sábado, 18 de abril de 2009

CONEXIÓN

CONEXIÓN. Número 8. 30 de abril de 2009. Tossa de Mar




EL POEMA




1944



















1.
Yo venía a la luz
Del río y de las huertas.
El cine encandilaba soledades
Y aliviaba dolores de cien guerras.
Era el año de El clavo,
Cementerio de escuálida provincia,
Amapolas de crímenes ocultos
Que sólo puede el tiempo,
Detective implacable,
Restaurar el orden de la vida
A partir de un cráneo taladrado.

2.
Yo venía al sonido
Del agua en las azudas.
Era el año también de Rosellini,
De aquella luz enferma de cristales
Cuarteados por las bombas de la guerra,
De tristes bicicletas, soles puros
Rodando hacia los miedos y hacia el hambre
De Romas pisoteadas por botas alemanas
Donde niños muy frágiles
Jugaban a ser hombres huyendo de la infancia.


3.
Yo venía al sabor
De las almendras altas.
Era el año en que Laura
Moría entre las sombras
Y echaba sobre todos
La lluvia del misterio,
La turbia primavera de un retrato.
Sospecha de un silencio
Que el azar de los lirios
Pobló de mil palabras.
Geney Tierny, la sombra
Que llenaba los cines de susurros.

4.
Yo venía en febrero
A inaugurar un tiempo de tristezas,
De luces que agonizan
En el desván del alma.
Viajes al Oriente
Donde todo era magia
Aunque aquí, en Occidente,
Un asesino en serie
decoraba con sangre las esquinas
mientras Lang aliviaba soledades
con la mujer azul de nuevos sueños.



EL RELATO


Las vacaciones son algo pasajero
















El Domingo de Ramos volví a ver en la tele Quo Vadis? Desde las primeras escenas empecé a recordar momentos entrañables de mi infancia. Marco Vinicio, el Robert Tylor arrogante de siempre, apareció en el palacio del viejo general dispuesto a enamorarse de Ligia, la dulce Deborah Kerr de siempre. Eso a nosotros, los chicos de la posguerra, nos agrandaba el corazón y ardíamos en deseos de ver las escenas del circo en que la bella mujer, atada a un poste, era defendida por el fiel Ursus de las afiladas astas de un toro. Una vez tras otra veíamos la película como quien se asoma al espejo de la valentía y del amor. Espadas de madera caían melladas en nuestras aventuras vespertinas tras presenciar el film. Año tras año, caían mellados por el tiempo que amenazaba con la espada del olvido. Pero Quo Vadis? Sabía devolvernos milagrosamente al refugio inviolable e inamovible de la infancia. Eunice besando la estatua de Petronio era una escena que nos encendía el alma y el cuerpo. Una esclava hispana que rechaza la invitación de pertenecer a Vinicio, aunque vaya a recibir a cambio diez latigazos, porque está enamorada perdidamente de Petronio. Aquellos ojos verdes de la sierva nos perseguían a los chicos de la posguerra en nuestras aventuras por el soto del río y acababan en el tacto solitario y placentero de la mano oculta bajo el pantalón. ¿Y la insoportable vanidad de Nerón? Su infinita estupidez nos hacía reír, aunque sabíamos de antemano que acabaría incendiando a Roma sólo con el objeto de buscar inspiración para sus malísimos versos. Y en la escena de la cueva donde los cristianos se reúnen para escuchar de labios de Pedro el resumen de la Pasión de Jesús, veíamos las sombras fervorosas de las noches de nuestra ciudad por cuyas calles desfilaban durante la Semana Santa los pasos que recordaban la muerte de Cristo en la cruz, aquel carpintero que fue Dios y del que el cura del barrio nos había hablado cientos de veces desde el púlpito de la iglesia. También es inolvidable la escena de Pedro en el camino, donde la luz estalla entre las ramas de un árbol inmóvil bajo un vendaval, mientras la voz de Dios suena en boca de Nazario, su pequeño acompañante, y el bastón del Apóstol, erguido, sin caerse pese a que nadie lo sostiene, acaba floreciendo, como si se tratara de un árbol mágico. ¿Y el suicidio de Petronio y su amada la bella Eunice, la sierva de los ojos verdes, ante sus amigos, en un acto cívico irrepetible mientras manda redactar al amanuense una carta dirigida al loco Nerón, en la cual le pide que no vuelva a aburrir a nadie con sus pésimos versos? Pero ninguna escena iguala a la del circo. Los leones, las muertes de los mártires y el final apoteósico de la película en la que ganan los buenos.¡Oh, divino don de la infancia, el de convertir en eterna una cosa tan material y contingente como una película, y eternos los sentimientos que provoca! Y sobre todo, el de hacer volver a un adulto a su más tierna infancia.

El Lunes Santo amaneció nublado. Barrí el jardín como cada día y luego me senté a contemplarlo. Mientras lo hacía, notaba cómo la claridad iba iluminándolo todo cada vez más, como cuando nos ponemos a hacer memoria con atención y a nuestra mente acuden más limpiamente los recuerdos. La luz iba destacando la violeta floración del lilo, el rojo encarnado del pruno, el oro encendido de la carolina, los aún verdes frutos del níspero, que ya empezaban a destacarse entre las enormes hojas del árbol, los soldaditos azules de las ajugas y la pujanza de los evónimos, las okubas y la aralia que, tras la poda que le hice hace unos meses, subía arrimada a la pared del fondo abriendo sus manos gigantes de incansable mendigo. Sin olvidar la frondosa viña virgen que, imparable, empezaba a tapizar las vallas de brezo. Quedaba aún la esperanza insinuada de las campánulas del arriate del centro, del joven madroño, el granado y tantas otras plantas que con el paso de la primavera alcanzarán su máximo esplendor.
También para hacer un poco de ejercicio físico fui a echar al correo un poemario que acababa de corregir por enésima vez. El buzón de correos se encuentra a unas cuantas manzanas de casa y el paseo hasta él siempre es agradable y variopinto ya que por encima de las tapias de los jardines de las casas puedo asistir al paso de las estaciones en las galas y adornos de las plantas que asoman por ellas. Colores y olores se mezclaban en el aire de la mañana, aire algo turbio por la escasa luz que mostraba el día. Pero la esperanza que respiraba en todo me hacía mucho bien lo mismo que el paseo. El tema del poemario que llevaba encerrado en el sobre camino del buzón hablaba del influjo del paso del tiempo sobre las cosas que rodean la vida del hombre y sobre el hombre mismo. Sus maneras de pensar y de sentir se ven obligados a cambiar pese a que en el núcleo de su persona, siempre perenne e insobornable, sigue viviendo, pensando y sintiendo el niño que fue un día.
Por la tarde fuimos a ver a la abuela a la Residencia donde se halla internada. El viento había llenado la Plaza de Ibiza de polen amarillento, y los recuerdos de cuando vivimos en el barrio de Horta salían a recibirnos en todas las esquinas. Visitar a alguien querido en una Residencia en Semana Santa es revivir el dolor. La anciana estaba acostada en su cama en la habitación de techos altos que comparte con otras dos internas. La residencia fue un antiguo palacete modernista, que ahora huele a sopa de tarde y se escucha rezumando de sus viejas paredes un silencio perdido. El jardín de la Residencia, solitario, rezaba en las palmeras y en los cipreses del fondo, mientras que la gata y el perro del lugar, verdaderos talismanes de los enfermos, recorrían los rincones de la terraza bajo las columnas del porche. Tras echar una rápida ojeada a la soledad y quietud del jardín, regresamos a la habitación de Mercedes que, acurrucada en su lecho, aprendía a morir despacio, sin saber quién es ella ni quiénes somos nosotros. En el escaso brillo de sus pequeños ojos se esconde el calvario de todas las Semanas Santas juntas y en sus manos el inexorable adiós a lo que fue un día allá en su infancia, a lo que fue cuando se enamoró y se casó con el padre de sus ocho hijas, el adiós a lo que fue ayer y ahora mismo. Salí de la Residencia como una lluvia sin mar ni primavera.

El Martes Santo nos vinimos a Tossa, donde escribo estas notas. El sol y el mar tejen una alianza perfecta para encontrar la paz, después del largo trimestre que acabo de vivir, y tomar fuerzas para enfilar la última recta del curso escolar. Como es habitual en nosotros, tras dejar el equipaje hemos subido por la cuesta del pintor hasta la plaza de Ava Gardner para luego bajar por la rampa del mar hasta los pies de la muralla, con la vista del pueblo extendido en arco alrededor de la bahía. Ya había gente en la playa tomando el sol, pero el agua, azul y quieta como una gigantesca lentilla, estaba solitaria; quizás su baja temperatura aún no la hace apta para el baño. En la biblioteca nos hemos pertrechado de lectura y cine para un par de días. En ARTE me he encontrado con la sorpresa de ultratumba del rey Pakal, un tesoro arqueológico de valor incalculable perteneciente al mundo maya que ha sido encontrado en la tumba que dicho rey tiene en el templo de las Inscripciones de Palenque. Desde el balcón se domina una vista excepcional: la riera y los pinos en primer término y, al fondo, sobre las casas escalando la montaña, la Torre de los Moros. Tras la comida, hicieron su aparición la paloma negra y la lavandera, aves acostumbradas a la marquesina del supermercado. Por la tarde, paseo habitual hasta la Mar Menuda. Y al volver a casa, antes de cenar, Cumbres borrascosas en el DVD. Volvimos a vivir la emoción salvaje de la pasión en que se queman Cathy y Heathclif en un mundo de ilusión y poesía. ¿Quién entendería hoy el amor que sentía Cathy por un mendigo atrabiliario como Heathclif? Sólo dos almas gemelas podrían amarse como los personajes que encarnan en la película de William Wyler Merle Overon y Laurence Olivier. El páramo, las rocas de la colina, la tétrica mansión… constituyen una atmósfera irreal que favorece la pasión desmedida que los dos jóvenes sienten primero en la vida y después en la muerte. ¡Aquella rama de árbol golpeando bajo la tormenta de nieve la ventana de la habitación de Cathy después de que la joven hubiera muerto y Heathclif invitando al fantasma de su amada a entrar en la estancia! ¿Existe destrucción tan apasionada como la que los dos amantes se infligen mutuamente? Jamás el odio unió tanto a dos seres más allá de la vida y de la muerte. “Ojalá no descanses mientras yo viva. Enloquéceme, pero no me dejes solo…” Luego nos fuimos al baile. Por primera vez en mi vida me olvidé de la procesión nocturna de la Esperanza de mi barrio natal, con la muralla en sombras y los faroles y los cirios de los pasos y los cofrades iluminando la masa misteriosa del Puente de Piedra sobre el Duero. Las cumbias y los boleros fueron en el baile como una manta de música eterna que cubrió el nostálgico silencio de la infancia.

Nada más desayunar al día siguiente, cogí la bicicleta y me fui a despertar los rocíos y los rincones umbríos de la mañana. Era un gozo indescriptible notar el aire frío en la cara mientras la bici me llevaba por el sendero paralelo a la riera, acompañado de los cantos de los pájaros y los rojos melancólicos de las amapolas. Di la vuelta acostumbrada: el parque, el estanque con las espadañas, el islote con las tortugas al sol, el croar de las ranas y los patos surcando con majestuosidad el espejo del estanque. Me paré un ratito en el banco de madera acostumbrado para verlo todo con calma. Un perro solitario se acercó a mí y me olisqueó los bajos del pantalón del chándal, pero viendo que allí no había nada que le recordara pasados fisiológicos ha seguido su peregrinaje matutino. Después seguí la ruta en bici hasta entrar en el pueblo por la Villa Romana y desembocar en el paseo del mar por meandros de callejas silenciosas y deshabitadas. Finalmente, hice un alto en la Mar Menuda, dejé sobre las rocas del milagro la bicicleta y subí por uno de los peñones hasta ver el acantilado y las rocas que dan al norte, la del toro, el perro y otros peñascos zoomorfos que son besados por la espuma del mar. Aspiré profundamente el aire apenas estrenado de la mañana y luego, más vivo y más descansado, regresé a casa. Ayudé a Nasi en la cocina a preparar berenjenas rellenas (la carne bien picada, la cebolla, el ajo sofrito…). Cuando las góndolas de la huerta quedaron listas, les echamos por encima la besamel, y al horno.
Por la tarde, durante nuestro paseo acostumbrado, descubrimos que los chiringuitos sobre la arena de la playa, las barcas fondeando en el mar y las hamacas estaban ya inaugurando la temporada.
Después de cenar y dispuestos a bajar al Don Juan para nuestro baile nocturno, nuestros amigos de pista nos avisaron por teléfono que el músico no iba ese día; así que nos quedamos en el piso viendo la televisión. Espartaco y su aventura de libertad nos acompañaron hasta la hora de meternos en la cama.

