sábado, 24 de enero de 2009

CONEXIÓN


CONEXIÓN. Número 2. 31 de enero de 2009. Cerdanyola


EL POEMA

Este enero se conmemoran los doscientos años del nacimiento de uno de los más grandes escritores norteamericanos del siglo XIX, Edgar Allan Poe, autor de El cuervo, La aventuras de Gordon Pym, El escarabajo de oro, El corazón delator o El barril del amontillado, entre otras obras magistrales. Por ello, y porque siempre he sido un asombrado lector suyo, le quiero dedicar desde estas páginas digitales de CONEXIÓN el siguiente



Canto para aliviar el miedo de Poe

Los cipreses no lloran ya, la noche
Se abraza a las muchachas que no mueren
Y las tumbas están llenas de flores.
Hay miradas que no son ojos duros
Por el alcohol, miradas
Que se abren como puertas a los sueños.
En las manos, en vez de cartas tristes
Florecen alianzas,
En vez de sangre rota por cuchillos
Hay perfumes de novias. Los cipreses
Se ponen a bailar cuando el verano
Descuelga las estrellas de la noche
Y las siembra en los ojos de los enamorados.
Y los gatos, hasta los que imitan a la noche
Con su silencio oscuro, son esbeltos, amables
Y arquean ronroneando
Su lustroso pelaje bajo el tibio
Acariciar del amo. Corazones
Hay que laten como campanas de esperanzas
Y arden en la calma del amor más tierno.
Cómo me gustaría que todo esto sonara a realidad
Ahora que se cumplen dos siglos de la primera
Luz que vio Allan Poe,
Y que el miedo que anegó su cuna
Se convirtiera en nana de alegría.
El escarabajo de oro de su vino
Sería un buen tesoro para el mundo.
Pero las cosas son como han sido
Y los cipreses, y la noche, y la muerte,
Y el miedo… son los cuatro corceles de la cuádriga
Que precipitaron su suerte.



EL RELATO

La estatua de granito


De las prosas escritas por Bécquer, siempre me llamó la atención un trabajo que el autor de las Leyendas tituló La mujer de piedra. No sé cuántas veces lo leí cuando era niño. Creo que llegué a aprenderme de memoria algunos fragmentos. Y hay uno de ellos que hasta lo llegué a copiar en las tapas de todos mis cuadernos de mi época de estudiante de Instituto. Ejercía sobre mí una influencia especial, y siempre que lo leía notaba dentro de mí como un aire ultraterreno en medio del cual se oía un sonido que parecía la dulce voz de una mujer. Hasta me sirvió de talismán en múltiples ocasiones como en aquella que me libró de los mamporros que prometía darme un chaval del barrio vecino y en la que, tras pronunciar para mí el fragmento, hizo que el muchacho, ciego de ira en su ataque, tropezara con una piedra y diera con sus morros en el suelo. Ese texto dice: “En sus ojos, modestamente entornados, parecía arder una luz que se transparentaba al través del granito; su ligera sonrisa animaba todas las facciones del rostro de un encanto suave, que penetraba hasta el fondo del alma del que la veía, agitando allí sentimientos dormidos, mezcla confusa de impulsos de éxtasis y de sombras de deseos indefinible.”
Cuando el tiempo pasó y me hice mayor, todas aquellas fantasías de chico movidas por la lectura desaparecieron y con ellas el recuerdo de aquel escrito y de aquella estatua de granito que aparecía en él. Pero en un viaje que hice a Toledo el año pasado para visitar algunos templos de la ciudad, vino de repente a mi memoria la mujer de piedra de que habla Bécquer en su bella narración. Al momento pensé que muy bien podría hallarse la estatua en alguna iglesia de Toledo, si bien el escritor sevillano solamente apunta en su escrito que el lugar de su interesante hallazgo es “cierta antigua población castellana”. Pero como sabía que Bécquer siempre había sentido una admiración ilimitada por Toledo y que había residido en esa ciudad castellana en varias circunstancias críticas de su vida, quise pensar que la mujer de piedra debía encontrarse en algún ábside de alguna iglesia toledana. Y nada más llegar a la ciudad, acompañado de un plano con todos los templos toledanos reseñados en él, empecé mis indagaciones. Sin embargo, debo decir que durante día y medio recorrí la casi totalidad de iglesias toledanas sin dar con la estatua de granito. Desazonado, bajé al comedor del hotel donde se alojaba la expedición para, sin apenas apetito, encarar el plato que tenía delante. Entre los comensales que ocupaban mi mesa había un viejo profesor, callado y discreto, que al verme cariacontecido me preguntó qué me pasaba. Le conté mi caso y, por esos avatares del destino, descubrí que era un estudioso de la vida y obra de Bécquer y hasta había publicado varios artículos sobre el autor posromántico.
--Mi querido amigo—dijo tras sonreír dulcemente--. Debe saber que Gustavo Adolfo Bécquer era un incorregible fantaseador y un poeta de imaginación desbordante y que, como otras cosas presentes en sus narraciones, cartas, artículos y leyendas, la famosa mujer de piedra de ese relato al que usted se refiere nunca existió salvo en la mente del poeta, lo mismo que aquella estatua de mujer yacente sobre su sepulcro que aparece en una de sus Rimas, la que empieza “En la imponente nave / del templo bizantino, / vi la gótica tumba, a la indecisa / luz que temblaba en los pintados vidrios…” Es verdad que muchos admiradores han buscado como usted y como yo mismo durante una etapa determinada de mi vida esas mujeres por las ciudades que visitó Bécquer en sus innumerables viajes con el ánimo de encontrarlas alguna vez y rendir homenaje al poeta a través de esas estatuas. Y, claro, jamás daban con esos portentos hijos de la poesía y la imaginación y supongo que sufrirían la misma desazón que usted y que yo en mis años mozos. Sin embargo, y para que no le inunde del todo la decepción, debo aclararle que existe de verdad un caso aquí en Toledo de una de esas damas de piedra de las que habla Bécquer en sus encantadoras narraciones. Me refiero a la estatua orante que aparece en su leyenda toledana titulada El beso, en la que, como ya debe de saber usted, mi querido amigo, cuando el arrogante oficial francés de la historia acerca sus labios a los de la dama, la estatua del caballero que hay al lado, que no es otra que la de su esposo, le propina una bofetada con uno de sus guanteletes de piedra tan descomunal que le destroza el rostro y da con él en tierra, donde queda muerto.
La explicación del viejo profesor no desvaneció un ápice la decepción que me embargaba, aunque se lo agradecí de buen grado. Acabó el viaje y, como recuerdo de aquella estancia en Toledo, apunté en uno de los márgenes del anuncio del hotel el número del teléfono del viejo profesor. Pasó el tiempo y cuando ya me había olvidado de todo aquel asunto de la estatua de granito y del viaje a Toledo en su busca, descubrí un día entre las ilustraciones de un libro de Arte una imagen de piedra parecida a la que describe Bécquer en su narración. La misma inclinación de ojos, la misma sonrisa, los pliegues de su vestido de piedra… Leí el pie de la ilustración: “Narciso Tomé. Trasaltar mayor de la catedral de Toledo (España)” Instintivamente busqué en mi despacho los apuntes de entonces y para mi alegría entre ellos estaba el anuncio del hotel y el teléfono del profesor. Marqué el número ansiosamente y cuando me contestaron al otro lado de la línea me deshice en palabras contando lo que acababa de ver en el libro de Arte, hasta que la voz me interrumpió delicadamente para decirme: “Si pregunta por el profesor Velázquez debo decirle, señor, que desgraciadamente murió hace un par de años.”


