viernes, 13 de noviembre de 2015

FERNANDO DEL PASO, PREMIO CERVANTES


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Ayer, jueves 12, se concedió el Premio Cervantes al escritor mexicano Fernando del Paso (1935); ya son cinco los compatriotas del país azteca que lo han recibido antes que él: Octavio Paz (1981), Carlos Fuentes (1987, Sergio Pitol (2005), José Emilio Pacheco (2009) y Elena Poniatowska (2013).
Fernando del Paso, ha obtenido el XXX Premio Cervantes “por su aportación al desarrollo de la novela aunando tradición y modernidad, como hizo Cervantes en su momento. Sus novelas llenas de riesgos recrean episodios fundamentales de la historia de México, haciéndolos fundamentales”, como reza en el acta del jurado que se lo acaba de otorgar. Dibujante, locutor de radio, poeta, narrador, ensayista y dramaturgo, cuenta en su haber con poemarios como PoeMar, Paleta de diez colores o Sonetos del amor y de lo diario; novelas, cuyo andamiaje es la historia del país, según su autor, como Noticias del imperio, Palinuro de México o José Trigo; ensayos como Bajo la sombra de la historia, El coloquio de invierno o Viaje alrededor del Quijote, y dramas y comedias como La muerte se va a Granada, La loca de Miramar o Palinuro en la escalera.
 
He aquí uno de sus sonetos:

“Como el oro, por rubio, es tu cabello.
El oro y el otoño, que es su hermano,
se despiden, volando, del verano
y viajan, río abajo, por tu cuello.

Y yo, que me robé y guardé un destello
en el hueco más claro de la mano,
una carta, en las hojas de un manzano
te escribo con su brillo, la embotello

en un litro de luz y te la envío,
y dice así: “el mar, mi casa entera,
el corazón, mis ojos, cinco rosas:

por ahogarme de nuevo en ese río
de dorada quietud, qué no te diera:
mi peso en oro, en sol, en mariposas...”

jueves, 12 de noviembre de 2015

FOTOGRAFÍAS QUE HABLAN

 
POESÍA
 

Entre leer poesía y beber poesía hay un camino único: el de la pasión por vivir y dar placer a la vez al espíritu y al cuerpo. Beber poesía es saborear la sangre de la tierra y sentir su calor corrernos por las venas. Leer buena poesía y beber buen vino es poder probar que a veces dejamos de ser simples mortales y nos acercamos al paraíso aquí en la tierra. 

martes, 10 de noviembre de 2015

MEMORIAS DE UN JUBILADO. MI RÍO DUERO, CAUCE VIVO II


CAUCE VIVO

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Pero los verdaderos protagonistas y artífices de mi vida y de mi infancia fueron mis padres y mis hermanos. Mis padres acabaron abandonando el pueblo vallisoletano donde vivían recién casados por culpa de la guerra civil para venirse a vivir a Zamora. Allí, en el pueblo vallisoletano, sufrieron hasta no poder más cuando ya tenían una niña muy pequeña a su cuidado y otro ser que latía en el vientre de mi madre. Precisamente este detalle del embarazo de mi madre fue primordial para que salvase la vida en un momento en que estuvo a punto de perderla a manos de los falangistas recién sublevados contra el Gobierno democráticamente elegido. No sé cuántas veces nos contó nuestro padre lo sucedido entonces, y lo recuerdo como si lo hubiera vivido yo mismo, y eso que aún esperaría ocho años para abrir los ojos en este mundo tan incoherente. Sin embargo, antes de repetir aquí las palabras de mi padre, prefiero hablar de él y de su vida hasta enlazar con el principio de la mía.

