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miércoles, 4 de abril de 2012

El relato del mes

LA MUSA MUERTA

Es la tarde noche de un día de otoño de mil novecientos sesenta y tantos. Desde el tren contemplé un paisaje totalmente blanco, como cubierto con una extraña mortaja: los caminos, los árboles, las viñas parecían encalados en un acto de broma imperdonable. Una fábrica de cal, aparecida de repente al borde de la vía, me lo explicó todo. Bajé en la estación siguiente. En el andén descubrí a mi amigo el pintor, que me había invitado a pasar un par de días en su casa. Lo vi más delgado que nunca, con la barba sin afeitar y los ojos hundidos en sus cuencas.
--Por fin estás aquí—me dijo con una voz temblorosa y ronca que no reconocí--. Desde que oí tu voz por teléfono diciéndome que acudirías en mi auxilio hasta este momento, apenas he descansado un minuto.
Y me abrazó como quien se coge a un clavo ardiendo. Luego cogió mi mochila y empezó a andar delante de mí para indicarme el camino. Pasamos por delante de la iglesia del pueblo y llegamos a una pequeña explanada donde se levantaba un edificio que, según las palabras de mi amigo, sólo se habitaba en época veraniega.
--Ahí está mi guarida—añadió.
Antes de entrar en la finca, descubrí detrás del edificio una tapia blanca sobre la que asomaban sus cabezas apuntadas unos cuantos cipreses, por lo que deduje que aquello debía de ser el cementerio del pueblo. No pude evitar un escalofrío.
Silencio y helor fueron las dos sensaciones que viví nada más entrar en el edificio de apartamentos. No sé por qué me vino a la mente la idea de encontrarme en el interior de un panteón. Además, a la luz blanquecina del fluorescente del ascensor en que subíamos hacia el piso de mi amigo, su cara pálida me recordó la de un cadáver. Le sonreí al descubrir que me miraba y me contestó con una mueca inexpresiva.
--Gracias de nuevo por haber venido—dijo mientras ponía los ojos en blanco y el peso de la mochila lo echaba hacia atrás hasta chocar con la pared del ascensor.
--¿Estás enfermo?—le pregunté con verdadera aprensión.
--Debe de ser que no como desde hace días. Pero eso no es lo que me preocupa. Es la obra, la musa, la creación…
El ascensor se paró en la tercera planta. El ruido de las puertas al abrirse resonó en el edificio como el rugido de un extraño animal. Mi amigo abrió la puerta 3 del rellano y me invitó a pasar mientras daba la luz. Un espectáculo de ultratumba se ofreció a mi vista colgado en las paredes de la entrada y el comedor. Eran lienzos a medio pintar cuyos motivos pictóricos no dejaban lugar a dudas. Tibias blancas formando letras sobre fondos azules, esqueletos cuyos huesos color siena aparecían desperdigados sobre un mar oscuro, calaveras blanquecinas riendo con tanta fuerza que las mandíbulas inferiores habían saltado de su articulación, mujeres de piel amoratada fornicando con muertos grises junto a fosas cuyas bocas rojas aparecían escandalosamente abiertas, cruces amarillas pobladas de cráneos azules, la típica imagen medieval de la muerte llena de harapos sucios y repugnantes, armada de guadaña y flanqueada por filacterias amarillas con letreros esotéricos…
Evidentemente, mi amigo estaba pasando por un momento de excitación funeral. Y las obras dejadas a medias indicaban además su situación de sequía creativa, tal como me había expuesto en la carta de días atrás. No sabía muy bien qué podía hacer yo para ayudarle, pero allí estaba, en aquel apartamento de la muerte.
Tras acompañarme sin decir una palabra por la incompleta exposición de sus pinturas, me llevó hacia su estudio. Por todas partes, en las paredes, apoyados sobre ellas y depositados encima de las sillas y el resto del mobiliario, había más lienzos sin acabar y con los mismos temas macabros anteriores. Les eché una mirada y luego me volví hacia mi amigo, que, con un gesto de brazos caídos, me indicaba su desolación.
--Ya ves –añadió con aquella voz salida del más allá--. Eso es todo lo que puedo hacer. Pero no me basta. Busco algo que me libre del hechizo de la inactividad. Algo que me abra nuevos caminos.
Y se dirigió hacia la mesa central repleta de cuadros y utensilios de pintar. Retiró unos cuantos y puso a la vista una caja de cartón de dimensiones considerables. Extrajo de ella una cartulina, que me enseñó mientras me explicaba lo que había dibujado en ella.
--Es un boceto sobre el poema de la flor del cementerio. ¿Recuerdas?
Yo asentí mientras le echaba un vistazo. Allí había un cráneo medio enterrado y de una de sus cuencas vacías brotaba una flor enorme, en cuyos pétalos mi amigo había escrito alternadamente las palabras “vida” y “muerte”. Y mientras yo recordaba el poema a que se refería, mi amigo me dijo que pese a todos los esfuerzos que había hecho hasta el momento no había logrado empezar el cuadro que quería pintar a partir del dibujo.
--Tú lo que necesitas es una calavera—le dije de pronto sin llegar a entender por qué se lo había dicho. Pero la suerte estaba echada y no había marcha atrás, por lo menos de momento.
--¡Una calavera! –exclamó llenándosele los ojos de un brillo nuevo.
--Si no quieres…--dije para intentar enmendar mi propuesta.
Pero no me dejó terminar mi argumento.
--Sí, sí, una calavera. ¡Qué idea más ocurrente! No sé cómo no he pensado en ello, teniendo el cementerio tan cerca.-- Ahora sí que no había posibilidad de volver atrás. Vi a mi amigo más feliz que nunca, como si se hubiera librado de una situación excesivamente embarazosa--. ¿Y qué debo hacer con ella? ¿Besarle en la boca y ponerle en cada cuenca una flor?
Me acababa de desconcertar.
--No hay que llegar a tanto—le dije cada vez más sorprendido de mis palabras--. Bastará con que la traigas a casa, la limpies cuidadosamente y te la pongas delante, en la mesa, con los ojos fijos en ti, y sin dejar de mirarla. Así te familiarizarás con una calavera de verdad y te será más fácil romper el hechizo que te impide ponerte a pintar ese cuadro que quieres. El cráneo, rescatado de la tierra inmunda en que ha estado enterrado y limpiado con ternura por ti como si fuera algo tuyo, te servirá de talismán contra los seres infernales. Eso sí, en ningún momento debes dejar de recitar el poema hasta un total de treinta y tres veces, hasta que de tanto repetirlo, las palabras vayan perdiendo su significado más literal.
“¡Pobre flor! ¡Qué mal naciste!
¡Qué funesta fue tu suerte,
que al primer paso que diste
te encontraste con la muerte!”
Etcétera.
El pintor me miraba con ojos de loco y yo empezaba a arrepentirme de haberle proporcionado esa idea. Pero, como ya he dicho, no me dio tiempo a rectificar. Y dejando la cartulina en la caja, me espetó como poseído por una fuerza infernal:
--¿A qué esperamos? Vamos a hacerlo.
Y me agarró del brazo y tiró de mí hacia el exterior del estudio. En pocos segundos me vi bajando la escalera de la calle tras él, mientras no dejaba de preguntarme si a mi amigo no le había afectado el juicio su larga sequía creadora y también si el ánimo desquiciado del pintor había empezado a influir en el mío.
La noche, con toda su parafernalia de ocultismo y misterio, se abatía inexorablemente sobre nosotros y lo que íbamos a hacer. Rodeamos la tapia del cementerio hasta la verja de la entrada. Para nuestra suerte vimos que sus dos hojas de hierro estaban entreabiertas, y sólo las mantenía unidas una cadena con varias vueltas y su correspondiente candado. No nos fue nada difícil abrirlas hasta permitir el paso de un cuerpo humano entre ellas. Mientras entrábamos en el cementerio, el viento frío del otoño traía hasta nosotros un rumor casi mágico de las peladas viñas de los alrededores. Lo demás era silencio y soledad; sólo la cruda luz de la luna acompañaba al solitario camposanto. Atravesamos la zona de tres o cuatro panteones de ilustres familias del pueblo y llegamos hasta un pequeño campo de hierbajos tan altos que nos llegaban casi a la cintura.
--Éste era el lugar donde enterraban hasta hace poco a los suicidas—dijo el pintor--. Al fondo se halla la fosa común, junto al rincón de la tapia.
Caminamos unos pasos hacia el lugar indicado y descubrimos un gran boquete abierto al borde del suelo. Al claror de la luna vimos un montón de huesos, mezclados sin orden ni concierto, que se perdían en declive hacia la oscuridad del fondo.
El pintor apartó unos cuantos huesos, que rodaron hacia abajo con un ruido hueco y acusador, y se levantó portando entre sus manos un cráneo que enseguida me mostró enfebrecido por las circunstancias.
--Éste me parece perfecto, ¿no crees?—dijo mientras se disponía a envolverlo en uno de los trapos que solía emplear cuando pintaba.
Vi que era una calavera pequeña, probablemente de una mujer o acaso de un niño y, vivamente impresionado, le animé a envolverla pronto para abandonar lo antes posible aquel lugar.
Desanduvimos el camino hasta la verja, yo con un miedo atroz en el cuerpo y mi amigo con una risilla loca entre los labios, y una vez fuera del sagrado recinto, a punto de torcer la esquina de la explanada de las casas, totalmente arrepentido de haber incitado a mi amigo a llevar a cabo aquella descabellada idea, le pregunté:
--¿Y ahora qué?
No dejaba de reír ni de acariciar el trapo que envolvía la calavera.
--¿Qué quieres decir?—se detuvo un momento a la luz de la única farola que había en la explanada y vi que los labios le temblaban de ansiedad.
--Nada. Sólo quiero saber qué harás con la calavera?
--Exactamente lo que tú dijiste. Limpiarla, mimarla y colocarla en un lugar destacado del estudio para que me mire fijamente y su influjo benefactor logre que nada ni nadie me impida realizar mi mayor deseo: pintar la flor brotando de la calavera.
Yo le escuchaba y no daba crédito a mis oídos. La noche era total y un silencio de sepulcro, nunca mejor dicho, se cernía sobre la solitaria y vacía población de manera descarada y agresiva, logrando que el estado de mi ánimo se volviera triste y temeroso.
A todo lo que se me caía encima se le añadió el primer cosquilleo de hambre que vino a visitarme de improviso el estómago desde que a media mañana comiera un bocadillo en el bar de la estación de mi ciudad de origen. Sin embargo, cuando algo más tarde en el estudio de mi amigo lo vi tan abstraído en su trabajo de limpiar la calavera, se me quitó de golpe el apetito para dar paso a otra sensación de angustia, promovida sin duda por un sentimiento de culpa. Pero las cosas seguían su curso y al cabo de un buen rato, sobre la mesa aparecía el cráneo brillante y reluciente, si bien durante la faena de limpieza se le había desgajado el maxilar inferior, que descansaba al lado de un bote de pinceles. Muy cerca había un frasco de trementina, casi en las últimas, y varios trapos y algunas espátulas mostrando restos de la suciedad, tierra y grumos de sustancia indefinible que habían estado adheridos a las paredes y recovecos de la calavera.
Como el pintor parecía no percatarse de mi presencia, le pregunté cómo iba la cosa.
--Ya casi está—respondió sin girarse--. ¡Lástima que la mandíbula se le haya desprendido! La fijaré con dos clavitos y así tendrá una risa eterna. He doblado alguna espátula mientras le raspaba la suciedad de las cuencas, pero por fin he conseguido que la mirada le quede perfecta y eterna también. Enseguida acabo y nos ponemos a comer alguna cosa.
Yo ya no sabía qué decir. Estaba totalmente anonadado ante la impasibilidad de mi amigo. A la vista estaba que era ya imposible hacerle cambiar de idea. Así que me limité a preguntarle dónde iba a colocar la calavera.
Entonces el pintor se giró para mirarme con ojos de brillo intenso, desconocido, como si hubiera cambiado de personalidad.