El Jueves Santo amaneció nublado y con temperaturas bajas. Aún así, salí con la bici. Volví a casa mocoso y estornudando más de la cuenta, viendo, sin embargo, que los visitantes del mercadillo de los jueves inundaban las calles donde estaban instalados los puestos. Luego salió el sol y pudimos bajar a la playa un rato. De vuelta nos pusimos a hacer torrijas castellanas. Las torrijas castellanas se diferencian de las andaluzas en que éstas se hacen con vino en vez de leche. De nuevo el mundo de mi infancia en Semana Santa vino a mi memoria. Mi madre destacaba entre las imágenes recordadas. Manejaba las rodajas de pan en un plato hondo lleno de leche hasta empaparlas. Luego las rebozaba de huevo, y a la sartén con el aceite bien caliente. El azúcar y la canela finales… y un olor a gloria perfumando toda la casa.
Por la noche sí pudimos mover el esqueleto en el Don Juan. Vino el grupo de las trompetas y la vocalista, e hicieron sonar la música caliente del Caribe. Entre baile y baile, comentábamos cosas de siempre, la juventud que no vuelve nunca más y la vejez que nos va arrinconando en el no va más, jueguen señores. ¡Pero que nos quiten lo bailao!
El piso recién comprado con vistas a la riera y a la montaña, el balcón desde donde se disfruta de toda esa vista y donde anoto estos apuntes, nos ha empujado a la vida de nuevo pese a que yo soy un cobarde para todo esto de las mudanzas. Echar raíces dondequiera que voy me da más vida. ¿Y mi ciudad? ¿Dónde queda? ¿Qué sitio ocupa en mi corazón? No sabría, a estas alturas de la vida, decirlo con seguridad. La televisión se encarga de traerme más recuerdos (la procesión de la Vera Cruz, que desfila el Jueves Santo por la tarde, entra en el recinto externo de la Catedral: la Santa Cena, el Ecce Homo, el Huerto de los Olivos…).


El Viernes Santo, al contrario que la víspera, amaneció limpio y luminoso, aunque con el paso de las horas empezó a nublarse y a perder claridad. Menos mal que el paseo en bici me permitió disfrutar de la mañana recién estrenada. Los chicos venían a comer con nosotros a Tossa y temía que el día se estropeara aún más. Y así fue. Sin embargo, después de comer, subimos hasta el Faro, al nuevo bar que acaban de abrir allí. El viento le sacudía de lo lindo; pero, bien pertrechados, pudimos disfrutar de unas vistas de película. Y como el tiempo no estaba para fiestas y paseos, volvimos todos a casa. Por la televisión nos enteramos de que en mi ciudad de la infancia habían suprimido la procesión del Santo Entierro por culpa de la lluvia. Pasamos la tarde viendo en la 5 una película eterna, En el principio (que parecía no tener final). La Historia Sagrada que aprendí de niño desfiló casi toda ella en imágenes por la pequeña pantalla: la historia de José y sus hermanos en Egipto, la de Moisés, salvado de las aguas por la hija del Faraón y otros detalles estelares como las señales de sangre en las puertas para salvar a los hijos de Israel, las plagas, el paso milagroso del Mar Rojo…
Mis hijos, pasado el día con nosotros, regresaron ya de noche a Barcelona. Y cuando algo más tarde volvíamos del baile, descubrimos en el móvil un mensaje suyo diciendo que habían llegado sanos y salvos a su destino.


El día siguiente, Sábado Santo, amaneció tan cubierto que a poco de comenzar mi rutinario paseo en bicicleta, empezó a llover y tuve que regresar a casa pedaleando como un energúmeno para no empaparme como una sopa. Pero antes de que la lluvia hiciera acto de presencia, tuve una sorpresa que no vivía hacía muchos años. Estaba reposando según costumbre en el banco de madera del estanque cuando vi en la margen opuesta a una abubilla picoteando en la hierba de la orilla. Su cabeza en pico, con la cresta recogida, subía y bajaba como yo la había visto de niño. Los colores de las alas, recogidas también, no me decían mucho al lado de lo que yo verdaderamente deseaba que ocurriera. Y ocurrió. Levantó el vuelo y vi el misterioso pájaro con las alas desplegadas y recorridas por franjas marrones, en medio de aquel vuelo espasmódico y eléctrico, de autómata, y sobre todo con su cresta desplegada en un abanico de fuego. Y pasó sobre mi cabeza para posarse en el prado, junto a la depuradora. Allí siguió picoteando al lado de un bando de palomas torcaces. Monté en la bici y pedaleé hacia la abubilla. Al verme se echó en brazos del aire y en vuelos pequeños fue a posarse en la rama de un pino. Desde allí me miró unos segundos. Detuve la bici a pocos metros. La miré como a algo que ya no me pertenece. De pronto extendió su cresta y de un nuevo y definitivo vuelo se perdió en la espesura del pinar. Aquel Sábado Santo no pude escuchar su característico bu-bu-bu. Quizá algún día.
La jornada, finalmente, se fue entre nubes, amenazas de nuevas lluvias y algo de sol tímido. Y también con la movida del baile en el hotel, entre amigos y música.

Y hoy, Domingo de Resurrección, tendido al sol en la playa, siento que las vacaciones son ya algo pasajero, humo de un fuego que ardió. Mañana volveremos a la rutina y el martes todo será humo volandero al lado del presente inaplazable de las aulas, alumnos y lecciones. Pero ahora dejo, tendido sobre la fresca arena, que el beso cálido del sol acaricie a veces mi piel y otras ceda su vez a la caricia suave de la brisa mojada con gotitas del mar cercano. Pienso en unos versos que aún no tienen forma, en un relato tal vez, mientras de repente una niebla espesa nacida en el mar avanza hacia nosotros y poco a poco engulle el promontorio de la Ciudad Vieja.
Es el presente que engulle lentamente lo poco que queda de estas vacaciones de Tossa.







LA NOTICIA



El premio Cervantes de este año: Juan Marsé



El premio Cervantes de Literatura se instituyó en los años setenta para premiar a un autor español o hispanoamericano por toda su obra. Se suele entregar el 23 de abril de cada año, fecha que conmemora la muerte del más grande escritor español de todos los tiempos y la entrega la efectúa el rey Juan Carlos I. Entre los españoles que han recibido tan prestigioso galardón destacan los poetas Jorge Guillén, Luis Rosales, Gerardo Diego o José García Nieto, por citar unos pocos, o narradores como Miguel Delibes, Camilo José Cela, Francisco Umbral o Rafael Sánchez Ferlosio. Y entre los hispanoamericanos, conviene mencionar nombres como Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Jorge Luis Borges, Cabrera Infante, Alejo Carpentier o Juan Carlos Onetti. El Cervantes de este año ha recaído en el narrador Juan Marsé (Barcelona, 1933). Su relación con Cervantes data de cuando a los dieciséis años se internó en la lectura del Quijote. Trabajó como joyero, pero pronto de dedicó de lleno a la literatura. Con el relato Nada para morir ganó el Premio Sésamo de cuentos en 1959 y dos años más tarde fue finalista en el Biblioteca Breve con su novela Encerrados con un solo juguete. Otros títulos y otros premios fueron Últimas tardes con Teresa (Biblioteca Breve, 1965), Si te dicen que caí (México de Novela, 1973), La muchacha de las bragas de oro (Planeta, 1978), Ronda del Guinardó (Ciudad de Barcelona, 1984), El amante bilingüe (Ateneo de Sevilla, 1990), El embrujo de Shanghai (Premio de la Crítica, 1994), etcétera. El universo narrativo de Marsé ronda en torno a la Barcelona de la posguerra de la que critica en especial la sociedad burguesa y ensalza la lucha diaria por salir adelante de la clase más desprotegida. Personajes de sus novelas que se han hecho inolvidables son Teresa o Montse, pertenecientes a la clase privilegiada, o Pijoparte, representante indiscutible del emigrante dispuesto a labrarse un destino mejor a cualquier coste. Sus historias narrativas han sido llevadas al cine en diversas ocasiones (recordemos, entre otros títulos cinematográficos, La oscura historia de la prima Montse, de Jordi Cadena, La muchacha de las bragas de oro, de Vicente Aranda, Últimas tardes con Teresa, de Gonzalo Herralde, o El embrujo de Shanghai, de Fernando Trueba. Juan Marsé, durante la entrega del Cervantes empezó su discurso con estas palabras: "Yo soy un catalán que escribe en castellano". A propósito del bilingüismo, afirmó que la dualidad idiomática que existe en Cataluña no sólo no supone ninguna amenaza para los dos idiomas cooficiales ni es causa de preocupación, sino que además enriquece a los ciudadanos que viven en Cataluña. En referencia a la memoria histórica, señaló que "el recuerdo en nuestros días lleva todavía una carga de dolor y sentimientos, suspicacias y malentendidos" y añadió que existe "una memoria compartida que no debe arrogarse nadie, una memoria que fue durante años sojuzgada, esquilmada y manipulada". Asimismo habló de lo que sabe hacer mejor, es decir, la literatura, cuyos dos ingredientes principales son la imaginación y la memoria pues "no hay literatura sin memoria", concluyó al respecto, y citó algunos de sus antecedentes literarios, como Baroja, Galdós o Dickens, sin olvidar al Príncipe de los Ingenios, que es quien otorga el nombre al premio recibido.



EL COMENTARIO


Miguel Hernández, periodista comprometido


Entre las virtudes del periódico Público destaca el regalo semanal que hace de cultura, aunque sea la suya, no siempre del gusto general (sólo faltaría): cine, música... El día del Libro fue más allá y regaló un librito muy interesante que recoge algunas crónicas periodísticas que Miguel Hernández, el poeta del pueblo, escribió para diversos medios de prensa del ejército republicano (Acero, Al ataque, Avanzadilla, Pasaremos, Nuestra Bandera, etcétera) durante los años 1937 y 1938 de la guerra civil. El poeta García Montero, encargado del prólogo, afirma, entre otras cosas, que "los artículos bélicos de Miguel Hernández recogen la moral comunista heroica de resistencia ante el ejército franquista", que "el golpe militar de Franco fue un fracaso y que nunca hubiera sostenido una guerra sin la ayuda de los dictadores europeos" o que "lo importante es la intención de arrebatarle al autodenominado bando nacional la legitimidad de la nación". En la Introducción, escrita por Francisco Esteve Ramírez, se hace un repaso a la producción literaria del poeta de Orihuela y en ella ocupa un papel interesante la atividad periodística. Y así fue crítico literario en el Diario de Cádiz (comentario a Trasluz, obra de Pedro Clotet, amigo del poeta), El Sol (comentario a Residencia en la tierra, del admirado Neruda), etc. Pero fue en el periodismo comprometido donde Hernández alcanzó alturas considerables. Cuando se dio la rebelión militar del 18 de julio de 1936, el poeta se enroló como voluntario en el V Regimiento donde se dedicó en un principio a levantar fortificaciones y abrir trincheras. Pero enseguida se le asignaron tareas culturales y periodísticas al saber que era un gran poeta. Así fue como se convirtió en corresponsal de guerra en muchos lugares del frente, director del Altavoz del Frente Sur y Comisario de Cultura. Entre sus crónicas de guerra, firmadas a veces con seudónimos (Antonio López o Miguel López son dos de ellos) destacan, por su fuerza lírica, su plasticidad y su compromiso, las siguientes: Para ganar la guerra, donde leemos: "Vivimos una gran época de sangre. Por el territorio de españa corren en estos días más ríos de sangre que de agua y hay más sementeras de muertos que de trigo. Seguramente la cosecha de varios años próximos van a ser de un color arrebatado y un sabor amargo, alimentadas por tanto cuerpo caído..." Primeros días de un combatiente, de la que sacamos estas frases: "Las bombas llovieron sobre nosotros. Yo las veía caer tendido boca arriba y el cuerpo me rebotaba en las explosiones. No sé por qué me reía de no ser dueño de mi persona, y mis carcajadas indignaron al cordobés. Se levantó escupiendo tierra y me gritó que el caso no era para risa..." Carta abierta a Valentín González "El Campesino", importante porque en ella incluyó el romance que empieza "Hombres que seguís a este hombre, / por laberintos que marcha/ a páramos de derrota / y a viñas de triunfo y palma..." El hijo del pobre, que es un poema en prosa: "Al hijo del rico se le daba a escoger títulos y carreras; al hijo del pobre siempre se le ha obligado a ser el mulo de carga de todos los oficios. No le han dejado ni tiempo ni voluntad para elegir un camino en el trabajo. Se le ha empujado contra el barbecho, contra el yunque, contra el andamio; se le ha obligado a empuñar una herramienta que, a la vez, no le correspondía. Las universidades nunca han tenido puertas ni libros para los hijos de los pobres, que no han conocido en la niñez más alegría que la que da el mendrugo a los hambrientos, ni más descanso que un sueño de cinco horas..." Son, pues, algunas de estas crónicas, la lisa y llana expresión de un ser comprometido con una causa política y, como reza el subtítulo de este librito, ni más ni menos que las manifestaciones de "un poeta en el frente".