Mi padre nació el 14 de octubre de 1908 en Valdenebro de los Valles, pueblo de la provincia de Valladolid cercano a la histórica villa Medina de Rioseco. Se llegaba a Valdenebro en el momento en que yo lo recuerdo por un camino asfaltado mil veces y otras tantas descarnado por las lluvias y los carros. Algunos chopos, viñedos y campos de trigo acompañaban al viajero desde Medina al pueblo. Un palomar, situado a la izquierda de la marcha, señalaba el punto de arranque del breve y estrecho caminito que ascendía al pueblo. La iglesia, en lo alto, cobijaba a su alrededor, como una buena madre a sus hijos, modestas casas de labradores y ganaderos. En una casa de esas nació el hombre que 35 años después sería mi padre. El impetuoso y frío viento de otoño azotaba las patas de las ovejas recogidas en el chiquero del monte y aullaba escandalosamente en las esquinas y revueltas de las callejas del pueblo. Pero dentro de la casa feliz ardía leña abundante en la chimenea y algunos parientes habían acudido para felicitar a los padres del recién nacido y desear todo tipo de felicidad a la familia. El mejor vino de la modesta bodega fue llenando los vasos de los allí reunidos para brindar por tan fausto acontecimiento. A los pocos días se sacrificaría un cabrito, y la alegría de todos los convidados a la fiesta acompañaría al recién venido al mundo. Gente habría que antes de bautizarlo sugerirá a los padres nombres de antepasados familiares para ponérselo al niño. Otros propondrán sencillamente el santo del día, Calixto. Por su parte, el padre de la criatura, pensó ponerle el suyo propio, Esteban, nombre muy abundante en la familia, pero al final el nombre que se impuso sobre todos los demás fue el de Fortunato, tal vez con el ánimo de conjurar para el bautizado toda clase de suerte, de fortuna, de venturas sin límites.

Once años más tarde, el abuelo Esteban llevó a mi padre al monasterio cisterciense de la Santa Espina, situado en el municipio de Castromonte, en los Montes Torozos, que entonces alojaba el Colegio de artes y oficios.

“Querido padre: Esta mañana el abuelo Esteban te ha traído a este gran colegio de artes y oficios. Tu pelo rizado y tus inquietos ojos negros enseguida han llamado la atención de tus profesores y condiscípulos, si bien te sientes todavía como pez fuera del agua en este lugar abrumador de extensos y cuidados jardines, de pabellones con ventiladas aulas y amplias naves donde los talleres respiran sus mil ruidos de maquinarias y herramientas múltiples, y todo junto al magnífico monasterio románico-gótico de grandes torres y fachada imponente. Acabas de dejar la vieja y humilde escuela del pueblo de paredes desconchadas donde todos los imaginables mapas de humedad tienen cabida, con el maestro anciano y achacoso que ya estaba para cualquier cosa menos para enseñar a rapazuelos cuya vida es el sueño y la aventura por los campos de los alrededores en busca de nidos y apetitosas frutas. Y como fuera de lugar te encuentras ahora recién llegado a estas ordenadas clases donde el cálculo se convertirá en tu mejor amigo, donde la letra y el dibujo se volverán en tus hábiles manos elegantes y bellos, donde el mundo humano y útil de la carpintería irá impregnando poco a poco, con amor, paciencia y sabiduría, toda tu persona con el honrado perfume del serrín y las virutas, de la madera que milagrosamente se adaptará a la curva poesía de un baúl, a la seria solidez de una cómoda, a la firme y silenciosa solemnidad de un féretro. Aun así, algunas noches, al echar de menos las alegres correrías por la arboleda del camino viejo en compañía de Florencio, tu mejor amigo, esconderás, querido padre, la cabeza bajo la almohada para que no te oigan llorar tus compañeros de internado. Y en otros momentos del día, cuando notes la falta de la cercanía de las manos de tu madre en tu pelo rizado, te apartarás hasta el pinar del cercado para ocultar igualmente la tristeza.

Los primeros meses serán los peores porque todo cuanto veas a tu alrededor te recordará el mundo idílico que acabas de abandonar en Valdenebro; y  así, este chico que se sienta en el pupitre de la izquierda, alto, desgarbado y algo tartamudo, te recordará a cada instante durante al menos algún tiempo, a Pedro, el monaguillo del pueblo; y el hermano Isaac, de espesísimas cejas, te hará pensar en el herrero, tu vecino; y el señor mayor que todas las tardes va llenando los sacos de su carro con sobras de madera es el vivo retrato de Benito, el anciano solitario del palomar que pasa con su carro por el pueblo regalando a quien quiera el abundante excremento de pichones, palomas y palominos, que tan fértil es para la agricultura; y los gorriones que se persiguen con escandalosa algarabía entre los árboles y plantas de los jardines, y las urracas que carcajean como brujas entre los pinos, moviendo sus largas y blanquinegras colas como batutas de director de orquesta, y las insistentes totovías de las vecinas tierras de labor, te recordarán irremisiblemente los gorriones de las callejas por donde las vacas del tío Rafael salen del pueblo hacia el regato del Piojoso para abrevar despacio la escasa agua que baja por él, las urracas de los vecinos tesos que miran a la parte de Rioseco recorriendo las ramas de chopos y almendros, y las dulces totovías que a la tarde se acercan a las bardas de los corrales y desde allí envían a las viviendas sus silbos insistentes y melancólicos.

