miércoles, 17 de septiembre de 2025

MEMORIAS DE UN JUBILADO. CAMINO DEL DUERO (II)

 


A estas alturas de septiembre ya estaría de vuelta en mi tierra de adopción. Paro aun así, los momentos y los días vividos en aquellas tierras regadas por el Duero que fueron tan mías durante una cuarta parte de mi vida y creo que seguirán siéndolo el tiempo que yo viva, continúan latiendo dentro de mí. Por ello quiero traerlos aquí

“Río Duero, río Duero,

¿quién te ha visto y quién te ve:

ayer movías aceñas

y hoy no las quieres ni ver.”

                                     E. C. Ch


DE VISITA EN "SAN ATILANO"

Nada más entrar en Zamora cruzamos el Duero por el Puente de los Tres Árbole para llegar al extremo sur de la ciudad donde se levanta el silencio del cementerio (de nombre San Atilano, en recuerdo del obispo del anillo y del barbo del milagro). Aquí descansan los restos de Claudio Rodríguez, el poeta de Don de la ebriedad, y de Clara Miranda, la mujer de su vida. La tumba, junto a la puerta, tiene una cruz, unas llamas de piedra, unas flores secas, unos surcos del Duero y un verso de su primer y principal poemario: El primer surco de hoy será mi cuerpo”. Junto a la tumba leo unos versos suyos:

 "Mi boca besa
lo que muere, y lo acepta. Y la piel misma
del labio es la del viento. Adiós. Es útil
norma este suceso, dicen. Queda
tú con las cosas nuestras, tú, que puedes,
que yo me iré donde la noche quiera."

. Y acompañadodel zureo de las palomas de los vecinos cipreses, abandonamos el camposanto por el lugar donde se levanta el  Arco de los Caídos que antaño presidió el parque de San Martín. Así cumplo una de las promesas que hice antes de realizar este otro feliz reencuentro con la ciudad del alma.


MI BARRIO, MI CASA

Ahora voy a cumplir la segunda promesa: visitar mi barrio y volver a ver mi casa. Por la Carretera del Sepulcro y la calle de Cabañales, llegamos a la plaza de Belén... Aquí nos apeamos de nuestro coche y miro con cariño y nostalgia cuanto me rodea.  No reconozco la casa donde yo nací un día, crecí, viví mi infancia y aprendí a ser romero para terminar viviendo en tierras catalanas.  El sitio de mi casa lo ocupa hoy el hostal “Puente de Piedra”. Abetos en mitad de la plaza han borrado el misterio de mis más tiernos recuerdos (los partidos de fútbol, la huerta del Serranillo, el Comedor de Ancianos franquista donde dormía el vagabundo del verano y yo fumé mi primer cigarrillo cuando el edificio era una ruina...). A unos pasos de nosotros sigue el Duero pasando, y aunque es el mismo, se ha olvidado de las aceñas, del alto pretil donde los vencejo tenían sus mechinales... y del Puente de Piedra, en obras, bajo el que pasa reflejando la muralla, entre islotes, azudas, antiguos tajamares volcados... Presente incontestable. Lo demás es pasado que se recuerda con miel agria en los labios.



LOS PELAMBRES, LA PLAYA DE ZAMORA

El coche toma la carretera de Fermoselle hacia el barrio hermano de San Frontis y hacemos un alto en Los Pelambres, la playa de Zamora. Así recuperamos este presente de nuestro Camino del Duero. Cervezas en el merendero a la vista del río, espejo puro donde se mira fiel la Catedral (en obras el Palacio del Obispo. junto a ella). En medio de este remanso de paz, hablamos de nosotros, de la vida, de cómo cambia todo, de la calma que se respira en este lugar donde ayer estuvo la fronda del soto de San Frontis, lleno de sensaciones ardientes que se fueron, como yo de mi infancia, para siempre. Y bebemos como si hoy empezáramo a vivir, como si dentro de un rato, por el cercano y elegante Puente de los Poetas, entráramos a una nueva Zamora. Y sin tristeza, sin miedo, pienso en la muerte como algo que ha de venir de todos modos. (Ramón Abrantes, Clara Miranda, Claudio Rodríguez..., que alguna vez debieron pensar eso mismo, hoy duermen en la paz de su leyenda, que permanece escrita en la eterna página del mundo, mundo que por otra parte también nació para desaparecer.


MORERUELA

...Allí recordé una vez más el virgiliano etiam ruinae periere¡hasta las ruinas perecieron! ¡Qué majestad la de aquella columnata de la girola que se abre hoy al sol, al viento y a las lluvias! ¡Qué encanto el de aquel ábside! ¡Y qué intensa melancolía la de aquella nave tupida hoy de escombros sobre que brota la maleza!”

                                                                             Miguel de Unamuno



Por la mañana, después de desayunar, nada más pisar la plaza de Santa María la Nueva. saludamos a nuestro vecino Barandales. Hace fresco y cruzamos, rápidamente, la plaza de Viriato en busca del sol. Junto al vecino templo de San Cipriano, aunque ya no es parroquia, vemos que la luz del cielo acaricia su antiguo románico. Y asomados a su mirador casi tocamos el nido de cigüeña de su vecina Santa Lucía, iglesia que tampoco está al culto y sirve de almacén a obras del Museo Municipal, que hoy ocupa el antiguo Palacio del Cordón. Antaño el conjunto arquitectónico de las dos iglesias y el palacio tuvo importancia capital, y hogaño sólo es un hito de visita para turistas apresurados y armados de máquinas fotográficas. ¡Qué le vamos a hacer!


CAMINO DE LA HORTA

Hoy la cuesta de San Ciprian la usa el Yacente en la Semana Sant y a veces algunos peregrinos de Santiago. Y nosotros, que habíamos elegido el Camino del Duero, primero bajamos por ella a la plaza de Santa Lucía (plaza, después de la mía, de la que tengo más recuerdos entrañables), luego recorremos la calle de Zapatería y cruzamos la  de la Plata (al fondo, a la derecha, entreveo la avenida del Mengue y el Duero a su lado, y me acuerdo inevitablemente de mi padre, que me contaba historias de la relación misteriosa que había entre ellos)

Y ¡Santa María de la Horta!, destacando sobre su tejado la chimenea de la fábrica de alcohol, rival prosaico de su románica torre de campanas. La iglesia, adscrita a la Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén.es un modelo de románico único. Sentados en los bancos de la nave, nos acompañan dos pasos que desfilan el Domingo de Resurrección: Jesús Resucitado, triunfante sobre la tumba, y la Virgen del Encuentro, encuentro que tiene lugar en la Plaza Mayor mientras todas la campanas de la ciudad rompen el silencio que las ha amordazado todos los días de la Semana Santa, y los cohetes llenan de estampidos jubilosos el cielo azul de la recién nacida primavera. Están muy bien aquí las dos imágenes (Hijo y Madre por fin juntos bajo estas bóvedas hospitalarias lejos del sufrimiento y el escarnio.