--En cualquier sitio—respondió acompañándose de un gesto difuso que apuntaba a todas partes y a ninguna. Luego cogió entre sus manos la brillante calavera, la levantó a la altura de sus ojos y empezó a mirarla con fijeza. Finalmente, acercó sus labios como para besarla y dijo:
--Ahora voy a besar a mi musa del más allá. Tú gira la vista si no quieres ver el beso de la muerte.
Invadido de una agobiante aprensión, le obedecí. Evidentemente, ambos habíamos dejado que las cosas se nos fuesen de las manos, y eso ya no tenía remedio.
Sin darse un respiro, mi amigo extrajo de la caja de cartón la cartulina con el dibujo de la flor brotando de un ojo de la calavera y la puso de pie apoyándola en una maleta de pinturas abierta. Luego quitó de un caballete de pie el lienzo a medio pintar que lo ocupaba y colocó en su lugar un lienzo en blanco. Todo parecía indicar que se iba a poner a pintar el cuadro que lo tenía obsesionado.
Consulté disimuladamente mi reloj de muñeca y vi que ya era hora de que nos fuéramos a dormir, al menos yo, que estaba molido después del día que me había dado.
--¿Por qué no lo dejas para mañana?—le pregunté no muy convencido de hacerle mudar de propósito.
Para mi sorpresa, dejó todos los bártulos a un lado y dijo en un tono sereno:
--Tienes razón, con la luz del alba las musas muertas vuelven a la vida, y la mía vendrá a visitarme.
Y nos fuimos a dormir deseándonos feliz descanso hasta la mañana siguiente. Pero, una vez que me metí en la cama, empecé a sentir una extraña sensación, que ya no era sólo la del sentimiento de culpa anterior, sino de claustrofobia. Aunque parezca una extravagancia, me parecía estar tumbado en el nicho de un panteón, bien metido y amordazado en mi ataúd. Pero a la vez era capaz de ver flotando sobre mí la calavera de mujer o de niño que habíamos robado del osario del cementerio hacía pocas horas, mirándome fijamente. Casi simultáneamente descubrí proyectada en la pantalla luminosa de mi cerebro la escena de un fraile velando el cadáver de una cortesana lujosamente vestida, a la que terminaba dedicando estos versos:
“Esa seda que relaja
tus procederes insanos,
es obra de unos gusanos
que labraron su mortaja.
También la región más baja,
la tuya, han de devorar.
¿Por qué, pues, te has de jactar,
ni en qué tus glorias consisten
si unos gusanos te visten
y otros te han de desnudar?”
Sudando abundantemente y presa de una excitación extraordinaria, di la luz y me incorporé en la cama.
En ese momento oí que mi amigo en la habitación contigua profería un grito espeluznante. Me puse las zapatillas y acudí a ver qué le pasaba. Lo encontré sentado sobre el lecho, temblando de pies a cabeza y con los ojos desorbitados.
--Acabo de tener una pesadilla horrible—me dijo jadeando--. La calavera del estudio recobraba la vida y, riendo a carcajada limpia, venía a besarme.
--¿Ves? La pobre quiere devolverte el beso que tú le diste—le dije sorprendido de mis propias palabras--. O tal vez algo peor.
--¿Algo peor? Vamos, no me jodas.
--Nunca se sabe. En mi infancia oí un relato estremecedor en el que un hombre y una mujer, que habían robado las asaduras de un muerto para comérselas, eran horriblemente arrastrados hasta el cementerio por el difunto en cuestión, como castigo por lo que le habían hecho.
--No me estarás contando todo esto para convencerme de que devuelva el cráneo al cementerio, ¿verdad?
--Pues ahora que lo dices, no sería mala idea –por primera vez después de mucho tiempo volvía a comportarme con cordura--. Desde que esa calavera se halla aquí en tu casa, compartiéndola con nosotros, me encuentro mal, y tú no debes de estar mucho mejor que yo. No hay nada más que verte.
--¡Tonterías! Esto sólo ha sido un mal sueño. En cuanto se me pase sus efectos, volveré a dormirme como un niño. Anda, vuelve a la cama y duerme tú también.
Entonces el viento, que hacía un rato había empezado a arreciar, golpeó con fuerza la contraventana y casi simultáneamente se dejó oír en el estudio vecino un ruido seco como de un objeto que se rompe al caer al suelo. El pintor, como empujado por un irrefrenable resorte, se tiró de la cama y salió corriendo hacia el estudio mientras un “¡NOOOOO!” prolongado y angustioso brotaba de su boca. Salí en pos de él y, al entrar en el estudio, el espectáculo que se ofreció a mis ojos me dejó paralizado. A poca distancia de los pies de la mesa central yacía en el suelo, rota en tres pedazos, la pequeña calavera. Y a su lado, de rodillas, con los ojos desencajados, el pintor contemplaba desconsoladamente el destrozo, como una estatua viva del dolor y la desolación. Rápidamente eché un vistazo a mi alrededor y descubrí la causa del desastre: al parecer, por la ventana, abierta de par en par, había irrumpido violentamente el viento y había derribado los botes de la mesa y éstos, en su caída, habían hecho rodar la calavera hasta el suelo. Luego me acerqué a mi amigo para intentar consolarle. Fue en vano. Parecía un alma en pena. Entre gemidos fue recogiendo los tres trozos de la calavera y los envolvió en un trapo junto con el maxilar inferior que, milagrosamente, había permanecido sobre la mesa. Luego, mientras miraba al exterior por la ventana del estudio y su mano apuntaba al cementerio, sus labios se abrieron para proferir la siguiente frase una y otra vez:
--Quiere volver allí, quiere volver allí, quiere volver allí…
A todo esto, el viento había vuelto a su reposo y en la casa reinaba un silencio total, como el que se vive momentos antes de ocurrir algo muy importante, una declaración de amor, un perdón, un nacimiento, una muerte.
El pintor, con su envoltorio en la mano, parecía un niño dispuesto a llevarle un regalo exquisito a una persona ilustre. Estaba como ausente y ya no decía nada. Sólo se limitó a caminar como un autómata hacia la puerta. Le seguí convencido por primera vez de que por fin el túnel donde nos encontrábamos empezaba a mostrar al fondo la pequeña luz de la salvación.
El silencio de la noche, completamente cerrada, amordazaba todos los rumores del solitario pueblo, las hojas secas, los ladridos de los perros, el chirriar de alguna veleta… Bajo la oscuridad los dos caminábamos con una misma y clara resolución: devolver aquellos huesos al sitio de donde nunca debieron salir. Yo oía, junto a los latidos insistentes de mi propio corazón, la frase que iba repitiendo mi amigo como en una triste salmodia mientras acariciaba el envoltorio que llevaba en las manos:
-- Quiere volver allí, quiere volver allí, quiere volver allí…
Entramos en el cementerio por el mismo sitio que la vez anterior. Esta vez me quedé enganchado entre las dos hojas de hierro de la verja. Fue sólo un momento, pero me angustié más de lo debido, sin duda porque mi amigo había seguido su camino sin percatarse de lo que a mí me estaba pasando. Cuando me liberé del abrazo de hierro, ya no veía a mi amigo por ningún sitio. Los cipreses cabeceaban sobre los panteones. Con más miedo que vida, caminé hacia donde creía que estaba la fosa común para reunirme lo antes posible con mi amigo. Tardé en llegar porque había ido tanteando con la punta del pie el terreno que pisaba para no tropezar con el caballón desnudo de alguna sepultura. Allí estaba, arrodillado junto a la boca del osario. Me arrodillé a su lado. En ese momento se disponía a desliar el envoltorio.
--Deja que te ayude—susurré.
El pintor accedió. Desatamos entre los dos el trapo que envolvía los fragmentos de la calavera y luego los depositamos suavemente sobre los demás huesos. Una lechuza emitió su canto lúgubre escondida en un ciprés cercano. Miramos al unísono hacia el lugar.
--Acabemos—dije con trémula voz.
El pintor no dijo nada al respecto, sino que, para extrañeza mía, empezó a rezar un padrenuestro con un fervor irreconocible. Le acompañé de buena gana hasta el final de la oración y luego nos persignamos como dos devotos arrepentidos.
Después volvimos a casa. La noche era ya una gran mancha de tinta negra que impedía ver lo demás. Sólo el farol de la esquina de la explanada suspendía en el aire un cono de luz amarillenta. Al pasar bajo él, descubrí una tímida sonrisa en los labios de mi amigo.
--Es el ojo de Dios—dijo enigmáticamente.
--¿El qué?
--Esta luz. Es el ojo de Dios, que hasta en las tinieblas observa atento cuanto sucede en el mundo. A Él nada se le escapa.
Fue entonces cuando comprendí que mi amigo estaba en paz y que algo en su interior había cambiado sustancialmente.
Ya dentro de casa no volvimos a la cama. ¿Para qué? Nos embargaba una tranquilidad inmensa. Así que nos pusimos una bata cada uno y nos encaminamos al estudio. Sobre el suelo oscuro del pasillo se proyectaba el cuadro de luz de la puerta de aquél, como un lienzo en blanco que esperaba ansioso al pintor. Allí entramos como en un santuario y, sin previo acuerdo, empezamos a poner en orden cuanto el viento había trastocado. Después el pintor, con el rostro sereno, me dijo, mientras preparaba de nuevo los útiles de pintar:
--Ahora sí estoy preparado para realizar ese cuadro.
Sus palabras me llenaron de gozo, y, mientras trazaba con una seguridad absoluta unas líneas con carboncillo sobre la tela nueva del caballete, yo me coloqué a una distancia prudente para asistir a lo que parecía la resurrección artística de mi amigo. Las líneas que dibujaba iban tomando forma con una soltura prodigiosa. A los pocos minutos ya se veía en el lienzo lo que sería el tema del cuadro futuro: una flor abierta que brotaba de una de las cuencas vacías de un cráneo semienterrado.
Sin apenas transición, el artista cogió una paleta limpia y sobre ella dispuso en arco varios montoncitos de óleo, llenó las aceiteras de barniz y trementina y, armándose de un juego de pinceles y un trapo para irlos limpiando, se puso junto al caballete y empezó a aplicar la pintura en el lienzo con un acierto y una seguridad tales que parecía que tenía en la retina el cuadro ya concluido. Enfrascado en la labor creadora, dijo:
--Ahora lo veo claro. Ahora sé incluso qué colores debo ir poniendo en cada sitio. ¿Me oyes?
Asombrado de la virtuosidad de mi amigo, apenas encontré voz para contestarle. El artista, metido de lleno en su fervoroso acto de creación, continuaba explicando el gozo que experimentaba pintando:
--Es como si estuviera viendo, superpuesto sobre el lienzo, el cuadro ya terminado y sólo tuviera que ir rellenando de color la superficie señalada. Es una sensación casi divina. Ni te lo puedes imaginar. Ahora sólo me falta, para ser el hombre más feliz sobre el planeta, que me recites el poema como tú sabes.
No podía creerme lo que estaba viviendo. En plena noche y después de todo un día de trasiego y fatigas, no notaba cansancio ninguno. Dentro de pocas horas volvería a amanecer y estaba en condiciones de poder asegurar que tanto mi amigo como yo estábamos viviendo una nueva vida. Así pues, transfigurado también por las circunstancias, recité lo mejor que pude:
--“¡Pobre flor! ¡Qué mal naciste!
¡Qué funesta fue tu suerte,
que al primer paso que diste
te encontraste con la muerte!
Respetarte es cosa triste,
arrancarte es cosa fuerte,
mas dejarte con la vida
es dejarte con la muerte.”
Acabé de recitar el poema y mi amigo su cuadro. Guardó la paleta y los pinceles, se limpió las manos y, retirando de una silla el lienzo a medio pintar que la ocupaba, se sentó en ella para contemplar a gusto la obra que acababa de terminar y que abría una nueva etapa en su creación. Era una pintura maestra, limpia y redonda. Allí estaba la calavera blanca, con sus ojos fijos y oscuros temblando de miedo ante la flor que brotaba triunfante de uno de ellos. Se me ocurrió un haikú:
“La calavera:
ojos que expulsan ciegos
la musa muerta.”
Me giré para contarle a mi amigo la ocurrencia del haikú, y descubrí que estaba plácidamente muerto, con los ojos extasiadamente vidriados ante su pintura.