OTROS

Épica, lírica y el género de las armas





Esta liga tiene, si no ocurre un milagro a favor del Real Madrid, un claro ganador: el Fútbol Club Barcelona. Méritos y buen juego demuestra en casa y a domicilio, y de airearlos se encargan todos los medios informativos tras cada jornada liguera. Incluso a ciertos periodistas se le llenan la boca de exquisiteces literarias para elogiar tanto a sus jugadores como a las jugadas que realizan. Y comparando el juego del Barça y el de su eterno rival se ha llegado a decir que si el juego del Real Madrid es épico, el del Barça es lírico. Con la literatura topamos. En preceptiva, la épica trata de los hechos que llevan a cabo unos determinados personajes en un marco espacio-temporal concreto, mientras que la lírica se encarga de hablar del mundo interior del personaje. Parece que si una y otra las aplicamos al juego que realizan los dos equipos principales de la presente liga española, fallan estrepitosamente, salvo que sea al revés. Más épica (gesta, acción heroica y esforzada, que puede convertirse en modelo de actuación) que está demostrando el Barça no existe ( su primer puesto en la clasificación y los seis puntos que le saca al segundo clasificado, el Real Madrid, son hechos incuestionables) y no añadimos lo que está haciendo en la Champion League o en la Copa del Rey (que, por otra parte, también puede ganar aunque tenemos nuestras reservas, al menos en la competición europea). Y para "líricas" extremas, tenemos la prueba fehaciente (todas las televisiones la han mostrado con todo lujo de detalles) de un defensa del Madrid, que no dudó en expresar ante millones de ojos sus sentimientos más violentos en las personas de dos jugadores del Getafe durante el partido que enfrentó hace unos días a los dos equipos. Pero no nos alejemos de nuestro primer propósito, que era el constatar la afición que han adquirido algunos periodistas por elogiar los méritos y el juego del Barça con calificativos literarios. Tengo delante una columna de Público (es el periódico que más leo últimamente) del viernes 24 de abril titulada Desde la Sexta, de la que extraigo el primer párrafo: "En sólo dos minutos. Ese es el tiempo que necesitó el Barcelona para acabar con el sueño de quienes quieren ver algún signo de debilidad en este grupo poético que, como aquella generación del 27, prefiere la búsqueda permanente de la estética a través de la inteligencia y la sensibilidad. Este grupo lo hace todo fácil por poseer el mejor arma (las negritas son nuestras)para ello: el don del talento." ¿Han visto qué lección de Preceptiva e Historia de la Literatura? Grupo poético, generación del 27, estética... ¡Lástima que el párrafo no pueda también convertirse en lección de Gramática. Y es por lo de siempre, por no tener a mano un Diccionario de la RAE. Con lo poco que cuesta. El periodista que firma la columna se hubiera dado cuenta de que el sustantivo "arma" es femenino y el artículo que debe acompañarlo cuando entre ambas palabras va un adjetivo (mejor) ha de ser el artículo femenino "la" y así el párrafo, tan literario, no quedaría cojo gramaticalmente hablando. La mejor arma para escribir es, pues, tener a mano (y consultarlo, claro) un buen diccionario.



OTROS



2009, año negro


"¡Vaya año has elegido para jubilarte!", me dicen algunos de mis amigos al ver el panorama en que vivimos. "¿Y qué podía hacer, les contesto, si cumplo los años requeridos para jubilarme en este?" La verdad es que 2009 es un año negro, negrísimo. La gran oscuridad es esta crisis económica que proyecta una muy larga noche sobre nuestras vidas. Ya hay más de cuatro millones de trabajadores en paro. El Banco Nacional de España aconseja bajar las pensiones y hasta cosas peores en las que ni siquiera deseo pensar. Pero no es sólo esta imparable oscuridad la que se cierne sobre España y el mundo. La justicia hace aguas por todas partes. La política está manchada con el chapapote de la corrupción. La delincuencia sigue su marcha ascendiente. Aún quedan delitos gravísimos sin resolver (el más preocupante, la desaparición de la chica sevillana Marta del Castillo, y las personas inculpadas en su posible asesinato y desaparición siguen burlándose de la policía y la justicia). El problema de la emigración sigue sin resolverse. ¿Para qué seguir? Y esto sólo en nuestro país. Fuera siguen las catástrofes naturales sembrando el miedo y la muerte (hace poco fue el terremoto en la zona italiana de l'Aquila y en estos días las inundaciones de Sri Lanca). Y ahora, otro cataclismo, este sanitario, el de la gripe porcina, flagela medio mundo desde que se iniciara el brote en México (hasta el momento de la redacción de este texto la epidemia ya ha causado alrededor de ciento cincuenta muertos en el país azteca) y se convirtiera en pandemia al descubrirse otros contagiados de la fiebre porcina en Estados Unidos, Canadá y algunas naciones europeas como la nuestra, que ya cuenta con una veintena de casos posibles que están siendo observados en centros sanitarios repartidos por todo el país (Cataluña es, por el momento, la comunidad donde más enfermos hay), aunque los únicos casos verdaderamente probados son los de los dos jóvenes que, a la hora de cerrar esta edición, están hospitalizados uno en Almansa (Albacete) y otro en Valencia, ambos pertenecientes a un grupo de estudiantes universitarios que pasaban unos días en Cancún (México). No quisiera adoptar tonos apocalípticos porque, entre otras cosas, no resuelven nada, pero la situación mundial y, concretamente, la española es verdaderamente preocupante. De todos modos, confiemos en que esta larga y dura noche en que estamos sumidos poco a poco se vaya despejando y deje entrever la esperanzadora luz rosada de un nuevo amanecer.

viernes, 3 de abril de 2009

CONEXIÓN

CONEXIÓN. Número 7. 15 de abril de 2009. Tossa de Mar.


EL POEMA

Versos a Antonio Machado


















He venido hasta tu piedra
para decir en voz alta
versos y sueños que en vida
viviste al filo del alma.
Desde aquel patio andaluz
donde juntos maduraban
tu niñez y el limonero
hasta la hiel de estas tapias
donde los cipreses copian
la lumbre de tu mirada.

Versos y sueños de vida,
de fieles norias que cantan
en sapientes cangilones
la pureza de tus aguas.
Soledades, galerías,
caminos de amor, calladas
alamedas junto al Duero
de la Soria castellana.

En todas partes tu voz
de sustanciosa palabra
habla de la soledad
de un corazón que buscaba
entre la niebla a ese Dios
que acostumbra a dar la espalda.

Aunque al final lo encontraste,
poeta de las dos Españas,
cuando llegaste a Collioure
con tu nave aparejada,
bien ligero de equipaje
y arriada la nostalgia.

Descansa junto a tu piedra
en este rincón de Francia,
a un paso del río eterno
y a otro de la mar blanca.
Que hoy he venido a cantar
con la voz serena y clara
versos y sueños que en vida
viviste al filo del alma.



EL RELATO

Una lectura


De repente, decido dejar de leer La tregua, de Benedetti, que saqué hace dos semanas de la biblioteca de Tossa. Es una novela diario donde el narrador, un hombre viudo de cincuenta años que va a jubilarse en unos meses, consigna su vida normal, casi anodina, en relación con la gente que trabaja con él en la oficina y con los hijos que viven bajo su mismo techo. Apenas ocurre nada salvo que un día conoce a una nueva empleada de su oficina llamada Avellaneda de la que se enamora. Le da entonces por imaginarse su vida junto a ella. Hasta que un día le confiesa su inclinación amorosa. La chica, de treinta años, que acaba de dejar a su novio, acepta compartir con él los fines de semana un apartamento que acaba de adquirir el hombre. Hacen el amor, parecen quererse y el hombre cree que es feliz junto a Avellaneda. Y esto me basta para interrumpir la lectura de La tregua. Así que yo, jugando con las palabras, doy definitiva tregua a mi lectura del diario de este hombre que parece contento en medio de su aburrida vida. Ni sus hijos Esteban, Jaime y Blanca, ni su viejo conocido Aníbal, ni los recuerdos de su mujer difunta… son ya importantes. Sólo el amor que acaba de encontrar en Avellaneda y su nido de amor compartido. ¿Que con el tiempo todo acabará? No lo sé ni me importa. ¿Que seguirán amándose hasta el final de la novela? Ídem. Sólo me interesa conocer ese presente feliz que el oficinista está viviendo en la página donde decido despedirme de su vida.



LA NOTICIA

Terremoto en Italia


Sigue la Naturaleza sembrando la muerte en el mundo. Ahora le ha tocado al centro de Italia y ha sido por medio de un terremoto. El pasado 6 de abril un seísmo de 6'3 grados en la escala de Richter, según algunas fuentes, se cebó con la zona de l'Aquila, en los Abruzzos, y hasta el momento de redactar esta noticia ha causado cerca de 3oo víctimas mortales y más de 1500 heridos, y cerca de veinte mil personas han perdido sus hogares. Lo que aún no se acaba de entender es que todo haya ocurrido tan trágicamente pese a que, según algunas fuentes, un geólogo del propio país damnificado predijese el movimiento sísmico unos días antes. Se trata del científico Guiliani, que con un sistema de su propia invención predijo un mes atrás que un terremoto llegaría a esta zona de Los Apeninos italianos. Pero he aquí que ha vuelto a reinar la insensatez del género humano, esta vez en las mentes de las autoridades, que desacreditaron a Giuliani y le ordenaron que no alarmara innecesariamente a la población. Y ahora hay que llorar todas esas muertes, si no son más. Afortunadamente un grupo de estudiantes españoles de Erasmus que se hallaban en l'Aquila han resultado ilesos de la catástrofe. Todos ellos fueron traslados al aeropuerto de Fiumiccino y de allí volaron a España. También conviene consignar que otro súbdito español que se daba por desaparecido ha sido encontrado con vida y en estos momentos se halla hospitalizado en un centro sanitario de la zona. Finalmente, a la hora de cerrar esta edición una mujer española, residente en la zona y casada con un italiano se halla en paradero desconocido. Esperamos que aparezca pronto sana y salva.


