RECUERDO DEL YACENTE

Por la calle de Balborraz subimos a la plaza del Encuentro hablando de otros tiempos en que aquí veíamos subir al Yacente en unas andas como un muerto normal. La noche era propia del cine negro mientras los penitentes lo seguían arrastrando descalzos grandes cruces de madera en su memoria y un bombo cerraba la procesión con sus golpes solemnes. Cerca del Ayuntamiento viejo leímos la lápida de una casa de la emblemática cuesta diciendo que allí estuvo el taller de Ramón Álvarez, el mejor imaginero de Zamora.


HACIA MORERUELA


Atravesamos la feria de los quesos, camino del parquin, y dejamos atrás los restos de la casa y taller de Abrantes (impío recuerdo de la piqueta). Nos esperan tres joyas arquitectónicas separadas por campos y viñedos y unidas por el cordón umbilical de asfalto. Al entrar en las iglesias nos preguntan de dónde venimos. --“De Barcelona”-- Y toman nota . Hay tan pocas casas de Dios en Zamora que no cobren para entrar. Antes de emprender la marcha hacia Moreruela, entramos en Santiago de los Caballeros (el Viejo, para los zamoranos), fuera de las murallas, cerca de Olivares y del Duero, el más pequeño de los templos románicos de Zamora. Con las almas del Cid y el rey Fernando I en las sombras bajo el techo de madera y los capiteles historiados del altar, nos suena la voz de la guía como si fuera nuestra reina Doña Urraca recriminando al Cid que fuera súbdito de su avaricioso hermano Sancho y sitiara a sus órdenes la ciudad, olvidándose de que había sido ordenado caballero en el altar de Santiago por su padre el Rey, y a su padre el Monarca por olvidarse de ella al repartir el reino en su lecho de muerte.


TIERRAS DE PAN

En los campos de Montamarta se extienden los horizontes infinitos, dorados, de las tierras del pan. Un palomar baila temeroso ante la presencia de un milano. Cerca está el salto de Ricobayo, en el Esla, hijo mayor del Duero. Y el letrero de Manganeses hace brincar dentro de mí los ecos terribles de los cantos de los ciegos que en mi infancia cantaban en corro en la plaza del Mercado crímenes escalofriantes ocurridos en la zona. Menos mal que ya sentimos sobre nosostros el benévolo aleteo del espíritu de Moreruela.



HEMOS LLEGADO

Es una mañana inolvidable de septiembre. El cielo azul lejano, sol y viento frío. Entramos los cuatro en las ruinas del monasterio. El guardia, junto a su coche, nos pregunta a voces de dónde venimos. --”De Barcelona”--. Somos los primeros en llegar. Como apóstoles, como ángeles, en silencio, con respeto. Piedras cistercienses arroñadas la mayor parte. Pero siguen en pie columnas, arcos, bóvedas, estancias que fueron vivienda, oración y trabajo de monjes austeros. Todo era austeridad aquí, y afán, espíritu de agradar a Dios, tierra sagrada, lección para alcanzar la gloria eterna. Hoy es vacío, soledad, muros en ruinas, maleza creciendo en lo que fueron claustros, girolas, naves... La mirada se entristece viendo arcos desnudos, agujeros de rosetones, muñones de espadañas sin campanas... Silencio de siglos sólo roto por zureos y vuelo de palomas que aquí anidan y responden tal vez a una señal del cielo. Silencio en el paisaje que acompaña a esta soledad de piedra sólo roto por el susurro de las hojas de los árboles. 

 

TAMBIÉN LAS RUINAS PERECIERON

Por mucho que soñemos que aquí hubo algún día oración, trabajo, estudio, salimos, admirados de lo que pudo ser, repitiendo lo que dijo Virgilio y nos recuerda Unamuno: Etiam ruinae perire”. De los monjes, mozos de cuerda, pastores,vaqueros, hortelanos,  cocineros... que aquí pudieron convivir no podemos decir sino que vivieron y murieron como moriremos nosotros por ley de vida. De la ruina del monasterio no hay que echarles la culpa no sólo a los elementos naturales, el viento, la lluvia, la intemperie,  sino a la piqueta administrativa primero y después a los actos de rapiña que desmantelaron ventanas, puertas, se llevaron muebles y pertenencias varias y acabaron hasta con el más pequeño objeto litúrgico y sagrado. El abandono final y las inclemencias del tiempo convirtieron, en unas décadas, el primer monasterio hizpánico en un montón de ruinas sublimes en las que hasta los ábsides parecen querer separarse de la maleza que los amenaza, como bellas y benditas piedras que quieren volar al cielo, para cuyo fin habían sido soñadas.


Moreruela, Moreruela.

Ábsides de pura piedra

que sufren eternos éxtasis

que hasta parece que vuelan.


DE VUELTA A LA CAPITAL

Salimos de allí en el momento en que otra familia como la nuestra aparca su coche, y el guardia impetérrito les pregunta de dónde vienen. San Pedro de la Nave nos espera para cerrar la mañana bajo las bóvedas de un templo.

 


Una vez escribí "San Pedro de la Nave navega sobre el tiempo". Pero hoy el tiempo se ha cansado del mar último y ha atracado todas sus naves a las cuatro columnas del crucero del templo. Iglesia visigoda salvada de las aguas, traída aquí a El Campillo piedra a piedra y reconstruida como un puzzle, sin argamasa, sólo con el cemento limpio de la devoción por el trabajo bien hecho. Dentro el misterio, solo, entre arcos de herradura y capiteles bíblicos, reluce entre las sombras para alumbrar el sepulcro de los santos barqueros y la pila bautismal, la imagen de San Pedro con sus llaves y la Virgen con sus andas. Por un momento antes de salir al campo, al aire limpio, para volver a Zamora, recuerdo a mis juglares salvándose aquí de las garras de Sagartanás (de mi novela inédita, finalista del Premio "Sent Soví", 2002, Los juglares hambrientos.

sábado, 6 de septiembre de 2025

MEMORIAS DE UN JUBILADO. CAMINO DEL DUERO (I)

   


        Dentro de unos días hará un año que, acompañado de  mi mujer y mis hijos, inicié el camino del Duero. No había vuelto a ver el río de mi infancia desde el verano de 2006 y ya tenía ganas de volver a encontrarme con él, en mi ciudad natal, después de recorrer en coche su trayectoria desde Berlanga de Duero, en tierras ya de Soria.

