martes, 27 de agosto de 2013

DE QUEVEDO A VELÁZQUEZ


 
En la anterior vuestra merced me contaba lo mal que lo había pasado sirviendo de aprendiz en el taller de Francisco Herrera el Viejo y las malas pulgas que gastaba el pintor. Sin embargo, a mis oídos ha llegado en estos últimos tiempos cosas no tan malas y alguna hasta positiva; y no sólo me refiero a la obra pictórica que ha salido de sus esplendorosas manos, de la que recuerdo dos cuadros que siempre me han gustado mucho: los Pasajes de la vida de la Virgen y El último juicio. Aunque la anécdota que voy a narrarle (tal vez vuestra merced la conozca ya) está relacionada en parte con una de sus pinturas más famosas, el cuadro que pintó a San Hermenegildo y que se conserva en el convento de los jesuitas del mismo nombre de Sevilla.
Y vamos a la anécdota. Resulta que entre las murmuraciones que los muchos enemigos que tenía Herrera habían propalado por la ciudad andaluza destaca la de que el pintor fabricaba monedas de oro falsas, y llegó un momento en que no sólo era murmuración pues había algunos que aseguraban haber visto esas monedas en poder del pintor y estaban dispuestos a presentar pruebas de ello en cuanto se lo pidiese la justicia. Y llegó a tanto el asunto, que esta última se dispuso a actuar lo más rápidamente posible. Avisado sin embargo Herrera por un amigo de confianza, corrió a refugiarse en el Colegio de San Hermenegildo, donde tiempo atrás había pintado el cuadro que sobre el santo mártir se halla colgado en el altar mayor de la iglesia. Allí nadie fue a molestarlo y durante años vivió en completa paz al lado de los frailes del convento. Hasta un día en que el pintor vio que se hacían grandes preparativos en el Colegio como si una personalidad muy importante estuviese a punto de visitarlo. Y así fue porque al día siguiente nada más y nada menos que el rey Felipe IV, acompañado de la Reinay de un nutrido grupo de cortesanos, fue a visitar el convento. Y recorriendo las galerías, los patios y las dependencias de la construcción, el Rey se quedó extasiado en la contemplación del cuadro de San Hermenegildo que domina el retablo del altar mayor de la iglesia. Al punto preguntó al fraile que le guiaba en la visita el nombre del autor de tamaña maravilla, y el interpelado le contestó:

--El autor, su majestad, es un fabricante de monedas falsas que, para salvarse de la justicia, vino a refugiarse a este convento, donde todavía sigue viviendo entre nosotros.

--Como en esta causa son juez y parte—respondió enseguida el Monarca—que comparezca ante mí ese artista fabricante de monedas falsas. Deseo conocerlo.

Y dicho y hecho. Fueron a buscar a Herrera, que, temeroso por lo que pidiera ocurrirle, se presentó ante el Rey arrojándose  a sus plantas.

Entonces Felipe IV tocó con sus manos la frente del pintor y dijo mientras volvía a mirar al cuadro de San Hermenegildo:

--Quien ha sido capaz de pintar con sus manos tan excelso cuadro, no necesita oro y plata para vivir. Levantaos, que sois libres de vuestro delito, siempre que no volváis a cometer ningún otro de parecida importancia.

Y hasta aquí la anécdota que le anuncié. Ahora me gustaría que me contara vuestra merced alguna cosa de cuando estuvo a las órdenes de su segundo maestro Francisco Pacheco.

lunes, 26 de agosto de 2013

LO QUE QUEDA DEL MOLINO DE SA PUNTA


 
Lo que queda del molino de Sa Punta
canta ahora a la sombra
en un césped del jardín del paseo de Ses Fontes
frente al azul impecable de la bahía.
Las ilustres maderas,
el viento detenido entre sus nidos,
la rueda sin movimiento…
Todo duerme apaciblemente su merecida siesta.
 
