martes, 20 de septiembre de 2011

Memorias de un jubilado

Por qué escribo poesía

El primer año de mi estancia en Barcelona fue de auténtico aprendizaje. Además de conocer íntimamente los barrios antiguos de la ciudad condal, su apasionante vida y universal arte, seguí la costumbre de pintar al aire libre, experiencia que ya llevaba haciendo bastante tiempo atrás en mi tierra natal, ahora en compañía de mi mejor amigo, el pintor que tenía un estudio en su casa.
El buscar constantemente el contacto con la naturaleza siempre ha sido una de mis prioridades en los gustos y aficiones personales, y entonces tuve la ocasión de recorrer pueblos y paisajes de los alrededores de Barcelona y plantar el caballete para plasmar aquello con que la vista y el corazón se recreaban. Pertrechados del bocadillo pertinente para comer fuera y de los útiles de pintar, mi amigo y yo cogíamos un tren de cercanías y cada domingo visitábamos un lugar diferente, en el mar o en la montaña.

A la hora de comer, recogíamos los bártulos momentáneamente y, tras localizar una taberna para comprar vino, buscábamos una buena sombra para dar buena cuenta del bocadillo y del vino. Mientras comíamos nos entregábamos a nuestras charlas favoritas, que versaban de pinturas y versos.
Un domingo de esos, mientras nos hallábamos los dos en el frescor de la abandonada estación de ferrocarril de Sant Feliu de Llobregat, que acabábamos de esbozar en nuestros respectivos lienzos, salió a relucir mi afición desmedida a escribir poesía. Y acto seguido mi amigo me pidió, con la naturalidad que le caracterizaba y la confianza que yo le había concedido desde el principio de conocernos, que le leyera lo último que había escrito. Yo había escrito en los tres o cuatro primeros meses del año que llevaba lejos de mi ciudad natal unos seis o siete poemas nostálgicos (la añoranza de lo perdido iba a ser una constante en mi poesía). Un soneto pasable sobre el barrio y los amigos, un par de romances relacionados con la Semana Santa, una especie de silva a lo Garcilaso hablando del potro de la plazuela donde el herrero ponía herraduras a los caballos y cuatro o cinco poemas breves sobre la infancia y lo que significa para el hombre en su futura existencia.
--Me gustan los poemas en los que hablas de tu barrio y los amigos.
Era una manera de decirme que le leyera esos versos. Así que saqué el cuaderno de versos y le leí los que me había pedido.
“Amigos de mi barrio junto al Duero,
compañeros de miedos y aventuras:
hoy tan lejos de aquellas horas puras,
envueltos por lo impuro y el dinero,

os reúno en recuerdo duradero.
Recordad por favor las bien maduras
almendras de los tesos, las pinturas
del río desde el soto, aquel letrero

de Prohibido el paso no acatado,
la ruda molinera y su molino,
el mendigo estival casi sagrado…

No importa la distancia ni el candado:
Con nostalgia se vuelve al fiel camino
Que conserva las huellas del pasado.”

Con el tiempo, llegué a arreglarlo un poco, especialmente el segundo cuarteto y el primer terceto: la musicalidad, alguna palabra, alguna sustitución… Aún estaba lejos mi intención de publicar libros de poemas. Fue precisamente aquel domingo cuando mi amigo me insinuó por qué no publicaba un libro pues tenía bastante escrito para ocupar la extensión tradicional de un poemario. Me avergonzó la pregunta de mi amigo. Un libro publicado por mí. ¡Qué horror! Y que todo el mundo pudiera leerlo. ¡Más horror todavía! Siempre había pensado que era una gran responsabilidad hacer públicos unos versos que sólo escribes para ti y unos cuantos amigos. Por supuesto que mi respuesta fue entonces rotundamente negativa. Añadí que me conformaba de momento con leérselos a ellos, a mis amigos de Jíos y, como mucho, con colaborar de tarde en tarde con Moira, la revista poética de la Facultad.
Pero no olvidé nunca las palabras de ánimo de mi amigo el pintor en el sentido de que si a él y sus amigos les gustaban mis poemas, ¿por qué iban a disgustar a otras personas? Y tampoco olvidé la idea de la responsabilidad que contrae un poeta con lo que escribe y del respeto que debe a los presuntos lectores.
Algún domingo que no salíamos a pintar íbamos al Mercadillo de los libros de San Antonio, cuyas paradas se ponían y aún se ponen alrededor del hermoso Mercado del mismo nombre, a revolver entre los montones de libros en busca de alguna ganga. Y vaya si encontrábamos. Yo por lo menos. En poco más de medio año llené el cuarto que yo ocupaba para estudiar y tener mis cosas de libros, de libros de todo tipo. Mi madre se llevaba las manos a la cabeza cada vez que entraba en el cuarto y veía las oleadas de libros que amenazaban anegarlo todo. La pobre me decía que a ese paso tendríamos que salir todos de casa para acoger tanto libro. Hasta mi padre colaboraba en el desaguisado, pues empezó a coleccionar la revista de toros El Ruedo y un buen montón de ellas ocupaba parte del armario que teníamos en la galería. En cuanto a los libros que yo adquiría en el mercadillo, a un precio irrisorio, lo mismo eran de magia y brujería (el tema siempre ha requerido mi atención) que de Arte y Literatura, y entre los libros de Literatura destacaban los manuales teóricos, novelas y especialmente poemarios. De estos últimos me hice con dos nutridas colecciones: la primera se llamaba Laurel (años 50 y 60), en cuyos números acogía poetas españoles de todos los tiempos e ideologías, como Espronceda, Bécquer, Campoamor, Zorrilla, Lope de Vega, los hermanos Quintero, Quevedo, José María Pemán, Marquina, Jorge Manrique, Villaespesa, etcétera. Este último poeta fue para mí un gran descubrimiento. Su poema La sombra de las manos, dedicada a Valle Inclán, siempre me impresionó.
“¡Oh, enfermas manos ducales,
olorosas manos blancas!...