      Recojo aquí algunos apuntes realizados in situ.

                                    BERLANGA DE DUERO

En coche a San Baudilio de Berlanga; en el cielo buitres, en la tierra girasoles. Berlanga, ciudad con historia –el Rollo, el castillo y la muralla, y siempre vivo al lado, el Duero. Monteagudo de Vicarías, frío, ave rapaz-- ¿un alimoche?--, templo, más girasoles, hélices eólicas, ruinas de adobes... y Almazán –el fraile mercedario--. Nos sigue el río Duero, agua con alma..San Baudilio de Berlanga, baúl austero --como los alrededores de tierra de labor y escaramujos-- de la joya que oculta en su interior, original prerrománica soriana, pilar central en forma de palmera con arcos de herradura, figuras policromas que respetó el expolio: escenas bíblicas, de caza...Perfume sutil-- divino y humano-- metido en un modesto frasquito. Y ya fuera, vosotros comentabais el milagro de piedra y de pintura que habíamos dejado, como antes, seguir latiendo dentro, antes de que el expolio acabe de una vez con todo.

 


El aire de la mañana en el paisaje, lamiendo las tumbas junto a la ermita, era la voz del tiempo pidiendo justicia. Nosotros asentimos.

Sigue el coche paralelo al Duero hacia el Burgo de Osma.


EL BURGO DE OSMA

Vuelve la yunta de ganar el valle

con su lanza arrastrada y la campana

vuelve a pasar entre la luz y el puente.”

Dionisio Ridruejo


AL POETA DE BURGO DE OSMA

He oído tu verso hondo y herido

frente a la que fue tu casa, Ridruejo,

en la Plaza Mayor del Burgo de Osma.

Los soportales... Capitol...

Y vuelve a manar

el para siempre ayer eternamente”.

Sin embargo, Dionisio, el fiel presente

nos recuerda la urgencia del estómago

y el cansancio. Calle del Seminario,

terraza al sol, torreznos de Soria

y cerveza total.

Nuevo renglón.


LA CATEDRAL

Palabras mayores: La catedral de la Asunción, todo misterio, grandiosidad, la portada gótica--la Virgen ascendiendo al cielo, libro de piedra en el dintel templando la orgullosa subida de la piedra de la torre barroca. El Duero pasa humilde y generoso entre los álamos llevándose en sus aguas el misterio del Santo Cristo del Milagro.



VANIDAD DE MURALLAS

¿A qué viene esa vanidad tan propia de las murallas, muralla de la ciudad, si ya desde la Puerta del Puente Viejo, bordeando el río aprietas fuerte la calle Mayor, el Seminario y el Carmen? Tenías que haberte ido tras proteger a tu gente de la peste. Basta la puerta de San Miguel con su muro y sus almenas, su cubo y su cruz en alto, para conservar tu nombre. Un deseo siembro aquí antes de irme a Zamora: detenerme en San Esteban de regreso a Barcelona.

 

DESDE EL BURGO HASTA ZAMORA

Desde el Burgo hasta Zamora acompañamos al Duero

en su marcha sin retorno entre chopos y viñedos,

bajo puentes de ciudades que son puros monumentos.

San Esteban de Gormaz --puente, castillo y templo

de San Miguel, que se lleva, románico, el primer premio--.

Soria –Leonor y Machado, Bécquer y Gerardo Diego,

Santo Domingo y el Claustro brujo de San Juan de Duero--.

Aranda de Duero sigue al río con sus viñedos

--las bodegas y los vinos son también dos monumentos,

como lo son sus palacios, su muralla y sus conventos--.

Peñafiel –castillo que abre sus alas a tierra y cielo

bendiciendo el beso puro entre el Duratón y el Duero--.

Tordesillas –soportales, Santa Clara y el Museo--.

Toro – ya la Colegiata lo hace todo un monumento--.

Y Zamora --el Duero asiste a nuestro amado reencuentro--.


EN ZAMORA

 

Ya estoy aquí, en la ciudad del alma,  viendo, en mi Zamora eterna, a través del mirador, el ábside de Santa María la Nueva, la del milagro de las sagradas formas, la del motín de la trucha y el incendio, donde brillaron la voz justa de Dios y la mano intercesora de su Madre. Ahora me toca sentir la otra Zamora, la Ocellum de mis años.

Y comienzo.

Agradezco la atención de la dueña del apartamento que hemos alquilado, los bombones, el rebojo zamorano, el orujo gallego y su “Bienvenidos” en la entrada. Esta es la Zamora que no cambia, la del alma amable, austera, la enamorada del Duero, la que cantó el Romancero, mística, noble y guerrera. Dejé su verde ribera cuando aprendí a ser romero, pero nunca la olvidé y, leal a su nevero, su nombre siempre llevé.

Lamento ver derrocado el Museo de Semana Santa a través de los cristales del mirador. Donde hubo cuarenta "pasos" que desfilaban por las calles en primavera, hay ahora escombros, cascotes, indiferencia y olvido. ¿Cuándo volverá a estar rehecho ese nido de recuerdos, desde donde un abril inolvidable salí para desfilar como cofrade--túnica de terciopelo, vara rematada en cruz-- en la procesión del Santo Entierro del Viernes Santo por la tarde?



BARANDALES

El Barandales me espera en un ángulo de la plaza de Santa María la Nueva, donde está nuestro apartamento, con las campanas de bronce ligadas a sus muñecas. Nosotros los chavales, cuando el Barandales era de carne y hueso y abría las procesiones, le cantábamos: “Barandales, dales, dales”. Ahora la estatua de bronce, obra del escultor Flecha--discípulo de Abrantes--,mira al cielo conjurando el olvido, que es tan fácil, y me inspira una gran tristeza. 