EL COMENTARIO



Errores judiciales



Hay errores a lo largo de la vida que unos y otros cometemos sin que se deriven de ellos males mayores. Me refiero a los errores cotidianos y vecinales en que los hombres de a pie solemos incurrir y que acto seguido, con buena voluntad por parte de todos, el posible problema provocado por ellos queda solucionado. Sin embargo, existen otros errores que por su trascendencia perjudican a una serie de sistemas colectivos, ya sea de orden politico, moral o judicial. Hace unas cuantas fechas nos referíamos desde estas páginas digitales a un caso de trascendencia moral, como el de la joven italiana a la que se le practicó la eutanasia. Hace menos tiempo aludimos a un asunto de importancia política de la que se derivó nada más y nada menos que la dimisión de todo un ministro de nuestro Gobierno. Y ahora no tenemos otro remedio que comentar un caso de trascendencia judicial (recordamos de paso aquellos otros errores judiciales que unas veces mandaron a la cárcel a personas inocentes y otras dejaron en libertad a personas en cuyo haber obraban delitos graves que volvieron a delinquir en el mismo tipo de delito y en algunos casos extremos causar la muerte de niños indefensos), ahora, decíamos, nos vemos en la obligación de traer a colación lo que ha vuelto a ocurrir, por decisión de un juez: la puesta en libertad del jefe de una banda de albaneses extremadamente violenta que se dedicaba a asaltar las casas de gente acaudalada, entre la que se contaba un conocido productor de programas televisivos, el cual sufrió, además, una paliza tan desproporcionada que no le causó la muerte de milagro. Según algunas fuentes, el grandísimo error se debió a una descoordinación entre la sentencia judicial, el sistema de prisiones y las fuerzas de seguridad. Todos sabemos que cuando un malhechor comete un delito, interviene la policía para detenerlo y ponerlo a disposición judicial. Luego es el juez, durante la vista pertinente, quien dictamina la sentencia. Si ésta es condenatoria, el reo debe ir a la cárcel. Si durante la encarcelación el preso debe acudir nuevamente a un juicio porque tiene pendientes otros delitos, será otra vez la policía quien se encargue de llevarlo al juzgado y de retornarlo a la cárcel. Algo se ha roto en esta que parece una línea fácil (al menos aparentemente) de seguir. De todo esto se puede sacar una conclusión verdaderamente desazonadora: un simple error judicial o la falta de coordinación entre las fuerzas de seguridad del Estado (guardia civil, policía u otro cuerpo similar) dejan desnuda la seguridad del ciudadano y, lo que es peor aún, dan lugar a la impunidad del crimen. Sólo eso nos faltaba. A una situación económica delicadísma como la nuestra se le unen un sistema judicial y otro policial que están provocando día sí y día también motivos de alarma social en todos los medios de comunicación. esperemos, sin embargo, que unos y otros capturen al fugado y lo pongan a buen recaudo.











OTROS





Cantantes y canciones de nuestra vida

Todos nosotros conservamos en nuestra memoria cantantes y canciones de otros momentos de nuestras vidas en que fuimos más o menos felices. Una de esas cantantes que para muchos de nosotros significó algo muy emotivo en un pasado relativamente reciente es sin duda Mari Trini. Y recordamos a la cantautora murciana por la sencila razón de que el pasado 6 de abril enmudeció su voz para siempre a los 61 años a causa de una larga enfermedad. Ella dijo una vez que la muerte llega cuando el alma se detiene. Puede que sea verdad, pero muchos de sus seguidores dirán que es precisamente ahora cuando su alma seguirá cantando entre ellos. Desde aquel día en que una estrella cayó en su jardín, no ha dejado de mostrarnos con su desgarrada y entrañable voz las inquietudes vitales que siempre la caracterizaron como una mujer valiente y libre que nadó a contracorriente de las modas existenciales al uso durante varias décadas. Tal vez la letra que mejor la identifica sea la de su canción "Yo no soy esa", que a continuación incluimos:
"Yo no soy esa
que tu te imaginas,
una señorita tranquila y sencilla
que un dia abandonas
y siempre perdona,
esa niña si...no...,
esa no soy yo.
Yo no soy esa
tú te creias,
la paloma blanca que le baila al agua,
que rie por nada
diciendo si a todo,
esa niña si...no...,
esa no soy yo.
No podrás
presumir jamás
de haber jugado con la verdad,
con el amor de los demás.
Yo ya no soy esa
que se acobarda frente a una borrasca
luchando entre olas encuentra la playa,
esa niña si...no...,
esa no soy yo.
Pero si buscas
tan sólo aventuras,
amigos por guardia a toda tu casa.
Yo no soy esa que pierde esperanzas,
piénsalo ya.
Yo no soy esa
que tú te imaginas,
una señorita tranquila y sencilla
que un dia abandonas y siempre perdona,
esa niña si...no...,
esa no soy...
si...no....
esa no soy yo."







Adioses en abril


Parece que el abril de este año es un gran aficionado a las despedidas, a los adioses de gente popular y conocida. Acabamos de hacernos eco de la desaparición de la cantautora Mari Trini y ahora queremos hacerlo de un hombre de la música y de una mujer de la literatura. El hombre es Rudy Ventura; la mujer, Corín Tellado. Rudy Ventura, barcelonés de toda la vida y culé hasta las entrañas, es inseparable de su trompeta y juntos deleitaron los oídos de miles de españoles de los cincuenta y sesenta. Nunca olvidaré aquel "Silencio" que brotaba de su instrumento musical como un largo lamento de amor y sueños. En cuanto a Corín Tellado, asturiana de pro, es la narradora más prolífica que España ha tenido siempre. Sus novelas "rosas" compartían la parte central de los quioscos franquistas junto a las novelas del oeste de Marcial Lafuente Estefanía, otro fenómeno popular de la época. Sus historias de amor encandilaban a millones de lectores. A ella que escribió "Me olvidaste el otro día", no la olvidarán nunca.








La mujer y la Semana Santa






Cuando llega al calendario la Semana Santa, siempre me acuerdo de Zamora, y al instante me veo en la ciudad del Duero unas veces de niño, cuando aún vivía allí, y más tarde de adulto, y ya residente en Barcelona, durante mis constantes regresos a la ciudad natal, apostado en alguna calle, costanilla o plaza para presenciar en primera línea las procesiones de las diversas cofradías que ofrece la rica, a la vez que austera y silenciosa Semana Santa de Zamora. Daba lo mismo la que fuera. Si la procesión tenía que ver con Cristos, igual me daba presenciar la del Silencio, en que desfilaba el Cristo de las Injurias, atribuida a Gaspar Becerra, de la noche del miércoles santo, o la del Yacente, de Gregorio Fernández, que recorría en andas parte de la ciudad vieja la noche del día siguiente, ambos excelentes muestras de la imaginería barroca. Y si la procesión iba de Vírgenes, tanto disfrutaba viendo la de la Esperanza, obra de Aurelio de la Iglesia, que la noche del martes santo se recogía en el templo de las Dominicas de mi barrio natal, como la de la Soledad, magnífica talla que salió de las manos del zamorano Ramón Álvarez, que en medio de un silencio absoluto desfila por la Zamora más nueva flanqueada por dos filas de mujeres enlutadas como la Virgen y portadoras de velo y vela con tulipa. Y ya puestos a hablar de las mujeres que desfilan en las procesiones de la Semana Santa, conviene precisar que todavía hay cofradías que en muchas partes de España no aceptan mujeres entre sus cofrades. Por lo que a Zamora concierne, quitando la cofradía citada de la Soledad y alguna otra, como la de la Esperanza del Jueves Santo por la mañana o la de Nuestra Señora de las Angustias del Viernes Santo por la noche, en las que desfilan mujeres acompañando a sus respectivos "pasos", la mayoría se niegan a admitir mujeres entre sus cofrades. Y eso que este año, sin ir más lejos, la Junta Pro Semana Santa ha recibido cerca de 200 solicitudes para ingresar en algunas de las cofradías zamoranas sin que hayan recibido respuesta alguna. En las manifestaciones populares religiosas no debería haber esa discriminación de género. ¿O es que eso de la igualdad entre hombres y mujeres se va a quedar en un simple formulismo político? Esperemos que sólo sea de momento.


domingo, 22 de marzo de 2009

CONEXIÓN

CONEXIÓN, Número 6. 31 de marzo de 2009. Toledo



EL POEMA


El río Tajo















Río Tajo, río Tajo,

sobre ti sueña Toledo

que vuela alto, muy alto,

para apuntalar el cielo.


Río Tajo, río Tajo,

Toledo sobre ti sueña

que suenan luz sus campanas

y tienen alas sus piedras.


Río Tajo, río Tajo,

sobre ti sueña Toledo ,

y el viajero que viene

a estrenar su otoño nuevo.










EL RELATO


Un encuentro inesperado

El día anterior habíamos telefoneado a nuestros dos hijos, al mayor que vive en Huelva y al menor, de Cerdanyola, para darles la buena nueva de que ya nos encontrábamos en Toledo, en la posada que ambos habían contratado para pasar unos días en la ciudad imperial, como regalo por mi reciente jubilación. El resto de la primera jornada se nos fue visitando la catedral, el patio de la enfermería del convento de Santa Isabel, prodigio del estilo mudéjar, y la vecina iglesia de San Bartolomé con sus frescos impresionantes. Agotados del viaje y de la caminata de tanteo, más que de acierto, por el dédalo de calles que forma un triángulo alrededor de la posada donde estamos alojados, triángulo que tiene su vértice más alejado en San Juan de los Reyes, cenamos frugalmente en el comedor del hostal y nos metimos en la cama pensando en el itinerario que al día siguiente, con el plano que nos había ilustrado el dueño de la Posada, íbamos a seguir buscando el mundo de Bécquer. Tras desayunar copiosamente, pues el camino que nos esperaba era duro, nos echamos a la calle. Bordeamos la muralla de Toledo por la parte del Tajo subiendo cuestas interminables y empedradas hasta dar con el Paseo del Tránsito. Aquello nos sonaba del día anterior, como el paso por delante de San Juan de los Reyes. Dejamos atrás el palacio de la Cava y la Puerta del Cambrón. La vista que se contemplaba desde allá arriba compensaba el esfuerzo que habíamos hecho. El Cristo de la Vega nos esperaba abajo con su leyenda. La guadadora nos abrió la verja y nos franqueó la puerta de la iglesia. Y aunque el Cristo del altar era sólo una réplica del verdadero, que fue quemado durante la guerra civil (los restos pueden verse en una gran fotografía a la izquierda de la entrada), a mí no me importaba. La visión del brazo desenclavado del crucificado despertaba en mí recuerdos emotivos de mi infancia de la primera vez que escuché de labios del maestro la leyenda de la promesa incumplida y el testimonio del Cristo ante el cual Diego había prometido a Inés casarse con ella cuando volviera de la guerra contra los moros. Luego seguimos el camino del Tajo por la orilla, dejando arriba el Puente de San Martín y más allá los Baños de las Tenerías y otros restos de culturas antiguas. La caminata acabó en la cuesta de la casa del Diamantista y por ella ascendimos hasta la plaza de los Concepcionistas. Llegamos rendidos al Arco de la Sangre, al pie del cual Cervantes, con los ojos pintados por los grafiteros, nos sonrió compasivamente. Incapaces de llegar a la Posada, comimos en un restaurante que encontramos en la Calle del Hombre de Palo. Nos sentó bien la vianda toledana (cornamusas y media perdiz entre escabechada y estofada) y el vino con que la acompañamos. Después, con el cansancio pegado a las piernas y la pesadez de los manjares rondando el estómago y la cabeza, nos acercamos no sin esfuerzo a la posada a echar una pequeña siesta, según es nuestra costumbre. A media tarde, con la ruta de Bécquer bien marcada sobre el plano, volvimos a ponernos en marcha. Y aquí fue cuando sonó el móvil de mi mujer. Nos encontrábamos en lo alto de la calle del Nuncio Viejo, cerca de la ingente iglesia de los Jesuitas. Era el hijo mayor que nos llamaba para preguntarnos qué hacíamos y por dónde andábamos. Le dijimos que buscando sitios donde Bécquer había situado la acción de algunas de sus leyendas. De repente la batería del móvil de mi mujer empezó a dar señales de agotamiento y la comunicación se cortó. A todo esto habíamos iniciado la cuesta de San Clemente. Entonces decidí usar mi móvil para seguir hablando con mi hijo. "Menos mal que lo llevas encima", me dijo con la voz entrecortada. "¿Por dónde vais ahora?" "Estamos frente a la portada de San Clemente, según la guía obra de Alonso Berruguete". En ese momento un coche empezó a bajar la cuesta y se cruzó con nosotros, que tuvimos que refugiarnos en el quicio de la entrada para no ser atropellados. "¿Y tú qué haces?", le pregunté. "Lo mismo que vosotros, caminando", la voz seguía sonándole como cansada, al límite; el ruido de un coche sonó como fondo de su voz.
"Tú también andas por un sitio lleno de coches. Huelva tampoco se libra de ellos." "¿Huelva? Mira para atrás." "¿Que mire para atrás?" "¿Qué dice?", me preguntó mi mujer. "Que mire para atrás." Y como movidos por el mismo resorte giramos la cabeza y allí, iniciando la cuesta de San Clemente, con el móvil pegado a la oreja, estaba nuestro hijo mayor. La alegría que nos llevamos es indescriptible. Le hacíamos naturalmente en Huelva. Pero, tras besarnos sin dejar de sonreír por la alegría, nos aclaró el misterio. Hacía días que estaba en Alcalá terminando el trabajo de investigación que había iniciado meses antes. Y hacía un par de meses, por la época en que su hermano y él habían contratado la posada para nuestra estancia en Toledo, él también había contrado una noche en un hostal de la ciudad imperial. "Menos mal que Javi no os ha dicho nada, tal como le pedí." Estás hecho polvo, hijo", le dije. "Hombre, ¿a ti qué te parece? Vengo hablando con vosotros desde el hostal, subiendo cuestas sin parar. Y menos mal que traías el móvil. Bueno, ¿dónde hay una terraza para tomar una cerveza?" "Aquí arriba hay una. Estaremos acompañados de Garcilaso." Y entre risas por la aventura vivida, pasamos la tarde juntos y parte de la noche. Él cenó sopa castellana y perdiz a la toledana, que era un capricho que quería darse. Brindamos durante la cena por su hermano, cómplice de su hazaña, y seguimos durante un buen rato comentando el inesperado encuentro en Toledo, a mitad de camino entre Huelva y Barcelona.