¡Qué pena me da miraros
inmóviles y enlazadas
entre los mustios jazmines
que cubren la negra caja!

¡Mano de marfil antiguo,
mano de ensueño y nostalgia,
hechas con rayos de luna
y palideces de nácar!...

¡Vuelve a suspirar amores
en las teclas olvidadas!

¡Oh, piadosa mano mística!...
Fuiste bálsamo en la llaga
de los leprosos; peinaste
las guedejas desgreñadas
de los pálidos poetas;
acariciaste la barba
florida de los apóstoles
y los viejos patriarcas;
y en las fiestas de la carne
como una azucena blanca,
quedaste en brazos de un beso
de placer extenuada!...

¡Oh, manos arrepentidas!...
¡Oh, manos atormentadas!...” Etcétera.

También en Laurel aparecían poetas hispanoamericanos, como José Martí, Gertrudes Gómez de Avellaneda, Amado Nervo, Sor Juana Inés de la Cruz, José Asunción Silva, Manuel Gutiérrez Nájera, Manuel Acuña, José Ángel Buesa, etcétera. La colección me abrió horizontes hacia algunos de estos poetas que apenas conocía y había leído y que me parecían muy dignos de ser conocidos y leídos, especialmente los tres últimos. De Manuel Gutiérrez Nájera me gustaba mucho una composición titulada Para entonces, que, a petición de mi amigo el pintor, le recitaba a veces.
“Quiero morir cuando decline el día,
en alta mar y con la cara al cielo,
donde parezca sueño la agonía
y el alma un ave que remonta el vuelo.

No escuchar en los últimos instantes,
ya con el mar y con el cielo a solas,
más voces ni plegarias sollozantes
que el majestuoso tumbo de las olas.

Morir cuando la luz triste retira
sus áureas redes de la onda verde,
y ser como ese sol que lento expira:
algo muy luminoso que se pierde.” Etcétera.

De Manuel Acuña, me quedaba con los sonetos, aunque había una poesía que, irracionalmente, se convirtió en mi preferida. Era el Nocturno dedicado a Rosario.
“Pues bien, yo necesito
decirte que te adoro,
decirte que te quiero
con todo el corazón;
que es mucho lo que sufro,
que es mucho lo que lloro,
que ya no puedo tanto
y al grito en que te imploro,
te imploro y te hablo en nombre
de mi última ilusión.” Etcétera.

Pero quien se llevaba toda mi admiración era José Ángel Buesa. ¡Me recordaba tanto a mi querido Bécquer! Durante un tiempo me sirvió de libro de cabecera y en Jíos sus poemas sonaban sin parar. Todos los miembros de la tertulia aprendimos de memoria el Poema del Renunciamiento.


“Pasarás por mi vida sin saber que pasaste.
Pasarás en silencio por mi amor, y, al pasar,
fingiré una sonrisa, como un dulce contraste
del dolor de quererte… y jamás lo sabrás.

Soñaré con el nácar virginal de tu frente;
soñaré con tus ojos de esmeraldas de mar;
soñaré con tus labios desesperadamente;
soñaré con tus besos… y jamás lo sabrás.

Quizá pases con otro que te diga al oído
esas frases que nadie como yo te dirá;
y, ahogando para siempre mi amor inadvertido,
te amaré más que nunca… y jamás lo sabrás.” Etcétera.

También había ejemplares dedicados a poetas extranjeros, como Heine, Schiller, Baudelaire, E. A. Poe… Este último resultó todo un hallazgo, en especial, su extenso poema El cuervo, que no por extenso dejaba de gustarme igual. El rotundo estribillo, “Nunca más”, era un redoble fúnebre al final de cada estrofa. Y las dos últimas tienen su aquel.


“¡Partirás, pues has mentido,
ave o diablo”, clamé, erguido,
ve a tu noche plutoniana,
goza allá la tempestad.
Ni una pluma aquí, sombría,
me recuerde tu falsía.
Abandona ya ese busto,
déjame en mi soledad.
¡Quita el pico de mi pecho,
deja mi alma en soledad!
Dijo el Cuervo: “¡Nunca más!