LA CIUDAD EN FERIA

1

Ahora que toda la ciudad está en FERIA, FROMAGO se llama, carpas de productos de la tierra invisibilizan los monumentos y las estatuas. El Viriato y el Adán de Barrón, dichosos de las miradas, son pasto de la omisión, de la indiferencia más rancia. Pena me da la Maternidad de Lobo, rodeada de carpas con quesos de toda España, delante del palacio de los Momos, todo gótico y justo como la ley y su balanza.

La feria del queso ocupa toda Zamora, desde la Plaza Mayor a la Catedral, por un lado, y por el otro hasta el Parque de la Marina. La oveja zamorana bala por todas partes y los zamoranos que se han quedado a oírla picotean aquí y allá y beben cerveza como si no hubiera un mañana.

Mientras el Duero, visto desde la calle Pizarro, sigue su marcha impertérrito hacia San Frontis, tras dejar atrás el Puente de mi barrio y luego islotes, azudas y aceñas. Y en La Magdalena sigue durmiendo la dama su muerte de piedra.

2

Pero ya es hora de que cenemos. Tras merodear por las carpas, nos abraza la noche junto al Merlú, que es una buena señal. Enfrente, la emblemática calle de los Herreros; y bajamos en busca de una mesa. La encontramos en una antigua posada vuelta ahora un bar de picoteo. Hablamos poco --”Oveja que bala...--. Comemos y al fin brindamos por lo que estamos viviendo y por lo que viviremos. Para nada echo de menos que yo por aquí pasaba de chico hacia el Instituto y que mayor practicaba el rosario de los vinos.

 3

Yo que nací junto al Duero, en una humilde plazuela, con fragua y potro de herrero y un Comedor del franquismo, vivo y duermo en una plaza del centro de la ciudad junto a una iglesia románica.


Campanas por la mañana, camino de la Catedral, entre las carpas blancas y a pie de calle, justo en frente del primer Colegio descubro el bronce del maestro amigo Herminio Ramos. Lo saludo lamentando que los vándalos le hayan arrancado las gafas.

Más olores de quesos y embutidos, San Ildefonso, fray Diego de Deza, el Mirador del Troncoso, recuerdo escrito de Lorca en un mingitorio nocturno --los borrachos no entienden de lírica--.

4

De nuevo el Duero, el río Duradero de Claudio, el poeta de Zamora, y mi barrio a la vista al otro lado del Puente en obras. Leemos la puerta del Obispo traducida por el guía familiar. El Castillo y los jardines, el Postigo de la Traición --el alcalde quiere cambiar la historia--. Cuenta el presente. Nos espera la primera iglesia gratis--¡qué vergüenza!--.



La iglesia de San Isidoro --espadaña con nido de cigüeña, vacío como todos--, románica, como casi todas, edificada en el primer recinto amurallado, iba a contener las reliquias del santo, pero se quedó en un romántico deseo, pese a que su interior es original--el arco triunfal apuntado y el hastial con rosetón--. Salimos junto al ábside moderno y nos llaman los higos de una higuera pegada a la muralla. Y yo les cuento a los míos la muerte paródica del Rey que sitió sin ninguna ley la ciudad de su hermana doña Urraca.

                                       5

Al final picamos en la Feria y compramos un lote de embutidos, quesos y vino de la tierra. De vuelta al piso de Santa María la Nueva pasamos por la calle Sacramento y me llevé el primer cañonazo en el pecho: el taller y la casa de Abrantes aparecen derribados (sólo junto a la puerta de hierro aún puede leerse: “R. Abrantes, escultor”)

En la calle Sacramento

vivía un artista puro

que convertía en verdad

la piedra y el barro oscuro.


 

 

UNA VISITA MEMORABLE A TORO

Fue fray Diego de Deza

obispo de Zamora,

confesor de la reina

Isabel la Católica...”

Bandeya


                                        1

Camino del parquin, pasamos por delante de Santa María la Nueva, cuya puerta está abierta. Me asomo a su interior de leyenda y veo la decepcionante realidad en estos "pasos" de Semana Santa que convierten el templo en un sustituto del vecino Museo derruido. Aquí están Las tres Marías y San Juan, la Verónica, el Yacente... la Pasión y la Muerte de Cristo resumidas, en la iglesia del Milagro y del Motín, que la realidad de la piqueta los ha convertido en mera exposición para ansiosas miradas de turistas.

2

 Maizales y pinares, pinares y maizales, sin prisa reverdecen mientras vamos a Toro. El tiempo vuela en coche y el sueño en nuestros cuerpos por ver la Colegiata asomándose al Duero. Y el Duero, a nuestro lado, parece que nos dice: “El templo está esperando;allí su Virgen sigue.”

                                   


                                   3 

En la Colegiata Toro es oro de piedra románica, y en San Lorenzo ladrillo mudéjar de oro y plata. Toro, además, tiene una cosa que calma al habitante con alma que sabe ver y admirar: el río Duero que pasa debajo del mirador de la esbelta Colegiata repartiendo lozanía de su Vega en derredor. Viéndolo, nuestras palabras son versos del corazón.

4

Recuperando el sentido, nos volvemos a la plaza donde está la Colegiata con su románico fino de cimborrio y rosetón, y allí sentados al sol de una terraza de bar, alegramos la carrera con un vermú Quitapenas y unos torreznos de más. Hay que darse bien la cuenta de qué significa haber vuelto a la tierra donde uno gracias a Dios fue a nacer. Entonces yo me pregunto: ¿aquí volveré otra vez?

5

Cerca de la ciudad en la ermita de la Vega el Cristo de las Batallas duerme la paz de sus guerras al amparo de su Madre, que siempre tiene faena, y al sonido de los álamos que actúan de centinelas. Luego dejamos atrás el románico mudéjar en un paraje encantado de viñedos y bodegas. La Divina Proporción --¿no humana?-- nos espera.


                                  6

A la mesa dispuesta por el guía nos sentamos los cuatro sorprendidos. Llegan pronto los platos requeridos. El arroz a la zamorana abría la escala hacia la luz que más lucía. Subían los sabores encendidos y con rabo de toro los sentidos alcanzaron la miel que más ardía. Los vinos de la tierra, finalmente, Tío Babú y Madre Mía, juntamente, acabaron llevándonos al cielo, Éramos cuatro almas, puro vuelo. Sin embargo, acabada la comida, salimos al jardín con nuestra vida.

