miércoles, 13 de marzo de 2013

SABER DE POESÍA (8)


II. DEL LIBRO DE POEMAS

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
En primer lugar habría que partir de la base de que un buen libro de poemas es, en principio,  el que está formado por buenos poemas, independientemente de si está más o menos bien estructurado y el título es lo suficientemente claro como para saber y aunar de entrada el contenido del libro, ambos factores, junto a otros que examinaremos a lo largo de este segundo apartado de nuestro modesta contribución, igual de importantes que el que sirve de arranque para el presente párrafo.

Ejemplos de buenos libros que parten del hecho incontestable de estar formados por versos y poemas de alta calidad los encontramos en nuestra propia poesía.

Para no hacer exhaustivo este apartado, citaremos por orden cronológico una veintena de títulos desde Jorge Manrique a Miguel Hernández:

 

Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique (1440-1478)

Buenos ejemplos de estrofas de pie quebrado (cuyo esquema métrico es 8a 8b 4c 8a 8b 4c) agrupadas de dos en dos y separadas por números romanos (hasta un total de 40), que, además de trazar una semblanza del padre del poeta y su conformidad cristiana ante el hecho de morir,  hablan de la conveniencia de vivir rectamente la vida terrena para lograr la vida de la fama y la salvación eterna y del poder igualatorio de la muerte.

Así empieza el libro:

“Recuerde el alma dormida

avive el seso y despierte

contemplando

cómo se pasa la vida,

cómo se viene la muerte,

tan callando;

cuán presto se va el placer,

cómo, después de acordado,

da dolor;

cómo, a nuestro parecer,

cualquiera tiempo pasado,

fue mejor.”

 

En el caso que nos ocupa, se cumplen a la perfección los tres aspectos citados en el primer párrafo:

Obra con calidad de versos y poemas,

Con título claro que permite saber y aunar el contenido de la obra y

Con estructura cerrada.

 

lunes, 11 de marzo de 2013

MONÓLOGOS TEATRALES (1)


MONÓLOGO DE LA SOMBRA

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
La acción transcurre en una celda. A la izquierda, junto a los barrotes, situados en la falsa pared del público, se halla el camastro donde descansa el preso.

PRESO (Despierta y, reparando en el público, se levanta y se agarra a dos barrotes.) Se preguntarán por qué estoy aquí. Todo empezó una noche en el lavabo de casa en que una sombra se me metió en el ojo derecho. Apenas duró un instante, pero cuando volví a la cama caí tan profundamente dormido, que al despertar era ya muy tarde. (Pausa.) En el trabajo me llevé una solemne bronca del jefe. Menos mal que, gracias a la visión que había adquirido de repente mi ojo derecho, en nada rellené los documentos acumulados sobre mi mesa. (Pausa.) Esa misma noche me ocurrió lo mismo, pero esta vez la sombra se alojó en este ojo. (Señalándose el izquierdo.) (Pausa.) Caí de nuevo en la cama, (Juntando las manos a un lado de la cara), y dormí como un bebé hasta las doce del día siguiente. Esta vez el jefe se puso como un basilisco y me amenazó con despedirme si volvía a llegar tarde. Pero como que el día anterior, mi inmejorable visión me ayudó a acabar en un tiempo récord la ingente tarea que me esperaba. (Da unos pasos por la celda. Regresa a los barrotes.) Me acostumbré a esperar con ansiedad la benefactora presencia de la sombra. Porque debo decirles que yo era entonces un cúmulo de imperfecciones físicas: (Se irá señalando cada lugar mencionado.) cataratas, próstata, artrosis en las manos… (Pausa.) El caso es que la tercera noche la sombra vino a mis manos. (Pausa.) Al instante noté una agilísima actividad en los dedos. (Los agita fuera de los barrotes.) Contento como una castañuelas, me metí en la cama y no desperté hasta la tarde del día siguiente. (Pausa.) Cuando llegué al trabajo, mi jefe me esperaba con la carta del despido. Le saludé como siempre mientras advertía que mis ojos podían ver el fajo de billetes que escondía en uno de los bolsillos de su americana; así que, sin mediar palabra, con una mano le cogí la carta y con la otra, con una agilidad a toda prueba, le saqué del bolsillo el fajo de billetes sin que notara nada. Salí del despacho y enfilé el pasillo de salida pensando que para nada necesitaba yo volver a trabajar con la estupenda visión y las agilísimas manos que mi querida sombra me había proporcionado. (Pausa.) (Pensativo, da unos pasos por la celda. Vuelve a los barrotes con gesto serio.) Pero advertí enseguida que a medida que daba un nuevo paso hacia la salida se alargaba un metro más el pasillo que tenía delante. Al poco tiempo era ya un túnel y no parecía terminar nunca. (Con un tono de voz cada vez más elevado.) Entonces decidí darme la vuelta y regresar al despacho mientras la idea de devolverle el dinero a mi jefe para ver si me reintegraba al trabajo me rondaba la cabeza. Pero también el pasillo de ese lado empezó a alargarse y cuanto más deprisa andaba en esa dirección, más se estiraba el pasillo y la puerta del despacho enseguida se hizo un punto en la lejanía. (Pausa. El tono de su voz se vuelve triste y apagado.) Un túnel infinito llevaba a la salida y otro túnel infinito al despacho del jefe. Y yo en medio de ninguna parte. Así que, atenazado por el pánico y en un último intento de salir de aquel laberinto, pedí ayuda a mi querida sombra, ayuda que no se hizo esperar. (Señalándose la cabeza.) Entró directamente en mi cabeza y, en medio de una gran tranquilidad, perdí el conocimiento. (Pausa.) (Torna a separarse de los barrotes para sentarse sobre su camastro.) Lo que pasó desde entonces hasta este momento se lo pueden imaginar. Descubrieron el dinero del jefe en mi poder y me trajeron aquí. (Torna a levantarse y a agarrarse de los barrotes.) Ah, y de la sombra, nada de nada. (Ríe irónicamente.) Lo que sí estoy haciendo es pasar una temporada a la sombra (Ríe de nuevo.)