Y aún el Cuervo, inmóvil, calla:
quieto se halla, mudo se halla
en tu busto, oh Palas pálida
que en mi puerta fija estás;
y en tus ojos, negro abismo,
sueña, sueña el Diablo mismo,
y mi lumbre arroja al suelo
su ancha sombra pertinaz,
y mi alma, de esa sombra
que allí tiembla pertinaz,
no ha de alzarse, ¡nunca más!”

Asimismo había en la colección Laurel números temáticos del tipo Las mejores poesías amorosas de la lengua española, Los mejores sonetos de la lengua castellana, Las mejores poesías de amor portorriqueñas, Las más bellas poesías místicas, o Los mejores madrigales de la lengua castellana, entre los cuales figura el bellísimo y famoso que Gutierre de Cetina dedicó a unos ojos.
“Ojos claros, serenos,
si de un dulce mirar sois alabados,
¿por qué, si me miráis, miráis airados?
Si cuanto más piadosos,
más bellos parecéis a quien os mira,
no me miréis con ira
porque no parezcáis menos hermosos.
¡Ay, tormentos rabiosos!
Ojos claros, serenos,
ya que así me miráis, miradme al menos.”

Aunque casi me gustaba otro tanto el madrigal que Baltasar del Alcázar eleva al dios caprichoso del amor.
“Rasga la venda y mira lo que haces,
rapaz, que en esta edad no es hecho honroso
romperme el sueño y las antiguas paces;
desarma el arco, déjame en reposo,
porque la helada sangre no aprovecha,
ni es dispuesto sujeto
donde haga su efeto
la venenosa yerba de tu flecha.
Pero si determinas
con tus armas divinas,
rompiendo mis entrañas,
hacerme historiador de tus hazañas,
ablanda el pecho de esta que te priva
de tu imperio y valor con su dureza,
igual a su belleza,
si no quieres, Amor, que, cuando escriba
forzado en las cadenas,
cante por tus hazañas las ajenas.”

jueves, 15 de septiembre de 2011

Teatro adaptado

Después de un tiempo, vuelvo a incluir en el blog una obra de teatro adaptado. En este caso,
MEDIO TONTO
(Adaptación libre del cuento Santiaguico “Medio Tonto”, de García-Arista)

PERSONAJES

SANTIAGUICO, el mendigo popular
PASEANTES
LUIS, amigo de SANTIAGUICO
DON MANUEL, el juez recién llegado al pueblo
ALGUACIL

La acción transcurre a mediados del siglo XX, en un pueblo aragonés. Primero en la Plaza Mayor y luego en el Juzgado.

PRIMER CUADRO

SANTIAGUICO y varios PASEANTES en la Plaza Mayor del pueblo.



SANTIAGUICO. (Lleno remiendos y con la mano extendida. A un PASEANTE.) Señorito, un chavico. Un chavico, señorito.
PASEANTE 1. (Extrañado.) ¿Un chavico?
SANTIAGUICO. (Rascándose la cabeza con la otra mano.) Sí, señorito, un chavico. Como soy medio tonto…)
PASEANTE 1. (Echando mano al bolsillo para sacar unas perras.) No tengo un chavico, pero toma estos céntimos.
PASEANTE 2. (A PASEANTE 3.) Ya está ahí Santiaguico, intentando sacar para comer otro día sin dar ni golpe.
PASEANTE 3. Con eso de decir que es medio tonto, asunto arreglado. Hasta que un día se encuentre con lo que no espera.
PASEANTE 2. Ya sabe hacerlo, el muy cabrito suele acercarse a los paseantes que no conocen sus tretas. Mientras haya alguien desconocido en el pueblo, Santiaguico seguirá haciéndose el tonto y viviendo del cuento.


SEGUNDO CUADRO

En la Plaza Mayor, LUIS y SANTIAGUICO. Más tarde el JUEZ.

SANTIAGUICO. (Mohíno.) Nada, que no hay un paseante nuevo por la Plaza a quien sacarle unas perras.
LUIS. Eso ya debías de haberlo previsto. Un día te verías en esta situación. Lo que tienes que hacer es buscarte algún empleo.
SANTIAGUICO. Eso, lo último. Debe haber otra solución.
LUIS. Espera sentado. Además creo que ha venido un juez nuevo al pueblo y tengo entendido que se gasta muy malas pulgas.
SANTIAGUICO. (Alegre.) ¿Has dicho un juez nuevo?
LUIS. ¿Y de eso te alegras?
SANTIAGUICO. Pues claro. Ahí tengo mi salvación. En cuanto lo vea, me hago el tonto y a sacarle un chavico de los míos.
LUIS. ¿Pero qué dices? ¿Quieres acabar en el calabozo?
SANTIAGUICO. De eso nada. ¿Tan malo es?
LUIS. No es eso, pero dicen que es un roñoso. Así que vete despidiéndote de sacarle nada.
SANTIAGUICO. ¿Cómo es?
LUIS. Ya te lo he dicho. Un roñoso.
SANTIAGUICO. Me refiero a su físico
LUIS. Es alto y flaco. Como un palo. (Pausa.) Ahí viene.
(Aparece por la izquierda el JUEZ. Hacia su encuentro va SANTIAGUICO.)
SANTIAGUICO. (Con la mano extendida.) Señor juez, un chavico. Un chavico, señor juez.
JUEZ. (Sin hacerle caso.) Está prohibido mendigar. Así que lárgate con la música a otra parte. Si no quieres que te dé otra cosa.
SANTIAGUICO. (Va detrás del JUEZ.) Señor juez, un chavico. Un chavico, señor juez.
JUEZ. (Se para.) Mira. Vamos a dejarlo claro de una vez. No me gusta esa pesadez de que me pidas. Yo te daré, te daré, pero sin pedir. ¿De acuerdo?
SANTIAGUICO. De acuerdo. (Sigue detrás del JUEZ con la mano extendida hasta salir los dos por la derecha.