LA NOTICIA

Las fuerzas incontrolables de la naturaleza

Sin duda la noticia de esta segunda mitad de enero ha sido el temporal de viento que ha azotado a media España y se ha llevado por delante a varias personas, cuatro niños entre ellas. Desde tiempo inmemorial el hombre ha estado sometido a las fuerzas incontrolables de la naturaleza, y aunque ha sabido en ocasiones sacar partido de ellas haciendo que el mundo avance en tecnología y progreso, la verdad es que nada tiene que hacer si la naturaleza le da la espalda. Y no voy a caer en la tentación de repetir una idea tan manida como la que afirma que hemos sido nosotros quienes hemos causado su rebelión por nuestros pecados contra el medio ambiente. Siempre ha habido terremotos, diluvios, sunamis, ciclones y cuantos fenómenos meteorológicos queramos añadir. Y si no, recordemos un hecho de características similares a las vividas estos días ocurrido hace cuatrocientos años frente a las costas de Gran Bretaña. En la historia del mundo ese cataclismo natural causó la derrota de nuestra flota y la frase lapidaria del monarca español de aquella fecha según la cual él no había mandado su flota a luchar contra el temporal. Todo el mundo sabe que me estoy refiriendo al desastre que sufrió la Armada Invencible (irónico nombre) de Felipe II contra la armada inglesa. Y es que, repito, el hombre es un ser indefenso ante el brutal e insensible poder de los elementos naturales, y de nada sirve adornar con protestas, lamentos y excusas lo que lisa y llanamente es inexorable.


EL COMENTARIO




El trabajo bien hecho



Antes de empezar, me vienen a la memoria los versos reflexivos de Antonio Machado referidos al trabajo bien hecho:
"Despacito y buena letra,
que el hacer las cosas bien
importa más que el hacerlas."
¿Y esto del trabajo bien hecho a qué viene? Como todo el mundo debe de saber, la noticia que más trasciende estos días es la muerte de algunas personas causada por el temporal de viento que sigue azotando media España, en especial la muerte de cuatro niños deportistas de San Boi de Llobregat. La pregunta que aparece ahora en labios de todos es si se podía haber evitado esa tremenda desgracia. Y a juzgar por varias intervenciones aparecidas en la prensa y en los medios informativos en general, por lo visto sí se podía haber evitado. Algunos expertos se referían a la mala construcción de los muros que durante el temporal se vinieron abajo aplastando bajo ellos a las víctimas, mientras las cámaras de la televisión ofrecían los bloques de cemento que los formaban, vacíos de hormigón y sin barras de hierro que precisamente unen unos a otros para evitar posibles desastres, como el que acaba de ocurrir. ¿Qué empresa que se precie construye los muros así, sin rellenar de hormigón los bloques que lo van formando y sin poner entre ellos las barras de hierro que les dan consistencia y solidez? Alguien tendrá que dar cuenta de ello. El Ayuntamiento en primer lugar y luego la empresa encargada de construir el polideportivo de la tragedia. Aunque ya nadie podrá resucitar a esos niños que tenían toda la vida por delante ni consolar a sus familias ante su trágica desaparición.


OTROS


Problemas del castellano en zonas bilingües


Decía en el número 1 de CONEXIÓN que los profesores de castellano en zonas bilingües lo tenían peor para enseñar el idioma oficial del Estado que los colegas del resto de España, y citaba algunas muestras de incorrecciones ortográficas, léxicas y morfosintácticas observadas en mis propios alumnos. Continúo insistiendo en este número 2 de la Revista. Durante la última clase de la semana en un cuaderno de alumno me encontré estas dos primicias. Una: "Pondré el acento donde calga". Dos: "El desenvolupamiento de la tesis se hace en la argumentación." Cada vez es más frecuente encontrar en los escritos de nuestros chicos y chicas patadas al diccionario de este calibre: "calga" por "sea necesario" o "desenvolupamiento" por "desarrollo". Pero no nos alarmemos en exceso por estas minucias léxicas, cuando a todas horas asistimos en los medios televisivos a parecidos despropósitos, como el que tuve ocasión de oír en una sesión de Cine de Barrio en boca de uno de nuestros más populares artistas de la canción. Me refiero al que ha hecho leyenda urbana del robo de su carro mientras él estaba de romería. El caso es que nuestro cantante más conocido, hablando de su amistad con Concha Velasco habida a raíz de trabajar juntos en varias películas, dejó caer durante uno de los descansos de la proyección de "Me debes un muerto" esta perla lingüística:"Ambos hemos intimidado mucho", y se quedó tan campante. Sí, "intimidar" (del latín intimidãre: causar o infundir miedo) por "intimar" (del latín intimãre: introducirse en el afecto o ánimo de uno, estrechar la amistad con él).

jueves, 8 de enero de 2009

CONEXIÓN







CONEXIÓN Número 1. 15 de enero 2009. Cerdanyola

EL POEMA.

Prometí volver a hablar de Giménez Frontín con la llegada del nuevo año. Y lo hago en este primer número de enero después de leer ocho o diez poemas del poeta, todos llenos de ese temblor de vida que tenía todo lo que tenía que ver con José Luis, desde su ocupación laboral hasta su labor creativa, que atravesaba los sentimientos y las ideas de una luz libre y abierta a todos los horizontes, por encima de razas, religiones, clases sociales y partidos políticos. Fruto de esa primera lectura es la








Carta abierta
A José Luis Giménez- Frontín,
en memoria

La vida
Te fascinó mucho más que sus espejos,
Y un pellizco, una luz, un soplo de arte,
Un gato en brazos eran el misterio
Cotidiano del poema.
La vida era dolor y amor de verso
Y la poesía, perfecta o no, era llanto,
Escalera de brisa o flor de beso.
Todo era verdad y necesario
Si lo mirabas tú con tu silencio
De hombre y de poeta. Ahora el canto
Es sólo canto, empeño
De alegría en medio de la tonta
Complejidad del mundo, sueño
Constante de la Ítaca
Que siempre perseguiste hasta ese hueco
De sombra que hoy te breza
Mientras suena el mar tranquilo allá a lo lejos
Y tan cerca de tu ciudad natal,
Al fondo de las Ramblas o en el quieto
Corazón del libro que escribías
Siempre nuevo.




