lunes, 10 de marzo de 2008
jueves, 21 de febrero de 2008
Dejaremos perder estos días
DEJAREMOS PERDER ESTOS DÍAS
I.
No te empeñes en recordar el aire
que sopló otros veranos
ni el sol de otros vencejos
ni aquel pinar que ya no es este otro.
Respira
ahora este aire como si
fuera el último, disfruta
de este sol ahora que puedes,
habita este pinar que al fin alivia
en tu regreso aquella herida abierta.
¡Qué diferente es todo en tu regreso
de aquel lejano julio
en que tuviste que dejar tu nido!
El aire te saluda,
el sol pauta tus horas
y el pino te da palio de perdón.
¡Qué diferente es todo en tu regreso!
Ni mejor ni peor.
¡Sólo distinto!
El rojo Duero
en Aranda te hablaba como ayer.
Y en la teta dormida del castillo
de Peñafiel las torres almenadas
intentaban tentarte con las rejas
del pasado donde yace tu alma.
Pero estas viñas del pinar son caldos
de paladares venideros, son
de ahora y de futuro entre las manos
de los vendimiadores.
El tiempo ya no es otro que el que late
en tu sangre aquí y ahora,
como tú que caminas
de nuevo por tu tierra.
Lo mismo que este aire y este sol,
el pinar y la viña, tolvas fieles
para tu trigo en caña y bien maduro.
II.
La noche es una novia que te espera
desde la infancia. Nada sabe ahora
de lo que arde en tu corazón
cuando atraviesas la plaza del museo
camino del hotel. La besarías
en los labios de la memoria ardiente,
le hablarías del río cuando a solas
lo sentías rezar en las azudas
mientras tu madre te llamaba a casa
desde el balcón central como si fuera
la diosa de las horas y el verano.
Pero la noche es una dama adulta
también, y tú lo sabes, y te espera
para enseñarte la magia de la almena,
del castillo que salva a flecha y fuego
el corazón del alma, el hueso puro,
el andamio que aguanta la alianza
entre la luz de ahora que abre trochas
y la sombra de ayer que clava tablas.
Por eso sigues vivo en las troneras
y, aunque herido, aún no has sido derrotado.
III.
Demasiada emoción para este día
primero de tu vuelta.
Que no te hablen
de la ciudad sitiada por más tiempo.
Que te hablen de estos hombres que han crecido
con el recuerdo olvidado en un armario,
atentos sólo al vino que derraman
sobre el mármol del dominó y los puños
de sus limpias camisas. Cuyas manos
igual vendimian que modelan jarras
o vírgenes para sus devociones.
Que te hablen de estos hombres serios, hondos,
que dan la espalda al hambre de la infancia
y te miran ufanos cuando cuentan
lo que tienen ahora, alguna finca
plantada junto al Duero o el gran festín
para esta misma noche. Demasiada
emoción para este primer día.
El cielo arde bajo este calor seco
que no sentían antes, como este
fuego que se despierta en ti de pronto,
candela que no quema pero salva.
IV.
Con encogido corazón enfilas
la calzada donde el hotel te acoge
como a otro forastero. Porque eres
como otro forastero
que viene a ver las joyas del románico
y a revivir la hiel de las traiciones.
Después, al caer el sol, con ropa nueva
y sin temor a ser reconocido,
pasearás por calles que son tuyas
y que un día a tu alma encadenaron.
Ésa es la suerte del que vuelve
al borde del olvido.
Así es mejor. Así todos sois nuevos
y no estará instalada la nostalgia
en medio de la calle.
Tú aventajas a todos. Nadie sabe
que tú eres uno de ellos, que otro julio
te echó de aquí por cosas de la vida
y ahora vuelves a rescatar tu alma.
Eso piensas ahora aquí, en reposo
sobre la cama del hotel que lleva
el nombre de la historia en la fachada.
Igual que tú, que llevas en los ojos
la luz de la ciudad, que no ha perdido
la claridad que da cuando la amas.
Tal vez así es mejor. Acaso veas
el cuerpo de la tierra como es,
cambiante como un árbol en el soto,
como el río en la aceña
o en la crecida trágica de enero.
En el fondo, los mismos, como el puente
Bajo el palio inmutable de la noche.
Como el niño que aún late en tu cuerpo.
I.
No te empeñes en recordar el aire
que sopló otros veranos
ni el sol de otros vencejos
ni aquel pinar que ya no es este otro.
Respira
ahora este aire como si
fuera el último, disfruta
de este sol ahora que puedes,
habita este pinar que al fin alivia
en tu regreso aquella herida abierta.
¡Qué diferente es todo en tu regreso
de aquel lejano julio
en que tuviste que dejar tu nido!
El aire te saluda,
el sol pauta tus horas
y el pino te da palio de perdón.
¡Qué diferente es todo en tu regreso!
Ni mejor ni peor.
¡Sólo distinto!
El rojo Duero
en Aranda te hablaba como ayer.
Y en la teta dormida del castillo
de Peñafiel las torres almenadas
intentaban tentarte con las rejas
del pasado donde yace tu alma.
Pero estas viñas del pinar son caldos
de paladares venideros, son
de ahora y de futuro entre las manos
de los vendimiadores.
El tiempo ya no es otro que el que late
en tu sangre aquí y ahora,
como tú que caminas
de nuevo por tu tierra.
Lo mismo que este aire y este sol,
el pinar y la viña, tolvas fieles
para tu trigo en caña y bien maduro.
II.
La noche es una novia que te espera
desde la infancia. Nada sabe ahora
de lo que arde en tu corazón
cuando atraviesas la plaza del museo
camino del hotel. La besarías
en los labios de la memoria ardiente,
le hablarías del río cuando a solas
lo sentías rezar en las azudas
mientras tu madre te llamaba a casa
desde el balcón central como si fuera
la diosa de las horas y el verano.
Pero la noche es una dama adulta
también, y tú lo sabes, y te espera
para enseñarte la magia de la almena,
del castillo que salva a flecha y fuego
el corazón del alma, el hueso puro,
el andamio que aguanta la alianza
entre la luz de ahora que abre trochas
y la sombra de ayer que clava tablas.
Por eso sigues vivo en las troneras
y, aunque herido, aún no has sido derrotado.
III.
Demasiada emoción para este día
primero de tu vuelta.
Que no te hablen
de la ciudad sitiada por más tiempo.
Que te hablen de estos hombres que han crecido
con el recuerdo olvidado en un armario,
atentos sólo al vino que derraman
sobre el mármol del dominó y los puños
de sus limpias camisas. Cuyas manos
igual vendimian que modelan jarras
o vírgenes para sus devociones.
Que te hablen de estos hombres serios, hondos,
que dan la espalda al hambre de la infancia
y te miran ufanos cuando cuentan
lo que tienen ahora, alguna finca
plantada junto al Duero o el gran festín
para esta misma noche. Demasiada
emoción para este primer día.