Acaso mi compañera
sueña en la harina de otro tiempo,
que es también el de ahora,
el tiempo eterno que sabe respirar
en su mirada de miel,
el tiempo sin tiempo…
 
Los barcos esperan en los muelles,
sin prisas,
como la Carabelaen el nido del Huevo,
como los niños ante el teatro de marionetas del Paseo,
como el libro que respira dentro de su ternura…
 
La tarde es una amante fiel
que aguarda bella en el paseo del mar
entre tiendas de perfumes y pareos.
 
Los dos caminamos dejándonos llevar
como las gaviotas en los caminos del aire.
 
¡Esta calma isleña,
esta luz tranquila!
¡Renglones para no morir nunca,
para vivir ya siempre colgados de los sueños!
                                                                                                       San Antonio (Ibiza), 2010

domingo, 25 de agosto de 2013

AUTORRETRATO DE ESPINÁS EN CASTELLANO (y 3)


Pienso que es bueno que un escritor sepa circunscribirse a sus límites de capacidad. Si no se puede convivir felizmente con el oficio, debe ser difícil convivir con la vida. Describir es un ejercicio  fundamental. Entrenarse en la observación y en la crítica del resultado. Describir para aprender a desenamorarse del yo, probablemente mediocre. Todo lo que se escribe tiene fecha de caducidad. Prohibirse tanto la soberbia como la humildad.

Literatura es lo que los editores, los críticos, los autores, los lectores o los no lectores creen que es literatura.

Vivir, escribir. Dos oficios satisfactorios, personales, para extinguir. (Què rima amb escriure.)

 

Poner una hoja de papel blanco en la máquina de escribir es como prepararse una trampa a uno mismo. He caído en ella unos cuantos miles de veces. Una trampa especialmente peligrosa porque no es traidora, no oculta nada. Utiliza precisamente el vacío para inmovilizar a la víctima. Pero yo no soy la víctima de ella, sino el autor de La Trampa. La he creado para poder entrar en ella y encontrar la manera de salir de ella. La salida no la he descubierto nunca buscando la palabra mágica, sino pensando un poco. La acción de pensamiento indispensable para continuar pensando el día siguiente –y si puede ser, de una manera más precisa. La trampa de obligarse a pensar un poco cada día hasta que pensar se convierta en un hábito.

Para salir de la trampa del papel blanco no se ha de esperar que llegue un gran pensamiento, porque uno se expone a vivir siempre en la trampa vacía. Hay bastante con un pensamiento sencillo y redondo, que es el que nos dará confianza para prepararnos una nueva trampa. (Posar un full de paper.)
 

 


Los animales se lo pasan todo, de generación en generación. Cuando muere un humano, todo lo que sabe, todo lo que ha aprendido, desaparece. Los rastros que quedan en los otros de todo lo que ha construido día a día, a lo largo de tantos años, son rastros irrisorios. No podemos heredar nada, no podemos trasplantarnos nada. Hay sistemas informáticos compatibles, pero no hay sistemas cerebrales acoplables. (Cervells.)

 

En ningún lugar se ha dicho todo. Ni a nadie se ha dicho todo. Sólo una pequeña parte, muy limitada, del hipotético todo se ha dicho a alguien, en algún lugar y en algún momento.

Es más razonable creer que nunca se ha dicho nada que se pueda repetir exactamente al mismo oyente o al mismo lector. Porque quien dice cambia, y también cambia quien escucha o lee lo que se dice.

Confunden pensar y decir… Sospecho que no todo ya está definitivamente pensado, en este mundo, pero es seguro que no está todo dicho. Porque decir –en una conversación de amigos, en una página literaria—siempre es un decir que depende del carácter o del ánimo personal, de las palabras que se encuentran o se eligen, del espacio y del tiempo en que se han elegido o encontrado.

Decir no es un qué ya construido para siempre, sino un cómo, que se construye cada uno. Y por eso, a lo largo de las generaciones, continuamos hablando y escribiendo. Y escuchando y leyendo cosas que no nos habían dicho nunca. (No s’ha dit tot.)
 