EL RELATO

El nido



Ya no está el nido por ningún sitio ni mucho menos el árbol que lo sostuvo amoroso entre sus brazos un tiempo. Por esa manía que tiene el hombre de deshacerse de lo que da vida a su alrededor, cambió la tierra, siempre madre y a la espera de dar fruto, que era el suelo del patio por el cemento para siempre estéril. ¡Y pensar que ahí en ese cuadrado de cemento que ahora veo desde el balcón hubo hace años un árbol y un nido, esperanzas hechas realidad en un momento importante de mi vida!
Esa historia tiene su principio. Fue una primavera en que se me ocurrió plantar un hibisco en el centro del patio. El hibisco era de un amigo que se iba a deshacer de él para hacer unos arreglos en su jardín. Al momento pensé que el árbol me podía venir bien para adornar con un poco de vida el desangelado patio trasero de mi casa, donde apenas tenía plantados algunos cactos en un arriate del fondo. Y dicho y hecho. Nunca me imaginé que aquel pequeño signo de vida vegetal se convertiría en un corto periodo de tiempo en un soporte de vida y alegría. Pero no adelantemos acontecimientos.
Tras el primer verano de la plantación, el hibisco apenas me sobrepasaba en altura y su tronco era más delgado que mi muñeca. Pero aun así alegró nuestra vista, la de mi mujer y la mía, con sus acampanadas flores púrpuras, las cuales, aunque duraban abiertas sólo un día, se turnaban sabiamente para no dejar nunca de vestir el aire con su color de vino viejo. Y hasta algunos pájaros acudieron a la llamada verde del árbol, sorpresa en un patio hasta entonces solitario y aburrido, a posarse y juguetear entre sus ramas. Y llegó el otoño con sus fuertes vientos, y el delgado hibisco empezó a perder sus hojas y, sobre todo, a bambolear su frágil tronco ante los impetuosos empujones de los vendavales.
Comprendí que si no ponía remedio pronto a aquellas amenazas propias del clima, mi pobre y recién plantado árbol no sobreviviría al serio peligro que representarían los duros temporales del vecino invierno. Así que opté por mantenerlo erguido atando su cintura de avispa a dos estacas que clavé en ambas tapias del patio. Y pasó diciembre y enero y febrero. Y llegó marzo con sus manos de madre previsora y solícita y cubrió de yemas abultadas las ramas de mi hibisco, yemas que en días sucesivos se convirtieron en nuevas ramitas y en hojas que lo vistieron de nuevo de verdor y alegría. Al fin veíamos con satisfacción que nuestro árbol había superado felizmente el terrible tiempo de la espera invernal y que estaba dispuesto a cumplir el inaplazable y bello destino de su ciclo vital. Es más: algo nuevo vino a llenar de gozo nuestros ojos y fue ver que venía a visitar de vez en cuando su ramaje una pareja de verderones. No pensamos ni siquiera por un momento en la posibilidad de que estuvieran preparándose para tejer su nido de amor y familia en la pequeña copa de nuestro hibisco. ¡Era tan pequeño! Nos conformábamos con que adornara nuestro aburrido patio trasero con sus hojas de esmeralda y sus flores de púrpura. Así que tanto mi mujer como yo no le dimos más vueltas al asunto.
Se acercaba la Semana Santa y aquel año nos íbamos de viaje a Huelva, a pasar unos días con nuestro hijo mayor que vive y trabaja en aquella ciudad andaluza. Hacía tiempo que no lo veíamos y queríamos pasar unos días en su compañía, aunque para ello tuviéramos que atravesar de un extremo a otro el país en coche y sufrir el consiguiente peligro que conlleva el tráfico rodado, siempre con la idea de que alimentar el calor familiar ayuda no poco a ser felices. Una vez allí, a más de mil kilómetros de distancia, las procesiones, los montaditos, alguna escapada a la vecina Sevilla y a la tierra del ibérico en Aracena y, sobre todo, las constantes alegrías compartidas con el hijo, hicieron que nos olvidáramos momentáneamente de Barcelona, de la casa y de cuanto allí pasaba. ¡Y vaya que pasaba! Pero todo a su debido tiempo.
Durante el viaje de vuelta, entre charla y charla habida con mi mujer y canción y canción escuchada en la radio del coche, a mi cabeza volvía de vez en cuando el recuerdo del hibisco y de aquella pareja de verderones que habían empezado a visitarlo con frecuencia antes de que emprendiéramos el viaje.
Y llegamos a casa.
Y lo primero que hice tras deshacer las maletas, fue abrir las puertas del patio y echarle un vistazo a mi querido hibisco. Al principio me pareció que todo en él estaba igual que siempre, su delgado tronco, sus incipientes flores, su pequeña copa, el verde fresco que salía de él…Pero de pronto un sonido suave y dulce, como construido de tenues silbidos, sonó en el silencio del patio. Aquel sonido acariciador ¿había brotado del árbol? Presté más atención. Y volvió a sonar aquel tímido conjunto de silbidos tenues y suaves. Me acerqué con sumo cuidado al hibisco, pero casi al instante me detuve: de entre las ramitas de su copa salió volando un verderón, posiblemente un miembro de la pareja que yo había visto antes. El corazón no me cabía en el pecho. Llegué con tiento al pie del árbol y experimenté una alegría indescriptible al descubrir un nido apoyado estratégicamente sobre la horquilla formada por dos ramas de la copa. Los tímidos y sibilantes trinos eran constantes. Sin duda las crías de verderón, refugiadas en el calor del nido y presintiendo un peligro cercano, reclamaban insistentemente auxilio de sus progenitores. ¡Un nido vivo en el árbol de mi patio! Parecía increíble. En un árbol tan pequeño y tan al alcance de los moradores de la casa. Nunca lo había visto. Aquello era un milagro de la vida y la naturaleza que merecía a todo trance respeto y consideración. En primer lugar y bajo ningún concepto no se podía perturbar el desarrollo de la vida de los pequeños verderones que en aquel nido de mi patio trasero un día aprenderían a cantar y a volar, guiados por la atávica sabiduría de sus padres.
Loco de alegría le conté la buena nueva a mi mujer, que por supuesto juzgó la noticia como algo milagroso. ¡Un nido en el hibisco del patio! Aunque increíble, era un hecho tierno y real.
Los días pasaban. Y nuestra curiosidad no lograba impedir asomarnos al patio para asistir a la evolución de los nuevos verderones. Hasta mi hijo pequeño, casado ya pero sin descendencia todavía, cuando algún día venía a casa a comer, asistía alborozado al acontecimiento. Se burlaba de mí repitiendo una de mis frases favoritas: “Mira, mira, ahí llega la madre de nuevo.” El hibisco era una fiesta de gorjeos y silbidos, una orquesta que tocaba una mágica música no aprendida y un incansable trasiego de idas y venidas de los padres al nido para alimentar y dar ánimos a sus hijos. Y lo más interesante de todo era que parecía no importarles nuestra proximidad ni nuestra presencia.
Y llegó el día en que el patio se convirtió en una escuela de vuelo y canto para los pequeños verderones. Pero todo aprendizaje entraña riesgos. Y en cierta ocasión uno de los pequeños, mientras ensayaba uno de sus primeros movimientos de las alas, se enredó en el arriate de los cactos y empezó a llamar lastimeramente a sus padres. Daba una pena inmensa oírle llorar de aquel modo. Los padres acudieron en su ayuda, pero nada podían hacer por librar a su hijo de aquella momentánea prisión de púas, y ante la impotencia revoloteaban y gemían también, aumentando el llanto del pequeño. Tuve que hacerlo yo. Con el cuidado que me proporcionaba el amor que había logrado sentir por los verderones y el deseo de darle la libertad que el pequeño merecía, logré separar de los cactos al polluelo que, tras un suave forcejeo entre mis manos, remontó el vuelo hasta la barda de la tapia. Fueron sólo unos segundos los que sentí el calor de su cuerpo y el latido de su tierno corazón entre mis manos, pero jamás he vuelto a notar algo parecido en mi piel, como no sea el tacto de las manecillas de mi nieto en las mías.
El tiempo de las lecciones de canto y vuelo pasaron y mi patio se volvió a quedar silencioso y mustio sin la presencia de los verderones. Pasó el verano y el otoño. Las lluvias y el frío del invierno acabaron de desnudar las ramas del hibisco. Y el nido, encumbrado en la horquilla de la copa del árbol, mostraba con tristeza su vacío. Hasta que poco a poco fue perdiendo el entramado de sus palitos y la pelusa de su interior. No podía soportar verlo así. Y esperaba con ansias que con el regreso de la primavera otros verderones, quizá los hijos de los primeros, volvieran a tejer su nido en el hibisco de mi patio trasero. Pero no ocurrió. El hibisco siguió dando flores, pero sin pájaros ya no era el mismo. Y cuando el hombre, decepcionado, quiso que el olvido fuera aliviando poco a poco el dolor que le producía la ausencia de aquellos cantos y aquellos vuelos de antaño, decidió un mal día arrancar el hibisco y poner suelo de cemento a su patio trasero sin pensar que su precipitación un día le haría arrepentirse de su equivocada decisión. Suplantar el verde vivo y divertido del hibisco por el gris feo y aburrido del cemento. Hoy el hombre se arrepiente de haber hecho lo que hizo. Porque, entre otras cosas, el recuerdo nunca muere del todo mientras se tiene un segundo de vida, y el recuerdo de la vida y la alegría que le daba el nido de su árbol aún permanece vivo en su memoria.

LA NOTICIA

Guerra desproporcionada



La noticia es el abuso masivo de fuerza bélica por parte de Israel sobre la franja de Gaza, gobernada por Hamás. Nunca antes se había visto, salvo lo ocurrido en Irak a manos de EEUU,
un encarnizamiento tan atroz contra el pueblo palestino. Israel, movido seguramente por motivos electorales (que nunca justificarían el desmán que están cometiendo), arrecia sus ataques sin parar mientes en las mínimas normas humanitarias establecidas por la Convención de Ginebra, y así, en el frenesí de la guerra desproporcionada que ha iniciado, llega incluso a impedir a Cruz Roja que entre con sus ambulancias en un barrio bombardeado para ayudar a los posibles heridos. Esto es imperdonable, pero lo es más la neutralidad y el compadreo de algunos gobiernos occidentales que hablan y hablan de la masacre sin poner ningún remedio. Siempre son los mismos los que se echan a la calle a protestar o los que escriben las columnas de los periódicos denunciando lo mismo. Ya es hora de que los parlamentos políticos de todo el mundo se pongan de acuerdo y hagan algo positivo para parar esta demencia de Israel.