 

                                  7

A la sombra de un ciprés, sobre el césped de la finca --Humana Desproporción--, sorbemos la Madre Mía que en las copas nos quedaba --espíritu de la comida pantagruélica de Toro--, a la vista de la ermita mudéjar entre los álamos que le dan fiel compañía. Y al fondo, la silueta, sobre un azul de película, de la torre y el cimborrio de la Colegiata, insignia de la ciudad. Y en el medio el río Duero, agua viva que camino de la muerte siembra en todas partes vida.

 

8

Mientras hablamos de buena vida, hermana de la muerte, con una copa en la mano, pasa cerca de nosotros un camión con la vendimia de la que ha nacido el vino que estamos bebiendo ahora.







lunes, 25 de agosto de 2025

MEMORIAS DE UN JUBILADO Mis libros favoritos (II): Castro Calvo

 


El libro del que hablo hoy ha sido siempre uno de mis favoritos desde los tiempos de la Universidad y además representa una de mis mayores experiencias de amistad con uno de los profesores de Literatura de más carisma que he tenido en mi vida. Y se verá enseguida por qué lo digo, ya que el libro en cuestión se titula Valores universales de la literatura española (Sayma, Barcelona, 1961), y su autor, José Mª Castro Calvo, Catedrático de  Literatura Española de la Universidad de Barcelona, que durante los años que fui estudiante en esa Universidad me sentí motivado por él de tal manera que siempre me cayó bien y lo consideré amigo mío aun después de licenciarme y hacerme profesor de la misma asignatura que enseñaba Castro Calvo con tanta dedicación, cariño, rigor y eficacia. Y él sintió por mí un gran aprecio que intenté agradecer no sólo con palabras y libros como el que aparece debajo de este párrafo, Los 80 años de José María Castro y Calvo, en el que tuve la suerte de colaborar tras la realización del Homenaje que la Casa de Aragón le dedicó cuando, enfermo de una  embolia, veía cercana la hora de su muerte, en el cual colaboré gustosa y desinteresadamente leyendo la Semblanza suya que aparece en el libro mencionado, logrando por sorpresa el premio de compartir el estrado con figuras ilustres de la enseñanza y la literatura como don José Manuel Blecua, compañero y amigo de Castro Calvo y también profesor mío. 


¿Y cuáles son esos valores universales de la literatura española? En la Introducción del libro que nos ocupa vemos que su autor ha escogido obras y escritores de la Edad Media (siglos XIII-XV) y de la Edad de Oro (siglos XVI y XVII). Y aunque lamenta que haya quien eche de menos en estos Valores universales a escritores y obras importantes, el hecho es que aquí aparecen nombres y títulos tan importantes para entender la Literatura de esos siglos como don Juan Manuel y su Conde Lucanor, el Romancero, La Celestina, Boscán, Garcilaso de la Vega, la poesía mística de Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, el Lazarillo de Tormes y la novela picaresca posterior, Calderón de la Barca y Lope de Vega y el teatro nacional, Cervantes y su Don Quijote, Góngora y su poesía culterana, Quevedo y su poesía conceptista, Gracián y su Criticón... Y justifica su presencia en el Punto Final afirmando que "son el eco del pasado, trayéndonos modelos que imitar, valores que conservar y transmitir." Y añade: "Hemos rendido tributo por lo menos a los más tradicionales de España. Para el lector que desee gustar del pensamiento clásico y sereno de nuestros autores, hemos compilado estas páginas de nuestra elección."


En los párrafos siguientes algunos textos que incluye Castro Calvo en su libro, para que se pueda hacer una idea de lo que pretendió conseguir con él: sentir gusto y aprecio por nuestra literatura. 
     Del Romancero, colección de romances  que para Castro son "la obra del pueblo", el romance del Prisionero: "Que por mayo era, por mayo, cuando los grandes calores,/ cuando los enamorados van servir a sus amores,/ sino yo,  triste, mezquino, que yago en estas prisiones, / que ni sé cuándo es de día, ni menos cuando es de noche;/ sino por una avecilla que me cantaba al albor;/ matómela un ballestero: ¡déle Dios mal galardón." En pocos   versos queda expresado todo el paisaje; y lo que es más, el estado de ánimo del poeta."
       De La Celestina, obra de Fernando de Rojas, "encrucijada renacentista", las palabras que Sempronio, criado de Calisto, pronuncia para explicar la pasión de éste por Melibea: "¿Esto es el fuego de Calisto? ¿Estas son sus congojas? ¿Como si solamente el amor contra él asestara sus tiros! ¿Oh soberano Dios, cuán alto son tus misterios! ¿Cuánta premia pusiste en el amor, que es necesaria turbación en el amante! Su límite pusiste por maravilla. Parece el amante que atrás queda."
         

       
De Boscán, los versos de ingratitud y olvido: "Recógelos con blanda  mansedumbre/ si creéis que son blandos; y si no/ recógelos como ellos merecieren,/ Si pasaren con honra, dáles vida;/ y si no no les quites el remedio./ Que el tiempo les dará con su justicia;/ que mueran, y que los cubra la tierra,/ y la tierra será el eterno olvido."
            De Garcilaso de la Vega, unos versos que cantan el silencio y la soledad del paisaje como marco para la infelicidad del amante: "El cielo en mis dolores/ cargó la mano tanto/ que a sempiterno llano/ y a triste soledad me ha condenado;/ y lo que más siento es verme atado/ a la penosa vida y enojosa,/ solo, desamparado,/ ciego, sin lumbre en cárcel tenebrosa."
           De la Mística, "empresa caballeresca y peregrina", la página que habla de los místicos y el amor,: "Cuando la Esposa (el alma) busca al Amado (Dios), le dice: "¿Adónde te escondiste/ Amado, y me dejaste con gemido?/ Como ciervo huiste/ habiéndome herido,/ salí tras ti clamando, y eras ido." Así escribe San Juan de  la Cruz el ansia de la unión con Dios que sólo se logra con la muerte. De ahí que Santa Teresa de Jesús la desee en los famosos versos: "Venga ya la dulce muerte,/ venga el morir tan ligero,/ que muero porque no muero."

