miércoles, 13 de julio de 2016

CON CLAUDIO RODRÍGUEZ 4

Resultado de imagen de EL VUELO DE LA CELEBRACIÓN de Claudio Rodríguez


Bien diferente es el ensayo que le sigue, obra de José Manuel Trabado Cabado titulado La escasez suficiente. (Po)ética en la obra de Claudio Rodríguez. La afirmación más importante nada más comenzar el artículo es que en varios poemas del poeta zamorano se advierte en primer plano “una preocupación esencial en todo poeta: la de contemplar desde una visión crítica las palabras y su eficacia como trasmisoras de conocimiento y comunicación.” Y de ahí brota el problema entre el lenguaje normal y el poético. Trabado acude al poema “Voz sin pérdida” de El vuelo de la celebración para demostrarlo. Aquí la voz de la amada es lo que el poeta destaca más de ella, y además la pone en contacto con la naturaleza, haciéndola funcionar como “casi luz”, “almendra abierta”, en su vuelo rasero “es como un vencejo” y a media altura “como una alondra”; su sonoridad es “terreno rocoso” y el paisaje que evoca “es el de la serranía”. Todo contado como un recuerdo visto “desde la ciudad de un mundo sencillo perdido”. Pero en la segunda parte del poema se abre una clara oposición entre lo natural y lo convencional. “He oído y he creído en muchas voces / aunque no en las palabras. / He creído en los labios / mas no en el beso”. Donde “palabras” y “beso” adquieren significado de “convenciones y contratos establecidos entre los hombres”, mientras que las voces y los labios, lo natural para el poeta, no pueden disfrazarse ni encerrar ocultas intenciones. De ahí que la amada vuelva a ser su voz, que además es “entonación”, “aire”, “presencia y cercanía” para el poeta. “Que mientan ellas, las palabras tuyas. / Yo quiero su sonido: ahí, en él / tengo / la verdad de tu vida, como el viento.” Trabado afirma: “A través del poema se presenta una forma de entender los afectos, pero también una forma de estar en el mundo y acompañarse de lo esencial.” Y más adelante añade que lo que parecía un poema de circunstancias con anécdota amorosa incluida acaba siendo un pensamiento “que denota una ética entre las cosas y una poética ante las palabras (de ahí la segunda parte del título)” porque el poeta lo que hace realmente es someter al lenguaje “a una postura de profunda vitalidad que se ferra a un mundo cercano, nada sublime pero suficientemente consolador con su presencia (de ahí la primera parte del título). Una ética, la del poeta zamorano, “que muestra siempre una vía para seguir”. Las palabras sirven como bálsamo consolatorio y no, como en otros casos, para trascender la materia. Y si llevan música, mejor todavía, como ocurre en las canciones infantiles, a las que recurre tantas veces Claudio Rodríguez como el ideal que conseguir. Porque sabe que le ponen en relación con la inocencia de nombrar, que es “una forma de esquivar las trampas que acechan al lenguaje”. Una inocencia reclamada por el poeta no sólo como “una actitud ante la palabra sino como una forma ética de estar en el mundo a la que el escritor aspira.” Con todas estas afirmaciones Trabado nos va acercando a lo que en resumen es para él la concepción de la poesía de Claudio Rodríguez, una alianza “con las cosas y los sucesos mínimos para ver en ellos la honda verdad de nuestras vidas.” Y aclara que eso se debe a la ética que empuja al poeta de Zamora a recatar al mundo por medio de la palabra para entregárselo a los demás “a media voz, fabricando esa verdad que queda dicha como si fuera de paso.”
 