jueves, 29 de marzo de 2012

Un relato de los setenta

El gaucho de la costa (2)

Gustavo Adolfo Bécquer

He de confesar, antes de que me demore en esta relación, que enseguida me enamoré del Creador, y como yo alguna más, como Elena Pizarro o Elisa Monje, aunque ellas, como yo, nunca se lo dijeron a nadie. Pero P. Júcar sólo tenía ojos para Puri, la poetisa del Vallés. No me da vergüenza decir que a veces me sentaba en la tertulia frente a él para que se fijara en mis piernas y asistía sin ruborizarme a la indagación que el Creador hacía con miradas furtivas a lo que había más arriba de las rodillas, bajo la falda que, coquetamente, replegaba unos centímetros al límite de lo permitido. Sin embargo, todo quedaba reducido a eso. Yo me encendía por momentos, pero luego me enfriaba violentamente como el hierro al rojo vivo ahogado en la pica de agua de la fragua. Una vez me hizo concebir cierta esperanza cuando, al acabar una de aquellas tertulias sabatinas, me invitó a tomar una cerveza en la granja de la esquina de Borrell. Creí que íbamos a estar a solas y luego descubrí en la escalera que había invitado también a Martos y a Corona, el poeta que enseñaba por entonces en un colegio del Opus. Mientras tomábamos las cervezas, me pidió que hiciera de secretaria y testigo de lo que iba a proponerles a los hombres. Y fue que los nombraba miembros del jurado que fallaría el premio recién patrocinado por él. Cuando acabó la ceremonia, les dio un apretón de manos y a mí un beso en la mejilla, que me supo a humillación. Lo que recuerdo de aquel día fue la explicación que nos dio acerca de su elección y la forma de hacerla.
--Os he elegido a vosotros dos por varias razones, pero la más importante es que tú, Martos, los tienes pelados de escribir versos y a ti, Corona, te considero una persona que sabe lo que hace; me refiero a que, como profesor de Lengua y Literatura, conoces la preceptiva literaria mejor que nadie de ahí arriba, sabes perfectamente lo que es un poema, y los libros que has publicado responden a lo que yo entiendo por poesía auténtica. Además, uno y otro sois capaces de descubrir si lo que se manda al concurso es plagio o no. Pero una cosa os digo también y en esto te incluyo a ti, monina: si lo que hemos hablado aquí llega a oídos de Moraleja, dejaré de contar con vosotros. Este mundillo de la literatura es tan cabrón como otro cualquiera. Con el dinero no se juega; se puede jugar con los versos y hasta con la poesía, pero con el dinero de ninguna manera. En esto estaba equivocado mi querido Bécquer cuando dijo aquello de “Voy contra mi interés, al confesarlo, / no obstante, amada mía, / pienso, cual tú, que una oda sólo es buena/ de un billete del Banco al dorso escrita”, y más abajo: “Tú sabes y yo sé que en esta vida / con genio es muy contado el que la escribe / y con oro cualquiera hace poesía”.






Desde que el Creador empezó a hablarnos de Bécquer, frecuenté la lectura de las “Rimas” y las “Leyendas”. Más que los versos, que encuentro demasiado almibarados, y eso que Corona dice que el poeta de Sevilla es un poeta para señoritas, más que los versos, digo, me gusta la prosa lírica de las leyendas y el mundo misterioso y muchas veces trágico que las alienta. Me hice amigo del loco Manrique y con él soñaba en lo mágico que tiene la naturaleza. Sufrí con Margarita, la pobre doncella a quien deshonró el conde de Gómara y mi alma quedó confortada cuando, al final de la narración, el noble ofensor estrecha con la suya la mano de la enterrada, en señal de matrimonio; y el brazo, que había permanecido hasta ese momento fuera de la tumba como esperando a que el conde cumpliera su promesa, se hundió bajo la tierra, logrando con ello sus pobres restos el descanso que tanto merecía. Y sufrí también con Sara, la pobre judía a quien su propio padre crucificó y de cuya tumba brotó la pasionaria, la flor que recuerda los atributos de la Pasión de Cristo en su corola.

lunes, 26 de marzo de 2012

Un relato de los setenta


El gaucho de la costa (1)

La Creación de Miguel Ángel y Príapo

La primera vez que vi a P. Júcar, el Creador, fue en la tertulia de Moraleja a finales de los años setenta. Recuerdo que se presentó trajeado y con corbata en pleno mes de junio cuando Barcelona padecía un calor insoportable. Venía con dos libros de poesía y prosa poética recién publicados en la editorial que dirigía Moraleja: uno se titulaba “Pálida” y el otro “Griterío”. No me llamaron la atención sus libros más que su rostro moreno y bien parecido, su cuerpo escultórico y su voz grave y bien templada. No tengo que añadir que a las mujeres de la tertulia enseguida nos cayó mejor que bien P. Júcar, el Creador. En cuanto a los hombres, de todo hubo. Mientras el propio Moraleja vio en él una nueva savia para la tertulia, Corona lo consideró un arribista, Rincón un quiero y no puedo y Martos lo bautizó enseguida como el gaucho de la costa pues, según todos los indicios, procedía de algún sitio de la Argentina. Antes de seguir con su historia debo explicar por qué le llamo el Creador. Y la cosa no es difícil de explicar por la sencilla razón de que fue él mismo quien se presentó con este apelativo.
--Llamadme Creador, nos dijo el primer día, en vez de por mi nombre de pila, porque soy ante todo un creador de palabras. Las palabras son el alimento de mi vida y sin ellas sería como un árbol, daría hojas, flores tal vez y, en el mejor de los casos, hasta frutas suculentas, pero sin ser consciente de ello; o como una piedra, que podría formar parte de una tapia o de una catedral o, simplemente, del lecho húmedo de un río o de la espalda polvorienta de un sendero, pero sería unas cosas u otras sin que me diera cuenta de ello. Así pues, me considero antes que nada el Creador de mis poemas, de este juego vital y sensible formado con palabras bellas. Asimismo me considero una pura reencarnación de Bécquer. A veces escucho voces de mujeres que él amó y otras veces hablo con personajes de sus leyendas. Sin querer pronuncio rimas completas, por ejemplo ¿conocéis la que dice “Por una mirada, un mundo; / por una sonrisa, un cielo; / por un beso... yo no sé / qué te diera por un beso”?, y de repente me entran ganas irresistibles de viajar a Soria o a Toledo o a Sevilla o a Madrid para entrar en los jardines o en las casas donde Bécquer estuvo y pasear por las calles y los paisajes que él conoció.




Un día se presentó en la tertulia con un ramo de rosas y gladiolos y las mujeres nos quedamos prendidas de su galantería y delicadeza. A partir de entonces, el ramo del Creador sería para la mujer que apareciera en primer lugar en la tertulia de Moraleja, costumbre que quedó institucionalizada para los restos. También instituyó una costumbre para los hombres de la tertulia y fue la de llevar cada sábado una botella de Chivas, que era consumida entre charla y charla, lectura de poemas y comentarios banales sobre el tan cambiante mundillo de la literatura. Moraleja actuaba como figura presidencial y P. Júcar como el sumo sacerdote de la liturgia sabatina, siempre dispuesto a amenizarnos la tarde con alguna de sus ocurrencias, cada cual más peregrina. Como aquélla que gustaba repetir relacionada con una pintura de Miguel Ángel.
--¿Os habéis fijado detenidamente en la escena de la creación de Adán de Miguel Ángel, presente en la Capilla Sixtina? Si entrecerráis los ojos y en semipenumbra observáis la envoltura oscura que rodea a Dios en el momento de la creación del primer hombre, no os será difícil descubrir la figura de un gran pene, concretamente el glande, eyaculando. El brazo de Dios, cuya mano toca la mano de Adán, oculto también en una envoltura oscura, siempre me ha parecido una hermosa eyaculación, la más hermosa de todas porque está creando en ese momento el ser más perfecto de su Creación: el hombre.

Otras veces nos hablaba de sus afinidades con Rafael Alberti, del gusto que había tenido siempre, como el poeta y pintor gaditano, por la pintura, por los viajes alrededor del mundo, por la volcánica expresión lingüística. El libro del que siempre hablaba (decía que lo podía haber escrito él perfectamente) era “Entre el clavel y la espada”. Se le hacía la boca agua y los ojos destellos intensos de luz cuando recitaba con pasión desmedida los versos de Príapo y Venus. A Moraleja, que prefería otros poetas andaluces al gaditano, no le gustaba mucho que hablara de modo tan entusiasta de Alberti, pero le dejaba decir aquellas cosas que a nosotras, las poetisas del grupo, nos encandilaban sobremanera. Entre los hombres había quien también gozaba oyendo hablar al Creador de Alberti. Uno de ellos era Martos, gran parlanchín más que conversador porque a la larga siempre acababa haciéndose pesado y aburrido, el cual se sentía deudor del poeta gaditano y hasta había publicado un librito de poemas de edición casera titulado “Con el mar de Alberti”. Moraleja sentía por Martos otro tipo de afecto muy cercano al desprecio, que nada tenía que ver con lo que le inspiraba el Creador, habida cuenta de que al poco tiempo éste cedió parte de su capital para ampliar los proyectos de la editorial que dirigía Moraleja y sufragó la cantidad en metálico de un premio de poesía con el nombre de la tertulia de cuyo jurado fue nombrado presidente el propio Moraleja.
--Lo que ocurre entre Venus y Príapo-- dijo el Creador--- podría ocurrir entre las personas que estamos ahora mismo aquí, en este piso de Moraleja. Sobre la mesa o en alguno de los cuartos que hay en el interior. Es algo mágico el amor o el sexo, que da lo mismo. Y estoy hablando de personas de distinto sexo, no confundamos, de un hombre y una mujer que, encendidos, se lanzan al choque más pacífico, a la lucha más limpia, al acto que inicia la creación, el génesis. Lo de Alberti es grandioso. Una diosa y un mortal, o lo que sea Príapo, dialogan previamente a la entrega mutua, a la posesión total y telúrica. La expresión es tremenda. Y si no, escuchad lo que dice Príapo: “ Despierta, sí, cerrada / caverna de coral. Voy por tus breñas, / cabeceante, ciego, perseguido. / Ábrete a mi llamada, / al mismo sueño que en tu gruta sueñas. / Tus rojas furias sueltas me han mordido. / ¿Me escuchas en lo oscuro? / Sediento, he jadeado las colinas / y descendido al valle donde empieza / el caminar más duro, / pues todo, aunque cabellos, son espinas, / montes allí rizados de maleza. / ¿Duermes aún? No sientes / cómo mi flor, brillante y ruborosa / la piel, extensa y alta se desnuda, / y con labios calientes / --coral los tuyos y los míos rosa--/ besa la noche de tus labios muda?/ ¡Despierta!”

viernes, 1 de abril de 2011

Prosas de antaño


10. Sandra se transforma




Yo no podía creerme lo que estaba viendo y confieso que me entró una extraña melancolía al ver a Sandra de aquel modo, a expensas de un doctor en Parabiología. Éste le guiaba por el sueño. --Estás en el Madrid de los Austrias, frente a la Casa de las Siete Chimeneas... Pero Sandra de repente se puso a temblar y a negar con la cabeza. Después brotaron las primeras palabras de sus labios temblorosos: --Yo... yo soy hija de... Juana Romero y... Luis Navarro Ladrón de Guevara, comerciante de pieles... --No, no--le decía el hipnotizador--. Tú eres... Sandra Nevares y vas a entrar en la Casa del Montero; atravesarás... Sandra, mi Sandra, se agitaba de pies a cabeza. Estuve a punto de intervenir y parar aquella locura, pero el moreno me detuvo con un gesto de calma. La chica balbuceaba: -- Yo tenía... nueve años... cuando mi madre murió, y... mi padre se volvió a casar. Entonces... una tristeza inmensa se apoderó de mí y... unas extrañas dolencias empezaron a acosarme noche... noche y día... Mi infortunio... se hizo insoportable... cuando a los trece años... mi padre decidió... decidió que debía casarme con un... con un caballero varios años mayor... mayor que yo... y a quien no quería... Por obediencia familiar consentí en formar relaciones con él... Los sollozos rompieron en la garganta de mi chica. Entonces me interpuse entre ella y el hombre negro. Pero éste me miró fijamente, como con odio, pero enseguida sus ojos se volvieron serenos, me puso una mano en el pecho y con la otra me volvió a pedir calma. En un susurro me dijo: --En estos casos es imprescindible dejar terminar al sujeto. Me convenció para que permaneciera a un lado, mientras se dirigía a Sandra: --Tranquilízate--le dijo muy suavemente--. Estabas contándome que obedeciendo a tu padre aceptaste a aquel hombre. Continúa. ¿Qué pasó? Sandra pareció calmarse un poco y desaparecieron los sollozos, pero no el balbuceo de sus palabras: -- Aunque... esas relaciones no duraron mucho pues... pues... un día en que había querido sobrepasarse conmigo, rompí bruscamente el compromiso de casarme con él. Los sollozos volvieron. Pero ya no volví a intervenir. Aquella situación me tenía muy preocupado. Sandra dijo: --A los pocos días... me corté el pelo y, tras una larga y... meditada reflexión, hice votos de virginidad en la iglesia de San Miguel. (Una pausa) Por aquel entonces... Felipe III mudó la Corte a Valladolid y... y a esta ciudad castellana hubimos de marchar por el negocio de mi padre. (Nueva pausa) Yo... yo seguía dándole vueltas... al asunto de hacerme religiosa, y... al volver a Madrid en 1606 por el nuevo cambio de la Corte, empecé a frecuentar el convento de los frailes mercedarios... Augusto intervino. --Ahora deja esa parte de tu vida y vuelve al presente. Pero Sandra no parecía oírle. --Recibí el hábito de la Merced, ayudé a la gente sencilla, me llamaron la santa de Santa Bárbara y un día de primavera, adorando el Santísimo, sentí un agudo dolor en el pecho ...y...

