jueves, 23 de agosto de 2018

GENTE ZAMORANA Baltasar Lobo, nuestro escultor más internacional


 
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Nuestro escultor más internacionalmente conocido es Baltasar Lobo. Nació en febrero de 1910 en Cerecinos de Campos el seno de una familia humilde. Ya desde la infancia, su espontánea habilidad para el dibujo y el modelado, así como su temprana y decidida vocación artística, dirigieron sus pasos por el camino de la escultura. Con doce años entró como aprendiz en el taller del escultor-imaginero Ramón Núñez en Valladolid, a la vez que se iniciaba como modelador en la Escuela de Artes y Oficios. Gracias a una beca en 1927 pudo continuar su formación en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando en Madrid, donde asistió también a las clases del Círculo de Bellas Artes. Se especializó en la talla directa de la madera y del mármol. Durante estos años descubrió con admiración la obra de los grandes artistas españoles del momento, entre otros, Picasso, Dalí, Miró y Gargallo.
 
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Partidario del bando republicano, durante la Guerra Civil colaboró con revistas de la época, y al finalizar la Guerra se exilió a París donde fijó su residencia. Entabló amistad con Picasso y el escultor Henri Laurens, en cuyo taller trabajó unos años y de quien tomó su interés por simplificar las formas, su afición por los volúmenes curvilíneos y su concepto de estructuración poscubista de la escultura. Durante los años cuarenta perfiló su estilo empezando una figuración simplificada en relación con las formas populares y cierto carácter arcaico, como demostró con sus obras Ídolo y Campesina. Siguió por caminos de creciente abstracción y depuración de las formas. Y su deseo de indagar en el desnudo femenino se tradujo en una iconografía repleta de bañistas y maternidades, y más tarde de ninfas y centauros. Hasta llegar los años cincuenta, en que Baltasar Lobo es ya un escultor maduro que posee un lenguaje propio e inequívoco, reuniendo en sus esculturas la rotundidad de los volúmenes y la perfección en el modelado de las formas, especialmente en las piezas realizadas en mármol y bronce pulidos, esculturas en las que el artista supo aprovechar la plasticidad palpable y luminosa del material, logrando obras de una bellísima y temblorosa transparencia interior, como en Levante y Al sol.


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El sentido monumental de su obra alcanzó su plenitud con dos esculturas urbanas basadas en desnudos masculinos: A los españoles muertos por la libertad, monumento en piedra que se erigió en Annecy, y Homenaje al poeta León Felipe, bronce de un hombre desnudo con las manos cogidas en alto que podemos admirar en Zamora, en el parque que lleva el nombre del poeta de Tábara.

Desde muy pronto, a diferencia de lo que le pasaría en España, la obra de Lobo fue objeto de una importante difusión dentro de Francia recorriendo también galerías y museos de ciudades como Praga, Bruselas, Luxemburgo, Zúrich, Caracas o Tokio, lo que le otorgará desde los años setenta un lugar destacado dentro de la escultura contemporánea europea. Baltasar Lobo contribuyó también al proyecto de la Ciudad Universitaria de Caracas e hizo las ilustraciones para la traducción inglesa de Platero y yo de Juan Ramón Jiménez. Su reconocimiento internacional se tradujo también en numerosos premios y distinciones. Finalmente, gracias a Dios, en los años ochenta se estrecharon sus lazos con la tierra que le vio nacer y que él nunca dejó de llevar en su corazón, de modo que el escultor celebró su primera exposición en Zamora, y  la VIII Bienal de  la ciudad le dedicó una sala especial en homenaje a su fructífera trayectoria artística. Baltasar Lobo murió en 1993 y fue enterrado en el Cementerio de Montparnasse, París. La muerte le sorprendió cuando estaba preparando, en colaboración con diversas entidades públicas y financieras, un ambicioso proyecto museográfico para la exhibición y estudio de su obra en nuestra ciudad.

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Gracias al Patronato Baltasar Lobo se pudo disfrutar de una exposición permanente de buena parte de su obra en la iglesia románica de San Esteban, acondicionada provisionalmente para ello, y en la actualidad, tras la rehabilitación del castillo de Zamora, en él se alberga el Museo Baltasar Lobo. Y en una esquina de los jardines del Castillo, en la antigua Casa de los Gigantes, se encuentra el Centro de Arte Baltasar Lobo, donde se muestran, además de algunas esculturas,  dibujos y fotografías de la vida del artista, así como útiles y herramientas de trabajo.