El cielo arde bajo este calor seco
que no sentían antes, como este
fuego que se despierta en ti de pronto,
candela que no quema pero salva.
IV.
Con encogido corazón enfilas
la calzada donde el hotel te acoge
como a otro forastero. Porque eres
como otro forastero
que viene a ver las joyas del románico
y a revivir la hiel de las traiciones.
Después, al caer el sol, con ropa nueva
y sin temor a ser reconocido,
pasearás por calles que son tuyas
y que un día a tu alma encadenaron.
Ésa es la suerte del que vuelve
al borde del olvido.
Así es mejor. Así todos sois nuevos
y no estará instalada la nostalgia
en medio de la calle.
Tú aventajas a todos. Nadie sabe
que tú eres uno de ellos, que otro julio
te echó de aquí por cosas de la vida
y ahora vuelves a rescatar tu alma.
Eso piensas ahora aquí, en reposo
sobre la cama del hotel que lleva
el nombre de la historia en la fachada.
Igual que tú, que llevas en los ojos
la luz de la ciudad, que no ha perdido
la claridad que da cuando la amas.
Tal vez así es mejor. Acaso veas
el cuerpo de la tierra como es,
cambiante como un árbol en el soto,
como el río en la aceña
o en la crecida trágica de enero.
En el fondo, los mismos, como el puente
Bajo el palio inmutable de la noche.
Como el niño que aún late en tu cuerpo.
sábado, 9 de febrero de 2008
El último Claudio Rodríguez I

La aventura en la vida y la poesía de Claudio Rodríguez .
1. Casi una leyenda
Sabido es que Claudio Rodríguez (Zamora, 1934—Madrid, 1999) en una entrevista de 1994 adelantaba que estaba escribiendo un extenso poema sobre la vejez para un libro que se titularía Aventura. El último publicado hasta esa fecha era Casi una leyenda (1991), que cerraba con broche de oro la aventura de su creación iniciada en aquel deslumbrador Don de la ebriedad, de 1954. Pues bien, ese libro último en que estaba trabajando ha quedado inconcluso porque la muerte se lo impidió en 1999. Y ahora, marzo de 2005, nos encontramos una edición facsimilar de Aventura que recoge los pormenores de su trabajo de corrección y pulimento hasta justo el momento de su muerte. Resultado, once poemas sin terminar. Aunque cabe señalar que los que presenta el autor de la edición, L. García Jambrina, como últimas versiones logran dar la impresión de bastante terminados. Impresión, digo, porque nunca sabremos qué apuntes, añadidos, supresiones o cambios habría seguido haciendo Claudio Rodríguez. Lo que sí sabemos es que él nunca se daba por satisfecho de su tarea de creación y siempre seguía corrigiendo sus poemas aunque estuvieran editados y fijados definitivamente en su Poesía Completa (1953-1991). Prueba de ello es que en La voz de Claudio Rodríguez, edición de la Residencia de Estudiantes, Madrid, 2004, que incluye un CD con la voz del poeta, se asiste a algunos cambios que, si no son sustanciales, sí prueban la inquietud de Claudio Rodríguez por pulir constantemente sus poemas. Me refiero a los cambios efectuados en Casi una leyenda, poemario sin duda coetáneo y muy afín respecto de bastantes poemas de Aventura por las apreciaciones que se irá haciendo a lo largo de este estudio. Las modificaciones referidas aparecen en “La mañana del búho”, “Nuevo día” y “Manuscrito de una respiración”, del que llega a decir expresamente en la grabación citada que es “el último poema que he escrito”. (Adelanto que estos tres poemas de Casi una leyenda y algún otro como “Nocturno de la casa ida”, son clave para entender la redacción de muchos poemas de Aventura.)
Así pues, estamos hasta cierto punto de acuerdo con García Jambrina en que la edición facsimilar de Aventura, “no es una nueva obra del poeta, sino un documento único”. Lo de ser un documento único es obvio: ante la vista se tiene el duro y silencioso trabajo de creación de un poeta extraordinario que ve que el tiempo se le acaba y no va a poder terminar la labor que ha comenzado. Los manuscritos y los mecanoscritos que aparecen en esta edición facsimilar (lástima que no haya fechas que nos indiquen su momento de redacción) son la prueba fehaciente de que un poeta que lucha con las palabras, los pensamientos y las emociones para intentar concluir la labor espiritual y artística que más ama, es poeta hasta el mismo momento de morir. También es evidente que no es una nueva obra completa y terminada de Claudio Rodríguez, y ello, no sólo por el detalle del hueco dejado por Claudio Rodríguez en su carpeta entre el penúltimo y último de los once poemas para añadir otros en un futuro imposible, como se nos dice en la Introducción a Aventura, sino también porque no se ajusta al cuerpo de los otros libros (19 poemas en Don de la ebriedad, 26 en Conjuros, 35 en Alianza y condena, 30 en El vuelo de la celebración y 19 en Casi una leyenda), ni al cuidado con que estructuraba sus libros (cosa que nos parece obvia igualmente). Pero esto no es lo importante. Lo que interesa aquí es explicar el último Claudio Rodríguez, el poeta que se desprende del aroma de estos once poemas que él pensaba, junto con otros, reunir bajo el título de Aventura.