El hipnotizador le tocó la frente. Yo me estaba poniendo muy nervioso. Augusto le tocaba la frente con el índice y apretó con él ligeramente echando hacia atrás la cabeza de Sandra. Entonces levantó un poco más la voz y le ordenó: --Deja el pasado y vuelve a tu vida de ahora. Lo harás totalmente cuando cuente tres. Uno... dos... y tres. ¡Ya!

Sandra abrió los ojos asustada. Entre los dos la ayudamos a ponerse de pie y finalmente se abrazó a mí."

Silvia dejó aquí la lectura, apagó la luz de la lámpara de la mesita de noche y se arrebujó entre las sábanas. Nada más despertar al día siguiente siguió leyendo el Cuaderno hasta media mañana. Entonces se duchó, desayunó y llamó al librero para quedar en la tienda. Le dijo que había una cosa que le llamaba la atención en el manuscrito y quería comentarla personalmente con él. Antes de salir de casa se quitó los pendientes y se puso unos que guardaba en el fondo del joyero desde hacía mucho tiempo. Sobre las doce empujaba la puerta de la librería y cambiaba una mirada con el librero. Había un cliente hablando con él; así que esperó a que terminara la compra mientras ojeaba unos libros. Por fin el cliente se fue después de que el librero le hubiese convencido para llevarse El Jarama en vez de Alfanhuí. --Lo de la cámara de cine y los de los diálogos realistas ha estado bien--dijo Silvia en cuanto se quedaron solos. --Y lo de ponerte los pendientes de ámbar, mejor. Luego el librero miró hacia la puerta y besó a la chica en los labios. Fue un beso rápido, pero suficiente. Silvia, un poco nerviosa, empezó a hablarle del Cuaderno. Él le hizo un gesto de calma. --¿Has desayunado? No importa. Pongo el letrero talismán en el escaparate y nos vamos un ratito al restaurante. Allí nos tomamos alguna cosa y me cuentas eso tan importante del Cuaderno. En el restaurante, sentados ya los dos en la mesa de la ventana, sonó el móvil del librero. Consultó la pantallita y lo volvió a guardar. --No es importante--dijo--. Ya llamaré luego yo. Silvia le interrogó con la mirada, pero él disimuló. El camarero se acercó a la mesa y pidieron un café cada uno. Sonaron los tonos de los mensajes. Ni caso. --¿No miras quién es? --Ya lo haré luego. Si fuera algo importante... Y ahora soy todo oídos... y ojos. Porque hay que ver qué preciosa estás, Silvia. Y pensar que todos estos años has estado por ahí y yo sin ver el proceso. ¿Qué es eso del manuscrito que querías comentar? --Hay un momento en que los del grupo se intercambian los regalos. Y en el momento en que Sandra le va a dar el suyo a Josemaría, pretendiente suyo a quien deja por el protagonista, le dice...--Sacó del bolso el Cuaderno y buscó rápidamente la página para leer: "--A ti te traigo un libro de pintura y cocina a la vez. Lo encontré en una librería de viejo las Navidades pasadas. Es un libro que habla de cuadros con motivos culinarios, bodegones... pero es mejor que lo veas tú mismo. Josemaría abrió el paquete, sacó el libro en cuestión y lo abrió por donde había un papelito doblado.


miércoles, 23 de marzo de 2011

Prosas de antaño

9. Sesión de hipnosis


Silvia no podía quitarse de encima lo que acababa de vivir con el profesor librero. Era un encanto. Mira que haberle preguntado por los pendientes de ámbar. ¡Qué detalle! Y lo de la Residencia. Con el Cuaderno II en la mano y ropa interior sobre la cama ojeó el manuscrito. La mente la tenía en otra parte. Al fin recordó que se volverían a ver muy pronto y, ya más serena, se centró en la lectura del manuscrito.

"...Y entre perdones y ligeros roces llegamos junto al animal muerto. Bajo la cabeza colgante del cerdo el recipiente de barro iba recogiendo la sangre que caía a chorro de la herida recién abierta. Mientras tanto, los criados de la masía con haces de pajas encendidos robados a la hoguera iban chamuscando concienzudamente la piel del animal hasta no dejar ninguna cerda.
Yo no quería perderme detalle y. acompañando siempre a Josemaría seguimos a los criados hasta la cocina, adonde llevaron el puerco. Allí, en un rincón de la pieza, lo colgaron boca abajo de dos ganchos. Acto seguido, y ante la mirada curiosa de cuantos llenábamos la cocina, lo abrieron en canal y los entendidos empezaron a descuartizarlo, separando las carnes de los tocinos. Enseguida algunas mujeres empezaron a cortar las piezas, mientras otras las iban adobando con sal, especias y otros ingredientes y otras mujeres ponían a hervir las calderas para cocer las butifarras a la vez que llenaban las tripas con la carne picada para las longanizas y los fuets.
A un lado, colgados del techo, habían quedado los jamones y los tocinos porque requerían otros tipos de cuidados y mucho más tiempo que el del mondongo. La mujer más experta iba dando indicaciones a las demás para formar los “bisbes”, los chorizos de cagalar, las butifarras blancas y las negras a base de morro, sangre, hígado, lengua, cebolla, huevo cocido...
En ese momento vi a Sandra, que por fin había decidido bajar a la cocina por si la necesitaban. Hablaba con todas las mujeres, pero ninguna le dejó hacer nada.
La encargada principal le dijo cariñosamente:
--Usted, señorita, es una invitada. Puede probar de todo si quiere, pero no queremos que se manche. En el comedor de al lado hay una mesa dispuesta con mondongo y vino para ayudar a digerirlo.
Vi que Sandra, haciendo caso de la mujer experta, salía de la cocina con dirección al comedor de al lado. El salón estaba lleno de invitados, así que busqué con la mirada al resto del grupo. Los descubrí al fondo, en el rincón más lejano de la puerta, sentados en un banco negro a pocos centímetros de la larga mesa, cuyo contenido apenas lograba ver por la gente que había alrededor.
--¿Me he perdido algo?—pregunté al reunirme con ellos.
Nadie pareció darse cuenta de mi llegada, salvo Sandra, que me sonrió dulcemente, mientras que Alfarache le estaba presentando a un hombre de raza negra, de ancha cabeza y muy corpulento. Luego, a una seña, nos reunimos los dos y hasta la hora de comer estuvimos tonteando por los rincones y pellizcando los aperitivos que ocupaban las mesas.
El grupo de amigos ocupamos una estancia que Josemaría se encargó de preparar él mismo. Reímos, bebimos y comimos hasta cansarnos. Hablamos de mil cosas hasta que a Sandra se le ocurrió preguntarle al acompañante de Alfarache si no tenía problemas con la comida.
--Ninguno--contestó el moreno, dedicándole una sonrisa universal--. Y aquí en su país creo que no los tendré nunca. La comida en España es extraordinaria. Deberían ustedes dar gracias por estos productos naturales que la tierra les proporciona; este vino de aquí, tan lleno de todo que no sólo alimenta, sino que le da el gusto exacto a las carnes poderosas, a estas magras, a estas costillas, a estas... “monchetas”, como las llaman en esta tierra. Y no sólo lo de aquí, de Cataluña, es bueno, sino que cada rincón de España guarda una sorpresa para el paladar en forma de vino, carne o pescado. Alfarache se ha encargado de ponerme al día, incluso sobre escritores que citan motivos gastronómicos en sus obras.
Sandra le dijo que a mí también me gustaban mucho ese tipo de escritores y, si añadían en sus obras la magia y el ocultismo, todavía más. Añadió, sin venir a cuento, que a veces tenía sueños donde vivía escenas de épocas pasadas.
Augusto, que así se llamaba el hombre, me invitó a que le contara alguno y le expliqué el que viví en la Casa de las Siete Chimeneas con personajes de la España de los Austrias y donde tuve en mis manos un libro de Boscán medio culinario medio mágico.

--¡La casa de las siete chimeneas! Ese edificio está ocupado ahora por el Ministerio de Cultura. A veces los sueños son realidades que ocupan espacios y tiempos distintos de los nuestros.
Entonces Alfarache intervino:
--¿Qué libro era ese? ¿De qué trataba?
--La verdad es que no pude verlo apenas. Pues mis perseguidores estaban pisándome los talones y tenía que huir de allí a toda prisa.
--Creo que se está quedando con todos nosotros. Eso ya nos lo contó en otra ocasión.
Sandra debió de tener miedo a que se estropeara la comida y propuso un brindis por la amistad. Luego se dirigió a Augusto para ofrecerse como sujeto de su sesión de hipnosis vespertina.
--Antes debe hacer unas pruebas con algunos--intervino Alfarache.
El lugar que había escogido Josemaría para la sesión de hipnotismo era una habitación agradable que había robado a la mitad del desván tiempo atrás para que le sirviera de refugio y de estudio siempre que viniera a visitar a sus progenitores.
--Este sitio es realmente un paréntesis de calma--dijo Augusto, que, según me enteré entonces, era doctor en Parabiología.
Luego hubo un silencio, que el hombre aprovechó para explicar en qué iba a consistir la sesión de hipnosis de aquella tarde y concluyó para mi sorpresa de este modo:
--Intentaremos hacernos con ese libro de Boscán que antes ha salido a relucir y que Alfarache desea tener. Claro que nada podrá hacerse si ese libro no existe y sólo es fruto de un sueño. Y aunque existiera, tampoco puedo garantizar nada pues hoy es la primera vez que experimento con algo que hay que traer de un espacio y un tiempo que pertenecen totalmente al pasado. Dicho esto, pasaré a hacer una prueba general, eso sí, contando con la participación de todos. ¿Alguna objeción?
Nadie se opuso; así que el hipnotizador jugó con nosotros varias veces hasta que dijo:
—A algunos os cuesta relajar los músculos y a otros nada, y de entre todos, la más apta para la sesión eres tú, Sandra. ¿Estás dispuesta?
Sandra se puso tan contenta que no dudó un instante en ponerse en manos del moreno para rescatar el libro por medio de un sueño hipnótico. A continuación nos pidió que saliéramos todos de la estancia, a lo que, en contra de los demás, me negué en redondo. Aceptó a regañadientes y sólo con una condición, que no debía decir una sola palabra en lo que durara la sesión. Accedí y, mientras los otros abandonaban la habitación, Augusto mandó sentar a Sandra en una butaca. Luego se situó frente a ella y le pidió que lo mirara fijamente a los ojos mientras le cogía los dos pulgares oprimiéndolos levemente por el borde interno de las uñas, justo en las señales blanquecinas donde nacen los dedos.
Vi que Sandra empezaba a pestañear ligeramente mientras miraba a los ojos de su hipnotizador. El cual, al cabo de unos dos o tres minutos, le dijo clara, constante, suavemente:
--Tus párpados están pesados, pesados, pesados. Aparecerá de un momento a otro en tu mirada como una gasa, un velo, una gasa, un velo. Ahora se cierran tus ojos, se cierran, se cierran. Empezarás a sentir una pesadez general. Tu vista se apaga, se apaga. Y tus párpados se cierran cada vez más, cada vez más. Ahora tus ojos se cierran por completo. Cuando cuente seis estarán cerrados del todo. A medida que yo cuente te irán pesando más. Uno, cada vez más pesados. Dos, los párpados se cierran. Tres, la cabeza pesa mucho. Cuatro, tienes mucho sueño. Cinco, tus ojos están totalmente cerrados. ¡Seis!, duermes ya.

jueves, 17 de marzo de 2011

Prosas de antaño


8. Un beso en los labios





"... Apagué todas las luces y subí al dormitorio. Pero no quité la calefacción como otras noches porque debía estar la casa ambientada cuando, tras unas horas de dormir, el despertador me avisara en plena madrugada. Preparé el reloj de la mesilla para que sonara a las cuatro. Media hora era suficiente para meter en la bolsa cuatro prendas de vestir y una muda, algún libro y las cosas de aseo, antes de que Sandra hiciera acto de presencia con su coche en la calle y se pusiera a tocar el claxon como solía hacerlo.
A las cuatro y cuarto ya tenía todo previsto. Y a las cuatro y treinta y cinco vi, por la ventana de la cocina, acercarse por la calle las luces de los faros de un coche. Era el de Sandra. Y antes de que despertara a todo el vecindario con el claxon de su coche, yo ya estaba saliendo de casa, aunque no pude evitar que un par de bocinazos sirvieran de señal para que los perros de los vecinos iniciaran una orquesta de ladridos destemplada.
Nos saludamos con un beso y a los pocos minutos el coche salía a la autopista. Silencio hasta el primer peaje. De repente Sandra me dijo que Josemaría le había pedido salir con ella. Le dije que me parecía bien, pero por dentro estaba decepcionado. Sandra me lo notó.
--Lo nuestro no podía durar --dijo la chica--. Como dijo Bécquer, tú eras el huracán y yo la alta torre que desafía su poder.
--Pero cuando estamos juntos-- le dije-- algo misterioso pasa entre los dos.
--Lo que quieres es que yo no esté por nadie-- me contestó--.Que de vez en cuando nos veamos, nos demos un besito y otra vez a la soledad.
--Estaba pensando que tal vez, si cedemos un poco más cada uno, lo nuestro nos salga bien ahora.
--¿Estás diciéndome que quieres que lo intentemos de nuevo?
--Podríamos probar.
--Bueno ya hablaremos después de la matanza. Un día quedamos y lo hablamos detenidamente. Ahora vamos a divertirnos.
Me gustó su respuesta, aunque yo pensaba reiniciar aquel diálogo en algún momento de nuestra estancia en la masía. Luego me vi inmerso en los recuerdos de la infancia y, de repente, le pregunté:
--A propósito de la matanza, de niña, ¿la llegaste a vivir alguna vez?
--No.