TERCER CUADRO

En la Plaza al día siguiente. El JUEZ y SANTIAGUICO.

SANTIAGUICO. (Ve aparecer por la izquierda al JUEZ y hasta él se encamina con la mano extendida. Se pone a andar detrás de él sin que le preste el menor caso. Cuando el JUEZ va a desaparecer por la derecha, se acerca a la embocadura. Aparte.) Rediez. Ya sabía yo que, sin pedirle, me daría menos. Porque, rediez, si me diera en cuantico me acerco a él no tendría que pedirle. El caso es que no dice que no quiera darme, sino que le paece mal que le pida. Y si no le pido, tampoco me da. (El JUEZ parece haber olvidado algo y vuelve sobre sus pasos. SANTIAGUICO se acerca a él.) ¡Señor juez, deme un chavico, sin pedir!
JUEZ. (Sorprendido, le entrega una moneda.) ¡Es chocante! ¡Es chocante!


CUARTO CUADRO



En el juzgado. El JUEZ y un ALGUACIL. Luego SANTIAGUICO.

JUEZ. ¿Conoce usted a ese sujeto al que llaman en el pueblo Santiaguico?
ALGUACIL. Mucho, señor juez.
JUEZ. ¿Y qué casta de pájaro es ese?
ALGUACIL. Es medio tonto, señor juez.
JUEZ. Pues hay una denuncia contra él y lo he citado aquí para esta mañana. Cuando llegue, hágalo entrar en la sala.
ALGUACIL. Como mande, señor. (Sale.)
JUEZ. Medio tonto, medio tonto… Pues a mí no me lo pareció el otro día. Más listo que el hambre me pareció, y un vivales. A ver cómo responde cuando se vea ante mí y en esta sala. (Se sienta y se pone a revisar una carpeta con documentos.)
(Pausa. El ALGUACIL se asoma a la puerta.)
ALGUACIL. Con su permiso, señor juez.
JUEZ. Diga.
ALGUACIL. Ha llegado Santiaguico.
JUEZ. Pues hágalo pasar.
(El ALGUACIL hace pasar a SANTIAGUICO.)
SANTIAGUICO. (Mirando con la boca abierta al techo de la sala.) ¡Anda, qué lujos tiene usté, señor juez!
JUEZ. Por favor, siéntate en esa silla.
SANTIAGUICO. (Obedece cambiando de semblante.) ¿Pasa algo, señor juez?
JUEZ. Vamos a ver. ¿Cómo te llamas?
SANTIAGUICO. ¿Yo? Santiaguico.
JUEZ. ¿Y qué más?
SANTIAGUICO. Santiaguico, ¿pa qué quiere usted más?
JUEZ. Yo para nada. Es la ley la que ordena consignar nombre y apellidos.
SANTIAGUICO. ¿Y pa qué sirve eso?
JUEZ. Por los nombres y los apellidos se conoce a las personas.
SANTIAGUICO. Pues a mí me conoce tó el mundo por Santiaguico. Y si no, pregunte usté.
JUEZ. Bueno, pero tendrás apellidos.
SANTIAGUICO. ¡No hace falta! Santiaguico arriba, Santiaguico abajo.
JUEZ. ¿Cómo se llamaba tu padre?
SANTIAGUICO. Juan el Raposo.
JUEZ. Eso es un mote. ¿Y el apellido?
SANTIAGUICO. Si yo supiera el apellido de mi padre sabría el mío, ¿no le parece?
JUEZ. Tienes razón. Bueno. ¿Años?
SANTIAGUICO. No lo sé, señor juez.
JUEZ. ¿Tampoco? ¿Cuándo naciste?
SANTIAGUICO. (Levanta la voz.) Si yo supiera cuándo nací sabría los años que tengo, ¿no le parece?
JUEZ. También es verdad. Y a propósito, no grites tanto que no estoy sordo.
SANTIAGUICO. Pues mire usté. Pa mí, como hay Dios, que me lo parecía.
JUEZ. ¿En que lo notas?
SANTIAGUICO. Ahora en nada. Pero cuando el otro día le pedía el chavico…
JUEZ. ¡Ah, vamos!
SANTIAGUICO. ¡Como soy medio tonto! Usté disimule. Luego, la costumbre…
JUEZ. (Sorprendido.) ¿Qué costumbre?
SANTIAGUICO. La de gritar a los animales.
JUEZ. (Más sorprendido aún.) ¿Cómo? ¿Cómo?
SANTIAGUICO. A los de mi corral, señor juez.
JUEZ. Ahí quería yo llegar. Hay una denuncia contra ti por hurtar una gallina.
SANTIAGUICO. (Haciendo aspavientos.) ¡Ganicas de enredar, señor juez!
JUEZ. ¡Qué quieres decir?
SANTIAGUICO. Pues que la tal gallina se pasó volando del corral del vecino al mío. Eso es todo, señor juez.
JUEZ. ¡Qué casualidad!
SANTIAGUICO. Es que la tapia es muy bajica y…
JUEZ. Pero te quedaste con la gallina.
SANTIAGUICO. ¡Como soy medio tonto!
JUEZ. ¿Y si una gallina de tu corral se hubiera pasado volando al corral del vecino, hubieras permitido que tu vecino se quedara con tu gallina?
SANTIAGUICO. ¡Pero señor juez, entonces sería tonto del todo!