       De la Picaresca, "la lucha por la vida", un pasaje del Lazarillo, aquel muchacho que sirvió a varios amos antes de entrar en la edad de adulto en Toledo y después de sufrir hambre y penalidades sin cuento, como las que vivió con el ciego, del que Lázaro dice: "Él traía el pan y todas las otras cosas en un fardel de lienzo, que por la boca se cerraba con una argolla de hierro y su candado y su llave, y al meter de todas las cosas y sacarlas, era con tan gran vigilancia y tanto por contarlo, que no bastase hombre en todo el mundo hacerle menos una migaja. Mas yo tomaba aquella lacería, que él me daba, la cual en menos de dos bocados era despachada."
     Y así el libro avanza por autores, obras y géneros (Lope, Quevedo, Cervantes, Gracián...; El caballero de Olmedo, El buscón don Pablos, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, El Criticón...; teatro, poesía, novela, ensayo...). Como resumen de todo ello, me quedo con las frases extraídas de la última obra mencionada, que no hacen sino repetir lo que todos sabemos del mundo, de la vida y de la naturaleza, "que engaña siempre al hombre, desde la cuna a la tumba, desde la esperanza al recuerdo."



"La felicidad humana hace trofeos de su propia miseria."
"En el mundo todo va al revés. La verdad es perseguida; el vicio, aplaudido; la verdad, muda; la mentira trilingüe."
"Madrastra se mostró la naturaleza con el hombre, pues lo que le quitó de conocimiento al nacer, le restituye al morir"
"Todos los buenos van por tierra y los malos quedan ensalzados.".
"Dichoso tú que te criaste entre fieras, y ay de mí que me crié entre los hombres, pues cada uno es lobro para el otro."

sábado, 9 de agosto de 2025

"ISMOS" LITERARIOS Y POESÍA ESPAÑOLA CONTEMPORÁNEA (I)

 


         Los ismos literarios

Querido amigo:

Como sabes, el mundo anda demasiado revuelto y las tablas de valores están sujetas a continuas transformaciones. Por eso hoy más que nunca necesitamos reflexionar más y hablar menos, afirmar menos y argumentar más. Sabes también que sobre gustos hay mucho escrito. Y construir una opinión, una crítica, a partir sólo del propio gusto no deja de ser aventurado. Hoy la belleza de las cosas muchos la medimos por la atracción que ejerce sobre nosotros. Y están de moda, además, la prisa y la pereza mental y en menor grado la afición por la falsa cultura que nos ofrecen los “sofisticados” medios de comunicación social. Por el contrario, se menosprecian la sensibilidad y los sentimientos, como si el ser humano estuviera hecho sólo de ojos para ver la televisión y manos para el volante.

Es cierto que debemos amoldarnos al mundo que nos está tocando vivir. Y da la casualidad de que en este mundo el ser humano se sigue encontrando con los problemas cotidianos relacionados con su hogar y su familia, su trabajo y sus utensilios adecuados, sus creencias e inquietudes religiosas, sus amores y amistades, sus dolores, temores y esperanzas, incluido su deseo de ser cada vez más libre.

Y pasando al motivo de esta carta, que es el de los "ismos" literarios, debo empezar diciendo que cada "ismo" o movimiento literario nació siendo una negación u oposición con respecto a algún factor o característica perteneciente al movimiento literario anterior; pero que, superado ese afán de vanguardismo, “snobismo” o como quiera llamársele, volvía a considerar lo de siempre, lo que no cambia, que se reduce al ser humano en sí y a sus problemas existenciales. Por ejemplo, los poetas de la Generación del 27 iniciaron su trayectoria poética abominando de los sentimientos y refugiándose en las vacías y hueras imágenes que, unas encima de las otras, levantaban el poema, muy bien construido según unos, pero muerto y distante según la mayoría. Por ello, a las primeras de cambio, se dieron cuenta de que sin contar con el destino humano, difícil y maravilloso a la vez, el poema adolecía de vida, que, por otra parte, es lo que sustenta el arte en todas y cada una de sus manifestaciones.

Los poetas que con fervor inician su iluminado camino poético prefieren lo nuevo, lo que rompe con la tradición, lo hacen más por imitación y la inercia de la propia edad que por verdadera reflexión. Y con el paso del tiempo ven que todo cuanto mueve noblemente el mundo hacia delante son las raíces, lo que la historia ha respetado con el correr de los siglos. Y si es verdad que la razón gobierna la obra humana, es más verdad que el corazón discreta y prudentemente templa la razón.

Si nos fijamos en la historia de nuestra poesía, descubrimos que siempre el sentimiento y el corazón han presidido sus cotas más altas. Ahí tenemos a Jorge Manrique, que sentenciosa y melancólicamente lamenta en sus Coplas la fugacidad de la vida, la belleza y el placer. A Garcilaso de la Vega, afirmando que nadie podrá nunca quitarle el dolorido sentir si antes no le quitan el sentido. A San Juan de la Cruz, poeta de lo inefable y del amor sublimado. A Francisco de Quevedo, para quien el hombre es un ser trágicamente nacido para la muerte. A Gustavo Adolfo Bécquer, lamentándose de la insuficiencia del idioma para expresar los sentimientos más acendrados del ser humano: el amor, el dolor, el más allá. A Antonio Machado, situando en el tiempo la palabra existencial del hombre. Ahí están tantos buenos poetas del 27, como Pedro Salinas, Luis Cernuda, Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre, Federico García Lorca o Miguel Hernández, que construyeron el calor de sus poemas con el fuego de los sentimientos.




Y hay también otros poetas que algunos encasillan como menores (Gabriel y Galán y Vicente Medina son dos ejemplos claros), tal vez por no haber hecho un esfuerzo en comprenderlos, que además de llevar el castellano regional a la poesía, han llevado la poesía al hogar, a la familia, a la vida del campo, a los niños, y lo han hecho con tanta ternura y esencialidad que encendieron la admiración de otros vates considerados superiores, como Joan Maragall o Miguel de Unamuno, cuyo fervor por el maestro rural de Frades de la Sierra es de sobre conocido.

Por todo lo anterior, querido amigo, te pediría que, sin menospreciar de antemano los “ismos” que en poesía surgen paralelamente a los avances imparables de la humanidad, tengas en cuenta el camino recorrido en nuestra historia literaria, porque sin él caminaríamos todos sin rumbo, sin convicción en nuestros cometidos, como quien de pronto pierde la memoria y tiene ante sí un futuro sin anclajes en la vida. Y sigue frecuentando la lectura de nuestros clásicos, porque aunque no nos demos cuenta, mucho de lo que somos, se lo debemos a ellos.