Aunque la palabra “aventura” es muy familiar en la poesía anterior de Claudio Rodríguez, es evidente que el poeta la tenía muy asociada a su propio modo de vivir y su forma de concebir no sólo la poesía, que es vida también, sino además su forma de crear y tejer la forma material del poema. De ahí que la veamos repetida en las entrevistas que el poeta concedió y en sus comentarios y trabajos en prosa, sobre todo, los recogidos en La otra palabra, edición de Fernando Yubero. Ya en la introducción a sus cuatro primeros libros titulada “A manera de un comentario”, a propósito de su segundo libro Conjuros (1958), dice: “...De lo que se trata es de la aventura. La poesía es aventura –cultura-. Aventura o leyenda, como la vida misma.” La aventura, pues, hermana a la poesía con la vida ya desde el primer momento creador de Claudio Rodríguez. En 1992 ve la luz el texto con que ingresó el poeta en la Academia Española, titulado “Poesía como participación: hacia Miguel Hernández”. Pues bien, hablando del proceso creador, Claudio Rodríguez afirma que el poeta “quisiera extrañarse, identificarse con el objeto de su contemplación para renacer en él, para reconocerse en él. Se entrega y huye, se pierde y se encuentra a la vez, como renovado en el proceso poético, en la aventura de la visión, de la inspiración armoniosa. Lo cual no quiere decir irracionalidad, sino todo lo contrario: invención, en el sentido etimológico de descubrimiento, sorpresa”. Palabras que repite al año siguiente en el ensayo “Unidad y variedad en la obra de Jorge Guillén”, al referirse al modo como el autor de Cántico (1923) se comporta en su proceso creador, que, a grandes rasgos, es el suyo propio. Y más adelante, al hablar de la “locura armoniosa” del poema integrado, seguro y fresco (“Armoniosa locura” se titula precisamente un breve artículo que el poeta publicó en ABC en 1991 y que está dedicado a uno de sus grandes mentores, Rimbaud), afirma que “el poeta ha de ensimismarse y ofrecerse, vuelvo a decir, en la aventura y en la efusión de la verdad interior.” Curiosamente data también de 1992 el ensayo que titula “José Hierro” a secas, y en él vuelve a citar la palabra “aventura” cuando afirma que la poesía del poeta cántabro es un arte habitado de espacio y tiempo y concluye: “De aquí la plasticidad y la musicalidad de las imágenes y la aventura hacia el ritmo esencial con la emoción personal, con la posible experimentación de nuevas e inventadas identidades, asimilaciones, traspasadas por las circunstancias íntimas singulares y también comunes que se ensamblan y dan un temple de totalidad a su poesía.” Esta aventura, o búsqueda del ritmo esencial enlazado con los sentimientos, es un postulado importante en la poesía de Claudio Rodríguez. Abundando en el tema, en otra parte del citado “A manera de un comentario” leemos: “La poesía es aventura –cultura--. Aventura o leyenda, como la vida misma.” Notemos la equivalencia que hace aquí: Aventura o leyenda. Ahí está, para confirmarlo, el último libro publicado en vida del poeta: Casi una leyenda. La poesía y la vida, pues, son para él aventura y leyenda.
Y ahora las dos preguntas que me vienen rondando desde hace un tiempo: ¿Y si el último Claudio Rodríguez fuera el de Casi una leyenda? ¿Y si la mayoría de los poemas de Aventura, por no decir los once que se nos presentan en su edición facsimilar, fueran poemas coetáneos suyos, desechados en un principio del cuerpo del libro publicado? No hay fechación de estos últimos poemas. Ésa es la lástima. Además, son sólo dos preguntas. ¿Arriesgadas? Puede, pero los poetas solemos hacer eso algunas veces: no incluir en el libro publicado ciertos poemas, por razones varias y luego, arrepentidos, los pulimos porque los queremos y deseamos darles luz como a los otros. ¿Es esto lo que quiso hacer Claudio Rodríguez y la muerte no le dio el tiempo suficiente para ello? No lo sabremos nunca. Sigamos.
Nos ha salido ya la palabra “contemplación” al hablar del proceso creador del poeta, pero quiero insistir una vez más en ello porque lo creo importante para entender el razonamiento que sigo. No en vano se titula un ensayo aparecido en ABC en 1987 “Hacia la contemplación poética”, en el cual aparecen estrechamente relacionadas las palabras “contemplación” y “aventura” cuando el poeta afirma que la transfiguración acaba siendo configuración en el proceso creador. Y añade: “La relación entre las múltiples huellas de las cosas y su secreto tienden hacia un momento vigilante en el cual se han de establecer, sin fugacidad. Es la aventura de la contemplación hecha acto.” Concluyo esta primera parte sin perder de vista mi cometido. Y lo hago refiriéndome a la entrevista que Claudio Rodríguez mantuvo en 1971 con Federico Campbell. Preguntado en primer lugar el poeta si separaba su vida personal de su dedicación poética, contestó que “La poesía es una aventura lingüística y por tanto nace alrededor de la experiencia.” A continuación el entrevistador le preguntó si los temas seguían siendo los mismos, a lo que Claudio Rodríguez respondió que sí y que “lo importante es la aventura del lenguaje y el pensamiento a través de la palabra”. Y añadió: “Se trata de cómo las palabras van creando no sólo el pensamiento sino la emoción y la contemplación sensorial.” Es decir, la aventura de la búsqueda de las palabras para crear las ideas, los sentimientos y la contemplación de los sentidos, sobre todo, el de la mirada, la mirada del poeta que “ya es configuradora.” Interrogado, finalmente, si tenía una poética definida, respondió que no y concluyó afirmando que “la poesía es un misterio y una aventura. Si uno parte a priori de una serie de dogmas, el poema falla siempre. (...) El poema es como un camino inexplorado.”
Es decir, ya desde sus inicios, la vida y la poesía y el acto de crear son para el poeta una especie de aventura, con todas las acepciones del diccionario, desde “suceso o lance extraño”, hasta “casualidad, contingencia”, pasando por “empresa de resultado incierto o que presenta riesgos”. Y así debe ser porque el riesgo siempre está presente en la elaboración del poema, como en el transcurrir de la existencia.
Y esto ocurre en la prosa, que es una especie de explicación que hace Claudio Rodríguez de sus textos poéticos, alumbramiento de muchas de sus composiciones aparentemente claras. Veamos lo que ocurre en el verso. Aquí también está presente la palabra “aventura” con todas esas significaciones apuntadas. Ya en su primer libro, Don de la ebriedad, podemos verla en el IV poema del Libro Tercero: “...La aventura / ha servido de poco. Sin mí el cerco, / el río, actor de la más vieja música”, con el sentido de que el riesgo de la busca de la poesía ha sido inútil. Sigue ajena a las preocupaciones y desasosiegos del poeta. También hay bastantes muestras en el tercero y cuarto de sus libros. Pero es en los versos de Casi una leyenda y Aventura, los del último Claudio Rodríguez, donde esta palabra adquiere acepciones relacionadas con lo sagrado y misterioso de la creación poética.
Dejaremos los ejemplos de Aventura para el siguiente apartado y concluyamos éste refiriéndonos de modo breve a los casos de Casi una leyenda. En el poema “Calle sin nombre” el poeta quiere ver la cara de su juventud perdida antes de que se vaya en la calle de su infancia, “transparente y callada / junto al asombro de su intimidad / (...) con pudor desvalido, / asomada en silencio y aventura”. Aquí con valor de revelación, de visión salvadora. En “La mañana del búho” leemos sobre esta revelación aducida (“esta mañana que me va acercando / al capitel y al nido”) lo que opina el poeta de su oficio en plena ebriedad, una “ciencia de erosión pulida, / de quietud de ola en vilo, de aventura / que entra y sale a la vez...” En esta ocasión la palabra significa busca, acecho, peligro, lucha y contradicción. En cambio, en “Nocturno de la casa ida” el poeta se encuentra en el momento más alto de la creación, todo es luz en medio de la noche del poema. Y exclama : “Ahora que estoy mirando el cielo verdadero / aquí, a la vuelta / de esta calle, ¿qué pasa? / ¡Si se me cae encima como entonces / y lo que era infinito y aventura / y la velocidad de la inocencia...” Finalmente, en “El robo” insiste en el esfuerzo y la busca sin descanso que exige cada hallazgo poético, que es como el botín de un robo. Y se echa en cara el no haber acertado con las palabras justas. Exactamente dice: “y no has sabido lo que se presiente: / la aventura en secreto, la destreza / de tanta duda.”
