miércoles, 2 de noviembre de 2011

Memorias de un jubilado

Todos los Santos
Ayer, un día luminoso, impropio para estos tiempos que corren, nos dimos una vuelta por el pequeño y hermoso cementerio de Tossa de Mar. Un jardín en medio, sombreado por un gigantesco madroño, cuyos frutos rojos aparecen esparcidos sobre la yerba, y el perímetro cuadrado con nichos. Lo demás es silencio, cipreses centenarios y algún que otro visitante arreglando la última morada de sus seres queridos.
Mientras paseábamos con recogimiento por el breve recinto, no pude por menos de recordar el cementerio inmenso de Montjuic, asomado al mar, donde descansan para siempre mis padres. Hasta hace poco solía ir con un ramo de gladiolos hasta allá arriba para estar un rato con ellos. Luego dejé de ir porque salía de allí deprimido.
Ahora me conformo con seguir recordando sus lecciones de honradez y trabajo bien hecho, dedicación a la familia y amor por los hijos. Recodaba ayer también, mientras daba una vuelta por el recoleto camposanto de Tossa de Mar, los paseos que dábamos toda la familia allá en mi tierra natal hasta el cementerio de San Atilano para hacer una visita a los muertos, aunque no teníamos ninguno allí. Esa costumbre altruista y compasiva, de participación con los demás, que me enseñaron mis padres, nunca se me ha olvidado. Recuerdo, sin embargo, que lo que más se me ha quedado en la memoria del camino al cementerio son los puestos de castañas que se instalaban a ambos lados del recorrido cuyo aroma se extendía por los campos vecinos y el humo gris que escapaba hacia el cielo nublado; rara era la vez que no acabaran algunas castañas asadas en nuestros bolsillos y allí se quedaban calentando un poquito nuestras manos ateridas de frío.
Todos los Santos es un día de esos que es imposible desterrar de nuestra mente. Cada uno a su manera, vivió, vive y vivirá esa jornada recordando a los suyos.

viernes, 28 de octubre de 2011

Memorias de un jubilado


Volver a La Pineda
Volver a La Pineda, este bello rincón del Mediterráneo tarragonés, es volver a un sinfín de sorpresas inmersas en un mar de calma y dolce far niente. Es la segunda vez que visitamos este conjunto de palmeras y paseos por la orilla del mar, juegos termales de aguas benefactoras y espectáculos y bailes nocturnos que disipan preocupaciones de todo tipo. La primera vez que llegamos a La Pineda, este complejo turístico (no menciono el nombre del hotel por no hacer publicidad gratuita) donde los alrededores ajardinados y el bufet libre son memorables, quedamos completamente fascinados por la limpieza, orden, atención al cliente, animación diurna y nocturna, y la eficacia en resolver cuantas anomalías puedan salir al paso en el transcurrir cotidiano, entre otros factores. Y a medida que se va conociendo mejor el funcionamiento del complejo turístico (hay que reconocer que el elemento extranjero priva sobre el nacional, que aún no acaba de perfilarse con igual éxito, pero cuya atención es igualmente exquisita y amable y los esfuerzos que ponen todos los empleados por conseguirlo un día es encomiable), más a gusto te encuentras en él. Casi como si estuvieras en casa, pero con todo hecho. Las mañanas pasan con apacibilidad junto al larguísimo paseo junto al mar que llega casi al puerto de Tragona, cuyas instalaciones se divisan con toda claridad desde aquí. Las líneas de las olas corriendo ininterrumpidamente hacia la playa, el horizonte azul donde siempre es posible ver algún barco o carguero que sale del puerto o llega a él, los bancos del paseo para tomar un descanso de vez en cuando y contemplar el espectáculo siempre renovado del mar, los jardines con sus palmeras y fuentes entre el mar y los edificios de apartamentos. Y las tardes no le van a la zaga: con el agua benefactora, las saunas, los masajes y las sesiones de oxigenoterapia dejan el cuerpo y el ánimo igualmente relajados y tranquilos. No se echan de menos ni la televisión ni la lectura. Con un baile después de la cena, el descanso nocturno está asegurado. ¿Para qué seguir? Me basta con recordar las burbujas de agua y el olor de eucalipto para sentir los músculos relajados, y los paseos por la orilla del mar para saber que el ánimo se conforma con muy poco para lograr la paz que de vez en cuando, en medio del mundanal ruido, es necesaria para seguir viviendo.

