lunes, 7 de marzo de 2011

De vista, de oídas, de leídas

Un buen regalo, un libro (1)



El mes pasado cumplí... muchos años, y entre los regalos que recibí de la familia, destacan tres libros: uno, de poesía; el segundo, una novela, y el tercero, un libro difícil de definir. El de poesía es la última obra poética de Juan Ramón Jiménez formada por los libros En el otro costado, Una colina meridiana, Dios deseado y deseante y De ríos que se van, que se han reunido bajo el título global de Lírica de una Atlántida. Es, para decirlo de una vez, un conjunto excepcional de obras escritas entre 1936 y 1954, es decir, durante el exilio del poeta en América. Me encuentro en plena lectura y debo decir con Octavio Paz que la carrera hacia la muerte de Juan Ramón Jiménez fue una carrera hacia su juventud poética. Adelanto que el volumen, de quinientas páginas, contiene un libro absolutamente desconocido para la mayoría de los lectores y desde luego para mí, Una colina meridiana, y eso, por una razón y es que nunca se había publicado antes como libro autónomo (eso sí, 19 poemas suyos aparecieron en la Tercera Antolojía poética). Los versos que componen dicho libro fueron escritos a partir de noviembre de 1942, cuando el poeta y su mujer se trasladaron a Washington y se instalaron en un apartamento de Dorchester House, en una zona de la ciudad llamada Meridian Hill (como todo el mundo sabe, Colina Meridiana en castellano). Pues bien, desde ese año hasta 1950, Juan Ramón Jiménez escribió los versos que componen dicho libro, articulado en 10 apartados con nombres tan significativos como Hacia otra desnudez, Invierno anunciador o Primavera más primavera, por citar los tres primeros.


Una muestra:

Nunca la paz de los árboles grises,
redonda paz de los troncos desnudos,
la recta paz de los árboles grises
se ha repartido más bella en mi vida.

Porque tengo la edad de abonarles
la copa de abril con mi sangre,
y mi sangre cargada de luz.

Me rodean las flores humanas
(redonda paz de las flores humanas)
más hermosas que nunca. Son mías,
y les amo mi propio calor.

"Mías", grito con nuevo sentido,
pues que es nuevo el sentido del dios
que les deja su sitio de luz
en la plácida luz.

domingo, 6 de marzo de 2011

Versos de antaño

Inicio hoy un recuerdo de versos que escribí hace mucho tiempo, tanto que me da miedo que se queden arrumbados en el desván de la memoria para acabar un día siendo pasto del polvo del olvido. De ahí que los saque al aire antes de que todo eso suceda. Éstos de ahora fueron escritos durante una breve estancia en Granada en 1996, en plena Semana Santa, y gracias a la hospitalidad de mis cuñados Primi y Eduardo, a quienes van dedicados especialmente.



POEMA DE GRANADA (1)

A Eduardo y Primi.
A José Vílchez, cartujo atentísimo.
A Nasi.



Abril y Granada,
cuerpo y alma
de todo lo imposible.
Agua y piedra,
cita de amantes
en los jardines
bajo la luna.
Agua y piedra,
silencio y palabra,
verso y labio del poeta muerto
en la guerra más agria.
1-4-96


Escribir en Granada,
soñar despierto,
coronado de nieve
y de esperanza.
Semana de Dolor
a un paso de la Alhambra,
muros silenciosos
donde canta el agua.
Sueño bajo el sol
con la sierra arriba
coronada de plata.
3-4-96




Detrás de la casa,
olivos,
jóvenes almendros,
higueras que rezuman leche nueva.
Y el monte silencioso.
Crece aprisa el paisaje
bajo el sol azulado de este abril
y la manta nevada de la sierra.
Pero entre las puertas antiguas,
las calles artesanas,
los monumentos donde canta el agua
amenaza aquel Judas de los besos
más negros,
la muerte más flagrante.
4-4-96





