaran a la deriva sus modestos muebles y la paz y la esperanza de sus dueños; y otras veces apacible y sereno, sobre todo en verano, cuando los niños buscábamos cangrejos en las berrazas del puente o entre las piedras de San Francisco y los mayores esparcimiento en las yerberas de sus orillas.
Sin embargo, todo hay que decirlo, el río tenía sus propios misterios y lutos sin que nada tuvieran que ver en ellos la bonanza o las inclemencias de las estaciones, porque raro era el verano que no se cobrara alguna víctima, y en ocasiones varias a la vez, como sucedió un trágico agosto en que tres chicos de San Frontis, buenos nadadores por cierto, mientras jugaban a atravesar el río varias veces a nado desde la azuda de San Francisco hasta Olivares, en una de las últimas travesías se debieron de cansar o ser sorprendidos por algún calambre propio del esfuerzo, resultando que los tres muchachos fueron engullidos por las aguas. La escena de la búsqueda de los cadáveres de los tres pobres chicos a cargo de los empleados del Ayuntamiento que, a bordo de unas barcas, tanteaban el fondo con largas pértigas para dar con los ahogados, no se me borrará nunca de la memoria. Ni las palabras de mi madre recordándome lo que me podía pasar a mí si imitaba a aquellos desafortunados chicos.
 
 
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No tengo que repetir más veces que a mí el río en verano me atraía como un imán, y rara era la tarde en que no me diera un baño en sus frías aguas, en la corriente adonde solía ir mi madre a lavar, o en la orilla del soto de San Frontis, a la vista del imponente reflejo de la Catedral. Recuerdo con lágrimas en los ojos que mi pobre madre, antes de que yo saliera de casa aquellas tardes de verano, me obligaba a darle delante de ella un buen mordisco a la merienda de pimientos fritos que me había preparado para, de ese modo, quedarse tranquila sabiendo que ya no podía bañarme por aquello que nos habían repetido tantas veces nuestros padres acerca del corte de digestión, una de tantas leyendas urbanas como circulaban entonces y que, por lo visto, tienen hoy su parte de verdad. Pero el caso era que en cuanto llegaba a la calle, escupía el bocado mientras me santiguaba y pedía perdón a mi madre de todo corazón y guardaba la merienda para después de bañarme. Aunque luego uno de mis mejores amigos volviera a la carga recordándome que se podía saber si uno se ha bañado recientemente en el río sólo con pasar la uña por la pierna.
--Si la uña deja una raya blanca tras de sí –decía--, es que te has bañado.
Así que nuestras madres, que eran tan sabias y conocían el truco de la uña a la perfección, si querían, podían averiguar si nos habíamos bañado. Siempre nos quedaba el recurso de decirles que vale, que sí, que nos habíamos metido en el agua, pero sólo hasta las rodillas para coger cangrejos. Como si eso no lo supieran también ellas. Y nos zambullíamos en las aguas frías de aquel río que formaba parte de nuestras propias vidas y cruzábamos desde San Francisco hasta la azuda que llevaba hasta los tajamares volcados del Puente romano de San Atilano, y allí escalábamos las ruinosas piedras hasta alcanzar los hondos mechinales donde anidaban los abejarucos.
En invierno la cosa cambiaba radicalmente y para nada nos acercábamos al río, que se salía de madre tras las primeras lluvias y arrinconaba al barrio contra las cuerdas del miedo, haciendo que la vida ordinaria se convirtiera en un infierno, hasta el punto de que la gente mayor perdía con suma facilidad los nervios y la esperanza, como una vecina viuda, ya de por sí depresiva y dada a extrañas enfermedades, que una mañana de invierno salió a tirar las aguas menores al río desde el Puente, sólo que tras el bacín se tiró también ella. La tragedia fue muy grande y doble porque mi hermana mayor, que volvía a casa de hacer un recado a primera hora en la capital, se cruzó con la suicida sin saber que momentos después desaparecería para siempre bajo las aguas turbulentas del río.

martes, 15 de diciembre de 2015

¿CARA A CARA O CUERPO A CUERPO?