Aventura, contemplación, revelación, deslumbramiento (a veces, alguna forma del verbo deslumbrar) son, pues, términos muy empleados por Claudio Rodríguez. Y, ya que los reúno, vuelvo a la idea de que la mayoría de los poemas de Aventura, que emplean dichos vocablos como sinónimos de momento esencial en la creación poética, como veremos en el segundo apartado de este estudio, podrían ser coetáneos de Casi una leyenda. Es muy significativo el hecho de que muchos poemas de esta última colección mencionen alguno de ellos (a veces más de uno). He aquí los ejemplos, siguiendo el orden del libro, de “Calle sin nombre” (aventura), “Revelación de la sombra” (revelación y deslumbramiento), “La mañana del búho” ( aventura y contemplación), “Nocturno de la casa ida” (aventura y deslumbra), “Nuevo día” (contemplación), “Manuscrito de una respiración” (aventura y revelación), “El robo” (aventura), “Con los cinco pinares” (deslumbramiento), “Balada de un treinta de enero” (deslumbramiento), “Los almendros de Marialba” (deslumbramiento), “El cristalero azul” (deslumbramiento) y “Secreta” (revelación).
Sabido es que Claudio Rodríguez (Zamora, 1934—Madrid, 1999) en una entrevista de 1994 adelantaba que estaba escribiendo un extenso poema sobre la vejez para un libro que se titularía Aventura. El último publicado hasta esa fecha era Casi una leyenda (1991), que cerraba con broche de oro la aventura de su creación iniciada en aquel deslumbrador Don de la ebriedad, de 1954. Pues bien, ese libro último en que estaba trabajando ha quedado inconcluso porque la muerte se lo impidió en 1999. Y ahora, marzo de 2005, nos encontramos una edición facsimilar de Aventura que recoge los pormenores de su trabajo de corrección y pulimento hasta justo el momento de su muerte. Resultado, once poemas sin terminar. Aunque cabe señalar que los que presenta el autor de la edición, L. García Jambrina, como últimas versiones logran dar la impresión de bastante terminados. Impresión, digo, porque nunca sabremos qué apuntes, añadidos, supresiones o cambios habría seguido haciendo Claudio Rodríguez. Lo que sí sabemos es que él nunca se daba por satisfecho de su tarea de creación y siempre seguía corrigiendo sus poemas aunque estuvieran editados y fijados definitivamente en su Poesía Completa (1953-1991). Prueba de ello es que en La voz de Claudio Rodríguez, edición de la Residencia de Estudiantes, Madrid, 2004, que incluye un CD con la voz del poeta, se asiste a algunos cambios que, si no son sustanciales, sí prueban la inquietud de Claudio Rodríguez por pulir constantemente sus poemas. Me refiero a los cambios efectuados en Casi una leyenda, poemario sin duda coetáneo y muy afín respecto de bastantes poemas de Aventura por las apreciaciones que se irá haciendo a lo largo de este estudio. Las modificaciones referidas aparecen en “La mañana del búho”, “Nuevo día” y “Manuscrito de una respiración”, del que llega a decir expresamente en la grabación citada que es “el último poema que he escrito”. (Adelanto que estos tres poemas de Casi una leyenda y algún otro como “Nocturno de la casa ida”, son clave para entender la redacción de muchos poemas de Aventura.)
Así pues, estamos hasta cierto punto de acuerdo con García Jambrina en que la edición facsimilar de Aventura, “no es una nueva obra del poeta, sino un documento único”. Lo de ser un documento único es obvio: ante la vista se tiene el duro y silencioso trabajo de creación de un poeta extraordinario que ve que el tiempo se le acaba y no va a poder terminar la labor que ha comenzado. Los manuscritos y los mecanoscritos que aparecen en esta edición facsimilar (lástima que no haya fechas que nos indiquen su momento de redacción) son la prueba fehaciente de que un poeta que lucha con las palabras, los pensamientos y las emociones para intentar concluir la labor espiritual y artística que más ama, es poeta hasta el mismo momento de morir. También es evidente que no es una nueva obra completa y terminada de Claudio Rodríguez, y ello, no sólo por el detalle del hueco dejado por Claudio Rodríguez en su carpeta entre el penúltimo y último de los once poemas para añadir otros en un futuro imposible, como se nos dice en la Introducción a Aventura, sino también porque no se ajusta al cuerpo de los otros libros (19 poemas en Don de la ebriedad, 26 en Conjuros, 35 en Alianza y condena, 30 en El vuelo de la celebración y 19 en Casi una leyenda), ni al cuidado con que estructuraba sus libros (cosa que nos parece obvia igualmente). Pero esto no es lo importante. Lo que interesa aquí es explicar el último Claudio Rodríguez, el poeta que se desprende del aroma de estos once poemas que él pensaba, junto con otros, reunir bajo el título de Aventura.
Aunque la palabra “aventura” es muy familiar en la poesía anterior de Claudio Rodríguez, es evidente que el poeta la tenía muy asociada a su propio modo de vivir y su forma de concebir no sólo la poesía, que es vida también, sino además su forma de crear y tejer la forma material del poema. De ahí que la veamos repetida en las entrevistas que el poeta concedió y en sus comentarios y trabajos en prosa, sobre todo, los recogidos en La otra palabra, edición de Fernando Yubero. Ya en la introducción a sus cuatro primeros libros titulada “A manera de un comentario”, a propósito de su segundo libro Conjuros (1958), dice: “...De lo que se trata es de la aventura. La poesía es aventura –cultura-. Aventura o leyenda, como la vida misma.” La aventura, pues, hermana a la poesía con la vida ya desde el primer momento creador de Claudio Rodríguez. En 1992 ve la luz el texto con que ingresó el poeta en la Academia Española, titulado “Poesía como participación: hacia Miguel Hernández”. Pues bien, hablando del proceso creador, Claudio Rodríguez afirma que el poeta “quisiera extrañarse, identificarse con el objeto de su contemplación para renacer en él, para reconocerse en él. Se entrega y huye, se pierde y se encuentra a la vez, como renovado en el proceso poético, en la aventura de la visión, de la inspiración armoniosa. Lo cual no quiere decir irracionalidad, sino todo lo contrario: invención, en el sentido etimológico de descubrimiento, sorpresa”. Palabras que repite al año siguiente en el ensayo “Unidad y variedad en la obra de Jorge Guillén”, al referirse al modo como el autor de Cántico (1923) se comporta en su proceso creador, que, a grandes rasgos, es el suyo propio. Y más adelante, al hablar de la “locura armoniosa” del poema integrado, seguro y fresco (“Armoniosa locura” se titula precisamente un breve artículo que el poeta publicó en ABC en 1991 y que está dedicado a uno de sus grandes mentores, Rimbaud), afirma que “el poeta ha de ensimismarse y ofrecerse, vuelvo a decir, en la aventura y en la efusión de la verdad interior.” Curiosamente data también de 1992 el ensayo que titula “José Hierro” a secas, y en él vuelve a citar la palabra “aventura” cuando afirma que la poesía del poeta cántabro es un arte habitado de espacio y tiempo y concluye: “De aquí la plasticidad y la musicalidad de las imágenes y la aventura hacia el ritmo esencial con la emoción personal, con la posible experimentación de nuevas e inventadas identidades, asimilaciones, traspasadas por las circunstancias íntimas singulares y también comunes que se ensamblan y dan un temple de totalidad a su poesía.” Esta aventura, o búsqueda del ritmo esencial enlazado con los sentimientos, es un postulado importante en la poesía de Claudio Rodríguez. Abundando en el tema, en otra parte del citado “A manera de un comentario” leemos: “La poesía es aventura –cultura--. Aventura o leyenda, como la vida misma.” Notemos la equivalencia que hace aquí: Aventura o leyenda. Ahí está, para confirmarlo, el último libro publicado en vida del poeta: Casi una leyenda. La poesía y la vida, pues, son para él aventura y leyenda.