LA NOTICIA

Ya no se visita al Cristo de la Vega



La visita al Cristo de la Vega de Toledo ha descendido considerablemente durante estos últimos años. Eso nos dijo la celadora que se encarga de abrir la puerta del templo donde se halla esta imagen tan singular que muestra un brazo desenclavado, imagen (todo hay que decirlo) que es una réplica de la auténtica, que fue quemada durante la tan odiada y odiosa guerra civil. Imagen que recuerda la leyenda de la que se hizo eco Zorrilla en el siglo XIX en su famosa obra en verso A buen juez mejor testigo, cuya lectura desde aquí recomendamos. También nos comentó la guardadora que parte de la culpa de que no vengan tantos turistas como antaño a visitar al Cristo la tiene el propio Ayuntamiento, que no lo incluye en sus visitas guiadas y gratuitas, y también las agencias de viaje con autobús incluido, que prefieren visitar el centro histórico de la ciudad (el conjunto de las basílicas de Santa Leocadia y del Cristo de la Vega queda bastante retirado del núcleo urbano) porque reciben regalos y comisiones de los dueños de las tiendas visitadas, especialmente las que venden damasquinados, espadas, dulces, mazapanes y otros típicos productos de Toledo. Finalmente, nos decía compungida la celadora del templo que ya sólo acostumbran visitarlo personas particulares como nosotros, interesadas en la cultura, el arte y la belleza y que no tienen en cuenta el esfuerzo físico ni las distancias. Sin embargo, la picaresca, que no deja de existir en ningún sitio, aquí no iba a ser menos, y algunos autobuses, que tienen problemas para estacionar dentro de la ciudad, después de que sus viajeros ponen pie a tierra en el lugar adecuado, vienen a aparcar en la explanada cercana a las basílicas, detalle que pudimos comprobar con nuestros propios ojos.












EL COMENTARIO



Hacer turismo en Toledo




Si Toledo sólo fuera una ciudad con una riqueza cultural y artística de primer orden, que lo es, y pasear por sus calles no resultara tan arriesgado por el aluvión de coches que vienen y van por las sendas más estrechas de su tramado urbanístico, que también lo es, las cosas a la hora de elegir un lugar para disfrutar con holgura y paz de su patrimonio monumental serían de otra manera. Si lo que quiere el turista es contemplar a sus anchas una exposición extraordinaria de El Greco, en Toledo tiene una insoslayable oportunidad de hacerlo en el antiguo convento de Santa Fe, anexionado al Museo de Santa Cruz, y, oh fortuna de las fortunas, además gratis. Y si lo que le interesa es dar un magnífico repaso histórico por la España de principios del siglo XIX, durante la Guerra de la Independencia, podrá también hacerlo en el incomparable marco del Museo citado, asimismo sin tener que desprenderse de un euro. Pero si de lo que se trata es de dar unos pasos por el dédalo de calles, callejuelas, callejones, cuestas y plazas para hallar una iglesia, un palacio, unas termas o cualquier otro monumento artístico, lo mejor será que se arme de valor y esté dispuesto a arriesgar su integridad física. Porque le esperan en el camino, siempre emocionante, un sinfín de contratiempos todos ellos relacionados con el tráfico rodado. ¿En qué habrán pensado las autoridades municipales para convertir el turismo de la ciudad, que es con mucho el más importante factor de sus ingresos, en una aventura constante llena de sobresaltos y acechanzas rodadas? Y el turista deja aparte el ruido ensordecedor de los motores de coches y maquinarias de todas clases que hasta los santos de las iglesias, toledanos incondicionales ellos, deben de notarlo a todas horas. Y el turista deja aparte las exageradas tarifas que por visitar los lugares más emblemáticos de la ciudad cobran los poderes civiles y eclesiásticos de la misma. Un ejemplo que clama el cielo: para visitar la catedral el viajero debe pagar 7 euros. Recuerdo que no hace mucho se podía visitar totalmente gratis. Para acudir a los oficios, el creyente tiene la opción de entrar en el santo recinto por la Puerta del Reloj y allí, encerrado en un cuadrado de verjas, puede asistir a la misa que se ofrece en la capilla de la Virgen del Sagrario. Pero no todo es negativo en el turismo de Toledo. Al contrario, el turista atento y bien informado, puede acceder a visitas guiadas por ciertos itinerarios totalmente gratis que le ofrecerán la oportunidad de ver otro Toledo desconocido. Yo mismo pude comprobarlo vistando las maravillas del convento de Santa Isabel, en especial el patio de la Enfermería, y la iglesia de San Bartolomé, con su torre mudejar y sus impresionantes frescos renacentistas. Asimismo, contemplé a mis anchas las nuevas termas romanas de la calle del Nuncio Viejo y las excavaciones llevadas a cabo en el patio de una casa particular de la misma calle. En fin, Toledo siempre será Toledo y el viajero que quiera ver belleza y vivir las leyendas relacionadas con el arte, allí dispone de un filón interminable, aunque eso sí, debe cuidar de su integridad física cuando se eche a la calle en busca de una belleza artística o un rincón sentimental determinados. Antes de cerrar este comentario, al turista se le ocurre hacer una petición al Ayuntamiento de la ciudad: Que se aísle el centro histórico y artístico del tráfico rodado. Sería una beneficio para todos.



















OTROS


Leyendas toledanas


Dejando aparte las que Gustavo Adolfo Bécquer sitúa en algún lugar de la ciudad imperial (La ajorca de oro, en la Catedral; El beso, en Zocodover y San Pedro Mártir; El cristo de la calavera, en la calle del mismo nombre, prolongación de Locum, muy cerca de la Posada donde hemos tenido el gusto de vivir estos días; o La voz del silencio, entre otras), y que el lector puede encontrar en alguna de las muchas ediciones que existen de las Leyendas de Bécquer, Toledo posee un sinfín de tradiciones, la mayoría relacionadas con el amor y la devoción religiosa. Empezaremos por la del cristo de la Vega, por si alguno no la conoce todavía. Es la historia de la promesa de casamiento incumplida hecha por Diego Martínez a Inés de Vargas ante la imagen del Cristo de la Vega, con juramento incluido. La guerra y la distancia hicieron que Diego se olvidara de la promesa de casarse con Inés a su regreso a Toledo. Ésta se la recordó y ante la negativa del hombre de cumplir su juramento, acudió a la Justicia de Toledo para que reparara su honra aseverando que la imagen del Cristo de la Vega fue testigo de la promesa. De modo que el juez y el escribano, seguidos de una multitud de gente, acudieron a la iglesia para pedir a la sagrada imagen que testificara la verdad de la promesa. Los versos de Zorrilla no pueden ser más elocuentes: "Asida a un brazo desnudo / una mano atarazada / vino a posar en los autos / la seca y hendida palma, / y allá en los aires "¡Sí juro!"/ clamó una voz más que humana. / Alzó la turba medrosa / la vista a la imagen santa.../ Los labios tenía abiertos / y una mano desclavada." Tras aquello, Inés renunció a las vanidades del mundo lo mismo que Diego, y ambos se refugiaron en la serenidad y soledad de la religión.


Y ya que hablamos de Cristos, la leyenda del Cristo de la Luz es también muy conocida en Toledo. Se cuenta que durante la dominación árabe en la ciudad, los cristianos ocultaron el Cristo que veneraban para que no fuera objeto de sacrilegios por parte de los dominadores. Y cuando tras el paso de los siglos Alfonso VI ( el de la mano horadada, que da lugar a otra leyenda)conquistó la ciudad y entraba con su caballo por la Puerta que lleva hoy su nombre para hacerse cargo del gobierno de Toledo, su corcel dobló la rodilla a la altura de la mezquita del Cristo de la Luz y se negó a continuar su marcha. Al punto, se interpretó el gesto del caballo como una señal divina y el Rey entró en la mezquita; allí descubrió al pie de un muro una extraña claridad. Mandó cavar en aquel sitio y se dio con un Cristo que tenía a sus pies una lámpara encendida, la cual milagrosamente había permanecido sin apagarse todo el tiempo que había durado la dominación árabe sobre la ciudad. En conmemoración de ese milagroso hallazgo, Alfonso VI convirtió la construcción árabe en una ermita dedicada a la santa imagen.

Y para no alargar demasiado esta sección, nos haremos eco aquí de una leyenda que tiene como protagonista a la Virgen llamada de los Alfileritos. En la calle del mismo nombre, prolongación de la de la Sillería, el viajero atento puede encontrar aún (yo tuve esa suerte un día de mi última estancia en Toledo) adosada a una fachada una pequeña capillita acristalada que tiene una Virgen. En la repisa de la capilla sobre la que se apoya la sagrada imagen pueden verse algunos alfileres y otros accesorios femeninos parecidos, como horquillas para el pelo. La tradición cuenta que una modistilla sin suerte para el amor acudió en ayuda a la Virgen ofreciéndole los alfileres que empleaba en su trabajo, viendo para su sorpresa que algunos de ellos se quedaban de pie sobre la repisa. Sin salir de su asombro, comprobó más tarde que su suerte amorosa cambió de repente viendo que un mozo del que andaba enamorada le entregaba su corazón. Desde entonces nació la costumbre de echar a la Virgen alfileres para lograr favores amorosos.

martes, 3 de marzo de 2009

CONEXIÓN

CONEXIÓN. Número 5. 15 de marzo de 2009. Cerdanyola


EL POEMA

Como el vino















Obra de generosidad es el talento
Y no de ahorro. Alzar
El frágil andamio de la esperanza,
La fiel conformidad
A los naufragios diarios de la arruga
en el ánimo, a las heridas del alma.
Y poco a poco ver cómo madura
El árbol con sus sombras más humanas,
aun sabiendo que dentro, por la savia,
navegará la muerte hacia su puerto.

Como la fruta
Bajo la ley del tiempo y de la espera,
como el vino sujeto a los rigores
y disciplina de la fiel bodega,
La dura vigilancia, las condenas
Que nos suben al cielo
O nos sepultan entre las miserias.
Celebrar la madurez,
Crecer en la madera
Como una yedra fiel. Oh, sacramento
Final del vino exacto
que en vez de emborrachar cura y alegra.
Celebrar la madurez
de la fruta que ha logrado su fiesta
y se entrega a la boca de la vida
como el grano a su surco fiel se entrega.