domingo, 23 de octubre de 2011

Fotografías que hablan


Un cuadro
La tela estaba ocupada cuando pensé esta imagen. A veces pasa. Otra escena había en ella, la estatua de Ava Gadrner

viernes, 21 de octubre de 2011

Una novela del siglo XVIII

14. A propósito de Manon Lescaut

Al que no le fueron bien las cosas fue a Valentí, mejor dicho a su imprenta, que de la noche a la mañana apareció incendiada, apenas una semana después de que nos entregara los ejemplares de Manon Lescaut a Ortega, Albert y a mí. Enseguida pensamos que había sido obra de don Matías, el cura de Santa Ana y sus secuaces, aunque las “pesquisas” de las fuerzas del orden y defensores de la ley achacaron el incendio a un simple accidente laboral y hablaron de una ventana abierta en el cuarto contiguo al taller, del viento que había soplado la noche anterior y de una lámpara de aceite que debía estar mal asentada. El caso es que debido al papel almacenado allí y al material altamente combustible, como libros y cajas de cartón, el fuego se extendió rápidamente y arrasó todo lo que encontró a su paso, destruyendo de golpe las ilusiones de colaborar con la cultura y la libertad de expresión y el modo de ganarse la vida de Valentí. Éste cayó en una postración que daba pena verla y decidió irse una temporada al pueblo de su padre a curarse del disgusto tremendo que se había llevado. Carretero le echó en cara su reacción y le dijo que no reconocía en él al luchador que siempre había sido. Y añadió contundente:
--Si tú no haces nada, lo haré yo. Iré a Santa Ana, tiraré si es preciso del púlpito abajo a ese cura criminal, lo llevaré arrastrando hasta las cenizas de tu imprenta y se las haré tragar.
Trabajo nos costó en ese momento a Valentí y a mí convencer a Carretero de que sin pruebas nada podíamos hacer y menos tomarnos la justicia por nuestra mano.
La cuestión fue que Valentí, apenado por lo sucedido, desapareció de Barcelona y estuvo ausente todo el invierno, mientras nosotros, me refiero a Ortega y a mí porque el carretero desapareció también, seguimos dedicándonos a lo nuestro. Por mi parte, decidí preparar para el Diario un artículo defendiendo la libertad de expresión y condenando ciertas prácticas delictivas llevadas a cabo para cercenar aquélla, citando los dos casos ocurridos con la librería del señor Viçens, en el que el librero encontró la muerte, y con la imprenta de mi amigo Valentí. Hablé de sus personalidades y de la labor encomiable que hacían para llevar al gran público la cultura y la literatura sin ningún impedimento.
Además releí la Manon con papel y pluma a mano y escribí un pequeño ensayo sobre las tonterías que se habían dicho y escrito aquí en España sobre la novela por las gentes más reaccionarias del país.
Es una lástima que Manon Lescaut, novela que el abate Prévost publicó por primera vez en 1731 en Ámsterdam con el título Historia del caballero Des Grieux y de Manon Lescaut, se viera rodeada de escándalo y prohibida durante un tiempo por la Inquisición, ese flagelo de libertades y guadaña de existencias comunes. Porque se trata de una obra ejemplar que todo bien nacido, intelectual y libre debe leer. Prévost, temiendo las consabidas críticas que la novela suele recibir como una colección de fantasías, aventuras y personajes extravagantes, se curó en salud planteó su novela como si se tratara del último tomo de sus Memorias de un hombre de calidad, como una historia, haciéndola aparecer como un relato fidedigno que el protagonista de los hechos, el caballero Des Grieux, narra al hombre de calidad. Es más, leyendo la novela, me ha hecho pensar en la propia vida de Prévost. Sin ir más lejos, Manon se parece mucho a aquella mujer holandesa llamada Lenki, de la que el abate anduvo perdidamente enamorado, y Prévost al caballero Des Grieux pues los dos nacen en el seno de una familia honorable, se forman con los jesuitas y hacen el noviciado, tienen temperamento fuerte, viven aventuras escandalosas y acaban volviendo al