FIN

martes, 5 de marzo de 2013

EL RELATO DEL MES


                                    LOS TEBEOS DE ANTOLÍN                                                           

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Cuando me colé en el cuarto donde estaba el ataúd con el cuerpo de Antolín, tan quieto y tan amarillo, me pareció estar en otro mundo. Su cara ya no era la de aquel niño que intentaba a veces sonreír cuando le contábamos alguna de nuestras aventuras por las huertas del barrio o las últimas hazañas de Carlos el Latas en el río ante la mirada asombrada de decenas de personas asomadas a la barandilla del Puente.

Antolín, metido en una caja de madera barnizada, tenía la nariz afilada, las manos cruzadas sobre el pecho y un rosario enredado entre los dedos. Como no había allí nadie más que yo, me incliné sobre él y le toqué una mano. ¡Qué helada estaba! ¡Qué tristeza me entró de repente!

Pero no se me escapó ni una lágrima. ¡Qué cosas más raras nos ocurren cuando somos niños! A veces llorábamos viendo una escena tonta de una película de dibujos animados, y otras permanecíamos con los ojos secos aunque tuviéramos muchas ganas de llorar. Como yo cuando estaba a solas con el ataúd donde se helaba el cadáver de Antolín.

La madre entró con una corona de flores en el cuarto donde estaba su hijo de cuerpo presente y la colocó a los pies de la cama. Entonces reparó en mí y, mientras me acariciaba la nuca, se le escapó un sollozo. Me escurrí hacia la sala contigua donde estaban los familiares y los vecinos rezando el rosario en torno a una mesa llena de dulces y algunos licores.

Luego llegó don Alberto acompañado de un monaguillo y eso fue el toque de alarma para que las mujeres allí reunidas estallaran en llanto. Yo sabía que iba a empezar de un momento a otro la parte más dolorosa del velatorio, aquella en la que el cura se dirigiría al ataúd donde dormía para siempre Antolín para rezar los responsos con voz grave y triste mientras el hisopo lanzaba agua bendita sobre el cuerpo muerto y en los rincones de la estancia despertaban las intensas fragancias de las coronas de flores.

Y luego ocurrió lo que yo nunca me había imaginado. Durante unos segundos don Alberto, mientras decía aquello tan terrible de “Dies irae… lux aeterna… requiescat in pace…”, tembló de arriba abajo. Durante unos segundos su negra sotana se agitó como un junco bajo el viento. Lo juro. Él, un hombre de Dios, siempre tan fuerte en los diversos avatares de la vida, estaba verdaderamente emocionado por la muerte de Antolín. Entonces sentí un calambrazo en la espalda y unas ganas inmensas de deshacerme en lágrimas.

Salí a la calle y bajé hasta la orilla del río. Allí, mientras el agua bajaba brincando sobre los guijarros camino del primer ojo del Puente, di rienda suelta al llanto. Cuando, al cabo de un rato me sentí aliviado, empecé a subir la cuesta mientras pasaban raudamente por mi cabeza mil momentos de la vida del barrio, con sus personajes más carismáticos y sus aventuras más chocantes, los juegos con los amigos, el aire del soto, la piedra Lupe, las tartanas del señor Rafael, los pichones de la aceña, los recortes de pan de ángel, la carcoma de la iglesia, los gusanos de seda y los tebeos de Antolín…

Y aunque sabía muy bien que la gente nace, vive y acaba muriéndose, vi con claridad la enorme diferencia entre la muerte del señor Longinos, que había muerto muy mayor, y la de Antolín, que se había ido siendo todavía un niño. Al menos el señor Longinos había vivido y disfrutado lo suyo, pero ¿y el pobre Antolín? Siempre atado a su silla de ruedas y sin haber podido bañarse ni una sola vez en el río, subir a los árboles a coger nidos o saltar las tapias del Carruco para robar unas cuantas peras... Instantáneamente pensé en la injusticia del mundo y de la vida.

Cuando llegué a casa, ya mi madre había vuelto del entierro. Se me ocurrió decirle:

--He visto llorar a don Alberto.

Mi madre me miró fijamente a los ojos. Luego, con toda la delicadeza del mundo me preguntó:

--¿Sí?