Pasado el tiempo de la añoranza, te irás acostumbrando a la vida de paz y de trabajo de La Santa Espina y sentirás verdadera devoción por el hermano Teófilo, sabio y simpático en las clases de Cálculo, y tierno en los sermones de la tarde, momentos antes de subir a los dormitorios. Y sentirás igualmente cariño y compasión por Valbuena, el chico enfermizo de Valladolid. Creo que se llamaba Antonio, Antonio Valbuena. Él te hizo amar el dibujo con tanta fuerza, que ya nunca abandonarías la afición por la línea y el volumen que un modesto carboncillo, bien manejado, puede convertir en una perdiz a punto de levantar el vuelo, o en una cabeza de Cristo, como aquel Cristo de la Caña que siempre estuvo en la casa de Zamora y que desapareció, por esos caprichos inexplicables del destino, durante el traslado a Barcelona muchos años después, o en una hermosa niña con trenzas como aquella que estuvo adornando el pasillo de la casa de tu hermana, la tía María, hasta poco después de su muerte, cuando uno de sus hijos se encaprichó del dibujo y dejó huérfana la pared de su entrañable presencia. Tu amigo Valbuena moriría, según contaste tú, en una prisión de Oviedo durante la odiada guerra civil.

Querido padre: Esta mañana el abuelo Esteban te ha traído al Colegio de La Santa Espina para que aprendas un oficio que te abra en el futuro las puertas del trabajo. Cuatro o cinco años pasarás aquí dentro, de interno y, mientras aprendes a ser un hombre de provecho, de piedad, de disciplina y trabajo bajo la mirada protectora de estos buenos religiosos, vivirás la dolorosa experiencia de la muerte de tus padres, primero la de este hombre bueno, el abuelo Esteban, que hoy ha firmado tu ingreso en el Colegio, y al poco tiempo la de la mujer que te trajo al mundo, la abuela Juana. Y al abandonar los estudios, experto en el dolor y el luto y en el mundo de la seriedad y del trabajo, irás a vivir con tu hermano mayor, el tío Félix, aquel que moriría de gangrena y cuyo final, igualmente traumático, también nos contaste en familia. Maduro a la fuerza, empezarás a ganarte la vida en el pueblo. Con un banco de madera, unas cuantas herramientas y la sacrificada carne de los árboles, al conjuro y habilidad de tus manos, querido padre, brotaron las primeras sillas y las primeras mesas por encargo.”

 
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Mi padre quiso siempre para nosotros sus hijos una educación basada en amplia cultura general y buen aprendizaje de un oficio. Luego, con el tiempo, las cosas no salieron como la familia esperaba, pero en un principio, las intenciones y deseos de nuestro padre se cumplieron en parte al menos en los dos chicos menores, mi hermano Aurelio y yo, pues ambos fuimos alumnos externos (externos porque vivíamos en el mismo lugar que el centro de estudios) de un Colegio parecido a La Santa Espina, aquel en que él había estudiado de chico. Mi hermano mediano y yo estudiamos algunos cursos en la Universidad Laboral de Zamora, que regían los hermanos Salesianos. Yo ya había pasado por dos centros de enseñanza: uno, situado en la capital, casi frente por frente de nuestra casa; y por ello diariamente debía cruzar el Puente de Piedra sobre el Duero para llegar hasta él; luego enfilaba la cuesta del Pizarro y, por la calle de San Ildefonso, salía al principio de la calle Ramos Carrión, que era donde estaba el Colegio. Se llamaba del Amor de Dios y estaba regido por monjas. Lo primero que debíamos decir al entrar por su puerta era “Ave María Purísima”, y la hermana de la recepción nos contestaba “Sin pecado concebida”, que los niños convertíamos en nuestro interior por “Sin picado con cebolla”, cosas de la infancia, que para estas cosas es un manantial de imaginación. Aquello de cruzar el Puente y ver el río debajo pasando constantemente era un verdadero espectáculo para mí, que era un crío y poca cosa, físicamente hablando, espectáculo que a veces conllevaba cierto riesgo, especialmente en los días en que el viento soplaba con fuerza; entonces mi madre hacía bromas conmigo mientras me acariciaba el pelo ensortijado y me abrochaba bien el abrigo diciéndome: “Cuando bajes a la plazuela métete piedras en los bolsillos, no sea que te lleve el viento en el Puente de Piedra.”