EL COMENTARIO

Matrimonio


Vaya por delante que no estoy en contra de que dos hombres se casen. Faltaría más. Para eso está la libertad de movimientos y cualquier otro tipo de libertad. Lo que ya no me parece bien es que a ese estado de dos hombres casados se le llame "matrimonio". Con el origen de las palabras, es decir, con la etimología, no se juega, como tampoco se juega con las raíces y el origen de las personas. ¿Estamos de acuerdo? Y no me sirve el hecho de que otros idiomas quieran pasarse por alto cuestiones lingüísticas tan importantes como la ya mencionada etimología de las palabras. Como ha hecho recientemente el Instiituto de estudios catalanes, uno de cuyos representantes ha afirmado muy serio que "no tenemos que ser esclavos ni de etimologías ni determinadas costumbres que pueden haberse superado...". Mira que confundir costumbres con etimologías... En fin, a lo que vamos. Dicho Instituto ha aprobado cambiar la definición de "matrimonio" de su diccionario, que queda así: "Unión legítima entre dos personas que se comprometen a llevar una vida en común establecida mediante ritos o formalidades legales". De momento, se dice "dos personas", no "dos hombres" en esa definición, lo cual deja bien claro que los del Instituto no lo tienen tan claro. Y juegan con la ambigüedad. Me parece más coherente el camino que ha adoptado la Real Academia de la Lengua Española, que es no variar la definición tradicional de "matrimonio", es decir, "unión de hombre y mujer concertada mediante determinados ritos o formalidades legales." Y es que la etimología, como la raíces del ser humano, sustentan la ética de cualquier compromiso, ya sea lingúístico, social o de cualwuier otro tipo. La palabra "matrimonio" viene del latín mater, matris, que significa "hembra que acaba de parir". ¿Y qué significa "hembra"?


OTROS


Interferencias lingúísticas


Enseñar castellano en zonas bilingües es tarea ardua. Yo lo hago en Cataluña desde hace más de cuarenta años y lo he sufrido en mis carnes. Cuando estaba en la enseñanza privada la editorial barcelonesa Casals me publicó un cuaderno que se trabajó durante un tiempo en algunos colegios privados de Cataluña. En dicho cuaderno afirmaba eso, que "uno de los problemas que encuentra el profesor de Castellano en zonas bilingües es el derivado de las interferencias lingüísticas". Entonces las patadas al diccionario eran, aunque graves, no tan abundantes. Sin embargo, con el tiempo el problema se ha ido agravando tanto que la cuestión es verdaderamente preocupante. Ahora estoy en la enseñanza pública y a punto de jubilarme. Y antes de hacerlo, quiero destacar ese problema. No será ésta la última vez que lo haga. En futuros números de CONEXIÓN seguiré insistiendo. En este primero de enero de 2009 haré un breve repaso por las principales faltas de ortografía, léxico y morfosintaxis que nuestros alumnos de Secundaria suelen cometer más asiduamente en sus redacciones. Hasta entre los alumnos más aplicados pueden verse acentuadas las formas verbales españolas "es" y "son", y palabras como "examen", "ciencia" o "Luis". Y en cambio, otras formas verbales como las agudas acabadas en "an" sin acento, casos de "están"o "llevarán". Si hablamos de la "y", la cosa es más grave aún. Unas veces la escriben donde no deben y otras no la escriben donde deben. En el primer caso, para sustituir la tan española "ñ": Espanya, ensenyar, montanya o senyor, y se quedan tan panchos. En el segundo caso, cuando no escriben la "y", la sustituyen por la "i": Antonio i Luis, por ejemplo. Y no me han valido los trucos y los ripios que he empleado durante años para su recordatorio. Uno de los más repetidos es el que dice: "La Y en castellano es una copa que tengo en la mano y no una cerilla en mitad de Sevilla."

viernes, 26 de diciembre de 2008

CONEXIÓN

Esto es un adelanto de lo que será una REVISTA personal durante los años próximos. Constará de unos apartados fijos:
1. El poema
2. El relato
3. La noticia
4. El comentario
y otros sujetos a circunstancias varias, que llevarán su título particular.
Los dos primeros apartados pertenecerán a creaciones personales. Los otros harán referencia al mundo externo.

CONEXIÓN- Número 0- Diciembre, 2008. Cerdanyola.


EL POEMA

Villancico sólo para leer
a unos amigos en concreto












Ya vienen las fiestas,
Ya toca soñar
Que nieva de nuevo
La nieve de paz.
Soñemos, amigos,
Que no pasa “na”,
Que la sombra es sol
Y que el llanto, sal.
Que la crisis pasa
De largo hacia el mar,
Y en los ojos ríe
La luz del champán.
Soñemos, amigos,
Que no pasa “na”,
Que los tiros suenan
A salvas no más,
Y que el muerto juega
Al tute en un bar.
Soñemos, amigos,
Que ya es Navidad.
Vivamos, bebamos,
Pero la verdad
Es que el luto moja
Nuestra soledad.


EL RELATO

Las reliquias de Juana de Arco

La Doncella de Orleans, que fue condenada a morir en la hoguera acusada de brujería a los diecinueve años de edad y canonizada en 1920, fue enterrada en un lugar desconocido de Rouen a mediados del siglo XV. Parte de sus restos fueron descubiertos por un farmacéutico de París al hacer inventario del contenido de la botica que acababa de adquirir en una jarra de cerámica, con un pergamino doblado en su interior que decía que aquellos huesos eran las reliquias de Juana de Arco. Ni que decir tiene que ante aquel hallazgo se armó un revuelo de padre y muy señor mío. La rehabilitación de la heroica doncella que ya llevaba haciéndose desde el mismo siglo de su desaparición, adquirió dimensiones extraordinarias, y sus llamadas reliquias fueron enterradas con el boato y respeto de una santa en un templo cristiano. Sin embargo, hace poco el científico Charlier, encargado de analizar los huesos y el fragmento de la ropa pertenecientes a santa Juana de Arco, llegó a la conclusión de que aquellos restos pertenecían a una momia egipcia y al fémur de un gato. ¡Vaya chasco! ¡Ah!, y respecto a lo del hueso de gato, que nadie se extrañe. Según las costumbres de la época de la Doncella de Orleans, solían arrojarse gatos negros a las hogueras donde eran quemadas las mujeres acusadas de brujería.



LA NOTICIA

Adiós a Giménez-Frontín

El pasado domingo 21 de diciembre fallecía en Barcelona el poeta, novelista, ensayista y un largo etcétera, en el que hay que incluir su valentía de ser humano comprometido con sus ideas, José Luis Giménez- Frontín. Lo conocí hace un par de años en el Ateneo barcelonés con motivo de la presentación que hice del poemario de mi amigo Ambrosio Gallego titulado El imperio de las luces, y me pareció una persona entregada en cuerpo y alma a su labor de mensajero de la cultura en un mundo tan abocado a la inconsciencia de la improvisación. Prometo seguir hablando de José Luis Giménez Frontín en el número 1 de esta Revista, que será Dios mediante en enero de 2009. Desde aquí invito a los visitantes de mi blog a leer las memorias que recientemente ha publicado este barcelonés de 1943.



Tossa bajo el temporal



Esta semana el mar se ha salido de madre y ha convertido a Tossa en un infierno. Los pescadores han visto con impotencia cómo sus barcas eran en el mejor de los casos arrastradas hasta el interior de algunas calles aledañas al paseo marítimo y en los peores casos destrozadas al golpear contra las rocas de Minerva o del promontorio de la Villa Vella. Sus medios de vida desparecidos sólo en unas horas. Y no digamos de los retaurantes y tiendas de suvenires de la primera línea de mar, que también han sido anegados por las enormes olas que el temporal levantó en cuestión de segundos, haciendo del todo imposible cualquier intento de salvaguardar las posesiones de las gentes que cifran su vida en un negocio que apenas dura los tres meses de verano. Cuando suba dentro de unos días a dar una vuelta por Tossa aún podré ver los tristes resultados del temporal en las inmediaciones de la playa.