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La noche del  lunes 14 tuvo lugar en la tele el tan esperado CARA A CARA de los dos representantes de los partidos políticos que han gobernado nuestro país en estas últimas legislaturas, Pedro Sánchez y Mariano Rajoy, actual presidente. Y, entre nosotros, sucedió más de lo mismo que ha venido sucediendo en las sesiones del Estado de la Nación del Parlamento. El primero esgrimiendo su arma favorita: el de la corrupción del PP, sustentada en Bárcenas y Rato (eso basta para derribar a cualquier adversario), y diciendo qué hará si es el próximo presidente, es decir, recurriendo a las promesas, que es la habitual herramienta de los mítines de cualquier campaña electoral; y el segundo, hablando de lo que ha hecho en beneficio del país durante esta última legislatura y pidiendo más confianza para seguir aplicando las reformas iniciadas, especialmente, la laboral, que ha ido bastante bien durante los dos últimos años, 2014 y 2015, en los que se han creado un millón de empleos.
Pero eso ha sido sólo el fondo del CARA A CARA; en cuanto a la forma empleada para debatir ha sido bronca, descortés, insultante, especialmente por parte del candidato del PSOE (si bien en la segunda parte, el Presidente ha entrado al trapo y también ha recurrido al insulto), que interrumpía una y otra vez el turno de palabra del candidato del PP. Sin olvidar que el moderador, el conocido periodista Manuel Campo Vidal, experto en otros CARA A CARA del pasado, no supo estar a la altura de las circunstancias, impidiendo las sucesivas broncas de uno y otro políticos, que más bien parecían dos boxeadores en el ring CUERPO A CUERPO, y las sucesivas interrupciones de Sánchez en las intervenciones de Rajoy, el cual anoche, para ir ya terminando esta modesta reflexión, tampoco mostró la firmeza y la serenidad de otras ocasiones.
¿Resultado del combate? No ganó ninguno. De modo que, ante el espectáculo que dieron los dos máximos aspirantes a vivir en La Moncloa los próximos cuatro años, los votantes en las elecciones del domingo 20 deberíamos pensar seriamente, dejando aparte el partido de nuestra preferencia, si queremos que sea nuestro próximo presidente cualquiera de ellos.
 
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domingo, 13 de diciembre de 2015

MEMORIAS DE UN JUBILADO. MI RÍO DUERO. CAUCE VIVO IV


OTRA PRIMAVERA

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La llegada a Zamora de mis padres coincide con la primavera de 1939, cuando España, exhausta de la guerra civil que la había dividido aún más de lo que estaba antes de empezarla, comenzaba a soñar que tal vez en un futuro no muy lejano los odios irían desapareciendo; al menos parte de él había quedado enterrado en las trincheras que habían destripado el país de norte a sur y de este a oeste. Y a todo esto había vuelto a nacer la naturaleza y algo más de luz y paz flotaba en el aire.