Y por favor, sigue contando con mi amistad y mi apoyo.

 

Poesía española de posguerra, 1

Me pides, querido amigo, que te hable de la poesía y los poetas españoles desde la Guerra Civil hasta la muerte del dictador Franco. Se trata de hacer un recorrido tan íntimo, tan lírico, tan comprometido con la vida española y el respeto a los semejantes, tan amante de nuestras cosas buenas y tan crítico a la vez con las que no salen bien o han significado oprobio para algunos y riquezas para otros. Por eso intentaré  dibujarte un modesto panorama de la poesía y los poetas que más han hecho por enriquecer el género. Y comienzo por el mismo año en que saltó a la palestra nuestra nunca aceptada guerra civil.

 


 

En 1936 tres poetas bien diferentes dieron a conocer sendas obras, cuyo tema común es el amor: Pedro Salinas, con Razón de amor; Miguel Hernández, con El rayo que no cesa, y Luis Cernuda, con La realidad y el deseo. Los tres son excelentes portavoces del sentimiento más grande del ser humano aunque en tres vertientes distintas: la de la fuerza del amor para lograr el entendimiento más íntimo, el dolor y el amor apasionado que representa pertenecer al género humano y comprometerse a defenderlo hasta sus últimas consecuencias, y la desazón que media entre lo que el ser humano desearía conseguir: la libertad, el amor, la paz y el respeto de los demás, y la dura e inexorable realidad que trae consigo la frustración y la impotencia. Y así, Pedro Salinas nos dejó dicho que se siente el amor “en la resistencia a separarse”:

Cada beso perfecto aparta el tiempo,

le echa hacia atrás, ensancha el mundo breve

donde puede besarse todavía.

Ni en el llegar, ni en el hallazgo

tiene el amor su cima:

es en la resistencia a separarse

en donde se le siente,

desnudo, altísimo, temblando.

Y la separación no es el momento

cuando brazos, o voces,

se despiden con señas materiales:

es de antes, de después.

Si se estrechan las manos, si se abraza,

nunca es para apartarse,

es porque el alma ciegamente siente

que la forma posible de estar juntos

es una despedida larga, clara.

Y que lo más seguro es el adiós.”

 


 

Por su parte, Miguel Hernández, dentro del amor que experimenta, se define a sí mismo por la pena que siente como ser humano (“pena es mi paz y pena mi batalla”) y por la impotencia que le causa penar tanto para morirse al final:

Umbrío por la pena, casi bruno,

porque la pena tizna cuando estalla,

donde yo no me hallo no se halla

hombre más apenado que ninguno.

Sobre la pena duermo solo y uno,

pena es mi paz y pena mi batalla,

perro que ni me deja ni se calla,

siempre a su dueño fiel, pero importuno.

Cardos y penas llevo por corona,

cardos y penas siembran sus leopardos

y no me dejan bueno hueso alguno.

No podrá con la pena mi persona

rodeada de penas y de cardos:

¡cuánto penar para morirse uno!”

 



Y por lo que respecta a Luis Cernuda, en los poemas que recogió con el título La realidad y el deseo hasta 1936 (después iría añadiendo bajo el mismo título nuevos poemarios hasta su muerte en México en 1963), habla de su experiencia humana, angustiada por su peculiar manera de sentir los afectos amorosos en un mundo reacio a comprenderlos:

Donde habite el olvido,

en los vastos jardines sin aurora;

donde yo solo sea

memoria de una piedra sepultada entre ortigas

sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Donde mi nombre deje

al cuerpo que designa en brazos de los siglos,

donde el deseo no exista.

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,

no esconda como acero

en mi pecho su ala,

sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

Allá donde termine ese afán que exige un dueño a imagen suya,

sometiendo a otra vida su vida,

sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

Donde penas y dichas no sean más que nombres,

cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;

donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,

disuelto en niebla, ausencia,

ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;

donde habite el olvido.”

 

Por hoy, nada más, amigo mío, salvo mi apoyo, absolutamente incondicional.. 


 


domingo, 27 de julio de 2025

EN JULIO, CON SANCHO PANZA

 


En El jardín secreto de Don Qujote, libro que adquirí en una caseta de la Cuesta de Moyano de Madrid la primera vez que fui a la capital de España a finales de los años sesenta, encontré varios puntos que hacían referencia a otro libro cuyo título era El ingenioso escudero Sancho Panza. Enseguida supuse que el autor quería así emular en parte el título de la obra de Cervantes, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. La cuestión es que, una vez hube llegado a la pensión de la calle de Toledo donde me había hospedado, me puse a leer dichos puntos que en realidad eran un conjunto de escenas en que hablaban algunos personajes del magnífico libro de Cervantes, la mayor parte los principales protagonistas de la historia, pero también otros como Teresa Panza, Doña Rodríguez, el Duque, La Duquesa, la condesa Trifaldi... Y comprendí que era Sancho Panza el que había elegido el autor de El jardín secreto para erigirlo en el principal interlocutor de dichas escenas.

Una de las que me llamó enseguida la atención fue la escena en que  aparecen caballero y escudero saliendo del jardín secreto que acababan de construir a espaldas del ama y la sobrina, algún tiempo después de que Alonso Quijano, el Bueno, sufriese la quema de sus libros, Sancho Panza le dice a este último: “Como ha comprobado vuestra merced, no soy tan ignorante como dice y al fin convendrá conmigo en que a veces empleo mis refranes cuando la oportunidad se presenta, como hace un instante en que refiriéndome a lo que habíamos plantado en nuestro jardín para alimentarse vuestra merced, sentencié: "Al buen comer llaman Sancho”. A lo que el hidalgo respondió: “Mira, Sancho, no te digo yo que parece mal un refrán traído a propósito, pero cargar y ensartar refranes a troche y moche hace la plática desmayada y baja ...” Sancho Panza, lejos de callarse, replicó a su amo: “Mire vuesa merced que yo no cargo ni ensarto refranes a troche y moche, sino que en la mayoría de los casos el refrán que digo se ajusta perfectamente a la situación en el que yo me encuentro. Por ello yo le dije que había de todo lo que le puede alimentar satisfactoriamente, incluida la mejorana, que además de servir como condimento para salsas y embutidos, es también un remedio para curar dolencias estomacales, abrir el apetito, favorecer el sueño y combatir el dolor de cabeza, que la lectura constante de los libros de caballería que hace vuesa merced algún día acabarán con echársela a perder.” El diálogo acabó con lo que dijo Don Quijote sobre el miedo a perder también la mejorana que acababan de plantar en el susodicho jardín: “Si algún día el capricho del destino llegara a destruir este recinto sagrado del jardín de mi cocina y me cogiera debajo de sus escombros, Sancho, hijo mío, salva al menos la mejorana, que no la vea el perverso sabio Frestón que tanto mal hace en el mundo y a la gente que defiende el bien. Te lo pido por favor y pensando en las personas que más quieres,  tu mujer Teresa y tus hijos.”