La Huerta,
cipreses y arrayanes,
lugar donde un poeta
cantó siempre la oscura
libertad de los hombres,
la idea creadora,
la devoción sin mancha
del pasado.
Esta es la tierra,
el perfume, el aire,
el fuego de la luz
que ardió en el pecho
del poeta caído
por el arte más libre.
Este es el sitio
del sueño,
taracea de Dios
con su metáfora.
Hoy suena de otro modo
el agua de las fuentes.
Las visitas
desfilan por la casa
donde un día
floreció el abogado de los débiles,
de los bellos gitanos.
Cierro los ojos,
y lo veo reflejarse en los cristales
con un libro. La música
llora en su piano…
Abro los ojos,
y estoy a varios siglos de su voz,
rodeado de gente que visita
su ausencia entre estas cuatro
paredes de su casa.
La Huerta,
cipreses y arrayanes,
versos sueltos
de un poema
que no acabó el poeta.
5-4-96

viernes, 4 de marzo de 2011

Memorias de un jubilado

Otro Carnaval

El tiempo es un huracán que todo lo arrastra inexorablemente, menos los recuerdos y el momento presente que se vive. Este sí que no me lo puede quitar. Y el de esta mañana de marzo luminosa en que ha desfilado el colegio de mi nieto Xavi ha sido de los que no se olvidan. Le acompañaba su hermanito Martí, un tierno león dormido en su cochecito.
Xavi iba disfrazado de teletubi más contento que unas pascuas, aunque a mitad de la rúa se ha cansado y me ha echado los brazos al cuello para que lo llevara en brazos un rato. Enseguida se ha unido a sus amiguitos y luego en la guardería ha participado en los juegos y canciones que han amenizado el momento a través de unos generosos altavoces. Allí niños, cuidadoras, papás y abuelos hemos formado una fiesta bulliciosa y colorida.
Lejos están aquellos carnavales de nuestra infancia, en los que, con un corcho quemado, transformábamos nuestros semblantes cotidianos en rostros infames de brujos, gánsteres o piratas.
Y mucho más lejos aún, al menos en el ánimo, se halla otro tipo de Carnaval insano perteneciente a un tiempo y una situación que más vale desterrar, aunque parte de uno y otra recogí en mi poemario de Bubok Hacia la luz, más bien para resumir una idea, una opinión acerca del modo de actuar de cierta gente.

Se trata de una pequeña copla que titulo de los Gerifaltes:

"¡Qué bien os va el Carnaval
disfrazados de sotana:
en una mano el misal
y en la otra la guadaña!"
Prefiero quedarme con la estampa viva de esta mañana. Es mucho más confortable y te empuja hacia lo más limpio.

jueves, 3 de marzo de 2011

Teatro adaptado


DON ILLÁN EL MAGO
(Adaptación libre del cuento Historia del Deán de Santiago y de don Illán de Toledo, de Don Juan Manuel)


PERSONAJES

DON ILLÁN, el mago de Toledo
EL DEÁN DE SANTIAGO
LA CRIADA de don Illán
UN MENSAJERO DE SANTIAGO
UN MENSAJERO DE ROMA

La acción transcurre en la Edad Media, en el laboratorio de magia de DON ILLÁN, a muchos metros bajo tierra, que estará iluminado por velas y al que se accederá por una puerta a la derecha elevada sobre unos escalones.