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A mí, de todas las obras de Lobo, la que más me seduce es La Maternidad, escultura en bronce situada en la plaza de Zorrilla, frente al palacio de los Momos. Representa a una madre que, gozosa por su maternidad, levanta en alto a su pequeño.

 

 

lunes, 13 de agosto de 2018

GENTE ZAMORANA Antonio Pedrero, pintor y escultor


 

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Antonio Pedrero nació en Zamora en invierno de 1939 y desde niño sintió verdadera devoción por los pasos de nuestra Semana Santa, que se guardaban en La Panera (almacén de pasos), situada enfrente del bar que regentaban sus padres, La Golondrina. Sus primeros pasos como artista los dio modelando con el barro que cogía de los parques los pasos de la Semana Santa y pintando en el pavimento de las calles con tiza imágenes y figuras como la del Guerrero del Antifaz, tebeo que todos los adolescentes devorábamos con fruición. Su padre exponía sus dibujos en el bar, donde Julio Mostajo, excelente escultor zamorano, vio una de las obras de Antonio, Los tres mosqueteros, y animó a su padre a enviarlo a una escuela de bellas artes. Así fue como en 1947 comenzó a estudiar en la escuela de arte San Ildefonso y más tarde en la Escuela Central de Bellas Artes de San Fernando en Madrid, donde obtuvo calificaciones extraordinarias. Acabados esos estudios, Pedrero regresó a Zamora para empezar su carrera como pintor.
 
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De entonces data el famoso cuadro que colgó de la pared principal del bar La Golondrina, hoy derruido (el cuadro se encuentra en la actualidad en la Caja España), donde aparecen importantes figuras de la Zamora de aquel tiempo, entre las que destacan, entre otras, las de Ramón Abrantes, Claudio Rodríguez y el mencionado Julio Mostajo.

Tras cumplir el servicio militar, logró por oposición una plaza de profesor de dibujo artístico en el Instituto de Zamora, y más tarde en la escuela de Artes y oficios de Salamanca. A pesar de que Pedrero había comenzado su carrera artística como escultor, la dejó aparcada durante un tiempo a favor de la pintura.
 
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Pero a mediados de los ochenta retomó la escultura con la obra El barandales de honor. También esculpió el grupo del Merlú que en la actualidad se encuentra delante de la iglesia de San Juan de Puerta Nueva.
 
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miércoles, 1 de agosto de 2018

GENTE ZAMORANA Claudio Rodríguez, el poeta de Zamora


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Quien es hoy por hoy nuestro mejor poeta actual, nació el 30 de enero de 1934 en el seno de una familia labradora con bienes. Desde muy pequeño pasó largas temporadas en la finca de su abuela materna en contacto con la naturaleza y las labores del campo. Luego estudió el bachillerato en el Instituto Claudio Moyano. Fue muy buen estudiante y compañero, y jugaba excelentemente al fútbol cuando era chico, al que todos llamábamos Cayín. Al morir su padre, Claudio tuvo que encargarse de la administración de las fincas familiares y del trato con los jornaleros. Su costumbre de caminar por los campos se acentuó aún más y se refugió en la lectura. Se hizo ayudante de un profesor de latín y francés y estudió a su lado la métrica latina, francesa y castellana. Leyó a Rimbaud en su lengua y se mantuvo siempre en contacto con quien fue durante generaciones nuestro común profesor de literatura en el Instituto, don Ramón Luelmo.

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Dos rasgos definieron su personalidad: la atenta observación de cuanto sucedía a su alrededor, incluidos los cantos y los juegos en los corros infantiles, y su impenitente afición a caminar y pasear por la ciudad y por las orillas de nuestro río. En cuanto a su formación literaria, jugó un papel importantísimo la biblioteca paterna: clásicos españoles, en particular los místicos, con los que le unió su actitud contemplativa, y poetas franceses del siglo XIX: Charles Baudelaire, Verlaine y Rimbaud (compartió con este último su pronta madurez poética).

Hacia 1948 escribió sus primeros poemas, que él llamó "ejercicios para piano", y al año siguiente publicó Nana de la Virgen María en el Correo de Zamora. Poco más tarde se trasladó a Madrid para estudiar Filología Románica con una beca y obtuvo el premio Adonais de poesía con Don de la ebriedad (contaba sólo 18 años de edad), libro que impresionó mucho al poeta de la Generación del 27 Vicente Aleixandre, con el que mantendría una amistad profunda, casi filial, y a cuya casa de Wellingtonia acudiría a menudo. Al año siguiente de lograr el Adonais conoció a quien será la compañera de su vida hasta la muerte, Clara Miranda.