--Yo sí. ¡Menuda se armaba! La matanza del gorrino se hacía en una plazoleta. Todavía me acuerdo. Los chillidos del animal nos anunciaba a los chicos que el matarife le acababa de hincar el cuchillo. Simultáneamente un intensísimo olor a chamuscado se extendía por la mañana. Pero a nosotros lo que nos importaban eran las pezuñas tostadas del cerdo, por las que nos rompíamos las narices a tortazos, y sobre todo, la vejiga del animal, que inflábamos y usábamos luego para jugar con ella a balonmano. ¡Qué tiempos aquellos!
Luego nos envolvió un silencio largo, de esos que hacen que te sientas a veces como un idiota.
Era todavía de noche, cuando llegábamos a la entrada de la finca de los padres de Josemaría. Unos perros empezaron a ladrar al paso del coche. La masía se levantaba sobre una pequeña colina. Sandra llevó directamente el vehículo a una zona de tierra cubierta con un techo de uralita, situada a la derecha de la casa, delante de los corrales y la caballeriza. Allí había ya varios coches..."

El exprofesor alzó intuitivamente la vista de la lectura en el momento en que entraba en el restaurante la pareja de mujeres que esperaba y cerró el Cuaderno.
--¡Qué aplicado estás en la lectura!--le dijo su amiga de la Universidad.
--Haciendo tiempo. ¿Lo has traído?
--Que sí, pesado. ¿Te acuerdas de Silvia?
Claro que se acordaba. Pero ahora, y allí, la chica estaba más guapa que nunca. Llevaba puesto un vestido azul claro que destacaba la bella palidez de su rostro. Y el lunar en la barbilla era una condecoración merecida a su hermosura.
El librero le dio un beso en la mejilla y se fijó en que no llevaba los pendientes de ámbar.
--Me acuerdo perfectamente--dijo separándose unos centímetros para verla mejor. Olía maravillosamente y el escote del vestido, deslumbrante, era una promesa irrechazable.
Se dio cuenta de que la otra amiga estaba allí y arregló el problema dándole un beso en los labios. Luego añadió:
--¡Vaya suerte la mía! Un pobre mortal acompañado por dos esplendorosas diosas.
Luego se percató de que el beso en los labios de su amiga había hecho mella en la otra y se vio perdido, sin saber qué hacer, salvo el de invitarlas a que se sentaran a la mesa y llamar al camarero para que les trajera la carta.
Comieron, bebieron, charlaron, rieron y, al salir del restaurante, los efectos de todo eso junto hicieron el milagro: los tres parecían formar un equipo inseparable.
La antigua novia de la Universidad, nada más llegar a la calle de la librería, le dijo:
--Le he hablado a Silvia del manuscrito.
De repente al librero se le ocurrió una idea, tal vez producto de la magia de la comida.
--Vamos a hacer una cosa. Tú sigues leyendo el cuaderno que tienes y a Silvia le dejo éste otro para que lo lea. Y dentro de unos días nos reunimos de nuevo y charlamos de ellos. ¿Qué os parece?
--A mí me parece muy bien--respondió Silvia mirándole a los ojos con verdadera coquetería.
Cuando llegaron a la librería se arrepintió de la propuesta, pero por otra parte, no perdía nada porque, en caso de que hubiera algo detrás de los cuadernos, ya se había hecho con algunas notas que consideraba importantes, y además las chicas podían encontrar algunos datos más.
En la puerta de la librería la antigua novia de la Universidad se despidió.
--Ya os telefonearé--dijo.
Paró un taxi y se subió a él. Por la ventanilla les dijo adiós con la mano. Silvia y el librero vieron cómo el taxi desaparecía en la esquina del Hotel para enfilar la calle Numancia arriba.
Solos en la librería, se divirtieron de lo lindo ojeando libros y hablando de parejas. Silvia le contó lo suyo con el músico y sus manías. Se pasaba el día entero y parte de la noche tocando las teclas de su piano y ni uno de los pelos de la cabeza de su mujer. Lo de los viajes por Europa, Londres, Viena, Milán, Bayreuth... para asistir a los acontecimientos musicales más importantes, fue lo más importante de su vida...cultural. Pero lo que era su vida propia, la vida conyugal y lo que ello representa, había sido un solemne fracaso. Había tenido después algunas aventuras pasajeras que nunca llegaron a nada serio.
El librero la vio indefensa, presa fácil para el amor o lo que fuera.
--Tú lo que tienes que hacer--le dijo--es divertirte, aprovechar lo que de bueno tiene la vida, y tiene mucho, te lo aseguro. Pero con tranquilidad, sin comerte la cabeza con ideas raras. Eres muy joven y...muy guapa.
A continuación, le habló de los pendientes de ámbar que en otro tiempo solía llevar y de ahí pasó el librero a evocar aquel tiempo de la Universidad en que el carpe diem estaba a la orden del día.
Acabaron los dos comiéndose a besos en el sofá de la trastienda.
A media tarde se ofreció la chica a acompañarle a la Residencia y le ayudó a dar de comer a su padre. Luego la llevó en coche hasta su casa. Ella le invitó a subir, pero él se excusó diciéndole que había dejado muchas cosas por hacer en la librería, y además había quedado con el carpintero por unas estanterías que quería añadir en la tienda. Volvieron a besarse en los labios y la chica bajó del coche. El librero esperó a que Silvia desapareciera en el portal para irse.

lunes, 14 de marzo de 2011

Prosas de antaño

8. Una aventura corriente




Desde la puerta la señora le envió una sonrisa de agradecimiento.
Él le respondió con otra, satisfecho de haberle podido ayudar, y entonces volvió a sonar su móvil. Era su antigua compañera de Universidad.
--Estoy llegando en tren a Barcelona--empezó a decir--. Si quieres, podemos comer juntos.
--¿No habíamos quedado para la tarde?
Se acordó de que por la tarde tenía que atender a otro cliente y le mintió:
--Tengo un compromiso.
Entonces él le preguntó por el manuscrito y si había empezado a leerlo.
--Unas páginas.
--¿Y qué te parece?
--Lo que he leído no vale gran cosa. Parece más bien parte de un relato escrito por un adolescente aunque sin faltas de sintaxis y con cierta convicción, pero sin originalidad, o bien obra de un autor de literatura juvenil de tantos como inundan el comercio editorial hoy en día.
--Quedamos entonces en el restaurante--dijo él para acabar con ese punto--. A las dos. No te olvides de traerlo.
--¿Sólo me quieres por el manuscrito?
--No es eso, pero debes haber adivinado que no quiero compromisos serios por un polvo más o menos. Pero eso son cosas que no pueden discutirse por teléfono. Hasta después.
Recordó el cuerpo de su amiga y sonrió. De repente se arrepintió de las últimas palabras que le había dicho. Volvió a sonreír pensando en que todo se puede solucionar respecto de una mujer. Todo consiste en hablarle con calma mirándola a los ojos, contarle de vez en cuando algún secreto mientras se simula parecer indefenso y, sobre todo, si llega el caso, satisfacerla en la cama.
Ya no volvió a presentarse en la librería ningún cliente más en el resto de la mañana; así que pudo revisar la última caja de libros. Junto a una colección de Crisol y cuatro volúmenes forrados en piel que recogían el Nuevo Testamento, se encontró con muchos títulos de varios novelistas españoles de la posguerra, casi todos sobresalientes, entre los cuales estaban Ana María Matute, Miguel Delibes, Camilo José Cela, Carmen Laforet, Jesús Fernández Santos, Francisco García Pavón, Mercedes Salisachs y otros. Casi un centenar de libritos de poesía de la colección Adonais y varios libros sueltos de crítica literaria, algunos diccionarios de materias distintas, como Filosofía, Literatura, Religión, Mitología...y, lo que le pareció más curioso, otro cuaderno similar al anterior, con el mismo tipo de forro y del mismo puño y letra; llevaba el título Una aventura corriente y debajo aparecía el nombre de su presunto autor, un tal Antonio Alfarache. El exprofesor dejó para la tarde la operación de ordenar los libros, colocó en el escaparate el letrero Vuelvo en quince minutos y se metió en la trastienda para echarle una atenta mirada al segundo manuscrito.
Y recordando que el nombre del presunto autor ya lo había visto en el primer manuscrito, pasó la página del título y se encontró con esta breve Advertencia:
"Lo que el lector tiene en sus manos es la verdadera historia a que se hace referencia en el Cuaderno I. Lo que allí se escribe no es más que un intento de abrir boca, como un aperitivo del exquisito banquete que se ofrece en las páginas siguientes. Es más, en caso de que se quiera prescindir del primer cuaderno, el lector puede hacerlo a su santa voluntad pues lo referido en éste contiene el verdadero meollo de la cuestión que se oculta tanto en uno como en otro."
A la primera de cambio, el librero no lograba entender la verdadera intención de aquellas palabras. Aún así, se lanzó a la lectura de las páginas siguientes.

"Por primera vez me fijé detenidamente en la cubierta del libro, verde gris, con el título Zurbarán escrito con letras doradas y bajo el nombre del artista, un cuadro con fondo negro en que podía verse uno de los típicos frailes del pintor, de hábito totalmente blanco, de pie junto a una mesa cubierta con tela roja, en actitud pensativa, escribiendo sobre un grueso cuaderno. Y no pude evitar que mi cuerpo se pusiera a temblar. Casi simultáneamente la música de Cabezón volvió a sonar y la estancia a dar vueltas y vueltas hasta convertirse en un comedor de otro tiempo, en cuyas paredes colgaban diferentes cuadros de naturalezas muertas y retratos de personajes de obras del Siglo de Oro, con su rótulo escrito en la parte inferior, y de los cuales sólo reconocí a Sancho Panza. En el centro se extendía una mesa dispuesta con los platos y el resto de la vajilla y cristalería adecuada. Conté cinco sillas: dos a cada lado y una, al fondo, seguramente la del anfitrión. Y del techo, adornado con viejas vigas, colgaba una lámpara de varios brazos con candiles de aceite.
Me senté en el sitio que me correspondía, a la izquierda del anfitrión. Lo supe porque delante de la silla, apoyada sobre el mantel de la mesa, una tarjeta doblada en ángulo decía mi nombre entero. Enseguida me fijé en lo que tenía más cerca: el juego de platos anchos donde iba a cenar. Conté con las yemas de los dedos hasta cinco bordes diferentes. Separé la servilleta del primero y contemplé admirado su decoración. En la orilla del plato, escrito con letras escarlatas, podía leerse en el arco inferior el siguiente texto: “INDIA, Rabindranath Tagore, El Barco de Oro”. En el segundo, el texto en arco decía: “GRECIA Y ROMA CLÁSICAS. Homero y Virgilio. La Odisea. La Eneida”. El texto del tercer plato rezaba: “EL NUEVO MUNDO. Alfonso Reyes. Memorias de cocina y bodega.” En eso estaba cuando oí, procedente de las sombras, los retazos de una conversación. Casi no me dio tiempo de colocar bien la pila de mis platos, cuando hicieron su aparición el resto de los comensales.