“Eres tú para mí, Puente Romano,
como el cordón umbilical seguro
que tiene unidos en abrazo puro
la mágica ciudad y el barrio hermano.
 
Tu antigua piedra, Puente, fue la mano
que abriendo el agua de mi Duero oscuro
llevó siempre mis ojos hacia el duro
peñón, cuna del gesto zamorano.
 
Ya nada borrará tu exacta forma
de aquella vista mía desde casa
que yo me impuse siempre como norma:
 
abajo el río que rezando pasa;
sobre él tu carne; y ascendiendo en celo
roca, muralla, campanario y cielo.”

 

El segundo centro de estudios era, como ya he dicho aquí, la escuela del barrio que regentaba don Andrés, el sabio maestro que padecía del estómago y nos contaba, como sólo él sabía contar, las leyendas y la historia de Zamora, la del barbo que se tragó el anillo de san Atilano o la del sitio de la ciudad en el que encontró la muerte el rey don Sancho a manos del traidor Bellido Dolfos.

Regresando a los Salesianos, para llegar a él había no sólo que cruzar diariamente el Puente de Piedra, sino toda la ciudad al completo pues la Universidad Laboral se encontraba en el extremo oeste, junto al cuartel militar y el Instituto de Enseñanza Media, adonde iría a parar yo pasados unos pocos años. Con nosotros iba también un chico del barrio y, como Aurelio era mayor que nosotros y su zancada el triple que la nuestra, nos arrastraba a su lado con la lengua fuera. Entonces, pese a ir a la carrera, aprendí a localizar lugares y edificios que no conocía de mi ciudad: el Palacio del Cordón (llamado así porque enmarcando la puerta aparecía el cordón de san Francisco), la cuesta de Alfonso XII, la calle de los Herreros, la Plaza Mayor y el Ayuntamiento Viejo, la calle de Santa Clara, una de las más largas de la ciudad adonde se asomaban edificios emblemáticos como el Hogar de Educación y Descanso, la iglesia de Santiago del Burgo (el de la lágrima de piedra suspendida en la puerta que cantara nuestro poeta Claudio Rodríguez), el Banco de España o el Museo Provincial, entre otros. Tras dejar atrás la Farola, enfilábamos la acera de la Emisora de Radio y al cabo de un rato llegábamos a las inmediaciones del Cuartel Militar, casi punto final de nuestra carrera diaria, en la que Aurelio llegaba sin despeinarse y nosotros dos, Juan Andrés y yo, prácticamente reventados; y digo “casi punto final” de la carrera porque faltaba aún el último y definitivo “spring” una vez que divisábamos en medio de la calle, delante de la entrada del Colegio, y haciendo sonar su proverbial esquila, la figura alta y embutida en su sempiterna sotana negra del hermano Consejero; entonces a su amenazadora vista acelerábamos al máximo la velocidad de nuestras piernas para evitar que un sello rojo más de falta de puntualidad apareciera en nuestras tarjetas.

Junto a la puntualidad, en los Salesianos se premiaban otras virtudes como la disciplina, la laboriosidad, las impecables presentación y  letra en los trabajos escritos, el buen comportamiento y la piedad. De aquel tiempo vivido allí guardo buenos y malos recuerdos y aseguro que entre estos últimos no incluyo la carrera diaria, que al fin y al cabo, con el paso de los años, se ha convertido en una simpática anécdota que repetimos en nuestros encuentros familiares todavía hoy. Un mal recuerdo de la época de los Salesianos eran los escalofriantes relatos que nos hacía escuchar el hermano Prefecto al acabar el día en la monumental iglesia del Colegio durante las llamadas Buenas Noches (evidentemente, para mí, eran Malas, Malas Noches). En esos relatos, encaminados indudablemente a fomentar la devoción y la piedad de los alumnos, aparecían difuntos que ardían en sus féretros porque de niños se habían olvidado de confesar un pecado mortal, personas que finalmente se ahogaban, en sus repetidos intentos de suicidarse arrojándose al río, tras desembarazarse del escapulario que llevaban al cuello, o algún mal hijo que, para ingresar en bandas de criminales, entregaba el corazón de su madre, como prueba de su perversidad, después de arrancárselo del pecho. Aún recuerdo con escalofríos el desenlace de esta última historia. El cruel hijo, con el corazón aún caliente de la madre entre sus manos, corre a entregárselo al jefe de la banda criminal, y en su carrera tropieza y cae en el camino; entonces se oye la voz de la madre que le dice angustiada: “¿Te has hecho daño, hijo mío?”