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En los primeros meses de 1956 se afilió al Partido Comunista, pero dejó el Partido inmediatamente tras discutir con el hermano de Jorge Semprún. Aun así  participó en los enfrentamientos con la policía entre el 1 y el 9 de febrero, por lo que fue detenido y posteriormente vigilado. A todo esto se licenció en Filología Románica en 1957 con una tesis sobre El elemento mágico en las canciones infantiles de corro castellanas, bajo la dirección de Rafael de Balbín. Y ese mismo verano cumplió el Servicio Militar. En 1958 publicó su segundo libro, Conjuros, que dedicó a Vicente Aleixandre, y, con la ayuda de éste y  Dámaso Alonso, otro miembro distinguido de la Generación del 27, viajó a Inglaterra para trabajar como lector de español en Nottingham. El 23 de julio de 1959 se casó con Clara Miranda y ambos se trasladaron a Cambridge, donde el poeta desempeñó el mismo cargo. Durante los años que estuvo en Inglaterra (permaneció allí hasta1964), descubrió a los poetas románticos ingleses especialmente a William Wordsworth y Dylan Thomas, que influirán de manera notable en su poética. También entabló amistad con el poeta español Francisco Brines, que era lector en Oxford. Antes, en 1963, ya había sido incluido en la antología Poesía última, de Francisco Ribes, en la que aparecen, junto a sus poemas, los de Eladio Cabañero, Ángel González, José Ángel Valente y Carlos Sahagún, autores que conforman el grupo poético madrileño que se dio a conocer en la década de 1950-1960, al que los críticos bautizaron con el nombre de Generación de los 50, como quedó dicho más arriba. En Inglaterra escribió Alianza y condena, que obtuvo el Premio de la Crítica de 1965.

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De regreso a Madrid, se dedicó a la enseñanza universitaria. Los años setenta, pese a las desgracias sufridas por miembros de su familia más directa, el asesinato de su hermana y la muerte de su madre, significan la consagración definitiva del poeta. En 1976, publicó su cuarto poemario El vuelo de la celebración. En 1983, recibió el Premio Nacional de Poesía por Desde mis poemas, recopilación de sus cuatro primeros libros. Le siguieron más premios y reconocimientos hasta que en diciembre de 1987 fue elegido miembro de número de la Real Academia Española, en el sillón dejado vacante por Gerardo Diego. En marzo de 1992 leyó su discurso de ingreso titulado: Poesía como Participación: Hacia Miguel Hernández. En 1993 publicó Casi una leyenda, que será su último libro de poemas. El 28 de marzo de 1993 recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y cinco días después el II Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana de la Universidad de Salamanca. Falleció en Madrid a los 65 años de edad el 22 de julio de 1999. 

Claudio Rodríguez es uno de mis poetas preferidos y sus poemas y escritos ensayísticos siguen siendo una de mis más asiduas lecturas. De entre sus poemas me quedo con los que componen su primer libro, Don de la ebriedad, y como ejemplo copio un fragmento del principio:
 
“Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se halla entre la cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día; así la noche
cierra el gran aposento de sus sombras.
Y esto es un don. ¿Quién hace menos creados
cada vez a los seres? ¿Qué alta bóveda
los contiene en su amor? ¡Si ya nos llega
y es pronto aún, ya llega a la redonda
a la manera de lo vuelos tuyos
y se cierne, y se aleja y, aún remota,
nada hay tan claro como sus impulsos!”

 Y de sus ensayos, elijo para la ocasión el prólogo que escribió para Zamora en la literatura, de Luciano García Lorenzo, otro zamorano enamorado de su tierra. En ese prólogo Claudio Rodríguez dice de Zamora al final del punto I que “es la ciudad de mi alma. Unos andan sin saber qué pisan… “Y consideraba de qué podría aprovechar aquella barahúnda de cosas”. Estas palabras de Santa Teresa de Jesús resumen el retablo, o mejor, la columna de mi interiorización de Zamora. Dicha “barahúnda” llega desde la capilla hasta el altar del Monasterio de Moreruela, hasta la perdiz temprana de La Hiniesta, hasta el Alfoz de Toro… Hasta los amigos, la infancia, la muralla y las putas. Y el vino fiel.” Y al final del punto II: “La ciudad se ha hecho canto. Pero, abierta, espera “en que ya roto el viejo, nazca al día el hombre nuevo.” Siempre en la entraña, como este libro. Pero que acaben los ecos (estas palabras) y que comiencen las voces verdaderas. ¿Verdad, don Ramón Luelmo?”