buen camino. Sea como fuera, la novela es una historia de amor entre dos personas muy jóvenes, de las cuales el personaje central es Des Grieux, que narra lo que pasa y cuya presencia es constante hasta más allá de la desaparición de Manon; es un joven de buena familia, estudioso, muy tratable y cortés, pero que, cuando conoce a Manon en el patio de una venta, olvida todas esas cualidades y se deja arrastrar por una pasión que le causará terribles consecuencias. Y es ella, Manon, una chica de quince años, recatada y adorable, de mirada triste porque va enviada a un convento, quien transforma radicalmente la personalidad de Des Grieux. Ambos se enamoran perdidamente el uno del otro, y es ese amor el que, a lo largo de la novela, los convierte en dos seres envilecidos. Él se hace jugador y fullero para conseguir el dinero que le pide su amada, y acepta que ella juguetee con viejos verdes con tal de que le siga amando, y se embarca en robos que lo llevan a la cárcel. Y no acaba ahí la vileza de Des Grieux, que hace que su mejor amigo Tiberge le ayude en la fuga de la prisión, se gana la confianza del superior de Saint-Lazare, a quien acaba traicionando, y en la fuga mata a uno de los guardias. Todo para ayudar a escapar a Manon, que se halla cautiva en Salpêtriere. Y si el enamorado es así, la enamorada no le va a la zaga en envilecimientos. Es coqueta, codiciosa de lujo y placeres, y como Des Grieux no puede proporcionárselos, los busca, y, unas veces con el consentimiento de su amado y otras sin él, engaña a varios hombres entrados en años para que le den regalos y dinero a cambio de sus favores, aunque en el fondo sigue queriendo con locura a su amado, quien llega a decir de ella que es “liviana e imprudente, aunque recta y sincera”. Entre ellos se halla Tiberge, piadoso, serio y responsable que hace de verdadero ángel custodio de Des Grieux y llega a viajar a América cuando de allí recibe una llamada de auxilio de éste. Pero lo más importante de la novela para mí no es todo ese cúmulo de acciones que llevan a cabo los dos amantes, sino la simpatía que despiertan en el lector, debida al amor que sienten uno por otro. Todo cuanto realizan, malo o bueno en la novela, tiene como motivo el amor, que es siempre noble, aunque la conducta sea reprobable. Prévost ha tenido la sabia destreza de describir todo tipo de acciones deshonestas cometidas por los dos jóvenes enamorados, horribles muchas veces, pero que en ningún caso estropean la integridad y la inocencia de los protagonistas. Si Manon se prostituye, nunca llega a entregar su cuerpo, y si Des Grieux hace trampas, roba y hasta mata, en el fondo no es un criminal, y todo se debe a que el amor puro que se profesan uno al otro lava todas sus faltas, aunque en el caso de él a estas faltas se añade su sentido de culpabilidad, la idea de pecado que su amigo Tiberge le recuerda una y otra vez. Pero Des Grieux cree que está predestinado a amar a Manon y a sufrir hasta sus últimas consecuencias a causa de ese amor, pues cuando ya se hallan en América los dos enamorados y deciden ambos llevar una vida honesta, la fatalidad se ceba con él con la muerte de Manon. Ni Manon ni Des Grieux son culpables de sus acciones porque la única intención que les mueve a hacerlas es el amor. Además, el desenlace de la novela encierra una gran lección moral pues Manon se arrepiente de su pasado y los dos amantes se disponen a comenzar una nueva vida casándose. Desenlace que señala que la felicidad es un espejismo que se desvanece cuando se cree alcanzarlo. Aún así, Des Grieux no se somete a la desesperación, sino que vuelve a Francia dispuesto a modificar su vida, con estas palabras: “El cielo me iluminó con la luz de su gracia y me inspiró el deseo de regresar a él por el camino de la penitencia.” Viviendo así de acuerdo con los principios morales y religiosos que sus padres le habían inculcado de niño.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Los libros que hay que leer