EL COMENTARIO


Un libro curioso


Acaban de regalarme un libro curioso donde los haya que pone al alcance de cualquier aficionado a la pintura de todos los tiempos historias, anécdotas y sucedidos en torno a cuadros magistrales y sus autores. El título es Tras las obras maestras, y su autor, Harvey Rachlin. Un estracto gratis lo ofrece el subtítulo del volumen: La novela del Arte. Historias fascinantes y curiosas del arte. De la Mona Lisa al Guernica. Lo he pasado muy bien viajando por sus páginas. Una advertencia: la traducción, a cargo de Jorge Conde, deja algo que desear. Ciertas construcciones como "Es por ello que...", "así fue que..." y vocablos ajemos a nuestro idioma, caso del ya cargante "remarcable" afean un paisaje tan bello como el que se contempla caminando por el mundo apasionante de Leonardo da Vinci, Holbein, el "Veronés", Caravaggio, Rembrandt, Goya, Manet o Picasso, entre otros artistas universales.

jueves, 18 de diciembre de 2008

TIEMPO VIVO

Me dicen que voy a ser
abuelo dentro de poco,
y empiezo a comerme el coco
pensando si lo haré bien.
Pero pronto me detengo
no sea que pierda el tren
mucho antes de cogerlo.
Cuando venga ese momento
sin duda sabré qué hacer,
y si no lo sé veré
de aprenderme bien el cuento.
Abuelo es otra lección
que sólo se aprende haciendo
de abuelo cuando eso llegue,
cuando hermosamente ciegue
mi luz la luz de mi nieto.
Hasta entonces, que la suerte
cuaje bien la luz que espero,
una luz de alto lucero
que cuando brille a mi lado
venga a darme otro dorado
otoño a mi otoño en vuelo.




Un soneto me manda hacer mi nieto,
y en mi vida me he visto en tal ventura
porque vuelo por él a más altura
y por él se hace luz cualquier secreto.

Y a punto de empezar otro cuarteto,
él me dicta la fiel literatura:
nuevo sol de mi otoño, miel, ternura;
en mi nueva vejez diamante escueto.

Mi vida se convierte en aventura
cuando él está a mi lado. Él, un brujo
que vuelo y luz le da a mi vida oscura.

Y así feliz concluyo este soneto
cantando sin cesar el tierno lujo
que a mi vida normal le da mi nieto.




Eres ya una cara, una rosita
que huele a tiempo puro en el otoño;
unas manos, claveles pequeñitos
que se mueven al aire de la cuna.
Eres ya presencia inabarcable
para nuestros deseos. Como un sol
que alumbra nuestros pasos,
que marca el día que vamos a vivir.
Ya estás aquí. Ya mueves
los hilos de todas nuestras vidas.
Tan chiquitito, y eres
como un Dios para todos. Te despiertas,
y vamos a adorarte. Abres los ojos,
y corremos a ti para que vayas
mirándonos y viendo nuestro asombro
de verte alzar las manos
cual si fueras el director de orquesta
de toda nuestra música, esta música
de amor que anda brizando nuestros sueños.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

TIEMPO VIVO

TIEMPO VIVO


I.
A Nasi, mi mujer. A mis hijos,
Esteban y Javier. Y a mi nueva hija, Loli.


El banco favorito y el estanque.
Los llantos de las tórtolas en el pinar vecino.
El aire acariciando los habanos
de las inquietas espadañas. Es
la tarde, el tiempo vivo.
Y nosotros, testigos del presente.
Como dioses. Sin pecado o condena.
Alimentándonos
de nuestro propio éxtasis.
Ni antes ni después,
la hora exacta, ésta
del agua que se empina en la espadaña
y del árbol que devuelve a la tierra
la esencia universal, total, del cielo.
Hora mágica y justa en que el labio enmudece
para que se oiga sólo la palabra
de la mañana niña, ésta que juega
con el sexo impoluto del nenúfar
y la pasión fogosa de la acacia.



Vivir este presente, esta caricia
de invierno y de cerveza, estos donaires
de andamio consentido y cama alegre
donde el amor es cómplice del sexo.
Usar la voz de aquí, el gesto de ahora,
comprobar que la trama de la vida
no es alma de novela:
sólo huella y rastro y gesto y canto
de latido presente,
sencillo compromiso con la esencia
de ser antes que nada flor que muere,
fuego humilde que arde con la leña
que el día le depara con segura
certidumbre final de ser ceniza.
Y aprender del paso cotidiano
que todos somos barros en los dedos
del tiempo o de algún dios
que nos puso de pie una mañana.
Y sin embargo, crecer con madurez
de uva que algún día será vino.
Mientras nos va tejiendo verso a verso
el poema irrepetible
de derrotas y triunfos que es la vida,
cuando la infancia es siempre
y empuja la espiral hacia el futuro,
que a la vez es lealtad a los cimientos.



Acaso este silencio del mar sea
el signo de que el tiempo rompe a veces
su línea de palabras.
De que el ayer es el presente ahora
y mis hijos, mayores, son de pronto
los niños que un día fueron, junto al mar,
entre las rocas húmedas, buscando
el cangrejo ideal de la esperanza.
De que yo mismo regreso a la inocencia.
De que el verso, como un surco sin hielo,
recoge mi semilla, el niño vivo
que espera en la crisálida del sueño.
Me da en la cara el viento del asombro,
el sol me besa en luces de sorpresa
y de las olas que duermen en la orilla
suben aromas que no se habían perdido,
que estaban siempre ahí, cuna y sepulcro,
en la rosa del tiempo sin otoño.
Despierto del ensueño ante las torres
del pueblo que he elegido, sol y mar,
para jugar a veces que soy niño
nimbado por la paz y la promesa.
Abandono la orilla. Suenan lentas
las campanas del templo, tan presentes.

Sin prisa, me reúno con mis hijos.
Me miran tiernamente. Yo les miro
y en sus ojos aún veo que el cangrejo
del tiempo nos espera entre las rocas.

















II.
A mi nieto Xavi


Nacerás algún día, pero ahora
eres dulce promesa, nombre mago
de un ser que desde el agua de la vida
empezó a crecer en alma y esperanza
hacia la luz del día. Eres ahora
mensaje y letra pura, dial del tiempo,
análisis del génesis. Ahora
sin ser eres ya fruto que en la rama
madura del futuro alzas el vuelo
para volar despacio hacia la luz.
Nacerás algún día y me darás
inocente la estrella de tus ojos
y la caricia blanca de tus manos.
Pero ahora, en el agua de la vida,
sin ver aún el sol de la amapola,
sigue tejiendo el hilo de la espera,
sigue creando el nombre de los sueños
mientras vuelas despacio hacia el mensaje
de la historia del hombre reflejada
en tu forma de esfera tan querida.
Nacerás algún día, pero ahora
sigue siendo promesa en mi esperanza.







Me dicen que voy a ser
abuelo dentro de poco,
y empiezo a comerme el coco
pensando si lo haré bien.
Pero pronto me detengo
no sea que pierda el tren
mucho antes de cogerlo.
Cuando venga ese momento
sin duda sabré qué hacer,
y si no lo sé veré
de aprenderme bien el cuento.
Abuelo es otra lección
que sólo se aprende haciendo
de abuelo cuando eso llegue,
cuando hermosamente ciegue
mi luz la luz de mi nieto.
Hasta entonces, que la suerte
cuaje bien la luz que espero,
una luz de alto lucero
que cuando brille a mi lado
venga a darme otro dorado
otoño a mi otoño en vuelo.