FIN

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Una novela del siglo XVIII

11. Mi primera experiencia sexual

Por entonces se añadió a mi miserable estado personal y económico una experiencia sexual, la primera en estos lances, con una chica que vino acompañando a Valentí un día antes de marcharse a su pueblo para atajar un problema que tenía que ver con la profesión de su padre, labrador desde tiempo inmemorial. La chica se llamaba Ofelia, como la enamorada de Hamlet, pero no era tan hermosa como la heroína de Shakespeare ni tan honrada ni leal como ella. Sin embargo, sus aparentes atenciones conmigo, al menos las que prodigaba al principio de nuestra relación, me hicieron concebir esperanzas de algo más duradero que un simple pasatiempo amoroso. Creo que me enamoré perdidamente de ella, por decirlo de una vez. El caso es que me olvidaba de todo cuando estaba con la chica. Hasta que un día pasó lo que tenía que pasar, y es que Ofelia, llevada más de sus instintos naturales que de la obediencia debida a la educación que había recibido de su madre, me propuso hacer lo que yo más deseaba entonces. Albert nos había dejado solos y yo vi el cielo abierto. Sin embargo, debió de ser mi inexperiencia en lances parecidos o tal vez mi acostumbrada timidez, o ambas cosas a la vez, pero el caso fue que procedí como pensaba que debía procederse en encuentros amorosos: sin precipitaciones y con delicadeza. Así que, sentados los dos sobre el lecho, empecé recitándole un poema de amor de Manrique que yo había aprendido de memoria y que venía al caso (eso pensé yo). Ofelia me miró sorprendida y, a cambio, me soltó una retahíla de frases subidas de tono que harían enrojecer de vergüenza al más osado y ducho en las lides de Eros mientras me desnudaba con garras de fiera. Yo no sabía qué hacer. Ella acabó la labor de dejarme completamente en cueros y luego me exigió que hiciera lo mismo con ella. Me temblaron las manos durante todo el tiempo que me llevó dejar al descubierto su blanca piel. Después se tumbó sobre la cama y abrió sus brazos para acogerme entre ellos. Era la primera vez que lo hacía, ya lo he dicho antes, y temblando ahora todo el cuerpo me dejé caer sobre el suyo. Me ayudó con una destreza increíble y en unos instantes me vi dentro de ella. No era tan difícil como yo había creído. Y me dejé llevar por la situación y por las leyes de la naturaleza, que siempre es sabia en estos combates cuerpo a cuerpo. Pero cuando estaba en plena gloria, un ataque de tos echó todo por tierra, es decir, me sacó del cielo de golpe y con la misma velocidad, me arrojó al infierno de la decepción y la vergüenza. Mi vigor físico se había desinflado con aquel violento e inoportuno ataque de tos. Despechada Ofelia por el contratiempo, se deshizo de mi abrazo mientras me regalaba con un buen manojo de insultos e improperios. Se vistió lo más deprisa que pudo y me dejó sembrado de desconcierto y tristeza. No la volví a ver más hasta pasados unos años en una circunstancia totalmente contraria.
Cuando volvió Valentí del pueblo de su padre, lo primero que me preguntó fue qué tal iba mi asunto con Ofelia.
--Desapareció-- le dije a secas sin entrar en detalles del motivo de su marcha para no vivir de nuevo aquel mal trago referente a mi vida sexual.
--Pues era una chica maja que se dejaba querer-- dijo, y luego añadió sonriendo--: Aunque un poco impulsiva, todo hay que decirlo. Dale tiempo y verás cómo vuelve. Si quieres te echo una mano. La conozco muy bien.
Le dije que no se molestara y, para zanjar el asunto, le pregunté cómo le había ido en el pueblo con su padre. Me habló de la política del Gobierno de Madrid, centralista al máximo, que había asumido en poco tiempo, sin que el pueblo y las clases más necesitadas, las de los obreros, los labradores, los pequeños artesanos, los que viven pos sus manos, en una palabra, se lo hubiera pedido, el papel de ingeniero del orden social, y así es lógico que se encienda en provincias y, especialmente, aquí en Cataluña, la tensión y estalle la violencia. Le pregunté a qué tipo de tensión y violencia se refería y qué tenía que ver su padre con todo ello.