PRIMER CUADRO

DON ILLÁN y EL DEÁN DE SANTIAGO, sentados frente a frente en sendas sillas y rodeados por cachivaches de alquimia y estanterías llenas de libros y frascos con contenidos extraños. Sobre la mesa cercana habrá una campanilla.
DON ILLÁN. Bien ya estamos en lugar seguro, mágico como verá. Así que ya puede decirme el motivo de su visita.
EL DEÁN. Sí. Verá. En el lugar donde resido, Santiago de Compostela, he oído hablar de su magia y quisiera que me enseñara algunas fórmulas de nigromancia para tratar con mayor eficacia mis asuntos en la rectoría de Santiago. Le prometo que, en caso de verse en algún apuro o necesite de mi humilde persona algún favor, no dude que le ayudaré en todo.
DON ILLÁN. No tengo ninguna objeción que hacerle a su interés por conocer las artes mágicas, pero sí a que yo se las enseñe.
EL DEÁN. (Extrañado.) No comprendo qué quiere decir.
DON ILLÁN. Sencillamente que siendo usted deán y hombre de importancia, se olvidará pronto de ayudarme cuando llegue el caso. Por eso sospecho que cuando haya aprendido todo lo que quiera saber de mí acerca de las artes mágicas, no cumplirá lo que me ha prometido.
EL DEÁN. Sólo la sospecha me ofende. Si yo le digo que le ayudaré es que le ayudaré. Y no se hable más de esa cuestión.
DON ILLÁN. (Tocando la campanilla de la mesa.) Vale. No hablemos de esa cuestión…de momento. (Se abre la puerta de los escalones y se asoma la CRIADA.)
CRIADA. Diga, don Illán.
DON ILLÁN. Vaya preparando unas perdices para la cena, pero no las empiece a guisar hasta que yo se lo diga.
CRIADA. Como usted mande, don Illán. (Sale y vuelve a cerrarse la puerta.)
DON ILLÁN. Bien, ya podemos empezar la primera lección.
EL DEÁN. (Frotándose las manos.) Perfecto. ¿Cuál es?
DON ILLÁN. En primer lugar debe saber que la magia lo mismo puede hacer bien que mal.
EL DEÁN. (Interesado.) ¿De qué depende eso?
DON ILLÁN. Depende de la intención con que se haga.
(Suenan unos golpes en la puerta.)
DON ILLÁN. Adelante.
(Se abre la puerta y aparece el MENSAJERO DE SANTIAGO.)
MENSAJERO DE SANTIAGO. (Desciende los escalones, se acerca al DEÁN y le entrega una carta.) Es de su tío el señor Arzobispo. Es urgente.
EL DEÁN. (Extrañado, coge la carta.) Gracias.
EL DEÁN. (Excusándose ante DON ILLÁN.) Perdone unos instantes. (Abre el sobre y se pone a leer el contenido de la carta. Su rostro se aflige.)
DON ILLÁN. (Preocupado.) ¿Ocurre algo grave?