Resultado de imagen de Claudio Rodríguez en Zamora
 
Por su parte Andrés Sorel en su trabajo Claudio Rodríguez. Caminando en silencio y buscando sus palabras, que ocupa las páginas centrales de la Revista y que incluye fotografías del propio Claudio, una luciendo su eterno cigarrillo entre los labios o posando delante del mar Cantábrico y otras formando parte de un equipo de fútbol o acompañado de los poetas Hierro, Aleixandre y José Ángel Valente o de su esposa Clara, cuando no ilustraciones de calles emblemáticas de la ciudad del alma (una de ellas hecha por el fotógrafo zamorano Quintas a principios de los 60). ¿Y cómo no?, una vista del Duero a su paso por Zamora. Sorel en su trabajo se limita a hacer una semblanza de la vida y la obra del poeta zamorano, articulada en varios apartados: En el primero, “Zamora, ciudad del alma”, recoge algunos datos de la vida del poeta, fecha y lugar de su nacimiento, nombres y dedicaciones de sus padres, y gentes zamoranas y naturaleza y trabajos agrícolas y libros de poesía de la biblioteca paterna (Rimbaud, san Juan de la cruz, Verlaine, fray Luis de León, santa Teresa de Jesús, Baudelaire…). Y sus estudios de Bachillerato en el Instituto Claudio Moyano y la progresión en conocimientos literarios de la mano de su profesor de Literatura (y mío) don Ramón Luelmo, y sus partidos de fútbol (Claudio, Callín para nosotros y sus amigos, tenía un toque de pelota mágico) y sus trabajos de contable de las fincas de su madre (su padre había muerto algunos años antes). Y sus primeros poemas (a los 15 años publica el titulado “Nana de la Virgen María” en El correo de Zamora). Y cuando publique en 1958 Conjuros,  la Zamora recordada con el Duero y la vida vivida junto a ellos serán los protagonistas del libro. Para entonces ya ha conocido a Clara Miranda, que será su mujer y le acompañará en otros viajes a la ciudad del Duero, a Inglaterra, a Cantabria…
 
Resultado de imagen de Colección adonais claudio rodríguez
 
En el segundo apartado, “Educación y sensibilidad. Los primeros libros. Algo más que un amigo”, aparecen nuevas fechas, nuevas experiencias: por ejemplo, 1951; becado, se traslada a Madrid para estudiar Filología Románica. 1953, se presenta al Adonais y lo gana con Don de la ebriedad, que impresiona a Aleixandre. “La poesía es canto, celebración, conocimiento amoroso, meditación, lenguaje como experiencia, expresión de la realidad a través de la palabra poética…” El recuerdo de Zamora y de las canciones infantiles que oyó allí y que siempre le provocaron una atracción sin límites le lleva a escribir su tesis de licenciatura sobre El elemento mágico de las canciones infantiles de corro castellano. La milicia universitaria, el Congreso Universitario de Escritores jóvenes, la breve afiliación al Partido Comunista, alguna fugaz detención… Madrid y sus tabernas, pero también las visitas a Aleixandre, un verdadero maestro y amigo. Reencuentros con Zamora (Blas de Otero le acompaña en sus visitas al vino). 1958, publicación de Conjuros, que dedica a Aleixandre.
 
Resultado de imagen de alianza y condena
 
El tercero, “Inglaterra. Poetas. Libros. Añoranzas”, empieza hablando del viaje de Claudio a Inglaterra. Le incitaron a hacerlo los poetas Aleixandre y Dámaso Alonso y le ayudaron para que una vez allí ejerciera de lector de español entre 1958 y 1964 en las Universidades de Nottingham y Cambridge. Durante su estancia gestó su tercer poemario, Alianza y condena, y se empapó de los poetas ingleses, entre ellos, Elliot, a quien tradujo. En 1959 se casó con Clara Miranda, que ya estaba en Cambridge, donde permanece desde 1960 a 1964. Correspondencia con Aleixandre, que le aconseja que incluya la palabra “alianza” en el título del libro que va a sacar a la luz. Regresa a España (tiene ya 30 años) y en 1965 publica Alianza y condena, por el que recibe el Premio de la Crítica. Al año siguiente publica Poesía, libro en el que recoge los tres poemarios publicados hasta ese momento. Profesionalmente se dedica a la enseñanza universitaria. Regresa nuevamente a Zamora para participar en el homenaje que se hace al viejo y querido profesor de Instituto don Ramón Luelmo.
 