Una novela ensayo o un ensayo novelado
He aquí la ficha técnica del libro en cuestión:
José Luis Sampedro y Olga Lucas.
Cuarteto para un solista,
Plaza Janés, Barcelona, 2011

Una novela que parece un ensayo o un ensayo expuesto en forma de novela, cuyo protagonista es un viejo profesor de de Ciencias que, internado en una Residencia, habla en su interior con los Cuatro elementos griegos Agua, Aire, Fuego y Tierra y saca conclusiones pesimistas sobre el futuro de la humanidad, equivocada en su modo de concebir el progreso o el desarrollo tecnológico. Luego escribe el relato de los diálogos que mantienen entre sí los Cuatro en diversos lugares del mundo (Tombuctú, Tahití, Ginebra, Venecia y Knossos) y se los da a leer al Doctor que lo lleva en el Residencia. Finalmente, el interno y el Doctor dialogan sobre los relatos y toman postura sobre las tesis que se plantean en ellos.

El libro se divide, pues, en seis apartados:
Vida y los Cuatro, Tombuctú, Tahití, Ginebra, Venecia, Knossos, que presentan la misma estructura:
Consejo de Vida a los Cuatro elementos y viaje de éstos a los cinco lugares que dan nombre al resto de los apartados. El diálogo, además de hacer referencia a la mitología, cultura e historia pertenecientes a ellos (tablillas cuneiformes, Gauguín, Rousseau, Sissí, la Ilustración, Casanova, Vivaldi, Dédalo, la cultura minoica…), plantean el tema del progreso tecnológico contrapuesto a la energía derivada de los Cuatro elementos griegos.

lunes, 17 de octubre de 2011

Memorias de un jubilado

Otro octubre

Los octubres tienen para mí un significado especial. Sin ellos les faltaría algo a mi vida. Y últimamente, más. Y no son las manifestaciones otoñales en sí, que también: el morir de las hojas, el bosque rojizo de Tossa, los comercios y hoteles que van cerrando sus puertas tras las vacaciones estivales, el mar movido y la bandera roja ondeando en la playa... Sino los acontecimientos personales, familiares, culturales y sociales que se suceden durante este mágico mes de octubre, puerta que se abre definitivamente al otoño y a las actividades educativas y librescas del mundo. En este mes cumplen años familiares muy cercanos, mi nieto mayor, mi cuñada y mi hermano mayor, de cuya fiesta, ocurrida ayer, me hago eco en esta entrada. La fiesta es singular porque, siguiendo una tradición inventada por mi hermano, nos reunimos toda la familia, tres generaciones nada menos, para recordar que el cariño y los buenos recuerdos van cogidos de la mano, y que el paso del tiempo los enriquece como a los buenos vinos. El repaso del año transcurrido, la presencia de nuevos miembros de la familia, evocaciones, proyecciones de viajes y un sinfín de cosas que tienen que ver con la salud y la felicidad, vuelan sobre la mesa, entre conversaciones festivas y brindis por que todo siga al menos como hasta ahora. Como cada año, tras apagar las velas de los años que ya han transcurrido, volvieron a sonar los versos en honor del homenajeado
Y caminas por octubre, para ti mágica alfombra,
planeando otros viajes y extrayendo de la noria
de tus sueños agua eterna que te venga de Zamora,
de su fiel Semana Santa y de su vetusta historia,
de los pasos que tu gente sembró allí en pasadas horas
desde el Puente a Santa Clara, en las luces y en las sombras.