--Perdona que te hayamos hecho esperar,—me dijo el anfitrión sentándose en su silla mientras los demás hacían lo propio en las suyas --, pero es que te estábamos preparando una sorpresa. Sin embargo, antes de revelártela, nos gustaría que nos contases tu experiencia en el Madrid de los Austrias.
Le conté a grandes rasgos lo que me había pasado con Gomárez, mi encuentro con Miguel Mijas en la Casa del Montero Real y cómo tuve que salir de allí a todo escape valiéndome de mis talismanes.
Luego Alfarache me pidió que se los entregara mientras vi que Sandra y los demás comensales sonreían. Le dije que los había dejado en la sala de los disfraces y que tras la cena se los devolvería, pensando que con la efusión de la cena y las libaciones se le olvidaría. Así quedamos y, a una señal del anfitrión, comenzamos a cenar siguiendo el orden de los platos y servidos todos por silenciosos y diligentes camareros. En un momento dado, Alfarache recordó la cena-homenaje que muchos años atrás le habíamos dedicado a nuestro común profesor Castro Calvo. Y añadió que me había reunido allí con aquellos compañeros para homenajearme a mí y recordar viejos tiempos protagonizados por mí.
--Porque eres el típico manchego--aclaró--. Tú eres otro Quijote, como tu Quijote querido, idealista como él, y siempre me caíste bien, siempre nos caíste bien a todos, ¿verdad, chicos?
Todos asintieron y Alfarache siguió hablando:
--Sobre todo, por el modo como cuentas ciertas cosas.--Ante la cara que puse de asombro, aclaró:--Nadie como tú sabe contar lo que pasó durante aquel Carnaval de Rosas. Cada vez que lo haces nos morimos de risa. ¿Por qué no nos deleitas con tu palabra?
Sandra hizo un gesto, que Alfarache ignoró porque le dijo:
--¿Ya no recuerdas que te encontramos en el corredor de los lavabos con éste metido debajo del vestido de bruja que llevabas puesto? ¡Hay que ver qué pronto olvidas algunas cosas! Si quieres me extiendo en los detalles. ¿O fue al revés? ¿Tú metida en el traje de globo que se había puesto él dándole al sorbete? ¿O fueron las dos cosas; primero una en el pasillo y después otra en el altillo del restaurante?
Aquello no pareció gustarle nada a Sandra, quien, cogiendo el plato que tenía delante, se lo arrojó a la cara de Alfarache con tan mala fortuna que se lo clavó de canto entre la nariz y la mejilla derecha. La sangre empezó a brotar escandalosamente de la herida y, entre gritos, llamamos a los camareros para que se hicieran cargo de Alfarache, mientras la propia Sandra llamaba con su móvil a una ambulancia.
Así acabo la cena literaria, y en el follón que se montó en los minutos siguientes subí a la habitación de los disfraces y bajo el abrigo oculté mis salvoconductos.
Unas semanas más tarde recibí una breve carta de Sandra. Decía así:
“Querido amigo, una vez que Alfarache ha salido del hospital (¡vaya susto que he pasado!), te pongo unas letras para invitarte de parte de Josemaría a la matanza del cerdo que celebraremos en la masía de su padre. Espero que la carta te llegue con antelación suficiente, aunque dada la eficacia de nuestro Correo, cualquier cosa puede suceder. De cualquier forma, te daré un toque de teléfono la víspera de la fiesta Te pasaré a buscar en coche. Te adelanto que Alfarache nos tiene preparada una nueva sorpresa. Ya sabes cómo es. Entonces hasta la madrugada del sábado. Un besazo, Sandra."
Sandra para mí era como una bomba de amor. Se conservaba como una chica de veinte años, con esos ojos infantiles y esa expresión inocente de no haber roto un plato en tu vida. Me eché a reír como un tonto al recordar otros tiempos en que habíamos mantenido algo parecido a una relación que apenas duró unas semanas. Del resto del grupo los recuerdos eran variopintos. Solíamos reunirnos el día de Reyes en Madrid, en el Real Círculo Artístico para degustar platos de la época de los Austrias, después de haber recorrido las salas del Prado analizando bodegones y cuadros de tema culinario. Lo de la comida estaba bien, pero casi siempre se estropeaba con el rollo que nos soltaba durante ella Alfarache sobre el cuadro Cristo en casa de Marta, de Velázquez, y sobre todo, El refectorio de los cartujos, de Zurbarán."

El librero cerró el cuaderno y miró la hora. Como aún faltaba un buen rato para acudir al restaurante, aprovechó para llamar por teléfono a la Residencia donde estaba ingresado su padre. Le preguntó a la cuidadora que le atendía cómo seguía el anciano y luego dijo que aquella tarde pasaría por allí a la hora de la cena para dársela él mismo. Sabía que prestar de vez en cuando alguna ayuda al personal del geriátrico limaba asperezas (aún le daba vueltas a lo que había pasado entre él y la directora en otra conversación telefónica). Nunca se sabe qué puede pasar y en un momento dado un buen recuerdo se convierte en un gran favor. Prestar atención a las cosas hace que se vean mejor. Cerró el móvil y casi simultáneamente una idea vino a su cabeza. Fue al estante donde había dejado el libro de arte sobre Velázquez, lo sacó de su sitio, buscó la referencia al cuadro Cristo en casa de Marta y lo abrió por la página 63. Allí estaba el famoso cuadro del pintor sevillano que representa a una joven cocinera majando ajos en el almirez de su cocina mientras una anciana con tocas le señala con el índice la escena donde Cristo parece hablar con otras dos mujeres. No vio nada importante en la ilustración, de sobra conocida por él; pero sí en la página anterior, dedicada toda ella a describir y analizar el cuadro. Descubrió que ciertas palabras aparecían subrayadas. Cogió un lápiz y las fue apuntando en un bloc de hojas separables. En esto sonó su móvil. Por la pantallita vio que la que le llamaba era su antigua novia de la Universidad.
--Dime.
--Era para decirte que acabo de encontrarme en la Plaza de Cataluña a Silvia, ¿te acuerdas?, aquella Silvia que andaba detrás de ti como un perrito faldero, la de la boca pequeñita y el lunar en la barbilla. Como le he dicho que voy a comer contigo se ha apuntado. Ha estado casada con un músico, pero se separaron...Bueno, ya te contaremos.
--Entonces os espero a las dos en el restaurante a la hora que te dije. No te olvides el manuscrito. Adiós.
Se acordó de Silvia en cuanto cortó la comunicación. Y del guateque en casa de Albert, el pintor. Se ve que le va el arte. Pero había llovido mucho desde entonces. ¿Llevaría aún aquellos pendientes de ámbar? ¿Se movería como se movía? Sonrió. Luego sacudió la cabeza y centró su atención en las palabras apuntadas en la hoja del bloc. Leídas tal cual, no tenían sentido. Ordenadas alfabéticamente, tampoco. Probó leer sólo las iniciales. Menos. Los nombres propios eran muy conocidos (Pacheco, Velázquez, Cristo, Marta, Lucas...), pero no le sugerían nada que no fuera lo ya conocido: la influencia de Pacheco sobre el joven Velázquez, el evangelio de Lucas donde se cita el pasaje de Cristo y Marta. Y luego estaban aquellos números. Los dos primeros correspondían a las dimensiones del lienzo: 60 x 103, 5; y los otros tres, 10, 38-42, no podían ser otra cosa que la referencia a un texto de la Biblia. Al punto tuvo una corazonada. Se levantó y fue hacia los libros de la última caja y separó los cuatro volúmenes forrados de piel. Eran cuatro maravillas, editadas a principios de los cincuenta. Los textos aparecían ilustrados con dibujos firmados por Rafael, Dalí, Durero, Miguel Ángel, Tiziano, Caravaggio y otros artistas pertenecientes a diversos estilos y épocas. Cogió el evangelio de san Lucas y buscó la citada referencia. Enseguida se encontró con una página en la que aparecía la escena de Cristo con las dos mujeres del cuadro de Velázquez y, al lado, el texto que habla del episodio en que Jesús, yendo de camino, entra en una aldea y Marta le recibe en casa. Había unas frases subrayadas, concretamente la respuesta que le da Cristo a la mujer:" Marta, marta, tú te inquietas y te turbas por muchas cosas; pero pocas son necesarias, o más bien una sola. María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada."
Al librero le pareció que aquello tenía que ver con la Advertencia del Cuaderno II, pero no sabía exactamente el qué. Miró la hora nuevamente y lo dejó todo. Quizá con el estómago lleno y con la compañía de dos bonitas mujeres, la mente se le despejaría. Cogió el Cuaderno II y se fue al restaurante.
Evidentemente las mujeres no habían llegado todavía, No se extrañó. Por algo eran mujeres. Se dirigió a la mesa de la ventana y se sentó. El camarero se acercó para atenderle.
--Estoy esperando a dos personas--dijo--. Hasta que lleguen podrías ponerme una cerveza.
El camarero le sirvió lo pedido. Luego él abrió el Cuaderno y se puso a leer mientras de vez en cuando echaba una ojeada a la calle para ver llegar a las mujeres.



miércoles, 9 de marzo de 2011

Prosas de antaño

7. Unos raros compradores de libros


Cuando algunos minutos más tarde, la joven entraba en la estación para tomar un tren de regreso a Barcelona, sonrió pensando que el hombre rico no había quedado contento con su trabajo. Le daba lo mismo. El dinerito contante y sonante iba con ella en su bolso. Y era el dinero más fácil. Con los dos clientes de Mataró y los cuatro de Barcelona, sacaba para veranear en la Europa del Este seis años.
Y una vez que el convoy se puso en marcha, como si tal cosa, abrió el manuscrito que le había dejado su antiguo novio y siguió leyendo.


"...Lo que importa ahora es salir de aquí cuanto antes.
El anciano me preguntó quién era yo y no me atreví a decírselo. Me limité a cogerlo del brazo y animarle a que me siguiera. Pero estaba muy enfermo y tras dar un par de pasos más, se llevó una mano al corazón y se me escurrió hasta el suelo. Me dio pena dejarlo allí, pero al punto pensé que tampoco hubiera podido llevármelo conmigo. Así que salí al jardín y desanduve el camino anterior hasta llegar a la sala. De nuevo me pareció oír voces y pasos, esta vez muy cercanos y, sin pérdida de tiempo, me coloqué ante el espejo de pie que había junto a la cama imitando la postura del paje del cuadro de Zurbarán. Los pasos y las voces estaban ya al otro lado del tabique cuando, echando mano a la botellita del “Vino para volver”, sorbí un trago de ella. Al instante, y mientras ya entraban en la sala los dueños de los pasos y las voces, noté que todo temblaba a mi alrededor y en el espejo vi que una atmósfera humeante envolvía mi reflejo y empezaba todo ello a desvanecerse en las sombras. Entonces cerré los ojos para no marearme y... ¡zas!, de nuevo estaba en el cuarto de las ropas de otros tiempos, delante del cuadro de Zurbarán, con la misma postura del paje.
En algún lugar de la casa sonaban las campanadas de un reloj de pared. Hasta diez sones lentos y solemnes conté. Debía actuar con prisa. Rápidamente me desembaracé de la capa, de la golilla, del jubón, dejándolo todo en su lugar, y me puse la ropa que había traído a la cena literaria a que había sido invitado por Alfarache. Instintivamente palpé en uno de los bolsillos de mi chaqueta la rana coronada y pronuncié lentamente una de las fórmulas aprendidas en el librito de cubiertas de oro. Dicho y hecho, el rincón de antes volvió a abrirse, y por el hueco volví a salir al ángulo que formaban las dos estanterías de libros de la buhardilla. Eché un vistazo a mi alrededor y me di cuenta del desorden que había dejado antes de irme; así que había que dejar todo en su sitio a la mayor rapidez posible..."

Pero no duró mucho la lectura. Pues la joven, un tanto decepcionada por el desenlace de la aventura del viajero del tiempo, cerró el Cuaderno y lo guardó en su bolso de mano. El tren volaba paralelo al mar, de vuelta a Barcelona, y la vista del agua la acompañó durante un buen rato hasta que sus ojos se cerraron y todo su cuerpo se sumió en la placidez que le producía la marcha y el monótono movimiento del tren, ayudada sin duda por el otro movimiento de su cuerpo.