EL DEÁN. (Que ha acabado de leer la carta.) Sí. Que mi tío el Arzobispo está en el lecho de muerte y me ruega que si quiero verle aún con vida me ponga en camino inmediatamente.
DON ILLÁN. Si lo desea, yo puedo hacer que llegue a Santiago a tiempo para ver morir a su tío.
EL DEÁN. Lo siento mucho por él, pero si voy me pierdo sus lecciones de magia y no querría por nada del mundo que eso ocurriera. Voy a escribir al dorso la respuesta y haré que el mensajero se la lleve de vuelta a mi tío.
DON ILLÁN. Como guste. Aquí en la mesa tiene pluma y tintero.
EL DEÁN. (Se sienta a la mesa.) Gracias. (Escribe la respuesta, mete de nuevo la carta en el sobre y se lo da al MENSAJERO.) Parte raudo con la respuesta.
(El MENSAJERO DE SANTIAGO coge la carta, inclina la cabeza y desaparece cerrando la puerta a sus espaldas.)
DON ILLÁN. ¿Seguimos con la primera lección de magia?
EL DEÁN. Ardo en deseos de aprenderla.
DON ILLÁN. Siguiendo con lo que le decía, es conveniente hacer buen uso de la magia si queremos que se ponga de nuestra parte. Si lo que queremos es curar una enfermedad, lo primero…(Suenan unos golpes en la puerta.) ¡Adelante!
(Se abre la puerta y aparece el MENSAJERO DE SANTIAGO.)
MENSAJERO DE SANTIAGO. (Desciende los escalones, se acerca al DEÁN y le entrega una carta.) Es del Arzobispado.
EL DEÁN. (Extrañado, coge la carta.) Gracias, mensajero. (El MENSAJERO DE SANTIAGO desaparece.)
EL DEÁN. (Excusándose ante DON ILLÁN.) Perdone un instante. (Abre el sobre y se pone a leer en silencio el contenido de la carta. Su rostro se aflige.)
DON ILLÁN. ¿Es grave?
EL DEÁN. El arzobispo ha muerto y yo voy a ser elegido su sucesor.
DON ILLÁN. Una noticia triste y otra noticia alegre. Usted será elegido arzobispo. Enhorabuena. Y ahora que usted va a dejar vacante el puesto de deán me atrevo a pedírselo para mi hijo.
EL DEÁN. (Contrariado.) Le ruego que consienta en que este puesto de deán se lo dé a mi hermano. Sin embargo, si viene conmigo a Santiago y quiere llevar con usted a su hijo, allí le encontraré un cargo importante.
DON ILLÁN. De momento me quedaré aquí en Toledo trabajando en mis artes mágicas. Y mi hijo seguirá estudiando.
EL DEÁN. Es verdad. Las artes mágicas. Precisamente he venido a aprenderlas de usted. ¿Por qué no continuamos con la lección iniciada?
DON ILLÁN. Podemos continuar siempre que usted esté dispuesto a cumplir lo prometido, y ya al primer favor que le he pedido se ha excusado.
EL DEÁN. Comprenda que mi hermano necesitaba ese cargo, pero si hay un segundo cuente usted con él. Y ahora, si no le importa, continuemos con la magia.
DON ILLÁN. (Sonriendo.) Eso, la magia. Verá usted. Para vivir de la magia debe creer en ella y no creo que un arzobispo… (Suenan unos golpes en la puerta.) ¡Adelante!
(Se abre la puerta y aparece el MENSAJERO DE ROMA.)
MENSAJERO DE ROMA. (Desciende los escalones, se acerca al DEÁN y le entrega una carta.) Es de Roma. Un asunto muy importante.
EL DEÁN. Gracias, mensajero. (El MENSAJERO DE ROMA desaparece.)
(Abre la carta. A DON ILLÁN.) Perdone un momento. (Lee en silencio la carta y sonríe satisfecho.)
DON ILLÁN. ¿Algo importante?
EL DEÁN. Mucho. Me siento tan feliz. Me acaban de nombrar Obispo de Tolosa y es un puesto que busco afanosamente desde mucho tiempo atrás.
DON ILLÁN. Me alegro por usted. Y a propósito, ahora que deja vacante el puesto de arzobispo de Santiago, ¿sería tan generoso de dar el Arzobispado a mi hijo?
EL DEÁN. (Mohíno.) Permita, señor, que se lo dé a un tío mío, hermano de mi padre. Pero si venís conmigo a Tolosa acompañado de su hijo allí le encontraré un cargo digno de él.
DON ILLÁN. (Sonriendo.) No se preocupe. Lo entiendo. Y de momento me quedaré aquí en Toledo para que mi hijo continúe los estudios que está haciendo.
EL DEÁN. Es usted muy comprensivo. Como sea igual de mago, estoy convencido de que saldré de aquí conociendo a la perfección las artes mágicas. A propósito, ¿dónde estábamos?