EL RELATO

Una historia de Paco


Al llegar a casa del Instituto un día de febrero de 2008, mi mujer me dijo que el Extremeño, un viejo compañero de trabajo del primer colegio donde trabajé y que hoy en día está jubilado, había llamado por teléfono muy pronto por la mañana para dar una mala noticia: Paco, un viejo amigo y compañero del Colegio, había muerto la noche pasada de un infarto. Añadió que más tarde, cuando supiera en qué tanatorio se expondría su cadáver, volvería a llamar. Como era hora de comer, marqué el número del Extremeño para hablar con él. Me dijo que aún no sabía nada sobre el tanatorio y me adelantó que a Paco se le había roto la aorta y que se había quedado muerto en la mesa de la operación urgente a que lo habían sometido los médicos del Clínico. Añadió que, como donante, a Paco le estaban extrayendo los órganos y que sus familiares dudaban entre dos tanatorios para exponer su cuerpo: el de Les Corts y el de Sancho Dávila. Concluyó con la voz cortada por la emoción que en cuanto supiera algo me volvería a llamar. Le dije que yo tenía clases por la tarde en el Instituto pero que mi mujer se quedaba en casa para recoger cualquier recado y le sugerí ir juntos al tanatorio escogido al salir de clase.
Y así lo hicimos. Fue un duelo. Allí estaban los amigos de siempre con los ojos rojos de haber llorado. Y su mujer y sus hijos, vivamente emocionados por la amistad que su esposo y padre había sabido infundir entre tanta gente. En un aparte el hijo mayor me dijo que su padre durante las últimas semanas había estado escribiendo unos recuerdos sobre su paso por el Colegio donde ambos habíamos sido profesores antes de que pasáramos a ejercer la enseñanza en centros estatales, recuerdos que quería que tuviera yo, en caso de que le ocurriera algo. El chico añadió que, en cuanto pasaran los días de luto, me lo haría llegar por correo.
Los días que siguieron al entierro de Paco se me hicieron larguísimos hasta que a principios de marzo recibí la notificación de un envío. Con los nervios desatados pasé por la estafeta para retirar el paquete que venía a mi nombre. Era en efecto lo anunciado por el hijo del difunto. Eran dos cuadernos manuscritos con aquella letra limpia y seria de mi amigo y compañero.
En el primero había apuntes sobre su vida y su tierra, Olite (Navarra). El segundo manuscrito contenía muchas hojas en blanco y algunas notas sobre Historia del Arte, asignatura que Paco había enseñado en el Colegio y por la que había sentido siempre verdadera devoción.
Durante días estuve ojeando aquellos escritos de mi amigo y, al final, decidí escoger algunos para empezar a enviarlos a algunas revistas, cuyos directores conocía, para pedirles que los publicaran. Hubo un trabajo, el titulado El perro de Goya, que mereció los aplausos de Sérvulo, el director de Artes Secretas, una publicación trimestral que se había especializado en misterios relacionados con la literatura y el arte.
El escrito en cuestión empezaba de la forma más peregrina. Un aficionado a frecuentar el Rastro de Madrid en busca de rarezas escritas encontró un día un cartapacio con papeles al parecer escritos en las dos primeras décadas del siglo XIX en la capital de España. Este aficionado al Rastro tenía un amigo extraño, mezcla de bohemio y erudito, al que le mostraba todos sus hallazgos, la mayoría de escaso o nulo valor. Pero cuando el amigo erudito tuvo entre sus manos los papeles del cartapacio, su rostro palideció. Acababa de descubrir la firma del pintor Francisco de Goya al final de una de aquellas hojas.
--Con esto—dijo cuando recuperó el habla—te harás rico.
Al poco tiempo, varias editoriales mostraron su interés en comprar al visitador del Rastro madrileño la joya escrita de su propiedad. Aconsejado por su amigo erudito, firmó un contrato sustancioso con una de ellas y hasta el presente no deja de recibir cantidades suculentas de dinero por los derechos de propiedad del escrito.
Ya va siendo hora de que demos cuenta del contenido de El perro de Goya. El pintor aragonés se había trasladado a Madrid en 1775 donde empezó a trabajar en la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara, cuya sección pictórica estaba a cargo de Bayeu. Éste le encargó la realización de cartones para unos tapices que decorarían las habitaciones del futuro Carlos IV y su esposa María Luisa de Parma en el Real Sitio de San Lorenzo de El Escorial. El motivo principal era la caza y en casi todos los cuadros figuraban los perros, animales por los que Goya sentía veneración. Fue tanta la fama que el pintor obtuvo por aquel trabajo, que los nobles le invitaban a sus fiestas y cacerías, actividad a la que Goya era gran aficionado, y su pintura era la más cotizada de Madrid. Tanto que en 1786 fue nombrado pintor del rey con un sueldo de quince mil reales. Entre ese año y los dos siguientes pintó cinco versiones de Carlos III cazador. Cuando el monarca murió y accedió al trono su hijo Carlos IV, éste le encargó varios retratos de él y de la reina para ser expuestos durante su proclamación.



LA NOTICIA

Una cámara para su seguridad










Puede que ya no sea noticia decir que en la calle y otros lugares públicos (estaciones de ferrocarril, aeropuertos, etcétera) existen cámaras de vigilancia que la autoridad ha colocado para velar por la seguridad del ciudadano. Pero sí lo es cuando esas cámaras se instalan en un lugar de trabajo para... vigilar la seguridad de sus empleados. De ahí a vulnerar la libertad del trabajador hay un paso. Ese paso parece que ha sido franqueado en un Instituto de Alicante. Resulta que un profesor de allí ha pasado una noche en el calabozo de una comisaría de policía de la ciudad por haberse negado a que las cámaras instaladas en el Instituto por la Dirección vulnerasen su derecho a la privacidad. El colmo del celo de vigilancia llegó cuando, durante una clase que impartía el profesor, algunos de sus alumnos le dijeron que los estaban grabando; en efecto, el docente advirtió que una de las cámaras no enfocaba el pasillo, sino a él. Ipso facto se dirigió a la cámara y la arrancó. Y así hizo con otras dos. Eso provocó que la Dirección del centro denunciara al profesor por el robo de las cámaras, con la consecuente aparición de la Policía en el Instituto y la detención del profesor. La pregunta es, como parece deducirse de las sospechas que abriga el detenido: ¿La instalación de esas cámaras de vigilancia en el Instituto se debe a algo más que garantizar la seguridad de quienes allí aprenden y enseñan? Porque si así fuera, adiós a lo que le queda de libertad e independencia a la ya tan esquilmada enseñanza.


EL COMENTARIO

La era de la corrupción



Una revista como la mía no la hice para echar más leña al fuego, sino para intentar apagar un poco las grandes llamaradas del momento que nos está tocando vivir. Una de esas llamas altas es la que pertenece a la justicia, que parece que sólo tiene un ojo vendado. No, no voy a exagerar. Sólo voy a contar un par de casos, y que la comparación la hagan los demás. Primer caso: Un hombre casado y con dos hijos, en paro, y con mínimos ingresos mensuales decide un día armarse de valor para entrar en un coto privado; allí mata cuatro conejos y vuelve satisfecho a su hogar porque al menos su familia podrá comer dos o tres días caliente; aún así lo detiene la policía y se pasa un año en la prisión. Segundo caso: Un exalto cargo del Gobierno va de cacería a un coto sin licencia, mata no sé cuántos venados, no por hambre sino por puro placer cinegético, y es multado con unos miles de euros con derecho a rebaja si paga la multa rápidamente. Comparación: ¿? Otras llamas del fuego: los pactos de gobierno, las leyes electorales, las inmersiones lingüísticas, el medro personal valiéndose del poder político... De momento, quedémonos en esta última, que más que llama, forma una hoguera ella sola de por sí, hoguera de dimensiones en aumento que tiene un nombre: corrupción. Si los políticos de un bando se corrompen un poco, los políticos del otro contrario se corrompen un poco más para demostrar cómo debe ser la corrupción sonada. Automóviles, trajes, arreglos de despachos, concesiones inmobiliarias, chanchullos de todo tipo. ¿Casos? Revísese cualquier periódico y los casos se multiplicarán de un lado o de otro, según sea la ideología del diario. O escúchese cualquier emisora de radio de las de más audiencia en este país: sucederá lo mismo. El resultado es que ningún partido político, del signo que sea, se libra de verse aireado en la prensa hablada o escrita. Y todo esto en medio de la palabra más actual y más presente en boca de todos: CRISIS. Ojalá la mutación considerable que acaece en una enfermedad ( aquí económica, política, social...) sea para mejorar, y no para empeorar este enfermo (el país) que llevamos a cuestas entre todos.


OTROS

Elogio de la bicicleta



Para mí la bicicleta ha sido siempre, desde mi más tierna infancia, una amiga del cuerpo y el alma, una amiga auténtica, que sólo pide un poco de atención y algo más de esfuerzo para acoplarte a su anatomía mecánica. Si se cumplen estos dos requisitos, nunca le fallará a quien confíe en ella. Y le pondrá en contacto con aventuras sin cuento. De niño aprendí de mi padre a ver en la bicicleta algo más que dos soles radiados que, movidos por dos pedales, le llevan a uno a donde quiera. La bicicleta era un medio de trabajo y un modo de entretenimiento. Dormida a ratos en el pasillo del desván, me parecía un libro de sorpresas esperando a que su dueño lo abriese por cualquier página al azar. Y cuando se ponía en marcha, un aroma de aceite y linimento brotaba de su esbelto cuerpo. Recuerdo la primera vez que mi padre me montó en el transportín. La carretera de la arboleda se abría a nuestro paso y los álamos movían sus hojas de plata a modo de saludo, el viento pulía mi cara y el sol resbalaba zalamero por mis piernas mientras el cuerpo de mi padre, todo él, gestos y músculos, se conjuntaba a las mil perfecciones con el de la bicicleta. Luego me convertí en un ciclista por las rutas de los barrios vecinos y los puentes del Duero. No me cansaba nunca y la bicicleta me entendía más que mecánicamente. Le engrasaba la cadena con mimo y le limpiaba el barro que en los caminos encharcados se adhería al cuadro y a las horquillas de las ruedas, y luego acudía en mi auxilio como un bello y fiel animal bien tratado y alimentado. Volábamos los dos, perfectamente acoplados y formando algo así como un centauro moderno, por los caminos del soto o por las cuestas de la Catedral, San Pablo o Alfonso XII. Ahora el tiempo ha pasado y no precisamente en balde. Pero la bicicleta sigue siendo en mis ratos de ocio mi mejor amiga. Con ella recorro los paisajes urbanos de mi querida Cerdanyola y los paisajes boscosos de mi adorada Tossa. La bicicleta me pone en contacto con la naturaleza, los caminos, los pinares, el estanque de Sa Riera..., a cambio de un gozoso cansancio que rejuvenece mi otoño recién iniciado tras la jubilación. Diversión y ejercicio físico. Eso me sigue ofreciendo mi querida bicicleta. Y sueños.
Hoy, por ejemplo, domingo 15 de marzo, cierre de esta edición, me he dado una vuelta con un viejo amigo de rutas ciclistas por los caminos que unen Cerdanyola con San Cugat, y mientras subía las cuestas de tierra cercanas a Can Borrell he recordado viejos tiempos y he vuelto a soñar que soy tan joven como entonces y que las fuerzas siguen intactas. Sueños. Y gracias a la bicicleta, la de Cerdanyola, a la que le falta un punto todavía para formar conmigo el centauro moderno en que sueño.


Más alegrías



La noche del viernes 13 los amigos y colegas de La Románica me dieron una inmensa alegría al homenajearme con una cena en mi Cerdanyola del alma. Fue una noche mágica. No tengo más remedio que rendirme ante su entrañable cariño. Mis padres me enseñaron sobre todo dos cosas que considero fundamentales para ir por la vida con la frente bien alta: una, hacer el trabajo lo mejor que sepa y pueda uno; y dos, ser agradecido. Lo del trabajo bien hecho creo que lo he cumplido satisfactoriamente en mi profesión (ahí están mis superiores y mis alumnos y alumnas que lo podrán atestiguar), y anoche así lo dijeron algunas intervenciones leídas que me dedicaron algunos compañeros y amigos. En cuanto a lo de ser agradecido, lo cumplí ayer en la cena y lo vuelvo a cumplir ahora desde este rincón de mi revista. Así pues, quiero agradecer de todo corazón las muestras de cariño y afecto que me dedicaron los que me acompañaron durante la cena y otros que les hubiera gustado estar allí y que por circunstancias ajenas a su voluntad no pudieron. Gracias a todos. Gracias al compañero de seminario que me mandó la tarde anterior un jardín en miniatura, gracias al profesor que se jubiló también hace años por los versos sentidos que me dedicó sobre el paso por las aulas y el mutis posterior hacia una etapa nueva y misteriosa, gracias a mis actuales compañeras del departamento por sus palabras, llenas de corazón e inteligencia, y por su regalo, con el que he prometido escribirles unos versos de reconocimiento, gracias al amigo que me entregó dos fotos del pasado donde me veo muy joven, con más pelo y sin una cana, gracias al compañero y amigo de libros, oposiciones y barbacoas por las palabras de afecto y admiración que me leyó, gracias al amigo y compañero que me recordó la anécdota de los alumnos y alumnas de La Románica que aún me echaban de menos... ¿Para qué seguir? Lo importante es constatar que aún hay gente que te quiere y se acuerda de ti. Ninguna persona debería vivir ajena a estos momentos dulces de la vida. Gracias por la noche de gloria que unos y otras me regalaron tan generosamente.
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NOTA DE LA REDACCIÓN:
El próximo número de CONEXIÓN, el 6, estará dedicado íntegramente a la ciudad de Toledo, donde pienso vivir la semana próxima como si fuera un hijo de ahí, cercano siempre a la figura de Bécquer.

miércoles, 18 de febrero de 2009

CONEXIÓN



CONEXIÓN. Número 4. 28 de febrero de 2009. Tossa de Mar


EL POEMA

Cincuenta años
Para José Luis













Cumplir cincuenta años hoy en día
es una cosa grande,
como el mar o la noche, que despiertan
el mar con la luz de la esperanza
de una barca en la arena,
y la noche
con la luz inflexible de otra alba
abrazada a su lengua.
En la playa, en el alba,
en la palma de los cincuenta años
palpita una alcancía de recuerdos,
proyectos estelares, sueños, rumbos,
agendas de familia,
borradores de libros, limpias páginas
de luz donde navegan
las letras hacia el puerto de la dicha.
No hay que mirar atrás, el mar espera,
la noche espera, el aula espera… Amores,
encuentros, nuevos rostros
de amigos siempre llegan
para ratificar la estela honrada
que ha dejado al pasar el peso hondo
del barco que te lleva. ¡Qué cincuenta
veranos justos sueñan en tus ojos!
Amigo, yo quisiera
que un poco de tu luz cayera, libre,
en la sombra del barco que me lleva.