--Sí. Cuando bendecía el ataúd con el hisopo de agua bendita.

Mi madre me revolvió el pelo, como siempre que me veía preocupado. Luego dijo:

--Piensa, hijo, que don Alberto antes que cura es hombre, y tiene sentimientos como los demás. ¿A quién no hace llorar la muerte de un niño?

Y me abrazó tanto que casi me deja sin respiración. Luego cambió de tema:

--La madre de Antolín me ha dicho que, cuando pasen unos días, te acerques por su casa, que tiene que decirte algo.

Las palabras de mi madre me sorprendieron.

--Pues hoy me ha visto y no me ha dicho nada.

--Hoy no era día para decir muchas cosas, ¿no crees?

Y volvió a estrujarme entre sus brazos.

Al cabo de una semana aún seguía sin atreverme a pasar por la casa de Antolín para ver qué quería decirme su madre. Y una tarde que bajaba a pescar barbos al garbanzo,  la madre de Antolín me llamó al pasar. Dejé la caña en la puerta y seguí a la mujer hasta el interior de la casa. Me extrañó el silencio que había allí dentro y, de refilón, eché una ojeada a la habitación del niño muerto. Un escalofrío me bajó por el espinazo al entrever en las sombras del cuarto su silla de ruedas.

--¿Quieres un poco de pan con chocolate?—me preguntó solícita.

--No, gracias. Ya he merendado.

--Como quieras. Siéntate un momento.

La obedecí y, mientras ella entraba en la habitación del chico a buscar algo, yo apoyé los codos sobre la mesa del comedor cubierta con un hule donde tantas veces había hablado con Antolín mientras cambiaba con él las aventuras de Roberto Alcázar y Pedrín, El Cachorro o El Guerrero del Antifaz, siembre ante la mirada atenta de su madre.

Un montón de recuerdos de escenas entrañables se agolparon en mi cabeza. Pero no tuve tiempo de recrearme con ellos porque la mujer de la casa apareció portando dos cajas que enseguida reconocí. El corazón me dio un vuelco cuando las puso delante de mí. Luego me cogió las manos y me miró a los ojos profundamente. Me dijo:

--Sé cuánto te quería Antolín. Siempre hablaba de ti y decía que eras diferente de los que venían a cambiar sus tebeos con él. Decía que tú sabías cuidarlos y contabas sus aventuras como nadie. Por eso he creído que sus tebeos debes tenerlos tú.

Se me hizo un nudo en la garganta y no pude evitar que se me empañaran los ojos. Le di las gracias.

Minutos después, con la caña al hombro y las cajas de tebeos bajo el brazo, me olvidé de la pesca y regresé a casa llorando a moco tendido. La primera en verme con los ojos rojos fue mi hermana Mari. De un golpe me limpié las lágrimas con el dorso de la mano para que no me viera.

--Has llorado—dijo con cierto tono de burla.

--¡Qué va!—respondí haciendo notar al momento mi orgullo de niño--. Ha sido un granito de arena que se me ha metido en el ojo.

Luego fui a la sala donde cosía mi madre ante la luz que entraba por el balcón. Le di un beso y le conté lo que me había pasado con la madre de Antolín y lo que me había dicho, aunque no fui capaz de terminar, ahogado por los sollozos.

--Deberías estar contento—me dijo.

--Y lo estoy, pero no puedo dejar de llorar.

 
(Del libro Cuentos del Barrio)

domingo, 3 de marzo de 2013

EL POEMA DEL MES


ÁVILA



 



 
Piedras y mártires
contigo crecen, Ávila, hasta el cielo,
de almenas rodeados.
Y en su vuelo
navegan los escudos
de muertos caballeros,
litigios entre moros y cristianos,
ansiedades de santos andariegos…

A plena luz del día
el tiempo gira en círculos concéntricos,
y de noche se para
trayéndote el sosiego
donde duermen las ansias
del príncipe don Juan, de amores muerto,
las fatigas de aquellos carmelitas
luchando por sus sueños.

Sólo aquí esto es posible,
donde se para el tiempo.
Donde san Juan escribe
la noche oscura de su claro verso,
ciervo herido que busca
la mano que lo hiere y tiene preso.
Piedras y espíritus, Ávila,
donde la tierra es cielo.

Sólo aquí esto es posible,
donde la piedra es alma de convento.
Donde encontró Teresa de Jesús
al más alto amor en los pucheros,
avecilla que al fin dejó la cárcel
que formaba la arcilla de su cuerpo.
Anhelo de Castilla, Ávila,
donde más cerca espera el cielo.

viernes, 1 de marzo de 2013

POEMA RESCATADO


Catedral




















Torre del Salvador,
dedo de piedra
que Dios alza en Zamora
sobre la magia audaz del río Duero,
campanas del pasado,
arcos que descienden hacia el Uno
donde Todo se besa con la Nada
y la Nada remonta al cielo entero.

Cimborrio bizantino,
seno de piedra
que la ciudad ofrece
a la magia del aire y el vencejo,
sueño de escamas
en alas encendido,
vuelo que eleva mi mirada al cielo.

(Del cuaderno Arte en la raíz)