Sin embargo, donde Sancho Panza mostró fehacientes pruebas de su juicio y prudencia, fue la ínsula Barataria que los duques de Villahermosa, Carlos de Borja y María Luisa, le habían entregado nombrándole gobernador de ella, al parecer con la intención de divertirse a su costa. Pero ya digo, el ingenio y la sensatez del fiel escudero de Don Quijote, se volvieron contra el Duque y la Duquesa, nobles ociosos y con poco corazón, que recibieron ejemplares lecciones de prudencia y cordura. ¿Era así como satirizaba Cervantes a la indolente nobleza española de su tiempo? Para comprender lo ingenioso y cuerdo que era Sancho ejerciendo el cargo de gobernador de Barataria basta con que leamos lo sucedido durante los litigios ciudadanos que tuvo que dirimir Sancho Panza mientras gobernó su ínsula.  


        En el primer juicio entraron en la sala dos hombres: un sastre y su cliente. El cliente le había dado al sastre un trozo pequeño de paño para que  le confeccionara tantas caperuzas como pudiera ya que desde un principio desconfiaba de la honradez del sastre. Acordaron cinco caperuzas, pero el sastre le entregó a su cliente cinco caperuzas inservibles ya que eran excesivamente diminutas. Y el sastre se quejaba ante Sancho de que su cliente se negaba a pagarle el trabajo realizado. Sancho, tras escuchar a los dos litigantes, sentenció que el sastre se quedara sin sus honorarios y el cliente sin el paño, pues los dos habían actuado con mala intención.


          A continuación se presentaron en la sala del juicio dos ancianos, uno de los cuales venía apoyado en un bastón de caña alegre y confiado, mientras que el otro, que era el denunciante, se mostraba visiblemente enfadado. Sancho pidió que expusieran sus litigio, y este último dijo: "A este hombre que ve aquí le presté hace días  diez monedas de oro y aún no me las ha devuelto, y quiero, señor gobernador, que solucione el problema." Sancho se dirigió al otro y le dijo: "Jure vuestra merced que le ha devuelto las monedas a este hombre." Entonces el hombre que se apoyaba en la caña, ni corto ni perezoso, le dejó su bastón al denunciante y juró que le había devuelto las monedas. Entonces Sancho, sospechando la verdad, le pidió al denunciado la caña, acto seguido la rompió y cayeron de su interior las diez monedas de oro, que devolvió a su dueño.

Finalmente hicieron su entrada en la sala del juicio una mujer muy alterada y un ganadero. Cuando Sancho les pidió que expusieran su caso, la mujer dijo: "Este mal hombre de aquí me ha violado y pido una justicia recta." Sancho, una vez escuchada la mujer, se dirigió al ganadero: "¿Y vuestra merced qué tiene que decir al respecto?" El aludido respondió:  "Yo venía de vender cuatro cerdos y el dinero que me dieron por ellos lo he perdido casi todo debido a los impuestos; y en el camino me encontré con esta mujer y, después de haberle pagado, yacimos juntos. Eso es todo." Sancho le exigió al ganadero que le diese a la mujer el dinero que llevaba encima. Así lo hizo el hombre, y la mujer, dando las gracias a Sancho con muchas reverencias, salió del juzgado. Después el ingenioso juez le dijo al ganadero que fuese tras la mujer y le quitase el dinero a la fuerza. El hombre obedeció a Sancho y aunque intento quitarle la bolsa a la mujer  no lo consiguió. Y ambos volvieron al juzgado. Una vez en la sala,  Sancho pidió a la mujer que le devolviera la bolsa al ganadero y ella se lo dio sorprendida ante la petición de Sancho. Entonces éste le dijo a la mujer: "Si hubiese vuesa merced defendido su cuerpo como ha defendido la bolsa, habría sido imposible que este hombre le hiciera lo que vuestra merced ha contado aquí." El ganadero le dio las gracias y todos admiraron el buen juicio y las sentencias de Sancho.


        Y volviendo al libro que adquirí en la cuesta de Moyano, El jardín secreto de Don Quijote, quiero redondear lo dicho sobre la cordura y el sentido común de Sancho Panza, trayendo aquí dos intervenciones suyas mientras señor y escudero trabajaban  en el jardín alimentario. La primera es la réplica que le hace a Don Quijote cuando éste le dice que con su jardín podrán alimentarse como se alimentaban los antiguos moradores de la Arcadia: "Mejor iría, señor, dice Sancho, tener una piara de cerdos, que además de criarse fácilmente, realizan gratis el servicio de la limpieza exterior y, no teniendo apenas desperdicios, podrían conservarse en muy diversas formas. Eso y tortas con vino harían las delicias de una familia durante toda la vida."
        La segunda intervención de Sancho es provocada por Don Quijote cuando éste, en el último paseo que dan ambos por el jardín después de cenar, le dice: "Muero por saber de qué modo la mejorana, acompañando a las habas de la cena, hará sus efectos en mi persona. ¿Qué aspecto tendré, querido Sancho? ¿Seré como un cristal, como la niebla, como el humo? ¿Y no sentiré ni el peso de las armas ni el regüeldo a ajo con que regalas a veces mis narices?" Y ésta fue la respuesta que le dio Sancho Panza: "¿De verdad cree vuesa merced que la mejorana le hará invisible? Mire bien lo que piensa hacer, que más de una vez salió malparado. Ahora está vuesa merced tranquilo. No tiente al demonio con nuevas aventuras. Más bien recoja unos tomates y unos cuantos higos y hágase un buen yantar. Que eso será lo que gane."