--Revueltas-- me contestó--; revueltas de todo tipo. No se puede de buenas a primeras desde el Gobierno intentar desarraigar a las gentes sencillas, campesinos y obreros sobre todo, de sus formas tradicionales, de la comunidad en cuyo seno nacieron, crecieron y se hicieron adultos. Entiendo perfectamente la violenta reacción de estas gentes modestas que vive al día con pocos recursos contra todo tipo de cambio promovido en nombre del progreso. Ahora se llama motín de subsistencias esta forma de revuelta social que amenaza contagiar los pequeños obreros y artesanos de Barcelona. Por eso he vuelto a la imprenta. Conviene dar a conocer al gran público lo que pasa para intentar poner remedio a este abuso de poder totalmente centralizado y restaurar la visión tradicional del papel social del Gobierno y los adecuados papeles económicos que deben desempeñar los productores, los consumidores y los funcionarios.
Yo estaba de acuerdo con Valentí y así se lo dije, y cuando nos reunimos con Albert para hablar del mismo tema, éste dijo que su padre se había visto envuelto unos años atrás en lo mismo en Vilafranca y alrededores por el cambio brusco que había dado el Gobierno en asuntos económicos.
--También el pueblo se levantó—dijo--, porque si hasta entonces el Gobierno había actuado como protector del productor y el consumidor, regulando los mercados y controlando los precios y comercios de los productos del campo, y los propios ayuntamientos se cuidaban del abastecimiento de los pueblos, y los precios de los productos se fijaban de acuerdo con los costos de producción y transporte, y existían, además de las tasas, una red de pósitos que prestaban granos y otras simientes a los campesinos para la siembra y abastecían a la gente en tiempos de carestía, de pronto el Gobierno cambió de actitud viendo que su política paternalista no acababa con las crisis de subsistencias, los tiempos de escasez y especialmente con el lucro de quienes infringían las leyes saltándose a la torera lo estipulado por el Rey.
Valentí asentía constantemente y, al llegar a estos términos, dijo:
--Como ahora, que el Monarca, mal aconsejado por sus ministros, vuelve a pensar que la liberalización del comercio interno fomentará la labranza, la abundancia de productos y la exportación. Cuando en realidad lo que está provocando son unas pérdidas enormes en los labradores, que con las tasas y la prohibición del almacenamiento de granos no ven una salida a su precaria situación. Los únicos que salen ganando son los grandes productores.
Albert añadió:
--Y los estamentos sociales que reciben rentas en especie, como el clero y los nobles, que acaparan, por citar unos números, casi las nueve décimas partes del trigo que se comercia y pueden almacenar libremente su grano y esperar a las temporadas en que el precio sube.
Valentí volvió a la carga:
--Y en cambio, los pequeños agricultores como mi padre, endeudados ya antes de la cosecha, no tienen otra salida que vender a unos precios irrisorios. Sólo hay una solución difícil de llevar a cabo: vender a pie de era el grano conseguido y evitar cualquier trato con los comerciantes.
Albert sentenció:
--Me temo que la gente rural, me refiero a los pequeños agricultores y campesinos en general, estará siempre sujeta a estas adversidades. Y los que vivimos en las ciudades no viviremos mucho mejor.
Me señaló y añadió con una sonrisa compasiva:
--Si no, aquí tenemos un ejemplo.
Asentí convencido, aunque mi amigo quiso quitar hierro diciendo:
--Pero tú saldrás pronto adelante, ya lo verás.
Sus palabras guardaban, sin yo saberlo, buenos augurios porque al día siguiente me dijo que cogiera el libro negro.
--Hoy—añadió-- empieza tu suerte. Sígueme.
Albert conocía en el Raval una librería cuyo dueño adquiría todo tipo de libros con la mayor discreción del mundo y sin preguntar su procedencia. Ni medité siquiera el paso que iba a dar. De una vez por todas dejaría de ser otro Hamlet y llevaría a cabo mi plan sin más dilaciones y siguiendo el refrán que dice: “La venganza se sirve en plato frío”. Así pues, quiado por Albert, me fui a la librería dispuesto a vender la Biblia.
La librería estaba en una calle pequeña y tranquila situada detrás de las Atarazanas.