Sin embargo, antes de su llegada a la ciudad del Duero, mis padres, con sus dos primeros hijos, estuvieron viviendo en otros lugares de la provincia de Valladolid, en Berrueces de Campos y en Medina de Rioseco, y posteriormente en Gijón, Asturias, en casas de parientes y amigos. Hasta que, por mediación de un conocido, apalabraron con una familia zamorana el alquiler de una planta en una casa del barrio de Cabañales al otro lado del río, situada en una plazuela llamada no sé si simbólicamente para nosotros de Belén, como si allí volviéramos a nacer.
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“Un matrimonio joven con un niño y una niña de la mano cruzaron un día de mayo el Puente de Piedra, cordón umbilical entre la ciudad y el barrio donde iban a vivir a partir de ese momento. Abajo, en los tajamares del Puente, el agua era de un verde profundo y reflejaba en grises temblorosos las siluetas elegantes de los juncos. Un poco más allá el río se partía en dos: a la izquierda de la azuda, se estrechaba y se arrimaba zalamero al pretil de la carretera de san Frontis, abrazaba los volcados tajamares del arruinado puente de san Atilano y se emboscaba finalmente en la sombra de los álamos y los sauces del soto vecino; a la derecha de la azuda, al contrario, se ensanchaba libre y alegre y se estiraba como una piel nueva para convertirse en espejo de peñas y almenas de muralla, campanarios y espadañas de pequeñas y grandes iglesias, y al fondo, del chorro de piedra en torre y cimborrio de la Catedral, y sobre todo eso, el azul limpio del cielo de Zamora. Después el río se volvía íntimo y devoto como un asceta junto a las aceñas de Olivares y el templo del mismo barrio para recoger en su vivo azogue el viejo ocre de sus piedras, Y por último, resignado ante la suerte que le esperaba, seguía su camino hacia la muerte repetida en el Atlántico, si bien recordando con una alegría también eterna que estaba naciendo justo en ese momento en las nieves virginales de los Picos de Urbión. El hombre miraba todo eso con verdadero amor. Sabía que todo lo que le rodeaba a él y su familia podía ser un refugio de paz para ellos, podía borrar de un golpe los miedos que la recién pasada guerra había infligido a su pueblo, a todos los pueblos de España, obligándoles a luchar entre sí, a matarse entre sí, como animales salvajes, peor aún, porque éstos luchan, se matan entre sí por puro instinto ancestral, para sobrevivir.
"El hombre era menudo, pero llevaba en sus ojos y en sus manos toda la fuerza del mundo y en su corazón la firme convicción de que nadie ni nada podría impedirle comenzar su nueva vida en Zamora, en esa casa con tres balcones que miraban al Puente y al río, a la ciudad y al cielo azul que lo coronaba todo con ilusión y esperanza.
"La mujer, con igual ilusión que su marido, nada más cumplir con los trámites del alquiler de la segunda planta de la casa (la primera estaba habitada por un matrimonio mayor que se encargaría de atender cualquier duda que la familia recién llegada tuviera sobre la vivienda en lo sucesivo), abrió los balcones de las salas para ver mejor el espacio donde iban a vivir, soñando con los muebles que irían llegando con el tiempo a habitar, a hacer más vivas, las paredes, las baldosas, los techos blancos… Mientras los niños, riendo y chillando, corrían de una estancia a otra y se asomaban a la plazuela por los balcones y daban vueltas en torno a sus padres manifestando su alegría.
"El hombre, en un descanso, se asomó al balcón del centro, en una de cuyas paredes acababa de colgar el cuadro del Cristo con la Caña, aquel Cristo que había sido siempre testigo de su amor y de su miedo, y miró hacia la ciudad, hacia el mundo que le esperaba en ella. En el baúl de calles, costanillas, plazas y pasadizos estaba aguardándole un trabajo, un medio de vida con el que sacar adelante a la familia. Aunque la guerra incivil hubiera dejado todo patas arriba, sin orden ni concierto, y aunque el trabajo escaseara por todas partes, él tendría que abrirse camino como fuese; capacidad no le faltaba y mucho menos ganas para trabajar en cualquier oficio; y si no encontrara nada en la carpintería, su máxima preferencia, no desecharía ninguna ocupación que se le ofreciese. La sincera luz de mayo le daba en la cara y le alumbraba el alma; no estaba dispuesto a desaprovechar la primavera que con tantas esperanzas se le mostraba.
"Luego llegaron los enseres en una camioneta, y el resto del día los dos adultos se lo pasaron colocándolos en su sitio; eran pocos, pero suficientes para seguir viviendo: la mesa con las sillas, la cama con los chirimbolos dorados y relucientes, el baúl, una cama turca, la cuna y un aparador pequeño; también la bicicleta y la mesa camilla para el invierno, y un palanganero con su palangana y su aguamanil. Cuando acabaron, le dedicaron un repaso al resto de la planta, a las paredes y a los techos, por si había desconchados; al desván, por las goteras, a las baldosas movedizas y cuarteadas, a la chimenea, al pequeño cuarto anejo a la cocina… A media tarde, todo en el nuevo hogar quedaba limpio y ordenado, y la familia en pleno salió a dar un paseo por el barrio. El barrio era tranquilo; lo atravesaba una calle (que era parte de la carretera de Salamanca) de extremo a extremo. Hacia la mitad de la calle, en un ensanchamiento irregular, se levantaban la iglesia parroquial y la escuela, y a las afueras encontraron callejas que bordeaban varias huertas de hortalizas y árboles frutales. El cielo, azul sereno, era cruzado por los primeros vencejos de la temporada y por todas partes brotaban gritos animados de niños que jugaban, voces de hortelanos arreando a las bestias de labor, chirridos de cangilones oxidados que con gran esfuerzo de las mulas atadas a las norias extraían agua de los pozos, cantos de pájaros y un sinfín de ruidos y rumores de procedencia desconocida. El paseo resultó muy agradable, y por el camino el matrimonio iba entablando conversación con unos vecinos y con otros. Ya de vuelta, la familia entró en la tienda de ultramarinos, donde el señor Alfonso, el dueño, les puso al corriente de los asuntos que más importaba al padre de familia, de modo que, junto con la comida para el día siguiente, regresaron a casa con medio futuro resuelto: posible trabajo en la carpintería de Vaquero como ayudante, posible trabajo en la Funeraria como cobrador de recibos, posible trabajo en las huertas del barrio como bracero…
"Era casi de noche cuando la familia subía la escalera de la casa, el padre llevando en brazos casi dormida a la niña, y la madre al niño dormido del todo. Poco tiempo después los dos adultos se metían en la cama, y antes de dormirse, él pensaba en la suerte que necesitaba para encontrar trabajo en el nuevo escenario que ha elegido para iniciar una nueva vida, y ella en las cosas domésticas que quedaban por hacer, en el río y en el lavadero, en la abrigada de la plazuela y en la costura y… ¿cómo no? y lo principal, en la fortuna para cuanto se propusiera emprender su marido.”
 