Resultado de imagen de "el vuelo de la celebración" claudio rodriguez

En el cuarto apartado, “El vuelo de la celebración. El dolor, el no buscado reconocimiento”, irrumpe la tragedia en la vida de Claudio: su hermana María del Carmen es asesinada y al año siguiente fallece su madre. Pero su obra sigue su marcha. En 1976 aparece su cuarto libro, El vuelo de la celebración. Palabras del poeta: “Celebrar lo que se abre o lo que se cierra desde todas las posibilidades vitales: la figura de las cosas, el poderío de las sensaciones. Celebración como conocimiento y como remordimiento.” Llegan nuevos premios: el Nacional de Literatura en 1983 por Desde mis poemas, donde reúne sus cuatro libros publicados hasta el momento, y en 1985 el de las Letras de Castilla y León. Al año siguiente es elegido miembro de la Real Academia Española. En 1993 se le otorga el Príncipe de Asturias de las Letras y a continuación, el Reina Sofía de Poesía por su último libro Casi una leyenda, que había salido a la luz en 1991. Sobre los premios el poeta dice: “La poesía es fidelidad hacia la creación. Los premios (…) no influyen para nada.” Y sobre el hecho de dar a conocer nuevos libros: “No me interesa publicar. Lo que me interesa es el proceso creador. (…) La poesía no está presente en los libros. (…) La poesía está muy viva siempre.”
 
Resultado de imagen de la tumba de claudio rodriguez

Finalmente, en el último apartado, “Y cuando llegue la muerte no vendrá el olvido”, Sorel nos recuerda la fecha de la muerte del poeta, 22 de julio de 1999 (contaba Claudio 65 años de edad) y que fue enterrado en el cementerio de Zamora. Su legado es recogido por la Biblioteca de Zamora. “El Seminario Permanente de Claudio Rodríguez es su memoria viva, el albergue de su palabra.”

domingo, 10 de julio de 2016

CON CLAUDIO RODRÍGUEZ 3

Resultado de imagen de desde mis poemas claudio rodriguez

Fernando Martos Parra se interesa en la Revista por contestar a la pregunta ¿A quién se dirige la voz de Claudio Rodríguez? (así se titula su artículo). Y empieza anticipándose a la conclusión diciendo que lo que busca el poeta en el lector es un cambio profundo, radical y social para poder comprender su poesía. Luego cita la experiencia del director de cine Fernando León, expuesta por el creador de Los lunes al sol en las I Jornadas del Seminario Permanente de Claudio Rodríguez de 2005, según la cual el libro que le había servido “de botiquín espiritual, de brújula” durante el rodaje de la película había sido Desde mis poemas (1983), con el que el poeta zamorano había conseguido el Premio Nacional de Literatura, pues no en balde el film refleja la lucha que realizan los dos personajes principales que están en paro por el futuro de los demás trabajadores; “no es una lucha personal, es una lucha social.” (Que es a juicio de León lo que predica el poeta zamorano en muchos de sus poemas: solidaridad con los otros.) También incluye Parra la experiencia de la hermana María Mayo en el Congo “en lucha abierta a favor de las mujeres oprimidas en África. La monja se apoya para realizar sus reivindicaciones sociales y humanitarias en tres poemas de Claudio Rodríguez: partiendo del primero, que empieza “Siempre la claridad viene del cielo; / es un don”, habla de una luz interiorizada, compartida y dialogada que permita la transformación de la realidad”. De los versos “como avena / que se siembra a voleo y que no importa / que caiga aquí o allí si cae en tierra” extrae la esperanza de que su discurso llegue a prender. Finalmente, de “nunca arderá bastante / la lumbre, aunque se haga con estrellas” saca la fuerza y sabe en qué manos amigas se sostiene. Para concluir este aspecto social de la poesía de Claudio Rodríguez, Martos Parra recurre a las propias palabras del poeta zamorano: “En mi obra siempre existe la preocupación por el hombre aunque no se hable del hombre explícitamente. El hombre vive en una sociedad y la poesía tiene que reflejar ese tipo de situación.” Luego entra en otros terrenos de la poesía de Claudio Rodríguez, como en el trabajo artesanal de la creación poética, que es muchas veces un tantear y no saber muy bien por qué caminos se va, o que el poema es un “organismo vivo”, una metáfora del corro infantil “donde palabra y ritmo generan salud y armonía”. ¿A quién dirige, pues, su voz el poeta?, se pregunta el propio Parra para contestarse inmediatamente: “A alguien siempre renovado que celebra la vida (…) y no siente su limitación como desesperanza dolorosa.”