EL RELATO

La cena

Antonio de la Nave se despidió tras la cena. Vestido de motorista, con el casco en la mano, se perdió en la madrugada bajo una lluvia fría. Yo volví a sentarme con el resto de mis viejos alumnos en la terraza cubierta con una carpa blanca. Las conversaciones fueron disminuyendo su fuerza hasta que, helados por la fría humedad de la noche, decidimos despedirnos hasta otra ocasión parecida. La verdad es que yo había pasado una noche inolvidable con aquellos hombres de casi cincuenta años que habían sido alumnos míos treinta años atrás en un colegio del Vallés de cuyo nombre no quiero acordarme. Ya el hecho de haber planeado una cena en mi honor sobrepasaba los límites normales de lo que hoy se consideran gratitud y amistad, y yo estaba como en una nube desde que una semana atrás Curro, el alma de la reunión, me llamó por teléfono para decirme que habían pensado reunirse unos cuantos compañeros de su promoción para dedicarme una cena.

La verdad es que, a aquellas horas, las nueve de la noche, de una noche fría y húmeda, apenas había un alma en la explanada del restaurante donde iba a tener lugar la cena. Las luces de neón brillaban extrañamente bajo un cielo encapotado que de un momento a otro amenazaba precipitarse en un diluvio. De pronto apareció por un ángulo de la plaza Antonio, calvo totalmente, con ropa de motorista y el casco en la mano. Al verme se abrazó a mí y nos enzarzamos en una conversación sobre lecturas y experiencias. Luego, poco a poco, fueron llegando los demás.
Durante los primeros compases de la cena, Antonio, sentado a mi derecha, me contó algunos retazos de su vida. Tenía una hija pequeña en cuya educación había puesto todo su empeño. Además la relación con su mujer no era todo lo segura que podía ser y eso hacía mucho más difícil la educación de la niña. De pronto, alguien le llamó la atención sobre un hecho del pasado, en el Colegio, y nos empezó a contar lo sucedido con un preceptor suyo. Por lo visto a Antonio se le había abierto un expediente disciplinario por alguna circunstancia que ahora no viene al caso, y el preceptor citó urgentemente a la madre del muchacho para ponerle al corriente de la situación. Durante la entrevista el preceptor debió de sugerirle a la mujer que ella era la culpable de la conducta antisocial de su hijo, con lo que la pobre salió de la reunión profundamente triste y alterada. En cuanto el chico la vio en ese estado, sin encomendarse a Dios ni al diablo, se fue directamente al despacho de su preceptor y, cogiéndolo por el cuello, le dijo que, si volvía a intentar ponerse en contacto con su madre, le arrancaría la cabeza y le patearía el alma. Nadie conocía esa historia, ni yo siquiera, y nos quedamos claramente sorprendidos. Tuve que intervenir para aclarar que hubo un tiempo en aquel Colegio en que las cosas que tenían que ver con la formación de los alumnos no se hacían con mucho acierto, de modo que hasta se llegó a distribuir a los preceptores entre los grupos de alumnos un poco a voleo, sin ningún estudio ni consulta previos, por lo que se le adjudicaba un alumno conflictivo, polémico o como quiera llamársele (yo prefiero denominarlo especial) a un preceptor que apenas poseía experiencia del mundo y de la gente y mucho menos la psicología suficiente para saber solucionar los problemas diarios que el binomio enseñanza-aprendizaje proporciona a los que nos dedicamos a la difícil y nunca bien considerada tarea de educar.

Luego, mientras los camareros llenaban la mesa de jarras de sangría y de cervezas, la charla de la cena torció por otros rumbos más tranquilos. Pero pronto Antonio se encargó de sazonarla con su vis simpática e inteligente y acabó relatándonos otra aventura en la que, junto con algunos amigos suyos, saltaron las tapias de un colegio privado de chicas para poder ver a una en especial que los traía encandilados. Pero fueron descubiertos, y al salir precipitadamente escalando la verja de la entrada, uno de los chicos, que era sin duda el más torpe, quedó enganchado a los hierros con los brazos abiertos, como un Cristo. "Era lo más apropiado", nos aclaró irónicamente Antonio, "para un colegio religioso: un Cristo puesto en la puerta”.

La cena avanzaba y, como es lógico, la bebida iba causando sus efectos pertinentes, especialmente eufóricos. Entonces Curro, que estaba sentado frente a mí, me formuló una pregunta demasiado filosófica para ser contestada a vote pronto y más en aquel ambiente distendido y jocoso. La pregunta tenía que ver con la mala distribución del dinero en el mundo y los escasos valores que quedan en éste. La dorada en mi plato se veía ya reducida a la espina central. Se me ocurrió responderle que cada uno de nosotros podemos aportar nuestro pequeño granito de arena para que el mundo no empeore todavía más. Y lo podemos hacer en nuestra vida diaria, en la casa, en el trabajo, en el ocio… ¿Cómo? Haciendo las cosas bien, educando con comprensión y sin escatimar tiempo a nuestros hijos, realizando la tarea laboral con dedicación y respeto, disfrutando de los placeres que nos ofrece la vida sin malgastar. Todos me escuchaban atentamente. Como cuando estábamos en clase. Yo alucinaba. Hombres hechos y derechos, pendientes de las palabras de su viejo profesor. Luego empezaron a recordarme cosas y acciones que yo solía decir o hacer en clase. Antonio me confesó que en muchísimas ocasiones había intentado probarme sin éxito, añadiendo que yo siempre sabía salir de cada jugada no sólo porque disponía de suficiente cintura y mano izquierda con los chavales, sino "porque nos querías de verdad”, aclaró, “y deseabas, porque se veía, lo mejor para nosotros”. "Recuerdo que una vez, en clase, salió a relucir no sé cómo un verso de García Lorca y yo te pregunté a qué poema pertenecía. Nunca se me olvidará la lección de sencillez y modestia que nos diste a todos, en especial a mí. Calmadamente y sin que se te quebrara la voz me respondiste que en aquellos momentos desconocías el título del poema de Lorca, pero que apuntabas el verso y te enterarías del poema en cuestión y a ser posible en la clase siguiente me lo dirías."
Luego un camarero se acercó para preguntarnos qué postres queríamos, mientras llegaba a mí la hoja que había pedido Curro que rellenáramos con nuestros teléfonos y correos electrónicos. Anoté, como los demás, mis datos y le pasé la hoja a Antonio para que hiciera otro tanto. Y reanudó su charla para contarnos lo que le ocurrió en cierta ocasión durante un examen de Inglés. Por lo visto el profesor no le quitaba ojo. “Creía que estaba copiando o algo así”, nos explicó. Y era verdad. Pero no con lo que se imaginaba el profesor. El chico no hacía más que mirar hacia abajo, por debajo del borde la mesa, hacia sus piernas. El profesor se acercó y casi instantáneamente su olfato percibió un olor que tiraba para atrás. “Me dijo que me pusiera de pie creyendo que así iba a descubrir el libro de inglés o las chuletas en el asiento de la silla. Yo le dije que no podía ponerme de pie. Y el profesor, extrañado por mi respuesta y a la vez seguro de que esa era la prueba de que estaba copiando, me preguntó por qué no podía levantarme. Entonces le contesté que si lo hacía me cagaría encima, que el hecho de estar sentado me hacía aguantar más el apretón que sentía en salva sea la parte. “Haberlo dicho, hombre”, me dijo. “Y me dejó salir al lavabo. Fue un alivio. Pero sobre la mesa me había dejado el bolígrafo donde tenía bien dispuestos los papelitos que me servían de chuleta para el examen. Así que el momentáneo alivio dio paso inmediatamente a la desazón más grande porque, mientras regresaba al aula, mi cabeza sólo la llenaba un deseo, el de que el profesor no hubiera descubierto la prueba del delito. Pero sí la había descubierto. Me esperaba con el bolígrafo en una mano y en la otra las tiras de papel con chuletas de los verbos. “Buen sitio”, dijo, “ y yo que creía que tenías el libro bajo las piernas. Nunca sabe uno bastante. Y me colocó un cero en la lista. Sin embargo, se me quedó mirando como con pena tras ponérmelo y luego, con aquella voz que tenía de arreglar problemas imposibles, me dijo: “Sólo te lo salva si me traes mañana escrita en inglés la razón por la que has tenido que recurrir a la copia en vez de al estudio”. Al día siguiente le presenté una hoja escrita totalmente en inglés en la que le decía que no había ninguna razón excusable para hacer lo que hice. Sólo que ponían en la tele una carrera de motos y no pude sustraerme a la tentación de verla de cabo a rabo. Y colocaba al final de la redacción “Sorry”. Al final de las clases me llamó al despacho y me dijo, en castellano: “Yo también lo siento. Pero el cero se queda hasta una nueva ocasión.”

Y en esas fue avanzando la cena, hasta que Antonio nos contó lo que había tramado él solito, sin mediar palabra con ningún otro compañero, para llevar a cabo en la clase de cinematografía que impartía un profesor de la Obra. Antonio llevó un día a la clase un rollo de película subida de tono que había comprado por unos duros en los Encantes de las Glorias. Y cuando el profesor se descuidó un momento, sustituyó el rollo que había en el proyector por el suyo. “En la pantalla apareció Sofía Loren con sus enormes tetas al aire, en primer plano, mientras a Nino Manfredi, con la nariz tocando casi uno de los pezones de la estrella, se le salían los ojos de las órbitas. El profesor apagó el proyector y pidió a gritos que alguien encendiera la luz. Estaba blanco como la pared y, con mirada asesina, recorría una por una nuestras caras para ver si descubría en alguna la señal de la culpa. Pero en todas había el mismo gesto, el que deja la alegría tras ver la escena de Sofía Loren. Sin embargo, poco a poco se nos fue cambiando la alegría por la preocupación. El caso fue que, con un rostro totalmente descompuesto, el profesor nos dijo: “Voy a ausentarme unos minutos del aula; cuando regrese, quiero ver en la rueda del proyector el rollo que yo había puesto y esa porquería fuera de mi vista. Ah, y el nombre del malhechor escrito en la pizarra.” Salió de clase, quité el rollo de Sofía Loren, coloqué el suyo y, con una letra de molde, escribí en la pizarra: EL FANTASMA DE LA ÓPERA. “Sí, ya me acuerdo”, dijo Curro. “En vez de arreglarlo, lo estropeaste más. Nos suspendió la evaluación a todos”. Antonio sonrió antes de añadir: “Al día siguiente fui al despacho del profesor para decirle que había sido yo. Al cabo de unos días me vio por los pasillos y, bajando la voz, me preguntó dónde me había hecho con aquel rollo. Le dije que podía encontrar muchos como aquel en los Encantes de las Glorias. No me estranguló de milagro.”