 

En los años siguientes en la casa de los tres balcones aumentó la familia con nuevos miembros: a mis hermanos mayores, que habían nacido en Valladolid, se les unieron mis hermanos medianos, que vinieron al mundo en Villaralbo del Vino, Zamora, en la casa que la abuela Lucia había alquilado para estar cerca de su hija; finalmente, más distanciados en el tiempo, nacimos los dos últimos hijos, primero yo y cuatro años más tarde la más pequeña de todos, rompiendo así la alternancia de niña-niño que desde un principio parecía que se había institucionalizado en el orden de los natalicios de la familia, y vimos la primera luz de nuestras vidas en la casa de los tres balcones. En estos dos últimos partos mi madre fue asistida por la comadrona del barrio, la señora Luisa, madre del escultor zamorano Abrantes, del que ya hablaré en este viaje.

Mientras todos crecíamos, hubo cosas buenas y cosas malas, como suele haber en todas las familias,  y tristezas, la peor de todas, la grave enfermedad de mi padre, de la que trataré más tarde. Prefiero ahora quedarme con las cosas positivas. Una de ellas fueron los primeros pasos que di por el barrio bajo el apodo de “apeto” (así llamaba yo en mi torpe lengua al peto, pantalón mono, que vestía) que chicos y grandes me pusieron enseguida. Mi hermana mayor me llevaba consigo a jugar con sus amigas a cromos sobre la acera de la carretera de Salamanca, pero en cuanto se descuidaba un poco, yo me ponía de pie y echaba a caminar hasta alguna casa vecina, en donde me colaba sin pedir permiso a nadie. Entonces mis incursiones aumentaron con el aumento del despiste de mi cuidadora; y así un día me colé de rondón en la cantina del señor Saturnino, y sin que al parecer nadie reparara en mí, llegué al patio donde jugaban a la rana unos cuantos parroquianos y allí me senté en el suelo a ver fascinado cómo las fichas de hierro, lanzadas por los jugadores, volaban por el aire y acababan golpeando la chapa del mueble donde descansaba una rana de hierro con la boca abierta, y cuando alguna ficha se colaba por la boca del batracio sonaba de manera diferente a las demás al caer en el cajón inferior del mueble; no recuerdo cómo acabó la partida porque, cuando más interesado estaba viendo rodar el molinillo o caer las fichas por los puentes que lo flanqueaban, las manos de mi hermana, visiblemente enfadada, me levantaron en vilo y me sacaron de aquel momentáneo paraíso.