miércoles, 4 de noviembre de 2015

MEMORIAS DE UN JUBILADO. MI RÍO DUERO. CAUCE VIVO I


LO QUE FALTA SIEMPRE

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Este viaje sentimental, acompañado de la presencia constante del río Duero, no puede empezar en otro sitio que en la ciudad del alma, Zamora, donde nací el 20 de febrero de 1944, al poco tiempo de haber acabado la guerra civil más incivil de todas y a punto de terminar la Segunda Guerra Mundial, ¡menudo  momento para abrir los ojos al mundo! Pero uno no tiene la facultad de nacer cuándo quiere.

“Nací en Zamora la austera,
la enamorada del Duero,
la que cantó el Romancero,
mística, noble y guerrera.”

Aquí, en Zamora, el río Duero se halla en la última fase de su recorrido, digo geográficamente, y así corre por debajo de los puentes, retrata la ciudad, su muralla y sus templos y edificios más emblemáticos, deja atrás las azudas y las aceñas y sigue su marcha hacia los Arribes, para después entrar en Portugal, atravesar el país vecino y desembocar en el Atlántico por Oporto, la última ciudad que le da la bienvenida y la despedida a la vez. Porque biológicamente, a diferencia de nosotros, que lo vemos venir y pasar a la vez mientras estamos vivos y luego ya no volveremos a verlo, el Duero siempre está naciendo en los Picos de Urbión, provincia de Soria, y siempre está muriendo en el estuario de Oporto. ¡Quién pudiera imitarlo! Parodiando a Claudio Magris en su Danubio, el río Duero que corre bajo el Puente de Piedra, imagen que yo veía siempre desde los balcones de mi casa natal, representa a la vez el pasado, el presente y el futuro; “lo que falta siempre, lo que nunca es porque siempre ha sido o será.” Lo que falta por pasar, y lo que nunca pasa del todo porque siempre es a la vez pasado y futuro. Lo dicho.

Durante mi infancia, constituyeron el Duero y sus aledaños el escenario fundamental de mis juegos y aventuras y de ahí que aparezca recurrentemente el río en la mayoría de escritos que evocan mediante la memoria, que es el instrumento más idóneo para arrancar al tiempo (y a la muerte en consecuencia, cuando yo ya no esté) toda la vida posible para salvarla del olvido, que es peor aún que el tiempo y la misma muerte; decía que por ello en la mayoría de mis escritos, en prosa o en verso, aparece insistentemente el Duero, al lado de personajes entrañables como el Tío Tizas, un viejo y pobre vagabundo que a la llegada del verano asomaba en la arboleda llevando a cuestas su saco y su manta proverbiales.

“Con amor lo recuerdo. Lo quería
como quiero al verano, a la vereda
del río, al puente roto, a la arboleda,
a toda su vital mitología.”

O los simpáticos gitanos, que, como los cantó Lorca en su Romancero, no eran para mí “sueño y bronce”, cuando

“en olvido acampaban junto al río”:
eran llanto acosado por el frío,
hambre de siglos, esposadas manos.”

El ruido humilde de lonas y sartenes acompañaba al Duero en sus susurros. En melancólicos vaivenes, vengo de aquel tiempo y voy a él, y allí vivo los sueños de un pueblo marginado.

El Tío Tizas y los gitanos me recordaban constantemente la pobreza, por no decir miseria, que había dejado la recién pasada guerra civil en su rastro inmisericorde. Y aunque nosotros no éramos, ni mucho menos ricos, teníamos un techo fijo bajo el que dormir y comida diaria segura que llevarnos a la boca. Y aunque éramos niños, mirábamos con ternura y compasión a esos seres marginados.

Otros personajes del barrio del Duero eran, como no podía ser de otro modo, los chicos como yo, los amigos que me acompañaban en mis juegos y aventuras:

“Amigos de mi barrio junto al Duero,
compañeros de magia y aventuras:
hoy, tan lejos de aquellas horas duras,
os reúno en recuerdo duradero.”