 

 

sábado, 24 de agosto de 2013

AUTORRETRATO DE ESPINÁS EN CASTELLANO (2)


Las emociones que me hacen sentir las debe ordenar el cerebro, mientras que una melodía, ondulante, es como una serpiente que infiltra un veneno directamente en la sangre. Lo que me enternece no son las palabras que no siento, la memoria de una situación que no he vivido.

Puede ser la sensación biológica del paso del tiempo. Como si el cuerpo tuviera unos sensores que captaran este paso en la sucesión de estímulos musicales. (Melodies.)

 

Cuando escucho a una persona importante –por su ética, su inteligencia, su cultura, su vitalidad--, procuro entender lo que dice. (Mirar, escoltar.)
 

 

Lo que identifica una obra de arte es la creación de un ritmo. En el cine, no sólo la belleza de las imágenes, sino el ritmo de su montaje. En el teatro, más que lo que se dice, el ritmo escénico. En la pintura, no sólo la calidad de los colores, sino la composición en un espacio. En la música, no la producción de unos sonidos, sino la elección de un ritmo ordenador. En la narrativa, más que las palabras, las frases organizadas en una sucesión rítmica determinada.

La acumulación de gestos, de sonidos, de colores, de palabras no es nada. Sólo son acciones. La acción necesita un ritmo para que sea una obra de arte – o para nos parezca arte a nosotros. (Ritme.)

 

Como escritor, los adjetivos me dan un poco de miedo. El adjetivo sorpresa conviene que vaya detrás. Cuanto más suave sea el que va delante y más duro el detrás, el efecto es más sugerente: un cielo rosado y moribundo. La adjetivación es una técnica de selección y combinación.

La fabricación de adjetivos puede ser hecha con una astucia profesional de tanta calidad que no se descubra el truco. Pero se ha de ser prudente. Con demasiados cubitos de hielo se enmascara tanto la excelencia como la mediocridad de un whisky. (Adjectius.)

 

Hace milenios que hay bosques y montañas y valles oscuros y silenciosos en la noche. La Naturaleza (con mayúscula). No es la mía. Demasiado vaga, inmensa, distante. Permanente. Mi minúscula naturaleza propia es de ámbito pequeño, pero dialogante. Temporal. Cuando camino por las calles y me doy cuenta de que las luces están ahí, siento la compañía del mundo donde quiero vivir. No hay cielo, no hay desierto sobre la cabeza; sólo hay en él lo que está a la altura de los ojos. Los escaparates. La gente que espera delante de un cine…(Llums de tardor, a ciutat.)

 

La memoria del paladar depende de la memoria de la situación. Qué ves, qué te rodea, con quién estás, cómo te encuentras, las ganas de estar bien… Lo que comes entra en esta memoria. (Parlant de pressecs.)

 

Las ventanillas de los aviones son mis mejores profesores de geografía. Desde un avión entiendo muchas cosas. Clarísimas lecciones sobre la organización de los espacios.

A pie y en avión, los dos grandes viajes, por el atlas geográfico, por el atlas humano. (Des de l’avió.)

 

Afortunadamente, conocerse uno mismo es imposible.

Un viaje a pie es un viaje al exterior de uno mismo. Un intento higiénico de desprotagonizarse. Contra la vanidad de autodefinirse, el placer de inventarse. A cada paso, el hombre que se mueve renuncia a una posición que había adquirido. (Interior i exterior.)

 

La vida es una sucesión de olvidos fácilmente asimilables. (Mary Poppins.)

 

Pienso que es bueno que un escritor sepa circunscribirse a sus límites de capacidad. Si no se puede convivir felizmente con el oficio, debe ser difícil convivir con la vida. Describir es un ejercicio  fundamental. Entrenarse en la observación y en la crítica del resultado. Describir para aprender a desenamorarse del yo, probablemente mediocre. Todo lo que se escribe tiene fecha de caducidad. Prohibirse tanto la soberbia como la humildad.