--Aquí es-- me dijo en la puerta--; yo voy a dar una vuelta lo suficientemente amplia para darte tiempo a llegar a un acuerdo con el librero; dirígete a él como señor Vicenç; eso le gusta mucho; lo mismo que regatear sobre el precio; pese a ello y, si todo va bien, te dará la cantidad que más se ajuste al valor real del libro. Hasta luego.
Y se fue. Yo empujé la puerta con cuarterones de vidrio y sonó una campanilla que colgaba del dintel. Del interior salió a mi encuentro un fuerte olor a humedad. El local estaba iluminado suficientemente por dos quinqués situados a ambos extremos del mostrador, detrás del cual, parecía esperar eternamente a sus clientes un hombre delgado y bastante alto, con manos de dedos largos y ojos vivarachos. Tras contestar a mi saludo, me preguntó en qué podía servirme. Puse el libro sobre la mesa y le dije que deseaba venderlo al mejor precio posible. Se puso unas lentes que llevaba colgadas del pecho y sometió el libro a un examen meticuloso. Luego se quitó de nuevo las lentes y me miró.
--Una Biblia—dijo--. El libro que más se tiene pero que menos se lee. Como el Quijote. Si Cervantes levantara la cabeza, la volvería a agachar desolado viendo a qué estado de analfabetismo ha llegado este país. En cuanto a Dios…, mejor es que no sepa para qué se usa su palabra hoy en día en boca de sus ministros. Supongo que estarás de acuerdo conmigo en que el poder sacerdotal ha sido siempre fatal para el mundo. Siempre se ha enseñado más dogmas que moral, y así ha convertido a muchos hombres en absurdos en vez de justos. Porque ordenar creer cosas imposibles, contradictorias y perniciosas para el género humano no es propio de una religión coherente. ¿Dónde se ha visto que para hacer verdaderos creyentes se les amenace con penas eternas? Nadie que tenga sentido común puede aceptar esa barbaridad. Una religión que sostenga su creencia con la ayuda de verdugos y anegue la tierra de sangre por sofismas ininteligibles no debe ser considerada ni siquiera religión. Una religión que se precie debe enseñar la adoración de un Dios, la justicia, la tolerancia y la humanidad.
Me parecía estar oyendo al mismísimo Voltaire. Me quedé mirándolo como quien espera una conclusión, y enseguida, sonriendo, me dijo:
--Pero a ti lo que te interesa es saber cuánto puedo darte por tu libro, ¿verdad?
Asentí.
--Evidentemente, tu Biblia vale más por fuera que por dentro.
Recordé al instante las palabras que Esquerra había dicho al señor Dalmau y que contradecían a las del librero. Luego apuntó una cantidad de dinero que me pareció corta y yo la elevé hasta un poco más de lo que esperaba conseguir. Me contestó que el dinero que pedía era demasiado, pero como deducía que para pedir tanto debía de estar pasando un mal momento, me ofreció una cantidad que me pareció aceptable. Cogí el dinero y le di las gracias. Antes de salir del establecimiento, me dijo:
--Si quieres conservar la Biblia, me refiero claro está a su contenido, aquí en mis estanterías tengo unas cuantas; coge la que quieras. Por nada del mundo deseo que nadie se quede sin la palabra de Dios.
Le di las gracias de nuevo y salí a la calle. A unos metros de la puerta de la librería ya me esperaba expectante Albert. Me dijo:
--¿Qué? ¿Has conseguido una cantidad razonable?
Asentí.
--Ya te dije que el librero era de confianza.
Sonreí y le contesté:
--Pero respira Voltaire por todos los poros de su cuerpo.
--También, pero eso es harina de otro costal.
Claro que era harina de otro costal y molesta para ciertas personas. Porque a los pocos días Albert me dijo que la librería del señor Vicenç había sido incendiada con el pobre librero dentro. Lo encontraron carbonizado en la trastienda. Enseguida pensé en los sicarios del cura de Santa Ana, quienes, siguiendo sus inquisitoriales consignas y tal vez ayudadas éstas por instigaciones del señor Dalmau, uno y otro buscando sin duda la lista de conspiradores que contenía el libro negro, habían entrado en la librería con la única intención de hacerse con él, acabando de paso con todos los libros del señor Vicenç, y con el pobre librero.
No era la primera vez que en Barcelona se había procedido a la quema de libros por motivos más o menos parecidos. No muy lejos de la librería del señor Viçens, en una plaza pequeña que no es más que un breve ensanchamiento de la calle Aviñó, vivía un ilustre médico muy aficionado a la lectura y a coleccionar libros que, según los delatores, que siempre los hay en todas partes, eran de sospechosa procedencia francesa.