DON ILLÁN. Aquí, en mi laboratorio de Toledo, envueltos de esta atmósfera de magia donde todo es posible. (Ríe maliciosamente.)
EL DEÁN. (Molesto.) ¿De qué se ríe?
DON ILLÁN. No, de nada. De que usted sin moverse ya ha pasado de deán a obispo de Tolosa. Y eso, amigo mío, se debe sin duda a este ámbito sobrenatural y mágico. ¿No es para reírse?
EL DEÁN. Ahora que lo dice, sí. (Ríe.)
(En ese momento suenan unos golpes en la puerta.)
DON ILLÁN. ¡Adelante!
(Se abre la puerta y aparece el MENSAJERO DE ROMA.)
MENSAJERO DE ROMA. (Desciende los escalones, se acerca al DEÁN y le entrega una carta.) Es del Santo Padre. Un asunto de capital importancia.
EL DEÁN. Gracias, mensajero. (El MENSAJERO DE ROMA desaparece.) (A DON ILLÁN.) Excúseme un instante. (Abre la carta y la lee en silencio. Gestos de alegría.)
DON ILLÁN. Otro nombramiento, ¿verdad?
EL DEÁN. Así es. Acaban de nombrarme Cardenal y me piden que puedo ceder el Obispado de Tolosa a quien yo desee.
DON ILLÁN. Estupendo. Ya sabe lo de mi hijo. A él le vendría muy bien ese cargo.
EL DEÁN. ¡Cuánto lo siento! Verá. Me gustaría dar ese Obispado a un tío mío hermano de mi madre, puesto que se muere por él. Pero si viene conmigo acompañado de su hijo, allí podré encontrarle un cargo que le venga muy bien. ¿Qué le parece?
DON ILLÁN. Como le he dicho otras veces, prefiero quedarme aquí en Toledo y asistir a la conclusión de los estudios de mi hijo. (Finge estar afligido.)
EL DEÁN. No debe entristecerse. Tarde o temprano logrará su hijo situarse en la vida, mientras que usted, dueño de los conocimientos de las artes mágicas, puede convertirse en el dueño del mundo y de los destinos de los hombres.
DON ILLÁN. Eso espero, pero de momento me conformo con lo que tengo.
EL DEÁN. Que es mucho. Y hablando de lo que posee, ¿por qué no me cede un poquito de su magia?
DON ILLÁN. Para eso, debe estar convencido de que lo que vaya a hacer con la magia es producto de su humildad y no de su engreimiento. Los magos deben ser los hombres más humildes de la creación y usted…
EL DEÁN. (Extrañado.) ¿Yo qué?
DON ILLÁN. Enseguida lo verá. (En ese momento llaman a la puerta.) ¡Adelante! (Se abre la puerta y aparece el MENSAJERO DE ROMA.)
MENSAJERO DE ROMA. (Desciende los escalones, se acerca al DEÁN y le entrega una carta.) Es del Vaticano.
EL DEÁN. (Extrañado.) Gracias, mensajero. (El MENSAJERO DE ROMA desaparece. A DON ILLÁN.) Perdone un instante. (Lee en silencio la carta. Gestos de júbilo.)
DON ILLÁN. Algo que ni se imaginaba, ¿verdad?
EL DEÁN. El Papa ha muerto y el Cónclave me ha nombrado su sucesor. ¡No me lo puedo creer!
DON ILLÁN. Así que Papa, ¿eh?
EL DEÁN. Sí, Papa.
DON ILLÁN. Bueno y ahora que usted es nada más ni nada menos que Papa. El hombre que manda en la tierra. Ahora ya no tiene usted excusas para no cumplir lo que me prometió. Ya le dije al principio que sospechaba de sus promesas.
EL DEÁN. (Irritado.) ¡Cómo se atreve a hablarme así! Soy el Papa y puedo condenarle a prisión de por vida. Usted no es más que un hereje y amigo de encantamientos y brujerías, que no tiene otro oficio en Toledo que ejercer el arte de la nigromancia.
DON ILLÁN. (Sonriendo.) Ya me esperaba una cosa así. Usted se ha convertido por mi magia en toda la jerarquía de la Iglesia aquí en mi laboratorio de Toledo. Y en vista de su desagradecimiento, le hago volver a su cargo de deán, que nunca ha dejado de ser. Ni le voy a dar lecciones de magia ni parte de mi cena. (Coge la campanilla de la mesa y la hace sonar. Al punto se abre la puerta y aparece la CRIADA.)
CRIADA. Diga, señor.
DON ILLÁN. Ponga a guisar las perdices para la cena y acompañe al deán hasta la salida. (Al DEÁN.) Buen viaje de vuelta. Si tiene hambre, a la salida de la calle encontrará una posada. (Salen la CRIADA y EL DEÁN.) (Al público.) A quienes ayuden y no sepan reconocer sus favores, ninguna ayuda tendrán de ellos cuando sean personas muy importantes.
(Oscuro.)
FIN