Mi recuerdo de ellos va unido muchas veces al sol de las almendras maduras de los tesos, desde cuya altura veíamos pasar el agua azul de nuestro río entre Olivares y sus aceñas, al pie de la muralla del castillo y la catedral, y el soto de San Frontis, barrio vecino al nuestro, y adonde en verano íbamos a bañarnos a las aguas frías y profundas del remanso que formaba el Duero tras dejar atrás los volcados tajamares del antiguo puente romano de San Atilano, aquel obispo del anillo y el barbo, milagro que nos contaba tantas veces nuestro maestro don Andrés. Mi recuerdo va unido a las pinturas que del río hacían los artistas al aire libre desde la cuesta de San Francisco. Mi recuerdo va unido a tantos letreros de Prohibido pasar que nuestra inconsciencia y nuestras ansias de aventuras nunca obedecían, a la molinera y el molino, al vagabundo estival, casi sagrado… Ahora sé a ciencia cierta que nunca han importado la distancia, el tiempo, la prohibición a la nostalgia, porque con ella se puede volver al fiel camino que conserva la esencia del pasado.

Antes mencioné a nuestro maestro don Andrés, verdadero artífice en mostrarnos a nuestro río como un ser vivo y testigo de la historia y el folclore de nuestra ciudad, el Ocellum Durii (el ojo del Duero) de los romanos. Él se encargaba de inculcarnos el amor por todo lo que tuviera que ver con nuestra ciudad, fuera leyenda o fuera historia.

Aunque la escuela en sí, me refiero a su cuerpo físico y transitorio, sujeto al destino que corren las cosas que envejecen y mueren, dejaba mucho que desear. Todo hay que decirlo. La escuela de mi barrio en invierno se convertía en un lugar inhabitable. El frío nos engarrotaba los dedos alrededor del mango de la pluma; además, cuando soplaba fuerte el viento, los cristales de las ventanas tamborileaban más de la cuenta porque la masilla que los sujetaba o bien se había secado y en parte caído, o bien las manos inquietas de algunos de nosotros la habían arrancado recién puesta, todavía blanda, para fijar con ella los cristales redondos de nuestras chapas de ciclistas. Pero cuando llegaban las lluvias era aún peor. A veces el mal tiempo se tiraba lloviendo días seguidos, y aparecían en el techo de la escuela los mapas de humedad que aventajaban en número y en imaginación a los que colgaban de las paredes; y, junto a los mapas de humedad acostumbrados, se abría el techo en mil goteras y el suelo de baldosas movedizas se llenaba de botes y recipientes de toda clase para recoger el agua en medio de una música inesperada y discordante. Así que, entre el frío que engarrotaba nuestros dedos, el tamborileo de los cristales y el nada eufónico gotear de las goteras, la escuela se convertía en un libro de lecciones variopintas.

 Pero don Andrés, el maestro, que era muy sabio, siempre tenía una ocurrencia a punto para que no odiáramos la escuela. Unas veces eran los corros de los verbos, otras adivinar en el mapa de España, de espaldas y sólo con el puntero, el recorrido de nuestro río, desde los Picos de Urbión, provincia de Soria, hasta su desembocadura en Oporto, en Portugal. Y nunca faltaban los trabalenguas imposibles, como aquel de “El cielo está enladrillado; ¿quién lo desenladrillará? El desenladrillador que lo desenladrille, buen desenladrillador será”.

El maestro padecía del estómago y de vez en cuando, en medio de la clase, se llevaba a la boca puñaditos de bicarbonato para intentar aliviar los dolores, pero nunca vimos que su padecimiento interfiriera en su labore didáctica; al contrario, se moría por contarnos cosas de la historia de la ciudad, del Cid y doña Urraca o la leyenda del primer obispo zamorano, aquel San Atilano que al marcharse de la ciudad tiró su anillo episcopal al agua desde el puente que lleva su nombre, y que en nuestro tiempo no eran más que cuatro ruinas de sus tajamares, prometiendo regresar a la ciudad si volvía a recuperar su anillo. Nos gustaba más, a mí por lo menos, escuchar de boca del maestro el relato del sitio de Zamora (“No se ganó Zamora en una hora”, era el dicho con que siempre iniciaba el maestro la lección), aquel en que el traidor Bellido Dolfos, un ciudadano gallego que, engañando al rey sitiador don Sancho, lo asesinó junto al Portillo de la Traición. No se me olvidarán nunca los versos que recitaba sobre el asunto el maestro, con aquella voz solemne y aquellas pausas que hacía de vez en cuando para insuflar emoción del pasaje o para suspenderlo y así captar nuestra atención.