Resultado de imagen de el ojo de la cerradura


El ojo de la cerradura: un nuevo acercamiento a Casi una leyenda, es el siguiente artículo, que firma Michael Mudrovic, el cual comienza recordándonos que el poeta llevaba quince años sin publicar debido a que “estaba tratando de resolver varios problemas estéticos que se le habían presentado tras la publicación de El vuelo de la celebración. Como todo el mundo sabe Casi una leyenda se configura en tres secciones de cinco poemas cada una. Y aludiendo al título puesto a su ensayo, Mudrovic plantea la cuestión de que “se puede trazar una línea recta –el ojo de la cerradura- formada por la introducción y los dos interludios y que las otras secciones son las tres vueltas a la llave que abren una brecha cada vez más ancha entre éstas y la línea recta.” Pero antes de seguir con su tesis, el articulista nos llama la atención sobre los versos que encabezan las tres secciones en que se estructura Casi una leyenda, respectivamente “De noche y por la mañana”, “De amor ha sido la falta” y “Nunca vi muerte tan muerta”; y lo primero que afirma de ellos es que encierran en sí equívoco o ambivalencia: el primero, oposición entre la claridad y la sombra, “el deslumbramiento que ha venido desconstruyendo desde Don de la ebriedad” Claudio Rodríguez; el segundo puede ser interpretado bien como la falta como carencia de amor, bien como que el amor ha sido el culpable de lo que ha ocurrido; finalmente, el tercero, contradicción entre la muerte y la eternidad. Dicho esto, Mudrovic recurre a la metáfora del círculo para afirmar cada sección del libro guarda dicha estructura, y así nos recuerda que, por ejemplo, el último poema de cada parte nos remite al primero y a la vez sirve de “trampolín” para el siguiente apartado. Y va más lejos cuando asegura que “para rematar la lectura de Casi una leyenda es imprescindible volver a leer ‘Calle sin nombre’ (…), aunque ‘Secreta’ también nos impele y conduce hacia el próximo libro del autor, desafortunadamente inconcluso, Aventura”. Y el ensayista continúa desarrollando su pensamiento poniendo el acento en el ‘Segundo interludio de enero’ (sección de dos poemas), que además de presentar ese diseño circular recurre a la imagen de una puerta; de ahí a la cerradura y a la llave que cierra o abre puertas hay sólo un paso, y la conclusión de Mudrovic no se hace esperar. “En el caso de Casi una leyenda (último libro publicado por Claudio Rodríguez cuyo valor reivindica el articulista frente a quienes ven en él mengua de las habilidades poéticas del autor por “la edad o por cualquier otro motivo, más o menos peregrinos”) la cuestión es a mi juicio encontrar esa llave que nos permita abrir la cerradura y lanzarnos al futuro.”
 