Más importante que ese detalle de soltura y libertad infantil con las que me identificaba ya tan temprano, está el momento de descubrir mi río Duero. Fue una mañana de verano en que mi madre me llevó con ella a lavar a la yerbera del río. Allí tenía, rozando la orilla del agua, su tajo, un tablero labrado de forma ondulada donde restregaba la ropa, y el posa rodillas, pieza también de madera en forma de ángulo recto, ambas construidas por mi padre en el taller de Vaquero, adonde iba a trabajar algunas horas por las tardes, después de cobrar los recibos de la Funeraria. Mi madre se puso a lavar y yo me quedé mirando fijamente la corriente del río por donde bajaba la espuma de jabón. En la otra orilla había una pequeña isla y en su extremo derecho la calzada que llevaba a las aceñas. Esa fue la primera imagen del río que aprendí de niño. Después aprendí otras. La isla grande que se veía desde el Puente de Piedra y que tan misteriosamente se ofrecía a mi vista de niño, con aquella casa oculta entre los chopos o las barcas solitarias que aparecían atracadas siempre en algún tronco de la orilla. La arboleda de Pinilla (se llamaba así por el barrio vecino, donde vivía Demetrio, el amigo de mi padre, que además trabajaba con él en la Funeraria), adonde en buen tiempo bajábamos toda la familia a merendar o a cenar aquellas riquísimas tortillas de patata y pimientos fritos que mi madre preparaba con tanto mimo. En esa misma arboleda tenía su aparición todos los veranos mi vagabundo favorito el Tío Tizas, y también allí acampaban los gitanos y lo llenaban todo de ruidos de sartenes y gritos de docenas de churumbeles que se perseguían jugando entre los carromatos, ajenos a la dura vida de sus prolíficos progenitores. Vistas que pertenecían a la parte situada al este del río, dirección a Villaralbo y su fértil vega. También aprendí imágenes del río en la parte opuesta, la que empezaba bajo el primer arco grande del Puente de Piedra y corría paralela a las ruinas del convento de San Francisco; allí estaba la otra isla grande, a la que se podía acceder en verano cuando el calor reducía el caudal del agua y dejaba al descubierto la pequeña azuda perpendicular a la otra grande y extensa que llegaba casi a los cuatro volcados tajamares del arroñado puente de San Atilano, en el límite del soto de San Frontis.
 Las vistas de aquel lado eran las que más me gustaban. Una de ellas, junto a esta segunda isla, contenía el trozo de río arremansado por la azuda donde nos bañábamos bajo la atención de nuestra madre, que entonces cambiaba de lugar el tajo de lavar para frotarnos la piel a conciencia; era muy divertido entrar en el agua blancos de espuma de jabón y ver cómo tras zambullirnos en el río, éste se volvía blanco de repente. Aquel trozo arremansado espejeaba mejor que ningún otro la iglesia de San Ildefonso, que superaba con creces, al otro lado del río, los templos que le acompañaban, después de dejar atrás la Peña Tajada del Romancero; y además crecían juncos y espadañas en su orilla, y cuando crecí en picardía, descubrí que entre las piedras se ocultaban los escurridizos cangrejos, que por mucho que se ocultaran y dieran aquellas sacudidas para escapar de mis dedos, muchos de ellos acababan en el arroz que cocinaba mi madre.

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miércoles, 2 de diciembre de 2015

FOTOGRAFÍAS QUE HABLAN

IMPOSIBLE...POSIBLE
 
Imposible seguir en el mundo de la realidad. El carril de bicicleta es un viaje callado e inmóvil a los sueños de un buen desayuno. Los soles de las ruedas de la máquina se limitan a alumbrar en soledad
una escena familiar, hogareña. Baja, ciclista, de tu marcha real y sueña o recuerda, mientras reparas tu cansancio unos segundos, otro momento que pudiste haber vivido en el pasado.