Literatura es lo que los editores, los críticos, los autores, los lectores o los no lectores creen que es literatura.

Vivir, escribir. Dos oficios satisfactorios, personales, para extinguir. (Què rima amb escriure.)
 

 

 
Poner una hoja de papel blanco en la máquina de escribir es como prepararse una trampa a uno mismo. He caído en ella unos cuantos miles de veces. Una trampa especialmente peligrosa porque no es traidora, no oculta nada. Utiliza precisamente el vacío para inmovilizar a la víctima. Pero yo no soy la víctima de ella, sino el autor de La Trampa. La he creado para poder entrar en ella y encontrar la manera de salir de ella. La salida no la he descubierto nunca buscando la palabra mágica, sino pensando un poco. La acción de pensamiento indispensable para continuar pensando el día siguiente –y si puede ser, de una manera más precisa. La trampa de obligarse a pensar un poco cada día hasta que pensar se convierta en un hábito.

Para salir de la trampa del papel blanco no se ha de esperar que llegue un gran pensamiento, porque uno se expone a vivir siempre en la trampa vacía. Hay bastante con un pensamiento sencillo y redondo, que es el que nos dará confianza para prepararnos una nueva trampa. (Posar un full de paper.)

jueves, 22 de agosto de 2013

AUTORRETRATO DE ESPINÁS EN CASTELLANO


                    (A partir de Temps afegit, La Campana, Barcelona, 2001)

 

La vida es azar, desde el hecho del nacimiento hasta el hecho de la muerte.

No tengo la sensación de haber perdido el tiempo, ni tampoco el de haberlo explotado. He gastado el tiempo libremente en actividades y en pausas diversas, sin haberme propuesto ningún plan de inversión.

Tengo tendencia a narrar observaciones y cierta coherencia personal. A estas alturas de la vida me tranquiliza poder continuar escribiendo con libertad. (Temps afegit.)

 

La oscuridad y la claridad hacen la bandera del mundo. (La persiana.)

 

Me gusta ir a pasar ocho días en una ciudad extranjera.

En el momento en que miro el primer escaparate, o espero que el semáforo se ponga verde, o leo en una placa el primer nombre de una calle, es cuando siento que el viaje ha comenzado, que puedo jugar al azar del espacio y sentirme en él señor del tiempo. (Quan comença el viatge.)
 
 

 

 
La mirada tiene una memoria que también envejece. (La finestra.)

 

Me gusta escuchar algunas canciones que recogen un hecho muy concreto de la experiencia humana. Canciones hechas con la inteligencia de la sencillez, porque sus autores sabían que el corazón funciona con pequeños latidos, y las emociones que perduran no son nunca las taquicárdicas.

Una canción capaz de crear un escenario permite que todo el mundo entre en él. (Aquestes cançons.)

 

Si decimos que hay cosas que pasan de padres a hijos es porque la vida individual no puede pasar. Morir quiere decir alzar una barrera impenetrable y, en los hijos, lo que más se ve del padre es su ausencia. Esta ausencia aparece en un gesto, en una manía, porque hemos heredado la manía o el gesto como una fatalidad, mientras que los sentimientos y los pensamientos que había detrás no han podido transmitirse. (Mirar els germans.)

 

No sabría entrar en una platea de teatro abriendo simplemente una puerta, como la puerta del piso, la de la oficina, la del café habitual. El misterio solicita un mínimo itinerario.

Compadezco a los que suben a un barco cuando ya retiran la escala, me gusta estar sentado en la platea de un teatro antes de que el barco empiece a moverse, embarcado en la magia del viaje inminente y, expectante, asistir al nacimiento del primer oleaje. (Seure al teatre.)
 

 

Miro todo lo que hay en las fotos. Muchas cosas. Pero todo se me desenfoca inmediatamente porque cuando miro estas fotos veo en ellas lo que no hay.