“--Rey don Sancho, rey don Sancho,
no digas que no te aviso,
que de dentro de Zamora
un alevoso ha salido;
llámase Bellido Dolfos,
hijo de Dolfos Bellido,
cuatro traiciones ha hecho
y con ésta serán cinco.
¡Si gran traidor fue su padre,
mayor traidor es el hijo!—
Gritos dan en el real:
--¡A don Sancho han malherido!—
Muerto le ha Bellido Dolfos,
¡gran traición ha cometido!
Cuando lo tuvo bien muerto,
se metió por un postigo;
por las calles de Zamora
va dando voces y gritos:
--Tiempo era, doña Urraca,
de cumplir lo prometido.”

Don Andrés se esforzaba lo indecible por hacernos más llevaderas las lecciones de las largas tardes de invierno. Sin embargo, cuando llegaba la primavera y la voz de la naturaleza nos llamaba, la escuela se nos ponía cuesta arriba y estábamos deseando que acabara la hora escolar para lanzarnos a nuestras correrías de siempre.
 
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lunes, 2 de noviembre de 2015

EL CRUCERO (y XI)




Capítulo XI
Fantasía convertida en realidad.

                                                                     Una semana después



Fantasía que volvió a la realidad una semana después, cuando mi mujer, tras repasar la ropa que yo había llevado en la maleta para el crucero, encontró en uno de los bolsillos del tejano algo que yo había olvidado por completo. Me dijo mientras me lo entregaba:
“Esto estaba en uno de los pantalones. A lo mejor te sirve. Mira a ver. Pues tras lavarlos ha quedado algo arrugado.”
Cogí lo que me daba y vi que, aunque dobladas y un tanto desdibujadas, eran las dos entradas de la Catedral de San Juan de La Valeta que me dio el profesor de arte jubilado al salir del templo, tras contemplar la Decapitación de San Juan Bautista. Sonreí de buena gana al tenerlas en mis manos, pero la sonrisa se me heló en los labios cuando al desdoblarlas vi en el dorso de una de ellas escrito a bolígrafo en letras mayúsculas:
BAUTISTA SANTOS JUAN
CALLE DEL OLMO, 38, BAJOS, BARCELONA
Y debajo esta frase enigmática:
“Por si acaso.”
Por si acaso. ¿Por si acaso qué? Y me contesté a mí mismo:
“No pierdes nada con hacerle una visita. Además, se lo debes. Menuda noche le diste. Me refiero a la última. Y el día del desembarque se lo pasó el pobre en la consulta del médico. Se lo debes, Sebastián Cárdenas.” Me salió de dentro el nombre del crítico de arte con el que el pobre enfermo de esquizofrenia me había confundido. 
Y en la primera ocasión que tuve, no quería decirle a mi mujer que pensaba hacer una visita a aquel hombre, me acerqué al domicilio escrito al dorso de una de las entradas. Fue un día de junio, caluroso en demasía, en que fuimos los dos a Barcelona para hacer ella unas compras y yo consultar algunas librerías en busca de un libro que deseaba tener (eso le dije, cuando lo que pensaba hacer era visitar a Bautista Santos). Cogimos el metro en Rocafort y bajamos en Plaza de Cataluña. Ella se quedó por Pelayo y alrededores y yo bajé Rambla abajo hasta Colón. Allí pregunté por la calle Olmo y di enseguida con ella. Llegué hasta el número de la dirección y llamé al timbre de la puerta. Mientras acudían a abrirme pensé la manera de iniciar la conversación con el profesor jubilado en cuanto lo tuviera delante. Lo hizo su mujer, que al verme dio un respingo y mudó de semblante.
“¿Usted, aquí?”, preguntó con un tono de reproche.
“Me gustaría hablar con… ¿está su marido?”, logré decir entre titubeos.
“¿Ahora quiere hablar con él?  Ahora no está. No está en casa. Está… está…”
Me asusté.
“¿No habrá…
“¿Qué quiere decir? ¿Muerto?
Asentí.
“Peor aún que si hubiera muerto”.
Me apoyé en la fachada.
“¿Pues qué le ha pasado?”
“Pase. Es mejor que hablemos dentro.”
La seguí hasta un pequeño comedor. Allí me invitó a sentarme.
“No, gracias”, dije. “Sólo venía a hacerle una visita a su…”
“Como quiera. Pero dígame, ¿cómo sabe dónde vivimos?”
Pensé unos instantes.
“Su marido me dejó escrita esta dirección al dorso de una entrada del Museo de La Valeta, de la Catedral de San Juan, el día que me mostró la pintura de…”