Los representantes de la autoridad se presentaron sin avisar en el domicilio del doctor y, tras proceder a su detención en nombre de la preservación de la religión y la moral, echaron a la calle por una ventana los más de dos mil libros que poseía el galeno en su biblioteca, entre los cuales había algunos de Rouseau y de Voltaire, y en un auto de fe desorbitado, les prendieron fuego; eso sí, salvaron una Imitación de Cristo y una Guía de pecadores, de Fray Luis de Granada (por cierto, esta última había estado prohibida durante bastante tiempo por la Inquisición), las cuales se encontraban entre tanto pecado desvalidas las pobres. Y allí estuvo ardiendo la hoguera alimentada por la cultura durante gran parte de la noche, hasta que al alba, cuando se levantaron los vecinos, sólo hallaron en mitad de la plaza un círculo negro lleno de cenizas.

martes, 13 de septiembre de 2011

De vista, de oídas, de leídas


Cuidado con los intrusos
Y no sólo me refiero a quienes aprovechándose de nuestra ausencia veraniega entran a saco en nuestros domicilios y arramban con lo que encuentran a su paso. En esta ocasión me refiero a los indeseables que se hacen con nuestras cuentas del correo electrónico y usando nuestro nombre se dedican a mandar emails desagradables y hasta obscenos a nuestros mejores amigos. Eso me acaba de ocurrir a mí, queridos amigos y seguidores de este blog. Hotmail no ha tenido otro remedio que anularme la cuenta que tenía con él y, por ende, el correo que tenía con él. De modo que a partir de ahora mi cuenta anterior que respondía a la dirección estconde12@hotmail.com, ha dejado de existir, por lo que os ruego que os sirváis mandarme cuantos mensajes escritos queráis a la que será mi única dirección a partir de este momento: econde12@xtec.cat. Muchas gracias por vuestra atención y perdonad cuantas molestias os haya podido causar la situación explicada más arriba.

lunes, 12 de septiembre de 2011

El relato del mes

Gabino

No era nada mi barrio sin los bautizos y los entierros, muestras inequívocas de las presencias inexorables de la vida y de la muerte. En el entierro del señor Alfonso, presidido por el cura del barrio apareció, como era habitual en esos tristes acontecimientos Gabino, el inocente, que con su voz gangosa y frase proverbial parodiaba inconscientemente algún canto litúrgico con la que él con toda la mejor intención del mundo despedía al recién fallecido. Su frase era “Recuncojoniam a vibummmm veniteee adoreemus”.
Gabino, el inocente, andaba medio corriendo, ligeramente encorvado, y vestía indefectiblemente un mono azul de color desvaído tanto en verano como en invierno. Daba el pésame a todos cuantos encontraba a su paso sin mirarles a los ojos y, profiriendo una palabra ininteligible, desaparecía del duelo. En el buen tiempo, vestido con su eterno mono azul, solíamos verlo en la orilla del río practicando su operación favorita. Arrodillado junto a los tajos de madera que empleaban las mujeres para lavar la ropa, cogía con una mano un montón de guijarros pulidos por el agua y los dejaba caer sobre la palma de la otra mano. Y, mientras hacía esta opreación, arrimaba los labios a los cantos y soplaba sobre ellos. Y así centenares de veces. Nosotros nos acercábamos con cuidado a unos metros para verlo mejor, pero Gabino siempre notaba antes de tiempo nuestra presencia y salía trotando. Con toda la razón del mundo, nos tenía a los chicos un miedo enorme. Seguramente porque en nuestra perseverante inconsciencia sólo buscábamos divertirnos a costa de cualquier cosa que nos hiciera reír y no se quedaba fuera desgracia ajena.
Los mayores nos decían que Gabino, el inocente, buscaba entre los guijarros del río duros de plata del rey Alfonso XIII porque, siempre según ellos, su padre se había encontrado una de esas monedas en plena era de penurias económicas.
Y cuando murió. ya de viejo, a su entierro fue el barrio entero. Para entonces ya había otro inocente recorriendo las calles y plazas del barrio al que llamábamos Gabino Segundo. Recuerdo que éste se coló de rondón en la casa del muerto y, ante nuestra sorpresa, pronunció la conocida frase:
“Recuncojoniam a vibummmm veniteee adoreemus.” A duras penas logramos sofocar la risa.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Fotografías que hablan

Acúsanos
Has venido hacia nosotros para hablarnos de un lugar de tristeza y de necesidades. Nada más hay que mirarte a los ojos para ver estrecheces sin horizonte, latas en vez de cazuelas, palmas en vez de tejas. De donde tú vienes la lluvia cae sin ninguna misericordia y multiplica el hambre; el sol aprieta las pieles y las resquebraja como suelo sin sustancia. De donde tú vienes no hay juegos ni alegrías; sólo urgencia para sacar adelante cada minuto de la existencia sin renegar del que nos ha hecho. Y mientras, nosotros, rodeados de Navidades y velas de cumpleaños, nos quejamos de que no encontramos un lugar en la playa donde abrir el parasol, sin atender a que gastamos más de lo necesario. Acúsanos sin miedo. Porque nosotros, los llamados del primer mundo, tenemos la culpa de que los niños como tú, que venís de mundos sin orden y sin pan, viváis sin vivir.

martes, 6 de septiembre de 2011

El poema del mes


Esto es amor
De verdad que todo es nuevo. Vivo
por primera vez la tierra que me tuvo
el alma en sus almenas. La ciudad
es una niña que me espera. ¡El cielo,
el aire achicharrado, las cigüeñas,
los nidos en la cruz de la espadaña
de cada templo antiguo! Esto es amor,
esto es amor y entrega en la mirada.

Y el pecado, no haber venido antes,
haber dejado el alma dividida
o haberla abandonado en esta celda
de amor y de nostalgia. Pero ahora
es diferente. Ahora escucho el viento
y el agua del Castillo no en el alma:
en la carne de ahora. En el oído
del otoño que soy suena la brisa
y el chorro de la fuente ante el andamio
que restaura la carne del Castillo
como un querido son de primavera.