Caminando por la vida, como quien no hace la cosa,
vas cumpliendo otros otoños, viendo abrirse nuevas rosas,
y lo que es más importante: siendo tan buena persona
y amando como tú amas lo que ama tu memoria.
Y este octubre también nos trae, como otros años, el fallo del Premio Planeta, con sus más y sus menos, al fin y al cabo no es otra cosa que un negocio editorial. Y cosas nuevas, como el movimiento de los "indignados", que ya empiezan a indignar con sus atropellos e ilegalidades, pese a que en muchos de sus componentes existen buenas intenciones (aunque en esto de la política las aguas tuercen su curso cada dos por otres), intenciones que podrían encauzarlas ejerciendo su derecho al voto en las próximas elecciones del 20N (siglas y siglas en este siglo tan amigo de acrónimos y siglas). Y la conferencia de "paz" que se anuncia en estos días sin tener en cuenta la verdadera paz, que se firma con la ley, la libertad y el respeto a la vida. Octubre, bendito octubre, que cerraremos con unos días de tranquilidad en un rincón del Mediterráneo.

jueves, 13 de octubre de 2011

El relato del mes


LA GOLONDRINA


El desván de la casa era un habitáculo en forma de barco invertido donde cabía de todo. Disponía de una claraboya practicable por la que podía salir al tejado. Allí arriba, apoyado sobre la pared de la chimenea, llegaba con la mirada hasta la carretera de Salamanca, a cuyos lados se abrían los campos verdes, salpicados de vez en cuando por el color más vivo de las casas de labor. Desde aquellas lejanías venían, como bailando a mis pies, los tejados del barrio vecino y los del mío, sobre los que destacaba la espadaña de la iglesia de las Dueñas, hasta llegar a los corrales próximos donde los gatos dormitaban pese al guirigay de las gallinas. Cuando me cansaba de hacer de Dios, volvía al desván y en su silencio y semipenumbra me ponía a mirar, como hipnotizado, los hilos de luz, como de oro viejo, que colgaban aquí y allá y donde nadaban miles de partículas de polvo.

Sin embargo, lo que me empujaba al desván con más deseos era comprobar todas las primaveras la llegada de las golondrinas al nido que habían tejido tiempo atrás en la viga más alta del sobrado. Para ello, cada año, cuando acababan los fríos y las lluvias, subía para abrir la claraboya. Luego, de vez en cuando, visitaba el desván para observar con el sigilo de un gato, para no molestarla, a la golondrina de turno que se encargaba de restaurar y preparar el nido donde vendrían al mundo sus polluelos. Y hasta que no veía volar al último golondrino fuera del nido por la claraboya hacia el cielo que lo llevaba a la emigración ancestral, mi curiosidad y mi cuidado no desaparecían. Después llegaba el otoño, y yo mismo cerraba la claraboya para evitar que las lluvias invadiera la casa de goteras. Y a esperar a la siguiente primavera para subir de nuevo al desván y abrir la claraboya para las sempiternas golondrinas.
Pero un año el azar me jugó una mala pasada. Un resfriado que se complicó me mantuvo encamado más tiempo de lo debido, y, cuando mi madre me dio por curado del todo y me obligó a dejar la cama, un pensamiento doloroso irrumpió en mi cerebro. Sobresaltado por lo que temía, subí corriendo al desván. Pero ya era demasiado tarde. Allí, sobre la claraboya, pegado contra el vidrio polvoriento, descubrí el cuerpo muerto de una golondrina, que, infortunadamente, siguiendo su instinto atávico de entrar volando hacia la querencia del nido del desván, había chocado violentamente contra el cristal. Con gran pena abrí la claraboya y separé del vidrio el cadáver del pobre pájaro con exquisito cuidado para que no se me deshiciera. Lo envolví en una tela azul, como el cielo que tanto había querido, y con lágrimas en los ojos y un gran remordimiento en el corazón, bajé con el envoltorio hasta la orilla del río. Allí, en un brazo de arena protegido por juncos, hice un pequeño hoyo con mis manos y di tranquila y solitaria sepultura a la infortunada golondrina.
Era ya lo único que podía hacer por ella… después de muerta.