“No, no siga. Ya lo sé. La pintura de Caravaggio. ¡Ay, Caravaggio! ¿Cuándo acabará esa historia? De acuerdo, ha venido usted a verlo. Una vez aquí no puedo hacerle un desaire. Como usted le hizo a mi… al pobre Bautista. ¿Quiere saber qué le ha pasado? Se lo diré. Ya llegó a Barcelona del crucero muy malito. No tuve otro remedio que ingresarle en una residencia psiquiátrica. Está muy bien atendido. Yo voy a verle dos veces a la semana.”
“¿Cómo está?”
“Está simplemente. Ya no habla. Se limita a mirarme, pero no me dice nada.”
“¿Qué le han dicho los médicos que lo tratan?”
“Nada. Tampoco me dicen nada. Bueno nada nuevo desde su ingreso. Que algún día puede que vuelva a ser él, que su cuadro cerebral es complejísimo o algo parecido.”
Me quedé sin habla y bajé la vista a las baldosas del suelo. Finalmente, pensé que ya no hacía nada allí y di dos pasos hacia la puerta de la calle. Me giré hacia la mujer.
“Le ruego, señora, que si puedo hacer algo por ustedes, no dude en pedírmelo.”
“Nada, gracias”, y me acompañó hasta la puerta. La abrió y con los ojos llenos de lágrimas me dio la mano en señal de despedida. Mientras se la estrechaba saqué de mi bolsillo una tarjeta con mi dirección postal, el teléfono y el correo electrónico y se la di. La cogió y, antes de salir a la calle, le dije señalando mi tarjeta:
“Por si se le ocurre algo. Ah, y déle un abrazo de mi parte a su marido la próxima vez que vaya a verle.”
Asintió con la cabeza y yo busqué la calle más cercana para salir de nuevo a la Rambla. La crucé en Portaferrisa y por otro par de calles llegué hasta la trasera de La Hormiga de Oro. Tenía tiempo para buscar el libro que deseaba. En la librería del Portal del Ángel no estaba, pero sí en la sección de librería de El Corte Inglés, situado en la misma acera un poco más arriba dirección Plaza Cataluña. Antes de encontrarme de nuevo con mi mujer a la hora convenida delante del Zurich, me dio tiempo de echarme al coleto una cervecita fría. Mi mujer apareció con un par de bolsas un cuarto de hora más tarde y, ya empezaba a irse el sol y los estorninos a pintar de nubes grises movedizas el cielo de la gran Plaza, cuando cogimos el metro de vuelta. No pude aguantar mucho tiempo sin decirle que había intentado visitar al profesor esquizofrénico del Fantasía. Mi mujer no se asombró.
“Ya sabía yo que algo te traías entre manos ¿Te dijo dónde vivía?”
“No, pero su dirección la había escrito detrás de las entradas que recuperaste de los tejanos lavados, las entradas que me había dado tras visitar la Catedral de San Juan de La Valeta.”
“¿Y qué te ha dicho?”
“Él nada. No estaba en casa. Su mujer me ha dicho que está internado en una residencia para enfermos de esquizofrenia y enfermedades mentales graves.”
“¿Y para qué fuiste a verlo? No tienes por qué sentirte obligado a nada respecto de él, cariño.”
“No, sólo quería saber cómo se encontraba. Acuérdate de que el mismo día del desembarque estaba en la consulta del médico de abordo y que la noche anterior, según su mujer, la había pasado terriblemente mal. Bueno, no he perdido nada.”
“¿Y el libro que buscabas? ¿Lo has encontrado?”
Asentí mostrándole la bolsa de papel donde lo llevaba.
Algún tiempo después, aguijoneado por el recuerdo del profesor jubilado, escribí un pequeño relato en el que él era el protagonista del hallazgo de un cuadro desconocido de Michelangelo Merisi Caravaggio. Pero eso será en otro momento.
 

miércoles, 28 de octubre de 2015

UN TROZO AZUL DE PARAÍSO (III)


Desde la Playa Larga
la eternidad recuerda,
entre la piedra, el agua
y el árbol que aquí viven,
las tardes de un verano
que en familia viviste
lo mismo que este instante
como si fuera ahora,
con los pinos que el viento
ha torcido en su empuje
y las marcas de piedra
donde estuvo aquel camping,
como si fuera ahora,
mientras oyes las voces
del mar desde la cala.
                                            27/10