Resultado de imagen de noche de estrellas
 
Natalia Carbajosa en su artículo Claudio Rodríguez y Gerard Manley Hopkins: el lenguaje de las estrellas considera al poeta zamorano uno de esos vates visionarios que han nacido para “descifrar y celebrar el misterio ontológico que anida en la naturaleza” y en eso lo compara con Hopkins, uno de los poetas ingleses más admirados por el autor de Don de la ebriedad y cuya influencia se nota en la visión del mundo que ambos muestran en sus respectivas poesías. Y para demostrarlo pone en comparación dos poemas de sendos poetas: “A las estrellas”, de Claudio Rodríguez, que aparece en Conjuros (1958), y “Noche estrellada”, de Hopkins, escrito en 1877. En primer lugar Carbajosa afirma que ambos poemas (mucho más extenso el de Claudio) “comparten en su inicio el estado de arrobamiento con que el poeta contempla el cielo estrellado.” Y aduce para demostrarlo a la cantidad que en uno y otro poema aparecen las interjecciones, los vocablos referidos a la luz que emana de las estrellas (fuego, claro, diamante, oro vivo, en llamas, multicentelleante… en Hopkins; resplandezca, lumbre, queme, hierro al vivo, resplandor, luz, arda, fuego… en Claudio); también para ambos el mapa del cielo es otra naturaleza, y en ambos aparecen los mismos imperativos o exhortaciones (“¡Mirad, mirad…!”, en el poeta inglés; “¡Ved, ved…!”, en el poeta español).
Una vez enunciadas las semejanzas entre ambos poemas, Carbajosa pasa a mostrar la diferencia que existe entre la actitud creadora de ambos poetas. Mientras que Hopkins, identificando en su poema el cielo con las cosas de la tierra, “constituye un proceso metafórico por el que el sujeto que la describe también parece fundirse con el cosmos” en un éxtasis propio de los místicos (no hay que olvidar que Hopkins se ordenó sacerdote y cultivó la poesía religiosa trascendente), en el poema de Claudio Rodríguez  las cosas de la tierra, la meseta, los sembrados…, siguen aquí abajo, sin fusionarse nunca con el cielo estrellado, que está siempre muy distante (“¡No me queme su lumbre / sino su altura…”). Sin embargo, concluye la articulista, la influencia del poeta inglés en el poeta español es en parte cierta: “dos poetas que miran a las estrellas y, en su mirar, traducen el lenguaje en que éstas hablan.” Un pero al artículo de Natalia Carbajosa: el poema de Hopkins no se incluye en la Revista acompañando el de Claudio Rodríguez. Me hubiera gustado mucho leerlo, aunque fuera traducido al castellano.
 
Resultado de imagen de gerard manley hopkins
 
Por eso, para quien quiera leerlo, copio debajo el poema de Hopkins:
 
"¡Mirad los astros! ¡Mirad, mirad los cielos!
¡Mirad todos esos duendes de fuego sentados en el aire!
¡Allí los claros arrabales, las curvas ciudadelas!
¡En foscos bosques el diamante escarba! ¡Élficos ojos!
¡Los grises prados fríos donde hay oro, oro vivo!
¡Batir del viento en la mojera! ¡Aéreos álamos en llamas!
¡Copos que flotan, las palomas, después del susto en el corral!
¡Ah, todo es beneficio, todo es premio!
¡Pujad, pues, comprad! ¿Qué? Rezos, paciencia, fines, votos.
¡Mirad, mirad la mezcla en mayo de ramas de frutales!
¡Mirad la flor de marzo, los sauces tintos de amarillo!
Son sin duda el granero, y, adentro, las gavillas.
Se encierra en esta cerca multicentelleante
el lar de Cristo esposo, y su madre, y sus santos."

sábado, 9 de julio de 2016

FOTOGRAFÍAS QUE HABLAN

Con Ramón Casas y otros tiempos



El tiempo es el que es, y la fotografía lo máximo que puede hacer es aproximarse a la melancólica poesía que siempre nos evoca el recuerdo del pasado. Dos cipreses enmarcan la pintura de mi casa de infancia que realicé hace algún tiempo en el sector de la derecha del cuadro que aún estoy pintando (el tiempo dirá cuándo está acabado). Los tres balcones de nuestra morada durante más de veinte años, azules como la ilusión que tenía la familia, siempre mirando al Puente sobre el Duero y a las murallas de Zamora, recinto sagrado para todos nosotros. La puerta de entrada, abierta como la esperanza, las dos ventanas, ojos asombrados, los dos poyos de piedra, reposo y alivio para las noches de verano y la misteriosa puerta del corral de los vecinos de abajo (falta el perro que ladraba al vernos llegar o salir de la casa).
Y dos añadidos mágicos. En lo alto, una reproducción de la Torre del Caracol, de Benavente, monumento que siempre alimentó mi retina. Y en la parte inferior, sobre un espacio verde como imagen de lo que siempre pervive, un modesto homenaje al pintor catalán Ramón Casas, en el 150 aniversario de su nacimiento. En este cuadro interminable de mi vida creí necesario dejar muestra de mi admiración por el pintor modernista que se hizo célebre por sus retratos y sus pinturas sobre la flor y nata cultural y política de su época. Y aunque sea imposible en la realidad, he intentado unir en el tiempo de la emoción lo que viví de niño y admiré de adulto. Que no lo haya conseguido no me importa demasiado.