Y ahora las dos preguntas que me vienen rondando desde hace un tiempo: ¿Y si el último Claudio Rodríguez fuera el de Casi una leyenda? ¿Y si la mayoría de los poemas de Aventura, por no decir los once que se nos presentan en su edición facsimilar, fueran poemas coetáneos suyos, desechados en un principio del cuerpo del libro publicado? No hay fechación de estos últimos poemas. Ésa es la lástima. Además, son sólo dos preguntas. ¿Arriesgadas? Puede, pero los poetas solemos hacer eso algunas veces: no incluir en el libro publicado ciertos poemas, por razones varias y luego, arrepentidos, los pulimos porque los queremos y deseamos darles luz como a los otros. ¿Es esto lo que quiso hacer Claudio Rodríguez y la muerte no le dio el tiempo suficiente para ello? No lo sabremos nunca. Sigamos.
Nos ha salido ya la palabra “contemplación” al hablar del proceso creador del poeta, pero quiero insistir una vez más en ello porque lo creo importante para entender el razonamiento que sigo. No en vano se titula un ensayo aparecido en ABC en 1987 “Hacia la contemplación poética”, en el cual aparecen estrechamente relacionadas las palabras “contemplación” y “aventura” cuando el poeta afirma que la transfiguración acaba siendo configuración en el proceso creador. Y añade: “La relación entre las múltiples huellas de las cosas y su secreto tienden hacia un momento vigilante en el cual se han de establecer, sin fugacidad. Es la aventura de la contemplación hecha acto.” Concluyo esta primera parte sin perder de vista mi cometido. Y lo hago refiriéndome a la entrevista que Claudio Rodríguez mantuvo en 1971 con Federico Campbell. Preguntado en primer lugar el poeta si separaba su vida personal de su dedicación poética, contestó que “La poesía es una aventura lingüística y por tanto nace alrededor de la experiencia.” A continuación el entrevistador le preguntó si los temas seguían siendo los mismos, a lo que Claudio Rodríguez respondió que sí y que “lo importante es la aventura del lenguaje y el pensamiento a través de la palabra”. Y añadió: “Se trata de cómo las palabras van creando no sólo el pensamiento sino la emoción y la contemplación sensorial.” Es decir, la aventura de la búsqueda de las palabras para crear las ideas, los sentimientos y la contemplación de los sentidos, sobre todo, el de la mirada, la mirada del poeta que “ya es configuradora.” Interrogado, finalmente, si tenía una poética definida, respondió que no y concluyó afirmando que “la poesía es un misterio y una aventura. Si uno parte a priori de una serie de dogmas, el poema falla siempre. (...) El poema es como un camino inexplorado.”
Es decir, ya desde sus inicios, la vida y la poesía y el acto de crear son para el poeta una especie de aventura, con todas las acepciones del diccionario, desde “suceso o lance extraño”, hasta “casualidad, contingencia”, pasando por “empresa de resultado incierto o que presenta riesgos”. Y así debe ser porque el riesgo siempre está presente en la elaboración del poema, como en el transcurrir de la existencia.
Y esto ocurre en la prosa, que es una especie de explicación que hace Claudio Rodríguez de sus textos poéticos, alumbramiento de muchas de sus composiciones aparentemente claras. Veamos lo que ocurre en el verso. Aquí también está presente la palabra “aventura” con todas esas significaciones apuntadas. Ya en su primer libro, Don de la ebriedad, podemos verla en el IV poema del Libro Tercero: “...La aventura / ha servido de poco. Sin mí el cerco, / el río, actor de la más vieja música”, con el sentido de que el riesgo de la busca de la poesía ha sido inútil. Sigue ajena a las preocupaciones y desasosiegos del poeta. También hay bastantes muestras en el tercero y cuarto de sus libros. Pero es en los versos de Casi una leyenda y Aventura, los del último Claudio Rodríguez, donde esta palabra adquiere acepciones relacionadas con lo sagrado y misterioso de la creación poética.
Dejaremos los ejemplos de Aventura para el siguiente apartado y concluyamos éste refiriéndonos de modo breve a los casos de Casi una leyenda. En el poema “Calle sin nombre” el poeta quiere ver la cara de su juventud perdida antes de que se vaya en la calle de su infancia, “transparente y callada / junto al asombro de su intimidad / (...) con pudor desvalido, / asomada en silencio y aventura”. Aquí con valor de revelación, de visión salvadora. En “La mañana del búho” leemos sobre esta revelación aducida (“esta mañana que me va acercando / al capitel y al nido”) lo que opina el poeta de su oficio en plena ebriedad, una “ciencia de erosión pulida, / de quietud de ola en vilo, de aventura / que entra y sale a la vez...” En esta ocasión la palabra significa busca, acecho, peligro, lucha y contradicción. En cambio, en “Nocturno de la casa ida” el poeta se encuentra en el momento más alto de la creación, todo es luz en medio de la noche del poema. Y exclama : “Ahora que estoy mirando el cielo verdadero / aquí, a la vuelta / de esta calle, ¿qué pasa? / ¡Si se me cae encima como entonces / y lo que era infinito y aventura / y la velocidad de la inocencia...” Finalmente, en “El robo” insiste en el esfuerzo y la busca sin descanso que exige cada hallazgo poético, que es como el botín de un robo. Y se echa en cara el no haber acertado con las palabras justas. Exactamente dice: “y no has sabido lo que se presiente: / la aventura en secreto, la destreza / de tanta duda.”