El librero acababa de llegar del restaurante de desayunar y aún no había echado un solo vistazo a los libros de la última caja, cuando entró en la tienda una pareja que por los arrumacos que se dedicaban mutuamente dedujo que eran recién casados. El hombre dijo que quería unos cuantos libros para decorar un mueble de comedor.
--¿Qué tipos de libros? ¿Tienen alguna preferencia? ¿Literatura, Arte, Cocina...?
La mujer dijo que le daban lo mismo y abrió los brazos indicando una extensión.
--Una cosa así debe de medir la estantería --añadió--. Sólo se trata de que sean un poco vistosos. Me refiero al lomo.
El hombre intervino para hablar de los colores de las paredes y las cortinas del comedor de su nuevo domicilio y terminó diciendo:
--Lo que nos interesa es que hagan juego; rojos y azules, ¿verdad, cariño?
--Es que somos socios del Barça-- añadió la mujer--. Con tojos y azules nos basta, sí.
--Creo que podré servirles. Si son tan amables de aguardar unos minutos.
La pareja asintió y él desapareció en la trastienda. Sobre el suelo y apoyados directamente contra la pared había depositado unos cuantos libros que había sacado de sus estantes para dejar sitio a los reciñen comprados. Cogió unos cuantos de Física y Química de tapas rojas y otros tantos de Animales domésticos con lomos azules y los llevó hasta el mostrador de la tienda.
--Sí, estos valen--dijo el joven--. Alternados en la estantería nos recordarán la camiseta del Barça, ¿verdad, cariño?
--Claro. Quizás nos falten algunos más --dijo abarcando la hilera de libros con los brazos. ¿No tiene otros así? Con cinco o seis habría bastante.
El librero volvió a la trastienda encantado de poder deshacerse de aquellos libros que apenas tenían salida. Cogió seis de Pedagogía de mediocres ediciones, tres bermejos y tres azules, y volvió con ellos al mostrador.
--Perfecto--dijo el hombre al verlos--. ¿Cuánto es?
El librero estuvo tentado de sacarles un buen fajo de dinero para castigar su falta de respeto por los libros, pero optó por pedirles una cantidad razonable, que no era otra que la que resultaba de sumar los antiguos precios que tenían los libros escritos a lápiz en la portada. Se los envolvió en dos paquetes diferentes y luego les proporcionó un par de bolsas para que pudieran transportarlos.
La pareja se fue encantada y él se quedó pensando en las pocas posibilidades que tiene este país de aumentar su afición por la lectura. Por el cristal del escaparate los vio atravesar la calle y dejar las bolsas en el maletero del coche que habían estacionado en la acera de enfrente. Luego se acercó a la caja de libros que iba a examinar y, cogiendo el primero, una edición antigua de las Rimas de Bécquer, le dijo:
--Querido amigo, a ti la gente como esa no te leerá nunca.
En ese momento sonó su móvil. Por la pantallita vio que era el carpintero, el cual le dijo que acababa de hacerse con unas estanterías que le irían muy bien, que si quería, podía tenerlas aquella misma tarde en la librería. El profesor le agradeció su diligencia y añadió que si tenía tiempo pasaría por el taller a recogerlas.
Luego entró un nuevo cliente, una señora de mediana edad que venía buscando un libro para un adolescente.
--Tiene doce años--añadió-- y no va muy bien en los estudios. Es un sobrino a quien quiero mucho, ¿sabe?, y no hay manera de que lea. Si usted supiese de un libro de esos que enganchan al lector y no lo dejan hasta que termine de leer lo que han empezado, sería estupendo.
--Le iba a preguntar qué tipo de lectura prefiere ese chico, pero acaba de contestarme a la pregunta. Lo mejor es que se lleve un libro de aventuras o un conjunto de relatos que traten de algo muy cercano, con referencias al mundo escolar, a las chicas, a los amigos, sin que falte, por supuesto, la intriga, el misterio, un poco de terror y un mucho de gracia e ingenio, y que tenga la letra mediana, que se deje leer bien. Estoy pensando en un autor extranjero y una traducción buena. Verá.
Se giró y miró en uno de los estantes de detrás del mostrador. Sacó un volumen y se lo mostró.
--Por ejemplo, éste.
La señora leyó en voz alta el título:
--Los mejores relatos de Roald Dahl--. Luego lo cogió, lo abrió por el índice y leyó algunos de los de los cuentos que incluía:-- Katina, El gran gramatizador automático, La señora Bixby y el abrigo del coronel...--Se encaró con el librero--. ¿Y dice usted que este libro hará sentir a mi sobrino el gusto por la lectura?
--Señora, si ninguno de los relatos que contiene este libro le gusta a su sobrino...
La mujer no le dejó terminar y le pidió que se lo envolviera.
Desde la puerta la señora le envió una sonrisa de agradecimiento.

martes, 1 de marzo de 2011

Prosas de antaño

7. Una traición poco ortodoxa


En ese momento el tren se detenía en la estación de Mataró. La lectora cerró el manuscrito, recogió sus cosas y bajó al andén. Atravesó el vestíbulo y salió a la calle. Esperó a que el semáforo se pusiera verde y enfiló la rambla arriba hasta el cruce con la calle donde había estado en otro tiempo el Instituto Nacional de Previsión. Entró en ella y al llegar a la puerta número 12 sacó un llavero y usó una llave para abrirla. Subió un tramo de escaleras y empleó una nueva llave para entrar en el piso del rellano. Una voz de hombre le dijo desde algún lugar de la casa que ya hacía tiempo que la esperaba. Con el tacón de su zapato cerró la puerta a sus espaldas y se encaminó directamente al dormitorio, que era donde le esperaba, metido en la cama, un hombre mayor, canoso y con grandes orejas. La mujer dejó el manuscrito sobre una silla y empezó a desnudarse. Mientras lo hacía, el hombre le preguntó qué libro era aquél. Ella acabó de quitarse las bragas mientras le contestaba que no era un libro sino un manuscrito. Abrió la ropa de la cama y se metió junto al caballero canoso. Palpó en la zona sur del hombre y éste le dijo apesadumbrado:
--Llevo acariciándomela varios minutos y nada.
--Yo te la pondré a tono.
Y empezó a sobársela. Luego intentaron varias veces hacer el amor, unas veces poniéndose ella encima y otras él, pero en ningún caso acabó bien la operación. El hombre, desesperado, se puso mirando al techo con las manos en la nuca. Ella le dijo que no se preocupara, que al final siempre acababan disfrutando.
--¿De qué trata el manuscrito?--preguntó de repente el hombre, sin abandonar su postura de desencanto.
--Parece una historia de magia, con referencias a la España del Siglo de Oro, mitad real, mitad fantástica.
--Alarga el brazo y cógelo. Quiero que me leas un poco.
Así lo hizo la mujer y sus redondas nalgas quedaron al descubierto. El hombre aprovechó para girarse y darle un mordisco en una de ellas.
--Me vas a dejar la marca y sabes que no me gusta llevar señales.
--Te pago para ello. Anda, lee.
La mujer se incorporó, puso a sus espaldas doblada su almohada y empezó a leer mientras el viejo no perdía de vista sus grandes y firmes tetas.

"...Y entonces sucedió el milagro. Fue la conjunción de varias circunstancias. El mendigo ilustrado se separó unos pasos de mí en dirección a la mujer que le había hecho señas, y un cómico en lo alto del primer carro empezó a gritar para llamar la atención del auditorio. De un momento a otro iba a comenzar la loa con que se inauguraba la tarde de teatro. La ocasión se me brindaba de la manera más favorable. Velozmente di media vuelta y abriéndome paso entre la gente salí de la plaza. Sin perder un instante, me encaminé hacia la calle de la izquierda, que estaba ligeramente empinada y que iniciaba el recorrido de regreso hacia la Casa del Montero Real. Me imaginaba que el mendigo ilustrado, al no verme por ningún sitio, pensaría que yo era un ingrato y un mal educado al no despedirme siquiera de él. Pero eso ya formaba parte del pasado y ahora lo que me interesaba era sólo el presente y el placer de satisfacer mi curiosidad.
Parecía que Madrid entero había acudido a la representación del Auto a juzgar por la repentina soledad que notaba a mi alrededor. Recorrí el trayecto rápidamente hasta verme ante la fachada de la casa de mis ansias. No hizo falta usar la llave que “abría cualquier puerta, ya sea viva, ya sea muerta”, porque la puerta estaba entreabierta. Entré en una especie de zaguán, al fondo del cual arrancaba una escalera. Con sumo cuidado alcancé el rellano superior, al tiempo que un bisbiseo suave y el sonido de unos pasos procedentes del portal me pusieron en guardia. Pero comprobé enseguida que todo era producto de mis temores, así que entré en la sala más cercana y la crucé buscando la puerta del fondo, por cuyas cristaleras entraba la luz procedente del jardín. La abrí y bajé los escalones que me separaban de él. Una vez allí abajo, recorrí el pasillo de losas que conducía a una especie de gruta cerrada con una verja de hierro. Aquí sí que tuve que usar mi llave mágica. En cuanto me vi dentro de la cueva y empezaba a acostumbrar mis ojos a la oscuridad, oí una voz que procedía del fondo.
--Ahora se irán--empezó a decir la voz--. Igual que lo hicieron conmigo cuando con engaños me trajeron a esta casa, casa que es, además, como un arsenal para sus botines de rapiña.
Sobresaltado, pregunté quién me hablaba y a quiénes se refería. Entonces vi un hombre encorvado, decrépito, que venía hacia mí. De sus labios salieron estas palabras:
--Yo soy Miguel Mejías y esos dos, Gomárez y la Cómica. Ambos...
Le interrumpí para decirle lo que Gomárez me había dicho acerca de su muerte.
--Pues ya ve que sigo vivo aunque a duras penas puedo sostenerme de pie.
--Tampoco vuestra merced robó al Cristo del Desamparo.
--¿También le ha hablado de eso? Es increíble la desfachatez de ese canalla. Fueron ellos dos. Pero no todo les ha salido bien porque el botín del Cristo del Desamparo, tan bien escondido según ellos en el hueco del altar mayor de esa iglesia, fue descubierto casualmente por unos albañiles que reparaban unos desperfectos en el retablo de Antón Morales..."

jueves, 24 de febrero de 2011

Prosas de antaño

6. Sebastián de Gomárez

Un pitido del tren bastó a la lectora para librarla momentáneamente de aquel mundo que intentaba venderle el autor del manuscrito. Prefirió observar por la ventanilla el andén de la estación de Premiá que se iba quedando atrás. Enseguida, por la ventanilla opuesta, vio brillar el mar quieto como un cristal de mil reflejos. Y mientras el tren arrancaba de nuevo, siguió leyendo aquel manuscrito que no acababa de convencerla.




"Cogí las botellitas del vino del viaje y me metí la del “Vino para ir” en el bolsillo de la derecha del pantalón y la del “Vino para volver” en el de la izquierda, y luego me colgué del cuello la llave que abría todas las puertas. Acto seguido, tomé con cuidado la rana de oro con los dedos de la mano derecha y la posé sobre la palma de la mano izquierda, mientras en la mente la memoria me iba reproduciendo una de las fórmulas que había aprendido del librito de las cubiertas de oro. En ese momento oí un ruido sordo y prolongado que procedía del ángulo de la buhardilla que ocupaban las dos estanterías de libros de cocina. El rincón de la estancia se había abierto lo suficiente para permitir el paso de una persona. Hacia allí me encaminé.
Al otro lado me esperaba un cuarto lleno de cosas variopintas y dispuestas por doquier sin orden ni concierto. Allí había trajes y vestidos, unos colgados de ganchos y otros colocados en arcas; ropas y prendas masculinas, como juboncillos, calzones, medias, capas, esclavinas, gorras, chambergos, golillas, lechuguillas; ropas y prendas femeninas, como verdugos, mantos, guardainfantes, cofias con sus adornos de plumas, sombreros con franjas y galones, diademas, colas, velos, cintas, guantes, faldriqueras, zapatillas, sobretodos... Allí había objetos relacionados con el atuendo y cuidado del cuerpo y con la decoración de la casa, como braseros, pastillas, pebetes, alfombrillas, cortinajes, cadenas doradas, perfumes hechos con ámbar y algalia, abanicos, rosarios... Y algunos muebles, como las citadas arcas de las ropas, un escritorio, un escabel y un par de sillas de aquel tiempo. Y todo de los siglos XVI y XVII.
Nada más entrar, el hueco volvió a cerrarse a mis espaldas. Un silencio lleno de murmullos me rodeó. Los olores y las sensaciones táctiles habían cambiado de repente. Supe al instante que aquella estancia era como un paréntesis entre dos tiempos y dos espacios; más aún, aquel cuarto arrancado milagrosamente de la época de los últimos Austrias me pareció un mágico trampolín para trasladarme a otro tiempo y otro espacio Recorrí la estancia como sabiendo en qué debía fijarme y qué debía hacer. Enseguida mis ojos chocaron con un cuadro que reproducía El refectorio de los cartujos, de Zurbarán, cuyos personajes, en su totalidad, tanto los monjes que se disponen a comer como el paje que les sirve y el prelado que los visita, se han quedado dormidos o ensimismados en el momento en que el visitante, San Hugo, obispo de Grenoble, les indica la comida de los platos. Recordé claramente que el significado del cuadro, tal como lo había oído contar una vez, era la prohibición de la carne en las mesas cartujanas, como parece indicar el gesto del dedo del Santo señalando que la carne que hay servida en los platos se ha convertido en ceniza. El ademán del paje, mirando hacia la derecha en actitud de querer reanudar el paso, fue el impulso que yo necesitaba para reanudar los míos. Comprendí que no había tiempo que perder, así que me vestí rápidamente poniéndome un jubón ajustado y una golilla y, encima, una capa larga de labrador de día de fiesta. Luego imité la postura del paje del cuadro de Zurbarán y, tras sacar del bolsillo derecho del pantalón la botellita del “Vino para ir”, bebí un sorbo de su contenido. Al instante el silencio de la estancia se habitó de murmullos y conversaciones cada vez más claras y cercanas, mientras que las paredes del cuarto, girando a mi alrededor, se aclaraban y dejaban ver poco a poco a través de ellas algunos trozos de fachadas de casas antiguas y gente que iba de acá para allá vestida según la moda de otros tiempos. Enseguida vi a un mendigo vestido con harapos dirigirse a mí.