miércoles, 2 de marzo de 2011

De vista, de oídas, de leídas

Un museo tenaz

Hay municipios, como el mío, que, a base de constancia, ha sabido sacar adelante con sacrificios económicos y un buen asesoramiento cultural y artístico, su propio Museo de Arte. Me refiero al MAC Can Domènech de Cerdanyola del Vallés, inaugurado en septiembre de 2009 y ubicado en el palacio modernista del mismo nombre.

Ya el edificio en si muestra su exquisita belleza, plasmada, entre otros detalles, en sus espléndidas vidrieras.



En su interior alberga salas de exposición permanente, entre las que destaca la dedicada a Josep Togores, artista local, y otras de exposición temporal. La exposición que se ofrece ahora gratuita al público es una colección de dibujos de Ismael Smith, escultor, proyectista de monumentos, dibujante, grabador, diseñador de joyas de aire modernista, entre otras facetas, que lleva el nombre de Quadern de París. Los dibujos que forman la mayoría de esta colección fueron realizados durante la estancia del artista en la capital de Francia entre 1910 y 1914.

La exposición de estos dibujos de Ismael Smith está abierta hasta el 13 de marzo. De paso, vale la pena hacer una visita a las dependencias del Museo. Que aproveche.

martes, 1 de marzo de 2011

Prosas de antaño

7. Una traición poco ortodoxa


En ese momento el tren se detenía en la estación de Mataró. La lectora cerró el manuscrito, recogió sus cosas y bajó al andén. Atravesó el vestíbulo y salió a la calle. Esperó a que el semáforo se pusiera verde y enfiló la rambla arriba hasta el cruce con la calle donde había estado en otro tiempo el Instituto Nacional de Previsión. Entró en ella y al llegar a la puerta número 12 sacó un llavero y usó una llave para abrirla. Subió un tramo de escaleras y empleó una nueva llave para entrar en el piso del rellano. Una voz de hombre le dijo desde algún lugar de la casa que ya hacía tiempo que la esperaba. Con el tacón de su zapato cerró la puerta a sus espaldas y se encaminó directamente al dormitorio, que era donde le esperaba, metido en la cama, un hombre mayor, canoso y con grandes orejas. La mujer dejó el manuscrito sobre una silla y empezó a desnudarse. Mientras lo hacía, el hombre le preguntó qué libro era aquél. Ella acabó de quitarse las bragas mientras le contestaba que no era un libro sino un manuscrito. Abrió la ropa de la cama y se metió junto al caballero canoso. Palpó en la zona sur del hombre y éste le dijo apesadumbrado:
--Llevo acariciándomela varios minutos y nada.
--Yo te la pondré a tono.
Y empezó a sobársela. Luego intentaron varias veces hacer el amor, unas veces poniéndose ella encima y otras él, pero en ningún caso acabó bien la operación. El hombre, desesperado, se puso mirando al techo con las manos en la nuca. Ella le dijo que no se preocupara, que al final siempre acababan disfrutando.
--¿De qué trata el manuscrito?--preguntó de repente el hombre, sin abandonar su postura de desencanto.
--Parece una historia de magia, con referencias a la España del Siglo de Oro, mitad real, mitad fantástica.
--Alarga el brazo y cógelo. Quiero que me leas un poco.
Así lo hizo la mujer y sus redondas nalgas quedaron al descubierto. El hombre aprovechó para girarse y darle un mordisco en una de ellas.
--Me vas a dejar la marca y sabes que no me gusta llevar señales.
--Te pago para ello. Anda, lee.
La mujer se incorporó, puso a sus espaldas doblada su almohada y empezó a leer mientras el viejo no perdía de vista sus grandes y firmes tetas.