Aventura, contemplación, revelación, deslumbramiento (a veces, alguna forma del verbo deslumbrar) son, pues, términos muy empleados por Claudio Rodríguez. Y, ya que los reúno, vuelvo a la idea de que la mayoría de los poemas de Aventura, que emplean dichos vocablos como sinónimos de momento esencial en la creación poética, como veremos en el segundo apartado de este estudio, podrían ser coetáneos de Casi una leyenda. Es muy significativo el hecho de que muchos poemas de esta última colección mencionen alguno de ellos (a veces más de uno). He aquí los ejemplos, siguiendo el orden del libro, de “Calle sin nombre” (aventura), “Revelación de la sombra” (revelación y deslumbramiento), “La mañana del búho” ( aventura y contemplación), “Nocturno de la casa ida” (aventura y deslumbra), “Nuevo día” (contemplación), “Manuscrito de una respiración” (aventura y revelación), “El robo” (aventura), “Con los cinco pinares” (deslumbramiento), “Balada de un treinta de enero” (deslumbramiento), “Los almendros de Marialba” (deslumbramiento), “El cristalero azul” (deslumbramiento) y “Secreta” (revelación).
domingo, 13 de enero de 2008
Ángel González

Palabra sobre palabra
alzando fuiste un andamio
de esperanza y libertad
para todos los hermanos.
Querías hacer un nido
de amor aquí, en este áspero
mundo que en suerte nos dieron,
para hacerlo más humano.
Y escogiste las palabras
compromiso, escombro, barro,
manos que saben luchar,
ojos que miran al alto,
piedra que se vuelve estatua,
estatua vuelta guijarro
que el tiempo demuele lento
para después olvidarlo.
Y un nombre siempre detrás:
Ángel González, notario
de cuanto fuera sucede
entre el cielo y el asfalto:
guerras, amores, olvidos,
silencios, triunfos, fracasos,
homenajes, brindis, penas
que con creces se pagaron,
escombros que se resisten
a morir... Al fin y al cabo
la historia del hombre es
una lucha sin descanso.
He aprendido tu lección,
como tú la de Machado.
Hasta luego, Ángel González,
voy a leerte otro rato.
(13 de enero de 2008)
domingo, 11 de noviembre de 2007
El jardín secreto de Don Quijote
A Miguel de Cervantes se le olvidó hablar del jardín que escondía en su hacienda Don Quijote. El que sí habló fue Suárez de Figueroa, acérrimo enemigo del ilustre manco, el cual describe el jardín con todo lujo de detalles en su obra Don Quijote de Calatrava, novela que se perdió entre las ruinas de su casa en Calzada y a la que, según todos los indicios, tomó como guía el falsario Alonso de Avellaneda para escribir el libro que tanto enfureció al primero. Así pues, Suárez de Figueroa incluye en su novela todo un capítulo, el quinto para ser más exactos, dedicado a hablar de ese jardín. A poco de empezar dice Don Quijote a su fiel escudero refiriéndose a la costumbre antigua de hacer jardines con plantaciones gastronómicas: “Has de saber, querido Sancho, que en algunas Cortes de la vecina Francia los reyes criaban en sus jardines legumbres y hortalizas como el hinojo, la cebolla, el ajo, la achicoria, el perejil, el berro, la lechuga, la zanahoria, la col, la lenteja, la remolacha, el cardo, la judía, el haba y el guisante. Y nosotros podemos hacer aquí lo mismo. Con un poco de ingenio por mi parte y los conocimientos empíricos que tú, Sancho, como labrador posees, implantaremos una costumbre nada conocida en nuestro territorio, y de paso podremos alimentarnos como dicen que se alimentaban los antiguos moradores de la Arcadia.” “Mejor iría, señor”, replicó el escudero, “tener una piara de cerdos, que además de criarse fácilmente, realizan gratis el servicio de la limpieza exterior, y, no teniendo apenas desperdicios, podrían conservarse en muy diversas formas. Eso y tortas con vino harían las delicias de una familia durante toda la vida.” “Lo del vino es otra cosa, Sancho, porque la higiene alimenticia de entonces lo proscribía frío y por eso se calentaba antes de escanciarlo con una barra candente de hierro o de oro. Y en cuanto a las pesadísimas tortas, tengo que decirte que pronto se convirtieron en un primor de la indigesta repostería de aquellos tiempos.” Y así siguieron uno y otro discurriendo sobre el particular hasta desembocar en los pormenores de la construcción del jardín, que debía hacerse en total secreto, pese a las constantes acechanzas del ama y la sobrina que no les quitaban ojo desde el último descalabro padecido por el caballero en sus locas aventuras.Casi otro cuarto del capítulo se extiende contando cómo amo y escudero llevaron a cabo las
obras del jardín y qué plantas debían cultivar en él. Durante mucho tiempo ambos estuvieron trabajando con el mayor sigilo posible para no hacer desembocar en certezas evidentes las sospechas que ya tenían ama y sobrina. Lo primero que hicieron fue ampliar, sin encomendarse a Dios ni al diablo, el marco de la gran claraboya del tejado de una de las cámaras de la galería para que entrara bien el sol, y la luz y el calor abarcaran el mayor espacio posible del pavimento. Después se proveyeron de cuantos recipientes encontraron por la hacienda que ya habían sido desahuciados de las faenas de la casa pero que eran muy útiles para lo que planeaban (calderos oxidados, cubas viejas, palanganas descascarilladas, lebrillos desportillados, baldes de la ropa con varias abolladuras y una gran artesa de madera que en el corral hacía años que servía de guarida a lagartijas y caracoles). A continuación los fueron rellenando con tierra del campo que, tras los paseos vespertinos, solían traer metida en pequeñas talegas camufladas en la ropa, y a continuación la enriquecieron con abono natural obtenido de las gallinas y palomas que vivían en el corral. El siguiente paso fue trasplantar en las improvisadas macetas plantas que Sancho traía amparado por las sombras de la noche por si al ama o a la sobrina se les ocurría aparecer sin avisar. Por último, distribuyeron los tiestos en la cámara de manera que aprovecharan al máximo la luz del sol que entraba libre por la claraboya y que coincidía con un cuadrado de tres varas por lado. En las cuatro esquinas colocaron las macetas más grandes, que contenían respectivamente un granado, un cerezo, un manzano y un limonero; y en el centro, un laurel. El resto de las macetas ocupaba el interior del cuadro de luz sin desperdiciar una pulgada.Leemos al respecto en el libro de Suárez de Figueroa: “Como don Quijote pensara que con la parra de uvas de la entrada de la hacienda y la higuera del corral disponía ya de dos de los frutos que más le agradaban, decidió plantar en su jardín secreto cinco de los árboles que más había visto repetidos en la Botánica esotérica del licenciado Ruiz de Rioseco: el cerezo, el granado, el laurel, el manzano y el limonero, que junto con las plantas primeramente mencionadas, la higuera y la parra, formaban el Septenario de Paracelso. Tanto la Botánica como el Septenario habían también acabado siendo devorados por la pira que el cura levantó en el corral para acabar con el mal