LETRAS PARA EL OCIO

DOS LIBROS DE ANTAÑO

Un día de verano, antes de bajar a la playa para reunirme con mi mujer, que ya había bajado mucho antes a tomar el sol, me pasé por la papelería del pueblo donde suelo comprar el periódico con la idea de regalarme el lanzamiento que RBA hace de libros escolares del siglo pasado: una Urbanidad para niños de la editorial barcelonesa F.T.D (1929) y una Gramática de segundo grado de la editorial zaragozana Luis Vives (1947). El libro de Urbanidad lo había leído y trabajado de niño cuando fui alumno de los Salesianos de Zamora, y me sonaban mucho algunos capítulos y viñetas del libro, sobre todo, los Dos ejemplos trascendentales (El joven de los buenos deseos y El saco de carbón), y algunos cuentos y anécdotas repartidos por el librillo para ilustrar los diversos capítulos (el del emperador Teodosio, los juegos de algunos santos, Licurgo o el rey de Sicilia y sus capitanes envidiosos); sin embargo, al contrario de antaño (y es lógico), el tono me sonaba horriblemente gazmoño y tanto los consejos como los relatos a que acompañan los primeros se habían quedado anticuadísimos, si bien me servía de testimonio de un tiempo que había tenido que vivir. Ahora las cosas de la educación van por otro lado y corren peligro de que se alejen tanto de toda urbanidad que acabarán un día desapareciendo (aunque con esto de la Educación para la Ciudadanía es posible que se recuperen algunos valores; es broma, y más mientras se siga haciendo lo que se está haciendo con esa materia: jugar con ella desde puntos de vista meramente políticos). Y pensando en ello recordaba los últimos años de enseñanza, en que paulatinamente se habían ido evaporando valores tan importantes como el esfuerzo personal, el estudio, el respeto hacia el saber y el trabajo bien hecho. En cuanto a la Gramática, dejando a un lado la teoría, que se había quedado también muy lejana, era un libro que respetaba mucho las lecturas (en prosa y en verso) como punto de partida para trabajar la Lengua, la comprensión de textos, el vocabulario, la redacción, la sintaxis y... algo que se está menospreciando y que es una herramienta de trabajo: la memoria.






UNA NOVELA DE SUSANNA TAMARO

Ya he dicho varias veces que mi mujer y yo solemos entablar conversaciones durante nuestros paseos sobre los personajes de las novelas que mi mujer lee como si fueran vecinos momentáneos nuestros (y de algún modo lo son). Una de las últimas novelas que mi mujer leía durante mi larga enfermedad fue Escucha mi voz, de Susanna Tamaro. En ella se cuentan entremezcladas las historias de una chica criada por su abuela, la vida de la abuela, que muere de Alzheimer, y la de su madre; la vida de esta última aparece narrada en unos diarios que encuentra en un baúl del desván de la casa (vaya por delante que la madre de la chica, a juzgar por los diarios, era tan rebelde como ella); por lo visto la madre estuvo enamorada de un profesor. El estilo de la novela es sencillo y emotivo, real como la vida misma. Una muestra: "20 de mayo. Hace dos semanas que no da clases. Me he informado y parece que está enfermo. He echado cuentas y creo que estoy de dos meses. Siento cada vez menos dulzura, es el miedo lo que predomina, y la rabia. ¿Es verdad que está enfermo? ¿O ha intuido algo y quiere darse un tiempo? Hace un mes que no aparece. A lo mejor es verdad que está muy mal y sólo soy yo la mala que se imagina otras cosas."







CONFINADOS EN CASA

Los nervios de no poder salir de casa a dar el paseo acostumbrado por Cerdanyola y ver que poco a poco la ciudad va viendo su cara operada de cirugía de adoquines y alquitrán me confinaron en casa y conmigo a mi mujer. Menos mal que no nos faltaba actividad con que ocupar el tedio de las tardes. Por ejemplo, ella devoraba novelas sin parar. Por aquel entonces, estaba leyendo la vida de un joven arquitecto llamado Arthur y la de Lauren, una brillante neurocirujana; ambos son los personajes principales de Volver a verte. Por lo que mi mujer me contaba, él había huido de Los Ángeles cuando ella salió del coma en que había caído y durante el cual la había vigilado celosamente. Estuvo en París una temporada y, finalmente, regresó a la ciudad californiana a trabajar en el estudio que compartía con su colega Paul. Arthur aún sigue enamorado de Lauren y recuerda que gracias a él Lauren continúa con vida porque los doctores que la trataban querían desenchufarla de la máquina y él se había negado siempre. Y el destino hace que se vuelvan a encontrar gracias a un accidente que sufre Arthur; entonces Lauren es la doctora que lo atiende a él, pero, como es lógico, no lo reconoce... El estilo es mezcla de tradición y modernidad: descripciones y diálogos a la antigua usanza por un lado, y por otro juegos temporales, perspectivismo, contrapunto, cambios de narradores, monólogo interior, estilo indirecto libre...
"Se vistió. Tanto peor si no cenaba: sus horarios eran absurdos, ya picaría algo de camino. Pulsó la tecla del contestador telefónico. Un mensaje de su novio le recordaba que aquella noche debían asistir los dos a la proyección del último documental que él había realizado. Borró el mensaje antes de que la voz de Robert tuviese tiempo siquiera de precisar la hora de la cita..."

miércoles, 10 de diciembre de 2008

ANTONIO MATEA, EL POETA DEL BARRO

28.
“Voces que proponemos crear ángeles,
¡llegaos y salvemos las cosechas,
el futuro obligado a nuestros hijos!”


Y tú seguías pariendo versos y prosas que adquirían en el silencio de tu casa y con el consentimiento de tus manos nuevos formatos y libritos artesanales con que nos regalabas a los más cercanos. En el 84, con Eros senil nos diste versos encendidos más allá de la epidermis lírica, y con Cuando vuelvan los ángeles, una poesía esperanzada donde se pide que desaparezca el rencor y el espanto del mundo,
“Porque si todos juntos, con los pechos,
Formamos un talud contra la guerra,
No importará que cuatro maquiavélicos
Programen destrucciones en su mente.
El hombre dirá: ¡NO! Y no habrá guerras.
El hombre dirá: HERMANO. Y no habrá hambre.
Porque el hombre será su propio ángel,
El ángel que amordaza entre sus pulsos
Al otro ángel maldito que le habita.”
Hay en este último libro las palpitaciones humanistas de otros libros, anteriores y posteriores. Y confesiones personales, propias del alma que se desnuda sin pudor ante sus semejantes:
“Pero yo no soy nadie;
Sólo escribo
Cosas tan materiales como el Hombre.
Y ahora --ya veis—
Escribo de los ángeles.
De los que instaurarán un nuevo mundo
Totalmente fraterno y en concordia
Con la naturaleza de los Astros.”
Cuando vuelvan los ángeles es un libro bisagra en tu caudalosa obra, Antonio. No en balde ilustras sus páginas con el retrato de tres seres muy queridos, tus tres hijos, Jorge, María de los Llanos y Antonio, por este orden, en la foto. Jorge ensimismado, la chica sonriente y Antonio con una mirada interrogadora. Tres niños como representación de los que vendrán después, tres ángeles “que llegan a un mundo desquiciado” (dices bajo la foto en el poema Insistencia con que, además, ilustras la sobrecubierta). Para entender el mensaje del libro es necesario leer los versos que siguen:
“A los futuros niños
Dedico la intención de mi trabajo.
Puede que en tanto llegan esos niños
Esté presente el ángel que reclamo.
Que del rencor que anubla los instintos
Ya no quede ni rastro.”
En el 85, tres más, Mujer en forma de alcancía, Híbrida procesión y Heraldos del silencio, éste en colaboración con Carmen Valdivielso, una poetisa que fue alguna vez a la tertulia de Jurado. Supongamos, Antonio, que el tiempo lo deja todo en su sitio y la muerte no lo menea. ¿Qué hubo entre vosotros dos? Ella estaba casada y, por lo que decía, bien casada. Y tú estabas bien casado, que yo lo veía a menudo con mis propios ojos. ¿Es que, Antonio, como poeta fantasioso que fuiste siempre, alimentado por el mundo de la imaginación, quisiste rodear la amistad que te unía a Carmen con un halo de misterio, o mejor, de ambigüedad? Los que te conocimos bien, sabíamos que te gustaba fantasear con las relaciones que te hubiera gustado llevar a cabo entre el mundo femenino que nos rodeaba en las tertulias, lecturas poéticas y reuniones de jurados de poesía y que no pasaban de un juego literario y a veces de ironías veladas sobre el sexo femenino que aleteaba a nuestro alrededor. Carmen, lo sabemos, dibujaba muy bien y ahí están las ilustraciones que adornan Heraldos del silencio, desde la cubierta, una rama desnuda con dos hojas en los extremos poniendo un arco al título, hasta la contracubierta, un cuadrado rodeado por una rama con hojas y lágrimas (¿ o lluvia?) en su interior, pasando por fríos paisajes de invierno, solitarias playas, lazos que atan ramas de espinas… que tiñen de tristeza el resto de las páginas. Y también escribía una poesía sentida, melancólica, romántica, con temática amorosa, tan diferente de la tuya. Pero lo que había entre ella y tú, además de esta colaboración en el mismo libro, no es más que materia de silencio, y vosotros dos, los autores, nada más que dos heraldos suyos, como reza el título. Y no voy a ser yo quien dé tres cuartos al pregonero. Tu participación en el libro está dividida en tres partes: Dejad crecer la hierba, frase por otra parte muy familiar para mí porque cuando yo te decía algo acerca del estado de las plantas de tu jardín cada vez que iba a tu casa, siempre me respondías: “Dejad crecer la hierba”. Áspero mundo, título igual al de un libro del poeta Ángel González, también habitante del mundo de las sombras. Y Confusa signatura. He de decirte que aquí como en ningún otro
Libro te has esforzado en pulir la métrica y me da la sensación que ello se debe a que la temática te importaba menos que el andamio de las palabras. ¡Cuántas veces te dije, Antonio, sin que me hicieras caso (eso formaba también parte de tu personalidad), que intentaras casar el contenido con la forma elegida (lo del calor y el fuego, ¿recuerdas?, o lo de la rosa y el perfume) para que el poema resultara más redondo y completo? Aquí ha vencido la forma y, claro, el fondo no resulta tan convincente. Un ejemplo, de Universidad Autónoma:
“Porque en amor el sol es un engaño,
Ya que el amor es fórmula y tiniebla,
Vuelvo de amor a ser, con su rebaño,
El sol que se ocultó tras de la niebla.”
Otro, aún más claro, de Fragmentos (Recordando a Dario):
“Y suenan las marchas triunfales de surcos y de hoces.
Por los senderillos van los segadores,
Triunfantes,
Erguidos,
Sudosos;
Pero son hermosos
Sus rostros de paz y de ensueño.
La risa tranquila de las juventudes
Retoza de triunfo y de gozo…”