"...Y entonces sucedió el milagro. Fue la conjunción de varias circunstancias. El mendigo ilustrado se separó unos pasos de mí en dirección a la mujer que le había hecho señas, y un cómico en lo alto del primer carro empezó a gritar para llamar la atención del auditorio. De un momento a otro iba a comenzar la loa con que se inauguraba la tarde de teatro. La ocasión se me brindaba de la manera más favorable. Velozmente di media vuelta y abriéndome paso entre la gente salí de la plaza. Sin perder un instante, me encaminé hacia la calle de la izquierda, que estaba ligeramente empinada y que iniciaba el recorrido de regreso hacia la Casa del Montero Real. Me imaginaba que el mendigo ilustrado, al no verme por ningún sitio, pensaría que yo era un ingrato y un mal educado al no despedirme siquiera de él. Pero eso ya formaba parte del pasado y ahora lo que me interesaba era sólo el presente y el placer de satisfacer mi curiosidad.
Parecía que Madrid entero había acudido a la representación del Auto a juzgar por la repentina soledad que notaba a mi alrededor. Recorrí el trayecto rápidamente hasta verme ante la fachada de la casa de mis ansias. No hizo falta usar la llave que “abría cualquier puerta, ya sea viva, ya sea muerta”, porque la puerta estaba entreabierta. Entré en una especie de zaguán, al fondo del cual arrancaba una escalera. Con sumo cuidado alcancé el rellano superior, al tiempo que un bisbiseo suave y el sonido de unos pasos procedentes del portal me pusieron en guardia. Pero comprobé enseguida que todo era producto de mis temores, así que entré en la sala más cercana y la crucé buscando la puerta del fondo, por cuyas cristaleras entraba la luz procedente del jardín. La abrí y bajé los escalones que me separaban de él. Una vez allí abajo, recorrí el pasillo de losas que conducía a una especie de gruta cerrada con una verja de hierro. Aquí sí que tuve que usar mi llave mágica. En cuanto me vi dentro de la cueva y empezaba a acostumbrar mis ojos a la oscuridad, oí una voz que procedía del fondo.
--Ahora se irán--empezó a decir la voz--. Igual que lo hicieron conmigo cuando con engaños me trajeron a esta casa, casa que es, además, como un arsenal para sus botines de rapiña.
Sobresaltado, pregunté quién me hablaba y a quiénes se refería. Entonces vi un hombre encorvado, decrépito, que venía hacia mí. De sus labios salieron estas palabras:
--Yo soy Miguel Mejías y esos dos, Gomárez y la Cómica. Ambos...
Le interrumpí para decirle lo que Gomárez me había dicho acerca de su muerte.
--Pues ya ve que sigo vivo aunque a duras penas puedo sostenerme de pie.
--Tampoco vuestra merced robó al Cristo del Desamparo.
--¿También le ha hablado de eso? Es increíble la desfachatez de ese canalla. Fueron ellos dos. Pero no todo les ha salido bien porque el botín del Cristo del Desamparo, tan bien escondido según ellos en el hueco del altar mayor de esa iglesia, fue descubierto casualmente por unos albañiles que reparaban unos desperfectos en el retablo de Antón Morales..."

domingo, 27 de febrero de 2011

El cine que hay que ver


Recuerda

Una de las cosas peores que le pueden pasar a un hombre es perder la memoria. Sin memoria, el ser humano no es nada, no sabe siquiera cuál es su nombre ni quiénes son sus seres queridos. Sólo pensarlo me angustia. De ahí que siempre que lo hago me viene a la memoria (¡felizmente!) la película Recuerda (título original, Spellbound).

Recuerda (b/n, 1945), dirigida por Alfred Hitchcok e interpretada en sus papeles principales por Ingrid Bergman y Gregory Peck, es una película fundamentada básicamente en el amor entre un hombre que ha perdido la memoria por razones traumáticas y una mujer psiquiatra que le ayuda a recuperarla. En el proceso sucede la historia que sirve de hilo argumentativo, la del asesinato del doctor Edwards, de cuya culpabilidad se acusa a John Balantine, que se ha presentado en la clínica psiquiátrica suplantando la personalidad de aquél.

Y enzarzados en ambas historias aparece el psicoanálisis, el mundo de los sueños y los diseños surrealistas de Dalí para acentuar los guiños del mago del suspenso, que en el film se reducen a las rayas sobre una superficie blanca (las del tenedor sobre el mantel de la mesa, la rejilla de la ventanilla de venta de billetes de la estación de ferrocarril, las rayas de la bata que viste Ingrid Bergman...), la carta caída en el suelo que guarda una revelación importante y, especialmente, el sueño que cuenta Gregory Peck, del que saldrá la explicación de su complejo de culpabilidad, que le viene de la infancia.

Las escenas del sueño no tienen desperdicio, sobre todo, la de la vertiente del tejado blanco, tras cuya chimenea aparece un hombre con la cara cubierta que empuña una rueda picuda, símbolo del revólver que acabó con la vida del doctor Edwards. Lo mismo que la de la mano que empuña dicho revólver, ya hacia el final de la película, a punto de producirse el desenlace de la misma.

Véase un trailer del film.