Una fotografía inmoviliza lo que reproduce y no puede retratar nunca nada de lo que hay alrededor. Y todo lo que hay alrededor es lo que yo veo cuando miro una fotografía. Una buena foto es la que nos hace revivir lo que no sale en ella, el punto de partida para recuperar lo que se ha hecho invisible. (Fora de les fotografies.)

 

Nunca he creído que un escritor pueda elegir de qué manera quiere ser. Un escritor es como es y escribe como escribe.

Ser un escritor de mayorías o de minorías es una fatalidad incorregible. Está inscrita en los genes de cada escritor, a quien le han tocado un cerebro, una sensibilidad y una aptitud narrativa, descriptiva y de lenguaje que constituyen su identidad natural de escritor. Si ya no ha sido posible inventarse la clase de escritor que uno es, siempre fracasará el intento de inventarse el escritor que uno no es.

Un escritor sólo puede producir vinos de su denominación de origen. Si eso se viera claro, la paz literaria sería un hecho. (La fatalitat de l’escriptor.)

 

Pienso que sin proponérmelo, escribo para algunas personas que pertenecen a uno de estos dos ámbitos diferentes, el minoritario y el mayoritario. Y lo pienso porque algunas personas de una clase y algunas de la otra me dicen que me han leído.

Este hibridismo tal vez proporciona, como compensación, un cierto relativismo higiénico-mental vital. (L’hibridisme.)

martes, 20 de agosto de 2013

DE VELÁZQUEZ A QUEVEDO


 
 

Me pide vuestra merced que le recuerde detalles de mi vida relacionadas con mi obra pictórica y, como es natural, empezaré por el principio, es decir, por los años en que fui aprendiz de pintor. Y todo sucedió de la forma más sencilla. Como mi padre viera que emborronaba los libros y cartapacios de mis primeras letras con dibujos de todo tipo, encontró más acertado ponerme en la escuela de Francisco de Herrera el Viejo. Éste era como artista muy buen pintor, pero como hombre tenía el carácter de un basilisco; así que muy poca gente lograba convivir bajo su mismo techo. Con decirle que su hija por no aguantar su condición desabrida y áspera se metió monja y su hijo huyó a Italia tras robarle, se lo digo todo. Los discípulos tampoco aguantamos mucho sus intransigencias e insultos, y yo mismo, cansado de que recriminara mis formas y procederes en repetidas ocasiones y sin causa conocida, abandoné el taller no habiendo cumplido aún los catorce años para ingresar en el de Francisco Pacheco.
Los dos Franciscos sólo se parecían en el nombre pues este segundo era un modelo de sabio sencillo y generoso que no dudaba en trasmitirnos a los discípulos cuanto sabía de técnicas y modos pictóricos, a la vez que nos daba ánimos cuando alguna parte del proceso de la pintura emprendida se nos resistía.

lunes, 19 de agosto de 2013

DOS JOYAS DE LA COMUNICACIÓN

Ligando bronce

La otra noche me llevé una sorpresa morrocotuda al oír decir a un periodista deportivo que una atleta española había ligado bronce en una prueba de su especialidad. Así, había ligado bronce, sin duda en vez de había conseguido una medalla de bronce. En mis tiempos se decía ligar bronce a ponerse moreno en la playa en verano.
 
 
 
 
 
Necesidades físicas de perro
 
Y hoy, en un telediario de mediodía, a la pregunta formulada por la periodista de turno a un usuario de la playa sobre si veía bien que los perros compartiesen la playa con los bañistas, ni corto ni perezoso soltó esta primicia: No veo bien que entren aquí los perros porque por todas partes hacen sus necesidades físicas y líquidas. Delicado el hombre, desde luego; pero confundir físicas con sólidas... El lapsus es bueno, pero la frase a que da lugar, verdaderamente simpática. ¿No les parece?