29.
“Y nos vamos al mar de la medida,
poniendo rumbo al sol de la esperanza.”

Junio sigue el rastro de mayo, es decir, se sigue dejando mojar por la lluvia, aunque las temperaturas van poco a poco aumentando. La primera semana del mes es la última de clase. Hemos entregado las notas del tercer trimestre y la próxima semana tiene lugar el jaleo del llamado Crédito de Síntesis, que, después de tantos años en la enseñanza, ni me merece el menor crédito ni representa en modo alguno la síntesis del curso. Pero a lo que iba. Después de dar mis últimas dos clases del curso, y como mañana todo el Instituto se va de salida “cultural” a Port Aventura, yo adopto la aventura de subir a Tossa, por si el tiempo cambia de repente y puedo estrenar el baño en el mar de la temporada.
Y, Antonio, aquí estoy, en Tossa, hablando contigo. Hoy, viernes, nada más levantarme he visto que el tiempo parece efectivamente querer cambiar algo y he cogido la bicicleta para dar una vuelta por el pueblo ya que, por las torrenciales lluvias de ayer, los caminos de los bosques y los campings deben de estar intransitables. Y he descubierto que, pese al voluble clima, la gente no se resigna a perderse un rato de playa y a esas horas de la mañana ya empieza a acercarse al mar con sus toallas y sus útiles playeros.
Nasi acaba de bajar y yo me reuniré con ella dentro de un rato. A ver si es posible estrenar hoy el agua del mar. Mientras tanto, abro el portátil dispuesto a redactar unas notas en esta carta abierta que empieza a tomar cierto cuerpo. Y lo primero que veo es la vista de la playa de Collioure que puse como fondo de pantalla tras la última visita que hicimos los colegas del Departamento de Castellano a esa localidad francesa en cuyo cementerio se halla, como muy bien sabes, uno de nuestros poetas favoritos, Antonio Machado. Y viene a mi memoria aquel viaje que hicimos a Collioure hace unos cuantos años para rendir homenaje al autor de Campos de Castilla. Íbamos algunos miembros pertenecientes a la tertulia del Círculo Artístico, continuadora de la de Jurado, entre los que nos encontrábamos Felipe Sérvulo, Visi Beato, Cristóbal Benítez, José Florencio, Ambrosio Gallego, tú y yo. Fue un día inolvidable, sin contar con el trayecto en autobús, que siempre os ponía malos a Nasi y a ti, como en aquella otra ocasión en que fuimos a Andorra y que tanto tú como Nasi os pasasteis el viaje con la bolsa de plástico en la mano por si acaso. Ahora, mientras contemplo en la pantalla del portátil la estampa de la playa de Collioure, su iglesia, con el campanario y el reloj marcando las tres de la tarde; la arena y el mar, solitarios por la época (creo que marzo); la fila de edificios de la izquierda, con los restaurantes abiertos (en uno de ellos comimos los colegas de Castellano); el cielo, azul puro, como la esmeralda de las aguas… Mientras contemplo esta estampa, digo, recuerdo aquel otro día, también de marzo (¡qué casualidad!) en que bajamos del autobús junto a la plaza de toros y los mareados pudisteis al fin aliviaros de vuestras angustias. Tengo grabado, para mi alegría, un video de aquella jornada. Cuando baje a Cerdañola, enriqueceré estos recuerdos volviéndolo a ver. Tras bajar hacia el mercadillo nos encaminamos hacia el otro lado de la riera, justo en el costado donde se levanta el hotel Quintana. Primera foto delante del edificio en el que pasó Machado sus últimos momentos. También conservo esta fotografía en algún sitio de casa, entre los álbumes que duermen en las estanterías del cuarto de lectura. Luego breve explicación de los guías del viaje, Benítez y, de los preparativos del entierro del poeta. Y enseguida, el breve paseo por la callejuela de detrás del hotel hasta el cementerio. Las piedras blancas del suelo, los cipreses, la tumba adornada de Machado, el ramillete de flores que llevaba Benítez para depositarlo sobre la lápida, a un lado de los otros, las miradas observadoras, el arracimamiento de los visitantes en torno de la lápida en espera del turno de lecturas… En aquella ocasión leímos nuestros poemas tú y yo, Antonio, ¿recuerdas? Tú leiste unos versos que hablaban de un Machado poeta del pueblo, defensor de las libertades y de las ideas. No recuerdo ninguno con exactitud ni conservo el poema en mi poder (una lástima porque me hubiera gustado colocarlo aquí). Mis versos trataban de la luz que siguió a Machado desde aquel jardín de Sevilla donde nació hasta la luz de Collioure (“estos días azules y este sol de la infancia”), pasando por la de otros lugares de su intensa vida (Madrid, Soria, Baeza, Segovia, Madrid de nuevo, Valencia, Barcelona…, todo el reguero que le siguió mientras huía de la barbarie que azotaba España en aquellos difíciles años de la guerra). Otros leyeron poemas de Soledades y Campos de Castilla. Más fotos durante la lectura. Después dejamos el lugar a otros romeros que venían a encontrarse con el Poeta y, con la emoción de haber establecido relación con Machado aún viva, nos dejamos llevar hasta el mar por el paseo de los artistas, justo hasta este rincón encantado que ahora estoy viendo en la pantalla del ordenador.






30.
“Forja de hierro al rojo y nardo. Reto
de una sangre tenaz tras de la aurora
que llega a ser delfín sin mar, soneto.”