de los libros. Pero don Quijote recordaba de pe a pa lo que allí se decía acerca de los árboles plantados en su jardín secreto, así como del resto de las plantas. Las historias de cada una de ellas, los preparados y los guisos que podían lograrse con sus frutos y también sus virtudes y poderes gustaba comentarlas con el paciente Sancho Panza, que prefería verlas convertidas en suculentos platos. En el último paseo dijo Don Quijote a Sancho: “Muero por saber de qué modo la mejorana, acompañando a las habas de la cena, hará sus efectos en mi persona. ¿Qué aspecto tendré, querido Sancho? ¿Seré como un cristal, como la niebla, como el humo? ¿Y no sentiré ni el peso de las armas ni el regüeldo a ajo con que regalas a veces mis narices?” “¿De verdad cree vuesa merced”, le contestó el escudero, “que la mejorana le volverá invisible? Mire bien lo que piensa hacer, que más de una vez salió malparado. Ahora está vuesa merced tranquilo. No tiente al demonio con nuevas aventuras. Más bien recoja unos tomates y unos cuantos higos y hágase un buen yantar. Que eso será lo que gane.” “¡Cómo se ve que no atiendes a cuanto te digo, amigo Sancho! ¿No ves que mi sino es el de los caballeros andantes y así debo salir a esos mundos de Dios para librar al débil del poderoso? ¿Y que no podré hacerlo mejor que siendo invisible? De este modo, y sin daño alguno, ganaré honra y renombre que pondré a los pies de mi señora Dulcinea y alguna que otra ínsula de la cual tú serás gobernador, como te tengo prometido”.
.jpg)
El capítulo sigue contando que, de vuelta a casa, Sancho se dio a pensar en las virtudes gastronómicas de la cebolla y el ajo, del vino y las granadas. No entendía que su amo estuviese tan lejos de la tierra y de aquellas golosinas para el paladar que ellos mismos habían producido en el jardín secreto. Él prefería agradarse el cuerpo y el paladar pensando en el ajo arriero con que se enriquecen en la cuaresma las lonchas de bacalao o en las suculentas sopas de ajo que alguna vez había comido en casa de su compadre. “Donde haya un buen plato con su olor y sabor riquísimos”, se decía, “que se quiten los Platones o los Aristóteles con sus prédicas de lujo. Y si el granado, como cuenta mi señor Don Quijote, oculta la historia triste de la hija que acosada por su propio padre se da muerte, y que los dioses, compadecidos de la joven la convierten en granado, mientras que a él lo transforman en gavilán y que por eso el ave rapaz evita posarse en ese árbol, a mí todo eso me huele a rosa ajena y, a cambio, prefiero darme un buen hartazón de granadas y notar el jugo dulce de los pequeños dientes de la fruta garganta abajo”. No podía entender el pobre labrador todos aquellos pensamientos que los antiguos tenían, por ejemplo, de las habas, como aquel Pitágoras que, odiándolas a muerte porque creía que tenían sangre y que pertenecían por tanto al reino animal, murió asesinado por quienes le perseguían al no querer atravesar un campo de esas plantas y dar un estúpido rodeo, dando así ocasión a que lo alcanzaran. Y reía escépticamente al recordar lo sucedido a tan estrambótico matemático, o lo del emplasto de harina de habas que, según Paracelso, era bueno contra las quemaduras del sol y las rozaduras dolorosas de la entrepierna. “¿Qué tiene que ver todo eso”, concluía el escudero, “con un buen plato de habas estofadas con varios embutidos de la tierra?”
Y el pobre Don Quijote, sentado esa misma noche ante el plato de habas hervidas y acompañadas de breves ramitas de mejorana, pensaba en seguir desfaciendo entuertos y perseguir a malandrines, gigantes y encantadores, valiéndose de una fórmula mágica. Así pues, se tomó de siete cucharadas el contenido del plato y salió al raso, dispuesto a seguir al pie de la letra lo que el “Septenario” de Paracelso prescribe en dicha fórmula. La noche era oscura como el propio raciocinio del caballero. Que, a tientas, comenzó su itinerario mágico en la entrada de la hacienda, al pie de la parra de uvas, recitando: “Con las joyas de Baco por testigo, pido al vino del futuro que riegue sabiamente las raíces de mi ser y me haga llegar con buen tino hasta el árbol de Rea”. Cruzó la mitad del corral tropezando aquí y allá con cuantos desniveles había en el terreno, hasta llegar junto al tronco arrugado de la higuera. Nuevas palabras: “Higos que maduráis llenos de azúcar y esperanza pese a los infinitos diablos que se ocultan en las hojas, ojalá que la miel que duerme bajo vuestra piel elimine las verrugas del miedo y los catarros de la murmuración y me abra el camino de la invisibilidad.” Dio tres vueltas alrededor del árbol y se encaminó hacia la escalera que ascendía hasta la cámara del jardín secreto. Y entrando en él dijo: “Manzano de la vida y de la muerte, granado de la sangre dulce y tierna, limonero de los soles recogidos, cerezo del licor que quema y sana, laurel de la victoria: olvidaos ahora de los postres, de los guisos y aliños culinarios, del aguardiente que alivia desarreglos digestivos, de los emplastes y ungüentos curadores...”Paralelamente a las evoluciones del caballero, el capítulo cuenta que esa noche el ama tenía problemas para conciliar el sueño. Unos viejos dolores de cadera eran los culpables. Cuando, de repente, un ruido ensordecedor, proveniente del otro lado de la galería donde se encuentra su aposento, termina echándola de la cama. Asustada, sale al corredor. Allí topa con la sobrina, que, atemorizada también por el estruendo, acababa de abandonar su alcoba para averiguar qué había pasado. “Dios quiera que no sea lo que me estoy imaginando”, dijo el ama. Asintiendo, la sobrina añadió: “Seguramente las sospechas que teníamos días atrás ahora empiezan a ser ciertas”. “Me temo que sí. Pues ese ruido desaforado procede de la cámara.” Juntas avanzan hacia allí. Pero antes de llegar a la puerta se detienen asustadas al ver que una espesa polvareda sale de la cámara. Ya no tienen ninguna duda: allí dentro acaba de ocurrir una catástrofe y posiblemente Don Quijote se halle bajo sus efectos. En cuanto se disipa la nube de polvo quieren entrar, pero no pueden dar un paso hacia el interior porque medio tejado se ha venido abajo y el derrumbe ocupa gran parte de la estancia. Se conoce que la maniobra de agrandar el hueco de la claraboya llevada a cabo por nuestros protagonistas habían dejado en serio peligro la estabilidad de la techumbre. Ama y sobrina, con el corazón en un puño, se ponen a la escucha. Pero no oyen nada, salvo el crepitar de alguna viga que aún se duele bajo los cascotes. Pasados unos minutos, llaman a gritos a Don Quijote. Nada. Repiten la llamada y esta vez oyen unos gemidos que salen de debajo de las ruinas, gemidos mezclados con palabras. La voz dolorida es sin duda la del caballero. El ama y la sobrina le preguntan si se puede mover y él les responde que no y añade entre gimoteos que de nuevo el sabio y mago Frestón le ha impedido llevar adelante otra empresa suya.