--¿Ha visto vuestra merced cómo se ha puesto Madrid?--preguntó.
--¿Pues qué pasa?
--¿Es por casualidad vuestra merced forastero?
Contesté para no despertar innecesarias sospechas que volvía a Madrid a visitar a un familiar. Entonces el mendigo se sobresaltó.
--¿Un familiar ha dicho? Si es de la Inquisición, aquí se acaba nuestra charla. Pues ni la Inquisición quiere saber nada de mí ni yo de ella.
--No—dije sin poder aguantar la risa--. El familiar al que me refiero es un hermano de mi padre.
--Eso cambia mucho. Le diré que hoy, como día de Corpus que es, acaba de pasar por aquí la procesión y por eso hay tanta gente por la calle. Ahora se recoge para ir a comer, y si vuestra merced me invita a llenar con algo caliente mi raído estómago, le pondré al corriente de la fiesta de esta tarde, del Auto Sacramental que se representará y otros asuntos que no dudo serán de su interés.
Acepté y mientras comíamos en un figón cercano a la Plaza Mayor, se presentó como Sebastián de Gomárez y me habló de su anterior vida de cómico y de su mala suerte hasta acabar siendo guía de forasteros como yo en Madrid, Babilonia de creciente prestigio, residencia de la corte y emporio del teatro.
Después deambulamos por las estrechas callejuelas del centro de Madrid hasta topar con la parte posterior de lo que me pareció una iglesia o algo parecido. Mi guía me aclaró que era el convento del Carmen y me señaló una casona de aspecto lúgubre y oscura, de sillares regulares y ventanas cerradas a cal y canto, mientras decía:
--Estamos en un lugar especial del Madrid más misterioso. Esa calle de ahí es la calle de Infantas, y esa mansión es la Casa del Montero Real. ¿Se ha fijado en las siete chimeneas del tejado?
--Justo ahora estaba mirándolas.
--Pues debido a este último detalle el pueblo también llama a esta casa la Casa de las Siete Chimeneas. Como le iba diciendo, esta casa la mandó construir en el siglo pasado un montero de Felipe II para su hija, una bella joven que acabó casándose con el capitán de la guardia amarilla Tello Zapata. Aquí vivió un tiempo el feliz matrimonio hasta que el capitán tuvo que marchar a Flandes para cumplir con sus deberes militares al servicio de la Corona, con tan mala suerte que allí encontró la muerte tras los muros de San Quintín. La joven viuda se vio, así, viviendo sola y triste en una casa tan grande y tan vacía, aunque no duró mucho su soledad ni tampoco la tristeza que sentía porque otra causa mayor la liberó enseguida de una y otra.
--Otro amor sin duda—insinué.
--Eso le hubiera venido mejor—dijo Sebastián de Gomárez--. Pero fue la tragedia la que se encargó de darle el golpe de gracia.
--¡Vaya, qué lástima! ¿Qué pasó?
--Que una mañana la desventurada joven apareció muerta sobre su lecho. Las tristes circunstancias de la muerte de la pareja en plena juventud, la hermosura de la mujer y la terrible separación a que se vio obligada la joven esposa, crearon todo un mundo de habladurías y leyendas. Hasta se habló de la presencia en aquella casa a altas horas de la noche del propio Rey, embozado en su capa, para verse con la mujer casada. Pero ya he dicho que eso forma parte de la leyenda. La cuestión es que tras la muerte de la joven, se dijo que por las noches una figura de mujer vestida de blanco recorría con una antorcha encendida el tejado de la casa, ese mismo tejado de las siete chimeneas que vuestra merced está mirando en este momento.
--Bonita historia para hacer con ella una comedia de capa y espada.
Me aclaró que el Fénix de los Ingenios, el recientemente fallecido Lope de Vega, había intentado más de una vez trasladar tan triste suceso a los versos de su teatro. Pero una vez por la muerte de su hijo, otra por la de su segunda esposa y una tercera por el destierro voluntario que su hija eligió para su vida tras los barrotes de clausura del convento de los Trinitarios, hicieron que todo quedara en eso, en un intento.
--¿Y ahora no vive nadie ahí?
--Nadie. Lleva cerrada la mansión más de veinte años. Y si no manda otra cosa vuestra merced, sigamos caminando, que quiero mostrarle un lugar especial donde ocurrió el suceso de Miguel Mejías.
--¿Quién es Miguel Mejías?
--Un hombre de bien al que acusaron de haber participado en el robo del Cristo del Desamparo, antes de ser trasladado a la iglesia del convento de doña María de Aragón, que es donde está hoy en día. Resulta que no se sabe cómo alguien robó los remates de la cruz y la tablilla del INRI, de buena plata todo ello, y le echaron la culpa a Mejías.
--Y lo apresaron, claro.
Me contestó que no, que durante un tiempo estuvo escondido en el templo jerónimo de las monjas Carboneras, muy visitado entonces y ahora, entre otras causas, por las figuras en relieve que hay en una hornacina situada sobre la puerta y que representan a San Jerónimo y a Santa Paula adorando a la Eucaristía.
Le pregunté el origen del nombre de las Carboneras que se le había dado al templo y me contestó que por un cuadro de la Virgen que encontró un tal fray José de Canalejas en una carbonería muy maltrecho y lo trajo al convento, donde las monjas, tras adecentarlo convenientemente, lo colocaron en el retablo de una capilla. Luego acabó de contarme la historia de Mejías y que él mismo fue a visitarle más de una vez hasta que acabó todo.
De repente, empezaron a verse en la calle grupos de gente que se cruzaban con nosotros o nos adelantaban apresurados y desaparecían por las pequeñas y estrechas calles adyacentes.
--¿Dónde va ese gente tan aprisa?—le pregunté.
--Seguramente a coger sitio en la plaza donde se realiza la llamada “Muestra de los carros”.
--Me gustaría verlo.
--Sigamos los pasos de esos que van ahí.
A todo esto la plaza de la “Muestra” se había ido llenando poco a poco de gente y, antes de que nos diéramos cuenta nos vimos rodeados de una ingente y abigarrada multitud que hacía los mil comentarios y alabanzas acerca del adorno y vistosidad de los carros.


--El hecho de que el Auto y su representación se monte sobre carros –decía Gomárez—se debe a que la obra se traslada a distintos lugares, un lugar para el rey, otro para los consejos o las jerarquías más altas de la Administración, otro para el Ayuntamiento, y en todos esos sitios, que suelen ser plazas amplias como ésta, se deja un espacio para la gente del pueblo que quiera asistir a la representación, pero que es muy difícil encontrar un hueco donde acomodarse uno a gusto.
--¿Qué Auto se representa hoy?
--Ésa es otra.
--No entiendo.
-- Dado el número de carros que hay aquí, la obra que se va a representar debe de ser un Auto de Calderón. Hasta hace unos meses se barajaban los nombres de Montalbán, Valdivieso y el autor de La vida es sueño. Pero ni Montalbán ni Valdivieso tienen la suficiente enjundia para construir un Auto Sacramental de tanta importancia como para requerir la presencia de tantos carros. Y ahí ve vuesa merced hasta cinco. A juzgar por esas plataformas grandes y esos dos pisos que tiene cada carro con sus respectivas decoraciones y los ocultos mecanismos que han dicho que tienen algunos para hacer aparecer esferas giratorias que se abren y cajas de doble fondo, cabe pensar que el ganador este año ha vuelto a ser don Pedro. Porque es lo que yo digo, una vez muerto Lope de Vega y haberse recluido entre las paredes de una celda monástica el fraile de la Merced Gabriel Téllez, más conocido en el mundo de la comedia por Tirso de Molina, Calderón de la Barca no tiene rival. Y ahora vayamos a la Plaza del Rey a coger sitio, que si ésta está así, ¿cómo estarán las plazas de la representación cuando muestren a la vista todo el fasto y el lujo del vestuario de los actores, de cálices, cruces y otros elementos tan necesarios para la buena comprensión del mensaje eucarístico, sazonado con espíritus del cielo y del infierno y todos los vicios y virtudes personificados en la acción dramática. Vamos, vamos, antes de que les enganchen los bueyes cubiertos con ricas mantas, coronados de flores y doradas las astas, señal de que comienza la función, vamos.
Decía mientras tiraba materialmente de mí y me llevaba el cuerpo hacia donde él iba, pero mi alma y mi mente se habían enredado definitivamente en la visión de la Casa de las Siete Chimeneas. Y allí estaba yo físicamente mirando con asombro la externa devoción y los aspavientos con que la gente llana admiraba ya la parte física de la representación, los carros, que minutos más tarde, unidos de dos en dos algunos para ofrecer un escenario más amplio, transportarían con aparatos y maquinarias, capaces de mostrar arroyos y cascadas en que corría y saltaba el agua o grandes rocas que se abrían para mostrar en su interior regios salones, todo el misterio y la sagrada significación que tenía para el pueblo la conmemoración del misterio más excelso del Sacrificio de la Misa, el de la Eucaristía.
Por el camino mi compañero se paró en una esquina para hablar con una mujer de mediana edad vestida no con demasiado miramiento, y sí muy amiga del albayalde, pues llevaba la cara blanqueada en exceso como si más bien estuviera en Carnaval y llevara puesta una máscara de nieve. Estuvieron un rato hablando, momento que estuve a punto de aprovechar para dar las gracias a mi guía, al que debía tanto, pero que ya empezaba a estorbarme en la intención que abrigaba desde hacía mucho rato, exactamente desde que había visto la Casa de las Siete Chimeneas, y despedirse de él. Así podría cumplir de una vez el vivo deseo que me acuciaba. Pero el mendigo acabó antes de lo previsto su charla y seguimos el camino que llevábamos.
Le pregunté por la mujer que momentos antes hablaba con él y me respondió que en otro tiempo había sido compañera de oficio y que juntos había representado comedias y entremeses por varios pueblos de Salamanca y Madrid.Hasta que el director contrató a un pícaro que acabó con la suerte de la compañía; la mujer acabó enamorándose del pícaro y abandonándolo a él y desde entonces acá no la había vuelto a ver.
Al pasar por una calle me dijo Gomárez que ella solía reunirse toda la gente del teatro, desde actores hasta directores de compañía, pasando por representantes y alquiladores de ropas para el teatro. Y añadió:
--Cerca de aquí se hallan los dos Corrales de Comedias más importantes de Madrid. Y ahí enfrente vive uno de nuestros mejores poetas y autor de una novela que ha tenido bastante éxito titulada Historia de la vida del buscón llamado don Pablos, ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños... Y un poco más abajo, junto a la del Prado, se encuentra la casa donde vivió y murió el más grande escritor que ha tenido y tendrá España, nuestro Miguel de Cervantes. Así pues, nos encontramos en la zona más literaria de Madrid, y por ello en su mismo corazón, un corazón siempre vivo y ansioso de aventuras de todo tipo: políticas, amorosas o sencillamente religiosas, como la que vamos a vivir en cuanto lleguemos a la Plaza del Rey y comience el Auto Sacramental.
Cuando llegamos al sitio indicado, ya no cabía un alfiler. Miré instintivamente a mi alrededor y vi, a pesar del tumulto y la multitud, que la dama de antes le hacía una seña a Sebastián de Gomárez.
--Venga vuestra merced – oí entonces que me decía el vagabundo ilustrado mientras echaba a caminar hacia donde estaba la mujer, un lugar privilegiado para presenciar el espectáculo..."