Los años ochenta fueron de crisol constante, de proyectos hechos realidad, de trabajo incesante por dejar fijado para siempre el Grupo y el Premio que fundamos. La fiebre lírica nos empujaba hasta la extenuación. Fueron años en que no levantábamos la mirada de lo que estábamos haciendo para no perder la brújula ni el tiempo. Las reuniones del Ateneo, las publicaciones poéticas y no poéticas (ensayos sobre los más diversos temas) en aquella Revista que pusimos en pie con la ilusión de estudiantes en su Crédito de Síntesis, revista que bautizamos con el nombre de Reflexes. Debo recordarte, Antonio, que aquí empezó una de nuestras principales claudicaciones a favor del catalán, aunque lo hicimos convencidos de que la tolerancia que habíamos observado frente a la realidad que nos rodeaba iba a ser asimismo observada por los demás miembros del grupo y por otros que, por mediación reiterada de Encarna, vinieron a engrosar el jurado del premio, como Grau, novelista catalán reconocido e hijo de Cerdanyola, o Isern, famoso crítico de literatura barcelonés adscrito al periódico Avui. Pero no fue así de ningún modo. Acuérdate de que nos las veíamos y nos las deseábamos Carreta, tú y yo para sacar adelante, por ejemplo, algún libro presentado al Concurso en castellano cuya calidad destacaba claramente sobre otros poemarios presentados en catalán. Encarna y los demás tiraban escandalosamente de los cuadernos escritos en la lengua de Maragall sin aducir razones de peso algunas veces. Aún así logramos premiar buenos libros en castellano, como el de Espejo, ¿recuerdas?, aquellos Cantos del guerrero vencido, elegías más bien que denunciaban el paso duro por la vida del hombre de a pie, como nosotros, como el propio Espejo, que era el sujeto de los lamentos y situaciones concretas del libro. O Cristal de silencios, de Ferrán. O Traición de los nombres, de Bofarull. Aquellas deliberaciones en casa de Encarna eran a veces encarnizadas y duraban horas. Después, con el sustancioso cambio de escenario que resultó ser Can Olivé (entre otras cosas, más libertad de movimientos y la comida sufragada por el Ayuntamiento) cambiaron las cosas radicalmente. Es verdad que también llegaron al concurso poemarios en catalán con la suficiente calidad como para disputar el premio a las presentadas en el idioma rival (porque era así, un idioma rival que lucha por echar al otro de la palestra ciudadana). Y algunos libros catalanes pasaron a engrosar la lista de los ganadores, como Engrunes d’estels irates, Somnis de sucre candi o La corba de l’oblit . Y otros hijos escritos tuyos, salidos de tus manos artesanales, vinieron a mis manos. Son los casos de Concreta orfebrería y los ya citados Cándalo y Cárcava con insecto. Releo especialmente Concreta orfebrería porque en su día me pareció uno de tus mejores poemarios y hoy me ratifico. Lo publicaste en 1987 con una nota aclaratoria sobre el número de poemas, 131, que compone el libro. Número capicúa que, además, sumado el 13 primero al 1 siguiente, dan como resultado el total de los versos que componen el soneto. Siempre tan sutil, Antonio, y tan amigo del misterio: 131 sonetos. Eso es Concreta orfebrería, un conjunto paciente y perspicaz de sonetos, composición que comparaste siempre a un toro, por lo difícil de su lidia, aunque ya habías demostrado ser un buen torero cuando conseguiste el Premio Diputación de Albacete con Sonetos en gris mayor. Dices en esa nota que algunos de nosotros, contertulios tuyos, como Díaz Borges, Mercedes Rubios o yo mismo, te habíamos invitado a volver al soneto, y por ello, nos dedicas el libro. Gracias de nuevo por lo que a mí me toca. Vuelvo a leer la carta de Leopoldo de Luis y sigo sin comprender, Antonio, por qué la incluyes aquí, habida cuenta de que el poeta declina la responsabilidad de prologarte el libro y se excusa en el hecho de que antes no lo ha hecho con otros poetas. ¿A qué viene ese modo de humillarte? Tú no necesitas que nadie encabece tus versos con unas palabras que la mayoría de las veces suenan a elogios mal encubiertos. Además, recuerda que tú mismo habías dicho en otros libros que no eras aficionado a que prologuen tus obras. Dejémoslo. Me quedo sin duda con los sonetos que vienen después, bella colección encabezada soberbiamente por el que titulas Esta difícil forja, cuyos cuartetos son los que siguen:
“Herrero como soy del garabato
--filigrana y abuso de ir rimando—
Intento con palabras ir forjando
Un sorprendente miura, o su retrato.
Preparo hierro en rama. Lo maniato
Con hebras de memoria, martilleando
Sobre este crisol virgen, recabando
La huidiza poesía en su recato…”
El libro tiene varios apartados, donde gozar de dichos y maneras, de asuntos y metáforas. Uno, quizá el más importante, es Sonetos humanos, donde vuelves a aparecer tal como siempre fuiste:
“Yo también soy de barro, pero izado
Sobre la orfebrería de la frente,
Con este humor tan gris, dolido puente
Sobre el que me sostengo desguazado…”
A veces un solo endecasílabo te retrata:
“Incorregible asceta de la vida.”
A veces un serventesio:
“Siguiendo este destino proletario
De esclavos al servicio del dinero,
Escribo poesías, necesario
Bálsamo en mis heridas de bracero.”
Otro apartado se titula significativamente Cuatro sonetos sobre la poesía y sin ella, donde te atreves a decir quién es y quién no es poeta:
“Es, por tanto, poeta, no el cultísimo
Hacedor de palabras, ni el que en fácil
Maestría mide y rima a su capricho.
Es poeta, tan sólo, aquel rarísimo
Ser nacido a la gracia de lo grácil
Que es medium de las musas, como he dicho.”
Médium de las musas, acertada definición.
En el apartado Descripciones pintas y retratas lugares y personajes conocidos y anónimos de la tierra, como un molino en ruinas, el pergaminero Benito Laureano o la mujer anónima cuya belleza acapara nada más ni nada menos que diez sonetos.
Hay también en el libro Sonetos con humor como el tildado de “gaseoso” que dedicas a nuestras compañeras de tertulia Visi y Esther, o el “negativo” dedicado a Valentín Graña en el que le reprochas su falta de seriedad o el que parodia otro de Alberti en que el poeta gaditano levantaba la pata para mear. Y Sonetos con nombre y apellido (dedicados, entre otros, a Valentín Arteaga, Amparo Cervantes, Díaz Borges o Juan Carlos Firpo). Y Sonetos del amor enamorado, donde descuellan algunos de los mejores del libro, como el Soneto a la Mujer (Mujer con mayúscula), que empieza:
“Por tu culpa, Mujer, yo soy poeta.
Por tu culpa, infeliz, desesperado.
Soy necio, loco… Amante desusado
Que busca tus encantos como meta…”
Y Sonetos viscerales, donde das rienda suelta a tus penas más hondas valiéndote de lo que tú llamas el “alacrán de la memoria” y de un tú introspectivo:
“Obreros del silencio te han tejido
Un círculo de sombras y de redes…”
Sin duda, el soneto más representativo de este bloque es el que lo cierra, que trata del escaso triunfo del poeta y de la envidia de los otros que hacen lo posible por no reconocer su valía. He aquí el terceto en que resumes lo que piensas de estos otros:
“Y callan, si consigues el acierto
De izar tu vela al triunfo que navega
Por el mar de la fama, tan escasa.”
Hasta doce grupos de sonetos con temática diferente. De los cuatro últimos, Efemérides, Tríptico de Segovia, Sonetos con dedicatoria y Sonetos con carcoma, tal vez los más interesantes sean los que dedicas a la ciudad del Acueducto, en especial Segovia para turistas. Sirvan como ejemplo los versos siguientes:
“Llegamos de mañana, con la nube
De turistas con coche y en mesnada
Y antes de verlo todo, ya me hube
De volver otra vez con la manada.
¡ Sí, piedra! Tenedor; vinazo en jarra
De barro en bodegón para turistas
Que cruzan por Castilla cual merinos…”
Buenos sonetos todos, pese a que alguno, y perdóname de nuevo (los gajes del oficio mandan), no ha podido evitar que se le escape algún que otro decasílabo (“Sin embargo, considero justo”, del dedicado a Ignacio Montero) o dodecasílabos como “en el insomnio… Perenne procesión”, del titulado Desilusión, o “cambio de táctica, desde mi otro punto”, de Insolucionable. A todos nos puede pasar.