No es hasta bien avanzada la madrugada cuando, con ayuda del bachiller Gracián de Saavedra, logran rescatar a Don Quijote molido y descalabrado de debajo de los escombros. Sin perder del todo la consciencia, el caballero dice: “Salvad la mejorana, salvad la mejorana. Que no la vea el sabio Frestón.”
Y Suárez de Figueroa concluye así su capítulo: “Fue de esta manera como Don Quijote de Calatrava sufrió una nueva derrota; pero ésta sin salir de su casa.”
Y en el sexto comienza diciendo las razones secretas del ama y la sobrina para no apenarse en exceso por las continuas desgracias del caballero y en especial por la sufrida a propósito del jardín. Pero estas razones y otros aspectos serán objeto en escrito aparte.
sábado, 10 de noviembre de 2007
I.
Para los primeros amigos barceloneses
Atrás quedaron versos y dibujos
sembrados en efímeros papeles,
y nombres, vivos nombres que evocaban
momentos de amistad: los Baños Viejos,
Canuda, Petritxol, el Pino..., puertas
abiertas a la magia de Barcino.
Las borracheras duraban lo que duraba
el fiel arrobamiento. Luego
volvíamos al refugio de los Beatles
y descendíamos por toboganes
de magia creativa. Afuera, el mundo
ascendía en andamios acrobáticos
y las palomas pintaban las estatuas
con sus grises de olvido y de ceniza.
El tema era el placer del vino mago
que hacía derramar poemas tristes
a lo Buesa, o el deambular romántico
por calles enjoyadas de Gaudí
o altares de Picasso.
Pero había
un viejo nubarrón que amenazaba
la mies de la familia, un huracán
dispuesto a derribar la luz de casa.
Un tren de medianoche atravesó
sin un descanso lágrimas y tierras
mientras en el macuto me quemaban
mil versos contra Dios, contra la vida,
contra la primavera que inundaba
los campos de lujuria. Llegué, limpio
de llantos, hasta el lecho donde el padre
aguardaba mi beso, mi palabra,
tal vez la aceptación de que él había
significado todo para mí.
Y nada hice ni dije: tristemente
lo miré como al barco que se aleja
dejando tras de sí una ausencia blanca.
Y los amigos siguieron compartiendo
conmigo borracheras y cigarros,
poemas y pinturas. Pero todo
había ya cambiado sin remedio.
Y las palabras nos sonaban lejos
porque sabíamos que algo puro, vívido,
a punto estaba de desvanecerse.
Como el perfume de una mujer bella
que deja nuestro cuarto tras amarnos.
Como si aquella Barcelona nuestra
estuviera diciéndonos adiós.
Para los primeros amigos barceloneses
Atrás quedaron versos y dibujos
sembrados en efímeros papeles,
y nombres, vivos nombres que evocaban
momentos de amistad: los Baños Viejos,
Canuda, Petritxol, el Pino..., puertas
abiertas a la magia de Barcino.
Las borracheras duraban lo que duraba
el fiel arrobamiento. Luego
volvíamos al refugio de los Beatles
y descendíamos por toboganes
de magia creativa. Afuera, el mundo
ascendía en andamios acrobáticos
y las palomas pintaban las estatuas
con sus grises de olvido y de ceniza.
El tema era el placer del vino mago
que hacía derramar poemas tristes
a lo Buesa, o el deambular romántico
por calles enjoyadas de Gaudí
o altares de Picasso.
Pero había
un viejo nubarrón que amenazaba
la mies de la familia, un huracán
dispuesto a derribar la luz de casa.
Un tren de medianoche atravesó
sin un descanso lágrimas y tierras
mientras en el macuto me quemaban
mil versos contra Dios, contra la vida,
contra la primavera que inundaba
los campos de lujuria. Llegué, limpio
de llantos, hasta el lecho donde el padre
aguardaba mi beso, mi palabra,
tal vez la aceptación de que él había
significado todo para mí.
Y nada hice ni dije: tristemente
lo miré como al barco que se aleja
dejando tras de sí una ausencia blanca.
Y los amigos siguieron compartiendo
conmigo borracheras y cigarros,
poemas y pinturas. Pero todo
había ya cambiado sin remedio.
Y las palabras nos sonaban lejos
porque sabíamos que algo puro, vívido,
a punto estaba de desvanecerse.
Como el perfume de una mujer bella
que deja nuestro cuarto tras amarnos.
Como si aquella Barcelona nuestra
estuviera diciéndonos adiós.
viernes, 9 de noviembre de 2007
Reliquias
La Doncella de Orleans, que fue condenada a morir en la hoguera acusada de brujería a los diecinueve años de edad y canonizada en 1920, fue enterrada en un lugar desconocido de Rouen a mediados del siglo XV. Parte de sus restos fueron descubiertos por un farmacéutico de París al hacer inventario del contenido de la botica que acababa de adquirir en una jarra de cerámica, con un pergamino doblado en su interior que decía que aquellos huesos eran las reliquias de Juana de Arco. Ni que decir tiene que ante aquel hallazgo se armó un revuelo de padre y muy señor mío. La rehabilitación de la heroica doncella que ya llevaba haciéndose desde el mismo siglo de su desaparición, adquirió dimensiones extraordinarias, y sus llamadas reliquias fueron enterradas con el boato y respeto de una santa en un templo cristiano. Sin embargo, hace poco el científico Charlier, encargado de analizar los huesos y el fragmento de la ropa pertenecientes a Santa Juana de Arco, llegó a la conclusión de aquellos restos pertenecían a una momia egipcia y al fémur de un gato. ¡Vaya chasco! ¡Ah!, y lo del hueso de gato que nadie se extrañe. Según las costumbres de la época de la Doncella de Orleans, solían arrojarse gatos negros a las hogueras donde eran quemadas las mujeres acusadas de brujería.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)