Después llegaron los cafés y las copas. Hice un extra pidiendo un pacharán con hielo y cuando le daba los primeros sorbos, las conversaciones se multiplicaban como el humo de los cigarrillos y la euforia del momento. De pronto Curro volvió a sacar a relucir los males del mundo actual y la pérdida de los valores humanos. “¿Cómo puede solucionarse eso?”, me preguntó como si yo tuviera un don especial o una varita mágica capaz de arreglar todos los males del mundo sólo con un gesto. Yo soy un hombre normal, de cada día, con un poco más de experiencia, pero sin soluciones, como la inmensa mayoría. Volví a insistir en la idea anterior de que desde nuestro particular y reducido mundo diario cada uno de nosotros debe mostrar prudencia y actuar con coherencia y sentido de la responsabilidad. Y le conté la anécdota que me había ocurrido hacía unos días en el Instituto, donde imparto clases actualmente, con unos cuantos chicos en el semáforo que hay a la salida del Centro. El semáforo estaba en rojo y vi cómo algunos chicos cruzaban el paso sin respetar la señal. Yo me quedé quieto esperando al color que me permite el paso mientras les recomendaba a otros que hicieran lo que yo. Algunos se sorprendieron de que respetara lo que exigía el color rojo. Uno de ellos me preguntó por qué no pasaba si no venía ningún coche, y yo le contesté que eso no importaba, que lo que realmente contaba era que nos habituáramos a respetar las señales de tráfico para evitar que algún día ocurriera un accidente del que todos nos lamentaríamos. Mientras se lo decía, pensaba que estaba siendo coherente con lo que yo en clase alguna vez había explicado acerca de las señales del semáforo y la necesidad de respetarlas.
Fue el momento en que Antonio nos explicó los problemas que tenía para educar a su hija. Muchas veces había estado a punto de claudicar por cansancio o comodidad, pero, sacando fuerzas de flaquezas o simplemente pensando exclusivamente en el bien de su niña, se pasaba el poco tiempo de que disponía para charlar con ella del colegio, de los deberes que debía cumplir cada día, de sus amigos, de sus problemas personales con su madre y con él mismo, hasta de asuntos que la propia niña sacara a colación por muy insignificantes que fueran. Yo pensaba, mientras hablaba de sus problemas caseros, laborales y personales, que había tenido una inmensa suerte de contar con alumnos como Antonio y los demás que, tras treinta años, volvía a tener allí a mi alrededor y me sentía tan orgulloso de ellos que en más de una ocasión estuve al borde de escurrir las pestañas en medio de la inmensa emoción que me acompañó durante toda la cena. Emoción que se acentuó cuando me hicieron entrega de tres libros de poesía, tres golpes de corazón que me dejaron abrumado del todo porque ya estaba suficientemente halagado con aquella cena que habían organizado en honor mío. Los plausos inundaron el restaurante y se fueron alojando en mi alma como premios que no merecía de ningún modo. Y luego el silencio para ver qué decía yo. Ya habían comprobado que acababan de darme en la misma línea de flotación de mi gratitud y afecto. Entonces les dije que a veces era difícil dar con las palabras exactas para cumplir y agradecer justamente el favor recibido y que la única manera que en aquellos momentos tan emocionantes tenía a mano era un poema que había escrito para ellos y que, si la voz no me traicionaba, pensaba leérselo lo mejor que supiera y con todo el cariño del mundo. Leí el poema despacio, con entonación, proyectando los sentimientos de que habla el poema, tal y como yo les había dicho de niños cuando los tenía ante mí en la clase. Mientras lo leía, me iba convenciendo de que era verdad lo que había escrito en aquellos versos. Que sólo el tiempo pasa, pero la amistad, una amistad como la que mis viejos y queridos alumnos se mostraban entre sí y me mostraban a mí, seguía intacta, eterna. Luego venía la vida pasada, lo que habían dejado atrás, los buenos recuerdos, y la vida presente y viva, en la que debían querer a la familia y hacer bien su trabajo, una vida honesta y leal.
Cuando los aplausos, sinceros, celebraron mi lectura no pude contener una lágrima. Antonio se dio cuenta y vi que tenía también, aunque podía ser muy bien efecto del humo del cigarrillo que estaba fumando, empañados los ojos. Noté su mano apretando mi brazo. Les pedí entonces que firmaran todos en los libros que acababan de regalarme tan espléndidamente.

Había prisa en los camareros por recoger la mesa. Debía de ser ya muy tarde. Pero pasé del reloj. Se estaba tan bien allí con ellos. Al fin nos levantamos para hacernos las consabidas fotos para el recuerdo.
Fuera en la explanada seguimos charlando. Las primeras gotas de lluvia cayeron sin piedad sobre nosotros. Antonio dijo de pronto que tenía que irse, que al día siguiente le esperaba una travesía en moto por Andorra y debía levantarse a las siete. Entonces miré el reloj. Eran ya casi las dos de la mañana. Empezó a llover fuerte. Curro nos recomendó a todos refugiarnos en la terraza cubierta de un bar al otro lado de la explanada para seguir la charla sin mojarnos.
Medio helados de frío cruzamos la explanada con dirección a la terraza. En un aparte, Antonio, cerrada ya la chupa y con el casco de la moto en la mano, me dijo que teníamos que vernos una noche a solas para cenar y charlar de algunos asuntos que allí no podíamos tratar. Añadió que no tenía nada contra la Obra sino contra algunas personas pertenecientes a él. Con la lengua suelta por las circunstancias, me confió lo del cambio de apellido. Yo sabía que se llamaba Antonio Arcos de la Nave, pero tras lo sucedido con su padre, prefirió omitir el apellido de éste. Volvió a repetirme el hecho de que hacía unos meses se habían vuelto a ver pero que, durante la charla que mantuvo con su padre, no había sentido nada (yo deduje que, en realidad, echaba de menos a su padre en lo más profundo de su ser, pero, como adulto que tiene resuelta su vida y ha aceptado su destino, prefiere dedicarse de lleno a su madre y a su hija). Aún estuvo un rato de pie en la carpa y, cuando pedimos unas bebidas para ver si entrábamos en calor, Antonio se fue despidiendo de sus compañeros uno por uno. Después me volvió a abrazar, me repitió lo de cenar a solas un día para charlar a gusto, y luego desapareció bajo la lluvia con dirección a los aparcamientos donde había dejado la moto.
Al día siguiente, refugiado en el altillo, me puse a poner por escrito todas las impresiones de la cena vivida con mis alumnos. Multitud de sensaciones me venían alocadamente a la cabeza y no sabía cómo organizarlas debidamente. Pensé en seguida empezar por un hecho significativo que marcara un tiempo entre un antes y un después y escogí el momento en que Antonio, con el casco de motorista en la mano y la chupa de cuero cerrada hasta el cuello, se despedía de todos nosotros junto a la carpa de la terraza cubierta para desaparecer bajo la noche envuelta en lluvia.


LA NOTICIA

Jubilación

Sin duda la noticia más importante para mí es que me acabo de jubilar. Despues de cuarenta y tres años enseñando, creo que merezco pasar página a este relato de mi vida y empezar uno nuevo. Aunque no quiero olvidarme, ni mucho menos, del centro de enseñanza donde más feliz he sido. Me refiero al IES La Románica, de Barberá del Vallés, donde he estado seis años. Desde que aprobé las Oposiciones, he pasado por una docena de institutos y, es verdad, que en todos he aprendido algo, pero La Románica ha significado para mí un bálsamo. Tanto los colegas como los alumnos me han entendido a las mil perfecciones y hemos hecho juntos cosas interesantes, en especial, hacer del trabajo diario algo valioso que sirviera para ser mejores unos y otros. Debo destacar, ahora que me marcho, el acto emotivo que me prepararon por sorpresa mis compañeras de Seminario. Debo destacar, ahora que me marcho, las muestras de cariño de que he sido objeto por parte de mis alumnos y alumnas. No olvidaré jamás los aplausos de mi curso de Bachillerato al terminar la última clase con ellos, ni los detalles afectuosos de mis alumnos de 2º de ESO, ni mucho menos la carta de agradecimiento y recuerdo que mis alumnos de 4º me dejaron un día en la casilla de la Sala de Profesores y que fue una de mis más grandes sorpresas, ni el dibujo lleno de sensibilidad de una de mis alumnas favoritas, con la mesa solitaria y el florero a cuya flor se le cae la tristeza de un pétalo, ni las notas de entrañable afecto que mis alumnos y alumnas de 1º de ESO me entregaron tras acabar mi última clase. Me voy con un sabor agridulce, pero siempre estaré con ellos, haciendo caso en mi interior a las cartas y notas anteriores. Yo también os echaré de menos y os perdono y no os pondré ni avisos ni asteriscos por haber escrito echar con H. Hasta siempre.



EL COMENTARIO

Y sigue la caza

Parece que la caza está de moda en España. Y no me refiero sólo al arte cinegético que permite al ser humano ponerse en contacto con la naturaleza, ni a la literatura con la caza como motivo, deporte que es tan abundante en nuestro país (ahora me vienen a la mente dos obras de Delibes, gran aficionado a la montería: El libro de la caza menor, que llegué a utilizar con mis alumnos de otro tiempo como libro de lectura, y Diario de un cazador, de feliz memoria). Ni al cine con el mismo tema, una de cuyas películas más celebradas es La escopeta nacional, de Berlanga, donde políticos, gente del clero y altos magnates se daban cita para cerrar tratos o acercar intereses poco claros. Y ya que he citado el asunto político en el último apartado, debo referirme a la caza política que el coto actual de los medios de comunicación nos ofrece sin paliativos, caza que practican unos y otros, los llamados de derechas y los llamados de izquierdas,que como cazadores de votos en época de elecciones esgrimen las mejores escopetas. Y el último cazado es nada más y nada menos que un importante personaje de izquierdas, quien, como consecuencia, se ha visto, para más inri, obligado a dimitir de su alto cargo en el Gobierno. Su blanca suerte, arropada por la Justicia, se ha vuelto bermeja a raíz de haberse mezclado con la sangre de los muflones cobrados en su última montería en tierras andaluzas. Pero los cazadores que muestran ahora orgullosos su captura serán a su vez cazados por la infalible escopeta de la verdad, que siempre se mantiene al ojeo.


OTROS

El Mercadillo de los libros

Hoy quiero empezar un apartado en CONEXIÓN dedicado a elogiar ciertos sitios que significaron algo importante en mi vida. El primero de ellos, no necesariamente en prioridad,es el Mercadillo de libros de San Antonio, que se monta alrededor del mercado del mismo nombre (edificio de bella cuadratura que limitan las calles Tamarit, Urgel-Ronda de San Pablo, Manso y Borrell), de Barcelona. Lo conocí de la mano de mi amigo el pintor catalán Albert Casals hace más de cuarenta años, recién llegado yo de mi natal Zamora. Yo vivía entonces en Pueblo Seco, con mis padres y mis cinco hermanos. Fue un domingo por la mañana (el Mercadillo se instala todas las mañanas dominicales haga el tiempo que haga)de un verano de iniciación barcelonesa. Anduvimos un buen tramo de la calle de Tamarit hasta dar de frente con uno de los costados del Mercadillo, el de la calle Borrell, donde los libreros estaban instalando sus puestos característicos. Era temprano y pudimos ojear a gusto (pasadas las doce de la mañana un río ingente de curiosos hace prácticamente imposible el poder detenerse con holgura delante de ninguna parada de libros) los montones de libros que abarrotaban los puestos. Por un precio irrisorio podías llevarte a casa un buen lote de libros. No tengo más remedio que enviarle a mi madre un recuerdo entrañable desde este rincón, y es que, al verme la pobre volver a casa cargado de libros de toda clase y conservación, una y otra vez me repetía que tuviera cuidado con ellos, que cualquiera sabía qué manos los habían tocado antes que las mías. Aún así y pese a sus consejos bienintencionados, puedo decir que una buena parte de mi biblioteca la debo a las constantes visitas que hice al Mercadillo durante mis años de estudiante universitario primero y luego, ya casado y residente en la otra parte de Barcelona, más esporádicamente, pero sin dejar un solo mes de bajar al Mercadillo y bautizar mis manos con el agua secular de los libros. Hoy ya no es lo que fue (se ha llenado de hijos de la Informática, la cinematografía y otras variantes del ocio), pero aún, cuando el tiempo y la ocasión me lo permiten, puedo encontrar alguna ganga bibliográfica. Un ejemplo, el penúltimo domingo de este febrero que da sus boqueadas, adquirí tres libros cada cual más dispares pero no por ello igualmente interesantes: Irse de casa, de Carmen Martín Gaite, Juicio universal, de Giovanni Papini y Las señoritas de Aviñón, de Francisco Umbral. Desde aquí recomiendo a cualquier persona que ame los libros y, en especial, a algunos y algunas de mis alumnos y alumnas a quienes hace poco les hablaba en una de mis últimas clases del inefable Mercadillo de libros de San Antonio.